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La obra que el lector tiene en sus manos, para muchos la creación más trascendente de Eunice Odio, combina la deslumbrante belleza de la forma con una densidad simbólica aquilatada por su vasto intertexto. Como Roland Barthes dice acerca del texto de goce, esta obra obliga al lector a levantar la cabeza con frecuencia, como quien está a punto de desentrañar algo que siempre está más allá. A fin de acompañar al lector en la aventura que propone El tránsito, hemos incluido en esta edición dos aportaciones que pueden resultarle de utilidad. La primera es de Peggy von Mayer, quien, a modo de pórtico, brinda un panorama sobre la figura de nuestra poeta, que abrazó la poesía como un «destino implacable», misión de amor hacia la humanidad con la que necesita compartir la revelación de la sacralidad del universo. En segundo término y a modo de colofón, el lector encontrará una sustancial mirada en el trabajo de Graciela S. Tomassini, quien propone que la naturaleza simbólica de El tránsito, abierta a plurales dimensiones de sentido, ofrece múltiples posibilidades de construcción temática.
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Seitenzahl: 281
Veröffentlichungsjahr: 2025
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El tránsito de fuego
Primera edición: mayo, 2023
© Eunice Odio, 1957
© de los prólogos, epílogo y rasgos biográficos de Eunice Odio: sus autores
© Vaso Roto Ediciones, 2023
españa
C/ Alcalá 85, 7º izda.
28009 Madrid
www.vasoroto.com
Grabado de cubierta: Víctor Ramírez
Este libro ha sido coeditado con la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE)
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
Impreso y gestionado por Bibliomanager
ISBN: 978-84-19693-23-5
eISBN: 979-13-87604-23-3
BIC: DCF
Depósito Legal: M-7443-2023
Eunice Odio
(Poema)
Durante largo tiempo la obra de Eunice Odio fue un secreto compartido por pocos, un venero de luz clamando por ascender hacia el justo reconocimiento merecido por aquellos poetas que construyen con la palabra puentes de belleza entre los múltiples planos de la realidad. De los críticos de su época, sólo el chileno Alberto Baeza Flores supo ver en Zona en territorio del alba, el segundo libro de Eunice, que prologó para la edición de Brigadas Líricas de Argentina (1953), la primicia de una voz monumental y señera. También el poeta y crítico venezolano Juan Liscano, amigo personal de Eunice e interlocutor suyo en luminosas cartas recogidas en Eunice Odio. Antología: Rescate de un poeta (1975), incluyó numerosos poemas de la autora en la revista Zona franca, creada y dirigida por él desde 1964a 1984. Fue fundamental en este sentido la labor de rescate, análisis y revaluación de la obra odiana realizada por Rima de Vallbona, quien además promovió activamente la difusión y estudio de todas las vertientes genéricas de su original escritura, a través de obras memorables como La obra en prosa de Eunice Odio (1980), «La palabra ilimitada de Eunice Odio: Los elementos terrestres», prólogo de la segunda edición de este poemario de Eunice (1984); la coedición, con Jorge Chen Sham, de La palabra innumerable. Eunice Odio ante la crítica (2001), recopilación de ensayos críticos de relevantes especialistas, y Eunice Odio. Antología poética anotada (2018), que editó con quien esto escribe para la Editorial Costa Rica, entre otras valiosas contribuciones.
Eunice Odio escribió su obra consagratoria, El tránsito de fuego, entre 1948 y 1955, arrebatada por la pasión de la escritura, como un nuevo Jacob en lucha contra el ángel. Obra magna, plural, poligenérica, donde la audacia de las imágenes visionarias repristina símbolos y arquetipos fundacionales de la cultura universal, instala su eje semántico en la creación por la palabra, que es vía de conocimiento y lazo de religación entre los hombres, y entre éstos y el plano trascendente de la realidad. Gracias a una sutil inteligencia poética, Eunice Odio inviste la profundidad filosófica del pensamiento que subyace a esta obra con la sostenida fidelidad a los ritmos musicales del verso hispánico en sabias combinaciones polirrítmicas y con la estructura dramática que dinamiza su narrativa épica. Gozar de esta obra exige un lector comprometido y activo; tal vez por eso ha sido incomprendida; tal vez por eso, a pesar de ser una cumbre de la poesía en lengua española, sólo cuenta con dos ediciones completas: la inicial, de 1957, y la que integra las Obras completas editadas por Peggy von Mayer Chaves, la especialista que más ha ahondado en la riqueza de su composición y significado. Por ello, abrazamos con entusiasmo la iniciativa de Jeannette L. Clariond, quien, incorporándola a la cruzada a favor de la poesía universal que está llevando a cabo la editorial Vaso Roto, nos invitó a emprender la aventura de acompañarla para llevar a los lectores del mundo hispánico una nueva edición completa de la trascendental obra poética El tránsito de fuego de Eunice Odio.
La invitación de Jeannette encontró en la anle un terreno fértil, pues ya en el primer número (2012) de la Revista de la ANLE (RANLE), feliz creación de Gerardo Piña-Rosales y Luis Alberto Ambroggio, que acepté dirigir, dedicamos la sección «El pasado presente» a la figura de Eunice Odio con un aporte de Tania Pleitez Vela –otra destacada especialista en su obra– y difundimos pasajes de El tránsito de fuego. Desde entonces hemos venido promoviendo regularmente el universo poético odiano para abonar el terreno de darla a conocer por sus aquilatados méritos, hoy reconocidos como una de las aportaciones más valiosas y originales de Hispanoamérica a la poesía universal, que ha trascendido fronteras y suscitado auspiciosos ecos en todas las latitudes tanto de la hispanidad como en otras lenguas.
Defensora del valor de la palabra poética en la generación de nuevos paradigmas de pensamiento, Eunice Odio instala el margen poscolonial y la experiencia femenina en el centro del sistema literario, para dialogar en pie de igualdad con los grandes poetas de nuestra lengua. Autores de la talla de Alberto Baeza Flores, Alfredo Cardona Peña, Humberto Díaz Casanueva, Roberto Juarroz, Juan Liscano, Rodolfo E. Modern, Alfonso Orantes, Octavio Paz, Alfonso Reyes y William Carlos Williams, entre otros, no han vacilado en ubicar la figura de Eunice Odio junto a las de Milton, William Blake, Coleridge, Pablo Neruda o Ezra Pound, de quienes podría decirse, parafraseando a Borges, que más que poetas son literaturas. La poesía de Eunice ofrece a la mirada actual tales dimensiones de originalidad y belleza que vemos acrecentarse en nuestros días el interés por su obra en ámbitos literarios y académicos, manifestado en las traducciones a diversas lenguas y en la proliferación de estudios e investigaciones, tanto de El tránsito de fuego como de sus poemarios Los elementos terrestres (1948), Zona en territorio del alba (1953) y los poemas tempranos publicados en Repertorio Americano a partir de 1945. El interés por la escritura odiana se ha extendido a sus ensayos, narrativas y artículos periodísticos, los cuales revelan al estudioso la vastedad de sus saberes y la independencia de su pensamiento. La razón es simple: la singularidad de su escritura ha logrado superar los anclajes epocales y los contextos geográficos que alguna vez ignoraron su palabra viva, que afortunadamente ya no necesita esperar el juicio futuro para recibir una justa evaluación de sus quilates.
Para ilustrar mi interés por la obra que hoy ve la luz, evoco una anécdota lejana de mi conocimiento de Eunice Odio que ya compartí en otra ocasión con Peggy von Mayer. No me atrevería siquiera a decir que tuve amistad con ella pues mi relación fue efímera. Ella hacía trabajo free-lance de traducción para el Instituto de Historia y Geografía de la OEA en la ciudad de México, el Instituto Indigenista Interamericano y otros. Cuando llegué en una misión de evaluación a inicio de los setenta, el entonces director de la oficina, Xavier Cortina y Cortina, me pidió que conversara con ella, pues se le había quejado varias veces de que en la OEA la relegaban y excluían debido a su condición femenina. Así que, como me correspondía en razón de las funciones que cumplía entonces, coordinamos una entrevista.
Llegó vestida con sobria elegancia; menuda, contaba unos cincuenta años, aunque aparentaba unos quince años menos. Era bella, con unos ojos claros y verdosos que en México –me decía Xavier Cortina– llamaban glaucos o color de tiempo. Fue dura en su planteo (pero no insolente) y recuerdo con precisión que al inicio me impresionó su altivez. Representando mi mejor papel como diplomático de guante blanco, le expliqué que, en la OEA, en Washington D. C., teníamos un departamento con casi cincuenta traductores e intérpretes de los cuatro idiomas oficiales, quienes hacían el trabajo. Por excepción, cuando había una Asamblea General o no podíamos atender encargos de traducciones que nos hacían desde algunos países, autorizábamos a nuestras oficinas para contratar traductores locales, lo que era más bien una excepción. Lo entendió y le prometí que pasaría su nombre a la directora en Washington para que la tuviera en cuenta, pues se interesó por trabajar directamente con nosotros y a distancia, en lugar de sólo con México. Nos despedimos en buenos términos.
A modo de colofón de nuestro encuentro, la contratamos varias veces, pues entonces tenía yo la responsabilidad de dirigir las revistas La Educación y la Inter-American Review of Bibliography. Más tarde, cuando en mis viajes debía recalar en la ciudad de México, nos reunimos algunas veces para cenar o tomar algo y conversar sobre asuntos de trabajo, pues ella ya estaba escribiendo de manera regular notas y reseñas de las exposiciones de arte que se hacían en los salones de la OEA en México para publicarlas luego en la legendaria revista Américas de la OEA. No recuerdo que hubiéramos conversado sobre literatura, pero sí, asiduamente, sobre artes plásticas. Sí tengo presente, por su escasa presencia en encuentros sociales, algunos temas recurrentes de nuestras conversaciones. Uno de ellos era la luz, no sólo en las artes visuales, sino en los más variados entornos; y ella solía recordar con nitidez que, cuando vivió casi tres años en Nueva York, le producía gran impacto ver desde su ventana las madrugadas en el río Hudson, esa luz de los amaneceres que le anticipaban los días por venir y que inmortalizó en algunos de sus poemas, como «En la vida y en la muerte de Rosamel del Valle» y en algunas cartas que incluye Peggy von Mayer en el tomo III de las Obras completas:
Bien, hablemos del Hudson. Ay, Juan, ve a ver a ese hermoso, poderoso y dulce río del mundo. Río que repartimos entre nosotros, y aún sobró aquella parte de su aliento, que era para sus actos solares […] ¡Qué belleza tan grande! Vas solo a las orillas del Inmenso y Profundo y, bajando los ojos, ves el cielo que pasa rápidamente, tan rápido como él, ciñéndose a su paso acompasado. Y el Inmenso Profundo se pone del color del día que refleja la atmósfera terrestre. ¡Qué belleza tan grande! (442)
Otros temas que frecuentábamos en nuestras charlas versaban sobre el universo de la mitología griega, las obras de René Guénon y su pensamiento metafísico, las doctrinas orientales, la tradición primordial, la iniciación, las sociedades iniciáticas y los símbolos fundamentales de las ciencias sagradas.
Alrededor de 1972 perdí contacto con ella, pues debí asumir otras responsabilidades, y fue más tarde cuando, por razones fortuitas, me enteré de su obra poética por medio de Juan Liscano, quien le publicaba regularmente sus poemas en la revista Zona Franca de Venezuela, así como por mi buen amigo el pintor Paco Amighetti, que había trabajado con ella en la revista cultural costarricense Repertorio Americano, y ambos admiraban sin restricciones su producción poética. Sin embargo, recién en 1975 conocí la obra Eunice Odio. Antología. Rescate de un gran poeta, que me envió Liscano a Washington D.C., un libro indispensable para conocer el universo euniciano, que reúne una selección de su poesía precedida por un amplio prólogo ilustrativo de la vida y obra de la gran poeta costarricense.
En el capítulo inicial, «Eunice hacia la mañana», evocando la noticia de su muerte dice:
En la América Latina aún se produce el fenómeno de un poeta excepcional que muere en la miseria, sin tribuna, sin lectores y sin editor, al que desconocen por igual el público, sus compatriotas, sus colegas y la crítica, pese a que su persona haya tenido parte activa en la vida literaria y que su personalidad extrovertida, fascinante, desbordara en el campo afectivo de mucha gente. Es el caso de Eunice Odio, fallecida en la ciudad de México, «la mejor poeta americana de este siglo» según se atrevió a asegurar, después de su dramático fallecimiento, el escritor Carlos Zener. (Liscano, 29)
El deslumbrante libro de Liscano, la transcripción de una selección de su correspondencia con Eunice Odio y una muy perceptiva selección antológica fueron el acicate para tratar de conseguir una copia de El tránsito de fuego. Con amargura comprendí la vanidad de mis esfuerzos cuando vine a enterarme de que, luego de haberse publicado en 1957 por el Ministerio de Cultura de El Salvador, la obra nunca se había reimpreso.
Debo a Rima Gretchen de Vallbona el haber podido ahondar, recién en 2010, en toda la obra de Eunice Odio. Sorprendentemente, como providencial respuesta a mi deseo, pude conseguir un ejemplar de El tránsito por Internet, impecable y sin que los pliegos de sus páginas hubiesen sido abiertos. Así, guiado casi de la mano por Vallbona, pude internarme en la espesura de ese singular universo poético… Hoy, con una mirada distanciada por los años, comprendo que, si bien ya había tenido oportunidad de leer la casi totalidad de la poesía de Eunice, el navegar por la singladura de El tránsito fue una experiencia única en mi vida académica. Sin duda alguna, entre los múltiples méritos de la obra crítica, narrativa y poética de Rima, no vacilo en reconocer que sus estudios, trabajos, investigaciones y rescates de Eunice Odio han resultado decisivos para contribuir a difundir y universalizar el inmortal universo poético de esta autora, tarea emprendida por una larga lista de escritores, críticos e investigadores, que crece día a día, dentro y fuera de nuestra región.
La obra que el lector tiene en sus manos, para muchos la creación más trascendente de Eunice Odio, combina la deslumbrante belleza de la forma con una densidad simbólica aquilatada por su vasto intertexto. Como Roland Barthes dice acerca del texto de goce, esta obra obliga al lector a levantar la cabeza con frecuencia, como quien está a punto de desentrañar algo que siempre está más allá. A fin de acompañar al lector en la aventura que propone El tránsito, hemos incluido en esta edición dos aportaciones que pueden resultarle de utilidad. La primera es de Peggy von Mayer, quien, a modo de pórtico, brinda un panorama sobre la figura de nuestra poeta, que abrazó la poesía como un «destino implacable», misión de amor hacia la humanidad con la que necesita compartir la revelación de la sacralidad del universo. Von Mayer, sin negar la interacción de múltiples contextos no necesariamente cristianos en el texto, lo lee a la luz del Himno al Logos, o prólogo del Evangelio de San Juan, que constituye, en esta lectura, el eje semántico del poema. Apoyándose en esta idea-fuerza, von Mayer brinda un análisis de la estructura de El tránsito, deteniéndose especialmente en la creación del templo, su momento nuclear.
En segundo término y a modo de colofón, el lector encontrará una sustancial mirada en el trabajo de Graciela S. Tomassini, quien propone que la naturaleza simbólica de El tránsito, abierta a plurales dimensiones de sentido, ofrece múltiples posibilidades de construcción temática, entre las cuales sugiere tres: como relato mítico de fundación del mundo humano a través de la palabra, que es transformación de la inasible lengua divina en lenguaje provisto de sentido; como relato soteriológico, donde una figura crística (Ion) se sacrifica sin ser reconocido por los suyos; y como epítome del poeta en calidad de mediador entre lo singular contingente y lo trascendente.
Más allá de estas aproximaciones, el texto invita al lector a recorrerlo en desnudez de todo prejuicio y en silencio, como en esa noche órfica que es, desde el fondo de los tiempos, anunciación de la alborada.
Carlos E. Paldao
Director Academia Norteamericana de la Lengua Española
La poesía es una aventura hacia lo absoluto.
Pedro Salinas
Hace sesenta y cinco años vio la luz una de las obras más importantes de la literatura en lengua española: El tránsito de fuego, de Eunice Odio. El destino que ha corrido este poema es peculiar. Su primera edición, que causó admiración en los círculos intelectuales, se agotó pronto y no se volvió a editar sino treinta y nueve años después, cuando la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional decidieron publicar las Obras completas en 1996, reeditadas por la UCR en 2017.
El tránsito de fuego ha sido considerado como uno de los poemas más importantes de la poesía hispanoamericana por personas tan relevantes como Alfonso Reyes, Octavio Paz, Carlos Zener, Carlos Pellicer, Juan Liscano, Rima de Vallbona, Alfonso Chase, Miguel Fajardo, Carlos María Jiménez, Amparo Dávila, Mía Gallegos, Asunción Lascorreta de Lizárraga y Alberto Baeza.
Sin embargo, este poema magnífico, que ha venido a ocupar un lugar destacadísimo en las letras hispanoamericanas, fue ignorado por la crítica de su tiempo. Uno de los dilectos amigos de la autora, el poeta y humanista venezolano Juan Liscano, consideraba inexcusable la escasa difusión que había tenido un poema de tan extraordinaria calidad en el público especializado, diciendo:
Se comprende que el gran público no tuviera acceso a una obra de tan exigente lectura, de tanta expansión intelectual y diversidad temática, y que los comerciantes del libro, tan sólo preocupados por el rating de los escritores, se desentendieran de un poeta así, pero asombra en cambio la ignorancia o la indiferencia de calificados críticos latinoamericanos; de scholars universitarios tan pendientes, aparentemente, en sus departamentos de letras españolas y portuguesas, de seguir los meandros de nuestra literatura; de investigadores en centros experimentales; de abundantes lectores; pero, si tiene calidad, si se impone en función de los valores intrínsecos del arte, su hermetismo, su dificultad o su refinamiento no pueden justificar la indiferencia, la omisión, la ignorancia de profesionales de las letras, de críticos, de scholars universitarios, de periodistas literarios; ellos saben que la literatura y el arte en general han progresado casi siempre en función de obras para la minoría.1
Lo cierto es que, irónicamente, la producción poética de Eunice Odio sólo empezó a ser verdaderamente reconocida y abordada por la crítica después de su muerte. No se entiende cómo pudo pasar inadvertida una obra de esa calidad intelectual y lírica. Tampoco se puede entender que esa poeta extraordinaria no recibiera en vida el merecido reconocimiento y muriera en la mayor pobreza y soledad.
Sin embargo, las obras que realmente valen la pena persisten por su valor intrínseco. Actualmente, a cien años del nacimiento de la autora, El tránsito de fuego se ha revelado en todo su esplendor, siendo reconocida como una de las más perfectas y acabadas obras poéticas de todos los tiempos, al lado de las mejores creaciones de poesía mística universal. Es objeto de numerosísimos ensayos, artículos académicos, reseñas; se ha hecho una edición en Barcelona y ha sido traducida y publicada al inglés. Ahora, la prestigiosa editorial Vaso Roto se engalana con esta oportuna y necesaria edición. ¡Para justicias, el tiempo!, dijo el humanista costarricense Manuel González Zeledón.
El gran «don carismático» de la palabra
Para Eunice Odio la poesía es un don carismático, una manifestación del Espíritu Santo, por lo tanto, un acto sagrado que la lleva a afirmar que no es en ella una «afición» sino «un destino implacable»:
¿Para qué quiero ser rica si puedo ser poeta? Dios sabe que preferiría pedir limosna, si fuera preciso, antes de que me fuera negado el gran «don carismático». Si me dieran a elegir entre formar parte de los poderosos de la Tierra y ser parte de los que pueden dar vida nueva a la palabra, ni un momento vacilaría. Y, si me dijeran que me dan un gran poema a cambio de la miseria extrema, y que sólo un poema grande, elijo el poema grande, aunque sólo sea Uno. Así ha sido desde que descubrí que la poesía no era en mí una «afición» sino «un destino implacable».
Su percepción del acto estético: «No hay cosa que no dé por la Belleza que es una forma de Dios; la más próxima a Su Naturaleza»2, refiere de inmediato a la constatación de la búsqueda metafísica:
Tal como entiendo la tarea del poeta, es casi lo contrario de un buscador de sí mismo exclusivamente. El poeta anda buscando a Dios y sólo lo encuentra en el fondo de todos los hombres. Y sólo es poeta cuando sabe lo de todos los hombres posibles; y lo sabe sólo cuando los ama inmensa y apasionadamente. (Carta 3)
En la conciencia estética la percepción no se dirige a la conexión objetiva de las cosas, sino a otra conexión que consiste sóloen la relación al sujeto y a su manera de ver.3 Esta forma de ver es la que le da sentido y valor al mundo real; en el caso de Eunice, esta «otra» forma de aprehender el mundo, esta doble intuición propicia la vía de integración de la poeta con el Todo, que establece rupturas de nivel ontológico al distinguir otros estratos o dimensiones que la ubican en el dominio de la trascendencia. El universo entero se le «revela» como un espacio cargado de sacralidad, que «vive» en toda su plenitud y que constituye un tipo de percepción o conocimiento particular del mundo, una visión cósmica de la totalidad. De ahí que la apreciación euniciana de la Belleza sea un camino hacia las alturas metafísicas, un encuentro con el Ser Supremo y un acto de amor a la humanidad, según el precepto cristiano: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12, 31).
En estas palabras se encierra un elemento esencial de la poética de Eunice Odio, ya que la poeta se hace partícipe de esa poiesis, en cuanto también crea con la palabra. Asimismo, al señalar la procedencia divina de la palabra, también el lector participa del reconocimiento intuitivo de la relación con el Verbo divino, que dirige y configura la armonía del universo. Entonces, se puede colegir que, si la poesía es la acción del Verbo y su objeto es revelar, mostrar lo oculto, el poema se hace transparente a lo divino y se convierte en expresión directa del Espíritu, de ese «algo sagrado».
De manera totalmente coherente con lo anterior, Eunice consideraba el acto de creación poética como «resplandeciente, o, para mejor decir, resplandiciente».
Si Eunice podía hablar con toda propiedad de esta fenomenología estética, es por causa de varios factores: antes que nada, porque ella misma poseía una percepción privilegiada de esa «realidad interior de las cosas», fundamentada en una exquisita sensibilidad y en su propia genialidad; luego, por el manejo experto y seguro de la elaboración poética, debido a un profundoconocimiento del español y al dominio de las técnicas expresivas; además, porque era extremadamente inteligente, con una extraordinaria capacidad de análisis y una sólida cultura humanística, que se manifiestan en su creación estética. En su obra poética se conjugan todos esos factores, dotándola de un estilo propio y original.
El tránsito de fuego, una relación dialógica con el Himno al Logos de Juan el Evangelista
Todo regresa hasta su forma exacta.
e. o.
El tránsito de fuego es una obra poética de gran envergadura, de inestimable valor dentro de las letras hispanoamericanas. Consta de más de 10000 versos y 456 páginas, dividido en cuatro partes: i. Integración de los padres; ii. Proyecto de mí mismo; iii. Proyecto de los frutos; y iv. La alegría de los creadores. Pero es un solo poema y así se lo dice a Juan Liscano:
… si algo me costó sangre, sudor y lágrimas, fue darle unidad a ese poema que, como creo que te dije ya, es un poema compuesto de varios; y no distintos poemas separados, que no tienen la intención de establecer una forma; aunque algunos, como los que tienes, poseen, en cierto modo, autonomía. Digo en cierto modo, subrayando, porque si tú lees todo el libro, entonces ves que lo que ya conoces se entiende mejor y que, en verdad, esos poemas necesitan de otros y, en esencia, su autonomía es ilusoria. (Carta 7)
Rima de Vallbona, Alberto Baeza Flores y Juan Liscano han afirmado que esta obra se inscribe dentro de los movimientos de vanguardia o, más específicamente, en la escuela surrealista o el creacionismo. Sin embargo, la poeta definió su posición contraria a este criterio diciendo que su poesía y sus cuentos «están pensados al centavo y superestructurados a tal punto que es una de las características que los distingue de la literatura que hoy se escribe, en español o en cualquier otra lengua».
En cuanto a influencias, coincido con Alberto Baeza, quien, al observar que Eunice había llevado consigo a Cuba las obras de Shakespeare y Quevedo, reconoce influencias de ambos:
De Shakespeare recibía el sentido de lo lírico del mundo de la tragedia. Del gran barroco español, recibía esa singular claridad de honduras que hay en Quevedo.4
Asimismo, concuerdo con quienes han señalado en El tránsito de fuego influencias de la Biblia, empezando por el título:
Porque como el relámpago, al relampaguear, recorre con su brillo todo el cielo de un extremo a otro, así será el Hijo del hombre en su día. (Lc 17, 24)
En mi interpretación particular de El tránsito de fuego5, he podido distinguir la existencia de un eje estructurante basado o inspirado en el llamado Himno al Logos: el prólogo al Evangelio de San Juan. Esto no quiere decir, de ninguna manera, que no haya otras formas de entenderlo. Por el contrario, diversos códigos se entrecruzan en el discurso, otros posibles contextos, no necesariamente cristianos, como el gnosticismo, la cábala, la filosofía, la mitología y otros, que valdría la pena explorar. Eunice le explica a Juan Liscano:
... el libro trata de la acción del creador en el mundo; y de cómo le va sobre la tierra. [...] ha hecho el mundo: un caballo, un pájaro, un antepasado, una catedral románica, otra gótica, todo lo que ha hecho el mundo inteligible y armonioso.
Tu observación referente al recuerdo de Cristo, en La Alegría de los Creadores, es muy sagaz. No quise transmitir eso ahí en el poema, no es deliberado y no me había fijado en ello antes. En cambio, especialmente en El Apátrida, último del libro, esa especie de identificación del creador con El Cristo y su sacrificio es completamente consciente y deliberada.
Consideraciones generales
El espacio en que se ubican los protagonistas de El tránsito de fuego sólo puede ser designado implícitamente como «espacio ctónico o terrestre» y «espacio cósmico o trascendente». Inclusive cuando se habla de una ciudad o un templo, no existen puntos de referencia que permitan al lector una identificación de datos espaciales, los cuales contribuyen a lograr una atmósfera más espiritual.
En cuanto a la categoría temporal, aunque hay una serie de perturbaciones, con un juego de anticipaciones y retrospecciones, ofrece una cierta línea de continuidad respecto del orden de la historia.
Siendo los personajes los únicos vehículos de la enunciación, el discurso establece la aparente impresión de una acción «inmediatizada», sirviéndose de una estructuración dialógica. El ocultamiento de la voz emisora, incluso, se enmascara tras un personaje indefinido y plural: el Coro, especie de hablante en algunas escenas, participante activo del diálogo en otras, recursos ambos empleados abundantemente en el drama clásico.
El empleo de una forma «dramática», en la cual la comunicación se establece por medio de personajes que dialogan, parece diluir la sensación de encontrarse frente a un yo lírico, intimista. Es en el acertado manejo de las figuras retóricas y estilísticas deslumbrantes en donde se manifiesta con gran fuerza la individualidad de la poeta. Su estilo crea un idiolecto particular; establece nuevas relaciones significativas mediante diversos recursos expresivos; inventa neologismos que suplen conceptos que la norma no llena: «frutecen», «pluránimo», «transparece», «unalba», etc.
El entrecruzamiento de estrategias discursivas disímiles hace complicada la ubicación de esta obra dentro de un tipo de discurso determinado. Evidentemente, se trata de un relato versificado que no se puede clasificar en la común categoría de lo épico, lo lírico o lo dramático.
Hacia una comprensión posible de El tránsito de fuego
En el prólogo al Evangelio de San Juan, conocido como Himno al Logos, el Logos (o Verbo) es la «Palabra» mediante la cual Dios creó todas las cosas, es Él mismo el Verbo que se hizo carne, Jesucristo, indicando que, antes de crearse ninguna cosa, el Logos «era» ya entonces junto a Dios y Él mismo era Dios. Pero los hombres no lo conocieron y sufrió el repudio de parte de los hombres.
Según mi interpretación, en El tránsito de fuego es posible distinguir un paralelismo6 con las tres secuencias básicas de dicho prólogo: El ser, El hacer y El repudio.
El Ser
En el poema, el protagonista, Ion, es caracterizado, directa o indirectamente de manera simbólica, como un dios. Ion es «la acción de el Verbo». Es la palabra del padre y él mismo es el padre (Jn 10,30: Yo y el Padre uno somos). Mediante el poder de su verbo, ha creado el mundo y sus criaturas. Ha encarnado para dar al hombre la salvación. Ha fundado un templo, consolidándolo con su sacrificio. No obstante, el hombre no lo ha conocido.
El carácter «divino» de Ion no aparece explícitamente en la configuración discursiva, sino atomizado en taxonomías categoriales que lo van conformando.
El Logos joánico muestra la preexistencia de Cristo, la idea de permanencia en el tiempo, pero también en el no-tiempo, en un estadio anterior a la conciencia humana de medición temporal. De modo similar, Ion es un ser eterno (del gr. aionios, on: eterno):
«Soy lo que creía que he de ser, lo que he sido,
lo que siempre seré».
«Yo soy el antes, siendo todavía,
la verdadera identidad del Uno».
«Desde antes de nacer, mi faz estaba escrita
con la cifra que hace crecer,
la que ata y desata lo venido,
la que trae lo ido para siempre».
El problema de la infinitud ha sido abordado por el cristianismo, a partir del problema de la eternidad, desde la idea de una creación ex nihilo: únicamente Dios puede crear de la nada, pues sólo Él es infinito y eterno, en términos absolutos. Un ser eterno no tiene principio ni fin, es infinito. De modo similar se describe Ion:
Su límite, son dos muros sin límite posible
hacia arriba.
sin la presencia del polvo hacia abajo.
La presencia de indicios que apuntan al carácter ubicuo de Ion permite adjudicarle el predicado cualificativo de «omnipresencia» que se asigna a Dios. Ion participa de todas las cosas por él creadas:
Soy tú, aquel, nosotros,
soy un pronombre desencadenado
pluránimo,
desnudo;
soy una gran palabra múltiple
a cuyo paso cede lo innombrable.
El neologismo «pluránimo» expresa de manera original y acertada la omnipresencia, ya que todos los seres están contenidos en Ion. Sin embargo, experimenta un sentimiento de soledad con respecto al hombre, pues éste desconoce «la ubicuidad de amor» con que se imparte.
El hacer
San Juan manifiesta el potencial creador del Verbo en Jn 1, 3: «Todo llego a ser por medio de Él, y sin Él nada se hizo de cuanto fue hecho». Asimismo, el poder creador de Ion se concreta en tres formas: a) la creación cosmogónica; b) la creación de sí mismo; y c) la creación del templo.
Ion, por su voluntad de hacer y el poder de su Verbo, crea performativamente las cosas desde el momento en que son pronunciadas por «la palabra aquella, del tamaño del aire».
Y se dice que el objeto terrestre,
fundado en un suceso de palabra total,
vertebralmente se mueve resbalando sin fin,
fluyendo en cantidades de sombra hacia la luz,
hasta que una palabra del tamaño del aire lo detiene.
Ion es «el hacedor», «el generador», «el nombre de quien hace las cosas», es el que nutre «el tiempo del verbo que exige la materia, el verbo de la honda criatura innumerable» (el verbo Ser). Su oficio es «darle los bienes a la criatura», porque es «el que hace los frutos».
Todo por mí se mueve.
Todo se mueve en torno de sí mismo,
obediente a la acción de El Verbo.
En Jn 1, 3 «Y el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros». El proceso de encarnación de Ion se desarrolla en el poema «Proyecto de mí mismo» e implica tres momentos: la creación del cuerpo, la posesión del cuerpo por el espíritu y el nacimiento, de manera que Ion se hace hombre, con lo que queda sometido a las leyes cósmicas de nacer y morir. La encarnación se realiza a medida que el Verbo se piensa a sí mismo; al crear su cuerpo, entra en la esfera de percepción del hombre y queda posibilitado para su acción soteriológica y escatológica. Una vez constituida su materia, Ion es consciente de su misión: «Yo no he venido a disfrutar lo hecho sino a fundar desconocidos frutos». Sabe adónde dirigirse: «De mí vengo y hacia mí me encamino» (cf. Jn 8, 14: «Pues yo sé de dónde vine y adónde voy»).
La creación del templo
El símbolo por excelencia del templo es la piedra. Cristo es «la piedra que los edificadores desecharon» (Mt 21, 42). Funda su iglesia sobre una piedra: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18).
En El tránsito de fuego aparecen tres templos distintos, que contribuyen a crear un clima de ambigüedad y confusión. Por razones didácticas, la descodificación propuesta distingue:
a) la fundación de un primer templo confiado a Arkhos: «Es la piedra de todos. Piedra del que la nombre en el nombre del cuerpo sagrado que le nombro. Piedra mía. Nuestra piedra». Pero ese primer templo fue «una catedral esparcida en tinieblas» a la que los hombres «entraban a yacer en oscuros impulsos».
b) Un segundo templo, descrito como una catedral gótica. Sin embargo, no se debe tomar la inserción del templo gótico como una fijación histórico-temporal –que no tiene valor en la lectura presente– sino en su valor simbólico. El universo textual establece un paralelismo en el nivel simbólico, pues se da la referencia al templo como estructura física y simultáneamente se hace una analogía con el universo axiológico del protagonista. Así, la redundancia de categorías semánticas integra, por una parte, una simbología referente a la catedral gótica y, por otra, una relación noológica constituida por cualificaciones inherentes a Ion en su carácter sagrado.
Tómese como ejemplo el arbotante, columna estructural exterior del edificio que, metonímicamente, simboliza a Ion como soporte estructural del templo:
Ion:
Él (el arbotante) bajará por una vía de Gracia
y naciendo al pasar nacerá doblemente.
Será entonces plural su vida simultánea.
[...]
bajo la húmeda faz del arbotante
verá el hombre
cómo fueron las uvas matinales
y su diseminada transparencia
[...]
Dirán al verlo:
He aquí al heredero del alba,
porque su paso asciende cuando baja.
