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A partir de estrategias y herramientas para sincronizar tus cuatro tiempos —interno, ambiental, metabólico y social—, este libro te ayudará a restaurar el sueño y los ritmos perdidos. De la mano de uno de los mayores expertos en la ciencia de la cronobiología, la lectura de estas páginas te revelará una nueva dimensión de tu vida y del tiempo. Cronobiología es el libro que la sociedad moderna necesitaba.
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Seitenzahl: 287
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Cronobiología
Una guía para descubrir tu reloj biológico
Juan Antonio Madrid
Primera edición en esta colección: septiembre de 2022
© Juan Antonio Madrid, 2022
© de las ilustraciones de cubierta e interior, Beatriz Rodríguez Morilla, 2022
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2022
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-18927-39-3
Diseño de cubierta y fotocomposición: Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
A Juana, que rompió mi burbuja y desde entonces siempre me ha acompañado en este largo viaje.
A mi hijo Carlos, por recoger el testigo de la investigación y la docencia y enriquecerlo, además, con el cuidado de sus pacientes.
A mi hijo Eduardo, por su coherencia y honestidad, y por sus continuos retos –no siempre exitosos– para hacerme pensar.
A Beatriz, por haberse implicado en nuestro mundo y convertirse en cuidadora de sueños.
«Todos los seres vivos son osciladores. Vibramos seamos amebas o humanos, palpitamos, nos movemos rítmicamente, cambiamos rítmicamente, marcamos el tiempo […]. Ese pulso constante delicado y complejo es el producto mismo de la vida hecho visible.»
Contar es escuchar, Ursula K. Le Guin
Desde que descubrí la cronobiología, hace más de cuarenta años, mi pasión como investigador ha sido la continua búsqueda de los ritmos y relojes que acompasan la vida. Todo ciclo, ya sea el día, el año o la propia vida, tiene cuatro etapas: una subida, una cumbre, una bajada y un valle o nadir. El amanecer, la primavera y la juventud representan la subida, la explosión de la vida. El día, el verano y la madurez nos marcan la cumbre, es el momento de la plenitud. El crepúsculo, el otoño y el inicio de la vejez conforman la bajada del ciclo, cuando la vida se vuelve hacia adentro. Finalmente, la noche, el invierno y la senectud representan el valle; es la etapa donde domina el sueño de la naturaleza, la que permite volver a renacer.
Este libro te quiere mostrar la utilidad y belleza de los ritmos, con especial atención a su parte más olvidada: el nadir y la noche, momentos donde reina el silencio, la quietud y el sueño. Cuando me decidí a escribirlo, quise que la propia organización del libro reflejara estos ciclos, por lo que este se divide en cuatro bloques (las estaciones), doce capítulos (los meses) y cincuenta y dos apartados (las semanas).
Las primeras notas del libro las escribí cuando viajaba de vuelta a casa desde Burgos. El día anterior estuve a pocos centímetros del cráneo de Miguelón, un antecesor nuestro de 400.000 años de antigüedad, que tímidamente aprendió a construir herramientas y a domesticar el fuego, y cuyos descendientes, miles de años más tarde, levantaron los primeros observatorios astronómicos. Durante millones de años de evolución, nuestro cuerpo permaneció fiel a su diseño biológico, adaptado a dormir y ayunar por la noche, a correr detrás de una presa o caminar largas jornadas bajo la luz del sol. Por el contrario, hoy vivimos sentados ante una pantalla, haciendo clics en el ratón de un ordenador. En este entorno, la luz artificial ha reemplazado el ciclo natural del sol, el sedentarismo se ha impuesto al movimiento y han hecho aparición los rígidos horarios de trabajo, que a menudo entran en conflicto con nuestros relojes biológicos, lo que genera muchas de las enfermedades propias de las sociedades desarrolladas, como diabetes, obesidad, depresión, cáncer, insomnio e hipertensión.
Este libro es una historia de sueños, ritmos, relojes y tiempos contada por un relojero de la vida. Pretende ayudar a reintegrar el ser humano a la naturaleza y armonizar la relación perdida entre nuestros cuatro tiempos: biológico, ambiental, metabólico y social.
Karl Popper, uno de los filósofos de la ciencia más importantes del siglo XX, en su conferencia «Sobre nubes y relojes», dictada en la Universidad de Washington en 1965, planteaba que en nuestro mundo existen dos tipos de cosas: los relojes y las nubes. El reloj representa todo aquello que sucede de un modo previsible, que sabemos cuándo y cómo va a acontecer. Por el contrario, la nube es la imagen de lo imprevisible, de lo que en nuestra vida representa la incertidumbre. Todos los seres vivos tratan de evitar la incertidumbre; también los humanos. Sin embargo, la vida se basa precisamente en incorporar dosis de incertidumbre en medio de muchas certezas.
Mis primeros recuerdos se remontan a la cocina de la casa de mis abuelos en un estrecho valle de Cartagena, donde jugaba a darle vueltas a un reloj de arena y esperaba atento el momento en que todos los granos acabaran cayendo. A unos metros, en el comedor, un enorme y misterioso reloj de pared que nunca paraba su tictac balanceaba su péndulo y, al mediodía, un cuco salía de su escondite y cantaba las horas. En ese mundo de agricultores, la salida y puesta del sol, el lucero del alba, el canto de los gallos, la luna llena, la floración de los almendros, la vendimia, la siega del trigo o la recogida de la miel, la aceituna y las granadas, junto con los caprichos de esa máquina embrujada donde vivía un cuco, transcurrían de un modo apacible, rítmico, preciso, sin prisas, que me sumergía en el fluir periódico de la naturaleza. Esta casa y este ambiente fueron mi escuela de cronobiología, y a partir de esas experiencias me convertí en un relojero, uno al que le gustan los relojes que no marcan las horas.
Cada uno de estos relojes y sus tiempos están también repartidos por nuestro cuerpo. El reloj de arena está en cada una de nuestras células y es un reloj con un único ciclo, así que cuando cae el último grano de arena la vida se termina. Es el reloj de los telómeros, unas estructuras de los cromosomas que se acortan con el paso del tiempo y que, llegado un momento, ponen punto y final a nuestra existencia.
El reloj de cuco se esconde en las profundidades de nuestro cerebro, en los núcleos supraquiasmáticos, dos núcleos gemelos que actúan como nuestro director de orquesta y que están formados por unos pocos miles de neuronas que se localizan muy cerca del lugar donde se controla el hambre, la sed o la temperatura. Pero el control del tiempo es demasiado importante para dejarlo solo en manos del director de orquesta, por lo que cada grupo instrumental (órganos y tejidos del cuerpo) y cada músico (células) tiene su propio reloj. Con el tiempo descubrimos que la orquesta (a la que a partir de ahora llamaremos sistema circadiano o reloj biológico) no se comporta como una estructura donde el director lo controla todo, sino como una intrincada red de ritmos, relojes y tiempos. Cuando la comunicación fluye entre ellos, su tictac acaba produciendo una música: la vida misma.
La música del cuerpo
La idea de que los ritmos circadianos son como la música de una orquesta no es solo una metáfora; en realidad ya hemos podido escuchar la música de algunos pacientes estudiados en nuestro laboratorio de cronobiología y sueño. Salvador Bará, un amigo físico de la Universidad de Santiago, me pidió datos reales acerca de personas para convertir los datos numéricos de esos ritmos en música. A los pocos días tenía en mi correo dos archivos de música: una era rítmica, armónica y agradable, y pertenecía a una persona con excelentes ritmos; la otra era una sucesión de ruidos, a veces chirriante, y era de un joven con cronodisrupción (desajuste de ritmos biológicos). Era la primera vez que escuchaba una música surgida de los ritmos de la vida. ¿Detectaremos algún día las alteraciones de los ritmos y del sueño escuchando su música?
Cada uno de los músicos lee una parte de su propia partitura (código genético y genes reloj), pero, además, recibe las señales del director de orquesta (núcleos supraquiasmáticos del hipotálamo). Sin embargo, el tempo de la partitura lo marcan unos metrónomos externos, los sincronizadores ambientales, metabólicos y sociales, que ajustan los ritmos del director y sus músicos al ciclo diario de veinticuatro horas.
Disponer de múltiples relojes acarrea sus ventajas; la principal es la de poder anticipar un acontecimiento periódico, por ejemplo, la comida, o el despertar, y preparar nuestro cuerpo y nuestra mente para adelantarse a lo que va a ocurrir. Esto lo describe magistralmente Antoine de Saint-Exupéry en El Principito: «Hubiese sido mejor venir a la misma hora –dijo el zorro–. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré… Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón. Los ritos son necesarios». Cambia la palabra ritos por ritmos y tendrás la explicación de por qué tenemos relojes biológicos.
Nuestro sentido del tiempo no se limita al que nos dicta el reloj biológico. De hecho, esas horas interminables durante los días de confinamiento por la pandemia de la COVID-19 o esos años que, al llegar la vejez, se nos escapan sin darnos cuenta nos hablan de otro tiempo: el tiempo mental, que recordamos como tiempo vivido y que no solo tiene que ver con los años que hemos cumplido.
Incorpora los ciclos a tu vida
Siempre que puedas, utiliza señales de tiempo que devuelvan los ciclos a tu vida: consume productos de temporada o reserva ciertas comidas a una época del año, como Navidad, Pascua o verano.Comienza a darte cuenta de las sensaciones del calor del verano o de la estimulante sensación del frío en la cara cuando empieza a nevar.Mira cómo está la Luna en cada momento o si los días se acortan o se alargan, pues te hará ser más consciente de los ciclos naturales con los que ha estado sincronizada nuestra vida durante millones de años.Aprecia el valor del cambio, del contraste. Evita comer de todo durante todo el año, mantener la temperatura constante en invierno y verano, iluminar por igual el día y la noche y llenar de ruido los días y las noches.Mucho antes de que abramos los ojos al mundo, desde el mismo momento de la concepción, se pone en marcha un reloj de arena que implacablemente va dejando caer sus granos hasta que finalmente se agota. En la vida humana, los granos de arena son los eslabones de la cadena de ADN de los telómeros, que son fragmentos de ADN situados al final de cada uno de los cromosomas de nuestras células que impiden que las cadenas de ADN se desorganicen.
En 1965, Leonard Hayflyck, un investigador interesado en explicar por qué envejecemos, planteó una atractiva teoría que venía a decir que las células de nuestro cuerpo se dividen un número limitado de veces, y que cuando pierden esta capacidad, envejecen y mueren. La única excepción a esta regla son las células inmortales (células cancerosas), las células germinales (reproductivas) y algunas células que no se dividen en el individuo adulto, como las neuronas y las fibras musculares cardíacas. Y la explicación a por qué nuestras células tienen limitada su capacidad para dividirse es que, cada vez que esto ocurre, la longitud de los telómeros se acorta. El reloj de los telómeros se pone en marcha cuando el óvulo es fecundado, momento en el cual tenemos aproximadamente unos quince mil eslabones del ADN telomérico, pero nueve meses más tarde, al nacer, ya solo nos quedan diez mil. Sin embargo, con el paso de los años las células se dividen cada vez con menos frecuencia y al final de la adolescencia tan solo hemos consumido dos mil eslabones más. Desgraciadamente, no podremos gastarlos todos, ya que, cuando queden cuatro o cinco mil, las células no podrán dividirse más y entrarán en un período llamado de senescencia que acaba con la muerte celular. Por lo tanto, para los últimos sesenta años de vida, desde el final de la adolescencia hasta la muerte, disponemos de una reserva de unos tres mil «granos de arena» que hemos de dosificar de la mejor forma posible.
A pesar de todo, una enzima llamada telomerasa puede reservarnos agradables sorpresas, pues es capaz de evitar, o incluso de alargar, los telómeros cuando se activa. Entonces, ¿por qué no activamos la telomerasa y así evitamos la muerte o, al menos, alargamos la vida? La idea parece atractiva, pero, en lo que se refiere a la vida, nada es casual y todo tiene su precio; en este caso, el aumento del riesgo de padecer cáncer.
Cuando trabajaba en el Departamento de Fisiología de la Universidad de Extremadura, en Cáceres, utilizamos una línea celular para investigación que procedía de un tumor humano, concretamente de un tumor de útero de Henrietta Lacks (de ahí el nombre de células HeLa), quien murió a consecuencia de este en 1951 y cuyas células tumorales han continuado dividiéndose hasta la actualidad. Eran inmortales porque la telomerasa permanecía activada indefinidamente.
Más pronto que tarde quizá podamos hacer trampas con nuestro reloj de arena y darle la vuelta de vez en cuando. Pero, a día de hoy, ¿podemos hacer algo para frenar el reloj de arena? En realidad sí que podemos, nos bastaría con cambiar algunos hábitos de vida, ya que eso puede retrasar el acortamiento de los telómeros. En la lista de lo que debemos evitar se incluye: el estrés crónico, los tóxicos como el alcohol y el tabaco, el sedentarismo, la luz por la noche, el insomnio, los contaminantes ambientales, la alteración de los ritmos biológicos o cronodisrupción y la obesidad, entre otros.
¿Cómo proteger los telómeros?
Sigue una dieta rica en vegetales y fibra, antioxidantes, vitaminas y fitonutrientes.Incorpora el hábito de realizar actividad física moderada, ya que disminuye el estrés oxidativo y la inflamación del cuerpo, lo que ayuda a proteger los telómeros.Selecciona alimentos ricos en folato (soja, espinacas, cacahuetes, nueces, guisantes, col, naranjas…) en lugar de los suplementados con su variación sintética (ácido fólico).Exponte a la luz natural o, en su defecto, toma suplementos de vitamina D, pues unos niveles óptimos se asocian con telómeros más largos y pueden alargar los telómeros ya acortados.Controla tus niveles de estrés y cortisol, ya que pueden acortar los telómeros y la duración de la vida.Nuestro cerebro no deja de alterar la idea del paso del tiempo. Ya ha llegado la primavera y hace nada que celebramos el Año Nuevo; las semanas parecen días y los días se asemejan a horas. De niños, en cambio, las semanas eran como meses y las estaciones, años.
Ha pasado poco tiempo desde que sufrimos un estricto confinamiento en casa por la COVID-19, una situación que fue como un experimento sobre cómo percibimos el paso del tiempo. Comparada con una semana normal de trabajo, una semana de confinamiento, encerrados veinticuatro horas entre cuatro paredes, alteró completamente nuestra percepción del tiempo. Cuanto más se reducían los estímulos y más uniformemente pasaban los días, más lento nos parecía que pasaba el tiempo. Sin embargo, cuando recordemos los meses de encierro con la perspectiva que dan los años, este período de nuestras vidas nos parecerá que ha sido un tiempo casi vacío.
Nuestra memoria, donde archivamos los recuerdos de nuestra vida, no es un calendario preciso, sino más bien una agenda a la que, si un día no tenemos nada importante que anotar, le arrancamos la hoja. La memoria de los seres humanos, además, incluye entre sus características una etiqueta temporal que unimos a los recuerdos, pues el antes y el después es algo consustancial a la memoria. Pero, para que este etiquetado funcione bien, necesitamos unas estanterías en las que se coloquen ordenadamente los recuerdos.
Los días, con sus horarios de trabajo y descanso, los fines de semana, los períodos festivos, los cumpleaños y cualquier otra señal de tiempo son los estantes que nos ayudan a ubicar los recuerdos de forma correcta, pero, cuando un día es exactamente igual al anterior y una semana igual a la siguiente, los recuerdos no encuentran sus estantes y pasan a llenar un cajón de sastre que con el tiempo acaba desapareciendo de nuestras vidas.
En la percepción del tiempo ocurren simultáneamente dos fenómenos en apariencia contradictorios: la percepción inmediata (cómo vivimos el momento presente) y la percepción retrospectiva (cómo recordamos el pasado), y ambos están relacionados inversamente. Así, en un día en el que suceden muy pocas cosas, como uno de esos días de confinamiento, el tiempo transcurre muy lentamente, como si la jornada no tuviese fin. Por el contrario, si estás de viaje o te acabas de cambiar de ciudad, las horas y los días pasan mucho más rápido, tanto más cuanto más nos sumerjamos en lo que ocurre en el presente y cuanta más emoción, curiosidad o sorpresa despierten en nosotros esas experiencias. Y, cuando pasen los años y pensemos en ello, lo seguiremos recordando con todo lujo de detalles y tendremos una sensación de un tiempo intensamente vivido, mientras que los meses de confinamiento y aislamiento los recordaremos como si hubiesen sido apenas un instante.
La percepción del tiempo se fundamenta en la memoria, y, sin ella, no tenemos sentido del tiempo. Un paciente con enfermedad de Alzheimer avanzada se ha detenido en el tiempo, solo recuerda retazos de su niñez, la nada se extiende sobre el hoy, el ayer o los últimos meses y años de su vida, que han pasado como si no los hubiera vivido, pues solo vive el presente inmediato.
Pero ¿por qué el tiempo pasa tan rápido con los años? La razón está en cómo vivimos el presente. Observa las reacciones de un niño pequeño, por ejemplo, cuando sale a un parque y ve una ardilla: para él ya no existe nada más, su atención es total, lo deja todo y se concentra en cómo el animal maneja una piña o salta de rama en rama. Para el abuelo, en cambio, sentado en un banco, esperando a que su nieto se canse y pueda volver a casa, otros bancos y otros parques se sucederán a los de hoy. Cuando la curiosidad se pierde y la emoción con la que se vive se desvanece, entonces el tiempo también se esfuma.
Figura 1. El tiempo vuela con los años. A medida que vamos cumpliendo años, cada uno de ellos representa un porcentaje menor de nuestras vidas.
Expande tu tiempo mental
El tiempo mental es la suma de cambios y de recuerdos potenciados por la curiosidad, la emoción y la atención.
Programa un día en el que incluyas algunos cambios en tus hábitos sin alterar su regularidad: ir al trabajo por un camino diferente al habitual, preparar una comida nueva, quedar con alguien a quien llevas mucho tiempo sin ver, cenar a la luz de unas velas, sin televisión ni móvil…
Anota esta fecha en tu calendario, deja que pase un mes y entonces intenta evocar qué sucedió ese día. Increíblemente, recordarás una enorme cantidad de detalles que no serás capaz de recordar de otros días mucho más recientes. Habrás ampliado tu tiempo mental.
Uno de mis primeros experimentos, quizá el más afortunado, tuvo como escenario el Laboratorio de Fisiología de la Facultad de Ciencias de Granada, donde Ginés Salido, hoy profesor en la Universidad de Extremadura, y yo nos encontramos por vez primera con un ritmo circadiano (de aproximadamente veinticuatro horas) en la secreción pancreática exocrina. Tal hallazgo sucedió en 1980 y se publicó en el primer número de la primera revista científica dedicada a la cronobiología: International Journal of Chronobiology (hoy Chronobiology International).
Un ritmo circadiano (que deriva del latín circa dies, «aproximadamente un día») como el que habíamos descubierto es un cambio periódico, de origen endógeno, en una variable fisiológica, bioquímica o comportamental, que se repite cada veinticuatro horas.
Hasta finales de la década de 1980, las investigaciones cronobiológicas se centraban en el descubrimiento de nuevos ritmos circadianos, pero con el tiempo nos dimos cuenta de que los ritmos biológicos no eran un fenómeno excepcional, sino que constituían una propiedad intrínseca de la vida y, como tal, estaban presentes en todos los organismos, en todas sus células y en la práctica totalidad de sus funciones. Los ritmos, que hasta entonces habían permanecido invisibles, estaban por doquier.
Figura 2. Uno de los primeros ritmos descritos por los cronobiólogos fue el de linfocitos en la sangre humana. Por la noche los niveles de linfocitos aumentan hasta doblar los valores durante el día. Para definir un ritmo circadiano como este utilizamos cuatro parámetros: el mesor, o media de las veinticuatro horas; la acrofase, o el momento en el que ocurren los máximos valores; la amplitud, o la mitad de la diferencia entre el máximo y el mínimo valor, y el período, que es el ciclo completo. Cuando este se halla comprendido entre veinte y veintiocho horas, se habla de ritmos circadianos; si es inferior a veinte horas, se denominan ultradianos (ritmos de alta frecuencia), como el ritmo respiratorio, y, si es superior a veintiocho horas, se denominan ritmos infradianos (de baja frecuencia), como el ciclo ovárico de la mujer.
La ciencia que se dedica al estudio de los ritmos biológicos, la cronobiología, ha experimentado una rápida evolución desde sus tímidos inicios allá por la década de 1960, cuando se publicaron las primeras observaciones sobre la existencia de ritmos circadianos. Poco más tarde, en 1972, un descubrimiento revolucionó este ámbito científico: el hallazgo del reloj biológico principal (el master clock), localizado en el núcleo supraquiasmático del hipotálamo. La clonación del primer gen reloj en 1997 y el descubrimiento, a partir de 1998, de los relojes periféricos en diferentes tejidos y órganos del cuerpo también fueron dos hitos relevantes en esta nueva ciencia.
Sin embargo, durante muchos años, investigar en cronobiología no fue tarea fácil; pero en 2017, tras la concesión del Premio Nobel de Fisiología o Medicina a tres cronobiólogos estadounidenses (Michael Young, Michael Rosbash y Jeffrey Hall), la cronobiología se puso de moda y hoy en día son muchos los investigadores que, desde diferentes campos de la ciencia, tratan de incorporar la dimensión temporal en sus estudios, ya que los ritmos circadianos aparecen en todos los fenómenos de la vida y abarcan territorios muy diversos.
El ritmo que mayor impacto causa en nuestra vida cotidiana es el de la alternancia sueño-vigilia cada veinticuatro horas.
El protagonismo del sueño en la vida humana se mantuvo hasta poco después de la Revolución Industrial. Escritores como Miguel de Cervantes supieron ver las bondades de este aparente «tiempo perdido». Cervantes ponía en boca de Sancho: «el sueño es manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto».
El sueño, de hecho, constituye uno de los pocos reductos que aún resisten a la aceleración con la que transcurren nuestras vidas y, como tal, hemos de conocerlo, cuidarlo y mimarlo al ser uno de los pilares de la salud junto con la alimentación, la actividad física y la actitud mental.
Alrededor del año 1600 un médico italiano, Sanctorius, hizo construir una enorme balanza, en uno de cuyos brazos colgaba un pequeño habitáculo donde podía comer, trabajar e incluso dormir, y con ella registraba de forma continua su peso en relación con el consumo de alimento y agua y con la cantidad de productos excretados. Sanctorius advirtió que su peso era mayor por la noche y que, además, cambiaba rítmicamente siguiendo un ciclo de un mes.
Esta técnica de medir los ritmos propios se denomina autorritmometría y ha sido muy útil para el desarrollo inicial de la cronobiología, ya que nos ha demostrado que las «constantes fisiológicas» son en realidad rítmicas y que nuestra temperatura alcanza un máximo al inicio de la noche, nuestra presión arterial desciende por la noche, nuestra mayor fuerza tiene lugar por la tarde y nuestra máxima velocidad de reacción ante un estímulo visual ocurre al final de la tarde.
Figura 3. El reloj biológico es el encargado de proporcionar una sucesión ordenada de ritmos que permiten el mantenimiento de un cuerpo sano. Cada ritmo ha de tener una cierta amplitud, lo que se asocia con un ritmo joven y robusto, pero, además, los máximos y mínimos de cada variable han de sucederse de acuerdo con una secuencia estable y predeterminada, lo que se conoce como orden temporal interno.
Así pues, aunque nuestra mente crea la ilusión de que somos exactamente iguales a lo largo del día y de las semanas, meses y años, somos en realidad un sistema bioquímico, funcional y comportamental diferente según las horas del día o la época del año. De hecho, si representamos en un reloj de veinticuatro horas el máximo de cada variable, observaremos como cada una de ellas ocurre en un momento diferente del día o la noche, y estos ritmos justifican, por ejemplo, que tanto los síntomas de una enfermedad como sus tratamientos dependan claramente del momento del día.
Figura 4. Todas nuestras funciones cambian siguiendo ritmos de veinticuatro horas. En este reloj se muestran, con un punto sobre la escala horaria, los momentos en los que ocurren los valores máximos de algunos ritmos. (Los horarios, sin embargo, son meramente indicativos y no han de tomarse de modo estricto; los que aquí se muestran se corresponden con los que hemos medido en diferentes experimentos en el laboratorio.)
Todos estos relojes y sus sincronizadores generan cuatro señales de tiempo que afectan a nuestra vida: el tiempo interno, el ambiental, el metabólico y el social. A diferencia de los tres primeros, el tiempo social es un producto cultural, resultado de la necesidad de organizar la actividad humana en sociedades cada vez más complejas. Pero ¿cómo se nos ocurrió la idea de inventar los calendarios y los relojes?
«Alicia no se sorprendió cuando tras ver un conejo blanco, le oyó decir: ¡Ay, Dios mío, que tarde se me está haciendo!… Y fue entonces cuando el conejo sacó un reloj de bolsillo, y solo entonces se dio cuenta la niña de que nunca en su vida había visto un conejo con chaleco ni, mucho menos, con reloj de bolsillo.»
LEWIS CARROLL (Alicia en el País de las Maravillas)
¿Cómo hemos llegado a depender tanto de los relojes y a convertirnos en esclavos de su tiempo? Esta es una larga historia, con más de cinco mil años de antigüedad, que comienza cuando las sociedades humanas alcanzaron un cierto grado de complejidad y tuvieron la necesidad de organizar sus actividades de un modo sincrónico y en armonía con los ciclos naturales, lo que las llevó a desarrollar una serie de inventos para medir el tiempo: desde los calendarios astronómicos hasta los relojes que miden las horas, los minutos y los segundos. Mesopotamia y el Antiguo Egipto fueron los lugares donde más rápido tuvo lugar este desarrollo, seguramente debido a la aparición temprana de la agricultura, actividad muy dependiente de las crecidas de los grandes ríos como el Nilo, y a la realización de las grandes obras faraónicas, que requerían de la sincronización de la actividad de miles de trabajadores.
El recorrido de las estrellas, junto con el del Sol, ayudó a que los seres humanos aprendieran a medir el paso del tiempo, lo que dio origen primero a la invención de los calendarios y más tarde de los relojes.
El chamán clavó su vara, como hacía cada día cuando el sol estaba en lo más alto; al mediodía, su sombra alargada cubría la longitud de media vara, unas pulgadas menos que la semana anterior. Sabía que pronto esa sombra comenzaría a crecer. Antes de que eso ocurriera habría llegado el momento tan esperado durante todo un año. Debía encaminar a su clan hacia el lugar acordado; allí se encontrarían con otros clanes con los que apenas se habían cruzado accidentalmente en alguna de sus migraciones siguiendo a los animales de caza.
Cada año, al amanecer del día 21 o 22 de junio, tras la noche más corta del año, en Stonehenge, cerca de las llanuras de la actual Salisbury (Inglaterra), tenía lugar una gran celebración. Durante los días anteriores, los diferentes clanes se habían juntado para reforzar la identidad de la tribu, intercambiar alimentos y productos manufacturados, compartir nuevos inventos o buscar pareja, y esa mañana, cuando el sol amaneciera tras unas marcas de piedra y se proyectara sobre una roca que servía de altar, el chamán más viejo dirigiría la ceremonia, durante la cual los clanes ofrecerían sus sacrificios rituales y celebrarían el triunfo de la luz sobre la oscuridad.
Figura 1. La disposición de los círculos de piedras en Stonehenge permite saber cuándo tienen lugar el día más largo y el más corto del año a partir de la proyección del sol al amanecer sobre determinadas marcas.
Pero Stonehenge no es la única construcción de este tipo en nuestro planeta. Otras muchas maravillas, algunas incluso más antiguas, se levantaron en distintos lugares del mundo, como Newgrange (Irlanda), la Puerta del Sol en Machu Picchu (Perú), el círculo de Goseck (Alemania), Buenavista (también en los Andes peruanos) o Tusja (Egipto). Todos estos observatorios disponían de marcas para conocer el día más largo y el más corto del año, y poder celebrar rituales religiosos en esos días sagrados.
Los romanos continuaron con estas tradiciones, y son famosas sus fiestas saturnales, organizadas para conmemorar el sol invictus (25 de diciembre), que era el momento del renacer del sol y en el que la luz volvía a imponerse sobre la oscuridad.
En los siglos XVI y XVII, el mismo principio que rigió la construcción de los antiguos calendarios astronómicos se trasladó a iglesias y catedrales. Así, varias catedrales europeas sirvieron como calendarios astronómicos paganos al incorporar dentro de ellas las meridianas, unas líneas trazadas en el suelo que el sol del mediodía ilumina en un punto diferente en cada época del año, indicando exactamente el día del año y las fechas más importantes de la cristiandad.
Una vez que aprendimos a conocer la fecha exacta del año, la humanidad dio un nuevo paso en su carrera para medir el tiempo: la invención de los relojes que miden las horas.
En el frontal del templo de Ramsés II, en Abu Simbel (Egipto), aparecen veinticuatro monos, mandriles quizá, que se tapan los ojos y que simbolizan las horas. Probablemente nos encontramos ante la primera primera representación de las horas de la que tenemos constancia arqueológica.
