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Eddie no quería hacerlo. Samantha no va a esperar más. Daniel se va a arrepentir. Kelly tiene miedo de nuevo. Sarah cree que es feliz. Cada paso que dan, cada error que cometen, cada momento vivido les enseña lo dura que es la existencia en su mundo particular. En la pequeña ciudad de Danford, nada es lo que parece y todos los hilos se enmarañan creando una tela de araña que los arrastrará a todos a un final que ninguno espera.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Alexander J. Cox
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17935-74-0
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Para Daniel, por estar al pie del cañón aguantándome…
Para todos a los que les ilusiona tanto como a mí este libro…
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El puente tiene el secreto,
solo él lo conoce, solo él lo sabe.
Cuántas veces comentó al viento
que entraría en mi vida
y se quedaría para siempre.
No sé por qué lo hiciste,
pero el puente me esperará
día a día eternamente.
1994
No busques más allá de lo que ves,
tú mismo tienes las respuestas.
Búscalas dentro de ti,
posees ese poder.
1995
Cuando todo esto acabe,
yo estaré aquí, y si quieres,
conseguiré reunir las fuerzas
que sean necesarias
para levantar por ti
un mundo mejor.
1996
Poco a poco ya viene,
se me está destrozando la vida
y aunque lo intento...
ya nada volverá a ser igual.
1997
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Por supuesto que te conozco. Sé quién eres en realidad. Te he visto en pleno ataque. Solo sirves para eso… para atacar. Es lo único para lo que vales. Cuando algo se escapa a tu control, te pones nerviosa; no sabes por qué, pero lo haces. Aunque siempre sabes como salirte con la tuya, como conseguir lo que anhelas. Claro que te conozco, estoy seguro. No recuerdo tu nombre, pero sé quién eres. Sé a qué te dedicas, cuáles son tus aficiones. Has estado aquí antes, estoy convencido. La mente se va esclareciendo mientras pienso en ti y poco a poco te voy recordando. Te he visto destrozar vidas, te he observado mientras vas carcomiendo el alma de inocentes; mientras los devoras y los conduces a un mundo lleno de sombras, de dolor, de oscuridad… Y te conozco porque he luchado contra ti, porque he peleado y te he vencido. Y eso te mortifica. No sabes cómo agarrarme con tus artimañas porque ya sé quién eres. Ya recuerdo tu nombre. Eres tú: desilusión. Así te llamas. Pero por más que lo intentes, ya no puedes conmigo.
NO ME IMPORTAPRIMER DESTELLO
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Eddie Spencer 4-11-97
Todo estaba oscuro. Llovía levemente. Desde la ventana de mi habitación escuchaba rebotar las gotas de lluvia sobre el cristal. Llevaba un rato así, mirando a ningún sitio, con la mente perdida en mis pensamientos, en mis dudas. Pensaba. Solo pensaba. No tenía nada más que hacer y aunque lo tuviese, dudo mucho que lo hiciera. Quería desaparecer de allí, de esa casa, de ese mundo absurdo en que se había convertido mi hogar. Cualquier persona en mi lugar también lo habría deseado. Habría ansiado huir de allí y eso mismo he hecho yo. Me he convertido en un residuo de mí mismo. Un deshecho de una familia irreal, imperceptible, diferente. Nada surge de la noche a la mañana, eso es cierto. Todo tiene un comienzo y una razón de ser. Él. El alcohol se apoderó de él, carcomiendo todos los recuerdos que creamos como familia. Nuestras risas, nuestras bromas, nuestro futuro. Algo contra lo que era imposible luchar, si el dueño del placer de Baco se niega a pelear. Una y otra vez. Día tras día. Cada noche, se podían escuchar las lágrimas de mi madre rebotando en la almohada y rompiéndose en finísimas capas de cristal. Un buen día, él no regresó. Y ella se encontró con una familia rota, sin rumbo y sin amor. La casa es un lugar insoportable. Hoy he visto más de lo que hubiera deseado. Mi madre estaba sentada en el suelo de su cuarto, con una botella de vodka y una foto de mi padre en el pecho. Borracha, pero de dolor; borracha de ansiedad; borracha de amor. He podido ayudarla, pero no lo he hecho. Algo me lo ha impedido, pero aun ahora, no sé qué es lo que me ha frenado. Solo salí del dormitorio y cerré los ojos. Imaginé que lo que acababa de ver no estaba sucediendo en realidad. Pero me equivoqué. Era tan real, como que ahora estoy en plena calle, cual perro abandonado. Entré en mi cuarto y me senté en la cama. Me acerqué a la ventana y pensé. No aguantaba más esa pesadilla. No quería que se repitiera la misma historia. O por lo menos, no estar presente cuando sucediera. La puerta de mi hogar se cerró a mis espaldas y me hice el propósito de no volver. Pero ahora, ¿a dónde dirigirme?
I
Eddie vagó durante horas sin rumbo fijo, sin ningún destino en especial. La noche era fría y estaba cansado… muy cansado. Había deambulado por las calles durante demasiado tiempo y lo único que deseaba era un lugar para descansar los pies. Nunca antes se había encontrado en una situación semejante y no sabía qué hacer. Aunque se sentía un hombre, las piernas le temblaban como hojas movidas por el viento. Hacía mucho que se sentía «un hombre», incluso antes de su primer beso, cuando uno cuenta que tiene novia y sus papás dicen lindezas del tipo «nuestro nene ya es todo un hombrecito». Mucho antes de ese momento en que la mamá suelta las lagrimitas de emoción fingida mientras que el papá entrega su sabiduría acerca de las mujeres con consejos que él nunca llevó a la práctica durante su adolescencia. Incluso antes de descubrirse los primeros rastros de vello púbico, ya se sentía un «hombretón». Pero ahora estaba asustado. Las piernas le temblaban y el corazón le palpitaba aceleradamente. Casi a tanta velocidad como la primera vez que besó a la chica de sus sueños… Frenó en seco y quedó mirando al pavimento gris, mientras volvían a su memoria esos bellos recuerdos. Aunque no era de noche, ni las estrellas brillaban, ni el rumor de las olas acompasaba el acercamiento labial de los jóvenes… fue uno de esos besos «de película» que son difíciles de olvidar. Sí que es cierto que, a los 11 años, los besos no son iguales que cuando uno madura y aprende esas maravillosas técnicas de colocación del rostro, posicionamiento de los labios, rotación de la lengua e introducción de las manos en sitios diferentes a nuestros propios bolsillos. Pero, aun así, era ella y eso era lo importante, ya perfeccionarían la técnica cuando los dos crecieran un poco más. Aunque ella creció a pasos agigantados y para cuando el chico estaba descubriendo los placeres de la masturbación en solitario, ella ya había probado las mieles del sexo en pareja. Y eso los distanció. Del todo. Ja. Un niño y una mujer. Difícil mezcla.
Sentía miedo, un miedo real que le calaba hasta los huesos. Ese miedo que te petrifica de los pies a la cabeza y te hace llorar, aunque segundos antes hayas estado riendo a carcajadas. Se encontraba cerca de un pequeño hostal (el “Holiday Hostel”, absolutamente nada recomendable) y le asaltó la angustia, cuando su memoria infantil lo colocó duchándose tras una cortina blanca, en blanco y negro, mientras una silueta con vestido largo, moño y cuchillo se acercaba hacía él. Un escalofrío recorrió su cuerpo y desechó la idea del hostal. Comenzó a caminar, dejando a un lado el cartel luminoso que parecía más un club de alterne que un hostal, dejando la ducha abierta y dejando a la madre de Norman…
—¡Mierda! —masculló entre dientes—. ¿A dónde voy yo a estas horas?
—¿Hablabas solo guapo? —dijo una voz sensual a su espalda. Eddie se giró con rapidez, asustado por ese ruido nuevo que apareció entre sus pensamientos.
—¿Perdón? —musitó el joven.
—Decía, que si estabas solo —repitió la mujer mientras posaba una de sus manos en el pecho de Eddie. En el momento que la mano descendió hasta donde la barriga pierde su nombre, la joven prosiguió— porque por un poco de dinero, podríamos conocernos mejor. Eres muy guapo y me encantan los chicos jóvenes. ¿Qué me dices? ¿Te atreves?
—No, muchas gracias —ya no musitaba mientras se quitaba la mano de la muchacha de la polla—. Y tocarme el paquete ahora mismo, no es lo que más necesito. —Y tras decir estas palabras, recapacitó. Si el chulo de la señorita hubiera estado cerca podría haberse metido en problemas.
—Oye, chavalín, tú te lo pierdes. Anda con mami a hacerte pajas bajo las sábanas… Gilipollas…
Y diciendo tales lindezas, la mujer echó a andar moviendo las caderas de un lado a otro, mientras a su derecha, otra mujer del gremio se acercaba a un posible cliente calvo y regordete que le hacía señales desde un coche. Eddie la observó durante un instante. Pero solo durante un breve instante. Esa mujer de minifalda rojo chillón y bodi de encaje blanco no era una furcia cualquiera. Eddie no distinguía muy bien las formas en la oscuridad, pero si había algo nítido en todo aquello que estaba sucediendo (una bola de nieve que crece más y más), era que conocía a esa mujer (y más y más). Bajo la oscura llama de la noche, un sonido rompió el silencio, haciendo temblar las hojas de los árboles de frío terror:
¡¡¡¡¡¡MAAAAAMÁÁÁÁÁ!!!!!!
(Y más y más y más y más y sigue creciendo más y más y más). La mujer, que ya estaba junto al calvo regordete, apoyada en la ventanilla con los pechos cerca de su futuro cliente y con la minifalda por encima de las caderas mientras el caballero la magreaba a su antojo, giró la cabeza como un resorte y quedó paralizada. Los ojos se le agrietaron al instante y, por un momento, la vida dio un vuelco en su corazón. Dejó de sonar el viento, sus latidos enmudecieron. Ni el rascar de las uñas del cliente en potencia, escarbando por sus bragas emitía sonido alguno. La noche oscura hacía difícil vislumbrar con claridad formas y mucho menos rostros. Ese momento que todo el mundo teme (si me pasa esto me muero) se estaba materializando esa fría noche, entre dos extraños que se miraban fijamente desde la lejanía, intentando descifrar rasgos que se asemejaban conocidos. Pero de la misma forma que la lluvia cesa tras una tormenta veraniega, ese momento desapareció cuando la mujer y el muchacho se vislumbraron. Ese no era su hijo. Y esa no era Martha Spencer. Era solo una prostituta y nunca lo había mirado. Había sido solo un espejismo momentáneo.
La mujer de vida alegre se acercó a la ventanilla del coche, se levantó la minifalda y colocó sus pechos escondidos absurdamente en el bodi blanco de encaje tan cerca de la cara del hombre, que podría haberle amamantado si hubiera querido. El hombre sacó el brazo por la ventanilla y mientras hablaban de dios sabe qué cosas (precio, lugar, limpieza, condones, pago) agarró un muslo de la mujer para que no se le escapara. Al minuto de estar conversando (y magreando), la mujer se metió en el auto y este desapareció a toda velocidad, dejando una estela de polvo en la noche oscura. Eddie llegó a la conclusión de que debía ponerse a pensar seriamente a dónde ir. La noche era fría, como prácticamente desde comienzos de mes. Y no tenía ropa de abrigo. ¿O sí? Analizó en su mente, durante un breve instante, lo que llevaba en su maleta. Nada. No recordaba lo que había dentro de su maleta. Tampoco recordaba el momento en que la había llenado. La imagen de su madre nublaba sus acciones, así que podría tener una armónica, unas aletas de buceo y unos guantes de nieve, y sería tremendamente normal. Pensó entonces en su coche. Se había quedado aparcado tristemente en la entrada de su casa, y en ningún momento de su atribulada escapada había pensado en él. Podría haber conducido durante horas hasta salir del estado y parar en algún motel de mala muerte a terminar de echar la noche por alto. Bueno, teniendo toda la noche por delante, podía desandar el camino y montarse en el coche a recorrer mundo. Como Thelma & Louise. Pero sin cargarse a nadie y obviando el precipicio, por favor. Y lo más importante y duro. Solo. Sin Thelma. O sin Louise. El viaje no se le antojaba tan divertido en soledad. Así que prefirió seguir caminando.
II
La foto era preciosa. Estaban las dos tan guapas. Y eso le encantaba a Sammy. Ella y Sarah eran tan guapas. O al menos así se sentían ellas. Súper guapas. Las más guapas del mundo. Samantha Buller era de esa clase de chicas que, aunque quizás no era despampanante a primera vista, sí que era preciosa por su conjunto. Era popular en el instituto. Pero no la popular típica de película, mala y egocéntrica. Simplemente, la gente sabía quién era ella, quienes eran sus amigos, y era apreciada por prácticamente todos. Buena estudiante, mejor persona. Desde pequeña mostró facilidad para los estudios, tocaba el piano desde los ocho años, hacía deporte y consiguió entrar al conservatorio de danza con la cuarta nota más alta de su promoción. Y ella estaba orgullosa por ello. Le encantaba la sensación que le producía tener éxito en todo lo que se proponía. Y no era prepotencia. Sus padres no la habían educado así. Era orgullo. Un orgullo que la llenaba de satisfacción. Sarah quizá no era tan buena estudiante como ella, pero también tenía buenas calificaciones. Entró en el conservatorio de danza en el puesto dieciocho. Tampoco estaba tan mal.
Samantha y Sarah eran amigas prácticamente desde el jardín de infancia. Fueron a la misma guardería, después al mismo colegio, al mismo instituto y decidieron que irían a la misma universidad. No por estar juntas, sino que eligieron estudiar en universidades contiguas. Una medicina y otra historia. Así que, al estar una junto a otra, irían juntas en el coche de Sammy todas las mañanas. Los padres de Sarah se encargarían de hablar con los padres de Samantha, para entregarle mensualmente un dinero extra para colaborar con el gasto de gasolina. Los padres de Samantha, amigos desde hace años de los Kokland, obviamente se negarían rotundamente. Así que, con asiduidad, los padres de Sarah prepararían alguna que otra cena, o barbacoas improvisadas los domingos, para agradecer a sus amigos el favor del transporte universitario de su hija. Aunque tampoco hacía falta. Eran amigos y la vida les iba bien a ambas parejas. Todo estaba perfectamente planeado y estudiado.
La joven estaba sentada con las piernas cruzadas en la pequeña alfombra de tela rizada color malva a los pies de su cama, junto a la mesilla. Tenía una caja metálica a su izquierda (de galletas danesas, de esas que saben muchísimo a mantequilla y que es imposible comerse solo una), con la tapa abierta colocada a su lado. Estaba llena de fotos desordenadas, de diferentes tamaños, de diferentes etapas de su vida. Había decidido ordenarlas y clasificarlas por fecha (o al menos, intentarlo). Aquel era tan buen momento como otro cualquiera. Tampoco le quedaban muchos momentos así, por lo que este era el adecuado, sin lugar a dudas. Aquella tarde, había comprado en la papelería de la Sra. Robertson cuatro álbumes de fotos. Infancia, guardería, colegio e instituto. Más o menos, era la idea que tenía para intentar clasificarlas. Frente a ella tenía cuatro montones que dividían las cuatro etapas elegidas. Llevaba un rato haciéndolo y aunque, si bien es cierto, que iba bastante deprisa, no podía evitar pararse a observar algunas de ellas. Las que le resultaban más tiernas, más locas o más extrañas.
Y entre todo ese revoltijo, ella sabía que faltaba «la foto». Verano de ese mismo año. Esa era la foto que Sarah tenía en un sobre en el cajón de su escritorio. Lo que ocurría es que Sarah no sabía todavía que tenía esa súper foto, en la que salían tan súper guapas, las dos súper amigas. Era una sorpresa. Tampoco estaba muy claro si sería una buena o una mala sorpresa. A Sarah le gustaría tenerla, eso sí que lo tenía claro. Y por eso se la había dado en un sobre. Y con unas instrucciones que Sarah no entendía y que acataría con recelo, pero con rectitud.
En la lejanía se oía la televisión. La tribu de los Brady; una reposición. Y risas. A Samantha se le revolvió el estómago. La cena se mezcló un poco más con el movimiento y la joven sintió un reflujo, que a punto estuvo de hacerla correr hasta el baño. Pero esta vez por un motivo diferente. Oyó la risa de su padre y se levantó rápidamente, como si de debajo de la cama hubieran salido dos garras negruzcas y podridas para intentar atraparla. Se acercó al escritorio y encendió el equipo de música que estaba a su lado, en un pequeño mueble negro con la puerta de cristal. Puso la radio en la primera sintonía que encontró. Daba igual lo que sonara. No importaba si era The Temptations o Backstreet Boys. Lo importante era no volver a escuchar aquella repugnante risa. Acallarla con jazz o con heavy metal, lo mismo daba. Sonó Rick Astley y a la joven no le pareció mal. Pop remember. Pues vale.
Se sentó de nuevo y siguió dividiendo las fotos. Le llevó un rato acabar, pero cuando metió la mano en la caja metálica y rozó con los dedos el fondo, suspiró feliz. Ahora el trabajo era colocarlas en cada álbum. Le llevaría toda la noche. Casi toda la noche. Si Rick se quedaba con ella, la tarea se le haría más amena. Tampoco tenía previsto ningún plan para aquella noche, así que se quedaría hasta que dejara los álbumes perfectamente terminados. Así era ella. Un orgullo de hija. La hija deseada por todos. Un ejemplo a seguir.
Una lágrima cayó en una foto, en la que se veía a una pequeña a hombros de un señor con bigote y perilla. Ambos sonreían. Felicidad en estado puro. La pequeña parecía que incluso se estaba riendo. Qué recuerdos tan emotivos. Qué bonita estampa. Que asco más grande. La segunda lágrima aterrizó justo en la cara de esa niña sonriente, deformando la visión de aquella sonrisa.
III
Daniel caminaba despacio. Iba descalzo. Llevaba un plato en una mano y un vaso en la otra. Los colocó con cuidado en la mesita. Se sentó en el sofá y buscó el mando a distancia de la televisión. El refresco burbujeaba alegremente en el vaso, mientras un trozo de hielo flotaba felizmente en su baño improvisado. Aunque hacía frío, el refresco siempre tenía que tener, mínimo, un trozo de hielo. Costumbre. Absurda, puede ser; pero costumbre, al fin y al cabo. El plato acomodaba un sándwich hecho con mimo. Dos rebanadas de pan de molde ligeramente tostadas protegían entre sus brazos un charquito de mahonesa, dos lonchas de pavo fresco, dos pequeños trozos de queso fresco y una rodaja de tomate rojo intenso. Humeaba todavía un poco, recién salido de su sauna-tostadora.
El sonido de la televisión emergió partiendo el silencio que habitaba en la casa. La previsión del tiempo. Lluvia. Y viento. Otra vez. Vaya novedad. Fue cambiando canales, buscando algo que ver. Era de esas pocas veces que estaba solo y que la televisión era de su absoluta propiedad. Sin que la enana quisiera ver sus dibujitos o sin que mamá quisiera ver algún concurso. Así que este era su momento. Y lo iba a disfrutar. Tras una rápida visual a los canales, nada pareció convencerle. Se acercó a la mesita y cogió el plato para degustar su mini obra maestra. Le dio un mordisco al sándwich, que estaba dividido en dos preciosos triángulos cuasi perfectos, y unas migas tontas se desprendieron del triángulo para aterrizar en el plato junto al otro trozo. Dejó el plato y tomó un sorbo del refresco, mientras el trozo de hielo bailaba en su bañera particular. Se levantó y se acercó al mueble que estaba junto al televisor. Era una columna no muy alta con dos puertas, una arriba y otra abajo. Se agachó hasta ponerse en cuclillas y abrió la puerta de abajo. Echó un vistazo a las películas que había dentro, intentando escoger alguna que, aunque ya la hubiera visto, le amenizara la noche. La encontró.
Scream, vigila quien llama. Peliculón. Al menos para él. El mejor resurgimiento de los slasher de los ochenta, lo consiguió el maravilloso Wes. Daniel recordó haberla visto en el cine el año anterior y le pareció brutal. La vio con Eddie y los dos tuvieron unos cuantos sobresaltos. Hacía mucho tiempo que el cine de terror había sufrido un descenso tanto en cantidad como en calidad. Ni las historias eran coherentes, ni tenían un público tan masivo como cuando ellos eran más pequeños y no se les permitía verlas; pero, aun así, veían las colas en los multicines para disfrutar de todos los estrenos de las pelis de terror. Una decadencia que acabó con esa película. Fue un soplo de aire fresco y un renacer del bote en la butaca del cine. Sí, era la adecuada. Le encantaba y no le importaba verla una vez más. La sacó cuidadosamente de su protector de plástico haciendo el clic que la desprendía de su cajita y la puso en el reproductor. Terror, sándwich y refresco. ¿Qué más se podía pedir? A ella a su lado, pero bueno. Eso era otra historia.
IV
Pensó en ir a casa de sus tíos Carla y James, pero no le pareció una buena idea, teniendo en cuenta que su tía Carla era una mujer más bien propensa a abrir la boca cuando no debía y meter la pata a diestro y siniestro. Y no es que Eddie no quisiera a su tía, pero desde que esta le comentó a su madre que había visto a su sobrino en los recreativos matando marcianitos en horas de clase (una vez… una vez y van y le pillan), la confianza en la señora hermana de su progenitor no era muy amplia. No. Definitivamente los tíos no eran una buena idea. La abuela de Eddie, no la madre de Martha, sino la madre de Gregory y de su tía Carla, había enviudado hacía tres años y tras el funeral había entrado en un círculo de tristeza y auto compasión que habría tenido consecuencias catastróficas. Y las habría tenido, pero no fue así. Al escuchar a su hija Carla en la cafetería Jeremy Coffee con Kathy Lipperman efectuando una serie de comentarios poco acertados acerca de su padre, la anciana decidió enterrar a su hija y no a su marido. Se recuperó en poco tiempo y nunca más volvió a hablar con Carla. Una hija que hablaba ciertas cosas acerca de su propio padre después de muerto, no merecía ni un segundo de lo que le quedaba de existencia a la abuela. ¿Cómo podía ser tan chismosa? Eddie lo meditó durante un segundo, pero le restó importancia, ya que siendo hermana del cerdo de Gregory Spencer ¿qué se iba a esperar? ¿Qué se podía esperar de la hermana de un deshecho de mierda? Apartó esos pensamientos y se concentró en la Sra. Majors, su siguiente opción. Obviamente, había descartado a su abuela por los lazos consanguíneos que poseía y que podían haberse transmitido genéticamente a sus hijos y a la postre, resultar peor la matriarca que los polluelos. Los padres de Martha, muertos. A otra cosa, mariposa. La señora Majors.
La abuela Majors sí que era un encanto. Vivía enfrente del instituto de Eddie, en una pequeña casita que al joven le recordaba a la casita de chocolate en la que Hansel y Gretel se detuvieron a tomar un tentempié. Era una casita de color marrón claro como el turrón, de dos plantas (extraño en el barrio Jensen, donde las casas y apartamentos ascendían de tres pisos hacia arriba. Eso hacía de la villa Majors una reliquia a conservar) Sus ventanas eran de madera pintada de blanco adornadas por dentro con cortinas de colores que la propia señora Majors tejía cuando estaba sola. Y eso suponía la mayor parte del tiempo, ya que Eddie y el cartero eran de las pocas visitas que recibía. En los alfeizares de las ventanas había pequeñas macetas pintadas a mano por la misma Sra. Majors y rellenas de flores de tonos llamativos que se entremezclaban con el verde de las pequeñas hojas de cada ejemplar. La puerta también era blanca, inmaculada, con un pomo dorado en el centro y una aldaba del mismo tono que brillaban al sol y resaltaban aún más si cabe la belleza de la entrada de la villa. La Sra. Majors había cuidado de su jardín desde que su marido Curtis había fallecido a causa de un tumor cerebral. La mujer pasó casi dos años sin salir de su villa, y de no haber sido por Eddie (y el cartero), no habría sobrevivido a la muerte de su marido. Muchos aún dicen que ella murió con su marido, pero irónicamente, nadie fue capaz de ir a averiguarlo. Era demasiada molestia.
La abuela Majors era una ancianita encantadora. Era más bien pequeñita y regordeta. Sus cabellos eran blancos como la nieve más pura y sus pómulos aún sonrosados, como los de una adolescente que despierta a la madurez. Sus manos estaban arrugadas y enfermas, pero Eddie sabía que eran las mejores manos para dar abrazos y consolar cuando estabas triste. A su vez, esas manos ajadas eran unas expertas cocineras. A Eddie le encantaban las tartas de frambuesa de la abuela. Realmente, la Sra. Majors no era abuela de Eddie. Simplemente, el chico no había conocido a sus abuelos maternos ni a su abuelo paterno y con ella se sentía protegido. Lo cierto es que no se acuerda como la conoció, pero ahora eran muy buenos amigos. Casi familia. Como si lo fueran.
—No te olvides de venir mañana. Y arreglaremos como me dijiste las fotos del baúl. Que hay muchísimas… Lo que nos vamos a reír…
—Vale abuela. Y te traeré las cosas que me pediste para hacer los pastelitos de nueces.
Se llevaban muy bien. Eddie siempre encontraba un hueco en su apretada agenda de adolescente para acercarse un rato a ver a su querida abuela. Se sentía como Caperucita Roja, solo que no había ningún lobo que lo atemorizara. Aunque en ese mismo instante, en la negrura de la noche, a Eddie le asaltó una duda. ¿Lo quería la abuela lo suficiente como para dejarle vivir con ella? ¿Tendría el valor suficiente para pedírselo? Eddie no comprendía lo que estaba sucediendo. Estaba solo, se sentía solo y no sabía que hacer. Lo más probable es que su héroe preferido Gran Jack hubiera sabido salir de ese lío. Le había visto luchando entre serpientes, descifrando jeroglíficos al borde de la muerte, enamorando a frías y bellas mujeres… entonces, ¿qué haría Gran Jack si estuviera en su lugar?
Gran Jack siempre tenía soluciones para todo. Aunque es cierto que era más mayor, más experimentado y más audaz que Eddie. Pero había algo que Gran Jack tenía y que Eddie también tenía. Polilla. Claro que sí, Polilla. Gran Jack, intrépido aventurero, tenía a su incombustible compañero de fatigas, el pequeño Polilla. Y Eddie, cagado y preocupado, tenía a su colega desde pequeño, el bueno de Daniel. Era la opción más realista que se le ocurría. Un amigo, para echar una noche en su casa y mañana, de día, ya vería las cosas con otros ojos. Agarró con fuerza la pequeña maleta y siguió caminando bajo la oscura noche. Que parecía que iba a llover otra vez. Pero bueno, cuando ya estuviera en casa de Daniel. Por favor.
COMO ERESSEGUNDO DESTELLO
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Daniel Watts 15-11-97
Está aquí. Es un sentimiento tan fuerte como la vida misma. Te hace sentirte grande dentro de un mundo lleno de pequeñeces. Está aquí. Lo siento muy dentro de mí y eso me reconforta y me hace feliz. Una felicidad extraña y a la vez interesante. Está aquí. Y ese sentimiento eres tú. Sí, tú que me miras extrañado como un niño al que le hablan de los índices bursátiles. Eres tú. Mi amigo. Que bien suena. Mi amigo, mi mejor amigo. Qué bonito es tenerte. Qué bonito es conocerte. Saber que estas ahí, que me quieres y que me ayudarás si lo necesito. Y sabes que yo haré lo mismo por ti. Te tengo junto a mí y eso me alivia y me consuela. Puedo llorar hasta que los océanos se sequen y aun así tú estarás ahí, sonriéndome. Sin juzgarme, sin plantearte si debes o no debes hacer algo. Solo estarás ahí. Y eso es lo importante. Eres mi amigo. Y yo soy el tuyo. Los dos lo sabemos. ¿A quién le importan nuestras peleas por Anna, Sarah o Linda? ¿Quién es nadie para reprocharnos nuestros primeros cigarrillos? ¿A quién le interesan tus risas o mis llantos, mis palabrotas o tus elegantes discursos? ¿Quién va a decirnos que no peguemos chicles en los espejos retrovisores de los coches? No es asunto de nadie. Solo nuestro; nuestros secretos. Somos amigos. Parece algo banal, pero resulta algo muy serio. Algo por lo que dar la vida si fuera necesario. ¿Lucharías por mí? ¿Lo haría yo por ti? Los dos conocemos la respuesta. Parece increíble; nos conocemos desde hace tantos años y nunca ha existido ningún secreto entre nosotros. Bueno, alguno que otro. Pero no han significado nada. Nada en absoluto, porque nuestra amistad es cada vez más fuerte y siempre estás en mis pensamientos. Por muy lejos que esté, si necesitas mi ayuda, llámame. No te quepa duda que te buscaré si te necesito. Porque te quiero. Eres mi mejor amigo y te quiero. Cuando te vea llorar te diré lo que significas para mí.
I
La puerta se abrió y allí estaba él. Lo miró sorprendido. Se oía algún que otro grito desde el salón y música de clímax final. Scream estaba terminando. Y le estaba estropeando el final. Daniel echó un vistazo al transeúnte. Con una maleta, qué raro.
—¿Qué haces aquí? —exclamó Daniel atónito—. Tienes suerte de que mi madre esté de viaje con Lisa, porque por si no te has dado cuenta, son las dos de la mañana.
Las lágrimas asomaron tímidas, aunque decididas a saltar por el rostro de Eddie. Parecía increíble. Llorando como un niño pequeño al que le quitan el dulce de las diminutas manos. Era su amigo, pero llorar era algo que muy pocas veces se daba la ocasión (el divorcio de los padres de Daniel, una paliza de Gregory a Eddie y poco más) aunque daba bastante igual. No podía evitarlo, estaba desolado y necesitaba explotar. Tan cansado, tan sorprendido de lo que había hecho, tan asustado…
—Ed, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? —El rostro de Daniel pasó de la sorpresa a la preocupación—. Joder macho, otra bronca, como si lo viera…
—Me… me he ido de… de ca-casa. —La cascada lagrimal ya daba igual, era el tartamudeo lo que hacía más difícil el habla—. Nece - Necesito tu tu ayuda…
—Macho, no me jodas… Anda, vamos a mi cuarto. —Mientras subían las escaleras, Daniel, sujetando la maleta que Eddie había dejado caer al suelo al abrirse la puerta, continuó tratando de calmar a su amigo—. Si yo también estoy hasta las pelotas de mi madre. Y de mi padre y su amiguita ni te digo… pero hasta que termine la universidad… a joderse. —Los créditos de Scream llegaron a su fin. El reproductor terminó por auto apagarse. Minutos más tarde, la televisión hizo lo mismo. Nadie les prestaba atención.
Daniel Watts vivía en el barrio de Carlow, uno de los barrios más lujosos de Danford. Era de extrañar que una familia tan refinada como los Watts tuvieran un hijo con un vocabulario tan vulgar. El joven siempre se defendía de esas acusaciones, alegando que palabras como «corcholis», «jopeta» o «albricias» eran de maricas. Y por una vez en la vida, Claire Watts hubiera deseado que su hijo fuera un homosexual refinado, cuando en la boda de la prima Silvia, el hermano del novio se emborrachó y Daniel se unió al ebrio cuñado de Silvia regando el espectáculo con sus lindezas. Pero bajo todo ese aspecto, se escondía Daniel Watts el dulce, el romántico, el sensible. «Eso son mierdas», pensaba el joven, aunque su tópico «llorar es de nenas» perdió su significado cuando Anna Cukor quiso dejar de ser su novia en quinto. Eso sí que eran lágrimas y no las que se ven en los grandes dramas épicos del cine. Eddie y Daniel eran amigos desde los once años. Se lo pasaban en grande juntos. Se reían de todo, sabían ser felices. Se contaban sus miedos, sus metas, sus ilusiones, todo ello almibarado con un toque de madurez (si su chica se había «derretido» en sus brazos al besarla, cosa que no era cierta, tú no habías visto «estrellitas de colores» al besar a tu chica, cosa que era cierta) Pero todos esos secretos, esas risas, esos increíbles e infantiles momentos se truncaron cuando Claire y Jeffrey Watts decidieron separar sus caminos y continuar cada uno viviendo por su lado. Sin consultarles ni a Daniel ni a Lisa.
El joven nunca entendió aquella decisión (puesto que no conocería las razones hasta más adelante) y se volvió huraño y egoísta. La relación con su madre empeoró, haciéndola culpable de la ruptura. La convivencia era tensa entre ambos, y Daniel trataba desesperadamente de controlar su ira para no recibir una «caricia» por parte de su madre. Aun hoy, conociendo toda la historia (y dejando de culpar a su madre), no ha conseguido afrontar esa separación.
—A ver, colega. Tranquilízate un poco y cuéntame qué ha pasado.
Estaban en el dormitorio y Daniel se había acomodado en la cama, sin camiseta y con unas bermudas blancas desgastadas. Un pequeño matojo de vello cubría su pecho de camino a la madurez. Tenía la piel morena y el cabello negro y rizado. Los ojos verdes y los labios carnosos. Hacía ejercicio diariamente, no de forma exagerada, pero sí que le gustaba un ratito de culto al cuerpo. Tenía los pies pequeños para su altura, pero no era algo que llamara la atención. El conjunto encantaba a las chicas. Eddie estaba sentado a los pies de la cama, con los brazos apoyados en las rodillas, mirando al suelo.
Aunque la noche era fría, el ambiente en casa de los Watts estaba caldeado. Se notaba el calor por toda la casa, en cada rincón. Siempre habían sido una familia muy hogareña, de ahí que la separación de los Watts pillara por sorpresa a todos. Una historia tan típica como tópica. Secretaria con piernas de escándalo y tez sonrosada que se contonea de un lado a otro para transportar unos simples folios de la mesa a la fotocopiadora. De risa, vamos. Tonta sin cerebro. Acostarse con el gerente, casado y con dos hijos, no es la mejor manera de darse a conocer en la empresa. No, si quieres ascender y ser respetada. Aunque eso es otra historia. Al menos la versión oficial.
—He vuelto a encontrar a mi madre en el cuarto con la foto de Gregory.
—Bueno Ed, tampoco es la primera vez… —replicó Daniel, tratando de quitarle hierro al asunto. No era la mejor manera de quitarle hierro, pero le salió tan de golpe que no pudo frenar las palabras.
—Estaba borracha, Daniel. O eso creo. Tenía… tenía una botella al lado. No sé… No sé qué hacer. No quiero volver allí y ver todo eso de nuevo.
Eddie sonaba tan apagado, tan hundido, tan triste, que Daniel se incorporó en la cama y se sentó a su lado. Le rodeó con un brazo y lo zarandeó levemente, intentando que despertara de la ensoñación tan desesperante en la que estaba sumido.
—Tranquilo, puedes quedarte aquí. Eso sí, tenemos que ver qué nos inventamos. En tres días vuelve mi madre con Lisa…
Daniel sonaba tan calmado, tan apacible, tan cercano, que Eddie le agarró la mano que rodeaba su hombro y la apretó con fuerza para agradecerle que le despertara de la ensoñación tan desesperante en la que estaba sumido.
—No. No te preocupes —le interrumpió Eddie—. Para entonces ya habré pensado una solución. Gracias de verdad. Eres un verdadero amigo.
El tono de la conversación había tomado un cariz demasiado tierno. Hablaron durante un rato sobre los padres, las hermanas, los amigos, los amores. Hablaron sobre ellos dos y su vida juntos. Todo lo que habían vivido juntos. En ese instante, el silencio invadió el cuarto; un silencio atroz y relajante a partes iguales. El habla se había quebrado. Se habían dado cuenta que su amistad se había fortalecido con el paso de los años. Que los problemas se habían agudizado con el paso de los años. Que las soluciones, se encontraban estando juntos, unidos. Se tenían el uno al otro. Y se querían.
—Bueno, macho. Te recuerdo que son las tres y media y me caigo de sueño. Hacemos tu cama y mañana ya veremos que hacemos.
—De acuerdo. Vamos.
II
Sarah Kokland estaba leyendo un libro. Estaba aburrida, porque tenía ganas de ver a Sammy. Había llamado aquella tarde por teléfono a casa de los Buller, pero nadie había respondido. Eso significaba que todavía no habían vuelto de su viaje exprés. Mañana era sábado y por la noche tenía que haber vuelto para pasar la noche juntas. Tenían tanto que contarse. Aunque se hubieran visto hace un par de días. Danford era pequeño, pero las posibilidades que ofrecía a nivel historias y situaciones era inacabable. Había infinidad de cosas que hacer, sitios a donde ir, gente a la que ver. Y ellas disfrutaban juntas cada segundo. Se complementaban a la perfección. Cada paso que daban, lo daban a la par, como sí estuvieran conectadas psíquicamente. No les hacía falta hablarse, las miradas bastaban. Los pequeños gestos se traducían en auténticas revelaciones entre ellas. Cualquier detalle, era suficiente para exprimirlo al máximo y sacar todo el jugo de aquellos momentos juntas. Por eso tenía tantas ganas de verla.
