Vampiro - Efrén Villaverde - E-Book

Vampiro E-Book

Efrén Villaverde

0,0
2,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Álex tiene diecisiete años y una vida normal (al menos dentro de lo que se puede considerar "normal", hasta que el día de su dieciocho cumpleaños se encuentra con Kai y se desata al instante una atracción que convierte su vida en algo totalmente diferente.
Vampiro: Alma inmortal, es la primera parte de la Saga Vampiro, una saga de novela que narra la historia del vampirismo a través de los ojos de diversos personajes de los que nunca sabemos el género. Para ello se ha utilizado una forma de narrar que evita el uso de artículos o pronombres de género, sustituyéndolos en todo momento por cualquier frase neutral que evite la descripción del género del personaje. Así mismo, se ha descrito a los personajes con aspecto y nombres neutros, para que cada lector pueda verlos en su mente de la manera que su cerebro los imagine: masculino, femenino o, simplemente, personas.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Texto: Efrén Villaverde

© De esta edición: Efrén Villaverde

© Diseño de cubierta: Kevin Valcárcel

Primera edición: Independently published, 2022

Más información: efrenvillaverde.com

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de su titular, salvo excepción prevista en la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos: www.cedro.org) para fotocopiarla o escanearla.»

VAMPIRO

ALMA INMORTAL

EFRÉN VILLAVERDE

ÍNDICE

 

PRIMERA PARTE: EL NACIMIENTO DEL VAMPIRO

Capítulo 1.

 

Capítulo 2.

 

Capítulo 3.

 

Capítulo 4.

 

Capítulo 5.

 

Capítulo 6.

 

Capítulo 7.

Capítulo 8.

Capítulo 9.

Capítulo 10.

SEGUNDA PARTE: LA ADOLESCENCIA DEL VAMPIRO

Capítulo 11.

Capítulo 12.

Capítulo 13.

Capítulo 14.

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

TERCERA PARTE: LA JUVENTUD DEL VAMPIRO

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Anexo: Diccionario para boomers

 

 

PRIMERA PARTE

EL NACIMIENTO DEL VAMPIRO

1

¿Alguna vez habéis oído eso de que ser inmortal es una pasada? Pues no hagáis ni puto caso, porque esa es la mayor patraña que vais a escuchar en vuestras vidas.

Os estaréis preguntando por qué os estoy soltando este rollo. Es normal. Yo haría lo mismo si estuviera en vuestro lugar. La respuesta es muy sencilla: os lo cuento porque yo soy inmortal; y hacedme caso cuando os digo esto: Ser inmortal es lo puto peor.

Sí, es cierto, no puedes morir. Pero, ¿de verdad es tan importante? Pensadlo bien. Cuando no puedes morir, simplemente, pierdes la perspectiva. La vida deja de tener sentido. Deja de significar algo importante para ti.

De repente, te das cuenta de que ya no tienes objetivos que cumplir, puesto que tienes todo el tiempo del mundo para hacerlo. Posponer las cosas pierde su significado. Ya ni siquiera sientes la emoción de procrastinar a lo loco, dejándolo todo a un lado como si nada en el mundo importase, con el subidón de adrenalina de saber que, cuando vuelvas, todos tus problemas seguirán ahí, esperándote, con una paciencia infinita. No, eso no importa porque todos los problemas terminan resolviéndose si dejamos que pase el tiempo suficiente.

Eso por no hablar del bien y del mal. ¿Qué sentido tienen cuando sabes que no hay un castigo en el horizonte? Al fin y al cabo, no puedes morir. ¿Cuál sería tu castigo?

Desde esa perspectiva, toda acción está supeditada al coste que pueda conllevar para tu forma de vida actual. Algo así como poner en un lado de la balanza los pros de la acción y en el otro los contras, con la salvedad de que ningún castigo es permanente para un ser inmortal. Cuestión de perspectiva; algo que, como veis, se pierde en estos casos.

Después de semejante monólogo existencialista pensaréis que tengo cientos de años. Pues os equivocáis. Lo cierto es que estoy a punto de cumplir los dieciocho.

Ahora es cuando os preguntaréis cómo es posible que alguien de solo diecisiete años sepa lo que se siente al ser inmortal.

Eso ya es un poco más difícil de explicar, así que será mejor que empiece por el principio.

Mi nombre es Alexis, pero todo el mundo me llama Álex. Nací en un pequeño pueblo de montaña llamado Cueva de la Sangre. No empecéis a pensar cosas raras. Es un pueblecito encantador y no podría ser más normal.

Creo que no hace falta que os explique cómo se produjo mi nacimiento. Fue exactamente igual que el de cualquier ser humano, así que será mejor que nos saltemos esa parte. Para mi gusto es demasiado sangrienta, y todavía no es hora de comer.

No pasé mucho tiempo en Cueva de la Sangre, ya que mis progenitores se mudaron cuando yo tenía solo tres años. Lo único que recuerdo de aquel lugar es el olor a hierba y el calor del sol. Ambas cosas me parecen a día de hoy aborrecibles, cada una por causas distintas.

Desde entonces vivo en la ciudad, y se podría decir que mi vida era completamente normal, anodina y previsible hasta hace un año. Como la de cualquiera, vamos.

Bueno, normal hasta un punto. Que tampoco es que mi infancia fuera un compendio de tópicos puestos uno detrás de otro. Cada persona es un mundo en sí misma, y eso marca las diferencias. Por ejemplo: a mí nunca me ha gustado la claridad. Siempre me enorgullecí de mi carácter, más nocturno que diurno. Por todos es sabido que la noche es lo puto mejor. Fiestas, amigos, amores… Pero no, yo no me refería a ese tipo de noches. Yo me refiero más a la noche como el momento del día en el que puedes encontrar tranquilidad, pasear alejándote de las miradas curiosas y moverte por un mundo que te pertenece solo a ti. ¿Y la playa…? No me gusta el agua y mucho menos la arena, a qué voy a ir a la playa. Yo siempre fui de sombra, y mis estaciones son el otoño y el invierno. Por eso estoy bien aquí, en Chester, donde la primavera se junta con el otoño para dar paso al invierno.

Creo que la mejor forma de que entendáis esto es que os cuente lo que pasó. Así comprenderéis mejor lo que sentí cuando sucedió todo.

Yo estaba celebrando mi cumpleaños con un paseo solitario al borde del mar. Aunque os parezca algo triste, no era porque nadie quisiera estar conmigo. Tampoco es que presuma de tener una lista de amistades exagerada; ni siquiera en redes. Pero lo cierto es que no me gusta celebrar los cumpleaños. Como veis es algo que ya me viene de antiguo, antes de esta situación.

Pues resulta que estaba dando un paseo por las rocas, saboreando con calma el borde del mar. Chester tiene una preciosa línea de costa con rocas grandes y planas que se introducen en el agua con suavidad.

Iba a mi bola, pensando en mis cosas y mirando al mar mientras me fumaba un peta, cuando de repente apareció y cambió mi mundo para siempre.

2

Aquel encuentro cambiaría mi vida para toda la eternidad; de forma literal, os lo aseguro. Y, como no podía ser de otra forma, comenzó de una manera extraña; insólita, incluso.

Apareció sin previo aviso, como si se materializara de repente frente a mis ojos. Es cierto que yo iba pensando en mis cosas, con la cabeza ocupada entre los exámenes finales y un libro titulado Planilandia. Acababa de leerlo y la sensación que había dejado en mí podría definirse como chocante, al igual que este encuentro. No solo por su contenido, que después también lo sería, sino porque apareció de repente frente a mí y cambió mi forma de ver el mundo desde el primer momento.

Poneos en mi piel por un momento. Me encontraba paseando tranquilamente por la costa, escuchando el sonido de las olas del mar rompiendo contra las rocas, rebuscando entre mis pensamientos, fumando y divagando cuando, de repente, me encuentro a alguien parado frente a mí. Por su aspecto, calculo que tendrá unos tres o cuatro años más que yo. En ese momento no soy capaz de asimilar cómo ha aparecido delante de mis narices, así, de la nada. Podría asegurar que no estaba ahí hace un momento, y que tampoco ha llegado corriendo, ya que el movimiento me habría alertado de su presencia mucho antes.

Imaginaos cómo fue la cosa, que del susto se me cayó el porro de la mano y se coló entre las rocas. ¡Joder! Fue lo puto peor, os lo aseguro.

Tras maldecir mi suerte para mis adentros, después de ver cómo perdía de vista el peta entre aquellas piedras, comencé a levantar la vista y, lo primero que vi, fueron unas botas negras de media caña con las costuras en color violeta. Después me sorprendí al encontrar unos vaqueros rectos de color negro llenos de rasgones que, llegado un punto, se camuflaban bajo una camiseta también negra, pero de esas semitransparentes llenas de agujeritos minúsculos que llevan un dibujo en un color más claro que el resto. En este caso era una calavera gris plateado. Le cubría casi hasta las rodillas y las mangas le llegaban a los codos.

Tuve que tomar aire para seguir subiendo. No tenía la insana costumbre de acercarme tanto a la gente, y menos aún de hacerle una revisión visual exhaustiva a alguien que no conocía. Pero allí estábamos. Había aparecido de repente frente a mis ojos, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Dar media vuelta y largarme sin mirar atrás? Podría hacerlo… Pero no lo hice. Cuando llegué a la cara todavía no era capaz de reaccionar ante semejante belleza oscura de ojos totalmente negros. El eyeliner y el rímel marcaban todavía más su carácter sombrío.

¿Qué acababa de pasar? ¿De dónde había salido?

―¿Te ha comido la lengua un gato negro? ―me preguntó.

Joder, era lo menos original que había oído en mi vida. Me estaba mirando directamente a los ojos y no sabía qué mierda responder.

―No… ―¿Eso era todo? ¿No se me ocurría nada mejor? ¿Para qué coño me valía el cerebro si no me sacaba de apuros como este?

―Parece un avance ―dijo sin pestañear una sola vez. Su cara era la antítesis de la expresividad. No sé si con eso quiero decir que no expresaba nada o que no necesitaba exteriorizar lo que pensaba para hacerse entender. Solo sé que lo que me vino a la cabeza en ese momento no fue «inexpresividad», sino «antítesis de la expresividad». Puede que solo yo me entienda. Es otra de esas cosas que siempre habían estado latentes en mi interior. Sentir incomprensión, como si los demás no tuvieran la capacidad de sentirse igual que yo y, por lo tanto, nunca podrían llegar a ponerse en mi lugar. Tal vez sea algo que solo me pasa a mí y que los demás no entienden, pero, por si sabéis de lo que os estoy hablando, por si no os resulta tan extraño, ahí lo dejo.

―Me gusta tu pelo ―vaya… esta vez sí que te has lucido, cerebro. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Que te gustan sus ojos?

―Gracias. Me lo acabo de cortar hace un par de días. Antes lo llevaba hasta aquí ―me tocó en la espalda, justo por debajo de los omóplatos, para indicar la altura a la que le llegaba el pelo, y sentí un escalofrío por la columna vertebral, algo mucho más intenso que nada de lo que hubiera sentido con anterioridad.

Intenté reprimirme, disimular, que no se notara que me estaba poniendo de los nervios; pero no estaba siendo nada fácil. Todos los pensamientos que bullían por mi cerebro me guiaban en una sola dirección: estaban intentando empujarme para que diera un paso atrás; pero sabía que eso era como decirle con palabras que estaba de los putos nervios. Lo mejor que podía hacer era quedarme donde estaba y no mostrar emoción alguna, así no correría el riesgo de mostrarme vulnerable―. Hasta aquí, ves ―dijo mientras arrastraba el dedo por mi espalda con suavidad. Notaba la uña arañando la piel a través de la sudadera, sin hacerme daño.

―Vaya, lo tenías muy largo ―sí, ya os estaréis dando cuenta de que no soy precisamente una persona elocuente. Esa fue mi muy predecible y patética respuesta, mientras miraba su pelo negro azabache como si me hubiera hipnotizado.

―¿Tienes un cigarro?

―¡Claro! ―esta no la podía fallar. Era fácil hasta para mí.

Saqué la cajetilla y le ofrecí un Chesterfield. Sí, un Chester, como el nombre del pueblo. Y no es casualidad. Así que se me ocurrió que igual no conocía la anécdota y que sería una buena forma de entablar una conversación, ya que no parecía querer marcharse y estaba comenzando a deshacer el cigarrillo para liarse un porro. Al menos recuperaría lo que había perdido.

―¿Sabes por qué esta ciudad se llama Chester? ―le pregunté.

―¿Hay alguien aquí que no lo sepa? ―respondió con tono cansado, con el hastío de quien ha escuchado la misma historia en incontables ocasiones.

¡Buff! La había cagado bien. Empezaba a tener la impresión de que me estaba troleando. Ya sabía yo que no tenía que abrir la boca.

―A ver… que igual no me sé toda la historia.

Vale, esto era todavía peor. Estaba siendo condescendiente conmigo. Eso solo podía significar una cosa: empezaba a pensar que era idiota… ¿Cómo iba a salir de este marrón? No me quedaba otra que seguirle la corriente. Ya no había marcha atrás. Si me callaba, ahora que me había dicho que siguiera contando la historia, pensaría que es por vergüenza. Pero, si seguía hablando… ¡OMG! ¡Qué he hecho! Me he metido en un laberinto…

―Va a ser lo mismo, pero venga…

Me senté en una roca y le invité a sentarse frente a mí mientras terminaba de liarse el canuto.

―En esta zona, antes no había absolutamente nada ―comencé a hablar intentando transmitir seguridad, pero estaba claro que la comunicación oral no era mi fuerte. La voz sonaba trémula y con un tono demasiado agudo―. Era una zona abandonada hasta que, por alguna razón, alguien decidió montar una distribuidora de tabaco a nivel nacional. Doy por hecho que sabes que cuando digo «alguien», me estoy refiriendo a los Wong.

Asintió con la cabeza, como si no quisiera pronunciar las palabras en alto para no romper la magia del momento. Fue un gesto tan dulce… No tenía la costumbre de recibir atenciones de semejante calado. Me atraganté un poco con la emoción de sentir que alguien se interesaba por lo que decía, pero me repuse fingiendo un suave acceso de tos y continué hablando.

―Así comenzó no solo la distribución, sino también el cultivo, secado, almacenamiento y todo lo que tenga que ver con el tabaco. Supongo que sería por los bajos costes de la mano de obra y la localización estratégica que significaría en el futuro para el mercado del tabaco.

―Tuvieron visión para el negocio. Vieron lo que esto podría ser en el futuro, con la salida por mar y por tierra y las enormes extensiones de terreno con clima adecuado para el cultivo del tabaco.

Estaba atendiendo a lo que yo decía… ¡Hasta había aportado algo a la conversación! Por primera vez en mi vida, experimentaba eso que llaman comprensión, de lo que tantas veces me habían hablado, pero que no había conocido hasta entonces.

―Para que los currantes no tuvieran que desplazarse todos los días desde los pueblos cercanos para acudir a su trabajo, construyeron una pequeña ciudad dormitorio con los servicios más básicos. A esa pequeña ciudad decidieron llamarle Chester, ya sabes, por el tabaco, ya que fue el primero que empezaron a distribuir. Y hasta ahora, que es en donde vivimos.

―Sabía que era por el tabaco. Pero no sabía tanto como tú.

De nuevo condescendencia. Me gustaba más cuando intentaba ser amable de forma natural. Nadie se creería que no conocía esta historia. Todos los que vivían en Chester la había escuchado cientos de veces. O quizá eso era algo que pensaba yo.

―¿Qué haces por aquí? ―otra obviedad. Te estás luciendo, cerebro.

―Pasear. Y fumarme un canuto con alguien que acabo de conocer.

Le dio otra calada al peta y me lo pasó mientras exhalaba el humo. Era algo tan bello, un espectáculo tan sublime, que me quedé mirando a sus ojos a través del humo como si temiera que al perder el contacto visual, se perdería para siempre la magia de aquel momento único.

Se echó a reír mientras yo le daba unas caladas al cigarrillo de marihuana que me acababa de pasar. Su sabor era muy diferente al que me estaba fumando antes. El mío era de costo. Además, era del malo. Su hierba era buena. Muy buena. La mejor que había probado.

―¿Por qué vas así? ―Álex a cerebro, Álex a cerebro: esta me la vas a pagar.

―¿Te refieres a la ropa? ―preguntó mientras se miraba de arriba abajo moviendo solo los ojos, sin cambiar su expresión en ningún momento.

Otra vez en un callejón sin salida por abrir la boca. Quién me mandará a mí hablar. Ahora, si reculo, pensará que tengo miedo; pero, si por el contrario sigo hablando, pensará que tengo mucha face.

―La ropa, el pelo negro con reflejos violetas, el maquillaje…

Pero, ¿qué coño me estaba pasando? No era capaz de cerrar la puta bocaza.

―¿Tienes algo en contra de mi aspecto?

¡Joder, joder, joder…! ¡Lo sabía! La cagué… Ahora, ¿cómo salgo de esta? Ya está. Mejor no volver a hablar. Eso es. No diré nada más. Esa es la mejor manera de no seguir cagándola, ya que las anteriores pifias fueron por abrir la boca.

Así que eso hice. Me quedé mirando, sin pronunciar palabra. Tampoco se me ocurría nada que decir, así que era la solución más digna.

―Ah… ¡No dices nada!

Vale, ahora sí que hay que decir algo…

―¿No…? Quiero decir… que no tengo nada en contra de tu aspecto. Me gusta. Es gótico. Yo también voy un poco en plan gótico.

Esta vez me miró de arriba abajo y de abajo arriba con detenimiento. No parecía tener problemas de timidez. Tal vez los hubiera superado ya, al fin y al cabo era mayor que yo. Pero lo que más me desconcertaba era su expresión. Por más que intentaba adivinar lo que estaba pensando, no había manera de interpretar ese rostro inalterablemente pálido.

―¿Tú…? ―respondió con una pregunta retórica. Aunque no pudiera leer su rostro, estaba claro que se estaba divirtiendo conmigo―. ¿En serio?

―Perdona… ―contesté con tono airado, exteriorizando mi sentimiento de ofensa, mientras revisaba mentalmente mi outfit con incertidumbre: vaqueros negros amplios y rotos, playeros negros de skate, sudadera negra de Ghost… ¿sería por el pelo?―. No sabía que eras tú quien marcaba las pautas de la moda gótica.

―No… es que tu estilo gótico podría calificarse como… no sé ni cómo expresarlo.

¿En serio? Vamos, tampoco creo que sea para tanto. Os puedo asegurar que he visto cosas mucho peores. Además, yo no me identifico con nada. ¿Por qué, entonces, sentía la necesidad de justificarme? Si no nos conocíamos de nada. Era la primera vez en la vida que nos veíamos. ¿A qué venía entonces esta estúpida necesidad de complacer sus deseos?

―¿De pacotilla? Un quiero y no puedo, vamos. Y eso es una mierda, ¿sabes? Porque querer ser alguien y no conseguir serlo ni por fuera… Que estamos hablando del aspecto, no de la forma de ser.

Aquellas palabras me ofendieron profundamente. Y lo hicieron porque estaba en lo cierto. No tenía una identidad, pero tampoco la quería. No me identificaba con nada ni con nadie, y no me atraía la idea de pertenecer a ningún grupo, ideología, tendencia o, mucho menos, moda. Qué podía hacer. Me estaba soltando la verdad a la puta cara, así que tendría que aceptarla.

Mientras hablábamos había empezado a oscurecer poco a poco. Ya nos habíamos terminado el peta, pero seguíamos allí, en aquellas piedras, cuando las farolas y la luna comenzaban a darle el relevo al sol. Unas veces hablábamos sin parar; otras, sin saber qué decir, tan solo mirábamos a lo lejos, esperando a que se nos ocurriera algo interesante. Bueno, al menos eso era lo que hacía yo.

―Me llamo Álex ―solté al fin, sin otra cosa más interesante que aportar. Al menos ninguna que quisiera compartir. Se me ocurrió de repente que no nos habíamos presentado, pero que tampoco había sentido la necesidad de hacerlo, así que, simplemente, lo hice.

―Te hace plantearte lo efímera que es la existencia ―comentó sin dejar de mirar al cielo, haciendo caso omiso a mi presentación, mientras jugueteaba con una pequeña flor que había crecido con sacrificio y pundonor entre las rocas hasta que alguien decidió que había llegado su fin.

―A quién puede importarle…

―A ti… A mí…

El tono de su voz me resultó extraño. Había algo en él que no reconocía; aunque eso era algo que, viniendo de mí, no servía de gran ayuda.

3

―¿No sientes un extraño vacío cuando miras al cielo?

La pregunta me sobresaltó. De repente se encontraba justo a mi lado. Sentía que su aliento me estaba rozando la piel, pero… ¿cuándo se había movido? No era capaz de recordar que se hubiera cambiado de sitio en ningún momento; ni tampoco que estuviéramos tan cerca. Estaba tan cerca que podía sentir la humedad de sus labios mientras hablaba. Notaba el calor de su aliento en mi cuello. ¿Cómo había pasado? ¿Por qué olía de repente a hierba recién cortada? Volvía a tener tres años y la luz del sol me abrasaba la piel. Ahora mismo preferiría estar dentro de casa, a la sombra. Pero era ya de noche. ¿Qué estaba pasando?

―Mírala…; dominando el cielo, brillante y a la vez oscura. Tan oscura que refleja menos la luz que el carbón. Y, sin embargo, brilla tanto como el propio sol. Como quienes siguen su senda, Álex.

Cuando pronunció mi nombre, sentí un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. De pronto, el frío se volvió más intenso, pero también más soportable. Mientras me dejaba abrazar por la oscura claridad de la luna, me sumergí en lo más profundo de un mar de pensamientos que podrían llegar a resultar abrumadores en cualquier otra situación.

Una insoportable sensación de inconsistencia, de no pertenecer al mundo en el que me encontraba, y con la que me había familiarizado mucho tiempo atrás, se extendía por las infinitas ramificaciones de mi existencia hasta más allá del horizonte que contemplaba a lo lejos, y que comenzaba a difuminarse poco a poco con la línea del océano, formando un extraño árbol de la vida del que deseaba salir como fuera.

―¿Comienzas a entenderlo? ―me preguntó mientras paseaba una suave uña por mi cuello con delicadeza.

―¿Importa? ―respondí yo en forma de pregunta.

―A Kai le importa… y mucho.

Con esfuerzo y resignación dejé de mirar a lo lejos y giré la cabeza hasta encontrarme con sus ojos.

―¿Quién es Kai? ―le pregunté.

―A quién le importa… ―respondió mientras me besaba.

Sus labios sabían a sangre. El sabor no me desagradaba. Era dulce y a la vez suave en el paladar. La impresión que tuve en ese momento fue la de estar saboreando un algodón de azúcar.

―Te sangra el labio ―le dije cuando se apartó con suavidad, sujetando mi labio inferior entre sus dientes y soltándolo de golpe.

―Solo es un poco de sangre ―respondió sin más. Después sacó un paquete de pañuelos del bolsillo y me ofreció uno.

―Gracias, pero no lo necesito ―dije desechando el pañuelo con el ceño fruncido, para dar a entender que no sabía para qué me lo daba.

―Límpiate el cuello o te harán preguntas ―me advirtió Kai mientras se enjugaba el labio. Un fino hilo de sangre roja y brillante resplandeció ante mis ojos durante un instante fugaz, justo antes de desaparecer para siempre entre las fibras de celulosa del pañuelo.

Al tocarme de forma instintiva el cuello, noté la humedad de la sangre en las yemas de los dedos. Todavía estaba caliente. Era como si pudiera sentir la vida que estaba siendo devorada en su interior. Manaba desde unas extrañas protuberancias en forma de pequeños agujeros separados por un par de centímetros.

Me froté el cuello con sorpresa. Nada de aquello tenía sentido. Todo encajaba a la perfección en el mítico cliché del vampiro; pero eso era, precisamente, lo que menos sentido tenía de todo.

Por mucho que me gustasen los vampiros, y sobre todo su estética molona de góticos nihilistas, sabía que todas esas historias no eran más que cuentos para niños. Viejas leyendas que los escritores de otras épocas habían utilizado para asustar a sus contemporáneos. Pero… ¿y si estaba en un error? Si me equivocaba, era posible que ahora mismo me estuviera transformando en…

¡Qué estupidez! Todo el mundo sabe que los vampiros no existen. Debería dejar de pensar en esas tonterías o se me pudrirá el cerebro.

―¿Cómo te encuentras? ―me preguntó.

En serio, no creo que aquella fuera la pregunta más adecuada para el momento que estaba viviendo. Diría, como mínimo, que era una pregunta poco concreta; y, teniendo en cuenta lo que creía que acababa de suceder, esperaría un poco más de atención por los detalles.

Pero, en aquel momento, tampoco es que me importase demasiado su forma de tratarme. Creo que era simplemente mi espíritu rebelde el que se quejaba sin parar. Lo cierto es que me sentía bien. Por una vez en la vida, me sentía libre de ataduras morales. No sabía realmente lo que ocurría, pero me daba igual. Notaba cómo se rompía el vínculo que me unía a esa sociedad con la que nunca había congeniado. Eso era lo que hacía que todo fluyera con más naturalidad.

―Veo que sigues hablando tanto como antes… ―en su tono podía detectar la ironía.

―Intento entender lo que ocurre ―comenté mientras me frotaba los dedos, húmedos por la sangre que brotaba de mi cuello. Se encontraban impregnados por el color de la nueva vida.

Me limpié con cuidado el cuello y los dedos y guardé el pañuelo. Las heridas ya casi no se notaban. Todo parecía cada vez más irreal, lo que lo volvía cada vez más real para mí.

―Sabes muy bien lo que ocurre. No hace falta que intentes engañarte, la realidad es la que tienes ante tus ojos.

Entonces Kai sonrió por primera vez desde que nos habíamos encontrado. Fue una sonrisa serena, carente de espontaneidad; pero fue justo lo necesario para enseñar sus pequeños colmillos blancos.

Esa sonrisa duró solo el tiempo necesario para que fuera consciente de que todo lo que estaba pasando era verdad. Fue como un aviso, un pellizco de realidad que me hizo despertar de repente y unir todos los puntos.

Ya no había lugar para la duda. La sangre en sus labios cortados, previamente mordidos por sus propios colmillos. Las heridas de mi cuello, donde sus colmillos habían incidido con ternura sin que me hubiera enterado. Los escalofríos, las sensaciones, los recuerdos…

¿Por qué recordaba de repente la niñez? El olor de la hierba, el calor del sol, el frío de la montaña. ¿Por qué me habían asaltado todos esos recuerdos precisamente ahora?

Sentía una especie de amargura que me recorría por dentro como el café hirviendo de la mañana. Pero, ¿por qué? Debería estar dando saltos de alegría. El vampirismo es lo puto mejor. Que alguien me diga otra cosa que me podría haber pasado que supere a esto… Venga… ¿Nadie? Ya me lo imaginaba.

Ser zombi es un coñazo, creo que en eso estaremos de acuerdo. ¿Ir por el mundo gruñendo mientras te pudres y se te cae la carne a pedazos? No, gracias, eso no es para mí.

¿Súper poderes radiactivos o adquiridos por cualquier otro método exótico? Seamos realistas, siempre tienen más inconvenientes que ventajas. Si te dan súper fuerza, a cambio eres horripilante. Si te dan invulnerabilidad, a cambio tendrás deformidades. Si te vuelven invisible, nunca volverás a ser visible; aunque eso, pensándolo bien, no estaría tan mal. Vamos, eso si no te cuadra que puedes lanzar ácido, que seguro que hueles fatal.

¿Una momia? En serio, seamos un poco realistas. Soy normal y corriente, como todos los demás seres humanos que podáis conocer. No he pasado miles de años en un sarcófago esperando a que alguien lo abra para poder salir al mundo y atemorizar a la gente.

No, tampoco me imagino siendo el monstruo de Frankenstein. Otro verdadero coñazo. En cierto modo no deja de ser una especie de zombi; un cuerpo formado por trozos de cadáveres cosidos hasta formar un… no sabría ni cómo llamarlo. ¡Vaya asco!

―Entonces… ahora soy…

―La palabra que buscas es «inmortal».

Cuando el sonido de esas tres sílabas cruzó el escaso aire que se encontraba entre nuestras bocas, entendí muchas cosas que mi mente todavía no había sido capaz de asimilar o no estaba preparada para comprender. «In-mor-tal». Sonaba limpio y puro, sin la corrupción de las palabras que utilizan los humanos para dirigirse a los seres que no comprenden.

―Inmortal ―pronuncié las sílabas una a una en voz alta, para escuchar cómo sonaban saliendo de mi boca.

―¿Por qué yo?

―¿Por qué no?

―Entonces, ¿no tengo nada de especial? ¿Me has elegido al azar? ―resultaba confuso pensar que alguien fuera por ahí convirtiendo a la gente sin más. Pero yo no tenía nada de especial, eso era cierto. Nunca lo había tenido y nunca lo tendría.

―Me has caído bien. De alguna manera, me recuerdas a mí.

―Entonces ahora soy… vampi…

―No hace falta ponerle nombres. Eres Álex, igual que siempre. Las etiquetas solo causan problemas.

4

 

 

Esa es la historia de cómo me volví inmortal. Imagino que esperabais un poco más de violencia y sangre, pero esto es lo que hay y no voy a ponerme a inventar para hacerlo más cool.

Desde entonces las cosas no han cambiado tanto como cabría esperar. Es cierto que en algunos aspectos es lo puto mejor; pero incluso en esos mismos casos puede resultar muy random.

Por ejemplo, ahora ya no tengo que preocuparme por tonterías como caerme por una ventana y matarme, porque soy inmortal. O por el tabaco, el alcohol, el colesterol… Imagino que ya lo vais pillando, ¿no? Lo gracioso es que nunca había tenido miedo a ninguna de esas cosas, pero, ahora que no podían hacerme daño, tenía que disimular para ocultar mi condición al mundo.

¿No os lo creéis? Es tan real como que ahora casi tengo más miedo a un accidente mortal que antes. La muerte nunca me había asustado, pero es que ahora mis temores proceden de algo mucho peor: que descubran lo que soy. Y no es por lo que puedan hacerme, no me preocupan el dolor ni el padecimiento, sino por la exposición pública. ¿Entendéis lo que representa para alguien como yo, que no quiere llamar la atención y evita el contacto humano, la posibilidad de ser el foco de atención? ¿No? Pues entonces tenéis que coger la frase anterior y cambiar la palabra «quiere» por «debe». ¿Captáis ahora el ligero matiz?