El último baluarte -  - E-Book

El último baluarte E-Book

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Beschreibung

La guerra de independencia en la Costa Caribe, que culminó con la capitulación de Cartagena y la salida de las tropas realistas, en octubre de 1821, fue un episodio decisivo de la emancipación colombiana de España. Este libro contiene ocho excelentes ensayos de destacados historiadores sobre cómo fue completándose estratégicamente la independencia de la Nueva Granada.  Fue un momento heroico y único, dice Rodolfo Segovia en el Prólogo,  que por primera vez se aborda como un todo en un volumen.  La gesta requirió de sus propias estrategias y de una prolongada campaña, que hizo parte a su vez de la bolivariana tarea de expulsar a los realistas de Venezuela.

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Seitenzahl: 479

Veröffentlichungsjahr: 2023

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El último baluarte: la campaña de independencia del Caribe y la capitulación de Cartagena, 1819-1821 / editor Haroldo Calvo Stevenson; prologuista Rodolfo Segovia Salas; autores, Weildler Guerra Curvelo, Carlos Rodado Noriega, José Manuel Serrano Álvarez [y otros cinco]. - - Cartagena de Indias: Universidad Tecnológica de Bolívar, 2023.

312 páginas: figuras, gráficos, tablas

ISBN: 978-628-7562-09-7 (papel) ISBN: 978-628-7562-10-3 (digital)

1. Cartagena de Indias (Colombia) – Historia -- 1819-1821 I. Guerra Curvelo, Weildler II. Rodado Noriega, Carlos III. Serrano Álvarez, José Manuel IV. Pita Pico, Roger V. Múnera Cavadía, Alfonso VI. Bell Lemus, Gustavo VII. Ripoll Echeverría, María Teresa VIII. Cuño Bonito, Justo IX. Calvo Stevenson, Haroldo X. Segovia Salas, Rodolfo.

986.114

U47

CDD23

Campus Tecnológico: Parque Industrial y Tecnológico Carlos Vélez Pombo

Tel: (+57) 323 566 8729/30 /31/33

Cartagena de Indias, D. T. y C., Colombia

Academia Colombiana de Historia

Calle 10 # 8-95

Tel: +57 (1) 7420848 - 3413615

Bogotá D.C., Colombia

© Universidad Tecnológica de Bolívar

© Academia Colombiana de Historia

Primera edición, octubre de 2023

ISBN: 978-628-7562-09-7 (papel)

ISBN: 978-628-7562-10-3 (digital)

Editor

Haroldo Calvo Stevenson

Edición

Editorial UTB - Academia Colombiana de Historia

Diseño de Portada

Juan G. Leiva

Diagramación

Jaxir Diaz Salcedo

Crédito portada y contraportada:

Parte de las provincias de Cartagena y Santa Marta, Mapa de las "Provincias Unidas de la Nueva Granada. De orden del Gobierno General. por el C. no (Ciudadano) Francisco José de Caldas, Coronel del Cuerpo Nacional de Ingenieros. 1815."

Archivo Histórico Restrepo, Fondo XII, Vol 2, Láminas 11 y 12, Bogotá D.C.

Créditos fotográficos portada y contraportada:

ESTUDIO 3 (fotografías realizadas por Andrés Anzola y Gonzalo Benavides): pp. 111 y 112.

Impresión: Panamericana Formas e Impresos S.A.Bogotá. D.C., Colombia

Impreso y hecho en Colombia - Printed and made in Colombia

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida de manera total o parcial por cualquier medio impreso o digital conocido o por conocer, sin contar con la previa y expresa autorización de la Universidad Tecnológica de Bolívar.

Contenido

Prólogo

Rodolfo Segovia

La guerra en el Caribe

El desembarco de las tropas republicanas en riohacha en 1820

Weildler Guerra Curvelo

La batalla de ciénaga: tan desconocida como decisiva para nuestra independencia

Carlos Rodado Noriega

El sitio de Cartagena

Composición, financiación y condiciones del ejército realista en cartagena, 1816-1821

José Manuel Serrano Álvarez|

El armisticio de santa ana: la tregua entre bolívar y morillo y su impacto sobre los sitiados en cartagena, 1820-1821

Roger Pita Pico

El sitio de cartagena de 1820-1821: un episodio decisivo

Alfonso Múnera Cavadía

El ocaso realista en el Caribe

El brigadier gabriel ceferino de torres y velasco y el sitio de cartagena de indias, 1820-1821

Gustavo Bell Lemus

Las mujeres y la guerra de independencia: el caso de maría amador y pombo, 1815-1818

María Teresa Ripoll Echeverría

Últimas imágenes del naufragio: capitulación y evacuación de la plaza de cartagena por las tropas realistas, 1820-1821

Justo Cuño Bonito

PRÓLOGO

EL CAMINO HACÍA CARTAGENA, EL ÚLTIMO BASTIÓN

Rodolfo Segovia

INTRODUCCIÓN

La independencia final de Colombia fue larga, compleja y por capítulos. Antes del 7 de agosto de 1819, Bolívar apenas contaba con una muy modesta capital a orillas del Orinoco, las selvas y llanos circundantes y la costa vecina a la desembocadura. Pocos habitantes y reducidas tropas. Los intentos desde 1816 por desalojar a Pablo Morillo del centro poblado de Venezuela acumularon frustraciones.

Como se sabe, mucho cambió con la arriesgada invasión de la Nueva Granada que culminó en Boyacá. A raíz de ese triunfo, los republicanos adquirieron un amplio y rico territorio alrededor de Santa Fe y, con unas rápidas maniobras, Antioquia y Popayán. Hasta allí le alcanzó el impulso al ejército libertador. Los realistas seguían fuertes en el Caribe y en Pasto, y Morillo firmemente implantado en el centro de Venezuela. La Colombia inventada por Bolívar era un país mediterráneo, que debía dar la larga vuelta por el Orinoco hasta un mar útil para su única comunicación con el mundo. Urgían puertos que fuesen ventana al Caribe por donde llegaran comercio, voluntarios, armas y suministros. Estas páginas relatan esa epopeya.

Aunque los esfuerzos directos contra el Pacificador fueron esporádicos, hacia el estratégico Caribe, desde 1820 se iniciaron maniobras de los insurgentes que culminaron dos años después de sangrientos combates, con la rendición de Cartagena tras un asedio de catorce meses. Fue largo y penoso, porque los realistas contaban para su defensa no solo con sus murallas, sino, además, con contingentes del aguerrido Ejército Expedicionario de América que había rendido la plaza en 1815 y simpatías en la ciudad por el moderado gobernador español Gabriel de Torres.

La Campaña de Caribe requirió mayores fatigas y más vidas que nada de lo emprendido por Bolívar hasta ese momento. El sufrido sitio de Cartagena, dirigido por el venezolano Mariano Montilla y secundado por Padilla y Córdova, fue un mar de lágrimas. A la postre se ocupó la plaza, pero solo porque España, a raíz de que una redentora rebelión, había convertido a Fernando VII en impotente monarca constitucional. Sus Cortes eran contrarias para continuar la guerra en América. El último gobernador realista de Cartagena, Gabriel de Torres, se molestó en explicar a los cartageneros a través de un pasquín las razones de la capitulación.

Si el Caribe fuese hoy una república, su guerra de Independencia y la capitulación de Cartagena se conmemorarían como las gestas de Carabobo, Pichincha o Ayacucho. Esa es su dimensión. Por ello, y para enderezar la inclinación andina de la historia patria, profundizar en su estudio es merecedor de aplausos. Agradecimientos al Banco de la República, la Universidad Tecnológica de Bolívar (UTB), a la Academia Colombiana de Historia y la Academia de la Historia de Cartagena por haber patrocinado un seminario esclarecedor, cuyas memorias contiene este libro. Sus excelentes capítulos arrojan luces sobre cómo fue completándose estratégicamente la independencia de la Nueva Granada en la de la Costa Caribe de la Colombia de Bolívar. Es un momento heroico y único que por primera vez se aborda como un todo en un volumen. La gesta requirió de sus propias estrategias y de una prolongada campaña, que hizo parte a su vez de la bolivariana tarea de expulsar a los realistas de Venezuela.

BOYACÁ

El ocaso español en el norte de Suramérica se gesta en su etapa final tres años antes de la rendición de Cartagena en octubre de 1821. La independencia definitiva del Caribe colombiano comienza a tomar forma en Angostura, por allá en los confines del Bajo Orinoco, durante un Congreso reunido a partir del 15 de febrero de 1819. El encuentro nació de la guerra viva y descorazonadora en la Capitanía General de Venezuela que oponía Simón Bolívar a Pablo Morillo, mientras el virreinato de la Nueva Granada permanecía en paz, con excepción de un núcleo de guerrilleros en los Llanos Orientales.

Importa entender que el anhelo primario de Simón Bolívar fue siempre liberar su querencia: Caracas y los valles de Aragua, de donde era oriundo. A ello dedicó su quehacer militar y político desde el juramento en el Monte Sacro hasta sufrir la decepción de la derrota y el exilio en 1812. Luego, la Nueva Granada, por aquellos tiempos libre y generosa, le confió dos ejércitos para su quimera; expediciones que captaron recursos de la Nueva Granada para intentar liberar Caracas. El primero, en 1813, fue el instrumento de la Campaña Admirable y de la Guerra a Muerte, ajena al sentimiento neogranadino; el infortunio y Boves le arrebataron la victoria, no sin antes ingresar a Caracas entre vítores como El Libertador. El segundo, en 1815, destinado a apoderarse de Santa Marta y seguir a Maracaibo y Caracas, fue el más lucido puesto en pie por la Provincias Unidas de la Nueva Granada hasta ese momento, y se esfumó en rencillas que Bolívar no supo superar. El Libertador partió al destierro en Jamaica en mayo de 1815, mientras se aproximaban a Cartagena las huestes de Pablo Morillo. En la Cartagena de ese momento, de todas maneras, no le querían.

Con la rendición de Cartagena y de la Nueva Granada en diciembre de 1815, la política de represión en América de Fernando VII parecía estar dando frutos: salvo en el lejano Rio de la Plata y débiles guerrillas en México y Venezuela, el continente hispano estaba pacificado y lo seguiría estando por varios años. No se contaba con que Simón Bolívar era la revolución, como le calificó el propio Morillo.

En los últimos días de 1816, el Libertador desembarcó, después de otro intento fallido en el mismo año, definitivamente en su tierra, en cuyas llanos y selvas de Oriente, republicanos resistían. Su teatral arribo con escasas fuerzas finalmente a Barcelona, Venezuela, desde Jacmel, Haití, durante los últimos días de 1816 representó el inicio de una marcha triunfal que, sin que él aún lo contemplara, culminaría en el Potosí. Por el momento, hay que recordarlo, su ambición era liberar su patria venezolana. Continuó siéndolo por varios años.

Con los comandantes de las guerrillas que habían quedado luchando contra Morillo en las selvas y llanos del Oriente de Venezuela, que Bolívar congregó, disciplinó y unificó, y sobre los que con dificultad estableció un liderazgo, hizo un primer y fallido intento por avanzar hacia Caracas. Repelido, le obligaron a internarse en las selvas del Oriente de la Capitanía. Por fortuna, un díscolo compañero, el general Manuel Piar, limpió en 1817 de realistas la Guayana y ocupó la muy modesta población ribereña de Angostura, aguas arriba sobre el Orinoco. La revolución se hizo a una capital provincial y, más importante, a un puerto fluvial con acceso al mar. Desde allí comenzó la marcha de la libertad a la que le faltaría todavía mucho por andar.

Bolívar siguió batallando dos años con variable fortuna, pero sin poder desalojar a los realistas del corazón de la Capitanía General. La campaña de 1818 fue particularmente desastrosa. Sus propios errores y el superior generalato de su adversario resultaron en una retirada desairada y la evaporación de un ejército, del que apenas sobrevivieron los lanceros y la infantería de José Antonio Páez. Se erosionó su liderazgo; sus propios amigos le hicieron saber que sus huestes estaban cansadas de un dictador Jefe Supremo, con facultades absolutas, pero poco efectivo. En suma, solo tenía para mostrar la Guayana y los trozos del Llano que controlaba Páez.

En mayo de 1818, de vuelta a Angostura, su base en la espesura de la selva, Bolívar repuso su erosionado asidero político. Su liderazgo mismo estaba siendo cuestionado pero, nunca escaso de iniciativas, convocó para ese mismo año un Congreso en Angostura, con delegados venezolanos, Francisco de Paula Santander y Francisco Antonio Zea. Entonces y siempre, la política hay que inventársela. Nunca falto de iniciativa, el Libertador se ideó todo un cuento: darse una constitución y proclamar la reunión de la Capitanía General de Venezuela con el Virreinato del Nuevo Reino de Granada en una sola nación. Atrevido juntar bajo una sola bandera, la de Francisco Miranda en su trágica invasión de 1806, lo que en virtud de la Audiencias de Caracas y Santa Fe eran jurisdicciones separadas e históricamente gérmenes de nuevas naciones (como quedó demostrado). El Libertador solidificó su designio al hacer nombrar, en esa asamblea de venezolanos, al aprestigiado neogranadino José Antonio Zea, ardiente orador, científico y hacendista, como vicepresidente de la nueva nación. El Correo del Orinoco difundía el optimismo de Bolívar, mientras armas a cuentagotas que sobraban en Europa después de desmovilizaciones posnapoleónicas iban a dar a Angostura.

Bien asesorado, urdió el plan genial de una patria grande desde el Orinoco hasta Guayaquil. ¡Otra vez con neogranadinos! Era un descomunal designio para los recursos con que contaba. El discurso de instalación de Bolívar ante el Congreso fue todo sobre la República de Venezuela y el gobierno que debía darse. Solo en los párrafos finales se menciona la unión con la Nueva Granada, pero hizo nombrar a Zea como vicepresidente de la nueva nación imaginada que llamó Colombia, nombre que, como su bandera tricolor, era una reminiscencia de Miranda. Después de tres años de frustraciones y aunque Bolívar, en su fijación caraqueña, todavía insistía en atacar a Morillo por Cumaná, era claro que había que inventarse una estrategia renovada, distinta a la frontal contra un enemigo que lo aventajaba desde su fortín y lo acosaba en el Apure mismo.

Para lograr sus fines, Bolívar maduró, después de flirtear de nuevo con Morillo en los llanos del Apure, la más audaz campaña de su osado genio militar: un movimiento temerario para flanquearlo marchando por entre sabanas inundadas y páramos helados. Era nada menos que envolver por el ala izquierda el gran teatro de guerra en el norte de Suramérica, ya que, en años de batallar, el curtido general hispano le había derrotado sistemáticamente en su empeño por atacar por el centro y el oriente y llegar a Caracas desde el Apure o Cumaná.

En la campaña de 1818, Bolívar había conocido al coronel Francisco de Paula Santander, quien fue su subjefe de Estado Mayor. Por él pudo calibrar al aguerrido núcleo neogranadino de los Llanos. Con el inestimable aporte de los rebeldes neogranadinos, cuyos éxitos recientes habían estimulado la decisión de cruzar por el Casanare, más los llaneros venezolanos y la legión de disciplinados voluntarios británicos, abrazó la gran estrategia de la aproximación indirecta. El flanco débil de Morillo era su ala derecha neogranadina. Y contra razonables pronósticos, le resultó la apuesta.

Bolívar sabía que el flanco era atacable. Recibió voluntarios y apoyos traspasada la montaña para enfrentar a José María Barreiro, un enamoradizo coronel, “el Adonis de las mujeres”, ducho en faldas, pero con poca experiencia bélica que comandaba la Tercera División del Ejercito Expedicionario de América, en un teatro donde nadie preveía guerra viva. La sorpresa fue total. Los designios de Bolívar en su movimiento envolvente fueron colmados hasta donde no lo imaginaba. Con el tiempo devendría claro que sin refuerzos de España Morillo no tenía como contraatacar.

PRIMERO CARACAS

El Libertador se hizo dueño de un botín enorme en dinero y población, si se le comparaba con las angustias en la selva y lo magro de los Llanos. La batalla de Boyacá le abrió las puertas para constituir su república imaginada, con los recursos del centro de la Nueva Granada, casi intocado por las guerras de la Independencia. En la Nueva Granada encontró un millón de habitantes con sus haberes casi intactos. Con ellos, podía reconducir la guerra para derrotar a Morillo, liberar Venezuela y soñar que los pueblos unidos de América irían a plantar su bandera en el mismo Perú, el ombligo del poder español en Sur América. Emocionado dirigió una proclama a sus soldados: “Habéis arrancado catorce provincias a legiones de tiranos enviados de Europa, a legiones de bandidos que infectaban América”. Y había interpuesto una cuña entre los realistas en Cartagena y Santa Marta y los del suroccidente de la Nueva Granada.

El primer impulso del Libertador después de conquistar heroica y sorpresivamente el centro de la Nueva Granada fue reclutar con intensidad tropas en las zonas liberadas, poco tocadas por las cruentas luchas por las guerras de Independencia: Boyacá, Cundinamarca y los Santanderes, para lanzarlas con sus llaneros a expulsar a Morillo de Venezuela desde el occidente. Quizá con una ofensiva simultanea de Páez desde los Llanos. Aprovechó el genuino entusiasmo patriótico derivado de Boyacá y el inmenso prestigio que había adquirido para reclutar activamente voluntarios en los territorios libres de simpatías republicanas, con más entusiasmo que medios, y siempre encuadrados por pelotones de sus veteranos venezolanos. Tanto más por cuanto los realistas hicieron aparición en Cúcuta, con una amenazadora división al mando del mariscal Miguel de la Latorre, tardíamente remitida para auxiliar a Barreiro pero que, sin embargo, era insuficiente para seguir adelante. Los colombianos se replegaron, y Bolívar estabilizó el frente con un fuerte contingente movilizado para ocupar Pamplona.

Faltaba un tramo largo. Bolívar se detuvo apenas un mes en Santa Fe para organizar, juntamente con Santander como vicepresidente de Cundinamarca, el gobierno militar en la Nueva Granada (los territorios liberados), que subsistiría hasta el Congreso Constituyente de la Villa del Rosario en agosto de 1821. La mano dictatorial era indispensable para proceder a expropiaciones y para asegurar la recolección de impuestos y empréstitos forzosos en las provincias libres, que irían a dar a las mismas preexistentes cajas coloniales, paro ahora para el pago de los ejércitos republicanos. Urgía vestir, armar, transportar, curar y alimentar soldados y bestias. Hubo que exprimir para apertrechar la intendencia. En el gobierno provisional solo mandaban la fuerza y el prestigio de Bolívar. Podía poner ambición a sus designios que iban desde las Bocas del Orinoco en el Atlántico hasta la ensenada de Tumbes en el Pacífico, y, por supuesto, hasta el Caribe.

El Libertador debió apresurar su desplazamiento a rendir informe de campaña al Congreso en Angostura y expedir la ley fundamental de la República de Colombia. En su ausencia, un grupo de revoltosos generales venezolanos había depuesto al vicepresidente neogranadino Zea. Contaban con el fracaso de Bolívar en su aventura de los llanos y páramos. Los golpistas ponían en peligro el gran designio del Libertador, quien, al revés de algunos de sus subalternos, más regionalistas que él mismo (aunque también lo era), entendía el gran valor de la fusión con el Nuevo Reino de Granada. “Culo de Hierro” voló al Orinoco. Bolívar era maestro para batirse en varios frentes, incluido el político. En diciembre 11 de 1819, la sorpresiva llegada a Angostura del vencedor de Boyacá disolvió las conjuras.

El Libertador recompuso las cosas a su condición previa con suavidad y sin recriminaciones, y sin reconvenir al cabecilla Juan Bautista Arismendi, quien, al traicionar el indulto de Morillo en Margarita (1815) causó tantos males a la patria. Había también acolitado el motín de Piar. Superado el impasse y aprobada la ley fundamental de la nación por el Congreso de Angostura en febrero del 1820, Simón Bolívar proclamó: “la República de Colombia queda constituida. ¡Viva la República de Colombia!” Él y Zea quedaron reconfirmados como mandatarios de la nueva república, y Santander como vicepresidente de Cundinamarca.

Con su fijación por Caracas, Bolívar había urgido a Carlos Soublette que se uniera a Páez para atacar por el Apure. Aquel llegó al Llano tan apaleado por las penurias de la travesía que no se pudo emprender acción alguna sobre Morillo, aunque la presión en el Apure impidió a este profundizar el contrataque por el expuesto callejón cucuteño. El fiasco de Soublette en las duras jornadas de regreso al Llano hace apreciar aún más lo asombroso del tránsito hacia el Pantano de Vargas. Pero Bolívar no quería soltar la iniciativa. Había que lanzar a Morillo al mar de una vez por todas.

Era no poca la ambición, ni hay suficiente evidencia para afirmar que una ofensiva contra Venezuela era absolutamente su intención. En el campo, Morillo le había derrotado sistemáticamente cuando intentó penetrar desde el Oriente, y las tropas de Don Pablo estaban intactas. El hecho es que Bolívar acantonó en Pamplona a su hombre de confianza, José Antonio Anzoátegui, jefe del Estado Mayor ascendido a general de división después de Boyacá, para organizar el Ejército del Norte con tropas bisoñas, recientemente reclutadas. La ambición quizá era replicar la Campaña Admirable. La suerte no acompañó al Libertador. Anzoátegui murió súbita y todavía inexplicablemente de “una fiebre mortal” en su cuartel general de Pamplona, el 15 de noviembre de 1819.

El Ejército del Norte quedó sin general, sin remplazo viable y sin iniciativa. Hubo que aplazar una nueva campaña admirable con legiones neogranadinas por Trujillo y el occidente de Venezuela hasta el avance que culminó en Carabobo en junio de 1821, cuando ya Morillo se había partido para España y el Ejército Expedicionario de América era apenas un esqueleto. A fines de 1819, Bolívar no tenía otro general de esa envergadura para liderar su Ejército del Norte, excepto quizá Soublette, quien ocuparía los valles de Cúcuta y penetraría en Venezuela hasta donde alcanzaron sus fuerzas (Mérida). La expulsión de los realistas del centro de Venezuela tendría que esperar.

EL DISEÑO DE UNA ESTRATEGIA PORTUARIA

Ahora bien, después de Boyacá, la Colombia imaginada por Bolívar era aún una república mediterránea, un emparedado cuyas tapas estaban hechas de selva y realistas, sin puerto de aguas útiles sobre el Caribe. Para efectos prácticos de aprovisionamiento y comercio, la única vía marítima medianamente útil seguía siendo el lejano Orinoco. El aislamiento no había cambiado. Por allá llegaba, como desde antes de Boyacá, todo lo externo. Muy incómodo.

Adquirir un puerto en el Caribe era estratégico para la nación. El precario control de Buenaventura en el Pacífico era poco menos que nada, con Panamá en manos del rey. En una posdata de su carta a Santander desde El Socorro en 24 de febrero de 1820, el Libertador manifiesta su contento por los 3.000 fusiles que, gracias a Sucre – el recursivo Sucre – venían remontando lentamente el Orinoco (Sucre había conseguido 9.750 fusiles en las islas del Caribe). Eran más los reclutas que los soldados, a la espera de las armas adquiridas y despachadas desde Angostura hacia los frentes de batalla. “Era muy grande la distancia que debían recorrer las armas y municiones, y graves las dificultades del tránsito…”, dice José Manuel Restrepo. Ese es el telón de fondo del inicio formal de la campaña por la toma de Cartagena, el último bastión.

Un puerto sobre el Caribe granadino no fue, empero, la prioridad inicial del Libertador después de conquistar sorpresivamente el Nuevo Reino de Granada. Venezolano al fin, lo suyo era Maracaibo. No se contemplaba asignar arbitrios para liberar otros puertos de la Costa Caribe neogranadina en lo inmediato. Decisión coherente con el concepto de atacar a Morillo por Cúcuta y Trujillo. La ruta marítima para acercarse a esos valles era el Lago después de desembarcar en Maracaibo. El 15 de abril, de 1820 el Libertador escribió a Brión desde San Cristóbal: “Estoy decidido a ocupar a Maracaibo… Maracaibo será libertado, y dueños nosotros de la Guayana y Maracaibo, ningún poder será suficiente para destruirnos”.

Para cumplir ese propósito, Bolívar creía contar con un arma renovada: voluntarios extranjeros, esta vez irlandeses, puestos a las órdenes de su compañero de niñez y fiel amigo de toda la vida, el coronel Mariano Montilla, desde Margarita. Estaba esperanzado porque creía contar con un cuerpo tan disciplinado como la Legión Británica, que había sido irremplazable en Venezuela y la campaña de Boyacá. Desde el principio, empero, la experiencia fue otra. Atraídos con promesas de pagas y prebendas, la expedición nació coja ya que Montilla no tenía los medios de satisfacerlas a pesar de empeñar su fortuna personal.

Mercenarios, no necesariamente inspirados por el halito de la libertad, no se adaptaban a las penurias. Montilla no había encontrado siquiera suficientes fusiles en las islas de Barlovento para dotar todas sus tropas. En una flota de ocasión comandada por el almirante Luís Brion y financiada de su peculio, como tantas veces en su inquebrantable apoyo al Libertador, el contingente de Montilla se dirigió al fin a Riohacha a mediados de marzo de 1820. Su misión era afianzarse allí para asegurar la retaguardia y adelantarse a la ocupación de Valledupar, donde haría empalme con un contingente neogranadino de 800 hombres dispuestos por Bolívar para la liberación de Ocaña y el avance hacia Valledupar. Juntos se dirigirían a atacar Maracaibo por tierra, su flanco débil.

Montilla cumplió con su objetivo, contra de la resistencia del gobernador realista de Riohacha y de las guerrillas de del cacique indígena Miguel Gómez. A pesar de encontrarse muy comprometido, logró una improbable victoria en Laguna Salada. Penetró tierra adentro y tomó Valledupar. Esperó hasta cuando le fue imposible sostenerse, acosado por los indígenas realistas, y regresó a Riohacha con los irlandeses en insubordinación. La ofensiva contra Maracaibo quedó pospuesta indefinidamente, pero no los sinsabores de Montilla y Brión, que no pudieron evitar el incendio y saqueo de Riohacha por los irlandeses. Salieron menguados pero vivos en una flota muy maltrecha tras meses de inactividad en el inseguro fondeadero de Riohacha.

Eventos en el Sur, exagerados al principio, dieron finalmente al traste con la meditada estrategia maracucha del Libertador. Sebastián de la Calzada, quien había servido con Boves y fue el vencedor de Custodio García Rovira en Cachirí, en los estertores de la Primera República, se replegó hasta Pasto con algunas compañías escapadas del desastre en Boyacá. Allí se rearmó con refuerzos de Quito y las guerrillas del Patía, y ocupó la deficientemente defendida Popayán el 24 de enero de 1820, donde se consolidó gracias al apoyo clerical. Asoló el Valle de Cauca y bajó por el río hasta Cartago. Cundió el pánico.

Santander se vio obligado a distraer tropas del norte, para neutralizar a Calzada por el camino de La Plata, que amenazaba unir fuerzas con el coronel Francisco de Paula Warleta (el pacificador de la Provincia en 1815) desde Antioquia. Este había tomado la ofensiva mientras se daban los eventos del Cauca. El defenestrado virrey Sámano había ordenado desde Cartagena una contraofensiva en Antioquia. Los movimientos realistas amenazaban con dejar todo el occidente de la Nueva Granada en sus manos. La emergencia era ahora otra y puso el último clavo en el ataúd del ejército del Norte y en el designio de unir fuerzas con Montilla en Valledupar. En esos ires y venires quedaron enterrados, por el momento, los designios de Bolívar hacia Venezuela, y, por supuesto, la toma de Maracaibo.

Warleta invadió por Yarumal. Córdova reaccionó para levantarse apenas de su lecho de convaleciente – estaba prácticamente loco después de una caída del caballo – y derrotarlo providencialmente en Chorros Blancos el 12 de febrero de 1820. El Bajo Magdalena y Cauca se entreabrió para las armas republicanas, pero se pospuso el avance porque Córdova debía retornar a su cuartel de Rionegro para enfrentar la posible invasión desde el sur.

Pasadas las emergencias, otras tropas fueron asignadas para Ocaña y Valledupar, pero tampoco lograron aproximarse. Bolívar ordenó al coronel Francisco Carmona ocupar Ocaña, primer movimiento para amenazar la provincia de Santa Marta. Sus instrucciones eran todavía de apoyar intentos sobre Maracaibo. Las activas guerrillas realistas retardaron durante dos meses su andar desde Ocaña y, cuando al fin se puso en marcha, sus órdenes fueron ya no dirigirse hacia Valledupar y Venezuela, sino hacia Chiriguaná, acompañado por un fuerte contingente liderado por el coronel Jacinto Lara. Adiós Maracaibo.

LA CAMPAÑA POR LOS PUERTOS NEOGRANADINOS

Atender el llamado de su querencia había sido una gruesa equivocación estratégica de Bolívar, que sacrificó inútilmente muchas vidas y demoró la liberación de Santa Marta, el conducto ideal para los suministros del Ejercito Libertador, por su conexión con el río Magdalena, que los insurgentes debían intentar dominar ya que conducía a todas partes. Fue necesario el desmoronamiento de sus planes invasores para que el Libertador dirigiese al fin una mirada prioritaria hacia Santa Marta. La ruta hacia Maracaibo por Valledupar y Sinamaica era impracticable.

Mientras tanto la maltrecha flota de Brión, después de cuatro meses de inactividad en el puerto de Riohacha, había recalado en Sabanilla el 14 de junio. Era su sola opción en el único abrigo franco para los insurgentes entre Riohacha y Cartagena. La prefirió a remontar orzando en época todavía de brisas para devolverse hasta Margarita, el otro puerto disponible. Fue una decisión a la vez obligada y afortunada. Para asegurar la posición asaltaron el pequeño fuerte realista en Salgar. Los amotinados irlandeses fueron despachados a Jamaica, mientras la división de Montilla, desecha, constaba ahora apenas de 150 hombres. La entusiasta recepción en Barranquilla, Soledad y pueblos aledaños la recuperó. Convirtió la retirada en triunfo.

Córdova había asegurado a Antioquia, pero los realistas ocupaban las tierras bajas del norte de la provincia y los accesos al río Cauca. Debelada la amenaza en el Sur, que le obligara a una pausa, recibió órdenes de Bolívar y Santander de avanzar hacia el Bajo Cauca. Con ello, el teniente coronel dio comienzo al capítulo definitivo de la Campaña del Caribe. En una notable marcha relámpago: ocupó Zaragoza, adquirió material flotante y bajó por el río derrotando enemigos en las Sabanas, obligándolos a retirarse hacia Cartagena hasta culminar en Magangué, donde llegó a mediados de julio. La maniobra de Córdova y el avance de Hermógenes Maza por el río Magdalena, obligaron a los realistas, justo el día antes de la entrada de Córdova en la ciudad a retirarse de Mompox hacia la posición fortificada en Tenerife. Maza llegó a Mompox el 22 de julio.

La campaña por el último bastión se facilitó porque Pablo Morillo permaneció inactivo. Las operaciones en Venezuela eran escaramuzas. Su pasividad coincidía con que el comandante español esperaba la llegada los refuerzos que estaban por embarcarse en Cádiz para tomar la ofensiva y recuperar la Nueva Granada perdida. A fines de marzo de 1820, Bolívar recibió una gran noticia. Los refuerzos de Murillo no iban a llegar. El 1º de enero, la revuelta del batallón Aragón del coronel Rafael Riego, en Cádiz, uno de veinte que se preparaban para la segunda Reconquista, incendió a España. La Península se declaró a favor del restablecimiento de la Constitución de 1812, que Fernando VII había repudiado. Lo obligaron a jurarla el 7 de marzo. Las tropas ya no zarparían ni para Costa Firme, ni para Buenos Aires, ni para parte alguna en América. El influjo del alzamiento en la Independencia fue determinante. Tuvo casi inmediatas repercusiones en la Colombia de Bolívar cuando Morillo recibió instrucciones del nuevo gobierno liberal de las Cortes de conciliar con los insurgentes. Bolívar le dio largas al llamado de armisticio.

Córdova y Maza, bajo las órdenes nominales del primero decidieron atacar Tenerife. Era una osadía. Las fuerzas realistas eran superiores, sobre todo las fluviales. No importó. Con el arrojo de la juventud, los dos jefes avanzaron por el río en cuya orilla derecha desembarcó Córdova antes del puerto, en una maniobra envolvente para atrapar a los realistas entre dos fuegos, pero lo desviaron los guías y nunca llegó a la cita. Maza, en cambio, arremetió al abordaje por sorpresa con gran arrojo en la madrugada del 27 julio contra las más numerosas fuerzas sutiles españolas y obtuvo por sorpresa una contundente victoria. El bogotano Maza había sufrido la sevicia de los españoles en las prisiones de Caracas cuando, en 1814, estando bajo el mando de Bolívar, había sido hecho prisionero. Escapó en 1816, justo cuando por enésima vez iban a llevar a efecto su sentencia de muerte después de innumerables dilaciones. Se unió a los rebeldes en el oriente de Venezuela. Odiaba a los españoles. La ley del talión se aplicó en la masacre de Tenerife.

Simón Bolívar decidió al fin atender prioritariamente la costa caribe, un mes después de la acción de Tenerife. El 23 de agosto llegó a Barranquilla. Daba por descontada la victoria sobre Santa Marta: “…las fuerzas con que la invadiremos son muy superiores en número y calidad; casi me parece segura esta operación, cuyo buen resultado contribuirá poderosamente a las que seguidamente emprenderemos sobre Maracaibo…” ¡Otra vez Maracaibo! A veces, las fijaciones del Libertador le impedían ver el meollo estratégico. Santa Marta era el puerto que necesitaba.

En Barranquilla y Turbaco, Bolívar concertó con Montilla y Brión el asedio y bloqueo de Cartagena, consciente de que sería un largo sitio. La rendición de esa ciudad representaba redondear el territorio de Colombia y negar a los realistas un puntal fortificado sobre el Caribe. Antes, José Padilla había penetrado en el Magdalena por el canal de la Piña con las flecheras de la flota de Brión y había capturado las barcas realistas fugitivas de Tenerife. Con el avance de Francisco Cardona y Jacinto Lara por el interior de la provincia de Santa Marta, hacia la orilla derecha de la Ciénaga Grande, la mesa estaba servida para la concentración de fuerzas contra San Juan de Ciénaga. Paradójicamente, para ese entonces ya Colombia tenía un puerto sobre el Caribe: Sabanilla. Por allí comenzaron a llegar refuerzos y pertrechos y el comercio internacional que pagaba impuestos de aduana en el mismo fuertecillo que Montilla se había tomado unos meses antes. Las puertas se abren por donde menos se espera.

La liberación de Maracaibo se dio al fin en julio de 1823. Dos años después de Carabobo. Sin demeritarla, la brillante victoria naval del general José Padilla en el Lago significó en realidad un punto de cierre, dos años después de Carabobo. Santa Marta fue el principal puerto marítimo y fluvial de la Nueva Granada durante buena parte del siglo XIX. Fue también el puerto preferente para la Colombia de Bolívar, quien allí fue a morir antes de poder embarcarse. Las páginas de las monografías de este libro cuentan y explican en detalle cómo se llegó a la liberación del Último Bastión, que de ahora en adelante será menos desconocida.

La guerra en el Caribe

EL DESEMBARCO DE LAS TROPAS REPUBLICANAS EN RIOHACHA EN 1820

Weildler Guerra Curvelo*

El sábado 10 de junio de 1820 el Correo del Orinoco publicó la “Proclama a los habitantes del Rio de el hacha”, firmada conjuntamente por el almirante Luis Brion y el coronel Mariano Montilla casi tres meses atrás.1 Las dos figuras republicanas habían sido los comandantes de la fuerza expedicionaria naval y terrestre proveniente de la isla de Margarita, que había tomado el puerto de Riohacha el 12 de marzo. La composición de las tropas era heterogénea: irlandeses, ingleses, un cuerpo de exploradores alemanes, y oficiales y soldados criollos bajo el mando de un almirante oriundo de Curazao y un coronel venezolano.

El texto de la proclama hizo explícito el objetivo político principal del alto mando republicano, dirigido a “incorporar a los habitantes de la Nueva Granada a la gran familia de Colombia y darles el goce de las ventajas que están participando sus otros hermanos”.2 Se recuerda en dicho documento que los estandartes desplegados en el Rio de la Hacha habían venido de las orillas del gran rio Orinoco, de donde también salieron los que el general Bolívar llevó a Boyacá atravesando todo el Reino “en medio de la Victoria y de la Libertad”.3 El desembarco fue la primera acción contundente de una serie de sucesivas operaciones militares emprendidas una vez fue tomada la capital del Virreinato y que debían culminar con la ocupación de los principales puertos marítimos del Caribe en manos de las fuerzas realistas acantonadas en las costas de la Nueva Granada y Venezuela.

Riohacha se había mantenido a salvo de las calamidades de la guerra después de la firma de la Constitución de Cádiz en 1812. En octubre de 1819 había sido ocupada por las tropas del general escocés Gregor MacGregor en una improvisada invasión militar. Esta breve ocupación derivó en saqueos de las propiedades de algunos vecinos de la ciudad por lo que, con la concurrencia de fuerzas realistas, se vencieron y capturaron a los 155 hombres de Mac Gregor que habían sobrevivido al ataque. Estos fueron encarcelados en Riohacha y Valledupar y luego fusilados.

El escenario encontrado en dicha provincia era en extremo complejo y lleno de dificultades en lo político, en lo geográfico y en lo militar. Entre los obstáculos que debían superar se hallaban la carencia de agua y alimentos, las constantes emboscadas de las experimentadas guerrillas indígenas, que gozaban de apoyo en varias poblaciones, las tensiones existentes entre los oficiales republicanos criollos y las tropas irlandesas, y el peligro del asedio al Rio de la Hacha por las tropas regulares realistas enviadas desde Maracaibo y Santa Marta. En el interior de cada grupo, ya se tratase de tropas republicanas, fuerzas regulares realistas o las facciones indígenas armadas, existían notorias tensiones. Las motivaciones y expectativas por las que los miembros de cada bando participaban en la contienda eran también muy diversas.

El alzamiento de los irlandeses en Riohacha, y las consecuencias nefastas para la ciudad que siguieron a este hecho, han atraído la atención de diversos investigadores que lo perciben como una página embarazosa y singular de la participación de los extranjeros en la campaña de independencia en Colombia. Este interés historiográfico ha servido a la vez para opacar la incidencia política y militar del desembarco de 1820. Lejos de percibir este hecho de una manera aislada, o catalogarle como una acción militar periférica, puntual y marginal en la campaña independentista, este ensayo pretende examinar el desembarco en Riohacha y sus preparativos en la isla de Margarita como la operación inicial de un grupo de acciones militares planificadas y coordinadas, cuyo propósito era expandir el control republicano en el norte de una Colombia naciente.

I. LOS PREPARATIVOS DE LA EXPEDICIÓN: UN PAÍS DE INTRIGAS

Una vez tomada la capital del Virreinato de la Nueva Granada, después de las acciones de Boyacá en 1819, el mando supremo republicano había decidido recuperar la extensa línea del litoral caribe entre los puertos de Maracaibo y Cartagena. La isla de la Margarita sería el punto de partida de las operaciones navales y terrestres destinadas a ocupar los puertos marítimos de Cartagena, Santa Marta, Riohacha y Maracaibo. Al mismo tiempo se buscaba asegurar una línea de comunicación con el interior del territorio neogranadino, donde se hallaba la sede del gobierno republicano. Para alcanzar estos objetivos el almirante Luis Brion, natural de Curazao, debía obtener las naves y elementos necesarios para conformar una sólida flota capaz de trasportar las tropas de tierra acantonadas en la Margarita con el fin de atacar, bloquear y finalmente tomar los puertos que se encontraban en manos realistas.

El cuerpo militar principal estaría conformado por oficiales europeos que estaban siendo reclutados por el comerciante irlandés Juan Devereux, quien llegó a Dublin a finales de 1818 procedente de los Estados Unidos.4 Devereux había conocido a Simón Bolívar hacia 1815, ofreciéndose para el reclutamiento de tropas en Irlanda, a lo que Bolívar correspondió otorgándole el despacho de general de división en la orden de Libertadores de Venezuela. Devereux había ofrecido reclutar a unos 5000 combatientes, pero en realidad en la isla de la Margarita solo desembarcaron alrededor de 750 efectivos bajo el mando de oficiales como el coronel Guillermo Aylmer, antiguo jefe del escuadrón Coraceros, al servicio de Austria. A este le fue ofrecido el rango de general al llegar a Venezuela y, como a todos los oficiales reclutados, un sueldo que sería un tercio más alto que el establecido para el ejército inglés.

Entre dichos oficiales se encontraba también el teniente coronel Francisco Burdett O´Connor,5 cuya familia había formado parte de la rebelión contra los ingleses en 1798 y quien tenía una formación clásica en las escuelas francesas y colegios militares, en los cuales había aprendido el manejo, táctica y evoluciones de todas las armas. O’Connor se embarcó en julio de 1819 en la nave de transporte Hannah, dirigiéndose a la isla de Margarita.6

Las tropas a bordo del Hannah desembarcaron en septiembre en el puerto de Juan Griego en la Margarita. Los ingleses e irlandeses que les habían precedido se encontraban dispersos por toda la isla y aun se hallaban algunos a bordo de los barcos consumiendo las provisiones previstas para el viaje. A los oficiales y soldados incorporados, además de una paga, se les había prometido dotación militar, alimentos, tierras y dinero que les permitiría adquirir herramientas para la agricultura, pero la realidad de lo encontrado en América era muy distinta7 . Pasados varios meses no habían recibido víveres ni salarios y las muertes, según argumenta O’Connor, eran causadas, más que por el clima tropical, “por el pésimo alimento”.8 Algunos oficiales, al ver que la realidad vivida en la Margarita no se parecía en nada a las promesas realizadas para engancharlos, habían regresado a Irlanda en las mismas naves en que habían arribado a la isla.9

En febrero llegó a la isla de Margarita el coronel Mariano Montilla, señal de que el traslado de las tropas a tierra firme se realizaría pronto.10 En 1820 el mando republicano dispuso que las tropas reunidas en la isla fueran transportadas por mar hasta Riohacha para tomarse esta ciudad y desde allí abrir operaciones contra Santa Marta, Valledupar y Maracaibo, que aún se encontraban bajo el dominio realista. Bolívar designó al coronel Mariano Montilla para comandar las operaciones terrestres y al almirante Luis Brion para organizar su transporte por mar. Montilla no encontró el número suficiente de fusiles requeridos en las Antillas y solo había reunido en la isla de Margarita algunos pertrechos necesarios para la expedición. Contaba con 750 combatientes irlandeses de un total de 5000 que debía remitir el general Devereux, a los que se iban a unir varios oficiales y tropas del país.

La misión del almirante Brion era mandar la escuadra y reunir todas las naves que pudiera conseguir en el Caribe insular. Estos esfuerzos se realizaban en medio de las tensiones surgidas entre los oficiales criollos y las tropas irlandesas, a las que no se les habían cumplido los ofrecimientos realizados para traerlos a América, lo que frecuentemente culminaba en actos de indisciplina por parte de los europeos. Además, las dificultades económicas de la naciente república llevaron a que tanto Brion como Montilla tuviesen que tomar créditos a título particular para poder dar inicio al plan trazado por el alto mando republicano. El escenario que precedía a la operación militar que se aproximaba estaba tan cargado de tensiones internas que, según afirma O´Connor, el Almirante Brion intentó ganar el respaldo de las tropas irlandesas y les pidió que firmaran un manifiesto en el que expresaban su voluntad de estar bajo la subordinación del almirante curazaleño, decisión que estos rechazaron y pusieron en conocimiento del coronel Montilla. “Yo no quise prestarme a ello, ni permití que ningún militar del cuerpo que mandaba se prestase tampoco a semejante insinuación. Desde que esto aconteció, empecé a comprender que me hallaba en un país de intrigas”, escribió O´Connor en sus memorias.11

En los últimos días de febrero de 1820 se reunió a irlandesas e ingleses cerca del puerto de Juan Griego, en la Margarita. Los irlandeses estaban adscritos al batallón llamado Cundinamarca bajo el mando del coronel Foster. Al grupo conformado por los ingleses se les dio el nombre de “piquete de tiradores”. Un pequeño grupo de ingenieros alemanes tenía la misión de actuar como zapadores en la exploración y adecuación de los caminos por los que habría de transitar el grueso de las tropas. Los oficiales y soldades europeos no fueron informados sobre el destino de la expedición. El 7 de marzo las tropas partieron del puerto de Juan Griego en 14 buques, entre bergantines, goletas, faluchos y flecheras. Ocho de ellos eran embarcaciones de transporte que llevaban a bordo entre 1000 y 1300 hombres de infantería y tropas de la marina; de estos unos 700 eran irlandeses y el resto soldados criollos y extranjeros de otros países. El número de fusiles no era el requerido, pero disponían de abundantes pertrechos y otros elementos bélicos. La operación naval se preparó en medio de un gran sigilo. Solo cuando se encontraba a bordo del bergantín Boyacá,el oficial Francisco O’Connor se enteró por medio del capitán Barbastro, al mando de dicha nave, que se dirigían al puerto de Riohacha.

II. ¿POR QUÉ ESCOGER A RIOHACHA COMO LUGAR DE DESEMBARCO?

Una vez tomada la capital del Virreinato de la Nueva Granada en agosto de 1819, el mando republicano inició prontamente su proyecto de recuperación del resto del país, tanto hacia el sur como hacia la costa norte. En esta última se encontraban puertos marítimos de importancia estratégica y económica para el nuevo gobierno, como Cartagena, Santa Marta y Riohacha, más el histórico puerto de Maracaibo. Algunas de estas posiciones presentaban sólidos sistemas de defensa basados en una buena dotación de piezas de artillería operadas por tropas experimentadas y disciplinadas. En contraste, el puerto marítimo de Riohacha disponía de una guarnición militar reducida y presentaba como única fortificación el torreón o castillo de San Jorge, donde se emplazaban las banderas y la artillería de la ciudad.

La posición estratégica de Riohacha debió ser un gran atractivo para escogerla como lugar de desembarco, pues una vez consolidada su ocupación podría desde allí buscarse el desalojo de las fuerzas realistas de Maracaibo y Santa Marta. El plan republicano contemplaba no solo la ocupación de Riohacha sino la toma de Valledupar. Allí debían encontrarse las fuerzas terrestres comandadas por Mariano Montilla con las provenientes de Ocaña bajo el mando del coronel Francisco Carmona.12 La consolidación del eje Riohacha-Valledupar era considerada un paso clave para establecer una línea de abastecimiento y comunicación de las tropas del litoral con el interior de la república. Esto permitiría maniobrar de forma coordinada contra las posiciones realistas, especialmente en dirección a Maracaibo, que era un objetivo muy significativo para el propio Bolívar.

Como lo ha afirmado Steiner Saether no es posible tener una apreciación de cómo se desarrollaban localmente las guerras de independencia en la América española si no se examinan los patrones previos al conflicto político en cada localidad.13 Un precedente insoslayable fue lo sucedido en octubre de 1819, cuando las indisciplinadas tropas del coronel escocés Gregor MacGregor se habían tomado con facilidad a Riohacha y el gobernador español, José Solís, había huido al poblado de Moreno sin haber interpuesto una significativa resistencia. Solís había tenido durante su administración frecuentes roces con la élite local, lo que explica por qué algunos vecinos de la ciudad brindaron un apoyo inicial a las tropas de MacGregor. Su desprecio hacia la población que gobernaba se expresa nítidamente en su lapidaria frase sobre los riohacheros, a quienes definía como “gente bárbara inmoral, y sin religión que se inclinan a quién más les da”.14

La facilidad con que MacGregor se tomó a Riohacha a principios de octubre de 1819 fue un hecho que el propio general Santander había seguido con suma atención, pues el curso de esta acción debía incidir en favor de la causa republicana. Sin embargo, MacGregor abandonó a sus tropas a su propia suerte y estos fueron derrotados y capturados con la participación de indígenas realistas bajo el mando de Miguel Gómez.

En noviembre de ese mismo año el gobernador Solís procedió, a pesar de las suplicas de los prisioneros, a ejecutar a 155 de estos en Riohacha y Valledupar, algunos de ellos muertos en sus propios calabozos Dicha ejecución, en la que se negaron a participar los oficiales locales, horrorizó a los vecinos de ambas ciudades y debilitó el apoyo a los gobernantes realistas15. Solís ordenó la captura de algunos vecinos de Riohacha con los que mantenía continuas discrepancias y los remitió a Cartagena. Entre ellos se encontraba Andrés Padilla, padre del destacado marino José Padilla, quien hacia parte de las fuerzas expedicionarias. Estas acciones y el cruel tratamiento dado a los prisioneros, según informaban algunos vecinos como Silvestre Cotes, Antonio Amaya y Luis de Zúñiga en carta al gobernador de Santa Marta, apartaron a la mayoría de los habitantes de la ciudad de la causa realista.16

III. EL DESEMBARCO EN RIOHACHA

El 12 de marzo la armada comandada por el almirante Brion fondeó en el puerto de Riohacha y exigió la rendición del gobernador José Solís. Este se negó a entregar la plaza, pero no opuso una firme resistencia y huyó acompañado de algunos vecinos. Durante toda la tarde del primer día hubo un continuo intercambio de fuego de artillería entre los buques de la flota y los realistas acantonados en el castillo de San Jorge. Sin embargo, cuando las primeras lanchas llegaron a tierra en la madrugada del día siguiente, no había ningún soldado enemigo en la fortificación. La bandera española, según cuenta O´Connor, fue sustituida por el estandarte de Lanceros, con el arpa de Irlanda al centro. En ese momento se escuchó una salva de todos los buques de la escuadra.

A continuación, se designó como gobernador de la provincia al coronel Ramón Ayala, quien era el segundo de Montilla.17 Casi de inmediato se dio a conocer una proclama que buscaba el retorno de los habitantes de la ciudad que la habían abandonado junto con las autoridades hispanas para refugiarse en los montes cercanos, buscando la protección de las guerrillas realistas indígenas. También se proponían los comandantes republicanos Brion y Montilla ganarse la confianza de los vecinos del Rio de la Hacha y darles seguridad con respecto a las propiedades que habían dejado atrás y que comprendían diversas mercancías y maderas de tinte de gran valor. “Estad seguros, que los invasores de este territorio son vuestros hermanos y que si algunos de en nuestros soldados cometiere el menor acto de saqueo será castigado según nuestras ordenanzas” se ofrecía en la proclama de los independentistas.18

Al conocer las noticias del éxito del desembarco y la consecuente liberación de la plaza prontamente llegaron al puerto de Riohacha buques mercantes provenientes de Cuba, Santo Domingo, Jamaica y Puerto Rico interesados en el comercio con la ciudad. Las naves trajeron diversas mercancías: zapatos, pantalones, vinos, tabaco, víveres y otras vituallas que demandaba la tropa y que algunos oficiales como O´Connor pagaron de su propio peculio. Los militares europeos se quejaban de que, a pesar de haber incautado el almirante Brion valiosas mercaderías en Riohacha, como el palo de tinte, no se pagó un solo centavo en salarios con destino a los oficiales y soldados enganchados en Inglaterra e Irlanda, lo que fue incubando un sentimiento de inconformidad en estas tropas. Para colmo, la alimentación de los soldados no representaba ninguna mejora con respecto a la recibida en la isla de Margarita. O’Connor se quejaba de esto con manifiesto desencanto: “Durante nuestra permanencia en Río-Hacha no recibimos otra ración que carne de tortuga. Son tan grandes estas tortugas, que una sola basta para dar de comer a cien personas.”19

Entre tanto, los vecinos de Riohacha comenzaron a regresar al amparo de las garantías ofrecidas por el nuevo gobierno. Los pobladores locales fueron sumándose a la causa republicana hasta el punto de que el coronel José Padilla, natural de la ciudad, organizó un cuerpo de milicias con la población nativa, compuesto por unos 400 de sus coterráneos.

IV. LA MARCHA A VALLEDUPAR BAJO EL ASEDIO DE LAS GUERRILLAS INDÍGENAS

Los objetivos trazados por el mando republicano debían alcanzarse con prontitud. En consecuencia, el paso siguiente de las fuerzas terrestres comandadas por Montilla era la toma de Valledupar, de manera que con celeridad se iniciaron los preparativos para la marcha hacia esa ciudad. Como lo ha señalado Saether: “Luego de la declaratoria de independencia de Valledupar, el 4 de febrero de 1813, la mayoría de los pueblos del valle decidió separarse de la jurisdicción de esa ciudad y adherir a los realistas de Riohacha”.20 Sin embargo, tiempo después Valledupar había sido puesta nuevamente bajo el control de las fuerzas leales a la corona española.

Pocos días después del desembarco, unos 500 hombres comandados por Montilla partieron hacia Valledupar. Entre sus objetivos estaban dispersar a las guerrillas realistas que se encontraban en los pueblos cercanos y hacer contacto con las tropas que venían del interior del país.21 La marcha se dio en medio de un terreno hostil lleno de serpientes y rodeado de espesos matorrales que facilitaban las frecuentes emboscadas de las guerrillas indígenas. Las tropas se quejaban de la falta de agua, lo que era en extremo desgastante para los soldados europeos no acostumbrados a este tipo de terreno. Poblaciones como Moreno, situadas a lo largo de ese camino, se hallaban bajo la influencia de Miguel Gómez, la figura emblemática de las guerrillas realistas. Los oficiales irlandeses estaban al tanto del riesgo que implicaba enfrentarse a esta clase de adversarios. Según O’Connor,

teníamos, pues, que transitar por el territorio de los indios Guajiros, que habitaban sobre la Costa Firme, desde Río-Hacha hacia Maracaibo; indios muy valientes y tercamente decididos por la causa del rey de España, y que tenían todos ellos buenas armas y municiones. 22

La participación de facciones wayuu en el proceso de la independencia estaba lejos de ser homogénea y no se extendió a todo el territorio peninsular. Como lo ha señalado Polo Acuña, estas intervenciones “dependieron del tipo específico de relaciones que cada grupo indígena tuvo con la sociedad criolla, las autoridades y los sectores partidarios de la independencia” 23

Las actuaciones de los jefes indígenas parecen enmarcarse en una pragmática lógica situacional como representantes de los intereses de una parcialidad o de una coalición de parcialidades, como parece ser el caso de Miguel Gómez, y no como adalides de los intereses de toda la población wayuu. Otras guerrillas nativas estaban conformadas por miembros de pueblos indígenas diferentes a los wayuu. Algunas, como la comandada por el cacique Canopán en El Molino y Villanueva, actuaron en coordinación con las huestes republicanas y controlaron el camino que de esas localidades llegaba hasta las poblaciones cercanas a Maracaibo a través de la Serranía del Perijá. Los antagonismos entre miembros de pueblos indígenas, como Canopán y Miguel Gómez,24 cuestionan un relato mito-poético y teleológico en el que las independencias son siempre imaginadas como guerras de liberación nacional.25

Al arribar a la población de Fonseca, un grupo de ingenieros alemanes que siempre marchaba a la vanguardia tomó un camino distinto al del grueso de las tropas y cayó en una emboscada. Ninguno sobrevivió y sus cuerpos fueron horriblemente mutilados. Los soldados que se rezagaban siempre eran encontrados muertos del modo más cruel. “La guerra era a muerte”, escribe O’Connor, “y no se tomaba prisioneros ni de una ni de otra parte”.26

Las guerrillas que operaban en la ruta no estaban conformadas exclusivamente por indígenas.27 Entre San Juan del Cesar y Valledupar actuaban las fuerzas de Anselmo Daza, quien en los cuerpos realistas alcanzó el grado de coronel. Daza, al igual que Miguel Gómez, significó un obstáculo constante para la consolidación del control republicano en dicha zona. La resistencia encontrada en San Juan del Cesar fue mucho más intensa que la ejercida en Fonseca.

Las tropas de Montilla llegaron a Valledupar el 18 de marzo al mediodía, la ocuparon sin encontrar resistencia y permanecieron allí cerca de un mes. Así lo informó el coronel Mariano Montilla al vicepresidente Santander en carta fechada tres días después de su arribo: “No se imagina con cuanto júbilo y esplendor se les recibió en esta población a los señores irlandeses de que me ocupo…” 28. Durante este tiempo no fue posible hacer contacto con las fuerzas que esperaban desde Ocaña. Las instrucciones dadas desde la capital eran las de trasladarse a reforzar la división comandada por el general Urdaneta, acantonada en Cúcuta, con el fin de operar contra Maracaibo.

Aunque esta era la orden que debían seguir, llegaron alarmantes noticias acerca de un grupo de soldados irlandeses que provenían de Riohacha como refuerzos. Estos habían sido atacados y quemados en sus chozas mientras dormían en la población de Moreno, que se caracterizaba por ser el epicentro de la resistencia realista donde se refugiaron en dos ocasiones las autoridades españolas cuando fueron desalojadas de Riohacha. Un peligro adicional lo constituían los movimientos de tropas regulares venidas de Maracaibo y Santa Marta, que ponían en peligro el avance del ejército republicano.

Las tropas acantonadas en Valledupar habían perdido toda comunicación con la escuadra fondeada en Riohacha y, por lo tanto, la posibilidad de recibir refuerzos y avituallamientos. Una junta militar de oficiales convocada por Montilla determinó regresar a esa ciudad a la mayor brevedad. La decisión de retirarse hasta Riohacha después de tantos esfuerzos y pérdidas humanas sufridas en la marcha no fue del agrado de algunos irlandeses y una ola de inconformidad comenzó a sentirse entre las tropas extranjeras. Sin embargo, al llegar a Riohacha se encontraron con la desagradable sorpresa de que las huestes realistas que imaginaban adelante de Valledupar se encontraban en las inmediaciones de la ciudad y estaban decididas a tomarla29.

V. LA BATALLA DE LA LAGUNA SALADA

El 20 de mayo de 1820 se presentaron los primeros combates entre las fuerzas republicanas y las tropas realistas. Estas se encontraban sobre un descampado situado cerca de la Laguna Salada, un humedal situado al sur de Riohacha. La mayor parte de los irlandeses se negaron a combatir y correspondió a los 170 lanceros comandados por O’Connor, con el apoyo de artilleros ingleses, desalojar a los realistas de sus posiciones, empleando fuego de fusilería y cargas de bayoneta. El éxito de O’Connor fue exaltado con públicos honores por los comandantes republicanos Brion y Montilla, pero causó malestar en los otros destacamentos conformados por los irlandeses30.

El 25 de mayo al amanecer las fuerzas realistas habían vuelto a ocupar sus anteriores posiciones en los montes y descampados aledaños a la Laguna Salada. Sus fuerzas se estimaron en unos 1500 hombres provenientes de Santa Marta y Maracaibo, comandados por el coronel Sánchez Lima. Montilla convocó a los comandantes europeos y a su vez estos consultaron a sus subordinados sobre su disposición para enfrentar a fuerzas que las superaban en número. Según narra O’Connor,31 los jefes, el teniente coronel O’Lalor y el mayor Rudd, aseguraron que los soldados de sus cuerpos Tiradores y Cundinamarca estaban en disposición de enfrentar al enemigo. Las tropas republicanas no superaban los 400 hombres32 y estaban compuestas por la compañía de naturales de Riohacha reclutados por el coronel José Padilla, el cuerpo de marineros cuyo mando se entregó al coronel Jackson, el cuerpo de irlandeses llamado Cundinamarca, los Tiradores ingleses y los lanceros comandados por O’Connor.

Empleando una táctica ya conocida, los realistas presentaron el grueso de sus tropas formadas en línea, pero en los bosques tenían tropas de cazadores dispuestos en ambos flancos. Con las primeras cargas causaron decenas de bajas a la compañía de marineros e hirieron a varios oficiales entre ellos al coronel irlandés Guillermo Aylmer. La emboscada fue deshecha por los lanceros y la persecución al enemigo se extendió hasta las llamadas Sabanas del Patrón. Después de un combate de media hora, en el que se le causaron numerosas bajas, las tropas realistas huyeron en desbandada. Los soldados irlandeses quisieron perseguirles, pero no lo encontró prudente el general Montilla y ordenó el retorno a Riohacha., Esto causó gritos de descontento entre los soldados europeos, quienes dijeron que a partir de ese momento solo obedecerían las órdenes de sus propios oficiales pues “los generales del país no querían vencer como soldados”33.

Los remanentes de estas tropas, que huían por los bosques, fueron perseguidos y desbaratados en la población de Chiriguaná por las tropas del coronel Jacinto Lara, según informaba el coronel Salom desde Cúcuta el 4 de julio en carta al general Santander:

El enemigo ha perdido en esta fuga toda su infantería que se ha dispersado hasta el rio Magdalena; de modo que sin batirse han sido disueltas las tropas que lograron salvarse de la acción de la Laguna Salada34

VI. LA INSUBORDINACIÓN DE LOS IRLANDESES Y EL ABANDONO DE LA PLAZA

El 18 de mayo de 1820 cincuenta y dos oficiales irlandeses