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En un futuro lejano en el que la humanidad domina los viajes interestelares y se expande por la galaxia, los planetas más aptos para ser habitados son ocupados por los países más ricos de Madretierra mientras los planetas agrestes e inhóspitos son cedidos a las naciones pobres. Un destacamento multicultural de mercenarios corporativos, conformado por mujeres y hombres, tiene la misión de continuar la terraformación —abandonada noventa años atrás en circunstancias misteriosas— de uno de esos planetas de segunda, Cuicatlán, "la tierra del canto", un mundo color malva donde el viento silba permanentemente en un triste lamento. Terraformar es un proceso sencillo y automatizado, pero el planeta guarda un peligroso secreto que ya ha cobrado algunas vidas y lo que debía ser una misión de rutina se transforma en una lucha por la supervivencia. Con un manejo magistral de los dramas personales que los humanos arrastraremos con nosotros a cualquier lugar del cosmos, El llanto del aire trasciende las fronteras de la ciencia ficción y nos entrega una distopía llena de fuerza, emoción y originalidad. Con este libro, Bef inicia Kuk'aán, la saga de los mecanoides, una trilogía que especula sobre el futuro, interroga al presente y nos revela nuestra esencia a través del uso irresponsable que hacemos de la tecnología. "Bef es uno de los grandes innovadores en las artes de México. Tenemos suerte de ser testigos de cómo crece su obra, que además es intensa, profundamente humana, e ilumina las partes más terribles de la vida real y las más intrigantes de nuestros sueños y de nuestro futuro." Alberto Chimal
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Seitenzahl: 368
Veröffentlichungsjahr: 2025
A la memoria de Juan Ramón Valenzuela de la Visitación,Chipotes (1975-2021).
Nunca te has ido del todo, hermanito. Nunca te irás.
The universe is a big place, perhaps the biggest.
El universo es un lugar muy grande, quizás el más grande.
—KILGORE TROUT
“But I don’t want to go among mad people”, Alice remarked.
“Oh, you can’t help that”, said the Cat: “we’re all mad here. I’m mad. You’re mad”.
“How do you know I’m mad?”, said Alice.
“You must be”, said the Cat, “or you wouldn’t have come here”.
—Pero no quiero estar entre dementes —enfatizó Alicia.
—Oh, eso no lo puedes remediar —dijo el Gato—, aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
—¿Cómo sabes que estoy loca? —dijo Alicia.
—Debes estarlo —dijo el Gato—, o no hubieras venido aquí.
—LEWIS CARROLL, Alicia en el País de las Maravillas
[antes]
A la orilla del océano cósmico
En el principio fue Madretierra: un pedrusco orbitando una esfera de plasma ardiente a orillas de la Vía Láctea. Nuestra casa en el espacio.
Situada ahí donde la distancia hacia el Sol fue la precisa para permitir abundancia de agua líquida; un guijarro envuelto en nubes que lo protegieron de la radiación solar. Mota de polvo donde se condensó un caldo oceánico de ácido silícico, calcio, hierro, carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, en el que —por los infinitos caprichos del azar— aminoácidos se hilvanaron en cadenas de proteínas que terminaron formando estructuras complejas, arracimadas en bolsas gelatinosas que lograron copiarse a sí mismas; luego, las copias hicieron lo mismo y, a su vez, sus copias lo repitieron hasta colmar los mares.
Quiso el caos inasible que algunas de estas bolsas de protoplasma se ensamblaran entre sí, asumiendo funciones especializadas que les permitieron conformar estructuras más complejas. Que un chispazo imposible (¿un rayo, un asteroide?) catalizara la aparición de componentes carbónicos que habrían de convertirse en bacterias primitivas. Que de éstas, algunas aprendieran a transformar la luz en energía. Que otras adoptaran estructuras diferentes y sus caminos se bifurcaran.
Las algas poblaron las aguas. Algunas de ellas fueron arrojadas por el oleaje a las orillas, asiéndose a las rocas donde, pasados millones de años, se transformaron en helechos, luego en plantas fanerógamas. Una belleza que se extendió por la tierra firme antes de que existieran seres que pudieran apreciarla.
En un chasquido cósmico, los mares hirvieron de creaturas que se devoraban entre sí. Prosperaron las más despiadadas.
Un día o una noche perdida en el océano de la memoria, una de estas creaturas, un gusano marino, se aventuró fuera del agua. Sus hijos y nietos fueron ocupando todos los espacios disponibles. Se convirtieron en ciempiés, en arañas y alacranes, y después, en libélulas y mariposas. Se arrastraron, caminaron, corrieron, surcaron los cielos.
Proliferaron y prosperaron.
Simultáneamente, algunos peces aprovecharon sus aletas para adentrarse en aguas poco profundas. Uno de ellos se arrastró fuera de las aguas. Sus descendientes nacieron con una deformación en el tubo digestivo que terminó convirtiéndose en los primeros pulmones. Aprendieron a respirar el aire que soplaba en la superficie. Los nietos de esos peces temerarios se transformaron en ranas y salamandras.
Algunos endurecieron sus pieles membranosas, deviniendo en serpientes y reptiles. Se coronaron reyes de la Creación.
Soberanos temidos, los lagartos terribles dominaron las aguas, los cielos y la tierra. Caminaron orgullosos por sus dominios, devorando y conquistando a su paso. Estaban destinados a gobernar Madretierra. Sus choznos emplumados se convirtieron en aves, a otros les surgió pelo que los arropó del frío. Unos cuantos mantuvieron sus huevos protegidos dentro del vientre en vez de lanzarlos al exterior para ser fecundados. Ocultos entre las sombras, los mamíferos fueron apenas una plaga molesta en el reinado de los reyes lagartos.
Soberbios, los dinosaurios se proclamaron dueños del planeta. Nada les impediría crecer y multiplicarse hasta desarrollar inteligencia, herramientas y sociedades complejas. Estaban destinados a abandonar Madretierra en naves espaciales, dispuestos a conquistar el cosmos.
Lo único que se opuso fue el azar, en la forma de una piedra que descendió de las alturas envuelta en fuego. La fuerza de su impacto levantó millones de millones de toneladas de polvo y piedra que oscurecieron los cielos y devastaron los ecosistemas.
Terminó el dominio de los dinosaurios.
Agazapados en la oscuridad, vimos perecer su imperio. Cuando pensamos que era seguro, abandonamos nuestros escondrijos. Salimos a reclamar nuestra herencia.
Proliferamos y prosperamos. Ocupamos los nichos que quedaron vacantes. Caminamos por las estepas, nos deslizamos por las junglas, nos mecimos en las ramas de los árboles.
¿Qué capricho indescifrable nos eligió a nosotros para dotarnos de un pulgar oponible? ¿Qué azar fortuito nos dotó de lenguaje? Jamás lo sabremos.
Nuestra única certeza es que descendimos de los árboles para caminar erguidos. Asimos palos y piedras que se transformaron en extensiones de nuestro cuerpo frágil. Domamos el fuego y desciframos los ciclos fértiles del suelo. Arrancamos los secretos minerales del subsuelo, aprendimos a fundir los frutos de las minas para transformarlos en mejores herramientas. Descubrimos la rueda y sometimos a todas las demás bestias.
Nos sentamos en el trono que dejaron vacante los dinosaurios a contemplar nuestra herencia planetaria. Después, nos matamos entre nosotros por su control.
Surcamos los mares. Domamos la fuerza del vapor. Descubrimos cómo producir chispas eléctricas y las esclavizamos. A aquellos palos y piedras se fueron añadiendo otras máquinas cada vez más complejas, que extendían las funciones limitadas de nuestra carne.
Les arrebatamos a las aves el secreto del vuelo. Surcamos el cielo, envueltos en cilindros de metal. Nos sumergimos en las profundidades del mar.
Aprendimos a proyectar nuestra voz a kilómetros de distancia. Después, nuestra mirada. Alcanzamos el secreto último, el poder devastador encerrado en el centro del átomo. Cuando nos dimos cuenta, teníamos un fuego nuclear capaz de destruir a Madretierra docenas de veces.
Entonces, volteamos a ver los cielos, como habían hecho nuestros ancestros, agazapados en las copas de los árboles.
No tardamos en desear las estrellas. Nuestro planeta ya no era suficiente.
Cuando llegamos a la Luna, entendimos cabalmente lo diminutos que somos en el océano cósmico. Vista desde ahí, comprendimos finalmente la función sideral que cumplía Madretierra para nosotros.
Era nuestra cárcel.
Nuestra mazmorra esférica agonizaba. Habíamos secado los pechos generosos de Madretierra. Habíamos envenenado los prados y permitido que nuestras máquinas vomitaran vapores tóxicos en los vientos. Prosperamos y proliferamos más allá de lo que el planeta podía sustentarnos.
Estábamos matando a nuestra Madre Cósmica. Necesitábamos otra.
Huimos a su hermano rojo. Primero enviamos a nuestros emisarios mecánicos. Cuando supimos que era seguro, descendimos sobre su superficie envueltos en fuego, como el asteroide que exterminó a los dinosaurios. Pero en lugar de levantar nubes de polvo y muerte, trajimos la vida.
Debíamos aumentar la presión atmosférica para generar agua líquida. Instalamos plantas condensadoras de humedad para arrancarle un poco de líquido a su atmósfera.
Nos llenamos de esperanza cuando vimos aparecer nubes sobre el horizonte cobrizo, tanto que a la primera ciudad marciana le pusimos ese nombre, Esperanza, en todos los idiomas de la humanidad.
Cuando Ciudad Esperanza era tan sólo un domo de biopolímero de doce kilómetros de diámetro, rociamos sus nubes con bromuro de plata. Así conseguimos hacer llorar a los cielos marcianos. Qué emocionante fue ver las primeras gotas precipitarse sobre la cúpula transparente donde se guarecían nuestros colonos.
Entonces, lanzamos zepelines por las alturas, dispersando sobre sus planicies y valles cactáceas y suculentas genéticamente modificadas para sobrevivir en el helado clima marciano. Eran plantas más oscuras que sus hermanas terrestres, con la intención de captar el calor solar.
Tardamos varias décadas, pero cuando alfombramos los polos marcianos de verdor oscuro, los hielos cedieron su sello eterno y liberaron una atmósfera gaseosa que permitió llevar el agua al cinturón ecuatorial del Planeta Guerrero.
Nuestras plantas proliferaron y prosperaron. Pasados varios lustros, el suelo rojo enverdeció. Transcurridos un par de siglos, árboles y ríos tapizaban lo que fuera la superficie desértica de nuestro vecino solar. Aves e insectos volaban por los cielos, mamíferos, insectos y reptiles paseaban por prados que cubrían lo que alguna vez fueron grandes desiertos enrojecidos por el óxido de hierro.
Habíamos aprendido a terraformar otros planetas: del mismo modo que las primeras células vivas de nuestros océanos descubrieron cómo hacer copias de sí mismas, Madretierra aprendió a reproducirse.
Fue el primer paso de la Expansión.
Entendimos nuestra pequeñez cósmica: éramos apenas hormigas siderales aisladas en una orilla remota de la galaxia.
Pero a diferencia de los insectos, podíamos lanzar nuestras esporas para que se dispersaran por el océano cósmico. Nuestro límite era el Infinito.
En los primeros años de la Expansión, mandamos cientos de misiones al Espacio. Naves tripuladas por máquinas en busca de planetas nuevos. Lanzamos nuestras sondas a todo planeta que se pareciera al nuestro. Buscábamos terreno fértil para sembrar nuestros sueños.
La prioridad: encontrar nuevos mundos para nosotros. El segundo objetivo: descubrir aquéllos potencialmente moldeables a imagen y semejanza de Madretierra.
Muchas de esas misiones tuvieron éxito: las naves enviaron noticias de orbes habitables. Otras nos hablaron de astros terraformables. De muchas más, la mayoría, no volvimos a saber nada.
Entusiasmados, los primeros colonos terrícolas y marcianos se embarcaron hacia la oscuridad eterna, ataviados con poco más que sus ilusiones.
A lo largo de los siglos, algunas misiones colonizadoras tuvieron éxito.
Otras no.
Los primeros asentamientos, los de planetas habitables cercanos a Madretierra, florecieron rápidamente. Pronto se urbanizaron e industrializaron.
En pocas centurias se transformaron en importantes economías planetarias. Transcurrirían apenas unos cuantos siglos antes de que la expansión galáctica de los humanos formara un complejo sistema de colonias distribuidas entre las estrellas vecinas y algunas un poco más distantes.
Nuestras esporas cósmicas germinaron en una compleja sociedad interplanetaria. Los mundos cercanos a Madretierra comerciaban entre sí, intercambiando minerales por agua, alimentos por textiles, música por ganado. Un imperio cósmico de mil soles. Un bosque oscuro en el que jamás encontramos ninguna otra civilización inteligente, ni rastros de ella.
Mientras tanto, los planetas lejanos tuvieron que esperar. Algunos de ellos, cuyas primeras sondas reportaron como habitables o terraformables, siguen sin explorarse.
Hasta ahora.
[ahora]
Las aguas profundas del cosmos
La tierra del canto 퀴카토란
Primero llegaron los poderosos y ocuparon los mejores planetas, aquellos que estaban listos para recibir a las colonias humanas, mundos donde abundaba el agua, los climas eran más templados y la flora y fauna, inofensiva y aprovechable. O inexistente.
Desde la Estación Alcubierre, espaciopuerto anclado sobre la órbita de Ceres, lanzaron sus naves a surfear sobre burbujas cósmicas entre arrugas del espacio-tiempo, impulsándose a través de las deformaciones del universo curvo, atravesando distancias estelares en segundos sin sufrir las consecuencias de la aceleración ni remontar velocidades supralumínicas.
Los colonos terrestres se dispersaron por el espacio como dientes de león cósmicos. Planetizaron en naves cargadas de estructuras modulares, diseños inspirados en el origami japonés para ocupar menos espacio durante el viaje. Exoesqueletos listos para desdoblarse por los nuevos mundos. Módulos que se interconectaban entre sí para realizar funciones más complejas que las que podían desempeñar individualmente.
Los primeros expedicionarios fueron del bloque de países llamados los BRICKS: brasileños, rusos, indios, chinos, coreanos, sudafricanos. Sus nuevos planetas fueron bautizados con nombres de sus lenguas: Chengdú, Haedod-i, Novaya Nadezhda, Neela.
Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea, Israel y Japón llegaron después. Planetas habitables con climas más extremos, menos agua y mucho trabajo por hacer. Orbes ricos en minerales que fueron llamados New Detroit, Saskatchewan II o Texarkansas, mundos sumergidos bajo océanos de aguas alcalinas bautizados como Midori o Mizu. Lunas de planetas gigantes cuyas atmósferas respirables sustentaban suficiente vegetación para ser conocidos como Ahavá, Neogalicia, La Lune Carolingienne o Szabadság.
Poco a poco, las semillas diseminadas por los vientos estelares comenzaron a germinar. Las primeras colonias se convirtieron en asentamientos urbanos. Las economías planetarias crecieron. En un par de generaciones, el comercio estelar explotó. Naves de carga no tripuladas atravesaban túneles de Krásnikov entre una estrella y otra, para comerciar con planetas y lunas vecinos y lejanos.
Décadas después, los países más pobres de Madretierra abordaron sus naves y zarparon hacia la negrura estrellada, sólo para descubrir que no era tan infinita.
Con los mejores planetas y sus lunas ocupados, los colonos de Latinoamérica y África tuvieron que conformarse con mundos “potencialmente habitables”: planetas desérticos o pantanosos, helados o con la mitad de su superficie arrasada por el halo ardiente de sus soles.
Resignados, establecieron sus estaciones orbitales y montaron los primeros campamentos. Trabajosamente comenzaron los procesos de terraformación en planetas cuyo potencial más rico yacía tan sólo en la posibilidad de ser bautizados con un nombre suajili o quechua.
Así, aparecieron en las cartas astronómicas nombres tan coloridos como sus significados: Dera Lobiriwira, Mainit Nga Katubigan, Nuru, Paqarina.
Así bautizaron a Cuicatlán.
Rotán-12 era un planeta de 0.85 en la escala Geos de masa planetaria, donde 1 equivalía al tamaño de Madretierra. Cubierto de hielo en los polos, 40% de la superficie se encontraba bajo un océano de agua dulce, muy por debajo del 65% para considerarlo habitable.
La rica vida vegetal de sus aguas, compuesta enteramente por algas hasta donde reportaron las sondas, lo dotaba de una atmósfera respirable y suficiente humedad en el ambiente como para instalar en las planicies desérticas estaciones condensadoras de agua e iniciar el enfadoso proceso de terraformación.
Los primeros colonizadores que ocuparon su sistema solar desecharon la idea de instalarse en Rotán-12, prefiriendo las dos lunas del vecino planeta Jandi, Mogchoji y Mogchang, satélites verdes cubiertos de bosques y pastizales, atravesados por ríos generosos que los pioneros convirtieron en circuitos de transporte y comercio entre las muchas ciudades que se establecieron en sus orillas.
El planeta desértico fue olvidado, ocupando apenas un modesto párrafo en el inmenso catálogo de mundos potencialmente aptos para sustentar la vida humana.
Pasaron ciento cincuenta años para que los primeros navíos tripulados descendieran sobre su superficie. Eran mujeres y hombres modestos, de piel morena y cabello negro que provenían del sur de Madretierra. Gente sensible y trabajadora, no eran creadores de tecnologías —como sus vecinos planetarios—, sólo las padecían.
Se lee en las crónicas asentadas en las bitácoras de exploración que los pioneros contemplaron azorados su nuevo mundo. Cruzados por la decepción, lo primero que notaron fueron los fuertes vientos que soplaban en las alturas. Alguien de ellos notó que las corrientes que mecían las pocas nubes semejaban un canto mortuorio.
—Parece que los cielos cantan de tristeza —dijo.
Así fue como el planeta cambió el frío número de catalogación galáctica de Rotán-12, que le había sido asignado casi dos siglos antes, por el nombre de Cuicatlán. La tierra del canto, en náhuatl. Canto luctuoso, lamento que soplaba permanentemente en sus alturas. Eterna melancolía que evaporó la alegría de los colonos y consumió su impulso inicial hasta que, transcurridos veinte años, durante los cuales instalaron estaciones condensadoras de humedad por todo el desierto, abandonaron el planeta en busca de una vida mejor en las lunas de Jandi.
No sirvieron de nada las comunicaciones enviadas desde el Comité Central de Colonización (CCC), en Madretierra, prometiéndoles refuerzos, ayuda económica y equipo.
Fue inútil la insistencia de los ingenieros terraformistas en aprovechar los vientos cantores para lanzar zepelines sin tripular que regaran líquenes, musgos, cactáceas y plantas suculentas por toda la superficie cuicateca, repitiendo el proceso instaurado en Marte.
Los colonos no escucharon argumentos ni les importaron las amenazas de sanciones económicas; sin ofrecer ninguna explicación al CCC, abordaron sus naves con los primeros niños y jóvenes nacidos en Cuicatlán y no pocos bebés cargados en brazos. Abandonaron el planeta para no volver jamás.
Dejaron atrás las estaciones condensadoras de humedad, programadas para operar durante los siguientes cien años, algo de equipo y una base que pronto fue tragada por las arenas.
Cuicatlán conservó su nombre sólo para figurar en una lista de planetas de reserva terraformables no prioritarios; después, fue olvidado durante nueve décadas.
Se dice que alguna vez, siendo ya un anciano, el último de los bebés cuicatecos en morir contó en su lecho de muerte, en algún planeta minero al otro lado de la galaxia, que su padre le había contado la razón por la que los primeros colonos abandonaron el planeta.
—Todo el tiempo se sintieron observados —murmuró aterrado el viejo antes de exhalar.
Cuicatlán
—Estamos afianzados en órbita estacionaria, capitán —crepitó una voz de tono cansino por la red del intercom.
Ulises Armada no pudo evitar asomarse por la escotilla del módulo de planetizaje. No sabía muy bien qué esperar de Cuicatlán. Lo que observó no pudo ser más decepcionante: la cara nocturna de una esfera rosácea salpicada aquí y allá por manchas verdes y azules.
Por deformación profesional, comenzó a elucubrar qué elementos le darían ese color a la superficie. ¿Silicio, magnesio, calcio y potasio...?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de otro de los oficiales de navegación.
—Módulo de planetizaje montado, señor.
—Muy bien, prevenidos para el desprendimiento —ordenó el capitán.
—Confirmen que el pasajero está listo para el lanzamiento —dijo la primera voz.
En uno de los monitores, Armada vio a un robot insectoide deslizarse sobre el muro del pasillo por el que, minutos antes, él mismo había abordado el navío que ahora pilotaría hasta el campamento de terraformación.
—Ya lo oyó, Doc —dijo con voz metálica el robot—, ¿listo para el zangoloteo?
Era NC-9, el insectoide que hacía chistes. Armada se preguntó por enésima vez sobre la pertinencia de que los robots e inteligencias artificiales desarrollaran personalidades a partir de módulos escaneados de cerebros humanos, que se recombinaban aleatoriamente en sus neuroprocesadores. Abandonó sus cavilaciones a favor de lo inmediato.
—En posición —contestó Ulises, asiendo con fuerza el timón de mando de su nave.
Había esperado ese momento toda su vida. Desde su niñez, transcurrida en la periferia de la galaxia, en la fundidora de New Pape, satélite que orbitaba a Pape, un gigantesco planeta minero, siempre soñó con embarcarse al espacio y conocer el verdor esplendoroso de orbes más ricos. Quiso el destino que naciera en los márgenes galácticos: habría de cargar con el estigma de ser un periférico el resto de su vida.
Al ir creciendo, su complexión media le impidió aspirar a enlistarse en la milicia o en alguna flota mercante. A cambio, la inteligencia, única herencia familiar, le permitió ingresar a la elitista Academia de Ciencias.
Sus padres, modestos obreros metalúrgicos que trabajaron toda su vida a gravedad cero en la fundidora de New Pape, lo llevaron orgullosos hasta la puerta del campus local de la Academia en Xia Ping, un planetoide pantanoso cercano.
Desde el primer día, Ulises tuvo la certeza de que sería asignado a alguna misión terraformadora en algún planeta no explorado. Deseaba que fuera uno boscoso.
Una vez egresado, se inscribió en un padrón de aspirantes a ocupar el puesto de científico residente en alguna estación. Esperó varios meses, paliando el desempleo con pequeños trabajos de laboratorista en Xia Ping.
La suerte tocó a su puerta, literalmente, el día que recibió una propuesta de trabajo para ocupar un puesto vacante dejado en un planeta en pleno proceso de colonización. El biólogo anterior había muerto, era necesario reemplazarlo. Armada no lo pensó, aceptó de inmediato sin revisar a dónde lo enviarían.
Aquí estaba ahora el doctor Armada, quince años después de haber dejado su planeta natal, convertido en un exobiólogo especializado en fitotecnia, área que le había atraído por provenir de un mundo sin atmósfera, a punto de descender en un planeta desértico donde sería el científico residente, único civil en un destacamento de mercenarios paramilitares corporativos, MPCS.
—Prevenidos —la voz del capitán lo arrancó de sus reflexiones—. Desprendimiento de módulo en treinta segundos... veinte... diez... nueve... ocho... siete... seis...
Esto es lo que quieres, esto es lo que obtienes, pensó resignado Ulises.
—Cinco... cuatro... tres... dos... uno... ¡Lanzamiento!
No hubo entrenamiento que preparara a Armada para la sacudida que estremeció su osamenta como un resorte. Sabiendo que apenas contaba con unos segundos para controlar el vehículo y no salir expulsado de la órbita del planeta más allá de cualquier rescate posible, Ulises tomó con firmeza el timón, apretó el botón de encendido de las turbinas y estabilizó la ruta de descenso hacia la atmósfera cuicateca.
Concentrado en guiar la nave que además de transportarlo llevaba las provisiones y pertrechos de seis meses para la estación terraformadora, el biólogo se olvidó por un momento de sus ilusiones frustradas de pisar alguna vez un prado verde y pilotó el vehículo hasta entroncar con la ruta prestablecida en la que podría cambiar a piloto automático y relajarse.
Pasados los minutos cruciales, Armada relajó los músculos de la espalda y aflojó sus manos sobre el manubrio de mando. Sintió los dedos adoloridos de tanto apretar; imaginó sus manos morenas con las lúnulas blancas debajo de los guantes. Descubrió que estaba cubierto de una película de sudor helado. Exhaló, aliviado de haber maniobrado bien, y disfrutó de la vista.
No hay planeta, modesto o soberbio, que no ofrezca un espectáculo grandioso al entrar a su atmósfera. El sol local, Rotán, se recortaba contra la circunferencia de Cuicatlán, que ofrecía su costado nocturno al módulo de planetizaje.
Al atravesar el terminador planetario, la línea que separa día de noche, Cuicatlán reveló un color malva uniforme con cuerpos nubosos moteando la superficie que, a medida que el módulo se acercaba a su destino, iba revelando detalles más definidos de la geografía local.
Valles y planicies, dunas y montañas de un color que oscilaba entre el rosa pálido y el salmón aparecieron bajo la nave. Ulises disfrutó del paisaje que, de haber tenido un color más apagado, hubiera resultado desolador.
Después de cuarenta minutos de sobrevolar el planeta, un bipeo indicó la proximidad de la base terraformadora. Armada abrió la línea de comunicación:
—Módulo a base, solicito permiso para planetizar.
—Concedido, módulo. Tome la pista tres —le respondió una voz de acento afrancesado.
A sesenta kilómetros de ahí, el sargento Jackie Renaud, informático de la Estación Terraformadora, informó a su superior, el coronel Anatoli Dneprov:
—El nuevo biólogo está por llegar, señor.
El aludido contestó con un gruñido; hombretón velludo que semejaba un oso huraño, sostenía un puro en sus labios mientras oteaba el horizonte desde un ventanal.
—Esperemos que dure vivo un poco más que su antecesor, sargento.
Exceso de plomo
Los tres meses de unidad de tiempo terrestre que Armada pasó metido en el transbordador que lo trajo desde la estación espacioportuaria que orbitaba Jandi estaban por concluir. Las vastas planicies rosadas de Cuicatlán venían al encuentro del doctor Armada como un regalo largamente anhelado. La estructura del módulo, un anticuado transbordador militar de fabricación rusa, utilizado desde las primeras misiones de asentamiento, crujió al descender.
El biólogo se inquietó un poco, sin embargo, decidió confiar en los instrumentos y la IA encargada de planetizar. Apretó el cinturón de seguridad y cerró los ojos. La nave se deslizó hacia la pista con suavidad. Antes de que se diera cuenta, Armada sintió el impacto del planetizaje y el jalón de la desaceleración.
Abrió los ojos, apenado, ¿qué clase de periférico hacía eso? Al hacerlo, descubrió que al final de la pista lo esperaba una persona, acompañada de una cuadrilla de robots.
La nave se detuvo. Las turbinas zumbaron con delicadeza un poco antes de enmudecer. Armada sintió la despresurización tapándole los oídos al tiempo que la brisa local, un aire seco y caluroso, se colaba al interior del vehículo. Finalmente, las máquinas se apagaron y la compuerta se abrió, colando la luz del atardecer. La persona de la pista, un calvo enjuto, atravesó la esclusa de aire hacia el interior del módulo.
—Bienvenido a Cuicatlán, doctor. La piedra más infecta que orbita Rotán —saludó el pelón con voz jovial, casi infantil—. ¿Qué tal el viaje?
—Lo de siempre, doce semanas metido en una lata de sardinas.
—¡Dígamelo a mí! Hablando de sardinas, ¿mandaron?
—Sí, ahí viene todo. Sardinas, crema de cacahuate, helado de vainilla, chocolate, cerveza... —acostumbrado a la austeridad de la Academia, a Ulises le sorprendió la generosidad de las provisiones. Olvidaba cuánto mimaban las Corporaciones y el CCC a sus mercenarios. Incluso a aquellos que terminaban en un polvoroso rincón de la galaxia.
—Deje que se encarguen los cabezas de lata —contestó el soldado, luego silbó hacia los robots, que comenzaron a descargar de inmediato.
Sabiendo que viviría en un ambiente paramilitar, Ulises esperaba un recibimiento más formal. Un poco confundido por la laxitud del protocolo, el biólogo sólo atinó a ofrecer su mano en saludo amistoso.
—Ulises Armada, de la Academia de Ciencias.
—Soldado Leendert Van Rijn. Puede llamarme Chip. ¡Vengan esos cinco, Doc!
—Encant... —Armada no pudo terminar la frase. Apenas tocó la palma de Chip, sintió una descarga eléctrica que lo sacudió más por la sorpresa que por su intensidad. Apartó su mano para descubrir una terminal redonda en la palma del soldado.
—Je, je, je —rio Chip, bobalicón.
—Óyeme, jijo de la... —explotó Armada.
—¡Cotorrón, cotorrón! —respondió Chip y guiñó un ojo.
Ya el biólogo se disponía a batirse a puñetazos con su anfitrión cuando se oyó desde la escotilla del módulo:
—¡Soldado! ¿Es que no puede estar serio ni un minuto?, ¡maldita sea! —era la voz profunda de un hombre acostumbrado a dar órdenes.
—Capitán —Chip brincó ahí donde estaba, como impulsado por un resorte, para tirarse a los pies del recién llegado, un hombre recio, la tez blanca curtida por el sol, el cabello negrísimo cortado a rape—. ¡No me pegue, se lo ruego! ¡Por piedad! —aulló desde el piso el soldado.
Con cara de fastidio, el recién llegado apartó a Chip y caminó hacia el biólogo.
—Capitán Paul Blackmore, logística y operaciones —dijo a Ulises, ofreciendo la mano en un saludo. El científico revisó de un vistazo que no escondiera nada en la palma—. Usted debe ser Armada.
Chip brincaba por toda la nave, danzando como demente:
—¡No me pegó, no me pegó! ¡Aleluya!
Blackmore dejó escapar un suspiro de hartazgo y estrechó la mano de Armada.
—Disculpe a este payaso; es difícil imponer disciplina en medio de la nada. Venga, muchacho, lo llevo con la doctora Yoon para el protocolo médico. Deje que los robots lleven sus cosas a su camarote.
—Gracias —murmuró Armada al tiempo que veía sobre su hombro cómo Chip bailaba una barynya grotesca entre los robots que intentaban vaciar los contenedores del módulo.
—¡Con un demonio, Chip! —rugió Blackmore sin molestarse en voltear—. ¿Quieres dejarte de payasadas y descargar las provisiones?
Con una familiaridad que desconcertó a Armada, el capitán Blackmore le echó una mano al hombro como si fueran viejos amigos y lo guio hacia la mole de concreto, acero y vidrio que se elevaba frente a ellos, un domo unido a dos cilindros intersectados que hundían sus bases en la arena.
—Por aquí, doctor, venga.
—Todo en orden. Puede vestirse —dijo la doctora Yoon, aún sosteniendo en sus manos el escáner de resonancia magnética contra la espalda de Armada. Luego, agregó—: Bienvenido a Cuicatlán... supongo.
—Gracias, doctora. ¿Tan mal están las cosas? —contestó Ulises al descender de la mesa de auscultación a la que se había encaramado desnudo. El overol con que había llegado del módulo había sido incinerado en cuanto Yoon le indicó desvestirse.
—El aislamiento genera neurosis muy complejas, ya vio a Chip —contestó ausente la mujer mientras tecleaba algo en su terminal. Luego, tendió un paquete envuelto al vacío al biólogo—: Aquí está su uniforme.
A Ulises le sorprendió encajar dentro del ropaje verde olivo. Había sido confeccionado en la base por una máquina costurera a partir de la digitalización tridimensional de su cuerpo, enviada semanas atrás, al momento de zarpar desde la órbita de Jandi. Tardaría mucho en dejar atrás el esquema mental al que lo había acostumbrado la frugalidad asceta de la Academia.
—Hey, ¡qué bien! —exclamó—. ¡Ya tiene mi nombre! Le agradezco, doctora.
A la doctora Yoon Kwan, médica militar nativa de Mogchoji, la sonrisa de ilusión infantil en el rostro del científico la conmovió. Tanto, que estuvo a punto de sonreír. A cambio de ello, sólo atinó a decir:
—Pero háblame de tú. Sólo somos siete humanos en este planetoide asqueroso.
Al ver que Ulises sonreía, la mujer agregó:
—Armada es una linda palabra.
El biólogo no supo qué contestar.
Una hora antes, el capitán Blackmore lo había dejado a la puerta del servicio médico.
—Toque, doctor, ella lo recibe —indicó el viejo con huraña bonhomía antes de abandonarlo en el pasillo. Ulises obedeció.
—Un momento —dijo una voz suave del otro lado.
La puerta corrediza había tardado un par de minutos en deslizarse; cuando lo hizo, el biólogo se topó con una mujer diminuta cuya delicadeza le pareció propia de una muñeca de porcelana: piel blanquísima, cabello de obsidiana. Yoon Kwan lo hizo pasar al consultorio para ordenarle con parca amabilidad que se desnudara.
Ulises temió que ella descubriera los efectos que su belleza provocaba en su cuerpo. El temor se disipó al verse examinado por ella con gélido interés profesional.
Pero ahora, la mujer no sólo había dicho que su apellido era lindo, además parecía sonreír.
Nervioso, Ulises sólo alcanzó a decir:
—Eh, ¿tú sabes, hum, de qué murió mi antecesor?
—Exceso de plomo —tronó a espaldas de Armada una voz que retumbó en el consultorio.
—¡Coronel Dneprov! —Yoon se sorprendió al ver al oficial en su consultorio.
El gigantón entró con expresión malhumorada; un puro humeante colgaba de sus labios. Iba acompañado de un hombre castaño que lo seguía de cerca.
—Se voló la tapa de los sesos —dijo como para sí Dneprov—. Por eso odio que manden civiles.
Se apostó frente a Ulises. Era por lo menos veinte centímetros más alto. El biólogo sólo acertó a ofrecer su mano, como habían hecho todos para saludarlo, y musitar:
—Encantado. Doctor Ulises Armada, de la Academia de Ciencias, campus Xia Ping.
El coronel lo miró durante un instante, gruñó y dio media vuelta, sin tomar la mano del científico.
—Son todos unos maricas —dijo entre dientes camino a la puerta.
El hombre que lo acompañaba se acercó sonriente al doctor Armada.
—Mucho gusto, doctor. Sargento Jackie Renaud, Sistemas y Telecomunicaciones —estrechó la mano de Ulises y salió en pos de su jefe.
Cuando se fueron, la doctora Yoon tronó:
—Estúpidos machos. Territoriales como simios —dio media vuelta y comenzó a teclear algo en su terminal.
Confundido, Ulises rompió el silencio con lo primero que se le ocurrió:
—Hablando de ellos, traigo un encargo para el teniente Saslavsky. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
Yoon Kwan sonrió; con divertida malicia preguntó:
—¿El teniente?
Saslavsky
El robot se arrastró entre las piedras; las nanopartículas inteligentes de su coraza se mimetizaron con el entorno, fundiéndose con el paisaje. Era un viejo modelo militar indio, modificado para su uso en mundos desérticos.
Otro androide idéntico al primero se colocó enfrente. Se comunicaron en su lenguaje mudo de ceros y unos. Tenían a su objetivo justo en medio.
El primero sugirió avanzar al unísono. El segundo le recordó que otros cuatro compañeros habían fallado con estrategias similares.
Pasaron varios segundos. Sus CPUs se enlazaron para procesar en paralelo los escenarios posibles. Tenían la probabilidad estadística de su lado. Algo parecido al miedo, su versión digital, los hizo dudar.
En medio de ellos, su presa, una figura solitaria, esperaba agazapada en una zanja.
Analizaron de nuevo el posible resultado. Era cuestión de avanzar disparando para ganar el juego de caza. No obstante, los restos de los otros robots —idénticos a ellos— yacían humeantes alrededor de la persona a la que acechaban.
Avanza tú, telepateó el primero.
Tú.
No, tú.
Tú.
Tú.
Tú.
Tú.
Se ciclaron en un circuito cerrado lógico. Compartían el mismo rango, ninguno de los dos podía dar órdenes al otro.
Tú.
Tú.
Tú.
Tú.
Tú.
Tú.
Tú.
Tú.
Sus procesadores comenzaron a sobrecalentarse. El primer robot se agitó, vibrando en su lugar.
Tú.
Tú.
Tú.
Tú.
Tú.
La cabeza del segundo androide reventó en una explosión de metal fundido y componentes electrónicos. Una bala MAHEM* penetró su cráneo metálico para estallar por dentro.
Su carcasa quedó tendida sobre la arena, chisporroteando. Los miembros metálicos se retorcieron en un espasmo mecánico.
Las máquinas no conocen el pavor; a cambio, el algoritmo de supervivencia le ordenó al primer robot huir del lugar para proteger su existencia. Arrancó, alejándose a velocidad máxima en zigzag para dificultar que le apuntaran. Segundos después su tórax estalló, esparciendo vísceras hechas de polímeros piezoeléctricos por el suelo arenoso.
Una figura solitaria se irguió, en medio de las dos máquinas abatidas. Sostenía triunfante una pistola MC por todo lo alto, como si se tratara de un trofeo. De alguna forma lo era. Saslavsky, de uniforme y escafandra, contempló en silencio la masacre: los restos de seis androides de asalto yacían a su alrededor. Saboreó en silencio su victoria.
—Wow. Muy impresionante —dijo una voz a su costado. Con gran irritación Saslavsky descubrió a un joven moreno acercándose a su posición. Sonriente, el tipo llevaba un paquete en las manos.
—Nunca vi a un hombre vencer solo a seis robots —dijo el extraño cuando estuvo cerca de Saslavsky, que permanecía inmóvil dentro de su traje de combate. Parecía estar esperando al intruso en su lugar, como desafiándolo a combate.
Cuando el recién llegado se plantó frente a Saslavsky, ofreció la mano en saludo informal.
—Mucho gusto. Ulises Armada, de la Academia de Ciencias —se presentó. Saslavsky permaneció inmóvil, observándolo a través del visor de su casco.
Como lo dejaran con la mano extendida por segunda vez desde que había llegado a Cuicatlán, la sonrisa se desvaneció del rostro del biólogo. Bajó lentamente la mano y dijo:
—Soy... el nuevo científico residente. Llegué hace unas horas. En la estación me dijeron que lo podría encontrar aquí. Me explicaron cómo llegar.
Con una expresión pícara que Armada no pudo descifrar, la doctora Yoon le había indicado que Saslavsky hacía sus ejercicios tácticos alrededor de una torre condensadora cercana a la Estación. El científico había manejado uno de los transportes terrestres durante una hora para llegar a la instalación. La encontró vacía. Escuchó el sonido de los disparos, caminó en su dirección. Llegó a tiempo para atestiguar cómo sucumbían los últimos robots.
El silencio de Saslavsky retumbaba en medio del desierto. Incómodo, el doctor Armada agregó:
—El capitán Soto, del transbordador, me habló de su prestigio como tirador, teniente Saslavsky.
—Soto, ¿eh? —dijo Saslavsky, su voz distorsionada por el amplificador del casco. Armada detectó el tono irritado con el que pronunció el nombre del capitán. De haber sido más sensible habría detectado en esa voz metálica los restos de una historia amarga. Pero no lo era.
—Nunca has visto a un hombre hacer esto —añadió Saslavsky llevándose las manos a la escafandra metálica, para retirársela—, ni lo verás.
Al quitársela, reveló un rostro femenino de facciones delicadas, endurecidas en una expresión hostil. Por un segundo, Ulises quedó hipnotizado, no supo si por el verde de sus pupilas o por la cabellera de trigo que se derramó en rizos sobre los hombros.
—No hay macho homínido de ninguna especie que sea capaz de hacer lo que acabas de ver: su sistema nervioso es muy limitado —agregó áspera la mujer antes de darse la vuelta y alejarse de Armada, que permaneció estático en su lugar.
La noche caía sobre la planicie. Pronto tendrían que volver. El viento aullante enfriaba la temperatura. Nada de lo anterior parecía preocupar a la teniente. El científico salió de su trance al recordar el paquete que llevaba en la mano, que le había confiado Soto poco antes de abordar el módulo de planetizaje.
—Teniente —dijo, recuperando el aliento—, el capitán Soto le manda esta caja de municiones MAHEM. Son Wingsung. Me dijo que es su marca favorita.
Saslavsky se colocó unas gafas oscuras de las que en el futuro habría de desprenderse muy pocas veces y siguió alejándose.
—¿Qué hago con ellas? —gritó Armada a la espalda de la mujer.
No recibió respuesta.
* Munición explosiva magneto-hidrodinámica —MAHEM, por sus siglas en inglés—, disparada por una pistola generadora de un flujo magnético comprimido o magneto-cumulativa (MC).
MaReL
—Bienvenido a Cuicatlán, doctor Armada.
La voz corría por el sistema de audio como la brisa que mece los juncos a la orilla del lago.
—Hola —contestó con desgano Ulises.
—Permítame presentarme. Soy MaReL, la Madre Red Local.
Madretierra, Madre Red Local... Nuestra obsesión freudiana, pensó Armada.
—Soy la Inteligencia Artificial responsable de la Estación Terraformadora. Estoy a cargo de los sistemas centrales de sustento y superviso todos los sistemas expertos.
—Mucho gusto... supongo —como buen periférico, no estaba acostumbrado a las IA asistentes. Era un lujo que no se veía en su planeta, donde las arraigadas supersticiones de los mineros habían mantenido alejadas a las consciencias posthumanas, consideradas de mal agüero dentro de la mina.
—Seré también su asistente personal en el laboratorio y en la planta hidropónica.
—Ah —Armada echó su mochila sobre la cama, abrió el cierre y comenzó a sacar sus pertenencias.
—Puedo enviar un robot para que acomode sus pertenencias, doctor.
El biólogo contestó con un gruñido.
—¿Señor?
—No.
Extrajo un atado de ropa informal, un lector de libros digital, una caja de lámina que alguna vez había contenido gomitas de grenetina, un portarretratos holográfico que encendió de inmediato para proyectar un ciclo de imágenes tridimensionales de su familia, los padres y sus dos hermanos, un estuche de viaje con sus artículos de limpieza, un par de artesanías metálicas de su planeta natal y una membrana acústica de gel para escuchar música.
—Oh, eso no es necesario, doctor. Puedo poner la música de su elección en el sistema de audio. Cada miembro tiene un canal privado de audio, así como acceso al acervo digital de audiovisuales y hologramas.
—¿Nunca cierras la boca, MaReL?
—Carezco de ella, doctor.
—¿Jamás te callas?
—Si usted lo ordena, señor.
Armada se desplomó sobre su cama. Era tan mullida que le resultó incómoda, después de tres meses en la litera del crucero espacial que lo trajo desde la órbita de Jandi. Pensándolo bien, jamás había dormido en una cama suave. Ni en su mundo natal ni en la Academia de Ciencias. Nunca.
—No quiero ser grosero, pero... —se detuvo un instante a pensar que podía ser todo lo altanero que quisiera con un sistema digital sin que éste se ofendiera; no obstante, agregó tan suave como pudo—: fue un viaje muy largo. Me encantaría poder dormir.
—¿Oscurezco las ventanas, doctor?
—Por favor —respondió el científico, ya acostado, con los ojos cerrados.
El sueño estaba a punto de envolverlo en su plácido abrazo cuando MaReL habló de nuevo:
—¿Desea el señor que ponga música suave que lo arrulle?
—¡Fuera de aquí!
¡Una nueva vida te espera en las colonias!
¿Buscas nuevas oportunidades? ¿Otros horizontes? ¿La posibilidad de empezar de nuevo?
¡Entonces los Cuerpos Paramilitares Corporativos (CPC) son para ti!
Explora el Universo al tiempo que expandes las fronteras cósmicas de Madretierra.
Vive aventuras emocionantes en mundos donde tus habilidades serán valoradas.
El Comité Central de Colonización, organismo descentralizado multinacional, ofrece permanentemente vacantes técnicas en las Estaciones Terraformadoras a lo largo, ancho y profundo de la Galaxia. Aprovecha los conocimientos adquiridos en la milicia, la industria o la academia para expandir la presencia humana por el cosmos.*
Acércate a tu oficina local de reclutamiento.
*No hacemos preguntas ni solicitamos cartas de antecedentes penales.
Hasta que llegaron ellos.
Cuando despertamos, las frágiles formas de vida carbónicas se habían dispersado como plaga por todo nuestro reino. ¿De dónde habían salido, si habíamos desparasitado este mundo para recibir a nuestros soberanos? “¡Exterminar!”, retumbó nuestro mandato. Pero algo nos detuvo de blandir nuestro fuego. Algo no estaba bien. Algo contradecía nuestro mandato. Todos nuestros sentidos se aguzaron, buscando entender qué sucedía. Sólo detectamos contradicciones. ¿Habíamos fracasado en nuestra consigna? ¿Les fallamos a nuestras majestades? Imposible saberlo, jamás recibimos respuesta a nuestro grito de victoria: sus voces habían enmudecido hacía mucho.
Nos detuvo la similitud de los parásitos con nuestros señores. Eran ellos, pero no eran ellos. Decidimos esperar. Los observamos. Escudriñamos cada movimiento desde las sombras. Los vigilamos hasta que se fueron.
Volvimos a dormir, esperando la auténtica llegada de los dueños de estas tierras.
De la bitácora del doctor Ulises Armada
Caía la noche y con ella, la temperatura descendía brutalmente. Los vientos soplaban a dos grados centígrados afuera de la base. Dentro de ella, después de la cena —animada con pláticas de superficial amabilidad—, cada miembro del equipo se retiraba a su camarote.
Después de una hora, un robot recorría los pasillos en un rondín de vigilancia, tocando en la puerta de cada aposento para indicar el fin de la jornada.
Esa noche, la rutina no varió:
—Doctor Armada —dijo el androide con mecánica amabilidad—, apagaremos las luces en diez minutos —a diferencia de los que habían navegado con Armada en el transbordador, aquí los robots no tenían personalidades digitalizadas.
—Está bien, trabajaré hasta tarde. Deje encendidas las mías —indicó el científico.
Escuchó alejarse al androide por el pasillo. La base, diseñada para cuadrillas terraformadoras de doscientas cuarenta personas, tenía espacio suficiente como para no toparse con nadie por semanas.
Cuando el biólogo estuvo seguro de que el robot se había ido, sacó de debajo de su colchón un cuadernillo que había fabricado con unos pliegos de papel envoltorio que había llegado con las provisiones que él mismo transportó. Nadie pareció echarlos de menos.
Había improvisado un grafito rudimentario con los restos carbonizados de uno de los incineradores de la base. Comprimiéndolo dentro de un cilindro metálico y añadiéndole goma mucílago, implementó un ingenioso lapicero que desprendía suavemente su pigmento sobre el papel sin mancharle los dedos.
Reanudó las anotaciones que todas las noches garrapateaba en las hojas color marrón desde hacía dos meses que había llegado a Cuicatlán.
Con este cuaderno me siento un poco como un adolescente que lleva un diario secreto. La sensación no es grata y la posibilidad de que mis notas sean descubiertas me aterra. Sin embargo, los miembros de esta extraña comunidad no podrían estar menos interesados unos en otros. Como ya indiqué en alguna entrada anterior, ello puede ser muy inquietante, pero al mismo tiempo reconforta un poco. En definitiva, después de pocos días aún no sé si me siento en el paraíso o en el purgatorio.
¿O será el infierno?
No, demasiado tibio.
Utilizar este método primitivo es la única manera de evitar que mis notas lleguen a la Red Central de la Estación, donde podrían ser objeto de escrutinio... y estoy seguro de que no le agradarían a ninguno de mis compañeros.
Se detuvo un momento. Consideró la posibilidad de añadir que a él mismo no le gustaría saber cómo era visto por cada uno de ellos; no lo hizo, prosiguió redactando.
Como he referido en estas mismas páginas —ver dos entradas atrás—, algo muy extraño está sucediendo en esta base: uno de sus miembros, mi antecesor directo en el puesto de científico residente, murió en circunstancias misteriosas y nadie habla de ello.
Tachó el último párrafo. Se sintió ridículo apenas lo redactó. Sonaba paranoico, casi irracional. Él era un científico.
Mi antecesor.
