El tatuador - Chelle Bliss - E-Book

El tatuador E-Book

Chelle Bliss

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Beschreibung

Suzy es una fanática del control, y ha hecho una lista con todo lo que desea conseguir en la vida: tener un buen trabajo, conocer al hombre perfecto y vivir con él feliz para siempre. Sus planes empiezan a torcerse el día en que su coche se avería en una carrera rural y un motorista lleno de tatuajes se detiene a ayudarla. Ese encuentro fortuito da paso a una noche de pasión sin igual, y pone su mundo patas arriba. Pero ¿puede un rollo de una noche acabar convirtiéndose en la relación con la que había soñado toda su vida? "Una lectura tremendamente sexy." The Romantic Vault "Este libro ha hecho que me tiemblen las rodillas." Fictional Men's Page "Atrapada desde la primera página." United Indies Book Blog

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Seitenzahl: 375

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Título original: Throttle Me

Primera edición: diciembre de 2020

Copyright © 2014 by Chelle Bliss

© de la traducción: Mª José Losada Rey, 2020

© de esta edición: 2020, Ediciones Pàmies, S. L.

C/ Mesena, 18

28033 Madrid

[email protected]

ISBN: 978-84-18491-24-5

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías de cubierta: FXQuadro/Shutterstock

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

1

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4

5

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7

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9

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Epílogo

Agradecimientos

Contenido extra

Dedico este libro a mi familia, a mis amigos y a mis lectores.

Gracias a todos por el apoyo que me habéis mostrado.

Os quiero a todos y cada uno de vosotros.

1

La oscuridad

Suzy

La luz de la luna se filtraba a través de los pinos que bordeaban los campos, arrojando sombras sobre el asfalto. El aire fresco que me había faltado durante meses me acarició la piel. Encendí la radio y tarareé la letra de Rock Your Body, de Justin Timberlake. Estábamos solos la brisa fresca, Justin y yo. Anhelaba meterme en la cama, cerrar los ojos y perderme en un mundo de sueños que no tuviera nada que ver con la realidad actual.

La noche había sido perfecta. Había cenado con mi mejor amiga, Sophia, y luego habíamos tomado unas copas; a pesar del agotamiento producido por un largo día de trabajo, me había sentido envuelta por cierta serenidad. Pasar tiempo con Sophia siempre me hacía feliz. Era como una hermana para mí, lo había sido en especial a lo largo de la etapa en la que habíamos vivido juntas durante más de un año. El día que se mudó, fue como si me hubieran arrebatado una parte de mí, dejándome atrás.

Me puse a menearme en el asiento del coche, cantando la letra a gritos, pensando en lo mucho que quería que alguien me hiciera todo lo que la canción describía. Nadie me había hecho sentir lo que Justin cantaba a las mujeres. Noté que el volante tembló entre mis manos, y un estallido me arrancó del trance en el que había sumido Justin Timberlake.

—¡Mierda! —dije, dando un golpe en el volante con la palma de la mano.

El destello naranja de los intermitentes parpadeó contra el oscuro asfalto cuando salí de la carretera y detuve el coche. La mala suerte parecía perseguirme. Apreté los puños en el volante, tratando de sosegar mis nervios agotados. Había sabido que ese día llegaría, el día en el que mi coche moriría, pero había rezado para que ocurriera después de que cobrara el próximo sueldo… Sin embargo, no había tenido suerte.

Apoyando la cabeza en el volante, cerré los ojos y respiré hondo.

—Genial, simplemente genial. —Me balanceé de atrás hacia delante, sintiendo lástima de mí misma, mientras me daba con la cabeza contra el frío plástico. Sopesé a quién debía llamar o a dónde dirigirme. Había recorrido varios kilómetros desde que había visto la última gasolinera o la última farola. Sin levantar la cabeza, cogí el móvil y me lo puse ante los ojos.

—¡Mierda! —La pantalla no se encendió después de que hubiera presionado cada botón que se me ocurrió. Era inútil: el aparato estaba sin batería, y me encontraba varada. ¿Qué más podía salirme mal? Suspirando, levanté la cabeza y miré por el espejo retrovisor, pero solo alcancé a ver las sombras de los árboles. No había coches, ni letreros de neón ni farolas. ¡Maldición!

Me llevé la mano al pecho para sentir el latido de mi corazón, y me pareció tan fuerte que estuve segura de que resultaba audible. Imágenes de películas de terror de serie B inundaron mi mente. Una chica abandonada a un lado de la carretera hasta que la encontraba un guapo desconocido que terminaba siendo un asesino en serie.

¿Debía ponerme a andar hacia Dios sabía dónde? ¿Me quedaba allí sentada y esperaba a que un extraño me ofreciera ayuda? Nunca me había gustado sentirme indefensa, era demasiado inteligente para depender de nadie, pero en ese momento era lo único que quería. Podrían pasar horas antes de que alguien encontrara el coche.

Agarré el bolso, el teléfono sin batería y las llaves y salí del coche. Me dolían los pies por culpa de los stilettos que llevaba, así que me apoyé en el vehículo y me tomé un tiempo para que mis pies se acomodaran mientras miraba en ambas direcciones. Ninguna de las opciones me atraía demasiado, y me sentía agotada. Mis pies me gritaban que me quedara quieta. Gracias a Dios que podría dormir hasta tarde después de que la noche llegara a su fin. Recordaba haber visto una gasolinera a unos cinco kilómetros, y sería mejor andar hacia algo conocido que hacia un futuro incierto. Apreté el botón de bloqueo del llavero una vez más, lo que me sirvió para aliviar mi insistente necesidad de verificarlo todo antes de empezar a alejarme.

Apenas me había alejado unos metros cuando vi una luz sobre una pequeña colina en la lejanía; era tan brillante que casi me hirió los ojos. El rugido de un motor se hizo más fuerte a medida que la distancia se acortaba. Agité los brazos cuando una figura se hizo visible, pero un motero —muy imbécil— pasó por delante de mí mientras yo gritaba haciendo aspavientos, por lo que el polvo que levantó en la carretera se me metió en la boca.

Me di la vuelta, tosiendo, y lancé un grito de rabia a la moto. Sabía que no tenía sentido. Era imposible que me hubiera oído por encima del rugido del motor, pero tenía que haberme visto. La luz roja trasera se reflejó en el asfalto cuando giró la motocicleta hacia mí. Tragué saliva, sin estar segura de si esa era la mejor idea que había tenido esa noche. Pero ya había cometido demasiados errores como para pensar en ello; era mi única esperanza de llegar a casa. …

Me quedé allí quieta, como un ciervo cegado por unos faros, incapaz de moverme mientras miraba hacia la moto fijamente. Noté que me temblaban las manos cuando la figura se detuvo. El rugido del motor resultaba casi ensordecedor, mientras estudiaba la máquina. La moto era una Harley, una Fat Boy, sin parabrisas, con manillar cromado y cuerpo oscuro. El ocupante llevaba botas negras, vaqueros oscuros y camiseta oscura. Era grande, musculoso, y yo cogí aire cuando mis ojos llegaron a su hermosa y escarpada cara. Una sonrisa juguetona bailaba en aquellos labios mientras él me miraba. ¡Maldición!

—¿Necesita ayuda, señora? —preguntó, quitándose el casco para pasarse los dedos por el pelo revuelto. Algunos picos oscuros se erguían en la parte superior mientras que por los laterales tenía los mechones cortos y recortados; el color coincidía con el del cielo oscuro. No podía verle los ojos; los ocultaban unas gafas de sol. ¿Podían los asesinos en serie ser tan sexys?

—Mmm, ¿lleva un móvil que pueda usar para llamar a una grúa? —pregunté sin dar un paso en su dirección.

«No te acerques demasiado, deja distancia para correr». ¿A quién coño quería engañar? No podría recorrer ni un metro y medio con esos malditos zapatos.

—Claro. —Estudié su cuerpo mientras se apoyaba en la moto para rebuscar en el bolsillo. Los vaqueros estaban tan ajustados a su piel que revelaban sus músculos a través de la tela vaquera. Parecía que todo le quedaba justo. Quise pincharle para ver si era tan duro como parecía. ¿Qué coño me estaba pasando?

Estaba demasiado ocupada mirándolo para advertir que me estaba ofreciendo algo.

—Señora, ¿no quiere usar mi teléfono?

Al volver a la realidad con el sonido de su voz profunda, di un paso hacia él y cogí el teléfono.

—Oh, lo siento.

La punta de mis dedos rozó la palma de su mano y notamos un leve calambre. Sus dedos se cerraron alrededor de mi mano mientras me alejaba. Los latidos de mi corazón se sosegaron, y luego empezaron a acelerar febrilmente dentro de mi pecho. Tenían que ser mis hormonas. No había tenido sexo desde hacía Dios sabía cuánto tiempo. Había dejado de contar después de tres meses. El hombre que estaba delante de mí no era mi tipo, pero eso no impedía que su sex-appeal me afectara. Sin embargo, un espécimen así venía acompañado de un montón de problemas que no necesitaba en mi vida.

Di un paso atrás, manteniendo los ojos clavados en él, mientras marcaba el número de la única persona que podía estar lo suficientemente cerca para ayudarme, Sophia. El teléfono empezó a sonar mientras él me recorría de pies a cabeza con los ojos. Con cada timbrazo, mi estómago se revolvía un poco más. No podía llamar a nadie más.

Suspiré al tiempo que interrumpía la llamada.

—No hay respuesta. Gracias. —Le devolví el teléfono con una sonrisa de compromiso.

—¿Por qué no me deja echar un vistazo? A lo mejor puedo hacer algo. ¿Vale? —preguntó, mientras empezaba a mover la moto para que la luz de los faros incidiera en el capó.

—Claro. —Presioné el botón para desbloquear la puerta del coche antes de sentarme detrás del volante. Metí la llave en el contacto, pero seguí siendo consciente de su proximidad. Nadie me oiría gritar si él intentara matarme. No podía bajar la guardia.

Apoyó la pata de cabra, se bajó de la moto y dejó el casco en el asiento. Accioné la palanca que había junto al asiento para levantar el capó y lo observé desde la relativa oscuridad del interior del vehículo, con la cara oculta en las sombras. Era grande, más grande de lo que parecía sentado en la Harley. Tenía que ser unos treinta centímetros más alto que yo, y parecía más robusto todavía con la moto iluminando su cuerpo. Lo miré con atención, con la boca un poco abierta; mi respiración era algo jadeante mientras lo observaba como si fuera un trozo de carne a través del hueco por debajo del capó. Rezumaba masculinidad y primitivismo, y traté de imaginarlo sin toda esa ropa ajustada. Los músculos de su brazo se percibían perfectamente cuando tocaba las diversas partes del motor.

¿Cómo sería estar con un hombre como él? No me había funcionado ninguna relación con los hombres con los que acostumbraba salir. Eran buenos tipos, pero siempre faltaba la chispa que yo quería. La gente creía que yo era una buena chica, y puede que lo fuera, pero mi mente estaba llena de pensamientos lascivos que jamás había podido compartir con una pareja. Se los había confesado a Sophia, pero ella no contaba. Nadie había hecho conmigo nada digno de una fantasía. Apenas podría decir en voz alta las palabras necesarias para describir las cosas que quería que me hicieran, o que yo querría hacerle a otra persona.

—Señora —dijo él, arrancándome de la evaluación de mi vida sexual, o más bien de la falta de ella.

—Lo siento, ¿sí?

—¿Puede intentar ponerlo en marcha, por favor? —preguntó, inclinándose sobre el capó, con las manos a ambos lados —. Ahora —añadió. El coche dio un par de sacudidas—. ¡Deténganse! —Le oí gritar por encima del chirrido. Se movió metódicamente por todo el motor del coche—. Inténtelo de nuevo. —Giré la llave haciendo que el motor vibrara otra vez, pero sin arrancar.

Se puso de pie, frotándose la nuca al tiempo que soltaba unas cuantas maldiciones, mientras yo lo único que podía hacer era mirar su entrepierna. Me quedé mirándosela fijamente sin moverme. La camiseta le cubría las trabillas del cinturón y se detenía justo encima de la ingle. ¡Joder! Llenaba los vaqueros. Tenía que tenerla grande. Todo en él era grande, no podía —simplemente no podía— tenerla pequeña, ¿verdad?

El último tipo con el que me había acostado la tenía del tamaño de un pepinillo en vinagre. Había sido la experiencia sexual más insatisfactoria de mi vida. Era profesor, y yo andaba buscando a un hombre educado y autosuficiente, pero era aburrido dentro y fuera de la cama. Pensaba que había encontrado lo que buscaba con Derek —alias Señor Pepinillo—, pero me equivocaba. Estaba hecho polvo y tenía muchos más problemas mentales que nadie que yo conociera. Tenía fobia a los gérmenes, lo que era un gran problema cuando se tenía sexo. Saltaba de la cama inmediatamente después de follar para ducharse y limpiarse cualquier rastro de fluidos… Suspiré para mis adentros, recordando solo su necesidad de estar limpio, sin importar que también era un imbécil.

El capó de mi coche se cerró con un fuerte golpe.

—Este coche es un poco complicado. Los coches extranjeros suelen serlo. Parece que no consigo que arranque —comentó, acercándose a la puerta del conductor.

—Está bien. Gracias por intentarlo. —Salí, porque no quería quedarme atrapada allí dentro. ¿Qué demonios iba a hacer?

—Me dirigía al bar de la carretera. ¿Quieres acompañarme? —Sonrió e inclinó la cabeza mientras me estudiaba—. Puedes llamar a una grúa desde allí. Puede que les lleve un tiempo llegar hasta aquí.

No se me ocurría ninguna otra opción. Él era mi única esperanza, mi salvador del oscuro camino, y un medio para un fin. Había cosas peores que montarme en la parte trasera de su moto y rodearlo con mis brazos.

—Vale, pero nunca he ido en moto.

—¿Nunca? ¿Cómo es posible? —preguntó, negando con la cabeza al tiempo que se le escapaba de los labios una risita. Sus dientes brillaban bajo la luz, rectos y blancos. Su mandíbula era fuerte, sus pómulos sobresalían más cuando sonreía, y se le formaba un pequeño hoyuelo en el lado izquierdo de la cara cuando sonreía.

Miré al suelo con las mejillas ardiendo.

—No lo sé. Nunca he conocido a nadie que tuviera una, y me dan mucho miedo.

—El bar no queda lejos de aquí y no hay tráfico. Te mantendré a salvo —aseguró, ofreciéndome el casco.

El corazón me dio un vuelco cuando cerré la puerta del coche y pensé en el que sería mi primer viaje en moto. Noté el redondo casco negro frío contra los dedos cuando lo acepté. Luego lo estudié con el ceño fruncido. No sabía si tenía parte delantera o trasera ni cómo ponérmelo.

—Espera, déjame ayudarte —dijo mientras cogía de nuevo el casco, quitándomelo de las manos. Su piel rozó la mía, y sentí de nuevo aquel chispazo. No una chispa de verdad, sino la corriente de electricidad que atravesaba cada fibra de mi ser con el más mínimo contacto con él. Mi cuerpo quería que me tocara, pero mi mente estaba levantando la bandera de precaución.

Me lo puso suavemente en la cabeza, pasó los ásperos dedos por las correas, casi acariciándome la piel, para ajustarlo a mi cara. Respiré hondo tratando de llenarme todos los sentidos con él; olía diferente a cualquier otro hombre que yo hubiera tenido cerca. No era un aroma a colonia barata, sino a madera que me recordaba a mi hogar. Cerré los ojos y disfruté de la sensación de tener su cálida piel contra la mía.

—Listo. ¿Estás preparada? —preguntó.

Abrí los ojos y el calor me subió por el cuello, ya que me había perdido en su contacto.

—Sí. —Recé para que la voz no me traicionara.

Se subió a la moto, deslizándose hacia delante, dejando espacio para mí.

—Levanta la pierna y monta.

Le puse la mano en el hombro para ayudarme a mantener el equilibrio y seguí sus instrucciones; mi cuerpo se deslizó hacia delante hasta chocar contra el suyo. Sólido como una roca. Giró la cabeza para mirarme a los ojos.

—Pon los pies en los apoyos y rodéame con los brazos. No muerdo, bueno, a menos que quieras que lo haga. —Sonrió y sentí como si mi corazón estuviera bailando un tango dentro de mi pecho mientras me apretaba contra su espalda. No me había dicho eso a mí, ¿verdad? Levanté los pies del suelo, entregando el control total a ese extraño al que le estaba confiando mi vida. Entrelacé los dedos delante de su torso cuando lo envolví por completo.

—¿Lista?

—¡Espera! Ni siquiera sé tu nombre. Es decir, estoy poniendo mi vida en tus manos y ni siquiera sé quién eres. —Me agarré a su cuerpo con más fuerza, aferrándome a él.

No pude oír su risa, pero la sentí resonando en lo más profundo de su pecho.

—Mis amigos me llaman City, cielo. —Aceleró el motor y mi corazón se embaló con él. El miedo se estaba apoderando de mí, ya no había vuelta atrás.

Mi forma de agarrarme a él reflejó mis emociones cuando el miedo superó cualquier necesidad de estar tranquila o parecer calmada delante de él. Me dio una palmadita en las manos antes de que la moto empezara a moverse y no pude soportar mirar nada. Enterré la cara en su espalda, evitando así cualquier posibilidad de ver el camino. El viento me acarició la piel, y me pareció helado como el hielo comparado con el calor que experimentaba en las palmas de las manos. ¿Ese hombre tenía algún punto débil? Apreté los dedos contra su pecho queriendo sentir su dureza, rezando para que lo que estaba haciendo pareciera natural y no que estaba sobrepasándome.

La moto adquirió velocidad y mi corazón tronó contra su espalda. Me agarré a él más fuerte, luchando por mi vida, y el sonido del motor ahogó todo lo demás a mi alrededor, solo estábamos nosotros dos. Se inclinó en la moto, su trasero se movía cómodamente entre mis piernas. No me atrevía a moverme. Él era cálido, cómodo, y yo disfruté de cada minuto en que mi cuerpo tocaba el suyo. Cerré los ojos, tratando de no pensar en el movimiento de la motocicleta debajo de nosotros. El ligero traqueteo por el desnivel del camino me hacía sentir en desequilibrio.

El ruido del motor cambió y por fin pude ver nuestro destino por encima de su hombro. El aparcamiento de El Cowboy de Neón estaba lleno de motos y era el lugar más brillante en kilómetros a la redonda. Había pasado ante él docenas de veces, pero nunca había pensado en detenerme. No era el tipo de bar para aficionados a las motos extranjeras de diseño, sino un lugar donde los moteros duros pasaban el rato, bebían cerveza y se ligaban a las chicas.

City detuvo la moto en una plaza vacía y pude sentir que mi cuerpo empezaba a estremecerse por el miedo que finalmente comenzaba a filtrarse en mis venas. Lo había hecho. Había montado en una moto y con un extraño, nada menos. Tenía la respiración jadeante, y traté de calmarme mientras parpadeaba lentamente.

—Ya puedes bajarte, cielo. —Mantenía la moto entre sus piernas abiertas con los pies en el suelo y sujetaba el manillar, sosteniendo la moto para mí—. ¿Has disfrutado de tu primer paseo?

Solté la seguridad de su cuerpo y me incorporé sobre mis piernas temblorosas.

—Ha sido lo más aterrador que jamás haya experimentado —aseguré, agradeciendo que mis pies estuvieran firmemente posados en el suelo. Me puse de pie, rezando para que mi cuerpo dejara de temblar y mi corazón se sosegara antes de entrar en el bar con él a mi lado.

—Si eso es lo más aterrador que has experimentado, necesitas salir más, cielo. Me he moderado mucho porque ibas conmigo. —Sonrió, y mi corazón dio un vuelco ante su sonrisa pecaminosa. Quería verlo encima de mí desnudo, entrando y saliendo de mi cuerpo lentamente casi a un ritmo tortuoso. Todo él hacía que mi cuerpo se estremeciera y gritara pidiendo atención. Sin embargo, no era mi tipo; prefería a un ratón de biblioteca o a un hombre al que le gustara pasar la tarde en casa viendo una película o jugando al Scrabble, no cabalgando como un ángel del infierno a lomos de una Fat Boy para pasar el rato en un bar. Yo no era material de bar, y nunca lo sería.

Las luces exteriores me ofrecieron una imagen completa del hombre que se llamaba a sí mismo City. Su cabello era más oscuro de lo que había pensado originalmente; de hecho, lo tenía casi negro azabache, y demasiado largo en la parte superior, lo que hacía que le rozara la frente cuando movía la cabeza. Su pelo se había convertido en un desastre por el viento que le había azotado la frente. No sabía todavía el color de sus ojos, ya que seguían escondidos detrás de los cristales oscuros de las gafas de sol.

—Sí, qué suerte he tenido… —Me reí entre dientes y traté de relajarme, aunque mi cuerpo temblaba. Si eso era ir despacio para él, no quería saber cuál era su idea de ir rápido, ¿o sí? No lo sabía. Tenía el cerebro hecho un lío.

Al quitarme el casco, me pasé los dedos por el pelo tratando de peinarme después de aquel paseo salvaje. Se rio mientras se desmontaba de la moto, me quitó el casco de las manos y lo dejó encima del asiento. Vi hipnotizada cómo se quitaba las gafas y las metía en una pequeña bolsa que colgaba del lateral de la moto. Quería verle los ojos, observarlo sin máscaras ni velos.

—¿Preparada, nena? —Hizo un gesto señalando la puerta.

Quería gritar que no, pero no tenía elección. Nunca podría entrar en este tipo de lugar yo sola.

—Sí, más dispuesta que nunca. —Cuando empecé a ir hacia la entrada, sentí una mano en el brazo deteniéndome en seco. Miré sus dedos envueltos alrededor de mi brazo y me volví hacia él—. ¿Qué haces?

—No puedes entrar en un lugar como este. Eres una forastera. Te comerán viva ahí dentro. No quiero que nadie te moleste. Tenemos que hacerles creer que estás conmigo para que te dejen en paz. A menos que quieras toda esa atención… —dijo en tono interrogante arqueando una ceja.

—No la quiero. —No me importaba hacer creer a todos en el bar que estábamos juntos. City estaba muy bueno y parecía un buen tipo; se había detenido para ayudarme cuando podría haber pasado de largo.

—Vale, pues quédate a mi lado y sígueme la corriente. Conozco a esta gente y no quiero que anden husmeando a tu alrededor. Buscan presas fáciles —explicó, lanzándome una sonrisa que hizo que mi cuerpo se estremeciera y mi sexo tuviera convulsiones.

—De acuerdo, me pegaré a ti como una lapa y seguiré tu ejemplo. —Dios, parecía idiota. Siempre había sido un ratón de biblioteca. Era miembro de la Sociedad de Honor Nacional, y cuando todos mis amigos estaban de fiesta, yo me quedaba en casa a estudiar.

City me pegó a su costado, cobijándome entre su cuerpo y su brazo. Yo me moví con él, intentando seguir sus movimientos fluidos, pero mis piernas eran tan cortas que sentí que casi tenía que correr para estar a su altura. Cuando abrió la puerta, me asaltó al instante el olor a humo, la música fuerte y estridente y una docena de pares de ojos que nos miraban fijamente.

La gente gritaba «City» desde todos los rincones del bar, lo que me hizo saber que era un cliente habitual. Sentí que entraba en una versión sórdida de Cheers y City era Norm, solo que sexy y musculoso. Se inclinó para pegar la boca a mi oreja y sentí su aliento caliente antes de poder escuchar sus palabras.

—Quédate cerca de mí y no te muestres temerosa —susurró, haciendo que se me pusiera la piel de gallina—. Vamos a saludar a los chicos, y luego llamaremos a la grúa.

City parecía lo suficientemente grande como para manejar a cualquier hombre en ese lugar, pero no quería correr ese riesgo. Me concentré en respirar, mantener la barbilla erguida y mirar por dónde caminaba. El suelo estaba lleno de cáscaras de cacahuete y polvo, y eso hacía que el paseo con los tacones de aguja fuera aun más traicionero de lo normal. Apenas podía caminar con ellos cuando los compré, pero me habían parecido demasiado sexis para dejarlos.

Fuimos hasta una mesa llena de hombres con chalecos de cuero cubiertos de parches. Iban sin afeitar, y parecían tan peligrosamente sexis como City cuando esbozaron unas sonrisas traviesas.

—¿Quién es esta encantadora dama, City? —preguntó uno. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mis pechos antes de mirarme a la cara.

—Esta es Sunshine. Que no se te pase siquiera por la cabeza, Tank; está conmigo —advirtió City con una sonrisa en la cara mientras me acercaba.

«¿Sunshine?». No le había dicho mi nombre, y tampoco me lo había preguntado. No me gustaba la forma en que me miraba Tank. Gracias a Dios que no había sido él quien había pasado en moto mientras yo estaba en la carretera. Me miraba como si fuera un pedazo de carne; una comida para su disfrute.

Tank levantó las manos en señal de rendición.

—Amigo, yo nunca… Tranquilízate, joder. Solo estoy disfrutando de la vista —dijo, pasando la mirada de City a mí y sometiéndome a su abuso visual sin pizca de vergüenza.

City me apretó la cintura.

—Sunshine, este es Tank, un imbécil —dijo antes de presentarme a cada uno de los otros hombres—. Estos son Hog, Frisco, Sam y Bear. —Señaló a cada uno de ellos mientras pronunciaba aquellos estúpidos apodos.

Los apodos no parecían encajar con ninguno de aquellos hombres, excepto Bear. Tenía los brazos peludos y, de hecho, era grande, enorme y con pelo oscuro y una cara borrosa. Parecía achuchable y amable, con unos suaves ojos color avellana.

—Hola —saludé, mirando a cada uno de ellos con rapidez, sin tratar de memorizar sus nombres.

—No sabía que ibas a traer una mujer esta noche, City —dijo Bear.

—No seas desagradable, Bear —dijo pegándome más a él, sin dejar espacio entre nosotros.

—No parece tu tipo, amigo mío. —Bear sonrió—. No me refiero a nada malo, chica, sino a que tienes un buen culo y pareces demasiado buena para ese hijo de puta. Deberías estar sentada en mi regazo. —Se dio una palmadita en la pierna, y yo quise buscar la salida. Bajé la vista y me estudié la ropa. No era de mala calidad, como la que había visto a algunas de las mujeres presentes al entrar; parecía que tenía clase, resultaba incluso sexy, y no había en mí ni una pizca de friki.

City fue hacia Bear y mi corazón dio un vuelco cuando empezó a hablarle.

—Muestra algo de respeto, capullo. No se le habla así a una dama. —City estaba a centímetros de la cara de Bear—. Discúlpate con la señora. Ya. —City se cernió sobre Bear mientras este permanecía pegado a su silla.

Bear me miró, y noté que tragaba saliva con fuerza antes de hablar.

—Lo siento, Sunshine. Solo estaba bromeando. Está claro que soy gilipollas, perdóname, por favor.

—No pasa nada, Bear —pronuncié con una sonrisa falsa, esperando calmar la situación.

—Vamos a sentarnos en la barra. —City miraba a Bear sin apartar los ojos.

—Vamos, tío, quédate con nosotros. No te preocupes por Bear. Es gilipollas. Que se siente él en la barra —dijo Frisco.

—Sunshine y yo queremos estar solos. Nos vemos otra noche —dijo City, poniéndome la mano en la espalda y guiándome hacia la barra.

—Lo siento. Pueden muy infantiles. Bear no tiene filtro —se disculpó mientras colocaba un taburete para que me sentara. City tenía buenos modales. No muchos de los hombres con los que salía hacían algo tan simple como ofrecerle la silla a una dama; era un arte perdido—. Es un buen tipo, pero a veces dice lo que se le ocurre, no piensa antes de hablar.

—No pasa nada, de verdad… No pasa nada. Gracias por defenderme —dije mientras me sentaba, acercando el taburete a la barra—. ¿Por qué me has llamado Sunshine?

—Bueno, no sé tu nombre y me recuerdas a un rayo de sol; tu pelo es dorado y tu sonrisa brilla. Solo me parecía adecuado, y he tenido que inventarme algo sobre la marcha —dijo—. Espero que no te haya importado. —Se encogió de hombros y cogió el menú que había más cerca.

—No me ha importado, pero me llamo Suzy.

—¿Qué te gustaría tomar, Suzy?

Quise decir «A ti», porque de alguna manera ese hombre me había hecho perder el control de la realidad.

—Un daiquiri sin alcohol, por favor.

—¿Sin alcohol? ¿En serio? —Arqueó las cejas y curvó las comisuras de la boca.

—Ya he bebido esta noche. Solo quiero algo dulce, sin licor.

—¿Quieres comer algo? —preguntó—. ¿O también eres vegetariana? —se rio.

—Basta… —Le di un golpe en el brazo—. No quiero nada. Solo llamar a una grúa.

—Entendido. —Sacó el teléfono y lo puso en la barra—. Oye, cielo, ¿puedo pedir una hamburguesa con queso, una cerveza y un daiquiri sin alcohol? —le preguntó a la camarera.

—Claro, guapo —dijo ella, alejándose con un lento contoneo de caderas para llamar su atención. Me volví a City para comprobar si la estaba mirando, pero en vez de eso me observaba fijamente a mí, y sentí que se me quedaba la boca seca.

—¿Quieres llamar a una grúa de Triple A o a otro lado? —preguntó sin quitarme los ojos de encima. Eran un tono de azul increíble, y no pude apartar la mirada. Siempre me había gustado el tono azul de mis ojos, pero el suyo era casi turquesa. Sentí que miraba a través de mí, dentro de mí, que veía todo lo que escondía bajo la superficie. Lo deseaba, pero no quería admitir que me sentía atraída. No podía admitirlo.

—Sí, tengo Triple A —dije, buscando en mi bolso para encontrar mi tarjeta de socia. Rebusqué a tientas en mi cartera, encontrando la tarjeta casi detrás de todo lo demás. Podía sentir sobre mí sus ojos, que me estudiaban y me ponían nerviosa. ¿En qué estaba pensando? Marqué el número mientras le daba la espalda para evitar su mirada.

—Hola. Triple A, ¿en qué puedo ayudarle? —Apenas podía oír la vocecita femenina por culpa del sonido del rock clásico que planeaba por el bar lleno de humo. City charló con la camarera mientras yo intentaba entender algo y comunicar mi ubicación y detalles sobre mi coche. No podrían ayudarme hasta la mañana siguiente. ¡Joder! Le di las gracias por la ayuda antes de finalizar la llamada.

—¿Qué te han dicho? —preguntó City con una expresión sincera mientras la camarera se alejaba de nosotros.

—No podrán venir hasta mañana porque están ocupados y estamos en medio de la nada. Debo dejar el coche abierto para que puedan entrar y dejarlo en punto muerto o algo así. No sé cómo… Nunca antes me habían remolcado el coche. —¿Qué demonios iba a hacer? Estaba atrapada en El Cowboy de Neón con el Señor Sexy y mis pensamientos obscenos.

—Te llevaré de vuelta al coche cuando termine de comer. Supongo que también necesitarás que te lleve a casa —comentó, sorbiendo su bebida mientras me miraba.

Sonreí, y aunque no quería que se desviara de su camino y aunque no me gustaba la idea de que un extraño supiera dónde vivía, no podía decirle que no.

—Te lo agradecería, si no te importa.

—En absoluto, Suzy. No puedo dejarte aquí y largarme sin más. Eres mía, nena. —Giró el taburete hacia mí y se echó hacia delante, invadiendo mi espacio vital—. ¿Adónde quieres que te lleve después de que nos vayamos de aquí? ¿A casa? —Arqueó una ceja, esperando mi respuesta, y me dejó clavada en el lugar con su mirada.

¿A casa? ¿A qué casa se refería? City parecía ser del tipo de hombre que tenía una mujer diferente en su cama cada mañana… O tal vez las echaba antes de dormirse. Sus dedos rozaron la parte superior de mi mano y mi diálogo interno se disolvió.

—¿Dón-de-vi-ves? —La risa que intentó esconder tras su mano dejó claro que me había quedado allí sentada pensando durante más tiempo del que hubiera querido.

Me aclaré la garganta.

—Tengo que ir a abrir el coche y luego necesito que me lleven a casa. Vivo a unos quince minutos al norte. ¿Te parece bien? Quiero decir, no quiero…

Puso un dedo sobre mis labios y me detuvo a mitad de la frase.

—No importa, te llevaré a cualquier parte —aseguró con una sonrisa maliciosa que hizo que mi pulso se acelerara y mi calor corporal se elevara. Se humedeció los labios y yo me quedé mirándolo como una idiota. Mi sexo palpitó al pensar en esos labios sobre mi piel. ¿Qué coño me pasaba? Cada movimiento que hacía y cada palabra que decía se volvía sexual, como si penetrara en mi cerebro. Necesitaba tener sexo; y ese hombre no estaba coqueteando conmigo, ¿verdad?

—¿Quieres un poco? No puedo comérmela toda —dijo después de que colocaran el plato delante de él.

Negué con la cabeza y cogí mi bebida tratando de aliviar mi cuerpo del fuego interno provocado por City. El fresco y dulce combinado de fresa refrescó mi lengua y se deslizó por mi garganta.

Giré la pajita roja en mi boca, tratando de ocupar mi mente con alguna cosa. En ese momento, City flexionó los brazos mientras se llevaba la hamburguesa a la boca; tenía los antebrazos cubiertos de tatuajes. En el brazo izquierdo lucía varios diseños entrelazados: un pez koi, un tigre y otras dos piezas de temática de la naturaleza que parecían moverse a través de su piel, y en el brazo derecho tenía un skyline de alguna ciudad. Quise tocar sus brazos y pasar los dedos por los tatuajes. Parecía grande por todas partes, y mi mirada bajó por su cuerpo y se quedó clavada en su entrepierna. Me pregunté si su motocicleta y sus tatuajes serían una señal de que trataba de compensar carencias en otro lugar, pero no podía creer que un hombre como él la tuviera pequeña. No era posible que un hombre como él tuviera un…

—¿Un pepinillo?

Parpadeé y subí la mirada de su entrepierna a sus ojos.

«¿Un pepinillo?».

Lo sostenía ante mí, e hizo un gesto para que lo cogiera.

—No. Gracias, de verdad. Cómetelo tú —dije, sintiendo como si me hubiera leído la mente. ¡Dios, esperaba que no me hubiera pillado mirándole la entrepierna!

Sorbí el resto de la bebida, deseando en ese momento que contuviera alcohol. Pensé que tal vez así no me sentiría tan avergonzada.

—Me he fijado en tus tatuajes. ¿Qué ciudad llevas en el brazo derecho?

—Es el skyline de Chicago —dijo, mientras daba otro mordisco.

—¿Eres de allí?

—Nací y crecí allí, nena —gruñó, y siguió masticando.

No podía apartar los ojos de su boca. Incluso mirarlo comer me resultaba erótico. Sus labios se movían mientras masticaba y se chupaba cada dedo para limpiarse la salsa que se escapaba de la hamburguesa. ¡Joder! Si ver comer a alguien se convertía en algo sexual, había pasado demasiado tiempo desde la última vez que había tenido sexo.

«Houston, tenemos un problema».

2

Un rayo de sol

City

Podría haber arreglado su coche como si nada, pero no había querido hacerlo. Su belleza me había llamado la atención, y quería saber más sobre ella. ¡Joder, quería tirármela! No podía irme y dejarla allí para que se las arreglara por sí misma. Normalmente soy un capullo, pero no podía dejarla tirada.

Parecía indefensa cuando casi pasé de largo. Cuando las luces de mi moto la iluminaron, un montón de pensamientos guarros inundó mi mente. Llevaba unos tacones de «Fóllame ya», una falda tremendamente corta y una camiseta blanca de encaje que hizo que se me pusiera dura al instante. El pelo le caía sobre los pechos y brillaba bajo la luz. Era dorado, y quise tirar de él mientras me enterraba en su interior.

Fingí que quería rescatarla y tratar de ayudarla, pero solo quería retenerla tanto como pudiera. Haría que uno de los chicos del bar remolcara el coche hasta su casa.

Pude ver el miedo en sus ojos cuando entramos en El Cowboy de Neón. Los había abierto como platos, casi tanto como su boca, y miraba a su alrededor como si nunca hubiera estado en un bar de carretera. Los tipos que los frecuentan suelen ser un poco capullos, en especial cuando una mujer hermosa entra en el local. Bear siempre había sido un completo gilipollas, pero tenía razón: quería tirármela, y quería hacer muchas guarradas con ella.

—¿Qué tal si te invito a un trago de verdad? Solo uno. No vas a conducir esta noche, así que ¿qué tendría de malo?

Vi que se mordía el labio inferior.

—Supongo que tienes razón. Esta semana ha sido una auténtica mierda. Me vendría bien algo… más fuerte —dijo, tomando una bocanada de aire que hizo que su cabello se moviera.

—Bueno, pues vamos a cambiar eso. ¿Has tenido una cita de mierda? —pregunté. Le miré los zapatos antes de recorrer con la vista todo su cuerpo hasta detenerme en su cara—. ¿Cómo podemos mejorar la noche?

Separó los labios, y su pecho se agitó cuando aspiró aire con rapidez.

—La noche ha sido tan mala. Empezó muy bien; quedé con una amiga, pero es ese condenado coche el que le ha puesto la guinda al pastel.

¿«Condenado coche»? ¿Había mujeres adultas que realmente usaban esas palabras?

—Estoy seguro de que lo del coche no es para tanto —aseguré mientras le hacía señas a la camarera—. ¿Qué te apetece tomar?

—Un martini blanco, por favor. —Se había ventilado un daiquiri sin alcohol. No decía palabrotas y apenas bebía alcohol; no era como la mayoría de las chicas que conocía, ni siquiera su ropa era tan sexy como esperaba en una chica de su edad.

—¿Qué puedo ofrecerte, cariño? —preguntó la camarera.

—Sunshine tomará un martini blanco, Sandy. Combinado con lo que tú veas. —Miré a Suzy—. Te parece bien, ¿verdad? —le pregunté.

—Sí, gracias. —Puede que pareciera fuera de lugar en un lugar como ese, pero la quería a mi lado. Parecía una buena chica que no maldecía, pero había notado que su mente estaba llena de pensamientos guarros. Me miraba —no: me miraba fijamente—, observando cada uno de mis movimientos y examinando todo mi cuerpo. Me deseaba tanto como yo a ella, aunque no quería o no podía admitirlo—. Vienes mucho por aquí, ¿no? Todo el mundo parece conocerte.

—Paso por aquí un par de noches a la semana, después del trabajo, y está cerca de casa. Es un lugar al que me gusta venir para relajarme y descansar un poco después de un largo día.

Se humedeció los labios y —lo juro por Dios— mi pene se movió. Me la acomodé tratando de evitar que el bulto de mi erección le llamara la atención. Le miré las piernas mientras se movía en el asiento, y me fijé en que se las frotaba una contra otra antes de cruzarlas. Era mía y lo sabía, pero no podía asustarla.

—¿A qué te dedicas, City? —Se miró las manos, tratando de no mirarme.

—Soy artista. ¿Y tú? —Lo dejé caer así… Sonaba más elegante que «Soy tatuador». En mi corazón era un artista, pero mi lienzo era de piel humana.

—Profesora. ¿Qué clase de artista eres?

No se parecía a ninguna profesora que yo hubiera tenido en el colegio. No habría podido prestar atención en clase si ella se estuviera paseando por el aula con unos tacones así y estirándose para escribir en la pizarra.

—Tatuador —expliqué mientras señalaba la obra de arte que llevaba en el brazo—. ¿Tienes alguno?

—¿Algún tatuaje? —preguntó arqueando las cejas y abriendo mucho los ojos.

—Sí, aunque, por la expresión de tu cara, diría que la respuesta es «no».

—¡Oh, no! —Se rio—. Las agujas me dan un terror de mil diablos. —Cogió la copa y se bebió la mitad del martini sin siquiera parpadear.

—¿No dices tacos nunca? —pregunté mientras ella dejaba la copa en la barra.

—¿Qué? —Me miró fijamente.

—¿No dices tacos? Es una pregunta sencilla. Hasta ahora has dicho «terror de mil diablos» y «condenado», pero nada más fuerte.

—Oh, mmm…, sí, claro que digo tacos. —Se puso roja, y una sonrisa se extendió por su cara—. Pero estoy acostumbrada a reprimir las palabrotas porque me paso el día rodeada de niños.

—Demuéstramelo —dije, mirando fijamente sus ojos de color zafiro.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque necesito saber si es cierto. ¿Eres una buena chica? ¿O hay algo ahí debajo muriéndose de ganas por salir? —Escondí la sonrisa y la risa que estaba a punto de soltar. El tono rosado de sus mejillas se extendió por toda su cara. Sabía que estaba haciéndole sentir vergüenza, pero, joder, necesitaba saber si tenía alguna oportunidad con ella.

—Sí, digo tacos. ¿Qué te crees que soy? No soy una niña, City. —Me miró fijamente mientras se llevaba la bebida a los labios y los pasaba por el borde de la copa. ¡Joder! Quería esos labios alrededor de mi miembro, tragándome hasta el fondo de la garganta y chupándome.

—No he dicho que lo fueras, cielo. ¿Sueles beber o esta noche es una excepción? —pregunté, sonriendo porque sabía que estaba molesta. Me gustaba el fuego que veía en sus ojos cuando había señalado sus cualidades de buena chica… Obviamente, no le gustaba que la etiquetaran.

—A veces. Pero soy responsable. No bebo cuando conduzco. Mi padre era policía y me lo metió en la cabeza desde una edad temprana. —Las palabras que había dicho me golpearon como una tonelada de ladrillos. Conducir borracho era lo único en el mundo que hacía que me hirviera la sangre.

¿Una profesora con padre policía? ¡Vaya suerte la mía…!

—No hay nada malo en eso. Entonces, ¿no siempre tomas daiquiris sin alcohol?

—¿Por qué? ¿Tengo que ser bebedora? Es decir, ¿me hace ser menos madura?

—No, Suzy. Solo trato de hacerme una idea de quién eres, de cómo eres. —Noté que sus hombros se relajaban un poco con mis palabras—. ¿Quieres tomarte otro? Ese martini ha sido un visto y no visto. —Me había sorprendido lo rápido que se lo había ventilado. Mi pregunta sobre la bebida había sido respondida con creces, pero quería verla un poco irritada.

—Una más y luego nos vamos —dijo.

—Pídela tú, mientras yo hablo con ese tipo de allí. Es mecánico y amigo mío. Veré qué puede hacer por tu coche esta noche. —Ya de pie, le hice un gesto a Sandy y le señalé a Suzy.

—Vale, pero no me dejes sola aquí mucho tiempo.

—Te prometo que serán dos minutos como máximo. —Me alejé de Suzy mientras Sandy se acercaba. Los buitres aparecerían en cuanto notaran mi ausencia.

—¿Ya te has aburrido de Sunshine, colega? —preguntó Tank echándose hacia atrás en la silla mientras los demás se reían. La sonrisa de Tank era sincera, y la risa solo lo animaba aún más—. Puedo intervenir si quieres. No me importaría pasar la noche con esa dulce flor.

Me senté en mi asiento habitual junto a Bear.

—Puedes irte a tomar por culo. —Señalé a Tank—. No necesito tu ayuda. —Tank sonrió. Sabía que estaba puteándome, pero me cabreaba muchísimo. Conocía a Tank desde hacía años, y aunque podía ser un grano en el culo, tenía un corazón de oro.

—Tranquilo, City. ¿Qué cojones te pasa hoy? —dijo Bear.

—Nada, tío, ha sido un día largo. Lo siento, colega.

—Sé dulce con esa chica, ¿eh? Nunca te había visto tan tenso, y mucho menos tan protector, con una mujer —añadió Bear.

—Lo sé, lo sé, pero, joder, las gilipolleces que dices a veces me molestan.

—Lo siento. Solo te estaba puteando.

—Hay buen rollo, tío. —Le di una palmada a Bear en el hombro con la esperanza de cambiar su estado de ánimo. Por muy capullos que pudieran ser, seguían siendo mis colegas. Siempre me apoyaban y estaban ahí cuando los necesitaba—. Necesito que me hagas un favor, Tank.

—Tú dirás.

—Hemos dejado su coche en la carretera porque no arranca. No será difícil ponerlo en marcha de nuevo, pero tiene algo más. ¿Crees que podrías ocuparte de él y dejarlo en su casa mañana?

—Claro. Lo que me pidas. ¿Quieres que lo arranque y lo arregle?

—Sí, arréglalo y yo pagaré la reparación. No dejes que te pague nada. Simplemente, déjalo en su puerta.

—Lo he pillado, tío. Necesitaré las llaves —dijo mientras abría un cacahuete y tiraba la cáscara al suelo.

—Te las daré antes de que nos vayamos. Gracias, tío. —Me puse de pie con rapidez porque tenía volver con Suzy. Ya la había dejado sola demasiado tiempo.

—Buenas noches. Disfruta con ese rayo de sol, pero no te vayas a quemar —dijo Bear. «Hijo de puta».

Un hombre se había detenido delante de Suzy, invadiendo su espacio personal mientras ella retrocedía todo lo posible sin caerse del taburete. Tenía el pelo grasiento, largo y desgreñado, la camiseta sucia, los pantalones manchados, y estaba cubierto de viejos tatuajes descoloridos. Ya había visto a ese capullo antes por allí, y nunca había terminado bien. Siempre acababa acojonando a alguna mujer, y alguien lo echaba a la calle después de haberse tomado una cerveza de más.