El portento - Gabriela Merlo - E-Book

El portento E-Book

Gabriela Merlo

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Beschreibung

Todas las mujeres, en algún momento de nuestras vidas, nos parecemos a Laureana. Lo hemos sido, obligadas por las circunstancias y los prejuicios. Laureana escapa de la guerra cuando niña y crece al amparo de desconocidos; más tarde, decidida a elegir su destino, tendrá que lidiar con las consecuencias, entre ellas, la de encomendar sus días a la soledad de la Patagonia profunda. La joven deberá adaptarse a El Portento, una estancia dejada a la buena de Dios. El lugar y su condición de mujer le exigirán repensar sus días, acallar sus deseos, sostener el trabajo cotidiano y encontrar maneras de seguir viviendo. Chenqueniyen, el pueblo más cercano a la estancia, le ofrecerá la cultura de los pueblos originarios, la soledad que acarrean, los rituales y el idioma. Pero también le mostrará el amor, que, con diferentes rostros, la hará renegar de su destino.

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Seitenzahl: 276

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Merlo, Gabriela Marina

El portento : el valle de los muertos / Gabriela Marina Merlo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

242 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-963-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Históricas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Merlo, Gabriela Marina

© 2021. Tinta Libre Ediciones

El Portento

Agradecimientos

Este libro está dedicado a todas las mujeres que, a través de luchas cotidianas, deciden cambiar su destino. A las renuncias y a los esfuerzos que nos demanda ser madre, a las pequeñas historias que día a día podríamos contar, a la persona que somos y necesitamos ser para enfrentar la realidad que nos toca vivir.

A Marisa, Araceli y Aldana, primeras lectoras de estas páginas.

“Las puertas de manera inexorable se cierran, lo estoy haciendo cuando decido contarte mi vida. No tienes por qué continuar leyendo; pero, si lo haces, te advierto que pensarás que las cosas debieron haber sido distintas. Supongo que terminarás deseando para mí lo que el destino marcó; lo merezco, y no te culpes por ello”.

Laureana

Chenqueniyen, Patagonia, 1970

“Recuerdo el día en que te fuiste, sin dudas, en un acto de valentía.

Querido Vito, tu padre ha muerto y, con su partida, comienzan a cerrarse las puertas. Estoy segura de que sabés lo que digo.

Escucho el “cultrún”, no deja de sonar en su intento de salvación. Los mapuches creen que el espíritu de Ledesma está vagando en la estepa o, peor aún, en la casa…”.

Laureana pretendía dormir, acallar los pensamientos. Forzó sus párpados para que, al fin, se abrieran y acomodó en los hombros una manta tejida. Observó a su hija que buscaba ropa en el armario:

—¡Aneley! ¿Estuve dormida? —preguntó desconcertada.

—¡Gracias a Dios descansó, madre! Hay que prepararse, el día va a ser largo —contestó.

—¿Avisaron a Vito?

—Otilio lo intenta, aún no sabemos nada —aclaró la muchacha y continuó—: aquí está su vestido, es el más oscuro.

—Puedo hacerlo sola, decile a Suyai que me traiga café, sin azúcar.

Aneley nada respondió, la advirtió mayor y cansada. Luego de un instante, fue a dar el mensaje a Suyai. Entró en la cocina y escuchó la radio que anunciaba un accidente aéreo en Bariloche, con cincuenta muertos.

—¡Bajen el volumen de ese aparato! —dijo enojada la muchacha—, no necesitamos más desgracias.

—Yo me ocupo, señorita, vaya tranquila —dijo Suyai y vio que la joven se alejaba mientras le pedía que preparara el café. Suyai observó al peón:

—Bueno, el patrón no va a ser ni el primero ni el último. ¡Mire esta pobre gente! ¡Venir a morirse a Bariloche, en el culo del mundo!

—¡Hacé silencio, carajo! ¡Buscá leña! Está frío y llega gente —ordenó Suyai.

—No sé si tanta… en la ciudad también hay velorio.

—¡Se murió Guillermo Ledesma! ¡Dejá la charla y movete! —reclamó la mujer sin paciencia.

—Sí, señora —dijo irónico el peón— se murió el “Wuentru”.

Resignado, caminó con el hacha rumbo al patio, hablando por lo bajo:

—Vamos a escuchar todo el día el padrenuestro… ¡Meta muerto hoy!

Aneley se acercó al salón y observó de lejos al padrastro, inmóvil e indefenso. Yacía en un cajón lustrado, el más caro; como alguna vez lo había pedido. Estaba muerto y la muchacha no lo lamentó. Saludó a las personas que se acercaban a dar las condolencias; los parroquianos llevaban flores secas, el otoño solo permitía pastos y hojas color ocre.

«Ni eso tenés, Ledesma», pensó Aneley observando a la india que llevaba el café a su madre.

—¡Señora Laureana! —dijo Suyai—, el pueblo entero está en la sala.

—¿Alguien te vio? —preguntó la patrona, refiriéndose al licor.

—¡No! ¿¡cómo cree!? Usted manda a pedir café, yo entiendo enseguida.

Luego de una pausa, Suyai, dijo:

—Señora, avisan que está en camino la Gallega, de seguro viene a despedirse del finado. ¿Quiere que los peones la echen?

Laureana se levantó de la cama y, frente al ventanal, observó a la gente que, expectante, llegaba:

—¡No, Suyai! ¡Dejala!

—¿¡Sabés cómo van a hablar!? —La mujer le acercó a la patrona un rosario, que había lavado con jabón blanco.

—Poco importa. —Y, refiriéndose al collar, dijo—:

—¡No sé cómo usarlo!

—Usted mueva los labios, la van a estar mirando y están todos.

—¿Quiénes son todos, Suyai?

—Los vecinos de Chenqueniyen, los hacendados de Chubut, gente de Chile, también —y continuó— los hijos de su primer matrimonio, los del difunto con la otra y los nuevos; además de los nietos que corretean por ahí. ¡El cura llegó perfumado, imaginate! ¡No se baña nunca! —Mientras hablaba, dejó los zapatos en el piso para que la patrona se los pusiera.

—Vito no va a venir, está del otro lado del mundo —afirmó Laureana, con cierta nostalgia.

—¡Parece que manda un letrado, doña!

—¿Un letrado? —dijo Laureana pensativa—. ¡Era de saber!

—Eso mismo dice el Felipe, pero Vito tiene sus derechos. No creo que le haya afectado lo del padre —afirmó mientras le acercaba a Laureana un encaje negro, algo deslucido.

—Acá está la mantilla, doña —Suyai intentó ponerla en la cabeza a su patrona.

—¡No!… no todavía. Mejor esperamos un rato.

—¿Se siente bien? —preguntó la mujer.

—Sí, pero la muerte de Ledesma es sorpresiva, Suyai. La vida sin él comienza a preguntar. —Laureana dobló la mantilla dirigiendo la mirada a la estepa, secó sus lagrimas en un intento de redención, de reconocimiento al paso de sus días.

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Barcelona, 1920

El humo espeso se apoderó del cielo y Barcelona permaneció escondida. El estruendo ocultó de inmediato el cotidiano movimiento de la ciudad. El tranvía detuvo su marcha, la iglesia comenzó a dar aviso del fuego con campanas no habituales en ese horario. Perduraron lamentos de mujeres y niños que estaban en el mercado. Los que idearon el atentado sabían que las víctimas no serían hombres acostumbrados a la guerra. Se escucharon gritos y, en la plaza principal, las personas corrían desesperadas intentando escapar y respirar. La bomba había explotado pasado el mediodía, la escondieron debajo de un banco. Ese era el momento con más asistencia. El hospital colapsó en unas horas y, a pesar del desastre, a nadie le sorprendían las explosiones. Esto se había convertido en sucesos cotidianos y poco predecibles. El correo, la iglesia y hasta una escuela habían sido víctimas del terror. Muchos sostenían que anarquistas y republicanos eran los responsables de los atentados; otros tenían la certeza de que el gobierno se había encargado de colocar bombas sistemáticamente, logrando mostrar un enemigo concreto al que era preciso extinguir. Lo cierto es que cientos de heridos y más de una docena de muertos obligó al gobierno a tomar medidas extremas y desplegar controles estrictos. La gente no podía colgar cortinas en sus ventanas, debía dejar las puertas entreabiertas y explicar quién llegaba de visita. Nadie confiaba en otro semejante y se denunciaban entre sí, por si acaso. El miedo se apoderó de los barrios, donde un designado por cuadra tenía la obligación de reportar movimientos extraños. En la Barcelona de esos días, cualquiera podía ser sospechoso. Mientras, las personas vivían cómo podían, en espacios pequeños y húmedos, con comida que escaseaba y una pobreza que cada vez se animaba más.

“Los pueblos merecen resolver sus conflictos, tienen el deber de hacerlo. Tal vez así puedan construir una nación que se prepare para recibir generaciones venideras”. —Se escuchaba en el asombroso aparato que algunas viviendas agraciadas presumían.

Sin embargo, España parecía sumida en sus carencias y la gente allí solo esperaba una cosa: terminar la jornada con vida, habiendo comido un poco de pan.

—¡Cómo se te ocurre ligar con una monja! ¡Tantas mujeres y vas con una de estas! —reclamó Alfonso a su hermano, en voz baja, casi de manera imperceptible; pero con una rabia que lo consumía.

Nicomedes, sentado en un catre y sin saber qué contestar, cerró los ojos y apretó los puños. Se agarraba de cuando en cuando la cabeza y sentía ganas de vomitar.

—¡Ya está hecho, hermano, no me tortures, por Dios! —dijo despacio desde su escondite, donde, además, guardaban la comida que conseguían, el único juego de sábanas decente y alguno que otro libro prohibido.

—¡Joder! ¿¡Te enamoraste de la monja!? —susurraba mientras, arrodillado, simulaba el rezo del atardecer. Alfonso intentó no desbordarse frente al altar improvisado que, de manera estratégica, escondía el sótano. Cada tanto, miraba por la ventana para asegurarse la distracción de los vecinos.

—Alfonso, no pretendo que me entiendas, ¡pero tampoco me juzgues! —suplicó el otro, desde el escondite.

—¡Que te busca la Guardia Civil, hombre! Si te encuentran, Nicomedes, la guerra de Marruecos será el paraíso para ti.

—¡Ya ha estado bien, Alfonso! Demasiado tengo con mi infierno. En cuanto pueda, me iré a buscar trabajo. ¡No soporto este encierro! —contestó, ahogando sus deseos de gritar. Alfonso continuó:

—Pronto te conformarás con respirar. ¿Qué haremos con la niña?

—¿Cómo le llenamos la barriga? —contestó Alfonso con voz baja.

—¡Es tu hermana también! ¿O no recuerdas la promesa que le hicimos a nuestra madre y al mismo Dios?

—¡Dios!... qué lejos está Dios de nuestras vidas; a ver cómo le hago, en el hospital ya no la quieren.

Alfonso se persignó y dejó El Rosario al lado del altar. Salió de la casa y encendió un cigarrillo. La noche comenzó a ser protagonista y pretendía estar más oscura de lo habitual, las velas del día anterior, a gatas, titilaban.

—¡Buenas noches, vecino!, ¿qué sabes de la niña?

—Estoy muy preocupado, debe seguir en el hospital, tiene problemas en los pulmones —dijo el joven.

—¡Hace más de un año que la internaron! ¿No has ido por ella? ¿Nicomedes, dónde está? —preguntó una y otra vez.

—La niña está bien cuidada, doña María, pierda usted cuidado; por lo de mi hermano… sé lo que sabemos todos —dijo él, con un tono de voz que invitaba al lamento.

La mujer miró poco convencida hacia dentro de la casa, Alfonso se mostró indiferente ante la curiosidad y esto la tranquilizó. En un intento de saber más sobre la suerte de Nicomedes, exclamó:

—¡Por los clavos de Cristo! No puedo entender lo que a este joven anarquista le ha pasado por la cabeza. ¡Hasta parecía un buen cristiano!

—Doña María, Nicomedes no es anarquista. Por lo demás, seguramente ha sido una travesura de borrego —dijo Alfonso y, cambiando de tema, continuó—: Debo agradecerle, vecina, lo que ha hecho usted por nosotros, ha sido un ángel al cuidar de la niña el tiempo que mi madre estuvo convaleciente.

—¡Hombre, venga! Hoy por ti, mañana por mí —respondió a sabiendas de la falta de sinceridad del muchacho y continuó:

—¡Me imagino que, de saber dónde está tu hermano, avisarás a la Guardia Civil! ¡Los pecados deben pagarse en la Tierra!

—Estese tranquila, doña María, debo pensar en la niña, estamos solos en el mundo. Nicomedes es mi hermano, pero no puedo ayudarlo.

La mujer se había encargado de Laureana mientras la madre transitaba la fiebre. Para entonces, la chiquilla no dormía, lloraba en las noches y la mujer sintió temor de que tuviera también la peste. Fue así que la devolvió a sus hermanos, sin importarle el destino de la mocosa:

—¡Esos ojos ya conocen de desgracias! ¡Llévatela lejos y procura conducir su destino! —dijo cuando se la entregó a Nicomedes.

—¡Por favor, vecina, mi madre ha muerto! Necesitamos que se quede con ella un día más, no tenemos quién la cuide. ¡Podemos pagarle!

—¡Tiene fiebre, hombre! Ve al hospital de San Pablo que, con suerte, hasta le dan de comer. —afirmó la mujer.

El muchacho se dirigió ese mismo día al hospital con la chiquilla a cuestas, sin un duro para pagar el tranvía. Pretendió no mirar el convento que, ubicado en la parte trasera del hospital, le recordó a Angélica.

El nosocomio de Santa Cruz y San Pablo era un sorprendente edificio soñado como un pueblo, con el fin de sanar y contener a las personas desahuciadas. Más que un hospital, parecía que estaban construyendo un palacio. Los muros de ladrillos rojizos estaban colocados a la perfección y los ventanales buscaban acercarse al mar. Las arcadas unían los espacios y daban lugar a cultivos de plantas medicinales y flores de estación. Las calles internas llevaban a los pabellones, una iglesia y el convento; ese que Nicomedes ni siquiera podía mirar.

Esperó un rato en el pasillo y cuidó de que nadie lo reconociera, una enfermera le preguntó qué ocurría con la niña:

—Tiene mucha fiebre, no sabemos qué le pasa, un médico debe verla.

—¿Estuvo en contacto con alguien enfermo? —preguntó la mujer.

—Mi madre ha muerto por la peste —respondió Nicomedes angustiado.

Pasados unos minutos, un doctor la examinó y decidió mantenerla en observación debido a los contagios. El muchacho dejó entonces a su hermana en una cama y volvió a la casa pasada la medianoche, cuando todo el vecindario dormía. Varias semanas la niña estuvo allí, Nicomedes iba a verla a escondidas, asumiendo el riesgo de que alguien del convento lo viera.

«¡Debí habérmelo pensado antes! Angélica está encerrada, quién sabe con cuáles tormentos; yo prófugo, ni para comer tengo, y la niña… la niña, enferma. Toca esperar… esperar que este calvario, al fin, termine».

Una tarde, llevando comida a su hermana, alguien advirtió su presencia en el hospital y comenzó a gritar:

—¡El pecador!

—¡El que partió con la monja!

Las personas que allí se encontraban voltearon entre sorprendidos y curiosos. La sala de espera, colmada de gente, ayudó a que Nicomedes girara su cabeza también, simulando no ser el protagonista de la historia que mantenía al pueblo entretenido. Escapó de la gente, que, alborotada, buscó el rostro del albañil que había corrompido a la religiosa. Desde ese día debió permanecer en el sótano de la casa, lo habían reconocido.

En el pozo húmedo apenas cabía una persona sentada y, para estar parado, debía doblar la espalda. El altar puesto a la Virgen de la Merced y cubierto con un mantel blanco disimulaba la existencia del escondite. Mientras tanto, la chiquilla se quedó en el hospital y nadie más acudió en su amparo. Nicomedes no pudo hacerlo por temor a ser apresado, y para Alfonso su hermana era un problema, el nosocomio buscaría una solución.

A medida que sanaba, Laureana empezó a conectarse con el lugar, andaba sin temor por los pasadizos que pronto memorizó. Se sintió feliz en esos enormes salones y ventanales; estuvo horas mirando los frescos, los mosaicos del techo y las eternas escalinatas. Durante meses, las autoridades del hospital esperaron que algún ser humano se llevara a la pequeña, preguntaban quiénes podían ser los familiares y anunciaron por la radio que se estaba en la búsqueda de ellos. Nicomedes, en las pocas veces que la había visitado, evitó dejar datos y se ausentó del hospital cuando le preguntaron. Pasados los días, comenzaron a pensar en algún hogar para huérfanos; a pesar de los comentarios que oía Laureana sobre esto, se acostumbró a vivir allí. Las enfermeras, encariñadas y mirándola con cierta pena, justificaron su estadía debido a los espasmos bronquiales que padecía. Ella jugaba a que era una más de los médicos, conocía el instrumental y vagaba ansiosa por los pasadizos. Visitaba a los enfermos y a las personas que estaban internadas, husmeaba los pasillos, acariciaba a los viejitos y les daba ánimo. Las enfermeras la buscaban para comer, tomar un baño o acostarse. Voluntarias y monjas del hospital le dieron ropa y juguetes para que pasara las tardes. La niña creía que el San Pablo era su hogar, el único que hasta el momento le había ofrecido la vida.

Durante los paseos, la pequeña conoció al señor Humberto, un anciano de ochenta y tantos que, estando solo en el mundo, se refugió en el hospital.

—¡Buenas tardes! ¿Cómo está la enfermera más pequeña? —le decía el anciano.

La niña corría feliz hacia la cama para abrazarlo, jugaban a las cartas, al dominó y dibujaban intentando copiar los frescos de los techos. La niña le traía flores, hojas secas y algún caramelo que conseguía. El señor Humberto le contó historias, algunas graciosas y otras no tanto. Una tarde, el hombre le propuso salir al jardín:

—Me pregunto, Laureana, si es que siempre vas a vivir en el hospital, hace más de un año que estás aquí.

La pequeña lo observó confundida. Intentó comprender, se alejó un poco y le dio la espalda al señor Humberto. Luego, desafiante, contestó:

—¿Qué tiene de malo vivir aquí? No sé de otro lugar tan bonito; mi madre ha muerto y mis hermanos hace tiempo se olvidaron de mí.

—Creo que, aunque te extrañaría mucho, debes ir a la escuela, corretear con otros niños. Este es un lugar hermoso, pero es un hospital. ¡Alguien debe hablar con tu familia!

Laureana persiguió con su mirada los inmensos muros del hospital y volvió a fascinarse con los decorados, las pinturas y las estatuillas puestas con el mayor de los cuidados. Iba a contestarle, pero el abuelo la interrumpió:

—Los enfermos venimos aquí, y tú no lo estás, aunque es un milagro que estés sana.

La niña fijó los ojos en su amigo entendiendo que no quería escucharlo y sintió por primera vez el desafío que ofrece la duda y la necesidad de buscar certezas en alguna parte.

Luego de algunas semanas de aquel episodio, se presentó en el hospital un hombre que dijo ser su hermano. Alfonso comunicó a las autoridades que la retiraría:

—¡Hace casi un año que la niña está aquí! —dijo el director reclamando—, estuvimos a punto de llevarla a un hospicio.

Alfonso ni siquiera pudo agradecer el cuidado que le brindaron a la pequeña, era orgulloso y, a la vez, deseaba que lo del hogar hubiese sido una realidad.

La niña lo observó e intentó recordar las facciones de Alfonso, que por solo un momento le resultaron familiares. Sintió extraña esa situación, Nicomedes no estaba. Laureana, inquieta por la charla con el señor Humberto y por la presencia de Alfonso, le preguntó:

—Voy a vivir por siempre en el hospital de San Pablo, ¿no es así? No puedo respirar y necesito de los doctores.

Alfonso la miró fastidiado y respondió:

—Laureana, tienes casi seis años, una señorita. No puedes vivir en el San Pablo; no solo porque es un hospital, sino porque nos vamos de viaje y vendrás con nosotros.

—¿Por qué me dejaron tanto tiempo aquí, entonces? ¿Un viaje? ¿A dónde?

Alfonso, en ese mismo instante, le dijo que ya no viviría en el hospital, que regresaban a la casa para ver a Nicomedes y planear la travesía. Le contó de un país llamado Argentina, un enorme barco y las maravillas de un lugar que les brindaría un futuro; tocaba despedirse.

En ese momento, la niña lloró y se negó a caminar con su hermano, gritó largo rato colgada del brazo de Alfonso, que, con gusto, la hubiera dejado a la buena de Dios.

Nicomedes había salido del pozo y, arrastrándose en el piso de cal, se había acomodado en un rincón, cercano a la estufa. Desde allí la gente no podía verlo, esto lo hizo con el mayor de los cuidados, sabiendo que por la ventana los vecinos controlaban.

El joven recibió a Laureana emocionado. Alfonso, en cambio, no tuvo en cuenta la angustia de la niña por dejar el hospital y , de manera severa, le advirtió de la situación en la que se encontraban.

“No había acabado de dejar el San Pablo cuando mi hermano me sentó en el banco de una plaza y me advirtió del peligro que corría Nicomedes si me atrevía a decirle a alguien dónde estaba. Me hizo jurar, sin siquiera saber hacerlo; pero entendí, con miedo y hasta terror, que, aunque lo viera, Nicomedes no estaba con nosotros. Esto fue lo que me enfrentó a mi hermano Alfonso y me hizo reconocerlo. Supe allí que me odiaba, que era una molestia en su vida y que su forma de mirar lo decía todo”.

En la noche, cuando las velas se agotaron, pudieron darse un abrazo, y le explicaron con más detalle la situación. Nicomedes la acompañó a acostarse, le mostró algunas cosas que había dejado antes de internarse. Laureana observó las muñecas que su madre había cosido y se alegró de encontrarlas.

Las noches no fueron fáciles, Nicomedes soñaba con que se ahogaba, gritaba y era notorio que le faltaba el aire. Alfonso se levantaba, corría el altar y esto le brindaba al preso algo de oxígeno.

Con mucha incertidumbre, los días pasaron. Laureana percibió que la partida era un hecho. Alfonso realizaba trámites, averiguaciones y costos. La travesía, según escuchaba de sus hermanos, comenzaba a pie hasta la estación de tren, para después llegar al puerto en carreta. Muchas personas en Barcelona se animaron a la aventura, para algunos una fantasía, para otros la única opción. No era extraño observar familias enteras que cerraban las puertas de sus casas, confiando en la promesa de un futuro mejor. La mayoría pasaba años ahorrando y creían que nada de lo que sucedía en España podía ser peor.

Llegada la temporada de lluvias, Nicomedes, al fin, decidió salir del hueco y, con algo de dinero, dirigirse a Niza. Debía realizar una parte a pie para luego subir al tren en la noche, evitando pagar el boleto. Alfonso había encargado los pasajes a la Argentina y acordaron el día de encuentro en Génova. Se abrazaron, Nicomedes temió por no volver a verlos. Acordaron encontrarse en el puerto y, si el destino pretendía no juntarlos de nuevo, se desearon suerte:

—¡Cuida a la niña!, y que Dios nos acompañe.

—¡Nos encontraremos, podremos hacerlo! —le respondió Alfonso.

—¡Si jamás volviéramos a vernos, utiliza el dinero para los comienzos en Argentina!

—¡No llames a la desgracia, hombre! Te veré allí en un año y que la suerte esté de tu lado esta vez.

Laureana simuló estar dormida cuando su hermano le dio un beso en la frente, no quería despedirse otra vez. Nicomedes cargó un bulto de ropa y algo de comida para la primera parte del trayecto. Nadie por esas horas, caminaba en la calle y la tormenta ayudó a esconder su delgada figura entre los muros. Alfonso se lo quedó mirando desde la ventana, le costaba caminar. Estaba, asimismo, dispuesto a sobrevivir y no continuar en el encierro que lo estaba matando.

Pasada la noche, Laureana no había podido dormir. Alfonso volvió a advertirle que no hablara acerca de Nicomedes y menos del sótano que tenían debajo del altar de la virgen. Su hermano, con el que se había acostumbrado a hablar sin verlo y le cantaba canciones cuando la escuchaba llorar, se había marchado en busca de libertad y trabajo. Se alejó de Barcelona y de los rumores que lo acusaban de anarquista.

“Fui a la escuela después de varias noches en las que no pude respirar. Extrañaba a Nicomedes, lo imaginaba en el sótano, sin aire, y comenzaba a tener la misma sensación. Alguien le dijo a mi hermano Alfonso que La Escuela del Mar era un sitio donde asistían niños con enfermedades pulmonares, para los que necesitábamos del aire fresco del mar. Asistir a la escuela mejoró mi salud y mi ánimo, no estuve sola en la casa y sentí que molestaba menos a Alfonso. Aprendí a escribir, a leer y a compartir con otros niños. Fue la experiencia más emocionante que recuerdo de mi primera infancia. Muchos años después, ya en Argentina, llegaron noticias de que La Escuela del Mar había sido bombardeada por italianos. Supe así que salir de Europa consiguió que siguiéramos vivos; al menos, en Argentina, pudimos pensar en los días que estaban por venir”.

Nicomedes estuvo escondido en el pueblo durante varios años, esperando que su nombre desapareciera de las listas de la Guardia Civil y el tema de la monja fuese olvidado. Los hermanos no pudieron viajar en la fecha pensada y un comerciante se encargó de mantener la comunicación entre ellos.

Laureana soportó por mucho tiempo la mirada furiosa de Alfonso, su malhumor y los reclamos. Con siete años, la niña tuvo que lavar ropa, preparar comida y mantener en orden el lugar. Poco había quedado de su libertad en el San Pablo, pero disfrutó su niñez en La Escuela del Mar.

Capítulo 2

La Solitaria, 1925

“En verano, Alfonso, Nicomedes y yo dejamos Barcelona. La vida en la ciudad esto sucedía de manera cotidiana en un caos: no había comida, los mercados eran saqueados; los movimientos obreros, reprimidos y las instituciones democráticas permanecían amenazadas y sometidas a la Guardia Civil. La muerte, la prisión o el destierro eran destinos posibles para muchos.

«¡Nuestra hambre no les importa, es más, la provocan!», decía Alfonso.

Mi hermano trabajó cuatro años para juntar dinero que guardó en el sótano. Nicomedes, en Niza, contactó a un traficante de productos que, recibidos de Portugal, viajaban por la Costa Azul en una vieja carreta. Esporádicamente y dándole un buen dinero, transmitía mensajes y cartas. Supimos así que había encontrado trabajo en el puerto y que pasaba sus noches en un cuarto pequeño donde dormía. Volvía la vida cuando sus cartas llegaban, las esperaba ansiosa sabiendo que, al no saber escribir, alguien lo hacía en su nombre”.

Con pasajes en mano, Alfonso mal vendió todo, incluyendo la casa. Cerró el hueco con maderas y enterró, al fin, aquella historia.

Laureana tuvo que elegir algunas cosas para llevar. Las muñecas, que la acompañaron cada noche, las regaló a la niña que se quedó con su cama. Cargó en su pequeña maleta una mantilla negra y un espejo que conformaron su único tesoro.

La historia con la monja se aquietó entre tanto desastre; asimismo y para estar seguros de no correr riesgos, Nicomedes pagó al traficante por documentos nuevos y, a partir de ese día, se llamó Bruno Valdés. Supieron, por su última carta, que, al encontrarse con él, debían llamarlo así.

Alfonso comentó con los vecinos que viajaban al Brasil y conseguían trabajo en estancias cercanas a San Salvador de Bahía. Nada quedaba, ningún lazo que los uniera a Barcelona; ni siquiera la certeza de algún paradero.

“ Nos llevó mucho tiempo embarcar en y encontrar también a mi hermano. La mirada del nuevo Bruno Valdés reflejaba profunda tristeza, con un andar pausado y melancólico, nada era igual, ni siquiera la identidad que portaba. Cuando al fin estuvimos dispuestos y el barco comenzó a alejarse, nos abrazarnos, lloramos emocionados después de tanta espera. Tuvimos alivio de estar juntos, sentimos que la vida al fin nos daba una oportunidad.

En medio de despedidas y para nosotros encuentros; nos indicaron acomodarnos en una especie de bodega destinada a pasajes económicos. El sitio era inmenso, con pocas ventanas, el aire no circulaba. Cada familia corrió a elegir los ‘mejores lugares’. Encontramos catres y frazadas, empujando y peleando por lo poco que ofrecían. Con mis hermanos corrimos también; como si el atropello garantizara algo”.

En el sótano la gente se mostró cada vez más tensa, no lograban ponerse de acuerdo, la guardia del barco intervino y llevó a los que estaban “alterados” a cuartos que hicieron las veces de prisión. El capitán comunicó las normas del barco y pidió calma, el viaje era largo y no quería encerrar personas en los calabozos. Advirtió que se debía mantener todo limpio, las pestes prosperaban rápido. Las mujeres protestaron, no había letrinas, elementos de limpieza, un lugar donde cambiar a los niños y comida suficiente. El consuelo llegaba con la música en las noches y la ilusión sostenida en los ojos.

Los días corrían lentos y tediosos, las horas caminaban despacio en La Solitaria, como acompañadas por el vaivén del mar que osaba perder encanto.

Por las noches, las personas se quejaban, tenían frío, era ese el momento donde se robaban los abrigos y comenzaban las peleas. Los inmigrantes no podían acceder a las barandas, el pago por ese viaje tenía un costo mayor.

“En el barco, nos entendimos con la miseria y nos acostumbramos a ella, tanto o más que en Barcelona. No pudimos imaginar otro paisaje posible en La Solitaria, nos amigamos con el ruido de las bodegas, los olores, el calor de las calderas, las enfermedades y la mugre”.

Lo peor en La Solitaria no había ocurrido: más de ochenta niños menores de cuatro años recibieron vacunas antes de zarpar, comenzaron a tener fiebre alta, vómitos y dolores en el cuerpo. El médico del barco revisó a diez de ellos, no dio demasiadas explicaciones.

“Nadie en el barco quedó conforme con el diagnóstico y nuestros ojos fueron testigos de la muerte masiva de los pequeños. Tres niños sobrevivieron en La Solitaria, las vacunas provocaron la muerte de los inocentes.

No hubo tierra prometida que consolara a esas familias. Se alejaron de las miserias de la guerra y encontraron, en cambio, la muerte de sus pequeños.

No hubo palabras para describir el momento en que los cuerpos fueron arrojados al mar, uno detrás de otro. Observé el cuadro abrazada a mi hermano Bruno, necesité depositar estas sensaciones en alguien; pero no fue suficiente. Sentí que la vida cobraba otra dimensión, de hecho, es lo único que teníamos. No supe, hasta después de muchos años, cuánto había crecido aquel día”.

Todos en La Solitaria necesitaron calma, una calma fecunda que diera algo de sosiego. Las personas aguantaron sin mediar palabra, sus almas prefirieron vagar por el barco anulando los sentidos. Con la mirada fija en alguna parte del mar, oprimieron sus espíritus. Bruno, a gritos, pidió a la gente que peleara y exigiera un trato mejor. Las familias de los niños que iban muriendo entraron en un terrible desborde; podían mostrarse violentos, tristes, desesperados, impotentes o sin posibilidades de reacción ante situaciones que jamás pensaron vivir.

Alfonso se mantuvo al margen, Bruno no comprendía esto. Una tarde pudo enfrentarlo, le preguntó por qué no estaba presente en las protestas que se organizaban a diario. Alfonso no tenía interés en causas perdidas ni en hacer justicia social. Se reconocieron tal y como eran; comenzaron a alejarse y a planificar sus vidas por separado.

En el barco, la comida no mejoraba, ni en cantidad, ni en calidad. El calor era insoportable en la bodega, como los olores que allí habitaban. Las enfermedades no cedieron y de los trescientos pasajeros que viajaban; cuarenta adultos, además de los niños, murieron.

Las autoridades del barco no escucharon. Las horas fueron ajenas a la vida cuando las miradas, los puños apretados y el llanto de madres desesperadas se adueñaron de la atmósfera.

La escalera hacia la borda fue el lugar donde todos se amontonaron a gritos exigiendo respuestas. Varios hombres tomaron por la fuerza al personal de la tripulación, robaron comida de los almacenes y atemorizaron a la clase acomodada que, rápidamente, exigió seguridad en el barco. Ante un evidente descontrol, las autoridades tuvieron que negociar.

El capitán de La Solitaria prometió mejorar las condiciones de higiene, incluso la comida.Por miedo o quizá algo de compasión, dieron horarios para tomar aire en cubierta. Lo cierto es que esas pequeñas cosas hicieron una gran diferencia. A pesar de esto, la ansiedad crecía mientras la embarcación estaba por llegar a la Argentina.

Laureana, con diez años, pudo aprender que la vida bien podía prescindir de una casa, un hogar. En esos tres meses conoció el horror de los ojos de una mujer al perder a sus hijos, escuchó otras lenguas y tuvo que confiar en desconocidos. Poco de lo que allí flotaba le resultaba familiar. Intentó valorar pequeñas cosas, con sueños prestados que le ofrecía su hermano, tardes de juego, escritos en el cuaderno y, cuando en la noche miraba las estrellas, intentó atrapar la brisa fresca del mar.

Capítulo 3

Buenos Aires, 1925

Sin poder precisar el momento, una mañana divisaron el Puerto de Buenos Aires.

La cantidad de gente se agolpó en las salidas del barco, entre cansados y aturdidos. Las personas gritaban de felicidad y angustia, que se expresaba en diferentes idiomas, y la música que no reconocía origen daba marco a lo que parecía una sucursal del mundo. La policía orientó a la muchedumbre, la mayoría de ellos no entendía; pero caminaron esperanzados en un lugar que, suponían, estaba todo por hacer. Siguieron al montón y esperaron horas, uno detrás de otro.

“La sensación de ver la orilla fue emocionante: estaba frente a nuestros ojos, al fin. Dejamos el eterno vaivén del mar y comenzamos a bajar del barco con urgencia, urgencia de futuro y pertenencia. Alfonso se perdió entre tanta gente o quizá él, de manera premeditada; desapareció, no lo vimos más. Muchos años pasaron hasta que supe de él; lo cierto es que las peleas durante el viaje nos dividieron para siempre”.

Bruno y Laureana se alojaron en el hotel de inmigrantes y al día siguiente recorrieron la ciudad. Los viajeros tenían allí cinco días de gracia, luego de ese tiempo debían administrar su destino. Laureana durmió en una enorme habitación, en catres, con mujeres y niños. No tuvo miedo de separarse de su hermano, estaba acostumbrada a que caras extrañas fueran familia. Aprendió a ejercitar la intuición hasta el punto de escuchar, observar y entender la reacción de las personas.

Comenzó a amanecer cuando la voz de una mujer despertó a todos, acomodaron los catres, la ropa y los zapatos. Las madres se ocupaban de limpiar y cuidar a los niños mientras los hombres salían por trabajo. Personas de todos lados parecían reunirse en aquel lugar, quizá intentando armar un rompecabezas en ese país. Compartieron información, experiencias, lenguaje, recetas y la música que cada uno había heredado; poniéndola como joya en el centro de cada reunión.

“Fue en esos días que también conocimos el tango y, por alguna razón, se mezcló con la nostalgia que teníamos por España. Todas las melodías del mundo se colaron en las letras y la música tan particular. La oímos en las esquinas y en cada rincón de Buenos Aires, el tango fue el compás fortuito de esa sorprendente ciudad. Era pequeña cuando comencé a memorizar las letras; Lejana tierra mía fue una de ellas, lo escuchaba a mi hermano cuando la cantaba en las mañanas mientras recordaba Barcelona y, quizá, a su querida Angélica.