Hora de amar - Sueños del corazón - Lynda Sandoval - E-Book

Hora de amar - Sueños del corazón E-Book

LYNDA SANDOVAL

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Beschreibung

Hora de amar Lynda Sandoval En el instante en que la operadora del centro de emergencias, Lexy Cabrera, oyó la angustiada voz del pequeño de seis años al otro lado del teléfono, supo que era cuestión de vida o muerte. Su papá yacía inconsciente y la situación era desesperada. Juntos, Lexy y el niño consiguieron salvar a Drew Kimball. Y el atractivo viudo estaba a punto de devolverle el favor… Sueños del corazón Nicole Foster La doctora Lia Kerrigan no tenía un remedio para el mal de amores, y eso era lo que suponía querer a Duran Forrester y a su hijo de siete años. Ellos le hacían anhelar cosas que sabía no existían. ¿Pero cómo podía esperar un final feliz para esa relación cuando toda su experiencia pasada le decía que no podría durar? Duran Forrester, por su parte, tenía otras ideas. Si la pediatra se había convertido en la tabla de salvación de su hijo enfermo, quizá también él pudiera encontrar una segunda oportunidad en los brazos de Lia.

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Seitenzahl: 449

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica, S.A.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 431 - febrero 2021

© 2009 Lynda Sandoval

Hora de amar

Título original: Lexy’s Little Matchmaker

© 2009 Annette Chartier-Warren & Danette Fertig-Thompson

Sueños del corazón

Título original: Healing the M.D.’s Heart

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-179-5

Índice

 

Hora de amar

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

 

Un extraño en mi vida

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Epílogo

 

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

DREW se agachó delante del letrero de madera con letras pintadas en blanco y le dio una palmada en el hombro a su hijo. El hombro del pequeño ardía bajo el sol.

—¿Qué pone ahí, compañero?

—Pues… —Ian estudió las palabras mientras fruncía los labios, concentrándose.

Una expresión que a su padre siempre le recordaba a Gina.

—Comienzo de la pista del sendero de los ciervos —dijo el niño mientras arrugaba la nariz en dirección a su padre—. Es una frase muy difícil.

—Muy bien, hijo —Drew se puso en pie y revolvió los dorados cabellos del niño—. Pero una frase sencilla de recordar, ¿verdad?

—Sí —contestó Ian—. Los ciervos van por los senderos.

—Ésa es una buena manera de verlo —Drew se inclinó hacia su hijo—. Si repites la frase tres veces en tu cabeza, tal y como te he enseñado, jamás la olvidarás.

—Ya lo he hecho —Ian lo miró con los ojos entornados y sonrió.

—Buen chico —Drew extendió un brazo y miró su reloj de muñeca—. ¿Listo para sincronizar relojes?

—El mío señala las once y once de la mañana —Ian imitó a su padre y consultó el reloj de plástico de superhéroe.

—El mío también —Drew asintió una vez.

—De acuerdo. Entonces partimos del comienzo de la pista del sendero de los ciervos —anunció Ian con suma reverencia—. Son las once y once. Recuérdalo tú también, papá. Por si acaso.

—Eso es —Drew sonrió y el corazón se le inflamó de amor por su hijo—. Un Kimball nunca está suficientemente preparado. ¿Llevas tu botella de agua y la barrita energética?

—Está todo aquí —Ian señaló con los pulgares hacia su espalda, de la que colgaba una mochila de Batman. Estaba en plena fase de superhéroes. Nada podía lastimar a un superhéroe—. Y la tarjeta especial que le he hecho a mami, también.

—Ése es mi hombrecito —Drew tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para que su rostro no reflejara el dolor que sentía.

—Yo nunca olvidaría algo así.

—No, desde luego que no. Pongámonos en marcha. Nos queda un día muy largo por delante —Drew entornó los ojos ante la cegadora luz del sol—. Y parece que va a hacer calor.

—¿Solías venir por aquí cuando eras pequeño? —Ian tomó a su padre de la mano.

—En efecto —hacía mucho tiempo de aquello—. Con tu abuelo.

—Qué guay —dijo Ian.

Las botas de montaña crujían suavemente sobre el sendero mientras ascendían hacia las Rocosas. A su alrededor, el verano había estallado en miles de colores y la suave brisa que se filtraba entre las ramas de las coníferas recordaba el susurro de un ángel. Los pájaros cantaban sobre las ramas de los árboles y alguna que otra ardilla corría hacia el sotobosque. En una palabra: apacible. Y desgarrador, pero eso ya hubieran sido dos palabras. Aquel ritual, repetido siempre en ese día en particular: el aniversario de la muerte de Gina, resultaba muy doloroso para Drew, pero era importante.

Para Ian.

Drew dejó a un lado su propio dolor.

—Creo que estaremos más cerca de ella en la cima de la montaña, papi —Ian miró hacia la pronunciada pendiente que tenían ante ellos y habló con voz pensativa, a pesar de su determinación.

—Lo estaremos, por supuesto —contestó Drew con dulzura tras concederse un momento para controlar las emociones. Sentía la necesidad de rellenar los huecos de silencio con palabras que facilitaran un poco las cosas—. ¿Ves esas nubes? —preguntó mientras señalaba hacia las blancas nubes que salpicaban el cielo de Colorado, de un intenso azul turquesa.

—Sí.

—Ésa es la parte del cielo que podemos ver desde la tierra.

—¿Allí está mami?

—Sí —Drew se aclaró la garganta—. Y mami siempre te está mirando desde el cielo, ¿sabes? Cuidando de ti.

—¿Y qué pasa contigo?

—Nos cuida a los dos, hijo. Cada vez que mires una de esas nubes, piensa en ella y ten fe.

—Cuando lleguemos arriba estaremos mucho más cerca de ella —insistió Ian con firmeza sin apartar la vista de una algodonosa nube—. Lo sé. Lo presiento.

—Tan cerca que podrás sentir su abrazo —Drew sonrió con melancolía—. Y ella se pondrá muy contenta al ver que la recordamos con alegría, y no con tristeza, en este día.

—Pero es que sí estoy un poco triste —admitió Ian.

—Lo sé, compañero. Y no pasa nada. Yo también lo estoy.

—¿Crees que le gustará mi tarjeta? —Ian golpeó el suelo con la punta de la bota mientras continuaban su camino, y lanzó una piña a varios metros—. Hay una parte que me ha salido mal.

—Le encantará. Y la tarjeta es perfecta.

—Pero ¿cómo llegará hasta el cielo? —preguntó Ian con preocupación mientras dirigía otra mirada a las nubes que parecían tan lejanas—. No lo entiendo.

Drew apretó los puños con fuerza. Un niño de seis años no debería sentir tanta preocupación. Llegado a ese punto, haría cualquier cosa para aliviar la pena de su hijo. Si Ian pensaba que la cima de la montaña le acercaría más a su madre, entonces, por Dios bendito, que subirían hasta allí. No iba a ser él quien destrozara las ilusiones del chico.

—Lo que haremos será dejar la tarjeta allí arriba y, cuando salgan las estrellas, los ángeles bajarán volando y se la llevarán.

—¿En serio?

—Te lo juro.

—Pero ¿cómo sabes tú eso? —Ian miró a su padre con desconfianza.

«Piensa, Drew. Piensa», se dijo a sí mismo mientras se aclaraba la garganta.

—¿Recuerdas la estrella fugaz que te mostré la semana pasada?

—Sí, claro. Pedí un deseo.

—Muy bien. Pues resulta que era un ángel que bajaba en busca de un mensaje para entregárselo en el cielo a la mamá de algún otro niño.

—De acuerdo —asintió Ian tras escudriñar el rostro de su padre en busca de la confirmación de sus palabras—. Pero, papá…

—¿Sí?

—¿Por qué hay tantas mamás en el cielo?

—En el cielo hay muchas personas —la pregunta del niño había sido como un mazazo—, no sólo mamás.

Continuaron la marcha en silencio durante unos minutos, entre sol y sombra, hasta alcanzar la espesura del bosque que creaba un túnel de profundas sombras.

—La echo mucho de menos —Ian dejó caer los brazos a los lados del cuerpo—. ¿Está bien decir algo así?

Drew rodeó los hombros de su hijo con un brazo y lo atrajo hacia sí. Luchaba contra el deseo de abandonar. De rodear a Ian con sus brazos y sucumbir a la pena. Pero a ninguno de los dos les vendría bien algo así.

—Pues claro que sí. Yo también la echo de menos. Pero hoy vamos a divertirnos, ¿de acuerdo? Pasaremos un día como los que le hubieran gustado a mamá.

—De acuerdo —contestó el niño—. No me gusta estar triste.

—A mí tampoco, Ian. A mí tampoco.

Durante unos minutos consiguieron hablar únicamente de los árboles y la naturaleza, sobre las estriaciones de colores de las rocas y lo que ello significaba. Durante unos minutos consiguieron dejar a un lado la pena y disfrutar de un momento entre padre e hijo. «Ya es un progreso», pensó Drew, por pequeño y lento que fuera.

Tras caminar por un camino serpenteante, volvieron a salir a la luz del sol y llegaron a un amplio campo de llamativas flores de color naranja brillante, el color preferido de Gina. Con los ojos brillantes, y feliz por primera vez en varios días, Ian se paró en seco y se giró sobre los talones.

—¡Mira! —exclamó, como si aquello fuera una señal de que iban por el buen camino en su plan para acercarse a mamá.

—Ya las he visto. Son preciosas… como mamá, ¿verdad?

—Sí. ¿Puedo llevarle unas cuantas? ¿Por favor? Las dejaré junto a la tarjeta para que los ángeles estrellas la vean bien.

—Claro, compañero. Lo que tú digas.

Ian se adentró en el campo de flores pletórico de energía y Drew lo siguió hasta el borde. Habría dado cualquier cosa por ayudar a su hijo a regalarle esas flores a su madre en persona. Pero era imposible. Por grande que fuera el hueco producido por su pérdida en la familia, se alegraba de que la batalla contra «la bestia», como ella solía llamarlo, hubiera llegado a su fin. Al menos podía aferrarse a eso. Era un bálsamo para el alma. Lo único que quería era ver a su hijo feliz de nuevo. Costase lo que costase.

Sin más pesadillas.

Sin más depresiones.

Sin volver a mojar la cama.

Un niño de su edad no debería tener esos problemas. Ver a Ian tan despreocupado, corriendo por el campo de flores, del color preferido de Gina, hizo que Drew sintiera un pequeño destello de alegría, tan necesario en el día más triste de todos.

—¡Vamos! —el niño se volvió hacia su padre con los ojos brillantes y despiertos.

—Elígelas tú —contestó Drew mientras sacudía una mano en el aire—. Luego yo haré un ramo con ellas —concluyó, como si fuera un experto en arreglos florales.

Contento con ver a su hijo elegir las flores más hermosas en homenaje a su madre, se sentó sobre una roca que sobresalía a un lado de la extensión de brillantes flores. Los días como aquél le agotaban, emocional y físicamente, hasta la médula. El cumpleaños de Gina, el cumpleaños de Ian, el día de acción de gracias, Navidad, el día de San Valentín, el aniversario de boda…

Días familiares.

Jamás había planeado ser un padre soltero.

Aun así, estaba decidido a hacerlo lo mejor posible, aunque una pequeña parte de él deseara hacerse un ovillo y dejar el mundo fuera hasta que hubiera terminado ese día. Hasta que el dolor hubiera remitido. Hasta que pudiera asumir la lógica de que una madre de veintisiete años pudiera morir, en aquellos tiempos, de diabetes. Había recibido el diagnóstico siendo adolescente, pero jamás lo había aceptado, algo que a él siempre le había desesperado. De inmediato, sintió surgir la familiar sensación de culpa por todas las ocasiones en las que había acusado a Gina de descuidar su salud.

Descuidar. Siempre había odiado discutir sobre ello.

Discusiones a gritos. Lágrimas.

La incuestionable verdad era que Gina había forzado su organismo al límite, empeñada en no permitir que la diabetes controlara su vida. En lugar de controlarla, se había reído de la enfermedad en su cara. Él comprendía sus motivaciones, pero no había resultado bien. Jamás podría haber resultado bien, y eso era lo que le había repetido hasta la saciedad. Ése había sido el motivo de sus discusiones. Discusiones que, al final, no importaron porque, tal y como se había temido, la diabetes ganó y él no fue más que el idiota del marido que discutía con la cabezota y diabética esposa.

Pero todo eso no era más que pasado. Lo que importaba en aquel momento era que era un adulto con un niño a su cargo. Ian sólo tenía cuatro años cuando Gina murió. Drew pensó que algunos de sus zapatos eran más viejos que su hijo. A pesar del testarudo y enervante carácter de Gina, no dejaba de ser la madre de su hijo. Y por eso tenía que mantenerla viva en el recuerdo del niño, costara lo que costara.

Emocionalmente agotado, suspiró y apoyó las manos sobre la caliente y rugosa roca.

Los pinchazos lo atravesaron como pequeñas descargas eléctricas.

Una y otra vez. Y otra vez más.

No había visto a las abejas.

—Maldita sea —agitó las manos antes de ponerse en pie de un salto y empezar a girar en redondo para quitarse las abejas de encima. ¿Cómo había podido ser tan descuidado? Donde hubiera flores, siempre habría abejas. Una sencilla ley de la naturaleza.

Una oleada de calor que ascendía por el brazo desató de inmediato todas las alarmas en su corazón. Los efectos parecían producirse mucho más deprisa que sus habituales reacciones alérgicas, que siempre habían sido muy fuertes. Pero en aquella ocasión… seguramente se debía a la gran cantidad de picaduras.

Mientras intentaba controlar el pánico, inspeccionó el brazo. Contó al menos cinco picaduras, que ya empezaban a inflamarse en un sarpullido que se extendía mucho más allá de los cinco puntitos rojos. El pulso se aceleró alocadamente y sintió el rostro tirante y ardiente. Enseguida reconoció sin lugar a dudas las señales de un inminente choque anafiláctico. Había sido alérgico a la picadura de las abejas desde niño, y en más de una ocasión se había encontrado en peligro de muerte por su causa.

No podía estarle sucediendo.

No ese día.

Tenía que hablar con su hijo antes de que ya no fuera capaz de articular palabra. Necesitaba ayuda. Y la necesitaba enseguida.

—¡Ian! —emitió un grito ahogado mientras tosía porque la garganta empezaba a cerrarse. Maldición. La lengua ya había empezado a hincharse, al igual que la tráquea.

Ian se volvió hacia su padre y se quedó helado, inmediatamente alerta ante la urgencia que reflejaba el tono de voz.

Drew buscó en la mochila el EpiPen, el autoinyector de epinefrina, sin el cual jamás salía de su casa, y se quedó helado…

Estaba vacío. No tenía EpiPen. Se quedó aturdido mientras el terror se extendía en su interior más deprisa que el veneno.

Siempre llevaba su EpiPen.

El pánico se adueñó de sus venas y lo estranguló. No podía respirar. Tembloroso, registró todos los bolsillos. Nada. Vació la mochila sobre el suelo y, lenta y torpemente, inspeccionó el contenido mientras intentaba captar el oxígeno del aire.

Nada.

Unos puntos de luz estallaron ante sus ojos mientras veía a su hijo avanzar hacia él y las flores, cuidadosamente elegidas, caían desparramadas sobre el suelo.

—¡Papi! ¡Papi! ¿Qué te pasa?

Quería tranquilizar a su hijo.

Quería arreglarlo todo.

Pero no podía.

Apenas sin poder respirar, Drew se sentó en el suelo antes de apoyarse contra la roca. Intentaba mantener el brazo afectado hacia el suelo para ralentizar el avance del veneno por su organismo. La piel del rostro y las manos parecía haberse estirado hasta el límite, ardiente y a punto de estallar si se movía o hablaba. Cuando el aterrorizado y confuso rostro del niño apareció ante sus ojos, ya no era capaz de articular muchas palabras. De modo que le recordó a Ian lo más importante:

—Ciervos… sendero.

Intentó en vano conseguir aire mientras la visión se hacía cada vez más borrosa. Lo último que oyó fue a su hijo gritarle que despertara.

 

 

«Las once y once».

«Comienzo de la pista del sendero de los ciervos».

Ian repitió mentalmente las palabras mientras buscaba entre las pertenencias de su padre la inyección que se suponía debía salvarle la vida en caso de ser picado por una abeja. Pero no estaba. ¡No estaba! El corazón le latía con tanta fuerza que lo oía en su cabeza. Tenía la garganta seca e irritada por la respiración agitada.

La inyección no estaba.

Papá siempre le decía, «utiliza la inyección». Pero ¿cómo iba a utilizarla si no la encontraba?

—¡Mamá! —gritó Ian desesperado con los puños apretados mientras miraba la blanca y gruesa nube.

No hubo respuesta.

¿Por qué no le decía algo?

¿No se suponía que estaba ahí arriba cuidándoles?

Se sentía muy solo. Muy asustado. Las lágrimas se escaparon de sus ojos. La brisa ladeó las flores naranjas del campo hacia un lado, y luego hacia el otro. Ya no parecían tan bonitas.

«Las once y once».

«Comienzo de la pista del sendero de los ciervos».

Sin saber qué hacer sin la inyección, reprimió el llanto y sacudió a su padre por los hombros con todas sus fuerzas. No lo despertó, pero el móvil cayó del bolsillo de la camisa justo en el instante en que Ian estaba a punto de sucumbir bajo un ataque de histeria.

El móvil parecía una señal de mamá.

¡Socorro!

Papá no iba a poder ayudarlo. Eso era lo que mamá intentaba decirle. Agarró el teléfono y marcó los tres números tan importantes que se había aprendido de memoria desde que aquel policía había ido a la guardería a hablar con los niños.

Nueve.

Uno.

Uno.

«Por favor, Dios», rezó Ian mientras el teléfono sonaba. «No te lleves también a mi papá al cielo».

 

 

Lexy estaba sentada en su despacho acristalado que dominaba el bullicioso centro de comunicaciones de emergencias de Troublesome Gulch que dirigía. El característico murmullo de las llamadas entrantes al 911 se extendía por toda la sala, al igual que los sonidos de teléfonos, las alarmas dirigidas a las estaciones de bomberos, y los eficientes diálogos de los operadores, a los que ella supervisaba, atendiendo las llamadas, las emergencias y demás.

Familiaridad.

Su mundo.

Pero en aquellos momentos, la mente de Lexy no estaba puesta en el trabajo. Estaba pensativa, quizás incluso melancólica, algo poco habitual en ella. Pero no podía evitarlo, sin saber muy bien por qué se sentía de ese modo. Arrojó el lápiz a un lado y estudió las tres fotos de boda enmarcadas que adornaban una esquina de su escritorio. Sus mejores amigos.

Brody y Faith.

Erin y Nate.

Cagney y Jonas.

Todos ellos supervivientes de la trágica fiesta de graduación doce años atrás. Felices. Resplandecientes. Completos. Junto a sus almas gemelas, al fin, y eso era lo único que había deseado para ellos desde aquella noche de graduación hacía casi trece años. Había dedicado su vida a ayudar a sus amigos a perdonarse y seguir adelante. A eso y a servir a su comunidad a través de una carrera en los servicios de emergencia. Ambas metas constituían una especie de… retribución, y únicamente tras alcanzarlas podría empezar a pensar en hallar el modo de perdonarse a sí misma por provocar todo aquello.

Trabajaba en el centro de comunicaciones desde hacía once años, y le encantaba. Entregarse a la comunidad le permitía conservar la cordura. Y, aunque le había llevado una década, todos sus amigos habían superado el dolor y se habían reconciliado con el pasado, completamente recuperados. Brody y Faith tenían una preciosa niña, Mickie y un hijo de acogida adolescente, Jason. Erin y Nate habían recibido la bendición del pequeño Nate. Cagney y Jonas eran aún unos recién casados, y seguramente estarían en esa etapa durante un buen tiempo. Pero se lo habían merecido de sobra.

Lexy había conseguido todo lo que se había propuesto hacer.

Misión cumplida.

«¿Y ahora qué?», pensó.

Siempre había pensado que tendría una sensación de serenidad, de compleción, del trabajo bien hecho una vez que todas las piezas hubieran encajado. Pero lo que sentía era inquietud e incertidumbre y no sabía por qué, ni qué hacer al respecto. Había estado tan centrada en sus metas que nunca había pensado en el día después. Y, de repente, se encontraba en medio de ese día después, sin saber qué hacer. Cierto que había aumentado las sesiones de rehabilitación con el terapeuta hasta cuatro semanales, tal y como le recordaban sus doloridos músculos, y que se sentía físicamente más fuerte. Emocionalmente, sin embargo, la cosa era distinta.

Necesitaba un nuevo objetivo.

Algo así como… ¿un hobby? Poco convincente.

Una llamada a la puerta la despertó de su ensoñación. Se volvió hacia el sonido y soltó el aire ruidosamente.

—Me has asustado.

—Lo siento —Genean, una de las operadoras más jóvenes, arrugó la nariz—. No pretendía asustarte.

—No pasa nada —Lexy maniobró con destreza la silla de ruedas para mirar a su empleada de frente y sonrió—. Estaba soñando despierta, lo cual, debo reconocer, no forma parte de mis atribuciones —añadió en un tono confidencial.

—Eso sucede hasta en las mejores familias —Genean rió.

—Cierto —Lexy apoyó las manos sobre el regazo—. ¿Qué puedo hacer por ti, Genean?

—¿Puedes sustituirme durante media hora? —la joven señaló la sala de llamadas con el pulgar—. Me olvidé el almuerzo en mi casa y estoy casi segura de que mi maleducado perro ya lo habrá devorado —se encogió de hombros—. He intentado aguantar hasta finalizar mi turno, pero el hambre me está matando.

—Pues claro —Lexy consultó la hora en el enorme reloj de pared y comprobó que eran más de las once. El turno de Genean había empezado a las seis y media de la mañana—. Cielo santo, debes de estar famélica. ¿Por qué no has venido antes?

—Estaba bien hasta hace unos minutos.

—Si tú lo dices. En tu lugar, yo estaría comiéndome los papeles sobre mi mesa. Lexy torció el gesto mientras abría el cajón de su escritorio y extraía unos cascos.

—¿Estás bien?

—Dolorida. Mi terapeuta, Kimberly, ha aumentado la intensidad de las sesiones de rehabilitación con vistas a la temporada de competición —y seguramente por alguna terapia experimental, aunque no lo compartió con su empleada.

—Los terapeutas y los entrenadores personales, son todos malignos si me preguntas —dijo Genean.

—Cierto. Kim es un animal —Lexy se colocó los cascos y se los ajustó—. Hazme un rápido resumen de lo que sucede ahí fuera. Después puedes irte a comer todo el tiempo que quieras. Hoy necesito distraerme atendiendo llamadas —terminó mientras señalaba hacia la puerta.

—Gracias —Genean la precedió—. En cuanto al repaso, no hay mucho que contar. No sucede nada —añadió mirando hacia atrás por encima del hombro—. Un par de problemas médicos sin importancia, un pequeño accidente de tráfico sin heridos. Pero esas llamadas ya han sido atendidas y los teléfonos están silenciosos. Es uno de esos días desesperantemente tranquilos.

Lexy siguió a su empleada por la rampa que comunicaba su despacho con el centro.

—G, ya sabes que jamás hay que pronunciar las palabras «día tranquilo», en voz alta —la reprendió en tono amistoso mientras llegaban al centro de la sala de llamadas—. Es la quintaesencia del mal agüero.

—¡Uy! —desconcertada, Genean se colgó el bolso del hombro y rió mientras sacaba un iPod del cajón—. Lo siento. Se me escapó.

—Galways es gafe —dijo Dane, el otro operador de servicio que estaba al mando de la radio. Tenía la cabeza enterrada en el periódico local. Era mayor que Genean, pero ambos se llevaban muy bien y formaban un excelente equipo—. Atrae las catástrofes. Créeme. Lo sé porque siempre me arrastra con ella todas las malditas veces —se quejó de broma.

—Ja, ja. Eso no es cierto, Dane. Sabes que te encanta trabajar conmigo —ella le hizo un gesto de burla.

—Eso es lo que tú te crees, gafe —él sonrió a Lexy con un brillo malicioso en la mirada—. Jefa, llevo tiempo queriéndote pedir un cambio de turno.

Lexy sonrió y negó con la cabeza.

—Sois demasiado supersticiosos —Genean extendió los brazos—. ¿Qué puede suceder durante la media hora, más o menos, que estaré fuera?

—El segundo mal agüero… y el peor —gruñó Lexy mientras señalaba hacia la puerta de salida—. Márchate. Sal de aquí antes de atraer una maldición sobre toda la ciudad.

—Está bien, está bien, sé cuándo estorbo —Genean pestañeó con aspecto de inocencia—. ¿Os traigo algo?

—Yo paso —dijo Dane mientras hundía nuevamente la nariz en el periódico—. Seguramente la fastidiarías.

Lexy rió con disimulo mientras se colocaba en el puesto y ajustaba la altura del escritorio motorizado para que se ajustara a los brazos de su silla de ruedas. Siempre le había gustado el ambiente familiar entre los operadores. Eran como hermanos que se metían los unos con los otros amistosamente.

—Yo tampoco quiero nada. Me he traído la comida. Pero gracias.

Dane consultó los cinco monitores que controlaba, con la mano apoyada en uno de los cuatro teclados, mientras una unidad médica informaba sobre la marcha del traslado de un paciente al centro médico High Country. Nada urgente. Después siguieron las llamadas de diferentes unidades que entraban de servicio.

Genean saludó con la mano y se marchó. Mientras Dane estaba ocupado comunicándose con las unidades que respondían a las llamadas, la inquietud de Lexy volvió a aparecer como un persistente sarpullido. En contra de sus deseos, buscó en el bolsillo lateral de la silla el estudio científico que el equipo de rehabilitación, dirigido por el doctor Shannon Avolese, le había pedido que leyera.

Tratamiento experimental.

¿Sería posible volver a caminar de nuevo tras todos esos años? Desde luego, no podría caminar sin la ayuda de muletas, o en el mejor de los casos, un bastón, pero eso no le importaba. Ni siquiera le importaba la silla de ruedas. No le impedía hacer nada. Era una mujer independiente.

Aun así… poder caminar sería todo un logro. En aquellos momentos, era capaz de recorrer pequeñas distancias con muletas, pero quedaba agotada. Aun así, se sentía cada vez más fuerte, física y mentalmente. El asunto podría mantenerla distraída. No le haría ningún daño intentarlo, dado que no se sentía especialmente ilusionada con el posible resultado. Era mejor que coleccionar sellos.

Aparte de los tres años que siguieron al accidente, durante los cuales las sesiones de rehabilitación habían sido cotidianas, se había resistido a la idea de recuperar el uso de sus piernas. Pero los tratamientos experimentales habían modificado enormemente las opciones en los últimos años. Decidió darle una oportunidad a la lectura científica, aunque aún no se había decidido a aceptar el reto.

Lo cierto era que, desde el accidente sufrido la noche de la fiesta de graduación, había aceptado sus cambios físicos como un constante y lúgubre recordatorio del dolor que había provocado. No quería olvidarlo jamás. Brody y los demás habían sufrido un leve caso de sentimiento de culpabilidad del superviviente, pero ninguno de ellos había sido realmente culpable de lo ocurrido aquella noche.

Ninguno de ellos, exceptuándose a sí misma.

Lexy sintió un escalofrío y se frotó los brazos.

Incluso después de tantos años, era capaz de cerrar los ojos y revivir el momento exacto en el que, en un acto de irresponsabilidad, había intentado sentarse en el regazo de su novio, Randy, a pesar de que el chico iba conduciendo.

Conocedora de las traicioneras curvas de la carretera.

Sabedora de que todos habían bebido.

Había sido consciente de ello, pero lo había hecho de todos modos.

Había golpeado el volante con la cadera, haciendo que la mano de Randy lo soltara. Jamás olvidaría la expresión de terror que apareció a cámara lenta en el rostro de su novio antes de que se despeñaran por el barranco. Era lo último que veía antes de dormirse, y lo volvía a ver en sus pesadillas, y nuevamente cuando estaba despierta.

Todos los días.

Randy fue consciente de perder el control del todoterreno y, aunque intentó recuperarlo, no pudo. En aquel instante, al ver el pálido rostro, sus miradas se habían fundido, y ella también lo supo. Fue la última expresión que vio en su rostro.

Había sido culpa de ella. De nadie más.

Si pudiera dar marcha atrás.

Pero no podía. Cuatro adolescentes enterrados. No había vuelta atrás.

Considerando los hechos, adaptarse a la pérdida de la utilidad de sus piernas era un precio muy pequeño a pagar por el dolor que había provocado en la comunidad.

Aun así… tras haberse confiado a Rayna, una compañera triatleta, también en silla de ruedas, ésta le había sugerido que, quizás, había llegado el momento de que dejara de castigarse.

«Pero no sé cómo hacerlo».

Pestañeó ante el estudio científico que describía los nuevos tratamientos. Todo el mundo a su alrededor era feliz. A lo mejor podría pensar en lograr un cierto nivel de felicidad para ella misma, costase lo que costase. Sin embargo, no estaba segura de que el tratamiento experimental fuera la clave. No estaba segura de si caminar era la clave. Tendría que abandonar por completo su zona de seguridad, y nada estaba garantizado.

De repente sonó la llamada al 911, rompiendo el silencio. Aliviada por la interrupción, Lexy dejó con gusto los papeles a un lado y apretó el botón rojo sobre el teclado de su teléfono para contestar la llamada. Ya pensaría más tarde en la importante decisión que debía tomar para ayudarse a sí misma. En ese instante, su obligación era ayudar a otra persona. Y eso sí que entraba de lleno en su zona de seguridad.

En marcha.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

TRANQUILA. Fría. Profesional.

—Nueve uno uno, ¿en qué puedo ayudarle?

—¡Socorro! —aulló una voz de niño al otro lado del teléfono. Sus gritos hicieron añicos la calma del día—. ¡Por… por favor ayúdame! Mi papá se muere.

El cuerpo de Lexy se tensó ante la subida de adrenalina, pero consiguió mantener una voz y actitud de calma, producto de sus muchos años de experiencia. Las llamadas de niños eran, al mismo tiempo, las mejores y las peores. Desde luego, sus gritos conmovían a cualquiera, pero sabía que los niños sometidos a presión obedecían las instrucciones que les eran dadas mucho mejor que los adultos.

—De acuerdo. ¿Dónde estás?

—Yo… yo…

Parecía muy pequeño. ¿Y si no conocía la dirección? Lexy echó una ojeada a la pantalla de localización, pero la llamada había sido hecha desde un móvil y, en ese caso no había una situación precisa, simplemente la ubicación de la antena más próxima. Maldición. La ley de Murphy.

—Respira hondo, cariño. Necesito saber dónde estás.

—Esto… Los cier… los ciervos caminan por senderos.

—¿Cómo? —ella pestañeó.

—Comienzo de la pista de la senda de los ciervos. Las once y once —soltó de repente a borbotones—. Siempre lleva su inyección de medicina, pero no la encuentro.

Inyección de medicina. Una senda de alta montaña. La experiencia le sugirió que debía de tratarse de una reacción alérgica. Rápidamente tecleó la desconocida localización en el ordenador y luego le hizo un gesto a Dane para llamar su atención.

El hombre giró la silla. Su jefa le señalaba la pantalla en la que aparecía la dirección facilitada por el niño.

Dane se inclinó hacia delante para leer los datos antes de asentir y desplegar el mapa que guardaba en un cajón. Buscó con el dedo índice la pista que buscaban entre la miríada de pistas de senderismo de alta montaña.

—Cuéntame exactamente qué ha pasado —le dijo Lexy al niño mientras Dane seguía buscando la pista.

—¡No lo sé! Yo está… estaba recogiendo flores. Creo que le han picado un montón de abejas —dijo el niño con voz temblorosa y a punto de llorar—. Está rojo e hinchado y no encuentro la inyección. ¡La he buscado por todas partes!

Lexy respiró hondo para controlar sus propias emociones. Un choque anafiláctico podía provocar la muerte en cuestión de diez minutos. Y aún no sabía dónde estaban exactamente. «Sigue adelante».

—¿Cómo te llamas, cielo?

—Ian —contestó él entre lloriqueos—. Por favor mi… mi mamá murió hoy hace dos años. Por favor, no dejes que mi papá muera también.

La frase fue como un puñetazo. Lexy cerró los ojos con fuerza mientras su estómago daba un vuelco.

—Escucha atentamente, Ian —dijo con autoridad antes de suavizar el tono—. Me llamo Lexy y voy a quedarme contigo, ¿de acuerdo? Voy a ayudarte.

—De… de acuerdo —dijo Ian, aferrándose a la promesa como si se tratara de un salvavidas—. Tengo miedo, Le… Lexy.

—Tienes que ser valiente por tu papá, ¿de acuerdo? Voy a enviar a los paramédicos para que le ayuden. Mientras tanto, tú puedes ayudarme a mí si estás tranquilo y me contestas a algunas preguntas muy importantes. ¿Quieres intentarlo?

—De acuerdo.

—Buen chico. ¿Tu papá está consciente?

—¿Qué?

—¿Está despierto?

—No, y no parece respirar muy bien. Hace unos ruidos… raros.

La alerta roja se disparó dentro de Lexy. ¿Cómo de raros? ¿Raros como la reacción alérgica que ella había supuesto o raros como la respiración agónica instantes antes de la muerte? Podría ser un ataque al corazón.

—¿Ves alguna picadura de abeja sobre tu papá? ¿Bultos rojos?

—Eh… sí. En su brazo. Un montón.

—De acuerdo —Lexy tecleó la información en el ordenador y la guardó—. Dijiste las once y once. ¿Qué es eso de las once y once?

—Nosotros… empezamos a caminar desde el comienzo de la pista del sendero de los ciervos a las once y once. Siempre sincro… sincronizamos nuestros relojes por si pasa algo malo. El todoterreno de papá está aparcado junto al letrero marrón. ¿Ya vienen? ¡Date prisa!

—Les hemos enviado hacia allí. Aguanta.

—Ya lo tengo —dijo Dane con voz ronca mientras golpeaba un punto del mapa con el dedo índice antes de lanzarse sobre el teclado. En cuestión de segundos había introducido la localización exacta en el ordenador, accionado la prealerta y avisado a las unidades más próximas al lugar.

«Gracias a Dios». Lexy miró ansiosamente el marcador de la duración de la llamada. Al parecer, Ian y su padre llevaban diez minutos paseando cuando se había producido la llamada. Debían de estar cerca del comienzo de la pista, pero nadie sabía cuánto tiempo llevaba desvanecido el hombre.

—¿De qué color es vuestro todoterreno, Ian?

—Azul. Es un Ho… Honda.

—¿Y cómo se llama tu papá?

—Drew Kim… Kimball.

—De acuerdo. Muy bien —por el rabillo del ojo, Lexy vio a Dane de pie, a su izquierda. Escuchaba con atención las palabras de su jefa por si en ellas hubiera algún detalle importante que el niño le estuviera contando. Ella señaló las palabras que acababa de escribir en el ordenador: HONDA AZUL, TODOTERRENO, DREW KIMBALL, y le hizo un gesto a Dane para que comprobara el vehículo. Después cubrió el auricular con la mano antes de hablar—: Busca también por Andrew.

—De acuerdo —dijo Dane.

—Quédate conmigo, cariño —ella volvió a dedicar su atención al niño y habló con una voz que no reflejaba la alteración que sentía por dentro—. Lo estás haciendo muy bien.

—De acuerdo. ¿Ya vienen, Lexy?

—Sí, cariño, ya están de camino. Mira a tu alrededor y cuéntame exactamente qué ves en el sendero para que los paramédicos puedan encontraros enseguida.

—Pu… pues… Flores naranjas. Un campo enorme. Nos paramos para recoger unas cuantas para dejarlas en la cima de la montaña y que los ángeles se las llevaran a mamá, porque el naranja era su color favorito —Ian reprimió un sollozo y su voz se hizo más aguda—. Justo donde se acaba el túnel de sombra que hacen los árboles.

—De acuerdo. Flores naranjas. Lo tengo —a pesar del dolor que le provocaba cada palabra del niño, Lexy reprimió su reacción humana, instintivamente simpática. Desgraciadamente, no había tiempo para sentir pena por Ian, no mientras su padre aún estuviera en peligro de muerte.

Tecleó los detalles descritos por el niño y oprimió el botón que los iba a transferir hasta el ordenador de Dane para que éste tuviera toda la información necesaria para informar a las unidades por radio. Posiblemente no disponían de más de diez minutos antes de que Ian perdiera a su padre.

¿Llegarían a tiempo?

No tenía ni idea.

Esa parte escapaba completamente a su control. Sin embargo, necesitaba implicar a Ian en el rescate para que, sucediera lo que sucediera, supiera que había hecho todo lo posible para salvarle. «Sin remordimientos».

—Ian —a Lexy se le ocurrió una idea—. ¿Crees que la inyección podría estar en el todoterreno de tu papá?

—¡No lo sé! —sonó la respuesta agónica y sollozante.

—Ian, cielo, respira hondo. Hazlo por mí —ella hizo una pausa y lo escuchó respirar ruidosamente—. Buen chico. ¿Tienes las llaves de tu papá?

Lo escuchó revolver.

—¡Sí, las tengo! Estaban en su bolsillo.

—Muy bien. ¿Cuánto tardarías en ir corriendo hasta el todoterreno?

—No… no lo sé. ¡Tengo miedo, Lexy! —sollozó con todas sus fuerzas—. ¿Cuándo vienen?

—Cariño, tienes que ser muy valiente. Sé que parece que tardan mucho, pero van todo lo deprisa que pueden. Respira hondo otra vez.

El niño tomó aire entrecortadamente y lo soltó por la boca.

—Muy bien. Y ahora escúchame. Esto es lo más importante. Quiero que corras todo lo deprisa que puedas y busques esa inyección. ¿De acuerdo? Yo me quedaré al teléfono, pero si la llamada se corta, no tengas miedo. Te llamaré en cuanto recupere la señal.

—De… de acuerdo.

—Ian, espera, ¿me escuchas?

—Sí…

—Cuando tengas la inyección, corre de vuelta hasta tu papá. Muy, muy, muy deprisa. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—No hablaré mientras estés corriendo porque no quiero distraerte, pero seguiré aquí por si me necesitas.

—De acuerdo.

Lexy oyó las pisadas del niño golpear el suelo con fuerza mientras corría de vuelta al coche para buscar el EpiPen que, si Dios atendía sus plegarias, se encontraría en el todoterreno.

De vez en cuando se oía la voz jadeante de Ian:

—¿Lexy?

—Estoy aquí.

—No me dejes solo.

—No lo haré.

Por suerte no perdieron la señal en ningún momento. Al fin, tras lo que pareció una eternidad, el niño habló de nuevo.

—¡Ya he llegado!

—Registra el coche, Ian —Lexy soltó un suspiro y se apretó el puente de la nariz con los dedos de la mano—. Respira hondo y mira bien.

Se oyó la puerta abrirse y al niño murmurar para sí mismo mientras lo revolvía todo. Pasaron varios segundos.

—¡Lo tengo! Se cayó al suelo junto al… al… al acelerador.

—Corre, Ian. Corre —Lexy cruzó los dedos—. Corre junto a tu papá y yo te ayudaré a ponerle la inyección.

—Ya… ya sé hacerlo —jadeó el niño con la voz agitada mientras corría—. Papi me enseñó porque ahora él y yo somos un equipo.

—Muy bien. Corre deprisa —«Dios mío», pensó ella.

Mientras la adrenalina le golpeaba con fuerza las sienes, Lexy tamborileaba con un bolígrafo sobre la mesa y su mirada iba del marcador de la duración de la llamada hasta el mapa del GPS que, en otro ordenador, mostraba el avance de los paramédicos que se dirigían hacia el lugar del accidente. Después se concentró en la respiración jadeante del niño y empezó a contar.

«Dentro, fuera. Dentro, fuera. Dentro, fuera».

«Uno, dos. Tres, cuatro. Cinco, seis».

—¿Lexy…?

—Estoy aquí, cielo.

—No me dejes solo.

—No te dejaré.

—He… he vuelto —dijo al fin Ian con voz temblorosa—. Sigue sin despertar. Se ha resbalado de la roca, Lexy. Está tirado en el suelo —a medida que aumentaba el pánico, el tono de voz del niño se hacía más agudo.

—No pasa nada, Ian, todavía puedes ayudarlo —tenía que calmarle un poco para que pudiera actuar con eficacia. Echó otra ojeada al marcador de duración de la llamada: siete minutos. Tragó saliva con dificultad y rezó en silencio—. Escúchame muy atentamente. Abre el paquete y prepara la jeringuilla. ¿Te enseñó tu papá cómo hacerlo?

—Sí. Pue… puedo hacerlo.

—Perfecto. Suelta el teléfono y hazlo. Después recoge otra vez el móvil y avísame cuando estés listo.

—De acuerdo.

El teléfono hizo un ruido al impactar contra el suelo. Ella escuchó rasgarse el envoltorio del paquete. Escuchó la respiración agitada de Ian y su propia sangre que provocaba rítmicos latidos en los oídos.

—Estoy preparado. ¿Lexy? —dijo Ian.

—Estoy aquí. Necesito que seas muy valiente, Ian, porque, cuando yo te diga deberás hundir esa aguja en la pierna de tu papá y sujetarla allí durante diez segundos para que reciba todo el medicamento. Es muy importante. Contaremos los segundos juntos, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —gimoteó el niño.

—Ahora, haz lo que yo te diga. Coloca la punta de la aguja contra el muslo de tu papá y yo contaré hasta tres. A la de tres, deberás hundir la aguja con todas tus fuerzas. Y luego contaremos juntos los diez segundos.

—¿Le va a doler?

—No, cariño, en absoluto. Es más, puede que le salve la vida. Debes ser fuerte. Por tu papá, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—¿Preparado?

—Sí.

—Uno, dos, tres… ¡Adelante, Ian!

—¡Lo he hecho!

—Sujeta la aguja con fuerza, pase lo que pase. Vamos a contar —dijo ella apresuradamente—. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez —contaron juntos.

Nada.

Lexy contuvo la respiración mientras Dane se quedó helado.

Incluso Ian estaba callado.

Un gruñido amortiguado e ininteligible llegó desde el otro lado del teléfono, y Lexy tuvo que enjugarse las lágrimas de alivio mientras presionaba los nudillos contra sus labios para mantener la calma.

—¡Se está despertando, Lexy! ¡Se está despertando!

—Muy bien, Ian —ella tragó saliva varias veces e intentó hablar con calma—. Has hecho un trabajo excelente. Excelente.

—¿Papi? ¡Papi! ¡Despierta!

—Los paramédicos casi han llegado, ¿de acuerdo, Ian? Ellos se harán cargo de todo. Cuidarán muy bien de tu papá.

—¿Ian? —preguntó en un susurro una profunda voz masculina.

Tal y como era de esperar, al oír la voz de su padre, Ian estalló en un llanto histérico y liberador que apenas le permitía respirar.

—Ian, pásale el teléfono a tu papá —dijo Lexy con voz firme y autoritaria—. ¡Ian!

—¿Hola? —sonó una voz tras unos instantes.

—¿Drew Kimball?

—Eh… ¿sí?

—Me llamo Lexy. Le hablo desde el centro de emergencias de Troublesome Gulch.

—Alergia —balbuceó Drew—. Abejas.

—Lo sé. Ian me lo explicó. No intente hablar —ella todavía oía los sollozos de Ian al fondo. Unos sollozos que le partían el corazón—. Intente relajarse sin moverse del sitio. La epinefrina que su hijo le administró le permitirá aguantar. Los paramédicos casi han llegado para ayudarlo. Aguante.

—Sí —contestó él con dificultad—. Está bien, compañero, ven aquí —después hubo una pausa—. ¿Mi hijo está bien? —le preguntó a Lexy.

—Señor Kimball —ella sonrió por primera vez desde que había sonado la llamada—. Ian está mucho más que bien. Acaba de salvarle la vida.

 

 

Lexy permaneció al teléfono hasta que Drew balbuceó que los paramédicos se dirigían por el sendero hacia ellos. Después le deseó buena suerte y presionó la tecla F8 para colgar la llamada.

—Cielos… —emitió un prolongado suspiro y se alisó los cabellos deseando poder deshacerse de toda esa adrenalina—. Hiciste un gran trabajo encontrando el comienzo de la pista tan rápido, Dane.

—Gracias. Tú también, jefa —contestó él con una profunda admiración mientras se secaba el sudor de la frente—. Un gran trabajo con todo. Oí el grito del niño a través de tu auricular cuando contestaste la llamada.

—Estaba aterrado.

—Bueno, pues ha resultado un rescate increíble.

—Y tanto —dijo una voz desde el otro extremo de la sala.

Lexy se volvió y se encontró con tres hombres uniformados que les observaban. La voz había salido del jefe Ken Hayward de los paramédicos. El jefe de policía Bill Bishop y el jefe de bomberos John Dresden estaban a su lado. Los tres tenían un despacho un piso más arriba del centro de emergencias, y los tres tenían una radio sobre sus escritorios.

—Jefes. Vaya. Lo siento. Ni siquiera os he oído entrar —dijo Lexy mientras enarcaba las cejas inquisitivamente hacia Dane.

—Yo tampoco —dijo él.

—No os preocupéis. No quisimos interrumpir. Estuvimos disfrutando del milagro —dijo el jefe Dresden—. Bajamos en cuanto oímos el aviso. Lo habéis hecho increíblemente bien los dos.

—Gracias —dijeron Lexy y Dane al unísono.

—Lexy —el jefe Bishop se acercó hasta ellos y señaló el teléfono—. ¿Cuántos años tendría ese chico?

—No estoy segura. Estaba tan asustado, que no es fácil decirlo. Desde luego era muy joven. Sin duda menor de diez años. Puede que… ¿cinco o seis? Como mucho siete.

—Hiciste un trabajo magnífico con él —dijo el jefe Bishop.

Increíble. Recibir un cumplido como ése de parte del jefe Bishop era de lo más inusual. También era el severo padre de Cagney, la amiga de Lexy. Sin embargo, por Cagney sabía que el hombre había cambiado mucho desde la muerte de su esposa.

—Gracias, jefe —Lexy sonrió sinceramente agradecida—. Aunque, en realidad, el chico es el que tiene más mérito. Y no os perdáis esto: al parecer, hoy se cumple el segundo aniversario de la muerte de su madre.

La última frase arrancó un murmullo generalizado de espanto en la sala.

—¿Conocemos a ese Drew Kimball? —preguntó el jefe Dresden con los ojos entornados—. ¿Es de por aquí? El nombre no me resulta familiar.

—Yo he hablado con él. Es un recién llegado. O más bien un recién recuperado. Al parecer, su familia vivió aquí cuando él era pequeño —contestó el jefe Bishop—. Ha vuelto con su hijo. Y ha abierto un pequeño gimnasio cerca del centro de juventud, en el edificio de la antigua droguería.

—Ah, es verdad.

Lexy había visto el nuevo gimnasio camino de la casa de Cagney. Pero nunca había entrado.

—En cuanto el paciente esté atendido y camino del hospital, deberíamos conseguir toda la información posible sobre el jovencito que llamó —dijo el jefe Hayward tras intercambiar miradas con los otros dos jefes—. A mí me parece el candidato perfecto para recibir el premio al héroe de Troublesome Gulch. Hace tiempo que no tenemos ninguno.

—Ésa es una gran idea —Lexy sentía cómo sus músculos empezaban a relajarse y el corazón volvía a latir con normalidad—. A lo mejor le ayudaría a quitarle dramatismo a este día tan triste para él. Le daría un nuevo recuerdo al que asociar esta fecha.

En ese instante la puerta electrónica sonó y Genean apareció con un par de bolsas de comida para llevar y unas bebidas. Por los cascos se oía la estridente música que salía de su iPod, directa a su cerebro. Se paró en seco y miró una por una a todas las personas allí congregadas antes de arrancarse los cascos de las orejas.

—Vaya. Los tres jefes juntos aquí —abrió los ojos desmesuradamente mientras miraba a Lexy—. ¿Me he metido en algún lío?

—No —Lexy sacudió la cabeza—. Pero debo decir que cuando lanzas un conjuro contra el centro, no lo haces a medias.

—Eh… ¿Exactamente qué me he perdido?

Capítulo 3

 

 

 

 

 

TODAVÍA en el sendero, Drew cerró los ojos y permitió que el gotero de epinefrina y la mascarilla de oxígeno que los paramédicos, cuatro en total, le habían administrado hicieran su efecto y le proporcionaran un alivio físico. Emocionalmente, sin embargo, se sentía agarrotado por el remordimiento paralizante ante su enorme descuido.

La excursión para reforzar lazos con su hijo, la tarjeta para Gina…

El recuerdo de tantas ocasiones en las que había acusado a Gina de descuidar su salud hizo que se sintiera fatal. Imprudente, descuidada… poco importaba cuál de los dos había actuado peor, porque al final era Ian a quien afectaba.

Drew soltó un profundo suspiro que hizo que la mascarilla de oxígeno se empañara. Giró la cabeza hacia un lado sobre la camilla y vio a Ian haciéndole una pregunta a un joven paramédico de cabellos oscuros, antes de que ambos se volvieran para mirarlo. Su hijo tenía los ojos muy abiertos y la expresión en la mirada era aprensiva. Seguramente se debía al hecho de ver a su padre lleno de tubos y con una mascarilla de oxígeno tapándole el rostro. Seguramente le había recordado los últimos días de la vida de Gina, cuando la habían encontrado inconsciente en la casa y habían tenido que llamar a los paramédicos.

Al acercarse Ian, Drew hizo un esfuerzo por sentarse, para demostrarle a su hijo que todo iba bien.

—Quédese quieto, señor Kimball, mientras le estabilizamos —dijo un amable paramédico de cabellos grises que llevaba los brazos tatuados y que parecía estar al mando—. No se quite la mascarilla de oxígeno.

—Necesito… hablar con mi hijo —Drew sacudió una mano en el aire—. Por favor. Sólo un momento.

—Que sea rápido —el hombre lo miró atentamente antes de asentir.

—Hola, compañero —dijo Drew mientras abría los brazos y el joven paramédico levantaba al niño para que pudiera sentarse en el borde de la camilla.

Ian se puso a temblar al fundirse en un abrazo con su padre y las lágrimas empezaron de nuevo a brotar.

—Venga, grandullón. Me pondré bien.

El paramédico le dirigió una amable sonrisa por encima de la cabeza del niño.

—¿Cómo pudiste olvidar la inyección? —Ian levantó la cabeza y miró a su padre con ojos llorosos y, al mismo tiempo, desafiantes—. Siempre dices que nunca se está lo bastante preparado y luego vas y te la dejas en el coche. ¡Te la dejaste!

—Lo sé. Lo hice —Drew sintió una punzada de culpabilidad directa al corazón. No había excusa posible—. Tenía muchas cosas en la cabeza esta mañana. Pensaba en tu mamá y en que quería que pasáramos un buen día. Cometí un grave error. Debería haber tenido más cuidado —hizo una pausa mientras sus ojos reflejaban una súplica—. Lo siento, Ian.

Tras unos segundos, el niño se encogió de hombros. Parecía más pequeño y vulnerable que aquella mañana.

—Está bien. Pero me has asustado. Un montón.

—Lo sé. Pero, mira lo valiente que has sido a pesar de tu miedo. Me has salvado la vida —Drew habló con un tono más ligero—. Eres un superhéroe, como el Batman que llevas en la mochila.

—No quiero ser un superhéroe —Ian sintió un escalofrío—. Sólo te quiero a ti —Ian miró el dibujo grabado en la mochila y una avalancha de emociones se cruzaron por su mente de golpe —¡Papá! ¡No! —exclamó con la voz entrecortada—. ¿Qué pasará con la tarjeta de mamá? Cuando los ángeles bajen esta noche no se la podrán llevar —el pánico se reflejaba en su voz—. Creerá que me he olvidado de ella.

«Maldita sea».

—No, Ian —Drew había albergado la esperanza de que el tema no surgiera—. No creo que ella piense algo así. Ahora mismo nos está viendo desde el cielo. Sabe lo que ha ocurrido —un argumento muy flojo para un niño de seis años, convencido de que estaría más cerca de su mamá en la cima de la montaña.

—¿Cómo sabes tú eso? —gritó Ian.

—Anda, ven aquí —abrazó a su hijo con más fuerza mientras le acariciaba la espalda. Tenía que conseguirlo. De algún modo—. Llevaremos la tarjeta a la cima de la montaña, ¿de acuerdo? A lo mejor hoy no, pero…

—Tiene que ser hoy —el pecho de Ian subía y bajaba con agitación.

Drew apretó los labios. Tenía un gran dilema.

El paramédico más joven se acercó a su superior e intercambiaron unas cuantas palabras. Después, se acercó a Ian.

—Señor Kimball. No quisiera interrumpir…

—Está bien. Me llamo Drew. Por favor.

—Muy bien, Drew —el joven señaló la tarjeta que colgaba de su camisa en la que se leía: «B. Austin»—. Y yo me llamo Brody. Ian me contó lo del ascenso hasta la cima para ver a su mamá —los ojos reflejaban una comprensión que Drew jamás habría esperado encontrar. Brody señaló hacia su jefe con la barbilla—. El jefe dice que te vamos a sacar de aquí en helicóptero desde el aparcamiento hasta el centro médico de High Country lo más rápidamente posible.

—¿En helicóptero? —Ian miró a Brody con los ojos muy abiertos.

—¿Te apetece volar en helicóptero con tu papá, amigo? —el paramédico sonrió al niño.

Ian vibraba de excitación y sus ojos reflejaron una emoción infinitamente más alegre que la que había tenido unos minutos antes—. Sí…

—Doy por hecho que te hará falta el coche cuando te den de alta, Drew —continuó Brody.

—Cierto. No había pensado en ello.

—Sé que no será lo mismo, ni para ti ni para Ian —el paramédico apretó los labios y miró de reojo al niño—, pero da la casualidad de que tengo que hacerle una entrega a los ángeles para un amigo mío que también está en el cielo.

Drew era consciente de que el paramédico se lo estaba inventando sobre la marcha con el único objeto de calmar la angustia de Ian. No era capaz de expresar con palabras lo agradecido que se sentía.

—Me encantaría llevar también la tarjeta para tu mamá mientras tu papá y tú estáis en el helicóptero. Si os parece bien.

—¿Te parece bien, papi? ¿Mamá la recibirá?

—¿Estás seguro? —preguntó Drew mientras miraba al joven fijamente a los ojos.

—Completamente —le aseguró Brody—. De paso, me quedaré con tus llaves y te llevaré el todoterreno al hospital para que no te quedes tirado. Mi equipo puede recogerme allí —miró hacia el hombre de pelo cano—. Ya lo he hablado con mi jefe.

Drew se dejó caer sobre la camilla, completamente agotado. O aliviado. O a lo mejor con una mezcla de ambas cosas.