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Era un bárbaro indomable… pero esclavo de sus deseos Kieran no era un esclavo cualquiera. Era desafiante, osado y peligroso, era indomable. Iseult MacFergus se sentía atraída por ese hombre tan poderoso como un guerrero y orgulloso como un rey. Confiaba en él para que encontrara a su hijo perdido… Kieran se había vendido como esclavo para salvar la vida de su hermano, pero Iseult, bella como un ángel, le hacía albergar la esperanza de volver a ser un hombre libre. Kieran, decidido a encontrar a su hijo, podría acabar consiguiendo la libertad… aunque su corazón estaría prisionero del de Iseult para siempre.
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Seitenzahl: 344
Veröffentlichungsjahr: 2008
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2008 Michelle Willingham. Todos los derechos reservados.
GUERRERO Y ESCLAVO, Nº 503 - mayo 2012
Título original: Her Warrior Slave
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-0115-8
Editor responsable: Luis Pugni
ePub: Publidisa
Irlanda, año 1102
—Va a morir, ¿verdad? —preguntó Iseult Mac-Fergus mirando el cuerpo malherido del esclavo.
Las señales de los latigazos, en carne viva, atravesaban la espalda de ese hombre. Estaba pálido y se le marcaban los huesos, como si llevara mucho tiempo sin comer. El espanto se adueñó de ella al pensar en la tortura que había padecido. Davin Ó Falvey le entregó una palangana con agua fría.
—No lo sé. Es probable que haya malgastado una buena cantidad de plata.
Iseult le lavó la sangre y bajó la mirada.
—Davin, no necesitamos un esclavo en nuestra casa. No deberías haberlo comprado.
Cada vez era menos corriente que los clanes tuvieran esclavos. Su familia nunca había podido permitirse uno y eso la incomodaba, le recordaba lo baja que era su procedencia.
—Si no lo hubiese comprado yo, otro lo habría hecho —él se puso detrás de ella y apoyó las manos en sus hombros—. Estaba sufriendo, querida. En las subastas de esclavos los apalean hasta que casi no pueden mantenerse de pie.
Ella tomó la mano de Davin. Su prometido nunca dejaba que un hombre sufriera si podía evitarlo. Ese era uno de los motivos para que fuese su amigo más querido y el hombre con el que había aceptado casarse.
Sintió un vacío en el estómago. Davin se merecía una mujer mejor que ella. Había hecho todo lo posible por reparar su reputación maltrecha, pero las habladurías no habían cesado desde hacía tres años. No sabía por qué la había elegido, pero su familia no dejó escapar la oportunidad de esa unión. No era muy frecuente que la hija de un herrero fuese a casarse con el hijo de un jefe.
—Deja que se ocupe la curandera —le pidió Davin en un tono un poco acalorado—. Da un paseo conmigo, Iseult. Hace una semana que no te veo y te he echado de menos.
Ella se puso tensa, pero esbozó una sonrisa forzada. Sabía que tenía que acompañarlo. Aunque Davin nunca le había reprochado sus pecados, ella se sentía indigna de su amor.
Davin, después de llamar a la curandera, le tomó la mano y la llevó afuera. La luna iluminaba su rostro. Davin, rubio y con unos penetrantes ojos azules, era el hombre más apuesto que había visto. Él se llevó su mano a la barbuda mejilla. Ella sintió una punzada de recelo porque supo que iba a besarla. Aceptó su abrazo y deseó poder sentir el mismo ardor que sentía él.
Tenía que darse tiempo. Sin embargo, aunque se entregó al beso, fue como si se mantuviera fuera de su cuerpo, como una observadora y no como una implicada. Él la estrechó contra sí.
—Ya sé que no quieres que seamos amantes antes de la fiesta de Bealtaine, en mayo, pero sería tonto si no intentara convencerte —le susurró él.
Ella se apartó mirando hacia el suelo.
—No puedo.
Incluso en ese momento, se sonrojó por la vergüenza. La idea de acostarse con un hombre, con cualquier hombre, le llevaba recuerdos dolorosos.
El rostro de Davin reflejó la tensión, pero no insistió.
—Nunca te pediría que hicieses algo que no quieres hacer.
Eso hacía que ella sintiera más remordimiento. No quería acostarse con él, pero, entonces, ¿qué clase de mujer era? Hacía años se dejó llevar por un momento de pasión y pagó el precio. Sin embargo, en ese momento, cuando un hombre la amaba y quería casarse con ella, no se olvidaba de los malos recuerdos.
Davin le rodeó los hombros con un brazo y le dio un beso en la sien.
—Esperaré hasta que estés preparada.
Sin soltarle la mano, la acompañó hasta su vivienda, dentro del poblado amurallado. Cuando llegaron a su choza, Iseult se detuvo junto al marco de la puerta como si esta fuese un escudo.
—¿Qué vas a hacer con el esclavo?
—No lo sé todavía. Podrá ayudar con la cosecha y a cuidar los caballos. Hablaré con él cuando se despierte.
Hasta mañana —se despidió Davin con cierto pesar, antes de volver a besarla en los labios—. Veremos qué puedes hacer para que nuestro esclavo siga vivo.
Iseult asintió con la cabeza y entró. Se quedó un momento en la entrada para ordenar las ideas. ¿Por qué no podía sentir la llama ardiente de la que hablaban las mujeres? Lo besos y cariños de Davin solo le producían un vacío. ¿Qué le pasaba? De todos los hombres posibles, él era el único que se merecía que lo amara. La trataba como a un tesoro y le ofrecía todo lo que ella quería. Hacía que se sintiera indigna de él.
Con el corazón apesadumbrado, fue a reunirse con los demás. Muirne y su familia estaban preparando la comida para la cena. Aunque los Ó Falvey no eran de su familia, la habían recibido con los brazos abiertos y le habían concedido su hospitalidad. Gracias a ellos, tenía un sitio donde quedarse mientras se acostumbraba a su nuevo clan. Además, benditos fuesen, evitaban que tuviese que vivir con la madre de Davin. Le esposa del jefe no la apreciaba y tampoco lo disimulaba.
—¿Quién es el hombre que ha traído Davin? —preguntó Muirne.
Muirne, una mujer corpulenta que había tenido siete hijos, se preocupaba por Iseult como si fuese hija de ella. Siguió hablando sin esperar una respuesta.
—Esta noche no has comido. Siéntate con nosotros.
Señaló una mesa baja donde sus otros hijos en adopción se metían unos con otros mientras devoraban la comida.
—Era un esclavo —contestó Iseult—. Creo que estaba medio muerto.
—Pues no es una gran compra —Muirne puso los ojos en blanco y le dio un plato con arenque salado y zanahorias asadas—. Sin embargo, así es Davin —añadió como si hablara de un santo.
—Madre, ¿puedo comer más pescado? —preguntó uno de los niños.
—¡Y yo! —exclamó otro.
Glendon y Bartley le encantaban aunque verlos aumentara del dolor de corazón de Iseult. Su hijo Aidan tendría dos años en ese momento. Probó un poco de comida aunque había perdido el apetito de repente.
—¿Por qué no te has casado con Davin todavía? —le preguntó Muirne dejando una rebanada de pan en su plato—. No entiendo por qué tenéis que esperar a Bealtaine.
—Davin me pidió que esperáramos. Quiere una bendición especial para nuestro matrimonio —contestó Iseult tapando el plato con la mano porque Muirne iba a ponerle más comida—. Ya tengo bastante, gracias.
—Yo me la comeré —se ofreció Glendon.
Iseult le pasó el pescado a su plato y el niño se lo devoró. Muirne dijo algo en voz baja sobre lo delgada que estaba. Ella intentó pasar por alto la crítica.
—Creo que me llevaré lo que queda e iré a ver si el esclavo tiene hambre.
—No deberías juntarte con hombres como él —le advirtió Muirne—. Es un esclavo y la gente murmurará.
Iseult vaciló. Efectivamente, murmurarían. Lo prudente era quedarse y no pensar en el esclavo. Lo más probable era que muriera y era un desconocido para todos.
—Tienes razón —cuando Muirne se dio la vuelta, ella se escondió una rebanada de pan en un pliegue de la capa—, pero iré a dar un paseo, no tardaré.
Muirne le dirigió una mirada muy elocuente.
—No hagas nada que puedas lamentar, Iseult.
Ella intento sonreír con despreocupación, pero no lo consiguió.
—Volveré enseguida.
Una vez fuera, la luna iluminaba el círculo de doce chozas de piedra con tejado de paja. En un lado podía verse la piel de un ciervo extendida sobre un bastidor de madera y solo quedaban los rescoldos de las fogatas para cocinar fuera de las chozas. Se olía el humo de turba y el viento del principio de la primavera penetraba a través de la túnica y la enagua. Se tapó los hombros con la capa para abrigarse. Aunque solo llevaba desde el invierno en el clan, ya empezaba a considerar que ese poblado amurallado era su hogar.
Se detuvo delante de la choza del enfermo. ¿Por qué había ido allí? Deena, la curandera, ya le había dado de comer y lo había atendido. Su presencia solo sería un incordio. Fue a darse la vuelta cuando se abrió la puerta.
—¡Ah…! —exclamó Deena llevándose la mano al corazón.
La curandera llevaba casi una generación ocupándose del clan de Davin, pero su pelo seguía siendo completamente negro. Unas leves arrugas le rodeaban la sonriente boca.
—Me has asustado, Iseult. Iba a buscar un poco de agua.
—¿Qué tal está el esclavo? —preguntó ella.
—Me temo que no muy bien. No come ni bebe nada. Es muy cabezota. Si quiere morir, es asunto suyo, pero yo preferiría que no fuese en mi choza para enfermos.
—¿Puedo hablar con él?
—Si quieres… Aunque no servirá de nada —Deena dejó escapar un suspiro de fastidio—. Pasa.
Iseult entró en la oscura habitación. Los carbones de la lumbre resplandecían y pudo captar el intenso olor a camomila y gaulteria. El esclavo estaba tumbado en un jergón con los ojos cerrados. El pelo negro y despeinado le caía por encima del cuello y tenía un rostro rudo sin afeitar. Parecía un demonio salido del submundo, un dios perverso como Crom Dubh.
Sin embargo, al ser un esclavo, podía haber viajado por toda Irlanda. Quizá hubiese visto a su hijo Aidan o supiese algo de él. Intentó sofocar la esperanza que brotaba en ella. No podía ser tan necia, la extensión era inmensa y había poquísimas posibilidades de que supiera algo de un niño pequeño.
—¿Comerás algo? —preguntó ella arrodillándose al lado del jergón.
Él no abrió los ojos ni se movió. Iseult fue a tocarle el hombro. Él alargó la mano súbitamente y la agarró de la muñeca. Sus ojos marrones le dirigieron una mirada de advertencia y ella dejó escapar un grito de dolor.
—Lárgate.
Ella se quedó atónita por el tono cortante de su voz. No tenía la expresión sumisa de un esclavo. ¿Qué tipo de hombre había llevado Davin? Iseult se levantó y se soltó la mano.
—¿Quién eres?
—Kieran Ó Brannon y quiero que me dejen en paz.
Él se dio la vuelta e Iseult se estremeció al ver su espalda en carne viva. El sentido común le dijo que se marchara antes de que él volviera a expulsarla de mala manera.
—Yo soy Iseult MacFergus y te he traído comida —replicó ella con serenidad.
—No la quiero.
—Si no comes, morirás —insistió ella intentando mantener la calma.
—Prefiero morir que vivir así.
Ella captó la ira que bullía en él, en vez de dolor. Eso la espantó y no supo qué decir. Él, como un animal herido, estaba dispuesto a abalanzarse sobre cualquiera que le ofreciera compasión.
Iseult dejó la comida en el suelo, al lado de él, sin preocuparse de que el pan pudiera mancharse con el polvo.
—Si vas a morir, date prisa, pero si decides vivir, que sepas que aquí nadie te hará daño.
Ella se marchó antes de que él pudiera decir algo. Un hombre así no iba a decirle nada de su hijo. Por ella, cuanto antes se deshiciera Davin de ese esclavo, mejor.
Kieran Ó Brannon quiso reírse. Era muy oportuno que un ángel divino se hubiese presentado ante él, ¿no? Después del tiempo que había pasado en el infierno, le pareció paradójico. Tenía un pelo rojo con destellos dorados, como una puesta del sol, y la enagua y la túnica azules permitían adivinar un cuerpo esbelto y unas piernas largas. Antes, quizá hubiese intentado conquistar a una mujer como Iseult MacFergus. Sin embargo, no se podía confiar en las mujeres, y menos aún en las hermosas. Había llegado a darse cuenta de que cuanto más hermosas eran ellas, más traicionero era su corazón.
Miró el trozo de pan. Aunque su cuerpo le reclamaba comida, su cabeza la rechazaba. Si podía conseguir que la muerte llegara cuanto antes, mejor.
Deena volvió al cabo de un rato y se sentó enfrente de él con un potingue de olor nauseabundo en el mortero.
—¿Por qué quieres morir, muchacho? —le preguntó ella.
Le recordaba a su abuela, una mujer que decía todo lo que pensaba. Como no contestó, ella siguió.
—Sé que puedes hablar porque casi matas de un susto a Iseult. Te diré que eso no te servirá conmigo. Soy un hueso duro de roer y, además, te prepararé comida y bebida durante las próximas semanas.
A él le dolía la cabeza con tanta cháchara. No había dejado de hablar mientras mezclaba cosas en el mortero. Él acabó contestando aunque solo fuese para que ella dejase de hacer ruido.
—¿Por qué iba a querer vivir?
Ella se encogió de hombros con una leve sonrisa. Había ganado y lo sabía.
—Eres inteligente, ¿verdad, muchacho? Tienes familia en algún lado y vivirás porque ellos quieren que vivas.
¿Lo había adivinado tan fácilmente? ¿Era adivina además de curandera? El recuerdo de su hermano pequeño se le presentó en la cabeza aunque no quisiera. Egan suplicaba ayuda. Se abrió camino en su remordimiento como la hoja de una espada. Su hermano preferiría verlo muerto.
Sin embargo, cuando ella empezó a hablar otra vez, él sofocó sus emociones y agarró el trozo de pan. No se lo merecía. Merecía morir de hambre como todo su clan. Acalló esa voz y comió. Estaba tan seco como parecía, pero el hambre atroz le pidió más.
Deena le ofreció un cuenco de barro y él lo tomó con manos temblorosas. Estaba tan sediento que ni siquiera recordaba la última vez que comió y bebió algo. Cuando probó ese vino amargo, casi se atraganta por su espantoso sabor. Deena volvió a reírse.
—Es para que te duermas, muchacho. Pronto tendrás que levantarte.
Se lo bebería todo si así podía olvidar. Vació el cuenco sin rechistar.
La curandera le untó la espalda con una mezcla de hierbas y su efecto refrescante le alivió el dolor de las heridas. Los latigazos no eran tan profundos como otros que había padecido. Aceptaba bien el dolor porque la parecía un acto físico de arrepentimiento.
—Será mejor que te portes bien con Iseult MacFergus porque es la prometida de tu amo. A Davin Ó Falvey no le gustará que maltrates a su prometida.
—Entonces, no le dirigiré la palabra.
Kieran apretó los dientes cuando ella le puso un paño sobre las heridas. Sabía por qué lo curaba. Un esclavo débil no valía nada. La servidumbre le corroía el orgullo. Nunca había sido esclavo de nadie y el instinto de resistirse se le despertaba con más fuerza que nunca. La idea de escapar le tentaba, espoleada por su orgullo. Herido o no, podría encontrar la forma de salir del poblado amurallado. Y entonces, ¿qué haría?
Cerró los ojos sin saber la respuesta. No tenía a dónde ir ni había nada que le hiciera volver. Quizá sus fracasos justificaran una vida plena de sufrimientos.
La curandera le dio otra rebanada de pan y él se la comió sin pensárselo. Su estómago anheló más, pero se le encogió ante la inesperada comida.
—Basta por el momento —le avisó ella—. Estás tan delgado que si comes demasiado, lo vomitarás.
Le dio un cuenco con agua en vez de vino. Sabía dulce, como si fuese nieve derretida. Al contrario que las aguas embarradas que había bebido durante los últimos meses. La saboreó y mitigó la sed.
La curandera lo ayudó a ponerse boca abajo en el jergón. Le hierbas habían empezado a aliviarle el dolor y a darle sueño. Cerró los ojos con el espíritu tan apaleado y maltrecho como el cuerpo. La muerte lo tentaba con fuerza porque así podría silenciar a los espectros que lo obsesionaban. Había elegido ese camino. Se había vendido como esclavo para rescatar a Egan, para devolverlo a su casa, pero había perdido y estaba en manos de su enemigo. Su padre no se lo perdonaría jamás. Si Dios quería, nunca volvería a ver a su familia.
Iseult puso una manta sobre la yegua negra y se montó encima. Había preparado una bolsa con víveres para la mañana y la primera hora de la tarde. Elevó una plegaria en silencio para que Dios le permitiera encontrarlo, para que ese día fuese distinto.
Llevaba casi un año buscando a su hijo Aidan y, aunque no lo había encontrado, no podía dejar de buscarlo.
—¡Iseult! —la llamó Davin acercándose y agarrando las riendas del caballo—. ¿Adónde vas?
—Creo que ya sabes la respuesta —contestó ella achantándose un poco por la tajante pregunta.
Davin disimuló su impotencia y miró hacia otro lado. Aunque no dijo nada, creía que esa búsqueda era inútil. Las posibilidades de encontrar a un niño pequeño después de un año eran escasas, en el mejor de los casos. Sin embargo, ella no podía renunciar a buscar a Aidan todavía.
—Sé que no quieres venir —reconoció ella—. No voy a pedírtelo.
—No es seguro que una mujer viaje sola —replicó él con unas arrugas de preocupación en el barbudo rostro.
Iseult se llevó la mano al puñal que llevaba en el costado.
—Estoy armada, Davin, y solo voy a visitar los clanes cercanos.
—Iré contigo —dijo él tomándole la mano.
—De verdad, no hace falta que…
—Es importante para ti —la interrumpió él en un tono impreciso, como si la búsqueda de ella no fuese un inconveniente—. Además, es posible que algún día encuentres las respuestas que buscas.
Iseult, sin embargo, captó lo que quería decir, que era posible que algún día se diera por vencida. Quizá tuviese razón, pero no quería creer que Aidan estaba muerto. Su corazón albergaba una leve esperanza. Nunca podría olvidar al niño que tomó un mechón de su pelo con su diminuta mano y se lo llevó a la boca, ni el aterrador momento cuando fue a buscarlo y comprobó que había desaparecido.
Davin cabalgó a su lado en silencio mientras ella dirigía a su yegua hacia la montaña Benoskee. Las nubes cubrían la cima rocosa y el lago azul indicaba dónde se asentaba el clan de los Sullivan. Ella se acercaba a menudo para preguntarles si algún mensajero había llevado noticias. Durante el año anterior, había visitado a todos los clanes de la zona. Agarró con fuerza las crines de su yegua, como si así pudiese aferrarse a la esperanza. Quizá esa vez encontrara lo que buscaba. Iseult se preparó para recibir las miradas de compasión. Ellos podían pensar que era una necia, pero se trataba de su hijo. Nunca se daría por vencida.
Davin se detuvo para que los caballos bebieran y ella captó la impaciencia en su rostro. Debería haberse marchado antes del amanecer. Él nunca entendería esa carga que llevaba porque Aidan no era suyo.
Un jinete se acercó a toda velocidad y fue como si el destino hubiese intervenido en ese momento. El hombre no desmontó, pero se dirigió a Davin.
—Os necesitamos de vuelta en Lismanagh. Vuestro esclavo está causando problemas.
—¿Qué problemas? —preguntó Davin sin disimular su fastidio porque lo molestaran.
—Está peleando con los demás. Lo hemos atado, pero como es vuestro… —el mensajero no terminó la frase.
—Iré.
Davin dio la vuelta al caballo con un gesto de decisión en el rostro. Iseult sacudió la cabeza cuando la miró.
—Ve con él. No me importa.
—Quiero que vuelvas conmigo. Ne me gusta dejarte aquí.
Él lo dijo casi como si fuese un padre enojado. Iseult lo miró fijamente. No había querido que él la acompañara y encima la trataba como si fuese incapaz de cuidar de sí misma.
—Tomo mis decisiones y prefiero buscar a mi hijo que molestarme por un esclavo arrogante e irrespetuoso.
Los ojos de Davin dejaron escapar un destello extraño.
—¿Qué quieres decir con… «irrespetuoso»?
Iseult se mordió la lengua y deseó no haber hablado.
—Volví para ayudar a Deena. El esclavo se despertó, pero no me cayó bien.
—¿Te amenazó?
El tono gélido de Davin dejó muy claro que no estaba nada contento.
—Me pidió que me marchara, nada más —ella agitó una mano para quitarle importancia—. Vete. Te veré esta tarde.
Él vaciló y ella ser acercó a caballo y le dio un beso muy delicado.
—Vete —le repitió.
Su gesto tuvo el efecto deseado y él se suavizó.
—Ten cuidado. Si no te veo en la comida de mediodía, mandaré a unos hombres para que te busquen.
Él se inclinó y volvió a besarla, aunque con más intensidad. Iseult aceptó el beso, pero estaba pensando en el clan de los Sullivan. Dentro de un rato sabría si su búsqueda había sido en vano.
—Hasta luego —se despidió ella.
Kieran forcejeaba entre las cuerdas sin importarle que se le clavaran en la carne. Le habían atado de pies y manos, como a un pollo para asarlo.
Había sido culpa suya. Había pensado que podía escaparse sin tener en cuenta que el hambre le había privado de la fuerza. Cuando los hombres lo vieron, se resistió todo lo que pudo. También hirió a algunos, pero, en definitiva, no sirvió de nada. Su fuerza era casi como la de un niño. Tenía sangre por la piel y los labios partidos por un puñetazo. Además, la espalda le abrasaba por los latigazos.
¿Lo matarían? Se preparó para que lo mataran. Bajó la mirada y la clavó en el suelo húmedo. El olor a humo y paja era muy parecido al de su tierra de origen, al sur de Irlanda, muy lejos de allí, casi en otro mundo, lejos de quienes podían culparlo. Cargaba con toda la culpa. Él tenía la culpa de que Egan hubiese muerto. Si hubiese podido ponerse en el lugar de su hermano pequeño, habría muerto mil veces. Su hermano, de trece años, no había tenido la oportunidad de convertirse en un hombre.
Kieran vio el resplandor del acero, pero no se movió. Un hombre alto y barbudo estaba delante de él. Llevaba una túnica verde oscuro con ribetes dorados y un puñal en la mano. Apartó a los demás en un tono autoritario. Podía ser su jefe a juzgar por los caros ropajes.
—Soy Davin Ó Falvey.
Era su amo. El tono posesivo de su voz hizo que quisiera enseñarle los dientes. Nunca había sido esclavo de nadie.
—Sois el hombre que me compró.
—Lo soy, y según lo que me han contado, parece que quieres que te corte el cuello.
Kieran levantó la barbilla como si quisiera facilitárselo.
—Entonces, hacedlo.
Davin hizo resplandecer la hoja del cuchillo a la luz del sol.
—Podría, pero entonces, conseguirías lo que quieres y yo habría perdido la plata que me gasté —Davin lo ayudó a ponerse de pie y le cortó las ataduras de los pies, pero le dejó las de las manos—. ¿Cómo te llamas?
—Kieran, del clan de los Ó Brannon.
—He oído hablar de tu familia. Está muy lejos de aquí, ¿no?
Kieran no contestó. No hacía falta, Ó Falvey ya lo sabía todo. Observó detenidamente a su enemigo. El caudillo transmitía una confianza tranquila, sin rastro de inquietud. Davin lo miraba como si intentara tomar una decisión.
—Quieres la libertad y puedo entenderlo. Quizá te la conceda a cambio de tus servicios.
Kieran no contestó porque nada en el mundo lo esclavizaría voluntariamente. Prefería morir que ser esclavo de otro hombre.
Davin introdujo la mano en un pliegue de su capa y sacó una figurita de madera que representaba a su hermano Egan.
—O, a lo mejor, te gustaría recuperar esto.
La talla. Kieran soltó una maldición e intentó lanzar un golpe a pesar de que tenía las manos atadas. Sin embargo, Davin lo esquivó y lo tumbó con un pie. Kieran tragó sangre y polvo, pero le dio igual e intentó atacarlo otra vez. Ese trozo de madera era lo único que le quedaba de Egan. Solo era un trozo de tejo, pero se lo había dado a su hermano hacía años. Verlo en manos de su amo le despertaba la misma furia que sintió contra los traficantes de esclavos.
Davin le dio un puñetazo que lo dejó sin respiración y Kieran cayó de rodillas para intentar tomar aire. Las heridas de la espalda le sangraron y volvió a sentir la intensidad del dolor.
—¿Lo has tallado tú? —le preguntó Davin con suavidad.
Kieran se limitó a mirarlo fijamente y con la furia adueñándose de él. Había cometido un error al demostrarle a Davin que esa talla era importante para él. Se levantó con el rostro inexpresivo.
—Eres mañoso —comentó Davin—. Creo que sé cómo puedes recuperar la libertad… y esto —volvió a guardarse la figurita en el pliegue de la capa—. Ven.
Davin tiró de la cuerda que le ataba las muñecas y Kieran intentó seguirlo. No se creyó ni por un segundo que fuera a liberarlo. Le dolían los miembros y notaba el regusto salado de la sangre. Se tropezó más de una vez y las rodillas le temblaban por la debilidad.
Davin lo llevó a una choza en penumbra donde Kieran pudo captar el olor acre a cerveza y paja vieja. Cerca de la puerta había un arcón de roble que le llegaba hasta lo más alto de los muslos y era tan largo como sus brazos extendidos. La intrincada talla era antigua y la madera, dura y seca. Aunque sus ojos expertos distinguieron algunos defectos intencionados, unas muescas en la madera, el arcón era una obra maestra, pero no estaba terminado todavía.
—Este arcón lo encargó el padre de mi novia. Debería haberse terminado el invierno pasado como parte de la dote.
—¿Quién lo talló?
—Seamus —contestó Davin señalando un jergón vacío—. Sin embargo, enfermó y murió hace una semana.
Kieran pasó las manos sobre la madera como si fuera un amigo. Sintió la tentación de dejarse arrastrar hasta aquellos días cuando, durante horas, se olvidaba de todo menos de la madera. Lo había añorado.
—Una tarea así sería sencilla y una forma digna de emplear tu tiempo… —Davin hizo una pausa—….a no ser que prefieras servir la mesa de mi padre o trabajar en el campo.
Kieran no pensaba hacer nada de eso, pero tampoco lo dijo.
—¿No os da miedo lo que podría hacer si me dierais un cuchillo o una gubia?
Davin lo miró un buen rato como si sopesara la amenaza.
—No sé quién eres ni nada sobre tu pasado, pero es posible que alguna vez fueses un hombre respetable y si eso fuese verdad, no harías daño a nadie.
Un hombre respetable… Eso era lo que su padre quiso que fuese. Un jefe en el futuro, alguien que sobrellevara las cargas de su clan. Quizá se lo hubiese planteado en algún momento, pero ya era imposible desde que vio morir a Egan.
Con las manos atadas, pasó los pulgares por el borde del arcón.
—Si eres un buen tallista, te concederé la libertad. Te doy mi palabra —Davin lo miró con una intensidad amenazante—. Siempre que obedezcas mis órdenes.
Era una promesa vacía que no significaba nada, pero la madera lo reclamaba. Podía ver el arcón terminado. Le haría cereales por la fertilidad, agua y fuego para simbolizar a los dioses ancestrales y el rostro de la Virgen María para ofrecer consuelo a la nueva esposa. Tendría que engrasarlo para que no se agrietara y necesitaría herramientas afiladas para tallarlo porque la madera estaba muy seca. Hacía meses que no tocaba un cuchillo. Quería tener una forma de olvidar y eso podría darle otra oportunidad. Por un momento, se permitió imaginárselo.
La cuerda se le clavó en las heridas de las muñecas. Cerró los ojos y recordó a su hermano Egan. Las voces lo perseguían y la desolación amenazó con desalentarlo. Después de todo lo que había pasado, no podía encontrar la dicha con la madera.
—¿Qué contestas? —le preguntó Davin.
—No —contestó Kieran mirando a su amo.
Había que doblegar la arrogancia del esclavo.
Davin ordenó que lo ataran a la intemperie. Había empezado a caer una ligera lluvia primaveral y quizá eso consiguiera que cambiara de opinión.
Nunca había visto tanta obstinación. Cualquier otro hombre habría aceptado de buena gana esa tarea, que era mucho más fácil que el trabajo demoledor que tenían que hacer casi todos los esclavos. No dudaba que Kieran hubiese tallado la figura del niño. Su expresión cuando tocó el arcón de roble le indicó claramente que era un hombre con pericia… y, quizá, noble. Había soportado el dolor como lo hacían casi todos los guerreros y aunque era una crueldad exponerlo a los elementos, tenía que hacerlo. Los hombres del clan esperaban que castigara al esclavo por haber intentado escaparse.
Un movimiento llamó su atención y vio a Iseult que volvía. Llevaba la capucha puesta para protegerse de la lluvia. Sintió alivio. Sería su esposa después de Bealtaine y le llenaba de satisfacción saber que estaría con ella y admiraría su belleza en cada momento del día.
Ella detuvo el caballo junto al montículo de los prisioneros y se bajó la capucha para verlo mejor. Davin agarró con fuerza la puerta que lo ocultaba y deseó que Iseult se alejara.
Iseult no le dijo nada. La lluvia había mojado el pelo oscuro del hombre, que tenía las mejillas manchadas con agua y sangre. Estaba sentado con la espalda apoyada en el poste y las muñecas sobre las rodillas.
—¿Habéis visto suficiente?
Su voz grave la intranquilizó e hizo que se sintiera insegura. Él estaba rígido por la furia y la tensión que lo dominaban. Quiso preguntarle qué había hecho para merecerse eso, pero él no le diría la verdad. No se podía encerrar a los hombres así y no dejaba de mirar el poblado amurallado como si buscara la forma de escapar. Quiso darse la vuelta y abandonarlo, pero no quiso comportarse como una cobarde.
—¿Por qué te han castigado?
Él apretó los dientes. La lluvia le caía por la cara y le resaltaba las mejillas hundidas.
—Porque intenté escapar.
—No te han maltratado. ¿Por qué intentaste escapar?
Davin le había salvado la vida. ¿No estaba agradecido?
—Una mujer como vos no lo entendería nunca.
Iseult su puso rígida por la acusación. ¿Qué quería decir? ¿Acaso creía que ella no sabía lo que era sufrir?
—No me conoces en absoluto.
Él se levantó lentamente y mirándola a los ojos.
Ella captó el dolor en su rostro, pero él no se quejó.
—No deberíais estar hablando conmigo. Vuestro prometido está observándonos.
—No he hecho nada malo.
Él se acercó con un gesto de rabia y las cuerdas se tensaron.
—Pero yo, sí.
Ella pudo imaginarse un asesinato o cualquier atrocidad. Aunque era delgado, tenía algo despiadado, como si pudiera hacer cualquier cosa para sobrevivir.
—¿Nunca os previnieron contra los hombres como yo?
Su mirada la atravesó y la alteró. La lluvia le caía por debajo de la enagua como una caricia. Se estremeció y se rodeó con la capa aunque no fuese a protegerla.
La expresión de Kieran se hizo distante, pero apretó los labios.
—Volved con vuestro amo, lady Iseult.
El segundo intento de escaparse también fracasó. Esa vez salió del poblado y casi llegó hasta el bosque antes de que su cuerpo se derrumbara. No supo cuánto tiempo se quedó allí tumbado; horas o minutos, daba igual.
El olor a hierba y lluvia lo rodeó mientras él esperaba complacido la muerte. Se despertó cuando un animal le lamió la cara. Era un perro casi tan grande como un potrillo recién nacido que aulló lastimeramente para avisar a los demás.
Lo arrastraron a la choza de Deena en mitad de la noche. Tenía la piel arrugada por la lluvia y el cuerpo entumecido por el frío. Como la otra vez, Deena le trató los latigazos de la espalda y también le aplicó un ungüento en las muñecas. Le dolió en vez de aliviarle la piel inflamada.
—No deberías preocuparte —le dijo él—. No temo morir.
La curandera lo miró con detenimiento y siguió tratándole con delicadeza todas sus heridas.
—Tuve un hijo —comentó ella entregándole un cuenco con una infusión amarga.
Él lo aceptó, pero no bebió. Si no iba a concederle el sueño eterno, no le interesaba mitigar el dolor.
—Era un hombre fuerte y joven, como de tu edad —siguió ella con una sonrisa al recordarlo.
Kieran no apartó la mirada del cuenco de madera, como si no la hubiese oído. Sin embargo, prestaba mucha atención a sus palabras.
—Los espíritus perversos de la enfermedad acabaron con él en una noche de primavera como esta.
Ella tomó el cuenco, lo llevó a los labios de él y le tocó la mejilla al hacerlo, pero él no bebió.
—Hice todo lo que pude para salvarlo. Empleé todas las hierbas y recé a todos los dioses que conozco, pero no fue suficiente —su mano arrugada le dio calor, como la de una madre—. Durante mucho tiempo, me culpé a mí misma y quise morir, como tú —apoyó la otra mano en su hombro—. El dolor no desaparece, tienes que soportarlo todo el día.
—Yo no quiero librarme del dolor —replicó él en un tono violento—. Quiero recordar y que todos ellos mueran por lo que hicieron.
—No sé qué te ha pasado, muchacho, y no voy a preguntártelo, pero, sea lo que sea, se necesita más valor para vivir que para morir.
Ella inclinó el cuenco y el líquido entró en su boca. Él se atragantó y ella apartó el cuenco mientras tosía.
—Es posible que tu penitencia sea seguir vivo.
Ella volvió a llevarle el cuenco a los labios. Esa vez, lo bebió con calma. Deena apartó el cuenco cuando estuvo vacío, se acercó a un pequeño arcón, sacó un puñal y lo dejó al lado de él.
—Voy a dejarlo ahí y volveré a mi choza para dormir, como debería hacer todo el mundo por la noche —Deena endureció el tono—. Sin embargo, si quieres morir, ahí tienes la forma de conseguirlo —fue hasta la puerta y se dio la vuelta—. Si al amanecer sigues vivo, no vuelvas a pensar en escapar. Esta es tu casa ahora, es el camino que tienes que tomar. Dios te ha traído aquí y quizá sea para que aprendas humildad. Tienes que aceptar tu destino.
Él se durmió más profundamente que nunca. Era como si su cuerpo no pudiera curarse hasta que hubiera recuperado todas las horas que había perdido. La luz del sol lo cegó cuando se abrió la puerta. Kieran se frotó los ojos. El puñal seguía allí.
Ella había dicho que era su penitencia. Aunque saber que era un esclavo era como tener una soga al cuello, también sabía que ella tenía razón. Había defraudado a su hermano. Se merecía perder a su familia y sus derechos sucesorios. Se merecía ser un esclavo, tenía que aceptar el castigo.
Se abrió la puerta y entró Davin Ó Falvey, su amo, con una expresión sombría.
—Anoche molestaste mucho a mis hombres. No sé cómo conseguiste desatarte, pero no permitiré que vuelva a pasar. Volveré a venderte a los traficantes de esclavos y que hagan lo que quieran contigo —Davin lo miró con los ojos entrecerrados—. A no ser que hayas cambiado de idea sobre tallar el arcón.
Kieran no dudó que Davin hablaba en serio. Los escandinavos comerciaban con esclavos y los mandaban a Bizancio o a tierras lejanas. Aunque su vida no volvería a ser la misma, al menos, podría quedarse en su país.
Solo tenía que aceptar la tarea de terminar el arcón. Además, tampoco tenía alternativa. Tenía que aceptar su destino y terminar la tarea que le encomendaran. Se sentó lentamente por el dolor.
—Empezaré hoy mismo.
Los hombros de Davin se relajaron ligeramente.
—No. Antes de que te permita tocar al arcón, tienes que demostrarme tu destreza.
¿Demostrarle su destreza? Había tallado madera desde que pudo sujetar un cuchillo. Podía representar cualquier cosa con un trozo de madera. Se recordó que aquella era su penitencia y se tragó la impotencia y el rencor.
—Quiero que talles una imagen de mi novia Iseult. Si me parece digna de su belleza, te dejaré que termines el arcón.
Debería habérselo imaginado. Esa mujer no soportaba verlo y él tampoco tenía ningunas ganas de estar con Iseult MacFergus. Sin embargo, no podía hacer otra cosa si quería captar su espíritu en la madera.
—Si tallo su imagen, no tendréis el arcón como regalo de boda —replicó él en un último intento de disuadir a su amo.
—Aun así, quiero la figura.
Davin abrió más la puerta y señaló hacia una de las chozas. El sol iluminaba el interior del poblado amurallado y el resplandor lo cegó.
—La choza más pequeña fue la de Seamus, nuestro tallista —le explicó Davin—. Allí encontrarás todas las herramientas que necesites.
—¿Y la madera?
—También —Davin se inclinó y recogió el puñal que había dejado Deena—. Empezarás después de tu encierro.
¿Encierro? Kieran apretó los puños como si sintiera todo el peso de su esclavitud sobre los hombros. Naturalmente, iban a castigarlo por haberse escapado otra vez.
—Permanecerás tres días aislado y vigilado. Si haces lo que se te dice, los vigilantes se marcharán el último día y podrás empezar a tallar —Davin levantó el puñal agarrado por la empuñadura—. Deberías estar agradecido a Iseult por su compasión. Yo te habría tenido los tres días a la intemperie.
—No necesito la compasión de una mujer —replicó él sin disimular su rabia—. Puedo soportar cualquier castigo.
Davin se inclinó y el puñal resplandeció.
—No toleraré que le faltes al respeto. Ella me pidió clemencia contigo y te la concedo por ella —Davin acercó el puñal a la piel de Kieran—. Ahora vendrán los vigilantes y te llevarán a la choza de Seamus.
Davin se dio la vuelta y se marchó. Kieran se tumbó de espaldas y se quedó mirando el techo de paja y madera. No quería desperdiciar el tiempo tallando la imagen de una mujer, aunque fuese la mujer más hermosa que había visto en su vida. Casi, ni necesitaba la presencia de Iseult para reproducir su imagen. Podía ver la curva de sus mejillas y la tristeza de su expresión.
Cerró los ojos para no ver la imagen de la última mujer que había tallado. Estuvo a punto de casarse con Branna, pero ella acabó entregándole su corazón a otro hombre.
—Te acompañaré —dijo Davin.
Su oferta no consiguió que Iseult se sintiese mejor. Le desasosegaba la simple idea de que el esclavo la observara y tallara su imagen.
—Preferiría no hacerlo.
Iseult fue hasta una cesta de costura que Muirne había dejado a un lado y tomó una aguja de hueso. La costura le permitía tener las manos ocupadas.
—Hace que me sienta vanidosa, ¿para qué queremos una imagen de mí?
—La quiero —él se acercó por detrás de ella y le puso las manos en los hombros—. Quiero algo de ti para cuando estemos separados.
—Me verás todos los días.
Quería hablarle de eso. Ningún otro hombre la había alterado de aquella manera. El esclavo tenía algo aterrador y fascinante a la vez. El día que lo encontró atado en medio de la lluvia, el no se dejó vencer a pesar de su espantoso estado. Era un luchador hasta la médula. Consiguió desatarse y se arrastró por el barro para intentar escapar como fuera. ¿Habría hecho ella lo mismo?
Una punzada le atenazó el corazón. No lo habría hecho por sí misma, pero si alguna vez sabía algo de su hijo, entonces no pararía de buscarlo sin importarle lo que pudiera pasarle.
Ella sabía que Davin no había podido hacer otra cosa que castigar al esclavo, pero no quería volver a verlo atado en el montículo de los prisioneros y expuesto a los elementos. Eso solo conseguiría que fuese más bárbaro, como un animal salvaje dispuesto a abalanzarse sobre cualquiera que le hiciera algo. Por eso le pidió a Davin que lo encerrara en otro sitio. Como si esconderlo fuera a hacer que desapareciera. Algo un tanto infantil. Tendría que verlo antes o después, pero si le demostraba que lo temía, él lo aprovecharía.
—¿Te ha hecho algo? —le preguntó Davin.
Ya se lo había preguntado antes y la verdad era que no le había hecho nada.
—No, solo fueron unas palabras. Estaba muy dolorido.
Ella se encogió de hombros como si no tuviera ninguna importancia, se levantó y tomó las manos de Davin entre las suyas. Sus grandes manos hicieron que se sintiera segura.
—¿De verdad esa talla es importante para ti? —le preguntó Iseult.
—Sí. Pero, sobre todo, es parte de un regalo que quiero hacerte. Va a terminar el arcón de tu dote.
Ella quiso decir que solo era una caja de madera sin ningún significado, pero él le había encargado a Seamus que la convirtiera en una obra de arte, en un tesoro. Aunque Davin no diría el motivo, ella notaba que le importaba. Iseult resopló.
—Entonces, iré y llevaré un vigilante. No hace falta que vayas. Sé que tus responsabilidades con tu padre son más importantes.
Davin, como hijo del jefe, tenía sus obligaciones. Además, ella no quería que el esclavo creyera que le tenía miedo. No permitiría que ese insolente la dominase.
