El respeto o la mirada atenta - Josep María Esquirol - E-Book

El respeto o la mirada atenta E-Book

Josep Maria Esquirol

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Beschreibung

Al concebir la mirada atenta como la esencia del respeto, el método de penetración filosófica resulta ser, a la vez, una ética, es decir, una manera de relacionarse con los demás y de habitar el mundo, en cuyo seno palabras como proximidad, cuidado, finitud o humildad cobran todo su sentido. La originalidad de este libro de Josep Maria Esquirol consiste en haber definido un camino filosófico, un método, una manera de orientar el pensamiento y de trazar un posible itinerario de vida reflexiva, en un mundo dominado por la desorientación y por el reduccionismo derivado de la ideología tecnocientífica.

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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Josep Maria Esquirol

El respeto o la mirada atenta

Herder

Diseño de la cubierta: Gabriel Nunes

Edición digital: Admagraf

© 2025, Josep M. Esquirol

© 2026, Herder Editorial, Barcelona

ISBN ePub: 978-84-254-5306-9

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.cedro.org).

Herder

www.herdereditorial.com

Sinopsis

Al concebir la mirada atenta como la esencia del respeto, el método de penetración filosófica resulta ser, a la vez, una ética, es decir, una manera de relacionarse con los demás y de habitar el mundo, en cuyo seno palabras como proximidad, cuidado, finitud o humildad cobran todo su sentido.

La originalidad de este libro de Josep Maria Esquirol consiste en haber definido un camino filosófico, un método, una manera de orientar el pensamiento y de trazar un posible itinerario de vida reflexiva, en un mundo dominado por la desorientación y por el reduccionismo derivado de la ideología tecnocientífica.

Autor

Josep Maria Esquirol es filósofo, ensayista y catedrático de Filosofía en la Universitat de Barcelona, donde imparte docencia en Filosofía Contemporánea, y dirige el grupo de investigación Aporia, centrado en los vínculos entre filosofía y psiquiatría. Su obra, ampliamente reconocida y traducida, articula una filosofía que procura dar cuenta de la hondura humana y de las infinitudes que la trascienden. Entre sus títulos más destacados figuran El respeto o la mirada atenta y La resistencia íntima.

Índice

Sinopsis

Prólogo

Prólogo a la edición de 2010

Introducción: El sentido de la ética del respeto

Preguntas

A partir de expresiones cotidianas

Mirada atenta, mirada ética

No hay sociedad sin respeto

La oportunidad de la ética del respeto

1. Características de la óptica tecnocientífica

Un poder inédito

Un sistema

Una revelación

Un lenguaje

2. Analítica del respeto y de la mirada atenta

El movimiento del respeto

La mirada atenta: Esencia del respeto

La mirada de la mirada atenta

Aprender a mirar, para poder ver

Mirar y ser visto: El mundo que mira

El prestar atención y su espiral

Atención, admiración y asombro

Atención, pregunta y examen

Atención y diálogo

3. Moralidad de la atención y del respeto

Predominio de la atención sobre la elección

La salida del egoísmo

El respeto como sentimiento (en diálogo con Kant)

Atención y respeto: Recapitulando

4. Lo digno de respeto o lo que percibe la mirada atenta

Fragilidad

Cosmicidad

Secreto

Al final

La humildad y la mirada (o la dimensión cognitiva de la humildad)

La vida del respeto

Si te gustó, también te puede gustar...

Prólogo1

Los caminos van perdiéndose y acaban por desaparecer cuando nadie los anda. Algo parecido ocurre con los libros. Aunque son capaces de aguardar estoicamente en las viejas estanterías de las bibliotecas, su vida tiene necesidad de vida. La vida contenida en sus páginas necesita de la vivacidad de unos ojos que sigan apasionadamente sus líneas.

La mirada atenta se alimenta de lo que lee, pero, a su vez, las palabras se alimentan —y viven— de la mirada que las lee.

Por este motivo he de agradecer tantísimo que este libro, del que pronto se cumplirán dos décadas desde su primera edición, siga teniendo lectores que le dan vida.

Durante todos estos años no ha cambiado ni un ápice mi convicción de que la mirada atenta es el camino, el método, para la filosofía y para la vida. En cambio, espero que algo haya madurado mi comprensión de la situación humana fundamental —que llamo de intemperie— después de los muchos esfuerzos que he invertido para acercarme a ella con mayor radicalidad. Entre otras cosas, creo que con este acercamiento cabe entender mejor por qué el movimiento de la atención es la manera de afrontar esa intemperie y hacer camino en ella.

Lo más relevante del ser humano —de la manera humana de ser— es la soledad existencial, la separación. Ser separado significa que, aunque en cierto modo somos parte, no somos parte perfecta ni de la naturaleza, ni del mundo, ni de la sociedad, ni de nada. La separación no es solo un problema teórico (consistente en no poder explicarnos en tanto que meras partes de alguna de esas totalidades), sino, sobre todo, un problema existencial: tenemos necesidad perentoria de amparo y de orientación. O, dicho de otro modo, de sentido. He aquí la situación fundamental: alguien en búsqueda de sentido.

Atento, despierto, en vigilia: vivir es encontrarse en una claridad que es, a su vez, tensión —entendimiento— hacia el sentido. Ahora bien, ¿qué nos orienta? ¿Qué es el sentido? Para empezar, el término sentido suele vincularse con la dirección del movimiento: hay un sentido del río que va hacia el mar, y un sentido de la flor que apunta al fruto, y un sentido de la vida que se dirige hacia la muerte. También suele vincularse con la finalidad: el sentido de las medicinas es curar, el sentido de la olla es cocinar, etc. Son buenas pistas, pero el sentido que nos orienta es mejor caracterizarlo de un modo todavía más amplio. Tiene sentido todo aquello que «(nos) dice algo». A lo que nada nos dice lo llamamos absurdo.

En nuestra situación de intemperie, ¿qué es lo que más nos dice? ¿Qué es lo que más nos orienta? No cabe duda de que el primer gran enclave de sentido viene dado por lo concreto. La tierra y el cielo, la casa y la calle, la habitación y los libros, los árboles y las flores, las herramientas y los alimentos, etc. Las cosas…

Sin embargo, cabe preguntar: ¿qué es lo más concreto de todo lo concreto y, por tanto, lo que más nos orienta? Lo más concreto de lo concreto es el otro, el prójimo. Hasta el extremo de que solo hay mundo, y cosas del mundo, gracias a la presencia concretísima del tú. Sin esta presencia, el mundo se convertiría en un reino fantasmagórico absolutamente inhóspito.

El otro, el rostro del otro, es lo que «más nos dice», es lo que más sentido tiene. El rostro del otro —esa singularidad, esa vivacidad, ese testimonio vivo de la vida— «me habla». En realidad, la importancia dada al mundo del lenguaje y del texto tiene que ver con el hecho de que la palabra es, finalmente, la palabra viva que emerge del rostro del otro.

Lo concreto y el otro son el primer gran enclave de sentido. Precisamente, una de las razones de que nuestro contexto social y cultural sea marcadamente nihilista reside en su carácter abstracto y desconectado de lo concreto. Pero hay una segunda razón, no menos grave que la primera. Si la primera razón del nihilismo contemporáneo tiene que ver con el aparcamiento de lo concreto, la segunda tiene que ver con el aparcamiento de la profundidad.

En efecto, el otro gran enclave del sentido proviene de la experiencia de la profundidad. Sin el sentido que emerge de tal experiencia la situación de intemperie difícilmente puede sostenerse. De ahí que ni siquiera la evasión consumista sea capaz de contener el malestar contemporáneo —malestar sin ninguna duda existencial— derivado de esa progresiva ausencia.

La hondura del mundo, la hondura de la vida, la hondura de la muerte… También la hondura del tú. Infinitudes que me conmueven y me traspasan. No es el momento de detenerse y reflexionar sobre cada una de ellas. Sí de subrayar el sentido que de esas honduras emerge. ¿Qué es lo que la hondura me dice? O quizá haya una manera mejor de formular la pregunta: ¿qué es lo que la hondura me da? Y esta es sin duda la respuesta: me da el sentido de la espera; el sentido de la espera de sentido.

Nuestro anhelo de sentido tiene que ver con nuestra vecindad inmemorial con la profundidad. Anhelamos. Esperamos. Esto es: atendemos.

De ahí que sean realmente magníficas las páginas que Malebranche dedicó a la atención en su Traité de Morale(1684). En ellas define la atención como la «plegaria natural» del espíritu. Desde esa definición hasta lo que dice Maurice Blanchot comentando a Simone Weil, que «la atención espera», hay una nítida y elocuente continuidad. Vivimos encontrando sentido en lo concreto, y también generando sentido. Pero vivimos, al mismo tiempo, esperando un algo más de sentido indefinible. Y esa espera de ningún modo podría darse sin la experiencia de la profundidad. El aparcamiento de esta experiencia lleva a la evasión continua y a la desesperación. Porque esa espera de sentido, indefinible en cierto modo, actúa como frágil capa protectora frente a las embestidas de la nada y de la oscuridad sobre el sentido de lo concreto y sobre el sentido que generamos.

Puesto que casi nada puede decirse de ese sentido indefinible al que apunta la espera de la atención, apuntemos solo negativamente de lo que no se trata. Y no se trata de algo así como de poder escudriñar o de anticipar el futuro. Esta afición es otra de las drogas de nuestro presente, entregado a utopismos tecnológicos y transhumanistas.

Los auténticos profetas merecían respeto. Zaratustra lo fue en la antigua Persia. Amós e Isaías lo fueron del pueblo de Israel. En cuanto profetas, se les atribuía una especial conexión con la divinidad, y el don de predecir acontecimientos importantes. Nietzsche presenta su Zaratustra como un vidente del futuro. Y sí, él mismo, Nietzsche, tiene algo de profeta. En verdad, los profetas lo son porque saben atender mejor que nadie al presente. Gracias a la incisiva mirada al presente, predicen el futuro. Pero no porque lean un plan preestablecido, sino porque sienten lo que se está gestando; sienten el bautizo de la creación. Por eso su decir es un predecir. Dicen tan bien, que predicen.

Sin embargo, me parece que hoy no tenemos necesidad de profetas. La figura es excesiva. De lo que tenemos necesidad es de un perfil más horizontal, más común: el de personas atentas, esto es, despiertas y respetuosas. Capaces de generar sentido mientras mantienen la espera o la esperanza de un poco más de sentido, pero este indefinible. Quizá, en este punto, valga le pena traer a colación las increíbles palabras de Heráclito, alguien que sin duda sintió la profundidad y por eso pudo escribir lo que escribió: «Si uno no espera lo inesperado, no lo encontrará: de tan difícil escudriño y acceso es».

La mirada atenta es un camino de respeto y de cuidado, de generación y de creación, y de una espera de sentido tan necesario como otro.

Josep Maria Esquirol

Mediona, septiembre de 2023

1 Este libro que ahora aparece en la colección Pensamiento Herder se publicó por primera vez en el año 2006. En el año 2010, con motivo de la tercera edición, se redactó un texto que ahora aparece a continuación, con el título «Prólogo a la edición de 2010». En el año 2023, con motivo de la cuarta edición, se incorporó este prólogo, que también se ha mantenido, por considerarse igualmente oportuno y formando parte ya del propio texto de la obra.

Prólogo a la edición de 2010

A veces resulta difícil, muy difícil, saber dónde empieza un camino. No tan difícil es darse cuenta de que vas yendo ya por uno. Los cinco años transcurridos desde la primera publicación de esta obra han sido tiempo suficiente para darme cuenta de que, con ella, iba andando por una senda filosófica que ya no podría abandonar. Esa senda es iluminada y trazada a la vez por una pequeña pero valiosa constelación de conceptos, entre ellos los de atención y proximidad.

«Mirada atenta» parece una expresión afín al pleonasmo, pues mientras la verdadera mirada es ya atenta, el concepto de atención incluye, por su parte, el de mirada. Si se quisiera distinguir, tal vez podría indicarse que la atención es movimiento del querer, de la voluntad. Prestar atención supone un querer prestarla. Tendría entonces la voluntad su protagonismo: hasta parece que, en ese momento, la voluntad lo sería todo. Sin embargo, lo que la mirada atenta sea capaz de percibir no solo depende del querer, sino también de la agudeza de la mirada y de la oportunidad que cada situación brinde. Así pues, en ella no todo es el querer. No se presenta en un «yo puedo» dueño de sí y potencialmente dominador de amplios reinos sino en alguien que presta atención sin apenas decisión preliminar alguna. Como si mandase ahí un impersonal que no es un neutro: uno se encuentra prestando atención. Tal es el motivo por el que, afortunadamente, el prestar atención no pertenece en exclusiva a ninguna élite intelectual que goce del presunto privilegio de escoger etiqueta. En cambio, sus familiares directos son de lo más variado: además de místicos y ascetas anónimos, mucha buena gente que ignora su calidad de poeta…

Como al hablar de mirada atenta resulta prácticamente imposible evitar la idea de profundidad, supongamos que tal mirada es, en efecto, penetrante. Aunque, penetrante, no en el sentido de que vaya hacia el interior y lo nuclear, sino en el de que abandone y pase por alto lo insignificante, lo artificioso, lo banal… Pues lo esencial no siempre se halla dentro. Lo importante de la tierra —su significación para la existencia humana— no consiste en su gigantesco núcleo incandescente, sino más bien en su superficie, en la capa más superficial que llamamos «biosfera». A esta es a la que nos referimos propiamente cuando hablamos de «la tierra», y a nadie se le ocurrirá identificar aquí lo superficial y lo insignificante. También hablamos figuradamente del «corazón» del hombre para referirnos a sus sentimientos y a su ser más íntimo, sin que tampoco esté en liza su interior orgánico. Lo más íntimo se revela a menudo en la piel, en esa superficie invisible y porosa a la que solemos llamar sensibilidad. La diferencia entre sensibilidad y sensiblería sería así equivalente a la que se da entre lo superficial y lo superfluo.