El silencio del vikingo - Michelle Willingham - E-Book
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El silencio del vikingo E-Book

Michelle Willingham

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Beschreibung

Aquello era jugar con fuego… Caragh O'Brannon se había defendido valientemente ante la llegada del enemigo. Y, al final, se había encontrado a solas con un vikingo. Un vikingo furioso… Styr Hardrata había navegado hasta Irlanda con la intención de comerciar, pero jamás se habría imaginado a sí mismo hecho cautivo y encadenado por una hermosa doncella irlandesa. El salvaje y atractivo guerrero aterrorizaba y atraía a Caragh a partes iguales, pero le estaba totalmente prohibido. Era un enemigo, y además estaba casado. Aun así, Styr poseía muchos secretos por desvelar…

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Seitenzahl: 320

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Michelle Willingham

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

El silencio del vikingo, n.º 548 - marzo 2014

Título original: To Sin with a Viking

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son

pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-4120-8

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Índice

Portadilla

Créditos

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Uno

Irlanda, año 875 d.C.

Se morían de hambre.

Caragh Ó Brannon contempló el saco, casi vacío, de grano. Solo quedaba un puñado de avena, apenas suficiente para una persona. Cerró los ojos sin saber qué hacer. Sus hermanos mayores, Terence y Ronan, se habían marchado hacía quince días en busca de alimentos. Ella les había dado el broche dorado, herencia de su madre, con la esperanza de que pudieran cambiarlo por alguna oveja o vaca. Sin embargo, la hambruna era generalizada y la gente se mostraba reticente a desprenderse de sus animales.

—¿Hay algo para comer, Caragh? —preguntó su hermano pequeño, Brendan. Con diecisiete años, su apetito triplicaba el de su hermana mayor que hacía todo lo posible por evitar que pasara hambre. Pero era evidente que la comida se iba a agotar antes de lo previsto.

En lugar de contestar, Caragh le mostró el contenido del saco. A Brendan se le escapó un sollozo. Sus mejillas estaban hundidas.

—Tampoco tenemos pescado. Volveré a intentar pescar algo esta mañana.

—Puedo preparar un potaje —sugirió ella—. Buscaré cebollas o zanahorias silvestres —a pesar del tono optimista con el que intentaba impregnar sus palabras, ambos sabían que los campos y bosques habían sido esquilmados hacía tiempo. No quedaba nada.

—Nuestros hermanos volverán —Brendan le dio un apretón en el hombro—. Y tendremos comida en abundancia.

—Eso espero —Caragh consiguió sonreír. En el rostro de su hermano vio reflejada la necesidad de creérselo.

Brendan partió con la red para pescar y Caragh contempló la choza vacía. Sus padres habían muerto el invierno anterior. Su padre, ahogado mientras intentaba pescar, su madre de pena por la pérdida de su amado. En numerosas ocasiones le había entregado su ración de comida a Brendan, mintiéndole al asegurarle que ya había comido. Para cuando habían descubierto la verdad, ya era demasiado tarde para evitar su muerte.

Muchos habían muerto de hambre y le dolía en el alma pensar que sus padres habían fallecido por intentar alimentar a sus hijos.

Unas ardientes lágrimas rodaron por sus mejillas mientras contemplaba la forja de su padre. Había sido herrero y ella había crecido acostumbrada al sonido del martillo y las chispas del metal ardiente que moldeaba hasta convertir en herramientas. Sentía un enorme peso en el corazón al pensar que jamás volvería a oír su risa.

A pesar de que seguían conservando su barco, y de que sus hermanos sabían navegar, ninguno se había aventurado a salir al mar tras la muerte de su padre. Era como si el navío que había regresado sin él hubiera sido hechizado por los espíritus malignos.

Ojalá pudieran abandonar Gall Tír, una tierra desolada en la que no quedaba nada. Sin embargo, no disponían de los recursos suficientes para alejarse a pie. Deberían haberse marchado el verano anterior, tras la infructuosa cosecha. Al menos entonces aún les habrían quedado víveres para un largo viaje. Pero en esos momentos, aunque se atrevieran a zarpar en el barco, carecían de la comida suficiente para sobrevivir más de un día.

La mano de la muerte se extendía sobre todos ellos y Caragh sentía su propia debilidad. Apenas era capaz de caminar largas distancias sin desfallecer, y cualquier tarea se le antojaba inmensa. Había adelgazado tanto que el léine colgaba sobre su cuerpo como un saco y se le marcaban los huesos de las rodillas y las muñecas.

Pero a pesar de todo no estaba dispuesta a rendirse. Como todos los demás, estaba luchando por sobrevivir.

Caragh tomó la cesta y salió al exterior. El asentamiento estaba en silencio, pocas personas perdían energía en hablar cuando tenían la necesidad mucho más acuciante de encontrar comida. Sus hermanos mayores no eran los únicos que habían partido en busca de suministros. La mayoría de los hombres capaces había marchado, sobre todo los que tenían hijos. No se esperaba el regreso de ninguno de ellos.

Unas cuantas mujeres mayores, provistas también de cestas, la saludaron con una inclinación de cabeza. Caragh recordó la promesa que había hecho de encontrar algunas verduras, pero sabía que ya no quedaban. Y de haberlas, las demás las encontrarían antes. Así pues, se dirigió hacia la playa con la esperanza de encontrar algún molusco o algunas algas.

En varias ocasiones tuvo que pararse, aquejada de mareos y visión borrosa. El agua estaba casi negra aquella mañana y muy calmada. Su hermano se encontraba junto a la orilla lanzando la red hacia las olas. Al verla, la saludó con una mano.

Un barco vikingo que asomaba por el horizonte despertó el miedo en ambos. El navío, capaz de albergar una docena de hombres, exhibía una enorme vela a rayas y una fila de escudos blancos y rojos colgados de un lado del barco. Bajo el sol de la mañana, una veleta de bronce brillaba sobre el tope y la cabeza de un dragón descansaba sobre la proa. El corazón de Caragh se aceleró ante su visión.

—¿Son los Lochlannach? —gritó angustiada a su hermano.

Había oído numerosos relatos sobre los bárbaros vikingos de las tierras escandinavas, que arrasaban las casas de la gente inocente. Teniendo en cuenta la situación del barco, quedaba menos de una hora para que comenzara la pesadilla. Con la piel de gallina se imaginó a sí misma raptada por uno de ellos. O peor aún, quemada viva si asaltaban su casa.

—Vuelve a casa —ordenó Brendan—. Quédate dentro, Caragh y, por el amor de Dios, no dejes entrar a nadie —recogiendo las redes de pesca, corrió él mismo hacia el asentamiento.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, temerosa de que fuera a cometer alguna estupidez.

—Traerán suministros ¿no? —los ojos grises de su hermano la miraron fríos—. Y víveres.

—No —contestó ella horrorizada—. No puedes intentar robarles —los escandinavos eran guerreros despiadados, que matarían a su hermano sin pensárselo dos veces.

—Intentarán asaltar el poblado. Mientras estén fuera del barco, me llevaré lo que pueda.

—¿Y qué pasa con nosotros? —preguntó Caragh—. Podríamos estar todos muertos para cuando regreses. Suponiendo que regreses —añadió—. No puedes hacerlo.

—Puedes esconderte en el bosque si lo prefieres —exclamó su hermano mientras entraba en la choza familiar y buscaba alguna espada entre las herramientas de su padre—. Súbete a uno de esos árboles y espera a que todo haya terminado.

—No puedo abandonar el poblado —había muchos ancianos demasiado débiles para luchar. A pesar de que no le quedaban muchas fuerzas, no podía darles la espalda.

—Sin esos víveres, moriremos de todos modos —Brendan apretó las temblorosas manos de su hermana—. Será hoy o dentro de quince días. Ambos lo sabemos.

Caragh sabía que su hermano tenía razón, pero no le gustaba robar. A pesar de haberlo perdido casi todo, seguía conservando el honor. Y era muy importante para ella.

—Podríamos pedírselo —sugirió—. Cuando vean lo poco que tenemos, quizás estén dispuestos a compartir lo suyo.

—¿Desde cuándo son famosos los Lochlannach por su misericordia? —preguntó él con gesto sombrío mientras se ajustaba la espada a la cintura—. Reúne a los demás y llévatelos de aquí si quieres. Si encuentran el asentamiento abandonado, quizá se lleven lo que quieran sin hacer daño a nadie.

—No vayas, Brendan —le suplicó Caragh—. El riesgo es demasiado elevado.

—No tengas miedo, a deirfiúr —Brendan se inclinó y besó la frente de su hermana—. Prefiero morir luchando que como lo hicieron nuestros padres.

No había argumento capaz de hacerle cambiar de idea. Quizá podría hablar con sus amigos, a ellos a lo mejor sí los escucharía.

No perdía nada por intentarlo.

A ningún hombre le gustaba admitir el fracaso de su matrimonio.

Styr Hardrata contempló a su esposa, Elena, apoyada sobre la barandilla, sus cabellos de fuego ondeando al viento. Era una mujer hermosa y fuerte, y siempre lo había fascinado.

Pero esa misma fuerza se había tornado en frialdad entre ellos, un muro invisible que los separaba. Ella se culpaba por no tener hijos y él no sabía qué decir. Lo había intentado todo, pero ella se mostraba cada vez más triste cuando intentaba tocarla. Hacer el amor se había convertido en una obligación y no en un acto de pasión.

Aunque había intentado ignorar su creciente reticencia, Styr estaba harto de verla dar un respingo cada vez que se acercaba a ella. O peor aún, fingir placer cuando era evidente que no quería que la tocara.

Una ardiente frustración creció en su interior. Era una guerra que no sabía cómo librar, una batalla que no podía ganar. Styr se acercó a la proa y se colocó detrás de ella. Sin decir una palabra, contempló las grises aguas que golpeaban el barco.

—Sé que estás aquí —observó ella al fin, aunque sin volverse. No hubo una sonrisa de bienvenida, nada salvo la callada aceptación que lucía a modo de escudo.

—No tardaremos mucho en llegar —sin saber cómo responder ante la frialdad de su esposa, Styr dijo lo único que se le ocurrió.

El viaje había estado plagado de tormentas y nadie a bordo del navío había podido dormir en tres días ante los fuertes vientos que habían amenazado con hundirlos. En esos momentos solo podía pensar en encontrar un camastro y dejarse llevar por el sueño.

Si por él fuera, en cuanto pisara tierra, se tumbaría a dormir durante dos días.

—Me alegrará pisar tierra —admitió Elena—. Estoy harta de viajar.

Styr alargó una mano y le tocó el hombro, pero ella no se volvió para abrazarlo. Seguía inmóvil, con la vista fija en el mar. Al cabo de unos segundos, él bajó la mano, conteniendo su frustración.

Lo cierto era que Elena le había sorprendido al aceptar abandonar Hordafylke para acompañarlo en el viaje hasta el Eire en busca de un nuevo comienzo. Aunque sus problemas matrimoniales habían empeorado en el último año, quiso creer que ella aún no estaba dispuesta a rendirse y se aferró a la esperanza de poder reavivar el fuego perdido.

Styr aguardó a que ella compartiera sus pensamientos con él, pero no hubo nada. Pensó en un millar de preguntas que podría hacerle: qué clase de casa quería que le construyera, si deseaba una nueva rueca, o quizás un perro que le hiciera compañía cuando él se ausentara para ir a pescar. A Elena le encantaban los animales.

—¿Te gustaría...?

—Ahora mismo no me apetece hablar —le interrumpió ella—. No me encuentro muy bien.

—Como desees —cualquier posibilidad de conversación había quedado cercenada por las palabras de Elena.

Styr se dirigió al extremo opuesto del barco. Necesitaba alejarse de ella antes de contestar algo que más tarde podría lamentar haber dicho.

La desilusión se tornó rápidamente en ira. En el nombre de Thor ¿qué quería esa mujer que hiciera? No estaba dispuesto a rebajarse y suplicarle su afecto. Había hecho todo lo posible para que fuera feliz, pero nunca era suficiente.

Su enfado era injustificado. Elena estaba cansada del viaje, eso era todo. En cuanto se hubieran construido un hogar donde empezar de nuevo, las cosas cambiarían.

Las costas de Eire surgieron en el horizonte y Styr contempló las yermas tierras quemadas por el sol. Había oído hablar de lo verde que era aquella región, pero, a todas luces parecían estar atravesando una sequía.

—Sigo sin entender por qué elegiste este lugar y no Dubh Linn —observó su amigo, Ragnar, mientras señalaba hacia el este—. Los asentamientos allí tienen cien años. Encontraríamos más gente como nosotros.

—No quiero que Elena esté rodeada de tanta gente —admitió él—. Prefiero que empecemos de nuevo en un lugar menos poblado —a medida que se acercaban, le pareció divisar un pequeño asentamiento tierra adentro.

Ragnar se sentó frente a él y tomó un remo. Styr se unió a su amigo. Remar le servía para aliviar la frustración física. Se alegraba de que Ragnar hubiera decidido acompañarlos en el viaje, junto con una docena de amigos más y otros conocidos de Hordafylke. Tenerlos a su lado le había ayudado a abandonar su hogar. Ragnar y él se conocían desde niños y lo consideraba como a un hermano.

—¿Te ha dicho algo sobre el viaje? —inquirió mientras señalaba hacia Elena con la cabeza. Ella también conocía a Ragnar desde que era una niña. Quizás le hubiera confiado sus pensamientos.

—Elena no ha dicho gran cosa —Ragnar se puso serio—. Pero te aseguro que tiene miedo.

Styr tiró con fuerza del remo. ¿Miedo de qué? Él la protegería de cualquier peligro, y estaba más que capacitado para cuidarla.

—¿Qué más sabes? —insistió.

—Los hombres están cansados. Necesitan comida y descanso —le informó su amigo. Ambos reflejaban el mismo agotamiento, producto de la falta de sueño.

—No me refería a los hombres.

—Habla con Elena, amigo mío —Ragnar lo miró con simpatía—. Está sufriendo.

Eso era evidente, pero Elena hacía tiempo que apenas le confiaba sus reflexiones. Era incapaz de adivinar lo que encerraba su mente, pero cuando le hacía alguna pregunta, ella se encerraba en sí misma.

Styr no conseguía entender a las mujeres. Estaba hablando con ella y de repente rompía a llorar sin que él supiera por qué. Le hacía sentir impotente.

—Tengo un regalo para ella —confesó a su amigo—. Algo que le hará sonreír.

El peine de marfil que había comprado en Hordafylke tenía la imagen de Freya tallada en él. Se la mostró a Ragnar, quien se encogió de hombros.

—Es bonito, pero no es lo que ella más ansía.

—¿Y crees que no lo sé? —Ragnar había sido sincero, pero sus palabras no eran las que había deseado oír—. ¿Crees que no tenemos hijos porque no hemos querido tenerlos? —rugió furioso y en un tono mucho más alto del que le hubiera gustado emplear.

Elena no se volvió, aunque no le cabía duda de que había oído su estallido. Mujer fría, jamás se enfrentaba a él.

—He realizado ofrendas a los dioses —admitió en voz más baja—. He sido un buen esposo. Pero esta maldición nos está destrozando y debe llegar a su fin.

—¿Y si no lo hace? —Ragnar se puso en pie, dispuesto a arriar la vela.

Styr no supo qué contestar. En el fondo sospechaba que no había nada que pudiera hacer para devolverle la felicidad a su esposa. Le lanzó una última mirada furtiva, en el preciso instante en que ella se volvía. El pálido rostro se veía ojeroso y la mirada reflejaba un profundo dolor. Un dolor que él no sabía cómo mitigar.

Incapaz de acortar la creciente distancia que los separaba cada vez más, optó por concentrarse en el navío.

Los Lochlannach habían llegado. El corazón de Caragh latía con tanta fuerza que apenas podía respirar. Una docena de hombres caminaba por el agua hacia la orilla. Su imponente estatura hacía que los suyos parecieran enanos. De las cinturas colgaban hachas y espadas, y se protegían con escudos de madera. Varios de ellos portaban cotas de malla y yelmos. Uno de ellos destacaba en altura sobre los demás, sin duda el jefe. Escudriñó el asentamiento con los ojos entornados y Caragh se escondió tras un montón de turba.

Había conseguido evacuar a la mayoría del poblado, a excepción de Brendan y sus amigos. Los jóvenes le preocupaban, pues parecían deseosos de atacar a los Lochlannach. Y no le cabía duda de que si lo hacían serían masacrados.

No sabía qué hacer. ¿Debería acercarse a los forasteros para interesarse por sus intenciones? El jefe, mucho más alto que su hermano Brendan, se acercó más. Los cabellos rubios estaban recogidos a la espalda, una espalda de anchos hombros, propia de un hombre acostumbrado a abrirse paso en el campo de batalla. Llevaba una capa negra recogida a un lado con un broche dorado. Bajo la capa se divisaba una cota de malla, pero no llevaba yelmo. Su rostro estaba desprovisto de toda compasión, como si tuviera la intención de arrasar el poblado y llevarse cualquier cosa de valor.

Caragh intentó calmar el atropellado ritmo de su corazón, cuando vio a su hermano acercarse por detrás a aquellos hombres. Otros cuatro jóvenes avanzaban desde distintos puntos, en lo que parecía un intento de ataque por sorpresa.

¿Por qué no se dirigía Brendan hacia el barco? Horrorizada, comprendió que había modificado sus planes. Ya no tenía la intención de robar las provisiones de esa gente.

Al parecer, su hermano pequeño había planeado junto con sus amigos un ataque. Caragh tragó nerviosamente mientras pronunciaba una breve plegaria para que se produjera el milagro. Si sus hermanos mayores, o cualquiera de los hombres, estuvieran allí, podrían impedírselo. Tenía que hacer algo para proteger a Brendan, pero ¿qué?

Se incorporó ligeramente tras su escondite y, de repente, divisó a una mujer que caminaba detrás de los hombres. Tenía la falda empapada y miraba el asentamiento con nerviosismo.

Si esos hombres tuvieran la intención de asaltarlos, no habrían llevado a una mujer con ellos. ¿Quién era esa mujer?

Sin embargo, no tuvo tiempo de reflexionar más sobre ello, pues su hermano y sus amigos decidieron atacar. En pocos segundos rodearon a la mujer y la arrastraron lejos de los suyos.

El agudo chillido cortó el aire y el jefe vikingo corrió tras los jóvenes. Los demás Lochlannach lo siguieron, aunque evidenciando cierta falta de energía, como si hiciera mucho tiempo que no combatieran. El jefe, sin embargo, no mostró ninguna debilidad y, emitiendo un terrible rugido, corrió hacia ellos con el hacha en la mano.

Iba a matarlos a todos.

Caragh se mordió el labio hasta sentir el sabor de la sangre. El vikingo, viéndose rodeado, blandió el hacha, mostrando unos impresionantes músculos abrazados por la cota de malla. El arma se hundió en el cuerpo de uno de los jóvenes que intentaba detenerlo.

Caragh cerró los ojos presa de la debilidad. Aunque los vikingos fueran inferiores en número, el esfuerzo de esos valerosos jóvenes sería en vano. Iban a morir, incluyendo a Brendan.

No podía quedarse mirando. Regresando a la choza, buscó un arma que fuera capaz de empuñar. No había tiempo que perder. Infructuosamente, intentó levantar el mazo de su padre.

Tenía que encontrar algo. Lo que fuera. Se giró sobre sí misma y vio un bastón de madera en una esquina. Era grueso y pesado, pero al menos podía con él.

Corrió fuera de la cabaña y descubrió a varios de los suyos que habían abandonado el escondite y rodeaban a los Lochlannach. Los hombres más mayores cargaban con sus propias armas, y varios yacían muertos. Otros habían conseguido someter a algunos de los enemigos y los retenían atados.

Pero fue el jefe de los vikingos el que logró toda su atención. Se había librado del asedio de los jóvenes y corría tras la mujer, con los ojos inyectados en sangre.

Iba directo hacia su hermano.

Sin pensárselo dos veces, Caragh corrió tras él. No sabía cómo iba a poder detener al guerrero, pero blandió el bastón y rezó para que se le concediera una fuerza de la que carecía. El terror que sentía quedó ensombrecido por la necesidad de salvar a Brendan. Su hermano tenía sujeta a la mujer con ambas manos y sería incapaz de defenderse.

—¡Brendan, suéltala! —gritó ella, pero Brendan desoyó su súplica.

El vikingo alzó el hacha sobre su cabeza, dispuesto a atacar.

Sin saber de dónde había sacado la fuerza, Caragh arremetió contra él. El gigante se volvió en el último segundo y el bastón le golpeó en la oreja. Soltando el hacha, cayó desplomado sobre el suelo. La mujer soltó un gritó y se abalanzó sobre él pronunciando extrañas palabras.

Caragh sentía el dolor de aquella mujer. Sus miradas se fundieron y quiso explicarle sin palabras que no había tenido elección.

Dos

Styr despertó con la sensación de que le hubieran aplastado la cabeza y, al intentar incorporarse, lo atravesó una punzada de intenso dolor.

Reinaba un sorprendente silencio y necesitó varios minutos para recordar lo sucedido. Había una pequeña hoguera encendida y, al intentar sentarse comprendió que tenía las muñecas encadenadas a la espalda en torno a un grueso poste. Era un prisionero.

¿Dónde estaba Elena? ¿También la habían apresado a ella? Sus ojos se acostumbraron poco a poco a la oscuridad y luchó por ponerse en pie. Al otro extremo de la habitación había una mujer que lo observaba recelosa. Aguzó el oído para intentar captar voces conocidas, intentar averiguar si alguno de sus compatriotas estaba vivo, pero no oyó nada.

Su padre le había enseñado varias lenguas extranjeras y conocía bien el idioma irlandés. Como viajero, Styr era consciente de lo importante que era dominar idiomas. Sin embargo, decidió no formular ninguna pregunta a aquella mujer para que su conocimiento de la lengua que hablaba no quedara al descubierto. Si fingía no entender nada, quizás averiguaría más cosas sobre Elena y Ragnar.

—¿Adónde habéis llevado a los otros? —rugió en un dialecto escandinavo que era imposible que ella conociera.

La mujer dio un respingo y permaneció donde estaba. Mejor así. En la penumbra no podía distinguir bien sus rasgos, pero le extrañaba que su gente la hubiera dejado sola con él. ¿Dónde estaban los demás hombres? ¿Por qué no había nadie más vigilándole?

Examinó las ataduras más de cerca. Tenía las muñecas encadenadas a la espalda alrededor de un grueso travesaño. Supuso que el grosor del travesaño era el de su propio muslo, pues al inclinarse contra él con todo el peso, ni siquiera se movió.

—Soltadme —exigió en el mismo dialecto escandinavo mientras daba un tirón a las cadenas.

La mujer se acercó y, bajo la luz, Styr se sintió impactado ante lo que vio. Poseía un rostro tremendamente delgado y los ojos hundidos por la falta de alimento. Los huesos de las muñecas eran muy finos y, aunque la reconoció como la mujer que lo había golpeado, no se imaginaba cómo lo había podido conseguir.

Tampoco creía posible que tuviera la fuerza suficiente para haberlo arrastrado hasta allí y encadenado al poste. Daba la sensación de que un golpe de viento pudiera derribarla.

Sus ojos eran de un extraño color azul, tan intenso que parecían casi violetas. Los cabellos castaños le llegaban a la cintura y los llevaba sueltos salvo por una pequeña trenza en las sienes.

Podría haber resultado hermosa si estuviera bien alimentada.

Sin poderlo evitar, se descubrió comparándola con Elena. Su esposa era casi tan alta como él mismo, sus cabellos largos y rojizos y los ojos del color del mar. Sus familias habían acordado la unión para fusionar los dos clanes. A pesar de ser una mujer callada, los primeros años habían sido buenos.

Un escalofrío recorrió su columna. ¿Seguiría viva?

De poco le iba a servir exigir respuestas a ese esqueleto viviente que tenía enfrente. Lo mejor sería ganarse su confianza. Quizás podría convencerla para que le soltara las cadenas y poder escabullirse en medio de la noche.

—No entiendo vuestra lengua —admitió ella acercándose un poco más. De estatura muy inferior a Elena, le llegaba a los hombros—. Lo siento mucho. Yo solo quería proteger a mi hermano.

Styr no contestó. La voz de la joven revelaba el miedo que sentía, pero también había cierta dulzura en ella, como si intentara calmar a una bestia herida.

—Me llamo Caragh O’ Brannon —le informó mientras se golpeaba el pecho con un dedo—. Caragh.

Él continuó silencioso. Si quería averiguar su nombre, tendría que soltarlo primero.

—Si me lo permitís, os curaré la herida —se ofreció ella—. Siento muchísimo haberos golpeado. Temí haberos matado —bajó la mirada y se retorció los dedos de las manos—. Yo no soy así —apretó los labios y suspiró—. Ni siquiera sé por qué os estoy hablando, puesto que no entendéis ni una palabra.

Sin embargo, aquello no le impidió continuar. Caragh hablaba sin parar y Styr se sintió tan abrumado por la incesante charla que le costaba trabajo seguir sus palabras. Armada de una palangana con agua y un plato de sopa continuó disculpándose. Al fin Styr comprendió su táctica para ocultar el miedo: agotar al enemigo hasta la muerte con su parloteo.

Caragh se interrumpió a mitad de una frase y lo contempló con un gesto de arrepentimiento mientras depositaba el cuenco de sopa a sus pies, junto a otra palangana, presumiblemente para sus necesidades.

—Siento manteneros así —continuó—, pero si os suelto mataréis a mi familia —de nuevo bajó la mirada al suelo—. Probablemente a mí también —mojó un trozo de tela en el agua y se detuvo—. Seguramente no debería haberos hecho prisionero, pero si no lo hubiera hecho, habríais corrido tras mi hermano nuevamente.

A Styr lo que más le desconcertaba era haber sido capturado siquiera. Si él y sus hombres no hubiesen estado debilitados por la falta de sueño, aquello jamás habría sucedido. Sus reflejos se habían aletargado dificultando su respuesta ante el ataque sorpresa.

Caragh acercó el paño mojado a su sien para limpiarle la sangre seca. El tierno gesto resultó tan inesperado que él la miró boquiabierto. La mujer se aplicó concienzudamente a la tarea, si bien el temblor en sus manos delataba el miedo que sentía. El agua fría alivió la hinchazón, pero él se mantuvo en silencio.

¿Por qué se molestaba en curarle la herida? Era su enemigo, no su amigo. Nadie lo había tratado así jamás y no entendía el motivo que pudiera tener esa frágil criatura. O bien era más valiente de lo que parecía, o era demasiado estúpida para comprender que un hombre como él no merecía ninguna compasión.

—Ojalá me entendierais —murmuró Caragh mientras una gota de agua se deslizaba por la mejilla del guerrero.

Ella lo miró con tal intensidad en sus ojos violetas que él se sintió hechizado. Y cuando los finos dedos secaron la gota de agua de su mejilla, una inesperada reacción nació en su interior. Styr dio un fuerte tirón a las cadenas.

Y la obligó a sentir miedo.

—Lo... lo lamento —balbuceó Caragh—. Debo haberos lastimado nuevamente —señaló el cuenco de sopa—. No poseo gran cosa con la que alimentaros, es todo lo que tengo —se encogió de hombros y se alejó de su lado mientras hacía un gesto con la cabeza para animarlo a comer.

Styr contempló la sopa y luego a ella. ¿Cómo esperaba esa mujer que comiera con las manos atadas a la espalda?

—¿No os apetece...? —Caragh aguardó unos segundos mientras se servía ella misma un cuenco de sopa. Tomó una cuchara y empezó a comer lentamente, como si saboreara el caldo.

De repente comprendió que iba a tener que alimentarlo ella misma.

—Debería haberlo tenido en cuenta —suspiró mientras se levantaba en busca de otra cuchara. Tras estudiarlo durante unos instantes, hizo un gesto de preocupación y tomó el cuenco del guerrero.

Styr apenas daba crédito. No solo le había curado la herida, le había ofrecido comida y estaba a punto de alimentarlo ella misma.

Para ser su captora, demostraba una excesiva misericordia y le enfurecía saberse atrapado en aquel lugar con esa dulce mujer que intentaba suavizar al máximo la situación, mientras Elena se encontraba por ahí fuera. Tenía que soltarse y encontrar a su esposa.

Había fracasado en su obligación de proteger a Elena. Ni siquiera sabía si estaba viva o muerta y la sensación de culpabilidad resultaba insoportable. ¿Y si la habían violado? ¿Y si estaba herida y sufriendo dolor?

—¡Elena! —haciendo caso omiso de la sopa, llamó a su esposa con voz ronca.

No hubo respuesta. De nuevo gritó su nombre, una y otra vez, con la esperanza de que ella lo oyera si se encontraba dentro del recinto amurallado. Después llamó a Ragnar y a cada uno de sus hombres, mientras intentaba determinar si era el único rehén. El único vivo.

—Se han marchado —le interrumpió Caragh—. No sé adónde, pero el navío ya no está allí —se sonrojó violentamente—. Brendan tomó a la mujer como rehén. Vuestros hombres rindieron las armas, pero desconozco qué sucedió después.

De nuevo fijó la mirada en el suelo y Styr sospechó que estaba reteniendo información. Con el fin de que ella no comprendiera que había entendido sus palabras, desvió la mirada.

Inquietantes pensamientos surcaron su mente, prendiendo una nueva llamarada de ira. ¿Dónde estaba su esposa? ¿Seguía viva? ¿Qué les había sucedido a sus hombres?

Caragh se animó a acercar una cucharada de sopa a sus labios, pero de una fuerte sacudida de la cabeza, él envió el cuenco por los aires. Caragh palideció y recogió el cuenco y la sopa derramada.

Furioso, Styr golpeó la pared de adobe con los pies hasta romper el marco de mimbre. Rugiendo su frustración, tiró de las cadenas en un desesperado intento de romperlas para liberarse.

Fracasado su intento, contempló a Caragh, que había recogido la sopa derramada y la había añadido a su propio plato de sopa. En su rostro no vio miedo alguno. Si acaso, una mirada desafiante, como si le reprendiera por lo que acababa de hacer.

Caragh durmió mal, despertando varias veces durante la noche. Por el amor de Dios ¿qué había hecho? La idea de retener prisionero al vikingo le había parecido buena al principio, pero en esos momentos lo lamentaba. No debería haberle salvado la vida. Iba a matar a Brendan, y ya había matado a otros dos. No merecía vivir.

Todavía faltaban varias horas para el amanecer, pero aun así Caragh se levantó del camastro y se acercó de puntillas al fuego, añadiendo un nuevo ladrillo de turba. Después atizó las llamas para calentar la estancia. Bajo la débil luz ambarina contempló el rostro del Lochlannach tumbado en el suelo.

Había tomado la precaución de quitarle la capa y el broche, que podría haber utilizado como arma. Llevaba una túnica de lino bajo la cota de malla que le protegía el pecho y los cabellos rubios estaban atados en una coleta. El rostro, incluso dormido, resultaba extrañamente fascinante. Caragh se sentó en un taburete y lo estudió detenidamente.

A pesar de la rudeza de un cuerpo torneado por años de batallas, no podía negarle su atractivo, comparable al de un ángel. Ninguno de los hombres que había conocido podía compararse a ese.

Era la clase de hombre que tomaría a la mujer deseada reclamándola para sí. Y sin previo aviso, se imaginó cómo sería besarlo. Sin duda sería un beso apasionado, salvaje. Era la primera vez que se imaginaba tal cosa y un escalofrío recorrió su cuerpo. La simple idea de pensar en ello era una locura.

Recordó la ira que había destilado su rostro cuando la mujer había sido apresada. Había luchado a muerte por ella, atacando a todo hombre que la había amenazado.

Caragh estudió su perfil a la luz de las llamas y se preguntó qué clase de hombre sería. ¿Un feroz bárbaro que la mataría en cuanto lo liberara? ¿Un hombre de honor?

El vikingo se movió inquieto en sueños y ella comprendió que había quedado expuesto al frío por el hueco que había abierto a patadas en la pared. Aunque era verano, las noches eran a menudo frías y sin duda lo debía notar. Su lado más práctico decidió que se lo tenía merecido por haber roto la pared.

«¿No habrías hecho tú lo mismo si te hubieran apresado?», protestó su subconsciente. «¿No habrías hecho cualquier cosa por escapar?».

Seguramente. Pero ese hombre había matado a los suyos y merecía sufrir por ello.

«Se llevaron a la mujer. Intentaba protegerla».

La había llamado Elena. Probablemente se trataba de su esposa o hermana.

De haber sido ella la capturada, sus hermanos hubieran matado a cualquiera que se hubiera atrevido a lastimarla. No podía culpar a ese hombre por intentar proteger a un miembro de su familia.

Pero si no hubiera intervenido, habría matado a Brendan. Y si decidía liberar a ese hombre, sin duda perseguiría a su hermano para ejercer su venganza sobre él.

La preocupación formó un nudo en su estómago, pues desconocía el paradero de Brendan. La última imagen que tenía de él era una en la que sujetaba la espada sobre la garganta de la mujer y la arrastraba marcha atrás hacia el barco. Caragh había estado ocupada inmovilizando a su prisionero y solo había registrado fugaces imágenes de lo que sucedía a su alrededor.

Uno de los mayores le había ayudado a arrastrar al vikingo lejos de los demás, pues ella sola no habría podido. Tras encadenarlo, había regresado al exterior y encontrado a ese hombre partido en dos por una espada. El estómago le daba un vuelco cada vez que pensaba que había muerto por intentar ayudarla.

En su mente recompuso las piezas de lo que recordaba. Brendan con su rehén, los Lochlannach rindiendo sus armas antes de adentrarse en el mar.

A pesar de ir acompañado, Brendan y su grupo se encontraban en clara inferioridad numérica y, aunque desarmados, a Caragh no le cabía la menor duda de que el enemigo pretendía atacar a su hermano, reclamando la nave y a la mujer. No les harían falta armas para matar a Brendan.

Ayudarle le habría resultado imposible sin atraer sobre ella misma la atención de los Lochlannach.

¿Por qué había alejado Brendan al enemigo de Gall Tír? Era peligroso y temerario.

A no ser que Brendan hubiera intentado alejar al enemigo del asentamiento en un desesperado acto heroico.

Caragh cerró los ojos ante la posibilidad de que su hermano ya estuviera muerto. Las horas pasaban, pero Brendan no regresaba. Solo le quedaba rezar para que estuviera vivo.

El miedo y la incredulidad la invadieron. Todos sus hermanos la habían abandonado. No había protestado cuando Terence y Ronan se habían ido, segura de que regresarían con los víveres prometidos. Pero tras casi quince días, seguía sin haber señal de ellos.

¿Qué pasaría si no regresaba ninguno de sus hermanos? ¿Y si todos estaban muertos?

La idea de encontrarse sola, sin nadie que la protegiera, era terrorífica.

Con gran pesadumbre, buscó en su interior la decisión correcta. No podía liberar al prisionero. Si lo hacía, no le cabía duda de que el guerrero la atacaría. La mirada oscura y cruel denotaba una naturaleza despiadada. No había un ápice de mansedumbre en ese hombre y la única alternativa era mantenerlo encadenado hasta que regresaran sus hermanos mayores.

Si regresaban.

Caragh cerró los ojos, negándose a seguir pensando en ello. Terence y Ronan iban a regresar. Tenían que regresar.

Tomó una manta de lana que solía usar para abrigarse en invierno y se acercó al hueco abierto a patadas en la pared por el vikingo, usándola para bloquear la entrada del viento.

Al darse la vuelta lo encontró mirándola e instintivamente retrocedió hasta apoyar la espalda contra la pared cuando el gigante se puso en pie. Tenía los ojos de color marrón oscuro y, aunque no veía bien la expresión de su rostro, no iba a cometer el error de bajar la guardia. El hombre habló en una lengua que ella no comprendía.

—¿Qué deseáis? —preguntó ella.

—Agua —contestó Styr tras una breve pausa.

—¿Habláis irlandés? —Caragh se sobresaltó cuando el vikingo habló en su lengua.

—Agua —repitió él.

Caragh llenó una taza de madera con agua. El guerrero seguía cada uno de sus movimientos y no se atrevió a acercarse demasiado, recordando cómo le había tirado el cuenco de sopa la noche anterior. Sin embargo, con las manos encadenadas a la espalda, no había otra alternativa.

Conteniendo su aprensión, elevó la taza hasta los labios del hombre y la inclinó ligeramente. Mientras él bebía, contempló la incipiente barba, del mismo color rubio que sus cabellos. Los labios eran firmes y finos. Dudaba mucho que esos labios hubieran sonreído alguna vez. En los oscuros ojos se reflejaba una preocupación similar a la suya.

—¿Dónde está? —preguntó él en el idioma de Caragh.

—De modo que habláis irlandés —ella dio un paso atrás. Ese hombre había comprendido cada palabra que ella había pronunciado.

—¿Dónde? —insistió Styr. La gélida voz albergaba una promesa de venganza y ella dio otro paso atrás. Aunque estando encadenado no podía lastimarla, no le cabía ninguna duda de que mataría a cualquiera que amenazara a la mujer a quien llamaba Elena.

—Ya os lo dije —Caragh palideció, pero se mantuvo firme—. No lo sé —intentó calmar el rugido del miedo en su interior—. Brendan se la llevó como rehén y se hizo a la mar.

—Tengo que encontrarla —la frustración tensó el rudo rostro—. Soltadme —ordenó con voz acerada. Estaba acostumbrado a ser obedecido.

—No puedo soltaros —aunque comprendía su necesidad, no podía liberarle de las cadenas—. Si lo hago, me mataréis —en su mente se formó la imagen de esas cadenas alrededor de su cuello.

—No suelo matar a mujeres. Ni siquiera a las que intentan abrirme la cabeza.

—Siento haberos hecho esa herida, pero tenía que proteger a Brendan —protestó ella.

—Y yo tenía que proteger a mi esposa —rugió el vikingo—. Ella es inocente. No os ha hecho nada.

—Los hombres se equivocaron al atacar —admitió Caragh cruzándose de brazos—. Intenté detener a mi hermano, pero no me quiso escuchar —y tampoco habría servido de nada—. Nos morimos de hambre y necesitábamos víveres.

—Y pensasteis en tomarlos sin más —espetó él con amargura—. Habríamos compartido gustosos lo que teníamos si nos lo hubieseis pedido.

—Nunca fue mi idea atacaros —insistió ella. Se avergonzaba de que ese hombre la contemplara como a una ladrona.

—Soltadme, Caragh.

—Todavía no, Lochlannach —contestó ella y añadió con el ceño fruncido—. Ni siquiera conozco vuestro nombre.

—Soy Styr Hardrata. Mi esposa es Elena.

—La vi junto a los demás. Es hermosa —Caragh acercó la marmita de sopa al fuego para calentarla—. Os aseguro que mi hermano no tiene pensado causarle daño alguno. Solo tiene diecisiete años, y me temo que no reflexiona antes de actuar.

—Tiene pensado pedir rescate por los prisioneros o venderlos como esclavos ¿verdad?

—No lo sé —Caragh no había pensado en ello, pero dudaba que su hermano hiciera algo así. Todo había sucedido tan rápido que no creía que Brendan hubiera ideado ningún plan—. Lo único que sé es que no puedo soltaros hasta que regresen mis hermanos mayores. En cuanto vuelvan, podréis iros según os plazca.