El sueño del Sapiens - Juan Antonio Madrid - E-Book

El sueño del Sapiens E-Book

Juan Antonio Madrid

0,0

Beschreibung

En pleno siglo XXI, dormir bien se ha convertido en un acto de resistencia. Y, sin embargo, el sueño ha sido esencial desde los albores de la humanidad. ¿Qué papel ha jugado el descanso en la evolución del Homo sapiens? ¿Cómo ha moldeado nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestro pensamiento? Juan Antonio Madrid, pionero en cronobiología en España, ofrece una visión integral del sueño que combina ciencia, historia y conciencia social. A través de un lenguaje accesible y un enfoque riguroso, El sueño del sapiens nos revela por qué dormimos, cómo lo hacemos y qué consecuencias tiene ignorar nuestras necesidades biológicas más básicas. Un ensayo revelador, divulgativo y profundamente humano que nos invita a reconectar con uno de los actos más naturales —y menos valorados— de nuestra especie.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 380

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



El sueño del sapiens

Dormir nos hizo humanos

Juan Antonio Madrid

Primera edición en esta colección: octubre de 2025

© Juan Antonio Madrid, 2025

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 979-13-87813-32-1

Diseño de cubierta: Isabel González (@muchacha_pinta)

Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime, S.L.

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

A quienes sueñan con un mundo mejor y despiertan cada día para intentarlo, aunque sea un poco, aunque parezca imposible, aunque nadie más lo vea.

A mi familia, por ser parte de ellos.

Índice

Prólogo

EL ORIGEN Cuando el sueño nos hizo humanos

1. ¿Por qué dormimos?

2. Dormir en el suelo

3. Las edades del sueño

LA HISTORIA De la Revolución Agrícola a la Industrial

4. Tiempo, ritmos y sueño a través de la historia

5. Los pilares del sueño (I). Tiempo interno y ambiental

6. Los pilares del sueño (II). Los nuevos tiempos: social y metabólico

LA MODERNIDAD Cuando apagamos las estrellas

7. Los exploradores del sueño

8. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

9. Las enfermedades del dormir

EL FUTURO La colonización del sueño

10. El sueño en el siglo xxi

11. La revolución del sueño

12. El sueño en una sociedad distópica del siglo xxi

Epílogo

Agradecimientos

Bibliografía

Navegació estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Índice

Comenzar a leer

Agradecimientos

Bibliografía

Colofón

Prólogo

En la vigilia recorremos a uniforme velocidad el tiempo sucesivo; en el sueño abarcamos una zona que puede ser vastísima. Soñar es coordinar los vistazos de esa contemplación y urdir con ellos una historia.

Jorge Luis Borges

Se atribuye a Leonardo da Vinci la frase «Solo se ama lo que se conoce, y solo se defiende lo que se ama». Cuando pienso en mi relación con el sueño y la cronobiología, me surge la duda: ¿y si primero se ama, sin entender del todo? ¿Y si mi relación con el sueño nació mucho antes de que supiera ponerle nombre?

Cada noche, durante mi infancia, había un instante en que el mundo parecía detenerse. Después de un día lleno de aventuras en el que bajo cada piedra se escondía un misterio, de buscar dónde anidaban los pájaros, o construir cabañas con troncos, llegaba la hora de recogerse. La caída del sol traía consigo los sonidos de la noche: el ulular del búho real, el inquietante gañido del zorro o el grito de alarma de los mochuelos. Incluso la casa parecía que toda ella se preparaba para dormir, acompasando su tiempo a la luz cálida del fuego de la chimenea. Entonces, mi madre tomaba mi mano y, con la complicidad de la penumbra, me guiaba hacia la cama. La llama del quinqué proyectaba juegos de sombras en las paredes del dormitorio. Aquellas figuras de luces y sombras, que hoy me evocan ternura, entonces me parecían figuras mágicas que velaban mis sueños.

En las noches de invierno, temía ese primer encuentro con la cama. Pero pronto, el frío inicial al contacto con las sábanas almidonadas se convertía en una burbuja agradable donde me acurrucaba, hecho un ovillo, inmóvil, expectante, sintiéndome seguro, como si todo el mundo quedara fuera de aquel refugio.

Era entonces cuando llegaba el mejor momento: la historia de la noche, con Pulgarcito, El Gato con Botas, Garbancito, Caperucita Roja, El lobo y los cabritillos, o los cuentos del Campo de Cartagena y otras historias que parecían pertenecernos solo a nosotros. Aunque se repitieran noche tras noche, no perdían su magia; al contrario, volver a escucharlas se convertía en un rito que me tranquilizaba.

La voz de mi madre se apagaba lentamente y sus palabras se diluían en ese territorio donde la vigilia y el sueño se entrelazan. Y, entonces… me dejaba llevar.

A veces los sueños eran amables, otras, las más, inquietantes. Al alba, los gallos rompían el silencio con sus cantos horarios, y yo, remoloneando bajo el calor de las sábanas, me resistía unos minutos antes de lanzarme nuevamente a la aventura de un nuevo día.

Con el tiempo, ese ritual nocturno fue cambiando. Los cuentos dieron paso a los libros de aventuras que leía en la penumbra. Más tarde, a la lectura se unió la radio, que me susurraba historias al oído mientras me vencía el sueño. Esa relación de confianza, ternura y gratitud al acto de dormir y a los rituales que lo precedían, me ha acompañado siempre. Hoy, al escribir estas páginas, siento que este libro es, en esencia, un acto de agradecimiento a esa parte de mi vida que ha estado siempre ahí: el sueño. Es por todo esto por lo que comencé a amar el sueño, incluso antes de conocerlo.

En castellano, con la palabra «sueño» designamos al menos tres ideas: el acto de dormir, el acto de soñar y una forma de referirnos a los deseos y esperanzas. Esta amplitud semántica me ha servido para elegir el título de este libro: El sueño del sapiens. Porque, en primer lugar, abordo el sueño desde un enfoque biológico evolutivo (¿por qué y cómo dormimos?); en segundo lugar, cumplo con un sueño que tenía desde hace años: el de escribir un libro sobre el sueño y, finalmente, cuento una historia, la de cómo han dormido y soñado los sapiens desde que comenzaron a deambular por la tierra, hasta terminar imaginando cómo será el sueño en una nueva era dominada por la inteligencia artificial y los androides.

A lo largo de la historia hemos contado las hazañas de héroes, reyes, imperios y descubrimientos, pero no hemos narrado la historia de uno de los grandes protagonistas de la evolución humana: el sueño. Sin él, quizá nunca habríamos llegado a ser sapiens.

Este libro te propone un viaje para descubrir cómo ha evolucionado el sueño con nuestra biología, cultura y tecnología. Te plantea preguntas: ¿por qué dormimos?, ¿podríamos vivir sin dormir?, ¿por qué es importante soñar?, o ¿soñarán los androides con ovejas eléctricas? No es un libro de consejos para dormir, más bien es una invitación a comprender el valor del sueño para protegerlo y defenderlo en un mundo que lo considera cada vez más prescindible.

El origen Cuando el sueño nos hizo humanos

Hace muchos, muchos años, cuando aún no existía nada, el creador del Universo (Alcheringa) soñó con el fuego. Su calor y su luz le cautivaron, era hermoso; pero pronto el fuego comenzó a temblar, era el aire quien lo movía. Al espíritu creador le gustó esa danza hipnótica. Continuó soñando y entonces apareció la lluvia. La lucha entre los tres elementos —fuego, aire y agua—, a pesar de la contrariedad inicial, le gustó. Cuando dejaron de luchar y se calmaron, apareció en su sueño un mundo con el mar, el cielo y la tierra separados. Era un escenario realmente bello. Sin embargo, su sueño comenzó a aburrirle, y por eso, tras convertir en real el mundo que había soñado, decidió encargar a otro espíritu que continuara soñando, mientras él se retiraba a observar. Así, mandó al mar a uno de los espíritus creadores, un pez llamado Barramundi. El pez soñó con el inmenso mar, pero también con algo desconocido: una playa de arena fina. Barramundi desconocía el significado de su sueño, así que se lo contó a otro espíritu creador: la tortuga Currikee. A ella le gustaba verse en su sueño caminando por la arena mojada y meciéndose con las olas. Pero una y otra vez aparecía en su visión una tierra seca, rocas y un sol intenso y abrasador, algo totalmente desconocido para ella. Se lo contó al lagarto, Bogai, para que continuara con el sueño. El lagarto, amante del sol, pronto comenzó a soñar con altas montañas y cielos azules e infinitos nunca vistos. Y así, unos tras otros, los sueños fueron pasando sucesivamente por espíritus como el águila Bunjil y la zarigüeya, quienes añadieron, cada uno, una visión nueva del mundo: las montañas, cielos azules, la noche, árboles frondosos, y llanuras cubiertas de hierbas. Estos relatos llegaron al canguro, quien, para su sorpresa, comenzó a soñar con la risa y la música. Al no entender lo que veía en su sueño, se lo contó al espíritu humano. Y este comenzó a caminar por todo ese mundo y vio todas las cosas y criaturas recién creadas. Aquella visión era realmente hermosa y emocionante. Al anochecer, el hombre soñó con la música de los pájaros, las risas de los niños, las profundidades marinas, la arena húmeda de las playas, las inmensas montañas y los cielos azules y luminosos. Y fue, entonces, cuando comprendió que este sueño pertenecía a todas las criaturas con las que estaba hermanado y que debía proteger todas estas creaciones surgidas de los sueños de los espíritus anteriores y transmitirlo a los hijos que aún estaban por nacer.

El creador de la vida, al ver que el mundo que él había comenzado estaba en buenas manos, se retiró a descansar en las profundidades de la Tierra. Desde entonces, cuando las personas dejan de soñar, van a reunirse con él bajo la Tierra, donde finalmente pueden descansar.

En esta leyenda, cargada de simbología, los sueños son los protagonistas del diseño y creación de nuestro mundo. Aún hoy, cuando tienes un sueño, algo en tu mundo real sufre un cambio sutil. Además, es posible que algunas ideas escapen de tu mundo de sueños y se conviertan en nuevas formas y realidades. La leyenda también traslada a los humanos la responsabilidad de cuidar de la Tierra tal y como fue soñada por los diferentes espíritus creadores.

Esta bella historia sobre el origen del mundo a partir de sueños se ha conservado mediante transmisión oral entre los aborígenes australianos. Otras culturas ancestrales de América del Norte, India, África y Nueva Zelanda también tienen relatos sobre el origen del mundo basados en los sueños de su creador.

1.¿Por qué dormimos?

Cuando estás dormido no puedes buscar alimento. No puedes socializar. No puedes reproducirte. No puedes alimentar ni proteger a tu descendencia. Peor aún, el sueño te deja vulnerable a la depredación. Seguramente dormir es uno de los comportamientos más desconcertantes de todos los comportamientos humanos. Entonces, ¿por qué lo hacemos?

Matthew Walker,¿Por qué dormimos?

Creo que la cuestión más difícil de responder sobre el sueño es precisamente esta: ¿por qué dormimos? ¿Por qué el sueño es absolutamente imprescindible hasta el punto de que al dormir muchos animales arriesgan sus vidas? Probablemente, pensarás que ya sabemos la respuesta. No es así, en realidad los científicos del sueño aún desconocemos por qué a la necesidad de alimentarnos, respirar y reproducirnos se unió un cuarto impulso biológico básico: la necesidad de dormir. En este capítulo vamos a adentrarnos en un mundo muy poco conocido: el del origen biológico del sueño.

Las mariposas blancas, la Revolución Industrial y la selección natural

Theodosius Dobzhansky, un famoso genetista, decía que «nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución» o, dicho en otras palabras, la selección natural siempre tiene sus razones y nunca se equivoca.

Unos ecólogos ingleses observaron, durante el siglo xix, en pleno auge de la Revolución Industrial, que las mariposas blancas del abedul estaban desapareciendo, mientras que las mariposas de color negro del abedul ocupaban su lugar. La contaminación del carbón era la responsable. Al cubrirse los árboles con el hollín del carbón, las mariposas negras se volvían invisibles para las aves y, por tanto, sobrevivían y se reproducían mejor que las blancas, que eran más fácilmente detectadas. Cuando por fin se fue eliminando el hollín y la calidad del aire mejoró, las mariposas negras comenzaron a disminuir y fueron reemplazadas de nuevo por las de color blanco. La selección natural sigue una ley universal aparentemente cruel: la de eliminar a los individuos peor adaptados.

Sin elección no hay selección

Para que la selección natural pueda actuar es imprescindible que pueda elegir entre diferentes opciones, en este caso, entre las mariposas blancas y negras de la misma especie. Solo así se podrán seleccionar los individuos mejor adaptados para sobrevivir ante cada nuevo reto que aparezca en su entorno. Este reto puede ser una nueva enfermedad, un calor extremo, un contaminante ambiental o cualquier otro imprevisto que ponga en riesgo la supervivencia de la especie. Si la variabilidad genética es elevada, siempre será más fácil encontrar algunos individuos que puedan hacer frente al nuevo reto.

La selección natural actúa de modo que no sobrevive el individuo más fuerte, ni tampoco el más inteligente, sino aquel que mejor se adapta al cambio.

Mucho antes de que Darwin publicara en 1859 la teoría de la selección natural en su libro El origen de las especies, los humanos ya habían practicado la selección genética durante miles de años. ¿No es esto lo que hicieron los sapiens al separar durante muchas generaciones a los cachorros más dóciles de los lobos para convertirlos en perros de compañía? ¿No lo hicieron también los primeros agricultores seleccionando las semillas más grandes del trigo salvaje hasta conseguir el trigo actual?

Comprender cómo actúa la selección natural nos ayudará a entender por qué dormimos. Pero antes de abordar esta cuestión fundamental, deberíamos saber: ¿qué es el sueño?

Dormir: otra forma de vivir

Todos sabemos intuitivamente lo que es el sueño, pero ¡qué difícil resulta definirlo! El sueño es uno de los dos estados entre los que fluctúa la vida, por lo tanto, es un estado fisiológico natural. Es reversible (podemos salir de él con facilidad), es recurrente (se repite todos los días) y es absolutamente necesario (no podemos vivir sin dormir).

Cuando dormimos, los sentidos y los músculos se desconectan del cerebro, que a su vez aprovecha este tiempo para reordenar sus conexiones internas. Algunas áreas cerebrales se inactivan, mientras otras refuerzan los recuerdos o crean asociaciones inesperadas, como sucede cuando soñamos. Además, este tiempo de desconexión se aprovecha para reparar el resto del cuerpo tras el desgaste de la actividad diaria.

Pero la desconexión sensorial no es total: un centinela permanece siempre alerta, filtrando y valorando los estímulos. Así, un ruido extraño o el olor del humo nos despierta, mientras que podemos ignorar el tráfico habitual de la calle. Este centinela es el tálamo, él es quien decide si merece la pena interrumpir nuestro descanso.

La desconexión también ocurre en sentido opuesto: los músculos se desconectan del cerebro, evitando que estos se muevan al compás de nuestros sueños. De lo contrario, podríamos salir corriendo en plena pesadilla o intentar volar desde un balcón. Cuando esta inhibición falla, aparece el sonambulismo, que todos conocemos y que suele ser inofensivo y pasajero, o el trastorno de conducta de sueño REM (Rapid Eye Movement, sueño de movimientos oculares rápidos), una patología del sueño que requiere atención médica.

En ocasiones, ocurre lo contrario: el cerebro se despierta antes que el resto del cuerpo, generando lo que se conoce como parálisis del sueño. Aunque es muy inquietante, suele resolverse en segundos o unos pocos minutos. Más perturbadoras son las alucinaciones hipnagógicas (al inicio del sueño) e hipnopómpicas (al final del sueño). Se trata de intrusiones de los sueños en la vigilia, que pueden acompañar a la parálisis del sueño, desatando auténticos episodios de pánico.

Además de desconectar los músculos y los sentidos, durante el sueño NREM (Non Rapid Eye Movement, sueño sin movimientos oculares rápidos), la consciencia y el yo se diluyen, reconstruyéndose nuevamente tras el despertar. Mañana, cuando te despiertes, observa cuántos segundos o minutos tardas en recuperar tus deseos o inquietudes del día anterior. Ocurre como si para recuperar tu identidad tuvieses que cargar nuevamente tu sistema operativo a partir de un disco duro. Estos estados de transición sueño-vigilia, llenos de creatividad e imaginación, merecen mucha más atención de la que han recibido hasta ahora.

¿Cómo sabemos si se está realmente dormido?

Podemos detectar que un organismo duerme mediante la observación de cuatro características típicas: 1) inmovilidad; 2) adopción de una posición típica (tumbados con ojos cerrados como los humanos, cabeza bajo el ala en las aves…); 3) disminución de su respuesta a los estímulos externos; y, 4) la prueba más importante: cuando se les impide dormir, experimentan un rebote de sueño que trata de compensar el sueño perdido.

Sin embargo, hasta el momento, el mejor modo de detectar el sueño en las personas y, ocasionalmente, en otros mamíferos, es mediante el análisis de las señales captadas por sensores distribuidos por todo el cuerpo. Esta técnica se llama polisomnografía (PSG), ya que necesita, al menos, la combinación de cinco tipos de señales.

La primera señal es el electroencefalograma (EEG) obtenido mediante electrodos colocados en la cabeza. El EEG muestra ondas eléctricas cada vez más lentas y amplias a medida que el sueño se vuelve más profundo. Esto ocurre durante un tipo de sueño conocido como sueño NREM, que representa aproximadamente el 75 % del tiempo total de sueño de un adulto. Durante el mismo, se suceden tres fases: N1, N2 y N3, que se caracterizan por un aumento progresivo en la profundidad del sueño y por una mayor amplitud y un enlentecimiento de las ondas eléctricas cerebrales. Sin embargo, cuando llevamos un tiempo durmiendo, el patrón eléctrico del EEG cambia bruscamente y aparecen unas ondas que se asemejan mucho a las de la vigilia; son ondas aparentemente caóticas, de pequeña amplitud y elevada frecuencia. Eso significa que estamos entrando en el sueño REM, también conocido como sueño paradójico o sueño de movimientos oculares rápidos. Si te despiertan mientras estás en REM, muy probablemente podrás relatar el sueño que estabas teniendo en ese momento.

En el sueño REM se combinan un cerebro despierto y un cuerpo dormido.

La segunda señal de la polisomnografía es el tono muscular, que nos indica el grado de tensión muscular. Mientras dormimos, este es muy bajo, alcanzándose el mínimo tono durante el sueño REM.

Paradójicamente, además de los músculos respiratorios, la única parte de nuestro cuerpo que mantiene la movilidad durante el sueño son los ojos. Es por eso por lo que es interesante registrar una tercera señal: los movimientos oculares bajo los párpados cerrados. Durante el sueño REM los ojos se mueven con rapidez de un lado a otro. En cambio, en el sueño NREM los ojos, si se mueven, lo hacen lentamente.

La cuarta y la quinta señal corresponden al registro de los ritmos respiratorio y cardíaco, respectivamente. En el sueño NREM estos ritmos son lentos y regulares, mientras que en el REM su frecuencia aumenta y experimenta grandes fluctuaciones, hasta el punto de que parece que la persona está viviendo una realidad paralela que le produce intensas emociones.

A partir de los millones de datos brutos registrados durante una polisomnografía se elaboran unos gráficos, en los que se resumen las fases por las que atraviesa el sueño a lo largo de toda la noche, son los hipnogramas (Figura 1-1).

Figura 1-1. El sueño es una sucesión ciclos y de fases. En la imagen superior aparece un ciclo de sueño con sus diferentes fases, tres de sueño NREM (N1, N2 y N3) y una de sueño REM. Encima de cada fase se muestra el patrón de ondas del electroencefalograma que permite diferenciar las fases del sueño. En la parte inferior de la imagen se puede ver una noche completa, compuesta, en este caso concreto, por cuatro ciclos de sueño. A lo largo de la noche, el sueño REM va aumentando, mientras que el sueño N3 va disminuyendo. Cuando ocurre un despertar durante o al finalizar un sueño REM, podemos recordar lo que estábamos soñando en ese momento.

¿Por qué duermen los animales?

Esta es la primera pregunta que nos deberíamos hacer cuando hablamos de sueño. ¿Por qué duerme el gorrión sobre la rama, el delfín en medio del océano, o el vencejo mientras está volando? Dormir es una constante en el mundo animal y, sin embargo, la ciencia aún no ha respondido con claridad a esta pregunta.

En este punto, debemos volver al comienzo del capítulo y recordar lo que aprendimos sobre la selección natural y aquello que decía Dobzhansky de que esta nunca se equivoca. Si la selección natural ha permitido la existencia del sueño durante cientos de millones de años, ha de ser por algo muy importante: o bien el sueño cumple funciones vitales para el organismo que no se pueden realizar mientras se está despierto (teoría funcional), o bien proporciona una ventaja adaptativa que mejora la supervivencia (teoría evolutiva). O quizás ambas razones expliquen su existencia.

¿Qué hace el sueño por nosotros?

Para empezar, dormir permite que el cuerpo realice tareas esenciales que no puede ejecutar mientras está despierto: reparaciones celulares, limpieza del cerebro, reajuste de conexiones neuronales, consolidación de la memoria, ahorro energético… Dormir sería algo así como llevar el coche al taller, no se puede reparar mientras está en marcha. Del mismo modo, la desconexión temporal necesaria para reparar el organismo es incompatible con estar despierto y activo.

Se puede vivir más tiempo sin comer que sin dormir.

Ahora bien, cuando tomamos células del cuerpo humano, por ejemplo, del hígado o del corazón, y las cultivamos en un laboratorio, observamos que respiran y se nutren, pero no duermen. Las células aisladas siguen mostrando sus ritmos circadianos (unas funciones se activan, otras se atenúan según el momento del día), pero eso no es dormir. El sueño, por tanto, no es una necesidad para las células aisladas, sino una propiedad emergente del organismo entero, y más concretamente de aquellos animales dotados de un sistema nervioso suficientemente complejo. En otras palabras, el sueño no aparece en organismos unicelulares como las bacterias o protozoos y, sin embargo, en cuanto el sistema nervioso alcanza cierta complejidad, dormir se vuelve imprescindible.

¿Qué ocurre si no dormimos?

El sueño no es opcional. No dormir tiene consecuencias muy graves. El caso más famoso es el de Randy Gardner, un adolescente que permaneció despierto durante 11 días bajo supervisión médica. No se durmió, pero su cerebro sí. Sufrió microsueños, alucinaciones, delirios, disociaciones, pérdida de coordinación, paranoia. Si, en lugar de estar protegido en un laboratorio, hubiese vivido en una tribu de cazadores-recolectores, Randy apenas habría sobrevivido unos días.

En animales de laboratorio, la privación total de sueño es letal. Primero aparece la irritabilidad, luego el deterioro cognitivo, inmunitario, hormonal y metabólico. Se producen escalofríos, pérdida de peso, lesiones cutáneas… y en una o dos semanas, la muerte por fallo multiorgánico. Por tanto, parece claro que el sueño cumple funciones vitales que no pueden sustituirse por un simple descanso.

En clave de sueño

¿Puede el cerebro estar despierto y dormido al mismo tiempo?

Según la hipótesis del neurocientífico James M. Krueger, el sueño no aparece como resultado de apagar un interruptor que lo desconecta todo en un instante, más bien actúa como una onda expansiva que inunda el cerebro progresivamente. Distintas regiones de la corteza cerebral se desconectan escalonadamente, en una especie de reacción en cadena que puede terminar sumiéndonos en la inconsciencia.

Esta idea ayuda a explicar fenómenos tan curiosos como el sonambulismo. Durante estos episodios, algunas áreas motoras del cerebro siguen activas, lo suficiente como para caminar, esquivar muebles o incluso abrir puertas, mientras las zonas responsables de la consciencia y la memoria permanecen dormidas. Por eso los sonámbulos no recuerdan nada de lo que hicieron en sus paseos nocturnos.

En el reino animal, este «sueño parcial» es aún más evidente. Delfines, focas y muchas aves pueden dormir con un solo hemisferio cerebral, manteniendo un ojo abierto y el cuerpo en movimiento.

Quizá por eso nos sentimos lentos al despertar, ya que necesitamos un tiempo para reconectar, una a una, las columnas corticales (lo que se conoce como inercia de sueño). Y, muy probablemente, cuando no hemos dormido lo suficiente, sigamos funcionando con el cerebro a medio gas, con algunas columnas de neuronas que entran en sueño justo cuando otras comienzan a activarse, como si el sistema nunca terminara de activarse del todo.

La próxima vez que te acusen de no hablar por la mañana, culpa a tu corteza cerebral: aún no ha terminado de despertarse.

Krueger, J. M., Nguyen, J. T., Dykstra-Aiello, C. J., & Taishi, P. (2019). Local sleep. Sleep Medicine Reviews, 43, 14–21. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2018.10.001

¿Se puede eliminar el sueño mediante selección genética?

Si el sueño fuera prescindible podríamos eliminarlo mediante selección artificial. Eso intentó un equipo de investigadores del Laboratorio de Genética de Sistemas de Bethesda (Estados Unidos), liderado por Susan T. Harbison. Seleccionaron moscas de la fruta, eligiendo las que dormían menos. Al principio dormían unas 7,5 horas al día; al cabo de trece generaciones ya solo dormían 2 horas. Pero no se pudo reducir más el tiempo de sueño. Incluso en un entorno protegido, sin depredadores ni ciclos luz-oscuridad, dormir menos tenía un límite.

En una segunda fase del experimento, dejaron que las moscas se reprodujeran libremente. Sorprendentemente, las que habían sido seleccionadas para dormir poco, volvieron gradualmente a dormir lo habitual. Parecía que dormir menos no les proporcionaba ninguna ventaja competitiva, al contrario. El experimento probó que el tiempo de sueño es heredable, pero también que existen límites biológicos y que, si se le permite, tiende a alcanzar un equilibrio con la vigilia que depende de las especies y de las condiciones en las que viven. Como dijo el neurocientífico Allan Rechtschaffen: «Si el sueño no cumple una función vital, entonces es el mayor error que ha cometido la evolución».

¿Cómo actúa la selección natural frente al sueño?

La selección natural sabemos que facilita la supervivencia y reproducción de los organismos mejor adaptados. Entonces, ¿la selección natural favorece el sueño o simplemente lo tolera como una necesidad incómoda? Si la selección natural ha mantenido el sueño en todos los animales y en sus diferentes formas, es porque no ha encontrado una forma más eficiente de llevar a cabo la restauración del cuerpo que la de dormir.

Dormir nos permite estar más alerta y ser más competitivos durante el día, pero también podría habernos ayudado a pasar desapercibidos en momentos en los que era mejor no actuar. Además, la selección natural ha moldeado el sueño de los animales, optimizando su duración, el momento en que se produce y la forma en que se lleva a cabo.

Dormir para sobrevivir mientras estamos despiertos

Dormir hace a los animales más competitivos y con mayor capacidad de supervivencia y reproducción. Un animal que no duerme se vuelve más torpe, lento, menos capaz de tomar decisiones adecuadas, cazar, defenderse o recordar rutas y amenazas. En cambio, un animal que ha dormido está más alerta, con reflejos afinados, mejor coordinación motora y mayor capacidad cognitiva y emocional.

Desde el punto de vista evolutivo, los individuos que dormían lo suficiente tenían más éxito en detectar depredadores, encontrar alimento, reproducirse y adaptarse al entorno. Por eso, aunque dormir parezca una desventaja porque implica estar inactivo y vulnerable, la alternativa —no dormir— es aún peor. Un animal crónicamente privado de sueño es presa fácil, toma malas decisiones y puede enfermar y morir incluso sin haber sido atacado.

En clave de sueño

¿Y si el sueño sirviera para cargar las baterías del cerebro?

Alessandro Morelli acaba de proponer un nuevo modelo para explicar por qué dormimos. Aporta pruebas de que el sueño no solo restaura funciones mentales, sino que sirve literalmente para recargar el cerebro, igual que se recarga una batería. La mielina —esa capa de lípidos que recubre las fibras nerviosas y que acelera la trasmisión nerviosa— acumula energía como si fuera una batería. Esta energía no se almacena en forma de electricidad, sino como protones atrapados en proteínas especializadas presentes en altísima concentración en la mielina.

Esta energía se libera al despertar y se utiliza para la producción de ATP, el combustible necesario para mantener la actividad cerebral durante la vigilia. Si no dormimos, estos depósitos no se llenan, el cerebro funciona «a medio gas», y la mielina comienza a degradarse, como se ha observado en estudios de privación de sueño.

Otra idea fascinante del modelo es que el tiempo de sueño que necesita cada especie y cada individuo podría depender de la cantidad de mielina disponible para almacenar energía. Animales con cerebros con más mielina como los humanos o los elefantes, necesitan dormir menos tiempo para «cargar» lo suficiente. También explica por qué los adultos, con mayor proporción de mielina, necesitan dormir menos que los bebés, cuya mielina aún no se ha desarrollado.

En conjunto, este modelo replantea el sueño como un proceso de recarga bioenergética en la que la mielina, y las células gliales que producen esta membrana de lípidos, son los verdaderos protagonistas. ¿Estaremos asistiendo a una nueva revolución en nuestra comprensión del sueño?

Morelli, A. M., Saada, A., & Scholkmann, F. (2025). Myelin: A possible proton capacitor for energy storage during sleep and energy supply during wakefulness. Progress in Biophysics and Molecular Biology, 196, 91–101.

¿Están los animales en peligro mientras duermen?

A primera vista, podría parecerlo. Imagina que eres un gorrión dormido sobre la rama de un olivo, expuesto a ser devorado por el gato del vecino. Seguramente te inquietarías y serías plenamente consciente del peligro que representa el acto de dormir para tu supervivencia en estado gorrionil. Pero, a pesar del riesgo, y parafraseando a Galileo, quien ante la Inquisición terminó diciendo, refiriéndose a la Tierra, «E pur si muove», podríamos decir, en relación con el sueño: «Y, sin embargo, se duerme». ¡Qué inconsciencia la del gorrión! Pero detengámonos aquí. ¿Y si estuviéramos equivocados? ¿Y si, en realidad, dormir fuera más seguro que permanecer despierto en mitad de la noche?

Observemos la escena anterior desde otro punto de vista. Durante el sueño, el gorrión está quieto, mimetizado, invisible. De noche no podría volar ni ver al depredador. Entonces, ¿no es más sensato quedarse inmóvil, sin hacer ruido? El sueño impone esa quietud en el momento en que la actividad sería inútil o, más aún, peligrosa. A veces dormir salva la vida más que permanecer vigilante cuando no puedes ver ni huir. Además, ya que se necesita de una desconexión periódica para reparar el cuerpo, mejor hacerlo cuando no se puede hacer otra cosa útil.

¿De día o de noche?

En un planeta que gira, con días y noches, no tiene sentido estar igual de activos las 24 horas. La selección natural ha obligado a cada especie a especializarse en uno de los dos mundos: la Tierra diurna o la Tierra nocturna.

El murciélago ha conquistado la noche con su sonar natural, la ecolocalización. El águila, con una vista capaz de detectar un ratón a más de un kilómetro, ha centrado su actividad en el día. Pero ninguno triunfa por igual en ambos mundos. El cuerpo no puede estar igualmente adaptado a las exigencias de la noche y del día a la vez. Así que el momento más «improductivo» (la noche para los animales diurnos, el día para los nocturnos) se convierte en la franja ideal para dormir.

Pero no a todos les gusta esta elección: algunos se activan al amanecer y al anochecer, cuando la luz es suave y las temperaturas son más benignas, son los animales crepusculares. Otros han desarrollado un comportamiento excepcional con respecto al sueño, son los animales duales, capaces de cambiar su patrón de actividad de diurno a nocturno según las condiciones ambientales. Un ejemplo lo estudiamos en nuestro Laboratorio de Cronobiología y Sueño: se trata del degu (Octodon degus), un roedor de las zonas semiáridas de Chile. En invierno es diurno, pero en verano se vuelve nocturno, lo que le permite evitar el calor de las horas centrales del día. Y lo más curioso es que este cambio, que puede completar en un solo día, se puede inducir a voluntad en el laboratorio modificando únicamente la temperatura ambiental.

Y aquí llega otra idea clave: dormimos justo cuando menos útiles seríamos despiertos. Como el gorrión, que no vuela de noche. Como el ratón, que se esconde cuando hay luz. Como el degu que cambia el momento de dormir según la temperatura ambiental.

¿Cuánto duermen los animales?

El sueño apareció hace unos 600 millones de años en los primeros organismos dotados de sistema nervioso. Hace 200 millones ya estaba presente en los primeros mamíferos, y hace 55 millones, en los primates. Desde entonces, ha adoptado formas diversas y sorprendentes.

Figura 1-2. Cuánto, cómo y cuándo duermen los animales viene definido por tres coordenadas: el riesgo de depredación, el contenido energético de su dieta y las adaptaciones a la vida diurna o nocturna. Los animales que más duermen suelen ser los que se alimentan con dietas muy energéticas (carnívoros) y que además carecen de depredadores naturales, como ocurre con el león. En cambio los herbívoros, como la gacela, presa habitual de grandes carnívoros, solo pueden dormir en cortos períodos de tiempo.

En los mamíferos, el tiempo de sueño varía enormemente: desde las escasas tres horas de una jirafa hasta las más de veinte de un perezoso. ¿Por qué tanta diferencia? La clave está en el equilibrio entre riesgos y beneficios que cada especie debe mantener, un equilibrio evaluado por el juez implacable de la evolución: la selección natural. Un antílope que duerme en la sabana se expone a los depredadores, mientras que el león, tras devorar a su presa, puede dormir sin miedo bajo una acacia. Por eso, los carnívoros suelen dormir más que sus presas, que deben mantenerse siempre alerta.

Pero también hay razones energéticas: los herbívoros, se alimentan con dietas muy pobres en energía, por tanto, necesitan ingerir grandes cantidades de alimento para obtener las calorías suficientes. En cambio, los carnívoros pueden alimentarse en una sola comida y luego descansar durante días. Por esto, jirafas y elefantes, pese a su gran tamaño y escasez de depredadores, apenas duermen unas pocas horas, ya que necesitan pasar mucho tiempo despiertos, alimentándose.

En resumen, los animales duermen porque:

Necesitan desconectar periódicamente para reparar el cuerpo, para resetear sus funciones, especialmente las que se refieren al sistema nervioso.

Ese reseteo les hace más competitivos durante el tiempo en el que están despiertos.

El tiempo dedicado al sueño es el resultado del balance entre los riesgos y beneficios de dormir.

La selección natural les empuja a aprovechar los momentos en los que por sus adaptaciones fisiológicas sensoriales no le permiten hacer otras cosas.

Si no es posible aprovechar el día o la noche para dormir, se selecciona la mejor estrategia para hacerlo y así aparecen los animales con sueño unihemisférico, los que no duermen durante las migraciones o los duales que pueden invertir sus horarios de sueño.

¿Cómo duermen los animales?

Como el sueño no es opcional y comporta algunos riesgos, los animales han ideado diferentes estrategias para dormir del modo más seguro posible.

Primera: dormir en grupo, porque hay más ojos abiertos y menos posibilidades de convertirse en presa.

Segunda: elegir refugios seguros, como madrigueras, auténticos búnkeres naturales.

Y tercera, la más ingeniosa: dormir solo con medio cerebro, una capacidad que dominan delfines y aves. Un buen ejemplo de esta forma de dormir son los vencejos, esas aves que vemos en verano surfeando entre las corrientes de aire y que pueden pasar diez meses sin posarse sobre una superficie. Vuelan mientras duermen, porque tienen la capacidad de dormir de forma alterna con una mitad de su cerebro, lo que se conoce como sueño unihemisférico.

El sueño de medio cerebro (unihemisférico) desafía nuestros límites imaginativos, mostrando que la naturaleza adapta el sueño a lo imposible.

Los delfines y otros cetáceos también duermen de forma unihemisférica, pero por una razón adicional: deben subir a la superficie para respirar. A diferencia de los humanos, no pueden hacerlo de forma automática mientras duermen. Además, han de vigilar a sus crías, que podrían ahogarse si no las empujan regularmente hacia la superficie para tomar aire. Este modo de dormir en condiciones extremas confirma que el sueño es vital y debe cumplirse de un modo u otro.

Depredadores, presas, herbívoros, carnívoros, diurnos, nocturnos… La naturaleza no ha dejado a ningún animal ni ningún momento libre de sueño. Ahora, viajemos al pasado para descubrir cómo dormía la más inquieta de todas las criaturas: el ser humano.

2.Dormir en el suelo

Durante tres millones de años fuimos cazadores-recolectores, y fue a través de las presiones evolutivas de ese modo de vida que finalmente surgió un cerebro tan adaptable y tan creativo. Hoy vivimos con cerebros de cazadores-recolectores en nuestras cabezas, contemplando un mundo moderno hecho cómodo para algunos por los frutos de la inventiva humana, y hecho miserable para otros por el escándalo de la privación en medio de la abundancia.

Richard Leakey

Pocas cosas son comparables a la ilusión que sienten los niños cuando suben a una cabaña en un árbol, o a la atracción que les produce observar el fuego de una hoguera. Fuego y árboles están en el origen del sueño humano tal y como hoy lo conocemos. ¿Será por eso por lo que tanto nos fascinan?

En este capítulo veremos cómo evolucionó el sueño de los homininos (se utiliza el término homininos para referirse a todos las especies de humanos, mientras que el de homínidos alude también a los grandes primates, gorilas, chimpancés, bonobos y orangutanes) cuando bajaron de los árboles y pasaron a dormir en el suelo protegidos por la luz y el calor del fuego.

Se duerme mejor en el suelo

Nuestro sueño y el de nuestros parientes más próximos, gorilas, chimpancés, bonobos y orangutanes, difiere en dos aspectos principales: en primer lugar, nosotros tenemos un sueño más corto y con mayor proporción de sueño REM y, en segundo lugar, dormimos en el suelo, mientras que ellos suelen hacerlo en camas construidas en los árboles. ¿Podría ocurrir que estos dos hechos estén conectados entre sí? Parece que así es. Dormir en el suelo nos ha permitido hacerlo más profundamente y, por tanto, necesitar menos tiempo de sueño.

Cada noche, los grandes simios construyen una nueva cama, eligiendo árboles estables y robustos. Dormir en camas arbóreas les ofrece una serie de ventajas: les proporciona una mínima estabilidad, los aleja de los depredadores terrestres, reduce el riesgo de picaduras de insectos al elevarlos del suelo, aprovechando además el follaje como repelente natural, y mejora su aislamiento térmico al estar rodeados de aire.

Sin embargo, no todo son ventajas. Dormir en las alturas aumenta las posibilidades de caer y sufrir graves lesiones. Por eso, su sueño es más superficial y fragmentado que el de los humanos, lo que les obliga a dormir durante más tiempo para alcanzar un descanso suficientemente reparador. Además, hay dos fases del sueño que conllevan un riesgo aumentado de caídas, la N3 del sueño NREM y el sueño REM. La fase N3 es la más profunda, se caracteriza por una desconexión sensorial casi total y un umbral muy elevado para despertar. Por su parte, el sueño REM, asociado a la pérdida casi completa del tono muscular, implica un estado de gran vulnerabilidad. Por eso, dormir sobre ramas o en lugares elevados no favorece ni el sueño profundo ni el REM, ya que ambos requieren un entorno más seguro para poder alcanzarse plenamente.

Los humanos somos los homínidos que dormimos menos tiempo, pero a la vez los que más necesitamos dormir en REM.

Se cree que los primeros homininos, como el Australopithecus (entre cuatro y dos millones de años atrás), seguían durmiendo en los árboles. Sin embargo, todo indica que el Homo erectus (entre 1.800.000 y 300.000 años atrás) fue el primero que comenzó a dormir habitualmente en el suelo.

Pero ¿cómo se las arreglaron nuestros antepasados para dormir en tierra firme sin la protección que les aportaba la seguridad de los árboles?

El fuego, un aliado del sueño

Para contrarrestar la pérdida de beneficios de las camas en los árboles, el Homo erectus evolucionó incorporando nuevos comportamientos, adaptaciones y tecnologías. Una de estas tecnologías fue el uso del fuego. De nuevo, se cree que el primero en utilizarlo de forma controlada fue el Homo erectus. Por tanto, nuestra relación amigable con el fuego tiene ya más de un millón de años de antigüedad, ¡cómo no vamos a sentirnos hipnotizados por su presencia!

El fuego durante la noche ayudó a luchar contra los tres riesgos principales asociados a dormir en el suelo: alejar a los depredadores, repeler a los insectos y conservar el calor. Además, el fuego de la hoguera también facilitó la cohesión social del grupo al estimular la comunicación durante las horas previas a ir a dormir.

Bajar de los árboles y dormir en el suelo aumentó el sueño profundo y el sueño REM, y eso nos hizo más humanos.

En el suelo, una vez eliminado el peligro de las caídas de los árboles y protegidos por el fuego y la seguridad que aporta el grupo, el Homo erectus y las especies de homíninos que le sucedieron podrían haber evolucionado incrementando la proporción de sueño NREM profundo y REM, lo que aumentó la capacidad regeneradora de su sueño y les permitió reducir su duración.

Otro efecto del fuego fue el de transformar los alimentos para destruir toxinas y microbios, hacerlos más digeribles y mejorar su aprovechamiento metabólico. Esto permitió a los sapiens reducir el tiempo que pasaban comiendo, limitándolo al 5 % de su tiempo despiertos, frente al 37 % de los chimpancés. Si sumamos la reducción del tiempo dedicado a dormir y a comer, obtenemos una importante liberación de tiempo, que pudo ser de ¡hasta 8 horas al día! Además, el uso del fuego habría aumentado la duración del día al extender la luz durante las primeras horas de la noche, lo que permitió aprovechar aún más el tiempo de vigilia activa.

Dormir en el suelo nos hizo más humanos

Dormir más profundamente nos hizo más creativos e inteligentes. Al abandonar los árboles y descansar sobre el suelo, protegidos por el grupo y el fuego, nuestros antepasados pudieron dormir de forma más continua y segura. Así, el sueño fue ganando en profundidad durante la fase NREM y se extendió el tiempo dedicado al sueño REM, una transformación evolutiva que trajo consigo al menos tres grandes ventajas cognitivas.

La primera fue una mejor preparación ante los peligros que les acechaban. Durante el sueño REM, las ensoñaciones actuaban como un simulador de realidad virtual, permitiéndoles recrear situaciones amenazantes y ensayar respuestas sin exponerse a riesgos reales.

La segunda ventaja fue un impulso a la creatividad y a la capacidad de innovación. Los sueños abrían caminos inesperados, sugerían combinaciones nuevas y ofrecían soluciones originales a los desafíos cotidianos, facilitando la adaptación y el progreso.

Por último, la mayor profundidad del sueño, especialmente el incremento de la fase N3 del NREM, fortaleció la memoria a largo plazo. Gracias a ello, nuestros antepasados podrían recordar dónde encontrar agua o alimentos, cómo tallar herramientas de piedra o identificar a los miembros de su grupo.

Dormir en el suelo y dominar el fuego transformó nuestra forma de dormir al conseguir un sueño más profundo y reparador y ganar más horas para el fortalecimiento de los lazos grupales. En definitiva, dormir en el suelo, acompañados por el fuego, nos hizo más humanos.

El sueño hace 100.000 años

¡Cuánto daría por ver cómo vivían los sapiens en el África ecuatorial hace 100.000 años! Sin embargo, aunque no podemos viajar atrás en el tiempo, aún tenemos la suerte de poder contactar con tribus que viven ancladas en la Prehistoria con un modo de vida similar al de nuestros ancestros cazadores-recolectores. Entre ellas se encuentran los hadza del norte de Tanzania, los san del desierto del Kalahari (Botswana, Sudáfrica y Namibia), los tsimane de Bolivia o los toba del norte de Argentina. Estas comunidades continúan viviendo según los ritmos naturales de la tierra, resistiéndose a perder sus esencias y a ser colonizadas por la sociedad de las prisas, la eficiencia y el consumo.

Todas ellas comparten ciertos rasgos: una actividad física elevada; una vida al aire libre, expuesta a la luz natural; noches oscuras, iluminadas solo por el fuego; y una alimentación basada en lo que la naturaleza les proporciona, con una mínima transformación de los alimentos. De entre todos, los hadza son el grupo más estudiado en lo que respecta al sueño. Estos grupos, nómadas o seminómadas, formados por unas 25-30 personas, basan el 43 % de su dieta en la caza, complementada con frutas, raíces y semillas recolectadas.

Su vida transcurre casi por completo al aire libre. Aunque las mujeres construyen chozas de ramas y paja para refugiarse durante las noches adversas, la mayoría de las veces duermen a la intemperie sobre pieles de impala. En general, no usan almohadas; a lo sumo, apoyan la cabeza en irregularidades del suelo o en telas enrolladas.

La palabra insomnio no existe entre las tribus actuales de cazadores-recolectores.

Los hadza, los san y los tsimane, aunque son biológica y culturalmente diferentes, muestran patrones de sueño muy similares. Uno de los hallazgos más llamativos es que en ninguno de estos grupos existe una palabra para el insomnio. Sin embargo, algunos individuos presentan dificultades para conciliar el sueño (1,5 %) o para mantenerlo (2,5 %), pero esto no les genera preocupación ni ansiedad. En contraste, en nuestras sociedades postindustriales, entre un 10 y un 30 % de la población sufre insomnio crónico.