El reino imposible - Yeyo Balbás - E-Book

El reino imposible E-Book

Yeyo Balbás

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Beschreibung

711 Anno Domini. La peste y el hambre asolan Spania. Los rumores sobre el precario estado de salud del rey Witiza resuenan por todo el reino, y la aristocracia visigoda debe reunirse en Toledo. Fruela, el hijo menor del duque Pedro de Cantabria, acudirá junto a su familia a la urbs regia y se verá forzado a residir en la corte. Allí tendrá que enfrentarse a una tormenta de intrigas tras la ruptura de la alianza entre los dos grandes linajes godos. Será Rodrigo, el duque de la Bética, el elegido para ceñir la corona, mas su promesa de paz se verá truncada por el desembarco de Táriq ibn Ziyad en Algeciras. Fruela deberá acompañar al rey Rodrigo al extremo sur del reino, donde se decidirá el destino de Spania. Yeyo Balbás recrea de forma magistral el fin del reino visigodo y la conquista islámica de Spania en una apasionante novela repleta de épica y con unos personajes extraordinarios.

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Seitenzahl: 851

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Primera edición en Pàmies: enero de 2026

Copyright © 2019 de Marco Aurelio Balbás Polanco

Autor representado por Silvia Bastos, S. L., Agencia literaria

© de esta edición: 2026, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]

ISBN: 979-13-87787-17-2BIC: FV

Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografías de cubierta: FreepikMapas: Yeyo Balbás

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Para Leonor, por los mundos que cada noche compartimos.

Libro primero

I

Era un amanecer frío. Dolía al respirar. Una nube de vaho le atravesaba la barba cada vez que espiraba y, entonces, el aire que le entraba en los pulmones cortaba como cuchillas. El viento del norte estaba impregnado en salitre de mar, el rocío de la mañana lo cubría todo. Resultaba imposible librarse de la humedad; se apoderaba del calzado y empapaba los gruesos calcetines de lana, entumeciendo los pies hasta volverlos insensibles. Resbalaba por la hierba alta, afilada, que brotaba junto a la playa de arena gris cubierta de algas arrastradas por la marea.

Fruela caminó hacia el círculo de estacas donde se habían congregado los habitantes de la aldea. Hombres y mujeres envueltos en mantos de lana apelmazada salpicada de barro; ortiga, saúco y cebolla como únicos tintes, con los que intentaban, sin éxito, distinguirse del paisaje pardo que los rodeaba.

Con todas las miradas fijas en él, Fruela se recogió el cabello pajizo en una trenza y tomó la armadura que le ofrecían. Ochocientas láminas de hierro, cosidas hasta formar una coraza sólida y flexible como las escamas de un reptil; no sólo evitarían que las entrañas abandonasen su cuerpo: bastaba un arañazo para provocar la gangrena. Introdujo la cabeza entre las hombreras y se ajustó las correas del costado derecho, asegurándose de que se ciñeran al pecho sin dificultarle la respiración.

Hacía frío, por eso le temblaban las manos. No existía ningún otro motivo. Sujetó con fuerza la lanza y clavó el regatón en el suelo para evitar que la punta oscilara en el aire.

—Aún estás a tiempo de echarte atrás.

En boca de cualquier otro habría sido un insulto, mas Teodolf sólo lo reprendía en privado y sólo lo elogiaba en público. Aquel sexagenario guerrero había servido a su familia durante más de dos décadas, hasta que el padre de Fruela lo nombró su tutor.

—Será difícil; no se trata de un simple bandido —añadió en voz baja.

Enfrentarse a alguien siempre supone una apuesta, en la que ambas partes demuestran hasta dónde están dispuestas a llegar. Alcanzado un punto, las palabras sobran, y, si te has equivocado al juzgar al contrario, tendrás que lamentarlo. Pero Fruela era joven y fuerte, procedía de la noble estirpe de los Baltos, poseía un buen caballo y una excelente espada y era hijo de un duque. Recién cumplidos los dieciséis años, se sentía inmortal.

—No seré yo quien ceda —le respondió en godo, la lengua de sus antepasados, ya casi olvidada. Una tensión en la mandíbula, allá donde raleaba la barba, evidenciaba su ansiedad. La atención del muchacho se desplazó hacia el otro lado del círculo de estacas, hasta toparse con la mirada del vascón, tan áspera, fría e hiriente como los brezos cubiertos de escarcha. Con veinte años a sus espaldas, era un palmo más alto que él, y su fornido pecho amenazaba con desgarrar la cota de malla.

El vascón se colocó el casco empenachado y habló a sus hombres en aquella áspera lengua. Una retahíla de sílabas resonó como los engranajes de las ruedas de un carro. Fruela le respondió en latín:

—Empecemos de una vez. —Se ciñó el cinto con el scrama y el tahalí de la espada y luego anudó el barboquejo del yelmo.

Acompañado por un rústico sacerdote, un anciano se aproximó frotándose las manos, nudosas como raíces de boj. La sonrisa nerviosa de su escuálido rostro trataba de quitarle hierro al asunto.

—Gracias de nuevo. —Era el rector de Flavióbriga, y el vascón que se hallaba al otro lado del círculo de estacas aseguraba haberle entregado dote por una de sus hijas. La boda no había tenido lugar y ahora reclamaba el dinero.

El motivo era obvio, si se examinaba el abultado vientre de la moza, de pie junto a su padre.

El anciano alegaba que quien iba a ser el esposo era el padre de la criatura; este aseguraba no tener nada que ver con el asunto. Divorcio fornicationis causa: confiscación de todos los bienes y la esclavitud como pena a la adúltera. O, al menos, la entrega de la culpable, para que el marido eligiera un castigo. Fruela no iba a permitir que aquel arrogante vascón se saliera con la suya. Recién llegado a la aldea, se había ofrecido a defender la causa de aquel viejo incapaz de empuñar un arma.

Hacía más de un siglo que la aristocracia franca se enseñoreaba de Vasconia, del mismo modo que los godos lo hacían en Cantabria. La nobleza local había jurado lealtad a los señores germanos, y, de este modo, aquella tierra se había convertido en un enclave en continua disputa con sus viejos enemigos del norte. Aquel fallido enlace había pretendido consolidar la frontera, sólo para lograr lo contrario.

No había pruebas, lo cual había ahorrado a la joven el tormento. En condiciones normales, habría bastado con el voto de la chica, a la que Dios castigaría en caso de mentir. Si juraba sobre las Escrituras que el vascón era el padre, el litigio se habría resuelto a favor de él; en caso de no hacerlo, él debería asumir la pena. También habría podido referir el juramento, obligar a quien la acusaba a que jurase a su vez: si el vascón aceptaba, él ganaría el juicio; si no, lo perdía. Así de simple. Pero ninguna de las dos partes depositaba fe en las palabras, y lo que dijeran los libros de leyes allí poco importaba. Nadie podía leerlos. De modo que decidieron resolverlo según las viejas costumbres.

Una ordalía. Mediante aquel duelo, el Altísimo dictaminaría quién decía la verdad.

Sniumeis relinchó inquieto cuando Fruela tiró de las riendas. «Allá donde va un godo lo acompaña su caballo». Había criado al suyo desde que se lo regalaron, siendo un potro, seis años atrás. Durante ese tiempo, lo había alimentado y cepillado a diario. Había revisado el estado de sus cascos y el cambio de herraduras; había hecho por aquella bestia más de lo que su padre había hecho por él, y más de lo que él mismo haría por su hijo.

Aferró las crines para subirse a la silla y una inmensa sensación de poder lo asaltó al sentir la potencia del animal bajo las piernas. Sniumeis coceó en el aire; percibía el nerviosismo del jinete a través de la tensión en las rodillas. Fruela podía engañarse a sí mismo, pero no a él. Si perdía el control de sus emociones, perdería el control del caballo y con ello el combate. Sujetó las riendas para atarlo en corto; la bestia bajó el hocico y resopló con fuerza.

El cura se acercó para otorgarle la bendición. Teodolf hizo algo más útil y le entregó el escudo:

—No dejes que te descabalgue.

Los duelos judiciales a caballo eran una antigua costumbre goda, desconocida por aquitanos, vascones y francos. Tal vez supusiera una ventaja.

El juez local se adentró en el círculo de estacas:

—Se ordena que se retiren los parientes de los litigantes. Los asistentes deberán guardar silencio en todo momento. Queda prohibido prestar auxilio a los contendientes; si por la ayuda prestada alguno de los dos vence, los infractores serán castigados con la muerte. En caso de que alguno de los campeones lleve consigo hierbas para hechizos, ha de deshacerse de ellas ahora.

El juez hizo una señal y los dos adversarios picaron espuelas. Resonaron los relinchos y el estruendo de pezuñas; el corazón de Fruela comenzó a galopar, adelantándose al resto del cuerpo. «La fuerza es el derecho de las bestias», le había dicho su hermano, citando unas palabras prestadas de algún mohoso libro, escrito por un antiguo sabio tan muerto como aquel imperio que, tres siglos antes, el pueblo godo había ayudado a destruir.

Trotaron en círculos, con el mar rugiendo entre las rocas que cerraban la ensenada. Los pirenaicos eran diestros con la azcona; el vascón le lanzó una con una fuerza brutal. Fruela la desvió con el escudo y el vascón le arrojó otro dardo. Esta vez, sintió una atroz punzada en el brazo; el chuzo lo había herido de forma sesgada. El muchacho cargó contra su enemigo. Hizo un gesto de arrojar la lanza y, en su lugar, le rejoneó en el pecho. El vascón esquivó la punta y luego cayó a tierra.

Habría sido más fácil herir al caballo; un recurso demasiado sucio.

El joven godo atacó de nuevo, con la ventaja que le otorgaba la montura. El vascón se hizo a un lado, clavó el regatón en tierra y orientó la punta hacia él. El hierro afilado impactó en el escudo de Fruela. El arzón de la silla impidió que saliera despedido hacia atrás, pero no que cayera hacia un lado.

Antes de aprender a montar, debes aprender a caer. Fruela formó un arco con el brazo y rodó por el suelo, recogió el escudo y se incorporó para encararse con su enemigo. Una intensa emoción lo asaltó en cuanto sus dedos aferraron la empuñadura de la espada.

Mejor o peor, todo hombre sabe montar a caballo. El arco y la lanza también sirven como armas de caza; un hacha puede emplearse para tajar madera, y un cuchillo para cortar carne. Es la espada lo que lo convierte en guerrero. Nadristuggo, «Lengua de víbora». Una hoja ancha de acero toledano —ligera, flexible, letal— siseó amenazante al abandonar la funda.

El vascón descargó un golpe de espada. Fruela dio un paso atrás y la hoja pasó a un palmo del rostro. Una nueva zancada, un ataque en diagonal y, de nuevo, se hizo a un lado. Jadeando, el pirenaico bajó el arma, apuntando al suelo, con el pulgar apoyado en la hoja. El joven reconoció la guardia: «la puerta de hierro». Si el vascón lanzaba un tajo hacia la cabeza desguarnecida, Fruela barrería su hoja y le devolvería una cuchillada con el falso filo, en un solo movimiento.

Una vez más, el cántabro se preguntó hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

Aceptó el desafío, y dirigió el ataque a la sien izquierda. Cuando sintió la hoja del contrario aporrear la suya, filo contra plano, alzó el brazo. El arma del vascón resbaló por el acero toledano mientras la punta buscaba la garganta. El hombretón saltó hacia atrás justo a tiempo. Nadristuggo le desgarró la malla bajo el esternón.

Un paso atrás es destreza; dos pasos atrás es miedo. Por primera vez, su enemigo les había visto el rostro a las parcas.

«Es cuando se vuelve más peligroso».

Aquel pensamiento no era suyo, sino de Teodolf. Su maestro de armas le decía que había llegado el momento: el miedo vuelve a un hombre furioso, y la furia le hace cometer un error. Podía rehuir el combate, aprovechar esa circunstancia —sin duda sería lo más sensato…—, y, sin embargo, sentía que todas las miradas sobre él. No seré yo quien ceda, se dijo, y esta vez la idea era suya.

El vascón cargó con un grito de furia. Fruela sintió una suave brisa en el rostro cuando un gran disco de madera se dirigió hacia él. Decidió jugárselo al todo o nada.

El escudo se sujeta mediante un asa en el centro: si sabes dónde golpear, se abatirá como una puerta al abrirse. Fruela realizó un ataque simultáneo. Su rodela impactó en el escudo vascón, al tiempo que lanzaba una cuchillada al espacio recién abierto. Todo a una velocidad endiablada.

El tercio débil de Nadristuggo hendió el casco de su oponente, que cayó de espaldas, con los brazos en cruz. Sus armas rodaron por el suelo.

Los aldeanos gritaron de júbilo. El joven godo se aproximó al enemigo caído. Aún respiraba.

—Una lástima. —Su primo Munio se había adelantado al resto de la comitiva—. Era un buen yelmo.

Aturdido, el vascón se incorporó tambaleándose. Tenía una brecha en la parte alta de la frente. Por un instante, contempló el arma hundida en la hierba. Fruela le dio una patada para alejarla de él.

—El vencedor tiene derecho a quedarse las propiedades del vencido —dijo esbozando un vago gesto con la zurda mientras, en la otra mano, blandía Nadristuggo.

De mala gana, el hombretón comenzó a despojarse de los brazaletes de plata. Se desabrochó el cinturón, que cayó al suelo junto al scrama, la bolsa de cuero y la funda de la espada. Trató de quitarse de la cota de malla. Los hombres de Fruela tiraron de las mangas para ayudarlo.

El joven godo recogió el cinto y abrió la escarcela. En el interior halló un puñado de monedas, un par de fragmentos de sílex y un chisquero, unas pinzas y unas tijeras, además de un hermoso peine de marfil tallado.

—¿Puedo guardarme el chisquero? —dijo Argebald, rebuscando en la bolsa—. Perdí el mío hará unos días.

El vascón observó con impotencia cómo la comitiva de Fruela recogía sus pertenencias y lo despojaba de la montura. Tuvo que hacer un gesto a sus hombres para que no intervinieran. Vestido con la túnica sin ceñir, se plantó ante el caudillo godo para despedirse.

—Quítate la ropa —le dijo Fruela.

El vascón le respondió con una furibunda mirada.

—Muchacho, piénsalo bien… —Se encontró con la punta de la espada en la garganta y tragó saliva, sin dejar de mirarlo a los ojos—. Odón sabrá de esto.

—Eso espero. Dile a tu duque que, si alguno de vosotros vuelve a deshonrar a una de nuestras mujeres, también perderá la vida.

Indignado, el vascón protestó:

—¡Yo no he…!

—Si Dios me ha otorgado la victoria es porque mientes —le interrumpió Fruela—. ¿No es cierto, padre?

—Puedes estar seguro —corroboró el sacerdote—. Si el Altísimo, en su infinita sabiduría, lo ha querido así, significa que es un hijo de la gran puta.

Fruela se encogió de hombros ante aquel dictamen teológico.

—Desnúdate. —Amenazó la garganta del vascón con la punta del arma, pero este no parecía dispuesto a ceder. Al fin, rojo de ira, se despojó de la túnica, se quitó el calzado y los pantalones. Le entregó un colgante de cuentas de ámbar y le dedicó una expresión de odio a Fruela mientras godos y cántabros sofocaban la risa. Descalzo y en camisa, como un penitente, les dio la espalda para reunirse con sus hombres.

Los escoltaron hasta los límites de la provincia, siguiendo una accidentada senda entre los acantilados. Además de Argebald —el hijo de Teodolf— y su primo Munio, a Fruela lo acompañaban una docena de bucelarios con yelmo y espada, godos y cántabros, tan bisoños e insensatos como él mismo. El ducado de Cantabria había sido creado como marca contra vascones y francos y, al igual que Victoriacum, Ologicus y Pompaelo, aquella aldea era un jalón más en la línea defensiva que los godos mantenían con el ducado de Vasconia, regido por Odón. Señor también del de Aquitania, sus dominios se extendían desde aquella inestable frontera hasta el Liger, un caudaloso río que atravesaba el corazón de la Galia.

Los vascones eran un pueblo bárbaro de aspecto innoble que hablaba una lengua tosca, semejante a ladridos de perro. Borrachos y feroces, impíos y pendencieros, avezados en todos los vicios y enemigos declarados de la nación goda, se decía además que fornicaban con el ganado, e incluso que colocaban en las ancas de sus yeguas unas correas, para que no las pudieran joder más que sus dueños. Y aunque tal descripción bien habría servido para retratar a los hombres del duque Pedro y sus súbditos cántabros —salvo por el hecho de practicar el bestialismo—, ellos se sentían parte de un vasto reino asentado en toda Spania, poderoso aun castigado por la peste y el hambre, heredero de Roma y defensor de la fe verdadera, lo cual les permitía beber y putañear a gusto con la conciencia tranquila.

Aún se regodeaban del triunfo cuando llegaron a una aldea llamada Tezana. Los lugareños los vieron pasar a través de las puertas entreabiertas, sin atreverse a abandonar las cabañas. Apenas seis millas después, divisaron el caudaloso río que servía de frontera; sobre una escarpada montaña de la otra margen se hallaba Malvecín.

Fruela dedicó un sarcástico ademán de despedida a sus invitados.

—¿Cuál es tu nombre? —Ante la pregunta del caudillo vascón, el joven hizo trotar a Sniumeis ante él, exhibiendo el caballo atado a la silla, cargado con la espada, el yelmo y la cota de malla de su antiguo dueño. Una panoplia más preciada que todos los bienes, tierras y rebaños de las aldeas que habían dejado atrás.

El más alto de los pirenaicos se interpuso entre Fruela y la montura.

—Apártate de mi caballo —masculló el joven godo.

Resonó un siseo metálico cuando Argebald desnudó el acero.

—Estate quieto —le dijo Teodolf a su hijo, y Fruela intuyó el preludio de una futura conversación familiar en privado.

El líder de los vascones murmuró unas palabras al subalterno, que hizo girar a la montura. El joven godo se le quedó mirando, inmóvil, el cabello blondo agitado por el viento.

—Soy Fruela, hijo de Pedro, duque de Cantabria —respondió.

El corpulento hombretón asintió: al parecer, se lo había imaginado. Fruela había participado en un par campañas contra los vascones y ya se había ganado una reputación. Ignoraba si eso debía producirle orgullo o inquietud.

—Dicen que el hijo del duque fue robado por las janas —aseguró el vascón—, y te pusieron a ti en su lugar.

Las habladurías cruzaban la frontera, día y noche, e hicieron mella en el ánimo de Fruela:

—¿Quién eres?

—Mi nombre es Oxson, hijo de Belex, señor de Malvecín. Tarde o temprano, lamentarás lo que has hecho hoy.

Muchas viudas conocían aquel nombre, mas Fruela lo obsequió con una cándida sonrisa antes de darle la espalda. Mientras cabalgaban, pudo intuir el ceño fruncido de Teodolf bajo el yelmo y la mata de cabello gris.

Al anochecer llegaron a Flavióbriga, una antigua ciudad de la costa oriental de Cantabria. Reconstruida por los lugareños tras ser arrasada por los hérulos doscientos cincuenta años antes, sobre el promontorio que protegía al embarcadero de las galernas habían erigido un castellum defendido por una tosca empalizada. Extramuros, la antaño próspera colonia romana era un amasijo de ruinas. Algunos muros de mampostería aún permanecían en pie entre las cabañas de zarzo. Los aldeanos se dedicaban al marisqueo y a la pesca de bajura; sardinas, merluzas, fanecas y chicharros colgaban de las vigas para ser conservados en salazón. La mies de mijo y cebada los proveía de pan y cerveza, de las vides extraían un amargo vino claro y las minas de hierro les permitían comerciar con la Galia. Hacia poniente, la ensenada de Ordiales servía de fondeadero a una decena de naves de dos rodas.

Ascendieron hacia el miserable castillo. Un océano gris batía los cimientos de la península donde el rector había construido su vivienda sobre las ruinas de unas termas. Bajo las tejas cubiertas de verdín, la hiedra amenazaba con engullir la fachada. Descabalgaron, y las dos hijas del viejo los recibieron en el vestíbulo. La mayor llevaba una túnica holgada para ocultar la preñez, y la más joven les ofreció un cubo de agua.

—Ha sido un gran combate —dijo esta mientras Fruela se lavaba las manos.

Durante un instante, el hijo del duque admiró la belleza rústica de una princesa de aldea. El anciano se apresuró a presentarlos:

—Es mi hija Aianes.

El rostro de la muchacha conservaba algún rasgo infantil, aunque esbozaba la confiada expresión de una hembra sabedora de su encanto.

—Como ves, no puedo quejarme de que falten mujeres bellas en casa —añadió el rector ojeando a su esposa, que sonrió ante el cumplido.

—¿Cuántos años tienes, Aianes? —preguntó Fruela.

—Catorce —respondió su hermana.

—Cumpliré quince dentro de dos meses —aseguró la aludida.

—Catorce —repitió la mayor.

El viejo hizo un gesto para que Fruela y Teodolf lo acompañaran al interior. Los miembros de la comitiva se dieron por invitados y los siguieron hasta el antiguo atrio, donde ardía una hoguera cuyo humo apenas lograba filtrarse entre las tejas; en torno al fuego se habían dispuesto una decena de sillas. Algunas ventanas aún conservaba el vidrio, agrietado y casi opaco; por el resto se adentraba el viento noroeste, que agitaba las cortinas. El rector espantó a unas gallinas que picoteaban bajo la mesa para ofrecer a los invitados los asientos de honor.

—¿Cerveza? —exclamó Argebald cuando sirvieron las viandas—. ¿Es que no tenéis vino?

—Por supuesto. —El anfitrión hizo un gesto a los sirvientes.

Munio entró en la sala con un par de capones bajo el brazo que se dispuso a desplumar. Mientras se acomodaban, la estancia se fue llenando de bucelarios, y el hijo del duque escuchó a las hijas del rector discutir. Una pareja de siervos les trajo carne de cerdo, una fuente de sardinas asadas y varias rebanadas de pan de mijo untadas en manteca.

—Muchas gracias de nuevo —dijo el anciano—. Todo esto ha sido muy… desagradable.

—¿Conoces a Oxson, señor de Malvecín? —le preguntó Fruela.

—Apenas —respondió él, tratando de eludir el asunto; ante la insistente mirada, tuvo que añadir—: Llegó tres meses después de tu última visita, y conoció a mi hija. A los diez días regresó para preguntar si estaba comprometida. Dicen que había enviudado por la peste. Yo me mostré reticente, pero a mi hija le pareció bien, así que nos reunimos para la petición formal. Fijamos la fecha de la boda y la dote que debía pagar.

La ley establecía que fuera al menos una décima parte del patrimonio del cónyuge, que quedaría a disposición de la mujer. Fruela supuso que no debía de ser una cantidad despreciable.

—Tras ello, celebramos los esponsales —prosiguió el anciano—. No faltaron los testigos por ambas partes: mi hija aceptó el anillo como prenda y él me entregó el dinero.

Una vez establecido el contrato formal previo a las nupcias, ninguna de las partes podía echarse atrás sin la aprobación de la otra, o sin abonar una compensación. Resultaba fácil intuir el desenlace.

—Cuando supo que mi hija estaba encinta, quiso que le devolviera el dinero —admitió el viejo—. Yo me negué, me lo había gastado. Pero fue él quien incumplió su palabra. Dios lo sabía, por eso lo has vencido.

—¿Quién es el padre de la criatura?

—Mi hija no quiere decírmelo.

El anciano se levantó para salir al encuentro de Argebald, que había descubierto un barril oculto en el pajar. Todos celebraron el afortunado hallazgo y alzaron las copas para demandar más vino. Ensimismado, Teodolf desenfundó la espada para engrasarla con un trapo.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Fruela.

Teodolf mostró el arma, con el filo forjado un centenar de veces para librarlo de melladuras. Le dedicó un breve escrutinio y, entonces, lanzó una cuchillada hacia el asado. Resonó un restallido metálico y saltaron chispas cuando cortó el pedazo de carne, junto con el espetón de hierro que lo atravesaba. Todos se giraron mientras aún sostenía el arma, con el acero vibrando en el aire.

—La espada está hecha de láminas de acero en la superficie y de hierro en el interior. El alma es flexible, el exterior es duro, el filo corta. —Teodolf la depositó sobre la mesa—. Al usar la espada, tú has de ser igual: flexible y tenaz. Mantenerse firme, no dar un paso atrás, puede parecer la forma más noble de luchar. Pero supone asumir un riesgo estúpido, si puedes evitarlo. Cuando tu enemigo esté asustado, debes mantener la cabeza fría y rehuir el combate. Él cometerá un error y tú podrás aprovecharlo.

Hastiado, Fruela dio un tiento al vino. Teodolf había sido conde espatario en la corte del rey Wamba. Tras caer en desgracia, deambuló de corte en corte enseñando el manejo del arco, la lanza y la espada. Poseía una endiablada memoria que registraba cada defecto, cada habilidad, cada hábito. No sólo era diestro con cualquier arma: sabía como nadie el mejor modo de explotar las propias virtudes.

—He vencido —le respondió.

—Porque eres rápido. ¿Qué pasará cuando encuentres a alguien más rápido que tú?

—Sabré apañármelas. —Y palmeó la empuñadura de Nadristuggo.

Su maestro de armas no se mostró impresionado ante aquella bravata.

—Los jóvenes siempre ignoran los consejos —bufó—. Creen que, si algo es nuevo para ellos, también ha de serlo para los demás… Creen rebelarse contra las normas, pero sólo se dejan llevar por los impulsos. Creen ir en contra de lo establecido, pero sólo hacen el imbécil.

—Hablas como un viejo.

—Y tú como un niñato presuntuoso. Tu padre…

—Yo no deseo ser como él.

—Esta mañana te has ganado el odio del señor de Malvecín —refunfuñó Teodolf—. ¿Y todo para qué?

—De no haber hecho nada, los vascones lo habrían interpretado como debilidad.

Fruela deseaba saborear la victoria, y aquellos sermones acabarían por agriarle hasta el vino.

—No era necesario humillarlo.

—Es costumbre despojar al vencido de sus pertenencias…

—No me refería a eso —masculló Teodolf.

Cansado de la discusión, Fruela apuró el contenido del vaso y le dio la espalda. Descubrió a Aianes sentada observándolo, con un brazo bajo el pecho y el otro sosteniendo la copa en alto. Hubo un silencio expectante, mientras el muchacho estudiaba el cambiante color de sus ojos, que reflejaban la mortecina luz de la hoguera.

—¿Te apetece? —le preguntó la muchacha.

—¿El qué? —respondió él, abandonando sus pensamientos.

—Beber de mi copa. Es un vino especial. Mi padre lo trae de Aquitania.

—No deberías incitarme… Déjame probar.

Tomó el recipiente y dio un largo trago. Era muy fuerte. Al devolverle la copa, ella se la llevó a los labios y susurró:

—Háblame de la corte.

—Jamás he estado en Toletum.

—No me recuerdas, ¿verdad? —Una enigmática sonrisa afloró en el rostro adolescente—. Hace cinco años viniste con tu padre. Unos muchachos de su comitiva me levantaron el vestido y te enfrentaste a ellos. Recibiste algunos golpes y te marchaste. Tuve miedo. Al cabo, regresaste con una espada de madera y les diste su merecido, a los tres. Te hirieron en la mano y yo te la vendé con un trapo.

Dios hizo a unos hombres más fuertes que a otros, y entonces el diablo inventó la espada. Fruela sonrió al recordar aquel altercado con la pandilla de su hermano.

—Entonces me pareciste un auténtico noble —confesó la muchacha—. Desde entonces…

Él dio un largo trago para no tener que enfrentarse a su mirada.

—Dicen que, dentro de poco, tendrás que elegir esposa. —Aianes ladeó la cabeza, con la expresión de una niña que ha hecho una trastada—. Has estado mirándome, no creas que no me he dado cuenta. Podemos vernos más tarde, si lo deseas.

—Me temo que no puede ser —murmuró Fruela al descubrir que el anciano regresaba. Ella lo miró fugazmente a los ojos.

—No te preocupes —le dijo—, no volveré a molestarte.

El rector se situó frente a la mesa y alzó la copa que sostenía en la mano:

—Un brindis por Fruela, el hijo del duque Pedro. ¡Ha vencido a Oxson, el más temible de los vascones!

Los comensales apuraban el contenido de los vasos en el momento en que tres individuos de tez pálida se unían a la fiesta.

—Son daneses —informó el rector—. Vienen a comerciar con ámbar y pieles; cada vez se aventuran más al sur. Estos se han quedado a pasar el invierno, y regresarán a sus hogares en primavera.

Los hombres del norte preguntaron qué se celebraba y, al saber el motivo, mostraron interés en la ordalía. Al parecer, era un pueblo aficionado a los duelos.

—Quieren recitar un poema en tu honor —tradujo Teodolf a Fruela—. Es una historia sobre los gautas de Escandia. Hace siglos, una parte de ellos abandonaron aquella gélida tierra en un periplo que los llevó hasta el Ponto y, de allí, a derrotar a las legiones de Valente, saquear Roma y crear dos poderosos reinos en Italia y Spania. Hoy nos llaman godos.

Uno de los daneses se puso en pie y entonó un canto épico en una lengua profunda y melódica, distinta al godo, aunque Fruela pudo reconocer algunas palabras. Los versos aliterados creaban un marcado ritmo de una sofisticada belleza, algo insólito viniendo de aquellas gentes, de naturaleza ruda tanto en aspecto como en costumbres. Teodolf resumió la historia:

—Hace dos siglos, los gautas raptaron a la reina de los suecos, de modo que estos reunieron un ejército para rescatarla. Nuestros parientes fueron derrotados en la contienda y tuvieron que refugiarse en un bosque, donde fueron asediados. A la mañana siguiente, cuando los suecos se disponían a atacarlos, llegó Hygelac, el hermano del rey fallecido en la jornada anterior. Condujo a los gautas a la victoria y, gracias a ello, se hizo con el trono.

»Una vez convertido en rey, Hygelac reunió una flota para navegar hacia el sur. Sus naves saquearon el país de los frisones, bajo la soberanía de los francos. En un principio la incursión tuvo éxito y el botín fue espléndido. Sin embargo, cuando regresaban con las bodegas cargadas de riquezas, un ejército franco les salió al paso y logró vencerlos en una batalla en la que pereció Hygelac.

»El poema comienza años después, cuando su sobrino Beowulf acudió en ayuda de Hrothgar, el rey de los daneses, cuyo palacio se veía asolado por los ataques nocturnos de un horrible trol llamado Grendel.

—¿Qué es eso de «la senda del cisne»? —preguntó Munio, atento a las palabras del pálido extranjero.

—Es una figura poética —le explicó Teodolf—. Se refiere al mar.

—¿Y por qué no dice «cruzó el mar para ayudar a Hrothgar»? —A pesar de haberse criado en la casa ducal, Munio aún conservaba el pragmático carácter montañés.

Teodolf decidió ignorarlo:

—Empleando sólo las manos, Beowulf arrancó el brazo derecho de Grendel y, más tarde, dio muerte a la madre. Años después, fue coronado rey de los gautas, y pereció en un último combate con un terrible dragón que amenazaba el reino.

—¿Pero qué…?

—Cállate —Teodolf interrumpió a Munio—. El poema concluye con Wíglaf, el primo del héroe, acusando a los gautas de cobardía por no haber ayudado a su señor. «Preparaos ahora para tiempos de guerra, cuando los frisones y francos sepan la muerte del rey», les advierte. «Es difícil confiar en la buena fe de los suecos. Nos juraron odio y enemistad en el pasado, y sin duda renovarán la guerra cuando conozcan la noticia».

Ensimismado, el guerrero siguió traduciendo con voz grave.

—«Mañana habrá que empuñar la fría lanza, mas el arpa no despertará a los guerreros. Sólo el oscuro cuervo graznará sobre los cadáveres, cuando le cuente al águila el banquete que compartió con el lobo» —concluyó en voz baja—. Beowulf murió hace ciento sesenta años y la guerra con los suecos se desencadenó poco después. Uno tras otro, los caudillos gautas fueron derrotados y se convirtieron en vasallos de los suecos. Así fue el crepúsculo de nuestros lejanos parientes de Escandia.

El convite se prolongó hasta la madrugada; una vez agotado el vino, los daneses trajeron hidromiel. Llenaron un gran cuerno, el escaldo hizo un gesto sobre él antes de beber y el recipiente fue pasando de mano en mano. Se sucedieron los convites. Los godos narraron antiguas gestas; los cántabros rememoraron sus guerras contra Roma. Tras apurar el contenido del cuerno, Fruela se despidió de sus hombres para dirigirse al cuarto.

Lo hizo con el ánimo alterado. Teodolf le había hecho rememorar la inseguridad que había sentido esa misma mañana, cuando se halló en la difusa frontera que separa el valor de la temeridad, y la sensatez de la cobardía. Algunas decisiones no eran tan fáciles de tomar como había imaginado. Resulta difícil establecer qué es lo correcto cuando las cuchilladas caen como el granizo y no encuentras un motivo racional para justificar lo que haces.

Entró en el aposento, un recoveco de las antiguas termas provisto de un jergón de paja cubierto con pieles. Dentro de una hornacina, un candil de sebo añadía una mísera claridad a la luz del brasero. El joven se despojó de la túnica para recostarse sobre el lecho, cerró los ojos y comenzó a contar en voz baja. Antes de llegar a diez, unos débiles golpes resonaron en la puerta.

Se incorporó y abrió el postigo. De pie, en el corredor, sosteniendo un candil, se hallaba Aianes.

—Iba a acostarme —dijo—. ¿Desea algo, señor?

La melena oscura se derramaba sobre la mitad izquierda del rostro; bajo la débil luz de la lucerna, los ojos brillaban de excitación. Una tenue túnica insinuaba la brevedad de los senos.

—Creo que te debo una disculpa —le dijo Fruela.

—Me despreciaste —se quejó ella con una vocecilla infantil.

—Lo siento, fui un imbécil.

La muchacha recompensó aquella declaración con una cálida sonrisa.

—En eso estamos de acuerdo —susurró mientras jugueteaba con el broche del cuello de la túnica—. Estoy dispuesta a darte otra oportunidad… Y eso es algo que no suelo hacer.

Fruela supo que era el momento.

—Aianes… Hace años me diste algo y ahora quisiera devolvértelo. —Extrajo un jirón de tela de entre las ropas y se lo entregó a la muchacha, que esbozó una nueva sonrisa, esta vez de triunfo—. ¿Quieres pasar?

Abrió aún más la puerta y ella atravesó el umbral. Se observaron durante un instante, en el que sólo se escuchó el crepitar de la leña. Fruela percibió un leve temblor en sus labios, y se recreó en el subir y bajar de los senos. Aianes se dio cuenta del poder que ejercía sobre él, la excitación y la culpa se diluyeron en su mente. Había sido educada para ocultarlo; declararse hubiese sido fácil, accesible. Pero la necesidad de hallar un buen esposo se había convertido en un motivo más para continuar.

Fruela percibió el cambio de actitud. Los labios de la joven cedieron sin resistencia, y cuando se adueñó de su boca el abrazo se hizo violento. Desabrochó la fíbula, el hombro izquierdo quedó desnudo y ella le sujetó la mano.

—Antes —murmuró— prométeme que me elegirás a mí.

Fruela asintió, y ella se dejó llevar dócilmente hasta el lecho. Vio cómo el muchacho se situaba tras ella y la empujaba para arrodillarla sobre el camastro; la joven apoyó los codos y arqueó la espalda, hasta que los pechos rozaron las pieles. Sintió unas manos alzándole el vestido. La imagen que evocó de sí misma, expuesta ante él, le aturdió.

—No se lo dirás a nadie, ¿verdad? —Referirse, en voz alta, a lo que estaba a punto de ocurrir le produjo un súbito vértigo.

Por toda respuesta él se despojó de la camisa. Afianzó las manos en los costados del pálido cuerpo y ella sintió la presión, el calor de la piel contra piel. Apenas logró ahogar una queja, que se quebró hasta ser un gemido. Él empujó aún más, provocándole una punzante agonía, y ella arqueó la espalda, ahogó los gemidos en la almohada. La idea de ser la esposa del futuro duque cobró forma ante ella. Pensó en su hermana, en sus amigas, y se imaginó a sí misma abandonando aquella miserable aldea. Cuando él se retorció sobre ella, se supo manchada en cuerpo y honra. No le importó. Aplastada por el peso de la culpa, se sentía satisfecha. La pesada respiración del hijo del duque era lo único que marcaba el paso de tiempo, y se quedó dormida escuchándola.

La despertó el sonido de una puerta al cerrarse. Extendió el brazo, somnolienta, y halló vacío el otro lado del lecho. Abrió los ojos: el amanecer irrumpía en el cuarto a través de las contraventanas.

Recogió la ropa y se apresuró a vestirse. Unos ruidos del exterior hicieron que se asomara por la tronera: una docena de jinetes se alejaba por la senda de poniente. Se sobresaltó ante el chirriar de los goznes de la puerta y trató de adecentar su aspecto. Al girarse, descubrió a su hermana observándola desde el umbral. La jarra que sostenía resbaló entre sus manos y se hizo pedazos en el suelo, la mirada fija en la mancha oscura que teñía las sábanas.

—¿Qué has hecho? —le reprochó con amargura—. Te dije que te alejaras de él.

Aianes alzó el rostro con arrogancia. No quería mostrarse insegura ante ella.

—Fue él —añadió la hermana, mirando más allá de la entrada.

—¿A qué te refieres? —Una repentina aprensión asaltó a Aianes cuando vio cómo la otra joven se llevaba las manos al vientre.

—Él… es el padre.

II

La Materia de Bretaña, esas leyendas que nos llegan de una isla norteña, nos hablan de un reino y de un héroe. Dicen que, acosada por sus enemigos, aquella tierra carecía de rey. Una espada encantada permitió al héroe unificar el reino, y, gracias a ello, les trajo a todos una era de paz y bonanza.

Esto es Spania. Nuestro reino perdido apenas es ya un recuerdo, y, aunque sólo se reconoce la autoridad a punta de espada, hay tantos señores como estrellas. La magia nos es desconocida, sólo existe una aciaga superstición, y la guerra que libramos es eterna. Mas hubo un tiempo en el que esto pudo cambiar, en el que un hombre pudo forjar un futuro distinto. Su nombre era Rodrigo y esta, en cierto modo, es su historia.

En febrero del 709 anno Domini —el 671 de la Era Hispánica—, la hueste de Fruela abandonó Flavióbriga entre un agreste paisaje de acantilados. Los cascos de las monturas hollaban las ajadas losas de la antigua calzada; brezos y encinas engullían sus márgenes, y la lluvia había erosionado la cubierta de zahorras hasta dejar al descubierto la cimentación. Durante siglos, Roma supuso una anomalía, y la naturaleza reclamaba su lugar.

Ante el estruendo de las armas de los quince jinetes, un par de cornejas salió volando desde el lado siniestro.

—Un mal augurio —murmuró Munio. Montado sobre un caballo de guerra cruzado con un asturcón, un animal tosco y de gran resistencia, cabalgaba una cabeza por debajo del resto.

—¿Aún sigues con tus supersticiones paganas, hijo? —le preguntó Teodolf.

—Tú no eres mi padre.

—Quién sabe, zagal —replicó el maestro de armas, zumbón—. Quién sabe…

Todos estallaron en carcajadas. Fruela les había relatado los sucesos nocturnos sin escatimar un solo detalle. Al explicarles cómo se había hecho con un trapo de cocina para entregárselo a la moza, Argebald a punto estuvo de caerse del caballo. Entonces Teodolf pareció darse cuenta de que aquel no era el mejor modo de educar al hijo del duque, de modo que prosiguió con su alegato:

—¿Cuánto hace que tu padre te envió a la corte del duque? ¿Seis inviernos? Y aún sigues con esas majaderías… Adivinar el futuro gracias al vuelo de las aves. Cortar hierbas para realizar encantamientos. Depositar ofrendas sobre las tumbas. O a las janas, esas furcias que habitan en los ríos… ¿Quién puede creer en semejantes sandeces?

—¿Son mejores los desvaríos del bastardo de un carpintero?

El veterano guerrero trató de sofocar su enojo ante aquella blasfemia.

—Permíteme que te cuente una historia… Hace ciento treinta años san Emiliano visitó Amaya, la capital provincial, para predicar la doctrina de Cristo entre los paganos. Ajenos al dominio godo, los cántabros vivíais sumidos en el latrocinio, la idolatría y el incesto. San Emiliano convocó a vuestro senado y lo exhortó a que se convirtiera a la verdadera fe, pues de lo contrario sufriría la ira de Dios. Antes ya había curado a una paralítica, llamada Bárbara, y a Nepotiano, un endemoniado. Se dice que había dos hermanos, uno pagano y otro cristiano, que se habían disputado a la misma hembra… —Se dio cuenta de que divagaba—. El caso es que uno de los asistentes, llamado Abundancio, le dijo al santo que chocheaba a causa de la edad, y entonces san Emiliano…

—Al final murieron todos —apostilló Munio.

El guerrero frunció el ceño, contrariado.

—¿Cómo lo sabes?

—Todas las historias de santos acaban igual.

Cabalgaron durante toda la mañana ocupados en tales disputas. En la linde del camino, hacia el mediodía, hallaron un centenar de discos de piedra hincados entre la hierba, con estrellas de cinco puntas y otros extraños símbolos. El resto de estelas eran cruces de aspecto reciente y, más allá de ellas, una veintena de lugareños se había congregado ante cinco cadáveres.

Un anciano tonsurado les salió al paso, vestido con una desgastada túnica blanca y una estola verde. Munio se adelantó a la comitiva para hablar al rústico sacerdote en aquel latín repleto de voces extrañas.

—Fallecieron ayer —los informó el cura—. Hace unos días, Paulo se encontró unos bubones en el cuello y las axilas. Tenía fiebre, mareos y era incapaz de moverse. Al poco tiempo, la mitad de los mozos había enfermado.

Fruela examinó los cadáveres: ninguno superaba los veinte años. Lucían sus mejores galas; el cinto de uno de ellos poseía una hebilla con placa, damasquinada en plata y latón. Al contemplar el demacrado rostro, recordó a su madre, a quien la peste se había llevado cuando él era un niño, hecha un despojo humano antes de cumplir los treinta.

—¿Vais a enterrarlos? —preguntó al avejentado clérigo.

—No queremos que vuelvan. Hace quince años hubo otra plaga. Mi hermano murió y lo enterramos, pero a las dos noches abandonó el sepulcro y anduvo de acá para allá, acompañado de una manada de lobos. Siempre regresaba a la tumba antes del amanecer. Tuvimos que abrir el sepulcro y aplastarle el cráneo. —La mirada estaba fija en la entrada a una cueva, casi oculta entre la maleza—. Sólo existe un modo de asegurarse de que no vuelvan, pero hay que descender dos simas de treinta pies.

Señaló a un grupo de muchachos robustos que portaban teas y cuerdas.

—No olvidéis quemar el grano —les recordó otro anciano—. Es el único modo de garantizar la salud de los vivos.

Se habría dicho que Teodolf dudaba de lo que un buen cristiano debía pensar sobre todo aquello. Los penitenciales castigaban tales prácticas de origen pagano, y, sin embargo, aquel rústico sacerdote parecía saber bien lo que hacía. A Fruela no le interesaban ni el clero ni sus interminables diatribas. La palabra de Dios siempre dependía de quien la predicaba, todos aseguraban decir la verdad y que el resto eran siervos del Maligno. La guerra resultaba mucho más sencilla, y, en ella, el enemigo siempre era reconocible: era quien trataba de abrirte el cráneo.

De modo que prosiguieron el viaje. La senda desembocó en la antigua vía que unía Portus Blendium con Pisoraca. Tomaron el camino hacia el sur; les llevó varios días recorrer un poblado tras otro. El duque les había ordenado que supervisaran las guarniciones que controlaban los pasos de montaña y prevenían el bandidaje, así que examinaron las defensas de cada castellum. Fruela se aseguró de que los fosos y las rampas de tierra no estuvieran erosionados por la lluvia y que las empalizadas siguieran en pie. Pasó revista a bucelarios y sayones que prestaban servicio de armas a los señores locales y comprobó que estos pudieran armar al menos a la décima parte de sus siervos. Todo se hallaba en orden, salvo el contenido de los hórreos.

—Están llenos a la mitad —masculló Teodolf.

La sequía había echado a perder las cosechas. Al sur de la provincia se hallaban los principales núcleos habitados, como Saldania, Pisoraca, Segisama, Salionca o Virovesca. Grandes poblados, aunque pocos habrían sido considerados ciudades en los días antiguos. Al norte de la cordillera, las antiguas villas romanas habían dejado de ser prósperas haciendas, con factorías y talleres, para transformarse en aldeas que apenas producían excedentes. Avanzado el invierno, los lugareños habían bajado a los valles con sus rebaños, y, a punto de agotarse el heno, se podía contar las costillas en los costados de las reses.

Se dirigían a Amaya a través de una sierra de peñas nevadas, envueltas en jirones de niebla. Desde el alto de la sierra, contemplaron una inabarcable sucesión de valles y bosques, donde sólo se escuchaban el gemir de la tempestad y el aullido de los lobos. Los árboles, con las ramas cubiertas de hielo, teñían de gris el paisaje albino. Aquella tierra, húmeda y estéril, en la que casi no había impronta humana, era demasiado abrupta para ser invadida, demasiado pobre para ser conquistada, y sus habitantes demasiado tercos para ser sobornados. Reconocían la autoridad del rey a regañadientes y pagaban impuestos en especie, aunque nadie sabía a ciencia cierta cuántos hombres y mujeres habitaban en aquellas montañas.

Al octavo día, comenzó a jarrear y tuvieron que cubrirse con los mantos para evitar que se les llenaran de herrumbre las armas. El aguanieve calaba ya la lana apelmazada cuando hallaron refugio en la entrada de una gruta. No quisieron adentrarse en la húmeda cavidad. A decir de los paganos, antaño los dioses habían vivido entre los hombres, y, tras ser derrotados por estos, se refugiaron en el mundo subterráneo. Nadie se aventuraba en aquellos lugares encantados donde los antiguos habían pintado extraños animales y símbolos.

Fruela examinó la menguante luz del día mientras le castañeteaban los dientes. La noche se les echaba encima y los caballos parecían exhaustos; una densa espuma cubría el empapado pelaje, del que emanaba vapor. El camino había quedado sepultado bajo un pie de nevazo.

—Podemos esperar a que escampe —dijo, y preguntó a Munio—: ¿Cuándo parará de llover?

—En junio. —Esa fue la respuesta—. Debemos proseguir, no estamos muy lejos.

El joven cántabro azuzó a la montura, que empezó a trepar por la pendiente nevada. No tuvieron más remedio que seguirlo.

—Nos hemos salido del camino —protestó Teodolf.

—No —insistió Munio—. Es por aquí.

Los cegó un resplandor, que vino acompañado de un estruendo. La tempestad llegaba desde el norte, y, de pronto, la oscuridad engulló las nubes. Los espíritus de la tormenta libraban una batalla allá arriba y descargaban su furia.

—Tente nubero, tente tú; que más puede Dios que tú —murmuró Teodolf. Todos buscaban un modo de conjurar el mal. Munio se había llevado a los labios la punta de sílex que tenía colgada del cuello. A duras penas los caballos se abrieron paso entre los brezos. El gélido viento venido del océano arrastraba la lluvia con tal fuerza que les azotaba el rostro. Argebald no dejaba de observar al hijo del duque.

—No entiendo por qué te gusta todo esto —le dijo a Fruela.

—Aquí todo se reduce a lo que eres capaz de hacer por ti mismo —respondió—. Descubres quién eres, al igual que en la guerra.

Teodolf azotó las ancas de la montura para adelantarlos.

—Qué sabrás tú de la guerra —gruñó.

Argebald siguió a su padre con la mirada hasta que lo perdió de vista en la tormenta.

—No le hagas caso —murmuró.

—Parece enfadado —dijo Fruela, y luego añadió—: más de lo habitual.

—Sólo quiere que el éxito no se te suba a la cabeza.

—¿Y tú qué piensas?

Por un momento, Argebald guardó silencio. Fruela siempre recurría a él cuando deseaba oír la verdad. Habían sido compañeros de juegos, y sus únicos juegos consistieron en entrenar con la espada, la lanza y el arco, bajo la atenta mirada de Teodolf, desde los seis años.

—Arriesgas demasiado —contestó al fin—. Quieres superar a los demás en su propio terreno, y eso no es sensato.

Descendieron entre las peñas, por las que fluían torrentes con la gélida agua del deshielo. Pronto vislumbraron unas luces a través del aguanieve y llegaron a un conglomerado de cabañas en torno a una pequeña iglesia. En aquel escarpado erial, la humanidad se concentraba en una aldea de apenas cien almas, acosadas por el frío y las fieras que merodeaban entre los corrales en los que mugía el ganado.

Un coro de ladridos les dio la bienvenida. Alguien les salió al paso. Apuntó a Fruela con una lanza que sostenía en la diestra, mientras trataba de protegerse con el escudo del aguacero.

—¿Quién va? —gritó el sayón.

Fruela apartó el manto para descubrir el costado izquierdo, del que colgaba la espada. El brillo metálico a la luz de la antorcha bastó para que el centinela bajara la vista.

—Disculpad, señor.

Una vez en los establos, atrancaron la puerta para evitar que el aguacero anegara el interior y luego atendieron a las monturas. Con el cabello empapado, tiritando, Fruela despojó a Sniumeis del bocado decorado con hilo de plata y aflojó las cinchas para retirar la silla. Antes de entrar en la cabaña, acarició el lomo del agotado animal. Allí, junto a una miserable lumbre, un individuo se adelantó para saludarlos; vestía ropajes de calidad, le faltaba una oreja y llevaba colgado del cinto un scrama de dos pies. Se llamaba Eurico y ostentaba cierta autoridad en aquella aldea.

—Enhorabuena —exclamó—. Dicen que el vascón era grande como un oso y tan feo como el demonio.

El hijo del duque se despojó de la clámide y, sorprendido, estrechó la mano que le ofrecía. Habían transcurrido diez días y el incidente había corrido de boca en boca. Oxson era una celebridad y las calamidades de aquel año habían hecho que todos ansiaran buenas noticias.

—Os esperábamos —añadió Eurico, rascándose la oreja que aún le quedaba—. Tenemos un asunto para vos.

Charlaron sobre ello tras secarse las ropas. Unos mozos dejaron paja limpia junto al fuego. La comitiva se tumbó sobre aquel lecho infecto y se envolvió en los mantos para dormir.

El amanecer les trajo una mezquina claridad que a duras penas se abrió paso entre los jirones de niebla. Había escampado; al abandonar la cabaña, admiraron un paisaje de nieve amasada con barro hasta donde alcanzaba la vista: apenas veinte pasos. Los lugareños surgían de entre la bruma por caminos enlodados cubiertos de estiércol.

Un individuo rechoncho, acompañado por un puñado de bucelarios, traía a cuatro prisioneros de aspecto miserable. Tras descabalgar, Eurico lo abrazó con entusiasmo.

—Apestas —le dijo.

—¿Quién necesita bañarse con este tiempo? —respondió él, y se giró en redondo—. Soy el juez local. —Era bizco, no sabían a quién hablaba.

Fruela se dio por aludido y examinó a los cuatro pordioseros.

—Esclavos prófugos —le informó el juez—. Cada vez hay más.

La hambruna había hecho que los siervos de los latifundios del sur abandonasen las tierras de sus amos para buscar refugio en las desoladas montañas del norte.

—Los cántabros iban aplicarles su justicia —añadió en voz baja—. Tuvieron suerte: los convencí para que nos los entregaran.

El juicio tuvo lugar bajo un enorme tejo que se alzaba ante la iglesia, un edificio de mampostería provisto de un pequeño ábside rectangular a cuyo alrededor se amontonaban las tumbas de lajas. Colocaron una mesa con tres sillas para que Fruela se sentara; las rocas y un vetusto carro hacían de escaños. A medida que los montañeses se acomodaban por orden de edad, dejaron las armas apoyadas en el tronco hasta formar una montaña de lanzas, azconas, hachas y scramas.

Conventus publicus vicinorum. Aquellas asambleas establecían el uso comunal de los pastos y los bosques, decidían sobre los asuntos del valle e impartían justicia. Munio desenfundó la espada para apoyarla en el tronco centenario, antes de sentarse en el lado izquierdo de la mesa. Fruela no hizo ningún gesto de desprenderse de las armas que cargaba a la cintura, algo que nadie pasó por alto. El juez comenzó a quitarse los pegotes de barro de la barba.

—Traed a los testigos —declaró.

Se trataba de una mujer madura y dos muchachos con un scrama al cinto de apenas la edad suficiente para tirar de velorta y acarrear más de cien libras de hierba a la espalda, momento en que se convertían en hombres. El mayor de los dos se despojó del gorro para mostrar una mata de pelo castaño. La peste lo había convertido en cabeza de familia con quince años recién cumplidos. No pidió hacer uso de la palabra, acostumbrados como estaban aquellas gentes a que no hubiera a quién.

—Hacíamos la muda al sel cuando quisieron llevarse el rebaño —explicó—. Nos engarramos mientras se iba metiendo la niebla, y la mi madre avisó a los del valle.

Los bucelarios arrastraron a los reos ante el tribunal. El juez se sonó los mocos con el extremo del manto antes de preguntarles:

—¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa?

Los esclavos intercambiaron miradas hurañas. Uno de ellos, corpulento y de cabello rojizo, se adelantó al resto.

—Abandonamos las tierras de nuestro señor —admitió, pronunciando esa última palabra con infinito rencor—. Teníamos hambre, hemos vagado de un sitio a otro durante meses. Sólo buscábamos comida.

—E intentáis robar la vacada de una viuda con dos hijos. —El juez señaló a los testigos—. Los condenáis a morir de hambre durante el invierno, o a depender de la caridad para subsistir.

Los lugareños aferraron los cayados, con las manos encallecidas por el dalle. Para aquellos montañeses, el ganado era mucho más que su patrimonio: en él residía su orgullo, su prosperidad, su forma de vida. Al casarse, cada hombre recibía de su familia un par de vacas, un puñado de ovejas y un caballo. El rebaño sólo crecía gracias al esfuerzo. Se levantaban antes del amanecer para ordeñar a las reses, se desollaban las manos segando y acarreando el heno para alimentarlas, no comían antes que ellas y, cuando lo hacían, bebían su leche y se alimentaban con su carne; los arropaba su calor, se vestían con su lana. Podías mutilar a un hombre, insultarlo, arrebatarle a su mujer; todo eso podía ser perdonado. Pero si robabas su ganado, se lo quitabas todo.

—Creo que ya pagamos por ello —dijo el reo de mayor edad.

Fruela estudió el aspecto de las víctimas. Una mujer entrada en años y un par de muchachos imberbes se habían enfrentado a media docena de hombres robustos y lograron matar a dos. El pelirrojo enrojeció de ira:

—Los nobles nos obligáis a rompernos la espalda en vuestras haciendas y luego nos arrebatáis la mitad de la cosecha. ¿Quién eres tú para juzgarme?

La pregunta iba dirigida a quien presidía el tribunal.

—Soy gardingo del rey —respondió Fruela—. Mi autoridad procede de él, y la suya de Dios.

La mirada del reo deambuló, desdeñosa y acusadora, hasta detenerse ante la mesa. Entonces escupió sobre ella. El hijo del duque bajó la vista para observar el esputo, reflexionando sobre el contenido de aquella declaración. Nadie se movió. La costumbre establecía que, una vez iniciado un concejo, estaba prohibido abandonar el asiento.

—Yo no reconozco tu derecho para regir mi vida —le dijo el siervo.

—Y yo no reconozco tu derecho a vivir —respondió Fruela—. Colgadlos.

Los bucelarios arrastraron a los cuatro prófugos, mientras se debatían con todas sus fuerzas. Fruela se levantó del escaño para retirarse.

—¡No eres nadie! —El pelirrojo aullaba de rabia—. ¡Tu padre y tú no sois nadie!

El joven godo se detuvo para observarlo por encima del hombro. Los prisioneros contemplaron su expresión, horrorizados. Durante un instante sólo se escuchó el gemir del viento agitando la fronda del tejo y los lobos aullando en la montaña.

—¡Cierra la boca, maldito idiota! —Uno de los siervos se arrodilló en el suelo enfangado—. ¡No le hagáis caso, señor! ¡El hambre lo ha vuelto loco!

—He cambiado de opinión —declaró Fruela—. Despeñadlos y dejad sus cuerpos como carroña.

—¡No! —gritó el más viejo—. ¡Sin sepultura, nuestras almas vagarán atormentadas hasta el Día del Juicio Final!

—Para vosotros eso no supondrá un cambio.

Teodolf golpeó al taheño en la boca para hacerle callar. Cuando el viejo se sujetó al tronco, Argebald le aplastó los dedos con el pomo de la espada. A medida que los arrastraban hacia el barranco, sus voces se perdieron en la niebla.

—En fin —concluyó el juez, poniéndose en pie—. ¿Hay algo de vino?

Los cántabros no se habían movido del sitio. Aguardaban, con la mirada fija en el tribunal.

—Muchacho —dijo Munio, que aún permanecía sentado—, dices que llevabais el ganado al sel. ¿Os queda hierba?

En verano, los montañeses conducían los rebaños a las brañas de altura y mudaban de un lugar a otro a medida que se agotaban los pastos, para descender a los valles en invierno. Si la familia buscó refugio en las tierras comunales sólo podía ser porque, a falta de brazos para segar y acarrear la hierba, no habían podido reunir el suficiente heno para la invernada.

—Apenas —admitió el aludido.

Dos meses restaban para la primavera. Dos meses en los que tendrían que alimentar al rebaño con el brezo y el escajo que pudieran hallar bajo la nieve. De no lograrlo, las reses morirían de hambre y, con ellas, la familia; aun así, el joven no había querido apelar a la caridad. Munio extrajo una bolsa de monedas y se la arrojó al muchacho, que la atrapó en el aire.

—Compra lo que te haga falta, paga tus deudas y hazte con un par de vacas —dijo el sobrino del duque—. Este verano, la mejor parcela del prado del concejo será tuya, pero deberás entregar el primer ternero a quien te ayude en la siega.

El mozo frunció el ceño y observó el contenido de la bolsa, sorprendido. Alzó la vista para dedicarle un gesto de gratitud. Sólo entonces los montañeses comenzaron a levantarse, y, tras recoger sus armas, se dispersaron por la montaña.

Para entonces Fruela había regresado a la cabaña. Sentado ante el hogar, arrojó un leño a las llamas y, al extender las manos, descubrió que temblaban; cruzó los brazos para colocarlas bajo las axilas. Teodolf se sentó a su lado, y las sombras del fuego danzaron en su rostro.

—Para hacer justicia, hace falta algo más que una espada.

El joven tomó la jarra que Argebald le ofrecía y dio un largo trago. Agrio como el vinagre, el vino le produjo una agradable quemazón.

—Yo no elegí esa tarea —masculló, y se limpió la barba con el dorso de la mano.

—El rey honró a tu padre con esta provincia.

—No fue una honra, sino un destierro —dijo Fruela, alzando la voz—. Otros duques poseen ciudades y fértiles haciendas; comercian con los griegos por mar. Mi familia gobierna sobre montañas y selvas; una tierra estéril, siempre en disputa, poblada por salvajes que apenas se consideran romanos. ¿Qué sabemos de ellos?

—Apestan a boñiga, siempre van armados y son tus súbditos —le respondió Teodolf—. Y tu madre era una de ellos.

Él dedicó una mirada de soslayo a su primo, que escrutaba las llamas, ensimismado.

—Ni siquiera la recuerdo.

Apuraron el vino que aún les quedaba en silencio, mientras la leña se consumía. Compartieron historias sobre un mal sin nombre, cuando en la tierra habitaba una raza de gigantes de un solo ojo que traían consigo la tormenta. Un frío atroz traspasó las pesadas pieles que los cubrían y el viento gemía más allá de la puerta. Fuera, los lobos aullaban de júbilo.

III

Sobre el horizonte, una difusa línea de cumbres emergía sobre el mar como un continente fantasma. Desde la alcazaba de Tingi, Europa sólo era una aserrada franja teñida de añil. Al fin a la vista, próxima, inalcanzable. Por un momento, Mūsà ibn Nusayr deseó contar con el poder de su tocayo para que las aguas se abrieran ante él por los designios de Alá.