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Tendría que elegir entre el deber... y el corazón. Huyendo de un indeseado matrimonio con el cruel rey, lady Carice sabía que sus días estaban contados. Nunca se había sentido una mujer deseable... hasta que conoció al soldado normando Raine de Garenne. Muy pronto anheló experimentar la pasión, aunque solo fuera por una noche... Ayudar a escapar a la bella Carice ponía en peligro la misión de Raine, porque si no lograba matar al rey, sus hermanas pagarían el precio. Y como cuanto más se acercaba a su objetivo más cerca estaba de traicionar a Carice, sabía que tendría que tomar una decisión…
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Seitenzahl: 363
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2015 Michelle Willingham
© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Hombre de fuego, n.º 603 - diciembre 2016
Título original: Warrior of Fire
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8930-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Nota de la autora
Dedicatoria
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Epílogo
Nota de la autora
Si te ha gustado este libro…
Hombre de fuego continúa el argumento de La bella y la bestia con una hermosa mujer buscando refugio en un monasterio en ruinas. Carice Faoilin se está muriendo, pero no se detendrá ante nada con tal de liberarse de un indeseado matrimonio, aunque ello signifique llegar a un trato con una «bestia» normanda.
Raine de Garenne es un hombre acosado, atormentado por su pasado… y sin embargo Carice le despierta un deseo abrasador que le quema en lo más profundo. Espero que disfrutéis de esta historia de un amor prohibido entre una mujer que aspira a la libertad y un hombre forzado a traicionarla. Buscad también el primer libro de esta miniserie, Hombre de hielo, que cuenta la historia de lady Taryn y Killian MacDubh, el hermano «adoptado» de Carice.
Si queréis que os escriba cuando saque un nuevo libro, visitad por favor mi web –michellewillingham.com– para apuntaros a mi boletín de noticias. También podéis saber más sobre mis otras novelas románticas de temática histórica y ver fotografías de mi viaje a Irlanda.
Para Lori Yankoski,
gracias por ser tan buena amiga
y por compartir conmigo el regalo de tu música.
Irlanda, 1172
Carice Faoilin no le tenía miedo a la muerte.
Llevaba enferma durante tanto tiempo que no sabía ya lo que era ser una persona normal. No recordaba lo que era despertarse sin dolor, pasear bajo el sol y disfrutar de cada día. La mayor parte de los días se los pasaba mirando fijamente las paredes, confinada en su cama porque siempre estaba demasiado débil para moverse.
Hasta ahora.
En cuestión de días, los soldados habían invadido su hogar con la exigencia de que cumpliera su compromiso matrimonial, ya retrasado. Le habían ordenado que los acompañase para desposarse con el Alto Rey de Éireann, Rory Ó Connor. El Ard-Righ tenía reputación de hombre brutal y eran pocas las mujeres que desearían casarse con él, ella misma incluida.
Quizá debería haberse mostrado más sumisa, obedeciendo las órdenes del Alto Rey como una dócil mujer. Pero Carice nunca había sido una mujer obediente. Ella nunca habría aceptado aquel compromiso si su ambicioso padre le hubiera dado la posibilidad de elegir.
No pensaba tenderse de espaldas y entregarse a él como un cordero al sacrificio… ni siquiera aunque su intento de fuga le costara la vida. Algo que muy bien podría ocurrir.
Sentía cada paso como si fuera de plomo mientras se esforzaba por desaparecer en el bosque en sombras. Había elegido una larga rama para usarla de bastón mientras escapaba. Una voz interior le advirtió: «no tienes la fortaleza necesaria para alcanzar un refugio. Morirás esta misma noche».
Acalló aquella voz. Había convivido con la perspectiva de la muerte durante tanto tiempo que ya no le importaba. Preocuparse por eso no cambiaría nada. En lugar de ello, prefería luchar por cada aliento, vivir cada día como si fuera el último.
Aunque aquel mismo día podría ser precisamente el último si no encontraba pronto algún lugar donde cobijarse.
A cada paso que daba, el aire parecía enfriarse. Había una promesa de nieve en el viento y Carice se arrebujó en su capa, apoyándose pesadamente sobre el improvisado bastón. Tenía los pies medio congelados y casi no sentía los dedos de las manos. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando, pero rezaba para encontrar un lugar cálido donde dormir. «Por favor, que haya algún refugio cerca, por alguna parte…».
Su oración recibió respuesta cuando alcanzó el extremo más alejado del bosque y se aventuró a salir a campo abierto. Tocando casi el horizonte, la luna iluminó una fortaleza rodeada de una alta muralla de piedra.
Conforme se acercaba, se dio cuenta de que era en realidad un monasterio. Nunca había visitado aquel lugar, pese a que no se hallaba a más de unas pocas jornadas de viaje de Carrickmeath, su hogar. Pero, aquella noche, era su única esperanza de encontrar cobijo.
«No sé si podré llegar tan lejos», le recordó su cuerpo. Le dolía cada músculo, estaba hambrienta y la distancia se le antojaba enorme.
«Si dejas de moverte, te congelarás», le recordó su cerebro. Y la muerte por congelación no resultaba una perspectiva muy agradable. Tenía que seguir andando, sobre todo cuando había llegado tan lejos.
Continuó caminando por la pradera nevada, contando cada paso. Aunque le temblaban las piernas por el esfuerzo, se obligó a seguir avanzando. Mientras caminaba, esperaba que los monjes del monasterio le proporcionaran un lugar para dormir y un buen fuego para calentarse. O, al menos, un lugar donde derrumbarse de cansancio.
Fue la promesa de entrar en calor lo que la sostuvo. Los copos de nieve empezaron a caer a ráfagas.
«Solo un poco más», se dijo. «No te pares».
Cuando llegó al monasterio, se encontró con que la puerta estaba abierta, extrañamente. El graznido de un cuervo saludó su llegada. Dentro del recinto, el olor a humo persistía como un acre recuerdo. Un incendio había arrasado los diversos edificios. Las antiguas estructuras de piedra estaban ennegrecidas, ruinosas. Otra casa cercana se encontraba en mejores condiciones, aunque también presentaba daños visibles, como la redonda torre que había perdido su tejado.
—¿Hay alguien aquí? —gritó.
No hubo respuesta, ningún sonido en absoluto. Atravesó el amplio recinto, con la nieve crujiendo bajo sus pies. Cerca del cementerio, descubrió cuatro tumbas recientemente excavadas. La nieve cubría los montículos de tierra. Se persignó ante la vista. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando se preguntó por lo que habría sucedido allí. ¿Habrían muerto todos los monjes en el incendio? Obviamente el monasterio había quedado abandonado.
Carice subió los escalones que llevaban a la iglesia. La puerta había desaparecido y el interior estaba frío y oscuro. Pero al menos aquello era preferible a quedarse a la intemperie, razonó. El fuego no había penetrado en el interior, porque el olor a humo no era tan intenso cuando se atrevió a entrar. En un extremo se alzaba un altar con una ancha silla detrás. Las esquinas de las paredes estaban llenas de telarañas. De repente, un sabroso aroma captó su atención.
Era un leve aroma a comida, como a asado de ave. Alguien había estado allí recientemente. Descubrió algunos huesecillos en el suelo y su estómago gruñó ante el pensamiento de una comida caliente. Tenía la sensación de que nunca podría saciar el hambre interminable que la atormentaba.
—¿Hay alguien aquí? —gritó de nuevo.
Pero seguía sin obtener respuesta.
Esa vez se dedicó a explorar un estrecho pasillo del fondo de la iglesia, que comunicaba con una escalera de caracol. Supuso que probablemente llevaría a los aposentos privados del abad. Dada la presencia de aquellos restos de comida, supuso que podría haber alguien durmiendo arriba.
Volvió a experimentar un escalofrío de nerviosismo. No era prudente en una mujer acercarse a un desconocido, sola y sin escolta. Pero no tenía alternativa. En aquel momento su cuerpo se encontraba al límite de sus fuerzas. Necesitaba descansar antes de seguir viaje, porque aquella era la única manera que tenía de sobrevivir a lo que la esperaba.
Carice se armó de valor antes de subir por la estrecha y empinada escalera. En el sexto escalón, tuvo que sentarse un momento para sobreponerse al mareo. Aguzó los oídos, pero todo estaba en silencio.
«Todo saldrá bien», se dijo. Si el abad estaba allí, era seguro que le conseguiría un lugar para dormir. Y si no, ella se quedaría en sus aposentos hasta el amanecer. Sacó fuerzas de flaqueza y subió los últimos escalones ayudándose con las manos, luchando para llegar al final. El suelo de piedra estaba muy frío, hasta que se esforzó por incorporarse una vez más.
Carice se apoyó pesadamente en la pared y se dirigió, tambaleándose, a la primera habitación. Una vez dentro, descubrió un estrecho catre cubierto por unas mantas arrugadas. Los cortinajes estaban corridos y unas brasas ardían aún en el hogar, como si recientemente hubieran encendido un fuego.
Un estremecimiento de terror la recorrió, pero estaba demasiado cansada como para que le importara. Si había alguien allí con intención de hacerle algún daño, no había nada que ella pudiera hacer para impedirlo. Carecía de la fuerza necesaria para moverse.
Agotada, se acercó a trompicones al catre con la idea de tumbarse. Se arrebujó bajo las mantas de lana, agradecida de haber encontrado por fin un lugar donde dormir. No le habría importado que alguien hubiera estado delante de ella, ni si alguien seguía en aquel momento allí. Nada le importaba excepto sentirse abrigada y a cubierto.
Pero, mientras se deslizaba por la pendiente del sueño, Carice percibió una presencia en la habitación… casi como si alguien la estuviera contemplando.
La mujer que dormía en su cama era la más hermosa criatura que había visto en su vida. Desde el instante en que la oyó entrar en el monasterio, Raine de Garenne la había estado espiando desde lo alto de la escalera de caracol, ocultándose en las sombras mientras ella exploraba la iglesia. Ignoraba por qué se encontraba allí, pero resultaba obvio que estaba sola.
Y también que era muy frágil, como un copo de nieve que se derritiera en la palma de su mano. Se había derrumbado nada más entrar en la estancia y, en aquel momento, estaba durmiendo en el mismo catre del que se había levantado él.
¿Por qué había entrado allí? Recordaba haberse quedado de pie, en la pared más alejada y oculta por las sombras, hasta que se convenció de que se había quedado dormida. La habitación se estaba enfriando, dado que el fuego que había encendido antes se había apagado.
Echó más leña al fuego, para avivarlo. La débil luz iluminó mejor sus rasgos. Su largo cabello no era negro como había imaginado, sino castaño con mechones rojizos y dorados. Le llegaba hasta la cintura, mientras que su piel resaltaba por su blancura en contraste con la manta. ¿Cómo había ido a parar al monasterio y por qué estaba sola? No se imaginaba a hombre alguno dejando a una mujer así sin protección, a no ser que hubiera muerto intentando defenderla.
Su humor se tornó sombrío cuando pensó en sus propios defectos. «Debiste haber muerto por Nicole y Elise», le recriminó la voz de su conciencia. «Debiste haber sacrificado tu vida para intentar salvarlas». Dos años después del suceso, el destino de sus hermanas todavía lo atormentaba. Había confiado en poder acercarse a ellas y liberarlas de su cautividad enrolándose con los soldados del rey Enrique. Pero, en lugar de ello, lo habían enviado a luchar a Irlanda, al otro lado del mar. Debió haber imaginado que los hombres del rey jamás le habrían permitido estar cerca de su familia.
Pero carecía de sentido desenterrar el pasado, como tampoco tenía razón alguna para regodearse en aquellos amargos recuerdos. Sus hermanas continuarían cautivas hasta que él cumpliera las órdenes del rey. Volvería para presentarse ante su comandante poco después del amanecer y, si tenía éxito en su misión, conquistaría la libertad de Nicole y de Elise.
Raine se aferró a aquel pensamiento, porque era la única brizna de esperanza que le quedaba. Pero en seguida se preguntó por lo que debería hacer con aquella mujer. Acercó una silla al fuego mientras sopesaba sus opciones. Al igual que le ocurría a él, no tenía relación con el monasterio. Apoyó los antebrazos sobre las rodillas y el resplandor ambarino del fuego iluminó una larga cicatriz, visible recordatorio de las batallas que había librado. La mayor parte de sus cicatrices estaban ocultas bajo su cota de malla, como pago necesario de su supervivencia.
Se quedó contemplando el fuego, consciente de que no tenía derecho alguno a vivir. Como soldado, había borrado incontables vidas de la faz de la tierra. Debería sentirse culpable por aquellas muertes, pero no era así. Donde antes había estado su corazón, ahora solo había una pétrea sensación de vacío. Se había encadenado a una vida de soldado normando que no quería, pero continuaría luchando hasta que ganara la libertad de sus hermanas o encontrara la muerte. Había renunciado a los sueños que antaño había albergado sobre su futuro, porque se merecía aquel castigo después de haber fracasado en salvar a su familia.
«Mercenario», le había llamado alguien. Un asesino sin corazón, dirían de él los irlandeses. Su alma estaba ya condenada, según la iglesia, y él no se arrepentía de nada. Lo único que le importaba era que sus hermanas estuvieran vivas y salvas.
Raine fue entonces a colocarse al lado de la joven, y su aroma llamó su atención. La envolvía un aire de inocencia y su rostro era dulce como una mañana primaveral. Dudaba que aquella mujer hubiera tocado un arma en toda su vida.
Se inclinó para tocar un mechón de su cabello. No era un cabello duro, como el de las otras mujeres que había tocado. No; era frágil como ella, enredado y húmedo por el viaje. Mientras la examinaba más de cerca, se dio cuenta de lo muy delgada que estaba, casi famélica, vulnerable. No era una mujer que se hubiera saltado simplemente una comida o dos. Estaba luchando por su vida.
Había visto antes a gente que había muerto de hambre. Y aunque no le importaba lo que pudiera sucederle a un desconocido, sentía algo así como una fuerza invisible que lo atraía a aquella mujer. Ella necesitaba alguien que la protegiera, que cuidara de su persona… de la misma manera que él deseaba que alguien cuidase de sus hermanas.
Su humor volvió a ensombrecerse mientras se dirigía al arcón para sacar otra manta. Se la echó por encima y ella se movió ligeramente, arrebujándose bajo la tela.
Dieu, ¿cuánto tiempo habría estado caminando por la nieve? Pensó en despertarla, pero al final decidió dejarla dormir. Parecía exhausta por el viaje. La arropó bien y le acarició el pelo una vez más. Sus preguntas podrían esperar hasta el día siguiente.
Raine encendió una antorcha en el fuego del hogar y abandonó la estancia, cerrando la puerta para que conservara el calor. Bajó las escaleras y atravesó la iglesia. Aunque aquel espacio sagrado no había sido tocado por el fuego, podía sentir la presencia de los monjes… y el recuerdo de sus gritos lo dejó paralizado.
Se culpaba a sí mismo de aquellas muertes, por no haber podido evitarlas. El fuego devastador se había llevado por delante las vidas de todos aquellos hombres… y a Raine no le habían sido concedidos más que unos pocos días de permiso para volver y enterrar sus cuerpos.
Necesitado de distraerse, salió a la cocina. Hacía horas que había devorado la comida que había tenido que prepararse, y la verdad era que de cocinar sabía muy poco. Entre los soldados normandos, la comida consistía únicamente en asados de carne de caza. Sin embargo, los monjes habían conservado almacenados en el sótano algunos productos de huerto, antes de que sufrieran el ataque. Supuso que podría encontrar algo para que comiese la mujer.
De repente se detuvo, sintiéndose como un ladrón. Tuvo que recordarse que los muertos no necesitaban comida. No había pan, pero encontró una carne seca que no reconoció, chirivías y algunas nueces. ¿Le gustaría eso? No estaba muy seguro, pero tendría que conformarse. Estaba haciendo un atillo con todo ello cuando volvió a detenerse en seco.
En el nombre de Rood, ¿qué estaba haciendo? ¿Llevar comida y mantas a aquella mujer, como si fuera un huésped de honor? Era una desconocida y una intrusa. Debería despertarla y exigirle explicaciones acerca de su presencia allí. No había razón para que le permitiera quedarse.
Raine recogió la comida y atravesó las cocinas. Dio un portazo al salir. No conocía a aquella mujer. Nada sabía sobre ella excepto que era peligrosamente débil y que solamente el hecho de mirarla le quitaba el aliento.
Era una realidad innegable que moriría si él le daba la espalda. Y lo último que deseaba era una muerte más sobre su conciencia.
Podía salvarla.
Aminoró el paso de regreso al donjon, soltando por lo bajo un juramento. Sabía lo que le sucedería a una bella mujer que viajara sola, si él la obligaba a hacerlo. Reprimió otro juramento solo de pensarlo.
«Ella no está bajo tu responsabilidad. Debes volver a ocuparte de tus obligaciones».
Eso lo sabía bien. Pero mientras entraba en la iglesia y subía la escalera con el atillo de la comida, no podía dejar de pensar en sus hermanas. Ellas estaban solas en Inglaterra, rehenes del rey. ¿Las estaría protegiendo alguien? ¿O estarían a merced de algún desconocido, como lo estaba aquella mujer?
No, aquella mujer no era suya para que él la protegiera. Pero tampoco la abandonaría. Ya había terminado de enterrar a los monjes y, antes de volver con su comandante, la llevaría a algún lugar donde pudiera estar a salvo.
Empujó la puerta. La estancia tenía un aspecto cálido e invitador. El fuego resplandecía en el hogar, proyectando sombras en las paredes. Un sencillo crucifijo colgaba en una de ellas. Junto al hogar había una silla de madera. La mujer seguía durmiendo en la cama y su respiración era profunda, regular. Raine se movió sigilosamente, dejando la comida sobre una mesa baja antes de volver a las sombras.
Sabía que debería sentirse molesto de que aquella mujer le hubiera robado la cama. En lugar de ello, se sentía… agradecido de haber podido proporcionarle un lugar donde dormir. Tenía la sensación de que podría quedársela mirando toda la noche, mientras dormía, y disfrutar de la serenidad que se reflejaba en su rostro.
Vio que se desperezaba por un momento y permaneció pegado a la pared más alejada, fuera del círculo de luz. De repente la mujer se sentó en el catre. Su largo cabello castaño se derramó sobre sus hombros y abrió los ojos: eran de un tono azul claro, como el de un cielo de verano. Un estremecimiento de alarma lo recorrió, porque era la mujer más hermosa que había visto jamás.
Lo que significaba que su desaparición no habría pasado desapercibida y que los hombres la perseguirían…
—Sé que estás ahí —dijo ella en voz baja—. Avivaste el fuego mientras estaba durmiendo.
Habló en irlandés y, por una vez, se alegró de haber aprendido aquella lengua. La entendía, aunque le costaba hablarla más allá de un puñado de palabras. Pese a que llevaba más de dos años en Éireann, no dijo nada en su lengua, nada dispuesto a asustarla. Y sin embargo tenía un centenar de preguntas que deseaba hacerle. Quién era… y por qué estaba allí.
Al rato, ella le preguntó:
—¿Tienes intención de hacerme daño? —su voz reflejaba un inmenso cansancio, como si ya nada le importara en la vida.
—No —respondió él—. Estás a salvo —no dijo nada más, dejando que ella sacara las conclusiones que quisiera… aunque la cota de malla que llevaba indicaba a las claras que no era ningún monje.
—Eres un soldado normando —adivinó ella, estudiando su aspecto.
—Je suis —no tenía ninguna razón para negarlo, sobre todo cuando su mirada se había posado en el yelmo de forma cónica que había dejado a un lado.
Ella soltó un leve suspiro y lo sorprendió cuando le habló en su lengua.
—¿Vas a salir a la luz, para que pueda verte?
No quería que viera su rostro. Prefería que pensara en él como en uno de tantos soldados anónimos, hombres fácilmente olvidados. Si nunca lo veía, más fácil le resultaría borrarlo de su memoria. No quería que alguien lo recordara, que supiera quién era. Era la única manera que tenía de protegerse de que lo reconocieran… sobre todo si tenía éxito en la misión que le había sido encomendada por su comandante.
—Me quedaré aquí —contestó en su lengua—. Puedes dormir tranquila, que yo velaré tu sueño esta noche.
Ella se tensó al escuchar aquello.
—¿Y qué es lo que deseas que yo haga a cambio?
Raine no había esperado nada de ella, pero simplemente contestó:
—Dime tu nombre.
La joven pareció relajarse, como si se hubiera dado cuenta de que no tenía intención de hacerle daño.
—Soy Carice Faoilin, de Carrickmeath. ¿Y tú?
—Raine de Garenne —estaba seguro de que el nombre no significaría nada para ella.
Ella se subió la manta mientras le preguntaba:
—¿Estás solo?
—Sí —al menos por el momento. Era probable que otros monjes se acercaran para comprobar los destrozos cuando recibieran noticia del incendio. Para entonces, tenía intención de estar lejos.
—¿Por qué? ¿Dónde están tus hombres?
—Me reuniré con ellos por la mañana. Yo me he detenido brevemente aquí —no pensaba revelarle todas sus razones. En lugar de ello, le dijo—: Tienes aquí comida y bebida, si quieres. Y ahora me despido —con la capucha echada para ocultar su semblante, abandonó la estancia antes de que ella pudiera hacerle más preguntas.
A la mañana siguiente Carice se despertó en una cama extraña. Las sábanas tenían un olor extraño, a cuerpo masculino. Era como si hubiera estado abrazada a una persona, aunque sabía que había dormido sola. Y aunque le volvieron fragmentos de recuerdos, que le hicieron darse cuenta de dónde estaba, sentía una agradable intimidad con el hombre cuyo lecho había compartido.
Raine había cumplido su palabra de no hacerle ningún daño y ella había dormido profundamente, sintiéndose más segura de lo que se había sentido en años… lo cual no tenía ningún sentido. Se sentó lentamente, arropándose en las mantas. Siempre le costaba mantenerse en calor y nunca llegaba a sentirse verdaderamente cómoda. Ya no.
Pero, de manera extraña, aquella noche de descanso le había devuelto las fuerzas. Bajó las piernas de la cama y vio la comida y la bebida que la esperaban cerca del fuego. Había también una palangana llena de agua en el suelo, junto al hogar. Curiosa, se levantó del lecho y caminó hacia la silla que parecía esperarla. Se dejó caer en ella y alcanzó luego la palangana. Un vapor subía de su superficie, y fue entonces cuando se dio cuenta de que él la había calentado para ella.
El corazón le dio un vuelco. Cuando tocó el agua, el calor le arrancó un suspiro de placer. ¿Cómo había sabido él cuándo se despertaría? En un impulso, se quitó las medias y metió los pies helados en el líquido caliente.
Una sensación de bienestar la envolvió, y sonrió mientras el calor iba apoderándose de su ser. Aunque no sabía nada de Raine de Garenne, aquel hombre había percibido sus necesidades y la había atendido de una manera que nunca se habría imaginado.
La comida era escasa: un simple pedazo de carne seca, nueces y chirivías crudas. Pero reconoció aquella ofrenda como lo que era: lo mejor que él tenía para darle. Comió la carne y las nueces, y se sintió profundamente agradecida cuando su estómago no se quejó al asimilar el alimento.
En Carrickmeath, la náusea constante y los problemas de estómago nunca la habían abandonado. Solo después de marcharse de allí, los dolores se habían calmado. Aquello le había hecho preguntarse si alguien no habría intentado envenenarla en la casa de su padre. No podía entender por qué, caso de que aquello fuera cierto. Nadie tenía razón para hacerle daño: ella no tenía poder alguno en el seno de su clan. Aunque estaba prometida al Alto Rey, nadie habría ganado nada con su muerte.
Pero desde que se marchó, cada día se había sentido un poco mejor. Al menos en aquel momento, cuando comía, no tenía la sensación de que le estaban hurgando con un cuchillo en las entrañas. Quizá fuera la sensación de libertad lo que volvía la comida más tolerable.
Carice acababa de tomar una chirivía cuando la puerta se abrió. A la luz del día pudo ver mejor a Raine, aunque sus rasgos seguían escondidos bajo la capucha. Era un hombre alto, de hombros anchos como los de un guerrero. Llevaba una cota de malla con un coselete de cuero y una larga espada enfundada a la cintura. Bajo el brazo, portaba su yelmo cónico.
¿Por qué continuaba escondiendo su rostro? Sentía curiosidad por aquel hombre y por los misterios que lo rodeaban.
—Gracias por el agua caliente. Y por la comida —dijo en lengua normanda—. Lo siento, debí haberte guardado algo, pero me temo que solo queda una chirivía —alargó hacia él el tubérculo blanco, pero él rechazó su ofrenda.
—Era toda para ti —repuso—. Yo ya he comido —cruzó los brazos mientras se la quedaba mirando fijamente.
Aquello la hizo sentirse incómoda.
—¿No vas a sentarte?
«Y bajarte la capucha para que pueda verte la cara», añadió para sus adentros. Evidentemente le estaba ocultando su identidad, aunque no lograba imaginar por qué.
—¿Dónde está tu escolta? —quiso saber él—. ¿Quién te protege?
Sacó los pies de la palangana y se los secó con el borde del vestido antes de volver a calzarse.
—Nadie. Estaba huyendo.
—¿De quién?
Carice esbozó una media sonrisa.
—Mi padre me estaba escoltando rumbo a mi boda. Estoy prometida al Alto Rey de Éireann —explicó—. Supongo que, ahora que ya lo sabes, querrás entregarme a cambio de una recompensa. Te pagarían muy generosamente por devolverme sana y salva —la mayoría de la gente estaría dispuesta a entregarla por la promesa de plata u oro. Pero, por alguna razón, ella esperaba que él la dejara en paz.
Raine permaneció callado por un momento antes de apoyar la mano en la empuñadura de su espada.
—Más probable sería que tu padre me mandara matar, si pensara que fui yo quien te secuestró.
Aquel comentario revelaba su inteligencia.
—Eso es ciertamente posible —se alisó el borde del vestido y se levantó de la silla—. Si tú me ayudaras a desaparecer para que no me encontraran, yo podría compensarte por tu asistencia.
No se movió cuando ella dio un paso hacia él. Y otro más.
—Por favor, piénsalo —dijo con tono suave, alargando las manos hacia su capucha.
Pero él se apoderó de sus muñecas y le bajó los brazos. Su contacto era firme, casi doloroso.
—Tengo otras obligaciones más importantes que tú, chérie.
Carice se retrajo, sorprendida por su rechazo.
—Eso no lo dudo. Solo te estaba pidiendo ayuda.
Ella intentó apartarse, pero él la retuvo de las muñecas, como si tuviera algo más que decirle. Su actitud evidenciaba que no iba a ayudarla a escapar. Los nervios se apoderaron de ella y empezó a hablar demasiado rápido:
—Se suponía que Trahern MacEgan tenía que ayudarme a escapar anoche, pero no apareció. No tuve más remedio que huir mientras todavía estábamos lejos de Tara.
Raine no dijo nada. Lentamente sus pulgares buscaron el pulso que latía en sus muñecas, incendiándola con el calor de su contacto. ¿Por qué continuaba agarrándole las manos? Carice se quedó estupefacta, mientras la caricia la atravesaba como una ola de anhelo.
El corazón se le aceleró y él entrelazó los dedos con los suyos. Ningún hombre la había tocado nunca de aquella forma. Su mente visualizó sus manos recorriendo su piel desnuda. En sus antebrazos descubrió evidencia de cicatrices, heridas de batalla. Quizá su rostro también las tuviera. ¿Sería esa la razón de que lo llevara oculto?
Exhaló un tembloroso suspiro y añadió:
—No sé si alguien vendrá a buscarme o no.
—Yo conozco a los MacEgan —dijo Raine al fin—. Saldré a buscar a Trahern y lo traeré aquí, si es que anda cerca. Pero deberás marcharte pronto —le soltó las manos.
El calor de sus palmas persistía en su piel. El corazón seguía latiéndole acelerado. Le dio la espalda.
—¿Y si no puedes encontrarlo? ¿Tendré que irme sola?
—Yo tengo mis obligaciones. No puedo acompañarte.
Había otra razón. Carice podía sentirlo.
—¿Qué obligaciones? —preguntó—. No hay otros soldados aquí. Estás solo.
—Por el momento —reconoció—. Pero estoy al servicio del rey Enrique —había un tono ominoso en su voz cuando añadió—. Su Majestad me dio unas órdenes que debo cumplir.
¿En un monasterio en ruinas? Aunque él no tenía razón para mentirle, sus palabras la inquietaron. Sus pensamientos volvieron a las tumbas recientes que había visto. ¿Le habrían ordenado que quemara el monasterio y asesinara a los monjes? ¿Era por eso por lo que lo habían enviado allí? Tragó saliva, nada deseosa de creer algo así.
—Un rey nunca se habría interesado por un lugar como este.
Al ver que se tensaba, ella retrocedió un paso.
—Tú no sabes cuáles son las órdenes del rey, chérie. Y tampoco me conoces a mí.
Estaba intentando asustarla; estaba segura de ello. Y quizá fuera verdaderamente un guerrero implacable y un hombre del rey. Pero… le había proporcionado comida y calentado agua para que se lavara. Y esas no eran actitudes de un hombre cruel. Percibía que estaba allí por un motivo muy distinto.
—Tienes razón —convino ella—. Pero has sido amable conmigo, por lo que te estoy muy agradecida —señaló con la cabeza el hogar, con la palangana de agua caliente al lado.
Una vez más, el silencio por respuesta. Carice no sabía qué decir, pero tampoco deseaba saber realmente qué era lo que había sucedido en aquel lugar… o el papel que había jugado Raine en ello. Dio un paso hacia el hogar, pero el movimiento la indispuso. Pese a la comida que había ingerido, los efectos de su enfermedad comenzaban a manifestarse.
Le zumbaron los oídos cuando la asaltó el mareo. Apoyó una mano en la pared mientras se esforzaba por respirar lentamente. «Por favor, ahora no», rezó. No cuando había llegado tan lejos. Una ola de debilidad la invadió, nublándole la vista.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó él con tono suave.
Se volvió hacia Raine, pero sus rasgos, oscurecidos por la capucha, se difuminaron. La habitación empezó a girar a su alrededor y su mano empezó a resbalar por la pared.
Se maldijo a sí misma, consciente de que no podría llegar hasta la cama. Un instante después, le fallaron las piernas y todo se volvió negro.
Raine apenas tuvo tiempo de levantarla en brazos antes de que se desmayara. Tan pronto Carice había estado hablando como al momento siguiente había caído a plomo, fulminada. La llevó hasta la cama, preocupado por lo que poco que pesaba. Sus labios formaban una apretada línea mientras la depositaba sobre el catre. Pese a lo que le había dicho antes sobre que debía marcharse sola, resultaba obvio que era incapaz de emprender viaje alguno en su actual estado de debilidad. Y a no ser que la abandonara sin más, él no llegaría a tiempo de presentarse ante su comandante por la mañana.
Su cara tenía la palidez de la nieve. Raine desconocía la naturaleza de su mal. Le sirvió una copa de vino y esperó a que recuperara la consciencia. Tardó unos momentos en hacerlo. Cuando abrió los ojos, él pudo leer el miedo en ellos.
—Lo siento —murmuró—. No me estaba sintiendo bien…
—Necesitas volver con tu familia —le dijo Raine—, donde podrán cuidarte mejor que yo.
—Y donde me enviarán a casarme con un hombre lo suficientemente viejo como para ser mi padre —sacudió la cabeza—. No, no tengo ningún deseo de hacer eso.
—Eso es lo que son los matrimonios —repuso—. Nada más que una alianza.
—Voy a morir, Raine. Mi tiempo se acaba y no quiero pasar los últimos meses de mi vida casada con un monstruo.
La urgencia de negar lo que acababa de escuchar subió hasta sus labios, pero, por otro lado, podía ver la fragilidad de su cuerpo. Aquella debilidad no se debía únicamente al agotamiento de un viaje.
—Llevo años enferma —explicó ella—. Y cada día es peor que el siguiente —sacudió lentamente la cabeza—. Seguro que entiendes que preferiría morir como una mujer libre —una expresión de tristeza se dibujó en su rostro—. Llegará un día en que no pueda soportar por más tiempo vivir con este dolor. Todo terminará entonces.
—¿Es una enfermedad debilitadora? —inquirió. Había visto a hombres y mujeres morir de aquella forma antes.
—En cierta manera, sí —esbozó una sonrisa sesgada—. Apenas puedo comer nada sin que sienta náuseas.
Recostándose, alzó un brazo por encima de la cabeza, sobre el rostro. El movimiento atrajo la atención de Raine hacia la curva de sus senos. Oui, sí que estaba delgada. Aunque no pudo evitar preguntarse por el aspecto que tendría en caso de que ganara algo de peso…
—¿Siempre es así? —indudablemente, su enfermedad había sido la causa del desmayo. Pero nunca había oído hablar de ninguna enfermedad debilitadora que implicara comida…a no ser que esa comida estuviera envenenada.
—Por lo general es peor —admitió ella—. Pero la comida que he tomado era escasa, y eso a veces ayuda —cerró los ojos por un instante—. Podrías bajarte la capucha, por cierto. Vi tu rostro cuando antes te inclinaste sobre mí.
La ignoró, porque sabía que podía tratarse de una treta.
—Es mejor que no veas mi rostro —era más prudente permanecer oculto. Sobre todo cuando le habían ordenado matar a su prometido, el Alto Rey de Éireann.
—A pesar de ello, aun sin poder ver bien tu cara, te reconocería.
Su respuesta lo sorprendió, de manera que no pudo evitar preguntarle:
—¿Y eso?
—Por tu voz —murmuró—. La reconocería en seguida —abrió los ojos—. Tu voz es baja, profunda.
Aquello lo dejó desconcertado. Sus palabras parecían lanzar un extraño hechizo sobre él, tentándolo a acercarse. Ninguna mujer le había provocado nunca aquel efecto, aquella capacidad que tenía de alborotarle los sentidos. Quería apoyar las manos en sus finos hombros, inclinarse para besarla, aprender el contorno de sus labios…
Pero, en lugar de ello, rezongó malhumorado:
—Descansa ahora. Volveré después.
Necesitaba cazar algo, conseguir comida para los dos. Y, mientras estuviera fuera, podría buscar al hombre del clan MacEgan del que le había hablado ella.
Una sensación de desaliento se abatió sobre él, porque había coincidido antes en la batalla con los MacEgan. Después de aquello, Patrick MacEgan había desposado a una dama normanda. Aunque en aquel momento ambos bandos podían estar en paz, Raine sabía que no debía subestimar nunca el poder de la lealtad irlandesa.
—Si se acerca alguien, echa el cerrojo a la puerta —la advirtió. No le gustaba dejarla sin defensa, pero no le quedaba más remedio. Tenía que ir a buscar comida para alimentar a lady Carice, a pesar de los riesgos. Aunque su enfermedad había sido probable causa del desmayo, estaba seguro de que tampoco había estado comiendo lo suficiente.
Tras abandonar la cámara, bajó la escalera y salió al exterior. Una sensación de culpa se apoderó de él cuando volvió la vista hacia las ruinas. Se sentía responsable de lo que había ocurrido allí. El abad y los monjes no habían tenido la culpa de nada. Los agresores habían estado buscando tesoros y, en el curso de su acción, habían incendiado el monasterio.
En el instante en que descubrió las llamas recortándose en el cielo nocturno, debió haber espoleado su montura para alcanzar a los monjes en lugar de volver grupas para alertar a su comandante. El retraso había significado la diferencia entre la vida y la muerte.
Raine se detuvo delante de una de las tumbas para retirar la nieve de las toscas cruces que había fabricado. Por un instante apoyó una mano en la madera, presa de un acceso de rabia. Había llegado demasiado tarde. Aunque había intentado ayudar a los monjes a escapar, sus aposentos habían sido pasto de las llamas y él mismo había estado a punto de morir quemado. Si no hubiera sido porque uno de los hermanos lo sacó del fuego, no habría sobrevivido. Pero luego ese monje había muerto también.
Una cruda rabia se apoderó de él. Había sido tan poco capaz de salvar a aquellos hombres como a sus hermanas, y podía sentir los fantasmas de su desaprobación atormentando su conciencia.
El aire era frío y se acercaba Imbolc, la fiesta irlandesa de Santa Brígida. Raine volvió a las cuadras para preparar su caballo. Se preguntó si su comandante, sir Darren de Carleigh, enviaría algunos hombres en su busca.
Le había costado mucho convencerlo de que le permitiera ausentarse. Sospechaba que Darren solo había transigido con ello porque reconocía la necesidad de enterrar los cuerpos… y porque constituía un medio de hacer penitencia.
Los dos días que Raine había pasado allí solo le habían dado una falsa sensación de paz. Su alma ya estaba condenada, pero al menos había podido dar a aquellos monjes un enterramiento digno. Volvió la mirada hacia la iglesia, preguntándose por lo que haría con lady Carice. Su sola presencia había desbaratado sus planes, pero no de la forma que ella imaginaba. Su conciencia le advertía que debería dejarla en paz y abandonarla… aunque, por otro lado, no cabía duda de que ella podría serle de utilidad.
Recogió arco y flechas y se internó en el bosque a caballo. El aire de la mañana era frío y no se oía sonido alguno: ni siquiera el canto de los pájaros. Aquel silencio le hizo desconfiar. Las sombras de los árboles se proyectaban sobre su figura, con la luz dorada rozando sus desnudas copas. Raine frenó su montura y desmontó. Tras cargar su arco, se detuvo acechando el origen de su tensión. La escarcha blanqueaba las hojas secas. Se movió con extremado sigilo.
Allí estaban. Un pequeño grupo de hombres en el extremo más alejado del bosque. Quizá una decena de intrusos, la mayoría a caballo. No estaba seguro de que estuvieran detrás de Carice, pero pretendía averiguar el motivo de su presencia allí. Se acercó más y trepó a un árbol para observarlos mejor.
Vio que uno de ellos portaba el estandarte del Alto Rey y se fijó en otro de mayor edad, de rostro sombrío. Los guerreros irlandeses se dividieron entonces en pequeños grupos, decididos a registrar el bosque… muy probablemente en busca de Carice.
Aquella mujer había anhelado la libertad y había luchado con todas sus fuerzas para huir de aquellos hombres y refugiarse en el santuario del monasterio. Si lo que quería era desembarazarse de Carice, lo único que tenía que hacer era llevar a aquellos hombres hasta ella.
Y, sin embargo, no era eso en absoluto lo que quería. Ignoraba por qué se había apoderado de él aquel instinto tan posesivo, pero el caso era que no podía consentir que Carice cayera en manos de aquellos hombres.
Había fracasado, una y otra vez, en sus empeños por salvar a gente inocente. Carice se enfrentaría a un severo castigo por haberse atrevido a huir y él no quería que eso sucediera.
Esa vez tendría éxito a la hora de proteger una vida inocente.
De repente, una voz insidiosa le sugirió: «o podrías utilizarla para intentar acercarte al Alto Rey»:
Ahuyentó aquel pensamiento, porque sus propios objetivos no contaban. Lo importante era proteger a la dama y evitar que volvieran a capturarla, porque si aquellos hombres alcanzaban el monasterio, la localizarían en cuestión de segundos.
A no ser que él interviniera.
La mejor manera de librarse de aquellos hombres era borrar todo rastro de Carice. Bajó del árbol y se apresuró a alejarse. Ellos localizarían sus huellas y lo seguirían, pero él disponía de una ventaja. Conocía bien el monasterio, después de haber pasado días allí. Conocía también los secretos pasadizos que se ocultaban detrás de sus paredes, porque el abad había dejado uno de ellos abierto. Los espacios eran tan estrechos que había que pasar casi de lado. Nadie los encontraría allí.
Cuando Raine salió del bosque, montó en su caballo y galopó a toda velocidad, de vuelta al monasterio. Lo único que le importaba en aquel momento era protegerla.
Y, en esa ocasión, no fallaría.
Carice se despertó cuando la puerta de la estancia se abrió de pronto. Raine de Garenne estaba allí, con la capucha bajada al fin. ¿Por qué? Se había tomado tantas molestias en ocultarse que había empezado a pensar que tal vez estuviera desfigurado o deformado de alguna manera. En lugar de ello, era uno de los hombres más guapos que había visto en su vida.
Llevaba el cabello rubio oscuro muy corto, con el rostro afeitado. Ojos de un tono verde oscuro y una boca de labios finos, como un tajo en la cara. Una serena sensación de determinación parecía envolverlo, un aire de autoridad que transmitía confianza. Antes le había mentido, cuando le dijo que había visto su rostro. Pero, ahora que lo veía, experimentaba un estremecimiento de excitación.
Antes de que ella pudiera decir algo, Raine arrojó arena al fuego y lo apagó inmediatamente. Se acercó luego al catre y retiró las mantas.
—Ven conmigo —ordenó mientras la levantaba en brazos.
—¿Adónde? ¿Qué pasa? —el pulso se le aceleró de miedo mientras él se dirigía a la pared opuesta.
—Los hombres del Alto Rey te están buscando. Y sospecho que tu padre los acompaña.
«Dios mío», exclamó para sus adentros. Habían seguido su rastro hasta allí, tal y como había temido. Si la encontraban, la obligarían a continuar camino hacia Tara, la sede del Ard-Righ. No podía soportar ese pensamiento.
Pero la fortaleza de Raine resultaba reconfortante. Apoyó la mejilla sobre su pecho, sintiendo el frío contacto de la cota de malla que lo cubría. Era un tangible recordatorio de que era un guerrero, un hombre perfectamente capaz de protegerla.
La llevó a una de las esquinas del fondo de la sala, donde un crucifijo colgaba en la pared. Tras bajarla al suelo, agarró la cruz y empujó con fuerza. Un pedazo de pared del tamaño de una ventana grande cedió entonces hacia dentro, revelando un orificio lo suficientemente grande como para que ella pudiera entrar.
Deseaba preguntarle cómo había sabido de la existencia de un secreto semejante, pero la rapidez con que se movía Raine la disuadió de hacerlo. Cuando la levantó otra vez en brazos para deslizarla dentro de aquel hueco, ella se encontró de pronto en un estrecho pasillo oculto tras la pared.
Él se deslizó también dentro de la abertura y se apresuró luego a colocar los sillares en su lugar. La oscuridad los envolvía. Carice apoyó cada mano en una pared, intentando ignorar el frío. Empezó a temblar. Le castañeteaban los dientes.
