El veredicto - Martín Arancibia - E-Book

El veredicto E-Book

Martín Arancibia

0,0
9,49 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¿Qué es la vida? ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cuál es nuestro origen y destino? ¿Qué es la muerte? ¿Existe un Dios y juez supremo? ¿Existe un más allá después de la tumba? El hedonismo, el materialismo, el consumismo, el relativismo y el cientificismo son los pilares de esta era moderna, caracterizada por el vacío, el absurdo, la desesperanza, la indiferencia y la falta de creencia. El propósito de esta obra es proponer y demostrar que no hay nada más injusto, irrazonable y alejado de la realidad y la verdad que seguir el camino que persiguen las multitudes sin reflexionar. Usted puede y debe vivir una vida llena de significado, propósito, solidez moral, paz y esperanza para el futuro, más allá de las adversidades temporales de esta vida llena de sufrimiento. Con propuestas sólidas, razonamientos y argumentos convincentes, y con conclusiones muy favorables al cristianismo, el autor invita a recorrer el camino hacia la plenitud intelectual, emocional y espiritual.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 334

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Arancibia, Martín Sebastián

El veredicto : un reflexión profunda sobre Dios, lo trascendental y la era venidera / Martín Sebastián Arancibia. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

286 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-541-6

1. Filosofía Contemporánea. 2. Filosofía de la Religión. 3. Cristianismo. I. Título.

CDD 200

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Arancibia, Martín Sebastián

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Dedicado a:

Antonio Arancibia

Graciela Sacur

Miguel Arancibia

Roberto Inigo

Lucho Arancibia

Gonzalo Nuño

Rodrigo, Gustavo, Ramiro, Gabriel,

y a muchas otras almas preciosas.

Agradezco profundamente a aquellos grandes intelectuales, filósofos, científicos, sabios y maestros (algunos de ellos valiosos y entrañables amigos) que, quizá sin ser conscientes de ello, auxiliaron a mi alma en el espinoso, complejo y dificultoso sendero hacia la confirmación de mi cosmovisión y filosofía de vida. Ellos convierten en una idea poco menos que risible la noción del mundo secular de que los creyentes son menos doctos, lúcidos y perspicaces que sus pares incrédulos y escépticos.

William Lane Craig

Dinesh D’Souza

Jhon Lennox

Alvin Plantinga

James Moreland

Lee Strobel

William Dembski

Stephen Meyer

Michael Behe

Michael Licona

Gary Habermas

Frank Turek

Hugh Ross

Ravi Zacharias

Josh Mc’Dowell

Clifford Goldstein

Walter Veith

Stephen Bohr

Antonio CruzRoberto InigoRamiro AlbornozGustavo Casmus

Entre un sinnúmero de otros investigadores y especialistas, creyentes y cristianos, henchidos de experiencia, sabiduría, valor, afecto y esperanza.

Índice

El veredicto Pág. 13

Prólogo Pág. 19

Breve glosario de términos importantes Pág. 25Argumentos cosmológicos Pág. 29Argumentos teleológicos Pág. 47El origen de la vida y la complejidad biológica Pág. 61Argumentos a partir de la conciencia, la razón y los deseos naturales Pág. 73Argumentos morales Pág. 95El argumento ontológico modal Pág. 103Argumentos históricos Pág. 107Argumentos teológicos Pág. 123¿Resurrección? Pág. 137La experiencia humana Pág. 161¿Existe vida después de la muerte? Pág. 183Dios y el problema del mal Pág. 217

Conclusiones Pág. 235

Apéndice Pág. 243

Otras objeciones aparentemente sólidas contra el cristianismo Pág. 275

El veredicto

Una reflexión profunda sobre Dios, lo trascendental y la era venidera

El veredicto

Este libro fue ideado y escrito con la razón, pero más aún con el espíritu y el corazón. Su objetivo no es alcanzar a la persona superficial y frívola, indolente e insensible, que no se detiene a reflexionar sobre los interrogantes existenciales más profundos y trascendentes ni repara en hallar el verdadero sentido de la vida, la magnanimidad del amor, ni en meditar de manera escrupulosa sobre la brevedad de nuestro tiempo terrenal. Si tú, lector, no posees un intenso y arduo interés en temas inmensamente más profundos y sublimes que los meros afanes y placeres de esta vida, entonces no pierdas el tiempo con la lectura de este libro.

Como autor de esta obra, he visto la necesidad de transmitir mis conocimientos y mi experiencia adquiridos a lo largo de estos últimos trece años. Considero que no soy un conformista, ni deseo serlo. Siempre entendí, en lo profundo de mi corazón, que esta vida, analizada en sí y solo por sí misma, es insuficiente e incapaz de responder convenientemente al indecible anhelo que reside en nuestras almas, anhelo profundo y misterioso que no puede satisfacerse con ninguna consecución o gratificación terrena. Creo firmemente que todo ser humano desea y sueña con algo aún más pleno y satisfactorio que un título profesional, un buen pasar económico, una relación amorosa grata y vigorosa, hijos bellos y cariñosos o incansables viajes alrededor del globo. No quiero que se me malinterprete: estas clases de sueños son legítimas y fascinantes… Pero concluyen por ser insuficientes en su fugaz encanto y su limitado y relativo deleite.

El ser humano anhela la felicidad. Yo la anhelo; tú, lector, también. Pero sabemos que esta vida solo puede ofrecer, a lo sumo, una cuantía limitada y relativa de ella. Ese mismo hecho condujo tanto a filósofos y pensadores como a eruditos y estudiosos de la ciencia a inquirir y escudriñar los misterios de la realidad, el universo, la vida y la historia humana. Misterios cuya expresión básica y esencial podría plasmarse en las siguientes preguntas:

¿Quiénes somos?

¿De dónde provenimos? ¿Cuál es nuestro origen real?

¿Cuáles son el sentido y el objetivo de la vida?

¿Cuál es nuestro destino?

¿Por qué existe el amor? ¿Qué es? ¿Por qué deberíamos amar? ¿Por qué amamos?

¿Qué es la muerte? ¿Es ella el final de todo?

¿Por qué existen el mal y el sufrimiento?

¿Disponemos de alguna esperanza auténtica y verídica?

¿Existe un “más allá” de la muerte física?

En fin, multitud de preguntas tremendamente trascendentes y significativas que de una u otra forma nos cuestionamos desde temprana edad. Es de resaltar que no son incógnitas con respuestas simplistas y sencillas. ¡La realidad y la vida humana son profundamente misteriosas! Sin embargo, el ser humano es un innato buscador de la verdad. Y esta podría definirse sobre la base de “la relación entre los conceptos o proposiciones que la mente formula y cómo se ajustan a los aspectos objetivos del mundo”.

Siempre quise vivir con al menos un nivel admisible de certeza acerca de las respuestas auténticas a los interrogantes existenciales. ¿Por qué? Porque deseo vivir en coherencia con la realidad y, de ser posible, poseer una base sólida para mi moral, mi ética y mi sentido de la responsabilidad, un fundamento apropiado para mis creencias, y abrigar una vida plena, rica en experiencia, profunda y henchida de significado, serenidad espiritual y propósito.

Ahora bien, en mi viaje en búsqueda de respuestas, siempre he advertido que la cuestión principal en torno a estos dilemas existenciales es nada más y nada menos que la existencia de Dios: un Creador, Diseñador del universo y Legislador de las leyes que lo rigen, tanto físicas como espirituales. ¡Hay una abismal diferencia entre un universo sin Dios y uno creado por Él! Resulta muy difícil hallar un sentido objetivo en la vida, o una esperanza real para ella, si es que realmente los no creyentes tienen la razón. Por otro lado, si Dios existe, entonces es muy sensato inferir que el universo fue creado con uno o múltiples propósitos, de igual manera que la vida y el alma humana. Y es razonable suponer que esta vida fugaz y en ocasiones llena de sinsabores no es lo único que eventualmente vivenciaremos en nuestro paso por la existencia: existiría un más allá, y esta efímera e insatisfactoria vida no lo sería todo...

Dicho lo anterior, este libro se abocará a la tarea de presentar, examinar y desentrañar argumentos y razones con base en los descubrimientos de la ciencia moderna, las disquisiciones de la filosofía, el análisis de hechos históricos y las evidencias religiosas y teológicas, así como también la natural y/o sobrenatural experiencia de multitud de personas que, en su cabal juicio, manifestaron y evidenciaron cierta clase de contacto con una realidad trascendente. ¿Existe un Dios/Creador/Diseñador y Juez supremo? ¿Hay vida y esperanza más allá de la muerte? Trataremos de responder estos eminentes interrogantes con sentido común y por medio de evidencia analítica minuciosa, y también de las pistas que logremos extraer de la naturaleza.

Sin embargo, el juicio reflexivo y la conclusión quedarán a su cargo, lector; y quiero resaltar que la fe también juega su rol indispensable. Es momento de hacer una breve aclaración. Mis motivaciones al escribir este libro probablemente sean diferentes a las del lector al leer esta obra. El creyente reflexivo puede poseer estímulos emocionales para sostener y defender sus creencias. Sin embargo, lo mismo puede aseverarse para el caso de agnósticos y ateos. Los primeros pueden tener cierto temor a la muerte y extinción definitiva de su personalidad, y a las de sus seres queridos y conocidos en general. Por otro lado, los incrédulos poseen una hostilidad decidida hacia la idea de hallarse compelidos a dar cuenta de todos sus actos en un definitivo Juicio Final ante una Majestad Suprema. Sienten que es una idea embarazosa y una perspectiva enormemente desagradable. Asimismo, consideran que la doctrina cristiana comúnmente aceptada del tormento eterno en un infierno de fuego es una afrenta contra las nociones de amor, compasión, justicia y ecuanimidad que emanan de nuestra naturaleza moral1.

Las motivaciones (emocionales o espirituales) pueden considerarse válidas desde cierto punto de vista, pero nada hacen para incrementar o restar veracidad a las hipótesis y teorías referentes a Dios y el más allá que pondremos a prueba en este libro. Por ende, intentaremos abstraernos de dichas motivaciones y aspiraremos a un veredicto racional objetivo, hasta el punto donde sea posible. Y aquello que la razón no puede lograr ni alcanzar quizá lo pueda lograr la intuición, pero con mayor seguridad, la fe auténtica y la experiencia. No olvide esto.

Hecha esta aclaración, conjeturo que vivir con plenitud implica una combinación armoniosa de asentimiento intelectual sólido, sentir emocional intenso, experiencia relacional viva y afectuosa y vivencia espiritual profunda. Por consiguiente, es lo que aspiro tanto para mi vida como para usted, lector sincero, quizá sufrido pero honesto, íntegro y perseverante. No lo relegue:

- Firmeza y rigor intelectual

- Fraternidad social y relacional

- Plenitud sentimental y emocional

- Armonía espiritual

A través de 12 fascinantes puntos —algunos más extensos que otros, debido a su naturaleza— vamos a desentrañar cuestiones de grandiosa y elocuente envergadura, con el objeto de fundamentar la solidez de las creencias que deberíamos abrazar y la cosmovisión (manera de interpretar el universo y la vida) que deberíamos adoptar. Sobre estas bases se asentarán naturalmente, como un río que fluye por sus cauces, nuestras vivencias relacionales y emocionales. Y más allá de estas plataformas existenciales fundamentales, que aún resultarían truncas e inconclusas en lo que a nuestra búsqueda de la felicidad respecta, correspondería buscar con anhelo la experimentación de una vida espiritual saludable, plena, colmada de luz, paz y esperanza para el porvenir. Vivir de esta manera merece toda pena y sacrificio.

Acompáñeme el lector en un apasionante viaje, con mente abierta y sincera, con atención presta y dispuesta, y con la dedicación y el esfuerzo que corresponden a tan importante empresa: fundamentar eficazmente las bases de su cosmovisión, donde podrán asentarse sus ideologías y filosofías de vida, sus creencias y, fundamentalmente, sus propósitos y esperanzas.

Básicamente, hemos de analizar y lidiar con 12 tópicos de la mayor relevancia, comenzando por la naturaleza de la realidad,

la ciencia y el universo, en su intrincado diseño y complejidad, para continuar con el examen de la naturaleza humana, sus capacidades y facultades inherentes, la percepción del bien y el mal, los deseos espirituales del hombre, ciertos fascinantes hechos históricos que indican unívocamente una realidad trascendente y determinados estudios teológicos que convergen hacia una misma y eminente conclusión. Finalizaremos examinando el testimonio y la experiencia anecdótica confiable de millones de personas a través de la historia, hasta llegar a la actualidad por medio de significativos argumentos que, analizados sin prejuicios, declaran su veredicto en cuanto a la existencia de Dios. Luego, abordaremos las pistas y demostraciones que fundamentan la racionalidad de la creencia en una vida después de esta existencia terrena; y un último tópico que añade mayor peso, preponderancia y credibilidad simultánea a ambas hipótesis abordando el dilema del mal y el sufrimiento. ¡Temas de la mayor relevancia y de una significación indiscutiblemente sublime!

Prólogo

El momento actual es de interés abrumador para toda persona reflexiva, sin distinción de nacionalidad, raza o creencias. Estamos inmersos en un muy probable y definitorio cambio de ciclo histórico, en un mundo estremecido, confundido y desorientado. Existe una pasmosa pérdida de valores —poco imaginada— en la familia, la educación, las relaciones humanas, las religiones mismas; una cruda decadencia en las bases éticas de los valores judeocristianos sobre los cuales se ha erigido el mundo occidental. Los principios morales casi se esfuman en el vendaval del relativismo y el hedonismo. Los valores históricamente reconocidos como objetivos y universales se menosprecian, ridiculizan e incumplen con casi absoluta normalidad.

No, no es novedoso alegar que vivimos un tiempo muy peculiar; el mundo es un caos emocional, un desorden intelectual que conduce necesariamente a un desorden social, material (piense en el consumismo casi patológico de la sociedad) e incluso a un desarreglo moral y espiritual… un vacío existencial insoportable y una falta de rumbo sin parangón. ¡Estos son los motivos de la elaboración de esta obra!

La inteligencia y la razón del hombre, con sus correspondientes aportes y logros científicos y tecnológicos, son consideradas ilimitadas. La herencia grecorromana y judeocristiana, motor del desarrollo y bienestar del mundo libre y democrático, en los últimos tiempos ha sido sustituida por numerosas filosofías relativistas, individualistas e insatisfactorias.

La emocionalidad, el sentido de la inmediatez, la gratificación instantánea y el subjetivismo casi “sacro” y absoluto dominan las vidas por doquier. Así también, la veneración por el consenso científico o la ciencia actual como únicas vías válidas para llegar a la verdad, unida a un desprecio a priori de lo sobrenatural y a una fidelidad absoluta al materialismo, derivan en una innumerable cantidad de vidas vacías, sin significado o propósito y con gran angustia existencial. Las personas buscan acallar sus conciencias en medio del aturdimiento propio de los torbellinos del hedonismo (el amor por los placeres, sí) y sus deleites carnales casi deificados, solo para llegar a su clímax… y hallar más vacío.

Como nos explica el doctor Ravi Zacharias, en lo que respecta al mundo occidental, si el lector vuelve su mirada a la época del racionalismo, en tiempos de René Descartes, notamos que dicha teoría epistemológica consideraba la razón como fuente principal y única base de valor del conocimiento humano en general. Esta fue sucedida por la Ilustración, denominada así por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la ignorancia de la humanidad mediante las luces del conocimiento y la razón. El siglo XVIII es conocido, por este motivo, como el Siglo de las Luces y del asentamiento de la fe en el progreso. Después, el empirismo arribó a la escena mundial: una teoría filosófica que enfatizaba el papel de la experiencia, ligada a la percepción sensorial, para la formación del conocimiento humano… Para el empirismo más extremo, la experiencia es la base de todo conocimiento, no solo en cuanto a su origen sino también en cuanto a su contenido.

De ahí el mundo viró al existencialismo. Uno de sus postulados fundamentales, en palabras de Jean Paul Sartre, es que en el ser humano “la existencia precede a la esencia”, es decir, que no hay una naturaleza humana que determine a los individuos sino que, considerando sus deseos y sentimientos, son sus actos los que determinan quiénes son, así como también el significado de sus vidas. El existencialismo defiende que el individuo es libre y totalmente responsable de sus actos. Esto incita en el ser humano la creación de una ética de la responsabilidad individual, apartada de cualquier sistema de creencias externo a él. Hay tres tipos o subclases: el existencialismo cristiano, el agnóstico y el ateo… Advirtamos que el célebre Albert Camus fue otro de sus proponentes que se apartaron de la literatura académica para arribar al mundo de la literatura narrativa. Pero aquí, aquí arribamos al posmodernismo: “Mira, todos estos sistemas son demasiado absolutistas, me están limitando mucho”, deliberaron muchos ideólogos. Así, este último paradigma puede definirse mediante tres términos o axiomas:

No existe la verdad

No existe el significado

No existe la certeza

Una de sus curiosidades fundamentales es que trasladó la autoridad para la interpretación de la historia del autor al lector… Así le permitió ¡reinterpretar la realidad!

Ahora bien, el interrogante pertinente es: ¿hay algo de verdad en todos estos sistemas de pensamiento humano? Sí, parece haber un trozo de verdad en cada uno de estos sistemas… el error parece yacer en que cada uno de ellos, por decirlo de algún modo, tomó un dedo de la mano de la realidad o la verdad, pero ¡ninguno tomó la mano entera! Lo fascinante de este asunto tan trascedente es que, dentro de la espiritualidad tradicional, hay lugar para la razón, la experiencia, la voluntad, la investigación empírica y para el individuo como un todo integral.

Piénsalo: ¿querrías que el piloto del avión que abordas sea un posmodernista practicante? Piénsalo nuevamente. No creería en la verdad ni en el significado ni en la certeza. ¿Cómo manejaría tal aeronave siguiendo su cosmovisión hacia sus conclusiones lógicas? ¿Debería siquiera atender los parámetros y modalidades de manejo, la altitud y los requerimientos y los cuidados por tomar, si ni siquiera creyera en las certezas, en el significado ni en la verdad? El posmodernismo ilustrado es semejante a un semáforo con todas sus luces en verde… ¿A qué nos conduciría esto? ¡Sí! Caos, desorientación y confusión, anarquía, desorden, y destrucción. ¿Acaso no le suena esto muy similar a la realidad vivencial de las sociedades actuales?

La finalidad de este libro es brindar esperanza, y razones convincentes, al lector abrumado por el vacío existencial, el escepticismo reinante y la estafa del individualismo, el materialismo, el relativismo y el hedonismo. Recuérdelo, la mayoría puede estar equivocada, y la verdad es independiente de la adhesión del mundo a ella. Y verdad hay una sola, lo demás son opiniones, perspectivas y enfoques.

La buena noticia que presentan las conclusiones filosóficas de este libro es que sí disponemos de múltiples razones para vivenciar una vida de fe, certeza, convicción y plenitud espiritual, con su respectiva paz, significado, propósito y esperanza… ¡Vamos a descubrirlas, investigarlas y confirmarlas juntos! Y el veredicto queda en sus manos, lector.

Referencias para investigación

Ciencia, Filosofía y Teología. (3 de julio de 2016). Ravi Zacharias - ¿Qué es el Posmodernismo? [Archivo de video]. https://www.youtube.com/watch?v=Foh5tQZ5Dk8&ab_channel=Ciencia%2CFilosofíayTeología

Stuart Villalobos Tapahuasco. (22 de enero de 2015). Puede la ciencia explicarlo todo? Dr William Lane Craig vs Dr Peter Atkins. [Archivo de video]. https://www.youtube.com/watch?v=iport7CDYuM&ab_channel=StuartVillalobosTapahuasco

PragerU. (12 de agosto de 2019). Verdad para ti pero no para mí. [Archivo de Video]. https://www.youtube.com/watch?v=pMzhzqoQh8c&ab_channel=PragerU

Copan, P. (11 de agosto de 2006). ¿Qué es lo malo (y lo bueno) del Postmodernismo? https://www.namb.net/apologetics/resource/que-es-lo-malo-y-lo-bueno-del-postmodernismo/

Breve glosario de términos importantes

Señalamos que íbamos a dilucidar 12 argumentos en torno a dos tópicos que tienen un potencial eminentemente trascendente en lo que respecta al significado real de la vida, nuestra responsabilidad moral y una auténtica esperanza para el futuro. Muchos de dichos argumentos poseerán la estructura formal de:

declaración de premisas, derivación de conclusiones.

Pues bien, entonces, es pertinente preguntar ¿qué es un argumento? Y ¿cuál es su relación con la lógica racional? Trataremos de dejar a un lado los tecnicismos innecesarios y recurrir a un lenguaje más bien coloquial:

Argumento: es una prueba consistente y coherente que se utiliza para justificar algo como verdad o como acción razonable.Lógica: es la ciencia formal que estudia los principios de la demostración e inferencia válidas. Y una inferencia es el proceso por el cual se derivan conclusiones racionales a partir de premisas (proposiciones que pueden ser verdaderas o falsas).

Entonces, en el apropiado uso de la lógica, un argumento equivale a un conjunto de premisas seguidas por una conclusión. Como expresa el conspicuo filósofo William Lane Craig, a quien he seguido detenidamente en la elaboración de la primera parte de este libro:

Un argumento sólido debe cumplir dos condiciones: (1) ser lógicamente válido (es decir, que su conclusión se sigue de las premisas mediante las reglas de la lógica), y (2) que sus premisas sean verdaderas. Si un argumento es sólido, entonces la veracidad de la conclusión se sigue necesariamente de las premisas. Pero para ser un buen argumento, no es suficiente que sea sólido. También se requiere disponer de alguna razón para pensar que las premisas son verdaderas. Un argumento lógicamente válido que tiene premisas verdaderas, pero totalmente desconocidas [no justificables o ininteligibles] para nosotros, no es un buen argumento para arribar a una conclusión. Las premisas deben tener un cierto grado de justificación2.

Ahora, debemos tener en cuenta que hay muy pocas cosas que el hombre sabe o puede saber con certeza, por lo que resulta muy difícil establecer la veracidad de una premisa fuera de toda duda posible. ¡Pero sí podemos hacerlo en cuanto a la duda razonable! Los grandes pensadores contraponen las premisas con sus negaciones (sus opuestos), y entonces evalúan su grado de plausibilidad a la luz de la evidencia. Y, para disponer de un argumento sólido, las premisas deben ser, al menos, más probables que sus negaciones. Con esto basta. Y cuanto mayor sea el grado de probabilidad, ¡mayor la certeza que tendremos acerca de la conclusión!

Sobre la base de esta introducción, ya estamos en condiciones de examinar rigurosamente las razones y pruebas de que disponemos para la existencia de una esfera trascendente, una realidad allende a lo que nuestros ojos pueden llegar a ver… y más portentosa aún.

Argumentos cosmológicosEl argumento de Tomás de Aquino: el Primer Motor del cosmos

Para el lector no avezado en estudios de filosofía, quizá resulte desconocido el hecho de que Tomás de Aquino formuló minuciosamente las populares “cinco vías para demostrar la existencia de Dios” que en la actualidad son objeto de pláticas, contiendas acaloradas y debates, pero que rara vez son comprendidas en su verdadero contexto y valía. Por el momento, quiero que nos centremos brevemente en la primera de estas vías. En palabras de Tomás de Aquino, “La existencia de Dios puede ser probada de cinco maneras distintas. La primera y más clara es la que se deduce del movimiento3.

¿El movimiento? Todos entendemos de qué está hablando, ¿verdad? De arrojar una piedra, tomar un vaso y trasladarlo de lugar o conducir un automóvil del trabajo a la casa. Pues no, no realmente. Ese no es el concepto.

En un contexto filosófico, más que a cosas que cambian de lugar, se usa la palabra movimiento para englobar todos los tipos de cambios que observamos en la realidad… debemos pensar en la fruta que se pudre, en los animales que crecen, en la arcilla que se convierte en un vaso y en el martillo que los quiebra, antes que en carros o en planetas que orbitan el sol. Esos también son cambios, pero el movimiento de lugar es solo una forma de los cambios que tiene en mente este argumento.

Aristóteles, en cuyos trabajos se fundamenta la vía de Tomás, alega que para no contradecir los dictados de la razón “es necesario admitir una realidad […] la de ser en potencia”, a la que pertenecen las cosas que no existen en la forma de ser, pero al mismo tiempo se presentan a la razón como una posibilidad lógica. Los seres que cambian o se mueven, aquellos con los que nos encontramos día a día, están necesariamente compuestos por actos y por potencias,porque si ellos no existieran en acto no existirían de ninguna forma, y si no radicara en ellos ninguna potencia, no podrían cambiar o moverse, pues moverse implica precisamente pasar de la potencia al acto.

Por ejemplo, una pelota de goma es esférica en acto, de un determinado color y de un peso, todo lo cual conforma aquello que la pelota es en acto. Al mismo tiempo, esa pelota contiene diversas potencialidades como ser viscosa, si se le aplica calor, o ser roja, si se le pinta de ese color; y no tiene otras, como convertirse en un pollo, o tener el peso y la dureza del metal. Desde este punto de vista, nuestra pelota del ejemplo está compuesta de actualidades y potencialidades.

Dicho y aclarado este punto, pasemos a la siguiente premisa de Tomás: “Pues es cierto, y lo perciben los sentidos, en este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro”.

A continuación, Tomás de Aquino dedica unas líneas a una breve explicación de la teoría del acto y la potencia, utilizando el ejemplo del fuego que calienta la madera y actualiza la potencia de la madera para calentarse. La seguridad con que la que aducimos “todo lo que se mueve es movido por otro” depende, en definitiva, de que la alternativa es absurda. En efecto, decir que una cosa se mueve a sí misma, si lo analizamos a la luz de ser en acto y en potencia, equivale a decir que una cosa existe a la vez en acto y en potencia, lo cual implica una contradicción de términos porque, como hemos visto, cambiar implica que algo deja de estar en potencia para existir en acto.

Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor.

Negar la regresión infinita es la única opción lógica: decir que todo lo que se mueve es movido por otro es lo mismo que decir que nadie se mueve a sí mismo; ningún ser que cambia encuentra en sí mismo la razón de ese cambio, sino que todos recibieron de otro el movimiento.

Pero cuando uno trata de imaginar cómo puede extenderse ese patrón infinitamente, nos damos cuenta [de] que si todos los seres no hacen más que entregar lo que recibieron, pero no hay nadie que lo inicie, los movimientos o cambios que percibimos en la realidad simplemente se quedan sin explicación alguna.

A modo de ilustración, podemos pensar en un tren cuyos vagones se mueven tirando unos de otros: por muy largo que sea el tren, si no hay locomotora, ninguno se va a mover; y si constatamos que se mueve, la única explicación posible de ese movimiento será que existe una locomotora. Legítimamente, la conclusión es justificada: “Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En este, todos reconocen a Dios”.

Este primer motor debe ser inmóvil, porque si se moviera caería dentro de la categoría de seres que se mueven y, en esa calidad, deberíamos reconocer que es movido por otro. Y aclaramos que para que un motor mueva a otro es necesario que esté o exista en acto. Dios, entonces, sería el primer motor inmóvil y existiría como acto puro, como “el Ser”, “el Existente”. Sí, también alegamos que Dios posee voluntad, y esto ha de probarse en capítulos posteriores de este capítulo.

Dios parece manifestarse de manera temporal solo al entrar en contacto con sus creaciones finitas, donde existen continuos cambios de estado, como es el caso de nuestro universo y la vida en él. Pero en su esencia distintiva, Dios sería acto puro: incambiable e inmutable, lo que equivale a una manera característica de expresar su perfección y su naturaleza inmaterial y espiritual, ya que, como acabamos de mencionar, es universalmente reconocido que la materia física está en incesante cambio…4

La naturaleza de la realidad: ¿por qué existe algo en vez de nada?

¿Alguna vez el lector se hizo esta pregunta?, ¿por qué existe algo en vez de nada? ¡Cuán extraordinario es que algo exista! Que el universo, la tierra, los animales y que usted y yo existamos. Quizá no haya una pregunta más profunda y desconcertante en los círculos filosóficos. ¿Por qué existe el universo? ¿Por qué es como es, y no de otra manera? Allá por fines del siglo XVII, Gottfried Wilhelm Leibniz —insigne erudito alemán—, diplomático, jurista, historiador, matemático, físico y filósofo (¡tanta sapiencia combinada en una sola persona!), desarrolló y perfeccionó un reconocido argumento a favor de la existencia de Dios relativo a la existencia del cosmos, que ya había sido utilizado por los filósofos de la antigüedad.

Debemos advertir que a este hombre aún se lo reconoce como el “último genio universal”, y uno de los tres más grandes racionalistas del mencionado siglo... ¡No resulta tarea fácil despedir sus argumentaciones como erróneas! Basado en cierto principio conocido como Principio de la Razón Suficiente, entendido en una forma lógica amplia y no restricta, el argumento de Leibniz prueba racionalmente que el universo debe tener una explicación externa y trascendente que dé razón de su existencia. Veamos entonces la definición de dicho principio, sobre el cual se establecerá la premisa inicial del argumento:

Principio de la Razón Suficiente: afirma que no se produce ningún hecho sin que haya una razón suficiente (conocida o no) para que sea así y no de otro modo. Esta razón explica de manera suficiente la existencia del hecho.

Ahora llega el momento de aplicar este principio en un sentido amplio y modesto (apuntalando la necesidad de una explicación para la existencia de las cosas) a la realidad en general y al universo en particular. Leibniz arguyó:

Ahora debemos remontarnos a la metafísica, sirviéndonos del gran principio, por lo común poco empleado, que afirma que nada se hace sin razón suficiente, es decir, que nada sucede sin que le fuese imposible a quien conociera suficientemente las cosas dar una razón que sea suficiente para determinar por qué es esto así y no de otra manera. Enunciado el principio, la primera cuestión que se tiene derecho a plantear será: por qué hay algo más bien que nada. Pues la nada es más simple y más fácil que algo. Además, supuesto que deban existir cosas, es preciso que se pueda dar razón de por qué deben existir de ese modo y no de otro5.

Formando parte de una demostración lógica, la premisa básica quedaría plasmada de la siguiente manera: Todo lo que existe tiene una explicación de su existencia (ya sea en la necesidad de su propia naturaleza o en una causa externa).

Esta premisa está basada en el Principio de la Razón Suficiente en un sentido amplio: hay una razón o explicación para cada hecho que se produce en la existencia. Con base en esta máxima, existirían dos tipos de cosas en la realidad:

Cosas que existen necesariamente: existen por una necesidad que reside en su propia naturaleza. ¡Sería imposible que no existieran! Ejemplos de este tipo serían los números, los conjuntos y otras clases de entidades matemáticas. Ellos existen necesariamente.Cosas que se producen por alguna causa externa: no existen necesariamente sino que son entes causados (contingentes), que existen porque algo externo los ha producido. Pertenecen a esta categoría los objetos físicos, las galaxias, los planetas, las plantas, los animales y los hombres.

Entonces, la premisa afirma que todo cuanto existe se clasifica en estas dos categorías. Y dicha afirmación parece intuitiva y razonable. Salvo que especulemos que literalmente no haya explicación alguna para un hecho u ocurrencia, ¡posición que no parece nada racional!, estamos justificados, como seres pensantes, para buscar explicaciones adecuadas y coherentes para los hechos y fenómenos que percibimos. ¡Los científicos, historiadores y filósofos hacen esto continuamente en sus labores e investigaciones! Pero si algunos conjeturan que no existe explicación para el cosmos como un todo, ¿por qué deberíamos, tanto nosotros como ellos, suponer que hay explicaciones para todo lo que sucede dentro del universo? ¿Advierte el lector? Hay buenas razones para aceptar la autenticidad de la premisa principal.

Ahora bien, resulta oportuno indicar, para intentar resolver este dilema, que algunos intelectuales ofrecen opciones que implican que la explicación para la existencia de todo cuanto vemos y percibimos residiría en la necesidad de la propia naturaleza de la realidad física y no en un ente externo y trascendente. Dichas alternativas son:

El universo es el ser necesario, y es eterno (por ende, no depende de un estado “anterior” de cosas en el que aún no existiera).El universo se creó a sí mismo (se autocausó, se trajo a sí mismo a la existencia).El cosmos es el producto de un multiverso físico exterior regido por cierto conjunto de leyes misteriosas, pero mecánicas e impersonales.

¡Bien! Analicemos muy sintéticamente estas propuestas:

La primera, sin entrar en detalles por el momento, está ampliamente desacreditada por la filosofía y la ciencia moderna. Aun si así no fuese, y si el universo fuera eterno, existiría aún una serie de interrogantes sin respuestas que exigirían una explicación:

¿Por qué, en primer lugar, ocurren transformaciones y cambios internos en el cosmos?

¿De dónde proviene dicha serie infinitamente extensa de eventos físicos?

¿Por qué están involucradas las leyes específicas que conocemos, y no otras diferentes?

¿Por qué sucede todo lo que sucede, siendo que claramente todo podría haber sido de una gran diversidad de maneras distintas?

Todas estas cuestiones no hacen más que demostrar que el universo no se explica a sí mismo, ya que no es necesario que sea de la manera que es ni siquiera concediendo la verosimilitud de la hipótesis de la eternidad física. Por ende, el cosmos no parece poseer ni remotamente las características de un ser necesario, porque un ser necesario sería necesariamente de la manera que es en toda realidad posible.

La segunda opción constituye una afrenta a la razón, y una violación del principio lógico de la no-contradicción. Este principio lógico establece que un objeto o cosa no puede ser “A” y “No A” a la misma vez y en la misma relación. Ilustremos el punto. Para que el universo pudiese crearse a sí mismo, debería “ser” (el equivalente a “A”) y “no ser” (el equivalente a “No A”) a la misma vez y en la misma relación. Es decir, en lenguaje coloquial: el universo debería haber existido y no existido simultáneamente para traerse a sí mismo a la existencia. ¡Vaya extraño e inadmisible razonamiento!Y el tercer supuesto, la hipótesis del multiverso, en su versión convencionalmente materialista posee su propio conjunto de serias dificultades, que abordaremos brevemente en un capítulo posterior.

En vista de lo expresado, es razonable concluir que la naturaleza física no se explica a sí misma… Por consiguiente, ¡hemos de buscar una explicación exterior! Reflexionemos sobre lo que el universo es: la totalidad de la realidad espaciotemporal, incluyendo toda la materia y toda la energía. De ello se desprende que si el universo tiene un ser explicativo adecuado que dé razón de su existencia, debe ser no físico, inmaterial y más allá del tiempo y el espacio (atemporal y aespacial). ¿Dios? Resumiendo, formalmente:

I. Todo lo que existe tiene una explicación para su existencia.

II. Si el universo posee una explicación para su existencia, esa explicación es Dios.

III. El universo existe.

IV. La explicación de la existencia del universo es Dios.

Lector, si prefiere no utilizar el término “Dios”, puede llamarlo “el extremadamente poderoso, incausado, necesariamente existente, no-contingente, no-físico, inmaterial, Ser eterno que creó el universo y todo lo que este contiene”. ¡Es una definición equivalente! ¿Lo adviertes?

El universo: ¿tuvo un principio o es eterno?

¿Alguna vez te has preguntado acerca del tiempo? ¿Qué significan exactamente los términos ‘pasado‘, ‘presente‘ y ‘futuro‘? ¿Desde cuándo existe el cosmos? Básicamente… ¿Desde cuándo estamos aquí? Este dilema tiene implicancias muy serias para la controversia existencial entre teísmo/ateísmo. ¿Por qué? Debido a que los filósofos ateos típicamente han aducido que el universo es eterno y, por ende, no precisa explicación externa ni causa trascendente. Como se desprende de la célebre frase del astrónomo y divulgador científico Carl Sagan:“El cosmos es todo lo que es, todo lo que fue y todo lo que será”6.

Por otra parte, los pensadores judíos, cristianos y musulmanes han afirmado lo opuesto, basados en sus intuiciones, creencias y doctrinas religiosas. Resulta pertinente preguntar entonces: ¿cuál es la verdad? ¿quién tiene la razón? Inicialmente, sería oportuno definir de manera simple lo que significa la palabra tiempo:

Aquello que permite ordenar sucesos en secuencias.Magnitud física (aunque pueda resultar extraño) con la que se mide la separación de acontecimientos sujetos a cambios.Dimensión en la que ocurren y se suceden todos los fenómenos de causa-efecto del universo.

Sobre la base de estas definiciones, es lícito y razonable asumir —según las teorías científicas aceptadas— que el inicio del tiempo cósmico es concurrente con el inicio del universo… pero ¡solo si es que este último tuvo un inicio! Esto nos lleva otra vez al interrogante: el universo ¿tuvo un principio o es eterno? Examinemos las alternativas posibles de las que disponemos:

A continuación, vamos a demostrar que la única opción razonable y coherente, apoyada por la evidencia, es la marcada con un recuadro:

El universo requiere de una causa suficiente para su origen (pues, como veremos, es finito en el tiempo). Formulado de la siguiente manera, el argumento es aún más evidente:

Todo lo que comienza a existir, tiene una causaEl universo comenzó a existirPor lo tanto, el universo tiene una causa

En cuanto a la primera premisa, la experiencia universal y cotidiana, y la misma ciencia, demuestran que los efectos poseen causas, que las cosas que comienzan a existir no aparecen “de la nada”; la ciencia y la razón misma niegan de manera rotunda la realidad de este tipo de “magia”. En el apartado anterior, explicamos brevemente el principio lógico de la “no-contradicción”.

Ahora, adicionamos que ¡la ciencia se fundamenta en el principio de la causalidad, y busca continuamente causas y explicaciones para los fenómenos y eventos en el universo! En tanto algo comienza a existir, debe tener una causa de algún tipo: física, no-física o del tipo que sea. El principio se mantiene.

En cuanto a la premisa II, los argumentos para afirmar la finitud en el tiempo del cosmos son sólidos; existen demostraciones filosóficas de que el universo debe tener un pasado finito, debe de haber tenido un comienzo. William Craig nos dice:

Los argumentos filosóficos tienen el objetivo de mostrar que no puede haber una regresión infinita de acontecimientos pasados. En otras palabras, la serie de acontecimientos pasados debe ser finita y debe haber tenido un comienzo. Algunos de estos argumentos tratan de mostrar que es imposible que exista un número realmente infinito de cosas [debido a que conduce a contradicciones lógicas graves]. Por lo tanto, no puede existir un número infinito de acontecimientos pasados. Otros tratan de mostrar que una serie realmente infinita de acontecimientos pasados nunca pudo transcurrir [ya que nunca hubiésemos arribado al presente]. Como la serie de acontecimientos pasados obviamente ha transcurrido, el número de acontecimientos pasados debe ser finito7.

Como si esto fuese poco, hay abundante evidencia científica que fortalece y apoya la prueba filosófica. Se resume en:

Las propiedades termodinámicas de muchas teorías cosmológicas. Estas implican que la entropía del universo tiende hacia un máximo. ¿Qué es la entropía? En términos sencillos, la entropía es una medida del desorden de un sistema. Esto quiere decir que las diferencias entre sistemas en contacto tienden a igualarse con el tiempo. ¿Ejemplos? La densidad, la presión y la temperatura de los objetos materiales. Pero aún más significativo para lo que a nosotros respecta es el hecho de que estas propiedades implican que la energía disponible para operar se está acabando, y la información tiende a ser confundida. Algunos ejemplos, entonces, de esta ley en acción son: una taza de café recién calentada, que se entibia gradualmente de acuerdo a la temperatura ambiente; el calentamiento solar de la tierra; la digestión de los alimentos; la energía disponible para los trabajos en el universo, que decrece paulatinamente; la información contenida en el ADN o en los productos fabricados por el hombre, que tiende a disminuir. ¿Cuáles son, entonces, las implicancias de estos principios tan estudiados y confirmados? Bien: si el universo fuese eterno, ¡ya habría alcanzado su estado de equilibrio térmico! La información no existiría, y la energía operativa se habría agotado. Por consiguiente, ¡el universo no puede ser eterno!Las evidencias para la expansión del Universo. La teoría científica más popular y extendida en los ámbitos académicos actuales, es decir, la teoría del Big Bang, en su versión estándar implica que el cosmos vino a la existencia hace unos 13.700 millones de años. El Big Bang representa la teoría de una liberación inmensamente poderosa pero cuidadosamente planeada de materia, energía, espacio y tiempo dentro de los límites estrictos de constantes y leyes físicas que tienen un cuidadoso ajuste fino que rige su comportamiento y sus interacciones. El poder y el cuidado que revelaría esta explosión exceden la imaginación humana. El astrónomo cristiano Hugh Ross, creacionista progresivo, sugiere una lista de unas treinta evidencias científicas para el Big Bang, especialmente para la expansión del cosmos, relacionadas con en el efecto del corrimiento hacia el rojo8, el cual indica que las galaxias están alejándose unas de otras a una velocidad pasmosa. Esto permite inferir que, si se retrocede el reloj de la historia cósmica, la materia estaría gradualmente más unida, hasta llegar a un punto que los científicos llaman la singularidad inicial. Toda la materia, energía, espacio y tiempo estaban condensados en un punto de densidad cuasi infinita, lo que evoca una idea metafísica extraña y de dificultosa comprensión: el cosmos habría venido a existir “de la nada”, es decir, “antes” de dicha singularidad no existía como tal.El teorema Borde-Guth-Vilenkin. Estudiado, trazado y luego divulgado en 2003, afirma y refuerza mediante sólidos razonamientos científico-matemáticos que cualquier universo que en promedio haya estado en expansión debe ser finito en el tiempo, y esto independientemente de la descripción física del universo primitivo, la cual aún es incierta.

Toda esta evidencia sólida, presentada en forma muy escueta en esta obra, armoniza de forma convergente e indica que nuestro cosmos comenzó a existir. Por lo tanto, debe tener una causa de algún tipo. Piénselo y analícelo por usted mismo, lector. Alegar que el cosmos como un todo provino de la nada absoluta es una afrenta a la lógica y una fantasía absurda que pagan como precio elevadísimo quienes quieren eliminar a Dios de la ecuación.

Figura 1: Representación geométrica estándar del espacio-tiempo: comienza en la singularidad cosmológica inicial, antes de la cual, literalmente, se infiere que no existía nada físico9.