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El terror se puede presentar de muchas formas, a veces, incluso en nuestras pesadillas. Los recuerdos del pasado se mezclan con los sueños en este relato de terror clásico donde el miedo procede de nuestro interior y se manifiesta en el subconsciente más profundo. Una pesadilla recurrente es el inicio de todos los miedos que se reunen en esta historia macabra que termina recorriendo los recuerdos de una vida entera que podría representar la peor pesadilla de cualquiera de nosotros.
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Veröffentlichungsjahr: 2022
© Texto: Efrén Manuel Villaverde Pérez
© De esta edición: Efrén Manuel Villaverde Pérez
Primera edición: Independently published, 2022
Más información: efrenvillaverde.com
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LA VISIÓN
Efrén Villaverde
ÍNDICE
CAPÍTULO 1. TERRORES DEL PASADO
CAPÍTULO 2. EL ORIGEN DEL MAL
CAPÍTULO 3. LA BESTIA INTERIOR
CAPÍTULO 4. EL TERROR DE VERSALLES
CAPÍTULO 5. CUANDO LAS PESADILLAS SE HACEN REALIDAD
CAPÍTULO 1. TERRORES DEL PASADO
2017
―¿Recuerdas cómo empezaron las pesadillas? ¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que soñaste con él?
Tom emitió un leve suspiro. Después tomó aire hasta llenar los pulmones y lo soltó despacio, poco a poco. Debía contenerse, contemporizar cada respuesta.
―Lo recuerdo como si hubiera pasado hace solo unos instantes. Lo recuerdo todo, porque el terror que me provocó, me dejó marcado para siempre. Yo tenía entonces nueve años; solo nueve años. Era el año 1983. Lo sé porque acababa de nacer Aarón. Mi hermano pequeño; mi único hermano. Mis padres habían vuelto del hospital ese mismo día, así que era todo a mi alrededor era alegría y celebración.
»La gente no dejaba de entrar y salir de mi casa, parecía que estábamos en un bar. Todos los que llegaban esgrimían enormes sonrisas y saludaban estrechando la mano de mi padre y palmeando su espalda. Por supuesto, como pasa siempre en este tipo de eventos, nadie venía sin un regalo bajo el brazo. Bueno… nadie…, excepto el tío Antón… Pero el tío Antón era así: huraño y tacaño hasta rozar lo ofensivo. Al entrar por la puerta solo levantó la mano derecha para saludar, como si quisiera evitar todo contacto humano no solicitado. Realizó un leve movimiento de cabeza hacia los demás familiares que se encontraban en el salón tomando café, dando así a todos por saludados, y se sentó en un taburete; ni demasiado cerca ni demasiado lejos, sino a la distancia exacta para estar integrado sin tener que inmiscuirse demasiado en las conversaciones que fluían libremente por el salón, convergiendo siempre en el mismo tema: el nacimiento de Aarón.
»La gente rodeaba la mesita de centro de la salita, donde mis padres habían dispuesto una enorme cafetera italiana y una caja de galletas surtidas Cuétara. Mis favoritas eran las de chocolate, sobre todo unas ovaladas que venían envueltas como si fuera un lacito dispuesto para un regalo. Lo primero que hacía yo siempre que se abría una caja de galletas Cuétara, era coger las dos galletas ovaladas antes de que alguien se me adelantara. Esas dos galletas tenían que ser mías. Nadie podía quitármelas, para eso estaba en mi casa.
»Pues eso, que allí estaba sentada la mayor parte de mi familia paterna: el abuelo Antonio, con su falso cigarrillo de plástico siempre en la boca, chupando de él como si fuera un respirador que le daba la vida en cada succión; la abuela María, siempre tan arreglada, con pendientes de perlas en las orejas, el pelo blanco con un leve aire marrón, peinado de lado, y despidiendo olor a laca rancia; y, por supuesto, la tía Ana.
»Anita era la más joven de la familia; por aquel entonces tendría unos veinticuatro años. Lucía larga melena rubia y despedía un leve aroma a indiferencia. En la pubertad sería mi amor platónico. Pasé años locamente enamorado de ella. Mientras mis amigos veneraban a modelos, cantantes y actrices que jamás conocerían, y con las que nunca podrían mantener una conversación, yo había decidido idolatrar a un familiar directo, alguien a quien veía casi todos los días y a quien conocía muy bien. Diré en mi descargo que Ana no llevaba la misma sangre que yo, y eso me reconfortaba y me servía de excusa ante la incesante sombra del castigo divino autoimpuesto que siempre sobrevolaba mis pensamientos. Había sido adoptada por mis abuelos cuando tenía solo dos años, así que podría decirse que éramos familia política.
»La historia de Ana era una de esas historias tristes que se dan de vez en cuando, de las que acostumbran a contar en las películas de Hollywood como si fuese algo que pasa todos los días, pero que en realidad pocas veces ocurre; aunque a veces la realidad supera a la ficción. Mis abuelos eran sus padrinos. Ana era la hija de sus mejores amigos y habían decidido que ellos fueran sus padrinos, como ocurre tantas veces. Y se cumplió lo que nunca debería pasar: Sus padres murieron en un accidente de tráfico cuando viajaban con sus abuelos paternos en el mismo coche. Ella fue la única que sobrevivió al accidente. No hubo ninguna disputa legal ni trabas burocráticas y nadie más reclamó la custodia de la niña; al fin y al cabo, si alguien había estado siempre cerca de Ana, además de sus padres y de sus abuelos paternos, esos eran mis abuelos.
»Así que, en el fondo, creo que yo me disculpaba a mí mismo por estar enamorado de ella. Utilizaba la excusa de que no era sangre de mi sangre; de que era mi tía política, por así decirlo. Esa era la disculpa que más me repetía a mí mismo, la que me repetía siempre después de masturbarme pensando en ella. No pasa nada. No es nada raro. Al fin y al cabo, no es tu tía de verdad. En realidad es solo una amiga de tus padres, nada más. Sí, vale, es mayor que tú; pero el amor no tiene edad. Además, son solo fantasías; simples fantasías. Y, ¿qué pasa si ella también está enamorada de mí? No, eso no puede ser. Para ella soy solo un crío, un simple crío que todavía no ha terminado el instituto.
»Y hasta ahí llegaba el grueso de mi familia por parte de padre. Mis abuelos habían tenido dos hijos varones, y creían que con eso ya era más que suficiente para ellos. Por eso, cuando llegó Ana, no fue por ganas de ampliar la familia, sino por un sentimiento de responsabilidad y compromiso que habían adquirido con ella el día de su nacimiento. Para ellos, Ana era su hija legítima, nunca dieron muestra alguna de que no fuera así. Es más, actualmente era la única hija que se había quedado en casa, así que seguía siendo su niña pequeña; precisamente lo que yo dejaba de ser ese día.
»En ese aspecto, para mí, fue un día de sentimientos encontrados. De repente dejaba de ser hijo único, dejaba de ser el ojito derecho de mis padres. La atención, los cuidados, las bromas, las risas; todo pasaba a pertenecerle a Aarón y yo dejaba de ser el niño de la casa. No quiero dar a entender que odiara a mi hermano, nada más lejos de la realidad. La verdad es que lo quería con locura, eso es tan cierto como el hecho de que estamos aquí ahora. Pero una parte de mí lo envidiaba. Sabía que llegaba para quedarse con todo lo que representa ser niño, y que, a partir de ahora, a mí me tocaba crecer. Pero yo no quería crecer. Todavía no estaba preparado. Era demasiado pronto.
»El día pasó mucho más rápido de lo habitual; o al menos esa fue la impresión que me dio a mí, aunque eso es una percepción personal. La gente hablaba animadamente, contaban anécdotas de la infancia, soltaban chistes sobre bebés, bebían café y, sobre todo, reían sin parar. La abuela no dejaba de contar anécdotas sobre mi padre y mis tíos cuando eran pequeños: que si Jose esto… que si Anita lo otro… que si aquel día Antón hizo aquello… que si Jose a los dos años hacía lo otro… Todos eran felices. Todos reían complacidos. Todos… excepto Antón, que permanecía callado, sentado en el taburete, con aire de indiferencia. No parecía encontrarse en el mismo planeta que los demás. Estaba en su propio mundo. A veces pienso que me parezco más a él que a mis propios padres. Al fin y al cabo es mi tío, y no puedo negar que he heredado muchas cosas de él.
―Centrémonos en las pesadillas. Vuelve a contarme ese sueño primigenio con el que empezó todo.
