Un lugar para el placer - Suzanne Forster - E-Book
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Un lugar para el placer E-Book

Suzanne Forster

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Beschreibung

En el club Casablanca, un exclusivo club de caballeros en el que exóticas mujeres atendían todas las necesidades de jugadores de grandes cantidades de dinero, políticos e importantes ejecutivos, no había reglas. La única era que no se permitía la entrada de mujeres no acompañadas. Pero Ally Danner tenía que entrar… a rescatar a su hermana de las manos del propietario, Jason Aragon. Y el agente federal de incógnito Sam Sinclair era el hombre perfecto para acompañarla. A cambio, ella le daría toda la información que disponía del club para ayudarlo a encerrar a Jason.

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Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2006 Suzanne Forster

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un lugar para el placer, un, n.º 83 - agosto 2018

Título original: Decadent

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-864-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Índice

1

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Epílogo

Si te ha gustado este libro…

1

 

 

 

 

 

«¡Corre, Ally! Deja de mirarlo y corre. Él es el pura maldad. ¡No permitas que te toque!».

Pero conforme la figura prohibida se acercaba a ella a través de la niebla, Ally no podía moverse. Él parecía dominar todo lo que le rodeaba en aquel viejo cementerio, incluida a ella.

Ally había oído las historias sobre la leyenda de los Wolverton y el fantasma que habitaba la antigua y elegante mansión llamada Los Sauces. Según los rumores, la propiedad les había sido arrebatada a los Wolverton hacía casi cien años y Micha Wolverton había sido asesinado al intentar recuperarla. Antes de morir, había prometido que se reuniría con el espíritu de su amada esposa, que se había suicidado por razones de las que nadie se atrevía a hablar más que en susurros. Pero Ally nunca se había creído la historia. Ella no creía en fantasmas.

Hasta aquel momento.

No comprendía lo que estaba sucediendo. La figura se había materializado de pronto en medio de la niebla, ella había visto cómo el cuerpo se solidificaba delante de ella. Y el rostro de ese hombre le resultaba familiar…

La figura se acercó a ella y Ally dio un paso atrás.

—No te asustes —murmuró él.

No era una voz de ultratumba, como ella esperaba. Era una voz grave y sensual. Y autoritaria.

—¿Quién eres? —logró articular ella.

—Deberías saberlo. Tú me has convocado.

—No lo he hecho.

Dos minutos antes, ella se había agazapado tras un sepulcro para espiar la mansión que una vez había sido Los Sauces y se había convertido después en el club Casablanca.

Si esa figura era Micha Wolverton, debía de estar enfadado con ella por invadir a escondidas su terreno.

—Ahora mismo me marcho —le aseguró ella—. Y le prometo que no volveré.

—No vas a ir a ningún sitio.

A Ally se le hizo un nudo en la garganta.

—¿Por qué no? ¿Qué quiere usted?

—Si quisiera algo, Ally, lo tomaría. Esto tiene que ver con una necesidad.

Ella intentó echarse hacia atrás pero las piernas no le respondían.

—¿Necesita algo de mí?

—Chica lista —respondió él con ironía—. Necesito unos labios suaves y entregados y un cuerpo rendido al deseo.

—¿Mis labios, mi cuerpo…?

—Los tuyos, sólo los tuyos.

—¿Por qué yo?

Aquella figura no podía ser Micha, él sólo había deseado a una mujer, Rosa, y había muerto por intentar reunirse con ella.

—Porque tú también lo deseas —contestó él.

¿Qué deseaba, tener un fantasma para ella sola? Siempre le había parecido algo increíblemente romántico e imposible a la vez. ¿Cómo podía él saber eso? ¿Cómo era posible que él supiera algo de ella? Además, ella se había jurado que se alejaría de hombres inapropiados para ella, ¿y qué podía haber más inapropiado que un fantasma? Además, el mero hecho de que la besara o la tocara la aterrorizaba. Porque lo que le había acelerado el corazón era temor, ¿no?

Ally dio un respingo cuando él le rozó la mejilla con su mano. Al contrario de lo que ella esperaba, la piel de él era suave y cálida. Y sus ojos castaños, llenos de misterio, revelaban una sensibilidad que amenazaba con desarmarla si se atrevía a perderse en ellos.

—Estos labios son míos —dijo él.

Y era verdad. Ally no podía detenerlo… ni deseaba hacerlo.

—He venido a reclamarlos —susurró él justo antes de besarla y rodearla con sus brazos fuertes.

Ally tenía el corazón desbocado. Él comenzó a devorar su boca besándola, lamiéndola y mordisqueándola, hasta que ella no pudo sino responder. Con un suspiro de resignación, Ally se rindió a él. Entonces él le recorrió el cuerpo con sus manos, deteniéndose en sus senos. Ally sintió cómo se le erizaban los pezones bajo la ropa conforme él los acariciaba con su pulgar.

El deseo surgió rápido, como un latigazo.

¿Iba él a hacerle el amor?, se preguntó mientras se entregaba al poder hipnótico de sus fabulosas caricias. Todo su cuerpo vibraba, vivo y libre de nuevo.

La vibración fue ganando intensidad, era como un zumbido, como… ¿el sonido de un insecto?

Ally abrió los ojos y mató un mosquito que estaba picándole en el brazo. ¡Un condenado mosquito! Debía de haberse quedado traspuesta. Llevaba más de tres días sin dormir y le habían pasado factura. Nadie se quedaría dormido en un cementerio a menos que estuviera agotado.

Ally miró a su alrededor para asegurarse de que no le había descubierto ninguno de los guardias de seguridad del club. Pero no parecía que hubieran advertido su presencia ni la del hombre alto y vestido de negro.

Todo había sido un sueño, ¿qué otra cosa si no? Esconderse en un cementerio en una noche sin luna no era la forma más común de buscar un hombre, sobre todo teniendo en cuenta por qué necesitaba uno, pero Ally no tenía elección. En sus veintiocho años de vida, había vivido pocas cosas más cruciales que su misión de esa noche.

Su hermana pequeña, Victoria, estaba retenida en la mansión que Ally vigilaba desde su escondite. El club Casablanca, que una vez había sido la casa de la familia Wolverton, dedicada a una plantación en Nueva Orleans, en la actualidad se parecía más al castillo del conde Drácula. Era muy bella con sus torretas y arcos, sobre todo por la noche. Pero también era un refugio de depravación enmascarado tras la fachada de un exclusivo club masculino.

Ally se sacudió las hojas y la tierra de su traje negro, tipo Chanel, con una falda que ella misma había acortado para la ocasión y una camisola muy escotada bajo la chaqueta. Si los guardias la encontraban, su coartada sería que estaba buscando trabajo en el club. Menos mal que era primavera o se hubiera congelado a la intemperie con tan poca ropa.

Había elegido el cementerio como lugar de vigilancia porque sabía que las cámaras de seguridad del club no repasaban aquella zona. De hecho, sabía muchas cosas acerca del club Casablanca por propia experiencia, aunque había intentado olvidarlas. Sin embargo, la desaparición de su hermana le había hecho recordarlo todo.

Tres días antes, Vix le había enviado un correo electrónico muy extraño dando a entender que la retenían contra su voluntad. Y a Ally le había saltado la alarma.

Ella había trabajado en el club como chica de compañía con apenas veinte años y se había dejado arrastrar a una relación destructiva con su propietario, Jason Aragon, de la cual había logrado escapar con vida de milagro. Pero el mensaje de su hermana le hacía plantearse que quizá no había escapado de él, después de todo. Ally estaba convencida de que él quería recuperarla y estaba empleando a su hermana como cebo. Y Vix era demasiado joven, ingenua y rebelde como para resistirse a las presiones y las tentaciones de un lugar así.

Igual que le había sucedido a ella. Sólo tiempo después había sido consciente del error que había cometido.

Tal vez su caída estaba predestinada, dados sus orígenes. La habían sobreprotegido desde la cuna, habían controlado rígidamente todas sus elecciones de vida, supuestamente por su propio bien, pero ella se había sentido encarcelada y asfixiada. Con Vix no habían sido tan duros, pero casi.

Ally seguía esforzándose al máximo por mantener su pasado en secreto, sobre todo para evitar más bochornos a su aristocrática familia. Su hermana y ella eran herederas de un trono que ya no existía. Su madre era una reina en el exilio, algo extraño para los tiempos actuales; su matrimonio de conveniencia fue feliz hasta que los destronaron y exiliaron de la pequeña monarquía europea donde la familia había reinado durante más de un siglo.

Ally tenía trece años cuando la familia se trasladó a Londres. Al poco de llegar allí, fue enviada a los Estados Unidos a un internado femenino muy exclusivo, la Academia Alderwood, que no resultó ser el paso hacia la independencia que ella esperaba. Los guardaespaldas que la protegían hicieron que su vida, ya de por sí aislada, se convirtiera en una prisión. Y la gota que colmó el vaso ocurrió cuando terminó sus estudios en el internado y supo que sus padres querían casarla con un hombre al que ella no conocía, un rico industrial alemán.

Fue entonces cuando Ally descubrió que tenía voluntad propia y una veta salvaje que Jason Aragon estuvo muy contento de ayudarle a explorar.

Ally suspiró pesarosa al recordar aquello. Hasta entonces no había habido muchos hombres en su vida, salvo un par de romances de verano con estudiantes de secundaria. Pero con Jason había recuperado el tiempo perdido. Con él se había vuelto loca, experimentando todo lo que le había sido prohibido por su posición social, y algo más. No había durado mucho tiempo, pero sí el suficiente para manchar el nombre de su familia. Años después, Vix parecía dispuesta a continuar donde ella lo había dejado. Y Ally se sentía responsable.

Su hermana había vivido con sus padres en Londres hasta hacía cuatro años, cuando habían decidido enviarla a Alderwood, el mismo internado en el que había estado Ally. La escuela tenía una reputación excelente y Ally había rogado a sus padres que mandaran allí a Vix, prometiéndoles que cuidaría de ella. Ally había visto así la oportunidad de redimirse ante su familia y estrechar su relación con su hermana pequeña.

Vix vivía en Alderwood durante la semana y pasaba los fines de semana y las vacaciones con Ally en su apartamento de Georgetown, en Washington D.C. Ally había sido incluso demasiado estricta con su hermana. Sin embargo, hacía unos meses la habían ascendido y le había sido imposible vigilar tan de cerca a su hermana. En ese tiempo Vix había empezado a faltar a clase y a no respetar la hora de llegada para quedarse con su último novio, que a Ally no le gustaba nada.

El motor de un coche sacó a Ally de sus pensamientos. Asomó la cabeza por la esquina del sepulcro mientras se reprendía por haber dejado de vigilar la entrada del club. Ya había usado tres días de sus vacaciones, y en total tenía sólo una semana libre. Su nuevo puesto como directora de desarrollo del Smithsonian requería encontrar generosos donantes para los proyectos de conservación del instituto. Era un trabajo importante, pero también con mucha presión. Afortunadamente, como ella trabajaba en el instituto desde hacía años y se había tomado tan pocas vacaciones, su jefe le había dado la semana libre sin problemas. Ally había tomado un avión y se había presentado en Dulles a las pocas horas de haber recibido el correo de Vix.

Se había planteado avisar a la policía de Nueva Orleans, pero en su correo Vix recalcaba expresamente que no lo hiciera. Así que Ally estaba sola.

Lo primero que había hecho había sido diseñar un plan de vigilancia. Lo siguiente era meterse en aquel club. Para eso, necesitaba un hombre. A las mujeres sólo las dejaban entrar como acompañantes o como empleadas del club. Ésa era la parte más difícil. Si Ally elegía al hombre equivocado y se acercaba a él de forma equivocada, tanto ella como Vix estarían en grave peligro.

Ally siguió vigilando los coches que se detenían a la entrada del club. Buscaba uno en particular y esperaba no haberse perdido al hombre misterioso que conducía el Porsche Targa negro.

Ally comprobó la hora en su reloj luminoso: quedaban un par de minutos para las nueve de la noche. Si él se mantenía fiel a su costumbre, llegaría enseguida; siempre se presentaba puntual a las nueve. Sin embargo, en los últimos tres agotadores días, en que ella lo había seguido hasta conocer todos sus movimientos, Ally se había convencido de que él no era un miembro del club como los demás. Él estaba preparando algo clandestino.

Ally lo había escogido la primera noche entre los demás hombres que entraban y salían del club. No le había influido que fuera alto y de constitución fuerte. Había tenido una corazonada con él, aunque no sabía exactamente de qué se trataba, y desde entonces lo había seguido conforme él desarrollaba su rutina diaria, que de rutinaria no tenía nada.

Dos veces al día él salía de su hotel para dar un paseo cuyo destino era siempre un teléfono público diferente desde el que hacía una breve llamada. Era evidente que no se sentía a salvo usando el teléfono de su habitación del hotel. ¿A quién llamaba? Podía ser un detective privado, un policía infiltrado o un agente del FBI o la CIA llamando desde el terreno. Incluso podía ser un ladrón de guante blanco planeando saquear la valiosa colección de arte del club.

«¿Cómo hará el amor un ladrón de guante blanco?», se preguntó.

Ally intentó fijar su atención en los coches que llegaban al club, pero su mente se negaba a ello; prefería recrearse imaginando el placer que un hombre así le proporcionaría.

Se dijo que debería estar horrorizada. Durante un estúpido segundo había fantaseado sobre cómo sería sentir las manos de un hombre atractivo recorriendo su cuerpo, robándole como un ladrón el deseo de resistirse a él… y había estado a punto de perderlo. Qué patético. Sin duda, llevaba demasiado tiempo sin sexo. «Pero Ally Danner ya no hace esas cosas, no pierde el sentido por hombres inadecuados, y ese hombre no puede ser más inadecuado», se dijo. ¿Sería un policía, un agente del FBI, un ladrón? Seguramente estaría engañando a su mujer. Las posibilidades eran innumerables y ella tenía que saber exactamente en qué estaba metido él antes de dar su próximo paso.

Ally se agazapó aún más y se apartó del sepulcro para ver mejor. «Es un hombre inteligente y peligroso, no lo olvides», se recordó. «Y tú… tú no has tenido sexo en mucho tiempo».

Ignorando el cosquilleo de su interior, dio un paso más. La noche anterior él había salido del club a las once; ella lo había seguido con su coche alquilado hasta el bosque de robles que había detrás del club. Al apagar las luces del coche para no ser descubierta, había perdido el rastro del hombre. Él y su coche parecían haberse fundido con el bosque y ella había temido que todo fuera una trampa. Se había marchado y había regresado por la mañana. Había inspeccionado la zona a pie y justo cuando estaba a punto de darse por vencida, había encontrado un camino semioculto que conducía a un coche abandonado en un claro. En el interior no había nada. Pero al abrir el capó había descubierto que, en lugar de motor, el coche guardaba un equipo de vigilancia preparado para captar sonidos a larga distancia.

En ese momento, Ally había tomado una decisión. Si él estaba intentando infiltrarse en el club, quizá podían ayudarse mutuamente. Ella necesitaba un acompañante y a la vez tenía información de los entresijos del club que a él podía resultarle útil. Si él actuaba por su cuenta, ella tendría más oportunidades de llegar a un acuerdo con él que si se trataba de una fuerza del orden, y eso la llevaba a la parte más complicada de su plan: desenmascarar a ese hombre.

Por extraño que resultara, lo único que la detenía era el rostro de él. La primera vez que lo había visto, había tenido una sensación de déjà vu. Y luego, esa noche, había tenido ese extraño sueño. Algo en el fantasma le había provocado la misma reacción. No eran el mismo hombre, pero había algo por ahí.

¿Sería ese sueño tan erótico una advertencia de su subconsciente? ¿Estaba avisándola de que tenía algo que temer de aquel hombre, de que era un peligro para ella?

Ella sabía lo que se cocía dentro de las paredes de aquella mansión. Las plantas superiores imitaban un lujoso casino de Montecarlo. El sótano estaba adaptado a gustos más oscuros y exóticos, por decirlo suavemente. Sólo podían acceder a él los miembros de categoría platino, a los que Jason elegía personalmente, tras superar una exhaustiva investigación sobre su vida y sus negocios; y, por supuesto, tras dejarse una pequeña fortuna en cuotas de socio.

¿Era su hombre uno de ésos? ¿Tenía gustos tan exóticos? ¿Sería eso lo que el sueño había intentado decirle?

«Si quisiera algo, Ally, lo tomaría. Esto tiene que ver con una necesidad», había dicho la figura de sus sueños.

Otro sonido de coche la devolvió al presente. El Targa acababa de detenerse en la entrada del club. Un hombre vestido de esmoquin se apresuró a abrir la puerta del conductor. Ally no le conocía de su época con Jason, pero sabía que sus funciones eran de matón, gorila y quizás algo peor, además de ser aparcacoches. Seguramente iba armado.

Ally observó al conductor salir del coche. Estaba demasiado lejos para verlo bien, pero conocía sus rasgos al detalle. Medía más de metro ochenta y tenía el pelo rubio oscuro, como la arena del desierto. Ally lo encontraba irresistible. Mientras el aparcacoches se subía al vehículo, su dueño se colocó bien su chaqueta de cuero negro y luego se ajustó la entrepierna, como si la conducción hubiera desordenado algo por ahí abajo. No fue nada grosero, más bien fue un movimiento grácil y sensual y muy masculino… que encendió a Ally además de disparar su imaginación.

Ella no conocía a ese hombre, ¿por qué reaccionaba así ante él? A menos que sí que lo conociera.

Él miró la hora en su reloj, seguramente para disimular el hecho de que estaba examinando su entorno mientras subía las escaleras. Si seguía su costumbre, estaría dentro del club durante al menos dos horas, tiempo más que suficiente para que ella pudiera llevar a cabo su plan.

De pronto vio que él se detenía… y Ally sintió que su corazón también. Él se había girado y la estaba mirando. No podía verla en la oscuridad, ¿verdad? Ally sintió que el miedo la invadía cuando vio que él desandaba el camino. Se escondió tras el sepulcro convencida de que él la había visto. Y ella no podía hacer nada más que agazaparse bien y suplicar a los cielos. Si se movía, se descubriría ella misma.

Oyó pasos acercarse hacia ella y sintió que el suelo retumbaba levemente.

—Había oído que el club estaba encantado —dijo una voz masculina bastante sardónica—. En lugar de un fantasma, encuentro a una hermosa mujer agazapada en el cementerio. Evidentemente ha perdido una lente de contacto, ¿verdad?

Ally lo miró paralizada y no sólo de miedo. Tenía la misma extraña sensación de conocerlo que había experimentado antes en su sueño. Qué extraño que él hubiera comentado que el club estaba encantado, porque por un segundo ella había creído que estaba viendo a un fantasma. Su fantasma, aquél con el que había soñado. Tanta fatiga y nervios estaban pasándole factura.

—¿Se ha quedado muda? —bromeó él.

Ally no pudo responder. Los guardias de seguridad del club advirtieron el comportamiento inusual.

—Caballero, ¿necesita ayuda? —dijo uno.

—¿Ha encontrado algo por ahí? —gritó el otro.

—Creo que he encontrado un pequeño ratón de cementerio —respondió el hombre mirando a Ally con tanta intensidad que ella no se atrevió a moverse.

¿Qué iba a hacer él?, se preguntó Ally aterrorizada.

—Seguramente será una condenada rata —comentó el primer guardia—. Me ocuparé de ella.

Ally sacó ligeramente la cabeza y vio que el guardia agarraba su pistola y se acercaba hacia ellos, y ahogó un grito de alarma. Iban a dispararla.

—Demasiado tarde —dijo el hombre—. Ya la he asustado.

Con la mirada le indicó a Ally que se refugiara tras el sepulcro. Ella estuvo a punto de desmayarse de alivio cuando vio que el hombre y los guardias entraban de nuevo en el club.

Había estado muy cerca. Ella no sabía por qué el hombre la había ayudado. Quizá aquélla fuera su única oportunidad de escapar. Tenía el coche aparcado al otro lado del cementerio, muy lejos de la entrada del club, y no estaba segura de poder llegar hasta él.

Los nervios y la adrenalina la hicieron ponerse en pie. Los dos guardias estaban en lo alto de las escaleras, conversando animadamente. Tenía que marcharse de allí cuanto antes, se dijo Ally.

Mientras atravesaba el cementerio, repasó lo sucedido. ¿Por qué él había despistado a los guardias cuando podría haberla entregado a ellos? ¿Acaso estaba jugando con ella? ¿Querría tenderle una trampa?

Iba a tener que arriesgarse a eso, pensó Ally. Sus entrañas seguían diciéndole que aquél era su hombre. Ella había deducido que él no era aún un miembro de pleno derecho del club, leal a Aragon. Los aparcacoches conocían a los miembros y ninguno había dado signos de reconocer a aquel hombre. Y lo más revelador, él mismo estaba espiando al club.

Con un poco de suerte, ella estaría de regreso en Nueva Orleans en menos de una hora. Y, con un poco más de suerte, y la ayuda de una de las camareras de planta del hotel, entraría en la habitación de él para investigar un poco. Si lograba indicios que confirmaran que él estaba intentando infiltrarse en el círculo más reservado del club, ella podía ayudarlo. De momento, él ya había conseguido más que ella: adentrarse en el vientre de la bestia.

Mientras conducía camino del hotel, Ally repasó lo que sabía de él, aparte de dónde se alojaba: parecía ser que era un tiburón de los negocios, rico y que al le gustaban las apuestas altas. No iba acompañado de ninguna mujer. Y se llamaba Sam.

2

 

 

 

 

 

Sam Sinclair tenía una mujer en la cabeza. Era una pena que no fuera la atractiva guardia de seguridad vestida con aquel ajustado uniforme y que lo estaba cacheando concienzudamente, incluidas sus partes pudendas. Ella le sonrió, evidentemente acostumbrada a aquella tarea.

Con toda esa atención sobre él, ¿por qué no podía dejar de fantasear con su morena perseguidora a la que había sorprendido en el cementerio? Ojalá fuera ella la que estuviera cacheándolo en aquel momento.

Aún podía ver el brillo de sus grandes ojos, su expresión aturdida y consternada, su boca abierta de la sorpresa. Eso le había resultado tan sexy… Recordar aquellos labios entreabiertos encendió su deseo; se advirtió de que tenía que tener cuidado. No llevaba ningún arma, pero si seguía pensando en eso, parecería que sí. Había dejado su pistola escondida en el coche con el seguro puesto. Su perseguidora había logrado quitarle el suyo, según parecía.

Desde que la había descubierto siguiéndolo hacía tres días, ella le había llamado la atención más allá de que le preocupara a nivel profesional. Tal vez le gustaba la idea de que lo siguiera una preciosa aficionada. O quizá era simplemente que últimamente no lo habían perseguido muchas mujeres. ¿Cuánto tiempo hacía desde la última vez?

—Perfecto —dijo la guardia terminando su examen y guiñándole un ojo—. Hemos terminado.

—Qué pena.

Ya podía entrar en el club propiamente dicho. Los miembros provisionales debían someterse a ese completo cacheo hasta que se convertían en miembros de pleno derecho. Nadie se quejaba, ya que el cacheo lo realizaban siempre mujeres despampanantes. Pero Sam sabía que era una exploración seria. Si se hubiera negado, la guardia hubiera pedido refuerzos y varios matones vestidos de esmoquin lo hubieran escoltado hasta la salida.

La antesala, donde se realizaban los cacheos, tenía forma octogonal y estaba decorada con murales eróticos. Sam sonrió internamente al pensar en la reacción de Micha Wolverton ante las escenas orgiásticas de las paredes. Se decía que el fantasma de Micha se paseaba por el club reclamando la mansión, y la esposa, que un antepasado de Jason Aragon le había robado. Aragon se cuidaba mucho de mantener esa información oculta.

La guardia de seguridad se acercó a las lujosas puertas de caoba que daban al vestíbulo principal y las abrió.

—Que se divierta —le deseó.

—¿Cómo no iba a hacerlo? —respondió él.

—Señor Sinclair, qué alegría verlo de nuevo.

Angelic Dupree, la gerente del club, lo saludó con calculada ceremonia. La mujer, menuda y de rostro dulce, enfundada en un lujoso vestido de chiffon y plumas, dirigía el club con puño de acero. Ocupaba el cargo antes de que Aragon fuera el dueño del local y él la había mantenido en su puesto. Ella supervisaba todo, desde la contabilidad hasta el tipo de palillos que se ofrecían en el bar.

Sam tomó su mano extendida y la besó, como era costumbre en el club. Le pareció que ella ronroneaba, pero sabía que era una pose. Angelic podía parecer una gatita, pero en realidad era una tigresa a la que convenía no perder nunca de vista. Nadie sabía mucho de su pasado, salvo que se había criado en una chabola no lejos del club. Sam no conocía los detalles de la historia entre Angelic y Aragon, aunque suponía que sería sustanciosa. ¿Qué precio había pagado ella por el trato amable de Aragon? Porque Aragon no hacía nada gratis.

—Gracias por su cálido recibimiento —comentó Sam.

—Es un placer. El señor Aragon vendrá enseguida. Está deseando entrevistarse con usted. Mientras tanto, acepte por favor nuestra hospitalidad. En unos segundos le serviremos su cóctel favorito: ginebra con hielo y una rodaja de limón, ¿no es así?

Sam sonrió y ella inclinó levemente la cabeza, sin dejar nunca de mirarlo.

—Me han dicho que ha estado preguntando por nuestros fantasmas —comentó ella.

Las noticias le habían llegado rápidamente; Sam tomó nota mentalmente. Estaba claro que esa mujer se enteraba de todo lo que ocurría en el club. Sam decidió ser sincero.

—El otro día, cuando me enseñaron el club por dentro, una de sus chicas me advirtió acerca del dormitorio principal en el ala este. Dijo que se mantenía igual que cuando la casa estaba habitada y que la mujer que murió ahí tiene embrujada la habitación.

Angelic sonrió.

—No sólo esa habitación. La Rosa Blanca tiene embrujada la casa entera, aunque ahí es donde realiza la mayor parte de sus travesuras. Se llamaba Rosa Wolverton. Los que la han visto dicen que lleva el mismo camisón blanco y etéreo que cuando se quitó la vida en esa habitación.

—¿Se quitó la vida?

Sam seguramente conocía la historia mejor que Angelic, pero tenía sus razones para no contársela a nadie. También tenía sus razones para querer saber qué tipo de travesuras realizaba la Rosa Blanca. Podía aprovecharlo para sus propios planes.

—Es una historia muy triste —explicó Angelic, aunque el brillo de sus ojos revelaba que le divertía ese escándalo—. Rosa y su esposo, Micha, tenían dos hijos. Ella quería más, pero por alguna razón él no. Se dice que ella era bastante inestable y que se indignó tanto con la negativa de él que se dejó seducir por su socio, con la esperanza de quedarse embarazada de nuevo. Pero no sólo no se quedó embarazada, sino que el socio le hizo chantaje para obligarla a tener sexo con él otra vez. Rosa se angustió mucho. Ella amaba a Micha y sabía que él se moriría si se enteraba de lo que le había hecho. Así que se suicidó… de una forma bastante horrible.

Sam sabía que Rosa se había apuñalado en el pecho, exactamente en el corazón. Micha se la había encontrado así y nunca se había recuperado, ni de la impresión ni de la pérdida. Descorazonado, se había dado a la bebida y al juego, perdiendo incluso la casa y el negocio en una partida de póquer con su socio.

—El socio es el que me parece el auténtico malhechor —comentó Sam, curioso por ver la reacción de Angelic.

A ella le brillaron los ojos.

—Jake Colby, sí. De hecho fue él quien le contó a Micha que se había acostado con su mujer y se regodeó en ello. Micha intentó matarlo y fue sentenciado a diez años de cárcel. Fue terriblemente triste. Sus hijos fueron enviados a vivir con una tía.

Sam asintió. Angelic estaba bien informada, pero no parecía saber que la única hija de Colby se había casado con Aragon, y así había sido como Los Sauces se había convertido en un club para hombres decadente y corrupto a más no poder.

—Por eso Rosa llora sin parar. Yo nunca la he oído, pero hay gente que sí. Y se puede saber cuándo está cerca por el aroma a rosas que impregna el ambiente.

—¿Y por la brisa gélida que la acompaña?

—Sí, ¿cómo lo sabe?

Sam se encogió de hombros.

—¿Acaso no todos los fantasmas van rodeados de una brisa gélida?

—Éste también pilla los dedos con las puertas y deja caer objetos ligeros sobre la cabeza de las personas. Rosa no es un fantasma feliz. Ni Micha tampoco; se dice que el golpeteo que se oye lo produce él, que intenta entrar en la casa para unirse a su amada.

Tal y como a Sam se lo habían contado, Micha había intentado entrar en Los Sauces después de salir de la cárcel y había sido disparado por Colby en el cementerio, justo debajo de la ventana del dormitorio de Rosa.

—Me mantendré alejado del ala este —prometió Sam.

—Hágalo, por favor —respondió Angelic y miró su reloj—. Y ahora, si me disculpa, le dejaré para que espere al señor Aragon.

Sam la observó marcharse. Esperaba que ella creyera esas historias de fantasmas. Cuanta más gente las creyera, mejor, dado lo que él tenía en mente. Esa noche, de momento, su prioridad era hacer que Jason Aragon creyera que él era un perfecto candidato para convertirse en miembro de pleno derecho del club.

Sam había visitado varias veces el club durante las dos semanas que llevaba en Nueva Orleans. Sabía que le investigarían en profundidad, incluyendo su estado financiero, pero «Sam Sinclair» era un buen chico. Toda la documentación era falsa, igual que su identidad, pero impenetrable. La gente para la que él trabajaba era precisa y efectiva, no se les escapaba una.

Él estaba bien preparado. Lo más difícil era superar el examen del propio Aragon, y sólo después de que él lo aprobara se recibía la invitación al círculo más privado del club.

Esa noche iba a encontrarse con el hombre cara a cara. Hasta que llegara el momento, pensaba explorar un poco el lugar. Recorrió el pasillo de reluciente mármol blanco y negro. Al final, dos escaleras gemelas subían al segundo piso dibujando una sensual curva como de cadera de mujer. Y en el hueco estaba la jaula de hierro forjado del ascensor.

La ascensorista era la única excepción al resto de empleadas sonrientes y solícitas. Ella ni siquiera parecía plantearse el sonreír, su trabajo no consistía en eso y ella se limitaba a su trabajo, lo cual tenía sentido ya que era la primera barrera en el camino al sótano, el lugar más codiciado del club.