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Un coche destrozado bajo la nieve. Un bebé que llora abandonado. Llamas que devoran a una pareja enamorada. Una mujer desplomada en una playa blanquecina. Un hospital que recibe una vida que vuelve. El mismo hospital que sentencia otra vida injustamente. Una mujer encerrada en la oscuridad. El invierno de 2007 dejó en Danford un amasijo de vidas pendientes de varios hilos mortuorios. La nieve sepultó aquella pequeña ciudad en un halo de horror y desesperación, haciéndola invisible para el resto del mundo. Pero diez años después, los habitantes de Danford se han cansado de ser avasallados por los vaivenes de su maldita ciudad y están dispuestos a hacer lo que sea para encontrar la paz que ansían. Nada les va a parar. Nadie les va a frenar. Quieren su «felices para siempre». A cualquier precio. Comienza la batalla final.
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Seitenzahl: 747
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Alexander John Cox
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1068-806-3
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Para mí, porque nadie estará tan orgulloso de este final como yo mismo…
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Mírame una vez más,
como si fuera la primera vez.
Demuéstrame de nuevo
que nada ha cambiado;
que aún crees en mí
como yo creo en ti.
2008
No puedes engañar al destino;
no puedes jugar con la suerte.
La partida te demostrará
que el ganador nunca será
quien consiga la felicidad.
2012
¿Durante cuánto tiempo
vas a seguir martirizándome?
¿Hasta cuándo pretendes
hacerme sentir culpable?
Quizá me canse antes que tú.
2014
Esa luz a lo lejos
es la respuesta
a todo lo que he sufrido.
Esa luz es mi salida,
esa luz eres tú.
Siempre fuiste tú.
2016
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Hoy comienzo una nueva vida. Solo, triste, hundido, sin ganas de luchar, pero hay que sacar las fuerzas de donde no las hay. Hay que luchar por llegar a ese mañana que todos ansiamos, que todos deseamos y hemos buscado más de una vez. Con los ojos llenos de lágrimas, pero mirando hacia delante, siempre hacia delante. No importa el dolor, la tristeza o la amargura, sólo importa el futuro; ese paso pequeñito que hay que dar para que la vida tome un nuevo rumbo y se aleje de la bahía en la que estaba reposando... tan feliz, tan fugaz, tan etéreo, tan... mentira. Porque algo bonito dura para siempre y no produce ese dolor en el pecho que parece que te absorbe el alma a cada minuto que se va desmoronando. Algo que merece la pena no te llena de lágrimas, ni te hace sentir vacío cuando se acaba. Si te sientes así, es que no era real. Aunque lo afirmes, aunque lo creas, aunque te duela..., sabes que es una farsa; una farsa en la que dos monigotes están haciendo un teatro que ni ellos mismos se creen. Se ríen, se aman, se desean, se desviven…, pero saben que llega el momento de bajar el telón y todo acaba ahí, tras el telón. Tendrán que repetirlo una y otra vez, cada día, con la misma ilusión, con el mismo empeño..., pero llega un momento en el que no sólo los que les ven se han cansado de esa pantomima; también ellos se han aburrido de interpretar, aparentar, hacer creer que todo va bien... cuando saben que no es así. Es entonces cuando el teatro cierra sus puertas y hay que preparar una nueva tragicomedia para divertir al público... y a uno mismo. Hay que montar nuevas escenas, nuevos personajes, nuevos diálogos..., aunque sea con los ojos inundados en lágrimas. Hay que hacerlo.
LA VERDAD
PRIMER DESTELLO
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Martes 12/12/17 Donna Pratt
Te odio. Con todas mis fuerzas. Me repugnas. Me provocas un asco indescriptible. Te odio con toda la fuerza de mis entrañas. Nunca entenderé cómo es posible que provoques todos estos sentimientos en mí. Eres una alimaña traicionera, envuelta entre algodones de color y fuegos artificiales. Cada rincón de ti está podrido, aunque sabes cómo ocultarlo. Después de tantos años, me conoces a la perfección; nos conoces a todos y has aprendido a engañarnos. Te has instruido como un aplicado estudiante, anotando todos los detalles, escudriñando cada acción, volviéndola a tu favor, para conseguir que crea en ti. Para tratar de convencerme de que todo lo haces por mi bien; que todo tiene una razón lógica de ser, y que sólo tú tienes la verdad absoluta.
Mirarte me cuesta más cada día. Enfrentarme a ti cada día me pesa cada vez más. Salir de mi refugio y observar tu falsedad es aberrante. Y ver como todos los demás se han dejado convencer por tu perfecta actuación me aborrece aún más. No creo en ti. Dejé de creer en ti hace tanto que ya ni lo recuerdo. Sabes que no he sido la única, de eso eres consciente. Y te has encargado de tratar de vengarte por ello. Una y otra vez. Una y mil veces más. Te noto sonreír cuando sabes que has llevado a cabo tu venganza con alguno de nosotros, y me provoca una repulsión que jamás serías capaz de entender. Cómo nos miras; cómo me miras. Cómo me observas, acechante, esperando el momento de llevar a cabo tu venganza conmigo. Por haberme ido. Por haber escapado de ti. Por haberte descubierto antes de que fuera tarde.
Me hace gracia. Tú me haces gracia. Aquí estoy de nuevo. Aquí sigo, porque me hiciste volver con tus artimañas. Conseguiste atraparme de nuevo en tus garras y me hace gracia. ¿Y sabes por qué? Porque incluso entre tus zarpas, sabes que no soy tuya. Y nunca más lo seré. Y por eso te digo a voz en grito:
«Querida ciudad de Danford, te odio y voy a ver cómo te pudres poco a poco».
Mientras sonrío.
I
Había dejado de llover. Tras una intensa noche de truenos y relámpagos incesantes, ese cielo gris que parecía enfadado con la pequeña ciudad de Danford había decidido regalarles una pequeña tregua a primeras horas de la mañana. Unos tímidos rayos de sol empujaban como niños pequeños ante una mañana de Navidad frente al árbol lleno de regalos, tratando de abrirse paso entre aquellas negruzcas bolas de algodón, ya vacías de lluvia.
Miraba por la ventana con una taza entre sus manos, sintiendo el calor que desprendía aquella cerámica y oliendo dulcemente el aroma a café recién hecho. La calle aparecía ante sus ojos, embarrada, sucia, vacía, como muerta. Nadie caminaba por ella, nadie pisoteaba ese barro que comenzaba a secarse al contacto con aquellos vergonzosos rayos de sol. Suspiró antes de beber un poco de aquel delicioso café. ¿Qué hacía de nuevo en Danford?
Aquella pregunta se repetía en la cabeza de Donna desde hacía tantos años, que se había vuelto una cantinela tan reconocida como ignorada. Aparecía de vez en cuando, saludaba a su cerebro, le hacía pensar una y otra vez en el porqué; y cuando conseguía descentrar su mente, aquella pregunta dejaba de tener sentido hasta desaparecer. Hasta la próxima vez. Hasta que la mujer dejaba de analizar las razones por las que había vuelto a Danford, habiendo jurado una y mil veces no volver nunca más.
Cada mañana se levantaba temprano. Trabajaba en casa la mayoría del tiempo, pero eso no era excusa para remolonear tontamente entre las sábanas. Tras una refrescante ducha para despertarse, su café recién hecho en el silencio absoluto de aquella casa. Su momento íntimo con ella misma y esos granos tostados hechos líquido. Su cabeza ligando neuronas entre sí, reactivándose poco a poco, recolocándose en el lugar necesario para afrontar un nuevo día. Luego, encender el ordenador, esperar a que también se active tras una noche de descanso y comenzar su rutina diaria de trabajo. Eric la esperaba tras la pantalla del ordenador como cada mañana, listo para anotar los encargos diarios desde New Liechstein. Se organizaban bastante bien tras lo ocurrido, Donna lo tenía claro. Eric no era Kelly, pero parte de la esencia de su mejor amiga respiraba en Eric en cada palabra, en cada gesto, en cada idea.
Tras la jornada de trabajo, Donna preparaba el almuerzo, reposaba un corto espacio de tiempo, lo justo para no adormilarse acurrucada en el sofá y volvía a sumergirse entre bocetos y telas. Siempre y cuando no tuviera ningún plan alternativo que la sacara de aquella rutina, que la llenaba y la hundía a partes iguales. Trataba de recordar una y otra vez el momento en que todo su mundo giró para volver a colocarse como estaba hacía veinte años. Atrapada de nuevo en aquella ciudad, enredada en sus calles, enmarañada en sus días y noches. Otra vez en Danford. ¿Por qué? ¿Qué sucedió tan importante como para reorganizar una vida tan asentada como la suya? ¿Qué motivos existían para vivir de nuevo en aquella asquerosa ciudad?
—Buenos días. —Escuchó a su espalda.
Esa voz. Ese sonido viajando por sus oídos hasta su pecho. Esa silueta que se dibujaba en el reflejo del cristal de la ventana. Ese era el por qué. Donna recordó el motivo más importante por el cual volvió a Danford para quedarse. Para estar con él. Para pasar más tiempo junto a él.
II
La casa estaba en silencio. Las luces apagadas, la chimenea encendida. La luz de las llamas que bailaban con su dulce chisporroteo alumbraba suavemente el salón. Silencio. Desde hacía tanto tiempo, aquel silencio. Que lo envolvía todo, que lo devoraba todo. Alimentándose de cada esquina, de cada lágrima…, de cada grieta que resquebrajaba el corazón. Las cortinas del salón llevaban tanto tiempo ocultando el interior de aquella casa, que el sol había lamido el color de aquellos enormes telares dejando formas inconexas en los pliegues. Cada mañana, un nuevo periódico rebotaba contra los escalones empedrados, cayendo sobre el periódico del día anterior, humedecido por las frías noches de invierno. Acumulándose poco a poco, día a día, sin que a nadie en aquella casa pareciera importarle lo más mínimo la resolución de la vida del exterior.
Daniel se miró al espejo, como cada mañana. Estaba llorando, como cada mañana. Su rostro parecía el de un anciano y aún no había llegado a cumplir los cuarenta; faltaban unos tres años, mes arriba, mes abajo. Pero los surcos de su rostro no mostraban esa segunda juventud que se suponía comenzaban a vivir los que cruzaban la frontera del cuatro. Los ojos apagados, sin vida, reposaban sobre unas camas flácidas y oscurecidas. La frente arrugada, los pómulos descolgados. La sonrisa…, ¿qué era eso? Creía recordarlo de antaño, mucho tiempo atrás. Tan lejano que aparecía borroso en su memoria, casi invisible. Se frotó los ojos con los dedos, arrastrando algunas lágrimas juguetonas, y se humedeció los labios. Se enjuagó la cara con el agua tibia que salía con fuerza y trató de borrar aquellos signos de vejez prematura. Trataba insistentemente de hacer desaparecer todo aquel dolor que le corroía por dentro. Ese dolor que le destrozaba las entrañas a cada respiración, a cada suspiro, a cada sollozo. Intentaba absurdamente eliminar de sus pensamientos aquella imagen. Aquella bolsa negra de plástico. Aquel rostro azulado sin aliento. Aquel instante en que su vida se paró. Aquel momento en que su corazón dejó de latir para siempre.
Rose estaba muerta. Alguien la había matado. A sangre fría. Como quien degüella a una gallina para hacer caldo. Igual que alguien arranca una verdura de la tierra para alimentar a sus pequeños, alguien le había arrebatado a Rose. Hacía casi una década que Leonard Holdfried había pasado junto a un almacén del que salía un olor excesivamente fuerte. Hacía casi diez años que Leonard había avisado a la Policía sobre un almacén cerrado a cal y canto que desprendía un hedor insoportable. Un almacén abandonado, propiedad de Westley Benson, anciano residente del hospital St. Clarence desde finales de los noventa, que escondía una sorpresa inesperada y putrefacta. Alguien había secuestrado a la señora Watts, había conseguido abrir aquel viejo almacén mugriento y la había dejado encerrada desangrándose como un cerdo en una matanza. Abandonándola a su suerte, a sabiendas de que no existía nada más que una suerte en todo aquello. La muerte lenta. La agonía eterna ante un final que no puedes evitar. El horror ante el conocimiento de que vas a morir sola. Sin que nadie pueda ayudarte. Esa había sido la suerte de Rose Watts. Mientras su pequeño lloraba en su capazo. Mientras su marido descubría que su mejor amigo había salido del coma. Mientras su primo decidía si salvar a su mujer o a su futuro bebé. Mientras su hermano descubría aquel incendio en el salón de su casa. Mientras el mundo seguía adelante. Rose nunca tuvo opción. Mike Tucker no le dio esa oportunidad.
La señal de alarma ante aquella desaparición saltó cuando Olivia Reynolds avisó a la Policía local, porque el pequeño Edward no dejaba de llorar en el interior de casa de los Watts. Olivia, vecina de Rose y Daniel, había escuchado al pequeño durante casi toda aquella mañana llorando sin descanso. Preocupada por la insistencia de aquel llanto, se había abrigado considerablemente y había ido al porche de los Watts para pegar en su puerta. Con cada golpe de nudillos en el portón de madera, los llantos de Edward se intensificaban y la preocupación de Olivia crecía. Tras no recibir respuesta, la idea de avisar a la Policía resultó ser la mejor de las ideas en la historia de las buenas ideas. Daniel Watts, en el hospital junto a su mejor amigo Eddie, no fue conocedor de la odisea de su vecina Olivia hasta bien entrada la tarde. Justo cuando comenzaron las labores de búsqueda. Daniel encabezó aquella búsqueda. Bajo la nieve, soportando aquel devastador frío que azotaba Danford, no cesó nunca en la búsqueda de su mujer. Nunca dejó de buscarla. Hasta que Leonard Holdfried avisó a las autoridades de aquel almacén maloliente.
Daniel salió lentamente del baño, arrastrando los pies, dejándose llevar por la inercia del movimiento de sus cansadas piernas, y bajó las escaleras hasta el salón de aquella casa vacía. Paró al final de aquellas viejas escaleras y apoyó la mano en la borla de madera que revestía el final del pasamanos. Su cuerpo comenzó a convulsionar. Muy lentamente, de forma casi imperceptible al principio, pero creciendo a gran velocidad en su interior. Su garganta comenzó a emitir unos sonidos extraños, difusos, inconclusos. Sus ojos se escarcharon hasta ahogar aquellas pupilas tristes. La mano apretó la borla de madera casi hasta hacerla crujir, y Daniel perdió el control sobre sí mismo. Sus piernas se arquearon de una forma extraña y cayó de rodillas a los pies de aquella deslustrada escalera. Aquellos sonidos guturales comenzaron a convertirse en un llanto descontrolado. Aquellas convulsiones empezaron a acompasar aquellas lágrimas que habían perdido el miedo por lanzarse al vacío desde aquellas cuencas sin vida. Las manos de Daniel agarraban desesperadamente la moqueta de color marrón, tratando inútilmente de despegarla de aquel suelo. Acercarla hacia sí para sentir las pisadas de Rose, el olor de su cuerpo, el aliento de todo lo que algún día fue. Comenzó a gritar con una desesperación incontrolable. La señora Gibbons, que paseaba a su perro en aquel momento frente a la casa de los Watts (o al menos la antigua casa del matrimonio Watts) dio un pequeño salto que asustó al pequeño caniche tras escuchar el primer grito de Daniel. Helena Gibbons giró la cabeza hacia aquella casa que parecía abandonada, cerrada a cal y canto, y una lágrima cayó de su rostro.
—Pobre Daniel —murmuró para sí mientras continuaba el paseo mañanero con su pequeño caniche.
III
Eddie caminó lentamente hacia la ventana empañada. La casa permanecía caldeada desde bien temprano, gracias al temporizador de la calefacción central. Martha, su madre, había renovado gran parte de la casa familiar para acomodarla a las necesidades de su hijo. Y se había endeudado hasta el cuello. Más aún, si era posible. La entrada a la casa se había dividido quirúrgicamente en dos partes: escalera y rampa de acceso. Eddie recordaba vagamente haberla usado bastante durante los primeros años para salir al jardín con la silla de ruedas para tomar el sol. Desde hacía unos tres años, mes arriba, mes abajo, la rampa había perdido su utilidad. Eddie había comenzado a caminar por sí solo y uno de los ejercicios más necesarios en su rehabilitación era el movimiento de las rodillas; o sea, subir y bajar escalones. Aunque lo lograba a duras penas, la escalinata hasta la planta superior todavía era un hándicap complicado para él, así que su habitación seguía en la antigua salita de la planta inferior, como sus hermanos lo dispusieron años atrás. Tardaba mucho, más de lo que él hubiera deseado. Pero sabía en su interior, que debía estar agradecido por la nueva oportunidad ante la vida. No tenía prisa; poco a poco. De pequeños pasos torpes agarrado a las paredes, a día de hoy era capaz de caminar lo suficientemente erguido y equilibrado. Sonrió vagamente mirando a la ventana que se acercaba cada vez más y pensó en su madre. Le resultaba casi imposible pensar en Martha y no dejar caer unas lágrimas de culpabilidad. Desde que sus ojos se abrieron de nuevo a la vida terrenal, el rostro de su madre le acompañaba a cada paso que daba, a cada respiración que exhalaba. En la cama de aquel frío hospital, lo primero que sus pupilas fueron capaces de distinguir fue la mirada de su madre. Tan ajada, tan marcada por el dolor. Y tan feliz a pesar de todo.
Sus pasos, lentos aún, le recordaban a cada momento el resultado de aquella barbarie adolescente. Habían pasado casi veinte años desde que decidió sentarse en su cama con una botella de agua y aquellas malditas píldoras rojas. Eddie recordaba aquella noche como si hubiera sucedido la noche anterior. Su memoria, llena de lagunas oscuras y tenebrosas, no le había hecho olvidar el momento clave en que consiguió darle la vuelta a su vida y destrozar a su familia. Pocos recuerdos anteriores habían sobrevivido a aquel ataque hacia sí mismo, pero aquella imagen tragando pastillas una tras otra había decidido quedarse grabada a fuego.
Cerró los ojos y delineó la silueta de sus hermanos Patty y Kevin. Tal y como los recordaba; tan pequeños, tan inocentes. Sus formas se transformaron poco a poco, creciendo, dibujándose de nuevo en su mente. Antaño tan indefensos ante la vida, ya no lo parecían en absoluto. Habían crecido a golpe de desgracias, tragando cada día la amargura y la angustia de una familia descompuesta. Respirando la asfixiante atmósfera del dolor y la desdicha. Tantos días esperando. Tantos meses soñando con el día en que su hermano volviera de aquel limbo en el que flotaba castigado por el destino. O por él mismo, para ser más exacto. Un halo buscado absurdamente. Por la estúpida idea de creer que no existe salida. Por la ilógica creencia de que la muerte es la solución. Y allí habían permanecido ellos, junto a su madre, desgastada por la vida, vapuleada por los acontecimientos. Masacrada por una vida injusta. Los tres. Esperando. Día tras día. Soñando con que su hermano mayor, el que debería haberlos salvado a todos, consiguiera salvarse a sí mismo.
Se había sentido tan culpable… De hecho, a día de hoy todavía se sentía el responsable de todo aquel desastre. Y realmente lo era. Era el causante de todo aquel mal, pero había aprendido a perdonarse a sí mismo. Hacía tiempo que había conseguido no respirar esa angustia, no fustigarse con aquel error a cada momento. Todavía latía en su interior, pero había aprendido la forma de sanar esa herida, para que no sangrara a cada latido. Para no desgarrarse a cada parpadeo. Había conseguido dominar ese sentimiento de traición, esa sensación de vergüenza.
IV
Abrió los ojos lentamente, sintiendo cómo los tímidos rayos de sol se abrían paso por sus pupilas, en un viaje directo a su cerebro. Para informar a sus neuronas de que ya era hora de levantarse. Se llevó una de las manos a la boca, escondiendo un silencioso bostezo, antesala del inminente despertar. Uno de sus pies, el derecho más concretamente, se deslizó suavemente bajo las sábanas en busca de algo. Rozó con dulzura aquello que buscaba. Piel. La piel suave del amor de su vida. Giró la cabeza y observó a Adam, que todavía descansaba en los brazos de Morfeo. Esbozó una mínima sonrisa, lo suficientemente convincente a ojos de cualquiera; aquel hombre era su todo. Hacía apenas unas horas que acababan de hacer el amor, y sus labios aún sabían a él. Su cuerpo aún olía a él. Jason sonrió, esta vez ampliamente, y se frotó los ojos antes de sentarse en el borde de la cama.
Hacía calor. Demasiado. Era pleno diciembre. Y, sin embargo, sentía el calor por todo su cuerpo. Inundaba la habitación. Un sonido desconocido cruzaba bajo la puerta del dormitorio. Como un rascar ansioso; parecido a papeles arrugándose. Jason no sabía cómo describirlo; era un sonido que nunca antes había escuchado. Se levantó de la cama, abrió el cajón de la mesilla y extrajo unos slips de color negro. Se acercó de puntillas a la silla (para evitar hacer ruido) y se puso una camiseta de superhéroes de manga larga. Caminó hacia la puerta que le separaba de aquella extraña cacofonía y su mano acarició el pomo de esta. Estaba más caliente de lo habitual. Y más con aquel frío de diciembre que parecía querer arrasar con todo lo que encontrara a su paso. Giró aquel pomo dorado y asió la puerta hacia sí. En un abrir y cerrar de ojos, una luz cegadora abrasó sus pupilas, obligándole a cerrar los ojos. Los colores anaranjados que bailaban en el salón del apartamento, como si de una película de terror se tratara, cesaron su movimiento y pareciera como si giraran unos rostros invisibles hacia una nueva víctima que no estaba bailando con ellos. Con toda rapidez, se abalanzaron hacia Jason Mayfield en una carrera por alcanzarlo el primero y conseguir la medalla dorada. Jason abrió los ojos como pudo, sintiendo todos aquellos colores rodeándole, aullando en sus oídos, calentándole en aquella mañana de diciembre. Los superhéroes en su camiseta desgastada comenzaron a derretirse, mostrando en sus rostros horribles muecas desfiguradas. El olor a tela quemada comenzó a mezclarse inmediatamente con el olor a piel tostada. Abrasada. Los brazos de Jason eran dos bolas de fuego que el joven no era capaz de dominar. Las llamas comenzaron a devorar ese cuerpo sin tregua. Algo no quemado que había aparecido de repente. Un regalo para aquellas luces de colores que destrozaban todo a su paso. Cuando la sorpresa, el dolor y el miedo le permitieron ser consciente de todo aquello, su garganta pudo emitir un alarido de horror que debió despertar a Adam de su ensoñación, como si le hubieran lanzado un jarro de agua fría. Pero no lo hizo. Aquel grito de Jason era mudo. Vacío.
—¡Adam! ¡Socorro! ¡Ayúdame!
—¡Jason! —escuchó entre el crepitar de las llamas y sus propios gritos.
—¡Adam! ¡Ayúdame, por favor!
Jason sentía su piel quemada, un olor a podrido le embargaba. Notaba cómo la piel se le despegaba a jirones del músculo. Le ardía el cuerpo, la ropa se mezclaba con su carne abrasada. El dolor era indescriptible. Giró sus párpados ardientes como pudo hacia la cama. Buscando desesperadamente la ayuda de su amor. Adam no contestaba, tendido en la cama. No respiraba. No podía ser. Le acababa de escuchar.
Una serpiente anaranjada se deslizó sinuosamente junto a los dedos de los pies carbonizados de Jason. A toda velocidad, dibujando en el suelo un serpenteante camino hacia la cama de los jóvenes. Aquella llama juguetona saltó hacia la cama y envolvió a Adam en un abrir y cerrar de ojos. Jason vio cómo el amor de su vida comenzaba a arder sin inmutarse. Sin sentir dolor alguno. Quizás ya estaba muerto. Quizás el humo lo había matado hacía horas. Las lágrimas de Jason se evaporaban ante la cortina de fuego que le envolvía. En un grito desgarrador, cayó al suelo, perdiendo la batalla ante aquellos colores fulgurantes y asesinos.
—¡Adam!
—¡Jason, despierta!
Jason abrió los ojos aterrado. Adam le sujetaba las manos, mientras el sudor recorría su rostro. Las lágrimas brotaban de los ojos del joven, mientras reconocía poco a poco la situación. Tumbado en la cama, tomó conciencia de la repetición. Otra vez la misma pesadilla. Una noche más. Otra noche más. Como tantas. Como la costumbre terrorífica que se había instalado en su cerebro. Su corazón comenzó a disminuir la velocidad, normalizando el ritmo poco a poco.
—Tenemos que hacer algo con estas pesadillas… No puedes seguir así.
(y yo ya estoy cansado de aparentar que me importa)
V
No estaba cansada. Estaba harta. Cada mañana trataba de afrontar el día con la mejor de las sonrisas, pero el noventa y nueve por ciento de las veces le resultaba prácticamente imposible. Su cabeza intentaba, sin conseguirlo, decirle a su corazón que todo estaba bien. Que nada había cambiado en ella. Que su estancia en aquella ciudad tenía un porqué. Que existía una razón, organizada por alguien, daba igual quien fuera. Pero que ella y Eric hubieran acabado establecidos en Danford era por algún motivo. Aunque a día de hoy siguiera sin dar con él. Su cabeza solía analizar todo lo ocurrido desde que decidieron acompañar a Donna aquel amanecer de hacía diez años. Como buena amiga, se había ofrecido a acompañar a Donna en aquella rocambolesca aventura; incluso le había prestado a su querido novio para que la protegiera. Y todo eso le había hecho sentirse una gran amiga. Aunque después todo se descontrolara.
Cuando recogieron a una mujer con su bebé. Cuando Mike golpeó la ventana de su coche. Cuando Eric le pidió matrimonio en medio de aquel caos. Cuando Mike la embistió con su coche lanzándola a aquella arena cubierta de fría nieve. Ahí tuvo dudas acerca de si había hecho lo correcto. Si había sobrepasado los límites de la amistad y se había visto inmersa en una guerra que ni a ella, ni a Eric les concernía. Pero ya era tarde. Estaban enganchados a Danford y aquella miserable ciudad no los iba a soltar tan fácilmente. Una década después, allí seguían. Encerrados. Atrapados.
Kelly cerró los ojos y su mente le ofreció, sin saber por qué, una colección de diapositivas de su adolescencia en New Liechstein. La calle en la que creció, adornada por aquella fila de árboles perfectamente simétricos. Los adoquines correctamente ordenados. Las vallas de las casas pulcramente pintadas. Un triciclo. Su triciclo. Sus padres. Navidades. Todo. Toda su niñez mostrada en diminutos fragmentos en los que Kelly era capaz de percibir olores, sabores. Se sentía transportada como en un sueño a todo aquel pasado. Rhonda. Su mejor amiga. Asesinada. Por un psicópata con nombre y apellidos. Mike. Su exnovio. Su peor error. Y por cuestiones del cruel destino, tras huir de él, había acabado viviendo en la misma ciudad que aquel bastardo. Se había cruzado con él en varias ocasiones. Al fin y al cabo, Danford no era precisamente una gran urbe. Haciendo la media del tiempo que llevaban viviendo Eric y ella en aquella ciudad, posiblemente habría visto a Mike unas tres o cuatro veces al año. Que a vista de águila, resultaban pocas ocasiones. Pero para Kelly, cada uno de esos encuentros poseía en su interior tanto miedo, ira y desprecio, que la mujer tardaba semanas en volver a la normalidad.
Era su mirada. Esos ojos sucios. Esas manos que la sujetaron aquella noche bajo la tormenta. Ese terror que la invadió al observar aquellas manos de nuevo contra el cristal. Era Mike, su esencia. Su ser al completo. Aquel hombre era la maldad hecha carne. El mal personificado. Y cada vez que sus ojos le divisaban, aunque fuera en la lejanía de la calle de enfrente, su cuerpo se estremecía lleno de pánico. El corazón comenzaba a bramar con fuerza. La necesidad de gritarle hasta desgarrarse la envolvía. La locura de correr hacia él y golpearlo hasta perder el aliento martilleaba sin cesar sus pensamientos. Pero el miedo era inmenso en comparación a aquellos deseos.
Habían pasado muchos años desde aquel accidente. Desde aquel ataque. Nunca se pudo demostrar nada acerca de ello. Mike Tucker fue detenido tras dar positivo en la tasa de alcoholemia permitida. Pasó unos cuantos días en el calabozo, pagó su pertinente multa y todo quedó en un desafortunado incidente causado por un conductor ebrio. Nada más. Así era la ley. Así se solucionó aquella tentativa de asesinato. Como un jodido accidente sin intención.
Cuando Kelly recobró la consciencia en el hospital, su primera palabra fue «Mike». Eric y Donna la observaban de pie a cada lado de la cama. Repitió aquel nombre varias veces. Trataba inútilmente de pronunciar palabras diferentes. «Estoy bien, me alegro de veros… te quiero, Eric». Pero sus cuerdas vocales solo pronunciaban una y otra vez aquel nombre. Parecía un disco de vinilo sobre el que la aguja salta una y otra vez hacia delante y luego hacia atrás, escuchando siempre la misma nota. El mismo soniquete. Su mente gritaba aquel nombre. Quería dejar constancia de que vio el rostro de Mike riéndose en aquel coche antes de embestirla. Al menos ese era el recuerdo más claro que su cerebro le mostraba. Aunque no fuera cierto. Solo vio dos focos, nada más. Pero aquellas luces eran los ojos ensangrentados de Mike en el recuerdo de Kelly.
Fue la Policía la que descubrió a Mike inconsciente dentro de su coche. Fue el agente Fewer el que dio parte acerca de aquel accidente. La agente Seward reconoció a Tucker, confirmando sus sospechas al comprobar el permiso de conducir del hombre. Ya había tenido algún encuentro con él hacía relativamente poco. Por resistencia a la autoridad. Y por atacarla verbalmente por ser una mujer con un puesto de trabajo «exclusivo» para machos heterosexuales. Palabras suyas; aderezadas por el alcohol, pero al fin y al cabo, palabras salidas de boca de Mike.
Nada pasó. Nada se solucionó. Todo siguió como si nada. Y ahí seguía ella. Con una casita alquilada. Con su negocio online de ropa a medias con una Donna ausente. Casada con Eric al fin. Pero en Danford. En aquella despreciable ciudad. Con aquel ser despreciable dando vueltas impunemente por sus parques, sus bares, sus tiendas… Libre y feliz. Sin cargo alguno a sus espaldas. Inmune a sus fechorías. Emancipado de todos sus actos pasados. Desde Rhonda hasta ella misma. Pasando por Sarah y lo que nunca se llegó a saber durante aquellos veinte años. Kelly no podía soportarlo más.
—Amor —escuchó tras la puerta del baño—, ¿todo bien?
Kelly suspiró abatida y trató de contestar con la mejor de sus tonalidades vocales. Tomó una bocanada extremadamente amplia y exhaló aquellas palabras.
—¡Sí, mi vida! Enseguida salgo.
—¡Te quiero! —contestó Eric al otro lado.
—¡Me too! —dijo Kelly mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.
VI
Nada era como antaño. Hacía demasiado tiempo que Patty había dejado de ser una adolescente para convertirse en una joven totalmente diferente a lo que fue. La vuelta de su hermano Eddie, así como la intervención de Henry y Daniel en aquel sucio motel, había hecho despertar a la chica de aquella pesadilla en la que estuvo inmersa durante demasiado tiempo. Desde aquel día en que Eddie abrió de nuevo los ojos al mundo, la vida de Patty había cambiado por completo. Martha, su madre, había comenzado con todo aquel proceso de reacomodación de la casa familiar, para adaptarla a la nueva situación de su hermano mayor. Ella, al igual que Kevin, se había afanado con su madre en adaptar cada estancia de la casa para que Eddie se sintiera a gusto y, sobre todo, lo más independiente posible.
Martha acomodó el salón. Tenían la silla de ruedas que Eddie usaría, así que la mujer podía dirigirla por la casa, tomando las medidas que hacían falta para que su hijo pudiera moverse con facilidad. Por la planta de abajo. Las escaleras eran otra barrera. Preparar la entrada de la casa, así como la salida al jardín, le había costado a Martha más dinero del que ella esperaba. Las rampas eran algo necesario y se endeudó por conseguirlas. Así que la silla eléctrica que Martha hubiera deseado poner para que llevara a su hijo a la planta superior se le salía de presupuesto. Además, las escaleras no eran excesivamente anchas, por lo que también hubiera hecho falta reestructurar la escalera al completo. Y eso a Martha le resultó un plan imposible de conseguir. Daniel ayudó económicamente a la familia de su mejor amigo; gracias a ello, todas las puertas de paso de la planta baja se pudieron ensanchar para que la silla de ruedas pasara con holgura.
Con la planta superior inaccesible, Patty y Kevin se encargaron de convertir la pequeña sala que había junto a la cocina en la nueva habitación de su hermano mayor. Aquella estancia casi ni la usaban. De hecho, era una sala en la que su padre solía sentarse a beber y poco más. Por lo que, aunque sonara frívolo, la nueva situación de Eddie se había convertido en una estupenda razón para hacer desaparecer aquel lugar, y con él, el último vestigio que quedaba del señor Spencer en aquella casa.
Adecentaron el garaje, tratando de aprovechar al máximo cada rincón. Tenían que guardar algunas cosas, ya que algún que otro mueble de la salita era de la madre de Martha. Una pequeña mesita auxiliar donde dormía una lámpara sin usar desde hacía años. Dos cuadros con unos marcos labrados en color madera y una mecedora, bastante deteriorada por el paso del tiempo. Pero aquellos objetos eran de la abuela, y Martha quería conservarlos. Patty y Kevin colocaron todos aquellos recuerdos en diferentes lugares del garaje para que no molestaran a la hora de aparcar el coche. El resto fue directo a la cuba de basura. Patty observaba a su madre, mientras ellos daban un viaje tras otro con todos aquellos trozos de una vida pasada. Sentía como su madre iba respirando cada vez con más tranquilidad. Como si con cada objeto que abandonaba la casa, los pulmones de su madre se ensancharan poco a poco. Deberían haberlo hecho antes. Pero la situación de Eddie los absorbió por completo. Y nunca pensaron en que ese pequeño habitáculo, cuasiolvidado e inútil, había sido durante mucho tiempo un recuerdo tangible de lo fue la vida con aquel ser despreciable.
Kevin se encargó de desmontar la mayoría de los muebles de su hermano para llevarlos a aquella sala reconvertida en dormitorio. Mientras el joven volvía a montarlos de nuevo dentro de la habitación, Patty se afanaba por hacer que aquella nueva estancia fuera lo más parecida a la antigua habitación de su hermano mayor. Cada libro, cada adorno, cada trozo de Eddie. Todas las pertenencias de su hermano viajaban con ella escaleras abajo, de caja en caja. La nueva vida de Eddie debía ser lo más normal que ellos fueran capaces de lograr. Tardaron unos cuantos días en conseguirlo, pero el resultado fue espectacular. Patty recordó la cara de Eddie cuando vio su nueva habitación. Lloró durante un buen rato, mientras Martha le acompañaba en aquel llanto. Y Patty también dejó escapar alguna que otra lágrima. Y Kevin. Al final de todo, volvían a estar juntos tras tantos años perdidos en un laberinto del que nunca supieron si serían capaces de salir. Juntos y dispuestos a luchar con uñas y dientes por salir adelante.
Kevin estudió durante cuatro años en la Universidad de Lowest Hill. Gracias a una beca, por supuesto. Se licenció con unas estupendas calificaciones y volvió a Danford. Como todos los que alguna vez consiguen irse. Terminaban volviendo. Como si Danford poseyera un imán lo suficientemente potente como para arrastrar a cualquiera que quisiera empezar una nueva vida fuera de sus lindes. Para Kevin no resultó ningún problema aquel regreso. Consiguió trabajo como dentista en Happy Teeth, y trató de alquilarse un pequeño piso cerca de la calle Ferro. Pero, aunque se independizó durante unos meses, pasaba más tiempo en la casa familiar con su madre y sus hermanos. Así que Martha le volvió a ofrecer su antiguo cuarto, si quería volver. Kevin rechazó la oferta durante un tiempo. Pero los lazos familiares, todo lo vivido, todo lo sufrido, tenían un peso sobre él mucho más intenso que sus ganas de tener cierta independencia. Así que, al poco tiempo, volvió a instalarse en su antiguo dormitorio.
Patty seguía queriendo huir lo más lejos de Danford. Su sueño era alejarse lo más posible de aquella ciudad. Comenzar una nueva vida. Luchar por sus sueños de una vez por todas. Patty no se había podido ir de Danford. Quería hacerlo, eso era un hecho. Desaparecer de aquella maldita ciudad y empezar desde cero en algún lugar donde la sombra de una ciudad podrida no la atormentara cada día. Y cada noche. Levantarse cada mañana y no sentir aquella opresión en el pecho que la ahogaba a cada segundo. Era feliz, en casa era muy feliz. Pero nada más traspasar el quicio del hogar, el aire de Danford era turbio. Sucio. Envenenado. La asfixiaba al caminar por la calle, la cegaba mientras estaba sentada en una terraza tomándose un simple café. Odiaba Danford. Muchas noches se escapaba en el coche y conducía para poder explotar.
Gritaba a las afueras de Danford, más allá de aquel cartel descolorido y polvoriento que le deseaba un buen viaje y que soñaba con volver a verla muy pronto. Paraba el coche, apagaba el motor. Las luces desaparecían. Y en aquella oscuridad, encerrada en aquella caja de metal, sus ojos se enrojecían, se inundaban y su garganta suplicaba poder escapar. Gritaba. Con todas sus fuerzas. Sabía por qué. Era algo que en su fuero interno refulgía como una estrella en el firmamento. Patty era tristemente consciente del motivo por el que Danford le producía tal aversión. Llevaba años tratando de hacerlo callar, ocultarlo en la parte más oscura y perdida de su cerebro. Pero seguía allí. Atormentándola día y noche. Recordándole a cada instante todo lo que ocurrió. Por esa razón odiaba la ciudad en la que había nacido. Por él. Por el jodido Mike Tucker.
Aunque todo aquello pasó poco a poco. Las aguas volvieron a su cauce y la vida de Patty pareció estabilizarse. La vuelta a casa de Eddie fue como un revulsivo. Los Spencer fueron una familia más unida que nunca. La relación con Kevin fue alisándose poco a poco, debido también a que el joven abandonó la adolescencia y entró en la madurez en la que se encontraban ya sus hermanos. La imagen de Mike aparecía y desaparecía. Había días, semanas, en los que Patty era capaz de dormir tranquila. Pero desgraciadamente, Danford no era excesivamente grande, e intentar no cruzarse con alguien resultaba una tarea bastante complicada. Y ella lo había hecho. Muchas veces. No cara a cara, pero sí desde la acera de enfrente, al final de la cola del supermercado, en un bar… En el momento en que su mirada le encontraba, Patty volvía a revivir toda aquella época y sus ansias por huir de Danford volvían con más fuerza que nunca. Hasta que todo se calmaba de nuevo. Y trataba de convencerse de que Danford no estaba tan mal. Una montaña rusa que Patty bandeaba lo mejor que podía.
Tenía un plan. Algo que había estado pensando desde hacía mucho tiempo. Algo que había estado preparando hasta el último detalle. Quizá no saliera bien. Probablemente algo se torciera, porque Danford era así. Siempre pendiente de los actos de sus habitantes. Una ciudad lista para desmoronar todos los objetivos de sus súbditos. Para que nadie la abandone. Para que ninguno tenga la tentación de dejarla atrás. Aunque Patty quería intentarlo. No quedarse con la duda. No pensar si hubiera sido posible conseguirlo.
VII
Estaba frente al espejo del baño. El vaho que se había formado tras aquella ducha de agua casi hirviendo no le permitía ver su rostro todavía. Pero sabía que ahí estaba, tras ese humo. Bello, sexual, irresistible. Un hombre de los pies a la cabeza. Masculino y extremadamente viril. Se secó el pelo con la toalla, mientras el vapor iba desapareciendo poco a poco. Las gotas que se iban disipando rodaban por el espejo, goteando poco a poco sobre el lavabo.
Mike se observaba con detenimiento. Aunque ya había cumplido los cuarenta, seguía cuidándose lo suficiente como para seguir consiguiendo a cualquier mujer que se le pusiera por delante. Previo pago o gratis. Tras el divorcio de Sarah, Mike había comenzado a beber más de lo habitual (si eso era posible), pero gracias a su trabajo, conseguía mantener el tipo y no almacenar la consabida barriga de los adictos a la cerveza. No hacía deporte, puesto que ya se consideraba lo suficientemente atractivo como para perder el tiempo en un estúpido gimnasio rodeado de pirados obsesionados con un cuerpo perfecto. Mike tenía claro que un cuerpo apolíneo no se esculpía a base de repeticiones ni mancuernas. Con el cuerpo perfecto se nacía, y pocos eran los afortunados. Uno o dos por ciudad. Y en algunos casos ni eso. Él era uno de esos escasos seres tocados por la mano de dios, perfectos y sin defecto alguno.
—¡Qué bueno estás, cabrón! —le dijo a aquel reflejo que le observaba con deseo.
El espejo ya le mostraba en todo su esplendor y Mike disfrutó de aquella imagen. El cabello húmedo, casi sin canas (alguna suelta en los laterales, cerca de las orejas, pero poco más), y esos labios carnosos rodeados de una barba espesa. Bien cuidada, eso sí. Porque Mike pensaba que para comer coños no había que tener obstáculos que impidieran aquel manjar. Y una barba más larga de lo normal resultaba bastante molesta. La mandíbula prominente, hercúlea. Los ojos penetrantes, grandiosos. Capaces de humedecer a cualquier mujer que se colocara en la dirección de su mirada. Unos brazos fuertes y poderosos, con unas manos que sabían cómo hacer disfrutar a cualquier mujer, incluso a la más reticente. Unos dedos vigorosos, rápidos y juguetones. Un pecho marcado, peludo. Con los pezones grandes, oscuros. Un estómago lo suficientemente delgado como para obviar esa dichosa «tableta» que estaba de moda y a él tanto le asqueaba. Y justo debajo, su joya de la corona. Su tesoro más preciado. Sombreado con un pubis frondoso y casi almidonado, colgaba su polla. La mejor, la más deseada, la más bonita. Y la más grande del lugar. Justo detrás, casi ocultos por el tamaño de su hermana mayor, dormitaban en silencio los huevos, siempre dispuestos a lanzar su contenido hacia cualquier putita que lo demandara.
Se estaba excitando. De verse en pelotas ante aquel espejo. Pero no le estaba poniendo cachondo ver a otro hombre desnudo frente a él. Era demasiado macho. Se estaba calentando de observarse a sí mismo. Entendiendo por qué Kelly se enamoró de él. Por qué Sarah se casó con él. Por qué Patty se dejaba follar en el motel. Y por qué tantas y tantas mujeres disfrutaban como perras en celo ante aquel macho dominante. Era un espectáculo. Mike Tucker era un puto dios follador.
Mike sabía que tenía una buena polla. Era consciente de ello, porque se lo habían dicho muchas mujeres. Y algún compañero de trabajo, mientras meaban en el descanso, también había admirado el tamaño de su miembro. Entre hombres heterosexuales eso era normal. A Mike eso le gustaba en exceso. De hecho, siempre que meaba con sus compañeros, se aseguraba de dar un paso hacia atrás en el urinario, para que todos pudieran observar su enorme cipote. Porque cualquier hombre, ya sea en un baño, un gimnasio, una ducha, donde sea, desvía sus ojos hacia los miembros que tiene a su alrededor. Y no porque sean maricones, sino porque a los hombres les encanta comparar. Ya sea discretamente entre desconocidos o abiertamente entre colegas. Y Mike sabía que él ganaba por goleada ante la gran mayoría de habitantes de Danford. Eso le ponía cachondo. Ser el mejor dotado de la región. Ser el pollón de Danford.
Mike comenzó a acariciarse aquel trozo de carne, mientras con la otra mano recorría su pecho velludo. Se pellizcó uno de los pezones, mientras con la mano importante (la de la paja que estaba a punto de hacerse) se acariciaba también los testículos. Esa amiga suya estaba empezando a crecer a gran velocidad. Los glóbulos rojos luchaban contra los glóbulos blancos, en una loca carrera por llegar hasta aquella parte del cuerpo y ocupar su puesto en el podio. Ganadores por conseguir la mejor erección de la ciudad. La polla más tiesa y dura de Danford.
—¡Eres un puto dios, joder! —exclamó mientras comenzaba a masturbarse.
La mano derecha comenzó a subir y bajar sobre aquel gigantesco miembro, mientras la otra mano dejó de acariciar el pecho para descender hasta despertar a los testículos, informándoles de que debían prepararse para vomitar aquella leche que habían estado guardando celosamente. Mike estaba cada vez más cachondo, y gemía con voz ronca entre espasmos de deseo mirándose al espejo. De vez en cuando bajaba la mirada, se observaba trabajando sin descanso en aquella parte de su cuerpo y la excitación crecía haciendo que su corazón latiera a más velocidad. Respiraba agitadamente, excitado hasta el delirio. Mike aceleró el ritmo, sintiendo cómo sus huevos comenzaban a convulsionarse, preparados para su cometido. Volvió a subir la mano al pecho y se pellizcó el otro pezón con fuerza. Cerró los ojos y su mano derecha volvió a acelerar su movimiento, listo para el espectáculo final. Mike gimió con unos leves gritos desgarrados por el placer, antes de lanzar varios chorros intermitentes de esperma contra el pie del lavabo, que resbalaron hasta el suelo del baño. Su cuerpo se relajó en cuestión de segundos, el corazón comenzó a recuperar su latido habitual y la respiración de Mike se fue estabilizando poco a poco.
Abrió el grifo del lavabo, apoyó la polla sobre el borde y comenzó a limpiarse con el agua templada. No iba a meterse de nuevo en la ducha. Se limpió también algunos restos de semen que le habían goteado sobre la mano y cerró el grifo al terminar. Se secó con la toalla que había dejado caer justo antes de aquel arrebato sexual en soledad, tanto los genitales como las manos. Dejó caer la toalla de nuevo al suelo. Se puso desodorante, se atusó la barba y salió del baño.
Era el puto amo. Él era el jodido dueño de su propio destino. Se acabó el permanecer en la sombra ni un minuto más. Era el momento de volver a enfrentarse a todos aquellos que le habían tratado de joder durante tantos años. Ya era hora de comenzar a preparar su venganza. Contra ella. Contra ellas. Contra todos. Contra Danford.
VIII
Había salido muy temprano de casa. Había cogido el coche y había arrancado casi sin tiempo para despertarse del todo. Sus dedos habían girado la rueda de la calefacción hasta su máximo posible. El aire había comenzado a salir, primero frío, estampándose en la cara de Henry. Tras la helada de la noche anterior, el motor aún no estaba listo para ofrecerle el calor que el hombre ansiaba. Necesitaba ronronear durante un corto espacio de tiempo. Tomar fuerza, dejar a los engranajes de su interior humedecerse y entrar en acción. Prefirió esperar en el interior a que aquel transporte estuviera listo para el camino. Sentía las manos ateridas de frío, por lo que conducir en aquellas condiciones no resultaba seguro. Para el resto de conductores y transeúntes. Para él… no importaba lo más mínimo.
El calor comenzó a hacer acto de presencia a través de las rendijas del salpicadero y Henry acercó las manos hacia ellas, tratando de recibir el máximo calor posible en cada uno de sus dedos. Los movía con rapidez, despertando las articulaciones y sintiendo cómo por cada poro aquel calor iba descongelando aquellas manos muertas. «Manos muertas», pensó. «Todo muerto yo mismo». Sonrió tristemente y una lágrima resbaló por su helada mejilla.
Cuando las manos ya estaban listas para realizar su trabajo, agarró el volante y metió la marcha. Las ruedas resbalaron por la cuesta del garaje, dejándose llevar por la potencia del acelerador, salpicando diminutos guijarros de hielo quebrados por el peso de los neumáticos. Henry comenzó a sentir el calor en todo el interior del vehículo y su cuerpo exhaló un último escalofrío, dejando espacio para la calidez que aquellas rendijas de color gris oscuro le enviaban. Condujo hasta las afueras de Danford, camino de Ligfoot Hill. Aquella colina tenía un acceso para vehículos bastante incómodo y perjudicial para cualquier coche que no fuera un todoterreno, pero eso era algo que bien poco le importaba a Henry aquella mañana. Las ruedas giraron hacia aquel camino pedregoso y comenzaron su abrupta escalada a duras penas.
En realidad, la visita a Ligfoot Hill no comenzaba en su parte más alta; de ahí que el acceso para vehículos no fuera algo dispuesto a nivel estructural. Pero aquel camino sin asfaltar existía y Henry estaba subiendo por él. Los senderos de Ligfoot comenzaban en la base, desde donde arrancaban cuatro rutas diferentes. Distintos recorridos y, por supuesto, distancias desiguales. Cuatro caminos para diferentes tipos de paseantes. Todos convergían a media colina, en el mirador de Saint Helene, desde donde continuaban solo dos senderos de los cuatro iniciales. Aquella parte del recorrido resultaba más escarpada y por lo tanto más fatigosa para senderistas noveles. En la cima se encontraba el mirador de Saint Josephine, infinitamente más bello y amplio que su hermano pequeño Saint Helene. Pero aun así, este último era el más visitado gracias a su accesibilidad.
Henry llegó a la cima de Saint Josephine. Aparcó el coche en el filo de aquella colina y dejó el motor encendido. El aire, ya a máximo rendimiento, acariciaba su rostro humedecido por las lágrimas. Henry miraba al frente, donde aquel cielo grisáceo le saludaba gélidamente. Hacía un rato que había amanecido, pero tenía la sensación de ser la última aurora que existiría a su alrededor. Daba la impresión de que aquel ceniciento desvaído era el color que dominaba la paleta de colores de la vida de Henry Myers. Desde hacía demasiado tiempo. Tampoco había tratado de colorear su vida. Es más, había dejado que esos colores, que una vez fueron brillantes y tornasolados, se apagaran poco a poco. Viéndolos como si de una película de televisión se tratase, tras el cristal de su desolada existencia. Sintiendo cómo a cada color muerto, una pequeña parte de él también muriera. Un cadáver en blanco y negro. Un fantasma sin policromía.
Estaba cansado de llorar. Por él. Por ella. Por todo lo que se les había sido arrebatado. Por todo lo que nunca llegaría. Cansado de tratar de luchar contra un gigante que le aplastaba a cada paso, a cada respiración. Que le asfixiaba tras cada intento de recuperación. Que le escupía en la cara cuando parecía que todo podía arreglarse. No quería seguir con todo aquello. Necesitaba parar. Sentía la imperiosa necesidad de frenar aquel torbellino que era su cabeza. Apaciguar sus pensamientos de una vez por todas.
Salió del coche y toda aquella calidez que le envolvía se tornó en un frío glacial que le abofeteó desde el punto más alto de Ligfoot. Todo tenía que acabar. No podía continuar así. Pero algo en su interior apretaba fuertemente para hacerle creer que estaba haciendo lo correcto. No se estaba equivocando. Ni Caroline, ni Daniel. Nadie podía decirle que estaba haciendo las cosas mal. Nadie tenía la potestad suficiente como para juzgar sus actos. Nadie tenía el derecho de enfrentarse cara a cara con él y gritarle que la estaba cagando hasta perder la voz. Sabía que no iba a ser capaz de escapar de aquella bola de ratón donde daba vueltas y vueltas sin encontrar salida alguna.
Se acercó al comienzo (en realidad el final si se hacía el recorrido correcto) de aquel sendero y miró hacia abajo. Había neblina, así que el final de aquel monte era imposible de ver. Pero existía y él lo sabía. Había caminado por aquellos senderos infinidad de veces. Acompañado de su silencio, de sus pensamientos… Con la única compañía de su amarga tristeza. Pensó en lo que podría hacer aquella mañana. Dejarse caer y rodar colina abajo parecía una buena idea. Descubrir a cada golpe lo que aquella traviesa niebla no le dejaba ver. Alguna piedra, un tronco desgastado por las inclemencias del invierno, plantas espinosas, garras puntiagudas, monstruos asesinos. La muerte. El fin de todo.
No parecía una mala idea. Al fin y al cabo, hacía mucho tiempo que caminaba por Danford muerto en vida. Henry cerró los ojos y dio un paso al frente.
IX
Estaba sentada en aquella silla de madera de roble que conocía demasiado bien. Se había sentado tantos días, tantas semanas, tantos meses, tantos años, que para ella resultaba su mejor amiga. Esa pieza de madera labrada, con sus cuatro patas torneadas simulando las patas de un animal indefinido. Aquel respaldo mullido, exactamente del mismo tapizado que el asiento, la abrazaba cada vez que se acomodaba sobre él. Sentía cómo esa tela suave y rosada la protegía ante el resto del mundo. La mimaba, la escuchaba, la entendía. Y no la juzgaba. No veía en ella una mujer débil. Aquella amiga incondicional creía que Sarah era importante para el mundo. Se lo susurraba cada vez que notaba su piel sobre el tapizado. Sarah parecía escucharla.
Hola, querida. Hoy estás preciosa. Nunca lo olvides.
Y Sarah sonreía. Una ligera sonrisa, casi imperceptible para el mundo. Pero lo suficientemente llamativa para ser consciente de que todo había cambiado. A pasos muy lentos, pero por fin había cambiado. Sarah sentía que aquella amiga inanimada había sido capaz de ayudarla cada día. Simplemente sintiendo el tacto de la madera, la suavidad del tejido. Sonreía porque algo se había transformado en su interior. No sabría explicarlo con palabras. Quizás verbalizarlo le hubiera sido prácticamente imposible. Pero se sentía diferente. No era Sarah Tucker. Nunca más. Era Sarah Kokland.
Eres tan maravillosa, Sarah. No sabes cuánto.
El mundo te necesita. Necesita a gente como tú.
El hombre que la observaba cada día, frente a esa silla, nunca llegó a entender el motivo de aquella sonrisa. Nunca se lo preguntó tampoco. Simplemente la escudriñaba desde el momento en que entraba por la puerta de su consulta, hasta que la mano derecha de la mujer cerraba la puerta al salir. Analizaba cada movimiento, cada palabra, cada gesto. Pero aquella sonrisa, no. Aquel señor con gafas no necesitaba conocer el motivo de aquella sonrisa. A día de hoy, ya no hacía falta.
—¿Cómo te encuentras hoy, Sarah? —preguntó esbozando una sonrisa.
Sarah alzó la cabeza y sonrió. Esta vez con más fuerza y seguridad que al sentir a su amiga abrazarla. El hombre observó aquella sonrisa. Era diferente a las anteriores. Pensó en las sesiones anteriores y esa sonrisa era diametralmente opuesta a la primera vez que Sarah le sonrió. Trató de recordar (todo estaba apuntado, pero no quería apartar la vista de aquella sonrisa) la primera vez que su paciente fue capaz de esbozar una mínima sonrisa. Llevarían aproximadamente unos tres años de terapia. Si no eran tres años, serían cuatro. Pero aquella sonrisa tardó bastante en aparecer. Muchas lágrimas, mucho dolor y mucho miedo habían pasado antes de conocer cómo era ver esos labios elevar sus lados hacia arriba y no desplomarse hacia abajo. Se sentía orgulloso de su trabajo como psicólogo. Era consciente del gran trabajo que habían realizado ambos. Él por saber las teclas que debía tocar y cuándo. Y ella por abrirse poco a poco y aprender a sanar todas sus heridas, que no eran pocas.
—Muy bien, doctor —respondió Sarah sin dejar de sonreír.
—Thomas.
—Muy bien, Thomas —corrigió la mujer.
—Tantos años juntos y siempre tengo que pedirte que me llames por mi nombre de pila.
—Lo siento —titubeó Sarah.
—No tienes que sentirlo, ya lo sabes. Simplemente, después de tanto tiempo, creo que ya no somos doctor y paciente. Al menos en el sentido profesional de la palabra. Después de tanto tiempo, el vínculo es más fuerte que eso.
—Tienes razón. Me has ayudado mucho.
—Siempre te digo lo mismo. El trabajo ha sido tuyo. Yo solo te he dado los mecanismos que necesitabas para volver a encontrarte. Las pautas para reconectar contigo misma y avanzar en tu proceso de curación.
—Sí —dijo Sarah ligeramente ruborizada—. Siempre me lo dices. Tienes razón.
—Aunque yo te he ayudado, has sido tú la que has conseguido verte de forma diferente. Has conseguido encontrar tu nuevo camino. Y has conseguido la fuerza suficiente para afrontarlo.
La silla volvió a abrazar a Sarah y la mujer sintió su calor. Percibió una sensación de tranquilidad que la envolvió desde el talón hasta la frente y su amiga le susurró.
Hoy va a ser un gran día, preciosa.
Creo que hoy nos despedimos tú y yo.
—Por todo eso, querida señorita… —dijo el hombre soltando el bolígrafo que jugueteaba entre sus dedos—, hoy queda usted liberada de mi molesta presencia.
—¿Cómo dices? —trató de entender.
—Que, desde hoy, ya no me necesitas. Hoy, doce de diciembre de dos mil diecisiete, Sarah, hemos terminado nuestra terapia. Doy por finalizado nuestro trabajo juntos, porque mi recorrido se acaba aquí.
—Pero… —Sarah se movió nerviosa encima de su amiga que ya no le susurraba y el doctor notó aquel nerviosismo.
—Por supuesto que puedes llamarme o venir a verme cuando lo necesites, ya lo sabes. Aunque sé que no lo harás. Puede que ahora creas que sí, pero no volverás. Y quiero que sepas que esto no es un adiós. Es un hasta pronto. Quiero que eso lo tengas muy claro. No te voy a abandonar. Pero ya no me necesitas. No necesitas mi ayuda. Eres lo suficientemente fuerte para afrontar todo lo bello que te espera tras las puertas de este hospital.
—No sé si voy a poder… —susurró Sarah asustada.
—Claro que vas a poder. Todo ha terminado. Ahora comienzas a vivir de nuevo. Te lo mereces, Sarah. Te lo has ganado. Solo tienes que creértelo. Y aunque ahora te embargue el miedo, eres más fuerte de lo que crees.
—Gracias, doctor, quiero decir, Thomas —dijo sonriendo.
Sarah se levantó lentamente, con aquella leve sonrisa que el doctor nunca supo por qué se dibujaba en el rostro de la mujer. Sarah sintió como el abrazo de su amiga incondicional durante tantos años se difuminaba poco a poco, despidiéndose para siempre. Caminó hacia la puerta, confusa y asustada.
—Sarah —la llamó el doctor por última vez mientras se levantaba de su asiento.
—¿Sí? —dijo la mujer girándose.
—Estoy muy orgulloso de ti. Disfruta de la vida.
Sarah trató de evitar llorar, pero fue incapaz. Caminó hacia el doctor y le abrazó con fuerza. Sintió la misma fuerza que aquella silla le había regalado durante tantas sesiones. El calor de alguien que quiere que seas feliz, que desea tu recuperación. Y que se alegra de tu nuevo yo.
—Gracias de nuevo —dijo besándole en la mejilla.
Sarah se despegó de Thomas y caminó de nuevo hacia la puerta. Abrió con cuidado y volvió a mirar al doctor una última vez. Dibujó una amplia sonrisa, que fue devuelta por parte de Thomas, antes de salir y cerrar tras ella. El hombre se sentó, suspiró con los ojos ligeramente acuosos ante aquel emotivo momento y pulsó el botón del intercomunicador, pidiéndole a su asistente la entrada del siguiente paciente.
Sarah, nada más soltar el pomo, se llevó las manos a la cara. Tenía lágrimas recorriendo su rostro, pero no eran lágrimas de tristeza. Ni de miedo. Por primera vez, en mucho tiempo (quizá demasiado), aquellas lágrimas eran el reflejo de la felicidad. La sensación de haber conseguido dejar atrás todo el calvario sufrido durante tantos años. Se secó las lágrimas torpemente, se despidió del asistente que le sonrió amablemente y salió a la calle. Por fin era libre. Libre de Mike Tucker. Libre de Sarah Tucker. Libre del infierno.
TENGO CLARO TODO
SEGUNDO DESTELLO
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Eddie SpencerMartes 12 de diciembre de 2017
La ventana está empañada. Hace frío fuera, pero aquí dentro la temperatura es cálida. Anoche nevó ligeramente y hoy el viento sopla con fuerza. O al menos eso parece tras los cristales. No recordaba una ventisca así. Ni cuando era niño, ni cuando nací de nuevo. Ha pasado mucho tiempo y aún hoy sigo pensando por qué lo hice. O al menos por qué lo intenté. Hoy sigo preguntándome una y otra vez cómo fui capaz de hacerles sufrir tanto. Durante tanto tiempo. Diez años; sonrío amargamente mientras analizo la rapidez con la que se pronuncia, y la cantidad de segundos que conforman esas palabras. Millones. Millones de segundos desperdiciados, marcados por un error. Lo que más me duele es saber que mi equivocación infligió un dolor tan cruel y difícil de sanar en la gente a la que más quiero. Cada día, desde que desperté, pienso una y otra vez el porqué de lo que hice. Ahora mismo, tratando de vislumbrar lo que se oculta tras mi ventana empañada, me pregunto por qué hacemos lo que hacemos. Cómo, dónde y cuándo, nuestra mente cree poseer la suficiente fuerza como para realizar actos que acarreen consecuencias devastadoras e irreparables. Sobre todo para la gente que nos rodea. Es posible que eso sea lo que jamás pueda perdonarme. Con toda seguridad, es la carga más pesada que sujetarán mis espaldas de adulto recién nacido. Ser consciente, día tras día, de cómo conseguí resquebrajar lo poco que quedaba de mi familia. Sentir en el corazón que aquel puzle que tanto nos costó reconstruir yo lo destrocé sin miramientos. Sin pensar en nadie. Solo en mí mismo. Creyéndome el centro de todo, sintiéndome tan importante, que nada ni nadie era capaz de entenderme. Que lo que mi cabeza decidió, fue lo más coherente, aunque con ello me llevara por delante lo que más quería. Claro que, este es mi pensamiento ahora, viéndome desde fuera, como hice durante diez años en el silencio de aquel hospital. Ahora es cuando comprendo que no es que nadie me entendiera. Los demás no fueron los culpables de mi decisión. Porque ahora le pregunto al Eddie de diecisiete años con fuerza, gritándole hasta romperme la garganta: ¿a quién pediste ayuda? ¿Cuándo se olvidaron de ti? ¿Quién te abandonó? Nadie, Eddie Spencer. Nadie supo nunca lo que tu corazón bramaba sin descanso. Y ahí te equivocaste. Ese fue tu gran error.
NO HABLASTE.
I
Tenía todo a su favor. Ahora estaba seguro de ello. Totalmente convencido de que aquel paso era el necesario para lograr cerrar una etapa oscura de su pasado. No olvidarla, eso nunca.
