9,99 €
Empacado en la historia de Ayo se describe una realidad vivida diariamente en Bolivia y otros paises amazonicos. Los conflictos socioambientales se presentan en base a la viviencia del joven aleman-boliviano Ayo y cada quien define cuanta ficción contiene la historia.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 386
Veröffentlichungsjahr: 2024
Dedicatoria:
"Por todas las formas de vida en la Amazonia"
El Último Jaguar
KRISTINA VON STOSCH
© 2025 Kristina von Stosch
Diseño de la tapa: Emilia B. Caballero Villavicencio Traducción del alemán: Kristina von Stosch
Corrección de estilo: Malkya Tudela
Diagramación: Ambar Almeida
Apoyo en la gestión de la publicación: Universidad NUR, Bolivia
Impreso y distribuido por cuenta de la autora:
tredition GmbH, Heinz-Beusen-Stieg 5, 22926 Ahrensburg, Alemania.
La obra, incluidas sus partes, está protegida por derechos de autor. La autora es responsable de su contenido. Queda prohibida cualquier utilización sin su consentimiento. La publicación y distribución están autorizadas por la autora, con la que se puede contactar: Kristina von Stosch, Weinbergstr. 43, 71083 Herrenberg, Germany.
Kontaktadresse nach EU-Produktsicherheitsverordnung: [email protected]
Cubrir
Dedicación
Página de título
Derechos de autor
Prólogo
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Epílogo
Agradecimientos
Sobre la autora
Cubrir
Dedicación
Página de título
Derechos de autor
Prólogo
Sobre la autora
Cover
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
PRÓLOGO
Estaba muerto. Simplemente muerto. Estaba muerto. Simplemente inerte. ¿Cómo era posible? El más formidable, el más imponente. Panthera onka, su denominación por sí sola era tan poderosa que su nombre científico era el único del reino animal que se había grabado en mi memoria.
Era mi héroe, mi símbolo del mundo perfecto, mi símbolo de la armonía, del ciclo de la naturaleza. Si a él ya no se le permitía vivir, entonces ¿por qué a mí? ¿Qué valía yo contra la superioridad de un jaguar? ¿Qué sentido tenía todo esto? ¿Un teatro? ¿Un mal juego? Había imaginado tantas veces que se desfilaba ante mí con la cabeza alta.
Cómo me miraba. Y yo, inclinando la cabeza ante mi rey, temblando de sumisión y retirándome respetuosamente. Todo se derrumbó dentro de mí, como cuando revienta una burbuja de jabón brillante en la que uno puede reflejarse y soñar. El sueño había terminado. Con toda mi fuerza de voluntad traté de ignorar esta realidad, pero seguía allí.
Observaba los troncos quemados de los árboles, tirados en el suelo, como si se rindieran ante un poder superior y un dictador los controlara. ¿Quién era ese dictador que lo destruía todo sin razón alguna, como si estuviera harto de toda vida y como si anhelara un silencio sin fin?
El silencio era exactamente lo que me asustaba más. Ni siquiera se oía el cantar constante de los grillos. Si tan sólo un mosquito me hubiera zumbado en el oído, podría haber encontrado el camino de vuelta a la vida. Me sentía tan muerto como el negro silencio que me rodeaba. Mi larga búsqueda perdía su sentido justo cuando había llegado a mi destino.
No quería ver más tierra negra. No quería oler más. Mi nariz hacía su parte y se negaba a funcionar porque el calor de las brasas había quemado mis fosas nasales. No quería sentir
más ese calor que no podía compararse con el alegremente húmedo y tropical que siempre había disfrutado, que hacía que la camiseta se pegara al pecho como si se uniera a la piel, pero al mismo tiempo irradiaba fertilidad. Tampoco quería saborear más ese calor hostil, un calor que quería quemar todos los recuerdos verdes de mí y que sabía a muerte. Seco, polvoriento, salado y amargo. Así era exactamente como me imaginaba el sabor de la muerte. Oír, sí. Era lo único que aún quería, pero un sonido, una música vital, no un crujido de los últimos coletazos de una interacción de resina quemada, corteza y savia de árbol.
¿Seguía mirándome? No sabía decirlo. Intentaba recordar el momento, el bosque, el fuego, el humo, y cómo él se quedó allí, echado. Todavía debe haberme visto. Sí, seguro estaba aquí después de todo. Me preguntaba si él habría querido decirme algo. ¿Decir adiós? Tenía una mirada pacífica, respetuosa y sabia, como si ya se hubiera asegurado un lugar maravilloso en su mundo después de la muerte. Sin sangre, sin lucha, así de fácil se apagó su vida. Después de eso, todo se me volvió negro.
CAPÍTULO I
5:35 de la mañana. Mis piernas estaban entumecidas, después de haber intentado en vano apretar mis 1,90 m entre el espaldar del asiento delantero y mi asiento 25F, donde tuve que permanecer en el trayecto entre Madrid y Santa Cruz. Todo me hormigueaba, incluso mis pensamientos. Mi aventura por fin había comenzado. La búsqueda que había estado en mi interior tanto tiempo ahora se permitía desplegar. Cómo iba a saber en ese momento que todo sería tan diferente e imposible de imaginar.
—Por aquí, joven, para entrar a Bolivia. Pasajeros a Panamá, por aquí. —Esa fue la primera voz boliviana que confirmó mi llegada. Sólo en ese momento me di cuenta de que las filas de pasajeros que embarcaban para el vuelo de Copa Airlines a Panamá se mezclaban con la masa de gente que salía de mi avión de AirEuropa, formando una línea curva como la sinuosidad de un río que dejaba como sedimento a algunos pasajeros varados en su camino.
El siguiente turbión se formaba un piso más abajo, donde cinco funcionarios sellaban, callados, los pasaportes; otros dos recogían algún formulario sin sentido. Nunca entendí por qué, en la era de la tecnología, todavía había que rellenar páginas y páginas escritas a mano. Finalmente, el torrente salía, junto con la masa de escombros que formaba la torre de maletas de varios metros de altura, hacia el más bien tranquilo edificio del aeropuerto de Viru Viru.
Viru Viru, así se llamaba el aeropuerto. Me gustó enseguida, sonaba a aventura, a nuevo comienzo; sonaba a lengua extranjera, al canto de una rara ave del paraíso. Quería que la aventura de mi búsqueda llegara de inmediato, quería acelerarla, y estaba atento a una serie de encuentros maravillosos que guiarían mi camino. Así es como lo había imaginado. A través de mi tez sureña y mis ojos verdes y almendrados, ya podía ver mi futuro floreciendo.
Olía como el mariposario del zoo al que siempre me habían llevado mis abuelos. Ya de niño me fascinaba la forma en que estas criaturas delicadas revoloteaban por el aire y las imaginaba como notas musicales. Estoy seguro de que así se vería la música si se pudiera ver. El aire estaba caliente y húmedo y se podía oír el cantar penetrante de los grillos. Mi abuelo no me había hecho falsas promesas, incluso una familia de piyos (ñandúes) me saludaba a la salida del aeropuerto. El comité de bienvenida fue perfecto, mi humor también.
Había imaginado que mi pequeño cuarto de Airbnb sería más grande. Seguramente tomaron la foto que aparecía en Internet con un ojo de pez para que pareciera más grande. Giré en círculo y descubrí que incluso la cama estaba cubierta igual que en la publicidad: una sábana con grandes flores en tonos marrón y verde; sobre ella una segunda sábana, que seguramente era para arroparse, y tres almohadas (puse una de ellas en mi sofá). El sofá podría haber salido de los muebles en liquidación de mi tía abuela, al igual que la oscura y pesada mesa comedor del centro, sobre la que no podía poner mi laptop sin romper con el estilo antiguo. Detrás de la mesa se entronizó una pantalla plana de 55 pulgadas y, en diagonal, un aire acondicionado White Westinghouse que en adelante sustituiría el ruido de los grillos.
El cuarto de baño tenía un enorme espejo y una ducha de la que salían cables como espagueti de distintos colores para alegrar la experiencia del aseo. En todo ese tiempo no me atreví a utilizar el agua caliente que corría por cables libres sobre mi cabeza. Me oía a mí mismo en la incoherencia de argumentar que era ridículo utilizar una ducha caliente a 35°C de temperatura ambiente y al mismo tiempo deseándola cada mañana.
Lo último que recordaba era que la casera había tocado la puerta. Amelia me había traído una empanada y un refresco de mocochinchi. Con un “disfruta de nuestra hermosa Santa Cruz, la ciudad más bella del mundo” se había despedido de nuevo y se había dirigido a su habitación, donde un televisor anunciaba a todo volumen una serie colombiana romántica.
Fue como si los recuerdos de mi más temprana infancia salieran de repente de los agujeros de mi cerebro y se abrieran paso hacia la superficie. Imágenes salvajes zumbaban en mi interior y ya no podía saber si eran historias a las que había dado vida mi imaginación infantil o experiencias reales. Veía un bosque denso y verde, oía voces en español y en otro idioma. Varias personas me tendían maní recién cosechado y me contaban historias. Mis historias. Historias de mi yo que me acompañaban desde entonces.
Había perdido noción del espacio y del tiempo cuando me sacó del sueño la alarma de un automóvil. Ya no recordaba cómo me había dormido, ni cuándo, ni por qué. No había dormido mucho, ¿o sí? En cualquier caso, estaba hambriento, seguía sin fuerzas y mi cuerpo se estaba acostumbrando poco a poco a que se le permitiera estirarse en toda su longitud. Me senté en la mesa con mi empanada, arranqué mi portátil y quedé asombrado de la maravillosa conexión wifi. No funcionaba tan rápido en Alemania.
Aparte de dos amigos del colegio, nadie se había puesto en contacto conmigo. ¿Acaso mis amigos se habían olvidado de mí apenas unos meses después de nuestra promoción? Seguramente todos estaban ocupados con su año social, con sus estudios, con sus viajes y con la inevitable crisis que se produce tras la paralización del tiempo que antes continuaba automáticamente, año tras año, en los acontecimientos de la vida escolar. ¿Iba a cursar francés o español? De ese tipo eran las únicas decisiones vitales a las que yo había tenido que contribuir para planificar mi futuro hasta ese momento. Y esta pregunta fue particularmente fácil para mí porque tuve la gran suerte de haber absorbido el español a través de mi padre, que es mitad boliviano.
Pero ahora estábamos allí, los jóvenes de la promoción. La rueda de la fortuna no seguía girando por sí misma, tenías que hacerla girar tú. Así que algunas decisiones quedaban atrapadas como en una telaraña y luchaban como una mariposa para poder salir. O se quedaban quietas por el momento porque nuestro incierto futuro, a pesar de la presión de Greta Thunberg, ya no parecía muy prometedor. Cuando hace unos meses les había contado a mis amigos los planes de mi búsqueda, sólo habían sonreído amablemente mientras se imaginaban cómo aparecería la fase de vida “Bolivia” en mi currículum: “gran búsqueda infructuosa de mi ego”.
Cumplí sin ganas con mis rituales de comunicación electrónica: “Mamá, llegué bien, estoy cansado, te escribo después”; y del WhatsApp: “Hola Pablo, mala conexión, tranquilo aquí, ya te llamaré algún día con mejor Internet”. Finalmente, eché a andar el orgullo de mi vida: ArcGIS, versión 10.8.1. Sentí que era mi número de la suerte desde el principio, ya que nací en esa fecha exacta, el 10 de agosto de 2001. Inicié el programa de cartografía y de nuevo abrí el mapa que ya había mirado tantas veces. La imagen de satélite de la cuenca amazónica boliviana, mi mundo. Mi mundo infantil, mi nuevo mundo, mi aventura. Mañana empezaría la gran búsqueda.
CAPÍTULO II
Joven y enérgico, así me conocía, pero había subestimado mucho el jet lag. Después de muchas vueltas por la ciudad, sacar dinero, comprar una tarjeta telefónica y algunas cosas para el viaje, fue fácil encontrar el camino de vuelta a mi mundo de ensueño con una dosis de series colombianas, pero también fue fácil permanecer despierto hasta las tres de la mañana escuchando el zumbido del aire acondicionado. “Sin tetas no hay paraíso”, a ese nivel estaba entonces la cultura te- levisiva latinoamericana del siglo XXI. Decidí comprar y ver algunas películas bolivianas en la próxima oportunidad. ¿No debería pasar al menos un día más en la ciudad? Había toma- do la precaución de alquilar mi pequeño cuarto durante una semana, aunque no tenía ni idea de cuánto tiempo me que- daría. ¿De dónde venía este impulso de salir inmediatamente, de entrar en acción enseguida? Esa energía me empujaba sin freno, como una fuerza que no me permitía detenerme. Era un impulso que llevaba tiempo queriendo controlar mi cuer- po y que por fin tomó el control. Sí, mañana iba a empezar mi búsqueda.
Arreglé asuntos con Amelia, que apenas quería dejarme salir de su alojamiento. Me eché la mochila al hombro, pero rápidamente me di cuenta de que no era buena idea caminar. Esta ciudad no era propicia para hacerlo. Las aceras estaban repletas de mercancías.
Había ropa vieja, zapatos aún más viejos y ancianas que habían acumulado pequeños montones de esa mercancía delante de ellas. De esta manera había montones de papas, montones de limones, montones de zanahorias, montones apestosos.
Algunas cosas las reconocí de algún viaje de visita que habíamos hecho con la familia hace muchos años, otras me eran completamente extrañas. Practiqué mi recorrido, abriéndome paso entre la acera y las motos que circulaban a toda velocidad por la avenida. Trataba de saltar los baches al mismo tiempo de esquivar los montones de basura y de mantener el equilibrio sobre las sucias y resbaladizas bolsas de plástico. Ya no sabía si las constantes gotas húmedas pro- venían de los aparatos de aire acondicionado de las casas o de mi frente, además el viento caliente me apanaba con finos granos de arena. Detrás de mí, oía una melodía que bailaba constantemente, subiendo y bajando dos escalas musicales, junto a ellas venía un hombre que promocionaba una bebida con granos de maíz enteros en un contenedor en forma de bola gigante. El somó había sido una experiencia tan dulce de mi infancia que aún estaba firmemente grabada en mis recuerdos. Esta melodía se acompañaba arrítmicamente de sonidos graves emitidos por una gran variedad de compañeros motorizados. Con ese nivel de ruido, mi madre me habría dicho que estaba arruinando mis oídos y que me alejara. Sí, caminar aquí era realmente un reto.
A una cuadra de distancia pude ver a una mujer con un exprimidor de cítricos y una montaña de naranjas en un carrito. Oh sí, un zumo salvador. Dirigí mi cuerpo hacia ese puesto y un rato después disfruté del saludable refresco.
En la terminal de autobuses, olía a pollo frito. Miré el celular, eran las 11 de la mañana, mi hora favorita para desayunar, pero ese día no tenía que ser pollo a la broaster. Prime- ro el autobús. Sabía que me esperaba un viaje muy largo hacia el norte, también sabía que no sería fácil encontrar transporte hasta allá, hasta el lugar de mi origen y destino, hasta el lugar de mi búsqueda, así que decidí comprar pasaje para el primer tramo: Santa Cruz a Concepción. La pequeña ciudad estaba a sólo seis horas por carretera, una buena dosis de avance para el primer día.
Compré un billete para el autobús azul que parecía haber salido de un largometraje mexicano del siglo pasado. Eran los mismos en los que me habían llevado mis padres hace unos 13 años. Al menos eso era lo que mostraban las fotos.
Vi que no se habían vendido todos los asientos y me di cuenta de que no partiría pronto, así que aún había tiempo para desayunar. Qué maravilla. Decidí probar una empanada de queso espolvoreada de azúcar y un café. La masa estaba fantástica, pero tuve que endulzar mi bebida con tres cucharadas de azúcar para ahogar el sabor feo del polvo instantáneo. Los demás clientes hicieron lo mismo. ¿Por qué un país cafetero tomaba café instantáneo de Brasil? Recordé que hacía poco había leído que Bolivia había ganado un premio internacional por sus granos de café Arábica de los Yungas, y sin embargo tomaba granos Robusta instantáneo de Brasil. Un mundo extraño.
—Señor Ayo Vogelhorst, el autobús sale ahora.
Sólo cuando el joven me tocó, me di cuenta de que se refería a mí. Con la pronunciación boliviana, mi nombre era irreconocible. Incluso en Alemania, la gente lo encontraba extraño y lo confundía con el nombre del norte alemán Hajo. Constantemente tenía que explicar que en realidad sólo con- sistía en las tres letras a-y-o. Mi apellido Vogelhorst se con- virtió aquí en Bocheljos y, por lo tanto, apenas se recono- cía como mío. Al mismo tiempo, me alegré de no llamarme Hajo porque la pronunciación española aquí me convertiría en Ajo. Desde siempre mi nombre era algo muy importante para mí. Sentía que en él llevaba una parte de mi yo, de mi origen y de mi identidad. Sabía que tenía un gran significado, mi padre siempre me había hablado de eso. Entenderlo más profundamente era parte de esta búsqueda.
El hombre que estaba a mi lado en el autobús me pareció simpático de inmediato. De estatura media, pelo castaño con canas, frente plana, una saludable plenitud de cuerpo y ojos muy despiertos e interesados.
Sus jeans, su camisa a cuadros y sus botas de marca Timberland sugerían que, por un lado, se movía en el campo, pero, por otro lado, posiblemente paraba también en hoteles de cuatro estrellas. Con los 20 pasajeros restantes, la población de Bolivia habría estado bien representada en la estadística. En la primera fila de asientos, tres niños sentados juntos, a su lado una mujer pequeña y redonda, probablemente la madre. Justo detrás de ellos había un hombre mayor con un sombrero de paja y sorprendentemente pocos dientes, pero tenía una sonrisa que parecía haber tomado residencia permanente en las arrugas de su cara. En el centro se sentaban unas cuantas mujeres con faldas de longitud media, todas con trenzas largas, sombreros de paja y abarcas. También había otras personas de piel marrón pastel en distintas tonalidades que vestían pantalones de tela remangados y camisas. Me preguntaba qué aspecto tenía yo para la gente porque, aunque no era tan diferente en el color del pelo y la piel, mis ojos, mi ropa y mi comportamiento delataban que no frecuentaba esta región. Trataba de imaginar un parentesco con los otros pasajeros del autobús, buscaba similitudes, los escudriñaba y luchaba por detectar alguna familiaridad.
¿Cómo debería iniciar mi búsqueda? De repente empecé a dudar. Una vez más, me había precipitado sin pensar y eso nunca me había salido bien. Me encontré deseando que las palabras casuales de una persona de por allí pudieran guiarme hacia la dirección correcta de mi búsqueda, esperando pequeños milagros como los de los libros de Paulo Coelho. Quería que mi camino fuera así de sencillo y mágico.
Cerré los ojos y por un momento sentí la inmensidad de mi propósito. Por una fracción de segundo, la ligereza y la alegría juvenil dieron paso a una versión cambiada de mí mismo a la que no quería entrar. Mis amigos del colegio ha- bían sonreído, de la misma manera que un padre sonreiría si su hija de 5 años le informara de que se iba al África por un rato y que volvería para cenar. Una sonrisa amable y que al mismo tiempo indicaba que el proyecto nunca pasaría del mundo de los sueños a la realidad. “Sólo tengo que mirarle a los ojos una vez y entonces lo sabré, estoy bastante seguro”, les repetía, pero cómo iban a entenderlo. Era un impulso que sentía dentro de mí como si hubiera entrado desde otra dimensión y me estuviera utilizando como huésped. ¿Pero qué podría pasar? Tenía que intentarlo.
—Señor, ¿va a ir a Concepción? —rompía la voz la barrera del sonido de mis pensamientos.
Mi vecino me sonrió amablemente. Primero tuve que ordenar las palabras y salir de los abismos de mi mente a la superficie. La pregunta me parecía un poco extraña, después de todo, estábamos todos en un autobús hacia Concepción.
—Sí. Es decir, no, no exactamente, no solo hasta allí, seguiré después.
Ya estaba trabajando en una respuesta a la pregunta que esperaba seguir, ¿a dónde?, cuando me entregó una bolsa de chipilo salado.
—¿Quieres chipilo? No eres de por aquí, ¿verdad?
De nuevo una pregunta tan complicada, con tanta filosofía. Me sentía abrumado, ya que la cuestión de mi procedencia y destino eran aspectos nada claros en esta fase de mi vida.
—Alemania, sí, es decir, mi padre es medio boliviano, mi madre es alemana.
—¿Ah, Hohenheim?
—¿Perdón? —Tardé en reconocer la palabra como una palabra alemana.
—Una vez estuve en Stuttgart-Hohenheim.
—Oh, sí. ¿Qué? ¿Así que lo conoces? ¿Conoces Alemania, estuviste una vez en Hohenheim?
Mi vecino resultó ser un experto en agricultura tropical, de la que aquí se practicaba en abundancia. Esos conocimientos estaban guardados en Stuttgart, donde los trópicos sólo se podían encontrar en el mariposario del jardín zoológico. Otra de esas realidades poco plausibles.
Mientras tanto, habíamos abandonado por fin la zona urbana de Santa Cruz y cruzado el Río Grande. El río inmen- so que, como me explicó mi vecino, tenía sorprendentemente poca agua en esta época del año. Era septiembre, cerca del final de la época seca, pero aún pasarían tal vez dos meses hasta que el curso de agua volviera a ganar caudal. Pasamos unas horas charlando de cosas triviales. Cuando ya habíamos pasado por Cuatro Cañadas, el simpático vecino “Timberland” (aún no sabía su nombre) señaló unos cultivos de soja y dijo “mira aquí, el evento HB4”. Sonaba como una fórmula química o una marca de computadoras.
—La HB4 es una nueva semilla de soja modificada ge- néticamente que se introdujo aquí este año. Todavía no está aprobada en Europa, pero sí en China.
¿Evento? Me imaginaba un evento más bien como algo nocturno, con música, cerveza y mucha gente.
—Creía que aquí había soja genéticamente modificada desde hacía tiempo —intenté disimular mi ignorancia.
—Sí, desde hace muchos años. Primero sólo existía la soja Roundup Ready de Monsanto. Puedes rociar todo el glifosato que quieras y no conseguirás que la planta caiga. Ge- nial, ¿eh?
Me miró con los ojos entrecerrados, evidentemente queriendo comprobar cuál era mi posición al respecto.
¿Pero qué crees que pasará con el agua si talan todo el bosque y siembran soja?
—Bueno, se contamina obviamente —respondí, obe- diente.
—Bueno… contamina sí, pero peor aún, el agua desaparecerá. Todo el ecosistema se secará, ¿dónde va a quedar la humedad? Pero por eso tenemos ahora el evento HB4, una soja adaptada a la sequía —continuó.
Me sorprendió lo que había aprendido entre los suavos de Alemania. ¿O era más bien una sabiduría de Leverkusen, la sede de Bayer? ¿Cómo era el tema con Bayer y Monsanto?
Una vez hice una presentación de colegio sobre eso, pero ya me había olvidado de los detalles.
—Un momento, ¿así que primero se deforesta todo y se envenena con glifosato, y luego, cuando ya no hay agua, se trae una nueva variedad, o cómo se llamaba, evento, y se cultiva soja en seco? Genial.
—Sí, así es como funciona el mundo, o más bien como no funciona el mundo.
Me hubiera gustado preguntarle a qué más se dedicaba, si tenía familia, si dormía hasta tarde por las mañanas y qué tipo de música le gustaba, si estaba en camino a casa u otro lado, sólo preguntas normales y alegres como las que se hacen en los autobuses para conocer a los compañeros de viaje. Pero de alguna manera ya no tenía ganas de hacerle más preguntas. Miraba por la ventana y veía unas cuantas vacas cruzando la carretera, justo detrás de ellas unos 10 camiones alineados, como vagones de un ferrocarril, todos cargados de granos de soja. Iban de camino al siguiente silo. Un bache me sacó de mis pensamientos.
El camino no era tan perfecto después de todo, ya me había sorprendido. De mi primera infancia, sólo recordaba carreteras polvorientas y llenas de baches. Atravesamos innumerables pueblos más y me preguntaba si la carretera había sido asfaltada para dejar más espacio a los mercados ambulantes o para que la gente pueda secar sus productos. Un sinfín de motos pasaban rugiendo junto a nosotros, sirviendo también de taxis. Por lo menos, de esta manera, la gente siempre tenía brisa fresca y un medio de transporte muy práctico y barato. Pollos, quintales de arroz y familias con cinco o más niños circulaban tranquilamente en sus motos. Más atrás, incluso vi a alguien transportando una estantería que casi desprendió el techo de la tienda del vendedor de naranjas. En ese momento recordé la emisora de radio alemana que solía escuchar en el desayuno, siempre fielmente anunciando el estado de carreteras de la región. Si hubiera realizado sus anuncios aquí, iban a sonar algo así como:
Precaución en la carretera principal San Julián – Concepción. Hay partes de neumáticos en la vía, niños, conductores en sentido contrario, gallinas en el arcén, cuidado con el derrame de petróleo y un trabajo en carretera sin señalización. Por favor, conduzca despacio y no adelante. Informaremos cuando pase el peligro, pero mejor quédese en casa.
Finalmente, el panorama de la soja en los campos de cultivos y en las carrocerías de los camiones llegó a su fin, y el paisaje se volvió un poco más verde, más curvado y con más colinas. Y más baches, finalmente baches, ya me había sentido bastante poco boliviano en las carreteras de asfalto liso. Ya llevábamos más de cuatro horas de camino, no po- día faltar mucho para llegar a Concepción. Estaba deseando cambiar pronto el agua tibia de mi tomatodo por algo fresco. Mi compañero de viaje miraba por la ventana y debió notar mi euforia.
—Ahora estamos en la verdadera Chiquitanía, la de los jesuitas, lo sabes, ¿no?
Le sonreí y balbuceé un “hm yeah um”, otro producto de mi esquema repetido de “primero habla, luego piensa”. Afortunadamente, mi vecino se divertía haciendo de guía.
—Mira afuera, ahora se está poniendo bonito. Aquí a la izquierda está la iglesia, la plaza, gente relajada por todas partes, chiquitanos, debe ser la música barroca la que les hace feliz —concluyó su frase y se rio—. Cualquiera que haga música barroca debe estar relajado, ¿no? En sólo 100 años, los jesuitas misionaron a los indígenas, les enseñaron una vida ordenada de pueblo, construyeron iglesias y tocaron mucha música. Hacían violines con bambú, hay que imaginarlo, y eso en el siglo XVIII.
Sí, había oído hablar de ello. Realmente había leído mucho sobre lo que el mundo de mis antepasados podría haber sido alguna vez y estaba a punto de convertirse en mi mundo. Había leído cómo las viejas partituras fueron mal utilizadas como papel higiénico y que comunidades enteras tocaban melodías de Bach con el violín. Pero me había parecido una locura enseñar música barroca a los pueblos indígenas chiquitanos. Y aún más loco fue que continuaran esa práctica como una tradición propia. Me imaginaba a los señores Bach y Haendel cabalgando por el campo con sus pe- lucas blancas y sus carruajes tirados por caballos, entrando luego pavoneándose en la iglesia entre plátanos y papayas, limpiándose el polvo de las faldas para dirigir un concierto clásico. Algo tan absurdo, música barroca en plena selva.
Pero ahora se había despertado mi curiosidad.
—No fue muy amable por parte de los jesuitas obligar a los indígenas a vivir en una aldea, ¿verdad? Desde luego, los chiquitanos no llegaron a formar pueblos voluntariamente. Entre cazar, recolectar y ser libres o construir iglesias para los blancos, cantar canciones incomprensibles, tocar instrumentos desconocidos y adorar a un dios extraño, seguramente habrían elegido la libertad, ¿no?
—Olvidaste la tercera opción: ser asesinados por los españoles.
Eso podría haber facilitado la decisión después de todo.
Timberland miró un momento por la ventana y acabó el resto de su chipilo.
—Así que ya me voy. Ha sido un placer conocerte. Soy Fermín, o mejor dicho, Chacho, aquí tienes mi número de WhatsApp por si me necesitas. —Me tendió una de esas revistas de los Testigos de Jehová botadas por allí, en la que había anotado su número de teléfono. No entendía por qué él creía que yo pudiera necesitarlo.
—¿Esto ya es Concepción?
—No, pero casi. Falta otra media hora. Me quedo aquí en Las Piedras, es donde vive mi tío, le ayudo a hacer queso de búfalo y siempre descanso un poco junto al hermoso lago. Antes de que pudiera responderle, salió y saludó rápidamente mientras el autobús se ponía en marcha. En Alemania habría habido descansos para orinar cada dos horas y paradas oficiales con horarios fijos.
En este lugar, habría sido una pausa para orinar especialmente agradable, con vistas al lago. Desde siempre me encantaba buscar los lugares más bonitos para orinar en la naturaleza, ya podría publicar una guía para orinar en mi lugar de origen, la Selva Negra. Yo dividiría los lugares para orinar en categorías: con vistas a la naturaleza, con intimidad, con aire de montaña, con cortavientos por su propia seguridad; y los lugares a los que se llega con ganas a medias o deseos fuertes de orinar…
La llegada a Concepción no fue difícil de reconocer. Como diría Chacho, “otro pedazo de la verdadera Chiquita- nía”, una plaza, gente amable, pero todo un poco más grande que antes. Todo el mundo salía a la calle con sus amarros, yo también agarré mi mochila y fingí saber exactamente a dónde iba. Quería evitar a toda costa que me desenmascararan como turista.
El primer punto del orden del día era evidente: orinar y comer. Seguramente después tendría uno de esos maravillosos encuentros mágicos y el resto del viaje se desarrollaría por sí solo.
Así lo imaginaba, así lo deseaba y así no tendría que tomar decisiones ni asumir responsabilidades por mi cuenta. Pero el destino no me haría la vida tan fácil.
Justo en la plaza, una mujer me saludó desde la puerta de su restaurante. No sé si quería hacer publicidad de su oferta de comida o simplemente estaba de buen humor. Tenía el pelo castaño recogido con pasadores y era de mediana edad. Sin embargo, sus ojos brillaban como sus uñas recién pintadas. El Buen Gusto, eso sonaba prometedor, así que decidí seguir la sonrisa. A estas alturas ya había oscurecido, pero no hacía frío. El keperí con yuca y arroz, y un delicioso jugo de acerola, me devolvieron todas mis esperanzas y estaba con- vencido de que todo fluiría al día siguiente. Me encontraría con la familia de mis abuelos y así comenzaría mi búsqueda. Mi optimismo era mi compañero constante en la vida, siempre abriéndose paso entre las nubes grises de mi pensamiento.
Sin embargo, ya no estaba seguro de si mi misión había sido realmente una buena idea. ¿Qué pasaría si lo encontrara? ¿Qué sería de mí entonces? ¿Y si no lo encuentro? Sentí que se enredaban mis pensamientos y seguí caminando.
Todos los pueblos del mundo buscaban algo, eso no era nada raro. Podía ser la tierra prometida, o como la llamaban los pueblos aquí, en el Amazonas, el Gran Paitití, el cerro sagrado o la Loma Santa. La tierra sin sufrimiento, sin mal, como la describían los indígenas guaraníes. Todo un constante buscar sin encontrar. En Europa, la gente anhelaba la felicidad en la máquina de café más moderna, y en Asia, en el dominio del mundo. En Australia y África, en el agua, y en Norteamérica tenían la misión de encontrar al mejor presi- dente para el show humorístico. Los animales, al fin y al cabo, también buscaban. Comida, lugares seguros para dormir, nidos, parejas para aparearse. Sin búsqueda no éramos nada, estábamos muertos. Estaba seguro de que esto también era cierto para nuestra especie, el Homo Sapiens. Una cucaracha se abría paso por debajo de la puerta del baño del restaurante. Yo disfrutaba el canto de los grillos en la noche, mientras el loro sentado encima de mí, en un viejo marco de madera, me miraba sin parlotear. ¿Y si encuentro lo que busco?
¿Y si no lo encuentro? De repente, ambas opciones me parecían aterradoras. Vacié mi plato y entré a un hostal sencillo, me acosté en la cama y decidí no molestarme con estas cuestiones tan complicadas. Dejaría que otro se ocupara de ello por mí. Quien sea, algún dios, alguna fuerza cósmica, el destino, no me importaba.
CAPÍTULO III
Un desayuno maravilloso, simplemente delicioso. La esposa del dueño, María, debe haberse levantado a las 4 de la mañana para hornear todas estas delicias: pan de arroz, cuñapés, tamales, además de preparar las frutas tropicales increíblemente deliciosas. Aquí pude ver que las papayas crecían en el jardín, y quizás los guineos también. La única estrella que le quitaría sería por el café, de nuevo café instantáneo, una ruptura total de estilo.
Todos los huéspedes estaban repartidos por el hermoso jardín como si hubieran sido dispuestos en una maqueta arquitectónica, con la decoración artísticamente colocada y los juegos de té en perfecta armonía. Los sonidos de la música barroca bailaban alrededor de las tazas de té como si esparcieran gotas de buen humor por todas partes. Ametauná era un albergue sencillo, pero el patio merecía al menos cinco estrellas. No podía uno mirar tantas flores de colores. Justo encima de mí vi una orquídea a punto de florecer, una lengua amarilla con puntos rosas, fina y delicada, como uno se imagina la cama de un hada. Una maravilla de la naturaleza. Yo no podría haberlo dibujado más bonito, aunque eso no era un buen parámetro pues mis habilidades de dibujo me dieron mucha diversión en el pasado ya que nunca era posible reconocer nada de lo que trazaba. Mi perro dibujado parecía ratón y el elefante un bambi. Un caso sin remedio. Pero estoy seguro de que Vincent Van Gogh tampoco lo habría dibujado con más belleza, seguramente se habría inspirado en ese esplendor floral.
Saqué mis papeles y notas. Abrí el portátil y volví a mirar mi emprendimiento. Según mi padre, tenía que tomar un trufi hasta San Cristóbal, en el norte, y luego encontrar una moto que me llevara a Cañada Larga, mi comunidad, donde comenzaría mi búsqueda. Sólo recordaba vagamente los rasgos de mi abuelo, su piel áspera, sus sabios ojos negros y almendrados, sus piernas huesudas y su ser tranquilo. Me pregunté qué le había pasado. Lo que más recordaba era su olor, tal vez eso se me pegó especialmente de niño, no lo sabía. Todavía podía sentir el olor del bosque, de hojas y tierra mezclado con un aroma dulzón similar al de un melón. Era extraño, sólo recordaba las reacciones de mis padres.
Habíamos recibido una llamada un día, en una línea frágil, y sólo habíamos entendido una de cada dos palabras. En aquel entonces no existía WhatsApp, ni Skype, ni vídeollamadas, únicamente hubo una conversación de dos minutos por teléfono cableado con una sola información: el abuelo había muerto. Papá viajó al funeral, debe haber pasado unos siete años desde esa vez, pero no pudo quedarse mucho tiempo entonces y en su permanencia se había enterado de lo que ya sabíamos: el abuelo había muerto. Así eran las cosas en el campo, él había tenido un dolor y había muerto. Listo, nada más. Eso es lo que le habían explicado a mi padre. Claro que no tuvieron la oportunidad de llevar al abuelo a un hospital antes, para que lo atendiera un médico. Ni siquiera Juan, el curandero del pueblo, pudo decir nada más al respecto. No habían dejado de repetir que Miro, mi abuelo, fue un hombre muy especial y que sabía hacer cosas increíbles. Nunca supe qué era eso tan increíble que sabía hacer, aunque sí, mi abuelo me había dejado una profunda impresión desde pequeño. Siempre sentí un lazo muy fuerte entre nosotros.
Pero también existía esa otra historia, la historia que mi padre había mencionado de paso, pero sólo como una pequeña anécdota, como un comentario sin sentido, como la idea de un niño. Nunca les había dicho a mis padres que creía en esa historia, sólo se habrían burlado de mí.
En ese entonces decidí explorar a fondo esa historia el día que tuviera la edad suficiente. Y ahora llegó el momento. Mi gran búsqueda. No le había dicho a nadie la verdadera razón de mi búsqueda. Sólo dije que quería explorar los orí- genes de mi abuelo y conocer al pueblo Arawak como parte de mi propia identidad. Aunque esa afirmación no era falsa, no era completa, tenía que perseguir esa segunda historia. Sí, eso era lo que me impulsaba.
Volví a poner en marcha a Archie, como llamaba a mi programa cartográfico favorito ArcGIS 10.8.1. Cargué la imagen de satélite de la región del norte de Concepción, los shape files de los límites del municipio, las carreteras y caminos y la ubicación exacta de Cañada Larga, la comunidad Arawak, la comunidad del abuelo. A partir de esta información, Archie creó un hermoso mapa para mí. Hasta San Cristóbal, la vía estaba trazada como carretera secundaria, pero a partir de ahí la conexión con Cañada Larga no estaba marcada en absoluto. Debía continuar en algún lugar desde San Cristóbal, en dirección noreste, pero ya lo averiguaría. Al día siguiente quería partir.
Llevaba dos horas parado a un lado de la carretera principal Concepción - San Ignacio, paseando como un gato sin rumbo. A mi lado, un perrito negro dormía plácidamente. Al otro lado de la carretera se vendían hojas de coca, en grandes sacos de yute, machucada, no machucada, con bicarbonato, stevia o lejía, sabor maracuyá o chicle. Había coca para todos los gustos. Ya había caminado dos veces hasta la tienda de la esquina al otro lado de la carretera, una vez para comprar una botella grande de agua de 2 litros y otra por galletas de agua para el camino. El trufi aún no salía hacia San Cristóbal. Llevaba ahí dos horas, y el taxi estaba “casi lleno”. Desde entonces, al menos cinco pasajeros habían comprado pasajes y todavía seguíamos “casi llenos”.
El Toyota Noah tenía tres plazas en el asiento trasero, tres plazas en el asiento central y, si no me equivocaba, dos plazas en la parte delantera junto al conductor.
Encima del freno de mano habían colocado un cojín con un diseño de cuadros marrones que prometía ser un asiento de lujo. Según mis cuentas, sólo faltaba un pasajero más para finalmente ponernos en marcha, si es que, hasta entonces, el conductor no saliera a almorzar.
Cuando por fin nos pusimos en marcha, sentí una especie de emoción que me recordaba al momento en que las campanitas de las fiestas navideñas familiares nos llamaban para abrir regalos. Esa sensación de experimentar algo excitantemente desconocido y al mismo tiempo maravilloso. Mi corazón latía tan rápido que me asombraba de mí mismo.
¿Por qué de repente estaba tan emocionado ahora?
El camino serpenteó por la carretera asfaltada, algo accidentada, durante unas cuantas curvas, y luego se desvió a la izquierda hacia el norte y se adentró en el bosque. El firme gris del polvo de la carretera se convirtió en tierra roja. El carril de seguridad de 5 metros de zona libre de vegetación se redujo a cero. Las copas de los árboles se alzaban sobre nosotros y nos acogían. La exuberante vegetación a ambos lados del camino no permitía ninguna mirada más profunda hacia el bosque. De vez en cuando, las ramas golpeaban el parabrisas, que afortunadamente seguía intacto. Por el contrario, el lugar donde uno esperaría encontrar una ventana, por la segunda fila de asientos a la izquierda, estaba tapado con cinta de embalar transparente. Nos soplaba una brisa fresca en la cara, sin la cual nos hubiéramos cocinado vivos con ese calor. A esas alturas, todos habíamos adquirido un color marrón-rojo uniforme en todo el cuerpo, como si nos hubieran retocado con un efecto vintage. La tierra roja estaba en cada poro, convirtiéndose en una máscara facial desmenuzable con el sudor. La lucha del motor en la arena fue acompañada por el canto nostálgico de Facundo Cabral: “No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad”. Qué increíblemente congruente con mi situación en este momento.
Me quedé dormido durante algún tiempo despertándome una y otra vez por los baches. De pronto un freno brusco hizo que el Noah patinara un poco y se detuviera. Un pequeño bulto de color marrón-gris oscuro es- taba frente a nosotros. Rápidamente, al igual que los demás pasajeros, salí de la movilidad, me acerqué al bulto y reconocí una pequeña cara redonda con una amplia sonrisa. Esta pobre criatura era cualquier cosa menos sonriente, pero el universo había creado un rostro que sólo podía sonreír. Lentamente movía sus brazos infinitamente largos con los tres dedos puntiagudos para desplazarse. Me acordé del juego de cartas con motivos de vida silvestre que teníamos en casa. Allí figuraba el perezoso, el mamífero más lento del mundo. Altura 0,6 m; peso: 5 kg; velocidad: 0,146 km/h; número de crías: 1; edad máxima: 40 años.
El hombre que iba en el asiento del freno de mano, en la parte delantera central del Noah, cogió al perezoso por el cuello y lo puso en el árbol de al lado. Era increíble lo que saltaba en esa piel de animal: una simbiosis de algas verdes y rojas, emparejadas con larvas de mariposa, polillas y escarabajos que permitían, a nuestro amigo sonriente, alimento y protección constante en las alturas de los árboles. Rápidamente quise agarrar mi celular para tomar una foto del amable animal, pero el viaje se había reanudado.
Siempre había pensado que los latinos eran muy comunicativos, pero en este viaje los pasajeros estaban dormitando cansados y no decían ni una palabra. Aparte de eso, no habría sido posible mantener una conversación muy relajada con ese ruido de motor y el ritmo de la radio. Tenía muchas preguntas para hacerles: si había muchos perezosos, qué otros animales se encontraban aquí, cuáles eran peligrosos o venenosos y cuánto tiempo faltaba para llegar a San Cristóbal. Cubrí mis preguntas con tierra roja y me limité a mirar silenciosamente por la ventana.
San Cristóbal se anunció al despejar el bosque y revelar una vista de amplios pastizales. Las brechas en forma de espina de pescado cortaban el paisaje a la derecha y a la izquierda del camino principal, y cientos de cabezas de ganado cebú Nelore retozaban bajo árboles y palmeras dispersas en busca de unos pocos espacios de sombra. Cuanto más nos acercábamos al pueblo, más a menudo veíamos diversos cultivos. Pude reconocer las plantaciones de plátano y papaya, pero mis conocimientos de agricultura tropical no llegaban más allá. Quizá debería haber visitado la Universidad de Hohenheim, como Chacho, antes de emprender el viaje. Seguramente habría encontrado gente más habladora que hubiera podido introducirme un poco aquí.
