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Michael Gallo tiene una vocación: la lucha de artes marciales mixtas, y, aunque trabaja en Tatuado, la tienda de tatuajes de su familia, donde se encarga de los piercings, se pasa las mañanas entrenando para alcanzar su sueño de ser el campeón de su categoría. Michael está centrado en su objetivo cuando un encuentro casual altera su existencia para siempre. A partir de entonces, ganar el campeonato ya no será suficiente para él: debe conquistar también a la mujer de sus sueños. La doctora Mia Greco se dedica a salvar vidas en urgencias y a ayudar a los más necesitados en una clínica benéfica. Su apretada agenda no le permite salir con ningún hombre: está centrada en su trabajo. Sin embargo, la intervención del destino hace que su vida se cruce con la de Michael y que sus objetivos pasen a un segundo plano. Pero el hombre que le ha robado el corazón usa los puños para ganarse la vida, y eso va en contra de todas sus creencias. Además, aunque Michael no es de los que aceptan un no por respuesta, tiene un secreto que podría destrozar su relación antes de que empiece. En sus vidas hay implicadas fuerzas que no pueden controlar, que los atraen y hacen que sus mundos colisionen una y otra vez, y que no permiten que ninguno de ellos se aleje del otro.
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Seitenzahl: 330
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Título original: Hook Me
Primera edición: noviembre de 2021
Copyright © 2015 by Chelle Bliss
© de la traducción: Mª José Losada Rey, 2021
© de esta edición: 2021, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-18491-56-6
BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías del modelo: Restyler/Shutterstock
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
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Epílogo
Agradecimientos
Contenido especial
A ti,
que has sacrificado muchísimas horas del tiempo que pasamos juntos para ayudarme a que mi sueño se haga realidad.
Sin ti no sabría escribir sobre la pasión y el amor verdadero. Pensaba que un amor así solo se daba en las novelas, pero tú me demuestras cada día que estoy equivocada.
Te quiero.
A mis padres;
no tengo palabras para agradeceros todos los sacrificios que habéis hecho por mí a lo largo de mi vida.
Siempre estaré en deuda con vosotros. Vuestra hija que os quiere.
Y a Kaylee,
que me ayudó a mantenerme cuerda durante los dos últimos meses, ¡no podría haber hecho esto sin ti! Te quiero mucho.
Primavera
Michael
Me limpié la sangre de la frente y miré a Tito. La herida me escocía cuando el sudor se deslizaba dentro del corte abierto encima del ojo hinchado. Él se movía con rapidez, pero yo era más fuerte. Parecía como si estuviéramos jugando al gato y al ratón, así que le dejé confiar ciegamente en sus habilidades antes de hacer un movimiento para que mordiera el polvo.
Un agudo dolor en las costillas me dejó sin aliento cuando le propiné una patada en el muslo y le pegué en la barbilla con la palma de la mano. Cuando echó la cabeza hacia atrás, lo agarré por la cintura, lo levanté en el aire y lo lancé al suelo. Al caer sobre él, el dolor sordo de las costillas se volvió insoportable. No podía ceder ni soltarlo. Luché contra el malestar y lo sostuve mientras él pataleaba y se agitaba como un animal atrapado.
Sus gruñidos se hicieron más fuertes y aproveché la oportunidad para golpearlo en la cara mientras lo inmovilizaba. Enrojecía cada vez más en el hueco de mi codo. Me clavó el talón en la pantorrilla, y el músculo se tensó al instante. Mi cuerpo podía pedirme a gritos que me detuviera, pero mi determinación de ganar el combate me hacía sobrellevar el dolor y no soltar a mi adversario.
El árbitro dio por concluida la pelea haciendo sonar el silbato. Al dejarlo libre, me puse de pie cojeando y me abracé las costillas para intentar recuperar el aliento. Sonreí al público mientras Tito se arrastraba hacia su entrenador. Quería dejarme caer y despatarrarme contra el frío plástico del suelo, pero no podía; al menos, no todavía.
—¡Has ganado! —me gritó Rob al oído, dándome una palmada en la espalda.
Hice una mueca, cerrando los ojos para bloquear el dolor.
—Joder, no hagas eso —dije, apretando los dientes. Luego espiré lentamente con la respiración temblorosa antes de levantar los párpados para mirar a Rob.
Sus ojos se abrieron de par en par mientras escudriñaba mi cara, y por fin se centraron en mi mano.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
—Son las putas costillas. Creo que están rotas. No puedo respirar —resoplé, luchando por hablar.
—Vamos a que te examinen enseguida. Debemos asegurarnos de que no te has perforado un pulmón o algo así —explicó; me rodeó con los brazos y me ayudó a salir de la jaula.
Cerré los ojos y escuché los ruidos más allá del box. Las voces que se escuchaban en los pasillos —gritos, preguntas, pitidos y llamadas de teléfono— me hacían imposible descansar. Me concentré en la respiración, forzando pequeñas inhalaciones superficiales para evitar el punzante dolor.
—Señor Gallo —dijo una voz femenina desde la puerta.
Me incorporé de golpe, pero un estallido me atravesó el pecho como si me hubieran apuñalado con un cuchillo. Me desplomé de nuevo en el colchón y levanté el dedo.
—Presente —dije, llevándome la mano al pecho.
Ella me puso la suya en el hombro y sonrió.
—Deduzco que está aquí por sus costillas.
—¿Qué me ha delatado? —solté, un poco enfadado.
Apretó los labios para reprimir una sonrisa.
—En una escala del uno al diez, ¿cuál es la intensidad del dolor?
—Siete cuando tomo aire y alrededor dos si no me muevo y me limito a hacer respiraciones cortas y superficiales.
—Tengo que quitarle la camiseta —dijo, tocando la parte inferior de la prenda—. Le va a doler.
—Puedo soportarlo, doctora. Haga lo que sea necesario.
Me rozó el estómago con las yemas de los dedos, y me estremecí cuando pasó la uña justo por encima de los calzoncillos.
—Lo siento —dijo, sonrojándose—. Es posible que sea más fácil si se sienta. Le echaré una mano —sugirió mientras me soltaba la camiseta para tenderme la mano.
Conteniendo la respiración, usé la mano libre para levantarme con su ayuda. No resultó tan doloroso como cuando lo intenté por mi cuenta, pero tampoco fue cómodo.
—Uf… —solté, inhalando con una mueca de dolor.
—Quédese ahí sentado, señor, y yo haré el resto. —Se colocó entre mis piernas y cogió de nuevo el borde de la camiseta.
Y cuando una mujer hermosa dice que me va a desnudar y lo hace, me limito a mirarla.
Sus rasgos faciales eran delicados: nariz pequeña, pómulos altos y grandes ojos color avellana. Me miró mientras subía la tela hasta dejar mi estómago al descubierto. La sensación de sus dedos deslizándose por el costado de mi caja torácica me arrancó un escalofrío.
—¿Puede levantar los brazos o corto la prenda?
—Puedo hacerlo. —Los alcé sonriendo a pesar del dolor, pero contuve la respiración.
—Listo —dijo, pasando la tela por encima de mi cabeza. Se colocó a mi lado para ponerme una mano en la espalda y la otra en el pecho.
Su tacto me hizo arder la piel.
—Recuéstese —me ordenó en voz baja.
Trató de sostener el peso de mi cuerpo mientras me reclinaba, mirándome con mucha seriedad.
—¿Dónde le duele? —me preguntó, mirándome pecho. Bajó la cabeza y me recorrió la piel con los ojos mientras sacaba la lengua para humedecerse el labio inferior.
Necesitaba pensar en algo que no fuera que tenía una boca muy sexy.
En esa postura, mi erección sería demasiado evidente.
—Todo el costado izquierdo. —Intenté pensar en la pelea, o en mi hermana, que estaba sentada en la sala de espera, mientras la doctora deslizaba las yemas de los dedos por mi piel. Notaba el contacto de la médica por todas partes, hasta en los dedos de los pies. Miré al techo e intenté apartar cualquier pensamiento sobre ella de mi mente, algo jodidamente imposible cuando me estaba tocando una mujer preciosa.
—¿Aquí? —preguntó, presionando.
Todo mi cuerpo se sacudió, y levanté bruscamente la cabeza de la pequeña almohada, tensando los músculos.
—Joder, doctora. Avise antes de apretar, ¿vale?
Se mordió el labio inferior y se sonrojó.
—Lo siento. Supongo que no he controlado mi fuerza. —Se rio—. Creo que es necesario hacerle una radiografía para asegurarnos de que no tiene perforado el pulmón. ¿Cómo se ha hecho esto?
—Tuve una pelea y mi adversario me dio un rodillazo en la caja torácica.
Hizo una mueca y suspiró.
—Hombres, nunca los entenderé.
—Doctora… —Puse la mano sobre la suya, deteniendo su movimiento antes de que mi erección me hiciera quedar en evidencia—. Se trataba de un combate profesional. No participo en luchas callejeras y no me gustan las peleas de bar.
—Cuando alguien termina aquí, para mí no hay demasiada diferencia. La violencia engendra violencia.
—Oh, vamos… —Sonreí—. ¿Nunca le ha pegado a nadie?
—No, a menos que me estuviera defendiendo. —Retiró las manos y recogió el gráfico de la mesa que había junto a la camilla.
—Bueno, me estaba defendiendo de esa rodilla. —Me reí—. Ay, joder…
—¿Ha ganado? —Arqueó las cejas y ladeó la cabeza, mirándome con los labios separados.
Quise acercarla a mi cuerpo y meterle la lengua en la boca. Enseñarle cómo hace las cosas un hombre de verdad. Mi fuerza no solo era buena en el ring, también serviría para sujetarla contra la pared y follar con ella sin apenas esfuerzo.
—Siempre gano. —Sonreí, guiñándole un ojo.
—Menudo gilipollas más creído —murmuró en voz baja.
—Me duelen las costillas, pero tengo un oído fantástico, doctora.
Se pasó las manos por la cara para ocultar la sonrisa.
—Lo siento, ha sido una grosería por mi parte.
—Compénsame cenando conmigo. —Le toqué la mano, tuteándola, y su cuerpo se tensó por el contacto.
Ella también lo sentía: había conexión, una chispa entre nosotros.
—No salgo con hombres que se ganan la vida con los puños, señor Gallo.
—Mis manos tienen muchos otros usos que te gustarán bastante más.
Tragó saliva con la suficiente fuerza como para que yo pudiera oírla; bajó la vista a la historia clínica y volvió a mirarme.
—No salgo con pacientes ni con gilipollas creídos —se rio.
—No sabes lo que te pierdes.
—Tengo que ir a pedir que le hagan una radiografía, señor Gallo, y tengo otros pacientes esperándome. Volveré a verlo en cuanto tenga los resultados.
—Piénsalo, por favor. Has herido mi orgullo. —Me agarré el pecho fingiendo estar dolido.
—Su orgullo está intacto, lo que me preocupa es su pulmón. Quédese quieto —ordenó mientras se alejaba.
—¿Dónde voy a ir? Ni siquiera puedo sentarme sin tu ayuda.
—Mejor, así sabré dónde encontrarlo. —Se rio mientras atravesaba la puerta.
Me agaché y me recoloqué la polla dentro los calzoncillos. Joder, solo había hablado con ella y ya estaba medio empalmado. Cualquier rastro de excitación se desvaneció cuando un hombre fornido entró por la puerta con una máquina de rayos x. Nunca había pensado que me alegraría tanto de ver a un tío.
Me movió con facilidad gracias a su gran tamaño. Después de unas cuantas tomas, me echó una mano para que me sentará; luego se fue.
Empecé a pensar en todas las frases que iba a usar para convencerla. Quería conseguir una cita con ella, pero ¿cómo podía hacer que me dijera que sí?
—Ha tenido suerte, señor Gallo, parece una fractura limpia. —El corazón me dio un vuelco; no era la doctora sexy la que me hablaba, sino un hombre.
—¿Dónde está mi médica? —pregunté; quería verla antes de irme.
—Está ocupada; me ha pedido que sea yo quien le dé la buena noticia y que me encargue de examinarlo.
—Joder —murmuré. Acababan de frustrarme los planes. Suspiré—. Entonces, ¿estoy lo suficientemente bien para irme?
—Sus costillas tardarán entre cuatro y seis semanas en soldarse. Puedo vendarlas para aliviarle un poco el dolor, si lo desea.
—Lo sé. No es la primera vez que me rompo una costilla.
—Aquí tiene todo el papeleo con las instrucciones. Asegúrese de hacer un seguimiento y visitar a su médico de cabecera dentro una semana o así.
—Entendido —dije, cogiendo los papeles de sus manos.
Me puse la camiseta y salí a buscar a Izzy.
La doctora me había rechazado, y no me había sentado nada bien.
Verano
Mia
La vida humana parecía no tener valor para la mayoría de la gente, eso era lo que estaba aprendiendo durante mis guardias como médica de urgencias.
Desde que tenía uso de razón, había querido ayudar a la gente. Mi madre decía que, de pequeña, asaltaba el botiquín para curar a mis muñecas Cabbage Patch.
Cada día que pasaba junto a mis pacientes, tratando de reanimar sus cuerpos sin vida, mi educación y mi formación parecían no tener sentido. La medicina seguía siendo una práctica. No se había perfeccionado, e incluso con los avances médicos actuales no se podían curar todas las enfermedades.
Era una dura realidad que no siempre quería aceptar, pero no tenía elección.
Lo más difícil de mi trabajo, lo que más miedo me daba, era tener que informar a una familia de que no habíamos podido salvar la vida de un ser querido a pesar de nuestros esfuerzos.
Y esas palabras habían salido de mi boca dos veces ese mismo día, destrozándome de paso el alma.
—Ya puede parar, doctora Greco —dijo el doctor Patel, deteniéndose junto a la camilla.
No pude evitar hacer una compresión más. El sudor me resbalaba por las mejillas y se me había formado un nudo en la garganta. Tal vez si presionaba su pecho una vez más, podría conseguir que su corazón volviera a latir.
—No puedo. Deme un par de minutos más. —Empujé con tanta fuerza que noté que se rompían algunas costillas bajo mis manos.
Su vida ni siquiera había empezado y sería yo la que diría la hora de su muerte.
—Mia… —El doctor Patel puso las manos sobre las mías, haciendo que me concentrara mentalmente una vez más en salvar la vida del chico—. Se ha ido. Llevas intentando reanimarlo más de treinta minutos. Sus heridas eran demasiado graves. Di la hora de su muerte o lo haré yo.
El doctor Patel había estado ese día a mi lado y era consciente de la devastación que no podíamos reparar: dos accidentes de tráfico, la víctima de un disparo y el pequeño ángel de pelo rubio que tenía delante, atropellado por un conductor que se había dado a la fuga.
¿Cómo podía alguien arrollar a un niño y dejarlo en la calle para que muriera?
Un niño… Era un maldito crío inocente.
Miré al doctor Patel y me sorprendió el cansancio que vi en su rostro. Sus ojos estaban inyectados en sangre, los pequeños pliegues que los rodeaban parecían más profundos y lucía unas ojeras enormes. Era evidente que el día también le estaba pasando factura. No estaba sola en mi desesperación.
Apoyé las palmas de las manos en el pecho del chico y sentí el silencio en su interior; ya no había ni una pizca de vida que salvar.
—Hora de la muerte: siete y veintiún minutos de la tarde. —Cerré los ojos y respiré un par de veces de forma lenta y constante antes de retirar las manos. Quería correr al baño y vomitar.
Una tercera vida que no había podido salvar.
—Iré a decírselo yo a sus padres, Mia. Tú ya has hecho bastante por hoy —anunció Patel, poniéndome la mano en el hombro para darme un leve apretón.
—Gracias, Eric.
Un día normal, discutiría con él. Querría ser yo quien hablara con la familia y ayudara a consolarla, pero en ese momento no me quedaba ánimo para nada. Me dio una palmadita en la espalda antes de dejarme a solas con aquel niño que nunca envejecería ni tendría la oportunidad de experimentar todas las alegrías de la vida.
Me derrumbé en la silla que había junto a la pared y me quité la coleta; dejé que el pelo cayera suelto sobre mis hombros. Después, apoyé la cabeza en las manos, y me pasé los dedos por el pelo mientras intentaba ordenar mis pensamientos.
Me necesitaban más pacientes, pero tenía que tomarme un momento para mí. No podría soportar otra pérdida; ya no me quedaba nada que dar. Cada vez que se me iba alguien, moría un trocito de mi corazón.
Unos pasos ligeros rompieron aquel momento de serenidad en el que me cuestionaba mi decisión de trabajar en urgencias en lugar de en una consulta, como la mayoría de mis compañeros.
—Siento interrumpirla, doctora Greco. Tengo que preparar el cuerpo para que la familia se despida —me explicó la enfermera, cogiendo un paño húmedo para limpiar la cara ensangrentada del niño.
—De acuerdo. Tengo que ir a ver a algunos pacientes. Solo necesitaba un momento para mí.
Me brindó una débil sonrisa y se puso a limpiar el cuerpo. No podía mirarla. No podía soportar los sonidos de los gritos y el dolor absoluto que llenaban la estancia. Necesitaba todas mis fuerzas para ponerme de pie y recomponerme. En urgencias había un flujo interminable de gente.
Todavía faltaba una hora para que pudiera irme a casa y meterme en la cama.
En su momento, había pensado en volver a Minnesota cuando terminara las prácticas, pero Florida se había convertido en una parte de mí. Quería llevar sandalias todo el año, sentir el sol en la cara y ver la puesta de sol sobre el Golfo de México desde mi casa de la playa. No podía volver: la nieve y yo nunca nos habíamos llevado bien.
Mi trabajo se había convertido en el motor de mi vida, en especial durante los meses de verano, cuando mis padres volvían a su casa. Eran pájaros que escapaban de la nieve y se desplazaban a Florida para disfrutar del sol y del clima cálido cuando las heladas llegaban al Norte. Cuando la primavera llegaba a casa ya llevaban un mes fuera. La tranquilidad que envolvía mi vida se había vuelto casi ensordecedora cuando no estaba en el hospital. Sin embargo, ese día agradecí no vivir con ellos para no verme obligada a componer una sonrisa cuando llegara.
Aunque allí me sentía necesaria. Podía aportar algo, algo que mucha gente no tenía. La población local era pobre y yo quería ayudarla. Eso se había convertido en una vocación para mí y me pasaba el tiempo libre echando una mano en una clínica gratuita en el centro; también ayudaba a recaudar dinero para jóvenes sin hogar del condado.
Sinceramente, me había quedado en Florida por la clínica, donde trabajaba como voluntaria en mis horas libres, porque allí tenía la oportunidad de marcar la diferencia.
Michael
Notaba que los músculos se me rebelaban con cada patada; me gritaban que me detuviera, pero no podía. Había trabajado demasiado para llegar a ese punto de mi vida y no podía rendirme. A veces ponía en duda mi cordura por levantarme a las tres de la mañana para entrenar durante horas en el gimnasio, sin embargo, tenía que fortalecer mi cuerpo, debía estar preparado para ganar el próximo combate.
—¡No seas gallina! —gritó Rob—. Más fuerte. Hace semanas que tienes las costillas bien. Demuéstrame de una vez de qué estás hecho, Mike.
Siempre me pinchaba y hacía todo lo posible para enfadarme. Rob llevaba siendo mi entrenador dos años. La mayoría de los días, como ese, solo pensaba en despedirlo, pero sabía que sus métodos al final daban sus frutos.
—Hasta tu hermana pega más fuerte que tú —se burló con una sonrisa estúpida en la cara.
Mi hermana, Izzy, era el punto donde Rob cruzaba la línea de entrenador a amigo. Habían salido juntos durante un tiempo. Cuando Izzy lo dejó, había llegado a pensar que no íbamos a seguir trabajando juntos. Pero, como era típico en él, Rob había pasado página enseguida y había ido a por la siguiente muesca de su cama.
—Gilipollas —dije, golpeando la diana que Rob sostenía en la mano con la fuerza suficiente como para que se tambaleara hacia atrás.
—Mejor —me alentó mientras recuperaba la posición—. Diez minutos más y luego lo dejaremos por hoy.
El deseo de ser campeón era tan fuerte que casi podía saborear la próxima victoria. Quería demostrarle a mi familia que tenía talento y capacidad, porque, al menos al principio, su apoyo había sido cuestionable. Solo creían en mí desde hacía poco tiempo.
Había ganado los dos primeros combates y con cada victoria su apoyo fue creciendo. Por fin, mi padre empezó a creer en mí. Y cuando mi madre me dijo que estaba presumiendo con sus amigos, supe que me lo había ganado para mi causa.
Me había pasado la vida viendo combates con mi padre y sus amigos. Le gritaban a la televisión y cruzaban apuestas. A él le gustaba decir que mi carrera como luchador solo era un hobby, pero yo quería demostrarle que era más que eso. Estaba destinado a ser un campeón.
Como quería disponer del gimnasio para mí solo cuando entrenaba, le había pagado al dueño para que esperara hasta las seis de la mañana para abrir las puertas. Como a él gustaba la publicidad que mi victoria y mi carrera supondrían para ese gimnasio de un pequeño pueblo perdido en medio de Florida lo había convencido enseguida, y tampoco estaba de más que fuera el hermano de Rob.
Bodies, de Drowning Pool, comenzó a sonar por los altavoces y me dio el último empujón de motivación que necesitaba. El sudor me caía desde las cejas, haciendo que me picaran los ojos. Al dar una patada en redondo, casi fallé, y estuve a punto de darle a Rob en la cabeza.
—¿Estás loco? Te romperé la nariz como vuelvas a hacer eso.
—Sigue flipando, amigo. —Me reí y asesté un fuerte golpe.
Me ardían los antebrazos, me temblaban los muslos, pero no pensaba rendirme.
Estaba a tope.
—Tiempo —dijo Rob, dejando caer al suelo el material de entrenamiento.
—Podría seguir una hora más —afirmé.
Los dos sabíamos que era mentira.
Había ido a correr una hora antes de entrar en el gimnasio a las seis, así que un par de horas después las piernas me temblaban tanto que podían ceder bajo mi peso en cualquier momento.
—Claro que sí, fiera. —Se rio sujetándose el estómago—. Pero tus músculos necesitan descansar y recuperarse. Se avecina el combate y no queremos excedernos.
—Gracias a Dios —murmuré por lo bajo.
—¿Qué has dicho? —Arqueó una ceja y se cruzó de brazos.
—Nada.
—¿Por qué estás tan cabreado hoy, Mike? ¿No se te levantó anoche?
—Eso me parecería una jodida bendición ahora mismo. —Me senté en el banco para descansar las piernas mientras me quitaba la cinta de las manos—. Es por Tammy. Qué coñazo de tía…
—Ya te dije que estaba pirada. Tienes que dejar de pensar con la polla y usar la cabeza de más arriba.
Resoplé. Aquello había sido lo más divertido que había salido de su boca en mucho tiempo; estaba claro que no era la doctora Ruth.
—¿Desde cuándo eres un experto en relaciones? No es que puedas presumir de saber manejarlas.
—Tal vez no, pero te dije que salir con Tammy era una mala idea. Es de las que se aferran a un tío con uñas y dientes, y además está loca de remate.
—Decir que está loca es un eufemismo, hombre. —Negué con la cabeza. Mantuve un debate silencioso conmigo mismo sobre la conveniencia de compartir los detalles de aquella jodida situación—. Fui a su casa ayer por la noche para ver si echábamos un polvo.
—¿Y? —Se apoyó en la pared para escucharme con atención.
—Y me encontré con que la muy chalada tenía un álbum de recortes encima de la mesa que hay junto al sofá. ¿Sabes qué vi en la portada?
Se echó a reír y apretó los labios con fuerza para no estallar en carcajadas.
—Lo sabes, ¿verdad? —Lo fulminé con la mirada.
—He oído historias al respecto, pero pensaba que alguien se las había inventado.
—Era una foto de unos novios. De alguna manera, ha plantado nuestras caras en aquellos cuerpos. Lo abrí cuando se fue a su dormitorio, y allí aparecía su versión de cómo va a ser nuestrofuturo. Menuda locura. Me puso los pelos de punta.
Página tras página había imágenes de nuestros futuros hijos con nombres y fotos. Pequeños corazones de todos los colores las rodeaban. Aquella chica tenía nuestra vida planeada y lo único que yo quería era echar un polvo con ella.
No tenía lo necesario para captar mi atención por más tiempo, y mucho menos para conseguir que quisiera pasarme la eternidad escuchando su parloteo sobre las Kardashian. Tammy quería obtener estatus y dinero, y esas eran dos cosas que no estaba dispuesto a compartir con una mujer como ella.
Siempre había pensado que Tammy era consciente del papel que jugaba en mi vida: ser mi desahogo nocturno. No había tenido nunca una cita con ella, no la había cortejado y nunca le había prometido un «felices para siempre».
«Ya cambiarás de opinión», había asegurado ella cuando se lo dije, pero eso no iba a ocurrir.
—Vaya, no sé qué decir —comentó Rob mientras iba hacia la puerta para abrirla.
—Como imaginarás, en ese mismo momento puse fin a todo. Lloró como si hubiéramos estado saliendo durante años. Qué lío, tío… No quiero tener malos rollos en mi vida, y menos ahora.
—Concéntrate en tu objetivo: es la lucha, ni los coños ni los polvos.
—¿Todavía no has aprendido que no se deben usar esos términos cuando se habla de mujeres? —Me reí.
Apartó la vista con las mejillas rojas.
—Ya sé que estuve con tu hermana, pero no tengo nada que decir sobre la experiencia. —Alargó la última palabra. Sabía que quería añadir un millón de cosas sobre ella, pero mantuvo los labios sellados porque sabía que si no le daría una paliza.
Rob era un tío muy grosero. Una vez se refirió a las mujeres como «zorras» delante de Izzy y ella lo pilló desprevenido y le dio un buen tortazo. En ese momento me sentí muy orgulloso de ser su hermano. Había tumbado a un hombre del doble de su tamaño y por una buena causa. Mi hermanita tenía más pelotas que la mayoría de los hombres que conocía. Haber crecido con cuatro hermanos la había convertido en una chica ruda que no estaba dispuesta a aceptar groserías de nadie.
—Bien pensado. —Terminé de secarme el sudor del cuerpo. Me eché la bolsa al hombro y cogí el móvil—. ¿Mañana, a la misma hora? —pregunté.
—Desde luego. —Rob se sentó en la silla de la recepción, reclinó la espalda, apoyó los pies en el mostrador y llevó los brazos detrás de la cabeza. Parecía estar listo para echar una siesta.
Esa era la clase de actitud que no aceptábamos en Tatuado.
La pantalla de mi teléfono se iluminó en ese momento.
Otra vez Tammy… Me había enviado al menos una docena de mensajes desde que entré en el gimnasio.
Estábamos destinados a estar juntos.
Volverás a mí.
Te echo de menos.
La noche pasada le había dicho que habíamos terminado, aunque en realidad nunca habíamos empezado nada.
Nunca le había pedido que fuera mi novia.
Pasé de leer sus mensajes.
A la mierda ella y su locura.
Apagué la pantalla y me acerqué a la puerta. Me golpeé la parte superior de la cabeza e impacté con el pecho en el cristal. Vi las estrellas por el golpe. Parpadeé un par de veces y después vi a una mujer agachada en el suelo. Estaba recogiendo el contenido de su bolsa, que se había desparramado por todas partes.
—Joder —murmuré, mientras abría la puerta a una mujer muy cabreada—. Lo siento, ¿puedo ayudarte a recogerlo? —pregunté, agachándome junto a ella.
—¿Por qué no miras por dónde vas, joder? —me espetó, mientras metía la cartera y otros artículos de menor tamaño dentro de la bolsa negra.
—No te he visto. —Cogí el brillo de labios que había rodado hasta a mí y se lo tendí.
Me lo arrebató de la mano y me miró con los ojos color avellana más hipnotizadores que había visto en mi vida.
—Ya imagino —dijo volviendo la vista al suelo.
En lugar de ayudarla, me quedé contemplándola como un idiota.
Su pelo era de un sorprendente tono castaño con destellos rojizos, que brillaban bajo la luz. Los mechones lisos y suaves caían hasta la altura de sus hombros. Tenía la nariz pequeña, los labios rojos y carnosos, los pómulos altos y unos enormes ojos con motitas doradas.
—Oye, ya te he dicho que lo siento, y lo siento mucho. —Me puse de pie y, tratando de ser un caballero, le tendí la mano.
Sus ojos subieron por mi cuerpo, lentamente al principio, y se detuvieron en mi cara con el ceño fruncido. Sentí que su piel era como la seda contra la áspera palma de mi mano cuando puso la suya encima. Tiré de ella con un rápido movimiento y la ayudé a ponerse de pie. La expresión dura desapareció al instante, y fue sustituida por otra más suave. Retiró la mano de la mía con una débil sonrisa y las mejillas rojas.
—¿Cómo puedo compensarte? —pregunté, sin dejar de mirarla fijamente. No era solo su belleza lo que me llamaba la atención, había algo más en sus ojos: me resultaba familiar, pero no podía ubicarla.
Utilizó el dorso de la mano para sacudirse el polvo de los pantalones de yoga.
—Estoy bien. No hace falta que me compenses por nada. Solo te pido que la próxima vez te fijes por dónde vas. Ha sido como si me pasara un camión por encima. —Se rio—. Oye, siento haber sido tan borde. He tenido una mala noche y una mañana de mierda, y esto ha sido la guinda del pastel.
Ladeé la cabeza la cabeza y le brindé una leve sonrisa.
—Lo comprendo. Las últimas doce horas tampoco han sido precisamente maravillosas para mí.
Jugueteó con el móvil, pero mantuvo sus ojos fijos en los míos.
—¿Lo has recogido todo? —pregunté. Tenía que largarme. No necesitaba complicarme más la vida.
—Sí, eso creo. Gracias por pararte a ayudar.
—No soy tan gilipollas. Bueno, al menos no lo soy siempre. —Sonreí—. ¿Cómo no iba a pararme a ayudar a la hermosa dama después de haberla arrollado? Espero que el resto día te vaya mejor a partir de ahora. —Dios, parecía un auténtico idiota, pero no podía detener la diarrea verbal que salía por mi boca—. Permite que te abra la puerta. —Me apresuré a empujarla para dejarla pasar.
—Gracias —dijo. Nuestros cuerpos se rozaron cuando intentó atravesarla porque mi torso bloqueaba la pequeña entrada.
Un toque a lilas u otro rastro floral flotaba el aire, aunque desapareció al incrementarse la distancia entre nosotros.
—Tal vez volvamos a vernos —comenté, reacio a marcharme.
Me sonrió antes de darse la vuelta y alejarse.
—Sí, claro, vengo todos los días.
¿Cuándo me había convertido en un puto blandengue? Y lo peor era que no podía contenerme.
—¡Tal vez podamos hacer ejercicio juntos o algo así! —grité.
Era oficial, estaba acabado.
—Claro. —No parecía muy entusiasmada, pero tampoco había dicho que no. Dejó la bolsa de deporte junto a recepción y firmó el registro.
La contemplé antes de ir hacia el coche.
La noche pasada la había tenido muy dura cuando fui a ver a Tammy, y aquello se había convertido en un problema de proporciones épicas sin haber podido aliviarme un poco.
Fijarme en que la chica con la que me había tropezado llevaba una camiseta de tirantes de color rosa intenso y unos pantalones de yoga negros había hecho que mi erección pareciera de granito.
Era obvio, necesitaba que me examinaran la puta cabeza.
Encendí las luces de Tatuado en cuanto atravesé la puerta en busca de paz y tranquilidad. Una ducha helada no me había servido para sacar de mis pensamientos al bomboncito con el que me había tropezado en el gimnasio.
Cuando me senté detrás del mostrador, mi teléfono seguía vibrando sobre la agenda del negocio. No había dejado de hacerlo ni un segundo por culpa de los incesantes mensajes de Tammy.
Aquella chica no tenía ni un ápice de cordura.
La noche pasada mis palabras exactas habían sido: «No vuelvas a llamarme, chalada». Y pensaba que era un mensaje firme y claro, que era una frase sencilla de entender, pero al parecer ella no había captado la esencia.
Cuando oí el coche de mi hermana en el aparcamiento, me preparé para que empezara a soltarme un montón de gilipolleces. Izzy se iba a cabrear mucho cuando se enterara de lo de Tammy. Contuve la respiración, di unos toquecitos con el lápiz junto al móvil y ladeé la cabeza mientras ella entraba por la puerta hablando por teléfono con el gilipollas del mes.
Izzy no era una chica fácil: obligaba a los chicos a ganarse todo lo que les ofrecía.
Crecer con cuatro hermanos no había sido fácil para ella; no le habíamos dado la oportunidad de ser dulce. Cuando era adolescente nos habíamos deshecho de la mayoría de sus novios, pero no porque no supiera ocuparse sola; nuestra intención siempre había sido mantenerla alejada de problemas.
Dejó caer el bolso al suelo junto a su puesto de trabajo y se detuvo delante de mí. La miré a hurtadillas. Me observaba con los ojos entrecerrados, leyendo en mí como en un libro abierto, y negó con la cabeza.
—Tengo que dejarte, John —dijo al móvil mientras hacía un globo con el chicle mirando al techo. Abrió y cerró las manos, haciéndome saber que el chico al otro lado de la línea seguía divagando—. Adiós, John. No tengo tiempo para tonterías. Hablaremos más tarde. —Presionó la pantalla, soltando una bocanada de aire. Luego se agachó y escupió el chicle en la papelera. Típico de Izzy.
—Hola, hermanita.
—¿Qué te pasa? —Esperó mi respuesta con la cabeza ladeada y pasándose el dedo por los labios.
—Nada. —No quería contárselo, pero sabía que era inevitable.
—Se os da muy mal guardar secretos. Me he pasado la vida estudiando vuestras imbecilidades. Os conozco mejor que vosotros mismos. Supongo que tienes problemas con alguna mujer. Cuéntamelo, porque no dejaré de darte la lata hasta que lo hagas.
—Es Tammy…
—Ah, el pastelito… —dijo, riéndose.
—¿Qué sabes de ella? —Mi móvil empezó a bailar de nuevo encima del escritorio y lo cogí para detener el brusco movimiento.
—He oído historias. Todos las hemos oído. —Trazó unas comillas en el aire con los dedos.
Mi hermana había estado ocultándome algo.
—¿Qué cojones no me has dicho, Isabella?
—Halaaa…, mi nombre completo. ¿Alguien está cabreado?
—Te lo juro por Dios, Izzy. ¿Por qué no me advertiste sobre ella? Sabes que si tú empezaras a salir con un gilipollas, te avisaría de lo que había.
—Traté de hacerlo, pero me echaste una bronca y me recordaste que ya eras mayorcito.
Si dibujaba unas comillas más en el aire durante la conversación, usaría una llave de lucha para ponerla boca abajo y despeinarla hasta que gritara sin parar.
—Me dijiste que no me metiera en tus asuntos. Así que… se me ocurrió que era mejor dejarte aprender por las malas, hermanito. —No pudo contener la risa.
Suspiré.
—La próxima vez átame para que te escuche, ¿vale?
—Con mucho gusto. —Enredó los dedos en mi pelo, alborotándolo de esa manera tan suya que me hacía estremecer—. Dime qué ha pasado y por qué tú teléfono no hace más que vibrar y tú no te molestas en mirarlo.
—No sé ni por dónde empezar. Le dije a Tammy que lo nuestro había terminado y lleva doce horas enviándome mensajes.
—¿Por qué has terminado con ella? Espera, ¿estabais saliendo o algo? — Se inclinó sobre el escritorio y apoyó la barbilla en la mano.
—No éramos más que compañeros de cama, o al menos eso era lo que yo pensaba. Ella, en cambio, tenía todo nuestro futuro planeado. Incluso había hecho un álbum de recortes, Izzy. Un puto álbum. —Golpeé el escritorio con el puño y me eché a reír—. Todo esto sería muy divertido si le estuviera pasando a otra persona, pero Tammy está chalada.
—¿Un álbum de recortes de qué? —Arqueó las cejas.
—La portada era una foto de boda con nuestras caras pegadas encima de las de los novios. Le eché un vistazo al libro. Tiene toda nuestra vida planeada en color de rosa. No me pareció ni medio normal, Izzy.
Se dobló por la cintura de la risa, e incluso le dio un golpe al escritorio con la mano.
—No, ¿en serio? —No podía recuperar el aliento mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas—. Dime que al menos te has llevado el álbum. De verdad, necesito verlo con mis propios ojos.
—Joder. Estaba tan cabreado que ni siquiera pensé en llevármelo. —Me froté la frente, molesto conmigo mismo por haber sido tan tonto—. No ha dejado de llamarme y de mandarme mensajes desde anoche.
Todavía encogida y jadeando, me tendió la mano.
—Dámelo.
—¿Qué?
—Dame tu teléfono, Romeo.
Estuvo dando algunos toques en la pantalla.
—¿Qué estás haciendo? Por favor, no le respondas, Iz.
Me dirigió una mirada ominosa y volvió a centrar toda la atención en su tarea.
Suspiré, me recosté en la silla y esperé.
—Ten —dijo, dejándolo delante de mí.
—¿Qué has hecho?
—En serio, tienes que aprender a usar bien todas las funciones de tu teléfono, Michael. La he bloqueado. —Puso los ojos en blanco.
—¿Se puede hacer eso? —La miré, atónito. No sabía que fuera tan fácil.
Lo habría hecho mucho antes para evitar tal aluvión de tonterías.
Izzy se limitó a negar con la cabeza mientras se alejaba.
Joe y Anthony entraron riéndose. Me saludaron con su «hola» habitual y pasaron por delante de mí para dejar sus cosas y preparar sus puestos de trabajo antes de recibir a los clientes.
Revisé el horario mientras esperaba a que todos estuvieran listos. Anthony se sentó primero y empezó a dar golpecitos siguiendo un ritmo imaginario contra la silla de plástico. Luego se echó hacia atrás, apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos con la mirada perdida en el ritmo que tenía en su mente.
Cuando Izzy y Joe se instalaron en la trastienda, yo ya quería arrancarle los dedos a Anthony y metérselos por la garganta.
Izzy se sentó junto a Anthony y reclinó la cabeza en su hombro.
—¿Alguna novedad desde ayer, Mike? —preguntó Joe, apoyándose en el escritorio. Hizo crujir su cuello con un rápido movimiento de cabeza.
Izzy se rio y susurró algo al oído de Anthony. Ambos me miraron y sonrieron.
—Alto secreto. Y no tenemos hueco para para personas sin cita, a menos que alguno quiera trabajar horas extra.
Nadie me miró a los ojos.
—No puedo creerlo. —Di unos golpecitos con el bolígrafo sobre la agenda y traté de evitar las miradas que aquellos dos imbéciles me lanzaban desde la pared.
Joe se volvió hacia ellos.
—¿De qué os reís?
Agité las manos en el aire y negué con la cabeza. Esperaba que Izzy se apiadara de mí. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir si no lo hacía.
—Hablamos de la boda de Mike con Tammy.
Malditas hermanas y sus putas bocazas.
Mi hermano volvió la cabeza rápidamente en mi dirección.
—¿De qué coño están hablando?
—Ya sabes que son idiotas.
—No os habéis fugado ni ninguna estupidez de esas, ¿verdad? —insistió Joe.
—¡Joder, no! ¿Es que no me conoces o qué?
Se pasaron los siguientes diez minutos riéndose de Tammy y de todos los problemas que pensar con la polla me había provocado a lo largo de los años. Aunque yo lo consideraba una cuestión estrictamente masculina.
Estaba claro que debía controlar eso.
Cuando llegó mi primer cliente cinco minutos antes de la hora, quise besarle los pies por salvarme del acoso de mis hermanos.
Mia
Gemí y enterré la cara en la almohada; quería evitar enfrentarme al mundo. Me pesaba el cuerpo y no me apetecía salir de la cama, aunque sabía que lo único que podía ayudarme era hacer deporte. Incluso después de haber dormido toda la noche, no podía desprenderme de la tristeza que me había envuelto en el trabajo la noche anterior. Así que pensé
