0,99 €
El regalo es un relato breve de terror que ahonda en la psicología de sus personajes y en sus anhelos y miedos a lo largo de una narración oscura y descarnada, donde la realidad parece difuminarse con el paso del tiempo.
Los protagonistas son dos autores de novela gráfica, Álex y Fran, que un día reciben un regalo que les hará replantearse la naturaleza de su relación.
Como en las historias clásicas de terror psicológico, El regalo usa la ambientación y la trama para llevar a los personajes hasta un lugar inconcebible para ellos al principio de la historia.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2022
© Texto: Efrén Manuel Villaverde Pérez
© De esta edición: Efrén Manuel Villaverde Pérez
Primera edición: Independently published, 2022
Más información: efrenvillaverde.com
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de su titular, salvo excepción prevista en la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos: www.cedro.org) para fotocopiarla o escanearla.»
EL REGALO
Efrén Villaverde
ÍNDICE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 1
La lluvia golpeando los cristales me transportaba a tiempos pasados, cuando todavía era un niño y la vida era mucho más sencilla. Recordaba muy bien aquellos tiempos, en los que dormirse con el sonido de la lluvia y despertarse como si nada hubiese cambiado, con el frío introduciéndose en los huesos y el sonido incesante de las gotas martilleando el tejado era algo habitual. En las farolas de la calle podía ver la luz dibujada sobre la lluvia como entonces, mientras anochecía una vez más. Era como una cortina de ducha a la inversa. Siempre lo veía como algo sobrenatural.
Volver a la infancia era una sensación extraña. Los recuerdos podían ser tristes o alegres, pero los sentimientos siempre resultaban artificiales. Nunca era capaz de etiquetarlos a uno u otro lado del espectro. De pequeño me decían que era un problema, que tenía que aprender a identificar mis emociones. Yo no lo veía de la misma manera que los adultos. Pero está claro que los niños nunca ven las cosas igual que los adultos.
Al posar la mano sobre el cristal de la ventana sentí frío. Estaba helado. Pero no era ese el único sentimiento que despertó en mí. Era algo mucho más profundo que lo que podía percibir a través del tacto. Me embargaba una sensación extraña que atenazaba mi interior, un sentimiento oscuro que hacía que mi alma, si es que algo así existe, se estremeciera con inquietud.
Dejé que mis pensamientos se perdiesen una vez más entre las embravecidas olas del mar. Cuando lo hacía, la sensación de libertad que disfrutaba era difícil de igualar. Me veía a mí mismo flotando entre la espuma, siendo zarandeado en plena armonía con la naturaleza mientras degustaba el dulce placer de la inconsistencia.
Álex todavía no se había despertado. Madrugar nunca había sido una de sus prioridades. Aunque, si lo pensaba bien, todavía no tenía muy claro cuáles eran sus prioridades.
Molí un poco de café y aspiré su aroma con fuerza. Era un olor que siempre me había gustado, desde que era muy pequeño y me acercaba a mi madre por las mañanas para darle los buenos días. Ella acababa de levantarse y preparaba el desayuno para los cuatro, y yo esperaba con ansia a que el olor a café recién molido llegase hasta mí, y entonces lo aspiraba como si pretendiese absorberlo todo, sin dejar que se escapase una sola partícula de aquel maravilloso aroma.
Me encantaba aquel ritual: moler los granos de café antes de degustarlo y aspirar su aroma mientras emanaba directamente del grano recién molido. Para mí formaba parte del proceso. Era mi forma de tomar el café.
Abrí el grifo, cogí la cafetera italiana y la llené con agua, después le añadí dos cucharadas grandes de café recién molido mientras aspiraba de nuevo su aroma y la puse al fuego. Necesitaba tomarme ese café. Lo cierto es que era más un impulso que una necesidad. El impulso de tener algo que hacer, de no estar parado. Pero lo que en realidad necesitaba era el ritual. Eso si que era algo que no podía evitar.
El borboteo tardó unos minutos en comenzar, pero, cuando lo hizo, el olor a café recién hecho activó por completo mis sentidos. Aspiré de nuevo mientras llenaba una taza hasta la mitad y sentí cómo me ponía alerta.
La puerta de la habitación de Álex crujió en silencio al separarse del marco. Era un quejido sordo pero reconocible. Por fin se había despertado. Estaba seguro de que había sido el café. Cuando el aroma a café recién hecho llegaba hasta su cuarto, venía tras él como un dibujo animado, flotando ingrávido por el pasillo sin despegar los párpados, persiguiendo un sueño intangible que nunca lograba alcanzar.
Llené otra taza hasta la mitad y le puse una nube de leche fría. Así era como le gustaba el café a Álex. Después me senté en la mesa y esperé a que llegase. Todavía tardaría un par de minutos. Lo suficiente para pasar por el baño y despejarse un poco.
A esas horas del mediodía, aún flotaba en el ambiente la acritud de la discusión del día anterior. No sabía muy bien cómo había empezado, pero estaba claro que un simple café no era suficiente para pedir disculpas. Tampoco tenía muy claro quién debía pedir disculpas. Al final, las discusiones siempre terminan del mismo modo: sin vencedores, pero con múltiples víctimas. En nuestro caso, la derrota era lo único que quedaba tras la tempestad.
Entró en la cocina sin articular palabra. Aunque había dormido más de diez horas seguidas, tenía unas ojeras muy marcadas que parecían sombra de ojos mal borrada. Mi aspecto debía ser todavía peor, pero no me importaba.
―Te he preparado café ―dije a modo de saludo.
Álex me miró con cara somnolienta y no dijo nada. Sabía que tardaría un rato en despejarse por completo y procesar lo que había pasado el día anterior. Mientras, tendría que aguantar.
―Deberíamos seguir trabajando ―comenté, intentando cambiar de tema.
―¿No es eso lo que hacemos a todas horas? ―respondió como si nada de lo que había pasado el día anterior importase, mientras sostenía el café entre las manos para calentarse.
―Tenemos unos plazos que cumplir ―le expliqué.
―Unos plazos que tú mismo has impuesto ―replicó con resentimiento.
―No es por capricho, Álex, lo sabes muy bien.
―Podrías esperar al menos a que me tome el café antes de empezar con el sermón.
Nunca conseguíamos ponernos de acuerdo, así que decidí apartar el trabajo de mi mente durante un tiempo y dejarlo correr.
―Tienes razón… ―dije intentando parecer lo más sincero que me era posible―. A veces puedo ser demasiado intenso cuando se trata del trabajo.
―¿Intenso, Fran? Obsesivo, esa es la palabra que estás buscando.
Suspiré con desgana, dando por sentado que tenía razón, y que la discusión no había terminado todavía. Cuando tenía un trabajo en mente, no dejaba que nada se interpusiera en mi camino. Lo malo era que siempre había algún proyecto dando vueltas en mi cabeza, y nunca encontraba descanso.
―¿No vas a decir nada? ―me preguntó tras soplar un par de veces sobre la taza de café, haciendo que el humo se disipase por unos instantes.
―Tienes razón, Álex. Puedo volverme un poco obsesivo con el trabajo cuando tengo un proyecto entre manos ―respondí agarrándome a mi taza como si fuera un salvavidas.
―Querrás decir siempre.
―Estás siendo injusto. Sabes que esta obra puede ser la de nuestra consagración.
