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Ven a mí, emperatriz... Selene Bowers tiene veinte años y está desesperada por que la acepten en el Aquelarre del Beleño Negro, una academia para jóvenes brujas. Como uno de los requisitos para entrar es conectar con sus poderes a través de una búsqueda mágica en la naturaleza, Selene reserva un viaje a América del Sur. Cuando una perversa fuerza sobrenatural intenta que su avión caiga al suelo, la magia de Selene se despierta para salvarle la vida... cueste lo que cueste. Pues sus poderes consumen sus recuerdos, uno a uno. Pero lo peor sucede cuando Selene se atreve a adentrarse en la jungla, descubre la fuente del ataque y acaba despertando a un antiguo mal, Memnon el Maldito, quien confunde a Selene con su esposa fallecida hace mucho. La misma esposa que lo traicionó. Selene consigue escapar y empieza sus estudios en el Beleño Negro, pero cuando Memnon se presenta en el aquelarre y se empiezan a aparecer brujas muertas por el campus, Selene acaba enredada en una peligrosa trama. Cuando la acusan de asesinato por sus pérdidas de memoria, Selene tendrá que fiarse de la ayuda de Memnon para encontrar respuestas... y los planes que tiene este para ella lo cambiarán todo.
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Seitenzahl: 594
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Para Astrid, que hace pociones, baila con esqueletos y le aúlla a la luna. Tienes magia en la sangre, cariño
LA LEY DE TRES
Que la magia que lances
tenga un uso desinteresado.
Haz el bien a los demás,
pues a ti volverá por triplicado.
Si mueves la mano
y la desgracia sigue tus pasos,
por triplicado volverá su poder.
Por triplicado la maldición habrá errado.
Estoy atrapado.
Desde hace muchísimo tiempo. Unos conjuros tan sofocantes como reconfortantes me han aprisionado mente y cuerpo. No puedo escapar de ellos por mucho que lo intente.
Y vaya si lo he intentado.
Esto no debería ser así. Lo sé. Lo recuerdo.
Alguien me ha hecho esto.
Pero… ¿quién?
La respuesta se me escapa.
Mis pensamientos están… fragmentados. Las mismas barreras que me envuelven los han destrozado y esparcido.
Hubo una vida antes de esta sombra de existencia. A veces capto sus destellos. El recuerdo del sol, la pesada carga de una espada en la mano, la sensación de una mujer —la mía— debajo de mí.
Aunque no recuerdo demasiado bien mi propio aspecto, veo el perfil de su hombro, la curva de su sonrisa y la picardía que brilla en sus ojos azules como el zafiro.
Su imagen… duele más que una herida profunda.
La necesito.
Mi reina. Mi esposa.
Roxilana.
He de salir de este sitio. Debo encontrarla.
A menos que…
¿Y si…? ¿Y si de verdad se ha ido?
¿La he perdido para siempre?
El terror me eclipsa el anhelo y me despeja parte de la neblina de la mente. Libero toda la magia que puedo y la canalizo a través de los pocos resquicios que he encontrado en estos conjuros.
Roxilana no puede estar muerta. Mientras yo exista, también debe existir ella. Me… me esforcé para que así fuera.
Me relajo.
Ella me encontrará.
Un día.
Un día.
Así que la llamo, como siempre he hecho. Y espero.
Hoy será el día en que el Aquelarre del Beleño Negro me acepte.
Suelto el aire y clavo la mirada en los inmensos edificios góticos que conforman su campus. La propiedad se encuentra en las colinas de la ribera norte de San Francisco, rodeada en todos sus flancos por Everwoods, un denso bosque litoral compuesto de árboles perennes.
No hay ningún cartel que anuncie que me encuentro en un terreno que pertenece a unas brujas, pero la verdad es que este sitio no lo necesita. Si alguien se detiene aquí durante el tiempo suficiente, verá que hay algo fuera de lo normal, como, por ejemplo, el círculo de brujas que están sentadas en el césped delante de mí.
Su pelo y su ropa flotan en todas direcciones, como si ya no respondieran a la gravedad, y las estelas de su magia cargan el aire que las rodea. El color de la magia de cada una de ellas es diferente —del verde chillón al rosa chicle, pasando por el turquesa y muchos más—, pero, mientras las observo, todos se mezclan y crean una extraña suerte de arcoíris en el ambiente.
Siento una oleada de nostalgia y tengo que contener la sensación de pánico y de desesperación que la sigue.
Bajo la mirada a la libreta abierta que tengo en la mano.
Martes, 29 de agosto
10:00, reunión con el departamento de admisiones del Aquelarre del Beleño Negro en el edificio Morgana.
*Sal veinte minutos antes. Tienes la mala costumbre de llegar tarde.
Frunzo el ceño, luego miro el móvil: «9:57».
Mierda.
Me pongo en marcha de nuevo y me dirijo a los desgastados edificios de piedra, aunque la mirada se me va otra vez hacia el cuaderno. Debajo de las instrucciones que he garabateado, hay un blasón con unas flores saliendo de un caldero que está sobre dos escobas cruzadas. Junto al dibujo, he pegado una polaroid de una de las estructuras de piedra que tengo delante y he anotado al pie «Edificio Morgana». Abajo del todo he escrito en rojo:
La reunión será en la sala de visitas, segunda puerta a la derecha.
Subo los escalones de piedra de dicho edificio mientras el frenesí de emociones me va dejando sin aliento. Durante el último siglo y medio, cualquier bruja que valga su peso en magia ha sido miembro activo de un aquelarre acreditado.
Y hoy estoy decidida a unirme a esa lista.
«No te aceptaron ni el año pasado ni cuando volviste a enviar la solicitud al principio de este. A lo mejor es que no te quieren, así de simple.»
Respiro hondo y obligo a ese pérfido pensamiento a que se esfume. Esta vez es diferente. Estoy en la lista de espera oficial y concertaron esta entrevista la semana pasada. Deben de estar tomándose mi solicitud en serio, y eso es lo único que necesito: meter la cabeza.
Abro uno de los enormes portones que conducen al edificio y entro.
Lo primero que veo en el vestíbulo principal es una gran estatua de la triple diosa. Sus tres formas están de pie espalda contra espalda: la doncella, que tiene flores trenzadas en la melena suelta; la madre, que se rodea con las manos el vientre de embarazada; y la anciana, que lleva una corona de huesos y descansa las manos en la empuñadura del bastón.
A lo largo de las paredes hay retratos de antiguas brujas del aquelarre, muchas de las cuales tienen el pelo enmarañado y los ojos desorbitados. Entre ellos se han colgado varitas, escobas y fragmentos enmarcados de grimorios famosos.
Respiro hondo para impregnarme de este ambiente por un momento. Percibo el leve zumbido de la magia en el aire y me siento como en casa.
«Conseguiré entrar.»
Camino por el vestíbulo con una determinación renovada. Cuando llego a la segunda puerta a la derecha, llamo y espero.
Una bruja de rasgos suaves y sonrisa amable me abre.
—¿Selene Bowers? —pregunta.
Asiento con la cabeza.
—Adelante.
La sigo al interior. Una enorme mesa en forma de luna creciente ocupa casi todo el espacio y, sentadas al otro lado, una media docena de brujas esperan con paciencia. Enfrente de ellas hay una sola silla.
La bruja que me precede la señala y, a pesar de todos mis pensamientos motivadores, el corazón me va a mil por hora.
Tomo el asiento que me ofrece y recojo las manos en el regazo para evitar que me tiemblen mientras la mujer que me ha guiado se sienta también al otro lado de la mesa.
Justo frente a mí hay una bruja que tiene el pelo negro como ala de cuervo, unos labios delgados curvados hacia abajo y una mirada perspicaz. Creo que he hablado con ella antes, sus rasgos me resultan un tanto familiares, pero no acabo de caer en quién es…
Levanta la vista de sus notas y entrecierra los ojos cuando me ve. Después de un rato, frunce aún más el ceño.
—¿Otra vez tú?
Con esa pregunta, juro que el ambiente general de la estancia pasa de ser acogedor a tenso.
Trago saliva con delicadeza.
—Sí, yo —digo con la voz ronca antes de aclararme la garganta. Me temo que esta entrevista está condenada antes siquiera de empezar.
La bruja que ha hablado vuelve a centrar su atención en los papeles que tiene delante. Se lame el dedo y empieza a pasar hojas.
—Creía que íbamos a entrevistar a otra solicitante —dice.
¿Qué se supone que tengo que responder a eso? ¿Que siento no ser otra persona?
No puedo transformarme en quien no soy, así que no creo que pueda apaciguarla.
Otra bruja, con una nariz aguileña y un áspero cabello gris, dice amable:
—Selene Bowers, es un placer conocerte. ¿Por qué no nos hablas un poquito de ti y de por qué te gustaría unirte al Aquelarre del Beleño Negro?
Ahí está. Mi oportunidad.
Respiro hondo y me lanzo.
Durante treinta minutos, respondo varias preguntas sobre mis capacidades, mi experiencia y mis intereses mágicos. La mayoría de las brujas asienten para darme ánimos. La única excepción destacable es esa con ojos de halcón que me mira como si yo fuera un hechizo que ha salido mal. No puedo hacer más que responder a las preguntas y no dejar que me intimide para que me calle.
—He soñado con formar parte del Aquelarre del Beleño Negro desde que tengo memoria.
—¿Y desde cuándo tienes memoria? —dice la bruja que está sentada justo delante de mí.
Me estrujo las manos y una voluta de magia naranja pálido se me escapa de entre ellas. He evitado este tema en las respuestas anteriores, pues no estoy muy segura de cómo abordarlo.
—De…, depende —digo ahora—. Pero mi memoria no afecta de ningún modo a mi determinación ni a mis capacidades —añado.
—Pero podría hacerlo —contraataca—. Podría afectar a tu capacidad. Lanzar hechizos te cuesta tus recuerdos, ¿verdad?
Ahí está, se ha descubierto el pastel.
Tenso la mandíbula.
—Sí, pero…
Hojea los papeles que tiene delante de ella antes de sacar un folio y mostrárselo a las demás.
—Los informes médicos que proporcionaste sugieren que, y cito, «se cree que la pérdida de memoria de la paciente es una enfermedad provocada por la magia, no tiene ni equivalente ni cura conocidos. Parece ser una enfermedad degenerativa. Diagnóstico: terminal».
El silencio que sigue a sus palabras es en cierto modo atronador. Oigo mi propia respiración abandonando mis pulmones. Se me ha escapado un poco más de magia y se alza desde mis manos como un hilillo de humo.
—Así pues —continúa—, cada brizna de poder que usas te debilita la mente, ¿estoy en lo cierto?
Después de dudar por un momento, asiento sin mucha convicción.
—Y, cada vez que usas tu magia, el cerebro se deteriora.
—No se deteriora —protesto; estoy cansada de esa palabra. Pierdo recuerdos, no funcionalidad.
Ahora la expresión de la bruja se suaviza, pero lo que veo en su rostro es piedad. Algo que odio por encima de todas las cosas, tanto que me cuesta respirar.
—En el Aquelarre del Beleño Negro —dice—, no solo aceptamos cualquier tipo de discapacidad, sino que profesamos una particular alta estima hacia esas brujas.
No miente. Si algunas de las más poderosas del mundo han sido ciegas por algo será. La primera bruja de la cual se tiene constancia que voló en escoba en Europa, Hildegard von Goethe, lo hizo porque tenía movilidad reducida.
—Pero, en el Aquelarre del Beleño Negro —continúa—, se te exigirá que hagas magia con rigor. Si tu uso de ella está relacionado directamente con tu pérdida de memoria, sin duda alguna estar aquí acelerará tu… condición. ¿Cómo podríamos pedirte eso y tener la conciencia tranquila?
Trago saliva. Es una pregunta sensata. Hace que me entren el pánico y la desesperación, pero sigue siendo razonable.
Me miro las manos. Es algo que yo misma me he planteado muchas veces. ¿Me alejo de la magia solo porque usarla me acabará matando algún día?
Levanto la mirada hacia la mujer que tengo enfrente.
—He tenido que vivir con mi pérdida de memoria durante los últimos tres años —admito—. Desde el Despertar de mis poderes. Y sí, lanzar hechizos me socava los recuerdos y me complica mucho la vida. Pero no puedo vivir sin magia. Seguro que eso lo entienden —digo mientras paseo la mirada por todas las brujas que están sentadas enfrente de mí—. Y mi magia y yo podemos ofrecer muchas más cosas aparte de la pérdida de memoria. —Por ejemplo, organización, algo que se me da a las mil maravillas. Soy tan organizada que esta tipa se caería de culo—. Me gustaría tener la oportunidad de enseñarle al Beleño Negro esa parte de mí. Tengo muchísimo que ofrecer.
Al terminar, mi magia me envuelve con su suave brillo crepuscular. He dejado todas mis emociones al descubierto y me siento incómoda y expuesta.
La bruja mayor me mira sin pestañear durante varios segundos. Al final, da una palmada en la mesa y se pone en pie.
—Gracias por tu tiempo —dice. Hasta el mínimo detalle de su expresión y su postura tiene un aire de solemnidad y cautela.
Joder.
Se suponía que hoy iba a ser mi día. Me he pasado muchísimos meses trabajando en esto. No tengo ningún plan B, salvo volver a enviar la solicitud dentro de otros cuatro meses.
Mi intención es ponerme de pie, pero tengo el culo clavado a la silla.
—Selene —dice la bruja mayor—, gracias por tu tiempo.
Solo el modo en que lo dice debería ser lo bastante explícito. Quiere que me vaya. Puede que la siguiente candidata esté ya esperando en el vestíbulo.
La emoción me tensa la garganta y tengo las manos tan apretadas que me duelen.
—Impugno su desestimación —digo, mirándola fijamente.
Se detiene un momento y luego suelta una carcajada de incredulidad.
—¿Ahora eres vidente? ¿Le has echado un ojo al futuro y has visto tus resultados?
No me ha hecho falta, aunque su mordaz respuesta sea una confirmación más que suficiente.
Antes de dejar que me afecte, enderezo la espalda.
—La impugno —repito.
Sacude la cabeza.
—Así no es como funciona.
Ahora sí que me levanto, apoyando las manos en la mesa.
—Puede que mi memoria no sea la mejor, pero soy constante y puedo prometerle una cosa: seguiré solicitando una plaza y viniendo hasta que lo reconsidere.
Mi rasgo tóxico es no rendirme.
—Si se me permite interrumpir… —dice otra de las mujeres, la del pelo encrespado—. Puede que no me recuerdes, pero soy Constance Sternfallow. —Me dedica una sonrisa tensa—. Yo creo que eres una candidata fantástica —añade—, pero tu solicitud flojea en un par de puntos cruciales. Necesitas una búsqueda mágica mejor que la que has entregado y te hace falta un familiar. Sé que se indica que es opcional, pero en realidad es algo que solicitamos en la mayoría de los casos.
Constance le lanza una mirada al resto de las mujeres sentadas a la mesa. Una de ellas asiente con la cabeza. Al volver su atención hacia mí, dice:
—Si puedes aportar esas dos cosas…
—Constance —le advierte la bruja jefe.
—… entonces, Selene Bowers —continúa, ignorándola—, se te aceptará de manera oficial en el Aquelarre del Beleño Negro.
Toda magia tiene un precio.
A los hechiceros les cuesta su consciencia. A los cambiaformas, su forma física. A mí, la memoria.
Soy una especie de bicho raro entre las brujas. Para la inmensa mayoría, los componentes del hechizo costean la magia. Y, cuando no es así, el resto proviene de su inagotable fuerza vital. Aunque mi propio poder sigue las mismas reglas, aprovecha para llevarse unos cuantos recuerdos.
Para mí siempre ha sido así. Tuve una infancia normal —bueno, todo lo normal que puede ser cuando tu madre es bruja, y tu padre, mago—, pero, desde que llegué a la pubertad y presencié el Despertar de mi magia, ha sido así.
Cuando salgo del edificio Morgana, miro al cielo nublado. La emoción y la ansiedad de los nervios me revuelven las tripas.
Saco el cuaderno y paso las hojas hasta la primera que encuentro en blanco. Todo lo rápido que puedo, garabateo los puntos más importantes:
29 de agosto
He hecho la entrevista. Una bruja que se llama Constance Sternfallow dice que me aceptarán si cumplo los siguientes dos requisitos:
1.Hacer una búsqueda mágica cojonuda.
2.Conseguir un familiar.
Intento no potar mientras observo lo que me parecen dos exigencias imposibles de cumplir. Las búsquedas mágicas son subjetivas que te cagas; estaré a merced de quien sea que lea mi informe sobre la experiencia. Y encontrar un familiar, la contraparte animal de una bruja, es mucho más difícil de lo que parece en un principio.
Respiro hondo.
Va a salir bien. Siempre sale bien. Soy inteligente y creativa y también mañosa. Voy a manifestar esta puta mierda.
Meto el cuaderno de nuevo en el bolso y miro a otro edificio gótico y oscuro que se encuentra a mi izquierda. Es la residencia de estudiantes de las brujas y donde ahora mismo vive mi mejor amiga.
Atajo por el césped para acercarme.
De camino paso por dos lamassus gigantes —unas estatuas de piedra similares a una esfinge con cabeza de mujer y cuerpo de león— que están a sendos lados de la entrada. Estas criaturas híbridas protegen el umbral de la casa.
Delante de mí, las puertas se abren y sale un grupo de brujas que van charloteando entre ellas. Corro antes de que la puerta se cierre y, cuando la alcanzo, me cuelo.
Hoy la residencia huele a menta y a pan recién hecho; se ven las briznas de una magia color rojo anaranjado que surgen de los hechizos que se han lanzado en la cocina, que se encuentra a mi izquierda. Una de las hermanas del aquelarre debe de estar horneando algo mágico, literalmente.
La magia de todos los seres sobrenaturales tiene un rasgo distintivo: un color, un olor, una textura. Depende del tipo de ser que seas. En particular, las brujas y los magos son famosos por tener magia de color; se supone que no hay dos tonos idénticos. Y solo las brujas y los magos —y unos pocos seres sobrenaturales selectos—ven estas diferencias mágicas. Casi me pongo a husmear por la casa, pues me siento atraída por la magia y lo acogedor que es este lugar. Hace mucho tiempo que no vivo con brujas y echo de menos que su poder llame al mío.
En lugar de explorar, cruzo el vestíbulo hasta la escalera que hay enfrente de mí y subo. Sybil vive en una de las muchas habitaciones de la segunda planta. Cuando llego, grito: «¡Sybil, soy yo!», y entro sin esperar respuesta.
Al principio, lo único que veo es vegetación. Su habitación es un amasijo de plantas, todos y cada uno de los estantes están abarrotados de sea cual sea la especie con la que está fascinada ahora mismo. Las enredaderas serpentean por la habitación y se enroscan alrededor de fotos enmarcadas y lámparas. Probablemente eso implique riesgo de incendio, pero entonces me doy cuenta de que a lo mejor Sybil ya ha protegido la habitación para que eso no ocurra, a juzgar por el tenue resplandor morado de magia que tengo encima.
Está sentada al escritorio, y Merlín, su lechuza común, está posada en su hombro. Cuando me oye, se gira en la silla y su familiar agita las plumas antes de volverse a acomodar.
—¡Selene! —saluda—. Mierda, ¿ya ha terminado tu entrevista? ¿Cómo ha ido?
Tiro el bolso y sacudo la cabeza.
—No lo sé.
La expresión de Sybil decae un poco.
—¿«No lo sé porque no me acuerdo» o «No lo sé porque no sé cómo me siento al respecto»?
—Lo segundo —digo.
Miro por la ventana, desde donde se ve parte del edificio Morgana.
Un aquelarre es algo extraño, en parte una especie de universidad para brujas, pero también ofrece empleo y clases de continuación para brujas que ya se han graduado. También hay alojamiento para las que prefieren estar solas e incluso hay un cementerio para las que quieren seguir en el aquelarre incluso después de la muerte.
La verdad es que entrar en un sitio como el Beleño Negro significa unirse a una hermandad que te apoya y te acompaña a lo largo de toda tu vida. ¿Quién no querría algo así? Amistad, sentido de pertenencia, educación y una vida que gira en torno a la magia. Es algo que he anhelado desde que tengo memoria.
—Entrarás —dice Sybil para que vuelva a prestarle atención.
Le dedico una sonrisa triste.
—Me han dicho que a mi solicitud le faltan dos requisitos: una búsqueda mágica…
—Pero ya hiciste una —objeta, con las cejas fruncidas.
Me encojo de hombros.
—Creo que no les gustó mi acampada en Yosemite.
Sybil hace un ruido de hastío.
—¿Qué más quieren? La mía fue una de esas búsquedas mágicas en grupo que ofrecían en el Club de Brujas de la Academia Peel —dice, lo que me recuerda a nuestros años de secundaria en el internado sobrenatural—. Fue la búsqueda mágica más triste de la historia.
Después de un rato, añade:
—Así que quieren una búsqueda mágica diferente. Vale, eso es fácil de solucionar. ¿Qué más?
—Quieren que encuentre a mi familiar.
—¿Qué? —Ahora sí que empieza a estar indignada—. Pero eso ni siquiera es un requisito. Conozco en persona a cinco brujas que no tienen familiares. Esas cosas llevan tiempo.
El propio familiar de Sybil me mira e inclina la cabeza, como si él tampoco lo entendiera.
Aprieto los labios; no voy a decir lo que me parece obvio.
El aquelarre quiere que supere todos esos obstáculos porque, al fin y al cabo, no confían en que yo tenga lo que hace falta.
Sybil me coge la mano y me la aprieta.
—Que les jodan. Puedes con esto, Selene, lo sé. Eres bruja… Puedes hacer magia, literalmente. Así que vete a casa, recréate en la autocompasión y, después, idearemos un plan.
Sí que vuelvo a mi casa, en San Francisco, aunque en realidad no es más que un apartamento reconvertido en estudio, pero es mi pedacito de cielo.
Cierro la puerta y me apoyo en ella mientras sopeso lo de recrearme en la autocompasión, como ha dicho Sybil.
Algo cruje bajo mi espalda. Me giro y veo una nota pegada en la puerta:
Devuélvele la llamada a Kyla y discúlpate con muchísimas ganas. (Sigue enfadada contigo porque te olvidaste de su cumpleaños.) También tienes que hacer la compra.
Maldición. Saco la enorme agenda de la cartera y unos cuantos viales o lo que sea tintinean en el fondo.
La agenda está a reventar, le he añadido unas cuantas hojas de papel, y un torbellino de notas adhesivas sale por los bordes. Paso las páginas hasta que encuentro una en blanco; cojo la nota de la puerta y la pego dentro.
«Me encargaré de ti luego.»
Por ahora, tengo unos requisitos de admisión que cumplir.
Paso por delante de la estantería, que también está llena de más cuadernos y agendas improvisadas. Los devoro como si fueran droga. Estos diarios son mi memoria, así que cada uno está etiquetado meticulosamente.
Hay otra estantería al otro lado de la habitación, la cual está llena de grimorios caseros escritos a mano, cada uno organizado por tema.
Las mesas y las encimeras están llenas de notas adhesivas en blanco; la pared está cubierta con un mapa del Área de la Bahía de San Francisco y he señalado y etiquetado todos los lugares que son importantes para mí: mi apartamento, mi trabajo, el Aquelarre del Beleño Negro, etcétera.
Hablaba en serio cuando decía que sería una gran baza la comunidad de brujas.
La magia es mi propósito. Quiero estudiarla. Quiero destacar en ella. Quiero salir al mundo y hacer grandes cosas con ella. Y lo haré, con o sin la ayuda del aquelarre, me aseguro a mí misma. Pero eso no cambia que tengo muchísimas ganas de entrar.
Cruzo hacia mi escritorio, suelto el bolso a su lado y luego me dirijo a la cocina.
Necesito un té antes de ponerme a trabajar.
Por desgracia, cuando llego al armario de la cocina, hay una nota adhesiva:
Compra más té (esa infusión sofisticada que tanto te gusta).
Mierda.
Abro el armario de todos modos y por supuesto que no hay té. Sin embargo, lo que sí hay es una botella de vino.
También tiene una nota pegada, solo que esta no está escrita con mi letra.
¡El hada del bebercio ha estado aquí!
<3 Sybil
Por todos los conjuros, adoro a la tramposa de mi amiga. Cojo el vino y le doy las gracias a la triple diosa, porque es de esos que tienen tapón de rosca. Lo abro allí mismo y voy de nuevo hacia mi ordenador mientras bebo directamente de la botella.
Puede que empinar el codo sola no sea la mejor costumbre del mundo, pero que le den, diré que es mi forma de celebrar que me he defendido bien y he conseguido meter la cabeza.
Dejo la botella y saco mi cuaderno antes de leer los dos requisitos que he garabateado en «Beleño Negro».
Es el segundo el que me va a dar urticaria:
Conseguir un familiar.
Me bebo la mitad de la botella de vino mientras le doy vueltas a cómo narices voy a hacerlo. No es que no lo haya intentado ya. La cosa es que un familiar no es un animal cualquiera. Es una criatura en particular cuyo espíritu se identifica con el tuyo y se vincula a ti, de manera literal. Se supone que son los familiares los que encuentran a sus brujas, pero eso todavía no me ha pasado y cada vez soy más escéptica de que vaya a pasar en un futuro inmediato.
Vale, que le den al número dos por ahora. Le doy otro trago a la botella; ya empiezo a sentir los primeros mareos de la borrachera. Me centro en el otro requisito, la búsqueda mágica.
Todas las brujas tienen que participar en una de estas misiones. La idea es que te vayas al campo, conectes con tu magia a un nivel profundo y espiritual, y que luego escribas sobre tu experiencia. En teoría, se supone que es algo que te cambia la vida, pero, desde que se ha convertido en uno de los requisitos para entrar en un aquelarre, se ha desvalorizado y mercantilizado.
Pero da igual, porque ¿el aquelarre quiere que le dé una búsqueda emocionante?
Pues vale.
Abro la página web de una aerolínea y medito sobre a dónde debería ir exactamente. Estoy segura de que la junta de admisión cree que una búsqueda interesante empieza con un destino inusual.
¿Siberia? ¿El desierto de Kalahari? ¿El desierto de Gobi? Podría ir al Polo Norte, subirme a un narval y darlo por zanjado.
Pero, cuando empiezo a ver las tarifas internacionales, me doy cuenta de que todo es carísimo. Madre mía. Tengo que vender un riñón solo para pagar los billetes.
Eh, espera. En este botoncito tienen ofertas de vuelos. Le doy.
Oklahoma… Bueno…, eeeh. ¿Saldría bien?
Nah, seguro que no.
Filtro los resultados solo a vuelos internacionales y empiezo a buscar de nuevo.
Reikiavik… ¿No tienen fuentes termales naturales? Suena bien.
Venecia… No lo sé. Parece mágica, pero no en plan salvaje y natural.
Londres. París. Atenas.
Me rasco la cabeza. Todos son destinos lejanos, pero ninguno acaba de encajar.
Le doy otro trago al vino. A lo mejor esta noche no es el mejor momento para hacer esto.
Lo consultaré con la almohada y, con suerte, mañana se me ocurrirá algo.
—Por la teta izquierda de la Gran Diosa.
Me fijo el justificante de compra de los billetes de avión y del crucero, ambos no reembolsables, que compré para las islas Galápagos.
Vaya, choca esos cinco, Selene borracha. Gracias por encontrar un destino que sin duda alguna me encantaría visitar.
Pero, también, ¿en qué narices estabas pensando, Selene borracha?
¿Un crucero? ¿Cómo es posible que nos hayamos podido permitir esto?
Un vistazo a mi tarjeta de crédito me advierte que, de hecho, no nos lo podemos permitir. La Selene borracha decidió que era algo de lo que ya se encargaría la Selene del futuro, así de simple.
Me paso más de diez minutos intentando no hiperventilar.
Quizás pueda hacer horas extras hasta el juicio final para poder pagarlo. O podría intentar encontrar más trabajos esporádicos mágicos. Fue lo que me ayudó a pagar las facturas del año pasado cuando el sueldo del restaurante no me llegaba.
Le echo otro vistazo al itinerario del trayecto.
Esto es lo que me pasa por invertir en una búsqueda mágica estando borracha.
Va a salir bien: volaré a Ecuador, me montaré en el barco, disfrutaré del crucero como una enana, intentaré desesperadamente crear una conexión con alguna criatura —la que sea— dispuesta a ser mi familiar y luego regresaré a Estados Unidos, donde le presentaré al aquelarre mi búsqueda mágica y mi recién adquirido familiar. Pim, pam, gracias, señora.
Apunto toda esta información en mi diario y suspiro.
América del Sur, allá voy.
Miro por la ventanilla del avión y disfruto de la densa masade nubes que se extiende en la distancia. Ahora que de verdad estoy en el cielo y de camino, la emoción empieza a apoderarse de mí.
Me voy a las islas Galápagos. Al margen del precio del viaje y de las búsquedas mágicas, estas islas casi deshabitadas han estado en mi lista de deseos desde hace mucho tiempo.
Cuando la vista de nubes y más nubes, y, uy, mira, más nubes, empieza a aburrirme, dejo la mente vagar hasta cuando me convertí en bruja.
Fue hace tres años, poco después de que empezara las clases en la Academia Peel, un internado para seres sobrenaturales. Junto con el resto de los nuevos estudiantes, pasé por una ceremonia de iniciación: el Despertar, una antigua tradición que manifiesta nuestros poderes latentes.
Nos dan un sorbo de una poción amarga que les da vida a nuestros aspectos paranormales. Fue la primera vez que noté que mi magia se agitaba dentro de mí y me di cuenta del elevado precio que exigía.
Vuelvo a concentrarme en el libro que tengo en el regazo, Magia multifuncional: ingredientes y versos para aplicar a los conjuros diarios. Como mi mente no siempre es de fiar, tengo lo que cariñosamente me gusta llamar «magia adaptativa». Es una forma elegante de decir «Voy a sentir las cosas y a dejarme llevar sobre la marcha sin más». No quiero alardear, pero tiene un sesenta y dos por ciento de índice de éxito.
Y, siendo sincera, es mejor que nada.
Pero tengo la esperanza de que, cuanto más estudie y aprenda, más capaz seré de soltar mis habilidades innatas y aprovechar cosas como las fases lunares, los cristales, los ingredientes de los hechizos y los encantamientos. Tengo que creer que, cuanto más conocimiento le conceda a mi mente, más difícil será que mi poder lo elimine por completo.
Emperatriz…
Me detengo; una mueca me tira de las comisuras de los labios. ¿Acabo de oír algo?
Un susurro de magia me roza la piel y se me pone de gallina.
Ven… a… mí…
Suelto el bolígrafo.
Vale, ¿qué coño ha sido eso?
Miro a mi alrededor para ver si alguien se ha dado cuenta. La mayoría de los pasajeros están durmiendo o viendo algo en las pantallas individuales. Sin embargo, atisbo una estela de magia color índigo que serpentea por el pasillo.
¿Alguien está lanzando conjuros…?
¡EMPERATRIZ!
El avión se tambalea y la magia azul se lanza a por mí; los hilillos de humo se me enroscan en las piernas y en la cintura. Ahogo un grito cuando veo que las hebras suben más y más con cada segundo que pasa y me cubren ya la mitad inferior del cuerpo.
Le echo un vistazo rápido a la gente que me rodea, pero, aunque unos pocos pasajeros miran a su alrededor, nadie parece ver la magia que está provocando las turbulencias ni que solo se aferra a mí.
Hago un absurdo intento de apartarla, pero es tan efímera como el humo y la atravieso con las manos. El hombre que tengo sentado al lado me mira con las cejas arqueadas. Los humanos que no tienen magia no pueden ver el poder del mismo modo que las brujas. Seguro que estoy ridícula dándole manotazos a la nada.
Antes de que pueda explicarme, la magia que me aferra cae con fuerza y el avión vuelve a descender. Juro que siento como si intentara arrancarme del cielo.
La cabina se inclina a la derecha y el libro se me cae del regazo. No veo dónde ha aterrizado, pues la magia azulona lo oculta.
Sobre mí se enciende la señal de «Abróchense los cinturones». La megafonía chisporrotea antes de volver a la vida.
«Señores pasajeros…», empieza a decir el auxiliar de vuelo.
¡Ven a mí!
Me agarro la cabeza mientras la potente voz masculina ahoga el anuncio de la tripulación. No sabría decir si proviene de dentro de mí o no, pero parece estar en todas partes y siento el extraño impulso de ceder a sus exigencias. Durante todo este tiempo, el distintivo color índigo de la magia sigue su camino por mi torso.
Las luces superiores parpadean y se me revuelve el estómago conforme el avión va perdiendo altitud. Unas cuantas personas gritan.
«Es solo una turbulencia —continúa el auxiliar de vuelo, que también traduce el mensaje tranquilizador a español y portugués, mientras el cielo que se ve por las ventanillas empieza a oscurecerse—. Por favor, permanezcan en su asiento. Alguien pasará enseguida para tomar nota de las bebidas.»
Vuelvo a mirar por la ventana, pero ya no veo las nubes. En su lugar, hay estelas de magia color índigo que envuelven el avión por fuera.
¡Emperatriz, escucha mi llamada!
A lo mejor es el pánico o quizás este extraño poder que la magia ejerce sobre mí, pero, antes de ser consciente al cien por cien de lo que estoy haciendo, me desabrocho el cinturón y me pongo de pie. Mientras murmuro unas cuantas disculpas, distraída, me abro paso entre los pasajeros de mi fila y me dirijo al pasillo. El humo de la magia se mueve conmigo, sin dejar de latir.
Más magia de ese intenso color azul sigue colándose por los conductos de ventilación e incluso por las paredes; la cabina se va llenando rápidamente.
—Ey —me dice una de las auxiliares de vuelo al verme—. Vuelva a su…
¡Mi reina!
Jadeo y me llevo una mano a la cabeza mientras el avión cae en picado. Me caigo contra un asiento cercano, a pesar de que noto que la magia sigue apretándome con sus tentáculos.
Me detengo, el corazón me late desbocado, y tengo un momento de claridad absoluta.
«Es un ataque mágico.»
Recorro con la mirada el avión y a sus pasajeros, a pesar de que la auxiliar de vuelo de antes empieza a gritarme que me vuelva a sentar. No sabría decir si el atacante está dentro del avión o en alguna otra parte en tierra firme, pero no creo que tenga tiempo de encontrar al culpable y enfrentarme a él.
No nos hemos enderezado; seguimos cayendo en picado y tengo revuelto el estómago, como si se me fuera a salir por la boca.
La magia atacante está por todas partes y cada vez se vuelve más fuerte. Parece una nube de color índigo cuyas grandes columnas de humo oscurecen la cabina. Nadie más parece darse cuenta de ello, lo que significa que es probable que yo sea la única sobrenatural a bordo y puede que la única capaz de hacer algo para detenerlo.
Ignoro a la auxiliar de vuelo, que sigue gritándome, y me centro en mi poder para dejarlo salir a la superficie. Lo noto hacer presión por debajo de mi piel y trago saliva, el corazón me sigue latiendo desbocado por los nervios. Me encanta la magia, disfruto la libertad y la fuerza que me otorga, pero siempre siento una punzada de terror al saber que algunos recuerdos se desvanecerán cada vez que la use…, y no soy yo quien elige cuáles.
No tengo ingredientes mágicos para mitigar el coste de esta magia, nada salvo el propio encantamiento. Por lo que sea, a los conjuros les gusta lo pulcras que son las rimas.
—Convoco mi poder y repelo este ataque —digo mientras reúno mi poder—. Que expulse al enemigo y su magia socave.
Abro los ojos mientras la magia sale de mí. Su tono naranja pálido recuerda a las nubes del atardecer y, cuando se encuentra con la magia azul oscuro, solo refuerza el efecto: los dos poderes enfrentados parecen el día dándole paso a la noche.
Mi magia me libera del atacante del torso y, poco a poco, pero con seguridad, lo expulsa de la cabina. No aparto la mirada hasta que la última estela se escabulle por los conductos de ventilación y se arremolina en las ventanas.
Una vez que se ha desvanecido, cojo aire, temblando aún, y hundo los hombros cuando el avión se endereza. A mi alrededor, los pasajeros parecen relajados. Luego aprieto los dientes cuando siento un leve tirón en la cabeza. Es la única señal de que debo de haber perdido un recuerdo.
—¡… he dicho que vuelva a su asiento! —chilla la auxiliar de vuelo, que me señala con el dedo y me lanza una mirada que supongo que debería asustarme.
Es demasiado tarde para eso. Ya estoy aterrada.
Sobre mí, la megafonía se enciende.
«Lo siento, amigos. —El piloto suelta una risilla—. Son solo turbulencias. Parece que…»
Mi reina… Te siento…
Mi magia sigue suspendida en el aire, apenas brilla. Pero, mientras la observo, esa pérfida azul vuelve a filtrarse en la cabina.
—No —susurro.
Barre la mía con un débil roce.
Juraría que incluso oigo una carcajada incorpórea.
Sí. Mi reina, ahí estás.
En unos pocos segundos, se entrelaza con mi magia y ambas se mezclan hasta que el color resultante se parece a un moratón.
Te he buscado hasta la saciedad.
¿Qué narices es esta voz?
Ahora escucha mi llamada, emperatriz, y VEN A MÍ.
El avión se sacude y empieza a caer en picado. No parecen unas turbulencias de nada, sino más bien que los pilotos han perdido el control del vehículo.
La gente vuelve a gritar y la auxiliar de vuelo ha apartado los ojos de mí lo justo para darles instrucciones a los pasajeros sobre el protocolo de seguridad.
Mientras está distraída, corro por el pasillo, me choco con los asientos cuando el avión se sacude y se tambalea. No sé qué voy a hacer exactamente hasta que irrumpo en primera clase.
Quien quiera que sea a quien me enfrento, su magia es más fuerte que la mía. No puedo esperar detener el ataque. Lo máximo a lo que aspiro es a mitigarlo. Si de verdad hay alguien intentando sacarme a rastras del avión y soltarme en el cielo, lo único que puedo hacer es ayudar a que aterrice.
No te opongas a esto…, a nosotros…
La extraña magia se arremolina a mi alrededor y siento como si intentara meterse dentro de mí. Como si quisiera que la respirara para que estar lo más cerca posible. La experiencia es inquietante que te cagas y, aun así, algunos aspectos de esta magia me nublan el juicio.
Más auxiliares de vuelo me gritan, exigiendo que me dé la vuelta y regrese a mi sitio. Hasta ahora, no han intentado contenerme físicamente, dado que su atención está dividida entre mí, el resto de los pasajeros y las peligrosas condiciones para andar que se dan en la cabina. Sin embargo, cuanto más me acerco a la parte delantera del avión, más desesperadas se vuelven las voces. Conforme me aproximo a la cabina, uno de los auxiliares por fin avanza para cortarme el paso. Creo que su intención es hacerme frente.
—Aparta a este cretino. —Levanto una mano hacia el auxiliar de vuelo—. Que no interrumpa mi camino.
Le lanzo mi magia. Se tropieza y cae sobre el regazo de una pasajera. Siento las miradas aterradas a mi espalda y que un par de personas se levantan de su asiento; está claro que dan por hecho que tengo malas intenciones.
Mi magia reparte golpes a diestro y siniestro para que esos héroes insensatos vuelvan a sentarse.
Ahora mismo están actuando poderes más fuertes y aterradores que los de una joven bruja.
Ven, brujilla. Nuestro destino nunca fue separarnos.
La voz es como el terciopelo, quiere engatusarme. Me corta la respiración.
Me obligo a mí misma a avanzar hacia delante, hacia la puerta cerrada de la cabina de mando.
Extiendo la mano y ni siquiera me molesto en decir un encantamiento rápido.
—Ábrete.
La magia sale disparada de mí, salta la cerradura y la puerta se abre de par en par.
Ven a mí, emperatriz.
Casi me desplomo encima de los interruptores y los botones del panel de control cuando la magia color índigo vuelve a tirar del avión.
Una de los dos pilotos me echa un vistazo. Luego vuelve a mirar otra vez.
—¿Qué narices…?
El otro piloto ruge:
—¡Vuelve a tu asiento! ¡Ya!
Detrás de mí todavía oigo a varias personas gritándome que vuelva a mi sitio.
Me aparto del panel de mando y levanto una mano hacia la puerta.
—Ciérrate —digo.
Da un portazo y la cerradura vuelve a su sitio; nos quedamos aislados del resto de la cabina.
El piloto pasa de mirarme a mí a la puerta que se encuentra a unos metros y que al parecer se ha cerrado sola. Abre los ojos como platos, incrédulo y quizás con algo de miedo.
—Están intentando derribarnos —digo, como si eso explicara que yo misma tengo magia.
Para enfatizar mis palabras, el avión da un bandazo violento y me tira hacia delante. Apenas consigo agarrarme a los asientos de los pilotos para intentar recuperar el equilibrio.
—He venido para ayudaros a aterrizar.
La mujer se ríe; es un sonido cargadísimo de escepticismo. Siendo sincera, probablemente yo también me reiría si una tirillas que se ha estrellado contra el panel de control asegurara que puede ayudar.
Ven a mí…, emperatriz…
La voz fantasmal me susurra en el oído y en la piel. El vello de los brazos se me pone de punta. Es una voz que tiene algo de seductora, pero en un sentido perverso.
—Mirad, me da igual cuánta experiencia tengáis entre los dos: os estáis enfrentando a fuerzas que sois incapaces de percibir y no vais a poder aterrizar este avión sin mi ayuda.
Me gustaría decir que mis palabras los motivan, pero la verdad es que ambos han vuelto a centrarse en pilotar el avión y la mujer le está hablando a su compañero de una línea de actuación que podría funcionar.
Vale.
Cierro los ojos y recupero el aliento mientras me centro en mi interior.
—Usa mi poder. Ignora mi dolor. Con este conjuro, aterrizo el avión. —Entono la rima una y otra vez mientras mi poder lanza un destello y luego se extiende.
Cuando abro los ojos, veo por la ventana que la magia de color azul oscuro que enturbiaba la visión se está difuminando. En cuanto vislumbro lo que nos rodea, intento no gritar. Por debajo de nosotros, hay unas montañas onduladas y un mar de árboles y cada vez están más cerca.
«Ay, Diosa, vamos a morir.»
Respiro hondo y obligo a ese pérfido pensamiento a que se esfume.
Solo necesito ayudar a que el avión aterrice. No es imposible. Me vuelvo a concentrar en mi poder, dejo que se desate dentro de mí y sigo repitiendo el encantamiento.
Sale de mí a toda velocidad y se desliza hasta el vientre del avión. No consigo ver lo que está pasando, pero tengo la vaga sensación de presionar contra el suave metal del vehículo. Y luego noto que se ondula como si estuviera convirtiéndose en su propia corriente de aire. Demonios, a lo mejor es eso.
Se tensa para cambiar el ángulo del avión.
«¡No es suficiente! ¡No es suficiente!»
Aprieto los dientes, la cabeza me late por el esfuerzo.
—Invoco a la magia arcana. Protege a estas personas. Aterriza esta tartana. —Mi voz se oye más fuerte, a pesar del rugido de las turbinas y los gritos ahogados que llegan de la cabina.
Con cada palabra, más magia brota de mí. La del enemigo sigue presente, pero en lugar de luchar por el dominio se funde con la mía.
Cuando lo hace, siento que el morro del avión sube, solo un poquito. Y luego un poco más.
Los pilotos disparan órdenes a toda velocidad, no sé si el uno al otro o a alguien que está al otro lado de los auriculares. A lo mejor todo sale bien, a lo mejor…
—¡Mayday! ¡Mayday! ¡Mayday! ¡Estamos perdiendo altura!
Joder.
Los árboles que se ven desde la ventana cada vez se hacen más grandes.
Sigo forzando la magia para que salga de mí y me esfuerzo por enderezar el avión. Ahora que la otra magia está ayudando, funciona. Pero no estoy segura de que lo bastante rápido.
Rujo y grito de cansancio.
Emperatriz, siento que te estás acercando.
Muy poquito a poco, la parte delantera del avión se levanta.
—¡Hostia! —dice el piloto, mirando los mandos; ha apartado las manos por un momento. Aunque no lo esté manejando, el vehículo sigue tomando altura—. ¿Qué coño pasa?
Me mira, pero estoy demasiado ocupada recitando conjuros y dirigiendo el poder y no puedo perder el tiempo en dedicarle una mirada.
—¡Matt, agarra la mierda esa y ayúdame a aterrizar el avión! —chilla la otra piloto.
Él le hace caso y agarra los mandos mientras el follaje que se encuentra bajo nosotros sale a recibirnos. Veo las hojas de los árboles y el resplandor de la lluvia.
Está sucediendo demasiado rápido y no estoy sujeta a ningún sitio, ni siquiera a un asiento. Nada impedirá que salga despedida de la cabina de mando por la ventana.
En respuesta a este pensamiento, mi magia me envuelve y me sujeta en el sitio. Ni siquiera estoy segura de si necesito protegerme. Un segundo después, esa otra magia extraña y maliciosa me cubre. Por extraño que parezca, siento que me protege.
Sé que nos vamos a estrellar. Lo que veo me hace tener esa certeza, pero aun así me obligo a sacar más magia en un último intento desesperado por salvarnos. Siento que la cabeza se me parte en dos del esfuerzo y ni siquiera quiero pensar en cuántos recuerdos se me van a borrar.
Una bandada de pájaros se alza de uno de los árboles que está por debajo de nosotros y se dispersan mientras nos acercamos a la neblinosa jungla.
—¡Prepárate! —grita el piloto.
El avión golpea la primera rama. Se escucha un crujido horrible y luego…
Pum, pum, pum…
La madera se astilla y el metal chirría cuando el vientre del avión aplasta las copas de los árboles. Rebotamos y mi magia y este extraño poder son lo único que me sujetan el cuerpo.
El morro del avión desciende y luego…
¡PUM!
A pesar de que la magia me inmoviliza en el sitio, algo tira de mí otra vez hacia ese maldito panel de control y entonces todo se vuelve negro.
—… Pero yo creía que había entrado a la fuerza en la cabina de mando…
—… Te juro por Dios que me ayudó a guiar el avión…
—… No llevaba el cinturón de seguridad…
—Parece que no está herida…
Parpadeo antes de abrir los ojos. Veo las caras preocupadas de varias personas, aunque no reconozco a ninguna. Una lleva un uniforme de piloto. Las otras parecen ser auxiliares de vuelo.
¿Pilotos? ¿Auxiliares de vuelo? ¿Qué está pasando?
Frunzo el ceño, paso la mirada de una persona a otra. Más allá oigo el leve repiqueteo de la lluvia y el murmullo de muchas voces.
Respiro hondo y me palpita la cabeza.
Conozco este dolor… y la confusión que lo acompaña.
Mierda. Debo de haber usado mi magia… Probablemente un montón, a juzgar por mi dolor de cabeza.
Respiro hondo y repaso mi lista de información básica.
Me llamo Selene Bowers.
Tengo veinte años.
Me crie en Santa Cruz, California.
Mis padres son Olivia y Benjamin Bowers.
Estoy viva. Estoy bien.
La gente que me rodea ha estado haciéndome preguntas. Intento centrarme en una de ellas.
—¿Qué? —digo, aturdida.
—¿Te duele algo?
Frunzo el ceño otra vez y me toco la frente.
—La cabeza —respondo con la voz ronca. Me duelen los músculos y la ropa se me está mojando por culpa de lo que sea que tengo debajo, pero eso son pequeños inconvenientes. Incluso el dolor de cabeza acabará desapareciendo—. ¿Qué está pasando? —murmuro.
—Hemos tenido un accidente —dice una de las auxiliares de vuelo.
«¿Qué?»
Me siento demasiado rápido y tengo que llevarme una mano a la cabeza cuando una oleada de vértigo se apodera de mí.
«Hubo un ataque mágico… Algo estaba tirando del avión para que se estrellara… Intenté detenerlo.»
Tomo aire cuando todo vuelve a mí, aunque un tanto impreciso. Pero siento que los recuerdos deshilachados son más bien un sueño, no algo que he vivido, y, cuando intento profundizar en esos detalles inconexos, es como si se desintegraran.
Parpadeo mientras recorro con la mirada la multitud que se ha reunido; luego centro la atención más allá de ellos.
Suelto un ruidito cuando fijo los ojos en el enorme avión, que descansa en un lecho de árboles aplastados. Parte del revestimiento está arrancado y la punta del ala está partida.
—¿He… sobrevivido a eso? —digo.
—Todos hemos sobrevivido —me corrige el piloto. Me observa como si hubiera muchas más cosas que le gustaría decirme—. Todos y cada uno.
Sigo con la mirada clavada en el avión destrozado, esforzándome por entender lo que ha pasado.
Nuestro avión se ha estrellado. Literalmente. Y todos hemos sobrevivido.
Y debo de haber ayudado. Mi confusión y el punzante dolor de cabeza que tengo son pruebas suficientes.
Por desgracia, no recuerdo mucho de la experiencia. Excepto…, excepto…
Emperatriz…
Me quedo sin aliento.
Recuerdo esa voz masculina tan persuasiva. La…, la oí en el avión. Creo, aunque no sabría decir qué papel ha desempeñado en todo esto. Pero intentar hacer que todas las piezas encajen solo me da más dolor de cabeza. Me presiono la frente con los dedos para intentar aliviar el malestar.
—Hay un médico que está revisando a la gente —dice el piloto, con lo que llama de nuevo mi atención—. ¿Puedes sentarte aquí y esperar?
Trago saliva y asiento.
Me da unas palmaditas en la pierna, se levanta y se aleja para, no sé, hacer las cosas que hacen los pilotos cuando hay un accidente. Me lanza una última mirada por encima del hombro y hay una pregunta en sus ojos. Debe de haber visto u oído alguna cosa, algo inexplicable, y ahora tiene preguntas.
Doy las gracias por no recordar lo que sea que recuerda él. No tengo ni idea de cómo podría explicar mi magia. Mientras me oriento, una de las auxiliares de vuelo me tiende una aspirina y una botellita de agua. También me lanza una mirada mientras lo hace, solo que la suya es menos curiosa y más… molesta. Tengo la clara impresión de que hemos tenido algún encontronazo desagradable y me deja con la duda de qué ha pasado en ese avión antes de que se estrellara.
Cuando me he tomado la medicina y he asegurado que de verdad estoy bien, ella y el resto de los auxiliares de vuelo se alejan de mi lado. Los veo dirigirse a los demás pasajeros, que están sentados o tumbados. Hay docenas, si no cientos, de personas pululando por ahí. Algunas están llorando mientras otras se abrazan o miran al infinito.
Yo también permito que mi mirada vague por los alrededores. Una densa arboleda se alza sobre nosotros y bloquea la mayoría de la luz solar. Los arbustos han encontrado su hogar en el suelo del bosque, incluso se han encajado en todos los recovecos y rincones disponibles. El suelo y las plantas están húmedos y, a juzgar por el regular tamborileo de la lluvia, hasta el propio aire.
Un extraño aullido resuena en la distancia. Por debajo de ese sonido, se oyen trinos y sonidos más tenues que deben de pertenecer a ranas o a insectos o a lo que sea que habita en este lugar.
Así que nos hemos estrellado en alguna parte de un bosque tropical, lo cual es un tanto alarmante cuando me doy cuenta de que debemos de estar rodeados de kilómetros de tierras salvajes.
¿Cuánto tardarán en encontrarnos?
Solo de pensarlo, la jungla que me rodea parece oscurecerse de verdad. Me toco la cabeza y me pregunto si, además de la pérdida de memoria, he sufrido algún traumatismo. Justo cuando veo una estela de magia azul oscuro retorciéndose entre los árboles me doy cuenta de que no me estoy imaginando cosas, para nada.
Ver magia en esta jungla debería aterrarme, pues sin duda su forma de arrastrarse entre los árboles es siniestra. Pero despierta algo en mí, algo que está justo ahí, lo tengo en la punta de la lengua…
Emperatriz…
Los pelos se me ponen de punta. ¡Otra vez esa voz!
Ven a mí…
Sin pensarlo, me pongo de pie. He oído hablar de sirenas que atraen a la gente hacia su muerte; esto debe de ser lo que se siente. Algo se me agita en la sangre cuando esa voz me llama. No sé lo que quiere de mí ni si pretende hacerle daño al resto de los pasajeros, pero siento la apremiante necesidad de acercarme a ella.
Y eso es lo que hago. Antes de que el médico o cualquier otra persona venga a ver cómo estoy, me escabullo en la selva, devorada por los árboles y las sombras.
No sé cuánto me alejo ni durante cuánto tiempo camino. Estoy aturdida; las intermitentes llamadas de la voz y la cinta de magia azul oscuro que parece liderar la marcha tiran de mí.
Por una parte, soy muy consciente de que es mala idea seguir voces extrañas que provienen de un poder desconocido y casi me duele, pero aun así, por otra, estoy del todo cautivada por esta magia que me atrae. Paso los dedos por una hoja cerosa y me agacho para meterme por debajo de una enredadera que cuelga de una rama mientras espanto a un insecto que ha estado zumbando a mi alrededor. Llevo menos de un día en esta jungla y ya sé que aquí viven los bichos más raros del mundo, estoy segura de ello. He visto por lo menos una araña que era casi tan grande como una ensaladera y no hace ni cinco minutos que se me ha acercado un escarabajo del tamaño de la palma de mi mano.
Me seco el sudor de la frente.
El viaje se ha ido al garete, pero, ey, sí que estoy disfrutando de la experiencia de una búsqueda mágica.
Miro por encima del hombro; no es la primera vez que me pregunto cómo voy a conseguir volver al lugar del accidente. Sin duda, tendré que usar más brujería. Había dado por hecho que seguiría a la magia durante unos veinte pasos y luego encontraría al misterioso ser que se esconde tras ella, pero eso no ha sucedido.
La larga caminata me deja tiempo para pensar, en concreto sobre los recuerdos que acabo de perder. Me es imposible saber cuáles o cuántos he quemado con el conjuro. Ser consciente de eso me atormenta, porque podría haber perdido algo formativo o maravilloso o importante, pero nunca lo sabré. Por otro lado, si no sé qué es lo he perdido, es complicado lamentarse.
Siento un hormigueo de poder en la piel, el cual me distrae de mis pensamientos. Al principio, creo que es la misma magia que me ha estado llamando, solo que, bueno, más alto.
Pero en cierto modo su esencia es distinta. Me detengo cuando veo la magia en sí. A diferencia del poder color índigo que he estado siguiendo, que incluso ahora flota encima de mí, esta magia brilla en el aire como si fueran motas de polvo iridiscentes. La miro sin pestañear, se aglutina y se vuelve más densa a mi alrededor.
Mi reina…
El apremio que hay en esas dos palabras casi hace que me vuelva a poner en marcha, pero parece que no puedo apartar la vista de la magia que está justo delante de mí. Percibo algo de movimiento por el rabillo del ojo y levanto la mirada justo cuando una enorme sombra salta de un árbol y se me echa encima.
No me da tiempo ni a moverme ni a gritar. Me golpea el pecho y me tira al suelo. Su peso me inmoviliza.
«No puedo respirar.»
Tengo encima del esternón unas enormes garras negras que me impiden moverme. Levanto la vista y observo el sedoso pelaje oscuro que le cubre las patas delanteras y el pecho al animal. Me fijo en los aterradores dientes apretados de la criatura antes de seguir alzando los ojos y encontrarme con la mirada verde esmeralda de una pantera.
«Joder, me cago en la Diosa de los cielos.»
Esta extraña magia me ha conducido hasta una pantera. Repito, una pantera.
Gritaría, pero no me sale la voz.
Este feroz gato del infierno me va a comer y me va a cagar y luego ni siquiera nadie sabrá qué me pasó.
«Cálmate, Selene. Tienes magia a tu disposición. Ningún minino con gigantismo va a terminar contigo, da igual lo aterrador que sea.»
La pantera abre la mandíbula un poco, lo suficiente para que me llegue el tufillo a aliento de gatazo, el cual es tan horrible como suena.
Se inclina para acercarme la cabeza a la cara. No deja de mirarme fijamente en ningún momento.
Entonces siento algo que se me concentra en la tripa. Tardo un segundo en darme cuenda de que es mi magia. Hay algo en el aire, o quizás son mis huesos, que llama a esta criatura. Me transmite la misma sensación atemporal que mi magia.
Y, cuanto más la miro, más aumenta la sensación de que un aspecto de mí misma está detrás de sus ojos. Mi miedo desaparece y lo sustituye una familiaridad intuitiva.
Mi magia zumba cuando me doy cuenta de eso y se desplaza, desde las tripas hasta las extremidades. La urgencia de tocar a este gato enorme, de acariciarlo, es casi abrumadora.
Levanto una mano con cautela y siento que mi poder se concentra en la palma. Mi escéptica interior sigue creyendo que aquí es donde me muero, pero mi intuición me dice otra cosa y confío en ella por encima de todo.
La magia se me arremolina en la palma, como guiada por algún instinto atávico de bruja. Siento un cosquilleo en la piel y los dedos me tiemblan un poco.
La pantera acorta la distancia que hay entre nosotras y presiona la cabeza contra la mano que he extendido, como si estuviera desesperada por que mi magia la tocara.
Y eso es justo lo que consigue la criatura.
En cuanto la toca, el poder sale despedido de mi palma y envuelve el aire que nos rodea con un pálido tono anaranjado. Se cuela en la pantera con la misma facilidad que el respirar y siento que se conecta. Algo dentro de mí encaja en su sitio y quedo vinculada a la criatura por arte de magia.
Miro fijamente al enorme felino y él me mira a mí; sigue teniendo la cara apretada contra mi palma.
Después de un momento, se aparta de la mano y se inclina, como si necesitara mirarme a los ojos desde más de cerca. Entonces, de repente, me lame la mejilla y siento que me arranca una o dos capas de piel.
Levanto la mano y acaricio al animal, aturdida. Me tiembla un poco, pero por dentro…, por dentro siento el vínculo que acabamos de forjar.
Hostia puta, creo que acabo de agenciarme un familiar.
Me quedo mirando al gatazo por enésima vez mientras me sacudo y recupero la compostura.
El aquelarre se va a cagar de miedo cuando vea a mi familiar. Mierda. Yo sí que me cago de miedo.
De hecho, se me escapa una sonrisilla al pensarlo. La frase «Ten cuidado con lo que deseas» la inventaron las brujas.
Mi pantera —no me puedo creer que esté diciendo esto— es enorme. En realidad, nunca he apreciado de verdad el tamaño de estos felinos gigantes hasta ahora, cuando tengo a uno a mi lado.
De todos los animales con los que podría haberme emparejado, me ha tocado este. Él —y, eh, sin duda alguna es chico— es mucho más orgulloso y aterrador que el familiar que siempre me había imaginado que tendría. Siendo sincera, tenía en mente en algo más similar a una chinchilla.
Pero parece que no.
