El mundo de Yarek - Elia Barceló - E-Book

El mundo de Yarek E-Book

Elia Barceló

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Beschreibung

Después de ser acusado de genocidio, Lennart Yarek, reconocido xenólogo intergaláctico, se enfrenta a la peor de las condenas: el exilio por veinte años en el inhóspito planeta que él mismo bautizó como Yermo, en donde le espera una peculiar aventura y un gran trabajo. "Un trabajo de demiurgo. En toda la historia de la humanidad era la primera vez que un hombre, un solo hombre, fuera del mito y la literatura, iba a construir un mundo. El mundo de Yarek." El mundo de Yarek fue reconocida con el Premio Internacional de novela corta de ciencia ficción de la Universidad Politécnica de Catalunya (1993).

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Seitenzahl: 176

Veröffentlichungsjahr: 2024

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COLECCIÓN POPULAR

954

EL MUNDO DE YAREK

ELIA BARCELÓ

El mundo de Yarek

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Primera edición, 2024 [Primera edición en libro electrónico, 2024]

Distribución en Latinoamérica y Estados Unidos

© 1994, Elia Barceló Publicado por acuerdo con UnderCover Literary Agents La primera edición de esta obra se publicó en 1994

D. R. © 2024, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672

Diseño de portada: Neri Ugalde Guzmán

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.

ISBN 978-607-16-8407-3 (rústica)ISBN 978-607-16-8456-1 (ePub)ISBN 978-607-16-8457-8 (mobi)

Impreso en México • Printed in Mexico

   A mi madre, por el tiempo. Al reino del oso siberiano, por la idea. A Cide Hamete Benengeli, por Naiele O.

 

A Klaus, Ian y Nina, por ser la cuerda de la cometa.

LA TIERRA era árida, como una antigua manta de campaña arrugada y raída. Un paisaje de lomas sin fin que el plastividrio del móvil de aterrizaje fingía de un violeta sucio y que, de hecho, sería un pardo amarronado cuando se encontrara en la superficie.

Habían dejado atrás altas cordilleras cubiertas de nieve, riscos pelados de roca calcárea, profundas barrancas sin rastro de vida; habían sobrevolado incluso un desierto de arena infinita, pura y muerta.

Estaban descendiendo. Hacia la nada. Hacia su exilio.

—Ya puede ir eligiendo el lugar de aterrizaje, Yarek —la voz del piloto era impersonal, distante, como si ya lo hubiera abandonado en ese mundo solitario.

Yarek se pasó la mano por la frente intentando conjurar un dolor de cabeza que era ya casi parte de sí mismo y se forzó a mirar con más intensidad. ¿Qué más daba? ¿Qué más daba ya todo?

Al norte la tundra invernal, al sur los desiertos; había estudiado los mapas que, aunque deficientes, no dejaban lugar a dudas. La única franja medio habitable del planeta era ésta. Intentó interpretar el paisaje buscando una torrentera que recogiera las aguas de deshielo.

—Ahí mismo. En esa pequeña explanada, junto al río seco.

El piloto empezó a girar, descendiendo hacia el punto indicado.

Un suelo pedregoso, agostado, sin rastros de vegetación.

Por encima un cielo despiadado, limpio de nubes, de un azul clarísimo, donde una mínima luna mostraba su creciente al borde de una loma en el horizonte lejano.

La maniobra fue suave. Los patines tomaron tierra y el piloto procedió a abrir el compartimiento de carga sin apagar el motor.

Yarek permaneció sentado, inmóvil, mirándose las manos.

—La temperatura exterior es de menos treinta grados Celsius, sin viento. En cuanto monte el refugio y empiece a funcionar la calefacción se sentirá como en casa.

Sintió cómo se le torcían los labios en una sonrisa amarga y no contestó. “Como en casa...” La ironía era deliberadamente cruel.

El piloto había bajado del aparato y se afanaba en la parte posterior descargando el equipo de supervivencia con una prisa insultante.

—Abajo, Yarek. Tengo que irme.

No servía de nada retrasar el momento de salir al exterior. Era cuestión de minutos el tener que enfrentarse con la realidad de aquel mundo que iba a ser el suyo.

—¡Yarek! —esta vez la voz del piloto sonó como un ladrido.

Su nombre, ese nombre que había sido pronunciado a lo largo de su vida con ternura, con respeto, con admiración, con devoción incluso, se había convertido en un epíteto de desprecio, en un insulto incluso a sus propios oídos. Se levantó y empezó a ajustarse la mochila con toda la rapidez que le permitían sus músculos agarrotados por el miedo para no tener que oír su nombre pronunciado en ese tono.

Nunca había creído que en el momento definitivo llegaría a sentir miedo. Había supuesto que la desesperación y la pena rabiosa que lo habían consumido durante los últimos meses bastarían para borrar el terror a la soledad. Pero no era cierto. La pena y la desesperación habían perdido importancia. Sólo quedaba el miedo, un miedo inhumano, bestial, paralizante.

Dio la vuelta al móvil con un esfuerzo titánico y se encontró con que el piloto había vuelto a ocupar su puesto ante los controles.

—Acuérdese de mantener en marcha el localizador, Yarek. Dentro de veinte años, si sigue con vida, podrá enviar la señal. Alguien vendrá a recogerle. Si no se recibe esa señal, asumiremos que ha muerto. ¿Todo claro?

Asintió con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra. El desprecio en los ojos azules del piloto era un puñal de hielo.

La puerta del móvil se cerró con un chasquido sordo, como la tapa de un ataúd.

—Por favor... —se oyó murmurar—. Por favor...

El piloto no podía oírlo. Daba igual. La situación no habría cambiado de todos modos. Sólo su humillación se hubiera hecho más profunda.

El ruido del motor acelerando le rasgó el estómago como un cuchillo de sierra.

—¡No me dejes aquí! —gritó sin proponérselo—. ¡No me dejeeees! —el móvil se alzó del suelo elegantemente, con suavidad ingrávida—. ¡Por favor...! ¡Por favoooor!

Al alzarse sobre las lomas, su pulida superficie reflejó por un instante la luz del sol que aún no había remontado el horizonte y, durante unos segundos, Yarek tuvo la impresión de que era una estrella la que lo había abandonado en aquel mundo sin nombre. Luego dejó de verlo y sus ojos se posaron en sus propias manos enguantadas tendidas hacia el cielo en un atávico gesto de imploración, una petición de ayuda que nunca sería atendida.

Se dejó caer sobre el suelo pedregoso y polvoriento, y se echó a llorar.

Un viento repentino le heló las lágrimas sobre la cara y le hizo buscar con los ojos la loma por la que el sol estaba a punto de salir. Unos quince minutos más, y su propio cálculo le sonó ridículo, pueril. ¿Qué importancia tenían quince minutos en veinte años?

Aunque no serían veinte años. No pensaba vivir tanto tiempo. Había venido con el propósito de acabar con su vida en cuanto completara para sí mismo su proceso de catarsis. Tenía que comprender, aceptar, perdonarse si podía. Luego habría tiempo para morir. Tenía mucho tiempo. Era lo único que tenía en abundancia.

Empezó a desempaquetar sus pertenencias, un acto tan mecánico, tantas veces repetido, que sus manos trabajaban con independencia de su cerebro.

¿Cuántas veces habría montado un refugio? Cientos, probablemente. En la oscuridad, a la luz del día, con frío, con calor, en selvas tropicales, en desiertos de hielo, en ciénagas, en playas infinitas de espumas azules, solo, en compañía.

En compañía. Rechinó los dientes. Eso era algo que nunca volvería a tener. Nunca más una mano amiga, una pelea, una discusión, un chiste. Nunca más un cuerpo cálido a su lado, una sonrisa, un insulto. Nunca más.

Empezó a montar la instalación eléctrica, los paneles solares, el calentador de agua. ¡Cuántas comodidades para un exiliado, para un futuro cadáver! O quizá no tan futuro.

“Soy un exvivo —pensó, y la construcción lingüística le arrancó una sonrisa—. Un exxenólogo, exdirector de investigaciones, exmiembro de la Academia Interplanetaria de Estudios Ahumanos, exespecialista en vida alienígena, exciudadano de la Confederación de Mundos Habitados, exesposo de Nora Freeman, de Tilda Maier y de Nakembe Dubois. ¿Exhumano, quizá? Reducido a una supervivencia animal en un mundo desierto. ¿Hasta qué punto puede eso borrar la humanidad de un ser?”

Trató de bloquear la dirección de su pensamiento. Vida animal. Vida inteligente. ¿Con qué criterios? ¿Con qué derecho podía decidirse? Se había dado cuenta demasiado tarde. Demasiado tarde para salvarse a sí mismo. Demasiado tarde para salvar a los buitres, a aquel puñado de seres desaparecidos para siempre que la Comisión Investigadora se empeñaba en llamar aarea porque un cerebro de oro se había inventado el nombre. Ellos nunca se habían llamado nada a sí mismos. O quizá sí, pero no habían querido, podido, sabido comunicarlo a los humanos que los destruyeron. “Que los destruimos”, se corrigió. Tal vez él hubiera tenido razón después de todo. Tal vez no eran más que animales. Animales extintos, ahora.

Cerró la puerta aislante y se puso a trabajar en la calefacción. Era un buen refugio. El mejor modelo, el más moderno. Construido sobre raíles circulares para que pudiera orientarse hacia el sol, instalado para aprovechar el viento y cualquier otra fuerza de la naturaleza que existiera en su entorno: mareas, corrientes de agua, movimientos sísmicos... Veinte metros cuadrados: instalación higiénica, cocina, cama, una mesa, dos sillas. Dos. Una roja y una azul. Para mejorar el ánimo de su ocupante. La mesa era verde claro, como siempre. Las paredes amarillo pastel. Un ambiente de Kindergarten para un genocida convicto.

Empezó a destapar cajas: medicinas, grabaciones, un pequeño ordenador de última generación, alimentos comprimidos para más de cincuenta años, un equipo de fabricación de agua, un equipo de reciclaje de prendas de vestir. Casi doscientos kilos de mundo civilizado a su disposición en medio de un erial entre los sistemas poblados.

Llevaba horas trabajando. Se había propuesto hacerlo todo con lentitud extrema, para tener algo en que ocuparse el mayor tiempo posible y, sin embargo, ya casi había terminado. La rutina se había encargado de ello. Normalmente no había tiempo que perder, había que darse prisa en la instalación para salir a explorar, recoger datos, procesarlos, reunirse a contrastar opiniones, redactar un informe, decidir, clasificar para el archivo central, desmontar, olvidarse, cambiar de mundo, volver a montar.

Ahora no. Ahora ya nunca.

Las lágrimas volvieron a asomar sin previo aviso y tuvo que cerrar los ojos con todas sus fuerzas para cortarles el camino.

Dio un tirón al anillo de oro con el que se había atravesado el lóbulo de una oreja, saboreando el dulce dolor del tejido de cicatrización al ser desplazado de su lugar. Era importante recordar que debía trabajar en sus heridas, las otras, las de dentro. No podía dejar que todo cicatrizara antes de haber sido limpiado. Para eso servía el aro de oro. Para recordarle lo que tenía que hacer.

Llevó la mesa junto a una de sus dos ventanas, la que ahora estaba orientada al oeste, y puso el ordenador sobre la superficie verdosa. Acercó la silla azul y acarició suavemente la tapa del aparato buscando, como siempre, un nombre para él.

“Buitre”, susurró, y en su mente surgió una marea de imágenes que le devolvieron al planeta TX2I-Radon, posteriormente conocido como Viento. Recordó la tensión de inminencia que les hizo sentir la atmósfera de Viento; algo que despertaba en ellos recuerdos olvidados de su infancia y primera adolescencia. La sensación de que todo es posible, de que uno va a ser eterno en un mundo que inaugura una primavera perpetua, de que faltan días para que la naturaleza eclosione y surjan hojas, flores, aguas y pájaros por todas partes, de que uno puede volar persiguiendo su sombra, o su sonrisa.

Nunca se habían sentido así: tan vivos, tan fuertes, tan mágicos. Un mundo que era un milagro de rocas blancas, inmensas praderas de hierba ondulante y grandes ríos perezosos y azules. Un mundo que estaba pidiendo a voces ser colonizado por humanos felices deseosos de fundar familias numerosas para que los niños corrieran libremente por sus mares de hierba infinita y volaran cometas al viento del atardecer.

“¿Cómo pude equivocarme? —pensó por millonésima vez—. ¿Cómo pudimos equivocarnos todos, equivocarnos tanto?”

“Porque queríamos creer que estaba deshabitado. Porque no deseábamos compartir aquello con nadie. Ni siquiera con un puñado de buitres carroñeros que nos contemplaban impasibles desde sus altas torres de roca con esos ojos como cuentas de cristal.”

Eran hermosos aquellos buitres, a su manera. Dos veces mayores que los buitres terrestres, con una envergadura de siete metros, el cuerpo cubierto de plumas negras y azules, la cabeza casi plateada, como un yelmo de acero.

Viento estaba lleno de vida: insectos, aves, reptiles, algunos mamíferos. Todos devorando y siendo devorados en la eterna rueda de la supervivencia. Un planeta virgen brillando al sol.

Miró por la ventana, hacia las lomas que cerraban su horizonte y la tristeza se abatió sobre él como una losa. ¡Qué distinto era Viento de este planeta sin nombre que sería su tumba! ¡Qué ironía haberse pasado los años clasificando vida para acabar aquí, en un desierto mineral sin más perspectiva que ir enloqueciendo lentamente! No. Eso nunca. Mejor muerto. Muerto y enterrado.

Sintió una carcajada histérica surgiendo del fondo del diafragma.

¿Quién iba a enterrarlo? Tendría que cavarse su propia tumba y dejarse morir dentro, con los ojos abiertos al cielo azul del atardecer, un atardecer como el de ahora, punteado de estrellas que se reirían de su impotencia y de su dolor.

Se puso en pie violentamente y decidió salir a caminar un poco. El aire de la tarde sería frío y le aclararía los pensamientos.

El silencio de la noche incipiente era sobrecogedor, la oscuridad sería pronto total, impenetrable. Yarek caminó en círculo, girando de tanto en tanto la cabeza para confortarse con la luz del refugio, que había dejado encendida. El frío le cortaba la respiración y le hacía temblar de rabia. Siempre había detestado el frío. Siempre había dicho que cuando se jubilara se retiraría a un planeta de eterno verano, algún lugar con playas cálidas y abundancia de vida vegetal.

Giró de nuevo la cabeza. El refugio brillaba en la negrura como una diminuta estrella caída en la nada, aguardando. Su hogar.

Volvió sobre sus pasos a toda velocidad y, demasiado hundido para comer nada, se metió en la cama.

SUS SUEÑOS estaban llenos de pájaros. Grandes pájaros que planeaban en un cielo rosado, deslizando su negra silueta sobre las nubes incandescentes. Él volaba con ellos algunas veces, sostenido por la voluntad de las aves gigantes que le mostraban su reino, los mares de hierba desde mil pies de altura, los grandes ríos que describían amplios meandros de plata como interrogantes sin respuesta sobre la superficie de Viento.

Los buitres observaban su vuelo con sus ojos de cristal, serenos, antiguos, sabios. Observaban su caída en perfecto silencio, sus vanos esfuerzos de remontar los picos que se acercaban a velocidad vertiginosa amenazando aserrar su pobre cuerpo humano con sus dientes blancos. El suelo corría a su encuentro con ansia de amante y él sabía que era el final pero no le importaba mientras los buitres estuvieran ahí, mirándolo en silencio. Y entonces alguien gritaba. Un poderoso graznido que rasgaba el amanecer con su clamor de triunfo. Y se despertaba.

Se sentó en la cama parpadeando en la oscuridad, con la boca seca y las manos húmedas y vacías.

Conciencia de sí mismos. Negativo. Capacidad de autocrítica. Negativo. Sentido del humor. Negativo.

Capacidad de adueñarse de su espacio y adaptarlo a sus necesidades. Negativo.

“Animales, maldita sea. Animales. Bellos. Económicos. Perfectamente adaptados a su entorno. Pero animales.”

Encendió la luz y tomó un par de concentrados alimenticios y media botella de agua. Habría dado cualquier cosa por un cigarrillo, pero ése era uno de los vicios que había dejado atrás. Una penitencia. Una más. Después de pensarlo un segundo, tomó un somnífero y volvió a la cama. Esta vez no soñó.

LO DESPERTÓ el sol sobre la almohada. Llevaba un solo día en el planeta y ya estaba deseando salir de allí, pero no había nada que hacer. Había venido a quedarse.

Aún acostado se puso a pensar qué podría hacer con el día que empezaba y se encontró luchando con el deseo de tomar otro somnífero y dejar que el tiempo pasara sin su participación. Rechazó la idea. Fue hasta la mesa, se sentó frente a Buitre y comenzó a elaborar una lista de posibilidades, sus eternas listas que tantos comentarios jocosos le habían valido a lo largo de su vida.

 

Inspeccionar el terreno.

Buscar minerales de utilidad. (¿De utilidad para qué, paraquién, Yarek?)

Buscar vida del tipo que sea: vegetal, animal, inteligente. (¿Inteligente, Yarek? ¿Aquí?)

Escribir un diario. (¡Venga ya!)

Suicidarme.

 

Se quedó mirando el último punto de su lista. De hecho era lo único que tenía algún sentido, pero era demasiado pronto. No iban a vencerlo en veinticuatro horas. Y además no podía matarse sin más; tenía que saber por qué. ¿Por desesperación? ¿Por aburrimiento? ¿Miedo? ¿En castigo por su crimen? ¿Qué crimen, cielo santo? ¿Qué crimen?

Genocidio. Contribución consciente al exterminio de una especie alienígena inteligente con la intención de beneficiarse a sí mismo y a la especie humana. Ésa había sido la acusación. ¿Beneficiarse a sí mismo?

En el juicio se había discutido largamente su opción de compra sobre el Valle de Nir, una deliciosa pradera en el hemisferio norte de Viento, mil doscientas hectáreas de rocas, hierba y río, dos cascadas y un bosquecillo ridículo de árboles enanos. Ése había sido el precio de su decisión final sobre la inteligencia de los aarea, según el fiscal del Gobierno Federado. El precio que los especuladores estaban dispuestos a pagar por el derecho a colonizar Viento con familias de granjeros.

¡Ridículo!

El equipo de abogados de la defensa había tratado de convencer al Gran Jurado de que, para tratarse de un soborno, era estúpidamente bajo. Yarek les entrega un planeta y ellos le dan a cambio mil doscientas hectáreas de terreno. Mil doscientas hectáreas que tendría que pagar de su bolsillo. ¡Absurdo!

Era cierto que el comisionado del Gobierno, en la primera entrevista que mantuvieron en Viento, había lamentado, muy diplomáticamente, que el planeta estuviera cerrado a la colonización hasta que pudiera establecerse con seguridad si la colonia de buitres era vida inteligente o no. Que había expresado su deseo de que no lo fueran, de que los humanos pudieran instalarse allí, compartiendo el planeta con todos los animales que lo poblaban, cuidando, por supuesto, de no alterar su equilibrio. Que había insinuado que él, Yarek, podría construirse allí una casa donde pasar sus años de retiro, ya que el planeta parecía gustarle especialmente. Pero eso había sido todo. Nada de sobornos, ni órdenes veladas. La decisión había sido suya. Sólo suya. Y de los miembros de su equipo, que después de votar unánimemente la clasificación final de los buitres como vida animal, empezaron a expresar dudas en el juicio sobre sus conclusiones y a echarle a él la responsabilidad de la decisión definitiva. Al fin y al cabo él era el jefe de la expedición, el asesor delegado del Gobierno, él tenía la última palabra, la decisiva.

Se puso a teclear furiosamente, aunque sabía que Buitre podía recibir órdenes verbales. La palabra escrita siempre le había parecido más adecuada a la reflexión y, a pesar de que ahora no intentaba reflexionar sino sólo averiguar cuáles de las funciones de la máquina le estaban vedadas, prefería que esas prohibiciones aparecieran por escrito y en silencio a que una voz anónima le informara de sus limitaciones.

Un par de horas le bastaron para darse cuenta de que la pena de ostracismo era perfectamente coherente: podía recibir todo tipo de informaciones, estar al día de las últimas publicaciones de su campo y otras doscientas más, leer las más recientes aportaciones a la Biblioteca de los Mundos sobre cualquier tema que deseara, pero no podía comunicar a nadie sus opiniones, ni enviar sus artículos, ni mostrar su existencia a ningún otro ser. Tampoco podía hacer ni recibir llamadas. Yarek había muerto para el mundo exterior.

Durante los cuatro días siguientes se mantuvo alejado de Buitre. Pasaba el tiempo fuera del refugio a pesar del frío, tratando de hacerse una idea personal de su mundo antes de contrastar los datos recogidos con los que poseía la Biblioteca Central. No aprendió mucho porque no estaba acostumbrado a hacer una exploración sin contar con asistentes especializados en las distintas disciplinas de interés xenológico: geólogos, biólogos, botánicos, meteorólogos..., todos los que hasta ahora habrían podido decidir si en algún momento las grandes extensiones nevadas del Norte se fundirían y convertirían su zona por un tiempo indefinido en una especie de parque acuático. Las rocas tenían marcas de agua corriente por todas partes. Había encontrado también algo que podría ser, quizá, un atisbo de madrigueras de alguna clase de animal pequeño, tipo roedor, y que posiblemente hibernara durante los largos inviernos. Tendría que estar atento a su aparición.

Lo que se le escapaba por completo era qué podían comer aquellos animales; la región era totalmente estéril, sin rastro de vida vegetal de ningún tipo, cosa bien extraña considerando la cantidad de agua que durante un tiempo regaría la zona. Lo que le llevó a la conclusión de que quizá su refugio estuviera en peligro. Tendría que ampliar sus exploraciones buscando un lugar más adecuado para trasladarlo.