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Con aquel hombre podía olvidar todo el dolor… Cuando el incendio de un piso hizo revivir a Erin DeLuca el accidente en el que murió su prometido y perdió al hijo que esperaba, buscó refugio en los brazos de un desconocido. Ella se quedó embarazada, pero no pudo encontrar al hombre que le ofreció consuelo. Hasta que Nate Walker apareció en su pueblo. E, ironía de ironías, era ingeniero pirotécnico. El corazón de Nate se iluminó al ver a la mujer misteriosa que huyó de él y que en ese momento estaba embarazada, y para Erin, estar en los brazos de un hombre maravilloso, fue más brillante que ningún espectáculo de fuegos artificiales.
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Seitenzahl: 209
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2007 Lynda Sandoval
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
En brazos de un desconocido, n.º 1797- julio 2019
Título original: Déjà You
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1328-392-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Si te ha gustado este libro…
EL fuego ardía furiosamente.
Un humo negro caliente y espeso subía en espiral a su alrededor en el dúplex, que perdía rápidamente la batalla contra las llamas.
¡Malditas velas!
¡Maldita construcción débil de esos bloques baratos!
Maldito todo si no controlaban rápidamente aquello.
Cuando llegaron los primeros coches de bomberos, el fuego se había metido ya en las dos plantas del piso. Erin DeLuca, su superiora inmediato, la capitana C. J. Gooding y el bombero Ryan Drake, los tripulantes del coche número ocho, fueron asignados a investigar el apartamento norte de la planta baja. Rescataron a todos los que pudieron encontrar en el edificio y después todos los coches se centraron en combatir el fuego, decididos a apagarlo contra todo pronóstico. La pared de calor ahogaba a Erin, que sabía que aquello empeoraría antes de mejorar. Cuando el agua cayera sobre las llamas, el vapor resultante sería cien veces más caliente que el mismo fuego.
A través de los auriculares malos del casco, Erin oía el sonido de respiraciones, la suya y las de todos los demás bomberos que intentaban extinguir el virulento incendio. Más allá del coro de respiraciones, le llegó el ruido de cristales rotos; de bomberos que chocaban con paredes y muebles en una visibilidad nula; el golpeteo de las botas en los pisos superiores; comunicaciones de las radios a medida que se desalojaban habitaciones; y, por supuesto, el siseo del monstruo. En medio de aquella cacofonía, las comunicaciones de la radio resultaban casi ininteligibles dentro de su máscara y casco. Por suerte, todos estaban ya acostumbrados a sus limitaciones.
Tenía los músculos tensos por el peso de la manguera que, con un poco de suerte, apagaría el incendio al menos en aquel piso.
—Control a Comando Hillside.
—Adelante —oyó Erin responder al jefe de batallón, desde su posición estratégica en el exterior del edificio.
—Hace treinta minutos que empezó el incidente, señor.
—Recibido, treinta minutos. Gracias.
Lexi, amiga de Erin, dio el tiempo desde su posición en el centro de comunicaciones y Erin no pudo evitar una sensación de alarma en el pecho. Después de treinta minutos, el fuego estaba a tanta temperatura que podía fundir acero y no parecía que estuvieran más cerca de controlarlo que a su llegada. Comprobó la lectura de su depósito de oxígeno. Estaba medio lleno, lo que implicaba que los de algunos hombres más grandes estarían ya casi vacíos.
Achicó los ojos para ver a través de la negrura, pero fue inútil. Cerró los ojos y se entregó a las sensaciones del oído y el tacto. Se movió a la izquierda, hacia los estallidos del fuego. Encima de ellos se produjo un rugido sin previo aviso. Todos retrocedieron cuando el techo se derrumbaba ya y hacía llover muebles y llamas, madera, agua y a los dos bomberos que se encontraban en esa habitación concreta. Las cenizas y las chispas se asentaron y todos se movieron a la vez.
Erin se dejó caer al suelo y se abrió paso hasta el bombero más próximo. Cuando llegó hasta él, se inclinó cerca de su casco y máscara, arrancados ahora de la cara, lo cual no era nada bueno.
Volvió a colocarlos en su sitio, pero no antes de haberlo reconocido. Se le encogió el corazón.
—Te tengo, Sully —gritó, aun sabiendo que él probablemente oía tan poco como ella—. ¿Puedes hablar?
Él lanzó un gemido.
Ella miró el agujero abierto justo en el momento en que las llamas envolvían lo que quedaba del piso de arriba.
El corazón le dio un vuelco.
—Equipo Ocho-A a Centro de mando; Sullivan está herido —se oyó decir en la radio—. El segundo piso está perdido. Tengo a Sullivan y voy a salir.
—Ocho-B a Centro de Mando, nosotros tenemos a Arroyo —llegó la voz de Drake—. Está inconsciente. Desconocida la extensión de las heridas.
—Centro de Mando —llegó la voz tranquila pero urgente de la capitana Gooding—. Tenemos un derrumbamiento y un segundo piso totalmente envuelto en llamas. Repito, tenemos un derrumbamiento del segundo piso al primero con dos bomberos heridos.
Del exterior llegó la orden del jefe.
—Todas las unidades, abandonen la estructura. Repito, abandonen la estructura.
A continuación llegó la voz calmada de Lexy.
—Todas las unidades del incendio de Hillside abandonen el edificio. Repito, abandonen el edificio.
Erin oyó al jefe del batallón pedir un informe personal de todos los bomberos que trabajaban en el fuego para asegurarse de que no había más personas heridas o desaparecidas. Clavó los codos debajo de los brazos de Sullivan y lo arrastró primero hasta la pared y después, siguiendo la línea de la manguera, hacia la puerta que no podía ver. Entre el humo apenas si pudo ver a Drake y al capitán que transportaban a Arroyo del mismo modo.
Cuando salió al aire de la tarde, con el equipo lleno de hollín y echando vapor por la caída de la temperatura, su visión se aclaró. Miró el piso sintiendo náuseas. Probablemente no podrían salvar gran cosa de la estructura. Un fracaso completo.
Odiaba eso.
Los técnicos de la ambulancia corrieron a ayudarla con Sullivan. Erin los miró y se alegró de ver a Brody Austin, un sanitario excelente además de uno de sus mejores amigos.
Él le puso la mano en la espalda y se inclinó con preocupación.
—¿Estás bien? —gritó.
Ella asintió. Le temblaban los brazos por el esfuerzo de arrastrar al voluminoso Jeff Sullivan y jadeaba, pero se pondría bien.
Brody, satisfecho al parecer, se unió a los otros dos sanitarios que se ocupaban ya de Sullivan y Erin volvió a la puerta para ayudar a los otros dos a llevarles también a Arroyo.
Drake, la capitana Gooding y ella observaron hasta asegurarse de que Sullivan y Arroyo se pondrían bien y a continuación se dirigieron a la zona designada para reunirse. Los ventiladores soplaban aire frío a su alrededor. Erin se sentó en el ancho parachoques de la ambulancia y se quitó la máscara y el casco.
Respiró con fuerza el aire fresco. El sudor le caía por la barbilla debajo de la ropa. Sujetó un guante debajo del brazo para sacárselo y repitió a continuación la operación con el otro guante. Después de quitarse el depósito de aire y el abrigo, tendió el brazo tembloroso para que uno de los sanitarios le tomara la presión arterial.
Drake y el capitán hicieron lo mismo.
El trío, que respiraba como si acabara de sobrevivir a tres asaltos con el campeón mundial de los pesos pesados, observó a distancia a las unidades que combatían el fuego desde el exterior del edificio inestable. Una vez que se había dado la orden de abandonar, sólo les quedaba luchar con el fuego a la defensiva.
El sanitario jefe de la zona de rehabilitación les pasó una botella de agua fría a cada uno. Erin bebió la suya de un trago y no consiguió eliminar la sed.
Miró a la capitana.
—Esta vez vamos a perder, ¿verdad? —preguntó.
La capitana Gooding asintió con la cabeza y se pasó los dedos por el pelo sudoroso.
—¡Maldición!
—¿Nos volverán a enviar ahí?
—Probablemente no. Hay suficientes unidades frescas para reemplazarnos. Tómate el tiempo que quieras aquí.
Erin miró un momento el incendio y luego se puso en pie y se acercó a la otra ambulancia, donde cargaban ya a Sullivan y Arroyo.
Erin pensó que al menos habían sacado a todo el mundo antes de que los venciera el fuego, pero justo entonces, notó que le tiraban del brazo. Se volvió instintivamente y se encontró cara a cara con una mujer cubierta de hollín que parecía embarazada de ocho meses por lo menos. Su vestido de premamá colgaba en harapos ennegrecidos sobre su cuerpo.
—¿Qué ocurre?
—Por favor —sollozó la mujer—, ayúdeme.
Erin la agarró por los brazos.
—¿Está herida?
La mujer estaba tan histérica que no podía formar frases. Señaló vagamente hacia el edificio.
—Mi… esposo…
—¿Qué pasa con él? Respire hondo y cuéntemelo.
—Ha vuelto a entrar… a por el gato —la mujer movió la cabeza con el rostro lleno de lágrimas—. No lo he vuelto a ver. Por favor.
Erin sintió una oleada de miedo. Tomó a la mujer por el brazo.
—Vamos —dijo con voz amable pero firme—. ¡Eh, capitana!
La mujer más mayor a la que tanto respetaba Erin se volvió y les salió al encuentro.
—¿Qué sucede? —preguntó con voz ronca.
Erin miró a la mujer embarazada asustada, que no parecía tener más de veinte años.
—Su marido ha vuelto al edificio a buscar al gato. No ha salido —dijo Erin.
Su mirada se encontró con la de su jefa, que apretó los labios en una línea fina. Después de un momento, les dio la espalda y habló por radio con el jefe del batallón. Conferenciaron y a continuación la capitana Gooding tomó el otro brazo de la mujer.
—Venga, querida. ¿Cómo se llama?
—Suzette —gimió la futura mamá—. Sólo llevamos ocho meses casados. Por favor.
—Vale, Suzette, vale —la tranquilizó la capitana.
Suzette agachó la cabeza entre ellas dos y sollozó.
—¿Adónde vamos? —preguntó Erin a su superiora en voz baja.
—Asistencia a víctimas.
Erin tragó saliva. Conocía la respuesta, pero la esperanza le hizo preguntar de todos modos:
—¿Vamos a… volver a entrar a por él?
La capitana la miró por encima de la cabeza de Suzette con tristeza y resignación.
—No.
En la zona de atención a las víctimas, un psicólogo y una agente de policía, Cagney, amiga de Erin, se sentaron con Suzette e intentaron explicarle la gravedad de la situación. Erin se apartó y observó la confusión y el horror que cubrían la cara de la embarazada. Supo el momento exacto en el que Suzette comprendió la verdad: su esposo no volvería a salir.
Erin se sintió mareada de pronto. Imágenes de horror llenaron su cerebro. No podía soportar aquello. Empezó a alejarse. Se volvió con los ojos bajos en un esfuerzo por apartarlo todo de su mente, pero le zumbaban los oídos y le temblaban las manos. Una parte de ella sentía el impulso demente de entrar en el edificio en llamas y buscar al marido de Suzette aunque las probabilidades de que siguiera con vida eran ya de cero. Eso sin tener en cuenta que su desobediencia a la orden de abandonar haría que la despidieran si no moría en el intento.
El cielo adquirió un color anaranjado cuando el fuego se apoderó de toda la planta baja e hizo explotar los pocos cristales que quedaban intactos. La estructura entera sucumbió a las llamas y un espeso humo negro envolvió a los bomberos como un demonio rabioso que gritara su victoria.
—¡Noooooo!
Erin oyó el grito de Suzette a sus espaldas. Siguió con la vista clavada en el fuego y luchó por respirar con las rodillas temblando.
Ella lo sabía.
Conocía el dolor que invadía a Suzette en ese momento. Lo sentía en lo más hondo del alma.
Durante muchos años y muchos incendios, había conseguido bloquear los recuerdos del accidente que le había destrozado la vida, pero el golpe inesperado de la joven y embarazada Suzette había agrietado su caparazón y dentro había un espejo. Se vio a sí misma en los ojos de la joven a medida que la pesadilla de su pasado se escapaba por las grietas.
La noche de la graduación. Kevin, el amor de su vida. Alcohol para todos excepto para ella, por el secreto que llevaba en el vientre, el niño que Kevin y ella habían creado accidentalmente pero del que todavía no habían hablado a nadie. De todos modos se iban a casar dos meses después, así que no importaba.
La velada empezó con risas y música, con crujir de raso y tafetán mientas se pasaban botellas y la sexy Lexy, la reina de la graduación, besaba a Randy y le gastaba bromas.
Luego, sin previo aviso, ruido de neumáticos, un choque, la desorientación de las vueltas de campana por el acantilado abajo y el fuego. Metales retorcidos, cristales rotos y fuego.
Erin, con el vestido en llamas derritiéndose en su piel, vio a Kevin aplastado y silencioso. A su mejor amiga, Mick, destrozada e inmóvil; a Randy, el novio de Lexy, retorcido en la parte delantera del Range Rover, con Lexy atrapada y gritando a su lado. Brody sujetaba uno de los zapatos de Mick y caminaba por allí resbalando, cayendo, levantándose y volviendo a caer.
«¿Dónde estaban Cagney y su cita de última hora? ¿Y cómo se llamaba él?». Erin pensaba en eso mientras se hundía al fin en el suelo y rodaba para apagar las llamas del vestido.
Pensó también que aquello no era real, que era un artículo en un periódico de otro lugar.
—¡Kevin! —gritó, llevándose las manos al vientre, pues en el último momento antes de perder el conocimiento se acordó de su bebé—. ¡Kevin!
Se le doblaron las rodillas y Brody apareció de pronto a su lado y la sujetó por los codos.
—Kevin —le susurró ella.
Las líneas alrededor de los ojos de él se hicieron más profundas.
—Erin, tesoro. Soy Brody. ¿Me oyes?
Ella lo miró desorientada, hasta que recordó dónde estaba y por qué. Se apoyó en Brody.
—Sí.
—Necesitas oxígeno.
—Sí —necesitaba mucho más que eso, pero el oxígeno serviría para empezar.
Él la guió de vuelta a la zona de rehabilitación, la instaló al lado de Drake y le puso una mascarilla limpia en la cara.
—¿Está bien DeLuca? —preguntó Drake.
—Muy bien —dijo Brody al joven bombero con una sonrisa segura a pesar de la angustia que mostraban sus ojos—. Ha tragado humo, nada importante —le puso las manos en los hombros a Erin—. Escúchame. Todo acabará bien, te lo prometo —dijo en voz baja.
—¿Cómo?
Él apartó la vista.
—No lo sé. Pero si yo lo he hecho, tú también puedes.
Ella negó con la cabeza.
—Hemos perdido a alguien —dijo con voz apagada por la mascarilla.
—Lo sé. Vamos a transportar a la esposa. Se ha puesto de parto.
Erin apretó los ojos, negándose en redondo a llorar allí. Ella nunca lloraba en el trabajo. Nunca.
—Mírame —le pidió Brody.
Ella obedeció.
—Faith y yo te ayudaremos. Todo irá bien —dijo él con lentitud.
Erin asintió como si estuviera de acuerdo con él, como si no sintiera que nada en su vida volvería a ir bien.
A PESAR de una ducha larga y medio frasco de champú, el olor a humo impregnaba todavía el pelo de Erin, como un recuerdo acre del horror de esa tarde. El jefe los había liberado a todos después del incendio, algo común después de sucesos tan agotadores. Había llamado al turno que no estaba de servicio para que cubrieran el resto de su guardia de veinticuatro horas.
Pero Erin no se sentía liberada. Tenía la sensación de llevar horas conteniendo un grito, la sensación de que iba a explotar si no hacía algo. Finn, su galgo irlandés, la seguía por la casa gimiendo y golpeando el suelo de madera con las uñas. Sin duda lo sabía.
Ignoró el timbre del teléfono y escuchó dos mensajes, uno de su madre y el segundo de su mejor amiga, Faith, mientras se ponía unos vaqueros, una camiseta vieja y unos zuecos.
Estaba claro que el incendio había salido ya en las noticias.
Por mucho que quisiera a su madre y a su amiga, en ese momento no podía hablar con ellas. Brody informaría a Faith y su madre podía esperar. Erin no soportaba la idea de contar el fuego una y otra vez. Todavía no. No con la muerte de Kevin, por no hablar de la del marido de Suzette, pesándole tanto en el alma.
Había negado mucho tiempo sus sentimientos y no le había ido mal, pues no podía soportar pensar en el niño perdido de Kevin y ella. El pánico le oprimió la garganta.
Tenía que olvidarlo.
La puerta perruna de Finn estaba abierta, sus tazones de comida y agua repletos y el animal acostumbrado a pasar muchas horas solo, gracias a los turnos de veinticuatro horas de su dueña. Por suerte, el perro se había acostumbrado a eso y hacía ya meses que no se comía un cojín del sofá ni rompía la basura. Aun así, ella sintió una punzada de culpabilidad al pensar en dejarlo solo, pero tenía que hacerlo. Él lo comprendería. Eso era lo que hacían los perros, lo que los volvía tan especiales.
Tomó las llaves y el bolso de la encimera con manos temblorosas y se dirigió a la puerta sin saber adónde iba y sin que le importara.
Su respiración era jadeante y el sudor le cubría la frente y el labio superior. Necesitaba salir de allí antes de que sus emociones se descontrolaran todavía más. Hasta que sus recuerdos peligrosos estuvieran de nuevo encerrados en sus compartimientos mentales con tres vueltas de llave, fuera de la vista y de la mente donde habían vivido durante casi doce años. No podía soportarlo.
Escapar.
Escapar.
Se apartó mechones húmedos del pelo corto de la cara, pero aun así necesitó tres intentos para poner en marcha el motor de su Subaru Outback. Cuando al fin lo consiguió, salió marcha atrás hasta la calle.
No sabía adónde iba. No se dio cuenta de que lloraba hasta que llegó a la autopista y para entonces ya no podía parar. Sollozó hasta que le dolió la garganta y se le congestionó la nariz, hasta que sintió toda la cara hinchada de pena. Sólo se acordó de secarse los ojos porque no quería arriesgarse a provocar un accidente que obligara a alguna persona inocente a sufrir la agonía que había padecido ella.
¡Pobre Suzette!
Apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Sí, era lo bastante racional para saber que ella no había causado la muerte del marido de Suzette, pero tampoco había podido impedirla. Ni ayudar… aunque sólo fuera un poco. Había perdido su maldito control. ¿Dónde la dejaba eso?
Brody le había dicho que todo iría bien.
Pero no era así.
Se alegraba por Faith y por él y le impresionaba que Brody hubiera sido capaz de afrontar sus demonios de la terrible noche de la graduación y acabar conquistando el amor de la mujer ideal. Pero algunas personas tenían suerte en la vida y las demás se arreglaban como podían.
Sus lágrimas se fueron secando a medida que el coche tragaba kilómetros y kilómetros de asfalto y su rostro y cerebro se adormecían. Cuando llegó la oscuridad, Erin se había resignado a estar entre los que se arreglaban como podían. Por lo menos, ésa era la historia a la que se aferraría aquella noche. Cualquier cosa con tal de apartar su mente de… lo demás.
Hasta el momento había sobrevivido no enfrentándose a sus problemas. ¿Por qué empezar ahora?
Condujo hasta que la ciudad se tragó su coche y el cartel que anunciaba una taberna atestada atrajo su atención. Sin pensar, entró en el aparcamiento. Música apagada llegaba del interior. Miró el sitio sin verlo y sin importarle cómo fuera. Saltó al suelo y dio un respingo cuando se abrió la puerta del bar y salió una pareja riendo, que se dirigió a un descapotable amarillo.
Erin entró en el bar con las manos en los bolsillos. No miró a nadie, porque no había ido a socializar. La música alta la envolvió en el tipo de anonimato que ansiaba. Vio un taburete libre en el extremo de la barra, cerca de los lavabos, y se dirigió hacia allí.
Cuando acababa de sentarse, se acercó el barman.
—¿Qué bebe, señorita?
Erin carraspeó, pero su voz salió ronca por los sollozos.
—Tequila.
—¿Chupito?
—Lo que sea —repuso ella sin mirarlo a los ojos.
Él le sirvió un chupito y lo colocó sobre una servilleta en la que había una rodaja de lima y un salero.
—Siete con cincuenta.
Ella sacó un billete de diez dólares del bolso y lo puso en la barra.
—Quédese el cambio.
Las teclas de la caja registradora parpadearon y se abrió el cajón.
—Si necesita algo, avise —dijo el barman, un hombre con forma de barril, antes de cerrar el cajón.
Y Erin se quedó sola por fin.
Tomó el vaso con mano temblorosa y se lo acercó a la cara, pero el olor asaltó su olfato y supo que no podía beberlo. No había bebido mucho desde que… y nunca cuando conducía. Esa noche, llena de recuerdos horribles, no era la más adecuada para quebrantar ese código personal.
Dejó el vaso con un suspiro y apoyó la frente en la mano. No podía sacudirse la tensión acumulada. Tenía que hacer algo.
—¿Quieres bailar? —preguntó una voz cerca de su oído.
Se volvió sin ningún entusiasmo y miró al hombre que se lo preguntaba. Al menos así podría quemar algo de energía.
Se encogió de hombros con apatía, bajó del taburete y avanzó hacia la pista.
Él la alcanzó y le dedicó una sonrisa.
—Soy Bill.
Ella asintió y se reacomodó la correa larga del bolso sobre el hombro para que descansara en la cadera opuesta.
Empezaron a bailar y la sensación de su cuerpo moviéndose pareció enmascarar parte de sus emociones acumuladas. O por lo menos, mantenerla un paso por delante de ellas. Una venda, no una cura, pero aceptaría lo que pudiera conseguir.
—Bueno… ¿cómo te llamas tú?
Ella miró a Bill y cerró los ojos un momento.
—No te ofendas, pero los dos sabemos que no importa. Vamos a bailar.
Bill se encogió de hombros y pareció aceptarlo.
Cuanto más bailaba, más volvían sus recuerdos, por mucho que intentara espantarlos. Necesitaba encontrar el modo de mantenerlos a raya, así que bailó con más energía. Después de Bill, hubo otras parejas, pero ella no vio a ninguno ni dejó que los nombres perduraran en su cerebro. ¿Qué más daba? Ni eran Kevin ni nunca lo serían, así que no importaba ninguno.
Su capacidad para amar, para sentir, había desaparecido hacía mucho. ¿No era por eso por lo que vivía así? ¿Sola, mostrando una fachada y riendo cuando quería llorar? Todo era una mentira. ¿Qué pensaría Kevin de ella ahora?
El géiser de sus sentimientos siguió en erupción, por lo que bailó más deprisa, con las luces multicolores del bar nublándole la visión. Sólo sabía que no podía parar o perdería el control por completo.
Nate Walker sólo buscaba esa noche un par de cervezas y un anonimato tranquilo que le despejara la mente. El trabajo de noche había sido agotador y el grupo era muy exigente, como si sus juegos pirotécnicos pudieran compensar su falta de talento.
Pero se fijó en la belleza morena en cuanto ella entró, con el pelo revuelto y los ojos atormentados. Pasó a su lado sin verlo y se sentó en un taburete de la barra. Él la observó en silencio pedir un tequila que no se tomó y bailar luego con una serie interminable de parejas a las que no parecía ver ni hablar.
Estaba en otra parte.
Lástima que los hombres parecieran verla como caza en potencia. Nate los observaba bailar con ella uno tras otro. Cuanto más bebían, más se acercaban durante el baile y más relucía el brillo depredador de sus ojos.
Empezó a arrepentirse de haber ido allí. Podía haberse quedado en el hotel y haber pedido que le subieran la cena. Así no se habría metido en líos antes de que saliera su avión para Las Vegas a la mañana siguiente. No quería tener nada que ver con el dolor privado de una belleza morena de ojos oscuros, pero algo lo atraía hacia ella.
