Las noches contigo - Mita Marco - E-Book
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Las noches contigo E-Book

Mita Marco

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Beschreibung

Sonia no sabe cómo romper una relación de pareja que inexorablemente la llevará al altar. De pronto, lo pierde todo cuando es secuestrada por una red internacional de tráfico de personas y vendida como esclava en un país árabe. Allí, en un entorno desconocido y hostil, lucha por conservar su identidad y conoce a un hombre que parece comprenderla, pero que le oculta un secreto. Yâzid huye de los compromisos. Tiene una vida perfecta: reconocimiento profesional, dinero y éxito con las mujeres. Sin embargo, durante un viaje a su país de origen se ve envuelto en una relación que lo cambiará todo. El estilo de Mita Marco es rápido y ágil de leer, describe muy bien las escenas y lo que sucede alrededor de los personajes. Te adentras tanto en la historia que las páginas van pasando sin darte cuenta. El final precioso, me ha encantado. Sin duda un broche de oro para una historia que comenzaba de forma traumatizante para nuestra protagonista. Y ese epílogo no lo esperaba, ha sido una total sorpresa, no pensaba que ese personaje iba a tener un final escrito. Tinta y pluma en el corazón

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Seitenzahl: 549

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2016 Carmen Pilar Marco López

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Las noches contigo, n.º 116 - abril 2016

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-687-8254-6

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Vidas paralelas

Sonia no era feliz con Darío. Había estado intentando negárselo a sí misma durante algún tiempo. Sin embargo, la verdad era esa. Ya no quería a su novio.

No recordaba cuánto tiempo llevaba fingiendo que todo funcionaba con normalidad, pero, en su interior, sentía que ya no podía prolongar la situación mucho más.

Quizá seguía con aquella farsa por miedo a la reacción de su familia. Tenía veintinueve años, llevaba cuatro con él y sus padres estaban encantados. Lo consideraban como a un miembro más, como a otro hijo. Habían planeado un futuro juntos: boda, niños... Y ella se sentía como una simple espectadora, sin participar ni una vez, dejando que su madre y su novio lo organizasen todo.

Se encontraba vacía. Cuando estaban juntos no tenía la necesidad de besarlo, ni tocarlo. Y no es que Darío fuese malo o la tratase mal, no, era un hombre fantástico. Sencillamente, la atracción, la pasión y el amor, se habían esfumado. ¿Sería por culpa de la rutina? ¿Del tiempo? Ni idea, la cuestión era que aquello estaba muerto.

Tenía que dejarlo. Pero ¿cómo iba a ser capaz de hacerle eso a él? Se le veía muy ilusionado con la boda, no dejaba de hablar del tema. Quedaban tan solo dos meses para que se celebrase el enlace y, cada día que pasaba, Sonia se sentía más ahogada, como si una mano invisible le apretase la garganta hasta impedirle respirar.

Removió con desgana el granizado que había sobre la mesa, sin ninguna intención de terminarlo, y alzó la mirada hacia la persona que tenía enfrente.

—Vamos a ver, Soni, si no quieres estar con él, ¿por qué no lo dejas de una puta vez?

La joven se fijó en su amiga, que fruncía el ceño sin entender el motivo, por más que se lo repitiese.

—Faltan dos meses para la boda —contestó, como si aquello fuese la razón más poderosa del mundo.

—¿Y qué? —resopló.

—Joder, Elia, que no estamos hablando de cualquiera —se quejó con un suspiro—. Es Darío.

—Claro, Darío. —Elia comenzó a negar con la cabeza, agitando su bonito cabello rizado—.Y por eso te vas a pasar la vida con una persona a la que no quieres.

—Es muy bueno conmigo.

—Pues ya está, entonces todo arreglado. Según tú, el amor se basa en que las personas con las que tenemos que compartir la vida sean la bondad personificada, ¿no? —respondió con sarcasmo. Se levantó de la silla de aquella terraza con enfado—. ¿Te estás escuchando? No dejas de decir tonterías, excusas para no enfrentarte a la situación.

Sonia se levantó de la silla a su vez, agarró el bolso y se lo colgó sobre el hombro derecho.

—¡No me presiones! Ya sé lo que tengo que hacer, pero necesito tiempo. No puedo mandar a la mierda, en un día, una relación de cuatro años. —Se pasó una mano por su lacio cabello rubio y cerró los ojos con fuerza—. Se lo diré, pero cuando me sienta preparada.

—Pues ya puedes darte prisa, mañana tenemos que ir a otra prueba del vestido de novia.

—Vaya un disgusto se va a llevar mi madre.

—¿Quieres hacer el puto favor de dejar de pensar en los demás y centrarte un poquito en ti y en lo que quieres? —Elia no entendía tanto remordimiento. Ella era más radical para esas cosas. Era de las personas que pensaban que, cuando algo ya no interesaba, había que dejarlo de inmediato, sin más. Miró a Sonia y sonrió. Eran muy diferentes. Una morena y otra rubia, una alta y la otra más bajita, una muy extrovertida y la otra más callada. Pero, aun así, se adoraban—. Venga, Soni, tienes que hacerlo por ti. Echo de menos a mi amiga, la que sonreía y era feliz.

—Lo sé.

Elia la tomó de la mano y tiró de ella.

—¡Tengo una idea! Vamos a hacer algo perverso. Fumémonos un cigarro.

—¿A eso lo llamas tú «algo perverso»? —Sonia sonrió sin poder remediarlo.

—Pues sí, llevo tres meses sin probarlo, y para mí es casi un pecado capital, como eso de la manzana de Adán y Eva.

—Tú lo que estás es muy mal de la cabeza.

—Ya lo sé. Pero por eso me quieres tanto. —La abrazó—. Venga, vamos a decirles algún piropo a los albañiles de las obras del ayuntamiento.

—Ni de coña —Sonia rio.

—¡Qué aburrida! —dijo Elia poniendo los ojos en blanco. Tiró de su mano para salir al exterior.

—Espera un minuto, voy antes al servicio.

—¡Meona!

Sonia puso los ojos en blanco y se encaminó hacia los aseos del local.

Salir con Elia la animaba, su amiga era de esas personas con las que era imposible aburrirse.

Al acabar, se lavó las manos y se miró en el espejo de aquellos servicios, con seriedad.

En apariencia, su aspecto era normal, el de siempre. Cabello rubio, largo y lacio, rostro oval, ojazos azul turquesa, labios gruesos, y el cuerpo delgado y bonito.

Lo tenía todo. Un buen trabajo en una empresa de publicidad, una familia que la adoraba, un novio guapísimo...

¿Quién hubiese dicho que, debajo de todo aquello, había una joven infeliz?

Suspiró frente al espejo y forzó una sonrisa. Pero, enseguida, sus labios volvieron a bajar y en su cara se dibujó la tristeza.

Su vida tenía que cambiar.

Yâzid Guerrero formaba parte de la junta directiva de la empresa petrolífera Silver Fuel, una joven y potente petrolera que se estaba abriendo camino a pasos agigantados en el sector desde los últimos años.

A diferencia del resto de los miembros de la junta, él no era accionista, ni tenía una fortuna millonaria con la que asegurarse su puesto en la misma. Había escalado en la empresa por su trabajo, demostrando que poseía ideas frescas y lucrativas, y un poder de negociación innato.

A pesar de sus treinta y cuatro años, el presidente y los demás directivos confiaban en su criterio y no dudaban en pedirle opinión sobre nuevos proyectos. Estaba comprobado que tenía buen ojo y, para los accionistas que esperaban aumentar sus cuentas bancarias, eso era lo que contaba.

La reunión de ese día se estaba alargando demasiado para su gusto. No dejaba de pensar que, cuando llegase a su piso, tenía una sorpresa esperándolo. Sonrió y se volvió a concentrar en la reunión, esperando que llegasen pronto a una resolución.

—No vamos a permitir que nos mangoneen de esa forma —expuso Gaspar, el director general de Silver Fuel, dando un golpe seco sobre la mesa—. Si esas son las reglas de los argelinos, nosotros no tenemos nada más que decir. ¡Que se queden su puto petróleo!

—Gaspar, no debemos abandonar sin más —saltó el segundo al mando—. Si dejamos Argelia, nos quedamos sin opciones. No podemos permitirnos correr ese riesgo.

—Entonces ¿qué cojones hacemos, Mauro? ¿Dejamos que pongan sus normas abusivas? —contestó con enfado—. Si hiciéramos las cosas como ellos dicen, nos quedaría un margen de beneficio ridículo. Prácticamente no llegaría para pagar los costes de la extracción.

Mauro se sentó de nuevo en su silla, sin más argumentos. Los demás directivos, incluido Yâzid, se miraron con seriedad, comprendiendo que la empresa peligraba si se quedaba sin explotar ningún nacimiento de petróleo durante mucho tiempo.

Gaspar se pasó una mano por la cabeza y suspiró.

—¿Qué otras opciones tenemos?

—Todavía nos quedan algunos países que no tienen petroleras explotándolos actualmente —contestó Leila, su esposa—. Tenemos posibilidad de negociar en Nigeria, el Congo, Venezuela... y en Al-Rabih.

Yâzid se removió en su silla al escuchar el último nombre y se concentró todavía más en la negociación, aflojándose el nudo de la corbata, que ya empezaba a molestarle tras todo el día con ella.

—Venezuela está intratable últimamente por temas de política, la descartamos —argumentó Gaspar, tachando de la lista el país.

—El Congo firmó un contrato con Repsol esta madrugada, así que descartado —les informó Mauro desde su silla.

—Pues entonces nos quedan Nigeria y el emirato de Al-Rabih.

—La negociación con Al-Rabih podría funcionar —habló Yâzid al fin. Todos se quedaron mirándolo en silencio para que prosiguiese—. Tengo entendido que el jeque, Amir bin Khalifa Al Mirak, es un hombre joven y abierto a negociaciones.

—¿Estás seguro, Yâzid? —preguntó Gaspar—. No podemos permitirnos el lujo de otro fallo como el de Argelia.

—Creo que es la opción más acertada —asintió con seguridad—. Pero la persona que vaya a negociar con él, tiene que tener claro que Al-Rabih es un país joven y rico. Así que tendremos que hacer algunas concesiones, aunque no tan suicidas como las de Argelia.

Gaspar se quedó callado unos segundos, sopesando la opción. Esas cosas no se podían decidir a la ligera, tenía que haber consenso por parte de los accionistas y directivos.

—¿Quién de vosotros está de acuerdo en negociar con el emirato? —Todos y cada uno de los componentes de la junta levantó la mano, dejando claro que estaban de acuerdo con la propuesta de Yâzid. Este sonrió con suficiencia—. Muy bien, pues vamos a ponernos en contacto con el jeque. Si acepta una negociación seguiremos el procedimiento habitual. Uno de nosotros viajará hasta Al-Rabih para comprobar el estado del pozo y terminar de negociar los términos y condiciones.

La reunión acabó diez minutos después y los miembros de la junta abandonaron el edificio.

Yâzid montó en su coche, un Aston Martin DB9 de color negro, y condujo hacia su piso. Aceleró con placer e ignoró los límites de velocidad; tenía una sorpresita en casa y estaba deseando llegar para desenvolverla.

Llegó al lujoso edificio en el que vivía, situado en el centro de Barcelona. Abrió la puerta del garaje y aparcó el coche en su plaza. Subió en el ascensor soltándose la corbata, con una sonrisa ladina en los labios. Se miró en el espejo y se pasó una mano por su largo cabello moreno, ondulado, que le llegaba por los hombros. Tenía el rostro cansado, apenas había dormido cuando lo llamaron para acudir a la reunión de urgencia. Bajo sus intensos ojos marrones se podían percibir unas ligeras ojeras, pero, aun así, seguía siendo un hombre imponente, de esos que hacían suspirar a su paso.

Salió del ascensor con la sonrisa dibujada en sus labios. Se soltó los botones superiores de la camisa y su piel morena asomó, invitando a tocarla. Abrió la puerta de su vivienda y cerró tras de sí. La casa estaba en silencio y en orden. Dejó las llaves y la Blackberry en el mueble del salón y entró a la cocina.

Se sirvió un café y se lo comenzó a tomar apoyado en la barra americana. Un movimiento a su derecha le hizo girar la cabeza. Allí, apoyada en el marco de la puerta, había una preciosa morena envuelta en un albornoz blanco. Yâzid le sonrió y la observó con su mirada lobuna.

Se llamaba Elena. La había conocido la noche anterior y entre ellos saltaron chispas.

Se acercó hasta que quedaron muy juntos. Con una mano le soltó el albornoz y la dejó desnuda.

—Me encanta desenvolver regalos —dijo con una voz sensual, consiguiendo que la joven se estremeciese.

La chica sonrió y le echó los brazos al cuello.

—¿Soy un regalo?

Yâzid comenzó a besarla en el espacio donde se juntaba el cuello con los hombros, consiguiendo que la joven jadease.

—Un regalo que voy a probar, hasta que ya no me queden fuerzas.

—Y si no te gusta el regalo una vez abierto..., ¿lo devolverás? —se interesó Elena con los ojos cerrados, sintiendo los labios del hombre lamer el lóbulo de su oreja.

—Por supuesto, yo nunca me quedo con algo que no me gusta —susurró él con voz ronca, agarrando su trasero con las manos y apretándolo contra su erección.

—Entonces este regalo va a tener que demostrarte de qué es capaz.

—Estoy deseándolo, nena.

La levantó en el aire, la llevó hasta su habitación y allí follaron hasta quedar exhaustos.

Elena se quedó dormida al instante y Yâzid aprovechó para darse una ducha. Se metió bajo el chorro helado de agua y se enjabonó a conciencia.

Se secó frente al espejo del baño con su eterna sonrisa en los labios.

Era un hombre joven, tenía un buen trabajo, una familia que lo quería, mujeres preciosas dispuestas a acostarse con él...

Su vida era perfecta.

Capítulo 2

La playa

Aquella tienda sería el paraíso para cualquier novia. Había vestidos de todas las firmas que existían, de todos los colores, de todos los estilos..., pero a Sonia le parecía asfixiante.

Se encontraba subida en la pequeña tarima del probador, con el precioso vestido blanco que se ajustaba a la perfección a su cuerpo.

Su madre daba vueltas a su alrededor, comentando con la dependienta los fallos, lo que había que arreglar, mientras que Elia estaba apoyada en la pared del fondo mirándola en silencio.

Sabía que su amiga no estaba de acuerdo con que alargase esa locura más tiempo, pero tener la presión de ella sumada a las otras... solo lograba bloquearla más.

—Siento mucho el calor que hace aquí dentro, esta mañana se nos rompió el climatizador —se excusó la dependienta, a la cual le caía una gota de sudor por la frente.

—No te preocupes, hija, así adelgazamos —respondió su madre, restándole importancia. Señaló un pliegue del vestido y volvió a hablar—. ¿No se podría quitar esto? No me gusta el efecto de ese pliegue. ¿Tú que dices, Sonia?

Sonia no contestó. Se miraba fijamente al espejo, aguantando las ganas de gritar, de llorar, de mandarlo todo a la mierda.

—¡Sonia! —gritó su madre para sacarla de su ensimismamiento—. ¿En qué mundo vives?

—¿Qué? ¿Qué pasa? —contestó con un sobresalto.

—Te estaba preguntando si te parece bien que quitemos ese pliegue.

Sonia miró lo que señalaba su madre, con indiferencia, sin ninguna emoción en el rostro, y asintió.

—Sí, sí, quita lo que quieras.

Escuchó el resoplido de Elia detrás de ella y miró a su amiga, que seguía en el mismo lugar con los brazos cruzados. En otras circunstancias, hubiese estado saltando de alegría por verla con aquel maravilloso vestido, pero, como sabía que no era feliz, no podía fingir ni una simple sonrisa.

—¿No tiene ningún collar que combine con el vestido? —preguntó su madre a la dependienta.

—Claro, tenemos unos muy bonitos que nos llegaron ayer. —Se acercó al armario del fondo y sacó una caja con varios collares plateados y brillantes—. ¿Qué os parece este?

Les enseñó uno muy sencillo, con pequeñas perlas nacaradas. Al tener la aprobación de su madre, la dependienta se lo colocó alrededor del cuello para ver el efecto que producía con el vestido.

La primera reacción de Sonia fue llevarse la mano al cuello, pues el collar se ajustaba a él. Intentó despegárselo un poco, pero no pudo.

Su corazón empezó a latir más rápido que de costumbre. Se sentía atrapada por el vestido y el collar; para ella era como una jaula. Una jaula bonita, pero una jaula, al fin y al cabo. No podía dejar de pensar que aquello no era lo que quería. Aquel vestido la llevaría a vivir una vida que no deseaba.

Empezó a agobiarse.

Su respiración se convirtió en jadeos. Le faltaba el aire. Las lágrimas amenazaban con salir y su mano se apretó alrededor del collar, que la ahogaba cada vez más. Todo parecía empequeñecerse por segundos: aquel probador, el vestido, el collar...

Calor. El calor del local no ayudaba y la sensación de asfixia aumentó, hasta que ya no pudo más.

—¡Quítame el collar! —jadeó con agobio.

—¿No te gusta? Podemos probarte otro —sugirió la dependienta.

—No me deja respirar, quítamelo —exigió.

—Sonia, hija, no digas tonterías, que te queda suelto, no aprieta. —Su madre se puso enfrente a mirarlo—. A mí me parece precioso, muy fino.

La mano de Sonia se apretó todavía más alrededor del collar, consiguiendo que sus nudillos se pusieran blancos. Se ahogaba, el oxígeno no le llegaba a los pulmones.

Todas miraban, pero nadie se lo quitó. El agobió se transformó en rabia: ¡no quería llevar eso pegado a su cuello, no quería ese vestido, no le gustaba aquella tienda sin aire acondicionado!

Sin pensarlo dos veces, tiró con todas sus fuerzas y decenas de perlitas rodaron por el suelo.

—¡El collar! —gritó la dependienta.

—¡Sonia! ¿Estás loca? —la reprendió su madre.

—¡Quítame el vestido!

—Hija, tranquilízate, son los nervios de la boda.

—¡Que me quites el puto vestido, o le hago lo mismo que al collar! —las amenazó.

La dependienta, horrorizada, se apresuró a desabrocharle los pequeños botones de la espalda.

Con toda la rapidez del mundo, Sonia salió de aquella jaula y corrió a buscar su ropa, bajo las miradas sorprendidas de su amiga, su madre y la dependienta.

Se colgó el bolso en el hombro y salió del probador.

—Sonia, ¿adónde vas? —gritó su madre, muerta de vergüenza por lo que pudieran pensar las demás personas que paseaban por la tienda.

Ella no contestó. Salió al exterior y se apoyó en la pared de la tienda, intentando recuperar el oxígeno.

Allí, en medio de la calle, con el ruido de los coches, los gritos de la gente y el martilleo de una obra, se calmó.

Sacó las llaves del coche y arrancó con rapidez, sin prestar atención a las llamadas de Elia a su teléfono móvil.

Llegó a su casa, la que compartía con Darío desde hacía casi dos años. Era una enorme vivienda situada en Gavà, un municipio de la periferia de Barcelona, con un amplio jardín y garaje.

Una casa perfecta, con unos vecinos muy educados, sin mucho ruido, y una señora que iba a limpiar cuatro veces por semana. Todo era ideal, pero ella no lo sentía así.

Dejó el bolso en el perchero y se sentó en el sofá con una expresión de desdicha en el rostro. Cerró los ojos y deseó desaparecer, convertirse en humo y volar sin rumbo. Perdió la noción del tiempo.

Cuando volvió a abrir los ojos, era de noche y se escuchaba el rugir de un motor en la cochera. Debía de ser Darío, que volvía de visitar a sus padres.

Él abrió la puerta de la vivienda con sus llaves y le sonrió como siempre hacía al verla. Sonia se sintió la peor persona del mundo. Lo tenía todo. Era guapísimo, rubio, con unos ojazos verdes preciosos, un cuerpo atlético y fuerte, un carácter amable y, lo más importante de todo, la quería muchísimo.

Lo primero que hizo Darío, tras cerrar la puerta, fue ir hacia ella para darle un beso.

—Hola, Soni, ¿qué tal el día? —se interesó, sentándose a su lado, muy pegado a su cuerpo.

—Muy bien, como siempre —mintió.

—Hoy tenías la prueba del vestido, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y? —Levantó las cejas y le dio un suave codazo—. Venga, no te hagas la interesante, ¿a que no te lo hubieses quitado?

—No —volvió a mentir ella, recordando sus gritos para exigir que se lo sacaran.

—A mí, cuando fui a comprar el traje de novio con mi madre, se me puso hasta un nudo en la garganta de la emoción. —Rio con un poco de vergüenza al admitirlo—. Así que, para ti habrá sido aún mejor. Para vosotras, el traje de novia es incluso más importante que la ceremonia. —Volvió a reír—. ¿Te has emocionado cuando te lo has puesto?

Sonia asintió con seriedad, sin recordar cuántas veces le había mentido ya.

—No podía ni respirar, fue superior a mí —admitió. Aunque Darío lo entendió de una forma diferente.

—¡De la ilusión!, ¿verdad?

Ella volvió a asentir, notando cómo su corazón se partía al verlo tan contento.

—Soni, estoy deseando ponerte el anillo en el dedo —susurró él rodeándola con sus brazos y juntando sus caras—. Te voy a hacer la mujer más feliz del mundo. ¿Tú me quieres?

—Sí, mucho —dijo ella, y no mentía. Quería a Darío, aunque no como él se figuraba.

Darío sonrió al escucharla y la besó con ardor.

—Te quiero, nena, te adoro.

Comenzó a besarla con pasión, acariciando su sedoso pelo y tumbándola sobre el sofá.

Darío era muy tierno. Eso fue una de las cosas que la enamoró de él, al principio.

Pero, en esos momentos, al tenerlo encima de ella, solo sentía ganas de llorar, de apartarlo y marcharse a algún lugar para poder compadecerse tranquila.

En los últimos meses, había permanecido impasible a sus caricias. Fingía cuando hacían el amor. Ya no era como al principio, que pasaba día y noche con ganas de tocarlo. Ahora lo único que hacía era esperar a que terminase y se apartase de ella lo antes posible.

Darío le levantó la camiseta y acarició sus senos sin apartar el sujetador. Con la otra mano le desabrochó los pantalones e introdujo la mano en sus bragas. Alcanzó su clítoris con el dedo índice y lo masajeó con movimientos circulares.

A pesar de todas aquellas atenciones, lo único que sentía Sonia era un desagradable hormigueo. Aquella sensación la agobió todavía más. No quería que la tocara.

—Nuestra vida juntos va a ser maravillosa —le susurró al oído mientras se desabrochaba los pantalones de pinza y los bajaba, junto con los boxers.

De un tirón hizo lo mismo con los de ella, lanzándolos al suelo. Le abrió las piernas con delicadeza y la penetró despacio, llenándola con el grosor de su pene. Tras acomodarse en su calidez, comenzó a embestir a un ritmo constante, jadeando en su oído de puro placer.

Sonia, por el contrario, se sentía vacía. Su mirada estaba fija en un punto del techo y no dejaba de repetirse que aquello no podía seguir. Era muy injusto para Darío que le estuviese mintiendo de aquella forma, y era muy injusto para ella continuar con algo que la hacía infeliz.

Cuanto más lo pensaba, más se agobiaba.

Le dolía. Cada penetración le hacía daño, pues su vagina estaba completamente seca por la falta de excitación. Cerró los ojos con fuerza y apretó los labios.

Agobio.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Intentó frenarlas, impedir que saliesen de sus cuencas, pero su garganta la traicionó con un sollozo.

Darío, al percatarse de que lloraba, frenó sus embestidas. Se quedó mirándola con el ceño fruncido, con seriedad. Sonia se tapó la cara con las manos y sollozó más fuerte mientras su cuerpo se convulsionaba por la intensidad del llanto.

—Soni, ¿qué pasa?

Ella se limpió las lágrimas y lo miró con una expresión de derrota.

—No puedo. No puedo hacer esto.

—¿Hacer qué? —preguntó sin comprender nada.

—Quítate de encima, por favor.

Él hizo lo que le pedía y la ayudó a incorporarse.

—Nena, ¿qué...?

—Voy a salir un rato —le informó con los ojos llenos de lágrimas otra vez—. Necesito despejarme.

—¿He hecho algo que te haya podido molestar? —la interrogó sin comprender nada.

—No, no... —se apresuró a aclarar—. Son... tonterías mías.

Darío la abrazó y la besó en los labios.

—Soni, te quiero. De ahora en adelante, tus tonterías también son las mías —le susurró.

Aquellas palabras la hicieron sentirse peor. Su novio era el más bueno del mundo, y ella una mujer sin sentimientos que iba a mandar a la mierda una relación perfecta.

Se apartó de su lado y se puso los pantalones con rapidez. Necesitaba huir de allí.

Pasó por delante de él, sin mirarlo a la cara, y salió de su casa corriendo.

Tomó el camino que llevaba hacia la playa. El sonido de las olas la relajaba. En esos momentos, lo que necesitaba era tranquilidad, silencio para poder pensar, para encontrar una solución que no destrozase a Darío.

Anduvo todo el camino con la cabeza gacha, para que las personas con las que se cruzaba no pudieran verla llorar. Sentía tal nudo en la garganta que no podía parar.

Cuando pisó la arena, suspiró. Caminó, como solía hacerlo siempre, hacia su lugar preferido, que se encontraba escondido entre dos enormes rocas. Se sentó sobre una piedra con la vista fija en las olas, con una expresión amarga en su bonita cara.

La situación se le había ido de las manos. Era una cobarde por no atreverse a plantar cara y confesar lo que sentía.

Escondió el rostro en las manos y sollozó. Lloró por Darío, porque hubiese dado cualquier cosa por sentir lo mismo que él. Lloró por todos los buenos momentos que habían vivido. Y lloró por ella, porque se sentía una mierda, una persona horrible.

El sonido de unos pasos sobre las piedras le hizo alzar la cabeza.

Delante de ella se encontraba una mujer árabe que, por su aspecto, debía de tener alrededor de cincuenta años. Vestía una túnica negra y un hijab del mismo color cubriéndole el cabello.

La señora la miró con una sonrisa bondadosa y se acercó a ella despacio.

—Ahlan —dijo con suavidad—. ¿Mabika?

Sonia se enjugó las lágrimas y la miró con el ceño fruncido, sin comprender lo que había dicho.

—Lo... lo siento señora, no la entiendo.

La mujer le sonrió con serenidad.

—¿Hal taskunu huna?

—Yo no hablo su idioma —-contestó ella con amabilidad—. Si se ha perdido, es mejor que hable con la policía, ellos la ayudarán.

La mujer alzó la vista y se fijó en algo que había detrás de ella. Su expresión cambió y se tornó seria. Sus ojos volvieron a mirarla, esta vez sin rastro de sonrisa. De sus labios salió algo parecido a una orden.

—¡Ikbid aleiha!

Tras decir aquello, unas manos grandes se cernieron alrededor de ella y le taparon la boca.

El corazón de Sonia se desbocó. ¿Qué estaba pasando?

Intentó librarse de las manos que la sujetaban. Gritó, peleó e intentó morder a aquel despreciable bajo la atenta mirada de la mujer, que no hacía nada por ayudarla, sino que había empezado a hablar con voz de mando.

—Hudha ilaa asayara.

Su captor la cargó sobre los hombros y la transportó hacia un viejo vehículo. Al adivinar sus intenciones, ella empezó a gritar y a darle puñetazos. Pero no sirvió de nada, aquel hombre parecía hecho de hierro, ni se inmutaba con sus golpes.

Abrió el maletero y la dejó en el suelo.

Al ver la ocasión, Sonia se zafó y comenzó a correr hacia su casa, pero no le sirvió de nada. En menos de dos segundos la tenía otra vez amarrada.

No importaron sus lágrimas, no importó su resistencia.

Le puso una mordaza en la boca para que se callase y la empujó contra el coche.

Giró la cara y observó la de su captor. Era un hombre de raza negra, muy alto y fuerte, con una enorme cicatriz en la mejilla izquierda.

En un acto reflejo y de supervivencia, le dio una patada en los testículos que consiguió que él se cayese al suelo retorciéndose de dolor. Ella se arrancó la mordaza de la boca y echó a correr, pero chocó contra algo duro.

Al alzar la mirada descubrió a otro hombre, también de raza negra. Este la agarró de un brazo, retorciéndoselo, y la volvió a conducir al vehículo, donde el primer hombre ya se había incorporado del suelo, tras la patada, y la miraba con rabia.

Al llegar a su lado la levantó en vilo, hasta quedar a la altura de sus ojos. Sonia gritó de terror y lo golpeó por segunda vez, pero en esa ocasión no acertó y solo le pateó la pierna.

El hombre frunció el ceño al sentir el golpe y en su rostro se dibujó la rabia. Alzó un brazo, cerró una mano y le dio un puñetazo con todas sus fuerzas. Ella perdió el conocimiento en el acto.

La metió en el maletero sin delicadeza y cerró la puerta.

Capítulo 3

Encadenada

Cuando despertó, lo primero que sintió fue un dolor terrible en la mejilla derecha.

Estaba muy oscuro, no sabía dónde se encontraba, ni lo que querían de ella aquellas personas. Tenía miedo, estaba casi paralizada por el terror, por temor a las cosas que podían hacerle.

Intentó moverse, incorporarse, pero le fue imposible, porque estaba atada de pies y manos.

Seguía con la mordaza en la boca y le estaba lastimando todavía más la mejilla dolorida.

Había perdido la noción del tiempo. No tenía ni idea de cuánto hacía que estaba allí.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, creyó distinguir una puerta, pues por debajo se colaba la luz.

Sus esperanzas de salir de allí aumentaron.

Forcejeó con las cuerdas que la tenían atada para intentar soltarlas, pero dejó de hacerlo. Se estaba desollando las muñecas y no conseguía nada. Apoyó la cabeza en el suelo y jadeó por el dolor al descansar la mejilla dolorida contra el piso.

Una lágrima cayó por su rostro. ¿Qué iba a ser de ella? Había estado intentando escapar de una vida infeliz y ahora... ¿Qué le esperaba a partir de ese momento? ¿Vejaciones? ¿Torturas? ¿La muerte?

Su cuerpo se estremeció por el llanto. Lloró durante más de una hora y, acto seguido, se quedó dormida.

Un fuerte ruido la despertó. Abrió los ojos, pero tuvo que cerrarlos por la fortísima luz que entraba en aquel lugar.

Unos pies se acercaron hasta el rincón donde estaba tumbada. La agarraron por los brazos y la incorporaron con brusquedad.

Frente a ella se encontraba el mismo hombre que la había golpeado. La miró con desprecio y la empujó para que comenzase a andar hacia el exterior. Aquello la hizo ponerse a temblar. ¿Hacia dónde la llevaba?

Cruzaron un pasillo largo y sucio. Parecía que estaban en una casa al lado de la playa, pues desde allí se podía escuchar el romper de las olas contra las rocas. La empujó hacia una habitación situada al fondo, de la cual salía bastante luz. Al mirar a su alrededor, Sonia comprobó que los únicos muebles eran una cama, muy vieja y sin sábanas, y una cómoda de madera medio destrozada.

Allí dentro había tres personas. La mujer de la playa y otras dos árabes vestidas de la misma forma que la primera. El hombre la arrastró hasta que llegaron a su lado y la colocó ante ellas.

El corazón de Sonia no podía latir más rápido. Observó cómo las tres mujeres la miraban de arriba abajo y asentían sonrientes.

La señora de la playa se acercó y le retiró la mordaza de la boca. Le inspeccionó el moratón de la mejilla y miró con desdén al hombre que se lo había hecho.

Dio una vuelta alrededor de ella, muy despacio, y se posicionó enfrente de nuevo.

—Abre la boca —le ordenó en castellano.

—¡Sabe usted hablar mi idioma! —exclamó, dándose cuenta del vil engaño.

—¡Abre la boca! —volvió a repetir con voz de mando.

Sonia hizo lo que le pedía, no quería que la volviesen a golpear.

Le examinó los dientes con interés y giró la cabeza hacia las otras mujeres para hablarles en árabe, complacida.

Le hizo una señal al hombre, que todavía la tenía agarrada por un brazo, y este la empujó hacia la cama.

Al adivinar sus intenciones ella gritó de terror.

—¡No, no, por favor! —suplicó mientras las lágrimas volvían a aparecer en sus ojos. Clavó los pies en el suelo y se resistió a caminar ni un paso más.

Forcejeó un poco con el hombre, hasta que este la agarró por las piernas y la alzó para llevarla él mismo.

—¡No, se lo suplico! ¡A la cama no! —sollozó—. Por favor, no me hagan esto.

La tiró sobre el lecho y le ató las manos al cabecero, mientras dos de las mujeres le sujetaban las piernas y le quitaban los pantalones y las bragas. Sonia empezó a gritar. Iban a violarla y ella no iba a tener ni la mínima oportunidad de defenderse.

La mujer de la playa se puso unos guantes azules de látex y las otras la obligaron a abrir las piernas, a pesar de sus gritos y su resistencia. Con los guantes puestos, palpó un poco por el interior de la vagina y enseguida se retiró.

—No eres pura —le habló directamente a ella, con un rictus amargo en los labios. Desvió la mirada hacia las otras y negó con la cabeza.

Las señoras la volvieron a vestir.

Sonia dejó de gritar, no entendía nada. Las lágrimas de terror se convirtieron en lágrimas de alivio.

El hombre, que había estado observando la escena, le soltó los brazos del cabecero, la levantó sin cuidado y le colocó la mordaza de nuevo. La llevó de vuelta a la habitación oscura y la empujó para que cayese al suelo. Sonia frotó la boca contra el brazo y consiguió deshacerse de la mordaza.

—¡No! ¡No me deje aquí encerrada otra vez! —suplicó—. Déjenme volver a mi casa, prometo que no le diré nada a nadie.

Una sonrisa desagradable asomó a los labios de él, le recolocó la mordaza y dio media vuelta, dejándola allí.

La puerta se cerró tras la salida del hombre y la oscuridad absoluta reinó en aquella habitación.

Yâzid fumaba un cigarro apoyado contra la barandilla del balcón de su piso, situado en el céntrico Passeig de Gràcia. Desde allí tenía unas vistas espectaculares a la casa Batlló, situada justo enfrente.

Le encantaba ese rinconcito de su piso, podía pasarse horas contemplando el bullicio de la ciudad. Desde el primer día que lo compró, lo que más le gustaron fueron las vistas. Y no es que el piso en sí estuviese nada mal... Se hallaba en uno de los edificios más caros de la ciudad, con acabados de lujo. Su sueldo en la petrolera le permitía darse todo tipo de caprichos.

Le dio la última calada al cigarro y lo apagó en el cenicero que había en una mesita. Regresó al interior de la vivienda y cerró el ventanal tras de sí. Tomó asiento en una silla del salón y se puso a repasar unos documentos de la petrolera. Jugueteó con el bolígrafo y se lo llevó a la boca, concentrado.

—¿Sabes que así, tan serio, estás para hacerte unos cuantos favores?

Al escuchar aquella sensual voz femenina, alzó la cabeza. Observó a Elena, que estaba en medio del salón, vestida con un escueto vestido de tirantes, y le sonrió admirando su escultural cuerpo.

La morena se acercó hasta él, contoneando las caderas, y se sentó a horcajadas sobre sus muslos, frotando su sexo con la entrepierna de Yâzid.

Él la rodeó por la cintura y la apretó contra su pecho.

—¿Por qué no dejas esos papeles un ratito? —ronroneó con descaro.

—¿Para qué? ¿Tienes otro plan más interesante? —contestó, socarrón, bajando las manos por su trasero y agarrándolo con fuerza.

Elena jadeó.

—Digamos que son planes más... placenteros.

—Umm... Me estás convenciendo, continúa.

—¿Qué te parece si nos vamos a la cama? —continuó ella mientras le besaba el cuello.

—¿Y qué vamos a hacer allí?

La miró alzando una ceja, provocándola para que continuase su seducción.

—Podríamos desnudarnos —sonrió.

—¿Para qué? —La sonrisa de Yâzid se hizo más amplia.

—Para poder besarte de arriba abajo.

Él introdujo una mano bajo el vestido de Elena y le empezó a acariciar un pecho, logrando que ella cerrase los ojos unos segundos.

—Me estás convenciendo —susurró él haciéndose el interesante.

—Yâzid —gimió ella como respuesta a sus caricias—, vamos a tu habitación.

Lo besó en los labios y enroscó los brazos alrededor de su cuello. Él se levantó de la silla, con ella en brazos, y se dirigió hacia el sofá. Allí la tumbó y se colocó encima, frotando su erección contra la suave y lubricada entrada de la vagina de Elena.

—Oh, Yâzid, vamos —le suplicó con ansias—. Quítate la ropa. Hoy voy a hacer que olvides a todas las mujeres que han pasado por tu cama y solo me recuerdes a mí. Solo a mí, para siempre.

Al escuchar aquellas palabras él se separó.

Se levantó y se la quedó mirando con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho. Se podía leer la confusión en el rostro de Elena.

—¿Qué pasa?

Él suspiró disgustado.

—Creo que ha llegado la hora de que hablemos —contestó con seriedad.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros —le aclaró. Resopló y continuó hablando—: Desde el principio te dejé muy claro que esto solo era sexo.

—Pero Yâzid...

—No, Elena —No la dejó continuar—. No estoy interesado en empezar una relación contigo. Entre nosotros hay atracción, pero nada más. Así que no te empeñes en creer algo que jamás va a ser.

—Yo creía que después de estos dos días, tú y yo...

—No te confundas. —Negó con la cabeza con rotundidad—. Si te interesa follar conmigo, sin ataduras, puedes quedarte. Pero si lo que pretendes es tener algo serio..., yo no soy el hombre que buscas. Para eso ya tienes a tu marido, ¿no?

Ella lo miró con seriedad.

—Mi marido no sabe diferenciar una vagina de un televisor —comentó con desdén.

—Ese no es mi problema, yo no estoy casado con él —respondió con sorna.

Elena lo fulminó con la mirada y se recolocó el vestido de mala gana.

—Eres un gilipollas. —Y tras insultarlo se puso los tacones y se colgó el bolso sobre el hombro—. Follas muy bien, pero siento decirte que te falta sentimiento.

Yâzid soltó una carcajada.

—Ha sido un placer, Elena, vuelve cuando quieras —la invitó a marcharse con cordialidad, señalando con la mano el camino hacia la puerta—. Pero, recuerda, yo solo follo. Si quieres mimos y caricias búscate a un puto.

Elena lo miró con desdén y dio media vuelta. Salió de la casa dando un portazo.

Al quedarse solo, regresó hacia la mesa donde tenía los papeles de la empresa. Firmó un par de ellos y los guardó en la carpeta correspondiente. Sus ojos se posaron en la puerta por donde acababa de desaparecer Elena.

Era una pena que se hubiese marchado antes de terminar con lo que tenían entre manos, pero no quería que aquella mujer se hiciese ilusiones con él.

Ni de coña iba a meterse en una relación de pareja. Eso solo traía peleas y discusiones que no estaba dispuesto a aguantar.

Vivía de maravilla sin una tía que le diese el coñazo a todas horas. Hacía lo que quería cuando le apetecía. No le faltaban las mujeres, pues su físico las atraía como a las moscas la miel, y él estaba más que encantado con la variedad.

La noche que conoció a Elena, en un local de copas, le pareció una mujer explosiva con la que pasar una noche de sexo desenfrenado. No le importó que estuviese casada. Si a ella le daban igual los sentimientos de su marido..., a él todavía más. El problema lo tenían ellos.

En un principio, Elena pareció conforme con sus condiciones de sexo sin ataduras, pero acababa de demostrar que no era así.

Sonrió para sí y se pasó una mano por su largo cabello negro. Todavía no había nacido la mujer capaz de cazarlo. Y dudaba mucho que la hallase algún día. Cada vez que pensaba en sentar la cabeza, no encontraba ningún motivo por el que valiese la pena hacerlo.

Tenía a la que quería, casi sin esforzarse. Le encantaba su vida.

Así que ¿para qué cambiar algo que ya era perfecto? Además, si no encontraba a ninguna otra para follar, siempre le quedaría Alba, un bombón con el que solía quedar a menudo. Ella jamás le pedía explicaciones y no tenía que preocuparse porque quisiese una relación con él. Tenían la misma mentalidad y solo buscaba sexo.

El sonido de su teléfono móvil consiguió sacarlo de sus pensamientos. Contestó sin mirar la pantalla.

—¿Diga?

—Siento llamarte a estas horas, pero es importante.

Yâzid reconoció la voz de su jefe.

—No te preocupes, Gaspar, ¿qué pasa?

—El jeque del emirato de Al-Rabih ha aceptado una negociación con Silver Fuel. —Se quedó callado unos segundos, carraspeó y continuó con la explicación—. El problema es que nos ha exigido que la persona que viaje hasta allí, para negociar las condiciones, sepa el idioma a la perfección. Dice que no le gusta hablar a través de mediadores.

Yâzid suspiró y pasó una mano por la frente.

—Y queréis que vaya yo, ¿no?

—Sí —contestó con titubeos—. Tú eres el hombre que necesitamos. El árabe es tu lengua materna, te desenvuelves como nadie en las negociaciones y das buena imagen a la compañía.

—No sé, Gaspar —le respondió Yâzid, dubitativo. No estaba seguro de querer regresar a Al-Rabih. A su cabeza acudían miles de recuerdos de su país..., pero los borró de inmediato y se concentró en la conversación.

—Ya sé que últimamente viajas mucho por trabajo y que te prometí un descanso..., pero te necesitamos. Sabes que la empresa no pasa por un buen momento.

—Ya lo sé —dijo con sequedad.

—Mira, acepta el viaje —le sugirió—. Cuando termines con la negociación te puedes tomar unas semanas de vacaciones, te las has ganado.

Yâzid se quedó callado unos segundos, sopesando sus opciones, pero no había mucho que sopesar: su jefe mandaba y él obedecía. Tenía que dejar de lado su vida privada y actuar como un profesional, como el profesional que era.

—Cuenta conmigo.

Se escuchó un suspiro de alivio a través del teléfono.

—Sabía que no nos ibas a fallar —lo alabó Gaspar—. Ve preparándote, saldrás dentro de tres semanas.

A Sonia la levantaron del suelo de un tirón.

Observó con miedo a la persona que la arrastraba por el pasillo esa vez. No se trataba del mismo hombre que la había golpeado, sino de una de las mujeres.

No quiso ni imaginar qué le harían. Era mejor dejar la mente en blanco y abandonar su cuerpo. Se sentía muerta en vida, como si todo lo que estaba ocurriendo no le estuviese pasando a ella.

A diferencia de la primera vez, aquella mujer la llevó a otra estancia de la casa. Al entrar, se percató de que era una especie de cocina. Tenía un hornillo de gas, muy pequeño y viejo, una mesa de madera con restos de comida y cuatro sillas agujereadas por la carcoma. En una de ellas ya se encontraba sentada la mujer de la playa.

Su guardiana la sentó a la fuerza y le puso un plato de comida delante. Acto seguido, le quitó la mordaza, le soltó las manos y se sentó en la silla de enfrente, junto con la otra mujer.

Sonia las miró con seriedad, con el rostro cansado y abatido, sin fuerzas ni ánimo para echar a correr y escaparse de allí.

—Come —le exigió la mujer de la playa.

—No tengo hambre.

—¡Come! —le ordenó con enfado—. Estás muy delgada y no nos sirves muerta.

—Pues qué pena —ironizó ella sacando fuerzas para pelear, aunque solo fuese a base de palabras.

La señora se levantó de la silla y la agarró del cabello, tirando de él, consiguiendo que Sonia lanzase un grito de dolor y sus ojos se llenasen de lágrimas.

—No te lo voy a volver a repetir. ¡Come!

Ella tomó con rapidez una cuchara y se la llevó a la boca. La mujer rio al verla, se volvió a sentar y comenzó a hablar en árabe con la otra.

Los nervios de Sonia no le permitían tragar. Su estómago la estaba avisando de que no debía ingerir mucha comida. Aun así, comió. No se fijó en qué era lo que estaba masticando, no se percató del sabor, ni del olor. Simplemente comía, concentrada en no vomitar lo poco que llevaba en la boca.

Diez minutos más tarde le retiraron el plato. La arrastraron hasta un destartalado cuarto de baño y permanecieron vigilando mientras hacía sus necesidades.

Le volvieron a atar las manos y le pusieron la mordaza en la boca. La agarraron por el brazo y tiraron de ella. Pero aquella vez tampoco la llevaron a la habitación de la cama, ni al cuarto oscuro, sino que siguieron recto por el pasillo y entraron en una especie de cochera, donde estaba aparcado el vehículo en el que se la habían llevado de la playa.

Llegaron los dos hombres y la metieron al maletero por segunda vez, sin importarles los sollozos de Sonia.

Ella escuchó el sonido del motor y notó una suave vibración cuando el coche se puso en marcha.

Se sentía igual que una sombra, sin alma ni sentimientos. No pensaba, aunque tenía muchas cosas en las que hacerlo; no veía, a pesar de tener abiertos los ojos... Simplemente era un cuerpo, un trozo de carne, que esperaba su destino sin interesarle demasiado qué iba a ser de ella. Ya no importaba. Después de eso, de saber que aquellas personas no tenían la intención de devolverla con su familia... ¿Qué más daba todo? ¿Qué importaba lo que le ocurriese?

El vehículo paró de repente unos veinte minutos después.

Abrieron el maletero. Sonia se vio obligada a cerrar los ojos, deslumbrada por la luz, y el hombre que la había golpeado se la cargó al hombro.

Apenas veía dónde estaba, solo podía distinguir el color del suelo, que era oscuro, de color gris.

Se introdujeron por una puerta muy bajita, en la cual Sonia se dio un golpe. Al quejarse de dolor, el hombre se rio de ella y continuó su camino sin preguntarle si se encontraba bien.

Cruzaron un estrecho pasillo y entraron a una estancia alargada. La dejó en un sillón anclado al suelo y, con una cadena de hierro, la ató a él.

Se aseguró de que la mordaza estuviese en su sitio, apretó las cadenas por última vez y salió de aquella estancia cerrando la puerta tras de sí.

Una lágrima escapó de los ojos de Sonia. La oscuridad la envolvió de nuevo. Oscuridad y silencio.

Tan solo habían transcurrido unos minutos, cuando escuchó un sonido muy fuerte, similar al de un coche al arrancar, pero multiplicado por diez. Todo a su alrededor empezó a vibrar y a temblar. Estaba muerta de miedo, no sabía qué era todo aquello.

En el techo se encendieron cinco bombillas y un cartel luminoso en el que se indicaba la dirección de la salida. Aquellas luces hicieron posible que pudiese distinguir algo en la oscuridad. Sus ojos se fueron acostumbrando a la semi penumbra y creyó distinguir cuatro bultos frente a ella, a unos tres metros de distancia.

Forzó la vista para poder distinguir qué era aquello, y, cuando lo hizo, el corazón casi se le salió el pecho.

A muy poca distancia, había cuatro mujeres. Todas se encontraban encadenadas y amordazadas, como ella, con el miedo en el semblante y el cuerpo tembloroso. Se miraban entre sí, esperando que alguna pudiese soltarse y fuese en su ayuda. Esperando un milagro que les permitiera regresar a sus casas y volver a ser libres.

Un grito ahogado salió de su garganta cuando aquel habitáculo se inclinó. La vibración aumentó de intensidad y una sensación de mareo la recorrió. Sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. Ya sabía dónde estaba: aquello era un avión.

El viaje duró alrededor de seis horas y media, pero a Sonia se le antojó eterno. El miedo la bloqueaba, la dejaba sin capacidad de reacción. Lo único que conseguía hacer era mirar a las otras mujeres. Todo parecía tan irreal... Era como si estuviese viviendo una pesadilla. Una pesadilla que no tenía fin.

Por la inclinación de la sala, supo que estaban a punto de aterrizar. Se escuchó el sonido del tren de aterrizaje al desplegarse y, diez minutos más tarde, tocaron tierra. Inmediatamente, las luces de emergencia se apagaron y volvió la oscuridad a aquel lugar. Después de eso, silencio.

Los brazos se le estaban durmiendo debido a las ataduras y la mordaza le hacía daño en la mejilla lastimada. Pero no era eso lo que le preocupaba. La habían sacado de España y llevado a otro lugar. No sabía qué iba a ser de ella a partir de entonces. No sabía si volvería a ver a su madre o a Elia...

El sonido de la puerta de la sala, al abrirse, hizo que todas las mujeres mirasen hacia allí con terror.

Entraron cuatro hombres enormes a los que Sonia no había visto nunca y, por una parte, le tranquilizó que el tipo que la había golpeado no estuviese.

Los recién llegados las levantaron de los sillones y las arrastraron hasta que salieron al exterior. Allí había un furgón preparado, con las puertas traseras abiertas, para meterlas dentro. Las arrojaron al interior, sin ningún cuidado, y cerraron con un portazo.

Las mujeres se sentaron todas juntas, necesitaban un poco de apoyo, contacto físico de alguien que no quisiera lastimarlas.

Al estar más cerca, Sonia pudo observarlas mejor. Sus cejas se alzaron con asombro al mirarlas.

Todas eran rubias, con los ojos claros y bastante jóvenes.

Por más que su cabeza le diera vueltas al asunto, no llegaba a comprenderlo. ¿Por qué esa similitud? ¿Qué clase de juego macabro era aquel?

La suave vibración del furgón hizo que se adormeciera. Llevaba en tensión mucho tiempo y su cuerpo necesitaba un descanso. Así que se abandonó al sueño.

No duró mucho su descanso. Poco después el vehículo se detuvo y las puertas traseras fueron abiertas de nuevo.

Los mismos hombres las levantaron. Sonia observó cómo, uno de ellos, sacaba algo negro de una bolsa y se acercaba a ella. Instintivamente quiso dar un paso hacia atrás, pero no pudo hacerlo porque se chocó contra uno de los laterales del furgón. El hombre la sujetó por el codo y la acercó a él, consiguiendo que la joven diese un grito de terror, ahogado por la mordaza. La miró con reprobación y le echó sobre la cabeza aquella cosa negra que había sacado de la bolsa. Al colocárselo, Sonia comprobó que era de tela gruesa y tenía una pequeña abertura a la altura de los ojos que le permitía ver; muy mal, pero al menos veía.

Repitieron ese mismo paso con las otras mujeres y quedaron cubiertas como ella, con sendos burkas.

Al terminar, se adelantó otro hombre, al cual no habían visto hasta entonces. Era bajito, muy moreno y con un bigote espeso que cubría la totalidad de su labio superior. Las miró a todas con seriedad.

—Vamos a calle —les dijo en un castellano bastante pobre, y las señaló con el dedo índice—. Si gritas..., muerta. ¿Entiende?

Todas se apresuraron en asentir con rapidez, con los corazones latiendo con ritmos imposibles.

Las empujaron hacia fuera y las escoltaron por unas estrechas callejuelas repletas de puestos de comida y olor a especias.

Si hubiera estado en su estado mental normal, Sonia hubiese disfrutado viendo todo aquello. El colorido era espectacular, las mujeres cubiertas con velos llenaban las calles, aunque siempre iban acompañadas. Los gritos de los tenderos se mezclaban con el barullo del gentío. Las risas de los niños y sus juegos dotaban a aquel lugar de un aspecto entrañable.

Casas de estilo arábigo, mediterráneo y bereber, en color arena, con sus ventanas con forma de arco de herradura. Puertas en madera perfectamente talladas, con celosías.

Toda una explosión para los sentidos.

Pero Sonia no veía nada de eso.

Al agobio del burka, que no la dejaba ver, había que sumarle que no tenía ni idea de dónde estaba. Sentía que le faltaba la respiración, el calor era húmedo y asfixiante, pero no podía apartarse la tela porque tenía las manos atadas. Y, para rematar, la mordaza no ayudaba en nada.

Las condujeron hasta el final de aquel bazar y giraron por una estrecha calle, en la que ya no había tanta gente. De hecho, ese lugar tenía un aspecto ruinoso, lleno de casas viejas y medio derruidas.

Al llegar a una de las casas, abrieron la puerta, metálica, y las hicieron pasar dentro a base de empujones.

Las metieron a todas juntas en un cuartucho con luz eléctrica y una pequeñísima ventana en la parte de arriba, por la cual era imposible escapar. Les quitaron el burka, las mordazas de la boca y las cadenas.

El mismo hombre que les había hablado volvió a adelantarse.

—Vosotras quedas aquí. No grites o pongo mordaza otra vez. —Todas asintieron en silencio.

Los hombres salieron del cuarto y cerraron la puerta por fuera con pestillo.

Al saberse a solas, las mujeres se miraron para ver si alguna tenía idea de qué hacer para poder salir de allí.

Una de ellas, la más joven y bajita, se acurrucó contra un rincón de la habitación y comenzó a llorar.

Sonia dio un par de pasos en dirección a ella y se detuvo cerca. No debía tener más de diecisiete años y eso la entristeció.

—No llores —susurró para darle consuelo, aunque ella misma lo necesitase más que nadie.

La joven que estaba de pie a su lado resopló y chasqueó la lengua.

—No te molestes, no entiende el castellano. —Se sentó en el suelo flexionando las piernas—. Estoy con ella desde el principio y solo la he escuchado hablar en francés.

—¿De dónde venís?

—Nos secuestraron en Mérida. Me llamo Marta.

—Yo soy Eva —habló otra de las chicas, la más rellenita de todas—, y me secuestraron en Cádiz.

Las tres miraron a la única que todavía no había abierto la boca y esta gimió con desconsuelo. Se acurrucó junto con la extranjera y las miró, llorosa.

—Yo soy Inma —les dijo, al ver cómo la miraban las demás —. ¡Dios, nos van a matar a todas! —exclamó con terror.

Marta levantó una ceja y negó con la cabeza.

—¡No nos van a matar, cállate, anda!

—¡Sí que lo van a hacer! —insistió, histérica.

Sonia tragó saliva para aguantar las lágrimas y negó también con la cabeza.

—No nos van a hacer nada —la tranquilizó—. Si nos hubiesen querido matar, ya lo habrían hecho.

—Y entonces, ¿por qué estamos aquí?

—No lo sé —admitió—. Pero nos dan de comer y eso significa algo, ¿no?

—Sí, que nos quieren rellenitas para poder violarnos a su antojo —escupió Marta con desprecio. Inma se puso a llorar más fuerte y Sonia la miró con reprobación. Marta continuó—: Pero ¿sabéis una cosa? No pienso dejar que me toquen sin defenderme.

La puerta se abrió de golpe. Los hombres del avión entraron con rapidez y agarraron a la extranjera, que lloraba con mucha fuerza. Se la llevaron.

Las demás se miraron con temor, respirando entre jadeos.

—Tenemos que irnos de aquí —dijo Sonia muy asustada.

Marta miró hacia todos lados y, finalmente, alzó la vista hacia la ventana, que estaba situada dos metros del suelo.

—Súbete encima de mí —le habló a Sonia.

—¿Qué? ¿Para qué?

—¡Sube! Voy a levantarte para que mires por la ventana. No sabemos si da a la calle.

—Pero es muy pequeña, no nos servirá de nada —replicó Eva con lógica.

—Tú calla. —Marta se agachó y le hizo una señal a Sonia con la cabeza—. Vamos, rápido, antes de que vuelvan.

Sonia hizo lo que le decía, sin pensárselo dos veces. Colocó los pies sobre sus hombros y mantuvo el equilibrio cuando Marta se incorporó. Se arrimaron a la ventana y Sonia miró a través de ella.

—¿Qué ves? —preguntó Eva nerviosa.

Sonia frunció el ceño. Aquello sí que no se lo esperaba.

—Es una sala bastante grande y está llena de hombres. En el centro hay una especie de pasarela de madera. —Observó un poco más aquel lugar y, cuando iba a decirle a Marta que la bajara, un movimiento en la gran sala captó su atención. Por la pasarela caminaban los dos hombres del avión y consigo llevaban...—. ¡La extranjera! Está en la sala.

Todas las mujeres del cuartito contuvieron la respiración.

—¿Qué...? ¿Qué está haciendo ahí? —continuó Marta algo menos segura.

Sonia prestó todavía más atención a lo que ocurría en aquel lugar y lo que vio la dejó sin aliento. Había varios hombres que levantaban palas con unos números escritos en ellas.

—La están subastando.

—¿Qué? —gritaron todas a la vez.

Continuó mirando y el corazón por poco se le salió del pecho.

—Ya ha acabado —les comentó con la voz rota, pues la garganta le ardía—. La ha comprado un viejo.

—¡Ay, Dios mío! —gimoteó Eva, a la que le caía una lágrima por la mejilla.

—¡No puede ser! —gritó Inma fuera de sí.

Marta la bajó de sus hombros y las miró con seguridad.

—No pienso dejar que me venda nadie. La única dueña de mi cuerpo soy yo. Se van a enterar esos...

—No hagas locuras —aconsejó Sonia.

—Voy a hacer que se arrepientan del momento en el que decidieron alejarme de mi tierra.

—Marta, no...

La frase de Sonia se quedó a medias cuando la puerta volvió a abrirse. Regresaron los hombres, que se dirigieron sin dudar hacia Marta.

La agarraron de los brazos y tiraron de ella. La chica les guiñó un ojo y las tranquilizó antes de marcharse con ellos.

—No os preocupéis, me voy a librar de estos gilipollas en un santiamén.

Cuando cerraron la puerta tras ellos, Eva adoptó la misma postura que Marta, en el suelo.

—Sube y mira lo qué pasa —le indicó a Sonia.

Sonia mantuvo el equilibrio cuando la alzó y se apoyó en la pared, para poder mirar por la ventana.

En la sala donde permanecían los hombres, todo seguía igual. La pasarela estaba vacía y los compradores disfrutaban de la espera hablando y bebiendo algo que parecía ser té.

—¿Ves a Marta? —preguntó Inma, que no dejaba de llorar.

—Todavía no.

Siguió paseando la mirada por la sala, con asco y temor a la vez, y se preguntó cómo era posible que en pleno siglo XXI todavía existiera la venta de personas. Un grito la hizo mirar hacia la pasarela. Marta era llevada a la fuerza hacia allí, mientras la chica se peleaba con uñas y dientes con sus captores.

—Ahí está —les anunció Sonia—. Se lo está poniendo difícil.

—¡Vamos, Marta, tú puedes! —susurró Eva cerrando los ojos con fuerza, dándole ánimos desde allí—. ¿Pasa algo nuevo?

Sonia negó con la cabeza mientras observaba a la Marta batallar con los hombres, bajo la atenta mirada de los compradores.

Consiguió empujar a uno de ellos y tirarlo al suelo. Al otro le dio una patada en la espinilla y lo dejó inmóvil unos segundos. ¡Lo iba a conseguir! ¡Tenía posibilidad de escapar!

Pero cuando parecía que tenía vía libre para echar a correr, se incorporó el hombre del suelo, con una expresión rabiosa en la cara. La agarró por el pelo y le dio un puñetazo en el estómago que hizo que la joven se doblase por la mitad. Con furia, la empujó con todas sus fuerzas logrando que cayese al suelo. Marta se incorporó con rapidez y dio unos pasos en la dirección contraria, pero no le sirvió de nada. El hombre la agarró del brazo y la lanzó por segunda vez al suelo. Al caer, su cabeza pegó contra el bordillo de las escaleras de la pasarela y Marta se quedó inconsciente.

Sonia jadeó sin poder apartar la mirada de la escena.

El hombre la sacudió para que reaccionase, pero Marta no despertaba.

Un anciano, que hasta entonces había estado sentado entre el público, se acercó a ellos. Colocó los dedos índice y corazón sobre el cuello de Marta, miró al otro y negó con la cabeza. Estaba muerta.

Su asesino la agarró por las piernas y se la llevó de allí, arrastrando, bajo la atenta mirada de los demás, que no hicieron nada por detenerlo. Parecía que estuviesen acostumbrados a esas situaciones.

Los ojos de Sonia se anegaron de lágrimas y un gemido escapó de su garganta.

—¿Qué pasa? —preguntó Eva—. ¿Ha logrado escapar?

Sonia negó con la cabeza.

—La han vendido —mintió, para que las otras no se asustasen todavía más. Hizo una señal para que la volviesen a dejar en el suelo, comiéndose las lágrimas y las ganas de gritar—. Lo mejor será que no opongáis resistencia. Haced lo que os pidan y se acabó.

—¿Pero cómo...? ¿Quieres que deje que me vendan sin quejarme? —replicó Eva contrariada.

—Sí, exactamente.

—No voy a...

—¡Haz lo que te digo!

Eva notó que la voz de Sonia temblaba. De pronto lo comprendió todo. Abrió mucho los ojos y un jadeo salió de sus labios.

La puerta del cuarto volvió a abrirse. Los hombres entraron como un rayo y agarraron a Sonia por el brazo, colocándole las cadenas. La joven miró por última vez a las otras dos mujeres y sonrió con tristeza.