El río de Malene - Virtudes Guerrero Vargas - E-Book

El río de Malene E-Book

Virtudes Guerrero Vargas

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Beschreibung

Es una novela llena de ficción y mucha realidad. Una niña de ocho años que vivió sus fantasías, hechas realidad por ella misma, en un pueblo de Sevilla. Criada por sus padres y su abuela, echaba de menos a su hermana, ocho años mayor que ella, que se había ido a Barcelona. Una vez Malene cumplió los catorce años, su hermana, en unos de los viajes que hacía para ver a su familia, se llevó a Malene. Como era una ciudad muy grande, la niña intentó hacer lo mismo que en el pueblo. Se trajo el pueblo a la ciudad Condal y se llevó la Ciudad Condal a su pueblo. Tenía mucha facilidad para inventar portales virtuales en su imaginación. Cuando entró a trabajar en su primer trabajo, en una pensión u hostal en la calle Pelayo, conoció a toda clase de gente que entraban y salía. Un grupo de modelos se alojó en el hostal y conectó con Malene. Le propusieron que fuera modelo y le dijeron que hablarían con el mánager para que la entrevistara. Esta ilusión le duró poco. El dueño del hostal le prohibió hablar con el agente de moda. Malene le contó a su hermana que había un agente que se dedicaba a la moda y se había interesado en ella. Su hermana sacó a Malene del hostal y, con la tarjeta que le dieron las chicas modelos, se puso en contacto con el mánager. Una vez que entró en la agencia de modelo que se operaba por todo el mundo, Malene cayó en una red de trata de blancas sin saberlo, sufriendo todas las consecuencias...

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Virtudes Guerrero Vargas

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1089-610-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Prólogo

Esta novela está basada en hechos reales y matizada con algunas pinceladas de fantasías.

¡Muchas niñas no han llegado a ser mujeres y otras tantas se han quedado marcadas para toda la vida!

A un muchacho le llega el amor demasiado pronto y tampoco ha podido enamorarse de la inocencia, quererla proteger.

Siempre hay un ojo invencible, que todo lo interrumpe.

Vivir en un sueño, cuando hay un alma que se apodera de ti.

Para vivir lo no vivido.

Todo esto y más encontraréis en este libro en el que me he esmerado en relatar todo lo mejor posible. Con un final feliz…

Virtudes Guerrero Vargas.

EL RÍO DE MALENE

Al atardecer el agua bajaba clara y tibia, el río era su inspiración. Con los pies en el agua contaba los pececillos que pasaban. Esta niña de pocos años tenía grandes inspiraciones y una inquietud de paz. Al ser hija de familia numerosa buscaba salir del ambiente que la rodeaba, lo encontraba entre los juncos y el agua, donde pasaba desapercibida. Sus padres trabajaban y su abuela los cuidaba. Era independiente, no daba explicaciones, aparecía y desaparecía. Su hermana mayor le preguntaba dónde había estado.

— Jugando con los niños —contestaba ella.

No quería que nadie interrumpiera sus tardes con los peces. Por la mañana se levantaba y se sentaba en el sardinel de la puerta de su casa contando cada una de las personas que pasaban por ahí. Se distraía viendo pasar el carrito del repartidor del pan. En la esquina de su calle había una churrería, el olor a churros le recordaba que tenía que desayunar e irse al colegio.

Iba a un colegio nacional en donde entraba a las nueve. Le aburría todo lo que le enseñaban en la escuela y solo quería salir al recreo para jugar a la pelota, especialmente al balón tiro, su juego preferido. Lanzaba con tal fuerza que la profesora le preguntaba:

—¿Cómo es que tienes tanta fuerza?

Ella le contestaba que no lo sabía.

Una de las tardes su hermano mayor la siguió hasta el río y, acercándose, le preguntó:

—¿Qué haces aquí tan sola?

—Estoy contado las piedras y los peces.

—¿Y pasan muchos? —contestó—. Bueno, pues vamos a casa, que aquí tan sola te puede pasar algo.

—¡No! Vengo cada tarde desde hace mucho tiempo.

—Venga, vamos a casa, que mañana volveremos y traeremos una caña de pescar.

A Malene se le puso la piel de gallina pensando que su hermano iba a pescar a esos peces amigos suyos.

Al día siguiente su hermano ya había preparado la caña y un escardillo para sacar los cebos de la tierra. Se pusieron de camino al río, que se encontraba a dos kilómetros de su casa.

Ella pensaba en cómo decirle a su hermano que no hiciera daño a los peces y que jugaran con ellos como si los fueran a pescar y luego retiraran la caña para no coger ninguno. Como hubo un intervalo de tiempo en que Malene no decía nada, su hermano preguntó:

—Dime algo, estás muy callada.

Entonces ella le contó lo que estuvo pensando.

Él le dijo:

—No te preocupes hay muchos peces.

Llegaron al río, Malene se puso a sacar lombrices de la tierra y se las iba dando. Al rato se cansó, ya había sacado para toda la tarde, y se puso con los pies en el agua lejos de donde se encontraba él. El agua era tan transparente que se podía ver cómo se acercaba algún pez para picar. Ella aprovechaba y lanzaba una piedra. El hermano se enfadó mucho y le dijo:

¾Vete para casa.

Ella cogió el escardillo y se fue a otra parte del río donde se encontraban niños mayores que ella. Le quitaron la pala y se la tiraron al río. Estaba muy hondo, no se veía apenas el fondo. Se lanzó al agua y se zambulló. Cuando llegaba al fondo saltaba, cogía aire y volvía a hundirse, así repetidamente hasta que la encontró. No sabía nadar, pero dando saltos en el agua, se pudo arrimar a los juncos de la orilla y salir. Llegó a su casa empapada antes que su hermano. No dijo nada a nadie y se cambió.

Por las noches solía jugar con los amigos que vivían en la misma calle. Buscaban grillos y con un tirachinas hacían caer las lagartijas que solían esconderse en las tejas de las casas. La gente mayor que los veía les reñía. Un día rompieron un cable eléctrico y dejaron a medio pueblo sin luz. Huyeron todos juntos y se fueron a un puente, pasaron la noche ahí temiendo una paliza. No escaparon de ella.

Al día siguiente, la madre de Malene rompió una escoba de caña de los palos que recibió. Lloró con desconsuelo. Pensaba que no era su madre, que era una madrastra, puesto que una madre que quiere mucho a un hijo no le puede pegar.

Se encogió en posición fetal debajo de la escalera donde solía esconderse cuando estaba triste. Se quedó dormida hasta el día siguiente. Solía madrugar para preparar la leche a sus hermanos pequeños. Crecían todos juntos y cuando algún crío hacía la comunión le ponían una amiguita de Ángel de la Guarda. El Ángel que creían que toda su vida los acompañaría. A los dieciséis años la hermana mayor se despidió de ella y partió hacia la capital. Malene tenía ya ocho años y fuese la época que fuese seguía acudiendo a su cita con el río y los peces, eso no se lo podía quitar nadie.

Ya había llegado el otoño, se sentó en la orilla sin mojarse. Llegaron dos amigos de su hermano y se sentaron con ella, hablaban para ver qué pez abría más la boca. Cuando ya estaban aburridos, uno de ellos propuso ir a coger habas. Mientras caminaban hacia el huerto para coger habas, se encontraron con dos rurales que les preguntaron a dónde iban, ellos contestaron:

—A casa de un amigo pasado el río.

Sabían que los señores cuidaban de los campos para que nadie robara las cosechas. Cuando encontraron las habas se doblaron los jerséis y empezaron a recogerlas con tan mala suerte que en aquel lugar había perros y tuvieron que salir por piernas. Apenas habían cogido para hacer una tortilla. Regresaron todos a casa sin problema.

Malene tenía un gran amigo que se llamaba Quitín. Con él iba a todos los lugares del pueblo. Solían subir al desván de la casa de Malene, donde su abuela guardaba todas las pertenencias que no usaba: pesas que antiguamente las llamaban «romana», planchas de hierro que solían calentar encima del carbón para poder dejar la ropa lisa. ¡Cómo estaba todo aquello! Hubo un momento en que Quitín se enfadó tanto que pegó a Malene en la cabeza con la plancha. Le hizo una herida que no paraba de sangrar como una fuente. Salieron corriendo en busca de su abuela, que curó a la cría con un paño lleno de pimentón dulce. Así dejó de sangrar aunque quedó la marca del planchazo. No volvió a salir pelo en aquella zona. No les bastó el planchazo para dejar de ser amigos y siguieron juntos. Se hicieron unos tirachinas con la goma de las ruedas de bicicletas viejas y con madera que iban a buscar a los tejares donde hacían ladrillos. Cogían varas con forma de horquilleta y trozos de piel de zapatos viejos. Sacaban un trozo para aguantar la piedra y, una vez hecho el tirachinas, como ellos lo llamaban, se iban al campo lejos del pueblo a cazar gorriones.

Al atardecer, antes de irse para casa, pasaban por el río para hacer una especie de plegaria a los peces, de esta forma buscaban la paz interior en aquel sitio que se llamaba la cuenta del cincuenta, abuelo de Quitín. Solo sabían que sentían una atracción muy especial por aquel lugar. Cuando se sentía bien con ella misma se iba para el pueblo con su amigo. Una vez llegaba, lo soltaba todo y salía corriendo para la calle. Las vecinas la llamaban para que les hiciera recados y así se ganaba su primera peseta para sus chicles y pipas.

Malene era muy servicial. A nada decía que no, no conocía esta palabra. Siempre iba corriendo de un sitio para otro. De vez en cuando lanzaba una piedra al aire y rompía algún cristal. Las quejas iban a su madre y solían decirle:

—Sujete usted a su hija, que parece el perro del pueblo.

Cuando en alguna casa la perra tenía cachorros iba Malene y se los llevaba, para ello le daban una peseta y los entregaba a aquellos que los quisieran. También tiraba las cartas de la gente, no le daban nada a cambio ya que ella nunca pedía nada a nadie. Eran ellos los que se sentían servidos, los que le daban una propina.

Quitín vino a buscar a su amiga para llevarla al sitio de siempre. Una vez allí, se metían en el agua con la ropa. Malene llevaba puesto un pichi de tela fina y su amigo le enseñaba a nadar y la llevaba por los sitios más hondos. Disfrutaban como peces en el agua. Hacían carreras a nado, iban con la corriente del agua, lanzaban piedras y se metían a buscarlas para ver quién era el más rápido en encontrarlas. Jugaban al escondite bajo el agua. Malene siempre lo engañaba y salía del agua escondiéndose entre las hierbas. Él le decía que hacía trampas y dejaban de jugar. Se iban a coger moras y hojas para los gusanos de seda. Por el camino Quitín le contaba que su padre se había ido a Alemania a trabajar y que no sabía cuándo volvería. Estaría muy solo con su madre y su hermano y que el colegio lo aburría mucho y no deseaba ir. Malene contestó que ella tampoco iría si él no iba.

Decidieron quedar para la mañana siguiente en el mismo lugar. El tiempo pasaba y Malene seguía con sus inquietudes. Si veía un burro atado en la puerta de una casa cercana a la suya lo cogía y se iba a pasear por el pueblo.

Cuando el dueño se daba cuenta iba a casa de Malene y le echaba bronca a su madre, la cual reñía a su hija, que no hacía caso, y al día siguiente lo repetía. La única hija que le traía problemas era ella, las otras hermanas apenas salían de casa.

Malene se sentía libre como una mariposa que no para de volar de un lado para otro. Estaba un día subida a un carro y no se le ocurrió otra cosa que hacer equilibrio subida en la parte más alta. Resbaló y se clavó uno de los pinchos de los extremos. No dijo nada hasta que se le hizo la costra y su hermana se dio cuenta. La castigaron y la mandaron a la cama sin cenar. Su hermano mayor, sin que su madre se diera cuenta, le subió un vaso de leche y ella contó cómo había ocurrido. Él era el único que la escuchaba, la comprendía y le preguntaba por sus peces.

En la tienda de ropa y droguería de la esquina había un dependiente que tenía una bicicleta que utilizaba para llevar género a otras tiendas del pueblo. Malene, sin pedir permiso, la cogía y se iba a dar vueltas. Cuando el chaval se daba cuenta esperaba a que viniera y le decía:

—La próxima vez me pides permiso, que yo me he comprado la bicicleta para trabajar, no para pasear.

Cada mañana cuando Malene se levantaba era un día nuevo. No se acordaba de lo que había pasado el día anterior o bien nadie se lo preguntó nunca. Solo cuando llegaba a su casa, después de haberse pasado el día fuera, su madre la esperaba con la alpargata en la mano porque no la ayudaba en las tareas de la casa y sin embargo ayudaba a otras gentes del pueblo. Después de una paliza, se escapaba y se iba a llorar al río, fuese la hora que fuese, no le importaba.

Se sentía segura entre los juncos. Cuando se le había pasado la llorera aparecía su amigo Quitín y volvían a la calle del pueblo, donde jugaban o se peleaban. En una de las peleas Quitín mordió a su amiga en el labio superior dejándole los dientes marcados para toda la vida. Malene también mordió a su amigo en la cabeza y se comió unos cuantos pelos. Dejaron de ser amigos unos cuantos días. Pasados seis días, a Quitín, se le pasó el enfado y la fue a buscar hasta que la encontró y se volvieron más amigos que nunca.

Al salir del pueblo e introducirse en el campo abierto, Quitín solía regalarle margaritas a Malene, pero ella las deshojaba todas preguntando si su madre la quería o no la quería. De camino se encontraron un cachorrito que los seguía y lo cogieron. Era marroncito, apenas tenía un mes, ella lo cogió y lo llevó hasta su casa. La que se lio con el perro.

—¡Aquí no quiero perros! —fue lo primero que dijo su madre—. Cuando tu padre se vaya al campo... ¡que se lo lleve! —Ella que lo había cogido con tanto cariño salió corriendo y se lo llevó a su amigo. La madre de su amigo tampoco quería saber nada del cachorro. Como era tan pequeño lo metieron en una caja de zapatos y Quitín lo guardó hasta el día siguiente. Ella volvió a su casa sin perro y su madre ya no le dijo nada.

—Los chicos no hacen nada en casa. Yo quiero ser como un chico y hacer lo mismo que hacen mis hermanos —dijo ella.

A su madre se le fue la mano y le cruzó la cara por lo que había dicho. Malene, aun así, reprochó a su madre que no los obligara a hacer las tareas, lo mismo que hacía con ella. Le dio la cena al pequeño y lo acostó. Echándose en la cama con el más pequeño, que decía que tenía miedo. Sin darse cuenta le venció el sueño y su hermano se tiró de la cama y se fue abajo. La madre, que vio aparecer al pequeño, subió y cogió a Malene por la oreja y le dijo:

—Despierta que a ti todavía no te toca. Coge a Mario y acuéstalo y no te vuelvas a quedar dormida.

Ella contestó:

—No, mamá.

Al día siguiente estuvo pensando en lo que había pasado con el perro. Vino Quitín corriendo con la caja y el perro dentro y le dijo:

—Vamos a dejarlo donde lo encontramos.

De camino se encontraron con un señor que les preguntó:

—¿Qué lleváis ahí?

Y le contestaron:

—Un perrito. —El mismo señor se quedó con el perro. Los dos se fueron corriendo para no hacer tarde en el colegio.

Una vez había pasado la mañana con sus compañeras les contó lo sucedido y todas querían tener un perrito como aquel. Se dirigieron otra vez al campo buscando a ver si encontraban más cachorros y desilusionadas volvieron a sus respectivas casas con las manos vacías. Se reunieron de nuevo en la puerta del colegio y esperaron a que abrieran la puerta. En esos instantes apareció la profesora, Malene le contó lo sucedido. La maestra les explicó que un cachorrito requiere mucha responsabilidad y que hay que llevarlo al veterinario y alimentarlo cada día. La ilusión de las niñas se derrumbó. Ellas pensaban que era como un peluche que solo con jugar con él ya era suficiente.

—¡Bueno!, se le da un poco de leche, se lava y abriga —respondió una y todas rieron.

A la salida todas buscaron a Malene y decidieron ir con ella a su lugar preferido: el río. Al haber tantas niñas parecía estar más alborotado y los peces se escondían. Malene decía:

—¡Esto no puede ser! Ahora vendrán mis amigos los peces. —Pero allí no aparecía nada, las mandó callar y estuvieron mirando por si aparecían. Cuando se cansaron todas se enfadaron con Malene, la llamaron mentirosa y le dijeron que lo del perro también era mentira. Malene lloraba y las lágrimas caían en el agua, los peces fueron apareciendo creyendo que llovía y sus amigas de clase callaron y la observaron.

Empezó a atardecer y llegó la hora de comer. Las niñas que llevaban bocadillo les echaron migas de pan y Malene sonrió y les dijo:

—¿Veis cómo yo no digo mentiras?

Todas la comprendieron y se fueron una a una y se quedó ella sola. Cuando ya estaba aburrida se fue de camino hacia su casa y se encontró labradores que regresaban a sus hogares cansados de trabajar todo el día. Uno de ellos la invitó a subir al carro y ella aceptó encantada. No conocía a ese señor que le recordaba a su padre y de golpe se paró el carro y este señor le preguntó:

—¿No te doy miedo?

Mientras le preguntaba le tocaba las piernecitas a Malene y ella empezó a temblar y saltó del carro a toda prisa. Corrió con toda sus ganas y no paró hasta llegar a su casa. Su abuela le preguntó:

—¿Qué sucede?

Ella contestó:

—Nada.

Su abuela no se lo creyó y le volvió a preguntar hasta que dijo la verdad. La abuela le preguntó si era conocido, a lo que ella con la cabeza dijo que no. Cuando se tranquilizó le pidió a su abuela que no se lo dijera a sus padres. La cogió por la cabeza y acariciándosela le dijo:

—No te preocupes, será un secreto entre nosotras. Pero si vuelve a pasarte algo igual quiero que me lo expliques.

—Sí, abuelita —asintió ella.

Aquella noche la madre de Malene le pidió que le hiciera la comida a su padre. Tenía que pelar tomates y picarlos muy pequeños para freírlos. En la cocina sin luz, únicamente con la del fogón, los trituraba con tanto miedo que aún veía a ese hombre pensando qué era lo que le quería hacer. Cuando creía haber acabado, todo estaba oscuro y apareció su padre, ella asustada le dijo:

—¡Por favor, no me haga nada!

Él la llamó y al oír la voz de su padre contestó:

—Pensaba que eras un hombre malo.

Él le contó que había muy pocos hombres que hicieran daño a las niñas.

—Si ves alguno me lo dices. —Ella asintió.

Se metieron hacia dentro y Malene no cenó, se fue corriendo a la calle a jugar buscando a sus amigos y esa noche no se movió de su calle. No estaba tan contenta y no había la luz de cada día. Estaban fundidas dos farolas y ella, que era la que animaba los juegos, estaba también apagada. Se fue hacia casa más temprano que otras noches. Acostó a su hermano Mario pero él no quería ir a dormir si no era con ella. Dormían todos en una habitación muy grande con varias camas. Sus hermanos mayores contaban cuentos y ella los mandaba callar hasta que se durmieron.

Pasaron varios días y Malene no quería ir a su río. Estuvo así un mes, hasta que se le borró la cara de aquel hombre. Un sábado por la mañana vino Quitín y la animó para ir a cazar pajaritos y se fueron los dos tan contentos y sin miedo. Hacía un día de fábula, el sol picaba más que otros días. Hicieron de todo y volvieron sin nada, más pronto que lo normal. Algo había cambiado en Malene, ya no estaba tan tranquila, sus peces no eran los mismos y el río le parecía distinto. Fue yendo hasta que se volvió a acostumbrar.

Un día por la mañana toda la calle estaba llena de gente, preguntó a sus amigas:

—¿Por qué hay tanta gente en la calle?

Y le dijeron:

—Es un movimiento de tierra y se ha caído el techo donde duerme Pili y no la encuentran.

Se quedó muy triste y les dijo a sus amigas:

—Se habrá ido a casa de su abuela, ¿vamos a buscarla?

Se reunieron todas las niñas que solían jugar juntas y prendieron camino. La casa estaba en las afueras del pueblo, a media hora andando, hablaban entre ellas y una comentó que anoche no estaba en la calle, que no la vieron.

Aceleraron el paso y cuando ya estaban llegando, vieron venir a Pili de la mano de su abuelo, que contaba que el techo de la habitación de Pili se había caído y la estaban buscando. El abuelo se enfadó con su nieta y le dijo:

—Pero ¿no me dijiste anoche que tus padres lo sabían?

—Sí, pero mi hermano se enfadó conmigo y me vine llorando.

El abuelo se asustó mucho y les dijo a las niñas:

—¡Vamos corriendo!

Se apresuraron todo lo que pudieron y cuando llegó la madre cogió a su hija y se puso a llorar:

—¡Ay, Dios mío!, ¡menos mal que no te ha pasado nada! —exclamó su madre.

Todos volvieron a sus casas y los más amigos ayudaron a sacar todos los escombros. Las niñas empezaron a buscar las cosas de su amiga. Los mayores decían:

—Iros a jugar, que os haréis daño.

Pero no hacían caso. Querían encontrar la muñeca con la que habían jugado todas. Ahí solo había vigas partidas, tejas y una escalera medio caída por donde se tenía que subir con mucho cuidado. Malene no veía el peligro y subía y bajaba como si no hubiera pasado nada. Estando arriba subida en la viga más gorda pudo ver los pies de la muñeca y gritó:

—¡Está aquí, venid! —Pero no podían mover la madera.

Fueron a buscar al padre de Pili, que se había ido con los demás hombres a la taberna para recuperarse del susto. A su hija no le había ocurrido nada. Los hombres al ver aparecer a las niñas preguntaron:

—¿Y ahora qué pasa?

—¡No, nada! —contestó Pili, y corrió hacia su padre, lo cogió de la mano y le dijo—: Tienes que venir, hemos encontrado la muñeca debajo de una viga, nosotras no la podemos mover.

El padre le dijo:

—Espera un poquito que ahora vamos todos, antes tenemos que ir a buscar un carro para sacar todo los escombros.

Las niñas hablaban entre ellas y no comprendían la tranquilidad de sus padres. Volvieron a insistir, estaban tan inquietas que al final los hombres abandonaron la taberna. De vuelta a sus casas algunos vecinos comentaban que, a pesar del susto, menos mal que no había pasado nada. Cuando llegaron subieron por las escaleras como pudieron y empezaron a sacar escombros. Levantaron la viga que presionaba la muñeca y la sacaron. A las niñas no las dejaron subir y bajaron la muñeca toda llena de yeso. La cogieron y se fueron a lavarla y una vez estaba limpia fueron a un taller de costura a coger retales para hacerle un vestido nuevo. Las cruzadas acogieron a todas las niñas, les indicaron que se sentaran y les dieron aguja e hilo para que le hicieran ropita a la muñeca. Les enseñaron cómo lo tenían que hacer. Le confeccionaron un vestido de mangas largas y le pusieron unos volantes. La tela era rosa con volantitos azules.

Malene se sentía inquieta y quería salir de allí, no le gustaba el rollo de la muñeca. Se dejó llevar al principio por los sentimientos y una vez vio a la muñeca vestida pensó que allí no hacían nada. Les dijo a sus amigas:

—Yo me voy.

Justo en ese momento apareció la madre Luisa y les dijo:

—¿Ya habéis acabado? Pues ahora hacedle otro con esta tela nueva.

A Pili y a las otras niñas les pareció una gran idea, pero Malene salió corriendo y se fue a buscar la bicicleta del tendero. Se dirigió hacia al paseo grande, donde ponían la feria cada año. Cuando se cansó de dar vueltas volvió al taller por si aún estaban sus amigas y sin entrar miró entre los barrotes de la ventana y vio que todavía se encontraban allí. Les picó en el cristal y salió la madre María Luisa. Cuando fue a coger a Malene esta se asustó y escapó corriendo con la bicicleta dejándola donde la había cogido.

Se fue a casa y su abuela le preguntó:

—¿Dónde te metes? Tu hermano Manel te ha estado buscando para que fueras con él a pescar.

Ella le preguntó:

—¿Se ha ido hace mucho rato?

—¡No!, hará diez minutos —contestó su abuela. Malene entonces se fue y se acercó hasta el río. Cuando llegó, encontró a su hermano cavando la tierra buscando lombrices, le contó lo sucedido. Manel se quedó perplejo.

Empezaron a pescar y Malene le dijo:

—¡Oye, me voy a bañar!

Él la mandó más abajo para que no asustara a los peces. Malene hizo caso y se alejó unos metros. Se tiró al agua, que estaba tibia, y le gritó a Manel para que se fuera a bañar con ella, pero no quiso. Entonces apareció Quitín, que si aceptó bañarse con ella y ella le preguntó qué harían esa tarde.

—Iremos al cine a ver La caperucita y el lobo.

Y el amigo preguntó:

—¿Te dará tu madre las cinco pesetas?

Ella se encogió de hombros.

—Si no me las da me subo al tejado y le rompo una teja, ya verás cómo me las da.

Su amigo se sorprendió de las salidas de Malene. Él le dijo:

—¡Oye! Cuando volvamos vienes conmigo a la tienda de mi abuela y lo cogemos de la caja, ella no se dará cuenta. Mientras tú la distraes, yo las cojo, ¿vale?

Cuando regresaban a casa se secaron por el camino. Siempre se bañaban con la ropa puesta. Aquel día, como no había llegado la película al pueblo, repetían la del día anterior. No lograron el dinero, pero tampoco lo necesitaban. Decidieron pasear por las calles más céntricas, se dejaron llevar por la masa y acabaron en un restaurante. Debían de celebrar algo, las mesas estaban repletas de pasteles y, como todos comían, ellos también empezaron a llenarse de aquellos ricos pasteles y pensaron en cómo llevarse unos cuantos para sus hermanos.

Nadie les dijo nada, todos pensaban que eran los hijos de algún familiar. Cuando parecía que se acercaba la hora de las despedidas, llenaron unas servilletas y se fueron igual que entraron. Ya había anochecido y Quitín se despidió de Malene. Ella llegó a su casa muy contenta con aquellos pastelitos que no duraron nada.

Malene vivía al lado de una fábrica de hielo donde vendían toda clase de bebidas. Entraba y salía como si fuera su casa, es más, los dueños la trataban como una hija, aunque apenas la veían, solo cuando quería algo, y se bebía el refresco con su amiga. Cuando terminaban se iban en bici al pueblo.

A Malene le cayó un castigo por lo de coger la bici. Su madre María la encerró en el piso de arriba porque le amargaba la vida con sus travesuras, su hermano Manel le subía la comida. Para poder ver algo corría de la ventana a la puerta de la escalera.

Le pidió a su hermano que le subiera la muñequilla de brazos y piernas tiesas. Todas las niñas tenían muñecas articuladas y a ella siempre le regalaban muñecas tiesas. Por eso les tenía tanta manía, hasta que un día llegó su hermana mayor de la capital y le trajo dos muñecas que movían los brazos y piernas como ella quería.

Su madre le levantó el castigo porque había llegado su hija mayor. Todos celebraron la llegada. Trajo cantidad de regalos para todos. Malene salió por la puerta en busca de sus amigos. Todos estaban en la esquina de siempre, y cuando la vieron a ella, la abrazaron. Ya habían llegado las vacaciones y no había colegio. Los profesores eran de otras regiones y todos se habían ido. El pueblo parecía más vacío que de costumbre.

Los niños con los que jugaba también se fueron con sus padres.. El pueblo quedó de pena, solo quedaron los que tenían tierras y vivían de ellas. Todos estaban en el centro del pueblo en casas grandes y confortables, las niñas crecían juntas. Cuando se hacían mayores se iban a la capital a seguir con sus estudios. Los más pequeños, como Malene, seguían esperando poderlo hacer alguna vez.

Ella vivía en la ignorancia. No sabía que su hermana mayor Teresa iba a la capital a trabajar. Le mandaba dinero a su madre, para que no le faltara, puesto que eran diez hermanos. Malene era la cuarta y su madre quería a toda costa que la ayudara con los más pequeños.

Gracias a Enrique que no te preocupes, ahí esta, salió Malene en busca de Quitín. Se encontró con él en la calle más céntrica, donde los carros de garrapiñadas abundaban, pero ellos no tenían ni una moneda. Se encontraron al abuelo de Malene y les compró lo que ellos quisieron. Ella le dijo a Quitín:

—¡Mira, hay una boda! ¿Entramos? ¡Venga, entremos!

Una vez dentro se dieron cuenta de que solo habían licores, no vieron los pasteles por ningún sitio. Malene tenía sed y empezó a beber toda la bebida que veían que era transparente. Bebieron sin control, Malene ya estaba por los suelos, salió de allí a cuatro patas y empezó a hacer el canguro. Quería ponerse en pie pero caía hacia delante, así calle arriba y calle abajo. Su madre la cogió y le preguntó cuánto había bebido pero Malene le dijo que no se acordaba de nada.

Quitín fue a verla y le dijo:

—Yo no bebí nada pero tu dijiste que te gustaba, que era muy dulce. Todas las copas que había te las bebías ¡y menos mal que estaban medio vacías!

Quitín le preguntó si iría al río con él, Malene intentó levantarse. Al poner los pies en el suelo se mareaba y se volvió a la cama. Le dijo a su amigo que se fuera, que ella ya iría otro día, ya que hoy se encontraba mal. Quitín se fue y en el camino se encontró con Pili y Mina. Les contó lo de la borrachera. Él solo sabía decir que a él no le gustaba, que por esto no se había puesto malo como Malene. Hablando por el camino llegaron sin darse cuenta al río. Vieron que había mucha gente y se extrañaron. Siempre estaban solos, no era habitual ver a tantos desconocidos.

Quitín se sentó en la orilla y empezó a tirar piedrecillas al agua. Una señora le llamó la atención y él dejó de tirar piedras. Mina y Pili se metieron en el agua y empezaron a echarle agua a Quitín, que no quería bañarse. Su tristeza se reflejaba en su cara. Era tal la sintonía que tenía con Malene que la echaba de menos. Al final cedió y se metió en el río intentando olvidar a su amiga que no se podía levantar de la cama. Estuvo nadando un buen rato sin darse cuenta. Mina y Pili le llamaron la atención y le dijeron:

—¿Vienes o te quedas?

Salió del agua como sonámbulo. Las dos a la vez le dijeron:

—¡Oye, estás muy raro? —Él contestó que no sabía lo que le pasaba.

Quitín tenía tres años más que Malene y se creía más responsable. Pensaba que era su culpa el no haber sacado a su amiga de allí. Se lo reprochaba y al mismo tiempo se lo contaba a sus amigas. Ellas no contestaron nada, ya que no estuvieron, y él volvía a repetir lo mismo, hasta que Pili le dijo:

—Vamos a verla, ¿ya estará mejor?

—¡Vale! —contestaron.

Ya quedaba poco para llegar, cuando se encontraron a Manel y le preguntaron:

—¿Cómo está Malene?

Él contestó que estaba dormida cuando salió de casa. Entonces los tres pensaron si debían ir o no y Manel les dijo:

—Haced lo que queráis, mi abuela está en la tienda comprando y mis otros hermanos están en casa de mi tío José.

—Bueno pasaremos a verla. —Y se despidieron de Manel.

Cuando llegaron a la casa la puerta estaba abierta, entraron sin hacer ruido, subieron al piso de arriba donde dormía Malene. Se la encontraron sentada en la cama intentando llegar al agua que estaba a unos metros de la cama. Quitín corrió y la cogió por los hombros y le preguntó:

—Pero ¿a dónde vas?

—Quiero agua, tengo mucha sed. —Y él mismo se la acercó viendo que aún no estaba bien.

Malene preguntó si habían estado en el río, a lo que ellos contestaron que sí, que la habían echado de menos y que no habían visto ningún pez. Quitín dijo que estaba lleno de gente que espantaba a los peces, que se bañó pensando en lo mala que estaba ella. Malene le contestó que ya se encontraba mejor, pero que el suelo seguía hundiéndose. Pili tenía ganas de marchar.

—¡Sí! Ya nos vamos —le dijeron Mina y Quitín.

—Bueno, esta noche vendremos, por si estás mejor para salir a la calle, para jugar.

—¡Vale! —dijo Malene, y se despidió de sus amigos.

Se quedó sola pensando el motivo por el cual se encontraba tan mal y por qué todo le daba vueltas, sobre todo cuando intentaba levantarse. Se quedó dormida sin darse cuenta. Habían pasado dos horas y apareció su abuela con un vaso de leche llamándola:

—¡Malene, despierta! Bébete esto, que te sentará bien.

Preguntó por su madre y sus hermanos:

—¿Dónde están todos?

—Están en casa de tu tía vendrán todos por la noche.

Le pidió a su abuela que la ayudara a bajar, quería estar abajo, se aburría sola y, como la abuela tenía cosas que hacer, se sentiría más acompañada. La cogió del brazo y se la llevó abajo. Se sentó, cogió su muñeca y empezó a hablarle. Se le hizo de noche y con la muñeca en brazos se sentó en la puerta de la calle. Se distraía viendo pasar a la gente. Quitín la vio a lo lejos y no se atrevía a acercarse. La observaba a distancia y esperó a que aparecieran Mina o Pili. Malene no se dio cuenta de que su amigo la observaba y saludaba a todos los que pasaban.

Llegó su padre de trabajar y se levantó para darle un beso, dejó la muñeca en el suelo sin darle importancia. Dejó que su padre guardara la bicicleta, entró en la casa y le preguntó por los caballos. A veces venía con un caballo precioso, a Malene le gustaba porque su padre los hacía bailar. Le dijo que estaba malo como ella. Malene le dijo que ya se encontraba bien, su padre le preguntó:

—¿Ya se te ha pasado la borrachera?

Y Malene, a la que no se le escapaba una, le replicó:

—¿Y eso qué es?

Y su padre le dijo:

—¿Pero ya no te acuerdas?

—¡Ah, sí, bebí alcohol!, pero ya estoy bien.

Entró Quitín con la muñeca en la mano y miraba a Malene con más ilusión que nunca. Sin decirle nada se acercó y le dio la muñeca. Malene la cogió y le dijo:

—¿Nos vamos a la calle?

Quitín no podía hablar y con la cabeza le dio a entender que sí. Una vez en la calle vieron venir a Mina y los tres se dirigieron a casa de Pili. Esta no estaba y se fueron a la plaza a buscarla. Estaba con otros niños. Quitín se sentía más eufórico que nunca y empezó a decir chorradas. Malene lo miró y le preguntó:

—Oye, ¿qué te pasa?

Él corrió a subirse al árbol que había, encaramándose a toda prisa les dijo a los otros niños:

—¡A ver quién sube más arriba!

Quitín subía como un gamo y llegó el primero. Miraba a Malene como diciéndole que lo había hecho por ella. Pero Malene sintió miedo y le dijo que se bajara, él bajó y la invitó a subir con él. Ella le dijo:

—¿Cómo lo hago? Yo no subiré tan alto como tú.

Él le dijo:

—¡Sí, es muy fácil! —Y le enseñó lo que tenía que hacer. Al llegar al medio no se atrevió a seguir. Quitín subió como si nada. Los niños que estaban mirándolos los llamaban para que bajaran.

Malene miró a Quitín sin moverse y con temor. Quitín adivinó que su amiga tenía un miedo que no había visto nunca en ella y la ayudó a bajar. Le acarició el pelo y ella preguntó:

—¿Qué haces, si nunca te ha gustado mi pelo?

Él la miró y le dijo:

—Es que se te había puesto mal y te lo he colocado bien. —Ella se dio cuenta de que su amigo la quería y estaba pendiente de ella.

Iban creciendo juntos y se querían más que dos hermanos. Por la cabeza de Quitín pasaron muchas cosas que no sabía transmitirle a su amiga. Aquella noche pasó y no le dijo nada. Quitín se marchó antes que Malene, que se quedó con sus amigos. Ella se quedó pensando en él. Los demás niños empezaron a llamarla borracha y Malene rompió a llorar. Todos callaron al ver que Mina y Pili se enfrentaban a ellos y se liaron a pedradas. Pili cogió a Malene, sentía pena, y se la llevó a su casa. Volvió para buscar a Mina y las dos se quedaron sentadas sin saber qué hacer. Mina le preguntó:

—¿Cómo se ha quedado Malene?–

Su madre la esperaba con la zapatilla en la mano por haber salido y no haberle dicho nada.

—Espero que no la haya tocado —comentó Mina.

Al día siguiente, Malene se levantó sin decir nada en su casa y se fue al río. Allí estaba Quitín esperándola. Al verlo, Malene se quedó muy extrañada. ¿Por qué el día anterior él no le dijo que iría al río? Pero él ya conocía a su amiga y sabía que cuando se sintiera bien iría. Malene le dijo:

—Quitín, ¿nos metemos en el agua?

—¿Y si paseamos? —dijo él.

Cuando andaban por la orilla del río Malene vio a su padre montando a caballo, uno de esos que a ella le gustaban tanto. Vio cómo cruzaba el río y corrió tras él, pero por el ruido que hacía el galope no la pudo oír. Quitín corría detrás de su amiga pero Malene se cayó y se enfadó con él por no haber corrido más que ella y haberle dado alcance a su padre. Lo perdieron de vista y Quitín la ayudó a levantarse. Decidieron volver al pueblo, donde los esperaban sus amigos. Aquel día era fiesta y ellos no se habían enterado. La madre de Quitín, que se llamaba señora Lola, al verlos venir, llamó a Quitín. Malene se despidió de Quitín sin darle la mano como otras veces habían hecho. Se fue a casa de Mina.

En la fábrica del padre de Mina, aprovechando la presencia de las niñas, él les pidió si querían pegar unos precintos a unas botellas para la fiesta ya que no les había dado tiempo de pegarlas. Los trabajadores estaban repartiendo género por todo el pueblo y no tenían tiempo de realizar esa tarea. Tanto a Mina como a Malene les gustaba, era como pegar cromos. Era una tira que precintaba el tapón con la botella. Fueron tan rápidas que el padre de Mina les dio un duro a cada una y se los guardaron para gastarlo en la feria.

Por la noche, cuando todo estaba más animado, se reunían con sus padres y amigos e iban todos a ver las atracciones que habían puesto aquel año. De noche todo parecía más bonito, con tantas luces, la música... En cada caseta sonaba una música diferente, en las tómbolas rifaban a las chochonas. Para los que tenían niños pequeños era una ilusión poder darles algo para que se acordaran de aquel año en que iban todos juntos.

Una vez acabada la feria ya pensaban en que quedaba menos para que volvieran otra vez los profesores. Estos vivían en otras grandes ciudades y les contarían cómo funcionaban los semáforos y que la gente se movía a otro ritmo. Ellos estaban acostumbrados a la tranquilidad del pueblo y decían que cuando fueran mayores irían a la ciudad a visitarlos. Pero, la verdad, es que la vida les aguardaba otra cosa. Mientras, los niños disfrutaban de su infancia haciendo las travesuras cada día. Quitín y Malene ya se hablaban y planeaban recorrer otros pueblos diferentes e ir a las ciudades donde vivían sus profesores. Tanto les hablaban de esas ciudades que los críos estaban impactados por cosas que no habían visto nunca. Mina los interrumpió:

—¿Nos vamos a coger moras?

Los dos la miraron como si hubiera dicho algo del otro mundo pero se dieron cuenta de que no podían hacer otra cosa en aquel momento. Cambiaron de rumbo, se dirigieron a las afueras del pueblo, donde estaban los árboles. Todos parecían más animados y decidieron hacer una carrera. El que llegara antes tenía que repartir. Los cinco críos no se ponían de acuerdo. Pedro, el más travieso, decidió ir solo a otro árbol, y así lo que cogiera sería únicamente para él.

Quitín empezó a coger hojas para sus gusanos y todas las niñas le preguntaron si no cogía moras.

—No —contestó—, así no tengo que repartir nada.

Mina y Pili se subieron al árbol, mientras, Malene y Pepi se quedaron abajo esperando que las otras dos les echaran las moras. Cuando dejaron el pobre árbol sin nada, salieron todos rebotados y se fueron cada uno por su lado. Se quedó solamente Quitín con Malene, que se había acostumbrado a la compañía de su amiga y no la quería dejar en ningún momento. Los dos se fueron al río y una vez llegaron vieron que el agua bajaba turbia y no se veía el fondo. Se fueron rodeando el río, para encontrar dónde se enturbiaba el agua, sin lograr ver de dónde procedía. Anduvieron hasta que la tarde se les echó encima. Decidieron volver sin darle importancia pero Malene no lo tenía claro. No había peces, la hierba parecía secarse; estaba todo muy sucio. Se lo dijo a su abuela y le contestó que era de la cooperativa, donde hacían el aceite, y que cuando lo lavaban todo echaban todas las sobras al río y esto duraba unos días. Su hermano Manel, también había regresado enfadado, no había podidos pescar. Su madre le dijo:

—Malene, ve a comprar la leche.

Ella cogió el puchero donde la ponían. De camino a la lechería Malene se fue a la plaza donde estaban todos sus amigos. Con el dinero en la mano no sabía qué hacer y sus amigos le indicaron de ir a jugar a los futbolines. Viendo cómo jugaban, le picó el gusanillo de jugar ella también. Con el dinero de la leche decidió jugar una moneda. Pero pronto se le acabó la jugada y se fue ella sola. Fue a por la leche, a que se la ordeñaran delante de ella, y le pusieron un poco de agua. La dueña de la lechería dijo que era para que no se cortara. Malene la cogió y la llevó a su casa. Su madre dijo que faltaba una moneda, y Malene le contestó que el precio de la leche había subido. Su madre cogió el cambio, se lo puso en el monedero que solía usar, y lo guardó en la cómoda. Malene no perdía de vista la cómoda y cuando vio que su madre se iba para la cocina, abrió la cómoda y le cogió una moneda. Se fue a jugar con Quitín, que estaba en su casa, y se encontró con el padre, que acababa de llegar del trabajo. Le preguntó qué hacía su padre, y Malene se encogió de hombros y no supo responderle. Ella se dirigió a su amigo y lo animó a salir de su casa, no encontraba con qué distraerse. Los dos salieron disparados a las maquinitas con la moneda pero no les duró nada. Se limitaban a ver jugar a otras personas. Se les echaba el tiempo encima y llegaba la noche. Solo pensaban en divertirse, se sentían muy a gusto el uno con el otro. No sabían lo que era el amor, eran dos críos y la vida ya les iría enseñando todo lo que sentían.

A Malene le gustaban las cosas de Quitín y le decía a su madre que le gustaba las cosas de su amigo. La madre con toda su paciencia le explicaba que eran zapatos de niño y que ella tenía que llevar de niña. Malene no lo comprendía, solo sabía que le gustaban los de Quitín. Su influencia se iba acentuando, quería ser y sentir como él. No comprendía que era muy niña para que dejara de imitarlo en todo, le pegaron una paliza para que fuera ella misma.

Al día siguiente la cogió la madre María Luisa y la introdujo en la costura ya que quería enseñarle a coser. Malene se sentía extraña. Todo cambió cuando en la residencia pusieron una piscina, Malene no tenía bañador y buscando en su casa encontró uno grande con volantes y pensó que no dejaba de ser un bañador. Se lo guardó esperando el día de la inauguración y se presentó con él, no dijo nada, y se metió en el vestuario. Todas la vieron aparecer con aquel bañador que le sobraba tela por todas partes. No sabían si reír o llorar viendo la ignorancia de aquella niña, que era en parte salvaje. Todas las costureras eran mayores que ella y la tomaron como un amuleto, no dijeron nada y se bañaron sin ningún problema. Pero ella notaba que cuando se movía en el agua se le salía el bañador por los hombros. Todas la miraban con compasión. No le dijeron nada y se pusieron de acuerdo para comprarle un bañador. Malene ignoraba la sorpresa que le esperaba al día siguiente. Ilusionadas le dieron el bañador naranja de espuma para que se adaptara al cuerpo. Cogieron a Malene introduciéndola en una habitación y se lo pusieron. Malene no salía de su asombro viendo cómo se habían interesado por ella regalándole aquella prenda. Era tan importante para ella que no sabía expresar la gratitud que sentía por aquellas mujeres, gente que hacía días había conocido. Se le hizo un nudo en la garganta y salió de aquella habitación emocionada por el regalo que la marcó tanto. Se dirigió a la piscina mientras todas la miraban, ella se sentía muy bien, pero se quería bañar y comprobar que no se le salía el bañador. Dejaron que se tirara al agua y todas detrás disfrutaron con aquella niña tan rebelde que no quería entrar en aquella casa, que cuando la iban a coger, salía corriendo. Cuando Malene salió del agua tenía los ojos rojos como tomates maduros, ella, que estaba acostumbrada al agua del río, no sabía que aquel agua tenía desinfectante y le ponía los ojos al rojo vivo. Guardaba el bañador como un tesoro, en el río siempre se había bañado con la ropa puesta. Miraba a las que creía sus compañeras o amigas, no sabía exactamente qué eran pero comprendía que le gustaba. Pronto se olvidó de sus amigos de cada día. Se refugió en aquel centro que para ella era mejor que su casa, donde encontró un cariño desconocido y una atención hacia ella que no entendía.

Se levantaba y se iba a que le enseñaran a coser, no tenía ni idea de cómo se cogía una aguja y una de ellas se lo fue enseñando. Primero empezó a hacer punto de cruz, le daban hilo y le decían cómo debía introducirlo en la aguja. Al ver que era muy fácil se dedicó a ir de mesa en mesa preguntando sí tenía que enhebrar alguna aguja. Viendo que no la necesitaban decidió irse y les dijo que el día siguiente volvería. Al salir se encontró con una señora amiga de su madre que le pidió que la acompañara a misa. Malene la acompañó, pero no estaba segura de que le gustara aquello. La señora Antonia la obligó a entrar y le dijo que tenía que ser buena y rezar. Malene le preguntó:

—¿Qué es eso de rezar?

La señora Antonia se quedó patidifusa y le preguntó si en su casa no lo hacían, ella contestó que lo desconocía.

Llegando a la pila bautismal, la señora se mojó los dedos e indicó con un gesto a Malene que hiciera lo mismo que ella. Cuando tuvo que persignarse la frente seguía con los dedos mojados y se los secó en el vestido, aunque la señora Antonia le ofreció un pañuelo pero Malene lo devolvió tal cual. Cuando se arrodilló en el banco, Malene miraba sin parpadear a la señora que ya no le caía tan bien, pues le dolían las rodillas y además nadie hablaba. Ella tampoco se atrevía a abrir la boca. Esperaba con gran desespero que la maldita mujer se sentara, para poderlo hacer ella también, mientras miraba lo que hacía la gente. Viendo cómo se acercaba a un cajón pegado en la pared con una cortina por delante, Malene observaba que la gente se arrodillaba, decía algo y se iba. Picada por la curiosidad y viendo que aquella señora ya se había sentado, decidió acercarse, y cuando se puso de rodillas una voz le dijo:

—Ave María Purísima.

Escuchando que salía una voz, se levantó disparada y se sentó en su sitio y le preguntó a esa señora si aquella caja hablaba, a lo que le respondió que no era una caja, sino un confesionario en el que había un cura para confesar a la gente que tenía la conciencia sucia y se la lavaba diciéndoselo al cura. El cura les ponía una penitencia. Malene contestó:

—Vaya rollo, con lo bien que me lavo y juego yo en el río.

«Esta gente hace unas cosas más raras —pensó Malene—. Yo cuando sea mayor no vendré aquí, me iré a la gran ciudad como mi hermana y me bañaré en el río de la ciudad, que será más grande que el de este pueblo y los peces serán de colores».

—Tenía tantas fantasías en la cabeza que seguía sentada en el banco cuando todos ya se habían ido. La señora de Antonio la vio tan ensimismada en sus pensamientos, que no le dijo nada y también se marchó. Consideró que estaba en buen sitio. La niña, viéndose sola, salió corriendo y tropezó con el cura, este la cogió del brazo y le dijo:

—De la casa del Señor no se sale corriendo.

A lo que Malene le preguntó:

—¿Quién es ese Señor? ¿Cómo se llama?

El cura se lo contó, le enseñó la iglesia por dentro y la invitó a volver a la casa del Señor. Ya no corría, caminaba. El cura le dijo que tenía que hacer la comunión aquel año, que si iba a verlo le enseñaría a rezar y estaría preparada para cuando llegara el día. Malene con diez años se sentía más persona que mujercita. Aquel día había sido muy completo y por el camino pensaba en contárselo a sus amigos, su abuela, su madre y a sus hermanos.

Nada más llegar a su casa su madre la cogió por el brazo, se lo apretó fuerte y con mucho enfado le preguntó qué había hecho todo el día en la calle. Malene le contó que no había estado todo el día en la calle sino en la casa de costura y en la iglesia. Su madre la soltó con suavidad, no sabía si creerla. Le dijo:

—Anda, cena, y acuesta a tus hermanos. —Lo que hizo al pie de la letra. Se bajó con mucho cuidado para no despertar a los pequeños. Malene pensaba en reunirse en la calle con Quitín, Mina y Pili. A menudo cambiaban de calle para conocer a otros niños y para jugar con ellos, excepto cuando su madre le decía que esa noche no se moviera de la calle. Jugaban a la gallinita ciega o si alguno tenía una pelota la sacaban y venían niños de otras calles para jugar. Como no habían muchas pelotas en aquel pueblo se peleaban por jugar con ella. Entre juego y juego no pudo contar nada a sus amigos.

Al día siguiente Malene le contó a Quitín todo lo que hizo el día anterior: que le habían regalado un bañador en la casa de costura y que le enseñaron muchas cosas. Luego también, en la parroquia, había conocido a don Ángel el cura y le había enseñado la iglesia por dentro. Por su parte, Quitín le contó que se fue con su padre a la era, que estuvo recogiendo trigo y separando la paja. Los dos amigos tenían cosas nuevas que contarse, algo inusual en un pueblo donde todos los días eran iguales y la gente siempre parecía hacer lo mismo. El río tenía algo raro, unos días sin ir y el agua ya era más clara. Se formó como una cascada, con un desnivel de dos metros, pero no le dieron importancia y se metieron debajo. Disfrutaron de la corriente del agua y se mojaron como siempre con ropa. Vinieron otros niños mayores y empezaron a meterse con Malene, intentaron quitarle la ropa, la tiraron al agua, y Quitín, para defenderla, se tiró encima del atacante y le pegó con una piedra dejándolo inconsciente. Todos asustados salieron de allí dejando a aquel muchacho en el suelo, fuera del agua, con una herida en la cabeza que iba sangrando por momentos. Cuando llegaron a su casa vieron un carro con el cuerpo del muchacho, lo llevaban al médico para que le cosieran la herida que le había hecho Quitín. El muchacho los observaba con una mirada acusadora y ellos no sabían si dar explicaciones o callar. La gente pudo ver cómo presionaba la herida de la cabeza con una toalla para que no saliera sangre mientras se preguntaban qué era lo que había pasado. Todos pensaron en una mala caída y no imaginaban que aquel muchacho había intentado violar a Malene, esa niña tan conocida en el pueblo y tan querida por sus travesuras. Quitín se portó como un gran compañero y Malene se sentía muy agradecida y muy inquieta pensando en lo que podría haber pasado. Dijo que no volvería más al río, ya no era tranquilo, demasiada gente lo conocía, y decidieron ir más abajo. Su rincón preferido dejó de serlo por lo que le intentaron hacer.

Aquella noche Malene se durmió con el recuerdo y no dejó de tener pesadillas. No dejaba dormir a sus hermanos, sobre todo a Manel, que le decía:

—Cállate y no hables más sola. —Se quedó despierta y con la luz apagada se abrazó a Mario, que dormía plácidamente esperando que fuese de día.

Aquella mañana, su madre le notó algo raro, la cogió entre sus brazos y con cariño le preguntó:

—¿Qué es lo que te ha pasado que no has dormido esta noche?

Se puso triste y le contó que, jugando en el río, un niño grande se le acercó y quería quitarle la ropa. También que Quitín le dio un golpe con una piedra a ese chico, con tan mala suerte que le hizo una herida en la cabeza que sangraba mucho y se asustaron.

—No quiero que vayas sola —le dijo su madre. Ella calló y no obedeció. Volvió a su río preferido, con Quitín, pero aquel día fue diferente, no sucedió nada. Se sentía tan feliz que su amigo lo notó. Siguieron sus juegos hasta que se cansaron.

Quitín adoraba a Malene y cuando ella le dijo que debían irse él la siguió como un perrito. Hablaron del tiempo que hacía que no iban a cazar pajaritos y quedaron para ir el próximo día. Ese día fueron a buscarla las chicas de la casa de costura. Su abuela le dijo que allí aprendería más, que tantos paseos a ese río no le traería nada bueno. Cuando llegó Malene se fue a la casa de costura, pero ya era tarde y encontró la puerta cerrada. De vuelta encontró a Mari, que le demostraba mucho cariño, y se fue con ella. Así llegó a saber dónde vivía Mari, conoció a sus padres y a su hermana, que iba con ella a la misma clase, pero Malene ignoraba que fuera la hermana de Mari y a raíz de esto se hizo más amiga. Le propuso que podía ir con ella a pasear por la noche y que le presentaría a sus amigos. Maite se dirigió a sus padres para pedirles permiso para poder ir, pero estos se negaron ya que tenía que cruzar la calle y les parecía muy lejos y no la podían vigilar desde cerca. Le dijo a Malene que no podía, que tenía deberes y sus padres no la dejaban. A Malene le pareció extraño todo esto; si no había colegio no tenía deberes. No entendía nada pero respetaba todo lo que le decían y se despidió, notando que allí había una clase social diferente a la que ella estaba acostumbrada.

Malene se vestía con ropa de otras niñas más ricas y su madre casi nunca estaba en casa, siempre estaba trabajando. Quería ser como las niñas ricas, iba a sus casas a jugar y dejó de lado a las de su calle. Para no encontrarse con ellas se alejaba cuatro calles. Las nuevas amigas tenían de todo. Malene vio subir calle arriba a Quitín y traía en la mano una cuerda, la invitó a que la cogiera y le enseñara a saltar. Malene quería llamar a Mina y a Pili y así sería más divertido, pero Quitín quería ver cómo se movía su amiga, las otras le sobraban. La cogió y empezó a saltar, y ya harta de que su amigo la mirara, le volvió a decir:

—¡Venga, llamemos a las demás.

Él ya se quedó tranquilo e hizo lo que Malene le pidió. Pili y Mina salían de su casa, les enseñó la cuerda y estas, ni cortas ni perezosas, le dieron la espalda y tiraron calle arriba sin decir ni pío. Se miraron los dos y fueron detrás de ellas para ver dónde se metían. Entraron donde los billares, pusieron música y se acercaron a Malene. Preguntó a las dos qué era lo que les pasaba, contestaron que nada pero que preferían escuchar música y bailar. Quitín alucinó: «Yo que traía esto para ver cómo se movía Malene, cuando con la música se puede bailar con ella y tocar sus caderas, ¡qué tonto soy!», pensó. Malene dejó a sus amigas bailando y se puso a mirar cómo jugaban con la máquina recreativa. Quitín la llamó y, como ella no hacía caso, se acercó y la cogió por el brazo. Quería que bailaran juntos pero Malene se resistía, no podía dejar de mirar la jugada y le dijo:

—Espera un momento, cuando acabe la partida.

Él fue paciente y esperó. Cuando ya se acabó, se acercó al aparato de música y se apoyó en él mirando cómo sus amigos se movían al son de la música. ¿Malene no sabía bailar? Quitín quería a toda costa que ella hiciera lo mismo que sus amigas, lo intentó y no lo hacía mal. Él se sentía como el acompañante más perfecto. Disfrutando y cansado se sentó en una banqueta. Quitín empezaba a aburrirse de su amiga amada, la miraba y no comprendía cómo tenía una amiga tan rara. Malene se mosqueó y salió corriendo hacia la puerta, vio que su amigo no la seguía y al volverse vio cómo miraba a las otras que no paraban. Entonces le dijo:

—Quitín, ¿por qué no bailas tu solo para que yo te vea?

Quitín enrojeció y contestó:

—Yo no sé, dejadme tranquilo.

Se sentó a su lado y le preguntó:

—Estás disgustado porque yo no lo hago igual que ellas, ¿verdad?

Él contestó:

—Tú lo haces mejor que ellas y a mí me gustas más.

Malene replicó:

—Entonces cállate, mira y escucha.

Se quedó helado ya que no esperaba esta respuesta. Se sentía mal y le cogió la mano a su amigo, apretándosela con fuerza, vio que algo los unía. Pero Malene no comprendía, se sentía diferente y con ganas de llorar. Llegaban los más ricos del pueblo, se podían distinguir por las marcas de los pantalones. Todos llevaban la misma marca de cintura para abajo. Mina y Pili estaban coladitas por Enrique y José Mari, los hijos del médico y del alcalde del pueblo. Cuchicheaban entre ellas, Malene les preguntó de qué estaban hablando y en voz bajita le decían:

—Mira a esos chicos, ¡qué guapos son!, ¿te gustan?

—¡No! —contestó Malene—. No sé lo que queréis que me guste. No dejan de ser unos chicos normales y corrientes, y además llevan los mismos pantalones, ¿no os dais cuenta?

—Sí, pero son de marca —contestaron las dos a la vez.

Malene llamó a uno de los chicos por su nombre:

—José Mari, ¿tu hermana Angustias ha regresado del pueblo dónde estaba?

—¡Sí! , pero dentro de dos días se vuelve a ir.

Mina y Pili se acercaron a Malene y le preguntaron:

—¿De qué los conoces?

—¿Yo?, de nada, conozco a su hermana, que da clases cuando está enferma mi profesora, y él ha venido alguna vez a buscarla. Pero esto pasó el curso pasado, ha crecido y tiene pelos en la cara.

El año pasado parecía diferente. Quitín miraba muy entusiasmado las canciones que tenía la máquina. Malene estaba distraída con sus amigas hablando. Quitín se alegró de que algunos días no fuera a acompañarla ya que tenía celos de Enrique y José Mari. Siempre hablaba más con ellos que con él.

Cuando sus amigas se acercaban al salón, solía esperar dos minutos en la puerta y cuando veía que ya habían puesto música entraba tranquila. Quitín prefería quedarse sentado en la plaza. Malene llegaba y le contaba cosas. Él ya le dijo que Pili y Mina eran muy interesadas, que últimamente solo querían estar allí y él se aburría. Malene siempre estaba mirando a estos chicos. Uno de ellos salió, la vio sentada en la plaza y fue a buscarla. Ella se sentía bien allí, prefería que él se sentara con ellos. Quitín se incomodó y le dijo:

—¿No estabas en el salón?, pues vete con aquellas dos mocosas que no paran de mirar lo que hacéis.

José Mari se acercó a Malene y muy bajito le preguntó:

—¿Qué es lo que le pasa a este chico?

Ella le contestó que Quitín no sabía bailar. José Mari se dio cuenta de que no le caía bien al amigo de Malene y se despidió. Quitín, inquieto, le preguntó:

—¿Qué te ha dicho al oído?

—Nada —contestó.

Quitín no la creyó y se levantó para irse. Ella cogió a su amigo por el brazo y le dijo que lo acompañaba, pero él insistió para que le contara lo que le había dicho al oído el señorito creído. Malene le contestó:

—Pues me ha dicho que eres muy raro.

—¿¡Y a él qué le importa cómo soy yo!?

—Nada, nada, no te pongas así —replicó Malene. Una nube de mal ambiente se había creado en este grupo.

—Yo no lo aguanto —se quejaba Quitín—. ¡Con lo bien que estoy contigo! Parece que todo haya cambiado.

—No puedo hacer nada —se decía Malene.

—Claro, tú mañana te irás a la casa de costura y no podremos ir al río.

—Mira, yo puedo ir adonde quiera, iremos al río, ¿vale?

Quitín se puso muy contento, le dio un beso en la mejilla y se despidió hasta la mañana siguiente. Ella se quedó parada pensando en lo que podía hacer y decidió ir a casa de Mari. Cuando llegó, Mari no estaba, se puso a hablar con su hermana y le enseñó unos juegos. Recordando Malene que quedaban dos días para que empezaran las clases y que tendrían la misma profesora, Malene le preguntó si quería ir con ellos al río al día siguiente. La niña miró a su madre esperando una respuesta, esta asintió con la cabeza mientras las dos se reían.