Nuevo mundo - Maximiliano Gomez - E-Book

Nuevo mundo E-Book

Maximiliano Gómez

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Beschreibung

En una localidad de la provincia de Córdoba vive un psicólogo viudo con una vida monótona; quien, viviendo junto a su hijo, está aferrado a la regia rutina. Un día conoce, junto al resto del mundo, un descubrimiento que marcará un antes y un después en la historia de la humanidad... Este será solo el comienzo, es el primer paso para otro descubrimiento más revolucionario aún… ¿A qué nos conducirá conocer una de las grandes incógnitas de la humanidad? A partir de allí comienza el desastre… El autor nos ofrece, a través de una intensa trama (sobre todo en la segunda parte), un breve, pero profundo, estudio psicológico y sociológico que expondrá a la sociedad, cruda, tal y como es, frente a un descubrimiento de tal índole; arrojando una tesis que nos evoca a la gran dicotomía ciencia vs. religión, separación del estado de la iglesia.

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Seitenzahl: 353

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Gomez Oviedo, Juan Maximiliano

Nuevo mundo / Juan Maximiliano Gomez Oviedo. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

308 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-574-7

1. Ciencia Ficción. 2. Novelas de Misterio. 3. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Gomez Oviedo, Juan Maximiliano

© 2020. Tinta Libre Ediciones

A mi padre

Nuevo mundo

Maximiliano Gomez

Primera parte

Crónicasdel desastre

1

Todo comenzó una tarde ventosa, cuando anunciaron la noticia que marcaría el principio de una nueva era en la humanidad...

Hoy, una tarde también ventosa luego de poco más de un año, me encuentro mirando por la ventana del living de casa mientras pienso y escribo en mi notebook cómo sucedieron todos los hechos. Veo por la ventana a la gente; algunos tumultuosos, todavía con cara de escandalizados y con los ojos salidos de las órbitas; otros con miradas de desdén hacia los que pasan cerca, caminando; otros van mirando al piso totalmente perdidos en sus pensamientos y, seguramente, buscando respuestas a algo tan desconcertante como inesperado para algunos (y esperado para otros), mientras miran las baldosas; y unos pocos van con su andar y su mirada de siempre aunque la confusión sea lo que gobierna a las personas que los rodean y, aunque ya no tan dominante, la ira.

Las calles abarrotadas de basura que va y viene por el viento, y escombros. En la esquina de casa dos autos destruidos y varados por un choque que había ocurrido ayer y por los que nadie se había preocupado. Los conductores estaban bien, al igual que sus acompañantes; pero no habían sido capaces de ir a recogerlos, ni la policía, ni ellos, ni nadie. Seguramente estarían preocupados por otros asuntos que, a su criterio, serían más importantes. Todo está sumido en un mundo surrealista que con un solo vistazo por el ventanal de mi living puedo apreciarlo. Si pudiera viajar en el tiempo y venir al presente desde tres meses atrás no habría necesidad de ser demasiado sutil e inteligente para ver el desconcierto, la drástica y desesperante situación de la humanidad que se esconde detrás de ese escenario, solo basta con echar un vistazo a media docena de los caminantes de mi cuadra (y de todas las cuadras del mundo) para entenderlo.

Hacía una hora, mi único hijo salió de su cuarto para volver a hacerme las preguntas para las que no tengo respuestas aún. Dio la vuelta y se metió en su dormitorio nuevamente. A los segundos se escuchó que prendió la televisión y probablemente ya esté dormido.

Siento un nudo en el estómago (cerca de donde tengo una herida recientemente hecha, aunque ya no duele) y un punzante dolor de cabeza debido al desconcierto y la mezcla de sensaciones encontradas. Podría comparar estas con las sensaciones que tuve cuando falleció mi mujer hace cinco años (ya que también fueron sorpresivas y nuevas para mí) pero no estaría siendo justo, aquellas fueron de sorpresa, negación y tristeza. Estas son de puro desconcierto, al menos en mi caso.

Ayer a la tarde, antes del choque de los autos de la esquina, había hablado con mi vecina Rosa, que tiene su casa contigua a la mía. Una señora que siempre concebí un tanto arrogante y autoritaria. Fue una charla de poco más de cinco minutos, fue todo lo que pude tolerar su arrogancia y su ira. Lo único que hizo fue expresarme su odio y enojo, que ocultaban una profunda confusión insoportable. Yo, apenas hablé, traté de no dar pie a que la conversación siguiera y cortarla cuanto antes. «¡Qué mujercita tan desagradable!». Me dije, volviendo a casa, que trataría de impedir que mi hijo Agustín y sus hijas gemelas jugaran mucho, para dificultar en lo posible de tener contacto con aquella mujer. Siempre encontraba un problema y en cuanto me veía, me lo lanzaba todo; ya que su marido trabaja de camionero y no se encuentra casi nunca en su casa para oír sus densos monólogos (aunque estoy seguro le lanza el discurso en cuanto puede, las escasas noches que pasa con ella o las veces en que mi vecina lo llama a su celular —estoy seguro que él no la llama seguido en sus viajes, casi pondría mis manos al fuego por ello, seguramente serían contadas las veces que la telefonea, solo cuando sus hijas se encuentran enfermas o algo por el estilo—). Ella profesa la religión evangélica y Agustín siempre me cuenta que cuando se queda a jugar en su casa ella le recrimina por no ir a la iglesia.

Ya hablaré de ella más adelante.

2

Me remontaré a aquella tarde gris y borrascosa en la que todo comenzó (intentaré hacer una cronología de lo sucedido, relatando todo lo pertinente a este gran suceso y a su creador, mientras que también les relataré los hechos acontecidos de, me atrevo a decir, más importancia en mi vida por este último año). Era la hora de la merienda y le estaba preparando un té con leche a Agustín mientras él veía Toy Story, una de sus películas favoritas, en su habitación por, probablemente, quincuagésima vez. Después de poner la taza con la leche servida en el microondas y marcar 1:40’, encendí el televisor pequeño de la cocina. Era la hora del informativo. Me quedé contemplando la pantalla, apoyado sobre la alacena, de pies y brazos cruzados, con los ojos bien abiertos sin prestar atención a lo que estaba viendo y con la mente totalmente en blanco. Cuando advertí un tono severo en la conductora del noticiero de Teleocho, presté atención. Contaba que un científico estadounidense, un tal Albert Weiss, había descubierto un dispositivo que medía las emociones y los sentimientos de un modo preciso. Sonó el «ring» del microondas anunciando que la merienda de mi hijo ya había llegado a la temperatura buscada y me sacó del ensimismamiento. Me encontré boquiabierto e incrédulo ante lo que estaba contemplando, con una mano suspendida a mitad de camino entre mi cadera y mi cara. «De acuerdo —pensé—, de las emociones no dista mucho la neurociencia de medir a través de varios estudios; aunque no puede hablarse de medir con todo lo que implica ese término, pero se puede acercar, y además sabemos qué emoción siente una persona, digamos las emociones básicas y universales. En definitiva, de las emociones no resultaba tan increíble… pero ¿los sentimientos? Algo tan subjetivo, ya es casi imposible medir de una manera precisa las emociones y ¡cuánto más los sentimientos!». Sonaba algo ridículo. Pero luego pensé en los límites imprecisos de la ciencia que siglo tras siglo nos sorprende más y más.

Pasaron un video en que el tal Weiss; el típico científico loco con sus pelos erizados y canosos y la expresión de su cara, con ojos crispados e idos, pero simpática; relataba cómo funcionaba su nueva invención. Por supuesto, estaba subtitulado:

—Este invento es el inicio de un proyecto muy grande que llevo ideando desde toda mi vida, es un simple paso para el mismo, no implica más que eso para mí, pero al menos el primer y más importante paso…

Quien le estaba haciendo el reportaje, alejó el micrófono del científico para acercárselo a sí y preguntó:

—¿No dará detalles por el momento de este objetivo, que dice, es aún más ambicioso que el que ha dado a conocer?

—No tengo intenciones de hacerlo todavía. No quiero crear falsas expectativas y no me gusta mucho cómo puedan llegar a tratar el tema la prensa y algunas personas. Aunque estoy casi seguro que lo concretaré, estoy muy cerca de hacerlo, pronto, más pronto de lo que se imaginan conocerán esta invención que marcará un antes y un después en el mundo…

—¡Wow! Nos deja estupefactos y muy ansiosos (hasta acá había subtítulos, a lo siguiente lo supe por mi inglés básico/intermedio —me inclino más a básico—). Esperamos entonces entrevistarlo dentro de muy poco nuevamente y que nos dé esta gran noticia a través de CN…

Cortaron el video de la entrevista para pasar inmediatamente a un video en el que se encontraba una chica de no más de veintitantos de años con un casco en su cabeza del que salía un tubo, del mismo color metalizado del casco que, a su vez, se conectaba a una maquinaria que sostenía un gran plasma al que Weiss tocaba con una larga varilla y señalaba unos gráficos de barras («nada más aburrido que una imagen de barras», pensé) y explicaba (con subtítulos debajo, claro) que no necesitaba obtener valores de ninguna hormona neurotransmisora, ni medir la presión arterial, ni realizar resonancia magnética, ni nada que usemos convencionalmente para suponer qué emoción siente una persona; el casco solo proyectaba un láser en el cerebro y ése era el encargado de leer los niveles de emociones y sentimientos de manera absolutamente precisa y leyendo «una sola cosa» en la cabeza. Luego pasaba nuevamente a los gráficos del plasma (que eran bastantes, mareaba ver tantos, de manera que intentaba medir, tal vez, casi todas las emociones y sentimientos conocidos a nivel universal) y señalaba la barra del gráfico que indicaba el Love (amor), esta tenía un porcentaje en números arriba, un %83,33 precisamente.

3

—¡Pa! —gritó Agustín desde su cuarto— ¿Ya está mi té con leche?

La conductora del noticiero comentaba con voz en off, mientras pasaban el video, en el que en la imagen, efectivamente, se veía cómo el dispositivo medía los sentimientos que se quisieran conocer. Decía que en el video se veía cómo estaban accediendo a los niveles de amor que sentía la mujer del casco en la cabeza, mientras le mostraban la foto de su enamorado.

—¡PA!

—Shh, Agustín. ¡Tenés que venir a donde yo estoy!

—Te preguntaba si ya está mi merienda. —Agustín ya estaba de pie en la puerta de la cocina.

—Sí, hijo. Pero ya sabés. No me gusta que estés a los gritos —Y lo abracé fuertemente—. ¿Cómo te fue en la escuela hoy? ¿Te tomaron el examen?

Agustín acercó una banqueta a la mesada, se sentó y empezó a relatar algo que involucraba a su mejor amigo y compañero de banco contiguo mientras yo le ponía azúcar a su merienda y revolvía lentamente, sin prestar atención a lo que decía, todavía con la cabeza en la noticia que acababa de conocer.

—¿Papi? ¡No me estás escuchando!

—Perdón, hijo. ¿Qué le pasó a Sebas?

—A él, nada… ¡¿Ves que no me estás escuchando?!

—Perdón, perdón. Tomá la merienda ahora. Y después me contás bien, que se enfría la leche.

—Mmm. —Gruñó y le acaricié la cabeza.

—¿Querés que vamos a dar una vuelta por el centro después de que termines la merienda, aprovechando que parece que amainó un poco el viento? —Hice ademán de mirar por la ventana, que se encontraba a una buena distancia— Podemos ir a tomar una gaseosa frente a El Tajamar antes de que anochezca.

—¡Sí!, ¡vamos! —Su ánimo cambió instantáneamente— ¿Puedo invitar a Sebas?

—Sí, claro. Lo pasamos a buscar.

—Iupi. —exclamó y dio un mordisco a una tostada, seguido de un buen trago de leche con té.

—Ahora, dejame que mientras merendás lea el diario.

Asintió con la cabeza.

Abrí el diario, que había dejado frente a la mesada e ignorado completamente hacía una hora, y le eché un vistazo a la portada. Otra vez la cara de este señor… Weiss, el científico loco. El titular rezaba: GRAN DESCUBRIMIENTO CIENTÍFICO: EL DR. WEISS NOS CUENTA DE SU NUEVA INVENCIÓN, ANTES INCONCEBIBLE PARA TODOS. Leí todo el artículo: relataba cómo llegó a este dispositivo, siendo el primer paso para llegar al otro artefacto que era lo que realmente buscaba (del cual se abstenía de decir algo aún). Debajo, había un resumen de la biografía del científico recientemente famoso. Nacido en Connecticut, Estados Unidos, estudió en Harvard, desde chico fue muy curioso, conoció al presidente Bush («¿y a quién carajo le importa?», pensé) cuando trabajaba investigando en la universidad, alimentó su adolescencia de una constante lectura de la obra de Carl Sagán y de una ferviente de varios autores de ciencia ficción, vivió un tiempo en Rusia y trabajó con un científico ruso con el que buscaba encontrar el misterio al que asegura está llegando, pero el ruso había fallecido hacía 6 años… En fin, un montón de datos considerados «pertinentes» para el redactor de aquella especie de «súper resumen» de la biografía del Sr. Weiss. Suspiré y arrojé el periódico con fuerza sobre la mesada, miré por la ventana la gris tarde y luego observé a Agustín que ya había terminado su merienda, puesto la taza sobre la pileta de lavar los platos, cargado la misma de agua y parado frente a mí con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡¿Listo?!

—Sí, capitán. Estamos listos.

—Muy bien —Le dediqué una sonrisa—. Vamos a dar un paseo. Ponete las zapatillas rápido mientras busco las llaves del auto.

Salió corriendo a su habitación y en diez minutos estábamos recogiendo en el auto a su mejor amigo. Salimos de la casa haciendo ruido con los neumáticos mientras los niños vitoreaban y gritaban de felicidad. Fuimos a comprar una Pepsi y aparqué frente a El Tajamar. Los chicos abrieron la puerta trasera y salieron corriendo hacia el pastizal, yo los seguí poniéndole la alarma al auto. Nos sentamos sobre unos escalones cercanos al lago y les abrí la Pepsi.

El viento seguía instalado en la localidad de Alta Gracia, pero ahora ya no rugía con fuerza. Se había convertido en un silbido apenas audible, para ir degradando cada vez más en casi una brisa que poco se percibía.

—Papi, a Sebas le gusta Luli. —dijo con una sonrisa burlona Agustín (Luli es una de las gemelas vecinas).

—Ah, ¿sí? Bueno, no es fea, ¿no?

—Son inventos de Agustín. Y a él le gusta Mica. —exclamó Sebastián riendo, algo avergonzado.

—Sí —dijo Agustín, riendo con ganas—. Pero yo no tengo problema en decirlo, ¿verdad, papi? ¿No es cierto que te lo dije hoy cuando me levanté?

—Ehh —Fingí pensarlo. «Eso era lo que me estaba contando cuando le hacía la merienda, supongo…»—. Ahh, sí. Es cierto, Sebas. Ya me lo dijo…

Agustín agarró la botella grande de gaseosa y tomó un sorbo del pico.

—¿Y vos, papá? ¿No te gusta ninguna chica? ¿Cuándo tendrás novia? Hace mucho que murió mamá.

—No hace mucho, hijo; y de todas maneras todavía sigo amando a tu madre.

Hizo una mueca demostrando que entendía.

4

Estuvimos media hora frente al lago. Después de terminar la gaseosa, ellos jugaron y corrieron entre los árboles un rato antes de irnos.

Llevé a Sebas a su casa, dejándolo en la vereda y tocando bocina. Salió su madre, limpiándose las manos con un trapo que inmediatamente tomó con una y nos saludó con la otra, sonriendo de oreja a oreja Una mujer de sonrisa espléndida y adorable, que reflejaba su carácter noble y tierno, y su belleza aún no marchita.

Cuando llegamos a casa; estaba Alfredo, vecino de la esquina de mi cuadra y mi mejor amigo, entrando la camioneta. Me saludó con la mano e inmediatamente la agitó indicando que parara. Aparqué en frente de su casa y se acercó a la ventanilla del lado del acompañante.

—Horacio, tené cuidado que la de al lado está con la loca hoy —dijo, riendo (—la de al lado— era Rosita, su casa se encontraba entre medio de la de él y la mía)—. Recién me tuve que aguantar otra de sus reprimendas porque había lavado la camioneta y el agua corrió por el cordón cuneta y pasó por el frente de su casa. Escuchá, ¿qué tenés pensado para este fin de semana? ¿No te apetece ir de pesca?

Mientras entrecerraba los ojos pensando en los planes para el fin de semana, Alfredo le guiñó el ojo a mi hijo, saludándolo y dando a conocer que recién se percataba de su presencia.

—Supongo que nada y me apetecería ir a pescar, siempre que Agustín no tenga problemas en quedarse en lo de su abuela. —Volví mi cabeza hacia los asientos traseros y le sonreí a mi hijo.

—No, papi. ¡Buenísimo! —dijo, entusiasmado.

—Perfecto. Parece que problemas es lo que menos encontrará en esa idea, ¿verdad? ¡Seguro que si le midiéramos la alegría frente a ello con esa maravilla nueva, reboza! ¡Ja!... El sábado, entonces —dijo, y asentí con la cabeza—. Llevá todo tu equipo sin estrenar; yo llevaré el mío anticuado. Vamos al dique… ¿Los Molinos?

—¡Listo!

—Bueno, creo que va Daniel también; pero no estoy seguro.

—Bueno…

—¡Y tené cuidado con la loca! —Me dijo, señalando con el pulgar hacia su derecha y sonriendo mientras se alejaba de la ventanilla de mi auto.

—¡Lo haré! —Le dije— ¡Adiós!

Llegamos a casa y Agus propuso ver una película comiendo pizza hasta dormirse, le dije que solo con la condición de que fuese una película no muy larga porque al otro día debía madrugar para ir al colegio. «Sí,sí,sí» dijo y se quedó dormido en media hora. Apenas probó una porción de la pizza.

5

El sábado a la tarde, salí de casa con el equipo de pesca en la mano y gritándole a Agustín que se apurara, abrí el baúl del auto y guardé el equipo.

Rosa estaba regando sus margaritas. Cuando me percaté que me estaba observando a través de sus lentes, la saludé con la mano. Ella me saludó con un movimiento de cabeza, frunciendo los labios, en una mueca muy propia de mi vecina que le daba ese aire de autoritaria full time.

—¿Se va de pesca, señor? ¡Qué buena vida la suya! —dijo, con una risita sarcástica.

—Sí, Rosa. Yo que puedo, lo hago. —Le dije, siguiendo su sarcasmo.

—Ahh… ¿Con el vecino? —Señaló con la cabeza hacia la casa de Alfredo.

—Sí.

—Mmm, bueno, que pesque mucho. —dijo, y arrojó la manguera al suelo, cerró la canilla y se despidió antes de meterse adentro.

Agustín salía de casa corriendo con su mochila abultada y con una gorra en la cabeza, graciosamente grande para él.

—¿Vamos?

—Sí, vamos. ¿Llevás cepillo de dien…?

—¡Sí!

—¿El pijama?

—¡Sí! —dijo revoleando los ojos, como si le estuviera haciendo las preguntas más estúpidas del mundo.

—¿Las sandalias? ¿El short de baño? ¿El dinero que te dí?

—Sí, sí y sí. Sí a todo, ¡vamos, papá!

—Bien. —dije, y lo llevé a casa de mi madre.

Bajó corriendo del auto con los brazos abiertos al encuentro con su abuela, que lo esperaba deseosa de recibir su abrazo, junto a la puerta de casa.

—¡Adiós! —Les grité, sonriendo por la escena— Mañana por la mañana vendré.

—¡Bueno, hijo! —Me gritó mi madre— Te estaremos esperando, ¡que te diviertas mucho!… ¡Esperá! —dijo. Se acercó trotando y me dio un fuerte beso agarrando mi cara con las dos manos— Ahora, sí ¡Adiós!

—Nos vemos, ¡los quiero!

—¡Nosotros también! —Se despidieron saludando con la mano.

Llegué a la cuadra de casa, ya había oscurecido por completo, y aparqué en la esquina frente a la casa de Alfredo. Ahí estaba él, ya se había subido a su Ford y a su lado estaba Daniel, su hijo más grande. Me saludaron ambos con la mano por el espejo retrovisor y luego Alfredo me indicó que arrancáramos.

Cuando llegamos, sentí el fino viento que recogía la frescura del dique y me chocaba con dulzura la cara. Respiré profundamente aquella belleza. Mi vecino se me acercó mientras su hijo sacaba sus equipos del baúl.

—Fresco placer impagable —dijo, respirando honda y lentamente con los ojos cerrados—. ¿Trajiste carnada? Nosotros con Daniel preparamos mucha.

—Sí —dije—, yo también. Espero que haya pique… de todas maneras, me sirve despejar mi mente con una noche de aburrida pesca.

Alfredo largó una carcajada, sabía que la pesca no era mi actividad predilecta, pero siempre que podía salíamos un fin de semana a pescar a los diques cercanos solo con el pretexto de hablar toda la noche de los últimos sucesos importantes de nuestras vidas.

Luego de armar las cañas y tirar de los riles, nos sentamos en reposeras que Daniel había acomodado para los tres a la orilla del agua. Alfredo me contó que había tenido otra discusión con su primo, el padre Marcos, párroco de nuestra ciudad. Desde chicos habían tenido sus diferencias y ahora, más que nunca, cuando Marcos dedicaba su vida al servicio del señor y Alfredo se había convertido en un absoluto ateo.

—Otra vez el muy loquito me arrojó todos esos sermones, muere de bronca cuando lo contradigo y más aún cuando le doy mis fundamentos.

—¿Por qué siempre se llevaron mal?

—Bueno, de chico mi abuela lo adoraba. Ella vivía con mis tíos, sus padres, y le mimaba mucho, era su sobreprotegido allí en la casa; pero cuando llegaba yo de visita… acataba toda la atención de mi abuela, era su nieto preferido, todo ese afecto era dirigido solo a mí, y este boludo me empezó a odiar —Rio—. Cosas de chicos… pero bueno, él tenía todo el afecto de mi abuela en la semana y yo solo los fines de semanas…

—Y no tan de chicos… profundos celos sentidos cuando chicos y dejan huellas que conservamos con el paso de los años. —dije.

—Cierto. Bueno, vos sos el psicólogo. El que SABE. —dijo, levantando y arqueando los dedos índice y anular de cada mano y moviéndolos de arriba abajo.

Lo miré entrecerrando los ojos y reímos los dos.

Después le conté cómo fue mi último mes; la universidad; mi cambio de la privada a la pública, en la que mi alumnado era más masivo pero disfrutaba más de aquellos; mis pacientes y sus anécdotas, reímos con varias de ellas (por supuesto, nunca les daba sus nombres. Mi ética profesional es algo de lo que siempre me enorgullezco).

—Y ahora no me quiero imaginar el futuro de tu profesión con ese nuevo aparato que mide las emociones. —Soltó.

—Sí, la verdad todavía no lo puedo creer. Supongo que nos facilitará las cosas. —Sonreí.

—Sí, seguro. Yo que vos, me voy fijando en Mercadolibre el precio de alguno para el consultorio. Quisiera comprarlo y poder saber cuánto odio nos tiene la loca esa de la vecina, ¿eh?

Reí y me di cuenta de que realmente no había pensado en adquirir ese artefacto cuando, seguramente, en un tiempo lo lanzaran al mercado. Había estado tan maravillado y asombrado frente a aquello que no había pensado en nada referido al artefacto como producto de consumo.

—¿Vos qué emoción medirías… o sentimiento? La cosa esa, dicen, también mide sentimientos como amor, o…

Pensé en Cecilia, mi mujer fallecida; si me colocaran aquella máquina en la cabeza y me pusieran una foto de mi ex mujer al frente, descubrirían que todavía la sigo amando profundamente y que aún guardo una aparente incurable tristeza y melancolía.

—¡Eh, hombre!

—Sí, pensaba en lo útil que sería aquel aparato, y en lo poco verosímil que me resultó en cuanto lo conocí en el informativo. ¿Cómo puede ser que mida los sentimientos de una manera exacta? Pero es absolutamente cierto, leí en el diario que lo corroboraron cansinamente varios científicos yankees…

—Seguro. ¡Increíble! Es algo que nunca me imaginé que pudiera llegar a manipular el hombre. Pero, ya ves, me equivoqué.

—Sí. —dije, observando el agua quieta y con mi mente sumida en recuerdos de mi mujer. Su perfume, su cabello negro azabache y lacio rozándome las mejillas cuando despertaba, sus oscuros ojos grandes y pícaros, su sonrisa angelical que me hacía sentir que no tenía de qué preocuparme en el universo mientras la observara. Entré en la cuenta que no podía verla nunca más, solo en mi memoria, y se me llenaron los ojos de lágrimas; traté de apartar aquellos recuerdos en ese momento.

Alfredo suspiró y levantó la mirada hacia las estrellas.

—¡Cuánto me hacía falta una noche de pesca, mi amigo! —dijo.

—¿Mucho trabajo?

—Sí, mucho estrés. Me parece que me tendrás que reservar un turno.

—¿Y desde cuándo cambiaste de opinión acerca de la psicología? ¿No es que a un escéptico autosuficiente como vos no le funciona una pseudociencia que trabaja con la sugestión?

—Solo bromeaba —Rio—. Sabés que no cambio fácil de idea. Ya estoy viejo, además…

—Lo sé.

—¿Qué cosa? —Me largó una mirada fulminante.

—Que no cambiás fácil de idea.

—¡Ahh!, pensé que te referías a que ya estoy viejo —Se acomodó en el respaldo de la silla y reímos al unísono—. Aunque en ese caso tendrías razón. Antes si me preguntabas si NE CE SI TA BA una noche como esta, tranquila, te hubiera dicho que estabas loco, pero ya ves, pasan los años y a uno le empiezan a hacer bien este tipo de cosas.

—Sí, sé que las fiestas y el alcohol eran algo frecuente antaño, en tu… —Me acomodé en mi reposera para observar la naturaleza que nos rodeaba más cómodamente— en tu juventud.

—Oh, sí; disfrutaba de salir a fiestas, aunque ahora ya no frecuento ni bares, no es algo que me relaje —Cerró los ojos con el semblante hacia el firmamento— como lo hace esto… Aunque al alcohol no lo he abandonado, amigo, ja, ja ¡Eso nunca! Siempre que puedo tomo una cerveza fría o algún vino. Ahh, de hecho… —Giró la cabeza hacia atrás, buscando a su hijo que se había sentado, con los auriculares puestos, en una reposera detrás nuestro; había puesto el sol de noche encendido entre medio de él y nosotros (la clase de chico bien predispuesto para realizar cualquier tarea y siempre eficaz, el típico guapo)— ¡Daniel, traeme una lata de cerveza de la conservadora! —gritó— Ohh… ¡ya está dormido! Este no tiene madera de nocturno como el padre. —Bramó, y se levantó de la reposera decidido a buscar la cerveza.

—Amigo, ¿cuán lejos pensás que puede llegar el hombre con la tecnología… o la ciencia? —pregunté.

Se quedó parado escudriñando el otro lado del dique y pensando antes de responder.

—Espero que lejos, así se les acaba la charlatanería a algunos.

Sonreí y me quedé mirando las profundas aguas oscuras que tenía en frente.

Me acuerdo de aquella última frase de mi amigo, antes de levantarse a buscar la conservadora en aquella noche de pesca (en la cual no pescamos nada), y me rio solo, frente a la notebook en la que escribo.

6

Los siguientes días pasaron sin ningún acontecimiento importante, antes de terminar aquel mes. El furor de la nueva máquina comenzó con miles de pedidos por Internet en blogs y páginas que trataban el tema, a pesar que aún no había fecha de salida de venta, ni se había confirmado de alguna firma encargada de la producción, ni siquiera había informado alguien, incluido el científico loco, que estaría disponible para la venta. En los noticieros siguieron pasando datos de importancia del Dr. Weiss y su invento hasta que agotaron el tema.

En la universidad, fue un revuelo. Algunos colegas profesores, aún escépticos, negaban que pudiese medirse tal cosa como las emociones y sentimientos de una manera exacta y con solo un láser, incluso teniendo todas las pruebas empíricas de ello. Estos, por supuesto, eran puestos en ridículo por el alumnado; y por nosotros, el resto de los profesores. Otros se describían asustados por la naturaleza de los nuevos descubrimientos humanos («¿hasta dónde llegaremos?»), mientras los profesores de la cátedra «Neurofisiología y psicofisiología» intentaban explicar a los estudiantes cómo funcionaría este dispositivo; aunque eran todas suposiciones y teorías, aún no se sabía con certeza cómo funcionaba, ni cerca se estaba, y la gran mayoría de los catedráticos que intentaban comprender y explicarlo, no lograban sino confundirse y confundir más a los estudiantes. «¿¿Cómo podían medirse tales cosas solo a través de un láser??», ¡un único láser! Escapaba la idea de las mentes que, incluso, estaban familiarizadas con las neurociencias actuales. Otros, y en este grupo me incluyo, nos demostrábamos muy animados ante esta invención. Realmente lo encontraba, y lo encuentro, un invento muy útil en nuestra profesión, para abordar nuestro impreciso objeto de estudio con un poco más de precisión; la clase de precisión que no llega a ser tal, ya que en la psicología todo es relativo y confuso, un verdadero dolor de cabeza para algunos, sin siquiera un objeto de estudio y con teorías introspectivas o cientificistas al límite que solo hacen que esta construcción a lo largo de los años sea nada más que eso, una construcción, que intenta estudiar al hombre, su intencionalidad, su subjetividad, como en el caso del psicoanálisis. Es totalmente inalcanzable concebir una ciencia que tenga como objeto de estudio la subjetividad, ya que aquello justamente se basa en lo particular de cada uno, en la esencia de cada humano. No podemos hacer una ciencia de lo particular de cada persona que ha existido y existe, ni siquiera estoy seguro de si puede hacerse una disciplina eficaz para ello. A veces me planteo la ética de mi trabajo, y en algunas ocasiones le doy la razón a mi amigo Alfredo, cuando el Superyó pesa más, supongo; pero luego me consuelo con la alegría que me demuestran algunos pacientes después de varias sesiones por los cambios en su vida que atribuyen a la terapia (tal vez, simplemente, mi trabajo se resuma en escuchar; la gente necesita mucho ser oída en estos tiempos de extrema globalización y abundancia de vínculos impersonales; solo aconsejarlos y escucharlos principalmente), entonces ahí siento un alivio para mi consciencia y pienso que, probablemente, no me haya equivocado de profesión.

7

Agustín estaba menos demandante que en los últimos años desde que falleció su mamá, encontraba el placer jugando solo en su cuarto o viendo películas y no me imponía que pasara mucho rato con él como antes, y sus cuestionamientos con respecto a todo tipo de tema (y sobre todo a la muerte) habían cesado. Aunque esto no fue del todo, por supuesto, todavía conservaba el hábito de aprovechar cada momento que tuviéramos juntos y largarme una cantidad de preguntas que, en un lapso muy breve de tiempo, agotaban mi paciencia. Sé que debo ser más paciente (además, al fin y al cabo, esa es la cualidad que más se espera de un psicólogo) pero mi hijo lograba que esta se disipara. Luego, me daba pena por mis contestaciones cortantes o mi absoluta falta de ellas, después de todo tan solo tenía seis años y hacía cuatro había perdido a su mamá. La recordaba, o simplemente pensaba que lo hacía (la memoria a veces se mezcla con nuestros deseos y fantasías y nos suele engañar, sobre todo cuando nuestra comprensión de lo que nos rodea es casi nula como a aquella edad), pero era muy pequeño para comprender la ausencia de su progenitora (o, al menos, eso creo), tal vez a su duelo lo vivía de otra manera (seguramente), pero no comprendería aquello cabalmente hasta que creciera y se diera cuenta de aquel vacío que llenaba con un poco de todo: papá, películas, cuentos, abuela y preguntas, muchas preguntas. Y su padre con poca predisposición para responder.

Una mañana se levantó con el pelo hecho un desparramo y vistiendo aún su pijama, dispuesto a ir al baño a cepillarse los dientes, muy apurado, ya que nos habíamos quedado dormidos y ya llegábamos tarde a cumplir nuestras obligaciones con el estudio y el trabajo. Fue corriendo por el pasillo de su cuarto al baño y se detuvo a la mitad. Yo me estaba abrochando la camisa frente a él, me le quedé mirando a la expectativa.

—¿Y, Agustín?, ¿qué estás esperando? ¡Llegás tarde al colegio! ¡Vamos, apurate!

—Papá… ¿es cierto lo que dice Sebas, que por mentir nos vamos al infierno?

—Agustín…

—¡Estoy muy preocupado, papá!, alguna vez se me escapó una mentira, no quiero ir…

—¡Vamos, Agustín, por favor! No es así, como te dijo Sebas. ¡Apurate, dale! —respondí, cortante y restando importancia a las inquietudes de mi hijo; arrepintiéndome después, como lo hacía todo el tiempo.

Luego de una semana, aquella inquietud surgió nuevamente, trayendo más temor, cuando Agus volvió de jugar de la casa de mi vecina. Había pasado la tarde con las hijas de Rosa haciendo casitas en el patio de ella, y venía con los pantalones coloridos de tierra y las manos y antebrazos cubiertos de manchas negras de barro.

—Uo, uo, uo. Me parece que alguien necesita un baño urgente —Le dije—. Vamos que te preparo la bañadera, ¡y a hacer la tarea! que acabo de descubrir que tenías, cuando revisé tu mochila, ¡pillo! No me habías dicho nada. Sabías que no te dejaría ir a jugar.

Tenía la mirada en trance, realmente no le interesaba lo que le estaba diciendo y sus ojos estaban bien abiertos y pensativos.

—Pa, la mamá de Luli y Bren dice que me iré al infierno si no voy a la iglesia y dijo que es cierto eso que dijo Sebas, que también de seguro me iré si miento.

—¿Eso dijo? —Asintió impetuosamente con la cabeza—. Bueno; no es cierto, hijo. No te irás al infierno. No hay ningún infierno para un niño tan buen mozo e inteligente como vos. —Le acaricié la cabeza y me dedicó una sonrisa algo forzada, que se le borró rápidamente.

—¿A dónde creés que haya ido mamá? ¿No habrá ido al infierno, no?

—No, campeón; eso seguro que no. ¡Vamos, andá y sacate esa peste! Entrá a bañarte, que el agua está tibia.

8

Los siguientes días pasaron con monótona rutina de por medio. Pude hablar con la vecina y decirle que dejara de asustar a mi hijo; a lo cual, respondió con los labios fruncidos, que solo le dijo la verdad y que yo estaba equivocado si le enseñaba lo contrario, que era un «mundano» (así es como nos dice a los que no somos evangélicos) mal encaminado. Tuvimos una pequeña discusión y Agustín no fue a la casa de sus vecinas gemelas por unos días.

Pasó poco más de un mes y medio cuando anunciaron que saldría a la venta aquel dispositivo que medía las emociones y sentimientos, lo venderían por encargo en Internet y realmente tenía precios que superaba el de cualquier otro aparato. Solo lo podrían adquirir algunos pocos y tendrían que esperar unos meses (siete, para ser exacto, como lo estimaban en Teleocho).

En la facultad había un clima de ansias por parte de todos, pero sobretodo de la gran mayoría de los catedráticos. Los que estaban en «Neurofisiología y psicofisiología» explicaban a cuantos se les cruzaban cómo creían que funcionaría aquel dispositivo. Era un tema que les fascinaba a todos, como siempre logran fascinar los artefactos novedosos a la gente, pero este venía con ese plus de ser algo súper-inédito, algo inesperado por casi todo el mundo.

Agustín seguía haciendo preguntas tras preguntas y yo cada vez menos paciencia tenía, el tema del dispositivo tampoco le fue indiferente. Un día me tuvo toda una tarde preguntando por él mientras yo hacía que no lo escuchaba muy bien y arreglaba el control del televisor, hasta que se cansó y se fue a ver Toy Story y yo, una vez terminado de arreglar el control remoto, me fui a leer un libro de Jung al living.

9

En los posteriores tres meses, fui unas cuatro veces a pescar con Alfredo; y en solo dos, nos acompañó su buen y servicial hijo, que también estuvo callado casi toda la noche, solo emitía algún comentario cuando era en referencia a las cañas o a al pique y, acto seguido, se quedaba dormido. Con mi amigo, en cambio, nos quedábamos bien despiertos toda la noche relatando los sucesos que considerábamos dignos de ser nombrados en aquellas charlas, cosas que nos sucedían en nuestros trabajos (él trabaja en Córdoba —al igual que yo— en una fábrica de autos Renault —eso no es al igual que yo, claro—) y siempre traía un conjunto de anécdotas nuevas, y yo le contaba otro tanto de mis pacientes, que escuchaba con mucha expectativa. A pesar que tuviese sus objeciones frente a la eficacia de mi trabajo, le encantaban aquellas anécdotas de algunos neuróticos con las que reíamos juntos. Luego filosofábamos y nos entregábamos al placer del abrigo de la noche con un techo estrellado y un suelo de profundas y silenciosas aguas negras rodeadas de árboles, montañas y tres humildes pescadores alumbrados por un sol de noche. No nos importaba el frío y tampoco nos importaba no pescar nada en absoluto. A veces, sonaba la campanilla de alguna caña y era Daniel casi siempre quien se levantaba de un salto, todavía medio dormido, si es que lo estaba, y empezaba a tirar del ril con entusiasmo, para ver la carpa que venía ofreciendo sus últimos intentos para liberarse del anzuelo que la sostenía. Aquello era verdaderamente placentero y nos libraba del estrés de la rutina.

10

Pasaron unos seis meses de que el mundo conociera a Weiss y su invento, cuando el mismo fue noticia nuevamente. Yo me encontraba preparando la clase para mis alumnos, una tranquila y hasta monótona tarde de agosto. Leía y releía unos apuntes de Freud, armando en mi cabeza el discurso y resumiendo, rescatando lo que consideraba de importancia para la rutinaria clase del día siguiente. Lo que leía en los apuntes me recordaba a otras ideas del padre del psicoanálisis que conectaba con otras y otras, y me veía obligado a sacar los tomos de mi colección de la obra completa de Freud. Cuando saqué de los estantes que rodeaban mi estudio Tres Ensayos de una teoría sexual y me volví a sentar, tamborileé el lomo del libro con los dedos y mordiéndome el labio inferior, me di cuenta que había olvidado qué iba a buscar en aquel tomo; había perdido el hilo de lo que estaba tejiendo en mi cabeza para exponer al día siguiente. Me saqué las gafas y sonreí, sacudiendo la cabeza. Estaba exhausto, miré el reloj en mi muñeca y me di con que era la hora del noticiero, la conductora de Teleocho ya estaría dando el informe del día. Me levanté de la silla pensando en que no había sentido a Agustín en toda la tarde, seguramente ya se había despertado hacía un par de horas de su siesta (a las cinco como todos los días), seguramente había encendido la televisión y se había quedado en su cama viendo algún canal de dibujos. «Pasa demasiado tiempo viendo tele, y todo es por mi culpa, porque no lo atiendo, no le doy el espacio que se merece. No puedo estar dejando más a mi hijo que lo llene todo con programas de televisión grotescos y anodinos», pensé. Salí del estudio y entré a su cuarto. Agustín yacía en su cama, con las manos detrás de su cabeza y las piernas cruzadas y estiradas, viendo los habituales dibujos animados de la tarde.

—Campeón. —Le dije.

Me miró y me dedicó una sonrisa e inmediatamente volvió su mirada al televisor.

—Todo bien, pa. Estoy viendo tele.

—Qué bueno, ¿no tenés hambre, hijo?

—Mmm. ¿Si me traés la leche con chocolate a la cama?

—Sabés, Agustín, que no te dejo comer en la cama. La cama es para dormir, no para comer y ver tele, y menos para estar todo el día en ella. ¡Vamos, a levantarse! —Intenté parecer duro, aunque por dentro me enternecía su tranquilidad y su soledad junto a la T.V., aunque no esté bien, y me apené por ello. Pasaba demasiado tiempo solo, tiene un padre ausente, soy un padre ausente, yo ya lo pasé con mi padre, él nunca estaba. Y no me gustaría que mi hijo sienta lo mismo que yo, no… pero luego vuelvo a hacerlo, vuelvo a ausentarme.

—PA, ¡dejame!... Bueno. No quiero nada entonces.

—Vamos, vamos. Dale, que tenés que comer algo y no quiero que estés todo el día en la cama. —Le saqué el control, que tenía al lado, y le apagué la televisión. Se sentó bruscamente y empezó a pegarle con los puños al colchón.

—Siempre igual, siempre igual, ¡nunca se puede hacer nada! Te estoy diciendo que quiero que me dejés tranquilo, andá a hacer las cosas de las clases, dejame a mí. Dejame, como siempre, que estoy tranquilo. ¡¡No te soporto!! NOOOOOOO. Vos no sos mi mamá y mi papá, ¡sos mi papá, nada más! Andá a trabajar, que es lo que tenés que hacerrr.

—¡¡¡¡Agustín!!!! —Le grité.

Se levantó y salió corriendo de la habitación, pegó un portazo y escuché que subía las escaleras. Abrí y salí tras él, pero decidí que era mejor dejarlo, ¿qué otra cosa podía hacer?, dejarlo. En algún momento se le pasaría. Sé que fue a mi cuarto, cuando siento otro portazo. Siempre iba ahí y se ponía a abrazar el portarretrato con la foto en la que salimos su madre y yo o el que tiene la que está su madre sola, que están sobre mi mesita de luz; y así se le pasaba su dolor. Siempre era igual: yo, ante esa situación que me superaba, como casi todas las escasas situaciones en las que intentaba acercarme a mi hijo (sí, lo acepto, como ya lo he dicho, no sé cómo lidiar con ello, simplemente me aparto y lo dejo, ya he intentado acercármele pero el niño se pone inaccesible y gruñón y yo me alejo).

Giré a la izquierda y me dirigí al living a ver las noticias. «Agustín ya bajará y se pasará todo el berrinche y yo no pensaré en todo aquello que no quiero pensar, en lo que no puedo afrontar. Tal vez cuando baje, le deje ver la tele y se tranquilizará». Encendí la televisión del living; puse el canal 8, estaban en el corte, pensé en ir a la cocina para prepararme un café y traer unas galletas, cuando me levanté del sillón y comenzó la musiquita inconfundible de Teleocho. «Bien, igual, voy por las galletas. El café con leche puede esperar, las tripas me hacen ruido, mi cerebro tan sumido en el psicoanálisis freudiano toda la tarde necesita más combustible», pensé. Cuando estaba por subir las escaleras, escuché la voz de la conductora que comenzó a hablar otra vez de Weiss. «Esto me interesa». Me volví y me senté en el sillón, frente al plasma. La conductora contaba que el científico había negado rotundamente el día anterior, en su página oficial, que su invento estaría disponible para la venta. Luego de esto, se armó un revuelo en la red por la noche y la mañana de ese mismo día, todos estaban muy entusiasmados por adquirir aquello, sobretodo la gente adinerada; y se encontraban furiosos y perplejos por esto que había publicado su creador, lo tomaban como una burla. La conductora siguió relatando que hacía unas horas el Sr. Weiss se había visto obligado a explicarse por la CNN.

»—El artefacto NO SALDRÁ A LA VENTA —Remarcaba cada palabra abriendo bien la boca, mirando a la cámara con los ojos bien abiertos y con movimientos impetuosos de la cabeza—. La razón es simple, en ningún momento dije que lo tendría disponible para cualquier empresa que quisiera comprármelo y comercializarlo como producto accesible al público lego. Simplemente, se contactaron conmigo estas marcas que estaban interesadas en venderlo. Ante su insistencia, a dos de ellas (que por razones obvias omitiré sus nombres) les dije que podría ser en el futuro que estuviera disponible para la venta y que podríamos cerrar trato. Pero ello, luego de que terminara con todas las investigaciones y llegara a lo que busco, a mi principal meta con esto, en definitiva. Fue un error de aquellas marcas el publicar que las fabricarían y un error mayor aún en estipular una fecha de venta. ¡Que locura! Me despojo de toda culpa por la desilusión que puedan sentir los interesados en adquirir el supuesto producto.

El archivo, que mostraba al Sr. con cara de científico loco, finalizó; y retomó la conductora del informativo cordobés diciendo que la noticia fue realmente una conmoción para todos. El mundo, ante tal novedad, estaba tan expectante, que esto los desilusionaba por completo. «Esperemos que el Dr. Weiss cambie de idea pronto, porque yo quiero saber cuánto me quiere usted, Gerardo… u odia», lo miró a su compañero con la cabeza ladeada y le sonrió. El otro largó una carcajada, un tanto tensa, intentando no perder la formalidad. «Y a mí me encantaría saber su afecto para conmigo también, Silvia. veremos si el señor se decide a vender el producto». Miró rápidamente a la cámara, que tenía al frente, y cambió de tema.