El ocaso de un imperio - Daniel Boixeda de Miquel - E-Book

El ocaso de un imperio E-Book

Daniel Boixeda de Miquel

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Beschreibung

El Ocaso de un Imperio constituye la tercera y última parte de una obra más amplia, Los gemelos de Can Vilaró, que pretende repasar, a través de las vidas de dos hermanos gemelos, los problemas y las tribulaciones que tuvo que sufrir la población española y, en particular, los habitantes de Cataluña, durante un período fundamental de nuestra historia: el último tercio del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX. Estos años abarcan la crisis del Antiguo Régimen en España, la ocupación napoleónica o Guerra de Independencia (1808-1814), las revoluciones liberales en América, las Cortes de Cádiz (1812), la restauración del absolutismo (1814-1820), el Trienio Liberal (1820-1823), el restablecimiento del absolutismo (1823), la llamada Década Ominosa (1823-1833) y la Primera Guerra Carlista (1833-1840). La tercera entrega de Los gemelos de Can Vilaró comienza en 1820, cuando el rey Fernando VII se ve obligado a jurar la Constitución, dando inicio al periodo conocido como Trienio Liberal. Los dos hermanos Vilaró, ya maduros y con hijos adultos, viven separados por un océano: Quim está en Barcelona, trabajando en la industria textil, y su hermano Bernat está en Cuba, dedicado al cultivo de tabaco y caña de azúcar. Territorios separados por miles de kilómetros que, no obstante, siguen perteneciendo a un mismo imperio, aunque no lo harán por mucho más tiempo. Durante las convulsas décadas siguientes, España irá perdiendo poco a poco sus colonias de ultramar, a la vez que la situación política en el país se complicará por la disputa entre los dos aspirantes al trono tras la muerte de Fernando VII, que dará lugar a las tres Guerras Carlistas. Además, la obra refleja la participación española, y especialmente la catalana, en la trata de esclavos cuando ya estaba prohibida en muchos países, llevada a cabo de forma oculta por algunas familias de la incipiente burguesía catalana. Todo ello hace de esta novela histórica un libro de ficción apasionante.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Daniel Boixeda de Miquel

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1089-478-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Dedicado a mi cuñada Astrid Martínez, paciente lectora de todas mis novelas, a las que ha aportado sus sugerencias y correcciones, que han contribuido a mejorarlas.

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Yo soy y seré perpetuamente, acérrimo defensor de los derechos, libertades e independenciade nuestra América, cuya honrosa causa defiendo y defenderé toda mi vida; tanto porque es justa y necesaria para la salvación de sus desgraciados habitantes, como porque interesa además en el día a todo el género humano.

Francisco de Miranda.

Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional…

Fernando VII jura la Constitución de Cádiz.

10 de marzo de 1820.

Lascadenas se rompen con ideas

y no a bayonetazos.

Concepción Arenal.

La Democracia es el destino de la humanidad.

La libertad su brazo indestructible.

Benito Juárez.

PRÓLOGO

Al igual que en las entregas anteriores de Los gemelos de Can Vilaró, en esta tercera parte de la saga familiar se narran las vidas de los hermanos dando un gran peso a los acontecimientos históricos que las enmarcan. Y no es para menos, pues las dos décadas que abarca la novela —entre los años 1820 y 1842— son años de importantes cambios para el que, hasta entonces, era el Imperio en el que nunca se ponía el Sol.

Aprovechando que cada uno de los hermanos Vilaró vive en un extremo de este imperio, los lectores se benefician de dos perspectivas diferentes. A un lado del Atlántico, en Barcelona, Quim y su familia seguirán de cerca y sufrirán los acontecimientos que desembocarán en la Primera Guerra Carlista, y los desencuentros entre absolutistas y liberales que marcarán los conflictos de esas décadas y las siguientes. Especialmente relevantes serán los desórdenes que se producirán en la ciudad en los últimos meses de 1842, y que culminarán con el bombardeo de Barcelona por parte del capitán general Van Halen el día 3 de diciembre. Mientras tanto, en Cuba, donde reside Bernat tras los trágicos sucesos que le obligaron a alejarse de su hermano y el resto de su familia, las preocupaciones son otras: las provincias de ultramar empiezan a reclamar su independencia de España, y es evidente que la escisión de Cuba solo será cuestión de tiempo. Además, los cada vez más grandes esfuerzos a nivel internacional por abolir la esclavitud plantearán un cambio de paradigma para aquellos terratenientes que, como Bernat, obtienen de los esclavos su principal mano de obra.

En las páginas de esta novela, los lectores encontrarán un ameno relato de un periodo del que únicamente nos separan dos siglos, pero donde aún se cuestionan valores y libertades que ahora damos por hechos. Un mundo muy diferente, pero que está poco a poco convirtiéndose en el que conocemos ahora, con el avance del liberalismo y el desarrollo de innovaciones industriales. La novela logra así hacer una exhaustiva revisión de esos años, incorporando incluso documentos y artículos de prensa de la época. Las alegrías y tragedias de la familia Vilaró se narran imbricadas con los sucesos que atañen a monarcas y militares, recordándonos que la historiografía no debería limitarse a recordar a los grandes nombres que encontramos en los libros de historia, sino también tener en cuenta las millones de experiencias y vidas anónimas que transcurrieron contemporáneamente y que también fueron parte, en mayor o menor medida, de estos sucesos que ahora llamamos «la historia de nuestro país».

I

En el mes de febrero de 1820, en la ciudad de Barcelona hacía un tiempo bastante más húmedo y frío del que correspondía a aquella época del año, por lo que sus ciudadanos intentaban resguardarse de las bajas temperaturas evitando permanecer en sus calles. Por ello todos los que podían se refugiaban en el interior de sus viviendas, procurando tener la chimenea encendida y las ventanas bien cerradas. Por el contrario, los que no tenían un hogar en su casa o no podían permitirse mantenerlo encendido, se protegían del frío refugiándose en el interior de los cafés y las tabernas, donde se respiraba un aire denso, mezcla del humo de tabaco, la combustión de las brasas que intentaban calentar el local y del calor que despedían los cuerpos humanos allí congregados.

Debido a la difícil situación económica que atravesaba la metrópoli, el ambiente en la ciudad de Barcelona era de desasosiego y de gran preocupación. Las malas cosechas y el progresivo deterioro del comercio marítimo eran los principales responsables del quebranto de la economía ciudadana. Este deterioro financiero y mercantil había dado lugar a que en los últimos meses, varias fábricas se habían visto obligadas a cerrar y mucha gente se había quedado en paro y no teniendo alimentos que llevarse a la boca, no habían tenido más remedio que recurrir a la caridad ciudadana. Había tanta gente sin trabajo en la ciudad de Barcelona, que las autoridades se habían visto forzadas a recurrir a las instituciones de caridad, la mayoría pertenecientes a la Iglesia, para poder alimentar a la población que demandaba ayuda.

Desde que Quim Vilaró se había afincado en la ciudad de Barcelona, solía acudir dos o tres veces a la semana, al finalizar su trabajo en la fábrica textil, a la tertulia del Café de los Guardias, que estaba situada en el Teatro Principal de las Ramblas. Las Ramblas eran un paseo bordeado por olmos, que proporcionaban sombra a los viandantes, que había sustituido al cauce de la riera del Cagatell.

Al acceder al establecimiento aquel día de enero, se encontró con que algunos de los tertulianos habituales ya estaban sentados alrededor de la mesa de mármol donde se solían reunir y la conversación ya se había iniciado. Quim se acercó a la mesa y aproximando una silla, saludó con un gesto a los allí reunidos, sin verbalizar ninguna palabra, para no interrumpir al tertuliano que tenía la palabra y después de pedir al camarero que le sirviera un vaso de vino, tomó asiento en la silla que había colocado en un hueco que quedaba libre.

El contertulio que estaba hablando, comentaba la noticia que estaba de actualidad en la ciudad durante los últimos días. En Barcelona corrían rumores de que en Andalucía se había producido un pronunciamiento militar, que había vuelto a proclamar la Constitución de Cádiz de 1812, que había sido anulada por el rey Fernando VII al reincorporarse al trono tras la Guerra de la Independencia contra los franceses, hacía ya seis años, restableciendo así la monarquía absoluta, decisión que contaba con el apoyo de la mayoría de las monarquías europeas.

José Centellas, un armador que tenía sus oficinas en la zona del puerto, tomó la palabra para decir:

—Esta mañana, varios oficiales del barco correo procedente de Cádiz me han confirmado que el pasado uno de enero se produjo en Cabezas de San Juan un alzamiento militar encabezado por un teniente coronel llamado Rafael de Riego al frente del batallón Asturias, que ha proclamado la Constitución de 1812, abolida por el rey Fernando VII, cuando recuperó su trono, después de que expulsáramos a los franceses.

—¿Alguien sabe quién es este teniente coronel? —preguntó uno de los tertulianos, pasando su mirada por todos los allí reunidos,

—¡Yo lo conozco! —El que respondió era Félix de Artaza, un teniente coronel de la guarnición asentada en la ciudad de Barcelona—. Fuimos compañeros de armas.

—¿Y, qué es lo que sabe usted de él? —preguntó el mismo tertuliano que había hablado antes.

—Rafael de Riego es un asturiano que estudió leyes en la Universidad de Oviedo. Al finalizar sus estudios, se incorporó a la Guardia Real del rey Carlos IV, pero tras el motín de Aranjuez, su compañía fue disuelta y tuvo que volver a Asturias. Cuando se produjo la invasión de los franceses, la Junta Suprema del Principado de Asturias lo nombró capitán ayudante del general Acevedo, jefe de la División Asturiana. Allí fue donde yo lo conocí. Después de varias escaramuzas contra los franceses, su regimiento, que también era el mío, fue completamente arrollado por las tropas del mariscal Víctor y Riego fue hecho prisionero, junto a muchos otros y deportado a Francia. Yo tuve mejor suerte, ya que pude escapar y no caer prisionero, por lo que le perdí la pista.

—Según mis informantes —añadió el comerciante José Centellas no queriendo perder protagonismo—, los hechos se desarrollaron de la siguiente forma: como ustedes ya conocen, el Gobierno lleva tiempo intentando reunir un cuerpo expedicionario en la bahía de Cádiz, cuyo destino es las colonias americanas y aunque ya se ha logrado reclutar unos veinte mil hombres, no los han podido enviar al otro lado del Atlántico por falta de embarcaciones de transporte, ya que la mayoría de los barcos disponibles son viejos o están en muy mal estado.

—Efectivamente, el motivo de no poder enviar las tropas a América ha sido y sigue siendo el mal estado de los barcos. Recordarán ustedes que esta falta de naves de transporte motivó que el Gobierno comprara a Rusia varios barcos, pero fue engañado por los rusos, ya que resultó que los barcos que les vendieron estaban en mal estado a pesar del elevado precio pagado por ellos. —Era Félix de Artaza quien había interrumpido de nuevo la explicación de Centellas, quien un tanto molesto por la interrupción, continuó con su relato, dirigiendo al militar una mirada de reproche.

—Además, debido a los escasos recursos del tesoro público, los soldados de este ejército expedicionario están mal equipados y los oficiales reciben sus pagas con retraso, por lo que la moral de todos era muy baja. Según mis informantes, fueron estas circunstancias las que hicieron que varios jefes y oficiales expedicionarios se implicaran en una conjura contra el Gobierno, promovida por destacados miembros de la burguesía gaditana. Pero una delación de última hora condujo al arresto de los principales responsables de la conjura, entre los que se encontraba el coronel San Miguel, comandante del batallón Asturias, en el que Riego estaba destinado, al mando de uno de sus regimientos.

Centellas hizo una pausa para dar un trago de vino del vaso que tenía enfrente de él. Una vez saciada su sed y aclarada su garganta, prosiguió con su relato.

—Mientras tanto, el coronel Antonio Quiroga, que había sido liberado hacía poco tiempo de la cárcel, a la que había sido condenado por haber participado en otro complot anterior, logró la sublevación de los batallones España y de la Corona, lanzándose contra Cádiz, pero sin obtener resultados, salvo lograr establecerse en la isla de León a las puertas de la ciudad, bloqueando la plaza, donde se le unió Riego.

»Pero los rebeldes no consiguieron tomar la ciudad de Cádiz, ya que el Gobierno envió al general Freire a combatir a los insurgentes, reforzando militarmente la ciudad de Cádiz con tropas transportadas por mar. Tras la delación, el coronel Evaristo San Miguel, que era el jefe del batallón Asturias, como ya les he comentado, fue detenido junto con otros jefes y oficiales, con la acusación de estar implicados en una conjura promovida por destacados miembros de la burguesía gaditana. Riego, que era paisano y amigo de San Miguel, además de teniente coronel del batallón Asturias acuartelado en Cabezas de San Juan, tras un consejo de oficiales, asumió el mando del batallón y decidió seguir adelante con el pronunciamiento, a pesar del fracaso del intento de tomar Cádiz, proclamando la Constitución de 1812, el primer día de 1820.

»A finales de enero, Riego al frente de su batallón abandonó la isla de León, para emprender una expedición por Andalucía con la intención de desbloquear la situación, lanzando proclamas revolucionarias en los lugares por donde iba pasando.

—Aquí en Barcelona, deberíamos apoyar este pronunciamiento. ¡Ya es hora de obligar al rey a que preste juramento a la Constitución de Cádiz! —afirmó Quim, que veía en este levantamiento una oportunidad para librarse de aquel rey, que consideraba indigno de dirigir a los españoles.

—El ambiente entre muchos jefes y oficiales de la guarnición de Barcelona es favorable a la reimplantación de la Constitución de Cádiz y apoyarían una toma de postura en este sentido de esta ciudad —respondió el teniente coronel Félix de Artaza, que desde que se conocieron, había establecido una buena amistad con Quim.

—Debemos apoyar este levantamiento en Andalucía, si queremos que se vuelva a implantar la Constitución de Cádiz —afirmó una vez más Quim con convicción.

—¿Qué podemos hacer nosotros? Tan solo somos doce tertulianos —apuntó uno de los contertulios, que era propietario de una imprenta, cuyo nombre era Agustín Graells.

—Por ejemplo, podríamos redactar algunos escritos informando a los ciudadanos de Barcelona de lo que está pasando en Andalucía, animándoles a sublevarse también en nuestra ciudad. Lo importante es no dejar pasar la ocasión —respondió Quim mirando fijamente uno a uno a todos los tertulianos, luego señalando el impresor, continuó diciendo—. Usted, Graells, podría ayudarnos imprimiendo los pasquines en su imprenta.

Ninguno de los tertulianos se atrevió a responderle y todos permanecieron callados, no querían comprometerse públicamente por miedo a las consecuencias, hasta que se viera la evolución del alzamiento gaditano. Al terminar la tertulia, el teniente coronel Félix de Artaza le comentó a Quim que le gustaría hablar con él a solas, por lo que quería invitarlo a cenar. Quim aceptó la invitación y quedaron en concertar el día de la cena en la siguiente semana.

Quim, como solía hacer cuando vivía en Arenys, procuraba mantenerse informado de los acontecimientos que tenían lugar en Cataluña y en el resto de España, leyendo todos los días los principales periódicos que se publicaban en la ciudad de Barcelona: Gaceta de Cataluña, Diario de la ciudad de Barcelona y la Gaceta extraordinaria de Barcelona o en Madrid: Semanario Mercurio de España que era un periódico oficial del Gobierno, censurado, administrado y orientado ideológicamente por el Estado, La gaceta de Madrid y el Diario de Madrid. Por ellos, en las siguientes jornadas, se fue enterando de cómo iba evolucionando la sublevación militar de Riego en Andalucía, en la que había depositado sus esperanzas de un cambio, que obligara a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812.

Fue de esta forma como se enteró de que el capitán general de Andalucía, O’Donnell, había perseguido con tenacidad a la columna revolucionaria comandada por Riego, consiguiendo alcanzarla en Marbella, donde este había proclamado su fidelidad a la constitución gaditana, ocasionándoles numerosas bajas y pérdidas de material bélico, a pesar de lo cual la persecución continuó, obligando a Riego y a sus hombres a cruzar el río Guadalquivir y buscar refugio en los alrededores de Sierra Morena.

También a través de la prensa, se enteró de que cuando el alzamiento gaditano parecía haber fracasado, la guarnición de La Coruña se había pronunciado también a favor de la Constitución de 1812, levantamiento que había sido apoyado poco más tarde por las juntas de El Ferrol y Vigo. Unos días después, los periódicos le informaron de que se había constituido en Oviedo una junta revolucionaria que había asumido el mando militar y político de la región. Durante los primeros días de marzo, también se pronunció en el mismo sentido la guarnición de Zaragoza, sirviendo de ejemplo a las provincias cercanas, que hicieron lo mismo.

En Zaragoza, se constituyó una Junta Superior Gubernativa presidida por el hermano del general Palafox, quien en el momento de tomar posesión pronunció las siguientes palabras:

«… abiertos nuestros adormecidos ojos, nos hemos movilizado para que el rey, que reconocemos, se una a la voluntad general de sus pueblos, convocando las Cortes Generales del Reino para el acierto de las deliberaciones que salven a nuestra patria».

Durante los meses de enero y febrero, el goteo de noticias en la ciudad de Barcelona sobre el pronunciamiento militar era constante. Rumores y novedades que rápidamente eran comentados con pasión en todos los cafés, tertulias y sociedades secretas de la ciudad, así como en las conversaciones que tenían lugar en el interior de las casas particulares de los barceloneses. Este ambiente favoreció que un grupo de personas partidarias de la Constitución de 1812 se reuniera para preparar una sublevación de la ciudad; entre ellos se encontraban varios oficiales de la guarnición de Barcelona, algunos de los cuales ya habían participado en la sublevación encabezada por el general Lacy unos meses antes.

La fecha elegida por los conspiradores de Barcelona para sublevarse era el domingo 5 de marzo. El general Castaños, que a la sazón era el capitán general de Cataluña, cuando se enteró a través de su red de espías del intento de insurrección, convocó a los presidentes de los gremios (1) y colegios de Barcelona para informarles de los hechos, comunicándoles que no se fiaba de muchos de los mandos militares, por lo que les solicitaba tranquilidad y les anunciaba que él no apoyaría la revuelta, sino todo lo contrario.

Los representantes de los gremios y colegios no quisieron comprometerse con el general Castaños, sino que por el contrario decidieron apoyar la conspiración, cerrando las puertas de sus talleres e incitando a sus trabajadores a que acudieran al Pla de Palau, plaza que estaba situada en las proximidades del puerto y que junto al Palacio Real, eran los lugares donde solían manifestarse desde hacía más de un siglo, los sectores populares de la ciudad de Barcelona y donde ponían de manifiesto sus protestas frente a las autoridades. Uno de los cabecillas de la conspiración era el diputado comunal Francisco Motal, cuya popularidad se había forjado al ser apresado en los calabozos de la ciudad, por apoyar e intentar liberar al general Lacy, tras el fracaso de su levantamiento.

Tras la reunión, Castaños mandó detener a los principales cabecillas de la insurrección.

Dos días más tarde, Quim Vilaró se reunió de nuevo en el Café de los Guardias con los tertulianos habituales, donde el teniente coronel Félix de Artaza informó al resto de los reunidos de que la misma noche en que se produjeron los arrestos, se habían reunido en casa del coronel jefe del regimiento de Córdoba, siete de los cabecillas de la insurrección que no habían sido capturados, con la intención de organizar un nuevo levantamiento, decidiendo que la insurrección tendría lugar tres días más tarde. El objetivo de la nueva insubordinación era capturar al gobernador de la ciudad y proclamar la Constitución de 1812. El teniente coronel Artaza informó también de que Zaragoza y Tarragona ya eran ciudades constitucionales.

Mientras tanto los líderes de la revolución que habían sido capturados por orden del general Castaños permanecían prisioneros en los calabozos de la Ciudadela, esperando a que se decidiera lo que se iba a hacer con ellos. Al amanecer del día siguiente, por orden de las autoridades, la columna de presos salió de la fortaleza de la Ciudadela en dirección al puerto, para embarcarse con destino a Cartagena y Mallorca.

A las ocho de la mañana del 10 de marzo, varios grupos de ciudadanos, integrados tanto por civiles como por militares, que portaban pañuelos blancos en sus manos y escarapelas con los colores rojo, amarillo y blanco en sus gorras o prendidas en sus pechos, enarbolando banderas tricolores, salieron a las calles en distintos puntos de la ciudad, gritando «Viva la Constitución» y tras concentrarse en distintas plazas públicas, se dirigieron al Pla de Palau, donde el capitán general Castaños tenía su residencia. Les seguían grupos de niños que, corriendo y saltado, coreaban gritos a favor de la Constitución. Viendo la algarada, muchos propietarios cerraron sus tiendas y sus fábricas, incitando a sus empleados y a los ciudadanos con los que se encontraban a acudir al palacio del capitán general de Cataluña, profiriendo gritos contra el general Castaños.

Quim al ver la multitud que se iba congregando en Las Ramblas, decidió seguirla para informarse de lo que ocurría y colocándose una de las escarapelas tricolores en su pecho, se incorporó a la corriente multitudinaria que se dirigía hacia el Pla de Palau. Cuando mezclado con el grupo de ciudadanos llegó a su destino, pudo comprobar que ya se había congregado una gran multitud frente a la residencia del general Castaños, constituida tanto por ciudadanos como por soldados de los regimientos acuartelados en la ciudad. Entre los allí reunidos, se comentaba el rumor de que al ver el gentío que se había congregado en la plaza, el general Castaños había decidido convocar a las dos del mediodía a todas las autoridades de la ciudad. Poco más tarde, el general hizo saber su decisión a toda la ciudadanía congregada en la plaza, mediante la publicación de unos pasquines, que se colocaron en distintos puntos de la ciudad y de la plaza, lo que logró calmar los ánimos de la multitud congregada frente a su residencia. Desde la posición en que se encontraba, Quim observó que tras leer los pasquines, el número de congregados frente al Palacio iba disminuyendo poco a poco, pero decidió permanecer en los alrededores, para ver la evolución de los acontecimientos en las horas siguientes, por lo que entró en una taberna mientras transcurría la espera.

A las dos del mediodía, tal y como se había informado, se reunió la Junta que había convocado el general Castaños. Mientras esta estaba reunida, se volvió a congregar frente al Palacio un gran gentío, proclamando a gritos su apoyo a la Constitución de 1812. Poco a poco los ánimos se fueron enardeciendo entre los que se habían juntado en la plaza, provocando que algunos de los más exaltados asaltaran la residencia del capitán general de Cataluña, sin que nadie de la guardia los detuviera.

Aquella misma tarde, incitados por algunos de los cabecillas, los reunidos en la plaza decidieron designar unas nuevas autoridades. Provistos de tinta y pluma, cuatro de ellos se sentaron en una mesa improvisada, donde iban tomando nota de los votos de los allí congregados. El resultado de aquella votación popular, fue el nombramiento del general Villacampa como nuevo capitán general de Cataluña y el del mariscal de campo Joaquín Ruiz de Porras como gobernador de la ciudad de Barcelona, a pesar de que gran parte de los ciudadanos pedía que se nombrara para este último cargo al coronel Fermín Escalera.

El general Villacampa, que era de origen aragonés, había sido condenado por haber apoyado la sublevación del general Lacy en abril de 1817, por lo que había permanecido encarcelado en la Ciudadela y el castillo de Montjuich durante dos años, permitiéndosele posteriormente ir a tomar las aguas en la villa de Arenys de Mar, desde donde acudía a menudo a Barcelona, para asistir a las reuniones de las juntas clandestinas, lo que explicaba su popularidad. El coronel Fermín Escalera fue finalmente nombrado jefe de la guarnición de la Ciudadela.

Pocos minutos después de que finalizaran estas elecciones improvisadas, se organizaron seis comisiones: la primera se encargaría de forzar la dimisión del general Castaños como capitán general de Cataluña, la segunda tenía que presionar al gobernador militar de Barcelona Francisco Copons, para que presentara la dimisión de su cargo. Otras tres comisiones se dirigieron a la prisión de la Ciudadela y a las sedes de la Audiencia y del Obispado, con la intención de abrir sus puertas y liberar a los presos políticos o por contrabando que allí hubiera. La última comisión debía dirigirse a Arenys de Mar, para traer a Barcelona al nuevo capitán general: el general Villacampa.

El grupo de ciudadanos que acudió a la Ciudadela con el objetivo de liberar a los constitucionalistas detenidos en la fortaleza, una vez hubo liberado a los presos, se enteró de que los condenados por el anterior levantamiento del general Lacy habían sido trasladados a Cartagena, lo que informaron a los cabecillas del levantamiento, que decidieron fletar un barco con destino a Cartagena, para exigir la liberación de los prisioneros y traerlos libres de nuevo a Barcelona.

La comisión que se dirigió hacia la Audiencia tenía la misión de liberar a los detenidos por contrabando de tabaco, pero al llegar a la institución no encontró ningún prisionero.

El grupo más numeroso fue el que se dirigió hacia la catedral y la residencia del obispo, donde la Milicia, que lo protegía, impidió que la muchedumbre entrara en la sede episcopal. Fue entonces, cuando el obispo de la ciudad salió al balcón del obispado aclamando la Constitución de 1812, palabras que fueron coreadas y aplaudidas con entusiasmo por los ciudadanos reunidos frente al palacio episcopal. Entonces la muchedumbre se dirigió hacia el palacio de la Inquisición encontrándose con la puerta cerrada, mientras los agentes de la Inquisición les observaban desde las ventanas, lo que indignó a la turba que se subió a los tejados, en tanto que otros aporrearon la puerta principal hasta derribarla. Una vez dentro del palacio de la Inquisición, se apoderaron de los legajos con la documentación de los distintos procesos y los lanzaron a la calle, lo que provocó que muchos de estos documentos, se esparcieran más tarde por toda la ciudad de Barcelona. Posteriormente, con mazos y martillos, comenzaron a destruir la sede del juzgado de la Inquisición, gritando y profiriendo mil pestes y blasfemias contra el tribunal de la Fe.

La turba también tiró a la calle todos los instrumentos de tortura que encontraron en el Palacio, quemándolos en una hoguera junto con parte de los dosieres que archivaban los documentos procesales de la institución y con los muebles que adornaban el Palacio. Pero los sublevados no lograron encontrar a los inquisidores ni a sus ayudantes que estaban dentro del edificio, pues estos habían huido por una puerta trasera del Palacio. No obstante, sí que lograron liberar a algunos presos que estaban encerrados en los calabozos de la institución esperando a ser interrogados. Algunos de los paisanos que entraron en el edificio de la Inquisición, se llevaron a sus casas todo lo que encontraron, tanto ropa como muebles. Y algunos acusados por el tribunal eclesiástico, lograron hacerse con los legajos de sus propios juicios.

Al anochecer del día 10 de marzo, el Pla de Palau ya se había vaciado de gente. Los ciudadanos habían vuelto a sus casas, mientras que los nuevos dirigentes continuaban reunidos esforzándose en redactar los escritos con los acuerdos tomados, para poderlos enviar a las imprentas de los principales diarios de la ciudad. En aquellos escritos se comunicaba a la ciudadanía, que se había formado una nueva Junta General de autoridades y que se proclamaba la Constitución gaditana en la ciudad de Barcelona.

Al día siguiente se produjo un nuevo asalto a la sede de la Inquisición, mientras que el resto de la ciudad permanecía en calma. Después del mediodía, cuando las primeras luces de la tarde iluminaban el Pla de Palau, desde el balcón de la Lonja se proclamó una vez más la Constitución. Al acto asistieron los miembros del ayuntamiento de Barcelona, acompañados por una escuadra de dragones del regimiento de Pavía y las compañías de granaderos de los regimientos de la guarnición de la ciudad.

Al terminar la ceremonia, los miembros del consistorio abandonaron la Lonja, para dirigirse al salón del Consell de Cent situado en el edificio del ayuntamiento de la ciudad. Al atravesar la plaza del Ángel, fueron increpados por un grupo de ciudadanos que les exigía su dimisión. También aquella tarde llegó el general Villacampa al Palacio Real, acompañado por los miembros de la comisión que le había ido a buscar a la villa de Arenys de Mar, donde le comunicaron que se había convocado una reunión de la Junta General de autoridades en el salón del Consell de Cent, a donde acudió.

Las autoridades políticas, militares y eclesiásticas y los notables reunidos en el salón del Consell de Cent ratificaron todos los nuevos nombramientos y decidieron crear una Junta interina, mientras se aguardaba a que se proclamara la Constitución en el resto del Principado. La Junta interina estaba integrada por siete miembros, todos ellos habían tenido responsabilidades importantes durante el anterior periodo constitucional, como diputados en Cortes, o habían sido miembros de la Junta superior de Cataluña o de la Diputación provincial catalana.

Unos días después del levantamiento de Barcelona, se procedió a la elección de los miembros del nuevo consistorio municipal. El Diario de Barcelona pidió en su escrito editorial, que se eligieran algunos de los síndicos y procuradores comunales de los últimos años, a fin de hacer más ágil la gestión municipal.

El mismo día de la elección del consistorio, se decidió la creación de un batallón de la Milicia Nacional de Voluntarios de Barcelona, para encuadrar en él a la juventud que había llenado las calles apoyando la Constitución, con la promesa de que serían eximidos de su obligación de participar en la selección de las quintas.

II

Dos días más tarde, la tensión se apoderó de nuevo de los habitantes de la ciudad de Barcelona; corría el rumor de que el rey Fernando VII había afirmado en la noche del día 7 de marzo, que juraría la Constitución. Un rumor que se fue extendiendo rápidamente por toda la metrópoli. La noticia fue cobrando fuerza hasta que se confirmó poco más tarde, al publicarse en la Gaceta de Madrid del día 12, el texto promulgado dos días antes por el Palacio Real:

«Españoles. Cuando vuestros heroicos esfuerzos lograron poner término al cautiverio en que me retuvo la más inaudita perfidia, todo lo que vi y escuché, a penas pisé el suelo patrio, se reunió para persuadirme que la Nación deseaba ver resucitada su anterior forma de Gobierno y esta persuasión me debió decidir a conformarme con lo que parecía ser el voto general de un pueblo magnánimo, que triunfador del enemigo extranjero, temía los males aún más horribles de la intestina discordia…

… Pero mientras Yo meditaba maduramente con la solicitud propia de mi paternal corazón las variaciones de nuestro régimen fundamental, que parecían más adaptables al carácter nacional y al estado presente de las diversas porciones de la Monarquía española, así como más análogos a la organización de los pueblos ilustrados. Me habéis hecho entender vuestro anhelo de que se restablezca aquella Constitución que entre el estruendo de armas hostiles, fue promulgada en Cádiz el año 1812, al propio tiempo que con el asombro del mundo, combatíais por la libertad de la patria.

Españoles: he oído vuestros votos y cual tierno Padre, he condescendido a lo que mis hijos reputan conducente a su felicidad. He jurado esa Constitución por la cual suspirabais y seré siempre su más firme apoyo. Ya he tomado las medidas oportunas para la propia convocatoria de las Cortes. En ellas, reunido con vuestros representantes, me gozaré de concurrir a la grande obra de la prosperidad nacional.

Españoles: vuestra gloria es la única que mi corazón ambiciona. Mi alma no apetece sino veros en torno a mi trono unido, pacífico y dichoso. Confiad, pues, en vuestro rey, que os habla con la efusión sincera que le inspiran las circunstancias en que os halláis y el sentimiento íntimo de los altos deberes que le impuso la Providencia […]. Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional; y mostrando a la Europa un modelo de sabiduría, orden y perfecta moderación en una crisis que en otras naciones ha sido acompañada de lágrimas y desgracias, hagamos admirar y reverenciar el nombre español, al mismo tiempo que labramos por siglos nuestra felicidad y nuestra gloria».

Más tarde se pudo saber por la prensa lo que había pasado: el día 6 de marzo, el rey al enterarse de que el general O’Donnel, conde de la Bisbal, que había sido enviado para aplastar la insurrección en Andalucía, al llegar a Ocaña para hacerse cargo de las tropas, había proclamado la Constitución de 1812; había firmado en Madrid, una Real Orden convocando elecciones a Cortes por el procedimiento estamental tradicional.

El día siguiente, un grupo de personas se reunió en la Puerta del Sol y desde allí se dirigió al Palacio Real, donde una comisión exigió al rey que jurara la Constitución, mientras la reina, asustada, no dejaba de llorar al ver las escenas que tenían lugar en Palacio. Al mismo tiempo, otro grupo de ciudadanos colocó una lápida de la Constitución en la Plaza Mayor de Madrid y portando un ejemplar de la misma escoltado por hachones, se dirigieron a las calles próximas, obligando a los transeúntes con los que se iban encontrando, a acatar la Constitución y besar el libro posados de rodillas. Un tercer grupo se dirigió hacia el edificio de la Inquisición para liberar a los presos allí encarcelados.

Un número extraordinario de la Gaceta de Madrid publicado un día más tarde, comunicaba la decisión de Fernando VII:

«Siendo la voluntad general del pueblo, me he decidido a jurar la Constitución promulgada por las Cortes Generales y extraordinarias en el año 1812».

No obstante, el pueblo de Madrid quería que el juramento no se quedara en una mera promesa, sino que se hiciera efectivo, por lo que un grupo de ciudadanos se congregó de nuevo frente al Palacio Real, para exigir con sus gritos y protestas que el rey jurara el documento constitucional. Lo que hizo que Fernando VII jurara la Constitución de 1812 frente al ayuntamiento de la ciudad.

Tras el juramento, se creó una «Junta provisional consultiva», presidida por Luis de Borbón, cardenal arzobispo de Toledo y con el general Ballesteros como vicepresidente, cuya misión era gestionar la situación política, representado a la soberanía nacional hasta que se reunieran las nuevas Cortes convocadas por el rey. Las primeras medidas que tomó la Junta, fueron: la supresión de la Inquisición y la liberación inmediata de todos los detenidos por opiniones políticas o religiosas, el restablecimiento de la libertad de imprenta y la restauración de los ayuntamientos constitucionales.

Una jornada más tarde se publicaba el manifiesto a la Nación, comunicando que el rey había jurado la Carta Magna y expresaba su disposición a ser el primero en caminar por la senda constitucional. Por la tarde se reunieron en el Paseo del Prado las tropas acantonadas en la ciudad de Madrid, donde se les leyó la Constitución y a continuación se procedió a su juramento. Más tarde se colocó la lápida de la Constitución en la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor, con la presencia de las autoridades municipales, jefes militares, clero y corporaciones, distribuyéndose entre la población ejemplares del manifiesto real a la Nación.

En la ciudad de Barcelona, la noticia del juramento del monarca fue recibida con recelo. Los principales dirigentes de la insurrección barcelonesa, temían que el juramento real permitiera la restitución en sus puestos de las antiguas autoridades, por lo que convocaron a los ciudadanos para que se reunieran de nuevo en el Pla de Palau, para exigir que el general Castaños, el teniente general Copons y los antiguos gobernadores de la Ciudadela y del Castillo de Montjuich, así como el decano del ayuntamiento, fueran expulsados de la ciudad. El nuevo capitán general de Cataluña, general Villacampa, aceptó la petición de los concentrados y al día siguiente por la mañana las antiguas autoridades de Barcelona abandonaron la ciudad.

Por la tarde, los regimientos con guarnición en la ciudad, juraron públicamente la Constitución de 1812. Estaban presentes los regimientos de Córdoba y Murcia, los cazadores de Barbastro y Hostalrich, la caballería de Pavía y la guardia suiza de Wifen, que posteriormente desfilaron por el paseo de la explanada que separaba la Ciudadela del resto de la ciudad, donde los ciudadanos mostraron con gritos de alegría su hermandad con los militares. Para realzar la solemnidad del momento, cuatro cañones dispararon tres salvas de artillería y lo mismo hizo una compañía de fusileros.

En los siguientes días se eligió una «Junta provincial de Cataluña» que sustituía en sus funciones a la Diputación catalana, siendo una de sus primeras decisiones convocar elecciones para renovar los ayuntamientos de acuerdo con el procedimiento electoral estipulado por la Constitución. La Junta pronto logró controlar la insurrección, que había durado poco tiempo en Barcelona.

Pasados unas jornadas, el teniente coronel Félix de Artaza y Quim Vilaró se reunieron para cenar como habían acordado, en una taberna cercana al puerto. El primero había pedido que la reunión se celebrara en un local discreto, lejos de posibles miradas indiscretas, motivo por el que habían elegido aquel lugar. El local, que estaba pobremente iluminado con velones que pendían de las paredes del establecimiento, no estaba muy concurrido, tan solo tres mesas estaban ocupadas por oficiales de los barcos mercantes fondeados en el puerto. Una mujer de unos cincuenta años, que tenía el pelo rubio y rizado, recogido en una gorra de tela de color blanco, de la que se escapaban varios mechones, les indicó una mesa al fondo del local donde podían sentarse sin llamar la atención y les preguntó que deseaban beber. Quim le pidió que les trajera una botella de vino blanco del Penedés. Una vez estuvieron solos, interrogó a su acompañante, preguntándole:

—¿Me puede decir por qué era tan importante que nadie nos viera juntos?

—Cuando le explique lo que tengo que decirle, lo entenderá —respondió el teniente coronel.

—Antes de nada, elijamos lo que vamos a tomar. Me han dicho que aquí hacen un suquet de pescado excelente —afirmó Quim, que sabía que al militar le gustaba la buena cocina y era un buen gourmet—. Aunque la apariencia del local no lo hace sospechar, aquí tienen una de las mejores cocinas de la ciudad. Su cocinera es extraordinaria, al parecer había trabajado en casa de un marqués.

—Entonces no se diga más, tomaremos el suquet.

Cuando la matrona trajo la botella de vino y dos vasos, Quim le pidió el suquet de pescado. La matrona que respondía al nombre de Carmen, les sugirió con un guiño de ojos de complicidad, que tomaran una crema de cangrejos de entrada. Cuando la mujer les dejó solos, el teniente coronel Artaza, reanudó la conversación diciendo:

—Creo que estará de acuerdo conmigo en que el triunfo de la insurrección del teniente coronel Riego ha sido un éxito, al haber logrado que el rey haya jurado la Constitución.

—¡Por descontado! Pero he de confesarle que no me fio de este rey. Ha jurado la Constitución solo porque se ha visto obligado a hacerlo, pero si en el futuro tiene la oportunidad, volverá a oponerse, como ya hizo en 1814. «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional».Estas fueron sus palabras. Nadie en su sano juicio puede creerse que de repente, Fernando VII se haya visto iluminado por las ideas liberales.

—¡Estoy de acuerdo con usted! Por eso las personas como usted y como yo, debemos estar atentas a los acontecimientos y apoyarnos para defender la Carta Magna de 1812, ya que su enemigo no solo es el rey y sus posibles cambios de opinión, sino también la mayoría del clero español y de los grandes propietarios de la nobleza, así como muchos de los antiguos dirigentes del país. La revolución que supone para nuestra nación la nueva Constitución y sus consecuencias, son para ellos no solo una herejía política, sino también una herejía religiosa.

—¡Comparto esta apreciación con usted! Pero yo no soy un político. Soy solo un industrial textil, que lucha por sacar a su empresa y a su familia adelante —respondió Quim reflejando en su rostro seriedad y preocupación.

—No es preciso ser político para apoyar esta apertura que se le ofrece al país.

—¿Y qué es lo que podemos hacer nosotros? —preguntó interesado Quim.

—Vilaró, le considero mi amigo y creo conocerlo bien. Usted es una persona sincera, honrada, trabajadora y fiel a sus creencias, con una mentalidad abierta e inteligente y culto.

—¡Creo que exagera usted mis virtudes! Pero, aunque fuera así, ¿qué es lo que puedo hacer yo… mejor dicho, qué es lo que podemos hacer nosotros a favor de esta Constitución?

—Nosotros dos solos, es poco lo que podemos hacer, pero integrados en un grupo más numeroso, sí que podríamos hacer cosas.

—¿A qué se refiere usted? —preguntó Quim intrigado por las palabras de su amigo.

—Le propongo que solicite su ingreso en la logia francmasónica dependiente de Gran Oriente de Francia, a la cual tengo el honor de pertenecer.

—Me tendría que explicar un poco más cuáles son los compromisos en los que incurriría. Disculpe mis pobres conocimientos sobre el tema.

—La masonería no es, como mucha gente cree, una religión. La Orden solo pide a sus miembros la creencia en la existencia de una deidad, la que cada uno quiera y que se ajuste a la ley moral, siendo cada hermano libre de profesar cualquier forma de religión o culto que le plazca. Tampoco es la masonería una filosofía, como creen otros, aunque tras ella se encuentre un gran trasfondo filosófico o de enseñanza de la sabiduría, tan antiguo como el mundo y que ha sido compartido a lo largo de la historia, tanto por los vedas en Oriente, como por los egipcios, caldeos, las escuelas platónica y pitagórica y por todos los templos mistéricos del pasado y del presente, ya sean cristianos o pertenecientes a otras religiones. ¡La masonería es por lo tanto un sistema de moralidad! La posesión de unos estrictos principios morales, como todo masón sabe, es un requisito preliminar para ingresar en la misma. Y usted, a mi entender, reúne estos requisitos morales para poder ingresar en la logia.

—En caso de aceptar, ¿cuáles son los pasos que tendría que seguir y cuáles serían mis compromisos?

—Una vez aceptada su solicitud, seguiría un proceso que recibe el nombre de «iniciación». Se trata de un proceso secreto cuya finalidad es proporcionar al nuevo miembro un nivel de instrucción superior y transmitirle una sabiduría más profunda que la enseñanza elemental que ofrece la religión popular. Al mismo tiempo, durante este periodo se exige una disciplina personal más rigurosa y se imponen requisitos mucho más severos sobre la mente y la voluntad de sus adeptos. Este nuevo código de conducta moral permite que el neófito aprenda a dominar sus vicios, las debilidades, las pasiones, las ambiciones, el odio, y los deseos de venganza. Además se le solicitará el compromiso de mantener secretos los ritos y decisiones de la logia.

—Por lo que deduzco de sus explicaciones: usted es un miembro destacado de la logia masónica.

—Efectivamente lo soy y le invito a que también usted entre a formar parte de ella. Yo sería su maestro durante este periodo de iniciación.

Durante el resto de la cena, la conversación transcurrió sobre el tema. El teniente coronel Artaza respondió a todas las preguntas y dudas que Quim le iba planteando. Al despedirse, este último se comprometió en darle una respuesta antes del fin de semana.

III

La noticia de que el rey Fernando VII había decidido acatar la Constitución de 1812, llegó al puerto de La Habana el 15 de abril de 1820, a bordo del bergantín Montserrateprocedente de La Coruña. Mientras el barco realizaba las maniobras de atraque en el dique portuario, sus marineros se pusieron a gritar:

—Viva la Constitución. Viva el rey Fernando VII.

Las tripulaciones de las pequeñas embarcaciones que estaban fondeadas a su alrededor, sorprendidas por aquellas manifestaciones de alegría, rodearon al bergantín para enterarse de la causa de aquellos gritos. La dotación del barco les explicó que traían un impreso oficial, comunicando que el rey había decidido jurar la Constitución de 1812.

Los marineros habaneros se quedaron perplejos ante este anuncio y rápidamente extendieron la noticia por toda la ciudad. En poco tiempo se congregó una gran multitud en la zona del puerto, que quería informarse mejor. Tras confirmar las buenas nuevas, la población allí concentrada, se dirigió hacia la casa de gobierno, lugar hacia donde se había encaminado el capitán del bergantín, para informar a las autoridades cubanas y hacer entrega del oficio que portaba. Todos querían informarse con más detalle sobre la noticia.

El capitán general de Cuba, Juan Manuel de Cajigal, presionado por la muchedumbre, mandó reimprimir el impreso que portaba el capitán del Montserrate y repartió las copias entre la gente congregada ante la casa de gobierno.

Un día más tarde, la población habanera temiendo que el capitán general se resistiera a proclamar la Constitución, se volvió a reunir frente al edificio de la Capitanía. Esta vez se les unió parte de la guarnición de La Habana, constituida por las tropas de los regimientos de Málaga y Cataluña, que hacía poco tiempo que habían llegado a la isla. Presionado por los allí reunidos, el capitán general accedió a la jura de la Constitución y cursó instrucciones al resto de las poblaciones de la isla, para que hicieran lo mismo.

Dos días más tarde, se juró en La Habana la Carta Magna constitucional. El juramento fue seguido de varios días de festejos, durante los cuales se volvió a colocar en la Plaza Mayor, la lápida constitucional que se había arrancado en 1814. Quince días más tarde, también se juró la Constitución en Matanzas, con la asistencia de Bernat Vilaró y su amigo Joao Pereira. Como había ocurrido en La Habana, también aquí una multitud exigió a las autoridades que se volviera a colocar la placa constitucional en la plaza mayor.

A principios del mes de junio, el capitán general de Cuba, dimitió de su cargo aduciendo que estaba enfermo, siendo sustituido por Juan María Echeverri, quien decidió reunir una Junta preparatoria de las elecciones, que dividió la isla en dos provincias: La Habana y Santiago. Poco más tarde se convocaron elecciones a diputados en Cortes, a los ayuntamientos y a las diputaciones provinciales, de acuerdo con las directrices emanadas de la Constitución gaditana.

Unos días después de que se jurara la Constitución en Matanzas, Joao Pereira se reunió con Bernat Vilaró en un café de la plaza mayor de la villa, con ellos estaba también Sixto Céspedes, un médico natural de la isla, que se había formado en la Universidad de La Habana y que era hijo de un terrateniente nacido en Sevilla amigo de Joao.

—¿Qué les parece a ustedes la convocatoria de elecciones constitucionales? —preguntó el doctor Céspedes después de dar un largo trago al vaso de vino que les habían servido.

—La verdad es que la política no me interesa demasiado. Yo solo soy un propietario que se dedica al cultivo del tabaco y la caña de azúcar —contestó Bernat.

—No obstante, la política siempre acaba implicándonos a todos —afirmó Joao dibujando con una contracción de los labios una mueca que traducía escepticismo—. Yo soy mayor que ustedes y he vivido muchas situaciones a lo largo de mi vida. Este escenario de alegría y entusiasmo ya lo vivimos en 1812, pero entonces la Constitución no tuvo tiempo de aplicarse, pues el rey decidió abolir la Constitución aprobada en Cádiz. No me creo que ahora el rey haya cambiado de repente su forma de pensar. Los Borbones son franceses y como tales, partidarios del centralismo, lo que no favorece a las tierras americanas. Además, son descendientes del Rey Sol y se sienten a gusto con el poder absoluto. Por otra parte, no me fío de un rey que se portó indignamente durante la Guerra de la Independencia con Francia.

—¡Eso mismo dice mi hermano Quim! Tampoco se fía del rey Fernando VII.

—Si no se cumplen las esperanzas que ha abierto la Constitución, habrá que luchar para que se cumplan. Es la obligación de todos aquellos que creemos en ella —afirmó el doctor Céspedes.

—Las cosas no son tan sencillas. Se habrá fijado en que no todos los habitantes de esta isla opinan lo mismo que usted, incluso estando de acuerdo con los principios constitucionales.

—Tiene usted razón. ¿Pero en que influyen estas diferencias, si todos somos partidarios de la Constitución? —preguntó un poco sorprendido el doctor Céspedes.

—Con la implantación de la Constitución y la puesta en marcha de los ayuntamientos y diputaciones constitucionales, estas instituciones serán las encargadas de reclutar e instruir a las milicias nacionales y provinciales. ¿Cómo cree usted que se lo tomarán los militares?… Hasta ahora han sido ellos, los que han desempeñado todo el poder, pero a partir de ese momento se verán obligados a negociar con las nuevas autoridades municipales y provinciales, no solo los reclutamientos de las tropas, sino también su financiación y sus actuaciones, lo que a buen seguro limitará su poder y restringirá sus posibles acciones militares. —Joao hizo una pausa en su discurso para mirar fijamente al doctor Céspedes que tenía frente a él y así poder ver la reacción que despertaban sus palabras. Transcurridos unos segundos, manteniendo la mirada fija en el médico, continuó con su exposición—. Sin hablar de las personas que creen que lo mejor es independizarse de la metrópoli, mientras que otros no están de acuerdo con la independencia, por considerar que sin la ayuda de España, la isla de Cuba está condenada a ser invadida por Inglaterra, Francia o los nuevos Estados Unidos de América. También están los que tienen miedo a la Constitución, por la posibilidad de que los esclavos negros y sobre todo los negros libres, puedan llegar a conseguir mayores derechos y adquieran el suficiente poder, como para que se repita aquí lo que ocurrió en Haití hace unos años —puntualizó Joao, secándose el sudor de su frente con un pañuelo que sacó del bolsillo de su pantalón.

—Pero la Constitución impide a las castas, es decir a los esclavos y la población negra o mulata libre, que puedan tener representación en las instituciones —argumentó el doctor Céspedes.

—¡Esto es una cosa que puede cambiar con el tiempo! En el futuro podría mudar la opinión de los diputados en Cortes ante las presiones de otras naciones, en especial de los ingleses y esta isla no se puede permitir quedarse sin los esclavos que tan necesarios son en nuestras haciendas. Sin ellos sería la ruina de nuestras exploraciones —afirmó Joao.

—Solo el tiempo dirá cómo evoluciona todo esto —intervino Bernat, queriendo zanjar la discusión política.

Cuando poco después se marchó el médico, argumentando que aún tenía que realizar varias visitas, Joao aprovechó para preguntar a su amigo Bernat:

—¿Ha arreglado ya el problema con su mujer?

—Lamentablemente, no. Mi esposa continúa viviendo en casa de sus padres. Tengo la esperanza de que podamos arreglar nuestras desavenencias cuando mi hijo Dembo y su madre salgan con rumbo a la casa de mis padres en Arenys, según lo acordé con mis tíos en mi viaje a España a petición de mi madre que en paz descanse.

—¡Seguro que se arreglará! El tiempo lo acostumbra a resolver todo… o casi todo.

—¡Dios le oiga! Yo continúo amando a mi esposa con todo mi ser, pero siento que algo se ha perdido… se ha roto en nuestra relación. El hecho de que no me apoyara por motivos de protocolo social, ha quebrado algo en nuestra unión. Yo esperaba que estuviera a mi lado, que me apoyara, que comprendiera que no puedo abandonar a un hijo mío ni mucho menos permitir que continuara siendo esclavo.

—Le entiendo. Pero seguramente su mujer tiene miedo.

—¿Miedo? ¿Qué es lo que puede temer?

—¡Los prejuicios sociales! Miedo a cómo la pueda considerar la alta sociedad cubana, al ver que su marido ha tenido relaciones con una esclava. Que ha preferido a otra mujer y además esclava. Esto a juicio de su mujer, disminuye su prestigio social.

—¡Es absurdo!… ¡Todo ocurrió antes de que la conociera!… ¡Yo no quiero a Awa, la madre de Dembo, la quiero a ella! Y no me puede acusar de haberle sido infiel, ya que todo ocurrió antes de conocerla a ella.

—Entonces demuéstreselo. Que su esposa vea que es a ella a quien usted quiere.

—Ya se lo he demostrado. Voy a mandar lejos a mi hijo y a su madre. Aun sabiendo que es posible que no vuelva a ver a mi hijo nunca más, lo que me rompe el corazón.

—El tiempo lo dirá. De momento concéntrese en recuperar a su esposa. ¿Cuándo parte su hijo hacia España?

—En cuanto vuelva la corbeta El soplo de Eolo de su viaje a Nueva España. Probablemente será en el próximo mes, si el tiempo lo permite.

—Si necesita algo de mí o mi mujer, que pueda ayudar a hacer cambiar a su esposa de su decisión, no dude en decírmelo. Ahora tengo que dejarle, se me ha hecho tarde y tengo una cita con el notario.

Las predicciones de Joao, pronto se pusieron de manifiesto. Durante el proceso electoral, especialmente a los ayuntamientos y diputaciones, se manifestó la pugna entre las distintas facciones que concurrían a las mismas. Acogiéndose a la libertad de imprenta, que se había reimplantado tras la aprobación de la Constitución, empezaron a aparecer panfletos, pasquines y boletines informativos, que intentaban explicar las posturas de los candidatos electorales de las distintas corrientes de opinión.

El grupo de los criollos moderados, que estaba liderado por el conde de O’Reilly, era partidario de una autonomía de la isla que mantuviera sus privilegios mercantiles y garantizara el orden y la tranquilidad pública, especialmente en la cuestión racial y la esclavitud, pues les aterraba la posibilidad de que aparecieran episodios revolucionarios raciales antiblancos, como había ocurrido en la vecina República de Haití unos años antes.

Otro grupo se distinguía por la defensa que hacía del liberalismo radical y por combatir a las poderosas familias habaneras que consideraban una oligarquía. Este grupo estaba liderado por el sacerdote Tomás Gutiérrez Piñeres, por lo que se les empezó a conocer como los «piñeristas». Este grupo estaba integrado por criollos que se apoyaban en el ejército y en los comerciantes de origen peninsular.

La Junta provisional preparatoria de las elecciones, empezó a recibir denuncias, señalando que algunas elecciones locales estaban amañadas. Esto obligó a la Junta a tomar decisiones a este respecto, que fueron apoyadas por las autoridades de la isla, para evitar que se produjeran desórdenes públicos. De esta forma las juntas parroquiales se convirtieron en el punto de lucha entre los distintos grupos políticos. Los «piñeristas» consideraban que las juntas parroquiales tenían un poder soberano, lo que hizo que la Diputación Provincial tuviera que posicionarse haciendo una defensa de la nación.

El enfrentamiento político se realizó también a través de la prensa, que se utilizaba no solo para informar sobre los contenidos de la campaña electoral, sino para practicar una crítica satírica del adversario y de las autoridades de la isla.

IV

Al inicio del mes de mayo de 1820, la corbeta El soplo de Eolo partió de la villa de Matanzas con rumbo a España. En ella viajaban Senghor y su familia. Su destino era la villa de Arenys, a donde Bernat Vilaró los enviaba tras su manumisión, para cumplir con la promesa que había realizado a su madre, en su lecho de muerte.

El capitán Ramón Casals, siguiendo las instrucciones que había recibido de Bernat, instaló a la familia en uno de los camarotes de la popa del barco. Para Dembo, ahora Sergio Vilaró, el viaje supuso una gran aventura, aunque estuviera un poco angustiado por su futuro y cómo serían las nuevas tierras a las que se dirigían sin haberlo pedido, sobre todo cuando Senghor y Awa les explicaron a él y a sus hermanos, lo distinta que había sido su primera travesía del océano Atlántico. Senghor aprovechó las noches de los primeros días de viaje, cuando la familia se reunía en cubierta tras la cena antes de acostarse, para hablar a los chicos de cómo era su África natal, describiéndoles con detalle el poblado donde había nacido y sus alrededores, relatándoles como había sido su captura y la travesía hasta llegar a su destino en la isla de Cuba.

Dembo, de trece años, Lamin, de once años y Siny, de ocho años, escuchaban con los ojos bien abiertos y con atención las explicaciones de Senghor, imaginando en su fantasía infantil los lugares y las personas. A pesar de estar bautizados, entre ellos continuaban llamándose por sus antiguos nombres y no por los nuevos que les habían puesto cuando fueron rociados con el agua bendita: Sergio, Luis y Ana respectivamente. Nombres a los que no acababan de acostumbrarse, por lo que muchas veces no respondían cuando alguien de la tripulación les llamaba por esos nuevos apodos, que tan extraños les parecían.

Luis y Sergio se habían hecho amigos de uno de los grumetes de la corbeta llamado Felipe, que tenía tan solo trece años, que fue quien les enseñó todos los compartimentos de la nave y con el que solían jugar cuando se lo permitían sus obligaciones, con el permiso del capitán Casals.

Una calurosa tarde, cuando llevaban ya tres semanas de navegación, Sergio estaba contemplando distraído cómo la proa del barco cortaba en su avance las olas del mar levantando una espuma blanca, que rompiéndose en miles de gotas, dibujaba distintas figuras en su imaginación, cuando de repente oyó un grito a su espalda de decía:

—¡Bajad de ahí inmediatamente!

Era la voz del contramaestre que gritaba rodeando su boca con sus manos para hacerse oír mejor, dirigiendo su mirada hacia la parte alta del palo mayor. Sergio alzó sus ojos hacia donde observaba el contramaestre y descubrió que su hermano Luis y su amigo Felipe estaban subidos en la cofa del mastelero del palo mayor. El contramaestre repitió enfadado su orden:

—¡Bajad de ahí inmediatamente!

Felipe, respondiendo a la orden del oficial, inició el lento descenso desde la cofa, agarrándose a los cordajes del obenque. Sergio se dio cuenta que su hermano no se decidía a descender, lo conocía bien y sabía que estaba aterrorizado, por ello sin pensárselo mejor, se dirigió al pie del palo mayor y con decisión a pesar de no haberlo hecho nunca, comenzó el ascenso de la escala de cuerdas, sujetándose al cordaje con fuerza y procurando afianzar bien sus pies, antes de subir cada peldaño. En la primera cofa se encontró con Felipe que le había esperado al verle ascender. Cuando llegó le dijo:

—Felipe, mi hermano está aterrorizado y permanece en lo alto sin moverse. No se atreve a descender. Si no le ayudamos, no podrá bajar.

Felipe que había iniciado el descenso en cuanto oyó el grito del contramaestre, no se había dado cuenta de la situación, por lo que miró a lo alto del palo y vio que su amigo Luis permanecía donde lo había dejado. Luego observó a Sergio con sentimiento de culpabilidad.

—Felipe, hemos de ayudar a mi hermano, él solo no será capaz de bajar. ¡Lo conozco muy bien! —insistió Sergio con desesperación.

—Está bien. Sube tú por el lado de babor y yo lo haré por el de estribor —respondió con decisión Felipe.

—Pero, ¿cuál es el lado de babor? —preguntó angustiado Sergio.

—Es el lado en el que estás situado. Menudo marino estás tú hecho.

El contramaestre que permanecía en cubierta contemplando lo que pasaba, se dio cuenta de la situación, por lo que dio orden a dos tripulantes, para que ascendieran por el aparejo y ayudaran a bajar a los tres chicos, lanzándole al mismo tiempo a uno de ellos un rollo de cuerda. Los dos marineros subieron con destreza por el cordaje.

Cuando Sergio llegó a la plataforma en la que se encontraba su hermano, vio que este lloraba aterrorizado, no atreviéndose a moverse, por miedo a caerse al mar o sobre la cubierta, por lo que le preguntó:

—¿Qué te pasa, Luis?

—¡Tengo miedo! Esto está muy alto y se mueve mucho. Temo caerme.

—¡No nos podemos quedar aquí! ¡Tienes que bajar! Dentro de poco anochecerá y aquí arriba hará mucho frío y no se verá nada y entonces será imposible bajar. Tranquilo, Felipe y yo te ayudaremos a bajar. Has podido subir. Bajar es más fácil. Yo descenderé delante de ti, así si resbalas te podré coger.

—¡No me atrevo! Estamos muy altos.

—Ya te he dicho que has subido hasta aquí sin problemas, por lo tanto, puedes bajar sin caerte. Solo tienes que tener confianza en ti mismo y agarrarte fuerte a las cuerdas.

—No es lo mismo. Ahora el barco se mueve mucho más y estoy un poco mareado.

—Vamos, tú eres un chico valiente. Demuéstrales a todos que lo sabes hacer.

Luis se resistía a iniciar el descenso, argumentando que no lo podía hacer, lo que dio tiempo a que llegaran los dos marineros enviados por el contramaestre. Uno de ellos llamado Andrés, viendo la situación y habiendo escuchado la conversación entre los dos hermanos mientras ascendía a la plataforma, dijo dirigiéndose a Sergio:

—¡Nosotros nos hacemos cargo! —Soltando la soga que llevaba colgada de su hombro izquierdo, ató a Luis por la cintura y luego pasando el cabo por la cara anterior del tórax del niño, fijó la cuerda a su cuerpo antes de decirle—: Ahora, chaval, vamos a bajar juntos, yo iré delante para poderte sujetar, tú lo único que has de hacer es no mirar hacia abajo e ir apoyando tus pies con cuidado en las cuerdas cuando yo te diga.

Luego colocándose en posición y ayudando a Luis para que pusiera el primer pie en el cordaje, le pidió a su compañero que ayudara a bajar a Sergio. Este, ofendido, respondió que él podía bajar solo. No obstante Andrés le pidió a su compañero que se colocara entre Luis y Sergio, para evitar que los arrastrara en su caída si resbalaba.

Luis viendo la seguridad que tenía Andrés, se animó un poco y siguiendo sus instrucciones inició el lento descenso desde la cofa del mastelero a la primera cofa del palo mayor, donde Andrés le permitió hacer un pequeño descanso, mientras le comentaba:

—¡Lo has hecho muy bien, chaval! Ya nos queda menos y además la altura ahora es menor y nos movemos menos.

Luis miró a Andrés con los ojos bien abiertos y esbozando una sonrisa de agradecimiento a pesar del miedo que le embargaba, respondió:

—Con su ayuda, creo que puedo llegar a la cubierta.

Cuando por fin pusieron los pies sobre la cubierta, Awa, que había estado pendiente de la escena, observándola con angustia mientras su hijo iba bajando por los obenques, temiendo que en cualquier momento resbalara y se precipitara al vacío, se adelantó y abrazando a su hijo, llorando de alegría, comentó:

—¡Podías haberte matado! Prométeme que no te volverás a subir nunca más a ese palo.

—Se lo prometo, madre.

A finales del mes de junio, la corbeta El soplo de Eolo arribó al puerto de Arenys de Mar después de una travesía sin grandes problemas. Tras atracar en el muelle, el capitán Casals indicó a Senghor el camino que debía tomar para llegar a la masía Can Vilaró. Rodeado de su familia, emprendió el rumbo indicado cargando con los escasos bienes que tenían.

Benjamín Surós los observaba con curiosidad sin que ellos lo supieran; le había llamado la atención que un grupo de