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«Ni la magia ni el tiempo pueden separarnos. Somos como las estrellas. Eternos.» Nadie le dijo a la bruja Selene Bowers que tener un alma gemela sería tan complicado. Tampoco nadie la advirtió de que su compañero espiritual sería un antiguo hechicero vengativo que la acusaría de asesinato, que la obligaría a recordar la vida pasada que él jura que vivió y que la coaccionaría para que aceptara un pacto de matrimonio irrompible. Pero eso es justo lo que pasó la noche del baile de Samhain, cuando Selene acabó encerrada en una celda. Después de despertarse de su hechizo, Memnón juró que descubriría por qué Selene lo había traicionado años atrás. Pero, cuando su alma gemela recupera la memoria, la verdad acaba revelando algo muy diferente. Sus propias acciones lo horrorizan y está desesperado por compensarlas, así que le ofrece a Selene lo impensable: un vínculo mágico que a ella le dará control total sobre él y su voluntad. Y Selene está lo bastante desesperada como para aceptarlo. Pero hay otros enemigos que siguen acechando al Aquelarre del Beleño Negro, la academia de magia donde estudia Selene, y parecen estar muy interesados en nuestra protagonista. Si quiere detenerlos, va a necesitar la ayuda de Memnon. Pero asociarse con el hechicero es un asunto delicado, sobre todo teniendo en cuenta que él está decidido a conquistarla. Y eso no puede pasar... porque el vínculo que lo controla se romperá en cuanto ella se enamore de él.
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Seitenzahl: 708
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Para Ali. Recuerda, recuerda...
Embrujada contiene algunos temas y descripciones que pueden ser sensibles para ciertos lectores. En mi página web encontrarás una lista completa de las advertencias de contenido.
Me llamo Selene Bowers. Tengo veinte años. Mis padres son Olivia y Benjamin Bowers. Mi mejor amiga es Sybil Andalucía. Estudio en el Aquelarre del Beleño Negro. (¡Por fin!) A pesar de las reticencias que tenía el aquelarre (no les hacía mucha gracia que mi poder se alimentara de mis recuerdos), acabaron admitiéndome cuando se enteraron de que aterricé un avión en medio de la selva amazónica gracias a mi magia. Es una larga historia. Lo que de verdad importa de todo esto es que (1) mientras estaba allí encontré a mi familiar, Nero; es la pantera gruñona que me sigue como una sombra. Sí, esa es su personalidad legítima. Pero tampoco pienses mal de él. La verdad es que en el fondo es buen chico. Y (2) que… desperté a un tío.
Vale, no se trata de un pavo cualquiera. Es un putero chupatetas. Memnón el Maldito es un hechicero de dos mil años que cree que soy su esposa, esa que lleva muerta una eternidad, la que lo encerró en una tumba mohosa hace dos milenios y lo obligó a dormir por los siglos de los siglos. Pero el plot twist que nadie se vio venir es que es cierto: soy su esposa fallecida. (Lo siento si te acabas de enterar. Mis más sinceras condolencias).
Resulta que este pavo y yo somos, agárrate fuerte, almas gemelas. Estamos destinados desde que nacimos a estar juntos, porque el sino estaba borracho el día que le tocaba tomar esta decisión. Antes de que te plantees siquiera considerar que esta situación es romántica, por favor, quiero que tengas en cuenta que Memnón es terrible e implacable, y que me odia. Literalmente quemó los diarios en los que guardaba todos mis recuerdos.
También me acusó de una serie de asesinatos. Las víctimas eran brujas, algunas de las cuales pertenecían al aquelarre. Yo conocía a una de ellas, Charlotte Evensen. (Nero y yo tuvimos la mala suerte de encontrar su cadáver). Soy inocente, aunque la Politia, la fuerza policial sobrenatural, ahora se piensa que soy una asesina en serie desbocada. A pesar de las apariencias, Memnón tampoco es quien las ha matado. El verdadero asesino sigue en paradero desconocido y los cadáveres de las víctimas estaban destrozados y cubiertos de magia negra. Sea quien sea, o sea lo que sea, es malvado de verdad.
Los cambiaformas de la manada Marin consideran que soy su amiga y están dispuestos a demostrar mi inocencia. Si Cuando mi nombre esté limpio, tendré que reunirme con ellos para hablar de otro asunto con el que tengo que lidiar: un círculo de hechizos que salió mal.
Hace dos semanas, el 14 de octubre, la noche de la luna nueva, participé en un círculo de hechizos que se celebró en los túneles de escape que hay debajo de la residencia de estudiantes Ravenmeade (es decir, mi casa) porque estaba a dos velas y necesitaba el dinero.
Sí, fue una idea malísima. La sacerdotisa intentó obligarme a establecer un vínculo con una cambiaformas llamada Cara que estaba drogadísima. Rompí el círculo antes de que se pudiera completar el hechizo y conseguí sacar a la chica de allí, pero hubo una pelea mágica muy violenta y al menos una de las brujas, Kasey, ha desaparecido. El resto de las que participaron en el círculo de hechizos llevaban máscaras, así que no sé quiénes son, pero hay muchas posibilidades de que algunas de ellas también vivan en la residencia. Lo que significaría que estoy comiendo y durmiendo con mis enemigas.
Memnón ha estado ayudándome a encajar el fiasco del círculo de hechizos. Si te soy sincera, creía que a lo mejor podría pasar por alto el montonazo de problemas que tiene el hechicero. Aunque sí que tiene un par de cosas a su favor:
(1) La actitud de chico malo
(2) Los músculos y los tatuajes
(3) Besa el suelo que piso cuando no se pone en plan vengativo
(4) Es guapísimo
(5) Es generoso cuando se trata de… Bueno, da igual
Por desgracia, casi asfixió a una sala entera de seres sobrenaturales y me obligó a recordar mi pasado a pesar de que yo le había dicho explícitamente que no quería hacerlo. Así que me da asco.
Ah, y ahora estoy comprometida con él. Es un juramento inquebrantable, así que…, bueno, lo siento.
Buena suerte.Besos y abrazosSelene
Bueno, esta noche ha sido una mierda.
Me siento en el suelo de cemento de una de las celdas mal iluminadas de la Politia y me abrazo las rodillas. Tengo el vestido del baile de Samhain hecho un gurruño.
Miro el suelo, absorta. Todavía me palpita la palma de la mano, donde me he cortado al principio de la noche para levantar mi maldición. Pero eso no es lo único que me duele.
Una migraña sin igual me aporrea por debajo del cráneo gracias a que esta noche he usado demasiada magia. Pero ni siquiera esa es la parte del cuerpo que más me duele en estos momentos.
Apenas puedo respirar por culpa de los pinchazos que siento en el pecho y de los recuerdos que ahora me inundan la cabeza.
Cuando me he despertado esta mañana, era Selene Bowers, una bruja de veinte años que tenía pérdidas de memoria provocadas por la magia. Y termino el día siendo Selene Bowers, una bruja de veinte años que tiene recuerdos de dos vidas completas: de esta y de otra.
Una oleada de náuseas me recorre todo el cuerpo, en parte por la migraña, en parte por la cantidad de recuerdos que me han metido en el cerebro a la fuerza. Todos ellos exigen atención, sobre todo los recuerdos extraños, alienígenas, antiguos.
Ahora me centro en esa otra vida, la de Roxilana.
«Mi vida», me corrijo a mí misma. Mi primera vida.
Se despliega detrás de mis ojos como si fuera una película malísima. Las batallas, las muertes, la desesperación por sobrevivir.
La parte más dulce y hermosa de esa otra vida era Memnón, ese bastardo insufrible. Odio que, justo después de una de las peores noches de mi vida, cuando debería maldecir al hechicero más que nunca, tenga la cabeza llena de recuerdos de sus caricias, de las promesas de amor eterno que me susurró y de su magnetismo puro. Cuando era Roxilana, me atraía a él una y otra vez y, maldita sea, lo sigue haciendo incluso ahora.
En mi antigua vida, luchó por mí y me amó con fiereza. Cruzó Europa para encontrarme y convertirme en su reina. Y llegó a ser uno de los hombres más poderosos y monstruosos de la antigüedad para que yo pudiera tener lo que más deseaba. Tuvimos uno de esos amores que se vuelven maravillosos de una forma tan brusca que roza el dolor.
Hasta el momento en que todo se desmoronó, por supuesto. De una forma tan espectacular como había empezado.
En la distancia, oigo el siseo de una puerta de metal que se abre y mis recuerdos se difuminan.
Levanto la cabeza, me pregunto si van a interrogarme. Me siento agotada solo de pensarlo. Creo que no tengo energía suficiente para abogar por mi inocencia de manera efectiva, aunque ahora sí que tengo recuerdos que la demuestran.
Oigo a un agente hablar en voz baja con el hombre que monta guardia aquí abajo. Entonces, unos pasos se dirigen hacia mi celda. Reconocería en cualquier parte las pisadas de una de las dos personas que se acercan. Son unas zancadas seguras y pesadas que me ponen los pelos de punta. Unos segundos después, un haz de magia de color índigo avanza hacia los barrotes de mi celda.
Memnón.
El dolor que siento se intensifica. Pues, a pesar de todo lo que hizo anoche, la ira que siento iguala al sufrimiento. Está enterrado bajo el dolor de la migraña, pero cómo arde.
La magia de Memnón alcanza los barrotes de hierro, pero en lugar de cruzarlos, su poder chisporrotea contra alguna especie de hechizo de protección y el leve humo azul recula ante el contacto.
—Son celdas anuladoras —explica una voz masculina—. Ningún tipo de magia puede ni entrar ni salir. Se les lanza un conjuro para que los presos no usen sus poderes.
Presos como yo, quiere decir.
—¿Habéis sometido a mi prometida a esto? —dice Memnón; su voz exuda amenaza. Siento un nudo en el estómago al escuchar esa palabra. «Prometida.» Creo que me gusta más lo de «presa».
—Le aseguro que teníamos una orden judicial para arrestarla…
—La han aprisionado y retenido bajo acusaciones falsas —lo interrumpe el hechicero; su tono es afilado como un cuchillo—. Espero que su departamento repare el daño causado.
Qué agallas tiene este hombre para exigirle nada a la Politia cuando en realidad ha sido él quien me ha metido aquí.
Sus pasos pesados y siniestros se detienen justo delante de mi celda. A pesar del hechizo que contiene mi magia, siento el zumbido de su presencia. Emana poder.
Es justo ese poder tan abrumador lo que me ha metido en este lío. La magia de un hechicero se alimenta de su consciencia, así que cuanto más poderoso es, más cruel se vuelve. Y mi alma gemela es al mismo tiempo muy muy poderoso y muy muy cruel.
—Est amage.
No reacciono. Estoy demasiado agotada como para hacerlo.
El agente desbloquea la puerta, que se abre con un sonido metálico.
—Señorita Bowers, parece ser que la comisaría cometió un error al arrestarla —dice un tanto desganado—. Por favor, acepte nuestras disculpas. Ya es libre y puede marcharse.
Se aparta a un lado para dejarme espacio.
Suelto un largo suspiro de derrota. No me gusta estar aquí sentada en esa celda fría y oscura que me anula los poderes, pero me apetece aún menos lanzarme a los brazos del ser vengativo que tengo por alma gemela.
—No es propio de ti hacer muecas, prometida.
Esa maldita palabra. Hace que las sienes me duelan todavía más.
Levanto la cabeza para mirar fijamente a la pared color ceniza que tengo delante de mí.
—No quiero irme con él —le digo al agente.
Siento que el hombre pasa la mirada de mí a Memnón. Al fin dice:
—Señorita, no tiene que... —deja de hablar de repente.
—¡Ey! —grita otro agente que también está montando guardia—. ¿Qué os pensáis que estáis…?
Este también se calla de repente y, unos segundos después, oigo el sonido sordo de su cuerpo al caer al suelo en la distancia.
Al final, levanto la vista y veo que mi alma gemela agarra al primer agente por la nuca. Al hombre le tiemblan los párpados y sé, con una claridad que me revuelve las tripas, que Memnón está alterando otra mente. Ya se lo ha hecho esta misma noche a una sala entera en la que estaban todas mis compañeras, poco después de casi matarlas a todas.
Cuando por fin suelta al agente, el hombre vuelve por donde ha venido tan tranquilo, sin molestarse en mirarnos a ninguno de los dos. Ni siquiera se detiene a comprobar que el otro agente que también montaba guardia esté bien.
Y me quedo a solas con el hechicero.
Sigo sin mirarlo a los ojos.
—No me voy a ir contigo —le digo.
—No tienes elección —me replica.
Entra a la celda con un paso amenazante, luego avanza otro y otro más. Antes de que pueda pensármelo mejor, me pongo en pie a trompicones. Al hacerlo, se despiertan todos mis dolores y molestias, que arremeten contra mí a la vez. Casi me caigo al suelo.
Memnón suelta un juramento, al tiempo que cubre la distancia que nos separa y me agarra.
Y ahora, acurrucada entre sus brazos, por fin miro a mi alma gemela.
Me empapo de su piel del color del bronce, su pelo oscuro y ondulado, y esos ojos hipnotizantes de color marrón, oscuros en el borde exterior y claros como el licor junto a la pupila. Solo han pasado un par de horas desde la última vez que lo vi, pero se me va la vista a esa nariz un tanto aguileña, a esos labios gruesos y curvados, a esos pómulos y a esa mandíbula afilados como un cuchillo. Por último, me detengo en la cicatriz que le recorre la mejilla, desde la mandíbula hasta la oreja izquierda y, desde esta, a la comisura del ojo.
Es como ver a un espectro y, por un momento, los recuerdos antiguos eclipsan a los nuevos. Extiendo las manos y le acaricio la mejilla con los dedos.
Se le suaviza la expresión al sentir mi contacto y eso es lo único que hacía falta para que el resto de nuestro pasado se apodere de mi mente desconcertada.
—Est xsaya. Est Memnón —susurro—. Vak watam singasavak.
«Mi rey. Mi Memnón. Has sobrevivido.»
Una emoción terrible se apodera de mí. Siento como si un cuchillo con sierra me abriese en canal desde dentro. No sabría decir lo que siento o por qué lo siento, pero sé que me fallarían las piernas si Memnón no me sujetase. Al estar tan cerca de él, veo que se le dilatan las pupilas y se queda inmóvil.
—Te acuerdas —dice casi desesperado.
—Por supuesto que me acuerdo. Me obligaste a recordar.
Y toda esa rabia vuelve a apoderarse de mí. Aprieto los ojos e intento apartarme de él sin fuerzas, a pesar de que siento martillazos en el cráneo y el estómago se me revuelve.
—Ay, no, brujilla —dice con suavidad, con cariño—. Ahora no voy a dejar que te vayas.
Me estrecha entre sus brazos con aún más fuerza y sale de la celda dando grandes zancadas.
En cuanto cruzamos el umbral mágico que separa las celdas anuladoras del pasillo, mi poder me inunda el cuerpo. Es una sensación tan repentina y punzante que me entran arcadas.
En un instante, la magia de Memnón se arremolina a mi alrededor, se me cuela por la boca y me baja por la garganta para calmarme las náuseas.
Suelto un suspiro tembloroso y me apoyo cansada contra el pecho del hechicero. Me doy cuenta distraída de que se ha cambiado el esmoquin por una camiseta térmica ajustada, unos vaqueros y unas botas; todo ello negro.
—¿Te duele algo más? —pregunta con un tono amable… Demasiado amable.
Me duele todo: la cabeza, las articulaciones, incluso la piel. Pero, sobre todo, el corazón.
—¿Ahora vas a regodearte? —digo en lugar de responder, mientras me lleva por el bloque de celdas vacío—. Me has derrotado en todos los sentidos.
La magia se extiende y abre la pesada puerta de metal que hay delante de nosotros.
—Me regodearé cuando mi futura esposa se sienta mejor.
«Futura esposa.»
Me da asco que lo diga y dibujo una mueca cuando los martillazos que siento en la cabeza se intensifican. Cómo odio los juramentos inquebrantables y este compromiso que no es más que una farsa.
Fuera, junto a la puerta, está el agente que montaba guardia, tirado en el suelo, con los ojos cerrados. El pecho le sube y le baja de manera rítmica. Memnón se detiene un momento para acuclillarse a su lado. Sin dejar de sujetarme con un brazo, extiende el otro para tocarle la frente al hombre.
—Esta noche has bebido demasiado y te has quedado dormido mientras estabas de guardia —murmura—. Te va a dar vergüenza, así que no contarás nada.
Se levanta y me vuelve a estrechar entre sus brazos. Si me sintiera mejor, soltaría algún comentario mordaz sobre lo que acaba de hacer. Pero si soy sincera, estoy demasiado cansada y dolorida como para molestarme.
—¿Dónde te duele más? —pregunta mientras salimos del bloque de celdas; es como si me hubiera leído el pensamiento.
—La cabeza.
¿De qué sirve mentir? Siento que hay alguien intentando salir de mi cráneo con un martillo hidráulico. En cuanto hablo, reajusta el brazo con el que me sujeta por la espalda para tocarme la frente.
—Alivia el dolor —murmura en sármata.
La magia sale de él. Parte de ella se me mete por las fosas nasales, mientras que otra se me introduce directamente por la piel.
De inmediato, la migraña se desvanece y los latidos de dolor van disminuyendo en intensidad hasta desaparecer por completo.
Suspiro y me hundo un poco en los brazos de Memnón por un moment…
Espera. No, sigue siendo mi enemigo. No voy a disfrutar de que me lleve en brazos, teniendo en cuenta que me ha arruinado la vida.
—Puedo caminar —insisto mientras él me guía por el pasillo vacío de la Politia.
La verdad es que tampoco estoy muy segura de que pueda, pero no pienso dejar que cargue conmigo como si fuera una inútil.
—Está bien, brujilla —dice con un tono casi indulgente, como si mi comportamiento fuera ridículo pero mono.
Diosa, nada me gustaría más que apuñalarlo con un cuchador.
Se agacha, deja que mis pies toquen el suelo de linóleo y me sujeta mientras me enderezo. Sigo llevando los tacones que me dejó Sybil al principio de la noche para el baile de Samhain y, en cuanto Memnón me suelta, las piernas me tiemblan como si fuera un cervatillo recién nacido. Por un segundo, estoy segurísima de que me voy a caer de morros, pero consigo mantener el equilibrio.
El hechicero se coloca delante de mí y se arrodilla.
Frunzo las cejas.
—¿Qué estás…?
Me coge una pierna y la levanta para colocarme el pie sobre su muslo. Me tambaleo unos segundos antes de apoyar los brazos en sus hombros y dejar todo mi peso sobre él.
Cuando me quita el tacón, me pienso si no debería darle una patada en los dientes.
Lo miro con el ceño fruncido.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Quitarte estos zapatos tan ridículos para que puedas andar —dice, masajeándome la almohadilla del pie.
Frunzo aún más el ceño.
Él me da un beso en el tobillo y me baja el pie.
El corazón me da un vuelto y, ay, no, esto no me gusta.
Ahora mismo, tengo a Memnón encasillado en una categoría diminuta que me gusta llamar: «Monstruos malvados que te cagas». Es una buena categoría, es acertada.
Si empieza a ser majo, puede que mi vínculo con él y los recuerdos de mi vida pasada se alíen para reasignarlo a otra categoría mucho menos adecuada para él.
Me quita el otro zapato y los coge los dos del suelo. Se levanta, con lo cual me veo obligada a apartar las manos de sus hombros. De repente, su metro ochenta de estatura se cierne sobre mí.
—¿Mejor? —me pregunta.
—No necesitaba tu ayuda para quitarme los tacones. —Lo miro fijamente para que quede claro.
Pero el tío sonríe de medio lado y le brillan los ojos. Mi rabia no lo achanta ni lo más mínimo.
Debería haberle dado una patada cuando he tenido la oportunidad.
—Vamos, brujilla. —Y me pone una mano en la espalda con un gesto posesivo—. Vamos a terminar de liberarte y a marcharnos de este lugar.
Salgo al frío aire nocturno y la puerta de la comisaría de la Politia se cierra a mi espalda con un siseo. Tengo el pelo lacio, la piel pegajosa del sudor y la sangre. El vestido negro se me ha roto en un par de sitios.
Soy la viva imagen de la derrota.
Memnón se coloca a mi lado y me baja la mano a la lumbar. Si yo soy la derrota, él es la victoria pura y sin adulterar.
—¿Y qué planes tienes ahora para mí? —pregunto.
Está claro que tiene algo pensado. Después de todo, esta es su noche.
Yo solo lo acompaño en este viaje.
Un hilillo de magia azul se me enrosca alrededor del abdomen como un abrazo fantasmal. Escucho su voz dentro de mí con una intimidad cruel:
Tú y yo nos vamos a casa.
Apostaría todo el dinero que tengo en el banco a que no se refiere a mi casa. Lo que significa que… voy a ver dónde vive.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. No quiero ir a ese lugar, pero también tengo muchísima curiosidad por ver dónde se ha estado quedando.
—Siempre y cuando haya una cama… —señalo al frente—, yo te sigo.
Ya mañana pensaré alguna forma de vengarme. Ahora mismo, sin embargo, me rindo con todas las de la ley.
El asfalto áspero se me clava en las almohadillas de los pies mientras Memnón me guía por el aparcamiento hasta un coche deportivo.
—¿Ese es tu coche? —La incredulidad se apodera de mi voz. Sabía que el tío había conseguido algo de dinero, pero no tanto—. ¿En cuántas cabezas has hurgado?
Debe de estar extorsionando a la gente para que le dé dinero como si no hubiera un mañana.
Me aprieta la espalda con los dedos.
—Qué peleona, siempre piensas lo peor de mí.
—Así resultas menos decepcionante. Bueno, casi. El listón se baja él solito todo el rato.
Espero sentir el calor de la rabia de Memnón a través de nuestro vínculo. En cambio, lo que hace es soltar una carcajada fuerte y divertida.
—Est amage, el mundo puede girar y los tiempos pueden cambiar, pero gracias a los dioses, algunas cosas siguen igual.
Lo miro frunciendo el ceño. No voy a responder a eso.
Miro el coche.
—¿Acaso sabes conducir?
En sus ojos hay un brillo conspiratorio.
—Hablo tu idioma y llevo tu ropa moderna. Tengo un coche y una casa. También tengo una cuenta bancaria llena de dinero. ¿A ti qué te parece, emperatriz?
—Me parece que has robado este coche, además de un par de recuerdos sobre cómo se conduce.
—Las reglas las dictan quienes tienen el poder —me recuerda. Siempre será un señor de la guerra despiadado.
Es por eso por lo que Memnón se abrió paso en la antigüedad con tanta facilidad. No solo es inteligente, fuerte y amoral, sino que su capacidad para robarle conocimiento a los demás le permite asimilarlo todo enseguida.
Pero hasta ahora no me había dado cuenta de lo rápido que lo asimilaba.
Me abre la puerta del coche. Dentro del vehículo se mueve una sombra de ojos ambarinos con vetas verdes que brillan en la oscuridad.
—Nero.
Casi me abalanzo sobre mi familiar. Me meto en el asiento de cuero para poder llegar mejor a mi pantera. Solo hemos estado separados un par de horas, pero estaba nerviosa por mi peludo.
Él también debe de haber estado nervioso por mí, porque me restriega el hocico con una intensidad insólita, teniendo en cuenta que es una pantera que se enorgullece de ser distante.
Mientras yo achucho a mi familiar, Memnón me mete las piernas en el coche y cierra la puerta.
Cuando el hechicero abre su propia puerta, respira hondo.
—Nero —gruñe.
Me aparto de la pantera y es ahora cuando me doy cuenta de lo que acaba de ver mi alma gemela.
Nero ha destrozado el interior del coche. Los asientos traseros están hechos jirones, la espuma del interior está desparramada sobre lo que queda de tapicería. También ha arañado la parte de atrás de los asientos delanteros, de los que cuelgan tiras de cuero. Incluso ha destrozado la consola central en la que estoy apoyada.
No sé hasta qué punto entiende mi pantera lo que hay entre Memnón y yo, pero creo que esto es su forma gatuna de decir «que te follen», y me parece correcto.
—Eres un familiar muy bueno —digo en voz baja, y le acaricio el costado mientras él me restriega la cabeza—. Siento haberte dejado así —susurro. Me refiero tanto a esta noche como a otra noche fatídica de hace mucho, en la que mi familiar y yo nos vimos obligados a separarnos.
Sigue restregándose contra mí. Es inusual que el gatazo sea tan comprensivo.
Escucho a Memnón suspirar mientras su magia inunda el interior del coche. El aire se espesa hasta que no consigo ver más allá del pelaje del felino. Cuando se despeja, las tapicerías vuelven a estar inmaculadas.
Entonces el hechicero entra en el vehículo y se encaja en el asiento del conductor. De repente, siento que hay poquísimo espacio.
Suelto a Nero y dejo que se acomode en el asiento trasero mientras yo me coloco bien. El motor se enciende con un rugido y Memnón maniobra con cuidado este coche tan elegante para salir del aparcamiento e incorporarse al tráfico de la calle.
Supongo que sí que sabe conducir.
Apoyo la cabeza contra la ventana y miro cansada la oscura noche mientras las farolas y la vegetación sombría se convierten en un borrón.
—¿Cuándo vas a casarte conmigo? —pregunto en voz baja.
No puedo no preguntarlo. Justo antes de que me arrestaran, Memnón me dijo que nos casaríamos de inmediato. Hace horas que hemos sellado el pacto inquebrantable y me siento como un pez atrapado en un anzuelo, esperando a que tiren del carrete para morirme.
Memnón extiende el brazo y me coge la mano herida; le da la vuelta para que la palma cortada quede hacia arriba.
—Esta noche no, est amage, pues todavía llevas las marcas de nuestra batalla.
Suelto un suspiro tembloroso.
«Esta noche no.»
Qué alivio.
Me miro la herida que me hice antes, cuando me corté la palma con su cuchillo y pronuncié el juramento para levantar la maldición. Se ha empezado a formar una costra sobre la llaga, aunque la carne que la rodea está roja y me escuece.
—Entonces, ¿cuándo? —insisto.
Memnón me acaricia el corte con los dedos; es un roce muy suave, como un susurro. Un hilillo de magia me envuelve la mano y la acaricia. Casi al instante, la carne se une y se sella hasta que desaparece incluso la cicatriz.
—Mírame, Selene.
Es una orden, pero aun así lo único que oigo yo es una súplica. Quiere conexión, consuelo. Después de todo, este era su gran plan. No podía resucitar el pasado, pero al menos podía sacar de él mis recuerdos. Supongo que, en el fondo, toda esta venganza era porque quería sentirse menos solo.
Lo miro reticente. Por un instante, ha apartado la atención de la carretera que tenemos delante.
—Da igual cuándo nos casemos, brujilla. —Me aprieta la mano recién curada—. Ni la magia ni el tiempo pueden separarnos. —Le brillan los ojos—. Somos como las estrellas. Eternos.
***
Pretendo mantenerme despierta. Mi intención es fijarme en las calles que llevan a casa de Memnón y en todos los detalles del sitio en sí. Pero las sinuosas carreteras que recorren las montañas del norte de San Francisco me mecen con suavidad. El reloj dice que son más de las tres de la madrugada y el cansancio se apodera de mí. También puede ser que, a pesar de todo lo que odio a Memnón, algo en mi interior se sienta más que reconfortado al estar en el coche con él y con mi familiar.
Sea como sea, aguanto menos de cinco kilómetros antes de que se me empiecen a caer las pestañas. Un kilómetro y pico después se me cierran los ojos del todo.
Siendo que me mueven dos veces: primero, unos brazos fuertes y cálidos me levantan. Luego me colocan en un colchón suave y me tapan.
Su voz resuena en mi interior mientras me dejo llevar por el sueño.
«Estate tranquila, reina fiera. Ya no tienes que pelear. Estás a salvo conmigo.»
Parpadeo aturdida y me desperezo. Disfruto de la sensación de la luz del sol sobre la piel y el aroma masculino que impregna las sábanas.
Extiendo el brazo para buscar al dueño de ese olor, pero mi mano aterriza en unas mantas vacías.
Frunzo las cejas y me siento mientras reprimo un bostezo. Por un momento, me siento perdida y confundida, pues nunca he visto la enorme habitación con paredes de cristal en la que me encuentro ahora y tampoco sé cómo he llegado hasta aquí. Recuerdo demasiado bien lo de anoche, pero no gracias al hechicero, pues tengo la mente en blanco después de que me montara en el coche con él.
Memnón debe de haberme traído hasta aquí y haberme metido en la cama. Su cama. Eso me hace enderezar la espalda y abrir bien los ojos. Debo de estar en su casa, aunque a él no lo veo por ninguna parte.
Estudio la habitación con avidez. El espacio es en lo primero que me fijo. Hay que ser ricachón para permitirse algo más grande que una lata de sardinas en el Norte de California.
Está claro que es un ricachón.
El dormitorio es enorme y la falta de mobiliario hace que parezca aún más vasto. Está la cama, una librería en la pared de la izquierda y una silla a su lado. Aparte de eso no hay nada, salvo las ventanas panorámicas que ocupan la pared de casi tres habitaciones. Por los ventanales que están justo enfrente de la cama, puedo ver las colinas de la costa y, por los que quedan a la derecha, veo varios árboles de hoja perenne que flanquean la casa. Más allá de ellos se cierne un bosque oscuro y solitario. No sé a qué distancia estamos del Aquelarre del Beleño Negro, pero los bosques se parecen.
Además, la pared izquierda se abre a un baño enorme y, a mi derecha, hay una puerta.
—¿Memnón? —lo llamo.
El edificio permanece sumido en el silencio. Sin embargo, un minuto después, Nero entra en el dormitorio. Bajo la luz tenue, parece que tiene el pelaje aún más liso. Viene directo hacia la cama y se sube.
Extiendo el brazo y lo acaricio.
—¿Te he dicho que eres el mejor familiar del mundo entero?
Me lanza una mirada incómoda y gira un poco las orejas. Supongo que es la misma cara que les ponen los adolescentes a sus padres. Imagino que anoche, cuando nos volvimos a ver, gastó toda la sensiblería que tenía.
Le paso la mano por el cuello.
—¿Memnón? —vuelvo a llamarlo.
Por los siete infiernos, ¿dónde está el hechicero? Por fin ha conseguido meterme en su cama, que al parecer es a donde quería llegar durante todo este tiempo, y ahora es él quien se ha largado.
Aparto las sábanas y me muerdo la lengua para no soltar una maldición cuando me doy cuenta de que llevo una camisa enorme, su camisa, y las bragas que ya llevaba puestas.
Me ha desvestido. Por supuesto que sí.
Bastardo.
Una pequeña parte de mí algo más razonable está dispuesta a romper una lanza a su favor: a lo mejor solo quería que durmiera cómoda. Pero que le den: me ha visto las tetas y yo todavía estaba enfadada con él. Me hierve la sangre solo de pensarlo.
«Memnón», casi gruño por nuestro vínculo.
Lo primero que siento es su sonrisa.
Estás despierta, prometida. ¿Has dormido bien?
Pongo cara de asco al escuchar esa palabra. «Prometida.» Te juro que solo la usa para sacarme de quicio.
«Más te vale haber cerrado los ojos cuando me has desnudado», le digo.
Lo único que siento desde su lado del vínculo es una sonrisa persistente. Maldito sea.
«¿Dónde estás?», pregunto.
¿A alguien le ha molestado que no estuviera en la cama cuando se ha despertado?
Aprieto los dientes. Ahora mismo habla con un aire desenfadado y juguetón.
«¿Cuándo vuelves?», pregunto.
Siento su alegría.
¿Ya me echas de menos?
«Si eso impide que tu frágil ego se desmorone, entonces sí. Te echo de menos con tanta desesperación que podría morirme si no te vuelvo a ver.»
El otro lado de nuestra conexión queda en silencio, callado.
Al final dice:
Si vuelves a hablarme así, te concederé lo que más anhela tu corazón.
«Desea librarse de ti. Así que, si puedes hacerme ese favor, no tengo ningún problema en susurrarte moñadas vacías al oído.»
Al otro lado del vínculo, a Memnón se le han acabado las ganas de ser jovial. En todo caso, lo siento un tanto herido. Casi se me escapa una carcajada solo de pensarlo. Puede que todavía no me haya derrotado.
Pronto volveré a casa, dice, en cambio.
¿Pronto? ¿Pronto? ¿Qué narices significa eso? ¿Quince minutos? ¿Dos horas? Necesito saber cuánto tiempo tengo.
Pero a él solo le digo: «Ah, bien, entonces voy a sacar los cuchillos y a afilarlos para cuando vuelvas.»
Vuelve a sonar divertido:
Emperatriz, ese es mi lenguaje del amor.
Con ese último y perturbador pensamiento, se aparta de nuestra conexión.
¿Cómo conoce el concepto de «lenguaje del amor»? Da igual. No importa. Necesito largarme de aquí.
Miro la enorme camisa negra que llevo puesta. Bueno, primero me cambio y luego me escapo.
Voy al vestidor que hay al lado del baño. A medio camino, me llama la atención un trozo de encaje que sobresale de una percha.
Por un segundo, el estómago me da un vuelco y siento miedo de que alguna otra mujer haya estado aquí con él.
No, no puede ser, ¿no?
Cómo odio que me importe. Por mí, él y las malas decisiones que ha tomado en la vida pueden pudrirse.
Aun así, siento el pulso en los oídos mientras corro hacia el armario: me puede la fascinación horrorosa por saber qué habrá dentro.
¿Ropa de mujer? ¿Armas? ¿Cadáveres? Quién coño sabrá.
El vestidor es casi tan grande como toda mi habitación del aquelarre. Sí que es un ricachón, sí. A pesar del espacio, su ropa tampoco ocupa mucho. Veo un puñado de trajes colgados y unas cuantas camisas y pantalones doblados en las estanterías.
Pero no le presto mucha atención a ninguna de esas cosas.
Tengo los ojos clavados en ese único trozo de encaje, que ahora que me acerco parece un vestido lencero. Extiendo el brazo para cogerlo y se me cae el alma a los pies solo de pensar que alguien lo ha llevado puesto delante de Memnón… hasta que me fijo en que todavía tiene la etiqueta.
Suelto el aire temblando. Vale, no hay ninguna mujer misteriosa. Menudo alivio. Para ella, que no existe, por supuesto. Es mejor no acercarse a este tío.
Dejo el vestido y cojo otro. Este también tiene aún la etiqueta.
Parece que toda la ropa femenina está sin estrenar. Y, además, es más o menos de mi talla.
«Son para mí», comprendo.
La verdad es que no debería sorprenderme. Después de todo, pretende casarse conmigo. Aun así, esto es… demasiado.
En mi interior se despierta una antigua sensación que pertenece a Roxilana. Esto no habría hecho que ella se rindiera a sus pies. Al menos, no con facilidad.
Antes de que Memnón se la llevara y se casara con ella, la joven tenía pocas pertenencias. Incluso a mí, que me considero independiente, me atrae la idea de que me mimen.
«Es dinero manchado de sangre, Selene. Y el precio es dejar que este gilipollas se salga con la suya.»
¿Voy a permitir que ocurra eso? Cuando a las pollas les salgan alas.
Miro la ropa durante un ratito más. Lo cierto es que tengo que vestirme. Rebusco entre la ropa de mujer hasta que encuentro un par de pantalones vaqueros y una camisa blanca sencilla.
«Diosa, perdóname por aceptar regalos del demonio.»
En una balda inferior para calzado, hay tres tipos de zapatos de mi talla, entre los que hay unas Doc Martens.
Cojo las botas de combate.
«Diosa, perdóname también por llevarme estas. Y porque me las pienso quedar.»
A ver, una no consigue unas Doc Martens todos los días.
Cojo la ropa, voy al baño y me visto rápidamente, pues cada vez estoy más nerviosa. No sé dónde está Memnón, pero no tengo mucho tiempo antes de que vuelva.
Cuando me enderezo, me doy cuenta de que en el espejo del baño hay una foto. En la que salgo yo.
Levanto una copa de champán; estoy brindando con otras personas que no aparecen en la imagen. Recuerdo que me la hicieron el año pasado en Nochevieja, cuando fui con Sybil y un par de sus hermanas de aquelarre a una fiesta en el piso de no sé quién. La cámara me pilló en plena acción: estoy sonriendo de verdad y da la casualidad que estoy mirando al objetivo.
Mi corazón hace una cosa extraña. Encontrar esta foto en el baño, que por lo demás está vacío, me hace suponer que Memnón debe de haberla sacado de uno de mis álbumes de fotos y la ha colocado ahí para verla todos los días, junto a su propia cara.
Salgo del baño dando grandes zancadas y agarro mi móvil, que está en una de las mesillas de noche. La pantalla me indica que apenas le queda un cinco por ciento de batería.
Me lo meto en el bolsillo trasero y estudio lo que me rodea una vez más.
En este dormitorio no hay mucho que ver, ni tampoco en el baño o en el armario. Por alguna razón, había asumido que sí que encontraría algo. A Memnón se le da bien jugar a estar por encima de los demás y, en el mundo moderno, eso significa tener un montón de cosas caras. Pero hasta ahora tampoco hay tantas cosas que griten que es un egoísta.
Supongo que el señor de la guerra que tengo por ex es demasiado duro como para molestarse en acumular comodidades mundanas. Eso o todavía está amasando su fortuna, víctima a víctima.
Tengo que largarme de aquí ahora mismo.
Aun así, me fijo en un lugar en el que sí ha acumulado cosas: la estantería. Sin pretenderlo, los pies me llevan solos hasta ella.
Hay libros de Plinio el Viejo escritos en su latín original, junto con versiones en griego de La Ilíada,La Odisea y las historias de Heródoto, e incluso algo de poesía antigua. Hay una biografía de Nerón, así como varios tomos de historia de Europa, Asia, África y América que abarcan el periodo en el que vivieron Memnón y Roxilana.
Bajo la vista a los estantes inferiores, donde sobresalen los lomos de unos cuadernos que me resultan familiares.
Se me corta la respiración.
Es imposible. Los quemó. Lo vi reducirlos a cenizas.
Me pongo de rodillas. La incredulidad y la esperanza (terrible y dolorosa) se apoderan de mí y saco una de las libretas. La cubierta está llena de constelaciones de pan de oro. La abro y se me escapa un ruidito de los labios cuando veo mi nombre y el rango de fechas, escritos con mi letra. En la página siguiente hay una serie de notas sobre cómo llegar al restaurante en el que trabajaba por aquel entonces. Al lado hay garabateado un conjuro para quitarle las arrugas a la ropa.
Paso un par de páginas más. Están llenas de polaroids, pósits, listas de tareas pendientes, direcciones, hechizos que pensé que valía la pena recordar y dibujos apresurados.
Paso el pulgar por uno de esos bocetos. Es de un grifo sármata. Me trago la extraña bola de emociones que esto acarrea consigo antes de comprobar el resto del cuaderno.
Es mío, sin ninguna duda. No sé cómo, pero vuelve a estar entero.
Esto es un truco. Tiene que serlo. Vi arder estos cuadernos y toqué sus restos carbonizados. Recuerdo el penetrante olor a humo que se quedó impregnado en la habitación una vez que solo quedaron las cenizas.
Cojo otro diario y paso las páginas. Luego otro. Cierro los ojos con fuerza, se me tensa la garganta de la emoción.
A pesar de todos mis esfuerzos, se me escapa una lágrima rebelde.
No sé cómo se las apañó Memnón para sacar las libretas de mi habitación a escondidas o para fingir que habían quedado destruidas con el fuego, pero todavía existen. Las salvó.
Por un segundo y medio, siento una oleada de ternura hacia el hechicero. Entonces me acuerdo de que, aun así, me manipuló y me coaccionó. Me acusó de asesinato y me obligó a levantar la maldición en contra de mi voluntad.
Pues que le den, a él y a su ínfimo gesto de amabilidad.
Vuelvo al armario para buscar algo en lo que guardar mis cuadernos. Escondida en una esquina, encuentro una bolsa de deporte negra con un cuchillo, una cuerda y unas cuantas bridas.
No es para nada sospechoso.
Vacío la bolsa, me la llevo a la estantería y meto dentro todos mis cuadernos. Hay tantos que no puedo cerrar la cremallera. Aun así, me la cuelgo al hombro y sonrío al notar cuánto pesa. De repente, al tenerlos cerca, me siento más como yo misma.
Saco el móvil e ignoro la ristra de mensajes y notificaciones. Lo que quiero es pedir un coche para Nero y para mí.
—Nero —llamo a la pantera, que sigue despatarrada en la cama de nuestro enemigo—. Es hora de irse.
No espero a que me siga. Me tiembla el cuerpo de los nervios y la resolución. Tengo mis cuadernos. Ahora tengo que volver al aquelarre y lanzar un porrón de hechizos de protección sobre mi habitación para que este hechicero tan prepotente no pueda acercarse a mí.
Salgo de la habitación con Nero pisándome los talones. Pasamos por delante de varias estancias que dan al pasillo de la casa y al salón. Lamento tener que largarme de aquí. La verdad es que siento curiosidad por ver cómo es el resto de la casa de Memnón.
La puerta principal es un mamotreto de bronce. Extiendo la mano hacia el pomo, pero, al girarlo, no se mueve. Es entonces cuando me fijo en el hechizo protector que brilla tanto en la cerradura como en el picaporte.
Bajo la mirada hacia Nero, que se ha parado a mi lado.
—Memnón tiene la mala costumbre de encerrarnos en sitios cuando estoy inconsciente.
El gatazo me mira y parpadea. Está claro que esto le aburre.
Pongo la palma encima de la puerta y me limito a esperar. Unos segundos después, los hilos de color azul oscuro se alejan de la puerta y me suben por los dedos. La última vez que hice esto, la magia de Memnón parecía verse atraída hacia mí como si no pudiera remediarlo. Ahora me envuelve la muñeca como si estuviera desesperada por tocarme y, al hacerlo, la estructura del hechizo se retuerce y se derrite hasta que se aparta por completo de la puerta y me sube por el antebrazo.
Se cierne sobre mi piel durante unos segundos y luego se disipa.
Cuando vuelvo a intentar abrir el picaporte, la puerta cede y la luz del sol se cuela por la abertura. ¡Conseguido!
Mi móvil vibra en el bolsillo y sé sin mirarlo que se acerca el coche que he pedido. No podríamos habernos coordinado mejor.
Vuelvo a mirar a Nero y me muerdo el labio. Va a ser un problema para quien nos recoja.
Le pongo una mano en la cabeza y él dobla las orejas.
—Do ulibad povekomsa pesagus diveksu kuppu mi’kanutgusa buvekatasava.
«Oculta a este gran felino de todos los ojos, menos de los míos.»
Mi poder, que todavía está recuperándose de lo de anoche, surge de mí con lentitud y envuelve el cuerpo del gato. A este hechizo no lo acompaña ni el tirón ni el dolor de cabeza que me he acostumbrado a sentir, señal de que se me borraba un recuerdo.
Es cierto que ya no pierdo recuerdos.
Solo de acordarme, el ardor de la traición vuelve a apoderarse de mí.
Puede que ayer fuera el día de Memnón, pero hoy no lo es, para nada.
Miro el recibidor y el salón. La verdad es que es una casa encantadora. Qué lástima.
Cierro los ojos y me centro en la poca magia que me queda. No es mucha, pero solo necesito una chispa.
Memnón ha cometido un error al dejarme entrar en su santuario con toda esta rabia que siento.
Extiendo el brazo con la palma hacia arriba y abro los ojos de repente.
—Antiguos elementos, sentid mi ira. Quemad la casa, reducidla a cenizas.
La magia me hace cosquillas al bajarme por el brazo y se acumula hasta que un hilillo de humo color naranja pálido se alza en mi mano extendida, se retuerce y se transforma en una llama.
Lanzo la bola de fuego al salón. Aterriza en una alfombra con flecos, que empieza a arder en cuestión de segundos. Las llamas se extienden, consumiendo lo que pueden del tejido y de cualquier cosa que esté a su alcance.
—Venga, Nero —digo—. Vamos a largarnos de aquí.
Cuando Nero y yo regresamos al aquelarre, el sol ha desaparecido tras una densa capa de nubes y me siento como si me hubieran dado un mamporro con un caldero.
Los hechizos que me lanzó Memnón para calmarme el dolor deben de haberse desvanecido, así que ahora siento todo el dolor de anoche, aparte del tremendo agotamiento de haber usado mi magia en exceso.
En cuanto entro en casa, me dirijo hacia el comedor, atraída por el olor a sopa y a pan recién hecho. A mitad de camino, siento un picor en la nuca. Miro a mi alrededor y veo que un par de brujas me están mirando. Y, cuando entro en el comedor, una bruja que estaba tocando el violín se detiene. La conversación que llenaba la estancia también enmudece y mis hermanas de aquelarre se giran para mirarme.
Yo estaba centrada en mi malvado prometido, pero, para estas chicas, mi arresto debe de haber sido el drama de la noche…, sobre todo porque Memnón les lanzó un conjuro para que olvidaran lo cerca que han estado de la muerte.
Ignorando las miradas, cojo un cuenco pintado con enredaderas que hay en la pila junto a la cola del buffet y me sirvo una sopa humeante. Echo mano de uno de los panecillos de una cesta que hay cerca y salgo de la estancia a toda prisa, con Nero a mi lado.
En realidad, lo único que quiero es acurrucarme en mi cama y tragarme una serie entera en el ordenador, pero no he hablado con mi mejor amiga, Sybil, desde anoche. Han pasado tantas cosas desde que nos separamos que me parece que está mal esconderme sin pasarme antes por su habitación.
Cuando llego a su cuarto, ni siquiera me molesto en llamar a la puerta; entro sin más y Nero me sigue. Dejo la sopa y el pan en su escritorio.
Sybil está de espaldas a mí, cuidando de las plantas que tiene en la pared. Los hilos lilas de su magia recorren la habitación. Está perdida en su propio mundo, mascullando algo para sí misma mientras las hojas se bambolean. Merlín, la lechuza común que tiene por familiar, está encaramada en una percha que hay encima de la cama, con los ojos hipercentrados en Nero.
—Sybil —la llamo.
Mi amiga da un respingo y casi tira la regadera.
—Por la ira de Diosa —maldice mientras se da la vuelta. En cuanto me ve, ahoga una exclamación—. ¡Selene!
Lanza la regadera a un lado, lo que hace que Merlín aletee cuando el agua cae sobre él y su percha. Mi amiga cruza la habitación y se lanza a mis brazos.
—Estaba muy preocupada —dice, achuchándome con fuerza—. Escuché que te habían arrestado, pero, cuando llamé a la comisaría, me dijeron que ya te habían soltado. Pero no respondías al teléfono y no has aparecido por aquí. —Se detiene y respira hondo—. ¿Dónde estabas?
—Con Memnón —digo cansada. Me quito del hombro la bolsa de deporte que todavía llevo colgada y casi aplasto a Nero.
Mi familiar me lanza una mirada que solo puedo describir como de odio.
—Lo siento, colega —le digo.
La pantera mueve las orejas al escucharme usar ese término. Es que no puedo complacer a nadie.
—¿Memnón? —dice Sybil poniendo cara de asco—. La última vez que lo comprobé, odiábamos a ese tío.
—Todavía lo odiamos —confirmo.
—Ah, bien. Quiero decir, mal. —Frunce las cejas—. Pero anoche, cuando te sacó del baile en brazos, parecía que habíais limado asperezas. ¿Qué pasó?
Suelto una risa entrecortada que acaba en un sollozo. Por todos los hechizos del infierno, no sé ni por dónde empezar.
Me dejo caer en el borde de la cama y Nero se hace un ovillito a mis pies.
—Si tienes una hora, te lo cuento todo.
Ella asiente con la cabeza y acerca la silla del escritorio para sentarse.
—Te escucho.
Así pues, le cuento la verdad y nada más que la sórdida verdad, desde el momento en que Memnón asfixió a una estancia entera llena de seres sobrenaturales cuyas mentes alteró, hasta su acusación de asesinato, pasando por el punto en que me obligó a acceder a sus exigencias de mierda.
Sybil no hace más que soltar: «¿Qué me dices?» una y otra vez, sin despegar los ojos de mí.
Cuando termino, se le escapa una risilla histérica.
—A ver si lo he entendido: ya no eres sospechosa. —Asiento—. Pero estás comprometida con un psicópata. —Asiento otra vez—. Y ¿ahora te acuerdas de tu pasado?
Le dedico una sonrisa triste.
—Sí, ese es más o menos el resumen.
—No me lo creo —dice, mirándome fijamente. Puede que yo tampoco la creyera a ella si estuviéramos en la situación contraria.
—Pregúntame algo que sepas que he olvidado.
Sybil se retrepa en la silla.
—Mmm… vale. —Tamborilea con los dedos en el brazo del asiento—. ¿Qué hicimos la noche de la graduación del instituto?
Qué fácil.
—Nos emborrachamos con garrafón y nos bañamos desnudas en el mar Irlandés. Hacía tanto frío que se te helaban las tetas.
Abre la boca de la sorpresa.
—Santa medianoche —dice en voz baja—. Te acuerdas. —Las luces de su habitación tiemblan, como si quisieran enfatizar tal afirmación—. ¿Y tu magia no te va a robar ningún recuerdo más la próxima vez que lances un hechizo?
Niego con la cabeza.
—No.
Ella abre bien los ojos mientras estudia mi rostro.
—¿Cómo te sientes?
Suspiro, me levanto y cojo mi panecillo antes de volver a la cama. Los duelos con pan son menos, ¿verdad?
—Fatal. Enfadada. Un tanto esperanzada y culpable por sentir esperanza. —Parto el panecillo por la mitad y le doy un mordisco—. No lo sé. Tengo sentimientos encontrados.
Sybil se coloca a mi lado en la cama y me acaricia la espalda.
—Lo siento —dice en voz baja—. Puede que ahora no sea un buen momento para decirte lo que ha pasado aquí.
La miro y levanto las cejas.
—¿De qué estás hablando?
—Han asesinado a otra bruja.
Ahora me toca a mí mirarla incrédula.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Creo que alguien descubrió el cadáver en algún punto de la noche en Everwoods.
Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando me doy cuenta de que esto debe de haber sido obra de Memnón. Fue él quien llevó los otros cadáveres al bosque cuando quiso acusarme de asesinato. Las horas que yo me tiré encerrada, él debió de pasárselas exculpándome. Después de todo, no lo ha organizado todo para casarse conmigo y luego dejarme entre rejas. Para eso no se hubiera entretenido llenando el vestidor de ropa para mí.
De repente, el miedo me inunda el pecho y me cuesta respirar. Me pongo una mano sobre el corazón, casi me ahogo. No entiendo a qué viene esta reacción tan extrema…
¡SELENE!, grita Memnón por nuestro vínculo. Hablando del puto rey de Roma…
El pánico sigue aferrándose a mí y me doy cuenta de que lo que siento son sus emociones, no las mías.
¡Respóndeme si puedes!, dice frenético. Dime que estás bien.
—¿Estás bien? —dice Sybil, repitiendo las mismas palabras que el hechicero. Arruga el ceño mientras me mira.
Asiento con la cabeza.
«Estoy bien», empujo las palabras por nuestro vínculo solo para alejar este terror que me llega del lado de Memnón. Entonces caigo en la cuenta. «Has encontrado el incendio.»
Siento el momento en el que él ata cabos.
¿Has sido tú?
Siento el alivio que se cuela por nuestro vínculo; es como un bálsamo para el miedo de antes.
Se echa a reír. Al escucharlo, los pelos de los brazos se me ponen de punta.
Qué mujer tan inteligente y perversa eres. Ya debería saber que tu venganza sería equivalente a la mía.
Solo a él podría parecerle divertido un incendio provocado.
—¿Selene? —Sybil chasquea los dedos delante de mi cara—. ¿Qué pasa? Estás en Babia.
—Memnón ha encontrado el incendio —digo distraída.
—¿Qué incendio?
—Es que le he pegado fuego a su casa.
—¿Que le has pegado fuego? —chilla mi amiga.
Asiento con la cabeza.
¿Dónde estás ahora?, pregunta Memnón.
«En casa.»
No te veo, dice.
«En mi casa», aclaro.
—No estás hablando en serio, ¿verdad? —dice Sybil—. No puedes ir prendiéndole fuego a la casa de alguien así como así.
—Si es un idiota, sí.
—Selene… —Mi amiga me lanza una mirada condescendiente.
Dame una buena razón para que no me plante ahí ahora mismo y te traiga a rastras, dice Memnón.
«Y yo volveré a prenderle fuego a tu casa», doblo la apuesta. «Si es que ha quedado algo en pie.»
¿Cuándo va a aprender este hombre a no tocarle las narices a las brujas?
¿Y qué tal vas?, cambia de tema. ¿Te sientes incómoda desde que hicimos el juramento?
«¿Por qué iba a estar incómoda?»
Hay un destello de diversión.
Pronto lo averiguarás, alma gemela. Cuando seguir ignorándome se vuelva intolerable, puedes venir a buscarme.
«Las tetas hablarán antes de que eso suceda», le digo. «Mientras tanto, que te diviertas buscando un lugar en el que dormir esta noche.»
Me aparto de la conexión y miro a Sybil.
—Debería volver a mi habitación. Tengo que terminarme la cena y guardar unos cuadernos.
—Eh, eh, eh, no puedes largarte sin más después de mencionar como si nada que le has pegado fuego a la casa de un pavo.
—No es «un pavo» —aclaro mientras cojo la sopa. Hace un buen rato que se ha enfriado—. Es mi alma gemela malvada. Y ya te terminaré de contar luego.
Me cuelgo al hombro la bolsa de deporte con la cremallera abierta y Nero se levanta.
—¡Te tomo la palabra! —dice mi amiga a mi espalda mientras salgo de la habitación.
Mi familiar y yo subimos hasta la tercera planta. Pasamos junto a varios cuadros enmarcados de brujas de ojos enloquecidos y un murciélago cualquiera que se aleja volando por el pasillo.
La puerta de mi dormitorio está un tanto entreabierta. Nadie se ha molestado en cerrarla del todo después de que anoche me llevaran presa. Se me encoge el corazón al pensarlo.
La abro de un empujón y entro. La estancia sigue cubierta de notas adhesivas. Mi diario más reciente está abierto sobre el escritorio. Es una cápsula del tiempo de mi vida antes de que recuperara la memoria. Siento que, cuando recuperé todos estos recuerdos, perdí esta versión de mí misma, la que creó su vida meticulosamente para que funcionara con la pérdida de memoria.
Y, aunque me siento un tanto aliviada de que se haya acabado la maldición, me siento como un barco sin timón, obligada a vagar sin rumbo.
Nero va directo hacia la cama y se sube encima de un salto, como si no le importara lo más mínimo que yo me haya puesto melancólica.
Extiende las patas delanteras, se deja caer de lado y cierra los ojos.
—Está claro que lo de anoche te ha dejado destrozado —mascullo y suelto la bolsa de deporte con los cuadernos. Unos cuantos se salen.
Me acerco al escritorio y miro la página abierta del diario nuevo. Paso los dedos por una de las últimas notas que me dejé a mí misma:
No confíes en Memnón el Maldito.
Todavía recuerdo la rabia y el pánico que sentí en ese momento. Es extraño estar en este lado. Aparto los ojos de la advertencia y me fijo en la nota adhesiva que coloqué en el centro de la página. Le paso la mano por encima antes de darme cuenta de que no es mi caligrafía.
Entrecierro los ojos y la despego.
Puede que tú te hayas olvidado de lo que pasó en el círculo de hechizos, pero nosotras no.
Suelto el papel encima del teclado y lo miro fijamente antes de echar un vistazo, primero a la ventana y luego a la puerta que estaba abierta. Los hechizos protectores que lancé siguen en su sitio, las telarañas que forman sus hilos siguen brillando ligeramente en el aire.
Suelto el aire. Quien haya escrito esto ha traspasado las protecciones. Un escalofrío me recorre la columna vertebral. ¿Cómo lo ha hecho? Alguien que pretendiera hacerme daño no podría haberlos cruzado sin destrozarlos.
Vuelvo a mirar la nota. Saben que olvido cosas, pero no que la magia que provocaba esas pérdidas de memoria ya no está.
«Y no se van a enterar», decido.
Algo antiguo y enterrado se remueve en mi interior. Hace mucho, mis enemigos acabaron conmigo. No permitiré que vuelva a suceder.
Aparto la silla y me siento, luego abro el diario por una página en blanco. Puede que ya no necesite el cuaderno para recordar lo que tengo que hacer, pero puede serme útil para otras cosas.
Cojo un bolígrafo y apunto los eventos perturbadores que han tenido lugar en el campus desde que empezó el curso:
Brujas asesinadas.
Círculo de hechizos se reúne todos los meses para hacer hechizos vinculantes ilegales.
He estado en contacto con estos dos sucesos. Hasta ahora, he estado demasiado ocupada intentando ir un paso por delante de toda la movida como para centrarme en ninguna de estas dos situaciones por separado. Pero ahora puedo hacerlo. Vuelvo a mirar el pósit.
Debo hacerlo.
Vuelvo a centrarme en el cuaderno y le doy unos golpecitos con el bolígrafo. Muchas de las brujas asesinadas eran alumnas del Aquelarre del Beleño Negro.
Tengo muchísimas preguntas sobre las muertes, empezando por la implicación de Memnón, pero antes de que eso me distraiga demasiado, me obligo a mirar el otro incidente de la lista. El círculo de hechizos se celebra todas las lunas nuevas. Si lo que yo viví allí es lo normal, las sesiones se centran en forzar en contra de su voluntad a seres sobrenaturales —en mi caso fue una cambiaformas— a vincularse con la sacerdotisa del círculo.
Según el pósit, ni ella ni el resto de las brujas se han olvidado de que les jodí el hechizo, pero, por desgracia para mí, no sé quiénes son. Todas llevaban máscaras. Pero sé que pueden traspasar mis hechizos protectores y colarse en mi habitación.
En mí vuelve a surgir un atisbo de ese antiguo espíritu férreo.
Si quiero vivir en paz, voy a tener que encargarme de estas brujas enemigas antes de que ellas se encarguen de mí. Eliminar la amenaza que suponen para mí es aún más importante que mis estudios.
Empiezo a apuntar toda la información y, a medio escribir mis planes, me doy cuenta de que no hace falta. No se me va a olvidar.
Sin embargo, sí voy a necesitar ayuda.
Le doy unos golpecitos al papel con el bolígrafo.
Antes, Memnón estaba tan dispuesto como yo a descubrir quiénes eran estas brujas. No creo que su interés tenga nada que ver con la venganza. A pesar de lo profunda que es su rabia, creo que su intención era protegerme. Estoy casi segura de que estaría dispuesto a ensuciarse las manos por mí una vez más.
Pero también es posible que se limite a usar mi petición como forma de hacer presión para sacarme algo más. Esta idea me deja helada.
No, eso no pasará. No dejaré que suceda.
Mi mente vaga al último de mis antiguos recuerdos, los que duelen de verdad, y aprieto los labios. Soy yo la que tiene la sartén por el mango.
«Memnón», lo llamo por nuestro vínculo.
Siento calidez en su extremo del cordón mágico. Seguro que se piensa que estoy cediendo a sus deseos.
Antes de que él tenga la oportunidad de responder, hablo: «Quedamos dentro de una hora en el Prado de la Doncella Muerta. Es que…» Cierro los ojos y me obligo a decir la siguiente parte: «Necesito que me ayudes.»
