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En cuanto lo vio en ropa interior, empezó a fantasear con quitársela con sus propias manos... Cuando su empresa de lencería masculina estaba a punto de convertirse en un auténtico éxito, Swan McKenna fue acusada de haber robado cinco millones de dólares. ¿Cómo iba a lanzar aquellos atrevidos diseños teniendo a un agente pegado a ella día y noche? Sin embargo, en cuanto vio al sexy agente especial Rob Gaines, no pudo pensar en otra cosa que en pegarse a él día y noche. El problema era que la presencia de Rob desanimaba a los modelos que iban a presentar la colección y ella necesitaba modelos urgentemente. Pero Swan no esperaba que Rob se ofreciera para exhibir sus diseños...
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Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Suzanne Forster
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El mejor modelo, n.º 36 - junio 2018
Título original: Brief Encounters
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-9188-708-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
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Si te ha gustado este libro…
Swan McKenna llevaba casi toda la tarde observando a hombres semidesnudos, pero seguía sin encontrar lo que buscaba. Era consciente de que a muchas mujeres les habría encantado aquel trabajo, y por supuesto, ella no era diferente; además, llevaban su ropa interior: la ropa interior que ella misma había diseñado.
Pero ahora necesitaba un hombre que pudiera venderla.
—¡Quiero a alguien impactante! —imploró.
Estaba hablando por teléfono con su ayudante, Gerard Nichols, quien se encargaba de buscar a los modelos. Ese aspecto del negocio era responsabilidad de Lynne Carmichael, la socia de Swan, pero se había tenido que marchar para organizar su próxima gira y los había dejado solos con el pequeño problema de preparar la fiesta de lanzamiento que pensaban dar al día siguiente. Aquél iba a ser su primer acto realmente importante, así que habían invitado a toda la prensa de Los Ángeles para que asistieran a su nueva y atrevida línea de ropa interior para hombres.
Swan tenía buenos motivos para estar nerviosa. Lynne y ella habían trabajado muchos años para llegar a aquel punto y lo habían conseguido contra todo pronóstico. Pero conocía el mundo de la moda y sabía que podía ser muy cruel con los novatos, así que se sentía como un pollo a punto de ser devorado. Una sola crítica negativa podría destruirlos.
Sólo necesitaba a un par de tipos que fueran capaces de ponerse unos calzoncillos de camuflaje, modelo tanga, sin enredarse con ellos. Lamentablemente, todavía no los había encontrado.
—Esto parece un pase de imitadores de Village People —susurró Gerard—. Tenemos un indio emplumado, un bombero con un hacha, un vaquero con pistolas… Pero ¿qué veo? Acaba de entrar un tipo vestido de técnico de la compañía telefónica y está para morirse, Swan. Es impresionante.
Gerard se encontraba en el vestíbulo, y Swan en la espaciosa sala de música de la villa de estilo mediterráneo que se había convertido recientemente en la sede de Brief Encounters, la empresa de diseño de Swan y Lynne.
—¡Y ahora acaba de entrar el Marqués de Sade en persona! —continuó Gerard—. Hasta se ha traído un látigo, un látigo de verdad… ¿Quieres que te lo envíe?
Swan estaba tan cansada que ni siquiera pudo reír, pero supuso que Gerard se encontraba en su salsa. Desde el principio sabía que su compañero de trabajo era homosexual, porque se lo había dicho él mismo a modo de presentación. En aquel momento se preguntó si siempre se presentaba de ese modo y no tardó en descubrir que la respuesta era afirmativa.
Cuando Gerard entró aquel día en su minúsculo despacho de la playa de Manhattan, en California, añadió que era el ayudante que necesitaba y que no era preciso que siguiera buscando. En algún momento había tenido intención de convertirse él mismo en modelo, pero tenía treinta y tantos años y le gustaban demasiado los dulces, así que se había contentado con ser imprescindible en su trabajo. De hecho, lo era: Swan habría estado completamente perdido sin él.
—No, prefiero que probemos al reparador de teléfonos —dijo ella—. Suena más seguro. Al tragafuegos que has enviado se le ha caído la antorcha y ha estado a punto de quemar todo el edificio. Evítame esas experiencias, ¿quieres? Y por favor, no me envíes más animales vivos. Sobre todo si son serpientes.
Uno de los modelos llevaba una serpiente sobre los hombros, pero en determinado momento se le había escapado y Swan la encontró bajo el sofá en el que acababa de sentarse. Por supuesto, se dio un susto de muerte. Y todavía estaba sorprendida por no haber tenido que ir al cuarto de baño a toda prisa: otras personas temblaban cuando se asustaban; a ella, en cambio, le entraban ganas de ir a orinar.
—Pero Swan…
—No hay «peros» que valgan, Gerard. No quiero nada que asuste, nada que tenga más de dos patas, nada que arda y nada que pueda estallar. Se supone que esto es un paso de modelos. Además, no he pagado todavía la factura del último trimestre de la aseguradora y no estoy segura de que nos cubriera los posibles daños.
Gerard suspiró al otro lado del teléfono. Siempre le habían gustado las cosas impactantes y decía que el pase necesitaba más efectos especiales. Como ni ella ni Lynne se podían permitir el lujo de instalar láser para iluminar el sitio, y dado que tampoco podían contratar un espectáculo de fuegos artificiales, Gerard había sugerido que los modelos estuvieran fuera de lo común. Al final, Swan había aceptado que invitara a la prueba a algunos de sus amigos más extravagantes; pero aquello le parecía ridículo.
—El Marqués es muy divertido, Swan. ¿Estás segura de que no lo quieres?
—Estoy totalmente segura. Así que te ruego que no me envíes a nadie con un látigo.
Gerard cortó la comunicación y Swan regresó al trabajo. La mesita de café que estaba utilizando a modo de escritorio estaba llena de fotografías y currículos de los modelos. La mayoría estaban empezando en la profesión, lo cual era una suerte para Brief Encounters porque su escaso presupuesto no les permitía contratar a modelos famosos.
Swan se llevó una mano a la frente y notó que estaba cubierta por una fina capa de sudor. Agosto solía ser el mes más cálido del verano aunque se encontraran en la playa, y lamentablemente, el edificio carecía de aire acondicionado. En consecuencia, Swan no llevaba más ropa que unos pantalones y un top sin mangas; pero hacía tanto calor que incluso eso era excesivo.
Por otra parte, se suponía que ella no tenía que encargarse de aquel trabajo. La idea de dar una fiesta para presentar la nueva gama de ropa había sido de Lynne; había pensado que llamaría la atención y a Swan le había parecido bien. Además, Lynne era la más gregaria de las dos y tenía verdadero talento para ese tipo de cosas. Por esa razón, se encargaba de los aspectos relacionados con venta, mercadotecnia y relaciones públicas, mientras Swan centraba sus esfuerzos en la organización y en el diseño de casi toda la ropa, aunque raramente trabajaba con los modelos.
Se suponía que Lynne ya tendría que haber regresado, pero había llamado por teléfono desde San Francisco para decir que había surgido algo muy importante y que ya se lo contaría más tarde. De hecho, había dejado caer el nombre de un diseñador internacional muy conocido.
A Lynne siempre le habían gustado los misterios, pero Swan pensaba que aquél no era el momento más oportuno para andarse con secretos porque estaban a punto de iniciar su primera gira. Lynne ya había terminado la organización de su primer acto en Los Ángeles e incluso había elegido a los modelos, pero ella todavía tenía que enfrentarse a la fiesta de lanzamiento de la gama.
En aquel momento se abrió la puerta y aparecieron Gerard y el individuo con ropa de técnico de la compañía telefónica. El desconocido miró a su alrededor como si no supiera qué estaba haciendo allí.
—Hola, he venido a…
—Sí, sí, lo sé —dijo ella, de forma brusca—. Me gusta mucho tu indumentaria. Además, eres el primer técnico que nos llega y debo decir que el resultado es muy bueno.
Swan pensó que Gerard estaba en lo cierto. Aquel hombre era sencillamente impresionante, y sabía que si Lynne hubiera estado allí, le habría dedicado el piropo que generalmente reservaba para los socorristas y los integrantes de los equipos de waterpolo: todo un semental.
Swan no estaba acostumbrada a decir ese tipo de cosas, pero eso no evitó que admirara sus largas piernas, lo bien que le quedaban los pantalones vaqueros, la estrechez e sus caderas, sus anchos hombros y su estilo al caminar. En cuanto a la expresión de su cara, no tenía precio: irónica, inteligente y ligeramente desconfiada. Era enormemente masculino.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo y comprendió que aquel hombre acababa de conseguir que reaccionara allí mismo, en su lugar de trabajo. Por increíble que fuera, había demostrado que no era de hielo, que estaba viva.
—Pero…
La voz del desconocido la devolvió a la realidad. Aquello no tenía sentido, no podía dejarse llevar por sus emociones en un momento como aquél. De modo que hizo un esfuerzo y se recordó que sólo quería averiguar una cosa: si sabía bailar.
—El equipo de música está allí —declaró ella, señalando el lugar—. Ve y pon lo que más te guste.
Algo alterada por la presencia del hombre, Swan se resistió al impulso de abanicarse para aliviar su rubor e intentó concentrarse en las fotografías de los otros modelos. Quería apuntar su nombre y su número de teléfono para llamarlo en otra ocasión, pero no había nada para escribir. Entonces recordó lo que sucedía: cuanto llegaba el verano, tenía la costumbre de recogerse su larga melena en un moño, y solía utilizar los bolígrafos para fijárselo. De modo que alzó una mano y tomó el bolígrafo que, por supuesto, se encontraba entre sus rizos.
Justo en aquel momento, notó que el hombre no se había movido del sitio.
—¿No has traído música? —preguntó ella.
A Swan no le extrañó demasiado. Algunos modelos llevaban su propia música para bailar, pero otros no lo hacían.
—Bueno, no te preocupes por eso —añadió.
Caminó hacia el equipo y puso un poco de música disco, a un volumen tan alto que no podían oírse el uno al otro, y tuvo que hacerle un gesto para hacerle entender lo que quería.
—Adelante, baila.
El hombre seguía sin reaccionar, de modo que ella comenzó a moverse al ritmo de la música para intentar animarlo. No era la primera vez que se enfrentaba a un modelo tímido y que se veía obligada a hacer algo así.
El hecho de que aparentemente pareciera tímido sólo sirvió para que le gustara aún más. Ahora deseaba verlo bailar por motivos que nada tenían que ver con el trabajo; sospechaba que cuando aquel hombre se movía, seguramente las mujeres se desmayaban a su alrededor.
Decidió que tenía que hacer algo para conseguirlo, pero no se sentía muy segura en las artes del coqueteo. Siempre había admirado a su amiga Lynne. Era una mujer seductora y despreocupada, que disfrutaba provocando y que naturalmente siempre obtenía la atención de los hombres. Con ella, en cambio, la cuestión era distinta. Cada vez que intentaba imitarla, se metía en problemas. Pero se dijo que ése era un momento tan bueno como otro cualquiera para empezar a practicar.
Swan avanzó hacia él y el hombre sonrió con ironía. Estuvo a punto de detenerse al observar su gesto, nada tímido, pero mantuvo la calma y volvió a recordarse que estaba buscando un modelo que supiera bailar y desnudarse al mismo tiempo, que volviera loca a las mujeres y que vendiera su gama de ropa interior con su atractivo.
—Si quieres, puedo ayudarte —dijo ella—. Relájate y deja que te lleve yo.
Swan lo tomó por la cintura y notó que él arqueaba una ceja.
—Vamos —insistió—. Sé que puedes hacerlo…
Una vez más, comenzó a moverse al ritmo de la música. Incluso cantó un poco, pero no reaccionaba.
Suspiró, se llevó las manos a las caderas y comenzó a mover las caderas para intentar animarlo. Sabía que era lo que Lynne habría hecho, pero Lynne no era Swan McKenna.
En determinado momento, tuvo la impresión de que el hombre se había movido y se sintió muy aliviada.
—¡Magnífico! ¿Lo ves? Puedes hacerlo. Ahora muévete conmigo, venga, muévete…
Swan se sentía tan avergonzada por lo que estaba haciendo que ni siquiera se atrevió a levantar la cabeza para mirarlo. Sospechaba que se había ruborizado.
—Vamos, ánimo, muévete conmigo…
—Escucha, yo…
—No, no hables, baila.
Swan contempló su cadera con tal interés que podría haber contado, uno a uno, los dientes de la cremallera de sus vaqueros. Además, no necesitaba visión de rayos X para saber lo que contenía aquella prenda: notaba claramente el bulto, y aunque no quería comérselo con los ojos, no podía apartar la mirada de él.
Su situación empeoró todavía más cuando el hombre la obedeció y comenzó a moverse. Sobre todo, cuando sintió el roce de su erección contra uno de sus muslos; al parecer, ya no necesitaba que lo ayudara. Había entendido la idea.
—Magnífico —dijo ella, casi sin aliento.
Swan estaba roja como un tomate para entonces, pero a pesar de todo se las arregló para mirarlo a los ojos: parecía algo perplejo. Supuso que sería un gesto de fingida inocencia y no le dio importancia, especialmente porque su único interés real, en aquel momento, era terminar de organizar el acto.
—Muy bien —continuó Swan—. Ahora, quítate los pantalones y enséñame lo que tienes.
Swan pensó que Lynne se habría sentido orgullosa de ella, pero el hombre volvió a dudar.
Su reacción no le extrañó demasiado. Muchos modelos dudaban al llegar a ese punto, y Swan lo comprendía perfectamente: ella nunca habría sido capaz de desnudarse en público. Se habría puesto tan nerviosa que habría tenido que ponerse pañales.
Una vez más, se recordó que aquello era una simple cuestión de negocios. A fin de cuentas, no le estaba pidiendo que le diera un espectáculo personal, sino que mostrara la ropa interior que había diseñado. Se suponía que todos los modelos debían llevar ropa interior de Brief Encounters.
—Está bien, te ayudaré —dijo ella—, pero será la última vez que lo haga.
Swan se acercó al hombre y le quitó el pesado cinturón de herramientas que llevaba a la cintura. Al caer al suelo, hizo un ruido tan sordo que pensó que aquello les encantaría a las mujeres que presenciaran el desfile. A poco que aquel tipo tuviera el mismo efecto que estaba provocando en ella, el éxito de Brief Encounters estaba asegurado.
El hombre alzó entonces los brazos, como si se estuviera rindiendo o como si la estuviera invitando a que hiciera ella los honores. Fuera como fuese, Swan decidió actuar, algo sorprendida por su propia actitud desenfadada, y le bajó la cremallera de los vaqueros después de desabrocharle el botón.
—Cuando estés en la pasarela tendrás que hacerlo tú solo —le recordó ella.
Sin embargo, Swan tuvo una repentina revelación: podían fingir que uno de los modelos tenía problemas para quitarse la ropa. Que la propia diseñadora subiera a la pasarela para bajarle la cremallera de los pantalones sería un hecho tan sorpresivo como impactante, y con toda probabilidad encantaría a la concurrencia. Por desgracia, no sabía si la idea era buena o si sencillamente se estaba volviendo loca.
Ya le había desabrochado los pantalones, pero ahora tenía que bajárselos. Tiró de ellos, pero los vaqueros se ajustaban a su cuerpo y no cedieron tan fácilmente. Cuando por fin lo logró, se encontró arrodillada y mirando la entrepierna del hombre.
Sólo había un pequeño problema: no llevaba ropa interior de Brief Encounters. De hecho, no llevaba ropa interior de nadie.
Ante ella, perfectamente erecto y alerta, había un pene desnudo. Se encontraba a escasos milímetros de su cara, pero no pudo hacer otra cosa que quedarse boquiabierta. Y para empeorarlo todo, volvió a excitarse sin poder evitarlo. Deseaba tocarlo, acariciarlo, pasar un dedo por él.
Intentó decir algo, pero no pudo. Se había quedado sin habla.
Unos segundos más tarde, la puerta de la sala se abrió y apareció el diablo en persona: Gerard.
—¿Has terminado ya? —preguntó, antes de contemplar la escena—. Oh, Dios mío, ya veo que no…
Gerard se marchó de nuevo y Swan deseó que la tierra se la tragara. No hacía falta demasiada imaginación para saber lo que Gerard había pensado al verla allí, arrodillada ante aquel hombre, con la boca abierta. Por fortuna, la música se había detenido en algún momento y al menos no añadía un punto extravagante a la situación. Ahora sólo tenía que sacar fuerzas de flaqueza y ponerse en pie.
El hombre le tendió una mano para ayudarla, pero Swan no la aceptó. Todavía no alcanzaba a entender lo que había sucedido. No tenía ningún sentido que un modelo se hubiera presentado sin ropa interior.
—¿Te encuentras bien? —preguntó él.
—Sí, estoy bien.
Swan se levantó por fin. Después, se apartó un poco y le dio la espalda.
—¿No crees que deberías ponerte unos calzoncillos antes de empezar el espectáculo?
—No, no lo creo. Yo no bailo.
—Ni bailas, ni llevas ropa interior. Entonces, ¿qué diablos estás haciendo aquí?
—He venido a arreglar el teléfono.
Swan se volvió hacia él y lo miró con absoluta sorpresa.
—No me digas que eres un técnico de verdad…
—Sí, me temo que sí.
—Oh, Dios mío…
—¿Puedo volver a ponerme los pantalones? —preguntó.
Swan se estremeció al caer en la cuenta de lo que había hecho. Además, ni siquiera sabía cuáles eran las normas de cortesía para una situación como aquélla. Incluso consideró la posibilidad de volver a subirle los pantalones y abrochárselos de nuevo, pero afortunadamente él se le adelantó.
Mientras se inclinaba para recoger su cinturón de herramientas, Swan intentó disculparse. Tenía miedo de que aquel hombre la denunciara ahora por acoso sexual.
—¿Quieres que te regale ropa interior? Puedo darte toda la que quieras… —dijo, intentando arreglar la situación.
—Eso no sería divertido —comentó él, con ironía.
—¿Divertido? No, claro, supongo que no…
Swan lo miró a los ojos y creyó ver un brillo de ironía en ellos. El fuerte contraste entre su cabello oscuro, que le caía sobre la frente, y sus cejas levemente arqueadas, la sorprendió. Habría dado cualquier cosa por saber si se sentía atraído por ella: aunque su erección indicaba claramente que se había excitado, Swan no estaba acostumbrada a provocar ese tipo de reacciones en los hombres y se sentía insegura.
—Creo que será mejor que me lleves a tu despacho —dijo él—. Alguien me llamó porque al parecer tenéis un problema con el teléfono.
Swan no sabía que hubiera ningún problema con el teléfono, pero supuso que habrían llamado Lynne o Gerard.
—El despacho está siguiendo el pasillo, a la derecha —respondió—. No tiene pérdida: en la puerta hay un cartel con un socorrista local que lleva ropa de Brief Encounters. Nos habría gustado contratar a Vin Diesel para que posara, pero…
El hombre no le hizo ningún caso y se alejó hacia el despacho.
—Siento mucho lo que ha sucedido —continuó Swan—. Pensé que eras uno de los modelos… En serio, lo siento. Yo… Bueno…
Él se detuvo y la miró.
—En fin, olvídalo —dijo Swan—. Sé que tampoco tiene tanta importancia, pero me pongo muy nerviosa con este tipo de cosas.
—Yo no me pongo nervioso con facilidad, salvo que se trate de algo relativo a una mujer. Pero desengáñate: tienes motivos de sobra para sentir lo sucedido.
La voz del hombre sonó peligrosamente suave y ronca. Swan se estremeció y se sintió perdida cuando notó que clavaba la mirada entre sus piernas, como si hubieran intercambiado los papeles y ahora fuera él quien quisiera encontrarse, arrodillado, ante su sexo.
Sintió que su piel se ponía tensa y ya no pudo seguir engañándose. Aquel hombre la excitaba. Había despertado emociones que llevaban mucho tiempo dormidas, e incluso una bastante habitual: la irresistible necesidad de tener que ir al cuarto de baño.
Desesperada, cruzó las piernas con fuerza e intentó sonreír.
Sin embargo, él lo notó y rió.
—Creo que será mejor que los dos volvamos al trabajo —dijo.
En cuanto se alejó por el pasillo, Swan corrió al cuarto de baño. Se sentía muy avergonzada, pero al menos podría estar unos minutos a solas y recomponerse un poco.
Desgraciadamente, Gerard la alcanzó antes de que pudiera llegar.
—Vaya vaya, Swan…
Swan se volvió hacia él y lo apuntó con un dedo, en gesto amenazante.
—No digas nada, Gerard. Que no se te ocurra decir ni una palabra.
—Bueno, como quieras —murmuró.
Antes de entrar en el cuarto de baño, Swan creyó oír que Gerard comentaba algo, en voz baja, sobre Garganta Profunda. Y no necesito mirar a su ayudante para saber que se estaba riendo de oreja a oreja.
Rob Gaines tenía trabajo y en otras circunstancias no habría sonreído, pero lo estaba haciendo. Tampoco habría estado pensando en aquella mujer, pero no podía evitarlo. A fin de cuentas, acababa de vivir una experiencia asombrosa: una pelirroja impresionante se había acercado a él de improviso, le había bajado los pantalones y se había arrodillado ante su sexo. En un momento como aquél sólo se podía pensar una cosa: qué iba a hacer, después, con aquella boca.
Al recordar su cálido aliento en el pene, se estremeció e intentó recobrar la compostura.
Sacó unos alicates de su cinturón de herramientas y se dispuso a arreglar la línea telefónica. Por desgracia, sus pensamientos no tardaron en volver a la mujer. Le habría gustado que le diera clases de baile. Ella le habría enseñado a mover el cuerpo y él le habría enseñado lo que podía suceder cuando las jovencitas jugaban a lo que no debían con hombres hechos y derechos.
La idea de soltarle aquella melena de pelo rojo y de dejar que cayera sobre sus hombros le resultó maravillosa. Deseaba hacerlo, pero sobre todo deseaba besar sus labios hasta volverla loca de deseo.
Su imaginación se desató de inmediato. Sin embargo, se había excitado otra vez y tenía un trabajo que hacer, una misión por cumplir.
Incómodo, decidió apresurarse. No quería arriesgarse a que alguien entrara en el despacho y lo interrumpiera.
Swan sólo pudo disfrutar de la soledad del cuarto de baño durante noventa segundos, porque su teléfono móvil comenzó a sonar. Consideró la posibilidad de hacer caso omiso, pero Lynne había prometido que la llamaría y tenía que hablar con su socia.
Decidió responder la llamada. Y antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Lynne Carmichael comenzó a hablar:
—¡Estoy en su yate, Swan! ¡Estoy en el yate de Gvon Marcello! Y vamos a hacernos a la mar dentro de unos minutos.
—¿Qué estás haciendo en su yate? Necesito que vengas ahora mismo.
Swan lo dijo en tono de orden porque tenía suficiente confianza con ella. No en vano, eran bastante más que simples socias; se conocían desde la infancia y lo habían compartido casi todo, desde sus secretos hasta sus problemas. Habían pasado juntas por el colegio y el instituto, y sólo se habían separado más tarde, cuando Swan se marchó al Brooks College para cursar diseño y Lynne se dirigió a la Universidad de California, donde estudió empresariales.
—Swan, esto es importante, muy importante. Le he enseñado nuestras cosas y le gustan mucho. Incluso ha insinuado que estaría dispuesto a darnos nuestra propia etiqueta… Diseñaríamos para él, pero mantendríamos el nombre de nuestra empresa en la ropa. Y no le interesa únicamente la ropa interior, sino la ropa en general. Piénsalo, Swan. Es un sueño hecho realidad…
Swan no estaba de acuerdo con su amiga. Para ella, la gira que estaban a punto de iniciar era el verdadero sueño. Pero notó su entusiasmo y no quiso comentar nada al respecto.
—¿Cómo lo has conocido? ¿Y qué haces en su yate?
—Estuvo en la gala benéfica de la que te hablé. Uno de los modelos me lo presentó y por fortuna yo llevaba un maletín con algunos de nuestros diseños. Quería hablar de negocios conmigo y me propuso que lo hiciéramos en su yate… ¡Imagínate!
—Lynne, ¿estás segura de que eso es lo que quieres? ¿Pretendes que nos atemos a otra persona?
Lynne y Swan habían trabajado muy duro para conseguir su propia línea de ropa y hasta ese momento no habían tenido ninguna divergencia en cuanto a sus intereses y objetivos, a pesar de que procedían de mundos bien diferentes: Lynne había crecido en una familia rica, y Swan en una pobre.
—No se trata de una persona normal y corriente, sino de Gvon Marcello. ¿Cuántos diseñadores de primer nivel crees que nos concederían una oportunidad como ésta? El simple hecho de estar a su lado basta para convertirlo todo en oro.
A pesar de que la idea no le hacía ninguna gracia, Swan decidió ceder. Por una parte, resultaba evidente que Lynne no abandonaría tan fácilmente la idea. Y por otra, no podía negar que la ocasión era prometedora.
—Está bien, haz lo que puedas —concedió—, pero vuelve enseguida. La fiesta es mañana por la noche.
Lynne suspiró.
—No podré llegar a tiempo, Swan. Como te decía, nos marchamos dentro de unos minutos y ni siquiera sé cuál es nuestro destino. Gvon suele mantener esas cosas en secreto para evitar que la prensa se entere.
—¿Y cuándo piensas volver?
—En dos o tres días. Sé que esto es una locura y que nadie se lo esperaba, pero piensa en la oportunidad de establecer un acuerdo con un diseñador de primer nivel.
—¿Establecer un acuerdo? Yo diría que te está secuestrando.
—Tengo que dejarte, Swan. Pero escucha con atención, porque esto es importante: Art Long me llamó por teléfono y me dijo que han dado el visto bueno a nuestro préstamo. Tienes que ir al banco mañana por la mañana, a las diez, y recoger el cheque. Art te estará esperando.
Swan casi había olvidado el asunto del préstamo. Lo necesitaban para pagar la producción en masa de su ropa para las boutiques. Sin aquel dinero, no podrían afrontar las facturas ni la parte que les correspondía de los gastos de la gira.
—Tendrás que firmarlo tú y es posible que también tengas que firmar por mí —continuó su amiga—, pero no te preocupes por eso: ya lo has hecho antes. Además, Art es el responsable del crédito y no dará problemas.
Swan comenzaba a estar realmente nerviosa. Pero por fortuna para ella, se encontraba cómodamente sentada en el inodoro y pudo aliviar su nerviosismo de inmediato.
—No me digas que estás en el servicio… —comentó Lynne, al oír el inconfundible sonido.
Swan se sintió algo incómoda. A fin de cuentas, estaba segura de que había muy pocas personas en el mundo que tuvieran que orinar cada vez que afrontaban una situación algo tensa.
—Me encargaré del cheque —le aseguró—. En fin, diviértete. Pero si no estás de vuelta para asistir al acto de Los Ángeles, iré a buscarte.
—Mmm… Si estás en el cuarto de baño, sospecho que la prueba de modelos ha ido mal.
—Te equivocas. Es simple casualidad. Acababa de entrar cuando has llamado.
Lynne suspiró.
—Vamos, Swan, te conozco. ¿Tan malo ha sido?
—Ha sido terrible —respondió—. Incluso he molestado a un técnico de la compañía telefónica por el procedimiento de confundirlo con uno de los modelos.
—Vaya… —dijo Lynne, divertida—. ¿Y es atractivo?
—¿Atractivo? Esa palabra no es suficiente para definirlo. Es sexo puro. Creo que el diablo lo ha enviado para atormentarme.
—¿Tan bueno está?
—Juzga por ti misma: cabello oscuro, ojos azules y las piernas más largas que he visto en toda mi vida. Justo mi tipo de hombre.
—No sabía que tuvieras un tipo de hombre…
—Ni yo.
Swan suspiró; suponía que no volvería a ver nunca a aquel tipo y se maldijo por no ser más activa. Lynne se las habría arreglado para pedirle su tarjeta y para averiguar todo lo que pudiera sobre su vida antes de dejarlo marchar.
—Por lo visto, te estás divirtiendo, bruja —bromeó Lynne—. Pero bueno, ¿qué tal ha ido la prueba por lo demás?
—Todavía no he encontrado a nadie que sepa bailar y desvestirse al mismo tiempo. Creo que deberíamos llamar a una agencia de modelos en lugar de permitir que Gerard nos envíe a todos sus amigos.
—Bueno, pues llama a la agencia.
—¿Y cómo sugieres que paguemos sus servicios?
—Con el cheque que vas a recoger mañana.
Swan suspiró, aliviada. Había olvidado que ahora tenían dinero y que incluso podrían pagarle los sueldos atrasados a Gerard. En realidad, no tenía motivos para preocuparse: las cosas estaban saliendo bastante bien. Ya sólo faltaba que Lynne regresara y que pudieran seguir adelante con sus planes.
—Bueno, tengo que marcharme, Swan. Algo se está moviendo y no soy yo…
—Ten cuidado, Lynne.
Su amiga no oyó el comentario, porque ya había cortado la comunicación.
Swan no tardó en ponerse tensa de nuevo. Tendría que enfrentarse sola al acto del día siguiente y probablemente también al de Los Ángeles. Pero, por fortuna, contaba con Gerard y con una suma suficiente de dinero para afrontar imprevistos.
Sabía que todo aquello se lo debían a Art Long. Lynne llevaba un par de meses saliendo con él, y Art había sugerido que utilizaran la villa como base para solicitar un crédito. La madre y el padrastro de Lynne se la habían dejado antes de marcharse a vivir a los Cayos de Florida, pero Lynne apenas tenía dinero para pagar los impuestos y su madre se la había dado con la condición de que cubriera todos los costes de mantenimiento.
Swan se había mudado a la mansión el año anterior, para ayudar a pagar los gastos, y habían aprovechado la ocasión para convertir el primer piso en la sede de su empresa. Pero su situación económica era mala y apenas llegaban a fin de mes, hasta que La Bomba, una conocida y elegante cadena de ropa de la costa oeste, les ofreció representar a Brief Encounters y promover sus diseños en una gira. La oferta era exactamente lo que estaban esperando, porque suponía la solución a sus problemas a largo plazo; pero a corto, seguían teniendo dificultades para cubrir los costos de producción.
Swan sabía que se meterían en un buen lío si la gira no servía para aumentar las ventas, pero no quería pensar en ello.
