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Me agrada poco. Me agrada poco tener que escribir sobre las dos caras de la moneda, sobre mi propia interpretación de la teoría de la relatividad o sobre el mercado en el que se ha convertido la sociedad, en la que parecemos peces hambrientos. Hoy por mí y mañana también. He jugado partidas con una mano en el que todas las cartas eran diferentes entre sí; así me ganaban con un póker cambiando las reglas. Lo que de pequeña creía que eran las palabras mágicas no las he encontrado; en cambio, he descubierto lo gustoso de los trampantojos, que cada vez atemorizo menos a las arañas y que las avispas no pican porque sí. ¿Pero, sabes qué, pequeña? Todo eso me ha llevado a conocer las personas faro, y con ellas también a las personas puente en la transición del cambio. Resulta que ahora poseo la llave maestra que abre todas mis puertas, y sé utilizarla, más o menos. Las fresas con nata antes no las gozaba; ahora, sin embargo, mis domingos quedan grabados en ese dulce sabor. Quizá algún día estas palabras se las lleve el viento, o quizá caigan al fondo del mar. Puede que se guarden como todo lo que ya es intangible, o queden en tu memoria como quedaron en la mía las que me recitaba mi abuelo. Sea como sea, aquí se quedan mientras sobrevivo intentando ser invencible. Ahora tú estás por hallar todo lo que tengo para contarte, los momentos exactos y los eternos veranos; pero quédate con esta pequeña frase mientras descubres tus verdaderos intereses: mucha suerte. Con amor, Ane.
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Seitenzahl: 91
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Itxaso Salgado
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1089-474-7
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
PRÓLOGO
Este libro es una confesión hecha a pedazos. Itxaso Salgado no se anda con rodeos. Desde el primer momento, Ane, la protagonista, te lanza sus pensamientos sin filtros, con una sinceridad brutal que a veces incomoda. Habla de las decepciones, de las expectativas no cumplidas y de las mentiras que nos contamos para sobrevivir. Aquí no encontrarás el típico relato de superación. Aquí todo es crudo, pero real.
Itxaso Salgado tiene una forma de escribir que es directa, casi como si estuvieras escuchando a una amiga contándote su vida mientras tomáis un café. No busca adornar las cosas ni ofrecer respuestas fáciles. Cada palabra está cargada de una honestidad que golpea y, en muchos momentos, te deja pensando. La protagonista reflexiona sobre lo que significa vivir en un mundo que cambia demasiado rápido, sobre los engaños, los amores que se fueron y las relaciones que importan, esas personas a las que llama «faro», que iluminan tu vida cuando todo lo demás parece perderse.
Lo más interesante de este libro es cómo juega con el concepto de invencibilidad. Ane no es una heroína. Es una mujer que ha tropezado mil veces, que ha agotado cinco de las siete vidas que se le otorgan a un gato, como ella misma dice. Pero sigue aquí, intentando encontrar su lugar, su «lugar seguro». No pretende ser fuerte todo el tiempo, ni es de las que dicen que todo va a salir bien, pero hay algo en su forma de ver la vida que es profundamente real.
Lo cotidiano y lo extraordinario se entrelazan constantemente. Ane habla de la relatividad del tiempo, de cómo la suerte, a veces, es simplemente estar en el momento adecuado, y cómo otras veces hay que buscarla. Sus reflexiones, aunque profundas, están enraizadas en la realidad, en las dudas que todos tenemos pero no siempre admitimos. El amor, por ejemplo, no lo pinta de rosa. Hay amores que matan y otros que simplemente no fueron, y eso es parte del juego. ¿Quién no ha tenido un amor que no quiso?
(In)invencible no se anda con metáforas grandilocuentes. Va al grano, y lo que encuentras en él son pensamientos que probablemente hayas tenido, pero nunca supiste cómo expresar. El estilo de Itxaso es sencillo, pero con una fuerza que radica en la verdad de lo que cuenta. Es un libro que, cuando lo termines, te dejará un nudo en el pecho, porque te recuerda que ser invencible no es cuestión de no caerse, sino de levantarse, una y otra vez.
Y al final, eso es lo que hace Ane. Sabe que no será invencible para siempre, pero mientras tanto, sigue adelante. Y tú, como lector/a, no puedes evitar sentirte un poco menos solo en ese viaje.
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Ane, ese es mi nombre.
En primer lugar, os pido perdón. Quizá estas pocas páginas me vayan a servir para desahogarme con vosotros después de ver la evolución del mundo. No lo sé. Es una desesperación acumulada y una cabezonería persistente al querer negar lo evidente. Ha cambiado, a veces lo hace a pocos, y otras veces, como esta, lo hace demasiado rápido. Ha cambiado tanto que no me ha quedado más remedio que intentar analizarlo para entender lo que ya no quedaba a mi alcance. Quizá os quede un sabor agridulce, puede que estéis de acuerdo con estas palabras que me han salido de las tripas después de las náuseas que he sentido, o simplemente, en un tiempo no os acordéis de ellas. Sea como sea, aquí quiero dejarlas para vosotros, para mí, para el mundo cambiante que sigue girando.
En segundo lugar, he de seros sincera: echo de menos la sensación de despreocupación de una niña de parvulitos: me he percatado de ello al escribir este diario. Echo de menos el no ahogarme en cada palabra que susurro, en cada movimiento que realizo; moverme despacito en un pequeño espacio de hueco. Inspirar y expirar. Mirar sin querer hacerlo, y sobre todo, soportar lo que no he podido. Echo de menos los peluches de elefante y los muñecos de plastilina. No me acuerdo del tacto de ella, mi consciencia era demasiado inocente todavía como para detenerse a pensar en lo que hacía, pero echo de menos tener tanto tiempo como para no querer hacerlo.
En tercer lugar, me agrada más bien poco el tener que escribir sobre las dos caras de la moneda, sobre la teoría de la relatividad que me ronda cada día, o del mercado en el que se ha convertido la sociedad en los que parecemos peces hambrientos. Lo que creía de pequeña que eran las palabras mágicas no las he encontrado, pero sí algo parecido que parece sanarnos. Es mentira, no lo hace, pero en la búsqueda del tesoro, no he sabido desenterrar nada más. Había veces que parecía que lo había conseguido, pero era un simple trampantojo que al final no me quedaba más remedio que ingerirlo.
He podido descubrir lo que son las «personas faro», eso sí. Llevaba tiempo necesitando un buen copiloto y ahora parece que sé identificarlo. Después de la tormenta llega la calma, dicen. Nunca me habían gustado las fresas con nata, y ahora sin embargo mis domingos quedarán siempre grabados. La suerte pensaba que estaba en manos de algunos pocos. No importa, nadie nace sabiendo, y hemos venido a encontrarnos, dicen.
En último lugar, deciros que soy consciente —más que consciente diría— de que he gastado cinco de la siete vidas que tiene un gato. Ojalá no os pase lo mismo. No ha sido conscientemente y, a decir verdad, lo he hecho antes de lo que se esperaba que lo hiciera. Paso a paso, minuto a minuto: más vale acordarse de los momentos exactos que esperar un futuro incierto sin saber qué esperar.
Por lo que quizá estas palabras queden en el baúl de las cosas que ya son intangibles, o quizá caigan al fondo del mar. Quizá algún día se las lleve el viento o se conviertan en una ilusión que no sea a la espera de cumplir sueños de otros. Puede que queden grabadas como las palabras de mi abuelo que siempre escuchaba o al final atraiga a quien realmente soy. Sea de la manera que sea, aquí se quedan mientras sobrevivo a lo que queda por vivir.
CAPÍTULO 1: ALGO VA MAL
Con trampa y cartón
Era la primera vez que iba a ver una representación de carátulas y títeres; fui a acompañar a mi mejor amiga que no sabía cómo entretener a su hijo en un borrascoso día. Ya de camino, éste le preguntaba si el espectáculo iba a resultar de su agrado mientras la otra respondía con una rotunda afirmación; en realidad, carecía de tal conocimiento, pero resulta que nada llega a ser más placentero que una mentira piadosa para apaciguar la inquietud de un niño que dudaba siquiera supiera todavía diferenciar lo que era el engaño en sí. Yo he de seros sincera: el día ni tan siquiera era borrascoso, si asomaba cualquier gota de lluvia sería por mera casualidad; era lo que ella deducía que iba a ser, era lo que quería que fuese.
Parece fácil, ¿verdad?
Una vez tomamos asiento, podía apreciarse tras la lona el cambio de vestuario; una peluca morena, una peluca rubia, una actriz que de primer nombre se llamaba Paula y la segunda vez lo hacía como Olivia. La carátula del primer personaje simulaba una princesa y la del segundo una campesina forastera. Cada cual tenía una historia detrás, cada quien la contaba desde la retina con la que la miraban o la memoria con la que se aprendían el guion. Todos aplaudían hora y media más tarde al terminar la función y todos los presentes en el escenario agachaban su cuerpo en señal de agradecimiento agarrados de la mano.
«Mañana volvemos», le dijo mi amiga a su hijo al ver que éste se apenaba al terminar la obra. Ellos volverían, eso decía ella. Quienes seguro que sí que lo harían serían los profesionales para fingir ser otro personaje, otro ámbito, otra historia que contar.
Pero era mentira. Mi amiga y su hijo no iban a volver. Ella lo sabía.
Qué fácil parece.
Debe ser fácil mentir; una buena capacidad que se pule con los años y aprendes con perspicacia. Ahí está la trampa, en la audacia que tienes que poseer para después seguir adelante con la vista ciega de no mirar a través del pecho del de al lado. Hay quienes, como su hijo, no dudan en la inocencia de su madre, de su amiga, de su amante; sea quien sea, porque claro: mentir es un pecado y antes se le pilla al que miente que a quien cojea.
Cuando cursaba la universidad, en uno de tantos artículos de investigación que me estudié, descubrí que Friedrich Nietzsche dijo lo siguiente: «La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo», y que Susan Sontag dijo esto otro: «Mentir es un medio elemental de la autodefensa».
Esta vez me pregunto, me cuestiono, y ardo en deseos por saber de qué necesita defenderse esta amiga mía y por qué quiere engañarse, engañarlo, engañarnos. De qué necesitamos ampararnos, si de verdad algo tan horrible nos depara el futuro, contra quién queremos combatir. Quizá sea mía la exageración, pero ¿puede alguien aclararme qué está pasando? Lo ruego. Quiero saber si tengo que formarme en esto de la guerra, forjar escudos y manejar una ballesta. Si tengo que aprender a mentir. Quizá haya perdido el tiempo en intentar ir siempre con la verdad por delante, no era mi arma principal de combate, pero sí me salvaba en muchas ocasiones.
Y el mayor problema no es la mentira en sí, sino tener que encararla.
Las calumnias contaminan las almas de las personas, cierto es, por lo que sí, es una paradoja pensar que cuando se hace lo hacemos por un fin contrario a este: «Soy superior que nadie porque así lo decido y si para eso tengo que hacerte creer que lo circular es un cuadrado en realidad lo haré». Las calumnias son mayores cada vez, manipuladoras, cada vez más silvestres. Son como las ilusiones ópticas o los trucos de magia; son como las caretas que esconden otros rostros y el cartón que se colorea. Los labios ganan grosor, más intensos cada vez, unos labios que si se besan envenenan a su vez.
