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En "El Señor Presidente" se produce una denuncia de la dictadura de Hispanoamérica, a través del caso especial guatemalteco. La importancia de esta novela es enorme como modelo directo o indirecto para los autores de narraciones que tratan también el tema de la dictadura: Carpentier, García Márquez o Roa Bastos. Encarna además el patrón de la "nueva novela" y el "realismo mágico".
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Seitenzahl: 655
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Miguel Ángel Asturias
El Señor Presidente
Edición de Alejandro Lanoël-d’Aussenac
INTRODUCCIÓN
Génesis de la obra
El proceso argumental
La estructura narrativa
Diversidad del lenguaje
ESTA EDICIÓN
BIBLIOGRAFÍA
EL SEÑOR PRESIDENTE
PRIMERA PARTE. 21, 22 Y 23 DE ABRIL
I. En el Portal del Señor
II. La muerte del Mosco
III. La fuga del Pelele
IV. Cara de Ángel
V. ¡Ese animal!
VI. La cabeza de un general
VII. Absolución arzobispal
VIII. El titiritero del Portal
IX. Ojo de vidrio
X. Príncipes de la milicia
XI. El rapto
SEGUNDA PARTE. 24, 25, 26 Y 27 DE ABRIL
XII. Camila
XIII. Capturas
XIV. ¡Todo el orbe cante!
XV. Tíos y tías
XVI. En la Casa Nueva
XVII. Amor urdemales
XVIII. Toquidos
XIX. Las cuentas y el chocolate
XX. Coyotes de la misma loma
XXI. Vuelta en redondo
XXII. La tumba viva
XXIII. El parte al Señor Presidente
XXIV. Casa de mujeres malas
XXV. El paradero de la muerte
XXVI. Torbellino
XXVII. Camino al destierro
TERCERA PARTE. SEMANAS, MESES, AÑOS...
XXVIII. Habla en la sombra
XXIX. Consejo de guerra
XXX. Matrimonio in extremis
XXXI. Centinelas de hielo
XXXII. El Señor Presidente
XXXIII. Los puntos sobre las íes
XXXIV. Luz para ciegos
XXXV. Canción de canciones
XXXVI. La revolución
XXXVII. El baile de Tohil
XXXVIII. El viaje
XXXIX. El puerto
XL. Gallina ciega
XLI. Parte sin novedad
Epílogo
VOCABULARIO
APÉNDICE
«El Señor Presidente como mito»
CRÉDITOS
... Así comenzó el secuestro de la gente que aparecía muerta en los caminos y que había sido sacrificada ante el dios Tohil...
Popol-Vuh
Miguel Ángel Asturias en 1946, cuando apareció en México la primera edición de El Señor Presidente (Foto: Centro de Documentación y Archivo Bibliográfico de la Fundación Miguel Ángel Asturias).
La novela El Señor Presidente se llamó primero Los mendigos políticos. Era un cuento que Miguel Ángel Asturias ya tenía redactado cuando partió de Guatemala en 1923 para radicarse en Europa.
Ese escrito breve, de unas diez páginas, debería haber sido publicado en el suplemento literario del diario El Imparcial, de Guatemala. Como lo envió tarde, no lo pudieron incluir y entonces lo retiró llevándolo consigo a Europa.
Ya instalado en París, Asturias retomó aquel relato con el propósito de aumentar su número de páginas y completar el argumento con algunas ideas nuevas. La base del cuento fue el primer paso para empezar a concebir las distintas historias que componen el hilo narrativo de la obra.
Sin embargo, existen otros elementos de apreciación que desempeñan un papel importante en lo que respecta al origen de los componentes subjetivos que tuvieron una importancia decisiva en el desarrollo progresivo de la narración hasta que se transformó finalmente en la novela.
Luego de licenciarse en Derecho y Notariado, Asturias presentó su tesis titulada El problema social del indio, que se publicó en Guatemala en diciembre de ese mismo año, y obtuvo por ella el importante premio cultural «Gálvez»1. Los conceptos sociales y etnológicos desarrollados en este ensayo configuran un aspecto fundamental en el modo de pensar de Asturias expresado invariablemente a través de su obra posterior.
El hispanólogo alemán Horst Rogman le asigna a este ensayo un cierto acento patriarcal y racista. Es importante, sin embargo, tener presente que la perspectiva de Asturias entonces era la de un joven abogado cuya introducción en las ciencias sociales le permitía asimilar la realidad de su tiempo, pero sin la experiencia literaria y el conocimiento de los problemas de la humanidad que adquirió en sus años de madurez.
No obstante, aquel ensayo, por su condición de base para su obra posterior, merece un estudio libre de prejuicios, donde se pueda percibir el sentido real que el autor intentó darle en esa etapa inicial de su desarrollo como escritor. Además, su lectura constituye un elemento importante para comprender, desde un punto de vista etnológico, la realidad del pueblo que Asturias describió más tarde con carácter dramático en el argumento de El Señor Presidente. Podría decirse que ambos libros se complementan magníficamente.
El texto del ensayo, redactado a partir de un trabajo personal de investigación que el mismo Asturias realizó en las poblaciones indígenas de Mixco, Mixco Viejo, Chinautla, San Juan, San Antón y Sacatepéquez, fue una de las primeras tesis de carácter sociológico realizadas en Guatemala.
Si se tiene en cuenta la ausencia de elementos de consulta y comparación, y la influencia de la sociología europea en las universidades de América Latina, veremos que la obra revela un esfuerzo loable y un buen propósito dentro de la educación positivista de la época. Considerado así, desde un punto de vista que llega a conjugarse lógicamente con su lucha posterior en defensa de ese mismo pueblo al que llegará a describir de manera magistral en obras como Viento Fuerte,Soluna o Viernes de Dolores, pensamos que sería injusto confundir aquel primer ensayo con un panfleto antiindigenista o tergiversar su sentido bajo la influencia o la opinión subjetiva de una crítica aislada de la opinión general.
Por su sentido descriptivo, ambas obras (El problema social del indio y El Señor Presidente) dejan traslucir una voz de alarma destinada a despertar la conciencia sobre una realidad que sufría y aún sufre América Latina, un problema social que corresponde al contexto cultural del mundo occidental y cuya solución aún está pendiente de concretar.
Ortega y Gasset definió la idea de occidente como el resultado de tres principios que han hecho posible la conformación de la sociedad y su cultura en el Nuevo Mundo: la democracia liberal, la experimentación científica y el industrialismo. Las dos últimas resumidas en una: la técnica.
El conjunto mayoritario de la población latinoamericana ha permanecido durante décadas al margen de esos tres principios fundamentales que caracterizan a los países desarrollados. Los grandes cambios de nuestro siglo, el fantástico desarrollo de los medios de comunicación y los efectos de una confrontación latente entre dos ideologías profundamente opuestas —el comunismo y el capitalismo— contribuyeron a crear ese clima de tensión, acentuando las diferencias y la violencia entre los seres humanos. Esta compleja situación política global reflejada a escala nacional impidió que en Guatemala —como en otros muchos países de Latinoamérica— se pudiera encontrar una respuesta mínima a las reformas propuestas y desarrolladas en aquella tesis sociológica.
El sentido argumental de El Señor Presidente es una figura teatral del mismo problema que plantea El problema social del indio, con las características de un estudio técnico. La realidad de aquella cuestión es presentada de otra forma, pero sin variar la esencia que se desprende de ambas obras, es decir, la forma... Y forma —que proviene del vocablo griego «molde» (morpha)— es también la base constitutiva del sentido literal del término figura, porque figura se relaciona más con el concepto de fantasía, mientras que forma se refiere al concepto de materia2.
Ésa es la clave de la estrecha relación psicoanalítica de ambas obras en los niveles histórico y socioetnográfico.
El grueso de la población actual de Guatemala —lo mismo que la de México y otros países de Centro y Sudamérica— arrastra un largo y complejo entramado de creencias religiosas, leyendas y tradiciones populares que entroncan en el seno profundo de las civilizaciones precolombinas y forman parte de la cultura tradicional del pueblo actual.
Los casi dos siglos del periodo independiente no resultaron suficientes para mejorar aquella situación. Más bien el tiempo fue testigo de un proceso en el que se acentuaron aún más, si cabe, las diferencias sociales.
Las clases campesinas y trabajadoras sólo cambiaron de patrón. Del antiguo sistema de las encomiendas —cruel y despótico— de los terratenientes hispánicos, pasaron a los abusos y las opresiones de las oligarquías que gobernaron por turno aquellos países. Los indígenas, aún más explotados por su propia condición, sólo confiaban en sus dioses, de manera que sus tradiciones ancestrales siguieron formando parte de la cultura popular. Los mitos eran un elemento esencial en la vida del pueblo y como tales los tomó Asturias, dándoles forma literaria en su novela. El conocimiento y la comprensión de esa conjunción de sentimientos e ideas —adaptadas en mayor o menor medida a las circunstancias, pero nunca desarraigadas totalmente de la forma de ser indoamericana— es la clave para entender el sentido social y las razones subjetivas que desempeñaron un papel preponderante en la génesis de El Señor Presidente como prototipo de la novela de denuncia contra las injusticias sociales.
El hecho de que en algunos pasajes del ensayo sobre El problema social del indio se generalicen conceptos que sólo corresponden a determinadas culturas de carácter tradicionalmente indígena, como la de Guatemala, es un mero aspecto circunstancial que no afecta al valor intrínseco de la obra. Vale, sin embargo, como antecedente de su temprano interés por el tema social que luego desarrolló con absoluta coherencia en sus distintos libros.
Lo que Asturias ignoraba entonces —como tampoco parecen saberlo los dirigentes políticos y los profesores universitarios respecto a los ejemplos que cita de Argentina y Estados Unidos— es que en ambos países la población autóctona había sido diezmada, reducida a núcleos minúsculos y sustituida por inmigrantes europeos que poblaron sus extensos territorios.
Esto se comprende al ver el problema desde otros aspectos distintos al de la simple crítica literaria. La tesis sobre El problema social del indio sirve como base y elemento de comparación para comprender el ambiente sociocultural en el que se desarrolla el argumento de El Señor Presidente. Su aporte constituye una enseñanza y ése es el elemento más importante sobre el que se asienta toda su obra posterior.
Asturias había sido testigo desde muy joven de aquella situación de desigualdad entre clases, la explotación injusta del campesinado y la sensación palpable del miedo a los horrores de las dictaduras. Lo había visto más de una vez en los ojos de sus propios padres, conocía los errores cometidos por los gobernantes y las causas que generaban la injusticia social, pero no comprendía aún las verdaderas razones por las que tales circunstancias existían y cuál era la forma de conjurar la situación.
Cuando en 1923 partió hacia Inglaterra con la intención de estudiar economía política, aún le faltaba una pieza importante para desentrañar el problema. En Londres se inscribió como alumno libre en un instituto de lenguas para aprender inglés, pero fue en vano; viniendo de un país cálido y latino, la capital británica no le pareció un lugar adecuado para fijar su residencia permanente, la sintió demasiado distante y extraña a sus gustos y sentimientos. Para paliar el tedio y el frío, pasaba horas contemplando las numerosas colecciones de arte precolombino expuestas en las salas del British Museum. Había algo extraño en aquellas figuras hieráticas, en los diseños simbólicos, en esas innumerables muestras de un arte que le resultaba extraño y, a la vez, familiar.
Las reliquias hablaban de una cultura autóctona, de riquezas espirituales, de valores olvidados, de formas e ideas que nunca había visto con tanta variedad, ni en su propia tierra, a pesar de que de allí provenían. Fue entonces cuando tomó conciencia de los valores escondidos en la cultura tradicional de los «hombres de maíz»3. Poco a poco, casi sin darse cuenta, comenzó a interesarse por el pasado aún oscuro de su América natal. Observaba con especial atención las impresionantes muestras de la civilización maya, que en definitiva eran la auténtica esencia de su forma de ser, ésa que entonces empezó a sentir con más intensidad.
El 14 de julio de 1924, Asturias realizó un viaje a París, atraído por la conmemoración de la fiesta nacional de Francia, y se instaló en una pensión de estudiantes cercana a la Universidad de La Sorbona. Ya no retornó a Londres. Se sintió tan a gusto en el ambiente parisino de la rive gauche que decidió no regresar a Londres.
Por aquella época estaban en boga los cafés de Montparnasse: La Rotonde, Regence, Le Dôme. Sus mesas eran el punto de reunión de estudiantes e intelectuales latinoamericanos. Allí concurrían pintores del renombre de Pablo Picasso y Maurice Utrillo, y escritores como el japonés Fujita o el ruso Ilya Ehremburg. En esos días salía la Revue de l’Amérique Latine que agrupaba, entre otras, firmas de Rubén Darío, Juana de Ibarbourou, Alfonso Reyes, Horacio Quiroga y Alfonsina Storni. Los principales traductores de La Revue eran François de Miomandre y Georges Pillement, ambos escritores e hispanistas que trabajarían años más tarde sobre las futuras obras de Asturias. André Breton preparaba entonces su Manifiesto Surrealista.
El tradicional café-restaurante bohemio de La Coupole solía reunir a un grupo abigarrado de jóvenes estudiantes sudamericanos, residentes en la ciudad luz e interesados como Asturias en la cultura latina. Provenían de diferentes países, pero tenían algo en común: la juventud, la lengua y las ganas de vivir y aprender cosas nuevas.
El ambiente y las circunstancias eran propicios para que el joven estudiante, aún desorientado, hallara su camino y especialmente, el sentido, práctico de la obra que esperaba realizar... Pero aún le faltaban muchos pasos que dar en ese sentido y, sobre todo: diez años de preparación, de ilustración universal, de confrontación de ideas y estilos. Faltaba aún —entre otras muchas cosas— el consejo que le daría Paul Valéry en el sentido de que describiera a su pueblo para ser universal. Pero allí estaba, en la senda del descubrimiento de su universo interior, en el proceso de elaborar su propio concepto de sociedad, en la apertura a la asimilación de nuevas tendencias en materia de expresión literaria. Eran los días en que se gestaban en su mente las ideas que luego irían dando forma a cada uno de los capítulos de El Señor Presidente.
La necesidad de saber más sobre el origen de su propia cultura y el deseo de acercarse a través de la distancia a todo aquello que le resultaba familiar desde la niñez lo impulsaron a inscribirse en los cursos del Collège de France sobre las civilizaciones precolombinas.
En el París pintoresco de los años 20, frecuentado por pintores y poetas surrealistas, toda manifestación cultural tenía su lugar y su grupo de adeptos. La magia de las civilizaciones antiguas ejercía una fuerte influencia en la imaginación de profesores y estudiantes... Pronto participó Asturias en un seminario sobre la religión y las culturas aborígenes de la América Central, que el profesor Georges Raynaud dictaba en la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de La Sorbona.
La originalidad en los argumentos de sus novelas nació del conocimiento que adquirió a través de esos cursos y de las conversaciones con amigos latinoamericanos en los cafés de París. Asturias decía que la trama de sus novelas y los perfiles humanos de sus personajes surgían de una manera paulatina y laboriosa, escuchando y observando en función de un constante aprendizaje, como debe hacerlo el escritor encerrado en su gabinete de estudios. En aquel París de los años 20, las tertulias de escritores se transformaban en improvisadas audiencias, las mesas estaban siempre llenas, ocupadas por jóvenes estudiantes como lo eran Alejo Carpentier, Arturo Úslar Pietri, César Vallejo, Rafael Alberti o Aragon.
La literatura latinoamericana se encontraba entonces ante la encrucijada de su propio destino como manifestación histórica y cultural. Reubicar su imagen —todavía plural y desconcertada— de cara a la crítica internacional fue el principal objetivo de los escritores de la generación de 1920. El joven Asturias, que recién empezaba a conocer los efectos de la influencia europea en las artes y las letras, inició allí una etapa de búsqueda de su identidad, en distintas direcciones, aunque unificadas por una notable coherencia interior. Jamás olvidó la idea inicialmente pergeñada en el cuento Los mendigos políticos. De tantas veces que lo había leído en voz alta, se conocía casi de memoria las diferentes modulaciones de aquella narración que luego daría vida a El Señor Presidente. Debió leerla en innumerables oportunidades. Siempre hizo varias versiones de sus obras. Necesitaba que su sonido fuera musical, quería que dejara un mensaje, pero además que gustara al oído. No sólo al suyo, también al de sus interlocutores.
Una y otra vez redactó Asturias su cuento. Poco a poco lo fue ampliando, cambiando —si cabe— la fisonomía del futuro libro, como un rostro que se cubre con máscaras distintas. Una sobre otra y cada una es la verdadera imagen del personaje que anida en su interior.
Al principio fueron cuartillas escritas a máquina con cinta verde. Ésas se perdieron. Sólo sabemos de su existencia por las propias palabras del escritor. Varias veces cambió el modelo de redacción, siempre buscando la perfección. Cuando mejoraba el texto, cambiaba también el título, y lo cambió muchas veces hasta llegar a El Señor Presidente como nombre definitivo.
Esa musicalidad se percibe desde las primeras líneas del texto, donde un juego de palabras —ya famoso en los anales de la literatura universal— deja oír el tañido de las campanas de la catedral, en cascadas de bronce. Una y otra vez ese carrillón de letras y sílabas encadenadas deja oír su sonoridad verbal: «... Alumbre, lumbre de Alumbre, Luzbel de Piedralumbre...»
«¡Las calles van a cerrarse en un día de estos, horrorizados...» Texto del diálogo de prisioneros. Versión teatral de El Señor Presidente. Dirección General de Bellas Artes. Departamento de Teatro del Ministerio de Cultura. Guatemala, 1967 (Foto: Yela Islas).
La lectura de lo escrito en voz alta, con todos los sonidos e inflexiones que la riqueza expresiva de un vocablo puede dar al oyente, era un ejercicio permanente en la realización de su obra. El significado de las figuras alegóricas fue transformando constantemente la descripción de cada escena; a la medida de las circunstancias de los personajes y las necesidades del argumento, buscaba, en todo caso, el goce estético del sonido como objetivo principal.
Las palabras —decía Asturias— corresponden a los momentos, a los instantes, el juego de vocales, si son aes, si son íes, corresponde también a diferentes situaciones, no porque yo lo haya buscado con un papel; que yo estuviera buscando palabras... no; sino porque activamente, yo leía en voz alta cada página, cada párrafo, cada frase, y entonces, cuando sonaba, ya quedaba hecho. A mí, cuando no me suena, aunque sea bella la imagen y demás, cuando no me suena al oído, cuando auditivamente no me complace, no me hace vibrar, no acepto yo que esté resuelto un problema literario en mis cosas, y lo vuelvo a escribir, y lo escribo veinte veces si es necesario. El Señor Presidente fue escrito muchas veces, luego lo leí en alta voz, casi lo sabía de memoria. Tenía la ventaja de que en esa época no existía la preocupación de la publicación. Yo jamás imaginé que El Señor Presidente fuera a ser publicado; yo lo escribía un poco por complacencia, un poco porque encontraba yo que había un gusto especial en dejar en letras de molde todas aquellas cosas que yo contaba4.
La historia de Los mendigos políticos fue adquiriendo poco a poco un carácter circunstancial. Su condición de novela denuncia se vio transformada de una manera original por la trascendencia poética de las palabras empleadas. Era un valor que crecía en la misma medida en que iba aumentando el número de páginas.
Así fue surgiendo el complejo entramado de las distintas historias independientes que componen la obra. Todas subordinadas en alguna forma al mito de El Señor Presidente. Aquel estilo literario, entonces poco conocido y apenas esbozado por su imaginación, daría más adelante un carácter particular a la novela. Los ecos surgidos en la memoria colectiva a partir de la resonancia natural de las palabras la fueron enriqueciendo con su virtualidad acústica. Cada palabra, cada frase encerraba un mundo de imágenes sugerentes. Fue entonces cuando la progresiva configuración de los capítulos logró brindar vida propia a las metáforas del texto. Las palabras fueron naciendo de manera espontánea al calor de sus ensueños juveniles como un conjuro de la irrealidad hecha a partir de sus antiguos versos de adolescente. Sueños adaptados a su realidad literaria, como un «manojo de sueños»generados en los arcanos meandros de la mente...
Sueños adaptados, como un solio de esperanzas moldeadas en la trama singular de la novela. Fantasías oníricas, asimiladas de manera gradual por la realidad de la vida, que se fueron incorporando poco a poco a la primitiva versión del cuento Los mendigos políticos...
Las ideas y los recuerdos reunidos en el plano de la ficción cobraban cuerpo casi espontáneamente en los primeros capítulos surgidos de aquella manera tan singular. El proceso de articulación de la novela fue lento por las numerosas interrupciones sufridas —duró desde 1924 hasta 1932—; sin embargo, el argumento fue creciendo durante la primera parte, que va hasta el capítulo XI, en un proceso de asociaciones verbales que Jung denomina «la palabra estímulo»5.
Asturias lo cuenta de esta manera:
... estando en París, nos reuníamos grupos de latinoamericanos en los cafés de Montparnasse a contar anécdotas de nuestros países. De pronto, se empezaron a relatar sucesos de las dictaduras de esa época: de don Porfirio Díaz, el dictador de México; de Zelaya, el dictador de Nicaragua; de Juan Vicente Gómez, el dictador de Venezuela, y yo contaba anécdotas de Estrada Cabrera, el dictador de Guatemala. Había una especie de rivalidad en esta justa de historias trágicas, cada uno trataba de mejorar a su dictador contando lo que éste había hecho; y contando esas historias vinieron a mi memoria cosas que había visto de niño, había oído de joven, pero tenía olvidadas. Relatando, fui recordando escenas que conscientemente, por decir así, no recordaba, pero que en el correr de la conversación fueron apareciendo. Yo nací en el año 1899. Estrada Cabrera llegó al poder en el año 1888, quiere decir que yo pasé toda mi niñez y juventud durante el gobierno de Estrada Cabrera. Recordaba entonces a mi familia que fue perseguida por Estrada; para hablar, ella se retiraba en el fondo de la casa, que como las españolas, tienen tres enormes patios, en los bodegones, en las cocinas, y allí, junto al gato, junto a la ceniza, junto al fuego, junto a estos elementos misteriosos se les oía hablar sobre lo que había hecho «el hombre que no había hecho»; qué momentos pasaban; pero jamás se les oía hablar en público, y menos en la sala y en el comedor; porque se tenía un enorme temor dado que en esa época, los objetos veían, los muros escuchaban y era mucha la policía secreta de Cabrera. Es, pues, el elemento miedo. Miedo ambiental, lo que creo que le da más carácter al libro; y éste no es un elemento literario sino un elemento del alma mía, del alma humana, psicológico si ustedes quieren, que pasó directamente al hacer los relatos y después al escribir el libro de una realidad que yo tenía latente en las páginas de El Señor Presidente6.
Había en todo ello mucho de historia real y no poca fantasía. La imaginación del joven escritor se excitaba frente a la multitud de imágenes surgentes, su posibilidad activa y la riqueza de complementos que le daban aquellas charlas interminables.
Asturias dijo una vez en un reportaje que al narrar sus vivencias personales se iban despertando en su memoria los recuerdos adormecidos de la niñez y la adolescencia, historias reales de los tiempos de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, a las que en su momento no les había prestado atención, pero que entonces volvían a la mente transformados en elementos aglutinantes de la novela que ya estaba escribiendo.
En La Rotonde, se relacionó con Pablo Picasso, quien le hizo un retrato al carboncillo. Asturias le retribuyó el gesto amistoso con un poema gracioso sobre el surrealismo. Más tarde escribió algunos artículos sobre el arte singular del pintor malagueño. Sus ansias de conocer más, de penetrar en ese mundo intelectual, aún desconocido para él, lo llevó a frecuentar las ruedas de artistas y escritores vanguardistas.
Allí conoció, entre otros, a Luis Cardoza y Aragón y a un jovencísimo Arturo Úslar Pietri, que luego escribiría, en un interesante recuerdo sobre el origen de El Señor Presidente:
... Yo asistí al nacimiento de este libro. Viví la irrespirable atmósfera de su condensación. Entré, en muchas formas, dentro del delirio mágico que le dio formas cambiantes y alucinatorias. Lo vi pasar, por fragmentos, de la conversación al recitativo, al encantamiento y a la escritura. Formó parte irreal de una realidad en la que viví por años sin saber muy bien por dónde navegaba7...
Era el comienzo de una nueva etapa en el acercamiento de Europa y Latinoamérica. El público europeo comenzaba a interesarse por las manifestaciones culturales del Nuevo Mundo.
Pero no todo eran flores del intelecto; para contribuir al sostén de su menguado bolsillo debió dedicarse al periodismo, como corresponsal de El Imparcial de Guatemala y de otros diarios de México.
En plan de ensayo de lo que sería más adelante una importante fuente de trabajos creativos, realizó sendos estudios sobre las obras literarias del español Blasco Ibáñez y del argentino José Ingenieros, célebre escritor y sociólogo positivista muerto en Buenos Aires en 1925.
Durante esa época, prolífica en creaciones literarias americanas, Pablo Neruda escribía Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada yse publicaba La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera.
El pensamiento de Asturias estaba puesto en Guatemala, donde la compañía norteamericana United Fruit obtenía del gobierno del general Orellana la concesión de grandes extensiones de tierras fiscales. Gran parte de esos terrenos estaban ocupados desde varias generaciones atrás por campesinos indígenas o ladinos8 iletrados que fueron expulsados por la fuerza por no conocer nada de títulos ni de papeles, ni de los manejos turbios de sus gobernantes. El inmenso monopolio de la compañía bananera se extendía inexorablemente y la producción de las pequeñas plantaciones minifundistas se vio ahogada por la manipulación de los precios.
En mayo de 1925, contando con el apoyo económico de su amigo Juan Olivero, Asturias publicó Rayito de Estrella, una pantomima de influencia modernista a la que él denominó Fantomima (pantomima fantástica), una ingeniosa manera de combinar la gracia con la magia y la palabra; un juego de sonidos y sentidos que se fue manifestando en forma paulatina desde lo más profundo de sus entrañas de escritor hasta llegar a la cumbre de la más perfecta creación literaria. El género Fantomima, término creado por Asturias para distinguir una manera espontánea y locuaz de teatro versificado, muestra claras reminiscencias de los antiguos tinglados teatrales que recorrían los pueblos de América Central en los siglos XVIII y XIX. La fantasía fue, desde tiempo inmemorial, una forma natural de expresión común entre las culturas de la antigüedad.
Este nuevo género, ágil e ingenioso, tuvo una profunda influencia en muchas de sus obras posteriores, e incluso se permite entrever en algunos pasajes de El Señor Presidente, como en el comienzo del capítulo XXIV y en el epílogo, con el canto del figurín, figurero.
Sin embargo, su trabajo no pecó de laxitud. Era joven, pero ya sabía que el verdadero oficio de las letras no es algo espontáneo, pronto comprendió que la arquitectura literaria se construye como un edificio; ladrillo a ladrillo: palabra por palabra... Por eso ensayaba y practicaba constantemente el oficio de las letras... «ni un día sin línea»,como diría más tarde Antonio Tovar, de la Real Academia Española.
Los años de París, ricos en experiencias novedosas, modelaron el espíritu de Asturias y ampliaron su horizonte intelectual, pero no modificaron su profunda esencialidad latinoamericana.
En el conjunto de conocimientos universales adquiridos veía una curiosa coincidencia entre las ideas vanguardistas europeas y las tradiciones culturales del Nuevo Mundo. Los estudios realizados en La Sorbona le permitieron encontrarse con las raíces naturales de su raza, recogidas en el texto anónimo del Popol-Vuh9, la biblia de los mayas, que retradujo de la versión francesa de Georges Raynaud en colaboración con otro alumno de la misma cátedra, el abate mexicano J. M. González de Mendoza10.
Ambos analizaron y transcribieron laboriosamente, del francés al castellano, las dos obras recopiladas por el anciano profesor de antropología: el Popol-Vuh y Los Anales de los Xahil, que recogen lo más profundo de la magia, los mitos y las creencias de los antiguos indígenas americanos. La tarea de traducción y publicación de estas obras —que finalmente se editaron en tres volúmenes— se prolongó hasta 1927.
Vemos aquí también un indicio innegable de la influencia que aquel estilo florido y pintoresco —una asombrosa cascada de palabras e imágenes— ejerció en el desarrollo del texto de El Señor Presidente.
En ambas creaciones el concepto descriptivo gira en torno a un estilo prosopoético, libre y adornado con caracteres simbólicos asimilados naturalmente de esa riquísima tradición mitológica de los pueblos precolombinos. Esa apertura hacia las líneas simbolistas, tan en boga en el París de los años 20, coincidía con el estilo del libro quiché. Es natural que naciera un cierto deseo íntimo de Asturias de consustanciar esas corrientes con sus propios sentimientos y su forma de redacción.
La compleja simbiosis entre la expresión espontánea de las civilizaciones primitivas y el estricto sentido metodológico de dos vertientes poéticas —modernismo y postmodernismo— que coexistieron durante las primeras décadas del siglo XIX, generó en Asturias una nueva categoría de arte, difícil de encasillar como una sola o única corriente estilística por lo amplio de esa cultura mestiza, rica en neologismos y tradiciones místico-religiosas que nace en las mismas entrañas étnicas del continente americano.
En aquellos días conoció y estrechó su amistad con Miguel de Unamuno, James Joyce y André Breton. Resulta natural entonces que buscara decantar tantas influencias de acento moderno con la sensibilidad de las historias nacidas en el seno de culturas primitivas. Era ésta una experiencia ordinaria practicada entre los simbolistas franceses, que hicieron de la expresión artística una experiencia natural, retrotrayendo y aplicando el proceso lógico de la mentalidad abierta a todo tipo de experiencias naturales en el ser pensante. Fue un poco como volver a los orígenes evolutivos de la comunicación humana y empezar de nuevo.
De ese estilo tan particular tomó Asturias muchos de los ejemplos que hemos podido hallar en El Señor Presidente y en la colección de sus manuscritos inéditos o poco conocidos11.
París, centro internacional de la cultura, no fue sin embargo la única meta de su espíritu inquieto. Durante los primeros años de su estancia en Francia realizó distintos viajes por Europa, siempre buscando no sólo el placer estético, sino también las fuentes originales de la literatura, las manifestaciones populares de la cultura. Invitado por Ramón Gómez de la Serna asistió en Madrid a las tertulias del célebre Café de Pombo, luego pasó a Italia como delegado de Guatemala ante el Congreso della Stampa Latina. Ávido de imágenes empapadas de historia y tradiciones esenciales, recorrió Milán, Florencia, Bolonia y Venecia.
Italia, la cuna del arte y la civilización latinas, le abrió un nuevo panorama que se fue integrando más tarde, como por ósmosis, en su bagaje intelectual. Los maravillosos Sonetos de Venecia y los Ejercicios poéticos en forma de soneto sobre temas de Horacio fueron —años más tarde— el resultado germinal de ese primer contacto con el mundo de los autores clásicos.
Pero las digresiones artísticas no desviaron la trayectoria de trabajo que se había fijado de antemano. De regreso en París, pronto recomenzó con sus clases en la cátedra del profesor Raynaud y siguió cada noche derramando el realismo mágico de sus narraciones en las ruedas de amigos del café La Rotonde. Aquellas historias, contadas, leídas, recitadas y hasta cantadas, poco a poco se fueron convirtiendo en sucesivos capítulos de El Señor Presidente.
Durante esos años (1924-1933), Asturias escribió un total de 970 artículos periodísticos para El Imparcial de Guatemala y otros diarios latinoamericanos, además de una serie de diversas narraciones cortas entre las que destacan la novela corta Florentina y los cuentos «A orillas del Sena», «Un beso blanco» y «Sacrilegio del Miércoles Santo».
Mientras, El Señor Presidente seguía su largo proceso de gestación.
Hacia 1926, luego de más de dos años de estudiar y perfeccionarse en la lengua y la cultura de Francia, comenzó a acudir asiduamente a la Biblioteca Nacional de la calle Richelieu. Allí conoció voces nuevas de la cultura clásica, latina y medieval.
El alegorismo y las resonancias provenientes de la lectura de Boccaccio, Virgilio y Dante Alighieri despertaron aún más su imaginación juvenil, asombrada ante el torrente de ideas que llegaban a un pensamiento todavía en la mitad del camino hacia una plena madurez intelectual. Leyendo la Divina Comedia halló en el pasaje del infierno una palabra que captó su atención: «Malevolge».
La influencia de sus estudios americanistas en La Sorbona y su pasión por las culturas mesoamericanas ya asimiladas dentro de su orden académico bajo la influencia del profesor Raynaud entraron entonces en franca colisión con sus nuevas experiencias. El alegorismo del medioevo latino llegó a fascinar su imaginación, y creía haber hallado el nombre definitivo para su novela.
Así estuvo durante algunos capítulos más hasta que varios de sus amigos le hicieron notar que «Malevolge» era un italianismo. Un término que ligaba sin necesidad la esencia americana de su novela con el infierno del Dante.
En esa época salió a la luz Tirano Banderas de Ramón del Valle-Inclán, una obra que generaría largas e inoficiosas polémicas en torno a una supuesta similitud temática con la obra de Asturias:
... Han dicho que el estilo de El Señor Presidente se parece al de Tirano Banderas, y que yo me inspiré en esa obra de don Ramón, al que yo leía en mi juventud con admiración. Pero El Señor Presidente está escrita antes que Tirano Banderas12...
A mediados del año siguiente —1928— viajó a La Habana, donde asistió a un congreso literario y realizó varias disertaciones, cuyos textos se publicaron en la revista vanguardista Repertorio Americano. Antes de regresar a Europa, pasó por Guatemala, donde luego de cinco años de ausencia volvió a tomar contacto directo con la realidad de su patria. Allí dictó conferencias en diversas instituciones de trabajadores, entre ellas la Sociedad de Auxilios Mutuos, el Sindicato de Empleados de Comercio, el Instituto Central de Varones —donde había estudiado siendo adolescente— y su querida Universidad Popular.
Cuando regresó a París después de aquel extenso viaje llevaba en su mente el resultado de la experiencia vivida personalmente en su patria, gobernada en esa época por el general Lázaro Chacón. El juicio formado en directo del estado social de Guatemala sería el germen de su obra futura. Durante su estancia allí había pronunciado una serie de conferencias en el recinto de la Universidad Popular, que reunió bajo el título de Arquitectura de la Vida Nueva13. De ellas dijo Asturias en su prefacio a la primera edición:
La Arquitectura de la Vida Nueva marca el primer kilómetro en la carretera. Es una banderita de ideas. Muchas ajenas, aunque mías por la pasión con que las expuse, por el fuego que les comuniqué, encendido de labios y de corazón en su contacto. El que se apropia de lo ajeno para satisfacer a los suyos, nunca me convenceréis que comete delito...
Y eso hice, robar para los míos: hice mías las ideas para los míos... ¿Tenían hambre? No lo sé. Lo cierto es que como si la hubieran tenido. Robé pan duro y no adornos. Pan duro de ideas y no adornos literarios inútiles.
Pienso que el título define lo que debiera ser este libro, no lo que es. Debiera ser... eso que el lector sabe y dice y yo sé, y no puedo decir. Un libro de observaciones pacientes, trabajado, y no un libro de divulgación, inestable, producto de pocas horas: lo que puede hacer un hombre que después de varios años de ausencia vuelve a su país por corto tiempo, cuando luchan en su alma sentimientos, se rompen doradas esperanzas y por imperativo juvenil siente todavía necesidad de gritar.
Esta visión, diríamos luminosa y esperanzada, de la responsabilidad de los intelectuales con la humanidad coincide con el espíritu que Asturias asignó a El Señor Presidente y en general al resto de su obra.
Como él mismo lo expuso, reconocía en aquella recopilación algo así como un «granero de ideas» (suyas algunas; tomadas del pensamiento de los grandes filósofos las otras). A lo largo del texto comparaba las páginas del libro con el suelo de un gallinero, en el que reina el desorden, pero cada grano esparcido en el suelo encierra el germen nutritivo de una idea. Corresponde al lector tomarla, asimilarla y darle forma a través de su propio razonamiento.
Por entonces, comenzó a escribir las Leyendas de Guatemala y ya tenía bosquejados algunos capítulos de El Alhajadito.
Sin embargo, El Señor Presidente seguía oculto, como esperando el momento propicio para salir a la luz con toda su carga emocional. El desarrollo textual de las leyendas ocupó su tiempo como una forma de expresar lo ancestral que también palpitaba en sus venas. Había en ello algo filial, un individualismo que trascendía los límites de su memoria subconsciente y se adueñaba de su naturaleza con la fuerza genitora de la sangre.
Por esa razón, a modo de introito, puso en la primera página de esas Leyendas acrisoladas por su memoria ancestral: «A mi madre, que me contaba cuentos».La figura materna fue para Miguel Ángel Asturias un puntal inconmovible cuya sola evocación le inundaba de gozo el alma. A ella se debió el impulso y parte de los fondos que posibilitaron la primera edición de El Señor Presidente. Asturias se sentía producto de su hechura en un todo completo —cuerpo e intelecto—; por eso dijo en uno de sus poemas: «Madre, tú me inventaste, soy cosa tuya...» La fe religiosa que María Rosales de Asturias inculcó en sus hijos fue la fuerza material que recubrió el espíritu del escritor y lo volvió invulnerable ante los innumerables ejemplos de dolor y las injusticias que hubieran mellado el alma de un ser menos preparado y fortalecido anímicamente.
Cuando escribía sus primeras composiciones poéticas, doña María lo escuchaba y aunque le parecieran buenas o malas, siempre lo estimulaba para que siguiera intentándolo... Así, poco a poco, lo educó en el sentido del esfuerzo personal.
Su fe en la imagen presente de la madre se plasmó con más fuerza en la figuración poética expresada por los últimos versos de Es el caso de hablar, donde el hijo laborioso y aventurero retorna al seno materno con la satisfacción del deber cumplido:
... Madre, si en invierno, después de haber cenado,
estás junto al brasero prestando con desgano
oídos a la lluvia que cae sobre el techo,
y en eso, puerta y viento... es alguien que ha entrado,
descubierta la frente y herramienta en mano,
levántate a su encuentro porque tienes el derecho
de abrazar a tu hijo, de quien hiciste un hombre,
que vuelve de la vida con el jornal ganado...
Ella fue el tutor de esa planta sobre la que luego arreciaron los vientos del infortunio, pero siempre —aún en el exilio— siguió dando sus flores de intelecto hasta el último instante de su vida...
La figura de la madre adquiere una especial significación en El Señor Presidente; las distintas imágenes maternales que aparecen en el argumento, unas sublimes y otras patéticas, componen, bajo diferentes formas, un elemento unívoco y constante en el aspecto humano de su literatura. Es algo íntimo que aflora insensiblemente.
En cambio, desde la óptica social se percibe el proceso inverso. Hay siempre una fuente de asimilación externa que actúa como factor desencadenante del proceso creativo. En El Señor Presidente todo el conjunto de pequeñas historias —con sus grandezas y miserias personales— concatenadas bajo la figura tácita y omnímoda del dictador revela un fuerte proceso reflexivo de la realidad.
En 1928 ocurrió la masacre de varios miles de obreros agrícolas en las plantaciones bananeras de Colombia. Este hecho sangriento, junto con los acontecimientos posteriores protagonizados por la compañía norteamericana United Fruit en Guatemala, formaron el elemento inspirador y el hilo conductor de la idea en torno a la cual giró el conjunto narrativo de su «trilogía bananera».
Mientras que en París se vivía el periodo artístico más característico de la década, Asturias empezaba a darle forma al conjunto narrativo que más tarde serían sus célebres Leyendas de Guatemala; seguía escribiendo el cuento «La barba provisional»y numerosas colaboraciones para El Imparcial. El joven guatemalteco cumplía una etapa fundamental en su vida. Como intelectual latinoamericano, tuvo el conocimiento directo y la asimilación de la cultura europea, especialmente la francesa, pero sentía que su destino estaba en otros rumbos.
En el ámbito cultural de la rive gauche, el bohemio barrio latino, y en especial en aquel enjambre social de Montparnasse, frecuentado por Asturias, convergían, se desarrollaban y desaparecían las principales corrientes intelectuales del mundo. Eran los tiempos del florecimiento del surrealismo. Los cafés tradicionales de la zona congregaban a estudiantes y artistas en un intercambio permanente de ideas novedosas y vanguardistas. Asturias frecuentó allí el trato de novelistas como Romain Rollan y Enri Barbusse. Los poetas León-Paul Fargue y Paul Fort le dieron una imagen directa de la manera de ser y de pensar que poco después daría lugar a su introducción en el realismo mágico. Los surrealistas captaron vivamente su atención; hallaba puntos de concordancia entre sus recuerdos mágicos del quiché, lo aprendido durante los años pasados junto al profesor Raynaud y el pensamiento libre de Paul Éluard, André Breton y Robert Désnos.
Asturias presentía que ese conjunto de mentes creativas en ebullición algún día daría que hablar al mundo. Sentía un fuerte estímulo que lo impulsaba a seguir aprendiendo e investigando aquella fuente nueva de conocimientos y sensaciones estéticas. Había descubierto un nexo asombroso entre el pensamiento surrealista y su propia cultura ancestral. Vio entonces la razón y el sentido del mestizaje cultural como una fuente inagotable de renovación para la creatividad intelectual. Los horizontes amplios y volátiles de las artes y las letras encontraron en su propia sensibilidad indígena un fondo infinito de posibilidades para expresarse. Aquella cantidad de conocimientos y sensaciones nuevas ampliaron las luces de su espíritu como una puerta que al abrirse diera paso a una habitación que, a su vez, tenía otra puerta, y así, abriendo puertas y más puertas, logró ir transportándose de un escenario a otro en alas de la imaginación. Cada escenario era diferente y, sin embargo, todos tenían un hilo conductor, uno o varios elementos que los unía, los relacionaba entre sí y los complementaba en el total de las imágenes sensoriales, como las habitaciones de una casa, cada estancia cumplía una función, cada ambiente tenía en su entorno interior un objetivo concreto, cuyo fin estaba íntimamente ligado al de los demás elementos.
Exactamente de esa manera es como se fue desarrollando el argumento de El Señor Presidente. Con una visión teatral o cinematográfica del tema, fue encadenando hechos, historias, situaciones, ambientes, todo en torno a una idea que se fue gestando a partir de cada nuevo concepto expresado en el guión general. Los detalles aislados fueron surgiendo sobre la marcha, de la misma forma que la lente de una cámara de cine va recogiendo vistas generales a partir de un punto focal. Los detalles menores ya están en el ambiente, forman parte de la realidad, pero se confunden con la ficción como los sueños, que toman elementos aislados de aquí y de allá para integrar su propia trama imaginaria.
Asturias escarbaba en los límites del subconsciente, indagando sin descanso en la atmósfera del surrealismo francés de la década de los veinte. Explorar cada una de esas experiencias de su mente le llevó años, por eso escribió en su libreta de apuntes: «París, noviembre de 1925, 8 de diciembre de 1932...». Aún no había llegado al promedio de su vida y le llevaría casi otro tanto hasta arribar a la elaborada concepción estética del intrarrealismo de los años 60.
Estilos como el art déco, el cubismo en las artes plásticas, y el modernismo en la literatura, tocaban a su fin para dejar paso a un pensamiento creativo más libre de ataduras, más abstracto; un modo de crear y recrear sin barreras ni preconceptos.
Fue éste, para Asturias, un periodo del desarrollo intelectual cuya forma de expresión subjetiva se va distanciando cada vez más del realismo romántico de su primera juventud para confundirse con esa total independencia del espíritu que caracterizó el momento entre las dos guerras mundiales.
Aquel vuelo alucinante en busca de imágenes que no estaban presentes en la realidad lo fascinaba. Las noches se le hacían cortas en ruedas multitudinarias de amigos, entre quienes estaban César Vallejo, Carlos Pellicer y Alejo Carpentier... En las tertulias de la vieja librería L’Odéon yen el célebre café Napolitaine aprendió a recitar sus sueños, a darles forma verbal... Describía historias exóticas y paisajes oníricos en una suerte de discurso musical que trascendía el dominio de las palabras y se pegaba en los oídos de los presentes, generando ecos profundos, creativos y de perdurable intensidad. Eran los tiempos de un intenso intercambio cultural. Fueron también las vivencias de unos y otros, narradas de mil formas distintas, las que generaron la compleja concepción estética de El Señor Presidente.
Asturias entusiasmaba a sus jóvenes contertulios con cuentos centroamericanos; en la búsqueda incesante de nuevas ideas, todo lo exótico llamaba poderosamente la atención. La época era rica en significados trascendentes e innovaciones creativas. Ungaretti, máximo exponente de la vanguardia poética italiana, inventaba entonces el «fragmentismo» y la lírica «hermética», Filippo Marinetti definía los conceptos del «futurismo» ylos herederos de los valores estéticos de Apollinaire, Baudelaire y Rimbaud procuraban nutrir su lirismo metafísico en los casi inescrutables dominios de la vida interior.
Tenía entonces algunos capítulos de El Señor Presidente, varios cuentos que luego serían el germen de otras novelas y cinco narraciones de las siete que finalmente conformarían las Leyendas de Guatemala aún inéditas14. Lo demás, que no era poco, consistía en traducciones y cientos de artículos periodísticos con cuyos derechos lograba compensar su bolsillo de estudiante.
Los relatos de Asturias ayudaban a aflorar sensaciones, parecían una fuente inagotable de inspiración. Las tradiciones folklóricas de origen maya-quiché que contaba en rueda de amigos, la originalidad de sus mitos y leyendas, tenían un notable parecido con los delirios oníricos del simbolismo europeo. Sus cuentos fascinaban a quienen los oían o leían. A veces les daba forma de conferencia.
En mayo de 1929 la Asociación de Estudiantes Latinoamericanos organizó una disertación en el Ateneo Cervantes, de París, con el título Cinco leyendas de Miguel Ángel Asturias, acompañada con música nativa de Tata Nacho, un compositor mexicano. La tarjeta, redactada en castellano, decía al pie: «Invitación cordial.» Aquella acotación que cerraba el texto tenía un significado profundo, expresivo...: era la cita amistosa y abierta a una rueda de buenos amigos, jóvenes intelectuales ávidos del conocimiento compartido y las nuevas experiencias.
Marc Cheymol dice en su libro Miguel Ángel Asturias dans le Paris des Années Folles15 que el escritor guatemalteco fue el primer autor de América Latina lanzado a la fama mundial por las editoriales de Francia en plena época de los «años locos». Fue aquél un periodo muy poco conocido de su vida. El cruce de influencias era notable. Se advierte esto en la variedad de su obra inmediatamente posterior; el proceso de intercambio cultural que presidió esa etapa, rica en asimilaciones culturales, fue determinante en el desarrollo futuro de su frondosa obra literaria.
El conocimiento de las corrientes estéticas más importantes que él asimiló durante ese tiempo, es esencial para entender el estilo complejo y sin embargo profundamente humano de El Señor Presidente.
La verdad naturalista no dejaba de tener vigencia a pesar de la fórmula de enmascaramiento que le daba la presencia constante del dogma surrealista. Su forma particular de plasmar las ideas concretas presentándolas como sensaciones oníricas, especialmente en el género narrativo, fue muchas veces calificado como difícil. En la obra de Asturias se percibe un fondo de dualidades, en el que el surrealismo ejerció una influencia innegable. El mundo abierto y el mundo cerrado del que habla Humberto Robles en su ensayo sobre la novela16 es un ejemplo palpable del fenómeno.
Es verdad que la fórmula tiene rasgos de las técnicas creativas aprendidas durante su estancia en París. Paralelismos, contrastes y analogías ejercen valores de apreciación distintos, las formas exteriores de la narrativa parecen como discordantes y hasta ajenas a lo que el lector espera del libro.
Sin embargo, no ocurre así con la esencia misma de sus argumentos, que son profundamente reales, atrapan con su doble sentido, pero dejan entrever el mensaje hasta el punto de que la crudeza de la realidad denunciada llega muchas veces a superar a la fantasía. Ése fue el estilo narrativo y la esencia del contenido dramático que Asturias dio al núcleo germinal de El Señor Presidente. Un estilo propio, casi irrepetible, que lo transformó en un clásico de la literatura hispanoamericana...
No obstante, la obra permanecería bastante tiempo sin concluir. El largo proceso de gestación que duraría hasta 1932, como una génesis interminable tendría aún nuevas derivaciones; influencias distintas, aunque en el fondo el sentido de la obra pugnara por conservar una absoluta coherencia.
Al comenzar el verano de 1930, Asturias dio por finalizado su ciclo de estudiante en París y se dedicó a viajar por Europa y Oriente Medio. Pasó nuevamente por Italia y visitó Grecia, donde escribió varios de sus más bellos poemas inspirados en el cálido ambiente del mar Mediterráneo.
Allí conoció a la gran artista griega Bella Raftopoulou. Aquella amistad, que comenzó como un romance, se mantuvo durante toda la vida. Asturias le dedicó algunas de sus poesías, seguramente sugeridas por el azul y blanco ambiente de la islas Cícladas. Bella —escultora y grabadora, entre las mejores de Grecia— le brindó unos curiosos y muy personales dibujos que llevaban el sello inconfundible de la mitología clásica. El largo periplo finalizó en diciembre, en Madrid.
En esos días la producción del café —uno de los puntales de la economía guatemalteca, junto con el plátano— resultaba seriamente afectada por la gran depresión mundial de aquel año. Los diarios de todo el mundo se hicieron eco del asunto. Centenares de miles de campesinos minifundistas se vieron perjudicados por las maniobras especulativas de las grandes compañías. El hambre y el desempleo se ensañaban nuevamente con los desposeídos. Años más tarde durante una entrevista periodística, Asturias diría que el caso le dio mucho en qué pensar. Estaba desarrollando su obra Hombres de Maíz y vio en ello un factor importante en la lucha contra las injusticias sociales. Las nuevas ideas que se fueron gestando bajo la influencia de los acontecimientos políticos y sociales ocurridos en Latinoamérica durante esos años hicieron que El Señor Presidente siguiera postergando su aparición.
El tema indígena, la creatividad naturalista, inmersa en las profundas raíces telúricas, atrapaba su atención momentánea. La revista literaria francesa Revué de l’Amérique Latine publicó un breve ensayo suyo titulado «Reflexions sur la possibilité d’un théâtre americain d’inspiration indigène». Ese trabajo, que por la riqueza analítica de su contenido excedía las características de un simple artículo periodístico, tiene una gran importancia para estudiosos e investigadores. El verdadero valor de esos escritos —interesantes por cierto— se extrae del contenido crítico que Asturias hizo de las raíces originarias del teatro-poesía indígena americano y sus fuentes documentales. Las ideas que en él se expresan constituyen un elemento fundamental para la comprensión de toda su obra anterior pergeñada en antiguos cuadernos escolares y papeles inéditos, poco apreciados incluso por el propio autor.
En la única versión original que actualmente se conoce de El Señor Presidente —el manuscrito Pillement17— cuando aún se llamaba Tohil, son más perceptibles las semejanzas con ese estilo en el que el argumento presenta dos perspectivas distintas, disímiles y a la vez yuxtapuestas de la realidad. Una presenta la idea, la otra incursiona en el subconsciente del lector en busca de simbolismos que expliquen o expresen ideas que el texto sugiere pero no dice explícitamente.
Como en el Popol-Vuh, existen piezas de teatro indígena que pueden considerarse el germen de la literatura naturalista en el nuevo continente. Ambas obras, con un origen posiblemente precolombino, curiosamente salvadas del olvido y la destrucción, son el «Rabinal-Achí» de estilo e inspiración maya-quiché y el poema incaico «Ollantay». Estas creaciones corresponden a un género mixto con influencias hispánicas evidentes, ya que fueron recopiladas y anotadas durante el periodo de la colonización de América.
No obstante, el análisis de las ceremonias religiosas actuales cuya confluencia cultural oscila entre las maneras tradicionales de la liturgia cristiana y las antiguas creencias místicas de la tierra muestran esa dualidad en una serie de elementos coincidentes que permiten reconstruir la forma original de cómo pudo ser en el momento de su creación. Para los pueblos primitivos el conjunto dual formado por el mito y su expresión poético-teatral es considerado como la principal expresión cultural perteneciente a las altas civilizaciones anteriores al descubrimiento de América.
La obra de Miguel Ángel Asturias, en general, y la novela El Señor Presidente, en particular, muestran una fuerte influencia de esa dualidad cultural de origen indoamericano. Hay en todas sus novelas una forma compuesta y ambigua de expresar los sentimientos de los personajes con sonidos u onomatopeyas, y también de indicar la constante presencia de los mitos, sin decirlo abiertamente. Lo mismo ocurre con la duplicidad del arte teatral y la forma poética de manifestarlo.
Los mitos, que siempre fueron la expresión más auténtica de los miedos del hombre primitivo y la raíz esencial de su pensamiento mágico, aparecen constantemente en la obra de Asturias. La incertidumbre ante lo desconocido creó dioses, figuras fantásticas, el culto a una forma de protección paternalista superior al concepto de familia, de clan y de tribu.
En el capítulo XXXVII de El Señor Presidente aparecen estos mitos inmersos en la descarnada realidad de los tiempos contemporáneos. Aunque ya lo anuncia el título del capítulo («El baile de Tohil»), el contraste de ese fragmento con el resto del texto lo hace parecer extemporáneo o fuera de lugar:
... Un grito se untó a la oscuridad que trepaba a los árboles y se oyeron cerca y lejos las voces plañideras de las tribus que abandonadas en la selva, ciega de nacimiento, luchaban con sus tripas —animales de hambre—, con sus gargantas —pájaros de sed— y su miedo, y sus bascas, y sus necesidades corporales, reclamando a Tohil, Dador del Fuego, que les devolviera el ocote encendido de la luz...
Asturias cuenta que la riqueza de aquellos mitos le hicieron volver la mira de sus ideas hacia el lenguaje que le era propio y es así como llegó al nombre de «Tohil», el dios quiché del fuego y la muerte, objeto del culto a las fuerzas de la naturaleza y al poder misterioso de los seres mitológicos.
Narra la leyenda de origen precolombino que Tohil, dueño del calor y de la luz del fuego, exigía constantes sacrificios humanos a los pueblos indígenas del territorio quiché. Cuando éstos se rebelaron contra la exigencia mortal, el dios, furioso, les arrebató el fuego y con éste el conocimiento de cómo encenderlo y conservarlo. Viendo que no podían cocer sus alimentos ni calentarse por las noches alrededor de la lumbre, las tribus convocaron un gran consejo y pidieron a Tohil que les devolviera el fuego a cambio de nuevos sacrificios. En las primeras ediciones —entre ellas la de México— el primer capítulo se iniciaba con una referencia alusiva al Popol-Vuh «y Tohil les exigió que le entregaran más víctimas...».
Esta cita, que fue suprimida en ediciones posteriores, era concomitante con la idea que Asturias quiso dar en el libro de la figura tremenda de un dictador latinoamericano (aunque las formas autocráticas sean universales) dueño de vidas y muertes que maneja los destinos del pueblo a su antojo. Un ensayo de Steven Tegu lo define así:
... Aunque la América Latina sepa más que otras tierras de esa plaga de los «señores presidentes», aunque ellos sean, como se ha dicho tantas veces, una creación típicamente hispanoamericana. ¿Qué continente no ha padecido alguna vez ese complejísimo tipo humano? La misma civilizada Europa tenía bien cerca a Hitler, a Mussolini, a Stalin18...
Durante varios años, la obra aún inédita llevó el título de Tohil, nombre que reaparece en el capítulo XXXVII. Asturias aseguraba que no hubo exageración cuando redactó la escena en la que el primer mandatario recurría al conjuro de brujos indios para evitar atentados contra su persona.
Este recurso poético-teatral de Asturias para exponer sus ideas a través de una parábola mitológica se acerca notoriamente a la forma expresiva del Popol-Vuh. Como hemos señalado, el teatro fue una forma natural de expresión en todas las culturas de la antigüedad. El binomio mito-expresión individualista constituyó el paso fundamental de las formas primitivas de liturgia hacia el concepto que el hombre tenía de la religión.
La liturgia, es decir, el modo de expresar la sumisión y la adoración a los seres sobrenaturales encarnados en dioses protectores, fue y sigue siendo una forma de teatro, y del teatro a la poesía sólo media un paso: el de las formas expresivas. El teatro indígena era un remedo de la realidad adornado con alegorías simbólicas para invocar a los dioses, su forma dual de expresar los sentimientos humanos se acercaba mucho al surrealismo. Había en ello un sentimiento religioso muy profundo, un motivo verdadero introducido en el contexto de lo ficticio. Ambas cosas eran lo mismo, en definitiva, porque lo que contaba era el sentido. La poesía indígena cumplía el mismo cometido. La obra literaria de Asturias asimiló naturalmente esas formas expresivas y las introdujo en la parte narrativa con la misma naturalidad con la que desarrolló el resto de sus escritos.
Miguel Ángel Asturias con Gregorio Marañón, director del Instituto de la Cultura Hispánica de Madrid, y Amos Segala, profesor de la Universidad París Nanterre y coordinador de la edición crítica de El Señor Presidente. Festival de San Sebastián, 1968 (Foto: A. Sáiz).
Como los mitos, la poesía no se sujeta a la estricta imitación o reproducción de elementos físicos o las vivencias perceptibles, sino que traspasa los límites de la realidad e incursiona en el terreno de lo ideal y lo imaginativo. Las «fantomimas» de Asturias, ricas en su contexto animista, continúan esa antigua tradición de mito-teatro.
Las Leyendas de Guatemala fueron tal vez el ejemplo más típico de este fenómeno. Su aparición en el mundo literario europeo de principios de los 30 causó la misma sensación que produjo en Buenos Aires la edición de El Señor Presidente, de Losada, en 1948.
En realidad, hubo una serie de hechos que tuvieron especial significación en la aparición de El Señor Presidente. El primero de ellos resultó altamente ilustrativo para el joven Asturias como ejemplo práctico de que la constancia suele traer consigo experiencias positivas. Otro sirvió para demostrarle que saber esperar es una fórmula apropiada para conquistar la meta deseada.
Como suele ocurrir, los primeros tiempos fueron difíciles para el joven escritor. Según sus propios recuerdos, las vicisitudes sufridas con la aparición en España de Leyendas de Guatemala influyeron grandemente en el prolongado camino de contratiempos que debió seguir hasta que pudo finalmente editar El Señor Presidente.
El ambiente de Madrid estaba convulsionado con la sucesión de hechos políticos. En esos días terminaba el gobierno fuerte de Miguel Primo de Rivera y se acercaban tiempos duros. Aquel medio, confuso y exaltado por los acontecimientos políticos, no parecía el más apropiado para intentar la edición de un libro de tales características.
Asturias había recorrido infructuosamente varias casas editoriales con los originales de las Leyendas de Guatemala buscando quien se interesara en publicarlas. La respuesta de los editores era invariablemente la misma: «El momento no estaba para pensar en editar nada...»
En un encuentro que tuvo con don Miguel de Unamuno en la famosa «cripta» del Café de Pombo, en la madrileña calle de Carretas, éste le aconsejó perseverar sin desmayos cuando el joven guatemalteco le habló de la esperanza puesta en el libro que traía para editar.
En su narración Mis pasos por España19 Asturias cuenta así el retorno del maestro:
... ¡Sí, estuve cuando llegó a Madrid don Miguel de Unamuno! [...] La estación estaba totalmente llena de estudiantes, obreros, intelectuales y admiradores del gran patricio. Cuando entró el tren, rompió el silencio un viva cerrado, nutrido, espeso, no sé qué adjetivo quedaría bien, para saludar al ilustre ex rector de Salamanca. Pero, no bien se acababa de vitorear a Unamuno, cuando de todos los pechos partió ¡Muera el Rey! que, repetido muchas veces, sacó de quicio a los guardias, quienes, sin duda obedeciendo órdenes muy altas, atacaron a los manifestantes a sablazo limpio. Aquello fue horroroso. Gritos, golpes, carreras, ataques y contraataques. Los mueras se multiplicaban. Un abrazo floreció en medio de aquella batalla. El abrazo de un manco. Cual otro Cervantes, don Ramón del Valle-Inclán, estrechaba a Unamuno...
Asturias solía contar que en vista de las circunstancias tan difíciles, en más de una ocasión pensó en desistir y regresar a Francia... Sin embargo, seguía en España cuando el 12 de abril de 1930 se produjeron las elecciones municipales que dieron la victoria a los republicanos. El presidente del gobierno español, Juan Bautista Aznar, declaró que el voto nacional era contrario a la existencia de un régimen monárquico. El rey Alfonso XIII y su familia debieron abandonar el país. Asturias creyó entonces que nadie se interesaría en esos momentos por un libro de aire surrealista. Sin embargo, persistió, y la constancia dio su fruto. Ese mismo año la Editorial Oriente de Madrid publicó por primera vez sus Leyendas de Guatemala. Ya de regreso en París, Asturias le entregó un ejemplar a Francis de Miomandre, quien realizó la traducción al francés y le remitió una copia a Paul Valéry. El célebre escritor de Sète redactó en la finca de Montmirail una carta en la que expresaba su admiración por la originalidad del libro de Asturias. Esa esquela sería incluida a manera de prólogo en las futuras ediciones. Cuando, en julio del año siguiente, recibió el premio Sylla Monsegur a la mejor traducción en lengua francesa de las Leyendas de Guatemala —realizada por Miomandre— Asturias estaba dando ya los primeros pasos en el sendero de la fama, pero su éxito mayor residía en la confianza adquirida en su propio esfuerzo.
Y aquí aparece el segundo elemento fortuito que tuvo influencia indirecta en la posterior aparición de El Señor Presidente. Asturias fue una tarde a visitar a Paul Valéry en compañía de Miomandre, el traductor francés, para agradecerle la carta-prefacio. El autor de El Cementerio Marino le dijo entonces:
