El mantial oculto - Mark Solms - E-Book

El mantial oculto E-Book

Mark Solms

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Beschreibung

Para Mark Solms, uno de los pensadores más audaces de la neurociencia contemporánea, descubrir cómo surge la conciencia ha sido la búsqueda de toda una vida. Los científicos lo consideran el \"problema difícil\" porque parece una tarea imposible entender por qué sentimos un sentido subjetivo del yo y cómo surge en el cerebro. Aventurándose en la física elemental de la vida, Solms ha llegado ahora a una respuesta asombrosa. En 'El manantial oculto', expone su descubrimiento en un lenguaje accesible y con analogías comprensibles. Solms es un guía franco e intrépido en un viaje extraordinario desde los albores de la neuropsicología y el psicoanálisis hasta la vanguardia de la neurociencia contemporánea, ciñéndose a lo médicamente demostrable. Pero va más allá que otros neurocientíficos al prestar gran atención a las experiencias subjetivas de cientos de pacientes neurológicos, a muchos de los cuales trató, cuyas extrañas conversaciones ponen al descubierto muchas cosas sobre los oscuros alcances del cerebro. Y lo que es más importante, usted será capaz de reconocer el funcionamiento de su propia mente por lo que realmente es, incluido cada pensamiento perdido, pulso de emoción y cambio de atención. 'El Manantial Oculto' alterará profundamente su comprensión de su propia experiencia subjetiva.

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Seitenzahl: 674

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Índice de figuras

01.

Principales estructuras cerebrales implicadas en el sueño REM

33

02.

Principales estructuras cerebrales implicadas en los sueños

38

03.

Tomografía de positrones cerebral al inicio del sueño y durante el sueño REM

52

04.

Resonancias magnéticas cerebrales de una niña de tres años que nació sin corteza cerebral (© ACR Learning File, Neuroradiology, 2.ª ed., 2004,

© American College of Radiology)

69

05.

Respuesta emocional de una niña de tres años que nació sin corteza cerebral (imagen extraída de «Consciousness without cerebral cortex: a challenge for neuroscience and medicine», de Björn Merker, Behavioral and Brain Sciences, 1 de mayo de 2007, Cambridge University Press © 2007 Cambridge University Press)

70

06.

Tubérculos cuadrigéminos superiores, corteza visual y sustancia gris periacueductal

73

07.

Resonancias magnéticas cerebrales de un hombre con destrucción

completa de los lóbulos prefrontales

92

08.

Primer diagrama de Freud de los sistemas de memoria

98

09.

Tomografías por emisión de positrones de cuatro estados emocionales

149

10.

Patrones típicos de actividad cortical electroencefalográfica

151

11.

Gráfico de los trenes de impulsos nerviosos de veinte neuronas

(imagen extraída de «Simulating Neural Spike Trains», de Praneeth Namburi, https://praneethnamburi.com, 5 de febrero de 2015 © Praneeth Namburi 2015)

155

12.

Homeostasis de las sensaciones

183

13.

Un sistema autoorganizado con su manta de Markov (imagen extraída de

«Life as We Know It», de Karl Friston, Journal of the Royal Society Interface, 10,

6 de septiembre de 2013, https://royalsocietypublishing.org/doi/10.1098/rsif.2013.0475, CC BY)

197

14.

Efectos entrópicos producidos al dañar la manta de Markov

203

15.

Una jerarquía predictiva simplificada

220

16.

Gráfico de una predicción anterior (imagen extraída de «Modeling Emotions Associated with Novelty at Variable Uncertainty Levels: A Bayesian Approach», Hidesyoshi Yanagisawa, Oto Kawamata y Kazutaka Ueda, Frontiers in Computational Neuroscience, 24 de enero de 2012, https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fncom.2019.00002/full)

239

17.

Dinámica de un sistema autoevidenciable equipado con optimización de la precisión

250

18.

Figura compleja de Rey dibujada por un niño con visión invertida

261

19.

Esquema de aprendizaje por error de predicción de recompensa

271

Aunque se ha hecho todo lo posible para contactar con los titulares de los derechos de autor de las ilustraciones, el autor y los editores agradecerán cualquier información sobre las ilustraciones para las que no han podido localizarlos y realizarán las modificaciones oportunas en futuras ediciones.

Introducción

Cuando era pequeño, se me ocurrió una pregunta un tanto especial: ¿cómo imaginamos el mundo tal como existía antes de que evolucionara la conciencia? Porque ese mundo existía, por supuesto, pero ¿cómo imaginarlo tal como era antes de que fuera posible imaginar algo?

Para que se hagan una idea de lo que quiero decir, intenten imaginar un mundo en el que no puede salir el sol. La Tierra siempre ha girado alrededor del Sol, pero el sol solo aparece en el horizonte desde el punto de vista de un observador. Es un acontecimiento inherentemente perspectivo. El amanecer estará atrapado para siempre en la experiencia.

Esta obligación de adoptar una perspectiva es lo que hace que nos cueste tanto comprender la conciencia. Para ello tenemos que eludir la subjetividad: mirarla desde fuera, ver las cosas como son en verdad en lugar de como se nos aparecen. Pero ¿cómo lograrlo? ¿Cómo escapar de nosotros mismos?

De joven visualizaba ingenuamente mi conciencia como una burbuja que me rodeaba: contenía los sonidos, las imágenes en movimiento y otros fenómenos de la experiencia. Fuera de la burbuja, suponía que había una negrura infinita, una negrura que imaginaba como una sinfonía de —entre otras cosas— cantidades puras, fuerzas y energías que interactuaban entre sí, etc.: la realidad auténtica de «ahí fuera» que mi conciencia representa en las formas cualitativas en las que debe hacerlo.

La imposibilidad de imaginar algo así —la imposibilidad de representar la realidad sin representaciones— ilustra la magnitud de la tarea que me impongo con este libro. Tras todos estos años, levanto otra vez el velo de la conciencia para averiguar qué vislumbro sobre su mecanismo real.

En consecuencia, el libro que tienen entre las manos es inevitablemente perspectivista. De hecho, lo es incluso más de lo que requiere la paradoja que acabo de describir. Para ayudarles a ver las cosas desde mi punto de vista, he decidido contar parte de mi propia historia. Con frecuencia, mis ideas científicas sobre la conciencia han avanzado a partir de acontecimientos de mi vida personal y mi trabajo clínico, y aunque creo que mis conclusiones se sostienen por sí solas, es mucho más fácil entenderlas si se sabe cómo he llegado a ellas. Algunos de mis descubrimientos —por ejemplo, los mecanismos cerebrales de los sueños— se han producido en gran medida por casualidad. Algunas de mis decisiones profesionales —por ejemplo, tomar un desvío de mi carrera de neurocientífico y formarme como psicoanalista— han dado mejores frutos de los que me hubiera atrevido a esperar. Veremos lo que pasó en ambos casos.

Sin embargo, no puedo hablar del éxito de mi misión para comprender la conciencia sin señalar lo afortunado que he sido de contar con los colaboradores más brillantes. En concreto, tuve la inmensa suerte de poder trabajar con el difunto Jaak Panksepp, un neurocientífico que entendió mejor que ningún otro el origen y el poder de los sentimientos. Sus ideas conforman casi todas mis creencias actuales sobre el cerebro.

En tiempos más recientes he podido trabajar con Karl Friston, quien, entre sus muchas excelentes virtudes, puede presumir de ser el neurocientífico vivo más influyente del mundo. Fue Friston quien estableció los primeros cimientos de la teoría que voy a exponer. Se lo conoce sobre todo por reducir las funciones cerebrales (de todo tipo) a una necesidad física básica consistente en minimizar algo llamado «energía libre». Ese concepto se explica en el capítulo 7, pero, por ahora, puedo adelantar que la teoría que Friston y yo hemos desarrollado se une a ese proyecto; tanto que podríamos llamarla la «teoría de la energía libre de la conciencia». Porque de eso se trata.

La explicación definitiva de la sintiencia es un enigma tan complicado de resolver que hoy día es conocido reverencialmente como «el problema difícil». A veces, cuando se ha resuelto un enigma, tanto la pregunta como la respuesta pierden su interés. Dejo a los lectores decidir si las ideas que expondré aquí arrojan nueva luz sobre el problema difícil. En cualquier caso, confío en que nos ayudarán a vernos a nosotros mismosbajo una nueva luz, y solo por eso deberían ya conservar su interés hasta el momento en que sean sustituidas. A fin de cuentas, en un sentido profundo, todos somos nuestra conciencia. Parece, pues, razonable esperar que una teoría de la conciencia explique los fundamentos de la razón por la cual nos sentimos como nos sentimos. Debería explicar por qué somos como somos. Tal vez incluso debería aclarar qué podemos hacer al respecto.

Reconozco que este último tema queda fuera del alcance previsto para este libro, pero no del alcance de la teoría. Mi relato de la conciencia aúna en una sola historia la física elemental de la vida, los avances más recientes tanto de la neurociencia computacional como de la afectiva y las sutilezas de la experiencia subjetiva que tradicionalmente ha explorado el psicoanálisis. Dicho de otra forma, la luz que arroja esta teoría debería poder iluminarnos a todos.

Ha sido el trabajo de mi vida. Décadas después, sigo preguntándome cómo se vería el mundo antes de que hubiera nadie para verlo. Ahora, más instruido, imagino el origen de la vida en una de esas fuentes hidrotermales. Seguramente, los organismos unicelulares que empezaron a existir allí no serían conscientes, pero sus perspectivas de supervivencia debieron de verse afectadas por lo que los rodeaba. Es fácil imaginar aquellos organismos sencillos respondiendo a la «bondad» biológica de la energía del sol. A partir de ahí, basta con dar un pequeño paso para imaginar seres más complejos buscando de forma activa suministros de energía y desarrollando al final una capacidad de sopesar las posibilidades de éxito de distintas alternativas.

La conciencia, a mi entender, surgió de la experiencia de aquellos organismos. Imaginen el calor del día y el frío de la noche desde la perspectiva de aquellos primeros seres vivos. Los valores fisiológicos que registraron sus experiencias diurnas fueron los precursores del primer amanecer.

Muchos filósofos y científicos siguen creyendo que la sintiencia no tiene utilidad física alguna. Mi objetivo con este libro es persuadir a los lectores de la verosimilitud de otra interpretación, y para ello tengo que convencerles de que los sentimientos forman parte de la naturaleza, que no son en esencia distintos de otros fenómenos naturales y que tienen un papel dentro de la matriz causal de las cosas. Demostraré que la conciencia tiene que ver con los sentimientos, y que los sentimientos tienen que ver a su vez con lo bien o lo mal que nos va en la vida. La conciencia existe para ayudarnos a que nos vaya mejor.

Dicen que el problema difícil de la conciencia es el enigma más grande sin resolver de la neurociencia contemporánea, cuando no de toda la ciencia. La solución propuesta en este libro se aparta radicalmente de los abordajes convencionales. Dado que la inteligencia reside en la corteza cerebral, casi todo el mundo piensa que también es allí donde reside la conciencia, pero yo no estoy de acuerdo; la conciencia es mucho más primitiva: surge de una parte del encéfalo que los humanos comparten con los peces. Ese es el «manantial oculto» del título.

La conciencia no debería confundirse con la inteligencia. Es perfectamente posible sentir dolor sin la menor reflexión sobre qué es el dolor. De la misma manera, las ganas de comer —la sensación de hambre— no implican comprensión intelectual de las exigencias de la vida. La conciencia en su forma elemental, es decir, el sentimiento puro, es una función que sorprende por su sencillez.

Este enfoque lo han adoptado otros tres destacados neurocientíficos: Jaak Panksepp, Antonio Damasio y Björn Merker. Pankseppabrió el camino. Él (como Merker) investigaba con animales; Damasio (como yo), no. A muchos lectores les horrorizarán los hallazgos de la investigación con animales que expongo en el libro, precisamente porque demuestran que otros animales sienten igual que nosotros. Todos los mamíferos pueden sentir dolor, miedo, pánico, tristeza… Por irónico que parezca, fue la investigación de Panksepp la que acabó con cualquier duda razonable al respecto. Nuestro único consuelo es que sus descubrimientos frenaron ese tipo de investigaciones.

Mi atracción por Panksepp, Damasio y Merker se debe a su creencia, que comparto, de que a la neurociencia actual le falta un enfoque claro de la naturaleza intrínseca de la experiencia vivida. Se podría decir que lo que nos une es lo que hemos construido, a veces sin saberlo, sobre los cimientos abandonados que dejó Freud para una ciencia de la mente que priorice los sentimientos sobre la cognición. (La cognición es en su mayor parte inconsciente). Este es el segundo desvío radical de este libro: nos devuelve al «Proyecto» de Freud de 1895… e intenta acabar el trabajo, aunque sin pasar por alto sus muchos errores. Para empezar, Freud creía, como todos los demás, que la conciencia era una función cortical.

El tercer gran desvío que toma este libro es llegar a la conclusión de que la conciencia es modelable, artificialmente producible. Esta conclusión, con sus profundas implicaciones metafísicas, surge de mi trabajo con Karl Friston. A diferencia de Panksepp, Damasio y Merker, Friston es un neurocientífico computacional. Por consiguiente, cree que la conciencia se puede reducir en última instancia a las leyes de la física (una creencia que, sorprendentemente, compartía Freud). Sin embargo, antes de que empezáramos a colaborar, el propio Friston equiparaba en gran medida las funciones mentales con las corticales. Este libro profundiza en su marco estadístico-mecánico, adentrándose en los recovecos más primitivos del tronco encefálico…

Estos tres desvíos hacen menos difícil el problema difícil. Y el presente libro explica cómo.

MARK SOLMS

Chailey, East Sussex

Marzo de 2020

01

La materia de los sueños

Nací en la Costa de los Esqueletos, en la antigua colonia alemana de Namibia, donde mi padre administraba una pequeña empresa sudafricana, la Consolidated Diamond Mines. Su sociedad matriz, De Beers, había creado prácticamente un país dentro del país, el llamado Sperrgebiet (la «zona prohibida»). Sus minas de aluvión se desparramaban desde las dunas del desierto de Namib hasta el fondo del océano Atlántico, varios kilómetros mar adentro.

Ese fue el peculiar paisaje que moldeó mi imaginación. De pequeño, solía jugar con mi hermano mayor Lee a extraer diamantes, recreando en nuestro jardín, con excavadoras de juguete, las impresionantes obras de ingeniería que veíamos cuando nuestro padre nos llevaba a visitar las minas a cielo abierto en medio del desierto. (Ni que decir tiene que éramos demasiado pequeños para conocer los aspectos menos admirables de su industria).

Un día de 1965, cuando yo tenía cuatro años, mis padres habían salido a navegar desde el club náutico Cormorant, como muchas otras veces, y a mí me dejaron jugando en el club con Lee, que tenía seis años. Ya se había disipado la bruma matutina y salí del fresco interior del edificio de tres pisos que albergaba el club para acercarme a la orilla. Allí, caminando por el agua en medio de aquel calor, contemplé cómo se dispersaban alrededor de mis pies unos pececillos minúsculos y brillantes, mientras Lee y unos amigos trepaban al tejado del edificio por la parte de atrás.

Lo que recuerdo a partir de ahí son tres fotos fijas. La primera, el sonido de algo que se partió como una sandía. La segunda, la imagen de Lee tumbado en el suelo, gimiendo por lo mucho que le dolía una pierna. La tercera, mis tíos diciéndome que cuidarían de mi hermana y de mí mientras nuestros padres llevaban a Lee al hospital. Los lamentos por el dolor en la pierna deben de ser una fabulación, porque la historia clínica dice que mi hermano perdió el conocimiento al golpearse contra el suelo de hormigón.

Puesto que Lee necesitaba una atención especializada que nuestro hospital local no podía prestar, lo trasladaron en helicóptero al hospital Groote Schuur de Ciudad del Cabo, a ochocientos kilómetros de distancia. En aquella época, el Departamento de Neurocirugía se hallaba en un impresionante edificio construido según el estilo arquitectónico neerlandés del Cabo, el mismo en el que ahora trabajo como neuropsicólogo. Lee había sufrido una fractura de cráneo con hemorragia intracraneal. Cuando este tipo de hematomas se extiende, suponen un riesgo para la vida del paciente y requieren intervención quirúrgica. Mi hermano tuvo suerte; los hematomas le desaparecieron en los días siguientes y pronto le dieron el alta.

Al margen del casco que tuvo que llevar tras el accidente para proteger el cráneo fracturado, Lee parecía el de siempre. Sin embargo, como persona había cambiado por completo. Hay una palabra alemana que describe muy bien lo que sentí, Unheimlichkeit, para la que no encuentro equivalente, pero que se podría traducir como «inquietante extrañeza».

El cambio más evidente fue la pérdida de sus hitos del desarrollo. Durante un tiempo perdió incluso el control de esfínteres. A mí lo que más me inquietaba era que parecía que ya no pensaba igual que antes. Era como si Lee estuviera y, al mismo tiempo, no estuviera. Había olvidado muchos de nuestros juegos. El de extraer diamantes pasó a ser simplemente cavar agujeros. Mi hermano ya no conectaba con sus aspectos imaginativos y simbólicos. Ya no era Lee.

Aquel año suspendió en la escuela, por primera vez. Lo que más recuerdo de aquellos primeros días tras el accidente son mis intentos de conciliar la dicotomía de que el hermano que había regresado parecía el mismo pero no lo era. Me preguntaba adónde había ido a parar su versión anterior.

En los años siguientes caí en una depresión. Recuerdo que por las mañanas no podía reunir la energía necesaria para calzarme e ir a la escuela. Habían pasado unos tres años desde el accidente. No encontraba la energía para hacer nada porque no le veía el sentido. Si nuestro ser dependía del funcionamiento de nuestro cerebro, ¿qué ocurriría conmigo cuando mi cerebro muriera? ¿Y con el resto de mi cuerpo? Si la mente de Lee podía reducirse a un órgano, seguro que la mía también. Eso significaba que yo —mi ser sintiente— solo existiría durante un periodo de tiempo relativamente breve. Y luego desaparecería.

He pasado toda mi carrera científica reflexionando sobre este problema. Quería entender qué le había pasado a mi hermano y qué nos pasaría a todos con el tiempo. Necesitaba entender en qué consistía, en términos biológicos, nuestra existencia como sujetos que experimentan. En pocas palabras, entender la conciencia. Por eso me hice neurocientífico.

Incluso visto en retrospectiva, creo que no podía haber tomado un camino más directo para dar con las respuestas que buscaba.

Se podría afirmar que la naturaleza de la conciencia es el tema más difícil de la ciencia. Un tema que importa porque cada cual es su propia conciencia, pero que es controvertido por culpa de dos enigmas que han frustrado a los pensadores durante siglos. El primero es el modo en que la mente se relaciona con el cuerpo o, para los investigadores con una perspectiva más materialista —o sea, para la mayoría de los neurocientíficos—, la manera en que el cerebro da lugar a la mente, es decir, al llamado «problema mente-cuerpo». ¿Cómo produce el cerebro físico nuestra experiencia fenoménica? O, con el mismo nivel de confusión, ¿cómo la materia no física llamada «conciencia» controla el cuerpo físico?

Los filósofos han asignado este problema a lo que ellos llaman «metafísica», que es una forma de decir que no creen que se pueda resolver científicamente. ¿Por qué no? Porque la ciencia depende de métodos empíricos, y «empírico» implica «derivado de indicios sensoriales». La mente no es accesible a la observación sensorial: no se puede ver ni tocar; es invisible e intangible; es un sujeto, no un objeto.

El segundo enigma consiste en averiguar qué podemos saber de la mente desde el exterior o, ya puestos, cómo podemos saber siquiera si está presente. Es el denominado «problema de las demás mentes». Simplificando: si la mente es subjetiva, solo se puede observar la propia. Entonces, ¿cómo podemos saber si otras personas (o animales o máquinas) la tienen siquiera? O, aún más, ¿cómo vamos a deducir qué leyes objetivas rigen el funcionamiento general de nuestra mente?

En el siglo pasado, estas preguntas dieron lugar a tres grandes respuestas científicas. La ciencia se basa en los experimentos. A nuestro favor tenemos que el método experimental no aspira a alcanzar verdades definitivas, sino a lo que podríamos definir como mejores suposiciones. A partir de las observaciones, proponemos conjeturas respecto a lo que podría explicar los fenómenos observados. Dicho de otro modo, formulamos hipótesis. Luego, a partir de nuestras hipótesis, generamos predicciones: «Si la hipótesis X es correcta, debería producirse Y cuando yo haga Z» (sin descartar una posibilidad razonable de que Y no se produzca según otras hipótesis). Eso es el experimento. Si no se produce Y, entonces se deduce que X es falso y se revisa conforme a las nuevas observaciones. Después se reinicia el proceso experimental, hasta que da lugar a predicciones falsables que se confirman. Llegados a ese punto, consideramos la hipótesis provisionalmente cierta, hasta que nuevas observaciones la contradigan. Así, en la ciencia no esperamos llegar a la certeza; solo aspiramos a menos incertidumbre.[1]

En la primera mitad del siglo XX, una escuela de psicología llamada «conductismo» empezó a aplicar sistemáticamente a la mente el método experimental. Su punto de partida consistía en descartar todo lo que no fueran hechos observables empíricamente. Los conductistas desterraron todo discurso «mentalista» sobre creencias e ideas, sobre sentimientos y deseos, y restringieron su campo de estudio a las respuestas visibles y tangibles del sujeto a estímulos objetivos. Su desinterés por cualquier descripción subjetiva de lo que ocurría en el interior era casi fanático. Trataban la mente como una «caja negra» de la que solo se podía conocer lo que entraba y lo que salía.

¿Por qué adoptaron una actitud tan extrema? En parte, está claro, para esquivar el problema de las demás mentes. Negándose de entrada a todo debate sobre la mente, conseguían que sus teorías no se vieran afectadas por las dudas filosóficas endémicas de la psicología. Sí, en efecto, excluyeron la psique de la psicología.

Podría parecer un precio muy alto, pero el conductismo fue desde el principio una doctrina revolucionaria. Los conductistas no perseguían la pureza epistemológica per se: también intentaban acabar con el poder que la psicología acaparaba en aquel momento. El psicoanálisis freudiano había dominado la ciencia de la mente desde el cambio de siglo. Examinando de cerca los aspectos más curiosos de los testimonios introspectivos, Sigmund Freud pretendía desarrollar un modelo de la mente considerada, por así decirlo, desde dentro hacia fuera. Las ideas resultantes marcaron la agenda del tratamiento y la investigación durante medio siglo, y dieron lugar a la aparición de instituciones, expertos acreditados y un selecto grupo de destacados defensores intelectuales. Sin embargo, a juicio de los conductistas, todas las teorías de Freud eran meros castillos en el aire, construidos sobre los vaporosos cimientos de la subjetividad. Freud se había zambullido de cabeza en el problema de las demás mentes y había arrastrado consigo al resto de la psicología. Y correspondía a los conductistas volver a ponerla en su sitio.

Pese a la austeridad de su programa, lo cierto es que los conductistas pudieron inferir relaciones causales entre ciertos tipos de estímulos mentales y de respuestas. Y no solo eso: también lograron manipular los inputs para provocar cambios predecibles en los outputs. Descubrieron así algunas de las leyes fundamentales del aprendizaje. Por ejemplo, cuando el desencadenante de una conducta involuntaria se asocia reiteradamente a un estímulo artificial, dicho estímulo acabará desencadenando la misma respuesta involuntaria que el estímulo innato. Así, si la visión de comida se empareja repetidamente (en animales que salivan de forma natural cuando ven comida, como los perros) con el sonido de una campana, entonces ese sonido por sí solo desencadenará la salivación; es el llamado «condicionamiento clásico». De la misma forma, si una conducta voluntaria se acompaña siempre de recompensas, esa conducta se repetirá, mientras que si se acompaña de castigos, disminuirá. Por lo tanto, si se responde con un abrazo al perro que se abalanza sobre las visitas, el animal lo hará cada vez más; si se le da un cachete, lo hará menos. Es el llamado «condicionamiento operante», también conocido como «ley del efecto».

Estos descubrimientos tuvieron especial importancia porque demostraron que la mente está sujeta a leyes naturales, como todo lo demás. Pero la mente es mucho más que el aprendizaje, y el propio aprendizaje se ve influido por más factores que los estímulos externos. Imaginemos que ahora mismo pensamos: «en cuanto acabe de leer esta página, me prepararé un té». Este tipo de pensamiento influye en nuestro comportamiento todo el tiempo. Sin embargo, los conductistas no consideraban estos informes introspectivos datos científicos aceptables, porque los pensamientos no se pueden observar desde fuera. En consecuencia, no podían saber qué es lo que nos empuja a prepararnos el té.

El gran neurólogo Jean-Martin Charcot dijo un día: «La teoría es buena, pero no impide que las cosas existan».[2] Como es evidente que los actos mentales internos existen y ejercen una influencia causal en el comportamiento, en la segunda mitad del siglo XX el enfoque conductista se vio gradualmente eclipsado por otro: la psicología «cognitiva», que, por decirlo de alguna manera, sí que podía dar cabida a los procesos mentales internos.

La revolución cognitiva se vio impulsada por la llegada de los ordenadores. Los conductistas veían el funcionamiento interno de la mente como una «caja negra» inescrutable y preferían centrarse en sus inputs y outputs. Pero los ordenadores no son insondables, y no habríamos podido inventarlos sin comprender del todo su funcionamiento interno. Por ello, al plantear la mente como si fuera un ordenador, los psicólogos se atrevieron a formular modelos del procesamiento de la información que se producía en su interior, modelos que se pusieron luego a prueba mediante simulaciones artificiales de procesos mentales combinadas con experimentos conductistas.

¿Qué es el procesamiento de la información? Lo desarrollaré a fondo más adelante, pero lo que nos interesa más ahora es que puede realizarse con todo tipo de equipos físicos. Esto arroja nueva luz sobre la naturaleza física de la mente, porque sugiere que la mente (interpretada como procesamiento de la información) es, más que una estructura, una función. Visto así, las funciones software de la mente las realizan las estructuras hardware del cerebro, pero pueden realizarlas igual de bien otros sustratos, como los ordenadores. Así, unos y otros, cerebros y ordenadores, efectúan funciones de memoria(codifican y almacenan información) y funciones perceptivas (clasifican patrones de información entrante comparándolos con la información almacenada), además de funciones ejecutivas(ejecutan decisiones sobre qué hacer en respuesta a dicha información).

Ahí radica la fuerza de lo que se acabó llamando el «enfoque funcionalista», pero también su debilidad. Si los ordenadores —que en teoría no son seres sintientes— pueden efectuar las mismas funciones, ¿de verdad podemos reducir la mente a un mero procesamiento de la información? Hasta nuestros teléfonos móviles tienen memoria y funciones perceptivas y ejecutivas.

La tercera gran respuesta científica a la metafísica mente-cuerpo se desarrolló en paralelo a la psicología cognitiva, pero para el cambio de siglo ya había crecido hasta eclipsarla. Me refiero a un enfoque al que se le ha dado la denominación amplia de «neurociencia cognitiva». Se centra en el hardware de la mente y surgió con el desarrollo de una plétora de técnicas fisiológicas que hicieron posible observar y medir directamente la dinámica del cerebro vivo.

En la época conductista, los neurofisiólogos solo disponían de una técnica de este tipo: el electroencefalograma (EEG), que les permitía registrar la actividad eléctrica del encéfalo desde la superficie externa del cuero cabelludo. En la actualidad disponemos de muchas más herramientas, como la resonancia magnética funcional (RMF), para medir los índices de actividad hemodinámica en las distintas partes del encéfalo mientras este realiza tareas mentales concretas, o la tomografía por emisión de positrones (PET), con la que podemos medir la actividad metabólica diferencial de sistemas neurotransmisores concretos. Esto nos permite identificar con precisión qué procesos cerebrales generan nuestros distintos estados mentales. Asimismo, mediante la tractografía con tensor de difusión podemos visualizar la conectividad funcional-anatómica detallada entre esas distintas regiones del encéfalo. Y gracias a la optogenética podemos ver y activar los circuitos de neuronas que componen las huellas mnémicas concretas a medida que se iluminan durante las tareas cognitivas.

Todas estas técnicas hacen plenamente visible el funcionamiento interno del órgano de la mente, lo que hace realidad los más atrevidos sueños empiristas de los conductistas sin limitar el ámbito de la psicología a los estímulos y las respuestas.

En los años ochenta del siglo pasado, cuando entré en el campo de la neuropsicología, esta disciplina se encontraba en un estado que explica por qué los conductistas pasaron sin gran esfuerzo de la teoría del aprendizaje a la neurociencia cognitiva. En efecto, la neuropsicología de aquella época bien podría haberse llamado «neuroconductismo». Cuanto más me enseñaban sobre funciones como la memoria a corto plazo —que decían que constituía un «búfer de datos» para mantener amarrados los recuerdos en la conciencia—, más me daba cuenta de que lo que explicaban mis profesores no era lo que yo había ido a estudiar. Nos estaban enseñando las herramientas funcionales que utiliza la mente, en lugar de la mente en sí. Me sentía muy consternado.

El neurólogo Oliver Sacks, en su libro Con una sola pierna (1984; 1994 en castellano), describió con acierto la situación en la que me vi metido:

La neuropsicología pretende ser, como la neurología clásica, completamente objetiva, y de ahí deriva su fuerza y sus avances. Pero un ser vivo, y sobre todo un ser humano, es primero y ante todo activo: un sujeto, no un objeto. Y lo que se está excluyendo es precisamente al sujeto, el «yo» vivo. La neuropsicología es admirable, pero excluye la psique, excluye al «yo» vivo, activo, que experimenta.[3]

Esa frase —«La neuropsicología es admirable, pero excluye la psique»— captaba perfectamente mi decepción. Y me llevó a entablar una correspondencia con Oliver Sacks que ya no se interrumpió hasta que falleció, en 2015. Lo que más me atrajo de Sacks fue que se tomara tan en serio los informes subjetivos de sus pacientes. Si ya era algo evidente en su libro de 1970 Migraña, quedaba aún más patente en su extraordinario Despertares, de 1973. Este segundo libro recogía con exquisito detalle los periplos clínicos de un grupo de pacientes crónicos «mudos acinéticos» que padecían encefalitis letárgica. Esta enfermedad también se conocía como «enfermedad del sueño», aunque los pacientes no estaban literalmente dormidos, sino que no mostraban iniciativa ni pulsión espontáneas. Sacks los «despertó» administrándoles levodopa, un fármaco que aumenta la disponibilidad de dopamina. Sin embargo, tras recuperar la capacidad de actuar, enseguida se volvieron demasiado impulsivos, maníacos y, finalmente, psicóticos. Luego leí Con una sola pierna, donde Sacks describía su propia experiencia subjetiva de una lesión del sistema nervioso. Poco después, en 1985, publicó El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, una serie de estudios de casos que ofrecían una visión esclarecedora de los trastornos neuropsicológicos desde la perspectiva de ser un paciente neurológico. Este libro consagró la fama de Sacks.

Aquellos libros no tenían nada que ver con mis manuales de neuropsicología, que diseccionaban las funciones mentales como lo haríamos con las funciones de cualquier órgano del cuerpo. Aprendí, por ejemplo, que el lenguaje lo producía el área de Broca en el lóbulo frontal izquierdo, que la comprensión del habla tenía lugar en el área de Wernicke, unos centímetros más atrás, en el lóbulo temporal, y que la capacidad de repetir lo que te dicen estaba mediada por el fascículo arqueado, un conducto de fibras que conecta estas dos regiones. También aprendí que los recuerdos se codifican en el hipocampo, se almacenan en la neocorteza y se recuperan por mecanismos frontolímbicos.

¿De verdad el cerebro era tan equiparable al estómago y a los pulmones? Hay una diferencia obvia: existe «algo que es como» ser un cerebro, y esto no sucede con ninguna otra parte del cuerpo. Las sensaciones que ubicamos en otros órganos corporales no las sienten los propios órganos, sino que estos mandan impulsos nerviosos que solo se sienten cuando llegan al cerebro. Cabía pensar, pues, que esta propiedad tan característica del tejido cerebral —la capacidad de sentir, percibir y pensar cosas— existía por alguna razón. Esta propiedad parecía hacer algo. Y, si lo hacía —si la experiencia subjetiva tenía efectos causales sobre el comportamiento, como parece ocurrir cuando decidimos de pronto prepararnos un té—, sería un grave error omitirla de nuestras explicaciones científicas. Sin embargo, eso es justo lo que ocurría en la década de 1980. Mis profesores no hablaron en ningún momento de qué se siente al comprender el habla o recuperar un recuerdo, y aún menos de por qué siquiera se siente algo.

Quienes sí tenían en cuenta la perspectiva subjetiva no eran tomados en serio por los neurocientíficos propiamente dichos. No sé hasta qué punto se sabe que las publicaciones de Sacks fueron muy ridiculizadas por sus colegas. Un articulista llegó a llamarlo «el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria». Y todo aquello apesadumbraba a Sacks. ¿Cómo se puede describir la vida interior de los seres humanos sin contar sus historias? También Freud se lamentaba un siglo antes al hablar de sus historiales clínicos:

Todavía me resulta singular que los historiales clínicos por mí escritos se lean como novelas breves, y de ellos esté ausente, por así decir, el sello de seriedad que lleva estampado lo científico. Debo consolarme con la reflexión de que la responsable de ese resultado es la naturaleza misma del asunto, y no una predilección mía.[4]

Sacks se mostró encantado cuando le envié esta cita.[5] En mi caso, la primera vez que leí esas líneas vi que no era el único que había llegado a la neuropsicología con la esperanza de que esta disciplina me ayudara a entender el modo en que el cerebro genera la subjetividad. Sin embargo, pronto te quitan esa idea de la cabeza, con la advertencia de que dedicarse a cuestiones tan inextricables es «malo para tu carrera», de ahí que la mayoría de los estudiantes de Neurociencia olviden poco a poco por qué eligieron esos estudios y acaben identificándose con el dogma del cognitivismo, que aborda el cerebro como algo no muy distinto a un teléfono móvil.

El único aspecto de la conciencia que eraun tema científico respetable en la década de 1980 era el mecanismo cerebral de la vigilia por oposición al sueño. En otras palabras, el «nivel» de conciencia se consideraba un tema respetable, pero no su «contenido». Así pues, decidí centrar mi investigación doctoral en algún aspecto del sueño. En concreto, elegí estudiar el aspecto subjetivo del sueño, es decir, los mecanismos cerebrales de los sueños. Después de todo, la experiencia onírica no es sino una intrusión paradójica de la conciencia («vigilia») en el sueño. Para mi sorpresa, había una enorme laguna en la bibliografía sobre este tema: nadie había descrito de forma sistemática cómo afectaban a los sueños las lesiones en distintas partes del encéfalo. De modo que decidí hacerlo yo.

Esa naturaleza subjetiva de los sueños es precisamente el principal obstáculo para su estudio. En general, los fenómenos mentales solo tienen un testigo, el sujeto que los experimenta introspectivamente, que luego los comunica a otras personas de manera indirecta mediante las palabras. Pero los sueños lo ponen aún más difícil, porque solo se pueden relatar con carácter retrospectivo, cuando el sueño ya ha terminado y quien lo ha tenido se ha despertado. Todos sabemos lo poco fiable que es nuestra memoria en lo relativo a los sueños. ¿Qué clase de «datos» son esos?[6] Por ese motivo, a partir de mediados del siglo XX los sueños fueron un frente importante en la transición del conductismo a lo que más tarde se convertiría en la neurociencia cognitiva.

El electroencefalograma se aplicó por primera vez al estudio del sueño a principios de la década de 1950. Lo utilizaron dos neurofisiólogos, Eugene Aserinsky y Nathaniel Kleitman. Según su hipótesis inicial, el nivel de actividad cerebral disminuía al dormirnos y aumentaba al despertarnos, lo que los llevó a predecir que al dormirnos, aumentaba la amplitud de nuestras ondas cerebrales —uno de los elementos medidos por la electroencefalografía— y disminuía su frecuencia —el otro elemento medido—, mientras que al despertarnos ocurriría lo contrario (véase fig. 10, p. 151).

Cuando el cerebro desciende a lo que ahora se denomina «sueño de ondas lentas», vemos exactamente lo que predijeron Aserinsky y Kleitman, confirmando así su hipótesis. Lo que no esperaban era que unos noventa minutos después de haberse dormido la persona de la que se obtienen las grabaciones —y aproximadamente cada noventa minutos a partir de entonces, en ciclos regulares—, sus ondas cerebrales volvieran a acelerarse y casi alcanzaran los niveles de vigilia, aunque siguiera dormida.[7] Aserinsky y Kleitman denominaron a estos curiosos estados de activación cerebral «sueño paradójico» (la paradoja radica en que el cerebro está fisiológicamente despierto pese a estar profundamente dormido).

En este peculiar estado ocurren otras cosas. Los ojos se mueven muy deprisa —de ahí que el sueño paradójico pasara a denominarse «movimiento ocular rápido» o «sueño REM»—, pero el cuerpo por debajo del cuello está temporalmente paralizado. También se producen cambios autónomos drásticos, como la reducción del control de la temperatura corporal central y la turgencia de los genitales, que provoca erecciones visibles en los hombres. Lo que no se entiende es que la ciencia no se diera cuenta de todo esto hasta 1953.

Basándose en estas observaciones, Aserinsky y Kleitman formularon otra hipótesis nada descabellada: que el sueño REM es la base fisiológica del estado psicológico que llamamos «soñar». En consecuencia, predijeron que los despertares de la fase de sueño REM conducirían a informes de sueños, pero no así los despertares de la fase de sueño de ondas lentas (no REM). Junto con William Dement —apellido desafortunado donde los haya—, pusieron a prueba esta predicción y la confirmaron: el porcentaje de despertares que daban lugar a informes de sueños era de casi un 80 por ciento en el sueño REM, frente a apenas un 10 por ciento en la fase de sueño no REM. A partir de ese momento, el sueño REM se consideró sinónimo del acto de soñar.[8] Excelente noticia, dado que, al disponer por fin de un marcador objetivo de los sueños, los neurocientíficos ya podían ejercer la ciencia seriamente sin tener que lidiar con las complicaciones metodológicas que les suponían los informes verbales, retrospectivos y de testigo único sobre experiencias subjetivas fugaces.

Había otra razón para celebrar el haberse librado de los sueños: el incómodo papel que estos habían desempeñado cuando apareció el psicoanálisis. A diferencia de las respuestas de la corriente dominante a la metafísica mente-cuerpo que caracterizó la ciencia mental en la segunda mitad del siglo XX, los psicoanalistas no tenían reparos en tratar los informes introspectivos como datos. De hecho, los informes obtenidos por «asociación libre» (muestreo no estructurado de la corriente de conciencia) eran los principales datos de la investigación psicoanalítica. Aplicando este método, Sigmund Freud llegó a la conclusión de que, a pesar de la apariencia absurda de las experiencias oníricas «manifiestas», su contenido «latente» (la historia subyacente, que él infirió de las asociaciones libres de la persona que soñaba) revelaba una función psicológica coherente, a saber, la realización de deseos.

Según Freud, soñar es lo que hacemos cuando las necesidades biológicas que generan el comportamiento de vigilia se liberan de su inhibición durante el sueño. Los sueños son intentos de satisfacer esas necesidades, que siguen con sus exigencias incluso cuando dormimos. Sin embargo, los sueños responden a esas necesidades de forma alucinatoria, lo que nos permite permanecer dormidos (en lugar de despertarnos para satisfacer realmente nuestras pulsiones). Como las alucinaciones son una característica central de las enfermedades mentales, Freud utilizó esta teoría en su trascendental obra La interpretación de los sueños (1900) para esbozar, con pinceladas gruesas, un modelo del funcionamiento general de la mente en la salud y en la enfermedad.

Como dijo Freud, «el psicoanálisis se basa en el análisis de los sueños».[9] Pero ya hemos visto que resulta muy difícil estudiar empíricamente los sueños; de ahí que los conductistas los excluyeran de la ciencia. Por otra parte, el edificio teórico que Freud construyó sobre los sueños no era mejor que sus cimientos. El gran filósofo de la ciencia Karl Popper declaró que la teoría psicoanalítica era «pseudocientífica» porque no daba lugar a predicciones falsables mediante experimentos.[10] ¿Cómo falsar la hipótesis de Freud de que los sueños expresan los deseos latentes? Si no es necesario que esos deseos aparezcan en el sueño manifiesto (relatado), entonces cualquier sueño puede ser «interpretado» de forma que se adapte a los requisitos de la teoría. No es de extrañar, por tanto, que cuando el descubrimiento del sueño REM les permitió saltar del material efímero de los informes de los sueños a sus indicadores fisiológicos concretos, los neurocientíficos se libraran de los sueños en sí como quien suelta corriendo peces que se le escurrían de las manos.

El descubrimiento del sueño REM en la década de 1950 fue el pistoletazo de salida de una carrera para identificar su base neurológica, dado que la función del sueño REM podría revelar el mecanismo objetivode los sueños, cuya elucidación daría a la psiquiatría de la época una base científica más respetable. (Facilitó mucho la investigación el hecho de que el sueño REM se dé en todos los mamíferos). Ganó la carrera Michel Jouvet, en 1965. En una serie de experimentos quirúrgicos con gatos, demostró que el sueño REM no lo generaba el prosencéfalo —que incluye la corteza, la parte superior del encéfalo, de tamaño tan impresionante en los seres humanos que se la considera el órgano de la mente—, sino el tronco encefálico, una estructura en principio mucho más humilde y que casi se remonta a los orígenes de la evolución.[11] Jouvet llegó a esta conclusión al observar que conforme practicaban cortes progresivos del encéfalo, de arriba abajo, la pérdida del sueño REM no se producía hasta que el corte había alcanzado el nivel de una «modesta» estructura del tronco encefálico conocida como «protuberancia» (véase fig. 1, p. 33).[12]

Fue Allan Hobson, alumno de Jouvet, quien acabó de concretar el tema. Hobson identificó con precisión qué conjuntos de neuronas pontinas generaban el sueño REM y, con él, los sueños. A mediados de la década de 1970 se evidenció que todo el ciclo sueño-vigilia —incluidos todos los fenómenos del sueño REM antes mencionados y las distintas fases del sueño no REM— lo orquestaba un número reducido de núcleos del tronco encefálico que interactuaban entre sí.[13] Los que controlan el sueño REM funcionan como un simple interruptor de encendido-apagado. Las neuronas que encienden el sueño REM se hallan en el tegmento mesopontino (véase fig. 1) y liberan una sustancia neuroquímica llamada acetilcolina por todo el prosencéfalo. La acetilcolina provoca la excitación, esto es, aumenta el «nivel» de conciencia (por ejemplo, la nicotina la potencia, y eso ayuda a la persona a concentrarse). Las neuronas del tronco encefálico que apagan el sueño REM se encuentran a mayor profundidad en la protuberancia, en el rafe dorsal y el complejo del locus cerúleo (véase de nuevo fig. 1). Liberan serotonina y noradrenalina, respectivamente. Al igual que la acetilcolina, estas sustancias neuroquímicas modulan distintos aspectos del nivel de conciencia.

Combinando estos hallazgos con el hecho de que el sueño REM se apaga y enciende de forma automática más o menos cada noventa minutos, como un reloj, Hobson no tardó en sacar la inevitable conclusión: «La principal fuerza motivadora de los sueños no es psicológica, sino fisiológica, ya que el momento de aparición y la duración del sueño onírico son bastante constantes, lo que sugiere una génesis preprogramada y neuronalmente determinada».[14]

Puesto que el sueño REM surge del tronco encefálico colinérgico —una parte antigua y modesta del encéfalo alejada de la imponente corteza en la que se supone que tiene lugar toda la acción de la psicología humana—, Hobson añadió que los sueños no podían estar motivados por deseos, porque eran «motivacionalmente neutros».[15] Por lo tanto, según Hobson, la idea de Freud de que los sueños están determinados por deseos latentes tenía que ser un error. El significado que Freud atribuía a los sueños no era más intrínseco a ellos que a las manchas de tinta. Se proyecta en ellos, pero sin estar en ellos. Desde el punto de vista científico, la interpretación de los sueños no era mejor que leer las hojas de té.

Como todo el psicoanálisis se basaba en el método que Freud utilizó para estudiar los sueños, ahora ya se podía descartar en su integridad el cuerpo teórico que se derivó de ello. Después de que Hobson echase por tierra la idea de que los sueños podían significar algo, la psiquiatría pudo por fin abandonar su dependencia histórica de los informes introspectivos y basarse en métodos neurocientíficos objetivos (sobre todo neuroquímicos) de investigación y tratamiento. En consecuencia, mientras que en la década de 1950 era casi imposible llegar a ser profesor titular de Psiquiatría en ninguna de las grandes universidades estadounidenses si no eras psicoanalista, hoy día ocurre lo contrario: es casi imposible llegar a ser profesor de Psiquiatría si erespsicoanalista.

Figura 1. La imagen de la izquierda es una vista medial del encéfalo (corte por el medio) y la de la derecha es una vista lateral (de perfil). La figura muestra la corteza (negra) y el tronco del encéfalo (blanco). Solo se indican los núcleos del tronco encefálico considerados importantes para el control del sueño REM: el tegmento mesopontino, el núcleo del rafe dorsal y el complejo locus cerúleo. También se muestra la ubicación de los núcleos basales del prosencéfalo (debajo de la corteza) y del hipotálamo, cuya relevancia se pone de manifiesto más adelante.

Nada de aquello me llamó especialmente la atención por aquel entonces. El tema central de mi investigación doctoral parecía bastante claro y no tenía nada que ver con las batallas entre los legados freudiano y conductista. Yo solo quería saber lo siguiente: ¿cómo afectaban a la experiencia real de soñar las lesiones sufridas en distintas partes del prosencéfalo y su corteza cerebral? A fin de cuentas, si todo pasaba en el prosencéfalo, psicológicamente hablando, algo debía de hacer el prosencéfalo con los sueños.

El Departamento de Neurocirugía de la Universidad de Witwatersrand tenía salas en dos hospitales universitarios: el Hospital Baragwanathy el Hospital General de Johannesburgo. Baragwanath era un enorme hospital, anteriormente militar, situado en el municipio «no europeo» de Soweto. En pleno apogeo del apartheid en Sudáfrica, aquel lugar era un mar de miseria humana. En cambio, el Hospital General de Johannesburgo, reservado a los «europeos», era un hospital académico de vanguardia, un monumento a la desigualdad racial. El Departamento de Neurocirugía también tenía camas en la Unidad de Rehabilitación Cerebral y de la Columna Vertebral del Hospital General de Edenvale, ubicado en un antiguo edificio colonial de la zona residencial de Johannesburgo. A partir de 1985 ejercí en los tres centros, donde examiné a cientos de pacientes al año. A 361 de ellos los incluí en mi investigación doctoral, que se prolongó durante los cinco años siguientes.

Tras aprender a utilizar la electroencefalografía y otras tecnologías afines, y a reconocer las ondas cerebrales características asociadas a las distintas fases del sueño, supe cómo despertar a las personas durante la fase REM, cuando era más probable que estuvieran soñando. Asimismo, entrevisté a pie de cama a pacientes neurológicos, preguntándoles por los cambios producidos en sus sueños, y luego les hice un seguimiento de días, semanas y meses. La idea era investigar si el contenido de los sueños se veía sistemáticamente afectado por lesiones localizadas en distintas partes del encéfalo. Pese a la mala reputación de los informes sobre los sueños, supuse que si varios pacientes con lesiones en la misma zona del encéfalo señalaban el mismo cambio en el contenido de los sueños, había motivos para creerlos. Este método se llama «correlación clínico-anatómica»: mediante el estudio clínico de las capacidades psicológicas de los pacientes, se observa la alteración de alguna función mental a causa de la lesión de una parte del encéfalo; luego se relaciona esa alteración con la ubicación de la lesión, lo que lleva a descubrir pistas sobre la función de la estructura cerebral dañada, pistas que a su vez conducen a hipótesis comprobables. El método se había aplicado sistemáticamente unas décadas antes a todas las funciones cognitivas principales, como la percepción, la memoria y el lenguaje, pero nunca se había aplicado a los sueños.

Al principio, me daba un poco de reparo hablar con personas tan enfermas sobre sus sueños. Muchos tenían por delante una operación cerebral a vida o muerte o acababan de someterse a ella, y en esas circunstancias temía que consideraran frívolas mis preguntas. Sin embargo, para mi sorpresa, mis pacientes se mostraron más que dispuestos a describir los cambios que las enfermedades neurológicas habían provocado en su vida mental.

En la época en la que empecé mi investigación, se habían publicado varios casos clínicos en los que se demostraba que el mismo efecto observado en animales de experimentación se producía en seres humanos: que las lesiones en el tegmento mesopontino (véase fig. 1) suprimían el sueño REM. Lo sorprendente, sin embargo, es que nadie se había molestado en indagar sobre los cambios en los sueños de esos pacientes. Este es el ejemplo más claro de los prejuicios de la neurociencia contra los datos subjetivos.[16]

En mi investigación, esperaba encontrar lo obvio: que los pacientes con lesiones en la corteza visual tuvieran sueños no visuales; que los pacientes con lesiones en la corteza del lenguaje tuvieran sueños no verbales; que los pacientes con lesiones en la corteza somatosensorial y motora tuvieran sueños hemipléjicos, y así sucesivamente: los principios básicos de la correlación cerebro-comportamiento. Ese era el vacío que quería llenar y que, afortunadamente, llené.[17]

Sin embargo, para mi asombro, junto a todas las cosas obvias que observé, descubrí también que los pacientes con lesiones en la parte del encéfalo que genera el sueño REM seguían teniendo sueños. Además, los pacientes en los que habían desaparecidolos sueños tenían la lesión en una parte muy distinta del encéfalo. Así pues, los sueños y el sueño REM eran lo que llamamos fenómenos «doblemente disociables».[18] Estaban correlacionados entre sí (es decir, solían producirse al mismo tiempo), pero no eran lo mismo.[19]

Durante casi cincuenta años, en todo el campo de la ciencia del sueño, los investigadores del cerebro han confundido correlación con identidad. En cuanto determinaron que los sueños acompañaban a la fase REM concluyeron que ambos eran lo mismo y se deshicieron de la parte subjetiva de la correlación que tantos problemas daba. Luego, con muy pocas excepciones, estudiaron únicamente el sueño REM, sobre todo en animales de experimentación, que no pueden proporcionar informes introspectivos. El error no salió a la luz hasta que no empecé a llamar la atención de los neurocientíficos sobre la experiencia de los sueños en pacientes neurológicos.

Cuando, a principios de la década de 1990, informé por primera vez de la supresión de sueños a causa de lesiones sufridas en una parte del encéfalo distinta de la que genera el sueño REM, insistí mucho en que la zona decisiva no estaba en el tronco encefálico.[20] Quería hacer hincapié en la naturaleza mental de los sueños, y todos sabíamos que las funciones mentales residen en la corteza.

De hecho, descubrí dos zonas cuya lesión provocaba la supresión de los sueños pero preservaba el sueño REM. La primera estaba en la corteza, en el lóbulo parietal inferior (véase fig. 2, p. 38). El hallazgo no era sorprendente, dada la importancia del lóbulo parietal para la memoria a corto plazo. Si un paciente no puede retener el contenido de su recuerdo en la reserva de datos de su vida consciente, ¿cómo puede tener un sueño? La segunda zona cerebral que descubrí fue mucho más interesante: la sustancia blanca del cuadrante ventromesial de los lóbulos frontales, que conecta la corteza frontal con varias estructuras subcorticales. Fue un hallazgo totalmente inesperado; no hay nada en las funciones de esta parte del encéfalo que tenga una relación clara con la experiencia manifiesta de soñar, y, sin embargo, debe de aportar algo crucial al proceso, porque su lesión provocó de forma fidedigna el cese total de los sueños.

Digo «de forma fidedigna» a pesar de que solo he informado de nueve casos de pérdida de los sueños entre mis pacientes con lesiones en el lóbulo frontal (y cuarenta y cuatro casos del tipo parietal). Estas lesiones son sumamente raras en la práctica clínica ordinaria, lo que no obsta para que la correlación sea fiable. En la primera mitad del siglo XX se hicieron millares de intervenciones quirúrgicas de la sustancia blanca frontal ventromesial mediante una técnica denominada «leucotomía prefrontal modificada». Era una época de desenfreno en la que los psiquiatras descubrieron que algunas enfermedades mentales graves se podían aliviar mediante la destrucción quirúrgica completa de los lóbulos prefrontales (técnicamente conocida como «lobotomía frontal»); pero también se dieron cuenta de que aquel procedimiento tan radical tenía muchos «efectos secundarios», por citar su propio eufemismo. Así pues, redujeron la extensión de la lesión y buscaron la parte más pequeña posible de los lóbulos frontales que se podía desconectar del resto del encéfalo para seguir obteniendo los resultados deseados. La solución fue el procedimiento modificado de Walter Freeman y James Watts. Requería la inserción de una diminuta cuchilla giratoria a través de las cuencas oculares, que cortaba la materia blanca en el cuadrante ventromesial de los lóbulos frontales (leucotomía prefrontal), en la ubicación exacta de la lesión de mis nueve pacientes.

Volví, pues, a la antigua bibliografía psicoquirúrgica para ver si podía confirmar lo que observaba en mis casos.[21] Tenía motivos para albergar esperanzas de que los médicos que examinaron a los pacientes de la leucotomía clásica les hubieran preguntado por los sueños tras las operaciones; al fin y al cabo, en aquella época los psiquiatras todavía se tomaban en serio los sueños. Mis esperanzas se vieron cumplidas: descubrieron que la leucotomía prefrontal tenía tres efectos psicológicos principales. En primer lugar, reducía los síntomas psicóticos positivos (alucinaciones y delirios); en segundo, reducía la motivación; y, en tercer lugar, provocaba la pérdida de los sueños. De hecho, uno de los primeros investigadores psicoquirúrgicos llegó a sugerir que la conservación de los sueños tras la operación era un mal signo pronóstico.[22]

Figura 2. Las dos áreas de lesión que conducen a la supresión de los sueños aparecen sombreadas en esta figura: la sustancia blanca ventromesial del lóbulo frontal (izquierda) y el lóbulo parietal inferior de la corteza (derecha). También se muestra el área tegmental ventral del tronco encefálico y las principales vías de fibras que parten de ella, a saber, las vías dopaminérgicas mesocorticales-mesolímbicas. Nota: la lesión en el lóbulo frontal ventromesial afecta a estas vías subcorticales, que discurren por debajo de la corteza, no dentro de ella. Un destino importante de estas vías es el núcleo accumbens, también mostrado en la figura.

Este último punto me ayudó a conjeturar a cuál de los numerosos circuitos neuronales del cuadrante ventromesial de los lóbulos frontales era más probable que se debiera la pérdida de los sueños. También me dio una primera pista de por qué debíamos buscar a nuestro culpable en esa inesperada región del encéfalo. ¿Qué son los sueños sino alucinaciones y delirios? Por eso sería un mal signo pronóstico si persistieran tras la leucotomía.

En realidad, el tratamiento neuroquirúrgico de las alucinaciones y los delirios no se abandonó por motivos éticos, sino que cayó en desuso cuando se hizo evidente que podían obtenerse resultados terapéuticos equivalentes con menos morbilidad y mortalidad recurriendo a unos fármacos que empezaron a distribuirse ampliamente en la década de 1950: los «tranquilizantes mayores». Lo que hacían estos fármacos —y lo que siguen haciendo los «antipsicóticos» modernos— era bloquear la dopamina neuroquímica en los terminales de un circuito cerebral conocido como «sistema dopaminérgico mesocortical-mesolímbico» (véase fig. 2). Dado que este circuito se corta con la leucotomía prefrontal, como ocurrió en mis nueve pacientes con lesiones de origen natural, formulé la hipótesis de que ese podía ser el sistema que genera los sueños.

Otros experimentos confirmaron mi hipótesis. Ya se había visto que la estimulación farmacológica del circuito mencionado aumentaba la frecuencia, duración e intensidad de los sueños, y sin efectos proporcionales sobre el sueño REM.[23] El fármaco en cuestión era la levodopa, el mismo que Oliver Sacks había utilizado para «despertar» a sus pacientes posencefalíticos. Hace tiempo que los neurólogos que utilizan estimulantes dopaminérgicos para el tratamiento de la enfermedad de Parkinson saben el cuidado que hay que tener para no llevar a sus pacientes a la psicosis, como le pasó a Sacks; la aparición de sueños más vívidos de lo normal suele ser el primer indicio de dicho efecto secundario.[24] Hubo observaciones posteriores de crucial importancia; por ejemplo, que las neuronas que constituyen este circuito (cuyas somas se encuentran en el área tegmental ventral) se disparan a tasas máximas durante el sueño onírico[25] y, al mismo tiempo, suministran cantidades máximas de dopamina a sus dianas en el núcleo accumbens (véase fig. 2).[26] Por eso ahora se acepta sin mayor discusión que se puede soñar con independencia del sueño REM y que el circuito dopaminérgico mesocortical-mesolímbico es, de hecho, el principal impulsor de los sueños.[27]

La lesión de las vías colinérgicas en el cuadrante ventromesial de los lóbulos frontales —que surgen de los núcleos basales del prosencéfalo (véase fig. 1)— produce el efecto contrario al de las lesiones de las vías dopaminérgicas: mássueños en lugar de menos. Hobson había afirmado que la acetilcolina era el generador motivacionalmente neutro de los sueños, pero el resultado es el mismo cuando se bloquea la acetilcolina con fármacos que cuando se lesionan sus vías. Ahora se sabe que los fármacos anticolinérgicos —bloqueantes de la acetilcolina— provocan demasiados sueños.[28] Así pues, el bloqueo del sistema nervioso que según Hobson era responsable de los sueños tiene el efecto contrario al que predijo su teoría.

Enseguida se vio que la neurociencia le debía una disculpa a Freud. Porque si hay una parte del encéfalo que puede considerarse responsable de los «deseos», es sin duda el circuito mesocortical-mesolímbico de la dopamina, que es todo menos motivacionalmente neutro. Edmund Rolls (y muchos otros) lo denomina «sistema de recompensa» del cerebro.[29] Kent Berridge lo llama «sistema de querer». Jaak Panksepp lo denomina «sistema de BÚSQUEDA» y destaca su papel en la función de búsqueda de alimento.[30] Se trata del circuito cerebral responsable de «los comportamientos de exploración y búsqueda más motivados que un animal es capaz de mostrar».[31] También es el circuito que impulsa los sueños.[32]

Todo aquello no le hizo ninguna gracia a Hobson. Me invitó a presentar mis conclusiones ante su grupo de investigación del Departamento de Neurofisiología de Harvard. Al principio las aceptó e incluso publicó una reseña favorable del libro que escribí sobre el tema en 1997, en la que señalaba que mis hallazgos clínico-anatómicos se veían confirmados hasta el último detalle por los estudios de neuroimagen de Allen Braun (véase fig. 3, p. 52).[33] Sin embargo, cuando se dio cuenta de que aquellos avances podrían reivindicar una consideración bastante freudiana de los sueños, me escribió diciéndome que estaba dispuesto a respaldar públicamente mis hallazgos a condición de que yo no sostuviera que confirmaban a Freud. Hasta aquí la supuesta objetividad de la neuropsicología.

No obstante, mi descubrimiento albergaba otro elemento muy sorprendente. La primera vez que di con él no presté demasiada atención al hecho de que las neuronas que impulsaban este circuito se hallasen en el tronco encefálico(como las de los circuitos que generan el sueño REM). Como ya he dicho, quería hacer hincapié en la naturaleza mental del sueño. Allen Braun, el especialista en neuroimagen al que acabo de referirme, no pudo más que señalarme amablemente mi descuido. En el contexto de la discrepancia científica entre Hobson y yo sobre los circuitos cerebrales que impulsan el proceso del sueño (dopaminérgicos o colinérgicos), Braun escribió:

Lo curioso es que, tras defender el posible papel fundamental de las estructuras del prosencéfalo en el sistema onírico, Solms acaba sugiriendo que son los aferentes dopaminérgicos a estas regiones los que [generan los sueños], con lo que vuelve a situar al instigador de los sueños en el tronco encefálico.[34]

Braun concluyó: «Diría que estos caballeros están llegando a un terreno común».[35] En los años noventa, al igual que el resto de la neuropsicología, yo pensaba que toda la acción psicológica se desarrollaba en la corteza, y por ese motivo me centré en el hecho de que las vías de sustancia blanca que me interesaban estaban en los lóbulos frontales, el lugar donde se localizaban las lesiones de mis nueve casos. Sin embargo, todos los núcleos centrales del tronco encefálico envían largos axones hacia arriba, al prosencéfalo (véase fig. 2). Las somas de estas neuronas se hallan en el tronco encefálico, aunque las fibras que salen de ellas (los axones) terminan en la corteza, lo cual respalda la principal función de excitaciónde estos núcleos del tronco encefálico, conocidos en su conjunto como «sistema reticular activador». Eran precisamente estas vías activadoras las que estaban lesionadas en mis nueve pacientes y en los cientos de casos documentados que los precedieron sobre pacientes sometidos a leucotomía que no soñaban.

A partir de 1999, empujado en parte por los comentarios de Braun sobre las implicaciones de mi descubrimiento, centré mi atención en los demás sistemas de excitación del tronco encefálico. El trabajo más interesante en este campo lo estaba haciendo Jaak Panksepp, cuyo libro enciclopédico Neurociencia afectiva (1998) recogía con exquisito detalle todo tipo de pruebas que respaldaban su idea de que estos sistemas supuestamente mecánicos, responsables de regular solo el «nivel» de conciencia, generaban un «contenido» propio.

Aquel cambio de rumbo acabaría teniendo mucha importancia.

[1]Popper, 1963. Lo cierto es que no todo el mundo está de acuerdo con esta formulación. Sin embargo, es la que defienden casi todos los científicos naturales.(Ahora que están leyendo estas notas, conviene una aclaración sobre ellas: están pensadas sobre todo para lectores académicos que tengan interés [o formación previa] en la bibliografía técnica de la que bebe este libro. Los lectores generales, que son mi público principal, pueden pasarlas perfectamente por alto).

[2]Freud, 1893a, p. 13. [La traducción de las citas es nuestra, salvo que se mencione lo contrario, para no apartarnos de las argumentaciones del autor. No obstante, en la medida de la disponibilidad hemos consultado las traducciones citadas en la bibliografía. (N. de la T.)].

[3]Oliver Sacks, Con una sola pierna, Barcelona: Anagrama, 1998, trad. de José Manuel Álvarez Flórez.

[4]Freud, 1895, p. 160. Unos treinta y seis años más tarde, Freud escribió una con