El oro de las sombras - Carmen Leñero - E-Book

El oro de las sombras E-Book

Carmen Leñero

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Beschreibung

Surgidos en distintos momentos del siglo xvii en Nueva España y el siglo xxi en el México actual, se alternan aquí los relatos de cinco voces: un hagiógrafo novohispano, una mística pecadora, una monja autora de comedias, un crítico de arte que escudriña en su pasado familiar, y finalmente, una poeta que intenta hacer la crónica de algo que soñó. Diarios, cartas, diálogos y maldiciones son retazos de un sayal que ha zurcido la autora para vestir a una sombra. Su posible historia aguarda, por supuesto, en la mente del lector. 8 de marzo, día jueves del año de 1648 ¿Acaso no son eso las reliquias?: rodajas de carne en las charolas de los creyentes. Dedos, orejas, cabezas, ojos, expuestos u ostentados como objetos prodigiosos y amuletos en sus vitrinas. He visto a religiosas y a sirvientas, a arzobispos y cortesanas abalanzarse como lobos sobre los cuerpos de personas muy santas que yacen difuntas en su ataúd. Son todos como Ménades furiosas, y ansí nutren la vieja manía de devorarme con honda delectación. Pues para eso nacemos y morimos hombres y mujeres: para tornarnos alimento de los vivos, como el resto de las criaturas: bestias, ángeles, insectos. Tal hace nuestro espíritu cuando crece, cocinarse para otros. El lugar más santo de un convento no es el templo, ni ninguna de sus celdas, ni siquiera la biblioteca o la huerta, es la cocina. En este libro, Carmen Leñero combina de manera original, la ficción y la realidad histórica, utilizando el modelo de la novela e internándose en el corazón de los personajes. Puede así contarnos varias historias en una, unidas por el hilo invisible entre generaciones. 

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Seitenzahl: 356

Veröffentlichungsjahr: 2025

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El oro de las sombras

Primera edición impresa: septiembre 2025

Edición ePub: 2025

De la presente edición:

D. R. © 2025, Carmen Leñero

D. R. © 2025, Bonilla Distribución y Edición, S.A. de C.V.

Hermenegildo Galeana #116, Barrio del Niño Jesús,

Tlalpan, 14080, Ciudad de México, México

[email protected]

www.bonillaartigaseditores.com

ISBN: 978-607-2625-38-9 (impreso)

ISBN: 978-607-2625-39-6 (ePub)

ISBN: 978-607-2625-40-2 (pdf)

Cuidado de la edición: Bonilla Artigas Editores

Responsable de la colección: André Urzúa Plá

Diseño de portada: d.c.g. Jocelyn G. Medina

Diseño editorial: Teresita Rodríguez Love

Realización ePub: javierelo25

Impreso y hecho en México / Printed in Mexico

Este libro se realizó con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Todos los Derechos Reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito de los editores.

Contenido

Prefacio

Libro Primero

Eco

Basilio

Jacinta

Alonso

Águeda

Libro Segundo

Basilio

Jacinta

Alonso

Águeda

Eco

Libro Tercero

Basilio

Jacinta

Alonso

Águeda

Eco

Comentario final y referencias

Sobre la autora

 

Prefacio

Surgidos en distintos momentos del siglo xvii en Nueva España y el siglo xxi en el México actual, se alternan aquí los relatos de cinco voces: un hagiógrafo novohispano, una mística pecadora, una monja autora de comedias, un crítico de arte que escudriña en su pasado familiar, y finalmente, una poeta que intenta hacer la crónica de algo que soñó. Diarios, cartas, diálogos y maldiciones son retazos de un sayal que he zurcido para vestir a una sombra. Su posible historia aguarda, por supuesto, en la mente del lector.

 

Libro Primero

 

Eco

No hay instante sin rezos en el mundo o risas en la sala de costura, donde unas parlanchinas bordadoras tejen a ganchillo y confeccionan una red que las salva del abismo.

No quería escribir hasta que ella misma hablara. No quería pensar cómo sería ni empezar a inventarla. Inventamos a los otros y así no los dejamos ser. Me contentaba con llamarla a visitar mis sueños diurnos. Uno muere para despertar en el sueño de otro, dice un poema zapoteca. Y yo deseaba que ella despertara en mí. Algo seguro, lo único quizá, es que tendría que haber muerto siglos antes de que yo me dedicara a este libro. Y algo deseable es que hubiera renacido un par de veces antes de ahora, para que entre nosotras se tendiera un hilo de voces del que pudiera jalar. No quería ni siquiera elegir su nombre: Ana, Jacinta, Isabel, Nicolasa, Leonor, hasta no escuchar su voz diciendo algo, diciéndole cosas a alguien, quizá a sí misma o al otro absoluto, alguien, pero no escuchadas aún. El alma es una condición espacial, una arquitectura hueca y acristalada para encontrarse muy de cerca con otra voz, inexistente a lo mejor, pero operante, y perceptible para un testigo (un escucha), que en este caso quería ser yo. No me encaminé directo al castillo de cristales y a su acústica peculiar, adosada de silencio, me dispuse a esperar, esperar a ser invitada como un tercero en discordia a ese “lugar” de voces, metafísico tal vez, pero sonoro, donde alguien se dirige a su otro yo, o a Dios, y confía en que Dios haga lo propio.

Me hundí en lecturas, salí a cazar registros, me aventuré en la ensoñación, me emborraché con imágenes barrocas. Y aguardé un tiempo, que siempre para mí resulta largo, como si el mero transcurrir ayudara a discernir el quid de una presencia. ¿Debo llamarle madre, hermana, venerable, sóror, religiosa, santificada, embustera?, me pregunté. ¿Debo siquiera interpelarla en lo personal?

No sé por qué elegí escribir un libro sobre alguien que no existe pero pudo haber existido en un pasado específico, tan fecundo en prodigios y pesadillas como fue el virreinato en Nueva España, profuso en especímenes y lenguas como una torre de Babel tambaleante que se va estabilizando al paso del tiempo en un territorio habituado a terremotos, como una Arca destartalada que sigue a flote pese a los muchos incendios e inundaciones, como un cementerio hirviente de dioses nuevos y viejos, exigentes todos ellos, eso sí, y altamente afectos al sacrificio.

Una novela histórica es una ficción a futuro, plagada de huesos, restos dispersos, fósiles, huellas, artefactos. Sí, capas de huesos, como se halla toda la tierra bajo la tierra de este país. Así están los sótanos de las antiguas haciendas, los intestinos de las grutas, las fosas en los conventos, el fondo de los cenotes, los pasajes de las catacumbas, las entrañas de esos supuestos montes que fueron templos bajo espesuras mentidas. No, no he de escribir una novela sobre una monja novohispana que no existió, que fue vencida por el demonio y lo venció a su vez, que apenas si quiere hablarme al oído.

Que la escritura pueda invocar una voz antigua, que además no ha nacido, es algo que dudo mucho. En cambio creo que, como un útero en delirio, nuestro corazón puede “hacer nacer la voz”, en esto que espero oír, sin forma todavía, y cuya sustancia tendría que arder, yo supongo, en carne propia.

Fui en busca de hábitos fantasmales del xvii a Querétaro, a Puebla, a México–Tenochtitlan, y apenas arribé me salieron al paso. De vez en cuando escuchaba vagamente una vocecilla, quizá mi propio run run trashumante. Oí: detrás de la celosía establezco deliciosos coloquios con el amigo devoto y con el enemigo taimado. Inalcanzable en mi secreto y en mi propia desolación sonrío, miro, pronuncio frases de memoria, finjo que no me alcanza ni el elogio ni su mirada untuosa. Resbala mi acallamiento interior por un estrecho acantilado.

Las paredes del monasterio, cúpulas y nichos guardan ecos, son ecos de distinta vocación y lejanía que me esfuerzo en atrapar como si fueran mariposas transparentes u opacas, lumínicas o siniestras, zumbadero de hormonas suspendidas igual que electrones libres, cargados de una lujuria elemental. El locutorio: lugar donde el silencio entre dos seres se vuelve zona de peligro. El confesionario: lecho de pie, de rodillas, de perfil, donde un habla a media voz, que desparrama intimidad, se vuelve obscena. Mi confesor es censor, cómplice o amigo, y a veces también un atento consultante: desea saber cómo se escucha directamente a Dios, y qué es lo que dice, cómo se siente Su presencia en la celda, Su contacto, el alcance de Su mirada. La avidez, acaso, le hace insistir en que escriba en mis Cuadernos lo que siento, y la envidia, quizá, le hace exigir que abandone todo rapto de emoción y el menor asomo de éxtasis. Pero entonces yo oigo o creo oír a Jesucristo que me demanda no atender a mi confesor. Y que se lo haga saber sumisa y prestamente: Díceme el Señor que me dejéis volar por encima de mis sueños y de la carroña nutricia, que me permitáis ser parábola del siglo, como lo fueron vestales y adivinas de otras eras.

Esa figura del confesor, dulce y temida compañía, ¡cuánto se empeña en ser espectro en este libro!, sombra apenas, sin voz propia. Sólo murmura cuando te siente arrodillada y alcanza a oír “Ave María Purísima”. Y él responde maquinal: “…sin pecado concebida”. Sigues luego con las confidencias de rigor antes de abrirle el pecho. No una lista de pecados, sino el ir y venir de tu conciencia, mirando los detalles de la falta, los pormenores sensuales de alguna fantasía, tus más secretos y casi inexistentes sentimientos entre balbuceos y sollozos. Para cerrar aquel desbordamiento complacido con una fórmula que tranquiliza: Señor mío Jesucristo, con veras del corazón me arrepiento de haberos ofendido, pues tan infinitamente bondadoso sois con mi persona, y el pecado Os desagrada.

En las huérfanas celdas, en los corredores húmedos del claustro, a imagen y semejanza de un gusano cerebral que va pergeñando una idea, soy con esas voces solas o en concierto, allá en el Coro bajo, otra alma en pena que aúlla por la hora de su liberación. Sin desearla del todo, es cierto, sólo figurándomela de manera infantil. Sin atreverme a concebirla, tan sólo “yendo” hacia ella desde una voluntad sin rajaduras ni vacilación, llevada por un deseo potente… pero ¡ay!, retenida en algún punto. En este punto de ahora, por ejemplo, con el aviso de un precipicio a mis pies.

*

Hace algunos años visité con mi abuelo un convento de monjas de clausura en Mixcoac. Mientras él arreglaba unos asuntos, yo me mantuve congelada en el quicio del portón, espiando como se entreabría la vida de allí dentro. Pero ¿qué hacen esas mujeres?, le pregunté después a mi abuelo. Orar, me dijo, orar día y noche por el bien del mundo, de los tres mundos. No sé si la idea me produjo tranquilidad o escalofríos. ¿Orar?, ¿se puede dedicar una vida entera a orar? ¿Cuáles son esos tres mundos? Orar es colocarse en una alfombra voladora por un rato, dejar flotar el pensamiento en un vacío consolador, ponerse en manos de alguna voluntad que no falle como la propia, voluntad de ser que no se manifieste en vano.

Si esta conversación hubiese ocurrido aquí hace cuatro siglos, mi abuelo, tan católico y convencido, habría dicho: aquestas bondadosas mujeres no están perdiendo el tiempo; en nada pudieran aprovecharlo de mejor modo. Mantienen un cirio encendido porque la noche de los tiempos no lo abarque todo y nos devore. Comunícanse con las almas del Purgatorio e interceden porque se reduzcan sus periodos de pena. Purgan en su carne los pecados de las gentes, los ya sucedidos y los que habrán de suceder. Y si se hubiera tratado de mi bisabuela –de tu misma sangre otomí, Jacinta– quizá hubiera añadido en voz baja: amasan la podredumbre del mundo para abonar los tiempos por venir. Pues ésa es a fin de cuentas la misión que se les ha asignado: si no han de parir hijos, entonces cocinarán en sus cacerolas a los muertos y nutrirán con ellos a los que viven.

*

¿Cómo podría nadie en su sano juicio entrar en la clausura?, pregunto y callo, porque es imposible que en mi ruidoso siglo alguien lo entienda. Vivo en un tiempo de pantallas voraces, de muros invisibles, de rejas transparentes y rutas sin salida. ¿Me siento acaso en una soledad acompañada, o al menos transitoria?, ¿tentada por un silencio vivo? No, voy y vuelvo en la escritura como una criatura desorientada.

Las posibles respuestas saltan de los muchos documentos sobre el virreinato que tengo a mi alrededor: …que si toda tumba tiene sus antesalas y la clausura no es más que otra de ellas…, que si no era en realidad tan insoportable la vida en los conventos de Nueva España, sobre todo si se trataba de monjas urbanistas moderadas y no de capuchinas o descalzas (nada es insoportable si no se ha tenido opción, como fue a menudo el caso)…, que aquellas ciudades en miniatura, apadrinadas por personajes políticos o parientes ricos, protegían a las mujeres de un exterior peligroso, impredecible y les brindaban un adentro cobijado, mortalmente predecible…, que si un mundo por entero femenino tenía ahí su reducto, con leyes propias, que eludía la omnipotencia de la autoridad patriarcal…, que si era preferible unirse en matrimonio con el “Mero mero virtual”, es decir, con Dios, que encadenarse a un fulano cualquiera, pues la sumisión exigida sería en última instancia ante un poder invisible…, que en un monasterio se podía gozar, pese a la pobreza personal o la bastardía, de una vida holgada, interesante, útil e incluso divertida, a condición de doblegarse ante una regla concreta y no ante el capricho de la casualidad, en fin. El caso es que, puestos a imaginar, profesar en aquellos tiempos habría sido una elección no desdeñable, siempre y cuando la carne y las pasiones encontraran alguna forma de expresarse, aunque sólo fuera la de la penitencia. Se sabe bien: el dolor físico es casi una bendición si acalla el dolor moral –flagelarse con regularidad podía convertirse incluso en una especie de deporte–, un sufrimiento agudo ofrece una salida a la abstinencia sexual, y el ayuno no es tan grave si se mitiga, sin romperse, con una taza de chocolate.

Y en ese adentro sepulcral y a la vez “ajardinado” del monasterio colonial, por cuyos corredores trajinaban mujeres de varias razas, niñas, jóvenes, ancianas, monjas de velo negro, monjas de velo blanco, discípulas, protegidas y donadas, laicas acomodaticias, viudas abatidas o industriosas, doncellas que escondían bajo el hábito la cadena del silicio o una panza satisfecha, entre murmullos sagrados y risas, entre jaculatorias e intrigas, entre penas y descaros… ese complejo de piedra con sus huertos, sus corrales, sus salitas de banquete, su ropería, sus cocinas, sus celdas amenas o sobrias, ¿cómo se presenta hoy ante nosotros? Como un convento de monjas de clausura, ciertamente enclavado en un punto específico del espacio y de la historia, central y crucial para cualquier ciudad de entonces, igual que un horno de pan, una fuente de bendiciones o un pozo de aguas medicinales, funcionando como estómago fiero que digiere los pecados del entorno y limpia las cañerías de lo social, una especie de organismo que convierte a la corrupción, la miseria y la ira colectiva en nutrimento, y en fin, un retiro donde el sufrimiento físico y los cantos de viejas y jóvenes muchachas inocentes mas no ignorantes, exaltadas pero no ilusas, paga por los males del presente a ras del cuerpo propio, nos parece ahora un espacio detenido en el tiempo, una burbuja de piedra, en virtud de su propio ritmo interior, pero abierto al futuro desconocido mediante la intercesión con el más allá y el don mujeril de la profecía, sobre todo acá en las Indias, donde el sustrato mágico suele vivirse a flor de piel en su paradoja.

El convento novohispano, falsamente hermético y a salvo, se me antoja una tumba con muchas ventanas de fuga. “Vivimos en el siglo y sin embargo respiramos fuera del mundo, las oraciones comunitarias, monótonas y pastosas pautan nuestras horas, los toques de campanas marcan el ritmo de los oficios que cumplimos y lo hacen reverberar día tras día del mismo modo, bordando uno y el mismo instante sin consecución y sin pausa, a la manera de una noria”, intenta decirme una voz que apenas va surgiendo en mi cabeza. El tiempo de un monasterio es una cascada de intervalos entre una oración y otra. Y en los intervalos, la labor edificante o simple que no conlleva riesgo. El tiempo conventual no tiene unidad de medida comparado con la Historia, es el simple trajinar entre un ceremonial y otro. La distancia entre sus horas canónicas son intermedios absolutos en que la conciencia se adormece o puede volar hasta el limbo: esa parte intocada del alma, ese cuarto oscuro. O por el contrario, en ellos el espíritu elige quizás aventurarse a través de los gruesos muros: saltar “al otro lado”, a la parcela ignorada de la psique, su ser ignoto, y corroer la santa turgencia del “Costal del mundo”, donde según la creencia otomí el universo está contenido.

En su cotidiano transcurrir perfectamente administrado, a ratos fuera y a ratos dentro del acontecer prosaico de las calles y las cortes, el convento novohispano es un puro presente suspendido –mientras en él no se cuele, claro, el hambre, las exigencias de las autoridades, las aguas negras o la peste–, un presente donde las visiones y raptos de una monja son siempre una bienvenida novedad: “A mi celda solitaria acudieron los Espíritus Custodios, mensajeros entre un tramo de la historia y otro tramo, entre los vivos y los muertos. ¿Son acaso ángeles los que traen noticias de los asuntos delicados y secretos, pero también de los mundanos?, ¿o son ancestros travestidos a la usanza celestial, que nos visitan con alas de zopilote, piel cenicienta y hábitos roídos, dejando una estela fétida, aunque fertilizante? ¡Qué lejos y qué cerca rondan ellos a los que aún vivimos sobre la tierra! Lo celestial y lo terreno, lo terrenal y lo subterráneo se entrelazan aquí entre las paredes de tezontle del convento, igual que las floraciones purulentas de carne con las púas del silicio, o igual que los gérmenes y las hojas caídas en la pila del patio, o el aceite y la mugre de los dedos en el cuenco del agua bendita”, añade la voz naciente de la que antes hablé y a la que ahora hago eco: Y esa celda tuya, le digo, rica o pobre, tu celda engalanada o desnuda –tanto mejor–, cubículo gris sin espejo, es tu segundo cuerpo, coraza que te protege de las miradas curiosas pero que no se marchita contigo. Tu celda: caja de ecos donde te dispones a escuchar no sólo tus propios murmullos al rezar o al recriminarte, sino incluso lo que proviene de más allá del siglo, o quizá, de una intimidad con ese Alguien infinito que atesoras, ya sea en forma de afección corporal o de un deleitoso delirio que somatizas para volverlo verdadero. Tu celda: nido de una sensualidad dispuesta, que emula la “morada” o la ermita a la que dices retirarte con la esperanza de que llegue hasta ahí la Voz amante; escondrijo también del dolor autoinfligido, ése que libera de las pequeñas ansias a cambio de las excelsas, refugio del placer, pero a la vez su cima, más elevada que el placer mismo, pues se encuentra presta al propio cuerpo en sacrificio y permite la “visión clara’” en la cumbre más riesgosa del encuentro. Y entre un dolor y otro, la permanente oración, esa dosis homeopática de anestesia, el bálsamo de las palabras y el de escuchar alerta aquella Voz que acaso hable y te consuele o te eleve por encima de ti, fuera de ti, lejos.

¡Pero ah, cómo son las cosas para las mujeres! La Historia con sus crueldades y absurdos debía purificarse no en tu mente ni en tu corazón, sino en tu carne: teatro orgánico y extremadamente responsivo. Porque es ésa la tarea, mi niña santa, ésa es justo la tarea que te impusieron. Así está previsto, no sólo por la cultura de la época o por la religión sino por alguna más antigua y atávica creencia: que sólo las conmociones ocurridas en la naturaleza de lo corpóreo purifican el espíritu del mundo. La epidemia, la cólera de una población y la putrefacción que avanza silenciosa en el cuerpo vivo, sólo ella evita la decadencia siempre inminente del universo. Tú, Jacinta, Isabel, Leonor, más que nadie, lo adivinas. Aun a pesar de la cumplida tarea de Cristo y el intenso poder de su pasión, indispensables siguen siendo los sacrificios humanos, ejecutados a golpe de cuchillo o en el coito mortal, o bien los insignificantes, si bien diariamente renovados: la flagelación, los ayunos y otros recursos abiertos a la inventiva de cada religiosa, capuchina o descalza, con tal de que sucedan en su carne, en el ardor de su nervadura o en el dolor de sus huesos.

A cambio, e incluso antes de la gloria eterna, una droga inigualable: el delirio de santidad, escape del cuerpo a través del cuerpo mismo. Un cuerpo que encarne la pena de María la Virgen cuando ve crucificado a su Hijo, un cuerpo que resienta la ausencia de Dios mismo ante Jesús en sus últimos momentos y, sobre todo, que haga suyas las heridas de la Historia, circundante, pasada y venidera. Ésa es la tarea que te tocó, Jacinta, india cacique hija noble de guerreros, monja de velo negro –caso excepcional pero factible–. Ésa es tu tarea, ya sea con tu consentimiento o sin él. Si profesar como Esposa de Cristo no era –según se pretendía– una cuestión de elección personal sino de conveniencia familiar, comunitaria, ¿por qué te extraña que tu padre, tu “podrido padre”, como le llamas con reverencia y en secreto, se empeñara en que entraras al convento pese a tu fiera resistencia? Por tu fiera resistencia precisamente. Un linaje precisa de herederos, pero también de vírgenes. Ellas son las guardianas del embrión, la clave de la regeneración y de la entraña intocable.

En tu siglo al menos, Jacinta, tu celda en el convento es el capullo en que cultivas lo que da por llamarse “el alma”, larva que debe comerse al cuerpo, ávida de chuparse sus secreciones, sus sangrados, su esperma y sus sensaciones más encendidas. Quizá en tu minúsculo aposento pasaba algo enigmático y obtuso, como en los oráculos antiguos o la boca sucia del sexo… eso que llama “la cosa materna” el mito hñähñu.1 Porque tu celda, terreno desolado y disparejo entre los riscos, es también una sala de torturas. Aquí entre las páginas de este libro no dejaré que seas víctima de la Inquisición, ni me voy a regodear en tus pecados de amor y de miedo, ni haré hincapié en tu predilección por los tormentos del espíritu. Ya tienes, de hecho, la osamenta sometida a los rigores del potro.

*

Yo, que andaba en espera de una voz con la idea de escribir este libro, la voz de quien ahora llamo al fin Jacinta, creando huecos en mí por saber si realmente la invocaba, resulta que veo surgir un archipiélago de voces asomándose en un rumor pantanoso de palabras. Y no concibo como escenario de las cuitas que refieren sino una intemperancia pictórica semejante a la de El Bosco. Y vuelta a preguntar (modalidad menos pura de la escucha): ¿en qué zona de su ser vivía fray Basilio de la Mota?, ¿cómo la conversación escrita de Alonso Sánchez Lavaniegos era capaz de traer a la presencia a su perdida compañera de vida –interlocutora silenciosa pero salvíficamente elocuente–?, ¿cómo se modela el sarcasmo en un jardín confinado a la inocencia, si se ha asfixiado un corazón tan feliz como el que Águeda tenía?, ¿qué evitó que Sor Juana “cayera” en el misticismo?, ¿fue su genio, su falta de certezas, su fuerza? La respuesta más directa sería: No todos quieren ser almas mendicantes, no todos marchan al exilio dentro de sí mismos, algunos van por una nueva geografía… Yo sólo he estado espiando desde la rama torcida de un árbol, medio oculta tras el follaje, soñando que oigo cada vez más de cerca a Jacinta, a Basilio, a Águeda y a Alonso. (Sí, me digo, las demandas de los ancestros son ilimitadas). He estado en espera de que en mis aguas sus voces creen ondulaciones, y esas ondulaciones se expandan, vuelvan en reflujo y choquen entre sí, formando una geometría vivaz, delicada. Cuando se evoca un diálogo entre el alma y Dios, o lo que ha dejado de ser considerado Dios, ¿qué es lo que surge? Es otra de mis preguntas. Supongo que me hallo aquí para preguntar otro tanto y esperar, o en el peor de los casos, deambular por las hojas de papel como ánima que pena. Todo lo que llevo descubierto hasta ahora es que no me aventuré jamás lo suficiente. Mi conocer dubitativo, mi hablar entrecortado son la prueba. ¿Y si fuera sólo el espejo de quien pase por delante, un reflejo que delira poseer sustancia propia? ¿Y si fuera sólo el eco?, ¿sólo un eco que se fuera?, ¿un afuera siempre hueco?, ¿seco y solo?

 

Basilio

Entreme al templo a solas por la noche y vide, ¡oh maravilla!, en el altar jirones del sudario de mi hermana,y en viéndolos cual sábana sagrada, me avine a conservarlos de reliquia.

Entrando en la sacristía con gran precipitación porque nadie notase la estela de olor que dejaba a mi paso, confirmé que esta negra túnica, que me protege de las tentaciones más que de la intemperie, habíase impregnado de una fragancia inusitada, mezcla de nardos, rosas, jazmines, claveles, gardenias y algún otro obstinado aroma, como el de haber estado sobre la hierba con cierta doncella en ilícito abrazo. Pero no fue yaciendo con mujer que mi áspero sayal se llenó de olor tan penetrativo y que mi atribulada cabeza viose embebida en peregrina delectación, sino a la vista del cadáver de la Venerable Madre Jacinta Isabel de la Encarnación de Guadalupe, difunta treinta años ha, quien fuera expuesta hoy día seis de abril del año de mil seiscientos ochenta y cinco, por órdenes del Obispo Manuel Fernández de Santa Cruz y Sahagún, mi ilustrísimo tío, quien mandó excavar la fosa desta sierva de Dios luego de haber sido alzadas las losas del Coro bajo, en el Monasterio de San Joseph y Santa Teresa, a fin de obtener señas fidedignas de su santidad.

Cosa admirable y a la vez siniestra fue que la osamenta se hallara incorrupta, flotando sobre un magma rojinegro, con los huesos de las manos cruzadas a la altura del pecho, y sobre el cráneo levemente ladeado, diríase en dulce gesto, el armazón de alambre donde las hermanas colocaron otrora flores y figurillas de papel y cera –mariposas, ángeles, colibríes–, porque aquesta querida hija de la comunidad acudiera hermosamente coronada al glorioso y definitivo encuentro con su Esposo.

Me di a comparar la escena que tenía ante los ojos con un retrato que vide al cruzar el corredor que conduce del locutorio al claustro, un retrato de perfil que la priora en turno había hecho pintar de sor Jacinta Isabel, yaciendo en su féretro, cubierta de flores vivas y demás decentes ornatos, toda llena de resplandores cobrizos, según deponen en sus informaciones abonados testigos, tanto del momento preciso de su muerte como de pasadas varias horas, cuando la venerable abrió los ojos cual si reviviera, y elevó su mirada hacia la imagen del Crucificado que colgaba de la pared, para cerrarlos luego santamente y para siempre.

Sabe mi Dios de cierto que asistí a aquesta exhumación no por mi gusto ni llevado del morbo, excusable en un agustino joven, poco avezado en tan lóbregas ceremonias, sino por cumplir la tarea que el Obispo, a quien sirvo como secretario en Catedral, me tiene encomendada meses acá en relación con la madre Jacinta Isabel de la Encarnación, “la más misteriosa de nuestras venerables”. Díjome mi tío que hiciera escrutinio de todas sus cosas con fría y acuciosa diligencia, valiéndome de cualesquiera fuentes hallare. Me alcancé entonces los Cuadernos espirituales escritos de la mano de sor Jacinta y tomé registro de las revelaciones –harto indiscretas a lo que puedo yo discurrir– que de viva voz me hiciera su confesor, el reverendo padre Gaspar de Huesca. Reuní también los testimonios de otras religiosas que la conocieron e hice acopio de cuantos milagros, presagios y prodigios hubiere noticia, atribuibles a la venerable, entre la gente de esta nobilísima ciudad de Puebla de los Ángeles, sin reparar en su raza o estamento.

Díjome el Obispo que mirase con especial detenimiento las notas y relación que la madre Águeda de Cristo, compañera de celda y confidente de sor Jacinta, escribió a petición expresa de quien fuera abadesa del convento por entonces, la cual se hallaba un tanto conturbada con las exaltadas visiones de sor Jacinta, mas no podía sino admirar los dolorosos vencimientos, las mortificaciones y las muchas virtudes con que servía de ejemplo a las demás vírgines del claustro. Y también por razón de que, encima de ser cubícula y amiga suya, era a la dicha sor Águeda, y no a su confesor, a quien la joven comunicaba sus visiones más íntimas, dejándole ver, entre otros atributos de su alma, el don de profecía que de cierto la agobiaba.

Finalmente, díjome mi tío que conociendo los defectos de mi pluma tanto como mi nula experiencia en asuntos de judicatura eclesiástica, no esperaba que acometiera la compleja labor de un hagiógrafo, pero que mi instrucción de bachiller me habilitaba para adelantar algunos pasajes y reunir información que pudiera resultarle útil a su Ilustrísima cuando éste se diera a la tarea de escribir y firmar él mismo la biografía canónica de la V. M. Jacinta Isabel de la Encarnación. Tenía resuelto enviar el caso a la Sagrada Congregación de Ritos del Vaticano, solicitando que se iniciara el proceso de beatificación de la singular religiosa, nacida en tierras americanas y, con mayor ventaja, india de noble origen: “para mayor gloria y beneficio de nuestra causa”, agregó con claro entusiasmo.

Confieso que esta comisión me incomodó en un principio. Sabe mi Dios de cierto que siendo protegido y secretario particular de su Ilustrísima llevo de buen grado las cuentas de la arquidiócesis y cubro las habituales funciones parroquiales, incluso la de provisor, cuando ha menester. Y sin embargo de esto, siempre encuentro la manera de reservar un tiempo para la meditación y el estudio, lo cual no he querido abandonar de que me diplomé en la Pontificia Universidad de México. La idea de andar a diestra y siniestra persiguiendo habladurías, hurgando en documentos, actas, cartas personales y, en suma, escrudiñando todas las cosas de una monja difunta, no sólo me pareció impúdica, sino que acabaría devorando el preciado espacio que dedico a mi cultivo espiritual. Para colmo de males, bien sabía yo cuán vanos resultan los incontables esfuerzos literarios, testimoniales y políticos que suelen hacer los altos prelados para conseguir beatificaciones en las Indias, y en particular en la Nueva España, ¡con aquesta mala fama que habemos de provincia licenciosa!, siendo el fracaso más reciente y sonado el del Obispo Juan de Palafox. Por muchas “Vidas y virtudes” que ordenó componer sobre la Venerable Madre María de Jesús de Tomelín no logró que el expediente fuera seriamente considerado en Roma. A pesar de lo que vengo diciendo, jamás me atrevería a replicarle a mi tío, habida cuenta de su autoridad y de los tantísimos favores que de él he recibido, sin los cuales andaría yo, hogaño, cuidando gallinas en Atlixco y no presidiendo la exhumación de tan afamada monja ni haciendo parte en procedimientos canónicos de tanta envergadura.

*

Aquí en mi gabinete, muy entrada la noche y resintiendo elprodigioso aroma que me envuelve, me veo arrastrado por una ráfaga de inspiración y ya dispuesto a ensayar una crónica, con denuedo vívido y minucioso sobre la heroica agonía, pacífica muerte y honroso sepelio de la Madre Jacinta Isabel de la Encarnación, como si yo mismo hubiera estado presente y a su vera, pues bien conozco que es en los pormenores deste tránsito final donde la santidad y pureza de un alma ejemplar se manifiesta por entero. Vale comenzar, pues, por ese pasaje. Es en dicho trance, además, cuando la religiosa libra la definitiva batalla con el Demonio quien, avisado por la imposición de los santos óleos a la moribunda, acomete un último intento de hacerle perder el alma, sea ya por temor o por flaqueza. La voluntad de la expirante entabla entonces un duelo tremendo, incluso en veces contra su propio entendimiento, y así puede decirse que cuanto más cruenta es la lucha, más gloriosa la victoria que la conduce a Dios. Por desgracia, existen casos como el de aquella otra carmelita poblana que no se avenía a la idea de morir y cuya agonía estuvo acompañada de visiones aterradoras del Juicio Final, mientras que de su boca salía más de una blasfemia causada por los agudos dolores que sentía en el cuerpo y en el espíritu. Nada semejante ocurrió a sor Jacinta Isabel, cuya tolerancia al dolor y gustosa aceptación de la muerte es del común conocimiento de las gentes. Mas, no han de ser su extendida fama ni los devotos rumores la materia sustancial de mi informe al Obispo, no.

A fin de referir con la mayor inteligencia y verdad la forma en que murió la venerable, consideré las anotaciones que hizo sor Águeda a pocos días del entierro, pero sobre todo obedecí a los vuelos que en mi magín había provocado la contemplación del retrato fúnebre de mi hermana, su apacible rostro moreno y su cuerpo dulcísimamente tendido en el ataúd, fiel testimonio de la jubilosa partida de su alma, librada ya de tormentos, hacia la patria celeste. Mas, ¿en verdad partió? No, no del todo, en lo que a mí parece, pues no acabo de aspirar este olor a cielo que se ha prendido de mis hábitos y de la piel que respira bajo dellos.

Habiendo leído en los últimos meses una cantidad copiosa de sermones fúnebres, hagiografías, elogios y sucesos que de ordinario se escriben sobre el arte de morir de hombres y mujeres que merecen epíteto de ‘santos’, conozco de memoria las reglas y estilo desta guisa de escritos. Pero siendo tan grande mi conmoción al contemplar sus restos, quiero iluminar a mi particular manera las maravillas que antecedieron y acompañaron el deceso de mi hermana, ave desconocida y recobrada, sin contentarme con recitar las consabidas vicisitudes de una muerte gloriosa.

Por visitar el tono que la materia exige, releo una parte del sermón que pronunciara el reverendo padre Don Diego de Santander durante las exequias de la madre Jacinta: “Elogio sepulcral a la muy ilustre y venerable religiosa de velo negro del Monasterio Carmelita de San Joseph de la Puebla de los Ángeles […] que tres meses antes del suceso supo predecir con atinadas luces el día y hora de su muerte, anunciando con inmenso gusto a sus compañeras cuán próximo se hallaba su feliz tránsito a la vida duradera […] Fueron tantos y tan graves los trabajos que padeció por su mano, que bien pueden competir con las de los más rígidos anacoretas […] Y sin embargo de esto, la halló la muerte tan llena de méritos, tan prevenida de virtudes [...] Pero así los trabajos como la vida, todo pasa y desaparece como una sombra […] Así, oh, Hermana Jacinta, desaparecieron tus floridos años, y ¿dónde voló tu valiente espíritu? […]”.

Ay, cuánto quisiera evitar yo las ornadas expresiones que combinó el Reverendo, y por el contrario, limitarme a describir con humilde llaneza los hechos que a la verdad ocurrieron. Para ello he de extraer algo de mis pesquisas, y otro tanto adivinar, por ejemplo, que esa última mañana de Viernes Santo entró sor Jacinta Isabel en la enfermería muy acongojada de achaques y debilísimo el cuerpo, y siendo que con mi propio ser etéreo la seguía, lo mismo que un espíritu invisible que aún no nace pero que ya lo anhela, dar cuenta de cómo recibió los cuidados de sus hermanas, antes por complacerlas que por desear prolongar su vida. De cómo, pese a los ruegos dellas, de la priora y del mío –no por inaudible menos apremiante– negose sor Jacinta a rendir las armas del silicio, a cuyas correas se habían adherido unos crecimientos de la carne, por lo que hubimos de cortar las ligaduras y desgajar la piel, para inmensa tortura de su tronco lacerado. Vistiósele después con una camisa tan ligera que en ella se entraba una divina brisa, la cual, según percibimos quienes ahí estábamos, parecía alzarla en vilo. De cómo sor Jacinta Isabel suplicó entonces a la abadesa que acudiesen las cantoras y entonasen la “Letanía de Nuestra Señora”, que cantó ella también con voz tan fresca y lozana como la que tuviera en los tiempos en que profesó como monja clarisa. De cómo abrazó una a una a las religiosas que habían cantado alrededor de su litera, siendo yo mismo quien recibiera el último de esos abrazos, pese a mi condición inmaterial. De cómo hizo llamar al reverendo don Gaspar y le dio cuenta de su conciencia. Y de cómo, ya reconciliada, volviose a su celda a medianoche y recogiose en su cama, a mi costado, tan cerca de mí que podía escuchar su aliento y percibir la sutil y continuada corrosión de sus huesos. Todo esto sucedía bajo la mirada tristísima de sor Águeda, quien veló hasta maitines sin pronunciar una sola plegaria y sin que sus azules ojos y graves se cerraran ni una vez, absortos en la nada oscura que parecían tener delante dellos.Quiero referircómo, amanecido el sábado de Gloria, nada más despertar, la madre Jacinta pidió que se le suministrase el viático, y ya fortalecida aceptó la extremaunción. Cómo, mientras el capellán recitaba las encomendaciones, seguidas de un soporífero sermón, quedose sor Jacinta en suspensión grandísima, manteniendo, a lo que yo discurrí, un coloquio interior con el Señor o quizá luchando contra el Demonio enardecido. Sabe mi Dios que mi hermana esperaba con notable entereza la muerte cuando yo empecé a desvanecerme del cuadro que en mi imaginación había fraguado. Tocaban las campanas a doble.

De pronto, la desfalleciente Jacinta volvió en sí, atajando con un gesto la perorata del capellán, y pidió a sor Águeda que la ayudara a sentarse. Cuando se hubo incorporado, apoyada en el hombro de su amiga, clavó la mirada en algún punto del horizonte, inaccesible a cualquier otra criatura, y pronunció en su lengua natal:“Nubye, Ma ‘ñoho”. Expresión que, ¡oh cristiano lector!, se descifra como: “Ahora, Señor mío”. Y fue entonces cuando la palma de Dios recogió su alma suspensa.

He de mencionar también que, por el espacio de tiempo que duró el sepelio y la procesión que partió de la sala de visitas hacia el Coro bajo, recorriendo lentamente las distancias de los claustros, extendiose por el convento una gran fragancia de olor –que como tengo ya dicho me ha tocado en gracia aspirar, armoniosa y curativa–, de modo que todos los que acudieron al entierro viéronse libres por unas horas de sus persistentes achaques, y apartados de su propia inquietud o desconsuelo, según relata sor Águeda, quien así interpretó las expresiones de serenidad y sosiego que mostraban por igual las prominentes personas, los prelados, las religiosas y las sirvientes que hicieron parte en el cortejo. Depone en lo auténtico su confesor, el padre Gaspar, que en la faz de la joven difunta viéronse reverberar, como en un espejo, los mismísimos rayos del sol, y que un polvo de luz dorada surgido del cuerpo de la venerable llovió sobre las cabezas de aquella muchedumbre de personas. Apunta además sor Águeda que el rostro cobrizo denuestra Jacinta –imposible hallar correspondencia alguna entre el hermoso rostro del retrato que vide unos minutos antes en el corredor y la calavera que tuve luego a mis pies– transfigurose por entero durante la procesión, sin mostrar ya los estragos ni la palidez que en él habían impreso las severas penitencias y la insidiosa dolencia de huesos que la aquejaba desde el juvenado. Fue así que sor Águeda de Cristo pudo admirar de nuevo, con el aliento contenido, a aquella muchacha exhausta y atribulada que había llegado trece años atrás al Monasterio Carmelita de San Joseph.

Contrariando mi deseo de sobriedad, escapan de mi pluma las sentencias que de ordinario ciñen el mérito de los religiosos ejemplares: “Al fin de su camino de perfección y en pleno señorío de sí misma, murió de treinta y tres años la venerable y preciosa madre Jacinta Isabel de la Encarnación de Nuestra Señora de Guadalupe, después de haber gastado diez y ocho años, un mes y nueve días en la religión, a día once de abril del año de mil seiscientos cincuenta y uno. Con un sobresalto en el pecho, que apenas me detengo a considerar…, expiró –sigo escribiendo–, luego de rogar a su Señor y Redentor que la admitiese en la gloria y resurrección eterna”. Me detengo de súbito. Suelto la pluma e inclino conturbado la cabeza, apoyando los labios en mis manos juntas. Pasados unos instantes y presa de un arrebato poco habitual en mí, mojo la pluma de nuevo, tacho el párrafo precedente y garabateo con exaltación: “No, no está muerta. Vive, vive porque su fama, para sus hermanas en Cristo, sus iguales indias y para nosotros sus compatriotas, exhala una combinación de aromas que nos sigue deleitando…”

Mas con todo, díjeme retornando a mi natural sereno, debo reconocer que yo mismo vide a sor Jacinta acabadamente muerta, muerta hasta los huesos, si así puede decirse, de varias décadas acá. Vide su cadáver blanco extraído del seno de la tierra, desprovisto de piel y carnes, dos veces desnudo ante mis ojos, los cuales he podido considerar vírgines sólo hasta el presente, pues fueron hoy penetrados por un horror y una belleza incurables. ¡Oh, cristiano lector!, contemplar los restos de mi hermana desenterrada fue cosa harto difícil de sufrir. Vide en la fosa su esqueleto, alineado con otros esqueletos cubiertos de cal, algunos dellos encogidos como embriones de pollo, otros incompletos, con fémures y cráneos desasidos de su natural estructura.

¿Por qué la desolada osamenta de sor Jacinta me resultó tan entrañable, tan preciosa? Fue como si me hablara al corazón desde la huesa, interrogándome con su inerme beatitud, al tiempo que me instruía de un ayer y condición en los que yo carecía de existencia –si es verdad que las almas comienzan a existir sólo cuando encarnan–. Un ayer en que no era yo venido al mundo, ni triscaba por las laderas del monte, ni pateaba guijarros sobre el suelo polvoriento, ni ambicionaba asistir a la cátedra de teología del eminente Íñigo Hernández, ni imaginaba que leería, como lo hice durante noches inextinguibles y con el pecho traspasado en mi celda de novicio, Las Confesiones de nuestro padre San Agustín, ni había sido honrado con el cargo de secretario de un Obispo, y mucho menos con nombramiento de provisor, a menudo encargado de celebrar las nupcias espirituales entre alguna novicia perpleja y un Cristo atemporal…

Debo por fuerza tomarme un respiro.

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Además de la madre abadesa, quien una vez terminada la labor de pico y pala ordenó a los albañiles se retirasen, lo cual hicieron apriesa, asistieron a la exhumación un notario, el capellán, dos frailes, uno de la orden carmelita y el otro franciscano, así como tres novicias de velo blanco que se hincaron de rodillas al borde de la fosa para murmurar unos rezos, o más bien, entonarlos en voz queda.

Acabados los rezos, una de las novicias se inclinó sobre la fosa y con temerosa devoción rozó con la punta de sus dedos la mano izquierda del cadáver, como si tanteara una caricia. Ahí me percaté de que se echaban en falta los huesillos del meñique, y lo mismo sucedía con un dedo del pie derecho, donde víanse, ainda, vestigios de un vendaje. Tal pormenor coincidía con la relación que sor Águeda había hecho de lo acaecido durante las muchas horas que el cadáver se mantuvo a féretro abierto antes de que fuese inhumado: y esto fue que una pareja de religiosas entró a hurtadillas al Coro bajo y cortó del cuerpo amortajado las partes que tengo ya dichas. En aquella ocasión, con espanto grande vieron las hermanas un brote de sangre ennegrecida que les fue harto difícil contener.

¡Ah!, cuánta repugnancia me causa la costumbre que tienen aquestas monjas y también prelados, confesores, familiares y aun ralea del populacho, de asaltar y desgarrar la mortaja de santos y venerables, a fin de alcanzarse reliquias para su personal uso y provecho, valiéndosedellas en sanaciones o a guisa de talismán. Y no sólo retazos del hábito sino partes corporales como orejas, manos, narices y dedos que les son cercenados a esos cadáveres indefensos. Pertenece también a lo que voy diciendo el congojoso caso de la madre María de Jesús de Tomelín, a quien sus compañeras de claustro osaron extraer de su sepultura para decapitarla y preservar en secreto la santa cabeza tras del altar de su capilla, por que aquesta reliquia las protegiera de todos los males y las guiara con mejor consejo por esta vida mortal. ¿Por qué diabólico artilugio habría a hablares una cabeza en podre?, me pregunto, rascándome la testa recién rapada, con dolorosa injundia.

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Por un buen espacio de tiempo halleme a solas en el Coro frente al cadáver, cabe la temblorosa penumbra de los cirios; pues apenas terminados los rezos y la lectura oficiosa del capellán y el apunte que en algún folio de su cartapacio hizo el notario, los presentes se habían retirado uno por uno a las calladas, alejándose del hálito de la Parca. Quizá consideraron que ya habían encarado lo bastante el devoto espanto, y que la vista de los restos de la venerable bien pudiera enhechizarlos –como estaba sucediéndome a mí–. Era tiempo de volverse a la monótona y calma rutina de nuestros monasterios y oficinas.

Oí retumbar afuera la voz de la priora llamando a los albañiles para que entrasen a cerrar la fosa y recompusieran el enlosado del Coro.

—¿Qué?, ¿os habéis marchado ya, rufianes? —vociferaba—. ¡Pues que alguna niña de la ropería vaya a traerlos de vuelta!

Los albañiles no aparecieron y, aunque las campanas habían llamado a vísperas, yo permanecí clavado en aquel sitio, avasallado por la dignidad de la ocasión, regalándome un rato más de intimidad con la admirable calavera, de cuyo cuello colgaba una cruz de metal gastado que sólo hasta entonces miré con atención. En ello estaba cuando por mi cabeza cruzó una grave pregunta: ¿y qué fue de la enfermedad de huesos que padecía la madre Jacinta?, ¿no hubiese dejado alguna traza de quebranto o degradación en la columna, el costillar, las extremidades? Salvo el trozo ausente del meñique y un dedo del pie, la osamenta parecía intacta.