El pintado - Maximiliano Gómez - E-Book

El pintado E-Book

Maximiliano Gómez

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Beschreibung

«El pintado» es una localidad en la provincia de Chaco, Argentina, donde vive la comunidad oprimida Wichí. Está atravesado, en gran parte, por la densa forestación de El Impenetrable. Dentro de este contexto, transcurren muchas historias que solo las frondosas entrañas de la madre selva conocen. Y los testigos divinos… No todas son gentiles y amenas; así como la naturaleza misma, sobre todo si en ella se inmiscuye el hombre, suelen ser violentas. Aunque el relato principal –el que da nombre al presente libro– está narrado en tercera persona, casi todo el tiempo, busca navegar la psiquis del protagonista; y a partir de allí se relata. Lo que nos queda, probablemente, son los cimientos desnudos de la mentalidad de un perfecto hijo del patriarcado. A eso ya lo decidirán ustedes. De esta historia principal, se desprende otro relato más breve, «El chamán», que se ubica en la misma localidad pero en un tiempo anterior y trae consigo la misma magia y leyenda que su predecesor.

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Seitenzahl: 109

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Matias Javier Parodi

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Gomez Oviedo, Juan Maximiliano

El pintado / Juan Maximiliano Gomez Oviedo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

100 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-693-5

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos Fantásticos. 3. Leyendas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Gomez Oviedo, Juan Maximiliano

© 2020. Tinta Libre Ediciones

El pintadoMaximiliano Gomez

A mis dos abuelas:

Susana

y Amanda.

índice

El pintado

- 11 -

Capítulo 1 - 13

Capítulo 2 - 37

Capítulo 3 - 49

Capítulo 4 - 53

Capítulo 5 - 61

Capítulo 6 - 63

Capítulo 7 - 69

Capítulo 8 - 71

Capítulo 9 - 73

Capítulo 10 - 75

El chamán

- 81 -

Notas del autor - 95

Sobre el autor - 97

El pintado

Capítulo 1

Había tomado la ruta nueve hacía un par de horas ya, cuando acababa de salir de ese pueblucho en donde estuvo varado un tortuoso tiempo a causa de la pandemia que azotaba al mundo por aquel entonces.

Los días en los que permaneció atascado los había pasado en un hotel de mala muerte, el que le había podido pagar la empresa para la que trabajaba (de todos modos, era el tipo de hotel que aquel inmundo pueblo –según lo consideraba nuestro protagonista– podía ofrecerle, ni más ni menos). El hotel de categoría no tenía más que un par de cositas dulces extras para el desayuno y, tal vez, un poco menos de olor a humedad en las habitaciones. Así que daba igual qué tipo de hotel podía rentarle la empresa en ese pueblo, no se podía aspirar mucho. «¡Bah! ¡Qué mierda! No se puede aspirar a estar en un lugar de alojamiento catalogado, mínimo, como un sitio digno en donde albergarse». Quique bien lo sabía porque ya conocía aquel pueblucho.

Se la pasaba viajando por toda la provincia del Chaco intentando vender los seguros pedorros que la empresa para la que trabajaba le encargaba y había pasado numerosas veces por El Sauzalito; sí, centenares de veces. Ya conocía a muchos de sus habitantes, y muchos de ellos lo conocían a él (aunque no le tenían mucha estima, «así son los chaqueños putos; negros de mierda, desconfiados», pensaba Quique). Así que, si le preguntaban cuál sería uno de los últimos lugares en la tierra en donde le gustaría pasar una cuarentena por una pandemia de mierda, hubiera dicho que aquel pueblo chaqueño. Pero así se dieron las circunstancias, y Quique había aprendido a lo largo de su vida que no podía tener el control sobre todo, lamentablemente. Aunque también había aprendido que de él dependía, en buena medida, que esas cuestiones sobre las que no podía tener el control fueran muchas o pocas.

En definitiva, no podía tener el control hasta que finalmente lo tenía. Se hacía a con él cuando su paciencia explotaba y ahí entonces las cosas sobre las que no tenía control, se reducían. En ese momento empezaba a sentirse bien. Y de buen grado sabía que era capaz de todo para lograrlo. «¡Mierda, para qué vinimos a esta puta vida sino es para sentirnos bien!». Pero seguir pasando los días de su vida confinado en un hotel de mala muerte en un pueblo de mala muerte era todo lo contrario a sentirse bien.

Soportó una semana y tres días. Desde la empresa lo telefoneaban unas tres veces al día y le pedían que aguantara, hasta le habían hecho entender que en una semana posiblemente podían recortar la paga del alojamiento del hotel y la pensión completa, a media pensión y medio alojamiento; “el gobierno se hará cargo del resto”, le habían dicho. Quique le cortó la llamada inmediatamente a su encargado y tiró el celular con todas sus fuerzas sobre la inmunda cama de la inmunda habitación donde estaba en cuarentena. “¡La puta que te parió, maricón de mierda!”, gritó. “Que se vaya a la puta que lo parió el gobierno. Eseperoncho, títere de la yegua, no me va a pagar nada”. Bien sabía que así sucedería, y de su flaco bolsillo no le sacarían un peso para pagar aquella pocilga en la que había quedado varado culpa de la pandemia, como resultado del Coronavirus, Covid-19, “o como se llamase esa cosa inventada por los chinos, seguramente”.

Propinó con fuerza un puntapié en la pata de la cama. Por suerte llevaba sus zapatillas deportivas porque se pasaba todas las horas del día y de la noche, que estaba circunscrito en aquel hotel, “en patas”, como le gustaba decir a él, y la verdad que a la hora de patear cosas (algo que hacía a menudo cuando se enojaba) no meditaba antes si tenía el pie cubierto con un calzado o no. Simplemente la patada salía y tenía que darle a algún objetivo, el resto no importaba. Era algo totalmente perentorio y necesario. Patear. La otra alternativa, menos frecuente, era golpear lo que tenía a su alcance con la fuerza de sus nudillos; a la tonta de su mujer, por ejemplo, como él la consideraba.

Miriam era una mujer de pocas luces que necesitaba esos nudillos como ellos a ella, según Quique. Que ya vinieran todas esas estúpidas feministas a contradecirlo, eso era algo que lo había aprendido de su padre y su padre del suyo, y así. Era un legado. Algo sagrado. ¡Mirá si ese grupo, “ese colectivo” –como les gustaba llamarse– de tortas feministas iban a venir a acabar con el legado más sagrado de su buen apellido y el de todos los que tuvieran la suficiente dignidad de creerse realmente hombres! Recordaba, cobijaba y cuidaba con recelo aquel legado que le había dejado su padre: “Si una mujer se pasa de la línea, si tiene el suficiente atrevimiento como para manifestarse y creerse más de lo que es, si no sabe cuál es su lugar y lo confunde con el de un hombre, hay que corregirla”. Y la más cercana, única casi, era la mujer de uno.

Quique pensaba que era como la crianza de un hijo. Solo que a un hijo lo criás desde cero, luego lo mantenés ahí, en línea. A tu mujer no podés criarla desde cero, pero al menos podés hacer que no cruce la línea. «No. Nunca. ¡Eso sería romper el mayor legado de un hombre, por Dios!». Feministas, ¡cuánto las odiaba! Si por él fuera, haría un golpe de estado con toda la milicia y empezaría a matar a todas las feministas. «Si estuvieras vos, mi comandante Videla», pensaba con amor.

Su padre también le había dejado otro legado. Le había dicho algo una vez mientras tomaban mates y comían pan casero solos en las viejas reposeras («las más cómodas del mundo», según recordaba Quique) en el porche de su casa, donde salían a tomar mates todas las tardes. Le había dicho aquello mientras su madre limpiaba las habitaciones, o estaba en la cocina haciendo algo, ¡vaya a saber Dios! Lo había sentenciado a buscarse una mujer fiera; aunque ello no tenía que ver con fiereza. En el léxico de su tosco pero sabio padre (según lo consideraba Quique), aquello significaba “fea con ganas”. De esa manera, nadie se la miraba deseoso y no debía renegar por ello.

Quique había seguido al pie de la letra aquel mandato, como todos los de su bendito padre (aunque consideraba a aquellos dos los más sagrados). Miriam era fea como un carayá. Eso tranquilizaba, por un lado, a Quique; y por el otro, le hacía dar más ganas de golpearla. Era como que si por ser fea, tuviese acceso libre a tratarla más como algo que como alguien. «Sí, está bien», pensaba Quique. Todos aquellos pensamientos se le arremolinaron en la cabeza luego de haber coceado la pata de aquel cuchitril, y esbozó una sonrisa torcida, más sosegado. Sosegado por aquel pensamiento y recuerdo pero solo por un instante, porque nuevamente rememoró su situación y la ira se hizo con él otra vez.

Le dio varias trompadas a la cama como un perfecto desquiciado. A veces él pensaba que lo era, pero después se convencía de que no, de que tal vez aquellas estúpidas personas (“los colectivos”, como se hacían llamar, las feminazis, las mujeres tontas, los pusilánimes de algunos psicólogos y “toda esa mariconada”) le querían convencer de que así era, pero nunca lo lograrían. Bien lo sabia él ya, de buena gana.

Su mujer lo había intentado convencer en cientos de oportunidades de ir al psicólogo y él, luego de haberla agredido (o mejor dicho, de darle el correctivo cuando se pasaba de la línea, para que las cosas no siguieran creciendo y se transformaran en un dolor de cabeza, o peor aún, su mujer lo fuera a denunciar o algo por el estilo –y ya bien sabía que el vil estado le daría la razón, ¡si estaban totalmente presionados por “el colectivo de mierda”!–) le decía que pronto lo haría, que ya sacaría turno con el bendito psicólogo para tratar “su problemita con la ira”, como le gustaba decir a la idiota de Miriam. Luego le preguntaba, a los días, otra vez, si había sacado el bendito turno con el psicólogo y la cosa comenzaba de nuevo. No se cansaba aquella mujercita de joder, joder y joder. Casi que Quique se admiraba por cómo la soportaba, ni siquiera se merecía tanta paciencia de su parte; ya sea por ser fiera, estúpida o rompe pelotas (o, simplemente, por ser mujer). Sí, así lo creía Quique.

Bueno, si había que ver algo bueno en todo aquello de haberse quedado varado en aquel pueblucho a causa de que la maldita pandemia lo había tomado haciendo su eventual trabajo de ventas de seguros, era, sin duda, que no debía soportar ver la fiera cara de Miriam, ni de oír su molesta voz chillona.

Sus hijos le daban un poco lo mismo (un poco… a veces). Tenía dos; Karen, de quince años (ya mostraba la fealdad de su madre, lamentablemente, caso perdido) y Pablito, de once, el único motivo por el que Quique se mantenía en pie. Aquel era el verdadero Pedrozo, quien continuaría el sagrado legado que le había dejado su padre.

Su pecho se inflaba al pensar en su hijo; además, Pablito ya era un Quique en miniatura. En la escuela, habían citado a sus padres en varias ocasiones porque el niño les había propinado varias golpizas a dos de sus compañeritos de grado, a “los maricas”, como él les había dicho. Quique había fingido todo el tiempo una expresión adusta frente a la maestra; le había ofrecido sus cordiales disculpas y le había prometido un buen correctivo para su hijo. Por supuesto, seguramente aquella escuálida y torpe mujer también pertenecía al colectivo que tanto dominaba todos los estratos y amenazaba con tomarlo todo (aunque Quique jamás se daría por vencido, Dios bendito lo sabía, ni él ni su hijo ahora). Luego, cuando estaban a solas con su vástago, lo felicitaba, lo tomaba del hombro con fuerza y lo zamarreaba, la misma muestra de cariño que le otorgaba su padre cuando era pequeño. Aquella muestra de cariño de machos.

Pablito también era una eminencia en el fútbol y un rompecorazones con las chicas (un buen indicador de que no había heredado lo fiero de su madre). Sin duda, Pablito era a quien Quique más extrañaba. Además, no podía dejarlo pasar más tiempo del debido con las dos mujeres de la casa, no, eso nunca; ¡a ver si le inculcaban sus ideas idiotas y tan peligrosas del colectivo feminista!

Extrañaba estar haciendo nada en su casa; y nada era tomarse una cerveza viendo un partido en la televisión (antiguo, ahora, porque por el virus ese tampoco se jugaba al fútbol), jugar jueguitos o masturbarse en el baño mientras veía porno en el celular (no era lo mismo hacerlo en aquel chiquero). Realmente, no quería seguir soportando estar allí por una puta ordenanza de un gobierno peroncho que defendía a los negros de mierda, a los putos, a las feminazis y a los despreciables colectivos.

Por todo eso y más (encima las amenazas de la empresa de que no le pagarían el total del alojamiento… «¡Ja!»), fue que había decidido dejar aquel hotel apestoso en aquel pueblo apestoso. No pasaría más días de su vida confinado allí; no, señor. Que vinieran con medidas de “cuidarnos entre todos”, “quedate en casa y protegé al prójimo”; todas aquellas frases que, en realidad, traían detrás una coacción de parte del escatológico gobierno peroncho que les quitaba a los ciudadanos su derecho a la libertad. Totalmente inconstitucional.

Nunca acataría ello. Ya se las ingeniaría para evadir los controles de gendarmería y de la policía (cobardes al servicio de un gobierno de maricas) y volvería a su hogar. Sí, señor. Además, él no le temía a un virus de mierda que mataba solamente a abuelitos. De buen grado sabía él que toda esa porquería era usada por el gobierno para manejarlos a todos como se les diera la gana e implementar sus medidas de autoritarismo totalitario, propio de los peronchos, y de los colectivos. No, señor. No más.