El nacimiento del pensamiento científico - Carlo Rovelli - E-Book

El nacimiento del pensamiento científico E-Book

Carlo Rovelli

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Beschreibung

¿Cómo descubrieron los griegos que la Tierra flota en el espacio? ¿O que sigue habiendo cielo también bajo nuestros pies? ¿Quién llegó a imaginársela así y cómo lo logró? Este esfuerzo por "reinventar el mundo", aspecto central de la búsqueda científica del conocimiento, no comenzó con la síntesis newtoniana o con las experiencias pioneras de Galileo, ni tampoco con los primeros modelos matemáticos de la astronomía alejandrina. Empezó mucho antes, con lo que conviene llamar la primera gran "revolución científica" de la historia de la humanidad: la revolución de Anaximandro. El hombre que dio ese gran paso es el protagonista de las páginas que siguen: Anaximandro, nacido hace veintiséis siglos en la ciudad griega de Mileto, en la costa occidental de la actual Turquía. Él es el origen de una transformación conceptual radical en la misma de la ciencia tal y como la conocemos. Auténtica reflexión sobre el pensamiento científico, el presente libro, escrito de manera clara y amena por uno de los grandes físicos teóricos de nuestro tiempo, nos ilustra la profundidad del proceso de repensar nuestra imagen del mundo: una búsqueda del conocimiento basado en la rebelión contra las evidencias.

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CARLO ROVELLI

EL NACIMIENTO DEL PENSAMIENTO CIENTÍFICO

Anaximandro de Mileto

TRADUCCIÓN DEANTONI MARTÍNEZ RIU

Herder

Título original: Anaximandre de Milete ou la naissance de la pensée scientifique

Traducción: Antoni Martínez Riu

Diseño de cubierta: Gabriel Nunes

Edición digital: José Toribio Barba

© 2009, 2015, Dunod, París

© 2018, Herder Editorial S.L., Barcelona

ISBN DIGITAL: 978-84-254-4060-1

1. edición digital, 2018

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. diríjase a CEDRO (centro de derechos reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

ÍNDICE

Introducción

Agradecimientos

1 EL SIGLO VI ANTES DE NUESTRA ERA

Un panorama del mundo

El saber del siglo VI: la astronomía

Los dioses

Mileto

2 LAS APORTACIONES DE ANAXIMANDRO

3 LOS FENÓMENOS ATMOSFÉRICOS

El naturalismo cosmológico y biológico

4 LA TIERRA FLOTA

5 ENTIDADES INVISIBLES Y LEYES NATURALES

¿Hay algo en la naturaleza que no vemos?

La idea de ley natural: Anaximandro, Pitágoras y Platón

6 CUANDO LA REBELIÓN DEVIENE VIRTUD

7 ESCRITURA, DEMOCRACIA Y MEZCLA DE CULTURAS

Grecia arcaica

El alfabeto griego

Ciencia y democracia

La mezcla de las culturas

8 ¿QUÉ ES CIENCIA? PENSAR ANAXIMANDRO DESPUÉS DE EINSTEIN Y DE HEISENBERG

El colapso de las ilusiones del siglo XIX

La ciencia no se reduce a predicciones verificables

Explorar las formas de pensar el mundo

La evolución de la imagen del mundo

Reglas del juego y conmensurabilidad

Elogio de la incertidumbre

9 ENTRE RELATIVISMO CULTURAL Y PENSAMIENTO DE LO ABSOLUTO

10 ¿PODEMOS ENTENDER EL MUNDO SIN LOS DIOSES?

El conflicto

11 EL PENSAMIENTO PRECIENTÍFICO

Naturaleza del pensamiento místico-religioso

Las diferentes funciones de lo divino

12 CONCLUSIÓN: EL LEGADO DE ANAXIMANDRO

Referencias bibliográficas

Índice analítico

Créditos de las ilustraciones

Para Bonnie

Rerum fores aperuisse, Anaximander Milesius traditur primus. «Se dice que fue Anaximandro de Mileto el primero que abrio las puertas de la naturaleza» PLINIO, Historia natural, II, 31

INTRODUCCIÓN

Todas las civilizaciones humanas han pensado que el mundo está formado por el cielo arriba y la Tierra abajo (figura 1, izquierda). Debajo de la Tierra, para que no se caiga, tiene que haber tierra, hasta el infinito; o una gran tortuga que descansa sobre un elefante, como en algunos mitos asiáticos; o columnas gigantescas, como las que se mencionan en la Biblia. Esta imagen del mundo la comparten las civilizaciones egipcia, china o maya, las de la India antigua y el África negra, los hebreos de la Biblia, los indios de América, los antiguos imperios babilónicos y el resto de culturas de las que tenemos noticia.

La comparten todas, menos una: la civilización griega. Ya en la edad clásica, los griegos se imaginaban la Tierra como una roca suspendida en el espacio (figura 1, derecha): por debajo de la Tierra, ni tierra hasta el infinito ni tortuga ni columnas, sino solo el cielo que vemos encima de nosotros. ¿Cómo descubrieron los griegos que la Tierra flota en el espacio? ¿O que sigue habiendo cielo también bajo nuestros pies? ¿Quién llegó a imaginársela así y cómo lo logró?

El hombre que dio ese gran paso es el protagonista de las páginas que siguen: Ἀναξίμανδρος, Anaximandro, nacido hace veintiséis siglos en la ciudad griega de Mileto, en la costa occidental de la actual Turquía. Seguro que este descubrimiento habría bastado para hacer de él un gigante del pensamiento. Pero su legado es más amplio. Anaximandro abrió el camino a la física, a la geografía, al estudio de los fenómenos meteorológicos, a la biología. Más allá de estas inmensas aportaciones, él fue quien inició el proceso de repensar nuestra imagen del mundo: la búsqueda del conocimiento basado en la rebelión contra las evidencias.

Figura 1. El mundo antes y después de Anaximandro.

Desde este punto de vista, Anaximandro es, sin ningún tipo de duda, uno de los fundadores del pensamiento científico.

La naturaleza de esta forma de pensamiento constituye el segundo objetivo de este libro. La ciencia es ante todo una exploración apasionada de nuevas maneras de pensar el mundo. Su fuerza no se debe a las certezas que genera, sino todo lo contrario, a una aguda conciencia de la magnitud de nuestra ignorancia. Esta conciencia nos lleva a dudar constantemente de lo que creemos saber, por lo que nos permite estar aprendiendo siempre. La búsqueda de conocimiento no se nutre de certezas: se alimenta de una ausencia radical de certidumbre.

Ese tipo de pensamiento, fluido, en constante evolución, tiene una fuerza enorme y una magia sutil: es capaz de alterar radicalmente el orden del mundo, de repensar el mundo.

Esta concepción evolutiva y subversiva del pensamiento racional difiere mucho de su representación positivista, pero también de la imagen fragmentada y un poco árida que presentan ciertas reflexiones filosóficas contemporáneas. El modo de ser del pensamiento científico que deseo poner de relieve en estas páginas es su capacidad crítica, rebelde, de reinventar constantemente el mundo.

Si este esfuerzo por «reinventar el mundo» es un aspecto central de la búsqueda científica del conocimiento, tendremos que admitir que esa aventura no comenzó con la síntesis newtoniana o con las experiencias pioneras de Galileo y tampoco con los primeros modelos matemáticos de la astronomía alejandrina. Empezó mucho antes; empezó con lo que conviene llamar la primera gran «revolución científica» de la historia de la humanidad: la revolución de Anaximandro.

Creo, sin embargo, que la importancia de Anaximandro en la historia del pensamiento no se ha valorado lo suficiente.1 Son varias las razones que justifican esa infravaloración. En la Antigüedad, su propuesta metodológica aún no había dado los frutos que podemos recoger hoy, tras una larga maduración y muchos cambios de rumbo. A pesar del reconocimiento recibido por parte de algunos autores con mayor sensibilidad «científica», como Plinio —citado en la apertura de este libro—, a Anaximandro se lo consideró a menudo —así lo hace, por ejemplo, Aristóteles— como un turiferario de un enfoque naturalista incierto, y fue ferozmente combatido por corrientes culturales alternativas.

Si todavía hoy el pensamiento de Anaximandro se sigue entendiendo poco y mal, se debe sobre todo a la perniciosa dicotomía establecida entre ciencias puras y ciencias humanas. Naturalmente, soy consciente del sesgo que introduce mi formación principalmente científica cuando trato de evaluar la importancia de un pensador que vivió hace veintiséis siglos. Pero estoy convencido de que la interpretación corriente del pensamiento de Anaximandro sufre del sesgo inverso: la dificultad que muchos intelectuales con formación histórico-filosófica tienen a la hora de valorar el alcance de sus aportaciones, cuya naturaleza y legado son intrínsecamente «científicos». Incluso los autores citados en la nota anterior, que reconocen con facilidad la grandeza del pensamiento de Anaximandro, tienen que hacer esfuerzos por comprender a fondo el alcance de algunas de sus aportaciones. Precisamente, ese alcance es lo que pretendo poner de relieve en estas páginas.

Mi punto de vista acerca de Anaximandro no es, por tanto, el de un historiador ni el de un experto en filosofía griega, sino el de un científico de hoy que procura reflexionar sobre la naturaleza del pensamiento científico, así como sobre el papel que este pensamiento ejerce en el desarrollo de la civilización. A diferencia de la mayoría de los autores que se interesan por Anaximandro, mi objetivo no es reconstruir tan fielmente como sea posible su pensamiento y su universo conceptual. Para esta reconstrucción me apoyo sin más en los magistrales trabajos llevados a cabo por helenistas e historiadores como Charles Kahn, Marcel Conche o, más recientemente, Dirk Couprie. No busco modificar o complementar las conclusiones a las que llegan esas reconstrucciones, sino ilustrar la profundidad del pensamiento que se desprende de ellas y el papel que dicho pensamiento ha tenido en el desarrollo del saber universal.

El segundo motivo de la infravaloración del pensamiento de Anaximandro, así como de otros aspectos del pensamiento científico griego, es una sutil y difusa incomprensión de ciertos aspectos centrales del pensamiento científico.

La fe en la ciencia, típica del siglo XIX, la exaltación positivista de la ciencia como conocimiento definitivo acerca del mundo, hoy se ha venido abajo. El primer responsable de este desmoronamiento es la revolución de la física en el siglo xx, que ha revelado que, a pesar de su increíble eficacia, la física de Newton es, en un sentido muy preciso, errónea. Amplios sectores de la filosofía de las ciencias posterior pueden leerse como intentos de redefinir, sobre esta tabula rasa, la naturaleza de la ciencia.

Determinadas corrientes han tratado de encontrar los fundamentos seguros de la ciencia, por ejemplo, restringiendo el contenido cognoscitivo de sus teorías a la simple capacidad de predecir cantidades o el comportamiento de fenómenos directamente observables o verificables. Según otros enfoques, las teorías científicas se analizan como construcciones mentales más o menos arbitrarias que no pueden confrontarse directamente entre sí o no pueden hacerlo con el mundo, si no es en sus consecuencias más prácticas. Con este tipo de análisis, sin embargo, se pierden de vista los aspectos cualitativos y acumulativos del saber científico, que no solo son inseparables de los puros datos numéricos sino que son principalmente el alma y la razón de ser de la ciencia.

En el otro extremo del espectro, parte de la cultura contemporánea devalúa radicalmente el saber científico, alimentando un anticientificismo difuso. A partir del siglo XX el pensamiento racional se muestra lleno de incertidumbres. Florecen diversas formas de irracionalismo, tanto en la opinión pública como en círculos cultivados, alimentándose del vacío abierto por la pérdida de la ilusión de que la ciencia puede proporcionar una imagen definitiva del mundo —alimentándose del miedo a aceptar nuestra ignorancia—. Como si fuera mejor tener certezas falsas que incertidumbres…

Pero la ausencia de certezas, lejos de ser su debilidad constituye, y ha constituido siempre, el secreto de la fuerza de la ciencia, entendida como pensamiento de la curiosidad, de la rebelión y del movimiento. Sus respuestas no son creíbles porque sean últimas; son creíbles porque son las mejores de que disponemos en un momento dado de la historia de nuestro saber. Precisamente porque sabemos no considerarlas definitivas, esas respuestas pueden ser cada vez mejores.

Desde este punto de vista, los tres siglos de ciencia newtoniana no se identifican ciertamente con «la Ciencia», como se piensa demasiado a menudo. No son mucho más que un momento de pausa en el camino de la ciencia, a la sombra de un éxito enorme. Al poner en cuestión la física de Newton, Einstein no puso en peligro la posibilidad de entender cómo funciona el mundo. Al contrario, recuperó el camino: el camino de Maxwell, de Newton, de Copérnico, de Ptolomeo, de Hiparco y de Anaximandro, esto es, poner en constante discusión los fundamentos de nuestra visión del mundo para mejorar de manera constante.

Cada paso dado por estos personajes, al igual que por otros innumerables de no tanta relevancia, afecta profundamente nuestra imagen del mundo y llega incluso a modificar el sentido de la noción de imagen del mundo. No se trata aquí de cambios en puntos de vista arbitrarios, sino de engranajes en la inagotable riqueza de las cosas, que se enlazan uno tras otro. Cada paso nos revela un nuevo mapa de la realidad, que nos explica un poco mejor cómo es el mundo. Buscar el extremo de esa madeja, el punto fijo metodológico o filosófico donde anclar esta aventura es traicionar su naturaleza inherentemente evolutiva y crítica.

Sería ingenuo pretender saber cómo está hecho el mundo tomando como base lo poco que sabemos; sería francamente absurdo despreciar lo que sabemos solo porque mañana podremos saber un poco más. Una carta geográfica no pierde su valor cognitivo solo porque sabemos que puede haber otra más precisa. A cada paso corregimos un error, obtenemos un elemento de conocimiento añadido que nos permite ver un poco más allá. La humanidad recorre un camino hacia el conocimiento que sabe mantenerse lejos de las certezas de los que se creen depositarios de la verdad, sin que por ello sean incapaces de reconocer quién tiene razón y quién está equivocado, como así quisiera que fuera una parte del pensamiento contemporáneo. Este es el punto de vista que intentaré desarrollar en la parte final de este texto.

Volver a las raíces antiguas del pensamiento racional de la naturaleza, entendida en este sentido más amplio, es por tanto para mí una manera de ilustrar lo que considero que son ciertas características centrales de este pensamiento. Hablar de Anaximandro es también reflexionar sobre el sentido de la revolución científica abierta por Einstein, que es el tema central en que me ocupo como físico, especialista en gravedad cuántica.

La gravedad cuántica es un problema abierto en el corazón mismo de la física teórica contemporánea. Para resolverlo, probablemente sea necesario cambiar de manera radical nuestros conceptos de espacio y tiempo. Anaximandro transformó el mundo: de una caja cerrada por la parte de arriba por el cielo y por la de abajo por la Tierra hizo un espacio abierto en el que la Tierra flotaba. Solo teniendo en cuenta cómo son posibles tales transformaciones del mundo —prodigiosas como puedan ser— y por qué razón son «correctas», seremos capaces de enfrentarnos al desafío de comprender las transformaciones de las nociones de espacio y tiempo requeridas por la cuantificación de la gravedad.

Finalmente, un último itinerario, más difícil, sirve de base a este libro; un itinerario hecho de preguntas más que de respuestas. Preguntarse por la primera manifestación antigua del pensamiento racional de la naturaleza lleva, como es inevitable, a preguntarse por la naturaleza del saber que la precede históricamente y que todavía se propone hoy como antagónico: el saber de dónde nació este pensamiento y del cual se diferenció y contra el que se rebeló y se rebela todavía —así como por la relación entre uno y otro.

Al abrir, retomando las palabras de Plinio, «las puertas de la naturaleza», en realidad Anaximandro dio vía libre a un conflicto titánico: el conflicto entre dos formas de conocer profundamente diferentes. Por un lado, un saber nuevo acerca del mundo, fundado en la curiosidad, en la rebelión contra las certezas y, por tanto, en el cambio. Por otro, el pensamiento entonces dominante, principalmente místico-religioso y fundado, en gran medida, en certezas que por naturaleza no pueden ser puestas en discusión. Este conflicto ha atravesado la historia de nuestra civilización, siglo tras siglo, con victorias y derrotas de uno y otro.

Hoy, después de un período en el que las dos formas de pensamiento rivales parecían haber encontrado una forma de coexistencia pacífica, parece que este conflicto se abre de nuevo. Muchas voces, con orígenes políticos y culturales muy diferentes, cantan de nuevo al irracionalismo y a la primacía del pensamiento religioso. Hasta la fecha, Francia ha sabido mantenerse en parte alejada de esta gran marea, que inunda países tan diferentes como Estados Unidos, India, la mayoría de los países islámicos o Italia; pero también en Francia la confianza en el pensamiento racional va erosionándose en el ámbito público y el país no podrá eludir el retorno de lo religioso que ya observamos en el resto del mundo. De ello vamos viendo los signos.

Esta nueva confrontación entre pensamiento positivo y pensamiento místico-religioso nos remite casi a las disputas del tiempo de la Ilustración. Para enfrentarnos a esos desafíos, una vez más, tal vez sea insuficiente volver nuestra mirada hacia el último decenio o hacia los cuatro últimos siglos. Se trata de una oposición más profunda, en la que la escala del tiempo se mide en milenios y no en siglos, y que posiblemente tiene que ver con la lenta evolución de la civilización humana misma, con la estructura profunda de su organización conceptual, social y política. Son de tan amplio alcance esos temas tan vastos que no puedo hacer mucho más que plantear preguntas y buscar algunos inicios de reflexión; pero son sin duda temas centrales para nuestro mundo y para su futuro. El final incierto de este conflicto determina nuestra vida de cada día y el destino de la humanidad.

No quiero sobrestimar a Anaximandro, de quien en el fondo sabemos muy poco. Sin embargo, en la costa jónica, hace veintiséis siglos, alguien inició un nuevo camino para el conocimiento y una nueva senda para la humanidad. La bruma que nos oculta el siglo VI a.C. es espesa, y sabemos demasiado poco del hombre Anaximandro para poder atribuirle con certeza esa gigantesca revolución. Pero la revolución, el nacimiento del pensamiento de la curiosidad y del movimiento, ciertamente ocurrió. Que Anaximandro sea su único autor, o que sea simplemente el nombre para designarla que nos sugieren algunas fuentes antiguas, en el fondo, nos interesa menos.

De esta extraordinaria revolución iniciada hace veintiséis siglos en la costa turca y en cuyo ámbito vivimos todavía hoy quiero hablar. Y del conflicto que inició, que todavía permanece vivo.

1 Esta situación está cambiando. Estudios recientes convergen con la tesis de este libro. Daniel Graham, en un libro muy reciente acerca de la filosofía jónica, llega a conclusiones muy similares (cfr. Explaining the Cosmos, Princeton, Princeton University Press, 2006). En la introducción de la colección de ensayos Anaximandre in context (Albany, SUNY Press, 2003) leemos: «Estamos convencidos de que Anaximandro es una de las mentes más grandes que han existido, y creemos que este hecho no se refleja suficientemente en los estudios existentes». Dirk Couprie, que ha estudiado con profundidad la cosmología de Anaximandro concluye: «Sin ningún tipo de duda, lo considero igual que a Newton» (íbíd.).

AGRADECIMIENTOS

Gracias a Fabio Soso por haberme transmitido su pasión por la ciencia antigua. A Dirk Couprie, uno de los principales especialistas en Anaximandro, por haber leído con paciencia estas páginas y haber corregido mis peores errores. Y a mis padres, por mucho más.

1. EL SIGLO VI ANTES DE NUESTRA ERA

Un panorama del mundo

En el año 610 a.C., año del nacimiento de Anaximandro de Mileto, todavía faltan casi doscientos años para que llegue la edad de oro de la civilización griega, la época de Pericles y Platón.

En Roma, según la tradición, reina Tarquinio el Antiguo. Hacia la misma época los celtas fundan Milán, y colonos griegos, emigrados de la Jonia de Anaximandro, fundan Marsella. Homero —o lo que se designa con este nombre— había escrito la Ilíada dos siglos antes, y Hesíodo Los Trabajos y los días; pero muy pocos de entre los grandes poetas, filósofos y dramaturgos griegos habían producido su obra. En la isla de Lesbos, muy cerca de Mileto, florecía la joven Safo.

En Atenas, que empieza a desarrollar su poderío, está en vigor el severo código de Draco; aunque ya ha nacido Solón, que escribirá bien pronto la primera constitución que incorpore elementos democráticos.

El mundo mediterráneo no es un mundo primitivo, ni mucho menos: la gente vive en ciudades desde hace al menos diez mil años; el gran reino de Egipto existe desde hace más de veinte siglos, un período de tiempo tan largo como el que nos separa hoy de Anaximandro.

El nacimiento de Anaximandro tiene lugar dos años después de la caída de Nínive, un importante acontecimiento histórico que marca el final del brutal poder asirio. Babilonia, con sus doscientos mil habitantes, es de nuevo la ciudad más grande del mundo, y va a serlo durante decenas de siglos. Nabopolasar, el vencedor de Nínive, reina en Babilonia.

Figura 2. Los imperios medio-orientales hacia el año 600 a.C.

Pero este retorno esplendoroso durará poco: ya amenaza por el este el poder persa naciente, dirigido por Ciro I, destinado a tomar muy pronto el control de Mesopotamia. En Egipto se acaba el largo reinado de Psamético I, el primer faraón de la XXVI dinastía, que recuperó la independencia de Egipto contra un moribundo imperio asirio y llevó a Egipto a la prosperidad. Psamético I había establecido estrechas relaciones con el mundo griego, reclutando a muchos mercenarios griegos para su ejército y animándolos a instalarse en Egipto. Mileto dispone por ello de una próspera colonia comercial en Egipto, Náucratis, lo cual sugiere que Anaximandro debía disponer de información de primera mano de la cultura egipcia.

En Jerusalén reina Josué, de la casa de David, que aprovecha la evolución de la situación internacional —el imperio de Asiria debilitado y una Babilonia todavía no demasiado poderosa— para reafirmar el orgullo de Jerusalén imponiendo el culto exclusivo a Yahveh. Destruye todos los objetos de culto de otros dioses, como Baal o Astarot, quema los templos, da muerte a los sacerdotes paganos que todavía viven y exhuma los huesos de los que ya están muertos2 con el fin de quemarlos sobre sus altares, inaugurando un comportamiento respecto a las otras religiones que más tarde será característico del monoteísmo, cuando este llegue a triunfar. Antes de la muerte de Anaximandro, el pueblo hebreo sucumbirá de nuevo, y será deportado a Babilonia, donde vivirá una vez más la trágica experiencia de la esclavitud; un cautiverio del que finalmente logrará liberarse, como había sucedido siglos antes, en Egipto, gracias a Moisés.

Con toda probabilidad, el eco de esos acontecimientos resuena en Mileto. Pero de otros hechos, desarrollados en otros continentes, probablemente se sabe muy poco en Asia Menor. Mientras Europa pasa de la Edad de Bronce a la Edad de Hierro, en América decae la secular civilización olmeca; en el noreste de India se van sucediendo los grandes reinos Mahajanapadas. Vardhamana Jina, el fundador del jainismo, que aboga por la no violencia frente a todos los seres vivos, es contemporáneo de Anaximandro: ya los indoeuropeos de Occidente están concentrándose en cómo pensar el mundo y los de Oriente en cómo vivir mejor la vida…

Kuang de Zhou ha subido recientemente al trono chino como duodécimo emperador de la gran dinastía Zhou. Este es el período conocido como «la Primavera y el Otoño», en el que se produce una descentralización del poder, marcado por las luchas feudales, pero también por una vitalidad y una diversidad cultural que China pronto perderá por mucho tiempo, tal vez a cambio de una cierta estabilidad interna, ciertamente imperfecta, pero sin duda superior a la del belicoso Occidente.

La civilización humana está en marcha hace milenios, y relativamente estructurada, cuando en los albores del siglo VI nace Anaximandro de Mileto. Las ideas atraviesan continentes, lo mismo que las mercancías. Quizá sea posible comprar seda china en Mileto, como sucederá dos siglos más tarde en Atenas. La mayoría de los hombres se ocupa de sobrevivir con el cultivo de la tierra, la cría de ganado, la pesca, la caza, el comercio; otros, exactamente como hoy, tratan de sobrevivir amasando poder y riqueza, haciendo la guerra.

El saber del siglo VI: la astronomía

¿Cuál es el clima cultural en este mundo, y hasta dónde llegan sus conocimientos? Es difícil hacerse una idea clara, ya que el siglo VI —a diferencia de los siglos siguientes, en particular locuaces— nos ha dejado relativamente pocos testimonios escritos. En la época de Anaximandro ya habían sido escritos algunos grandes libros, cuya influencia ha llegado hasta nosotros, como amplias partes de la Biblia —el Deuteronomio probablemente fue escrito en esos años—, el Libro de los muertos egipcio y las grandes epopeyas como el Gilgamesh, el Mahabharata, la Ilíada y la Odisea —espléndidas y grandiosas historias en las que la humanidad se refleja a sí misma, con sus sueños y sus locuras.

La escritura se utiliza desde hace tres milenios. Se han escrito leyes al menos desde hace doce siglos, después de que Hammurabi, el sexto rey de Babilonia, mandara grabarlas en espléndidos bloques de basalto, alzados en cada una de las ciudades de su inmenso imperio. Puede contemplarse uno de estos bloques en el museo del Louvre. Es difícil resistirse a la emoción que suscita la contemplación de ese objeto.

¿Y el conocimiento científico? En Egipto, y más todavía en Babilonia, se desarrollaron matemáticas rudimentarias que hoy conocemos gracias a la recopilación de datos y prácticas. A los escribas egipcios jóvenes, por ejemplo, se les enseña cómo resolver problemas de dividir sacos de grano en fracciones iguales entre acreedores o teniendo en cuenta determinadas proporciones. (Un comerciante tiene 20 sacos de grano para pagar a dos trabajadores, sabiendo que uno de los dos ha trabajado tres veces más tiempo que el otro: ¿cuánto debe dar a cada uno?). Se conocen técnicas para dividir un número por 2, 3, 4 y 5, aunque no por 7. Si la solución del problema implica dividir por 7, el problema ha de reformularse en otros términos. Para calcular el perímetro de un círculo en función de su radio se utiliza la constante bautizada hoy como «pi» (3,14…), a la que se da comúnmente el valor de 3. Los egipcios saben que un triángulo cuyos lados están en la relación de 3:4:5 posee un ángulo recto. He tratado de evaluar de manera global el nivel de estas matemáticas, partiendo de reconstrucciones modernas, y creo que podemos compararlo con el de un buen estudiante de educación primaria, de 7 a 9 años. A menudo se habla del «extraordinario desarrollo de las matemáticas babilónicas». Esto es ciertamente correcto, pero no debemos confundirnos: son técnicas que hoy aprendemos en la escuela primaria. Quedémonos con que ha sido todo menos algo fácil para la humanidad reunir conocimientos que un niño de ocho años hoy asimila sin ninguna dificultad.

El saber de Egipto, Babilonia, Jerusalén, el de Creta o Micenas, o el de China o México, se concentra en las grandes cortes reales e imperiales. La forma fundamental de la organización política de las primeras grandes civilizaciones es, efectivamente, la monarquía, es decir, la centralización del poder. Se puede decir, sin exagerar, que en el siglo VI las grandes monarquías son las grandes civilizaciones. La ley, el comercio, la escritura, el saber, la religión, la estructura política, todo transcurre en los palacios reales e imperiales. Esta estructura monárquica permite el desarrollo de la civilización. Es la garantía de la estabilidad y la seguridad necesarias para la compleja urdimbre de las interrelaciones sociales. Una estabilidad, sin embargo, que no pone a los hombres a salvo de las grandes catástrofes —tal como sucede hoy.

La corte de Babilonia mantiene registros de los hechos importantes o notables, como los precios del grano, las catástrofes naturales y datos astronómicos, eclipses y posiciones de los planetas —iniciativa crucial para el futuro desarrollo de la ciencia—. Ocho siglos más tarde, bajo el Imperio romano, Ptolomeo todavía podrá utilizar con cierta confianza esos datos. Incluso se lamentará de no tener acceso a todos los documentos babilónicos acerca de las posiciones de los planetas; de todas maneras, dispone de una tabla de eclipses compilada durante el reinado de Nabonasar, hacia el 747 a.C., un siglo antes de Anaximandro; una fecha que este último elegirá como año cero de sus cálculos astronómicos.

El registro de datos astronómicos es más antiguo. Disponemos de una tablilla cuneiforme, reproducida en la figura 3, que contiene el listado —correcto— de las posiciones de Venus en el cielo, establecido durante un período de varios años en el reinado de Ammisaduqa, hacia el 1600 a.C., mil años antes que Anaximandro.

Conviene que nos detengamos un momento en la consideración de esta astronomía antigua, porque guarda una estrecha relación con la ciencia futura. ¿Qué significado tenían esos datos para los babilonios? ¿Con qué fin los registraban? ¿Por qué les interesaba el cielo?

Figura 3. Tablilla de caracteres cuneiformes grabada en Nínive en el siglo VII a.C. (British Museum). Contiene las observaciones de la posición de Venus en el cielo efectuadas bajo Ammisaduqa, mil años antes.

No es difícil responder a estas preguntas; la razón está grabada de forma explícita en innumerables tablillas antiguas,3 que han llegado hasta nosotros. Por un lado, los hombres se dieron cuenta de la existencia de regularidades en ciertos fenómenos celestes e hicieron uso de ellas. Por otro, rápidamente buscaron una relación entre los fenómenos del cielo y los fenómenos humanos. Distingamos estos dos aspectos.

El movimiento relativo del Sol y de las estrellas en el cielo se llegó a entender hace siglos con una claridad muy superior a la que suele tener un profesor medio de universidad en la actualidad. Por ejemplo, Hesíodo hace clara referencia al hecho de que, para saber en qué momento del año estamos, es decir, para saber la fecha, basta observar qué constelación aparece por el Este al amanecer. Imagino que son pocos los profesores de universidad que son capaces de decir lo mismo. El clima mediterráneo impone al mundo rural un seguimiento muy escrupuloso de los ritmos anuales, pero en un mundo sin calendarios ni periódicos esto no es tarea fácil. El cielo y las estrellas ofrecen una solución simple a estos problemas; los hombres se dieron cuenta de ello hace siglos, y el conocimiento correspondiente a estos hechos se difundió. Así, en Los trabajos y los días, Hesíodo escribe estas líneas tan bellas:

Cuando […] la estrella Arturo abandona la sagrada corriente del Océano y por primera vez se eleva brillante al anochecer, detrás de ella la Pandiónida golondrina de agudo llanto salta a la vista de los hombres en el momento en que comienza de nuevo la primavera. Anticípate a ella, y poda las viñas, pues así es mejor.

y

Cuando Orión y Sirio lleguen a la mitad del cielo y la Aurora de rosados dedos pueda ver a Arturo ¡oh Perses!, entonces corta y lleva a casa todos los racimos, déjalos al sol diez días y diez noches, y cinco a la sombra; al sexto, vierte en jarras los dones del muy risueño Dioniso. Luego que se oculten las Pléyades, las Híades y el forzudo Orión, acuérdate de que empieza la época de la labranza. Y ¡ojalá que el año sea propicio dentro de la tierra!4

(Perses, mencionado en el poema, es el hermano de Hesíodo.) Y añade:

Si se despierta el deseo de la arriesgada navegación, te advierto de que [...] cuando las Pléyades, huyendo del forzudo Orión, caigan al sombrío ponto, entonces soplan ráfagas de toda clase de vientos.

En resumen, para Hesíodo, está claro que, para conocer el mes en curso, basta observar las estrellas: la aparición de la estrella Arturo sobre el mar, por la noche (primavera), la posición de la constelación de Orión y de la estrella Sirio en el cenit (inicio del otoño), el crepúsculo definitivo de la constelación de las Pléyades (fin del otoño y comienzo del invierno). Como está escrito en el Génesis, los astros fueron creados en el cuarto día «para que sirvan de signos».

A veces, Hesíodo parece atribuir a las estrellas mismas la causa de las percepciones de los hombres, como en esos versos sublimes acerca del calor del verano:

Cuando el cardo florece y la cantora cigarra, posada en el árbol, derrama sin cesar por debajo de las alas su agudo canto, en la estación del agotador verano, entonces son más ricas las cabras y mejor el vino, más sensuales las mujeres y los hombres más débiles, porque Sirio les abrasa la cabeza y las rodillas, y su piel está reseca por la calima.

Es difícil saber si esta atribución de la debilidad humana a la estrella Sirio debe entenderse de un modo literal o si aquí Sirio no significa otra cosa que el propio verano. La distinción probablemente no es relevante en este contexto: Hesíodo evoca el hecho de que cuando Sirio está alto en el cielo (es decir, en verano), entonces los hombres son débiles, sin interesarle ninguna teoría causal. Nosotros podemos decir: «A primeras horas de la tarde tengo sueño», sin considerar que la causa de nuestra somnolencia puede ser el almuerzo y no la hora del día.

Esto nos lleva a la segunda, y más importante, regla de la astronomía antigua: el interés por poner en relación los fenómenos celestes con los fenómenos humanos. Tanto si se tiene en cuenta como si no la distinción entre influencia causal y coincidencia temporal, y si esta distinción es significativa o no lo es en el siglo VI a.C., la cuestión de la relación entre los fenómenos celestes y los asuntos humanos está presente desde la más remota antigüedad. Volviendo a Babilonia, leemos por ejemplo en una tablilla sumeria diez siglos antes de Anaximandro:

En el decimoquinto día del mes, Venus ha desaparecido. Durante tres días ha permanecido ausente del cielo. A continuación, en el decimoctavo del mes undécimo ha reaparecido por el Este. Han brotado nuevas fuentes, el dios Adad ha enviado lluvia, y la diosa Ea sus inundaciones...5

Esta presentación conjunta de un acontecimiento celeste y un suceso terrestre es la forma casi universal de los textos cuneiformes de que disponemos que se refieren al cielo. Veamos, por ejemplo, la traducción de la tablilla conocida como Enûma Anu Enlil, que interpreta la aparición del Sol en el cielo al amanecer:

Si el mes de Nisannu [primer mes del calendario babilónico, en torno a marzo-abril] el Sol del amanecer aparece salpicado de sangre y si la luz es fría, entonces la rebelión no se detendrá en el país y el dios Adad provocará una masacre.

Si en el mes de Nisannu la aurora aparece salpicada de sangre, habrá guerras por todo el país.

Si el primer día de Nisannu la aurora aparece salpicada de sangre, habrá mucha aspereza y se comerá carne humana.

Si el primer día del mes de Nisannu la aurora aparece salpicada de sangre y si la luz es fría, el rey va a morir y habrá luchas por todo el país.

Si esto ocurre el segundo día del mes de Nissan, otro oficial del rey morirá y la lucha continuará por todo el país.

Si el tercer día del mes de Nisannu la aurora amanece salpicada de sangre, habrá un eclipse.

En todos los documentos babilónicos aparece de manera clara que el elenco de datos astronómicos de la posición de los planetas y los eclipses se relaciona con la creencia de que todos se correlacionan con eventos de interés directo para la humanidad, como guerras, inundaciones, muerte del gobernante, etc.