El río de Malene - Virtudes Guerrero Vargas - E-Book

El río de Malene E-Book

Virtudes Guerrero Vargas

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Una obra de Virtudes Guerrero en la que no dejará indiferente. Los agradecimiento de la autora para Carmen Martínez y Clara Cid, por sus toques y pinzeladas.

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Seitenzahl: 487

Veröffentlichungsjahr: 2022

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El río de Malene

Virtudes Guerrero Vargas

ISBN: 978-84-19445-02-5

1ª edición, abril de 2022.

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.

PRÓLOGO

Esta novela esta basada en hechos reales

y matizada con algunas pinceladas de

Fantasías.

¡Muchas niñas no han llegado a ser mujeres

y otras en cambio han quedado marcadas

Para toda la vida!

A un muchacho, el amor le llega

demasiado pronto y tampoco ha podido

enamorarse de la inocencia, quererla

Proteger.

Siempre hay un ojo invencible, que todo

lo interrumpe.

Vivir en un sueño, cuando hay un alma

que se apodera de ti,

Para vivir lo no vivido.

Todo esto y más encontrareis en este

Libro; que me he esmerado en relatar todo

lo mejor que he podido. Con un final feliz…

EL RÍO DE MALENE

Al atardecer el agua bajaba clara y tibia, el río era su inspiración. Con los pies en el agua contaba los pececillos que pasaban. Esta niña de pocos años tenía grandes inspiraciones y una inquietud de paz. Era hija de familia numerosa buscaba salir del ambiente que la rodeaba, lo encontraba entre los juncos y el agua donde pasaba desapercibida. Sus padres trabajaban y su abuela les cuidaba. Era independiente, no daba explicaciones, aparecía y desaparecía. Su hermana mayor le preguntaba que dónde había estado…

- Jugando con los niños-, contestaba ella.

No quería que nadie interrumpiera sus tardes con los peces. Por la mañana se levantaba y se sentaba en el sardinel de la puerta de su casa contando cada una de las personas que pasaban por allí. Se distraía viendo pasar el carrito del repartidor del pan. En la esquina de su calle había una churrería, el olor a churros le recordaba que tenía que desayunar e irse al colegio.

Iba a un colegio nacional en donde entraba a las nueve. Le aburría todo lo que le enseñaban en la escuela y sólo quería salir al recreo para jugar a la pelota, especialmente al balón tiro, su juego preferido. Lanzaba con tal fuerza que la profesora le preguntaba: -¿cómo es qué tienes tanta fuerza?-, ella le contestaba que no lo sabía.

Una de las tardes su hermano mayor la siguió hasta el río y, acercándose, le preguntó: -

--¿Qué haces aquí tan sola?-.

--Estoy contado las piedras y los peces-.

-¿Y pasan muchos?-, -¡

-- contestó?

-Venga vámonos a casa que aquí tan sola te puede pasar algo-.

-¡No! Vengo cada tarde desde hace mucho tiempo-.

-Va, vamos a casa, que mañana volveremos y traeremos una caña de pescar-.

A Malene se le puso la piel de gallina pensando que su hermano iba a pescar a esos peces amigos suyos.

Al día siguiente su hermano ya había preparado la caña y un escardillo para sacar los cebos de la tierra. Se pusieron de camino al río que se encontraba a dos kilómetros de su casa.

Ella pensaba en cómo decirle a su hermano que no hiciera daño a los peces y que jugaran con ellos como si los fueran a pescar y luego retiraran la caña para no coger ninguno. Como hubo un intervalo de tiempo en que Malene no decía nada su hermano preguntó:

-¿dime algo, estás muy callada?

Entonces ella le contó lo que estaba pensando.

Él le dijo: -no te preocupes hay muchos peces -.

Llegaron al río, Malene se puso a sacar lombrices de la tierra y se las iba dando. Al rato se cansó, ya había sacado para toda la tarde y se puso con los pies en el agua lejos de donde se encontraba él. El agua era tan transparente que se podía ver como se acercaba algún pez para picar. Ella aprovechaba y lanzaba una piedra. El hermano se enfadó mucho y le dijo:

— Vete para casa -.

Ella cogió el escardillo y se fue a otra parte del río donde se encontraban niños mayores que ella. Le quitaron la pala y se la tiraron al río, era muy profundo y apenas se veía el fondo. Se lanzó al agua y se zambulló. Cuando llegaba al fondo saltaba, cogía aire y volvía a hundirse, así repetidamente hasta que la encontró. Casi no sabía nadar, pero dando saltos en el agua, se pudo arrimar a los juncos de la orilla y salir. Llegó a casa totalmente empapada antes que su hermano. No dijo nada a nadie y se cambió.

Por las noches solía jugar con los amigos que vivían en la misma calle. Buscaban grillos y con un tirachinas hacían caer las lagartijas que solían esconderse en las tejas de las casas. La gente mayor que los veía les reñía. Un día rompieron un cable eléctrico y dejaron a medio pueblo sin luz. Huyeron todos juntos y se fueron a un puente, pasaron la noche ahí temiendo una paliza. No escaparon de ella.

Al día siguiente, la madre de Malene rompió una escoba de caña de los palos que recibió. Lloró con desconsuelo. Pensaba que no era su madre, que era una madrastra, puesto que una madre que quiere mucho a un hijo no le puede pegar.

Se encogió en posición fetal, como protegiéndose a ella misma y se quedo dormida hasta el día siguiente.

Solía madrugar para preparar la leche a sus hermanos pequeños. Crecían todos juntos y cuando algún crío hacia la comunión le ponía una amiguita de Ángel de la Guarda. El Ángel que creía que toda su vida les acompañaría.

A los dieciséis años la hermana mayor se despidió de ella y partió hacia la capital. Malene tenía ya ocho años.

Y fuese la época que fuese seguía acudiendo a su cita con el río y los peces, eso no se lo podía quitar nadie.

Ya había llegado el otoño, se sentó en la orilla del rio pero sin mojarse. Llegaron dos amigos de su hermano y se sentaron con ella, hablaban para ver que pez abría más la boca. Cuando ya estaban aburridos, uno de ellos propuso ir a coger habas. Mientras caminaban hacia el huerto para coger habas, se encontraron con dos rurales que les preguntaron a dónde iban, ellos contestaron: -a casa de un amigo pasado el río-. Sabían que los señores cuidaban de los campos para que nadie robara las cosechas. Cuando encontraron las habas se doblaron los jerséis y empezaron a recogerlas con tan mala suerte que en aquel lugar había perros y tuvieron que salir por piernas. Apenas habían cogido para hacer una tortilla. Regresaron todos a casa sin problema.

Malene tenía un gran amigo que se llamaba Quitín, iban a todos los lugares del pueblo. Solían subir al desván de la casa de Malene, donde su abuela guardaba todas las pertenencias que no usaba: pesas que antiguamente las llamaban “romana”, planchas de hierro que solían calentar encima del carbón para poder dejar la ropa lisa... ¡Cómo estaba todo aquello! Hubo un momento en que Quitín se enfadó tanto que pegó a Malene en la cabeza con la plancha. Le hizo una herida que no paraba de sangrar como una fuente. Salieron corriendo en busca de su abuela que curo a la cría con un paño lleno de pimentón dulce. Así dejó de sangrar aunque quedó la marca del planchazo. No volvió a salir pelo en aquella zona. No les bastó el planchazo para dejar de ser amigos y siguieron juntos. Se hicieron unos tirachinas con la goma de las ruedas de bicicleta viejas y con madera que iban a buscar a los tejares donde hacían ladrillos. Cogían varas con forma de horquíllela y trozos de piel de zapatos viejos. Sacaban un trozo para aguantar la piedra y una vez hecho el tirachinas, como ellos le llamaban, se iban al campo lejos del pueblo a cazar gorriones.

Al atardecer, antes de irse para casa, pasaban por el río para hacer una especie de plegaria a los peces, de esta forma buscaban la paz interior en aquel sitio que se llamaba la cuenta de la renta, abuelo de Quitín. Sólo sabían que sentían una atracción muy especial por aquel lugar. Cuando se sentía bien con ella misma se iba para al pueblo con su amigo. Una vez llegaba, lo soltaba todo y salía corriendo para la calle. Las vecinas la llamaban para que les hiciera recados y así se ganaba su primera peseta para sus chicles y pipas.

Malene era muy servicial. A nada decía que no, no conocía esa palabra. Siempre iba corriendo de un sitio para otro. De vez en cuando lanzaba una piedra al aire y rompía algún cristal. Las quejas iban a su madre y solían decirle: -Sujete usted a su hija que parece el perro del pueblo. Cuando en alguna casa la perra tenía cachorros iba Malene y se los llevaba, para ello le daban una peseta y los entregaba a aquellos que los quisieran. También tiraba las cartas de la gente, no le daban nada a cambio ya que ella nunca pedía nada a nadie. Eran ellos los que se sentían servidos, los que le daban una propina.

Quitín vino a buscar a su amiga para llevarla al sitio de siempre. Una vez allí, se metían en el agua con la ropa. Malene llevaba puesto un pichi de tela fina y su amigo le enseñaba a nadar y la llevaba por los sitios más hondos. Disfrutaban como peces en el agua. Hacían carreras a nado, iban con la corriente del agua, lanzaban piedras y se metían a buscarlas para ver quién era el más rápido en encontrarlas. Jugaban al escondite bajo el agua. Malene siempre le engañaba y salía del agua escondiéndose entre las hierbas. Él le decía que hacía trampas y dejaban de jugar. Se iban a coger moras y hojas para los gusanos de seda. Por el camino Quitín le contaba que su padre se había ido a Alemania a trabajar y que no sabía cuándo volvería. Estaría muy solo con su madre y su hermano y que el colegio le aburría mucho y no deseaba ir. Malene contestó que ella tampoco iría si él no iba.

Decidieron quedar para la mañana siguiente en el mismo lugar. El tiempo pasaba y Malene seguía con sus inquietudes. Si veía un burro atado en la puerta de una casa cercana a la suya lo cogía y se iba a pasear por el pueblo.

Cuando el dueño se daba cuenta iba a casa de Malene y le echaba bronca a su madre, la cual reñía a su hija que no hacía caso, y al día siguiente lo repetía. La única hija que le traía problemas era ella, las otras hermanas apenas salían de casa.

Malene se sentía libre como una mariposa que no para de volar de un lado para otro. Estaba un día subida a un carro y no se le ocurrió otra cosa que hacer equilibrio subida en la parte más alta. Resbaló y se clavó uno de los pinchos de los extremos. No dijo nada hasta que se le hizo la costra y su hermana se dio cuenta. La castigaron y la mandaron a la cama sin cenar. Su hermano mayor, sin que su madre se diera cuenta, le subió un vaso de leche y ella contó cómo había ocurrido. Él era el único que la escuchaba, la comprendía y le preguntaba por sus peces.

En la tienda de ropa y droguería de la esquina había un dependiente que tenía una bicicleta que utilizaba para llevar género a otras tiendas del pueblo. Malene, sin pedir permiso, la cogía y se iba a dar vueltas. Cuando el chaval se daba cuenta esperaba a que viniera y le decía: -La próxima vez me pides permiso que yo me he comprado la bicicleta para trabajar no para pasear -.

Cada mañana cuando Malene se levantaba era un día nuevo. No se acordaba de lo que había pasado el día anterior o bien nadie se lo preguntó nunca. Sólo cuando llegaba a su casa, después de haberse pasado el día fuera, su madre la esperaba con la alpargata en la mano porque no la ayudaba en las tareas de la casa y sin embargo ayudaba a otras gentes del pueblo. Después de una paliza, se escapaba y se iba a llorar al río, fuese la hora que fuese, no le importaba.

Se sentía segura entre los juncos. Cuando se le había pasado la llorera aparecía su amigo Quitín y volvían a la calle del pueblo, donde jugaban o se peleaban. En una de las peleas Quitín mordió a su amiga en el labio superior dejándole los dientes marcados para toda la vida. Malene también mordió a su amigo en la cabeza y se comió unos cuantos pelos. Dejaron de ser amigos unos cuantos días. Pasados seis días, a Quitín, se le pasó el enfado y la fue a buscar hasta que la encontró y se volvieron más amigos que nunca.

Al salir del pueblo e introducirse en el campo abierto, Quitín solía regalarle margaritas a Malene, pero ella las deshojaba todas preguntando si su madre la quería o no la quería. De camino se encontraron un cachorrito que les seguía y lo cogieron. Era marroncito, apenas tenía un mes, ella lo cogió y lo llevó hasta su casa. La que se lío con el perro. - ¡Aquí no quiero perros!- , fue lo primero que dijo su madre. -Cuando tu padre se vaya al campo... ¡que se lo lleve!-. Ella que lo había cogido con tanto cariño salió corriendo y se lo llevó a su amigo. La madre de su amigo tampoco quería saber nada del cachorro. Como era tan pequeño lo metieron en una caja de zapatos y Quitín lo guardó hasta el día siguiente. Ella volvió a su casa sin perro y su madre ya no le dijo nada. -Los chicos no hacen nada en casa. Yo quiero ser como un chico y hacer lo mismo que hacen mis hermanos-, dijo ella. A su madre se le fue la mano y le cruzó la cara por lo que había dicho. Malene aun así reprochó a su madre que no los obligara a hacer las tareas, lo mismo que hacía con ella. Le dio la cena al pequeño y lo acostó. Echándose en la cama con el más pequeño que decía que tenía miedo. Sin darse cuenta le venció el sueño y su hermano se tiró de la cama y se fue abajo. La madre que vio aparecer al pequeño subió y cogió a Malene por la oreja y le dijo: -Despierta que a ti todavía no te toca. Coge a Mario y acuéstalo y no te vuelvas a quedar dormida-. Ella contestó: -No mamá...-.

Al día siguiente estuvo pensando en lo que había pasado con el perro. Vino Quitín corriendo con la caja y el perro dentro y le dijo: -Vamos a dejarlo donde lo encontramos-.De camino se encontraron con un señor que les preguntó: -¿Qué lleváis ahí?-, y le contestaron: -un perrito-. El mismo señor se quedó con el perro. Los dos se fueron corriendo para no hacer tarde en el colegio.

Una vez había pasado la mañana con sus compañeras les contó lo sucedido y todas querían tener un perrito como aquél. Se dirigieron otra vez al campo buscando a ver si encontraban más cachorros y desilusionadas volvieron a sus respectivas casas con las manos vacías. Se reunieron de nuevo en la puerta del colegio y esperaron a que abrieran la puerta. En esos instantes apareció la profesora, Malene le contó lo sucedido. La maestra les explicó que un cachorrito requiere mucha responsabilidad y que hay que llevarlo al veterinario y alimentarlo cada día. La ilusión de las niñas se derrumbó. Ellas pensaban que era como un peluche que sólo con jugar con él ya era suficiente. -¡Bueno! se le da un poco de leche, se le lava y abriga-, respondió una y todas rieron.

A la salida todas buscaron a Malene y decidieron ir con ella a su lugar preferido: “el río”. Al haber tantas niñas parecía estar más alborotado y los peces se escondían. Malene decía: - ¡Esto no puede ser! Ahora vendrán mis amigos los peces-, pero allí no aparecía nada, las mando callar y estuvieron mirando por si aparecían. Cuando se cansaron todas se enfadaron con Malene, la llamaron mentirosa y le dijeron que lo del perro también era mentira. Malene lloraba y las lágrimas caían en el agua, los peces fueron apareciendo creyendo que llovía y sus amigas de clase callaron y la observaron.

Empezó a atardecer y llegó la hora de comer. Las niñas que llevaban bocadillo les echaron migas de pan y Malene sonrió y les dijo: -¿Veis como yo no digo mentiras?-. Todas la comprendieron y se fueron una a una y se quedó ella sola. Cuando ya estaba aburrida se fue de camino hacia su casa y se encontró labradores que regresaban a sus hogares cansados de trabajar todo el día. Uno de ellos la invitó a subir al carro y ella aceptó encantada. No conocía a ese señor que le recordaba a su padre y de golpe se paró el carro y este señor le preguntó: -¿No te doy miedo?-. Mientras le preguntaba le tocaba las piernecitas a Malene y ella empezó a temblar y saltó del carro a toda prisa. Corrió con toda sus ganas y no paró hasta llegar a su casa. Su abuela le preguntó:- ¿Qué sucede?-, ella contestó: -Nada-. Su abuela no se lo creyó y le volvió a preguntar hasta que dijo la verdad. La abuela le preguntó si era conocido, a lo que ella con la cabeza dijo no. Cuando se tranquilizó le pidió a su abuela que no se lo dijera a sus padres. La cogió por la cabeza y acariciándosela le dijo: -No te preocupes, será un secreto entre nosotras. Pero si vuelve a pasarte algo igual quiero que me lo expliques. -Sí abuelita-, asintió ella.

Aquella noche la madre de Malene le pidió que le hiciera la comida a su padre. Tenía que pelar tomates y picarlos muy pequeños para freírlos. En la cocina sin luz, únicamente con la del fogón, los trituraba con tanto miedo que aún veía a ese hombre pensando qué era lo que le quería hacer. Cuándo creía haber acabado todo estaba oscuro y apareció su padre, ella asustada le dijo: -¡Por favor no me haga nada!- Él la llamó y al oír la voz de su padre contestó: -Pensaba que eras un hombre malo-. Él le contó que había muy pocos hombres que hicieran daño a las niñas. -Si ves alguno me lo dices-, ella asintió.

Se metieron hacia dentro y Malene no cenó, se fue corriendo a la calle a jugar buscando a sus amigos y esa noche, no se movió de su calle. No estaba tan contenta y no había la luz de cada día. Estaban fundidas dos farolas y ella que era la que animaba los juegos estaba también apagada. Se fue hacia casa más temprano que otras noches. Acostó a su hermano Mario pero él no quería ir a dormir si no era con ella. Dormían todos en una habitación muy grande con varias camas. Sus hermanos mayores contaban cuentos y ella los mandaba callar hasta que se durmieron.

Pasaron varios días y Malene no quería ir a su río. Estuvo así un mes, hasta que se le borró la cara de aquel hombre. Un sábado por la mañana vino Quitín y la animó para ir a cazar pajaritos y se fueron los dos tan contentos y sin miedo. Hacía un día de fábula, el sol picaba más que otros días. Hicieron de todo y volvieron sin nada, más pronto que lo normal. Algo había cambiado en Malene, ya no estaba tan tranquila, sus peces no eran los mismos y el río le parecía distinto. Fue yendo hasta que se volvió a acostumbrar.

Un día por la mañana toda la calle estaba llena de gente, preguntó a sus amigas -¿Por qué hay tanta gente en la calle?- y le dijeron: -Es un movimiento de tierra y se ha caído el techo donde duerme Pili y no la encuentran-. Se quedó muy triste y le dijo a sus amigas: -¿Se habrá ido a casa de su abuela, vamos a buscarla?-. Se reunieron todas las niñas que solían jugar juntas y prendieron camino. La casa estaba en las afueras del pueblo, a media hora andando, hablaban entre ellas y una comentó que anoche no estaba en la calle, que no la vieron.

Aceleraron el paso y cuando ya estaban llegando, vieron venir a Pili de la mano de su abuelo que contaba que el techo de la habitación de Pili se había caído y la estaban buscando. El abuelo se enfadó con su nieta y le dijo: -¿Pero no me dijiste anoche que tus padres lo sabían?- Sí, pero mi hermano se enfadó conmigo y me vine llorando-.

El abuelo se asustó mucho y les dijo a las niñas: -¡Vamos corriendo!-. Se apresuraron todo lo que pudieron y cuando llegó la madre cogió a su hija y se puso a llorar: -¡Ay Dios mío!, ¡menos mal que no te ha pasado nada!-, exclamó su madre. Todos volvieron a sus casas y los más amigos ayudaron a sacar todos los escombros. Las niñas empezaron a buscar las cosas de su amiga. Los mayores decían: -Iros a jugar que os haréis daño-, pero no hacían caso. Querían encontrar la muñeca con la que habían jugado todas. Ahí solo había vigas partidas, tejas y una escalera medio caída por donde se tenía que subir con mucho cuidado. Malene no veía el peligro y subía y bajaba como si no hubiera pasado nada. Estando arriba subida en la viga más gorda pudo ver los pies de la muñeca y gritó:- ¡está aquí, venir!- pero no podían mover la madera.

Fueron a buscar al padre de Pili que se había ido con los demás hombres a la taberna para recuperarse del susto. A su hija no le había ocurrido nada. Los hombres al ver aparecer a las niñas preguntaron: -¿y ahora qué pasa?-, -¡No, nada!-, contestó Pili y corrió hacia su padre, le cogió de la mano y le dijo: -Tienes que venir, hemos encontrado la muñeca debajo de una viga, nosotras no la podemos mover-. El padre le dijo: -Espera un poquito que ahora vamos todos, antes tenemos que ir a buscar un carro para sacar todo los escombros-.

Las niñas hablaban entre ellas y no comprendían la tranquilidad de sus padres. Volvieron a insistir, estaban tan inquietas que al final los hombres abandonaron la taberna. De vuelta a sus casas algunos vecinos comentaban que a pesar del susto, menos mal que no había pasado nada. Cuando llegaron subieron por las escaleras como pudieron y empezaron a sacar escombros. Levantaron la viga que presionaba la muñeca y la sacaron. A las niñas no las dejaron subir y bajaron la muñeca toda llena de yeso. La cogieron y se fueron a lavarla y una vez estaba limpia fueron a un taller de costura a coger retales para hacerle un vestido nuevo. Las cruzadas acogieron a todas las niñas, les indicó que se sentaran y les dio aguja y hilo para que le hicieran ropita a la muñeca. Les enseñaron cómo lo tenían que hacer. Le confeccionaron un vestido de mangas largas y le pusieron unos volantes. La tela era rosa con volantitos azules.

Malene se sentía inquieta y quería salir de allí, no le gustaba el rollo de la muñeca. Se dejó llevar al principio por los sentimientos y una vez vio a la muñeca vestida pensó que allí no hacían nada. Les dijo a sus amigas: -Yo me voy-, justo en ese momento apareció la Madre Luisa y les dijo: - ¿Ya habéis acabado?. Pues ahora hacerle otro con esta tela nueva-. A Pili y a las otras niñas les pareció una gran idea, pero Malene salió corriendo y se fue a buscar la bicicleta del tendero. Se dirigió hacia al paseo grande, donde ponían la feria cada año. Cuando se cansó de dar vueltas volvió al taller por si aún estaban sus amigas y sin entrar miró entre los barrotes de la ventana y vio que todavía se encontraban allí. Les picó en el cristal y salió la Madre María Luisa. Cuando fue a coger a Malene ésta se asustó y escapó corriendo con la bicicleta dejándola donde la había cogido.

Se fue a casa y su abuela le preguntó: -¿Dónde te metes?. Tu hermano Manel te ha estado buscando para que fueras con él a pescar-. Ella le preguntó: -¿Se ha ido hace mucho rato?-, -¡No! hará diez minutos-, contestó su abuela. Malene, entonces se fue y se acercó hasta el río. Cuando llegó, encontró a su hermano cavando la tierra buscando lombrices, le contó lo sucedido. Manel se quedó perplejo.

Empezaron a pescar y Malene le dijo: -¡Oye me voy a bañar!-. Él la mandó más abajo para que no asustara a los peces. Malene hizo caso y se alejó unos metros. Se tiró al agua que estaba tibia y le gritó a Manel para que se fuera a bañar con ella, pero no quiso. Entonces apareció Quitín que si aceptó bañarse con ella y ella le preguntó qué harían esa tarde. -Iremos al cine a ver la caperucita y el lobo-, y el amigo preguntó: -¿Te dará tu madre las cinco pesetas?-. Ella se encogió de hombros...- Si no me las da me subo al tejado y le rompo una teja, ya verás cómo me las da-. Su amigo se sorprendió de las salidas de Malene. Él le dijo: -¡Oye! Cuando volvamos vienes conmigo a la tienda de mi abuela y lo cogemos de la caja, ella no se dará cuenta. Mientras tú la distraes, yo las cojo ¿vale?-.

Cuando regresaban a casa se secaron por el camino. Siempre se bañaban con la ropa puesta. Aquel día como no había llegado la película al pueblo repetían la del día anterior. No lograron el dinero, pero tampoco lo necesitaban. Decidieron pasear por las calles más céntricas, se dejaron llevar por la masa y acabaron en un restaurante. Debían celebrar algo, las mesas estaban repletas de pasteles y como todos comían, ellos también empezaron a llenarse de aquellos ricos pasteles y pensaron en cómo llevarse unos cuantos para sus hermanos.

Nadie les dijo nada, todos pensaban que eran los hijos de algún familiar. Cuando parecía que se acercaba la hora de las despedidas, llenaron unas servilletas y se fueron igual que entraron. Ya había anochecido y Quitín se despidió de Malene. Ella llegó a su casa muy contenta con aquellos pastelitos que no duraron nada.

Malene vivía al lado de una fábrica de hielo donde vendían toda clase de bebidas. Entraba y salía como si fuera su casa, es más, los dueños la trataban como una hija, aunque apenas la veían sólo cuando quería algo y se bebía el refresco con su amiga. Cuando terminaban se iban en bici al pueblo.

A Malene le cayó un castigo por lo de coger la bici. Su madre María la encerró en el piso de arriba porque le amargaba la vida con sus travesuras, su hermano Manel le subía la comida. Para poder ver algo corría de la ventana a la puerta de la escalera.

Le pidió a su hermano que le subiera la muñequilla de brazos y piernas tiesas. Todas las niñas tenían muñecas articuladas y a ella siempre le regalaban muñecas tiesas. Por eso les tenía tanta manía, hasta que un día llegó su hermana mayor de la capital y le trajo dos muñecas que movía los brazos y piernas como ella quería.

Su madre le levantó el castigo porque había llegado su hija mayor. Todos celebraron la llegada. Trajo cantidad de regalos para todos. Malene salió por la puerta en busca de sus amigos. Todos estaban en la esquina de siempre, y cuando la vieron a ella, la abrazaron. Ya habían llegado las vacaciones y no había colegio. Los profesores eran de otras regiones y todos se habían ido. El pueblo parecía más vacío que de costumbre.

Los niños, con los que jugaba, también se fueron con sus padres.. El pueblo quedó de pena, sólo quedaron los que tenían tierras y vivían de ellas. Todos estaban en el centro del pueblo en casas grandes y confortables, las niñas crecían juntas. Cuando se hacían mayores se iban a la capital a seguir con sus estudios. Los más pequeños, como Malene, seguían esperando poderlo hacer alguna vez.

Ella vivía en la ignorancia. No sabía que su hermana mayor Teresa iba a la capital a trabajar. Le mandaba dinero a su madre, para que no le faltara, puesto que eran diez hermanos. Malene era la cuarta y su madre quería a toda costa que la ayudara con los más pequeños.

-Gracia a Enrique-

- que te preocupes- hay esta, salió Malene en busca de Quitín. Se encontró con él en la calle más céntrica, donde los carros de garrapiñadas abundaban, pero ellos no tenían ni una moneda. Se encontraron al abuelo de Malene y les compró lo que ellos quisieron. Ella le dijo a Quitín: -¡Mira hay una boda! ¿Entramos? ¡Venga entremos!-. Una vez dentro se dieron cuenta de que sólo había licores, no vieron los pasteles por ningún sitio. Malene tenía sed y empezó a beber toda la bebida que veían que era transparente. Bebieron sin control, Malene ya estaba por los suelos, salió de allí a cuatro patas y empezó a hacer el canguro. Quería ponerse en pie pero caía hacia delante, así calle arriba y calle abajo. Su madre la cogió y le preguntó cuánto había bebido pero Malene le dijo que no se acordaba de nada.

Quitín fue a verla y le dijo: -Yo no bebí nada pero tu dijiste que te gustaba, que era muy dulce. Todas las copas que había te las bebías ¡y menos mal que estaban medio vacías!-. Quitín le pregunto si iría al río con él, Malene intentó levantarse. Al poner los pies en el suelo se mareaban y se volvió a la cama. Le dijo a su amigo que se fuera, que ella ya iría otro día, ya que hoy se encontraba mal. Quitín se fue y en el camino se encontró con Pili y Mina. Les contó lo de la borrachera. Él sólo sabía decir que a él no le gustaba, que por esto no se había puesto malo como Malene. Hablando por el camino llegaron sin darse cuenta al río. Vieron que había mucha gente y se extrañaron. Siempre estaban solos, no era habitual ver a tantos desconocidos.

Quitín se sentó en la orilla y empezó a tirar piedrecillas al agua. Una señora le llamó la atención y él dejó de tirar piedras. Mina y Pili se metieron en el agua y empezaron a echarle agua a Quitín, que no quería bañarse. Su tristeza se reflejaba en su cara. Era tal la sintonía que tenía con Malene que la echaba de menos. Al final cedió y se metió en el río intentando olvidar a su amiga que no se podía levantar de la cama. Estuvo nadando un buen rato sin darse cuenta. Mina y Pili le llamaron la atención y le dijeron: -¿Vienes o te quedas?-. Salió del agua como sonámbulo. Las dos a la vez le dijeron: - ¡Oye, estas muy raro?-. Él contestó que no sabía lo que le pasaba.

Quitín tenía tres años más que Malene y se creía más responsable. Pensaba que era su culpa el no haber sacado a su amiga de allí. Se lo reprochaba y al mismo tiempo se lo contaba a sus amigas. Ellas no contestaron nada, ya que no estuvieron, y él volvía a repetir lo mismo, hasta que Pili le dijo: -Vamos a verla, ¿ya estará mejor?-, -¡Vale! - contestaron. Ya quedaba poco para llegar, cuando se encontraron a Manel y le preguntaron: -¿Cómo está Malene?-, el contestó que estaba dormida cuando salió de casa. Entonces los tres pensaron si debían ir o no y Manel les dijo: - Hacer lo que queráis, mi abuela está en la tienda comprando y mis otros hermanos están en casa de mi tío José-, -Bueno pasaremos a verla- y se despidieron de Manel.

Cuando llegaron a la casa la puerta estaba abierta, entraron sin hacer ruido, subieron al piso de arriba donde dormía Malene. Se la encontraron sentada en la cama intentando llegar al agua que estaba a unos metros de la cama. Quitín corrió y la cogió por los hombros y le preguntó: -¿Pero a dónde vas?-, - Quiero agua, tengo mucha sed- y él mismo se la acercó viendo que aún no estaba bien. Malene preguntó si habían estado en el río, a lo que ellos contestaron que sí, que la habían echado de menos y que no habían visto ningún pez. Quitín dijo que estaba lleno de gente que espantaba a los peces, que se bañó pensando en lo mala que estaba ella. Malene le contestó que ya se encontraba mejor, pero que el suelo seguía hundiéndose. Pili tenía ganas de marcha -¡Sí! Ya nos vamos- le dijeron Mina y Quitín. -Bueno esta noche vendremos, por si estas mejor para salir a la calle, para jugar-. -¡Vale!-, dijo Malene y se despidió de sus amigos.

Se quedó sola pensando el motivo por el cual se encontraba tan mal y porque todo le daba vueltas, sobre todo cuando intentaba levantarse. Se quedó dormida sin darse cuenta. Habían pasado dos horas y apareció su abuela con un vaso de leche llamándola: -¡Malene despierta! bébete esto que te sentará bien-. Preguntó por su madre y sus hermanos: -¿Dónde están todos?-, -Están en casa de tu tía vendrán todos por la noche-. Le pidió a su abuela que le ayudara a bajar, quería estar abajo, se aburría sola y como la abuela tenía cosas que hacer se sentiría más acompañado. La cogió del brazo y se la llevó abajo. Se sentó, cogió su muñeca y empezó a hablarle. Se le hizo de noche y con la muñeca en brazos se sentó en la puerta de la calle. Se distraía viendo pasar a la gente. Quitín la vio a lo lejos y no se atrevía a acercarse. La observaba a distancia y esperó a que aparecieran Mina o Pili. Malene no se dio cuenta de que su amigo la observaba y saludaba a todos los que pasaban.

Llegó su padre de trabajar y se levantó para darle un beso, dejó la muñeca en el suelo sin darle importancia. Dejó que su padre guardara la bicicleta, entró en la casa, y le preguntó por los caballos. A veces venía con un caballo precioso, a Malene le gustaba porque su padre los hacía bailar. Le dijo que estaba malo como ella., Malene le dijo que ya se encontraba bien, su padre le preguntó: -¿Ya se te ha pasado la borrachera?- y a Malene, que no se le escapaba una, le replicó: -¿Y eso qué es?- y su padre le dijo: -¿Pero ya no te acuerdas?-, ¡Ah sí, bebí alcohol!, pero ya estoy bien-.

Entro Quitín, con la muñeca en la mano y miraba a Malene con más ilusión que nunca. Sin decirle nada se acercó y le dio la muñeca. Malene la cogió y le dijo: -¿Nos vamos a la calle?- Quitín no podía hablar y con la cabeza le dio a entender que sí. Una vez en la calle vieron venir a Mina y los tres se dirigieron a casa de Pili. Está no estaba y se fueron a la plaza a buscarla. Estaba con otros niños. Quitín se sentía más eufórico que nunca y empezó a decir chorradas. Malene lo miró y le preguntó: -¿Oye que te pasa?-.

Él corrió a subirse al árbol que había., encaramándose a toda prisa les dijo a los otros niños: -¡A ver quién sube más arriba!-. Quitín subía como un gamo y llegó el primero. Miraba a Malene como diciéndole que lo había hecho por ella. Pero Malene sintió miedo y le dijo que se bajara, él bajó y la invitó a subir con él. Ella le dijo: -¿Cómo lo hago?-. -Yo no subiré tan alto como tu -, él le dijo: -¡Si es muy fácil!- y le enseñó lo que tenía que hacer. Al llegar al medio no se atrevió a seguir. Quitín subió como si nada. Los niños que estaban mirándolos los llamaban para que bajaran.

Malene miró a Quitín sin moverse y con temor. Quitín adivinó que su amiga tenía un miedo que no había visto nunca en ella y la ayudó a bajar. Le acarició el pelo y ella preguntó: -¿Qué haces, si nunca te ha gustado mi pelo?- él la miró y le dijo: - Es que se te había puesto mal y te lo he colocaba bien-. Ella se dio cuenta que su amigo la quería y estaba pendiente de ella.

Iban creciendo juntos y se querían más que dos hermanos. Por la cabeza de Quitín pasaron muchas cosas que no sabía transmitirle a su amiga... Aquella noche pasó y no le dijo nada. Quitín se marcho antes que Malene que se quedo con sus amigos. Ella se quedó pensando en él. Los demás niños empezaron a llamarla borracha y Malene rompió a llorar. Todos callaron al ver que Mina y Pili se enfrentaban a ellos y se liaron a pedradas. Pili cogió a Malene, sentía pena, y se la llevó a su casa. Volvió para buscar a Mina y las dos se quedaron sentadas sin saber qué hacer. Mina le preguntó: -¿Cómo se ha quedado Malene?-. - Su madre la esperaba con la zapatilla en la mano por haber salido y no haberle dicho nada-. - Espero que no la haya tocado -, comentó Mina.

Al día siguiente, Malene se levantó sin decir nada en su casa y se fue al río. Allí estaba Quitín esperándola. Al verlo, Malene se quedó muy extrañada. ¿Porqué el día anterior el no le dijo que iría al río?, pero él ya conocía a su amiga y sabía que cuando se sintiera bien iría. Malene le dijo: -¿Quitín nos metemos en el agua?-.- ¿Y si paseamos?, dijo él-. Cuando andaban por la orilla del río Malene vio a su padre montando a caballo, uno de esos que a ella le gustaban tanto. Vio como cruzaba el río y corrió tras él, pero por el ruido que hacia el galope no la pudo oír. Quitín corría detrás de su amiga pero Malene se cayó y se enfadó con él por no haber corrido más que ella y haberle dado alcance a su padre. Lo perdieron de vista y Quitín la ayudó a levantarse. Decidieron volver al pueblo donde los esperaban sus amigos. Aquel día era fiesta y ellos no se habían enterado. La madre de Quitín, que se llamaba señora Lola, al verlos venir, llamó a Quitín. Malene se despidió de Quitín sin darle la mano como otras veces habían hecho. Se fue a casa de Mina.

En la fábrica del padre de Mina, aprovechando la presencia de las niñas, él les pidió si querían pegar unos precintos a unas botellas para la fiesta ya que no les había dado tiempo de pegarlas. Los trabajadores estaban repartiendo género por todo el pueblo y no tenían tiempo de realizar esa tarea. Tanto a Mina como a Malene les gustaba, era como pegar cromos. Era una tira que precintaba el tapón con la botella. Fueron tan rápidas que el padre de Mina les dio un duro a cada una y se los guardaron para gastarlo en la feria.

Por la noche, cuando todo estaba más animado, se reunían con sus padres y amigos e iban todos a ver las atracciones que habían puesto aquel año. De noche todo parecía más bonito, con tantas luces, la música... En cada caseta sonaba una música diferente, en las tómbolas rifaban a las chochonas. Para los que tenían niños pequeños era una ilusión poder darles algo para que se acordaran de aquel año en que iban todos juntos.

Una vez acabada la feria ya pensaban en que quedaba menos para que volvieran otra vez los profesores. Estos vivían en otras grandes ciudades y les contarían cómo funcionaban los semáforos y que la gente se movía a otro ritmo. Ellos estaban acostumbrados a la tranquilidad del pueblo y decían que cuando fueran mayores irían a la ciudad a visitarlos. Pero, la verdad, es que en la vida les aguardaba otra cosa. Mientras los niños disfrutaban de su infancia haciendo las travesuras cada día. Quitín y Malene ya se hablaban y planeaban recorrer otros pueblos diferentes e ir a las ciudades donde vivían sus profesores. Tanto les hablaban de esas ciudades que los críos estaban impactados por cosas que no habían visto nunca. Mina les interrumpió:- ¿Nos vamos a coger moras?-, los dos la miraron como si hubiera dicho algo del otro mundo pero se dieron cuenta que no podían hacer otra cosa en aquel momento. Cambiaron de rumbo, se dirigieron a las afueras del pueblo, donde estaban los árboles. Todos parecían más animados y decidieron hacer una carrera. El que llegara antes tenía que repartir. Los cinco críos no se ponían de acuerdo. Pedro, el más travieso, decidió ir sólo a otro árbol, y así lo que cogiera sería únicamente para él.

Quitín empezó a coger hojas para sus gusanos y todas las niñas le preguntaron si no cogía moras. -No-, contestó, -así no tengo que repartir nada-. Mina y Pili se subieron al árbol, mientras, Malene y Pepi se quedaron abajo esperando que las otras dos les echaran las moras. Cuando dejaron el pobre árbol, sin nada, salieron todos rebotados y se fueron cada uno por su lado. Se quedaron solamente Quitín, con Malene, que se había acostumbrado a la compañía de su amiga y no la quería dejar en ningún momento. Los dos se fueron al río y una vez llegaron vieron que el agua bajaba turbia y no se veía el fondo. Se fueron rodeando el río, para encontrar donde se enturbiaba el agua, sin lograr ver de donde procedía… Anduvieron hasta que la tarde se les echo encima. Decidieron volver sin darle importancia pero Malene no lo tenía claro. No había peces, la hierba parecía secarse; estaba todo muy sucio. Se lo dijo a su abuela y le contestó que era de la cooperativa, donde hacían el aceite, y que cuando lo lavaban todo echaban todas las sobras al río y esto duraba unos días. Su hermano Manel, también había regresado enfadado, no había podidos pescar. Su madre le dijo: -Malene, ves a comprar la leche-, ella cogió el puchero donde la ponían. De camino a la lechería Malene se fue a la plaza donde estaban todos sus amigos. Con el dinero en la mano no sabía qué hacer y sus amigos le indicaron de ir a jugar a los futbolines. Viendo como jugaban, le picó el gusanillo de jugar ella también. Con el dinero de la leche decidió jugar una moneda. Pero pronto se le acabo la jugada y se fue ella sola. Fue a por le leche, a que se la ordeñaran delante de ella, y le pusieron un poco de agua. La dueña de la lechería dijo que era para que no se cortara. Malene la cogió y la llevó a su casa. Su madre dijo que faltaba una moneda, y Malene le contestó que el precio de la leche había subido. Su madre cogió el cambio, se lo puso en el monedero que solía usar, y lo guardó en la cómoda. Malene no perdía de vista la cómoda y cuando vio que su madre se iba para la cocina, abrió la cómoda y le cogió una moneda. Se fue a jugar con Quitín que estaba en su casa y se encontró con el padre que acababa de llegar del trabajo. Le preguntó qué hacía su padre, y Malene se encogió de hombros y no supo responderle. Ella se dirigió a su amigo y lo animó a salir de su casa, no encontraba con que distraerse. Los dos salieron disparados a las maquinitas con la moneda pero no les duró nada. Se limitaban a ver jugar a otras personas. Se les echaba el tiempo encima y llegaba la noche. Sólo pensaban en divertirse, se sentían muy a gusto el uno con el otro. No sabían lo que era el amor eran dos críos y la vida ya les iría enseñando todo lo que sentían.

A Malene le gustaban las cosas de Quitín y le decía a su madre que le gustaban las cosas de su amigo. La madre con toda su paciencia le explicaba que eran zapatos de niño y que ella tenía que llevar de niña. Malene no lo comprendía, sólo sabía que le gustaban los de Quitín. Su influencia se iba acentuando, quería ser y sentir como él. No comprendía que era muy niña para que dejara de imitarle en todo, le pegaron una paliza para que fuera ella misma.

Al día siguiente la cogió la madre María Luisa y la introdujo en la costura ya que quería enseñarle a coser. Malene se sentía extraña. Todo cambió cuando en la residencia pusieron una piscina, Malene no tenía bañador y buscando en su casa encontró uno grande con volantes y pensó que no dejaba de ser un bañador. Se lo guardó esperando el día de la inauguración y se presentó con él, no dijo nada, y se metió en el vestuario. Todas la vieron aparecer con aquel bañador que le sobraba tela por todas partes. No sabían si reír o llorar viendo la ignorancia de aquella niña que era en parte salvaje. Todas las costureras eran mayores que ella y la tomaron como un amuleto, no dijeron nada y se bañaron sin ningún problema. Pero ella notaba que cuando se movía en el agua se le salía el bañador por los hombros. Todas la miraban con compasión. No le dijeron nada y se pusieron de acuerdo para comprarle un bañador. Malene ignoraba la sorpresa que le esperaba al día siguiente. Ilusionadas le dieron el bañador naranja de espuma para que se adaptara al cuerpo. Cogieron a Malene introduciéndola en una habitación y se lo pusieron. Malene no salía de su asombro viendo como se habían interesado por ella regalándole aquella prenda. Era tan importante para ella que no sabía expresar la gratitud que sentía por aquellas mujeres, gente que hacía días había conocido. Se le hizo un nudo en la garganta y salió de aquella habitación emocionada por el regalo que la marcó tanto. Se dirigió a la piscina mientras todas la miraban, ella se sentía muy bien, pero se quería bañar y comprobar que no se le salía el bañador. Dejaron que se tirara al agua y todas detrás disfrutaron con aquella niña tan rebelde que no quería entrar en aquella casa, que cuando la iban a coger, salía corriendo. Cuando Malene salió del agua tenía los ojos rojos como tomates maduros, ella que estaba acostumbrada al agua del río, no sabía que aquella agua tenía desinfectante y le ponía los ojos al rojo vivo. Guardaba el bañador como un tesoro, en el río siempre se había bañado con la ropa puesta. Miraba a las que creía sus compañeras o amigas, no sabía exactamente qué eran pero comprendía que le gustaba. Pronto se olvidó de sus amigos de cada día. Se refugió en aquel centro que para ella era mejor que su casa donde encontró un cariño desconocido y una atención hacia ella que no entendía.

Se levantaba y se iba a que la enseñaran a coser, no tenía ni idea de cómo se cogía una aguja y una de ellas se lo fue enseñando. Primero empezó a hacer punto de cruz, le daban hilo y le decían como debía introducirlo en la aguja. Al ver que era muy fácil se dedicó a ir de mesa en mesa preguntando sí tenía que enhebrar alguna aguja. Viendo que no la necesitaban decidió irse y les dijo que el día siguiente volvería. Al salir se encontró con una señora amiga de su madre que le pidió que la acompañara a misa. Malene la acompañó, pero no estaba segura de que le gustara aquello. La Sra. Antonia la obligó a entrar y le dijo que tenía que ser buena y rezar. Malene le preguntó: -¿Qué es eso de rezar?-La Sra. Antonia se quedó patidifusa y le preguntó si en su casa no lo hacían, ella contestó que lo desconocía.

Llegando a la pila bautismal, la señora, se mojó los dedos e indicó con un gesto a Malene que hiciera lo mismo que ella. Cuando tuvo que persignarse la frente seguía con los dedos mojados y se los secó en el vestido, aunque la Sra. Antonia le ofreció un pañuelo pero Malene lo devolvió tal cual. Cuando se arrodilló en el banco, Malene miraba sin parpadear a la Sra. que ya no le caía tan bien, pues le dolían las rodillas y además nadie hablaba. Ella tampoco se atrevía a abrir la boca. Esperaba con gran desespero que la maldita mujer se sentara, para poderlo hacer ella también, mientras miraba lo que hacía la gente. Viendo como se acercaban a un cajón pegado en la pared con una cortina por delante, Malene, observaba que la gente se arrodillaba, decían algo y se iban. Picada por la curiosidad y viendo que aquella Sra. ya se había sentado, decidió acercarse, y cuando se puso de rodillas una voz le dijo: -Ave María Purísima-.Escuchando que salía una voz, se levantó disparada y se sentó en su sitio y le preguntó a esa Sra. si aquella caja hablaba, a lo que le respondió que no era una caja, sino un confesionario en el que había un cura dentro para confesar a la gente que tenía la conciencia sucia y se la lavaban diciéndoselo al cura. El cura les ponía una penitencia. Malene contestó: -vaya rollo, con lo bien que me lavo y juego yo en el río. Esta gente hace unas cosas más raras-, pensó Malene. -Yo cuando sea mayor no vendré aquí, me iré a la gran ciudad como mi hermana y me bañaré en el río de la ciudad que será más grande que el de este pueblo y los peces serán de colores.-Tenía tantas fantasías en la cabeza que seguía sentada en el banco cuando todos ya se habían ido. El Sr. Antonio, la vio tan ensimismada en sus pensamientos, que no le dijo nada y también se marchó. Consideró que estaba en buen sitio. La niña viéndose sola salió corriendo y tropezó con el cura, este la cogió del brazo y le dijo: -De la casa del Señor no se sale corriendo-. A lo que Malene le preguntó: -¿Quién es ese Señor? ¿Cómo se llama?.-El cura se lo contó, le enseñó la iglesia por dentro y la invitó a volver a la casa del Señor. Ya no corría, caminaba. El cura le dijo que tenía que hacer la comunión aquel año, que si iba a verle le enseñaría a rezar y estaría preparada para cuando llegara el día. Malene con diez años se sentía más persona que mujercita. Aquel día había sido muy completo y por el camino pensaba en contárselo a sus amigos, su abuela, su madre y a sus hermanos.

Nada más llegar a su casa su madre la cogió por el brazo, se lo apretó fuerte y con mucho enfado le preguntó que había hecho todo el día en la calle. Malene le contó que no había estado todo el día en la calle sino en la casa de costura y en la iglesia. Su madre la soltó con suavidad, no sabía si creerla. Le dijo: -Anda cena y acuesta a tus hermanos-, lo que hizo al pié de la letra. Se bajó con mucho cuidado para no despertar a los pequeños. Malene pensaba en reunirse en la calle con Quitín, Mina y Pili. A menudo cambiaban de calle para conocer a otros niños y para jugar con ellos, excepto cuando su madre le decía que esa noche no se moviera de la calle. Jugaban a la gallinita ciega o si alguno tenía una pelota la sacaban y venían niños de otras calles para jugar. Como no había muchas pelotas en aquel pueblo se peleaban por jugar con ella. Entre juego y juego no pudo contar nada a sus amigos.

Al día siguiente Malene le contó a Quitín todo lo que hizo el día anterior: que le habían regalado un bañador en la casa de costura y que le enseñaron muchas cosas. Luego también, en la parroquia, había conocido a Don Ángel el cura y le había enseñado la iglesia por dentro. Por su parte, Quitín le contó que se fue con su padre a la era, que estuvo recogiendo trigo y separando la paja. Los dos amigos tenían cosas nuevas que contarse, algo inusual en un pueblo dónde todos los días eran iguales y la gente siempre parecía hacer lo mismo. El río tenía algo raro, unos días sin ir y el agua ya era más clara. Se formó como una cascada, con un desnivel de dos metros, pero no le dieron importancia y se metieron debajo. Disfrutaron de la corriente del agua y se mojaron como siempre con ropa. Vinieron otros niños mayores y empezaron a meterse con Malene, intentaron quitarle la ropa, la tiraron al agua y Quitín, para defenderla, se tiró encima del atacante y le pegó con una piedra dejándolo inconsciente. Todos asustados salieron de allí dejando a aquel muchacho en el suelo, fuera del agua, con una herida en la cabeza que iba sangrando por momentos. Cuando llegaron a su casa vieron un carro con el cuerpo del muchacho, lo llevaban al médico para que le cosieran la herida que le había hecho Quitín. El muchacho los observaba con una mirada acusadora y ellos no sabían si dar explicaciones o callar. La gente pudo ver como presionaba la herida de la cabeza con una toalla para que no saliera sangre mientras se preguntaban qué era lo que había pasado. Todos pensaron en una mala caída y no imaginaban que aquel muchacho había intentado violar a Malene, esa niña tan conocida en el pueblo y tan querida por sus travesuras. Quitín se portó como un gran compañero y Malene se sentía muy agradecida y muy inquieta pensando en lo que podría haber pasado. Dijo que no volvería más al río, ya no era tranquilo, demasiada gente lo conocía y decidieron ir más abajo. Su rincón preferido dejo de serlo por lo que le intentaron hacer.

Aquella noche Malene se durmió con el recuerdo y no dejó de tener pesadillas. No dejaba dormir a sus hermanos, sobre todo a Manel que le decía: -cállate y no hables más sola-. Se quedó despierta y con la luz apagada se abrazó a Mario que dormía plácidamente esperando que fuese de día.

Aquella mañana, su madre le notó algo raro, la cogió entre sus brazos y con cariño le preguntó: - ¿Qué es lo que te ha pasado que no has dormido esta noche?-. Se puso triste y le contó que jugando en el río, un niño grande se le acercó y quería quitarle la ropa. También que Quitín le dio un golpe con una piedra a ese chico, con tan mala suerte que le hizo una herida en la cabeza que sangraba mucho y se asustaron. -No quiero que vayas sola-, le dijo su madre. Ella calló y no obedeció. Volvió a su río preferido, con Quitín, pero aquel día fue diferente, no sucedió nada. Se sentía tan feliz que su amigo lo notó. Siguieron sus juegos hasta que se cansaron.

Quitín adoraba a Malene y cuando ella le dijo que debían irse él la siguió como un perrito. Hablaron del tiempo que hacía que no iban a cazar pajaritos y quedaron para ir el próximo día. Ese día fueron a buscarla las chicas de la casa de costura. Su abuela les dijo, que allí aprendería más, que tantos paseos a ese río no le traerían nada bueno. Cuando llego Malene se fue a la casa de costura, pero ya era tarde y encontró la puerta cerrada. De vuelta encontró a Mari que le demostraba mucho cariño y se fue con ella. Así llego a saber donde vivía Mari, conoció a sus padres y a su hermana que iba con ella a la misma clase pero, Malene ignoraba que fuera la hermana de Mari y a raíz de esto se hizo más amiga. Le propuso que podía ir con ella a pasear por la noche y que le presentaría a sus amigos. Maite se dirigió a sus padres para pedirles permiso para poder ir, pero estos se negaron ya que tenía que cruzar la calle y les parecía muy lejos y no la podían vigilar desde cerca. Le dijo a Malene que no podía que tenía deberes y sus padres no la dejaban. A Malene le pareció extraño todo esto; si no había colegio no tenía deberes. No entendía nada pero respetaba todo lo que le decían y se despidió, notando que allí había una clase social diferente a la que ella estaba acostumbrada.

Malene se vestía con ropa de otras niñas más ricas y su madre casi nunca estaba en casa, siempre estaba trabajando. Quería ser como las niñas ricas, iba a sus casas a jugar y dejó de lado a las de su calle. Para no encontrarse con ellas se alejaba cuatro calles. Las nuevas amigas tenían de todo. Malene vio subir calle arriba a Quitín y traía en la mano una cuerda, la invito a que la cogiera y le enseñara a saltar. Malene quería llamar a Mina y a Pili y así sería más divertido, pero Quitín quería ver como se movía su amiga, las otras le sobraban. La cogió y empezó a saltar y ya harta de que su amigo la mirara, le volvió a decir: -¡Venga, llamemos a las demás-. Él ya se quedó tranquilo e hizo lo que Malene le pidió. Pili y Mina salían de su casa, les enseñó la cuerda y éstas ni cortas ni perezosas le dieron la espalda y tiraron calle arriba sin decir ni pío. Se miraron los dos y fueron detrás de ellas para ver dónde se metían. Entraron donde los billares, pusieron música y se acercaron a Malene. Preguntó a las dos qué era lo que les pasaba, contestaron que nada pero que preferían escuchar música y bailar. Quitín alucinó: -Yo que traía esto para ver como se movía Malene, cuando con la música se puede bailar con ella y tocar sus caderas, ¡qué tonto soy!-, pensó. Malene dejó a sus amigas bailando y se puso a mirar como jugaban con la máquina recreativa. Quitín la llamó y como ella no hacía caso, se acercó y la cogió por el brazo. Quería que bailaran juntos pero, Malene se resistía, no podía dejar de mirar la jugada y le dijo: -Espera un momento, cuando acabe la partida-. Él fue paciente y espero. Cuando ya se acabó, se acercó al aparato de música y se apoyó en él mirando como sus amigos se movían al son de la música. ¿Malene no sabía bailar?. Quitín quería a toda costa que ella hiciera lo mismo que sus amigas, lo intentó y no lo hacía mal. Él se sentía como el acompañante más perfecto. Disfrutando y cansado se sentó en una banqueta. Quitín empezaba a aburrirse de su amiga amada, la miraba y no comprendía como tenía una amiga tan rara. Malene se mosqueó y salió corriendo hacia la puerta, vio que su amigo no la seguía y al volverse vio como miraba a las otras que no paraban. Entonces le dijo: -Quitín, ¿porqué no bailas tu solo para que yo te vea?-. Quitín enrojeció y contestó: -Yo no sé, dejarme tranquilo-. Se sentó a su lado y le preguntó: -¿estás disgustado porque yo no lo hago igual que ellas? ¿Verdad?-. Él contestó: -tú lo haces mejor que ellas y a mí me gustas más. Malene replicó: -Entonces cállate, mira y escucha-. Se quedó helada ya que no esperaba esta respuesta. Se sentía mal y le cogió la mano a su amigo, apretándosela con fuerza, vio que algo les unía. Pero Malene no comprendía, se sentía diferente y con ganas de llorar. Llegaban los más ricos del pueblo, se podían distinguir por las marcas de los pantalones. Todos llevaban la misma marca de cintura para abajo. Mina y Pili estaban coladitas por Enrique y José Mari, los hijos del médico y del alcalde del pueblo. Cuchicheaban entre ellas, Malene les preguntó de que estaban hablando y en voz bajita le decían: -mira a esos chicos ¡qué guapos son!, ¿te gustan?-, -¡no!-, contestó Malene. -No sé lo que queréis que me guste. No dejan de ser unos chicos normales y corrientes, y además llevan los mismos pantalones, ¿no os dais cuenta?-.-Sí, pero son de marca-, contestaron las dos a la vez. Malene llamó a uno de los chicos por su nombre: -José Mari, tu hermana Angustias ¿ha regresado del pueblo dónde estaba?-.- ¡Sí! , pero dentro de dos días se vuelve a ir-. Mina y Pili se acercaron a Malene y le preguntaron: - ¿De qué los conoces?-,-¿yo de nada?, conozco a su hermana que da clases cuando está enferma mi profesora y él ha venido alguna vez a buscarla. Pero esto pasó el curso pasado, ha crecido y tiene pelos en la cara-. El año pasado parecía diferente. Quitín miraba muy entusiasmado las canciones que tenía la máquina. Malene estaba distraída con sus amigas hablando. Quitín se alegró de que algunos días no fuera a acompañarla ya que tenía celos de Enrique y José Mari. Siempre hablaba más con ellos que con él.