2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €
No había ni rastro del heredero al trono. Entre tanto, la bella princesa Marie-Claire parecía haberse enamorado de Sebastian LeMarc, un importante aristócrata, y los atentos cuidados que este le dedicaba podrían indicar que él sentía lo mismo... Él la observaba entusiasmado mientras Marie-Claire se divertía con sus hermanas; y ella lo contemplaba anonadada mientras bailaba con otras. ¿Sería su relación lo suficientemente fuerte para hacer frente a los rumores que afirmaban que Sebastian estaba más relacionado con la familia real de lo que todos pensaban?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 179
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Harlequin Books S.A.
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
En busca del heredero, n.º 1695 - octubre 2015
Título original: Of Royal Blood
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español 2002
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-7307-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
LA PRINCESA Marie-Claire de Bergeron, tercera hija de Philippe de Bergeron, rey de St. Michel, una pequeña nación al norte de Francia, se hizo sitio entre sus dos hermanas mayores para poder ver mejor al impresionante Sebastian LeMarc. El señor LeMarc era, a la vez, aristócrata, playboy y hombre de negocios. Marie-Claire se agarró al brazo de sus hermanas y observó fascinada cómo aquel hombre se detenía, de camino al hoyo diecisiete, para firmar un autógrafo a una risueña adolescente.
En St. Michel, Sebastian era toda una celebridad. Un filántropo generoso y un hombre idolatrado por las mujeres que, cuando llegaba, intervenía en todos los eventos.
–¡Está para comérselo! –exclamó Marie-Claire.
–Quita, Marie-Claire –protestó su hermana Lise, recientemente casada–. Me estás agobiando.
Marie-Claire obedeció y se apoyó en Ariane, su hermana mediana, para seguir observando al guapo Sebastian, que estaba hablando con su caddie.
Aquel partido de golf estaba siendo seguido por millones de personas de todo el mundo, a través de los canales deportivos de televisión.
–Se aproxima al... ¡Uy! –dijo uno de los comentaristas terminando la frase con una risa ahogada.
–Parece que Sebastian LeMarc tiene problemas. Su caddie se ha caído –informó el encargado de la retransmisión.
–Es cierto, Frank –corroboró el comentarista que seguía a los jugadores.
–Desde nuestra posición junto al equipo de televisión, nos parece ver que el caddie de LeMarc se ha caído al agua...
–¿Serán los efectos de la juerga de anoche?
Más risas.
–Rob, el caddie de LeMarc es, créanlo o no, el hijo del jardinero del palacio de Bergeron. Eduardo van Groober tiene dieciocho años y el año pasado estuvo en el equipo de golf del instituto. Dice que espera estar algún día a la altura de Tiger Woods.
–Veamos si puede tenerse en pie.
Más risas.
–Creo que se ha distraído.
–Las hijas del rey distraerían al caddie más templado, me temo.
En ese momento, aparecieron en televisión imágenes de Marie-Claire y sus atractivas hermanas.
Marie-Claire observó cómo Eduardo, con la cara roja de vergüenza, agarraba la bolsa con los palos y buscaba el más adecuado.
Sebastian encontró un palo en el suelo y fue hacia el tee, sin hacer caso a Eduardo.
–Frank, parece que Sebastian LeMarc va a utilizar un hierro siete, una excelente elección. Con su poderosa manera de pegar a la bola y su precisión, su próximo golpe hará que su equipo se ponga en cabeza.
Marie-Claire soltó una risita nerviosa, pero cuando un periodista despistado le impidió ver, se puso seria otra vez y volvió a meter la cabeza entre las de sus hermanas.
–Marie-Claire, déjanos en paz –protestó Lise en voz baja–. Tienes el pelo tan lleno de electricidad, que parece que te hubieras electrocutado.
«Y así es como me siento», pensó Marie-Claire viendo a su héroe entre las piernas larguiruchas del periodista. En ese momento, Sebastian estaba ensayando el golpe.
–¡Eh! ¿Qué demonios estás haciendo? –preguntó Ariane cuando Marie-Claire tiró de ella.
–Tratando de... verlo.
Ariane soltó una carcajada.
–Pero si tiene... ¿Cuántos?, ¿veintiocho años, veintinueve?
–Treinta y dos.
–¡Madre mía! Eres demasiado joven para él.
–De eso nada.
–Sí que lo eres. Fíjate, te está mirando.
–Es que nos conocemos.
Lise y Ariane se miraron divertidas.
–¿Desde cuándo?
Marie-Claire pensaba optar por el silencio, pero al ver las expresiones de sus hermanas, cambió de opinión.
–Desde hace cinco años. Yo tenía dieciséis años y tuvimos... un momento.
–¿«Un momento»? –quiso saber Lise.
–¿Dieciséis años? Estás alucinando –aseguró Ariane.
–No. Se acuerda de mí, lo sé.
–¿Qué clase de «momento»? ¿Lo atropellaste mientras aprendías a conducir?
Lise y Ariane, con las cabezas muy juntas, se morían de risa. Marie-Claire las miró con los ojos brillantes.
–Sabe quién soy. Os lo juro.
–Nos conoce a todas porque somos las hijas del rey.
–No digo eso. Tenemos una conexión especial.
Ariane se aclaró la garganta.
–Marie-Claire, siempre has sido una soñadora.
–Lo creáis o no, me lleva en su corazón –Marie-Claire se desentendió de sus escépticas hermanas y se concentró en Sebastian, que en ese momento se volvió y, al verla, le guiñó un ojo–. ¿Lo veis? ¿Lo habéis visto? ¡Me ha guiñado un ojo! –añadió dando un gritito y agarrando a sus hermanas.
Lise levantó la nariz.
–No te estaba guiñando un ojo. Ha sido el sol, seguramente, que le ha hecho cerrarlo.
–Tiene el sol a sus espaldas.
Ariane tuvo que admitir que tenía razón.
–Entonces será que le gusta guiñar el ojo a todas las mocosas del reino. ¿Lo ves? Acaba de guiñar un ojo a Eduardo.
–Y si no me equivoco –puntualizó Lise–, Eduardo también te acaba de guiñar un ojo, Marie-Claire.
–Sí, está claro que a ese chico le gustas, Marie-Claire –dijo Ariane riendo.
–Callaos.
–Marie-Claire van Groober. Suena bien, ¿no crees?
Lise y Ariane soltaron una carcajada e hicieron entrechocar las palmas de sus manos. Marie-Claire decidió no hacerles caso.
«Sebastian... LeMarc.»
«Marie-Claire LeMarc.» Escribió mentalmente las letras del apellido del aristócrata. Durante cinco largos años, él había sido el centro de todas sus fantasías. Se lo había imaginado como el futuro padre de los cuatro hijos que pensaba tener: tres varones y una preciosa niña.
Lo único que tenía que hacer Sebastian era darse cuenta de su presencia, como en aquella noche lejana. Al recordarlo, se ruborizó. Sabía que él también lo recordaba. Tenía que recordarlo. ¿Cómo se iba a olvidar?
Mientras él consideraba su próximo golpe, ella observó el gesto de su labio superior, un gesto que hacía a menudo y que le daba el aspecto de alguien seguro y con sentido del humor. Observó también las arrugas que rodeaban su boca, que aumentaban su encanto; su cabello castaño oscuro, ligeramente plateado en las sienes; la mandíbula cuadrada y masculina que tenía un hoyuelo en el medio; los ojos, de un color azul aterciopelado que recordaban la noche; sus pestañas, densas y largas. De alguna manera, se parecía más a George Clooney que el propio George Clooney.
Alrededor de Marie-Claire, todas las mujeres lo miraban ensimismadas tratando de llamar su atención. Se retocaban el carmín de los labios de vez en cuando y se daban codazos las unas a las otras. Marie-Claire dejó caer los hombros. Quizá sus hermanas tuvieran razón y Sebastian fuera algo mayor para ella. Al fin y al cabo, era un hombre inteligente y con mucha experiencia. ¿Y ella? Bueno, a sus veintiún años, su madurez seguramente dejaba mucho que desear. Era bastante complicado hacerse una mujer independiente estando siempre rodeada de guardaespaldas y de cámaras que la seguían continuamente.
Las flores necesitan espacio y luz para crecer.
En ese momento Sebastian se inclinó y observó su palo con expresión pensativa. Finalmente, asintió mientras miraba al rey Philippe, padre de Marie-Claire, se puso derecho y apretó el tee contra la hierba. Luego puso la pelota encima y separó cuidadosamente los pies. Finalmente, miró hacia el lejano hoyo.
¡Qué emocionante! Hasta la nuca de Sebastian era bonita. Y estaba a punto de llevar al equipo de su padre a la victoria.
Marie-Claire se echó hacia delante y desequilibró a Ariane.
Se oyó un murmullo entre la multitud.
Sebastian cruzó los dedos sobre el mango del palo, hizo un movimiento de prueba y se echó hacia atrás.
–¡Vamos, Sebastian!
Todos oyeron el grito y Marie-Claire se dio cuenta, demasiado tarde, de que había salido de su garganta.
La gente se giró hacia ella y el rey Philippe hizo un gesto expresivo con los ojos.
Eduardo la miró con una sonrisa de oreja a oreja y le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba.
Sus hermanas trataron de disimular su espanto.
–Se supone que no puedes gritar en un partido de golf, tonta –dijo Lise en voz baja.
–No me extraña que Sebastian se haya fijado en ti. Haces cosas absurdas.
Sebastian dio un golpe perfecto. La pelota se detuvo a unos centímetros de la bandera. El público le dio una gran ovación. El rey Philippe y Sebastian se dieron la mano en señal de victoria y los periodistas se acercaron rápidamente con sus cámaras.
A pesar de la multitud, Marie-Claire notó que Sebastian la buscaba otra vez con la mirada y, cuando la localizó, volvió a guiñarle un ojo. Ella se llevó las manos a la cara, que estaba ardiendo.
Poco rato después, sus miradas se encontraron y permanecieron unidas, como lo habían estado a temporadas, durante todos aquellos años.
Entonces los ruidos y los colores se fueron apagando para Marie-Claire. La realidad se desvaneció. Su corazón comenzó a palpitar a toda velocidad y todo empezó a moverse como a cámara lenta.
La luz del sol cayó sobre la cabeza de Sebastian, iluminando su cabello oscuro y rodeándolo de una corona dorada.
Era evidente que Sebastian se acordaba de ella.
Una vez que el torneo había acabado, la gente se fue hacia sus casas con el fin de prepararse para la fiesta que tendría lugar aquella noche en el palacio de Bergeron para celebrar la victoria. Una riada de gente se dirigió hacia el aparcamiento y, poco después, comenzaron a sonar los cláxones y los vítores.
Sebastian LeMarc se volvió hacia su caddie, que en esos momentos estaba buscando con la mirada a Marie-Claire. Con su cara pecosa y su pelo rojo, el chico tenía una expresión que delataba lo enamorado que estaba de ella. Sebastian conocía bien la sensación. Él llevaba observando a la impresionante Marie-Claire hacia cinco años. Lo mismo que la mayoría de los hombres de St. Michel.
Pero esa misma noche iba a dejar de mirarla e iba a pasar a la acción.
Ya tenía veintiún años y, por tanto, era una mujer adulta. Y él tenía la intuición de que su interés por ella era correspondido. Por lo menos, eso esperaba. Era una joven maravillosa, llena de vitalidad y tan guapa por dentro como por fuera.
Y al parecer, Eduardo pensaba lo mismo.
–Es increíble, ¿verdad? –dijo Sebastian dándole una palmada al chico en la espalda.
–Sí, señor. ¡Lo digo de verdad! Yo no... nunca podría... –apartó la vista de Marie-Claire y miró seriamente a Sebastian–. ¿Ha estado alguna vez enamorado, señor LeMarc?
Sebastian agarró la bolsa con los palos que llevaba el delgaducho chaval y se la colgó del hombro.
–Sí.
–¿Qué pasó?
–Nada. Todavía –dijo mezclándose entre la multitud.
Desde su suite, Marie-Claire escuchaba las voces procedentes del salón Cristal, donde iba a celebrarse la fiesta. Apretó la nariz contra la ventana del balcón para ver mejor los coches que llegaban y que se detenían en la zona de aparcamiento.
Por décima vez, se preguntó cuándo llegaría él. Se estiró para descubrir su elegante Peugeot y creyó verlo aparcado en la zona privada. Seguramente, Sebastian estaba ya en la fiesta divirtiéndose y charlando relajadamente. Aunque se esperaban entre doscientos y quinientos invitados, a Marie-Claire solo le importaba uno.
Sebastian LeMarc.
Marie-Claire abrió emocionada la ventana y dejó que entraran la música y la brisa nocturna. Abajo, los jardines que había junto a las murallas estaban iluminados de un modo que les daba un aspecto muy romántico.
Era una noche bastante cálida para comienzos de septiembre. La humedad que reinaba en el ambiente anunciaba que se avecinaba tormenta, lo que casaba perfectamente con los sentimientos que ella encerraba en su pecho.
Se apartó del marco tallado de la ventana y se dirigió hacia el espejo para repasar por última vez su vestido y su maquillaje. Finalmente, decidió que estaba lista y se fue en busca de sus hermanas.
–¿Cómo estoy? –preguntó al llegar a la habitación de Ariane, que estaba ayudando a Lise a ponerse un collar de oro y diamantes alrededor del cuello. Collar que sin duda le habría regalado Wilhelm Rodin, el marido de Lise desde hacía menos de un mes. Las apariencias eran muy importantes para Wilhelm.
Ambas hermanas miraron a Marie-Claire distraídamente.
–Pareces muy mayor esta noche –afirmó Ariane–. ¿Esperas atrapar a Sebastian en un momento de debilidad y agarrarlo por el pelo para llevarlo a tu cueva?
Lise se puso la mano en la boca riéndose, divertida.
–Sí, eso es lo que espero –Marie-Claire hizo una mueca ante la mofa de su hermana–. ¿Algún consejo?
–Sí, mantente alejada de los hombres –respondió Lise.
–¿Y me lo dice una recién casada? –la sonrisa de Marie-Claire se desvaneció y miró preocupada a su hermana Ariane.
–Ya sabes que Wilhelm y yo nunca hemos sido muy románticos –añadió Lise.
–Sí, pero por lo menos creíamos que erais buenos amigos.
Lise se encogió de hombros.
–Se dice que incluso para los amantes, el primer año es el más difícil. Así que imagino que para los amigos tiene que ser... aún peor.
A Marie-Claire le dolieron las palabras de su hermana. Ella no se imaginaba casándose por conveniencia. Tenía suerte de que su padre no la hubiera elegido a ella para hacer una alianza entre St. Michel y Rhineland, porque aunque Wilhelm era un hombre guapo y encantador, no había ni rastro de humanidad en sus profundos ojos marrones.
No eran como los de Sebastian, cuando la miraba y sostenía su mirada a través de una sala llena de gente. Marie-Claire hizo un gesto con la cabeza. Ya pensaría en el matrimonio de Lise en otra ocasión. Aquella noche tenía una cita con el destino.
–¿Y tú no me das ningún consejo? –añadió dirigiéndose a su otra hermana–. ¿Puedes decirme algo para ayudarme en mi misión?
–¿Uno sencillo? No te caigas al suelo, intenta mantener el peinado y cuida tus dientes, si comes. Habla cuando te hable y nunca, nunca, demuestres tus sentimientos. Sé reservada. A los hombres les gusta eso.
–¿Sí? –preguntó Marie-Claire frunciendo el ceño.
Ariane siempre había sido la hermana más práctica. Pero Marie-Claire tenía un espíritu mucho más libre.
–Me voy.
–Pero si no hemos acabado todavía…
–¿Y qué?
–¿No estarás diciendo que estás pensando en bajar tú sola?
–Por favor, Lise... Estamos en el siglo XXI y no tenemos que hacer todo lo que nos ordenen –Marie-Claire abrió la puerta doble y salió al pasillo–. Y no os retraséis u os perderéis lo mejor.
Mientras Sebastian LeMarc observaba a Marie-Claire descender la escalera del espectacular salón Cristal, llamado así por la impresionante lámpara de cristal que colgaba del techo, retrocedió cinco años, a una noche no muy distinta de aquella.
Sus ojos se habían encontrado con los de ella y la vieja llama había prendido en sus entrañas. Y lo mismo había ocurrido durante aquellos últimos cinco años cada vez que se habían mirado a los ojos.
Sí, la primera vez había sido en una noche muy parecida a aquella. Era un dos de septiembre, para ser exactos. El aire también estaba cargado y hacía un calor húmedo. Nubes negras amenazaban en el horizonte y, a lo lejos, se oía de vez en cuando el sonido de un trueno. Los árboles acababan de empezar a convertirse en lo que pronto sería un caleidoscopio de amarillos, dorados, anaranjados y rojos.
Era el momento del día en que el sol arrojaba su última luz sobre las colinas lejanas y un barniz dorado cubría la tierra, convirtiendo las gotas de lluvia en diamantes y las hojas de los árboles en una masa de color vibrante y traslúcida que podría rivalizar con el tesoro de un pirata. Contra el gris del cielo, esos colores cobraban vida de un modo que muy pocos pintores habían podido reflejar en el lienzo.
Sebastian había estado montando a caballo con unos amigos y se había detenido para ver la mágica escena. Sus amigos, parientes del rey y dignatarios que estaban de visita por motivos políticos, no se habían molestado en mirar y habían continuado hasta los establos de palacio.
El aire contenía una sensación extraña.
Pero no sabía por qué. Sebastian no era capaz de explicar la procedencia de la inquietud que sentía. Quizá era por el cambio de estación, por la melancolía de decir adiós a una época soleada y prepararse para pasar varios meses junto al fuego.
O quizá fuera porque le faltaban solo tres años para cumplir los treinta. Una edad en la que la gente solía empezar a buscar cierta estabilidad. Una edad en la que los hombres como él solían casarse o pensaban en contribuir a la sociedad de una manera distinta y no simplemente cazando con sus amigos de la aristocracia, a la que pertenecía desde la cuna.
Sebastian había permanecido en su montura pensando en su universo particular mientras el sol descendía detrás de unas colinas distantes y las sombras crecían.
Y entonces, justo cuando iba a recogerse para la noche, vio que un jinete salía del establo más alejado, dentro del recinto de los establos reales. El jinete cruzó el jardín sobre su caballo y se dirigió hacia el bosque que había a un kilómetro de la línea de los establos.
Sebastian observó la escena. ¿Dónde podía ir aquel muchacho a esas horas? A menos que sus intenciones no fueran buenas.
Sebastian obligó a su caballo a que diera media vuelta y salió detrás del muchacho.
El viento soplaba en sus oídos mientras él, agachado sobre el caballo, seguía al chico por las colinas que rodeaban St. Michel hacia los límites de un bosque cercano. Se decía que en aquel bosque todavía había dragones y un grupo de hadas. Bueno, Sebastian no sabía si era cierto, pero cuando alcanzara al muchacho, quizá a él mismo le saldría fuego por la boca, como si fuera un dragón.
Cuando llegó al bosque, tuvo que aminorar la marcha para elegir bien el camino entre las ramas bajas. Oía al muchacho avanzar delante de él y más allá pudo oír una corriente de agua. Era una poza propiedad del rey.
Seguramente el chico era un cazador furtivo, pensó Sebastian. Así que, apretando los labios y decidido, continuó tratando de no delatarse. Iba muy despacio y la oscuridad era cada vez mayor entre los árboles.
De repente, el cielo pareció abrirse y notó cómo empezaban a caer las primeras gotas de lluvia. Obligando a su caballo a que continuara, se adentró entre las ramas y vio una imagen que le cortó la respiración.
No era un chico quien estaba sobre una roca, quitándose la ropa.
No.
¡Era una muchacha!
Había atado el caballo a un árbol cercano a la orilla del agua, un poco más abajo de donde estaba ella, cuyo cuerpo se recortaba contra un fondo de ramas de abeto. El sol le llegaba por detrás y sus rayos arrojaban sobre ella una serie de brillos caprichosos que le daban un aspecto mágico.
Incapaz de apartar los ojos de ella, Sebastian la observó mientras se quitaba la blusa y los pantalones, dejándolos amontonados en el suelo.
Luego, cubierta únicamente por dos prendas diminutas de encaje, que no dejaban nada a la imaginación, se quedó mirando el modo en que los rayos del sol formaban dibujos dorados sobre la superficie del agua.
Sebastian la contemplaba fascinado. ¿Quién sería aquella mujer? No era una persona que ayudara en el establo, estaba seguro, ya que nunca contrataban mujeres para ese trabajo en concreto.
Su cuerpo era delgado y esbelto, pero a la vez tenía las curvas adecuadas. Sus piernas eran torneadas y musculosas, evidentemente por haber montado a caballo durante años. Y su cabello era brillante y dorado.
Sebastian sabía que probablemente no debería estar allí mirándola de esa manera, cuando ella creía que se encontraba a solas. Pero por otro lado, ella tampoco tendría que estar allí casi de noche. No era seguro. A una mujer que fuera a nadar sola por la noche le podía pasar cualquier cosa.
Así que decidió quedarse, por si ella lo necesitaba. Entonces la vio acercarse al borde de la roca sobre la que estaba. Se quedó un rato observando la superficie oscura del agua que tenía debajo y luego, como a cámara lenta, se balanceó sobre sus pies, se agachó y usando la roca como trampolín, se arqueó sobre el agua y ejecutó un salto perfecto.
Al verla desaparecer bajo el agua, Sebastian se sintió como si fuera una pelota de golf que se hubiera metido en el agujero. Cuando las ondas del agua se calmaron, él empezó a preocuparse. ¿Dónde demonios estaba? Debía salir cuanto antes.
Sebastian se quedó mirando el lugar exacto por donde debía aparecer, preparado para saltar. Esperó otros tres segundos, cuatro...
La muchacha estaba en peligro. Seguramente se había golpeado con una roca o quizá se le había enganchado el pelo en alguna rama bajo el agua.
Se bajó del caballo y corrió hacia el agua. Justo cuando llegaba a la orilla de la poza, ella emergió de entre las aguas como un ave fénix. Su risa contagiosa se oyó como una campana mientras se quitaba el sujetador y las braguitas y los lanzaba por encima de su cabeza hacia la arena.
Sebastian solo pudo quedarse allí, observando. Su corazón palpitaba a toda velocidad y no sabía si regañarla por haberlo asustado o besarla porque estaba viva.
Era una muchacha preciosa.
Había conocido a muchas mujeres guapas y ricas, pero siempre lo aburrían. Las aristócratas eran muy sosas. Eran mujeres vulgares, siempre en busca de su trofeo particular, que no era otra cosa que un marido.
