El sueño de las emociones - Itxaso Salgado - E-Book

El sueño de las emociones E-Book

Itxaso Salgado

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Beschreibung

Sara, cada verano, se refugiaba de su pasado con sus amigos en Sant Cugat. En uno de esos, conoce a Isaac, el hermano pequeño de su amigo Pablo. La conexión que sienten entonces, a pesar de la diferencia de edad, es más que evidente; dejando al descubierto los deseos más inocentes de un adolescente en plena transición y haciendo dudar a Sara de todo lo que creía saber hasta entonces. Pero el destino caprichoso, o las cartas barajadas por ese mismo, hacen que tengan que separarse después de dos veranos y medio. Sin embargo, cuatro años después se vuelven a encontrar en el sueño de las emociones. Las preguntas sobre los escalones de moral, los pasos en falso, las enredaderas y los caminos entrelazados son inevitables, viviendo así en una espiral constante resucitando fantasmas con los que Sara jamás podrá lidiar; aún y todo, aún después de todo. ¿Eran reales los puntos de no retorno? La paradoja del despegue, de los puntos bloqueados, de los sentimientos reencontrados; porque todo pasaba porque tenía que pasar y nada pasaba si no tenía que hacerlo. Una encrucijada maravillosa, un ir a por todas insistente, un no olvidarse cuando tenía que haberse hecho. Pero Sara, aun queriéndolo con todas sus fuerzas, no sabe si será capaz de practicar la ley del vacío; no sabe si intentara evitar que se reescriba lo que ya está escrito porque no quiere que el mundo vuelva a inundarla a lamidos.

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Seitenzahl: 333

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Itxaso Salgado

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-383-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para todas las Saras que he sido y dejo en el camino. Por todas las huellas que habéis dejado en mí.

Gracias.

Prólogo

Las novelas de romance están ya tan asentadas dentro de los catálogos editoriales que muchas que se publican tienen varios elementos en común: los protagonistas son jóvenes, ya sean adolescentes o personajes que han sobrepasado la veintena de edad; suele uno de ellos tener el dinero o el poder de su lado y la relación que se forma entre ellos se sustenta en celos, posesividad o inseguridades que demuestran que quizás no sean la pareja soñada, aunque las páginas nos intenten convencer de lo contrario. Las visiones del amor que aparecen suelen vendernos más bien que, gracias a él, las personas cambian a mejor porque, al querer a una persona, se logran milagros si se aguanta y lucha contra viento y marea. Por toda esta fantasíamítica-amorosaes que se agradece cuando llegan historias que te presentan a personajes comunes y corrientes, que tienen sus problemas y viven sus vidas de la mejor manera posible, pero que ante todo son conscientes del peso que pueden tener en la de otros.

EnEl sueño de las emocionesvamos a conocer a Sara e Isaac, dos personajes con una relación nada definida. Por un lado, está la cuestión de la diferencia de edad, que nunca ha de olvidarse por la responsabilidad afectiva que se ha de tener con el que es menor, y que Sara sabe desde la experiencia; por otro, tienen una figura que los une a ambos: Pablo, el hermano mayor de Isaac y mejor amigo de Sara, quien siempre se ha interpuesto para asegurarse de que esa relación de creciente amistad no subiese de nivel. No obstante, estos dos factores tienen otro que los conecta: el pasado de ella.

Al igual que a lo largo de la novela Isaac se opone a su hermano e intenta conocer mejor qué provoca el miedo al amor de Sara, ella, como la narradora principal, se debate internamente entre reconciliarse con sus demonios y abrirse al cariño de Isaac y desistir, teniendo en cuenta que todo lo que carga podría ocasionarle daños a él y a la relación que construirían. Nosotros, como lectores, nos quedamos en la misma situación que él: queremos conocer más sobre ella, sobre qué la atormenta; pero nos lo impide con monólogos internos que también terminan por confundirnos a nosotros y dejarnos con más dudas y, sobre todo, curiosidad. Así, con este estilo cercano a la oralidad por la fluidez de pensamientos de los personajes, nos acercamos a ellos con un afán de descubrir lo escondido; pero el juego de personajes narradores, con capítulos contados por Sara y otros por Isaac, con, además, algunos saltos de tiempo que contribuyen al caos emocional, solo nos arrastra a unos actos de confesión que son en realidad una marea de incertidumbres. Aun así, Sara es la que no nos permite vislumbrarlo todo de ella: principalmente, no se atreve a verbalizar sus problemas por querer mantener enterrado todo el sufrimiento, que, aun cuando lo intenta, no deja de interferir con su vida actual.

En la novela, de esta forma, asistimos a la historia de dos amigos cuyos sentimientos han sido reprimidos de distintas maneras, que han hecho sus vidas por separado y que al final intentan aclarar los asuntos pendientes que los unen. Los personajes con problemas existen; podemos leer sobre aquellos que no son capaces de avanzar hacia una relación y que son conscientes de cómo pueden afectar a la gente de su alrededor si primero no se dan la mano a sí mismos. Este tipo de problemáticas es la que hace que una novela de romance sea verosímil, que la sintamos cercana: a fin de cuentas, todos en el amor sufrimos, todos en el amor dudamos y todos hemos desistido de él si no había manera de ser felices. El amor no vuelve mejor a la gente, sino que somos nosotros mismos, primero que todo, los que tenemos que tomar la determinación de cambiar.

Adela Gómez Franco

Sara

Santander, principios de diciembre

«Quimera, quimera, quimera…»

Si que se borrase parte de la memoria era eso lo que significaba, bienvenidas fuesen todas las pérdidas de memoria que me podrían quedar por delante. La naturaleza, o el destino caprichoso, se había atrevido a quitarme los últimos suspiros de amor por no contarte todo lo que llevaba en la mochila de mi vida, y me sentía en deuda contigo por no haberlo hecho antes. Había algo que no sabías, algo que no te conté en ninguno de aquellos coquetos veranos, ni en el primero que disfrutamos ni en el segundo que lo hicimos más todavía. Pero unas navidades todo se torció, porque esa parte de mí se quedaba para siempre en ese pueblo que nunca me había gustado: un pueblo en el que volver era un tormento, una fea obligación. Lo escondí de ti pensando que nunca lo sabrías, lo hice para protegerte de lo ambiguo de la soledad; lo hice porque la luz de mi faro, que a ratos parecía también tuyo, ya se encargaba de enseñarme el camino cuando todo parecía estar perdido. Sabía que querías conocer mi historia, pero también sabía que la verdad iba a golpearte como un martillazo seco en la cabeza cuando la supieses. Pero, de lo que no quería darme cuenta era de que, a fin de cuentas, la persona que te hiciese vibrar en cada minuto de tu vida merecía conocer tu peor versión, tanto como besar la mejor; aunque me negase a hacerlo. Ese momento en el que yo solo estaba soñando contigo; nunca dejaba de sentir, nunca dejaba de palpitar, fuera por lo que fuese. Es más, creía firmemente en eso de que negarte a sentir era como negarte a la vida. Por eso sentía constantemente…, una y otra vez.

«Isaac, Isaac, Isaac…»

Soñando correr descalza sobre el barro mojado mientras llueve con intensidad y se oyen los truenos de fondo; una intensaastrafiliadisfrutando de los colores de los rayos, a veces blancos y otras más bien amarillentos, cuando todavía quedan segundos de distancia de lo que tú llamabas nuestro segundo hogar; el primero estaba en aquel pueblo de verano del que tú te enamoraste. Soñando con el que parecía uno de los mayores placeres de tu vida mientras fotografiabas todos mis sueños sin yo darme cuenta. Una pequeña parte de mí no quería despertar aún nunca habiendo creído en los finales felices, pero ese final era perfecto en su gran imperfección, porque morir en tus brazos era mejor que resucitar todas las veces que se pudiese. Soñaba también con inmensos mares ajenos a este mundo nadándolos contigo, como si de una nefelibata se tratase. Pero ¿qué más daba? Era mi sueño, el que me hacía seguir respirando, el que me revolucionaba cada segundo que pasaba, el que me hacía seguir estando viva. Porque sí, si perder la memoria era soñar contigo, bienvenidas fuesen todas las que pudiesen estar por llegar.

«Inspira, espira, inspira, espira…»

Pi, pi, pi…

Oía tu voz; claro que me parecía oírla: quería hacerlo; y me repugnaba: casi me hacía vomitar que te preguntases tantas cosas, o eso me parecía entender. Me repugnaba que quisieses saber tanto sobre mí, como si eso no fuese en vano, como si aquello no nos quitase segundos de disfrutar uno del otro sobrevolando todo lo que parecía que nunca se podría sobrevolar. Me repugnaba incluso que pensaras si te había dejado de querer, aunque nunca lo hubiese hecho, aunque cada día te quisiese más y más… Qué pérdida de razón más insensata, qué locura más amarga. Que dudaras de todo me repugnaba porque era mucho más sencillo de lo que pensabas. La muerte no acechó en esa espiral galopante lleno de golpes porque me rescataste, porque estaba previsto que lo hicieses; que estuvieses en el momento y el lugar exacto, a compás con el tiempo. No físicamente, eso no, pero imaginaba que aquello era lo de menos y eso era lo único que valía, eso era lo único que necesitabas saber.

Trepaba por un atrapasueños lleno de flores: así me sentía. Trepaba por un atrapasueños imaginario con un globo en la mano. Andaba y volaba; flotaba, levitaba. Que sensaciones más bonitas, qué razón más sensata, qué locura más sabrosa. En cada tacto, en cada sabor de ojos. La tranquilidad de un día nublado en el que sabías que no iba a llover. Se me habían olvidado todas las grietas de tus labios, se me habían olvidado todos los escalones que nos había costado tanto subir, casi tantos escalones como los que tenía el faro de Santoña; qué bonito volver a retarlos y qué placer volver a ver esas grietas de nuevo, con esa barba de tres días que raspaba mis mejillas en un instantáneo abrazo o en un suave roce de mofletes; a mí no me gustaba cuando te la quitabas.

«Mangata,mangata,mangata…»

Eso éramos nosotros, el camino reflejado de la luna en el mar. Qué increíbles veintidós años, qué manera de agarrarte a un clavo ardiendo, qué manera de no soltar lo que te gustaba, qué manera de hacerme sentir todo lo que te negué en su momento, todo lo que hubiese podido haber sido y no fue. Pero en la vida todo llegaba y la edad solo era un número; por lo menos, eso era lo que le decías siempre a mis vértigos, a mis dudas, al mundo que deberías tener a tus pies; que la arena del reloj caía tomándose su tiempo, grano a grano, y por mucho que la sacudiese, cada cosa llegaba cuando tenía que hacerlo. Habíamos evolucionado, trasmutado incluso acorde con las circunstancias. Pero qué manera más bonita de plantar las cosas sobre la mesa y querer hacer de esa astucia que logramos años más tarde un mundo por descubrir.

Sí, lo estaba sintiendo, sentía cómo me dibujabas un corazón en el antebrazo, cómo trazabas cada lágrima de desesperación, cómo me acompañabas en aquel viaje sin saber si habría billete de vuelta. Quería que fueses tú. Sentía tu agonía, tu agonía de querer que despertase, tu agonía queriendo fundirse otra vez en mí, mirándome, recordando cada vez. Lo sabía porque yo estaba haciendo lo mismo, porque ansiaba que fueras tú. No eran espasmos lo que veías, eran sonrisas, eran un querer tocarte y no poder, eran querer besarte la piel. Eran no querer volver a echarte de menos nunca más. Menos mal, menos mal que estaba soñando contigo. Menos mal que, aunque no lo supieses, ya te estaba sintiendo otra vez.

«Despierta, despierta. Por favor, despierta…»

Quería, quería hacerlo con todas mis fuerzas. Quería despertarme porque al carajo el mundo si no sabía ver lo que eras, o lo que éramos; yo lo había visto y no me lo quería perder. Escuchaba tus pensamientos como si nos hubiésemos conectado de todas las maneras posibles, porque lo que una vez se conectaba lo hacía ya para siempre. Te decías entre dientes que lo nuestro no podía acabar así, que mi vida merecía más, que los dos merecíamos más, o eso creía. No podía estar más de acuerdo contigo. Qué ganas tenía de volver a entrelazar nuestras manos y qué ganas me habían entrado de decir todo lo que me erizaba el vello porque no, no iba a volver a callarme nada si por alguna razón era esa la única manera de que no dudases de mí.

El verano de Sant Cugat: ahí empezamos a ser nosotros. Tu primera vez bebiendo cerveza, no por nada, sino porque resultó que hasta entonces pensabas que no te gustaría. Tu primera vez en un festival, que hasta entonces eran las discotecas lo único que te habían llamado la atención. Eso éramos. La primera vez que cuidabas de mí porque yo había bebido de más, como si no supiese cuidarme sola; pero es que ya entonces no pensabas soltarme: en tu miraba se veía que no querías hacerlo. Claro que se veía, aunque de eso no me di cuenta: eso yo no lo sabía, qué iba a saber. Tus primeras noches de mar en que me buscabas en el agua e intentabas empujarme contigo hacia abajo entre bromas y sonrisas ingenuas. El deseo asomaba en cada pálpito cuando te distanciabas de mi cuerpo y tu reacción para con él porque no querías que tu hermano se diera cuenta de que me seguías con instinto, con la lucha de la edad, con el sol y la luna saliendo del mismo punto. Un niño que creció, y cómo lo hizo; lo hizo mientras yo me hacía pequeñita hasta llegar al mismo nivel de sonrisas y flores, pero tú tenías toda la vida por delante y a mí no sabía si me quedaba.

«Huye, huye. Por favor, huye… »

Podías huir, podías quedarte con todo lo que había sido porque no saber si quedaba algo por ser era devastador y quería que los dos nos quedáramos con un buen sabor de boca: tú aprendiendo a querer y yo queriendo, seguramente, por última vez. Pero sabía que no lo ibas a hacer: no entraba dentro de tu cabezonería ―o eso esperaba―, y eso era algo que a mí a veces me frustraba, pero que otras veces admiraba. Y es que, claro, conseguir todo lo que te proponías al final era una buena recompensa.

¿Qué habrías visto en mí?, porque intentaba leerte, por supuesto que lo hacía. Si no hubiese intentado leerte…, ahí sí que lo habría perdido todo. Te intentaba leer en las primeras veces en que me viste y sentías que lo tenías todo en tus manos cuando te cruzabas de piernas a mi vera y te quedabas dormido con la cabeza apoyada en mi hombro. Seguía intentando leerte años después también en todas las veces que me despertaba antes que tú y te miraba por minutos, o te miraba tumbado en la cama a medio hacer porque tenías calor mientras yo nos preparaba el desayuno. O cuando nos íbamos a la playa y tú te metías en el agua mientras yo odiaba la arena mojada en los pies y me mirabas de lejos rogándome que fuese contigo. Tú, que podías estar con quien quisieses, pero que querías estar conmigo desde el principio, desde la primera vez que se cruzaron nuestras miradas. Y mientras yo veía un niño, tú me veías como ya el hombrecito que eras. Una realidad de ensueño, un sueño que ojalá fuese real.

«Despierta, despierta, despierta…»

Me besabas la mano. De verdad que quería despertar, eso creía, y esperaba hacerlo pronto porque no te ibas a ir, lo sabía, no entraba en tus planes. Qué planesmás atractivos, seductores; qué planes…, quéplanes que te dejaban con ganas de más. Tú, que habías sido mi mejor plan de vida hasta ese momento, en ese momento y después también; túeras eso que querías cruzarte dos o más veces en la vida, lo que perdías pero que volvía, lo que sembrabas para después recoger. La mejor segunda oportunidad.

Pi, pi, pi…

Empezaba a ver algo naranja: deducía que estaba entrando luz por la ventana. Estaba segura de que te habías pasado conmigo toda la noche; estaba segura de que sí, no podía ser de otra manera. No podías perder ni un minuto. Para qué dormir si podías vivir y para qué irte si luego tenías que volver: eso para ti era perder el tiempo, claro. O eso pensaba. Pero necesitabas descansar: tenías que descansar para recibirme con los brazos abiertos porque yo no pretendía estar ni un segundo más en aquella cama. Como decías tú, las camas solo servían para hacer el amor e impregnarla con mi olor para sentirme cuando no estuviese ocupando ese pequeño espacio, ese con una silueta ya marcada que tú no podías parar de tocar. Por eso me olías, por eso sentía tu respiración tan cerca mientras me abrazabas, mientras no querías soltarme, mientras yo empezaba a saber todo lo que significaba para ti, todo lo que no querías dejar ir.

«Levántate, levántate, levántate…»

No me respondían las piernas, ni tan siquiera podía sentir tu tacto en ellas; así que ni el poder del amor podía despertarme. Sí, había cosas que el amor no podía curar, pero podía ser unade las razones, soñando en oro, por las que querer luchar. Había perdido la noción del tiempo. Cuánta gente habría pasado por mi lado y se habría sentado en ese sillón de la habitación trescientos catorce esperando unápicede luz; cuánta gente habría llorado al verme ahí, tan indefensa, tan pálida, tan inocente; pero no lo estaba porque tú seguías conmigo, o eso quería pensar.

Aquello había sido una caída en picado para nosotros, un aterrizaje forzoso, un vendaval hambriento, un agrio despertar. Mi motor seguía funcionando, era cierto, y mi corazón seguía latiendo; pero la cuerda estaba cada vez más tensa, y por mucho que quisieses destensarla, no estaba en tu mano. Ojalá hubiese podido estarlo; ojalá, porque tus manos eran mi lugar más afable; tus manos eran lo más seguro que me habían tocado: largas, suaves, amarrables, a veces indecisas, otras veces fuertes.

Antes de llegar a esa pausa de mi existencia, no sabía que quererte era una ley en mi vida, de moral, porque ni tan siquiera me había dado tiempo a acostumbrarme a ti. No sabía si había empezado a hacerlo alguna vez, pero quería hacerlo, quería verte cada vez que llegase de trabajar revelando tus fotografías con mis gafas sin cristales, porque te gustaba como te quedaban. Sería rudo no admitir que me podía ―y quería― acostumbrar a verte nadar entre las olas cada vez que levantara la mirada de mi libro favorito sentada en las rocas, y me podía acostumbrar perfectamente a que luego vinieras empapado con la piel de gallina a abrazarme y yo intentara quitarte de encima aunque fuera demasiado tarde porque me habrías contagiado el frío y la camisa que tendría puesta en ese momento tendría la marca húmeda de tu pecho.

«Mójame, mójame,mójame…»

A lo mejor era la única manera que tenía de reaccionar: mojándome. Mojarme de cada recuerdo, hablarme poco a poco y llenarme de recuerdos importantes, solo los que merecían la pena guardar: los recuerdos indelebles, los intachables, los intocables, incluso los recuerdos que quizá nunca llegaron a existir, porque podía ser que ese sueño fuera como aquellos que se borran nada más te despertabas. No quería perderte, no quería olvidarte; así que no, no quería despertar. Cuando una puerta se cerraba, se abría otra o si no, lo hacía una ventana. Era cierto, pero¿qué harías entonces?, si me olvidase de ese sueño, si me olvidase de ti. Qué incrédulo: jamás hubiese podido hacerlo. Por la ventana, tenías la opción de tirarte o dejar que entrara el aire y respirar segundos, días, lo que hiciese falta. Estaba casi segura de que saltarías conmigo, seguro que estarías esperando con esos paréntesis que enmarcaban tu sonrisa. Quería mover mis dedos para pintar esos huecos vacíos de mi cerebro, hidratándome de ti como hidrataría la última gota de agua en mitad del desierto; alimentándome de ti y de todas nuestras pasiones, pero sobre todo de ti.

«Si, no, si, no…»

Y tus abrazos: tus abrazos siempre habían sido indescriptibles, y eso que tú sabías que yo nunca me quedaba sin palabras; pero esos abrazos poco efímeros, abarcando el universo, buscando siempre un punto de apoyo para tu cabeza… Me hacías cosquillas en la clavícula para terminar el recorrido en la oreja y sonreías cada vez que me daba escalofríos el que soplaras despacito, justo ahí donde más me gustaba y odiaba al mismo tiempo. Mi punto más vulnerable, tu punto favorito. Me masajeabas la cabeza porque sabías que me tranquilizaba; que las hormigas se distraían, que las mariposas, por mucho que no supiesen que tenían alas, aprendían a volar; exactamente de la misma manera que estabas haciéndolo en ese momento, el momento perfecto para despertar. El momento perfecto para una bienvenida que me hiciese querer soñar así todos los días de mi vida. Eso me quería imaginar.

Sara

Verano del 2014

Ahí nos conocimos: Sant Cugat, nuestro primer hogar. La casa en la que mi familia pasaba el verano era la de mi abuelo: una casa que se compró para irse a vivir con su hija cuando su mujer los abandonó y cambió así las tórridas lluvias de Santoña por el clima mediterráneo de Barcelona. Antes de mudarse allí, mi madre y mi abuelo vivían en una casa en la falda del monte, rodeada de árboles en los que construyeron alguna que otra pequeña cabaña. Así, pasaban los fines de semana que no querían bajar al pueblo y las tardes en las que la noche no se asomaba todavía, no por lo menos hasta las ocho de la tarde. Por eso me gustaba el olor a roble, porque en cierta manera sentía que el olor de la vieja madera tenía una historia detrás, una historia que me hacía ser quien era, aunque no fueramía del todo.Era una historia que, según mi abuelo, no solo se basaba en ese olor tan característico, si no que había colores que la dibujaban: el rojo representaba el amor, que era el color favorito de mi madre, y el negro representaba la oscuridad, que era el suyo.

Aquel año, tiempo atrás, en el que tuvieron que rellenar tantas cajas, mi madre se pasó los últimos días en su viejo hogar llorando: lloró hasta secarse y hasta que mi abuelo le acarició la cabeza por primera vez, como lo hacía mi abuela cada vez que su hija lloraba, cada vez que algo no iba bien, derramando así la última lágrima antes de volver a empezar. Las caricias lo remediaban todo: arreglaban el mundo y lo hacían volver a girar. Así fue como generación tras generación se convirtieron en nuestra mejor terapia, hasta tal punto que un día también llegaron a remediarme a mí, calmando los revoloteos del alma y las malas pesadillas de las ruidosas noches, y calmando un día que, más tarde de lo que pensaba y sin venir a cuento, se convertiría en el peor de mi vida.

Fue el penúltimo de nuestros veintiún veranos juntas en el que me contó todo lo mal que lo había pasado mientras me enseñaba fotos, la decoración guardada, los recuerdos de su infancia, de su juventud, de sus primeras veces también, como yo guardaba los míos. Mi vena sensible la había heredado de ella y el verano, en definitiva, era una vía de escape para ambas dos. Ella se escapaba a lo que un día le hacía feliz, cuando regresaban a Santoña alargando el verano todo lo que podía, y yo, años después, me intentaba escapar de allí en silencio con la excusa de visitar a mi abuelo, pero a los brazos de tu hermano y Sofía. A sus brazos porque tu hermano era el único que sabía de qué tierra habían salido las piedras que cargaban mi mochila; se lo había contado una noche de confidencias mientras el alcohol me dilataba las venas y me soltaba la lengua.

Mi padre era más simple que todo eso e hizo todo lo que tenía que hacer para que mi madre no perdiera la esencia que a él le gustaba. Siempre había vivido en Barcelona y su mujer paraélera como cualquier cosa que te hacíavivir solo en el momento, como todo eso que te hacía empaparte el aliento; te daba igual ahogarte porque sabías que pasase lo que pasase siempre ibas a tener un brazo extendido que te ayudara salir a flote. Se escapaba de la ciudad en ella, se escapaba del ruido en ella, se refugiaba del caos en ella. Vivieron todo por primera vez cuando se conocieron y las flores rojas en cada cumpleaños de mi madre era un ritual que llevaban persiguiendo veintitrés años. Ahí aprendí que la simpleza era una gran virtud; yo ahí aprendí que lo único que necesitabas aprender en la vida era a quémano agarrarte; asíque fue por eso que elegí a tu hermano como mi cómplice.

Ese cinco de agosto me desperté más tarde de lo habitual. Había hecho muchísimo calor el día anterior y me costó dormirme porque mi madre no pudo venir a despistarme con su tacto. Lo hacía cada noche: antes de irnos a dormir, solíamos escoger una película o una serie, yo apoyaba la cabeza en su regazo después de que ella se acomodara en el sofá y me acariciaba el pelo hasta que caía rendida por el sueño o el cansancio, que en verano solía ser más intenso. Aquella noche habían salido los dos a cenar con unos amigos que hacía tiempo que no veían: tu padre y el de Sofía para ser exactos. Hacían por lo menos una cena o una comida a solas durante todo el verano para hablar de lo que supuestamente no podíamos enterarnos y nosotros solíamos aprovechar ese momento para hacer una fiesta de pijamas viendo alguna película que tuviéramos pendiente. Pero ese verano no lo hicimos: tu hermano había quedado con una chica y Sofía…, en fin, Sofía no sabía muy bien qué planes tenía, pero yo no estaba en ellos.

Cuando me levanté de la cama al día siguiente, mi padre ya estaba ayudando a mi abuelo con algunos arreglos que tenía que hacer en casa y mi madre estaba haciendo la cama mientras se preparaba la comida. Qué bien olía: siempre olía rico. Siempre tenía la fiambrera lista porque sabía que me iría a la playa con mis amigos y porque, si no lo hacía, sabía que malcomería en algún bar con la excusa perfecta. No pude evitar mirarla mientras apoyaba mi cabeza en el marco de la puerta de la cocina, después de asearme y acercarme a sus canturreos, frotándome la cara a dos manos intentando todavía espabilar. Ver como tarareaba me hacía sonreír. Por su cara y su también sonrisa, diría que aquella noche volvieron a ser dos jóvenes talentos haciendo lo que mejor se les daba, algo que prefería no saber pero que seguro que había estado lleno de amor. Qué romántico, qué poético, qué bonito cuento de hadas.

―Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien? ―me preguntó―. La comida está casi lista.

―Perfectamente. ¿Has visto mi bañador? Ayer lo dejé tendido en el balcón de mi habitación.

―Sí, toma ―lo cogí de entre sus manos―. ¿Tienes hambre?

―Un poco.

―¿Tostadas?―me miró y alzó la ceja―. Tienes el pelomásclaro.

—Eso es imposible ―gruñí―: el sol de Barcelona es espectacular, pero no hace milagros.

―No entiendo cómo no te gusta el pelo negro. Creo que es lo único que has heredado de mí.

―¿No podíahaber heredado el color de tus ojos?

―¿Qué tiene de malo el azul?

―Me molesta cualquier mínima luz. ―Volví a gruñir.

Los ojos azules siempre habían sido sinónimo de belleza: no entendía muy bien por qué, pero era consciente de ello. Aun así, el sol me molestaba mucho, y el verde de los ojos de mi madre…, eso era una locura que difícilmente pasaba desapercibida. Le di un beso en la mejilla.

―¿Vas a la playa hoy también?

―Sí, he quedado con Pablo y Sofía.

―Andad con cuidado. ―Me devolvió el beso ―. Por cierto, no te gustará el color, pero tienes un brillo en los ojos precioso, sobre todo cuando estamos aquí.

―Será por el sol también.

―Sara…

―Dime.

―¿Estás bien?

―Muy bien. ―Me miró extraña―. Me voy.

―Cuidaos.

A Sofía la conocí gracias a mi madre. Sofía era laúnica hija de su mejor amiga de la adolescencia y aunque sus caminos al final se hubiesen separado por esas pequeñas circunstancias de la vida, y porque las amistades de verano eran eso, de verano, parecía que hubieran acordado tener a sus primogénitas en el mismo año para que cada una de nosotras tuviéramos alguien con quien crecer. Aquella niña no era nada extrovertida y eso me gustaba de ella; que solo se abriera conmigo o mostrara quien realmente escondía tras esos petos vaqueros y moños anaranjados me parecía un pequeño tesoro por descubrir. En cambio, tu hermano Pablo se nos unió cuando teníamos ocho años, undía que estábamos en la plaza deSant Cugat, yélse nos acercó para preguntarnos si podía jugar con nosotras, que nos prestaría su balón.

Tu padre se compró vuestro pequeño apartamento cerca de la estación de trenes cuando su mujer murió porque era uno de los mayores deseos de esta mientras su vida se le escapaba de las manos. Sí, yo lo sabía todo de ti y de tu familia, enano, y sabía también que se lo debía. Eso nos decía siempre Pablo, que se lo debía a ella y así se amarraría también a una vía de escape de su corazón roto, de su vida hecha pedazos y desesperado por no poder compartir el dolor con nadie. Construyó una tubería directa al mar, por donde iba solo con su hijo mayor porque no podía ocuparse de los dos. Tú te quedabas con tu tío, que solía trabajar todo el verano como socorrista de las piscinas municipales de Graus, hasta ese 2014 en que ya pudimos por fin conocernos.

No podía juzgar a tu padre: el mar de Barcelona era una maravilla: tan revoltoso, tan salvaje, alucinante en todos sus estados, pudiendo dormirte conél, mirarlo a todas horas, aprendiendo a dibujar, aprendiendo a pensar. Ese mar nos hacíamejores personas porque se quedaba con nuestras inseguridades, con nuestros miedos, y ocultaba nuestras verdades y complejos para ayudar a llenarnos de color, color chocolate, naranja, no importaba; colores dulces que nos elevaban. Así lo entendía; entendía a tu padre porque había quienes preferían las cabañas en la montaña, como mi madre, y había quienes preferían el crujir de las olas, comoÁlvaro. Luego, estábamos las personas como yo, las que, si no podíamos tener las dos cosas…, preferíamos no tener nada. Podría decirse que era incongruente por naturaleza, una inconformista empedernida y una cabezona desesperante. Pero eso se perdió; se fue y se quedó en aquella primavera que llovió en mí hasta cubrir de agua todas las ganas que un día Sara tuvo.

Pablo era la viva imagen de tu padre. No solo por el moreno que rasgaba su piel, no solo por la sonrisa acaramelada que con gusto rellenaba esa dentadura arreglada años atrás, sino porque cuando se trataba de la protección de su hermano, de ser la guía de tus sueños y desilusiones, sacaba las mismas armas queÁlvaro: las empuñaba y atacaba o se defendía ―según quétocaba― exactamente de la misma manera. Un as de picas, un caballo galopando a la victoria. No sabías lo mucho que te quería, pero yo sí cuando hablaba de todas esas cosas que yo luego haría por descubrir, o eso creía.

Solíamos quedar siempre en la estación de trenes a eso de las doce del mediodía. Yo solía encargarme de llevar bolsas de patatas, caramelos, pipas…, todo lo que me cupiera en la mochila a parte de la fiambrera. Pablo llevaba las palas y la pelota, las cartas, o cualquier juego sencillo con el que pasar el tiempo. Sofía se encargaba de las toallas: una azul para mí, una blanca paraél y una rosa para ella; nuestra bandera de la amistad. Cuando llegué a la estación aquel día ahí estaba tu hermano, esperándome como quien espera los regalos de navidad, como quien en América espera el último timbre de clase que da lugar a las largas vacaciones, o como eraél, con todo ese ímpetu esperando a su mejor amiga veraniega.

«Salvada, salvada, por fin a salvo…»

Eso era tu hermano para mí: una barca en medio del océano, un abrazo de madre en el primer desamor, un hermano mayor con el que protegerse. Suponía que ser diferente en este mundo era retarlo y sí, estar junto aélera estar a salvo.

―¡Ey! ―Me agarró con ansia.

―Qué ganas tenía de verte… ―Susurré sobre su hombro.

―¿Qué tal terminaste los exámenes? Este mes ha sido de locura, perdona por no haberte escrito… ―Entristeció.

―Bien, fueron bien: al final, aprobé todas. Ya sabes, cuando se me mete algo en la cabeza…

―Cuando te interesa.

―Pues eso. ―Se rio, me reí, nos reímos.

―Mañana vendré con mi hermano ―me sorprendió―. Tiene quince años ya, y mi padre comentaba que ya iba siendo hora de traerlo.

―Tiene toda la razón.

―Ahora que tengo coche y podemos ir donde queramos, tengo que llevarme a mi querido hermanito de la mano y cuidarlo, porque me va a tocar cuidarlo.

―Podemos seguir yendo donde queramos, la cuestión es que delante de él intentaría evitar ciertas…, ¿cómo lo diría…?: cosas.

―Pues eso, Sara, pues eso. ―Gruñó.

No sabía que me hacía más gracia, que no quisiese que su hermano descubriera su lado travieso, por así decirlo, o que, si lo descubrías, tuviese miedo de que repitieras las mismas jugadas. Yo todavía no conocía a su parte más débil, pero tenía la sensación de conocerte al dedillo por aquel entonces y sin todavía haber visto tu cara, porque cuando estaba orgulloso nos contaba todas tus pequeñas historias enorgullecido y cuando se enfadaba, tecleaba lleno de furia sin pedir opinión, pero esperando a que se la diéramos olvidando que las dos éramos hijas únicas.

Sofía era la que más solía tardar en llegar, esa vez debido a la hora de llamada que haría con su novio, al que había despedido hacia horas, pero del que en realidad no podía separarse. Eran el empalago personificado y multiplicado por dos. Se querían con locura, eso era innegable, por lo menos durante las dos semanas previas a las vacaciones, vacaciones en las que se verían solo a través de la pantalla. A Hugo lo conocí un puente de diciembre que fui a visitarla a Haro y la verdad que era un amor de persona. La cuidaba mucho y la quería aún más, y para mí eso era suficiente teniendo en cuenta lo frágil que parecía ella, aunque en realidad no lo fuera tanto. Cuando giré la cabeza para ver cómo llegaba el tren, apareció ella detrás sorprendiéndome mientras se esfumaba mi impaciencia.

―Eres una tardona. ―La abracé también con fuerza.

―Sí, perdona, ya sabes cómo es Hugo.

―Ya, Hugo… ―Sonrió Pablo.

―¿Es este el tren?

―Sí ―contestamos los dos a la vez.

―Justo a tiempo. ―Miró Sofía el reloj y se hizo la despistada.

Así solían ser todos los días de todos nuestros veranos: alternábamos las noches de diferentes fiestas por cenas con nuestras familias, eligiendo una zona diferente de la playa de la Barceloneta cada día y cambiando de ropa a medida que lo hacía la moda. Otros días podíamos hacer excursiones por los pueblos de alrededor, siempre y cuando no nos soltásemos de la mano y, como tarde, a las doce de la noche estuviésemos en Sant Cugat ―sí, incluso ya en plena adolescencia a punto de entrar en la adultez―, porque nuestras familias eran algo precavidas. Los días de lluvia, que eran cuatro, nos escondíamos en la casa de cualquiera de nosotros a ver vídeos o jugar a videojuegos.

Pero aquel cinco de agosto, después de hablar del todo lo que suponía el universo y también de la nada que suponía, nos despedimos hasta el día siguiente, en el que te vería por primera vez. Fue un día de esos nublados y tranquilos en los que aun así sabías que no iba a llover. Ahí llegaste a la plaza: un pedacito de copia de tu madre, peinándose el pelo con los dedos y un poco de agua porque se había despertado revuelto; los mismos ojos que ella ―suponía por las fotografías que había visto de ella―, pero la misma sonrisa calmante de tu hermano.

Me diste dos besos, te sonrojaste y me miraste. Me miraste con tanta fuerza, aún en tu corta edad, que fuiste capaz de verme; pero lo que yo no sabía era que, a partir de ahí, ya no verías nada más.

Sara

Verano de 2015

Ese año dejábamos atrás la playa para sustituirla por la piscina del pueblo: menos camino por recorrer y más tiempo que aprovechar. Un agua por otra, el verde por el azul, la sal por el cloro, los mediodías casi tardes por las mañanas recién amanecidas. Ese verano pensabas pasarlo con nosotros todo lo que pudieses porque te divertías, te sentías mayor y porque en tu admiración por nosotros nos regalabas campos de imaginación que a nosotros casi se nos estaban gastando. Tu voz había tardado en cambiar, pero ese último día de julio, porque aquel año nos vimos antes que nunca, ya sonabas más grave. Sonabas casi como lo hacían tu padre o tu hermano, pero seguías siendo clavadito a tu madre, con esos ojos marrones grisáceos que me recordaban a lo que más me gustaba: el roble desgastado, los que en mi habitación combinarían a la perfección; pero yo entonces no pensaba en eso. Hubiese sido querer pelear contra lo moralmente correcto. Yo solo pensaba en pellizcarte la mejilla en cada una de tus cuestiones por el bien y el mal y revolotearte el pelo porque en plena adolescencia eso molestaba. La verdad es que entonces ya eras adorable; la verdad es que se te veía venir.

Vosotros fuisteis los primeros en llegar, en coger sitio para los cuatro mientras Sofía y yo nos retrasábamos para hablar de sus pequeñas incertidumbres con Hugo, que ese año no habían sido pocas.

―¿Tú qué opinas? ―me preguntó.

―¿De qué? ―no sabía por qué, pero mi mirada se había perdido en las pecas consteladas de tu espalda.

―Tía, de lo de Hugo.

―Ah, eso…, pues no lo sé. Creo que no tiene nada de malo. Creo que simplemente quiere venir a estar contigo y pasar el verano. ¿Cuál es el problema?

―La desconfianza es el problema, Sara. Tú como psicóloga deberías saberlo. Lleva un tiempo muy raro: duda de mí constantemente.

―Estudiante de Psicología.―Recalqué―. Su padre acaba de dejar a su madre y se ha emparejado con otra mujer, que no, no es nada malo porque el amor es quien manda; pero todo en lo que creía se ha acabado. Pienso que es normal que se sienta inseguro. Un día te crees que el amor perfecto lo tienes en casa, ves a dos personas cuidarse y quererse creando una familia y lo idealizas, claro que lo idealizas. Yo no sé cómo me sentiría si de repente mi padre un día decidiese que esa novedad merece el dejar toda una vida atrás. Y esas cosas no se pueden controlar, él tampoco puede, y tiene que ser frustrante.

―¿Y eso que tiene que ver conmigo?

―El miedo nos controla mucho, Sofía, y tendrá miedo a perder lo que tenéis: al fin y al cabo, su hogar acaba de dar un cambio muy importante.

―Vale, se nota que estudias Psicología. ―Me dijo rendida.

Yo le sonreí y le di un beso en la mejilla intentando calmar ese fuego interno que sabía que tenía, aunque casi nunca lo mostraba.

Os alcanzamos debajo del que decidisteis que sería el árbol que nos cobijaría en aquellas semanas soleadas y tendimos las toallas en orden bajo su sombra. Tú habías elegido el color morado para tu toalla y no me sorprendía, porque era tu favorito. También era tu color de aura, un aura sanadora y llena de dudas para esa pequeña familia que tuvisteis que reconstruir. Un aura que no paraba de hacerse preguntas y que luchaba por tener todas las respuestas. Los tres fantásticos; el tres de corazones, porque erais puro corazón.

―¿De qué hablabais? ―preguntó tu hermano.

―De Hugo.

―¿Qué pasa con él?

―Que quiere venir a pasar unos días con nosotros ahora en agosto y Sofía, en vez de alegrarse por pasar el verano con él y ayudarlo a despejar la mente, duda de que sea porque quiere controlarla por celos.

―Sofía… ―Lamentó Pablo.

―Es que, Sara, dicho así…

―Pues yo opino lo mismo. ―Soltaste sin pensar, sin pestañear, como quien le da una calada a un cigarro por inercia.

―Tú no opinas nada, mocoso. Pero sí, tienen razón. ―Dijo Pablo y tú refunfuñaste.

Yo me reí y, después de quitarme la ropa para lucir el biquini nuevo azul que había comprado, me acerqué a ti para darte crema en la espalda y que no te quemaras. En ese tacto, en esos que creías que eran besos marcados en la espalda, empezaste a sentirte diferente porque no podías parar de hacerlo, y yo no podía dejar de fijarme.

Después de tres horas, nos fuimos a comer y a ducharnos a casa. Mi madre no perdía las costumbres y me tenía preparada la comida: aquel día eran unos ricos macarrones con atún y tomate que me chiflaban. Los devoré a petición del hambre que