Una noche de amor - Lynda Sandoval - E-Book
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Una noche de amor E-Book

LYNDA SANDOVAL

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Beschreibung

¿Podría una noche perfecta ser el comienzo de una nueva vida? La decidida y planificadora Erica Gonçalves quería conservar su independencia a toda costa; aunque tuviera que rechazar un empleo para alejarse de un guapísimo padre soltero. Pero entonces él le hizo una oferta que no pudo rechazar... y la señorita Independencia descubrió que un amor tan apasionado podría hacerla derretir, pero jamás la asfixiaría. Por muy atraído que se sintiera por Erica, Tomas Garza no estaba dispuesto a hacer sufrir a su hija... ni a sí mismo, implicándose con una mujer que afirmaba que la vida hogareña no estaba hecha para ella. Pero lo cierto era que cada vez le resultaba más irresistible...

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Seitenzahl: 212

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2004 Lynda Sandoval Cooper

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una noche de amor, n.º1564- mayo 2017

Título original: One Perfect Man

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-9562-1

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

Dos legados duraderos podemos dejar a nuestros hijos: uno es raíces, el otro alas.

Hodding Carter, Jr.

 

 

Erica Gonçalves sujetaba el teléfono móvil entre la oreja y el hombro, hazaña harto difícil teniendo en cuenta que el aparato apenas tenía el tamaño de la palma de la mano y era totalmente plano. Sentía la cabeza pegada al hombro y el cuello estirado al máximo, pero apenas prestaba atención a la voz de su madre al otro lado de la línea. Con movimientos seguros y elegantes, se movía por la sala de conferencias del hotel donde estaba a punto de comenzar la reunión, asegurándose de que todo estuviera preparado para el evento.

Nada la irritaba más que una reunión mal planificada. Después de todo, el tiempo era dinero, y desafortunadamente ella nunca parecía tener suficiente de ninguna de las dos cosas. Si lo tuviera, dirigiría su propia agencia de organización de eventos en lugar de trabajar para otro. Su trabajo le encantaba, pero su principal objetivo había sido siempre tener la máxima libertad y el máximo control sobre todos los aspectos de su vida.

—¿Has oído una palabra de lo que he dicho, hija?

—Sí, mamá —respondió ella, sin detenerse, desplegando la pantalla del proyector para hacer la presentación del proyecto—. Perdona, estoy haciendo un millón de cosas a la vez.

—Tienes que descansar un poco, hija, y no ir tan acelerada.

—No tengo tiempo —dijo ella, echando una ojeada al reloj de pulsera que llevaba, un regalo que se había hecho a sí misma en sus últimas vacaciones, un viaje a París el verano anterior, sola—. La reunión empieza dentro de… Oh, está a punto de empezar. Tengo que repasar la agenda una vez más.

Una sutil indirecta. Esperó unos segundos, cruzando los dedos mentalmente para que su madre se decidiera a despedirse de una vez y colgar el teléfono. No quería ser desagradable con ella, pero sus obligaciones profesionales reclamaban toda su atención.

Desafortunadamente, y como era de esperar, su madre no la pilló.

—No sé por qué tu jefe siempre te hace viajar sola. Una mujer sola. ¿A quién se le ocurre?

—No me obliga, mamá. Ya te lo he dicho antes —explicó Erica tratando de hacer acopio de paciencia al escuchar de nuevo el tema favorito de su madre—. Me gusta esta parte de mi trabajo. Me gusta la libertad que me da.

—Libertad. No te acostumbres demasiado a eso que tú llamas libertad —empezó su madre por enésima vez, en un discurso que Erica se sabía de memoria—. Cuando te cases y tengas hijos, tu sitio estará en casa con ellos, y no…

—… dando vueltas por el mundo como un tiovivo —terminó Erica por ella.

Nadie podía decir que conducir los ciento y pico kilómetros que separaban Santa Fe de Las Vegas, la pequeña ciudad del estado de Nuevo México donde se iba a celebrar la reunión, fuera exactamente dar vueltas por el mundo, aunque para Susana Gonçalves fueran dos nociones equivalentes.

—Exactamente —dijo la mujer—. Un esposo y unos hijos cortarán tanto viaje y tantas reuniones en lugares extraños y rodeada de desconocidos, así que será mejor que no te acostumbres demasiado.

Erica respiró profundamente e intentó mantener la calma que tanto necesitaba justo antes de comenzar la reunión. Por un momento se concentró en alinear los rotuladores delante de la pizarra blanca y poner recta la pantalla del proyector. Y en respirar.

—¿Me has oído? —dijo la voz de su madre al otro lado de la línea.

—Oh, sí, te he oído —respondió Erica—. Precisamente la razón por la que en mi futuro no hay ni marido ni hijos, madre, una razón que conoces perfectamente.

—Hija, sólo quiero que no pierdas la esperanza.

Una oleada de frustración recorrió las venas de Erica. Contó hasta seis en un intento de no dejarse llevar por la rabia y controlar su tono de voz.

—¿Esperanza? ¿Esperanza? Mamá, por favor, ¿por qué siempre tienes que volver a lo mismo? ¿Por qué no reconoces de una vez que hay mujeres que no tienen ningún deseo de convertirse en esposas y madres, y que tu hija es una de ellas?

—Pero, cariño, es importante, y me preocupa…

—Mamá —la interrumpió Erica, cerrando los ojos—, escúchame. No quiero casarme, no quiero hijos. Me encanta mi carrera, me encanta mi independencia, y me encanta viajar. Sola. Me gusta mi vida tal y como es. ¿Por qué no puedes respetarlo?

—¿Es que no quieres amor?

Erica dejó escapar un largo suspiro. Claro, sería magnífico vivir un amor romántico y apasionado. ¿Quién no lo que querría? Desafortunadamente, ese tipo de amor sólo existía en las películas de Hollywood. El verdadero amor venía cargado de compromisos y ataduras y exigía sacrificios que ella no estaba dispuesta a realizar. El verdadero amor se instalaba en tu existencia como una fuerza invasora de ocupación. El verdadero amor ponía tu vida patas arriba y te dejaba con lo único que ella se negaba rotundamente a tener: llanto y arrepentimiento.

Erica no respondió a la pregunta de su madre. Estaba cansada del continuo tira y afloja con ella, siempre por el mismo motivo. Por lo demás, la relación entre ellas era buena.

—No era mi intención enfadarte —dijo su madre, en tono de disculpa.

—Tranquila, no lo has hecho —mintió Erica, para mantener la paz—. Te llamaré esta noche desde el hotel, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Buena suerte con la reunión, y acuérdate de cerrar bien la puerta de la habitación por las noches.

—Siempre lo hago —dijo Erica, con paciencia, deseando que su madre se guardara sus consejos para adolescentes y la considerara una mujer hecha y derecha de una vez.

—Ten los ojos abiertos y no seas muy exigente. A tu edad ya no quedan muchos hombres solteros.

—¡Mamá!

—Sólo digo que no dejes pasar una buena oportunidad. En la vida, lo más importante es saber elegir.

—Adiós.

Erica cortó bruscamente la comunicación y permaneció unos segundos contemplando el teléfono con incredulidad, antes de sacudir la cabeza. Su madre jamás cejaría en su empeño de casarla, por mucho que ella intentara explicarle cuáles eran sus objetivos y aspiraciones en la vida.

No es que no le gustaran los hombres. Le gustaban, por supuesto que sí. Pero lo que no quería era someterse a los deseos de nadie, como había hecho su madre con su padre. Y por mucho que su madre asegurara que había sido feliz criando a sus hijos y cuidando de su marido y de la casa, a Erica siempre la entristecía pensar que en su juventud Susana Gonçalves había sido una prometedora guitarrista y cantautora que abandonó su carrera musical al casarse con su padre.

Moisés Gonçalves era un hombre tradicional y se negó rotundamente a que su esposa continuara tocando la guitarra y cantando. La guitarra terminó en el desván y Susana Gonçalves se entregó en cuerpo y alma a su familia.

Erica se negaba a creer que su madre no se había arrepentido de abandonar su carrera musical, y ella desde luego no estaba dispuesta a pasar por lo mismo.

 

 

—Bien, lo que busco son ideas innovadoras para representar cada ciudad en el estilo personal de cada uno de los artistas —explicó la mujer a los artistas sentados alrededor de la mesa de la sala de conferencias. Hablaba en un tono totalmente profesional, y daba una imagen de dominar perfectamente la situación—. Mi objetivo es que Nuevo México aparezca en todos los medios de comunicación. Éste es el primer festival cultural y artístico de este tipo que se celebra en nuestro estado, y quiero que hagamos historia —les aseguró, y sonrió—. ¿Ideas?

La organizadora de eventos que había enviado una importante empresa de Santa Fe cruzó los brazos y apoyó la cadera en el borde de la mesa, con la cabeza ligeramente ladeada a un lado.

Tomas Garza se apoyó en el respaldo de la silla y la estudió en silencio. Erica Gonçalves. Detestaba tener que reconocerlo, pero la mujer en cuestión no podía ser más perfecta. Organizada, decidida, dispuesta a escuchar ideas ajenas y siempre con una sonrisa en los labios.

Hope no se sentiría amenazada por ella, lo que era una consideración importante.

Tomas apretó la mandíbula y se concentró de nuevo en la mujer que presidía la reunión, tratando de leerla, de entender cómo era. Necesitaba hacerlo antes de proponerle lo que pensaba. Sólo quedaban cinco meses, y no podía permitirse más fallos ni retrasos.

Escuchó mientras el escultor que representaba a la ciudad de Alburquerque explicaba su idea de una escultura de gran tamaño que representara la ciudad. Después otros artistas fueron exponiendo sus propuestas, mientras la mujer iba tomando nota en su ordenador portátil y hacía preguntas sobre aspectos prácticos de cada proyecto.

Sin avisar, la mujer morena a la que había estado estudiando desde su silla dirigió sus expresivos ojos negros hacia él.

—¿Señor Garza? ¿Tiene algunas ideas sobre cómo incorporar Las Vegas a su obra? —le preguntó, y sonrió.

Tomas relajó la expresión de su cara y cruzó los tobillos y las manos.

—Sí. Me gustaría hacer piñatas que sean réplicas de los edificios históricos de la ciudad. En un estilo que combine el arte tradicional mexicano con la cultura de Nuevo México. Y que por supuesto sea representativo de Las Vegas.

La mirada de la mujer se iluminó, y Tomas vio que varios de los presentes asentían en silencio, aprobando su propuesta. Eso le gustó. Algunos artistas desdeñaban las piñatas, que eran el legado cultural de su familia, por considerarlas únicamente juegos para niños, pero para él eran mucho más. Eran un arte en peligro de extinción, y él se esforzaba para que la gente las viera como manifestación artística de un rico legado cultural. Por eso, hacía piñatas no sólo para que los niños las rompieran en fiestas de cumpleaños sino también para exponer.

—Fabuloso —dijo la señorita Gonçalves—. Muy original.

La expresión distante de los ojos femeninos le dijo que la aguda mente de la mujer ya estaba planificando el desarrollo de su propuesta.

—Gracias —respondió él.

—¿Cuantos edificios piensa incorporar?

—Uno por cada distrito histórico. Siete en total. Tendrán que ser grandes para que capten bien los detalles, pero no quiero exagerar.

—No, es perfecto. Tiene razón.

—Bien.

—Quizá podamos colgarlas suspendidas sobre un mapa o una foto de la ciudad —dijo ella, abriendo las manos, como si ya tuviera la imagen exacta delante de los ojos—. Aproximadamente encima de los distritos que representan.

Él se encogió de hombros.

—Por mí estupendo.

Una mano alzada llamó su atención, y los dos se volvieron hacia una muralista de Angel Fire, una auténtica belleza morena que ocupaba una silla en el lado opuesto de la sala.

—Tengo un amigo cartógrafo que estaría encantado con este proyecto, si hay suficiente presupuesto para pagarle —ofreció Monet Montoya—. Es muy bueno. Sus mapas no son sólo mapas. Son auténticas obras de arte.

Erica asintió.

—Estupendo. Hable conmigo después de la reunión y anotaré sus datos —dijo, e inmediatamente añadió, mirando a Tomas—: Si a usted le parece bien, por supuesto, señor Garza. Después de todo es su proyecto.

Tomas agradeció la consideración.

—Bien.

—Estupendo.

Erica escribió la idea en su ordenador, y momentos después la pantalla del proyector se iluminó con la siguiente anotación:

 

Las Vegas: exposición de siete piñatas, réplicas de edificios históricos, suspendidas sobre mapa artístico de la ciudad.

 

—Gracias, señor Garza —dijo Erica, sonriéndole.

Tomas sintió que se le encogía ligeramente el estómago con una emoción lejana que reconoció como deseo. Casi instintivamente se puso alerta. Cierto, la organizadora de eventos era una mujer muy atractiva. Cualquier hombre con sangre en las venas podía darse cuenta, pero él no tenía la menor intención de meter a ninguna desconocida en su vida, y mucho menos en la vida de su hija, por mucho deseo que sintiera por ella. Las mujeres sólo eran fuente de llanto. Hope y él lo habían aprendido hacía mucho tiempo.

—Es un placer —respondió él, esbozando una sonrisa con los labios, aunque fue una sonrisa que no le llegó a los ojos.

No queriendo dar sensación de ser una persona hosca, Tomas suavizó lo que tenía que ser necesariamente una mirada fría y dura con un guiño. Para su sorpresa, los ojos femeninos se abrieron ligeramente antes de que ella desviara la vista y se aclarara la garganta. «Interesante», pensó él. Cuando ella alzó la cara hacia los presentes, Tomas observó la respiración acelerada que se percibía por debajo del escote de la blusa, y que traicionaba la fría compostura de la mujer.

—Bien, continuemos.

Tomas agradeció que la señorita Gonçalves dirigiera su atención hacia otro artista, y, desconectando un poco del resto de los representantes de las ciudades, reflexionó cuidadosamente sobre cuál sería la mejor manera de proponer lo que deseaba a la eficiente organizadora de eventos que habían enviado desde Santa Fe.

No era un encargo tan prestigioso como los que normalmente organizaba ella, eso sin duda, pero él la necesitaba, por mucho que detestara reconocerlo. Estaba convencido de que ella podía organizarlo todo para que saliera perfecto, algo que él sería incapaz de lograr solo.

La sola idea de no ser capaz de hacer algo por sus propios medios, de tener que reconocer que necesitaba ayuda, lo molestaba. Hope y él nunca habían necesitado ayuda de nadie. Detestaba admitir que no tenía todos los aspectos de su vida bajo control como él deseaba. Aunque últimamente, en todo lo referente a su hija adolescente, parecía haber perdido totalmente el control, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para hacerla feliz.

En parte era la edad, estaba convencido de ello. Los adolescentes pasaban por una época difícil, debido entre otras cosas a los profundos cambios hormonales de sus cuerpos, algo que él no quería ni pensar en relación con su pequeña hija. Pero, le gustara o no, tenía que aceptar el hecho de que Hope ya había cumplido los catorce años y no era una niña, y que a veces las adolescentes se portaban de forma un tanto… misteriosa. Y distante. Y cada vez más incomprensible a medida que se iban haciendo mujeres.

Pero con cambios hormonales o no, a él lo único que le importaba era la felicidad de su hija, y, aunque odiaba tener que reconocerlo, la mujer que estaba de pie delante de la pequeña sala de conferencias podía ser la respuesta a sus oraciones. Por eso no iba a dejar que el orgullo le impidiera pedir ayuda. No. Haría un esfuerzo y le pediría ayuda, por mucho que eso significara reconocer sus deficiencias como padre.

Más calmado y seguro, respiró hondo y siguió los elegantes movimientos de la señorita Gonçalves con los ojos, sintiéndose cada vez mejor. Todo saldría bien, y su hija volvería a ser la niña abierta, adorable y feliz que siempre había sido.

Orgullo tragado. Ayuda aceptada.

Problema resuelto. Equilibrio restaurado.

Hope y papá, juntos contra el mundo otra vez.

Capítulo 2

 

La reunión había ido bien. Erica sonrió para sí mientras ordenaba sus notas. Organizar un festival cultural y artístico de todo el estado era una labor monstruosa, pero por suerte los artistas que se habían incorporado al proyecto, además de talento, estaban dotados de gran creatividad y entusiasmo. Su empresa tenía todo un equipo de organizadores de eventos trabajando en el festival, pero la parte más importante eran las manifestaciones artísticas, y a Erica le habían encargado la tarea de encontrar a los artistas y los proyectos adecuados. Ahora estaba segura de que los tenía. Y ahora que se habían tomado las decisiones al respecto, se podría concentrar en llevar el proyecto a la práctica.

Una llamada a la puerta de la sala de conferencias atrajo su atención. Erica alzó la cabeza y frunció el ceño, segura de que aún le quedaba otra media hora antes de tener que dejar libre la sala.

—¿Quién es? —preguntó, antes de abrir la puerta.

—Tomas Garza —respondió una voz grave y rica en matices desde el otro lado de la puerta.

¿El piñatero? Erica sintió que se le aceleraba el pulso, y recordó lo sorprendida que se había quedado durante las presentaciones, poco antes del comienzo de la reunión. Cuando ella le escribió una carta en nombre de la organización solicitándole su participación en el festival, había imaginado un hombre mayor, bajito y barrigudo, de pelo negro corto y con bigote.

Sin embargo, este Tomas Garza era un hombre callado, observador, y en absoluto mayor. Y mucho menos barrigudo. Debía de rondar los treinta y pocos años, y llevaba el pelo largo y negro recogido en una coleta a la espalda, lo que le daba un aspecto masculino y rebelde a la vez.

Desde luego era un hombre muy atractivo, pero lo que más le llamó la atención de él fue lo callado que había estado durante toda la reunión. Casi demasiado, como un animal al acecho. Alerta, observándolo absolutamente todo, y preparado para atacar en cualquier momento. Le resultó desconcertante. Quizá fueran imaginaciones suyas, pero Erica tenía la sensación de que el piñatero había observado todos y cada uno de sus movimientos durante la reunión.

Sin poder reprimir un estremecimiento de nerviosismo, abrió la puerta y sonrió.

—Señor Garza —dijo, a modo de saludo—. ¿Ha olvidado algo?

Los ojos masculinos, de un color castaño indefinido, casi brillaban, a ella le recordaron las piedras de ojo de tigre que se vendían en las tiendas de recuerdos para turistas.

—Por favor, tutéame. Mi nombre es Tomas.

—De acuerdo, Tomas —dijo ella—. Y yo soy Erica.

Él asintió.

—No he olvidado nada. Sólo quería preguntarte si podías dedicarme unos minutos.

—Me quedan menos de treinta minutos para desalojar la sala —dijo ella, retrocediendo e invitándolo a entrar—, pero pasa. ¿Es por algo relacionado con el festival?

Tomas se frotó las palmas de las manos. En sus ojos había una expresión vagamente hambrienta.

—En realidad, venía a hablarte de algo distinto. Un asunto más personal.

¿Personal? De repente, Erica recordó el guiño que le había dirigido durante la reunión, y se tensó al imaginar el asunto personal al que se refería. ¿Por qué tenía que pasarle lo mismo en casi todos los proyectos? Siempre se preocupaba especialmente de dar una imagen profesional, y lo único que quería era que se tomaran su profesión y su trabajo en serio, y por encima de todo que no la trataran como un objeto de usar y tirar. ¿Era mucho pedir?

Además, detestó tener que reconocer la decepción que acababa de llevarse con el callado piñatero, que no era más que uno más en la larga fila de sujetos que veían el mundo del trabajo como un bar de ligue.

Seria, alzó la barbilla.

—Señor Garza…

Él ladeó la cabeza, y la miró con curiosidad.

—Creía que íbamos a tutearnos.

—Está bien, Tomas. Antes de que digas nada más, quiero dejar perfectamente claro que nunca acepto invitaciones de clientes. Nunca.

Los ojos masculinos se agrandaron, pero casi inmediatamente se arrugaron, divertidos.

—¿Crees que te estoy haciendo proposiciones? —preguntó, con el ceño fruncido—. Oh, por supuesto que sí. Tal y como lo he dicho, desde luego lo parece. Disculpa —la miró a los ojos—. Casi me siento halagado, Erica. Pero no es de ese tipo de asunto personal —le aseguró él, alzando las manos, con las palmas al frente, en un gesto como de rendición—. Sería una impertinencia por mi parte, y siento haberte dado esa impresión.

Erica deseó que se la tragara la tierra. O mejor que se tragara las palabras que acababa de decir. Pero ya no había vuelta atrás. No podía desdecirse, únicamente disculparse.

—Oh, lo siento. De veras. Es que a veces…

—Tranquila —le aseguró él, levantando una mano—. Lo entiendo. Seguro que te pasa continuamente.

—No, no… continuamente —balbuceó ella, sin saber dónde meterse.

Los ojos de Tomas sonreían, pero la boca logró mantener un gesto serio y sincero.

—Estate tranquila, Erica. Conmigo jamás tendrás que preocuparte de eso, te lo aseguro. Prometido.

¿Jamás? Aquella afirmación resultaba aún mucho más humillante. Oh, claro. ¿Cómo se le podía haber pasado por alto? Había estado tan ensimismada pensando en lo joven y guapo que era el piñatero que no se había dado cuenta de que en realidad a él le gustaban…

Qué despiste.

¿Por qué no se había fijado un poco mejor?

Evidentemente, Tomas Garza era gay, y ella lo había acusado de… ¡Qué metedura de pata! Ahora sí que quería morir. No le quedaba más alternativa que tragarse su orgullo y reconocer que se había comportado como una imbécil.

—He venido a solicitar tu ayuda. O mejor dicho, tus servicios —continuó Tomas, no tan incómodo por lo que había ocurrido como ella—. Es una proposición profesional.

—Ah, profesional —repitió ella, esbozando una sonrisa—. Vale, dame un momento para recobrar la compostura. No sé qué decir —frunció los labios y lo miró directamente a los ojos—. Por favor, acepta mis disculpas. Debes de pensar que soy terriblemente arrogante.

—Por supuesto que no —rió Tomas, con amabilidad—. Lo que pienso es que eres una mujer que probablemente tiene que aguantar atenciones no deseadas de muchos hombres. Me hago cargo.

La amabilidad de Tomas la tranquilizó.

—Pero aun con todo, asumir sin más que… bueno, espero que esto no afecte nuestra relación profesional. Créeme —le aseguró ella, poniéndole una mano en el brazo y bajando el tono de voz—, trabajo con muchos hombres gay, y a muchos de ellos los cuento entre mis mejores amigos.

Una expresión de confusión nubló los ojos masculinos por un momento, pero enseguida Tomas sonrió.

—Escucha, no… no te preocupes —dijo, riendo—. Tenía que haberme explicado mejor. ¿Qué te parece si empezamos otra vez desde el principio?

—Me parece una idea fabulosa —dijo ella, aliviada.

Había logrado saltar por el aro encendido sin quemarse.

—Espero que no te importe que siga recogiendo mientras hablamos.

—No, en absoluto. Si quieres, te ayudo.

—Gracias.

Tomas recogió las sillas mientras Erica desconectaba el ordenador y guardaba todos los componentes en su bolsa.

—Háblame de ese trabajo que tienes para mí.

Él levantó la vista y la miró a los ojos.

—Quisiera contratarte para un proyecto especial. Necesito tu experiencia.

Erica ladeó la cabeza.

—¿De qué se trata?

—Mi hija, Hope, tiene catorce años. Dentro de seis meses cumplirá los quince.

¿Hija? Erica parpadeó, tratando de asimilar el nuevo dato en su cerebro, y ver cómo lo hacía encajar en sus impresiones previas: de viejo barrigudo a joven guapo y atractivo, después a homosexual y por fin a padre de una adolescente, todo en cuestión de un par de minutos.

—Aunque me gustaría celebrar su cumpleaños en verano, lo que significa que tengo cinco meses para preparar una fiesta de quinceañera por todo lo alto —continuó él—. Una noche perfecta para una joven muy especial. Ha sido mi sueño desde que nació.

Erica recordó que en algunos países latinoamericanos era tradición celebrar la fiesta de la quinceañera, una especie de puesta de largo para jóvenes adolescentes al cumplir los quince años.

—Sólo que hay un problema —continuó él.

Erica casi no tenía voz.

—¿Qué… qué es?

—Que no tengo ni idea de cómo prepararla, y mi hija no me está dando muchas pistas.

Erica se lo quedó mirando un momento mientras su mente trataba de ponerse al día. Se pasó las manos por el pelo. Necesitaba más información. Necesitaba calmarse. Necesitaba… una copa.

—¿Bien? ¿Qué me dices?

—Un momento, espera —dijo ella, sonriendo—. Aun no me he recuperado del hecho de que tengas una hija, y tan mayor, de quince años.

—Casi.

—Y yo que pensaba que tendrías más o menos mi edad —dijo ella, maravillada.

El cuerpo masculino quedó inmóvil, mientras los ojos la estudiaban alerta, como durante la reunión, con extrema cautela.

—Tengo treinta y un años —dijo él.

—Ah, entonces como yo. Bueno, tres más que yo —dijo Erica, mientras hacía la cuenta para sus adentros. Interesante—. Tu hija fue…

—No un error —la interrumpió él, en un tono implacable que no admitía réplica.

Su mirada de ojo de tigre se endureció.

Ella parpadeó, sorprendida.

—No, no iba a… no me refería a eso.

Aunque no podía imaginarse a un joven de diecisiete años planificando tener un hijo a esa edad. ¿Qué otra cosa podía haber sido sino un error?

Casi como si le hubiera leído el pensamiento, Tomas añadió: