El viejo incendio - Elisa Shua Dusapin - E-Book

El viejo incendio E-Book

Elisa Shua Dusapin

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Beschreibung

Tras quince años separadas, Agathe, guionista en Nueva York, vuelve a encontrarse con Véra, su hermana pequeña y afásica, en la casa familiar del Périgord en la que han crecido. Han acordado su venta y tienen nueve días para vaciar el lugar de objetos, muebles, ropa, libros. Las piedras de los muros antiguos servirán para restaurar el palomar vecino, devastado por un incendio que ocurrió hace más de un siglo. Véra se comunica con su hermana por escrito, mostrándole la pantalla del móvil. En esos días de reencuentro con el pasado, Agathe descubre que su hermana ha cambiado. Ella es quien ha cuidado de su padre hasta su muerte. Ahora es una mujer que cocina con agilidad, independiente, y Agathe no sabe bien cómo relacionarse con ella. La Dordoña francesa es el escenario de la cuarta novela de -Elisa Shua Dusapin, la más personal de la autora hasta la fecha. A través de una mirada precisa y certera, rebosante de dulzura, Dusapin nos habla de la memoria familiar y de la violencia de los sentimientos entre dos hermanas que el tiempo y el silencio había separado.

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Seitenzahl: 137

Veröffentlichungsjahr: 2024

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TÍTULO ORIGINAL: Le vieil incendie

 

Publicado por

AUTOMÁTICA

Automática Editorial S.L.U.

Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid

 

[email protected]

www.automaticaeditorial.com

 

 

Copyright © Editions Zoé, 2023

Published by arrangement with Agence littéraire Astier-Pécher

© de la traducción, Andrea Daga, 2024

© de la presente edición, Automática Editorial S.L.U, 2024

© de la ilustración de cubierta, Kattia Jardín, 2024

 

Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.U.

 

 

 

 

 

ISBN digital: 978-84-10141-05-6

 

 

Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors

Composición: Automática Editorial

Revisión y corrección: Automática Editorial

Edición digital: Álvaro López

 

Primera edición en Automática: septiembre de 2024

 

 

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.

 

 

EL VIEJO INCENDIO

 

 

ELISA SHUA DUSAPIN

 

 

TRADUCCIÓN DEL FRANCÉS Y NOTAS DE ANDREA DAGA

 

 

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE

 

 

6 DE NOVIEMBRE

7 DE NOVIEMBRE

8 DE NOVIEMBRE

9 DE NOVIEMBRE

10 DE NOVIEMBRE

11 DE NOVIEMBRE

12 DE NOVIEMBRE

13 DE NOVIEMBRE

14 DE NOVIEMBRE

 

 

La autora da las gracias a La Maison du Goupillou, residencia de escritura en lengua francesa, y a la Fundación Jean-Luc Lagardère, que ha galardonado el proyecto de esta novela.

 

 

A mis hermanas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6 DE NOVIEMBRE

 

 

Por culpa de la lluvia, no he visto el cartel con el nombre del pueblo. La lluvia ha nublado los valles, ha borrado los carriles, al final he tenido que avanzar a ciegas y pararme en el arcén. Toda esta agua que se precipita sobre el capó. La tormenta empezó ayer. No me he cruzado con nadie desde que salí de la autovía. Aunque la radio recomendaba no tomar esta carretera, no he tenido elección. Son las cinco de la tarde, el cielo está antracita. No he conseguido ajustar la inclinación del asiento. Espero, muy recta, aturdida por el estruendo. Al menos la camioneta parece sólida. Se podría confundir con esos vehículos color plasma de asistencia en carretera. Cuando fui a alquilarla, insistí en lo práctico.

Pasa una hora. Por fin las trombas de agua se atenúan. Vuelvo a arrancar. El GPS me sumerge en el bosque. Al poco tiempo, ni la lluvia ni la luz consiguen atravesar el techo vegetal. Enciendo las luces largas. El volante está pegajoso. Conduzco varios kilómetros al ralentí, adivinando el camino que sigue las rodadas cubiertas de zarzas, hasta que desemboco a los pies de una pendiente pronunciada. Un poco más arriba, el portón abierto. Por primera vez, repito los gestos de mi padre. Subo en primera, acelero, las ruedas patinan en el pedregal pero consiguen adherirse, apago el motor delante de la casa. La bombilla automática se enciende. Un conejo sale huyendo.

 

El edificio parece cansado, con el techo hundido sobre los ladrillos como un gigante asfixiado por la hiedra. Hay un coche aparcado bajo el avellano. Los helechos recubren cada peldaño de la escalinata. Por la ventana, vislumbro una luz. Me pego a la mirilla, enseguida me aparto. No me esperaba ver la cara de mi hermana así, con la frente enorme, las cejas tan separadas, los ojos de pez; mi hermana deformada por esa lupa que mi padre fingía haber instalado al revés a propósito. Decía que no teníamos nada que temer ni que esconder, que nuestra riqueza era interior y que el mundo entero debía saber que las personas más bellas vivían aquí.

—Hola.

Mi voz ha sonado más fuerte de lo que pensaba. Véra responde con una sonrisa demasiado grande para su boca. Me coge la maleta de las manos, la deja al pie de las escaleras, en la cocina. Me encuentro con el suelo de piedra, los muebles de madera, la puerta del cuarto de baño a la sombra de la chimenea. Nunca la había visto así, abarrotada de libros. Encima de la mesa, una jaula ha reemplazado la lámpara. Hay varios quesos apilados tras los barrotes.

Véra me muestra las escaleras y luego señala la encimera, tengo que instalarme mientras ella termina de preparar la comida. La recordaba más caótica. La felicito. Escribe algo en el teléfono y me enseña la pantalla:

«Es para darte la bienvenida».

Le respondo un poco seca que somos hermanas y que también es mi casa, que pasemos de este tipo de cortesías. Enciende el gas con un gesto precipitado. No puedo evitar añadir:

—Sobre todo porque no vamos a quedarnos con nada.

 

La escalera chirría bajo mis calcetines. Tengo que ir con cuidado para no resbalar. La habitación de nuestros padres está entreabierta. Me quedo en el umbral, en la corriente de aire de la vidriera mal aislada. Parqué negro. En el centro de la habitación, la cama enorme, la desnudez del colchón, sin mantas ni sábanas. Todavía me pregunto cómo podían dormir mis padres sin una pared detrás de la cabeza. Cierro la puerta, vagamente aliviada. No sé si me daba más reparo la idea de dormir en esa cama o la de compartir con mi hermana nuestra habitación de infancia ahora que somos adultas.

Su perfume azucarado me entra en la garganta. Ha conservado nuestras literas. La imagen me entristece esta noche. El hierro forjado parece demasiado fino para sostenernos. La cómoda y el escritorio están en su sitio, tan redondeados como siempre, pintura salmón. Compruebo que me f­unciona internet. Voy a pasar nueve días aquí, necesito poder comunicarme con mis compañeros de trabajo. La red muestra una sola barra. A veces desaparece.

Al asomarme por la ventana, veo la camioneta a lo lejos. Su color anaranjado me hace gracia. Parece un abejorro enorme. Desentona tanto como mi hermana y yo juntas por primera vez desde la muerte de mi padre, hace cinco años.

 

Véra ha servido vino en las copas de cristal. Tensa por la formalidad, le digo que no bebo. Ella levanta las cejas, vuelve a verter el vino en la botella, se derrama, lo seco con el jersey y luego me lo quito, tengo calor. La vajilla de bambú me resulta desconocida. Con orgullo, Véra me enseña el envoltorio del queso adornado con castañas y luego señala la chimenea: es un queso ahumado. Intento no darle vueltas a que pueda estar hecho con leche cruda. Ha preparado una ensalada de endivias con higos y nueces. Le pregunto si ha pensado en cómo vamos a organizarnos estos próximos días porque yo no lo he hecho, he estado muy liada. Teclea:

«Felicidades por tu premio».

Murmuro que gracias.

No sé cuánto sabe de las películas que he escrito. La última acaba de recibir un premio en un festival italiano, yo no pude asistir y, de todas formas, tampoco la había invitado.

—¿Tienes noticias de Octave? —le pregunto con una voz que ojalá fuera neutra.

Asiente con la cabeza, por supuesto, señala los higos, las nueces, se los ha dado él… La interrumpo. Le digo que, por mi parte, no hay nada que quiera conservar. Que ella haga su selección, llevaremos el resto al basurero. Contrae los dedos sobre el teléfono. Con la barbilla, señala el armario, la cocina, el cuarto de baño. Alzo la mirada, no vamos a registrar ahí dentro, ¿no? Se le ilumina el rostro con la luz de la pantalla:

«Como quieras».

Me ablando. Es que tengo trabajo. Llevo retraso. Voy a tener que encerrarme a escribir. Con una facilidad que me desconcierta, vuelve a enseñarme la pantalla:

«Como quieras».

Luego me pregunta si tengo novedades. Menciono el último encargo, la adaptación de la novela de Georges Perec, W o el recuerdo de la infancia. Véra puntúa mis frases con sonrisas. Yo finjo indiferencia mencionando el prestigio de la producción, la reputación de los actores preseleccionados, la de mis coguionistas. Tenemos que crear seis episodios. El rodaje está previsto para dentro de dos años. Véra aplaude. Matizo que adaptar este texto no es fácil. Y yo solo soy dialoguista. Empiezo a hablarle de Perec, ella asiente con entusiasmo, ya lo sabe, ha leído El secuestro.

—¿Tú lees?

Hace un gesto de que es obvio.

—No lo sé, mi padre…

Silencio.

—Quiero decir papá. No me lo había dicho.

Sin despojarse de su sonrisa, Véra me sirve los últimos higos. Yo tenía quince años y Véra doce cuando me marché a Estados Unidos. La estancia debía durar los años de instituto, con una familia de acogida. Véra ya no hablaba desde hacía mucho tiempo. Estaba aprendiendo a leer y escribir, pero yo no creía que fuera tan capaz.

—Y tú, ¿qué tal? —le pregunto. Me doy cuenta de que no le he hecho ni una pregunta desde que llegué.

Nuestras últimas conversaciones se remontan al año pasado, cuando se mudó a Périgueux. Hasta entonces, había vivido aquí con mi padre, incluso después de su muerte. La ayudé a distancia. El nuevo estudio ya estaba amueblado y no quería llevarse nada de nuestra casa de la infancia sin ponerse de acuerdo conmigo. Ahora que se ha firmado la venta, Véra contaba con que yo viniera para vaciarla juntas.

Miro por encima de su hombro lo que está escribiendo. Por su gesto, parece molesta, debo darle tiempo. Le pido perdón, me sirvo más ensalada.

A raíz de una reestructuración parcelaria, nuestra casa ya no se considera la alquería del castillo vecino, el Pigeon Froid, de la familia de Octave. Las normas de seguridad han cambiado. Para acatarlas, deberíamos revisar el tejado, la calefacción y el sistema eléctrico; como no tenemos los medios, hemos aceptado la oferta de un camping que va a derribar la casa. Octave quiere quedarse con las piedras para restaurar el palomar.

Véra me enseña la pantalla. Se aburría trabajando en la tienda. Está estudiando estabilización floral.

—¿Estabilización?

«Hago flores que no se marchitan gracias a la química».

Respiro hondo.

—¿Y funciona?

«Depende de las flores».

Le aclaro que me refería al aspecto comercial. Se encoge de hombros:

«La gente no quiere complicarse».

Quitamos la mesa.

—Es verdad que las flores no crecen en noviembre —acabo diciendo sin más.

 

Véra no tarda en acostarse. Yo me quedo en el salón, asediada por la noche. Las lámparas de pie crean semipenumbras cálidas pero no me siento cómoda. Las ventanas no tienen cortinas. Veo mi reflejo, sentada en el sofá y rodeada de negro, con el zumbido de la nevera de fondo y el olor del queso que Véra ha colocado en la jaula. Me siento oprimida por la chimenea taponada de libros, decenas de girasoles de Van Gogh clavados con chinchetas. Mi padre coleccionaba carteles de teatro y de exposiciones de arte. No iba a verlos ni daba importancia al nombre de los artistas, pero elegía las imágenes más coloridas para cubrir con ellas toda la casa.

Me siento agotada al pensar que hay que desalojar todo esto. Si prendiéramos fuego a los libros, solo quedarían las piedras, sería lo más fácil, visto que son lo único que nos han pedido conservar.

Pospongo organizar los emails para mañana y me paso la noche deambulando por los mensajes de chat, inquieta por el silencio de Irvin. Pronto será de noche en Nueva York. Habría tenido tiempo de escribirme. Estoy tentada a esperar a que se manifieste primero, me siento infantil, le escribo un buenas noches, he llegado bien. Vacilo un momento. Añado que lo echo de menos.

 

El cuarto de baño se mantiene fiel a mi recuerdo. Parece una caverna, con el suelo y las paredes de piedra natural. Véra me ha dejado preparada una toalla, cuidadosamente doblada sobre el aparador. Siempre me ha asqueado por los agujeros de carcoma, aunque la madera esté tratada. Se ha quitado la bisutería. Estilo étnico, plumas, conchas. Abro un cajón. Está lleno de ámbar, collares, broches. Echo a un lado la alfombrilla mojada con el pie, me meto en la ducha y hago desaparecer los pelos de Véra por el desagüe. Espero no taponarlo.

Me quedo un buen rato bajo el agua ardiendo. Se me ha quedado la marca de la goma del pelo, lo tengo más seco por la bajada de hormonas. No sé cuando volveré a tener la regla. Me vuelvo hacia la piedra. Todavía tengo el reflejo de buscar un apoyo cuando estoy desnuda, de no llevar la mirada a esa parte baja del vientre que Irvin asegura no ver nunca hinchado. Según él, está solo en mi cabeza. Quiere hacerme sentir mejor. No es culpa suya. Él no lo ha visto vaciarse, recorrerme las piernas, teñir de rojo el agua y luego desaparecer por el sumidero. No sabe nada de mi cuerpo.

 

Cuanto menos ruido intento hacer, más crujen los peldaños. La habitación está bañada por la luz verdosa que desprenden nuestros teléfonos al cargarse. De la manta solo sobresale la cabeza de Véra, sus manos apoyadas en el pecho forman una bóveda. Ha dejado la ropa hecha una bola encima de la cómoda. La escalera chirría, las sábanas crujen. Reconfortada por el olor a detergente, me quedo dormida al instante.

 

 

 

 

 

 

 

 

7 DE NOVIEMBRE

 

 

Procedo por categorías. Objetos para tirar, para donar. Me río al verme poniendo en práctica los consejos de los influencers que hablan de organización. Por la ventana entra una luz fría. Las arañas corretean. No tejen telarañas, se aferran a los recovecos, alrededor del horno. Elimino las que encuentro muertas en el fondo de las cacerolas. He empezado por la cocina, que me parecía la habitación más neutra. En una bolsa de basura grande, tiro los productos caducados. Mostaza, concentrado de tomate. Un bote con una masa blanca, grasa de pato. Hay un estante entero dedicado al queso. La nevera va mermando con cada uno de mis ataques. Hay que descongelarla. El plástico se está agrietando. En la bandeja de las verduras, unas patatas han germinado. Véra solo ha vuelto una vez al mes desde que se mudó. El olor a queso me revuelve el estómago. Avanzo con gestos rápidos. Mermeladas mohosas, restos de mantequilla, hierbas aromáticas marchitas.

Véra se ocupa de nuestra habitación. No me siento cómoda teniéndola cerca. Vigilo sus ruidos. Hace un momento ha bajado a hacerse un café, yo estaba olisqueando un bote de compota, me ha preguntado si yo también quería y, al no saber si se refería a la compota o al café, he tirado el bote a la basura tan rápido como un conejo deslumbrado que se lanza bajo el coche.

Véra también avanza. A este ritmo, tengo miedo de que nos quede demasiado tiempo para nosotras. ¿Qué voy a hacer seis días más con ella? Intento ir más despacio.

El desorden de la cocina me recuerda a Véra. Prefiero esto al orden que había en el salón cuando llegué. Se ha derramado aceite. Limpio las superficies grasientas, los restos pegajosos. Al pasar el paño por el fondo de un armario, siento que la pared se mueve. Presiono con más fuerza. Se desprende, se puede retirar con facilidad. Cubría un espacio del tamaño de una caja de manzanas, excavado en el frescor de la piedra. Está lleno de paquetes de azúcar y de alcohol de alta graduación. Llamo a Véra. Ella tampoco conocía la existencia de ese doble fondo. Será que nuestro padre… Niega con la cabeza, seguro que no. Es verdad que nunca lo vi beber.

—¿Y mamá?

Véra se queda pensativa. Saco una botella. Licor de membrillo. Quiero tirarla a la basura, me detiene, hace el gesto de beber de la botella. Yo le digo que no con la cabeza pero la devuelvo a su sitio y cierro el escondite. En el fondo del fregadero, unos restos de mermelada se han mezclado con agua grisácea. Tengo que sumergir todo el brazo para desatascarlo.

Véra parece impresionada por mi avance con la limpieza. Me mira, se da un tirón del jersey y señala las escaleras: tengo que echar un vistazo a mi ropa.

—La voy a donar.

Insiste. Siento que me observa mientras subo. Esa mirada me pesa, le da importancia a algo que para mí no la tiene.