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Un comando roba un antiguo manuscrito del archivo de la Biblioteca Vaticana, un Evangelio. La Iglesia colapsaría bajo la verdad de ese Evangelio, por eso el Papa encarga a Tommaso Santini, el "Resolutor", recuperarlo a toda costa.
Santini se enfrentará a un enemigo milenario de la Iglesia, una organización despiafada y poderosa llamada, El Crepúsculo.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Un thriller histórico de
Carlo Santi
EL QUINTO
EVANGELIO
© CIESSE Edizioni
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PROPIEDAD LITERARIA RESERVADA
Reservados todos los derechos. Cualquier reproducción de la obra, incluso parcial, está prohibida, por lo que ningún extracto de esta publicación puede ser reproducido, distribuido o transmitido en cualquier forma o por cualquier medio sin el consentimiento previo del Editor.
Esta es una obra de fantasía. Los nombres, personajes, lugares y hechos narrados son fruto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, eventos o lugares existentes es pura coincidencia.
A mis hijos
Denny y Nicolas
A aquella hora todas las calles se habían vaciado salvo por aquellos pocos retrasados regresando de una noche en la discoteca o bebiendo algo con los amigos. Con aquella lluvia torrencial no se veía a un palmo de nariz, solo los relámpagos iluminaban de a ratos el cielo con el retumbar de truenos en rápida sucesión, síntoma que el temporal mostraba allí su mayor fuerza.
La noche ideal para dar comienzo al horror.
Los hombres del comando se movían seguros por los largos pasillos que llevaban al más increíble tesoro que todo el mundo reconocía como único, de inestimable valor como misterioso: la Biblioteca Apostólica Vaticana.
El guardián de turno, el Vice Prefecto Monseñor Paolini, estaba concentrado en su trabajo de estudio y archivo de nuevos e importantes documentos, protegido por el futurista sistema de alarmas y por dos guardias suizos parados delante de la puerta de entrada. Los dos guardias cayeron casi simultáneamente, sin un gemido. Solo sus alabardas, tomadas al vuelo por dos hombres del comando que las pusieron en el piso para evitar el ruido, produjeron un rumor imperceptible. Dentro del archivo reinaba un silencio absoluto y los oídos atentos del Vice Prefecto captaron ese sonido a través del intercomunicador, siempre encendido y en contacto con el exterior. Todos los custodios tenían orden de no abrir jamás la puerta sino después de una compleja operación de seguridad. La puerta, blindada con una gruesa lámina de acero de más de sesenta centímetros, se abría a través de un mecanismo controlado por una computadora y era accionada solo desde adentro o desde el centro de control de Gendarmería. Alarmado, llamó a los guardias por el intercomunicador: ¡Ninguna respuesta! Monseñor Paolini tomó entonces el teléfono que sin embargo no emitía sonido alguno. Aún antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, sintió dar vueltas su cabeza uy fue asaltado por náuseas que lo hicieron vomitar. Luego cayó al piso sintiendo que la vida escapaba lejos de ese viejo cuerpo, no antes, sin embargo, de ver los rostros de sus asesinos que lo observaban. Un hombre con un respirador en la boca se le acercó; Paolini conocía aquellos ojos, pero no logró darles un rostro, la mente demasiado nublada. Lo que lo hizo sobresaltar fue el manuscrito que aquel misterioso hombre tenía entre las manos.
-¡No, no ese! Paolini sintió que la muerte lo estaba llamando; juntó sus últimas fuerzas.
-No puede… tocar ese libro… no entiende… lo que podría suceder… no…
Monseñor Paolini murió en ese instante.
Nunca se vieron tantos visitantes en el Vaticano. La reciente beatificación del Papa Juan Pablo II empujó a los fieles a rendir homenaje al Pontífice desaparecido pocos años antes, aquel que había marcado tantas etapas importante para el género humano. Haciendo fila por horas, toda persona de Fe esperaba el momento de orar y dejar una flor sobre la lápida y, por qué no, ofrendas sustanciosas que todo buen cristiano ofrecía a la justa causa católica. Pasadas más de dos horas, un niño, junto a su madre, llegando junto a la lápida del Beato vio que la de al lado, ligeramente desacomodada de su lugar habitual, dejaba ver una grieta oscura. El pequeño se la mostró a su madre quien lanzó un grito repentinamente sofocado con la mano. Uno de los guardias llamó por radio a la seguridad e hizo evacuar a los visitantes que, no habiéndose dado cuenta de nada, protestaron con grandes voces sin obtener por otra parte resultado alguno. Mientras tanto, en Plaza San Pedro y dentro de la Basílica la multitud era cada vez más numerosa. Debido a esto la seguridad hizo acordonar toda la Basílica, y, llamados los responsables, empezaron a verificar qué había sucedido. La lápida se presentaba fuera de lugar y no estaba sellada como habría debido estarlo. No sin temor reverencial, un operario del Vaticano la levantó con una barra para abrirla y quedaron todos sorprendidos por el macabro descubrimiento. A los pies del Papa antiguo, estaba el cuerpo sin vida de Monseñor Paolini: el Vice Prefecto de la Biblioteca Apostólica Vaticana.
El coche se abrió paso entre la gente. La habilidad del conductor, las luces centelleantes y la sirena obligaron a la gente a apartarse y, sin obstáculos, el vehículo se detuvoa los pies de la escalinata principal de la Basílica. Inmediatamente el conductor bajó del auto y abrió la puerta a Tommaso Santini que salió con toda su imponente figura, de más de un metro noventa. Los ojos color ojos color hielo hacían juego con su cabello encanecido de un cincuentón que debía a su asidua práctica deportiva su figura perfecta. en la Basílica solo estaba la Seguridad de la Santa Sede y la Policía del Estado Italiano que, por acuerdos entre los dos Estados, ofrecía el apoyo y colaboración que le era solicitada, de vez en cuando, por los investigadores del Vaticano. Todos los fieles, en cambio, todavía estaban reunidos en la plaza San Pedro, aunque por los altoparlantes repetían, obsesivamente, que aquella mañana no habría ninguna función y ninguna visita se permitiría en el interior de la Basílica. A pesar que la situación fuese anormal, nadie se lamentaba o comentaba lo sucedido, por otra parte, el Museo Vaticano y todos los otros sectores de la ciudad eran accesibles, para que los visitantes pudiesen apagar sus deseos de turismo cristiano. Santini pasó sin problemas los primeros controles, pero fue detenido poco después en la puerta de ingreso que permitía el acceso a la nave central de la Basílica. Una verdadera y exacta escena del crimen: Policía y gendarmes por todos lados, los hombres de la seguridad vaticana y de la Policía Científica italiana revisaban cada centímetro de la Basílica, buscando cualquier detalle. Reinaba una atmósfera extraña: esta Basílica, centro de la cristiandad mundial, nunca había estado tan vacía y justo en el día dedicado al recuerdo y en honor de la beatificación del Papa Juan Pablo II que, por lo tanto, preveía una gran concurrencia.
Un policía se acercó a Santini pidiéndole documentos que él presento distraídamente. El agente miró la foto que poco se parecía a su dueño y el nombre escrito era el más anónimo que pudiese existir en italiano: Mario Rossi, como el John Smith americano. Pero fue la sigla de la organización de pertenencia la que dejó dudoso al agente: I.S.R.C.
-Señor Rossi, dio el agente, este documento no indica que esté autorizado a entrar, la zona está circunscrita a la seguridad vaticana y a la Policía. Aquí está escrito que usted forma parte del I.S.R.C. Discúlpeme, pero no conozco esta agencia.
-La sigla es por Investigaciones para la Santa Romana Iglesia, si bien la traducción no sea del todo fiel, agente. Contestó Rossi ante la situación, pero llame de todos modos al Inspector General Wolfgang de la Gendarmería Vaticana. No es ciertamente a usted a quien debo explicar mi grado porque nos encontramos en el suelo de mi Estado.
El policía dio vueltas el documento entre las manos, era evidente que estaba indeciso sobre cómo comportarse. Ante la duda estaba por llamar a alguien por radio, pero la escena ya había sido vista por el Inspector General, Aaron Wolfgang, que lo detuvo.
Con un marcado acento alemán se volvió hacia Santini.
-Te estábamos esperando, Tom. Agente, déjelo pasar.
El apretón de manos que intercambiaron habría aplastado a cualquiera.
-¿Qué pasó, Aaron? Dijo Santini, me hiciste venir aquí públicamente y en violación al protocolo, con el riesgo de quemar mi cobertura.
-¡Lo sé! Contestó Wolfgang llevándose el índice a los labios, como para silenciarlo, mientras se dirigían hacia la nave. Es una maldita emergencia, amigo mío, excepcional emergencia. Sabes que debo pedir autorización directa del Santo Padre para conducir las investigaciones de homicidio dentro del Estado y fue directamente él quien me pidió llamarte. No tuve elección.
-¡Un homicidio justo en el Vaticano, increíble! Santini estaba asombrado. ¿Pero por qué el Santo Padre pidió mi presencia aquí, con toda esta gente? Él sabe mi posición y, en mi opinión, no creo que haya tenido una gran idea.
-Y en cambio quiere que estés presente y eso vale también para mí y, como para recordártelo, el Papa no puede ser puesto en discusión. A propósito. Siguió el alemán, ¿qué historia es esa del I.S.R.C.?
-¡Ah! Solo tengo conmigo esta tarjeta y lo único que se me ocurrió fue inventar una agencia de investigaciones del Vaticano. Habitualmente funciona. ¿O habrías querido que le dijese quién soy?
Wolfgang rió con los dientes apretados.
-¡No, en serio! ¿Pero qué diablos significa esa sigla?
-¡Instituto Superior de Investigaciones Comunitarias! No encontré una explicación diferente para el acrónimo. Por lo que parece, sin embargo, funcionó.
Wolfgang lanzó una carcajada.
-¡Jajajaja! No sé si funcionó, ese estaba por pedir refuerzos.
Llegaron a la escalinata que se dirigía a las tumbas y Wolfgang se detuvo tomando del brazo al amigo, susurrándole en el oído.
-Desde este momento eres de la Gendarmería. Invéntate un nombre de fantasía, uno cualquiera y que no llame la atención. Evita llamarte Mario Rossi, nadie te creería y, te recomiendo, no hagas o digas tonterías, ¿entendido? Aquí está media Policía de Roma Y también algunos Magistrados italianos.
Santini estaba escéptico.
-Pero aquí estamos en nuestra jurisdicción, ¿por qué esta intervención masiva de extranjeros? Nos podemos arreglar bien solos y lo sabes. Dile que nosotros tomamos en las manos la investigación y que sigan su camino.
-No, To, contestó Wolfgang. La ley vaticana prevé que los casos de homicidio sean de competencia de la Magistratura italiana. Tenemos menos de ochocientos habitantes sobre los que cae nuestra jurisdicción, sobre cualquier delito que no comprenda el homicidio. Es el tercer caso de homicidio en toda la historia del Estado, pero este es un homicidio excepcional, Tom, que corre el riesgo de levantar sospechas internas. Debemos colaborar con los investigadores italianos para lograr que no metan demasiado las narices. Si piensan que quien cometió todo esto puede ser alguien del interior del Vaticano, instalan aquí su campamento y el Secretario de Estado ya me dio a entender que, esto, es mejor evitarlo.
-Entiendo, contestó. Recibí el mensaje fuerte y claro.
Los dos empezaron a bajar la escalera, la zona de la lápida involucrada se encontraba se encontraba al final de la escalinata y al comienzo del pasillo. También allí había al menos una veintena de policías, Policía científica y gendarmes, todos concentrados en fotografiar la escena y buscar huellas. Frente a la lápida dos personas discutían animadamente. Santini reconoció a una, era el Comisario Giorgio Ayala, oficial de la Policía italiana autorizado para la conexión con la Gendarmería vaticana, la otra era seguramente un magistrado, más bien, una magistrada. Y justamente la mujer suscitó en él la mayor curiosidad. Cabellos negros y cortos, como la falda, lo suficientemente corta como para hacer resaltar las piernas muy atractivas, sostenidas por tacos de media altura que ayudaban a hacerla muy sexy. Cuando logró volver en sí pero, sobre todo, tomar conciencia del lugar Santo en que se encontraban y la situación naturalmente no podía definirse como la más apropiada para alimentar extrañas ideas que, por un instante, habían aflorado a su mente.
Wolfgang lo presentó a los dos.
-Estos son el Comisario Giorgio Ayala de la Jefatura de Roma y la doctora Sonia Casoni, Fiscal Adjunta, de la Fiscalía del Tribunal de Roma. Él es…
-Giovanni Rana, de la Gendarmería Vaticana, intervino Santini, gusto en conocerlos.
Wolfgang hizo un gesto de molestia y, apartándose cortésmente de los otros dos, tomó del brazo al amigo, llevándolo aparte.
-¿Pero qué diablos intentas hacer? Le dijo.
-¡No entiendo! Contestó Santini.
-¿No entiendes? Dijo furioso Wolfgang, ¿No sabes que Giovanni Rana es el de los tortellini?
-Claro que lo sé, contestó Santini con cara de ingenuo, me dijiste que use un nombre de fantasía y Giovanni Rana me pareció apropiado para desviar cualquier sospecha.
-¿Ah, sí? ¡Bravo! Le hizo eco el amigo. Imagino que nadie se dará cuenta que te llamas como un productor de tortellini famoso en todo el mundo. Vamos, no te hagas el tonto y olvida los nombres, evítalos es mejor.
Volvieron con los demás mientras el Comisario Ayala se había alejado del grupo para dar órdenes a sus hombres.
Wolfgang se hizo caro de la discusión.
-El cuerpo fue encontrado hacia las nueve, después que un niño y su madre se dieron cuenta que la lápida estaba fuera de lugar. Inmediatamente procedimos a aislar el sector y, abriéndola, nos encontramos frente a este escenario.
El cuerpo bien conservado del antiguo Papa aparecía en la posición clásica: bien vestido, con las manos cruzadas y con un collar de oro con un antiguo crucifijo con piedras incrustadas de valor inestimable alrededor de ellas. A los pies de aquel eminente Santo, l por otro lado eminente Monseñor Angelo Paolini yacía sobre su costado izquierdo en posición fetal. Los dos cadáveres se encontraban cómodamente puestos en el interior de la gran tumba, lo suficientemente amplia como para contenerlos a ambos, debido a su pequeña estatura. Casi parecían dormidos: uno aparecía bien conservado debido al embalsamamiento y el otro no presentaba ninguna seña particular o herida. El color rosado del rostro de Monseñor podía indicar que el rigor mortis todavía no había empezado, pero también podía ser causado por aquel ambiente frío y con muy poca humedad. Para saber la causa de la muerte, sin embargo, era necesaria una autopsia. El Estado Vaticano odiaba las autopsias sobre sus miembros ilustres y Santini estaba seguro que la Iglesia se opondría con todas sus fuerzas.
-Su Eminencia murió en otro lugar, continuó Wolfgang indicando una magulladura oscura en la parte alta de la cara, este moretón muestra que se golpeó la parte derecha de la cabeza en el piso, mientras ahora que acomodado del lado izquierdo, con cuidado y la ropa limpia.
-¿Rastros? Dijo Santini.
-¡Ninguno! Contestó la magistrada con voz queda y el claro intento de retomar el control de la investigación. Hemos hecho revisar por la científica cada lugar de la Basílica. No encontramos nada, aparte de las huellas dejadas por al menos algunos millones de zapatos, por cierto no es fácil aislar eventuales huellas útiles en un lugar como este. Quien hizo esto, sabía muy bien lo que hacía. Imagino que este lugar nunca está desierto. Es difícil entender como hicieron para moverse sin ser descubiertos ni cómo murió, ni dónde.
-¡No aquí! sentenció Santini. No lo mataron aquí, pero lo trajeron recorriendo, entre otros, un montón de caminos.
-¿Qué quieres decir? Preguntó Wolfgang.
-Su eminencia era un estudioso, un científico, siguió
Santini, fan de su trabajo y era uno de los guardianes de la Biblioteca Vaticana.
Pensó un instante, después dijo:
-¿Dónde está el Bibliotecario?
Wolfgang contestó que imaginaba estaba, como de costumbre, en el archivo de la Biblioteca. Las características y el trabajo de los guardianes preveían que pudiesen salir muy raramente del perímetro de su competencia, viviendo casi siempre en el archivo. Los tres guardianes tenían sus habitaciones dentro de aquella área, además su propio juramento les imponía no hablar con nadie de sus actividades. Solo el Bibliotecario de la Santa Romana Iglesia, el Cardenal Joseph Mhouza, estaba autorizado a manejar las relaciones co el exterior.
-¡Busquémoslo, debemos inspeccionar la Biblioteca! Fue el pedido perentorio de la Doctora Casoni.
-No es posible, precisó Wolfgang, para entrar al archivo se necesita la autorización directa del Papa, luego la de la Comisión y del Bibliotecario. Además, se debe adoptar una vestimenta especial, debido al aire enrarecido y las condiciones ambientales desfavorables, de otra forma; se corre el riesgo de contaminar su contenido.
-Bien, ahora están dadas las condiciones para pedir que las reglas sean dejadas de lado, al menos por el momento. Hizo notar Santini indicando el cadáver del Vice Prefecto.
-Entiendo sus leyes y reglas, señor Wolfgang, empezó la Doctora Casoni, pero aquí estamos en presencia del homicidio de un eminente exponente de su Estado con jurisdicción del caso a cargo de la magistratura italiana. Podría emitir una orden…
-No me haga reír, Doctora. Tronó Wolfgang no poco alterado, tanto que parecía Hitler en persona, el Estado Vaticano es soberano y ninguna orden podrá serle concedida nunca, mucho menos para entrar en un lugar tan importante.
-¡Calma, Aaron! La Doctora tiene razón. Intervino Santini calmando los ánimos. Debemos saber si Monseñor Paolini estuvo en la Biblioteca, qué hizo y dónde fue, debemos reconstruir todos los movimientos de sus últimas horas de vida. Llamemos al Bibliotecario, él sabrá arreglárselas para conseguir las autorizaciones necesarias sin romper regla alguna. Estamos en una situación excepcional, lo dijiste tú también y necesitamos obtener esa información. Para seguir con esto, volviéndose a la magistrada, no será necesaria ninguna orden.
Wolfgang se calmó consintiendo, dando así la impresión de tener que obedecer una orden, más que a una convicción personal. Acerco el micrófono a su cara e hizo arreglos susurrando en un idioma incomprensible. Alguien, del otro lado, contesto en alemán.
La magistrada puso cara de interrogación.
Santini puntualizó.
-¡Es alemán! La Gendarmería y los guardias suizos solo hablan en alemán. Pero cuando se dirigen a los monseñores, a lo Cardenales o al Papa, deben usar el latín. ¡Es la regla!
A la Casoni no pareció importarle aquella breve lección, pero por primera vez, desde que se habían conocido, le sonrió.
Santini sabía que su corpulencia y la mirada eran inquietantes, para no hablar de los ojos color hielo. Le daban un halo casi espectral y misterioso, por lo que tomó aquella sonrisa como señal de simpatía. Claro que, el nombre Giovanni Rana era tan falso que sonaba como a una tomada de pelo que seguramente a ella no le habría gustado.
Como si le hubiese leído el pensamiento, la magistrada le dijo.
-Su nombre es muy conocido, señor Rana, ¿fabrica también productos alimenticios?
-¡Jajajaja! A usted no se la engaña, ¿verdad? Contesto él sonriendo con más dientes que los que nunca hubieses creído tener, casi como hubiese sido descubierto haciendo alguna travesura. Entonces, admitió: habría debido imaginar que a la magistratura italiana no se le puede decir mentiras.
Santini miró a Wolfgang a la cara y rió, mientras seguía.
-En realidad me llamo Tommaso Santini y soy… ¡no! Esto ciertamente no se lo puedo decir. De todos modos no quería mentirle, fue el Inspector General quien me dijo que de un nombre falso.
Wolfgang lanzó a Santini una de aquellas miradas que habrían quemado a cualquiera y se apuró a precisar.
-Le pido perdón Doctora, mi colega es un tanto bizarro, por no usar otra definición. Sin embargo deberá conformarse con esto. Como dicen todos: ¡cuestiones de seguridad nacional!
La Casoni hizo una mueca, como para decir.
No hay nada mejor que la seguridad nacional para despertar inmediatamente mi curiosidad. Estaba por contestar cuando la radio empezó a hablar en alemán.
-Encontraron al Bibliotecario y al Prefecto, comunicó descompuesto Wolfgang casi balbuceando, en sus habitaciones… ¡también ellos muertos!
¡Que curiosa sensación de impotencia!
Esta reflexión acompañó a Santini todo el trayecto que desde la tumba de los Papas llevaba a la Biblioteca. Meandros de pasillos, docenas de puertas para abrir, centenares de metros por recorrer, el ir y venir de personas. ¿Por qué asesinar a los guardianes? ¿Por qué los tres y, sobre todo, por qué dos en sus habitaciones y el otro dentro de un sepulcro papal? Y además, ¿por qué aquel Santo Papa específicamente? ¿Qué conexión podían tener aquella tumba, aquel lugar y aquel Papa? Y aún más, ¿Por qué Monseñor Paolini había sido colocado en posición fetal? El Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana y el Prefecto de la Biblioteca vaticana habían sido encontrados muertos, cada uno en su propia cama, sin composiciones extrañas o señales de lucha: sorprendidos durante el sueño. Los tres guardianes del archivo Vaticano muertos en el mismo momento, quizás por la misma razón, probablemente en manos del mismo o mismos asesinos, pero con un modus operandi diferente solo para uno de ellos. El Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana, Cardenal Joseph Mhouza, responsable absoluto del archivo. Hombre de excepcional cultura, un príncipe de la Iglesia que detentaba el poder del saber y que respondía solo al Papa de su propio trabajo. Bien, estaba establecido que todos debían responder al Papa, de hecho, la Iglesia es una monarquía absoluta. También la ONU, aunque reconocía y respetaba al Estado Vaticano, no lo admitía en algunas comisiones porque se trataba de un Estado sin democracia en tanto no concedía ni profesaba la libertad de religión. Aparte de eso, el Bibliotecario era hombre poderoso no solo en el interior de la Iglesia, de hecho, era el guardián del saber universal, único depositario de una colección inimaginable de cultura, único y venerado guardián de un maravilloso y envidiable tesoro. El Prefecto, Profesor Anthony Glamour, no era un seguidor de la Iglesia, sino un iluminado y simpático profesor de la Universidad de Cambridge, que se había distinguido en la comunidad científica por su vasto bagaje de conocimientos. La figura del Prefecto, por regla eclesiástica, era la única concesión que la Iglesia garantizaba a la comunidad científica: lao a lado con el Bibliotecario en su trabajo, estudiando el material que solo él decidiera poner a su disposición. En la práctica, la Iglesia compartía solo la información que consideraba oportuna en el momento que le agradara. Pero no lo hacía con todos, más bien solo a los individuos que poseían conocimientos y requisitos extraordinarios, especialmente en la Fe. Para lo cual, de vez en cuando, la comunidad científica proponía unos candidatos y el mismo Bibliotecario, recibida la propuesta, confirmaba el nombre después de una miríada de verificaciones académicas y cristianas. Solo él, entonces, después de una severa instrucción, elegía entre ellos al candidato para cubrir el cargo de Prefecto y la duración de su mandato. El Prefecto, además, debía someterse a complejos juramento con el fin de que usase el conocimiento que se le concedía, solo con propósitos científicos y pacíficos. Era él, finalmente, quien apoyaba al Bibliotecario en las relaciones con la comunidad científica. El verdadero asistente del Bibliotecario era, sin embargo, el Vice Prefecto, el pobre Monseñor Paolini, también él, hombre de vasta cultura que ocupaba ese importante rol dentro de la jerarquía eclesiástica. Los tres eran personas extremadamente pacíficas. ¿Entonces por qué? LA Policía Científica había decretado la causa de la muerte: ¡envenenamiento con monóxido de carbono! Gas inhalado en las habitaciones en cantidades letales y fulminantes, los técnicos lo habían encontrado abundantes rastros en el aire como para quitar toda duda: ¡homicidio! Los tres cadáveres fueron transportados a la morgue del Hospital Vaticano, a disposición de los investigadores, con modalidades que se discutirían en el encuentro convocado por el Secretario de Estado Vaticano, Cardenal Federico Oppini. Fuera de la Biblioteca, el resto del territorio Vaticano había sido reabierto al público que, como se podía imaginar, habría sido un verdadero y pleno río en crecida por efecto de los diferentes retenes que Policía y seguridad habían levantado alrededor de la Basílica. Nadie sabía ni sospechaba nada, conocerían la noticia en los noticieros aquella misma noche con excepcional prominencia de los medios porque, en el Vaticano, estos homicidios múltiples nunca se habían producido. A los periodistas, las autoridades investigativas de los dos Estados habrían informado claramente cómo estaban colaborando para encontrar a los responsables y garantizar la justicia. A nadie hasta aquel momento, sin embargo, le había pasado por la cabeza r a mirar el interior del archivo de la Biblioteca Vaticana.
El Secretario de Estado Vaticano, Cardenal Federico Oppini, convocó a Wolfgang y Santini además que a la Doctora Casoni y el Comisario Ayala. Estos últimos esperaron pacientemente ser recibidos, mientras los dos investigadores del Estado Vaticano fueron hechos entrar rápidamente.
La Casoni y el Comisario sabían bien que se encontraban dentro de un territorio particular, donde su jurisdicción era limitada y, en cierta forma, los rituales, la burocracia y las reglas resultaban incomprensibles para ellos. Además, no era ni mucho menos algo inusual, más bien, se descontaba que el Secretario de Estado consultase a sus propios investigadores antes que a los extranjeros, para usar un eufemismo caro al Inspector General de la Gendarmería. Mientras tanto, la Abogada había encontrado lo agradable que era: esa pequeña sala circular estaba rodeada de cuadros y tapices de rara belleza, el techo a tramos reproducía una pintura de la creación que habría quitado el aliento a cualquier apasionado del arte. Terminó con aquella admiración cuando se abrió la mastodóntica puerta que señalaba la entrada a una gran sala, igualmente hermosa y colmada de arte antiguo.
Los guardias suizos levantaron las alabardas para dejar pasar al asistente del Secretario de Estado que se dirigió a los dos.
-Su Eminencia los está esperando y se disculpa por la demora. Si quieren seguirme por cortesía.
Los introdujo en un salón donde, cómodamente dispuestos en los suntuosos sillones alrededor de una mesa oval, estaban Santini, Wolfgang y naturalmente, el Secretario de Estado. La Casoni se dio cuenta enseguida de sus posiciones: Santini a la derecha del Cardenal Oppini, Wolfgang en la parte opuesta de la mesa. Y también notó que ellos dos habían sido instalados cerca de Wolfgang. Claramente era una disposición jerárquica interna; la Casoni pensó que no se equivocaba, ese Santini era algo más que un simple gendarme. Ella, Ayala y Wolfgang deberían responder a la autoridad que, por cómo había entendido, estaba representada exactamente por Santini y el Cardenal Oppini. Estos dos conversaban en voz baja, a la Abogada le pareció haber entendido alguna palabra en latín, pero lo extraño era que no parecían jerárquicamente diferentes, más bien daban la impresión de estar a la par. Sin embargo, el Secretario de Estado era un Cardenal, un Príncipe de la Iglesia, solo inferior al Papa y Santini no parecía un Cardenal ciertamente. Es más, se había dado cuenta cómo poco antes, le miraba las piernas. Por eso pensó que no se trataba ni de un sacerdote. ¿Pero entonces quién es? Pensó ella. Su instintiva curiosidad prevaleció e intentó comunicarse con Wolfgang, quien no le dio ni tiempo a respirar, ya le había leído, en la expresión de su cara, la pregunta que le habría hecho.
-¡Ya se lo dije, Doctora! Cuestiones de seguridad nacional. Le dijo Wolfgang, levantando un muro frente a esa pregunta, pero que ella guardó en su mente.
El Cardenal Oppini no perdió tiempo en convenciones y se volvió al grupo de los tres en el lado opuesto de la mesa.
-Estoy consternado por lo sucedido, empezó con calma y con el tono de alguien que no puede ser contradicho, pero debo ser consciente de la situación. Hablé con el Presidente de la República, el Ministro del Interior y el Presidente del Consejo Italiano: me aseguraron que si bien las investigación está bajo la jurisdicción de la magistratura italiana, tanto ésta como la Policía deberán trabajar con nuestros investigadores en el proceso. Pero no se podrá acceder a los lugares que se encuentran dentro del Estado Vaticano. Ese será trabajo de la Gendarmería y la Guardia Suiza, ambas estructuras estarán autorizadas a compartir toda información con la Doctora Casoni y su staff. El homicidio está en jurisdicción de las leyes vaticanas, el procedimiento penal es de las italianas. Queda claro que el Vaticano es, sin embargo, un Estado independiente y soberano con sus leyes y reglas que serán respetadas.
-Tendré que esperar las debidas instrucciones de mis superiores, Su Eminencia. Expresó con irreverencia la Doctora Casoni. Pero esto podrá influir negativamente en las investigaciones que, si me permite, son mi responsabilidad.
-Veremos, Doctora, veremos, concluyó Oppini como si no tuviera en cuenta su pensamiento, mientras tanto diríjanse al Inspector General Wolfgang mientras ella, Inspector, sabe bien a quien debe responder. Ahora, si me permiten, otras importantes actividades me esperan. Gracias por su colaboración, señores.
El Secretario de Estado susurró algo a Santini y fue ayudado a levantarse por el asistente, como si hubiese leído su pensamiento. Dejó la sala sin otras consideraciones.
-Pensé que debíamos llegar al meollo de la cuestión, dijo la Casoni, en cambio Su Eminencia parecía más interesado en pedir nuestro alejamiento.
-Vayamos a mi oficina. Propuso Wolfgang cuando, poniéndose de pie, hizo saber que había llegado el momento de salir.
La Casoni y Ayala, no sin comentarios y quejas, siguieron a Wolfgang por los tortuosos pasillos del Vaticano, hasta la Gendarmería que estaba ubicada fuera de los muros del Estado. Era regla que cualquier fuerza militar no podía tener su sede dentro del Estado, aparte de los guardias suizos que son el cuerpo de defensa personal del Papa y de los Cardenales. Por acuerdos con Italia, el Vaticano autorizaba el uso de la Policía italiana y los Carabineros solo para trabajos de vigilancia y control sobre el propio suelo, pero cualquier cuerpo militar no podía transitar por el Estado Vaticano sin supervisión de Gendarmería. También la Gendarmería Vaticana era, de todos modos, considerada un arma militar. Aun disfrutando de amplia jurisdicción, como fuerza de Policía y de seguridad pública, tenía sin embargo su propia sede fuera de los límites. El trabajo de vigilar dentro de la ciudad Vaticana, en cambio, era de competencia exclusiva de la Guardia Suiza. Santini, mientras tanto, se despidió del grupo aduciendo una excusa que no convenció a ninguno. Los pensamientos de la Abogada sobre él eran de diferente contenido y por lo tanto no prestó atención a la justificación.
El actual Pontífice había heredado el lugar dejado por uno de los más grandes Papas que la historia de la Iglesia hubiese tenido jamás: Juan Pablo II, llamado Karol Josez Wojtyla. Juan Pablo III, así se había hecho llamar en honor a sus dos predecesores y para dar una significativa señal de continuidad en la obra pontificia extraordinaria llevada a cabo hasta ahora. En efecto, desde el principio se reveló como un gran Pastor de su grey y un punto de referencia muy respetado, reconocido por gobernantes y comunidades religiosas de todo el planeta. Este Papa había hecho dar a la Iglesia varios pasos hacia adelante, modernizando el concepto católico y religioso, ayudando a los oprimidos e indefensos, contribuyendo a la superación de los tiempos oscuros a los que se estaban enfrentando.
El Papa de ochenta años parecía ansioso por ver a Santini, lo había hecho llamar sin cuidar el protocolo que él mismo había, hasta aquel momento, aplicado siempre. Sabía bien que el verdadero trabajo de Santini debía permanecer en secreto entre él, el Secretario de Estado y el Inspector General de la Gendarmería Vaticana. Era un riesgo, pero el interés mediático por aquellos horrendos homicidios era de tal magnitud que cualquier precaución habría sido inútil en ese momento. No obstante, haciendo esto estaba exponiendo a los medios también aquel secreto secular, de cualquier forma, se prometió a sí mismo encontrar una solución también para aquel problema. Pero a su debido tiempo.
Aunque pudiese parecer inusual que el Papa haya dispuesto hacer acomodar a Santini en su residencia personal, nadie discutió su decisión. El Santo Padre no esperó más, fue al encuentro de Santini. Cuando llegó a su lado. Santini se arrodilló reverencialmente, el Papa lo tomó por las manos invitándolo a levantarse convencido que, en aquella ocasión, era él quien debería hacer reverencia a Santini a causa de lo que le habría pedido.
-Amigo mío, empezó el Pontífice, no me ofrezcas tu reverencia, no estoy seguro de poder aceptarla.
Los guardias suizos cerraron la puerta de la residencia papal con la orden de no dejar pasar a nadie. Aunque con ochenta años, el Papa estaba lleno de salud y energía física. No desdeñó, entonces, ofrecer a su huésped una copa de vino rojo, un Negro de Avola con mucho cuerpo, de catorce grados, abriendo personalmente la botella. Santini se sorprendió ante aquella infracción al protocolo, las hermanas a quienes estaba confiado el cuidado del Papa, habitualmente, lo ayudaban en todas sus necesidades incluidos el servicio de comida e, incluso, la simple apertura de una botella de vino. El Papa, sin embargo, tenía intención de quedarse solo con Santini.
-Cómo te decía, Tommaso, empezó, lo que te exigiré es algo que nunca habría pensado llegar a pedirte.
Santini saboreó aquel vino bebiéndolo, aunque su estómago reclamaba comida, más que alcohol.
Con tranquilidad contestó:
-¡Su Santidad! Nada de lo que pueda pedirme seria desobedecido y mucho menos puesto en discusión.
-¡Sí, sí, lo sé! Contestó el Pontífice sacudiendo la mano como para alejar a un insecto molesto. Por favor quitémonos de encima las convenciones que, entre otras cosas, no se adaptan al momento. Dime, sobre los guardianes, ¿qué piensas?
El Papa escuchó en silencio la narración de Santini, el descubrimiento del cuerpo del Vice Prefecto en la tumba del Papa Pío X, el Bibliotecario y el Prefecto, muertos por monóxido de carbono. También expresó sus sospechas: uno o más asesinos conocían la conformación estructural de todo el Estado Vaticano por lo que sospechaba que existía al menos un topo o por añadidura cómplices que, conociendo la organización de la seguridad interna al punto de poder eludirla, hubiesen permitido el acceso sin problemas en el territorio. Pero Santini estaba convencido que el punto de partida de la investigación era el archivo. No habrían asesinado a los tres guardianes si no hubiese sido ese lugar el verdadero objetivo. El Papa había bebido todo su vino y se preparaba a servirse otro.
-Tienes razón, Tommaso, precisó el Papa, ¡el archivo fue su objetivo y también encontraron lo que buscaban!
Santini estaba sorprendido, el Papa daba la impresión de conocer todos los hechos, parecía mucho más informado él, que todos los investigadores que habían trabajado en el caso hasta el momento.
Su pregunta se daba por descontada.
-Usted sabe algo, ¿verdad?
-¡No! Contestó el Pontífice. No sé quién pudo haber sido, pero conozco el motivo. Han robado un manuscrito; un manuscrito muy antiguo, muy importante, rarísimo y, sobre todo, secreto.
Hizo una pausa casi como para alejarse de pensamientos destructivos y volvió a hablar.
-Los asesinos mataron a un guardia afuera y a los dos guardias suizos de la entrada del archivo, los que debían hacer el cambio de guardia los encontraron muertos.
Santini intervino sin darse cuenta que lo interrumpía.
-¡Pero nadie nos avisó!
-¡Calla! Tronó el Santo Padre descompuesto. Fui yo quien ordenó no divulgar la noticia. No quiero que este hecho sea también de dominio público y que la Iglesia aparezca tan indefensa ante ataques criminales.
Ahora el tono era furioso y levantó la voz. Nos robaron, Tommaso, nos robaron en nuestra casa y en la fortaleza más protegida del mundo, robaron un texto Sagrado, indispensable para la cristiandad y su equilibrio. ¿Quieres que todos lo sepan?
Después de su descarga, el Papa se sentó en el sillón retomando el control sobre sí mismo.
-No, amigo mío, esta noticia la guardaremos para nosotros, mantendremos el secreto porque no todo está perdido todavía. Estoy seguro que los saqueadores querrán usar los conocimientos de ese manuscrito contra la Iglesia, debemos impedirlo, a cualquier costo pero sin publicidad. Bebió más vino y prosiguió. Tienes una misión, Tommaso, ¡la recuperación del manuscrito! Confiarás en Wolfgang, él será tu ángel guardián en caso que necesites moverte allí afuera, pero solo nosotros dos sabremos la verdad, ni una palabra a los demás, mucho menos a Wolfgang. Solo hablarás conmigo a través del canal seguro que conoces y me traerás el manuscrito.
Santini sabía cómo hacer su trabajo, pero quería más precisiones:
-¿Qué reglas me puedo permitir, Santidad?
El Pontífice se levantó con agilidad.
-¡Tendrás indulgencia plenaria, Tommaso! ¡Cualquier cosa que debas hacer, hazla! Confío en ti, tráeme ese manuscrito, aunque te cueste la vida, ese es el sacrificio que te voy a pedir y te ordeno que cumplas tu deber por cualquier medio que creas oportuno, sin excluir ninguno.
Santini siguió impasible mientras la mirada del Papa expresaba determinación, pero también miedo. La doctrina de la indulgencia era un aspecto de la Fe Cristiana, afirmado por la Iglesia Católica, que se referí a la posibilidad de quitar una parte muy precisa de las consecuencias de un pecado, llamado pena temporal, del pecador que hubiese confesado sinceramente su error y hubiese sido perdonado por medio del sacramento de la confesión. La indulgencia podía ser parcial o plenaria, estaba establecida por los documentos Indulgentiarum Doctrina o Manual de las Indulgencias. A menudo, en el pasado, la indulgencia plenaria o parcial era garantizada en forma discutible a los reinantes o a los nobles, previa entrega a la Iglesia de grandes sumas de dinero, pero muy pronto, esa usanza había fallado por la fuerte oposición interna de la misma Iglesia, sin embargo tal institución existía todavía. Solo el Papa, o un encargado suyo, podían garantizar indulgencia plenaria, previo arrepentimiento y expiación de una pena, de parte de quien la recibía; no mucho tiempo atrás, se entendía por pena la autolesión por latigazos o el uso de un cilicio. Santini ya había recibido dos veces la indulgencia plenaria del Papa precedente y la pena nunca había sido tan tremenda, la tarea de infligirla era confiada a un fraile anciano, por indicación papal: Fray Pascual, un simpático fraile franciscano relegado a un pequeño monasterio de la Provincia de Padua, el monasterio del Monte de la Virgen sobre las colinas Euganeas. Fray Pascual era también el sostén espiritual de Santini, además de su mejor amigo y confidente. Conocía todo sobre el rol y las actividades de Santini desde hacía decenios. Lo recibía con alegría, sufriendo junto a él por la pena que debía cumplir, consciente que aquel hombre, independientemente de la indulgencia, habría debido convivir con los pecados que, a diferencia de la Iglesia, su mente no olvidaba. Pero el viejo fraile no sabía que Santini odiaba más podar los árboles del Monasterio o cuidar el jardín, aquello sí que era un verdadero sufrimiento, él nunca había tenido el coraje para decírselo porque su compañía lo revitalizaba tanto en lo físico como en lo anímico. Santini también imaginaba el gran sufrimiento y el esfuerzo del Santo Padre al pedirle ayuda justo a él: el Resolutor. Por muy necesario que fuese, la llamada en cuestión al Resolutor, figura tan extrema, significaba que la recuperación del manuscrito era esencial. Santini había sido nombrado, por el Papa Juan Pablo I desde 1978, con el título de Resolutor, por lo tanto a la cabeza del Sanctum Consilium Solútionum o, traducido, Santo Consejo para las Soluciones. El SCS era un Organismo Eclesiástico de los más secretos, instituido por el Papa Bonifacio I en el siglo V quien había nombrado al primer Resolutor y, estos, sus seguidores. Desde entonces cada Papa había tomado, en el acto del nombramiento, entre los otros secretos que fueron transmitidos, también la existencia del Resolutor y el rol desempeñado por estos. De hecho, el Consejo tenía la tarea de defender los intereses eclesiásticos de la Iglesia con cualquier medio. No solo una defensa física o militar, más bien la defensa de la Fe y de su fundamento, asignación, entonces, delicada y determinante que esperaba al Papa, quien podía valerse del Resolutor para la utilización de medios para él personalmente menos apropiados. Entonces, Santini era un sacerdote, relevado de su tarea eclesiástica, pero siempre un sacerdote. No podía dar misa pero podía impartir los Sacramentos. Estaba obligado a la abstinencia y estaba en la plenitud de su mandato eclesiástico. No podía, eso sí, renunciar al juramento de secreto, fidelidad al Papa y al Consejo, así como a su cargo de Resolutor, so pena de excomunión papal. Por eso habría llevado a cabo, como siempre, las órdenes del Papa. La resolución y la preocupación del Pontífice, que después de la muerte de los guardianes se transformaba en el único testimonio oficial del secreto contenido en el manuscrito, convencieron a Santini para no hacer demasiadas preguntas. Otros conocen este vital y pesado fardo, de otra forma no habrían robado solo ese documento, pensó Santini que dijo:
-¿Quién es nuestro enemigo, Santidad? ¿Sabe quién, además de Usted, está en conocimiento de tal secreto?
-Hay una sola organización que conoce la historia de aquel manuscrito, contestó el Pontífice, se llama el Crepúsculo. Son ellos quienes lo encontraron y lo entregaron a la Iglesia más de mil años atrás, antes era custodiado en el Monasterio de Santa Catalina, en el Monte Sinaí, en Egipto. Se dice que allí se encuentran todavía algunas páginas, de hecho, ese documento Santo esta todavía incompleto, el Bibliotecario había recuperado parte de esos fragmentos de un rico coleccionista alemán que tenía pocas páginas y que no había logrado traducirlo. Pero para un texto tan imponente, también pocas páginas son un patrimonio incalculable.
El Santo Padre se entristeció, corrió la cortina y miró fuera de la ventana.
-Joseph, en resumen, el Bibliotecario, estaba ocupado en catalogar los fragmentos para insertarlos cronológicamente en el manuscrito, a fin de dar continuidad a la lectura. Ese manuscrito fue escrito utilizando un código, sin el cual no es posible traducirlo. Ese código, Tommaso, se encontraba en la tumba del Papa Pío X, exactamente en la tumba que fue profanada y donde encontraron a Monseñor Paolini. A esos asesinos les sirvieron las huellas digitales y la córnea de Paolini para abrir la caja blindada en la que estaba guardado el código. No podían esperar demasiado tiempo porque el sistema de apertura verifica también la temperatura corporal. Por lo tanto el pobre Paolini debía estar vivo o recién muerto o, en todo caso, suficientemente caliente.
Se volvió mirando a Santini.
-Lo asesinaron y lo llevaron con ellos porque debían actuar rápido, solo servían algunas partes del cuerpo de Paolini, por lo que lo deben haber arrastrado hasta la tumba y dejado allí. Profanadores además de asesinos.
Tomó aliento, la amistad que lo ligaba al Bibliotecario y al Vice Prefecto parecía haberlo sacudido al punto de hacerlo parecer débil, pero se repuso enseguida.
-Ves amigo mío, esto es lo que puedo decirte, por ahora. Estás en conocimiento de cosas que podrían trastornar tu mente, pero si lograras recuperar el manuscrito, deberás confiar con toda tu fuerza para abrirte a aquel saber.
El Papa agarró las manos de Santini casi para confiarle las propias.
-Cuenta con tu capacidad, pero nunca pierdas la Fe. Deberás venir enseguida a mí con el manuscrito, sin pensar en otra cosa por ninguna razón. Tu vida valdrá menos que nada, te darán caza para quitarte aquel manuscrito, solo aquí podremos guardarlo seguro. Daré órdenes al Inspector General Wolfgang de emplear todo recurso de la Gendarmería, en cualquier lugar que te encontrases, para escoltarte aquí y garantizar tu incolumidad. Ese manuscrito te hará la persona más importante en el mundo para la Iglesia, pero el más buscado por el Crepúsculo. La Iglesia custodiará el secreto; mientras esa secta diabólica querrá usarlo contra nosotros y toda la humanidad. Ahora sabes lo que te espera, mi querido amigo.
El Santo Padre dejó las manos de Santini y sacó un anillo de una caja escondida en un mueble de antiguo esplendor.
-Toma esto, dijo poniéndoselo en el dedo, muéstralo a cualquier autoridad eclesiástica, en cualquier lugar que te encuentres, será la señal que tienes mi bendición y que actúas en mi nombre. Todos te obedecerán. Vete ahora, hoy tengo mucho que hacerme perdonar.
Santini tomó la mano del Papa y se la pasó delicadamente por la mejilla, la besó con reverencia. Con ese gesto confirmaba su dedicación y obediencia. Sin agregar nada más, fue despedido. El Santo Padre lo acompañó con la mirada mientras salía impartiéndole su bendición.
La Casoni y Wolfgang estaban sentados en la sala de emergencias de la Gendarmería, dispuestos alrededor de la gran mesa de vidrio concentrados en consultar fotos, documentos e informes de la científica. Papeles por todos lados mientras doce pantallas de plasma enviaban continuamente imágenes de las cámaras de vigilancia. Por lo que Santini entendía, eran imágenes que no presagiaban nada bueno y, después de las explicaciones recibidas del Santo Padre, estaba seguro que los asesinos habían eludido la vigilancia. Porque de eso se trataba, un comando a sueldo de aquella organización desconocida para él hasta ahora: el Crepúsculo. Los dos estaban intentando finalizar la videoconferencia con el Comisario Ayala, que había regresado a la Jefatura para una sesión informativa con el Jefe de los Fiscales de la República del Tribunal de Roma y, por añadidura, con los Ministros del Interior y del Exterior. La noticia debía ser revelada a la prensa y las implicaciones, también políticas, habrían sido devastantes para ambos Estados: Italia porque tenía el deber de defender los límites del Vaticano; el Vaticano porque había sufrido tres homicidios bajo las narices de la eficientísima Gendarmería. Santini se acomodó en una silla alejada y empezó a comprobar qué sandwich, entre los que quedaban, habría encontrado a su gusto, eligió uno con tomate y mozarela, pensó que también lo habría comido la Abogada considerando que le daba la impresión de ser una de esas mujeres eternamente a dieta.
-¡Bienvenido, Tom! Empezó Wolfgang levantando la vista hacia el amigo.
La Casoni lo fulminó con la mirada, antes de volverse hacia Santini.
-Espero que ahora me explicará cómo son en verdad las cosas. ¿Quién es usted, Santini? ¿Cuál es su rol? El Inspector General aquí me contesta siempre que usted es una suerte de seguridad nacional, pero si va a formar parte de la investigación, debo saber con quién estoy trabajando.
La Abogada se levantó y empezó a caminar arriba y abajo por la sala, en espera de una respuesta. Cruzando la mirada con el amigo, Wolfgang comprendió que Santini había recibido órdenes, entonces esperó que fuese él quien tomara las riendas de la situación. Y entonces Santini invitó a la magistrada sentarse con la intención de contar una versión lo más creíble posible.
-Le pido perdón, Doctora, pero también nosotros tenemos necesidad de recibir órdenes precisas de nuestros superiores.
Wolfgang palideció ante la sola idea de que Santini revelase más de lo necesario, pero se tranquilizó cuando escuchó el resto.
-Soy el asistente del Secretario de Estado Vaticano. Ante tanta desfachatez incluso Santini mismo no se lo creía, sin embargo habría recibido la indulgencia plenaria también por cualquier pequeña mentira. Y sin saber si estaba autorizado a dejar conocer mi identidad, me permití, con la obligada complicidad del Inspector General Wolfgang, no revelársela enseguida.
¡Es bravo nuestro Tom! Parecía decir la expresión asombrada de Wolfang.
Santini había encontrado una excusa que justificaba su cercanía al Secretario de Estado y que no disminuía la autoridad del Inspector General de la Gendarmería. De hecho, como asistente personal del Cardenal Oppini, podía ser visto como un representante de la autoridad de Gobierno, seguramente superior a cualquier fuerza militar o de Policía Vaticana.
Frente al aire perplejo de la Abogada, aumentó la dosis.
-Ahora pudo decirle que desde este momento el Inspector General Wolfgang tiene sus órdenes, tengo aquí el documento firmado por el Secretario de Estado que autoriza a la Gendarmería a colaborar, sin límite alguno, con las autoridades italianas. Santini pensó que había concedido demasiado y precisó: solo una cosa, Doctora, dentro de los límites del Estado Vaticano, cualquiera podrá acceder solo si es acompañado por el Inspector General o uno de sus hombres y no serán permitidas autopsias en los cuerpos de nuestros eminentísimos guardianes de la Biblioteca, solo tendrá que conformarse con el relato médico de nuestros encargados. Esta decisión creo, le será comunicada en breve.
No tuvo tiempo de terminar la frase cuando el celular de la magistrada empezó a sonar, era el Jefe de Fiscales que confirmaba las palabras de Santini y la invitaba a su oficina para ver cómo iba la investigación y organizar la conferencia de prensa conjunta de aquel atardecer, que se desarrollaría en la sala de conferencias del Vaticano. Estaría presente el Presidente del Consejo Italiano, quien consideraba que un delito como aquel merecía la total atención de la máxima autoridad gubernamental de Italia, porque el mundo entero se habría horrorizado frente a tal tragedia sobre la que sería necesario echar una luz. A Santini solo le bastaba sacar de en medio la molestia de aquella Abogada y suspiró con alivio cuando Wolfgang la acompañó al auto de la escolta, que la esperaba fuera de las puertas de la Gendarmería. ¡Se fue! Pensó. No imaginaba cuánto, en cambio, se estaba equivocando.
El jefe de la Doctora Casoni estaba imposibilitado de participar en la conferencia de prensa en el Vaticano, y ella sonrió al pensar que un egocéntrico como él nunca se habría perdido una oportunidad para mostrarse, sin hablar de ésta en que lo habrían visto en la televisión de todo el mundo. Aprovechó para investigar en el archivo de la Fiscalía sobre el misterioso señor Tommaso Santini, convencida que le había mentido respecto a su identidad, estaba decidida a saber más. La computadora trabajó por un par de minutos devolviendo un mensaje del tipo: ningún resultado. ¡Muy malo! Pensó, esa era una búsqueda simple en un archivo que hubiera luchado por encontrar incluso su nombre, dato que para ella estaba cubierto por cierto nivel de protección. Según lo veía, Santini era un individuo importante, tal vez una clase de gobernante, por lo que el secreto estaba descontado. Llamó al Capitán Andrea Baresi, responsable de la Policía Judicial de la Fiscalía y su asistente, para hacerse acompañar a la central de operaciones. Allí habría tenido a disposición los archivos de todas las Policía y de las Agencias de Inteligencia del mundo. Además, siendo ella una magistrada, podía guardarse los motivos de su investigación sin dar lugar a charlatanerías. Baresi acudió y la acompañó a la sala de computadoras de la central, cerraron la puerta y se ubicaron en la terminal reservada a los gerentes, aquellos con las más altas autorizaciones de acceso, escribió el nombre de Tommaso Santini. Esta vez la computadora se tomó más de diez minutos para dar la respuesta, descargar un archivo de datos tan amplio necesitaba cierto tiempo de elaboración. La misma respuesta también en este texto, esta vez, estaba en inglés: not found.
-¡Pero claro! Exclamó golpeándose la cabeza con el índice. Es un ciudadano del Estado Vaticano, ellos tienen documentos diplomáticos y no existen en ningún archivo.
Baresi la corrigió.
-También podría ser cierto, pero no puede haber nacido en el Vaticano, nadie nace en ese Estado: pueden ser ciudadanos, pero no desde el nacimiento. Debe haber un archivo, al nacer debe haber sido registrado en alguna parte del mundo. Si no pudiésemos encontrarlo, querría decir que Tommaso Santini no es su verdadero nombre.
La Casoni sacó de la cartera un vaso de plástico, guardado en una bolsa de pruebas y dijo:
-Es aquel en que bebió Santini, ¿quiere buscar las huellas o el ADN?
-¡Maldita mujer! Rieron ambos. A veces me aterrorizas en verdad. Seguro que descubro quién es tu misterioso Santini, dame algunas horas para analizar el hallazgo y también te diré si ha hecho milagros.
-Te pido, imploró la Casoni, nadie debe saber de esta búsqueda.
Baresi cruzó los dedos llevándoselos a los labios.
-Jurin jura.
La magistrada le dio un beso en la frente antes de volver a su oficina a esperar la respuesta que no se hizo esperar. Dos horas después, Baresi corría por los pasillos de la Fiscalía agitando un paquete de documentos en la mano. Se abrió paso a codazos entre la multitud para alcanzar a la Abogada en su oficina. Apenas llegó al umbral abrió la puerta, por el calor parecía casi destinado a caer abajo desde la ventana en el lado opuesto. Logró detenerse antes del trágico evento y se dejó caer en el sillón del salón estirando los brazos, e intentando recuperar el aliento. Miró a la Casoni sin decir palabra, esperando la fatídica pregunta que llegó al instante:
-¿Y entonces?
-¡Nada! Nada de nada, tu hombre no existe.
Para nada conmovida la Casoni precisó:
-¡No es un gran misterio! Está claro que Tommaso Santini es un nombre inventado para no dar a conocer su verdadera identidad.
-No es exactamente así. Precisó el capitán, en el vaso de plástico hay dos particularidades: la primera el ADN, como lo imaginaba, el archivo no encontró nada, pero es correcto porque la prueba de ADN empezó a usarse en los años noventa por lo tanto los archivos fueron actualizados desde ese momento en adelante, la segunda son las huellas, esas sí que son usadas desde hace tiempo, ¡pero no es este el problema! Las huellas digitales, si estás limpio, no se encuentran en las bases de la Policía, pero si hiciste el servicio militar entonces sí que estás archivado. Por lo que me dijiste, este Santini debería estar en los cincuenta, por lo tanto debe haber estado en el servicio militar. No se lo digas a nadie, pero en el archivo están todas las personas que han cumplido con la visita militar o que han cumplido el servicio militar en alguna parte del globo, lo que quiere decir que encontraría al menos a todos los varones hasta el 2002, año en que el servicio militar dejó de ser obligatorio.
-¿Y bien? Lo apuró la Casoni curiosa.
-¡Y bien! Baresi hizo una pausa para aumentar el suspenso. No hay nada, no existe. Para ser claro, cuando digo que no existe, no digo que no existe Tommaso Santini, digo que no existe un tipo con esas huellas digitales.
La Casoni quedó pensativa.
-¿No puede ser una coincidencia? En el sentido que si todos los hombres fueron sometidos a la visita o hicieron la milicia, están también los que fueron descartados o quienes no prestaron servicio por exención o por razones familiares. Debe haber otra respuesta, tal vez nació o vivió en el exterior, en tal caso habría hecho la milicia en otro lugar.
-¡No, no! Contesto él. En todo caso las huellas estarían registradas. Tengo en el archivo cualquier cosa que pueda relacionarse también con el Papa, desde las huellas al ADN e incluso cuando ha tenido indigestión, a qué hora se fue a la cama anoche o cuándo se tiró el último pedo. ¡Tú hombre no existe, Sonia! Fíjate, no existe, no tanto porque no hay rastros, ¡más bien porque nunca existió! No sé si me explico. Si me escuchas, al menos una vez en tu vida, bueno, esto es cosa de servicios secretos, entonces detén la curiosidad y sigue tu vida serenamente y con prosperidad. En lo que a mí respecta, tengo el culo bastante descubierto con este truco tuyo, cada búsqueda es registrada en manos de quien la hace, borré todas las huellas, pero tengo dudas sobre si me pedirán ciertas explicaciones. Dame una excusa para presentar y cerrémosla aquí si no queremos terminar los dos buscando ovejas perdidas en Barbagia.
La Casoni se paró y empezó a caminar de un lado a otro de la oficina. El capitán la conocía muy bien, había pedido la transferencia a Roma cuando ella había obtenido aquel puesto de Fiscal Sustituto en la ciudad eterna. Juntos habían trabajado en la Fiscalía de Turín recibiendo elogios y honores en la lucha contra la criminalidad internacional, habían hecho centenares de excelentes arrestos, evitando además dos atentados, en uno de los cuales el Capitán había sido herido escudándola. Cuando la Casoni caminaba así, sabía que era la calma antes de la tormenta, parecía que de esa forma se cargase como un manantial y, una vez terminada la carga, la rabia habría explotado como una mina terrestre. Y no estaba equivocado.
-¡Y una mierda! Tronó ferozmente. ¡Me importa una mierda de los servicios secretos o de los malditos misterios del Vaticano o de sus habitantes! ¡Tengo una investigación que conducir, lo quieran o no y esto es obstaculizar a la justicia!
-¡Paraaaaaaa! El Capitán la tomó del brazo y la hizo sentar en el sillón de al lado. ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¿Quieres ir al Vaticano y arrestar a una eminente autoridad gubernamental por obstaculizar la justicia? ¿Y si te dijeran que tu justicia y la de tu país vale una mierda para ellos? ¿Crees que estarían equivocados? O mejor aún, ¿si te acusaran de haber infringido sus leyes, crees que el arresto caería sobre Santini o sobre ti? ¡Vamos, vamos!
