2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €
"Enhorabuena, Cynthia Noble, acaba usted de heredar una propiedad valorada en millones de dólares. ¿Qué va a hacer con tan repentina fortuna?" Heredar la casa de su antiguo jefe fue un verdadero milagro para aquella modesta estudiante, pero el regalo tenía un precio llamado Rick Wingate. Su familia era la heredera legítima de la nueva propiedad de Cynthia y él estaba convencido de Cynthia no tramaba nada bueno. Ella sabía que debía considerarlo su enemigo, pero solo podía ver en él a un hombre empeñado en proteger a su familia, un hombre que con rozarla le provocaba escalofríos por todo el cuerpo. De pronto, ninguna herencia le parecía tan valiosa como la posibilidad de convertirse en la cenicienta de Rick...
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 142
Veröffentlichungsjahr: 2014
Editado por Harlequin Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Carolyn Suzanne Pizzuti
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
Una herencia para compartir, n.º 1786 - agosto 2014
Título original: The Cinderella Inheritance
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-4704-0
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Portadilla
Créditos
Sumário
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Publicidad
Cynthia Noble observó a su prometido, Graham Wingate, a través del ramo de lirios blancos. Estaba coqueteando con la abogada, una rubia guapísima de cuerpo escultural.
¡Y en el funeral de su abuelo!
Cynthia suspiró.
¿Maduraría Graham algún día?
Cynthia se masajeó las sienes. Conociéndolo, seguramente, no. Sus dotes de seductor eran parte de su encanto y una de las cosas que, de hecho, a ella la habían atraído en un principio. Era carismático, listo, trabajador, guapo, divertido y buen amante.
Todo menos fiel.
Y eso se estaba convirtiendo en un problema.
Cynthia se acercó a los ventanales de la mansión que los Wingate tenían en Seattle Heights y fue dando las gracias y despidiéndose de las personas que se habían acercado hasta allí para presentar sus condolencias por la muerte de Alfred Wingate, un hombre que en vida había sido millonario, filántropo y encantador.
Katherine, la madre de Graham y nuera del fallecido, estaba demasiado afectada como para ejercer de anfitriona.
Como Cynthia consideraba que, hasta que terminara aquel día, seguía siendo la secretaria personal de Alfred, tomó aire y siguió adelante.
—Muchas gracias por haber venido, señora Meier —dijo estrechando la mano de la heredera de un enorme emporio de peppermint.
—No habría faltado por nada del mundo —contestó la señora—. Alfred Wingate era un hombre muy guapo de joven, ¿sabes? Solía pretenderme antes de casarse con Jayne.
—Su mujer se llamaba Elaine —la corrigió Cynthia.
—Gracias, cielo, pero me llamo Martha.
Cynthia sonrió con paciencia y le abrió la puerta. El viento procedente del lago Washington soplaba con fuerza y el cielo estaba negro. Se avecinaba tormenta.
Continuó despidiendo al distinguido círculo de amigos de los Wingate mientras veía que Graham y su nueva «amiga» se lo estaban pasando muy bien.
La tenía acorralada contra la pared y se estaban riendo.
Menos mal que quedaba poco para que todo aquello terminara.
Todo.
Llevaba un mes trabajando sin parar para dejar los papeles de Alfred en orden y quedaban pocas horas para poner punto final.
Pronto, se encontraría sola ante el mundo. La idea le gustaba y le daba miedo a la vez. Ya no podía aguantar más el comportamiento de Graham, así que había decidido romper su compromiso aquel mismo día.
Suspiró al ver que seguía coqueteando con la abogada. No creyó que le fuera a importar mucho que lo dejara, la verdad.
Seguro que le costaba mucho más a ella rehacer su vida.
Daba igual.
Tenía la universidad, su nuevo trabajo de media jornada y... a su perra. Se mordió el labio inferior. Lo que más deseaba en la vida era tener a alguien con quien compartir un amor tan bonito como el que se decía que habían compartido sus padres.
Por fin, los últimos invitados se fueron con palabras emocionadas que la pusieron al borde de las lágrimas. Perder a Alfred había sido para ella mucho más que perder a su jefe. Había perdido, además, a su mentor, a su familia.
Cuando la puerta se cerró, un miembro del despacho de abogados llamó la atención de los pocos presentes golpeando con un cuchillo en una copa de vino.
—Damas y caballeros, ha llegado el momento de proceder a la lectura del testamento. ¿Les importaría pasar a la biblioteca, por favor?
Mientras los abogados sacaban los documentos, varios parientes lejanos y amigos interesados del fallecido observaban los cuadros y comentaban lo buena persona que era Alfred. Estaba claro que todos esperaban que se hubiera acordado de ellos a la hora de repartir su fortuna.
—Alfred era un hombre fabuloso.
—Un filántropo.
—Un mecenas.
—Un hombre generoso.
—Y cariñoso.
—Un verdadero santo.
Cynthia frunció el ceño. ¿Dónde habían estado todas aquellas personas cuando el generoso, cariñoso y santo había estado enfermo a lo largo de un año? A excepción de los padres de Graham y ella misma, nadie iba a verlo. Se había quedado solo en aquella mansión de la colina.
Tragó saliva y se sentó en una silla al fondo de la estancia. Graham llegó oliendo a perfume y, acalorado, se sentó a su lado y le tomó la mano. Lo que más le gustaba de él era su familia.
Empezando por Alfred y siguiendo por Harrison y Katherine.
Hizo un esfuerzo para no ponerse a llorar cuando pensó en lo mucho que los iba a echar de menos. A todos, menos a su hermano mayor, Rick. No lo conocía en persona porque siempre estaba viajando, pero no había ido a ver a su abuelo ni una vez durante toda su enfermedad y no había acudido tampoco a su funeral, así que no merecía la pena.
Rick Wingate dejó la maleta sobre el suelo de mármol de la mansión de su abuelo y cerró la puerta. La tormenta era inminente y dio gracias por que su vuelo hubiera podido aterrizar antes de que cerraran el aeropuerto.
Sorprendentemente, en el vestíbulo no había nadie. Reinaba el silencio. No estaba ni el servicio aunque olía a café recién hecho.
Se pasó los dedos por el pelo, que llevaba un poco más largo de lo normal. Si no hubiera sido por culpa del tiempo que le había hecho perder el anterior avión habría podido llegar el funeral de su abuelo y a la recepción que se había celebrado en honor del hombre que más había influido en su vida.
Suspiró y se metió la camisa por los vaqueros para estar un poco presentable.
Oyó voces en la biblioteca y supuso que estarían leyendo el testamento. Entró en silencio y observó a un abogado alto y serio situado ante un majestuoso retrato de Alfred.
—Gracias a todos los presentes por haber venido. Sé que es un día muy duro para todos...
Se sentó sin hacer ruido y observó a los presentes, que asentían y se llevaban los pañuelos a los ojos. Maldijo en silencio. A excepción de sus padres, todos los demás estaban allí solo por el dinero y no habrían visto a su abuelo en años.
No era que el fuese el más indicado para hablar, la verdad, porque la última vez que lo había visto había sido en las Navidades de hacía dos años, pero, al menos, no estaba allí para ver si le había dejado algo en el testamento.
—... su generosidad. Por eso, es una pena tener que proceder a la división de sus efectos y bienes...
Rick miró a su madre, que tenía la cabeza apoyada en el hombro de su marido. Estaba más pálida que de costumbre. Al ver a su hijo, sonrió y lo saludó, haciéndole una seña para que fuera a verlo cuando hubiera finalizado la lectura. Rick sabía que sus padres querían de verdad al abuelo y que lo iban a echar de menos.
No como su hermano, que, por la cara que tenía, ya estaba calculando lo que iba a heredar y cómo gastarlo.
—... vamos a comenzar con las acciones... —dijo el abogado ajustándose las gafas—. A mi hijo Harrison, le dejo quinientas mil acciones de Systems Points West...
Rick observó a la llorosa belleza que estaba agarrada a la mano de su hermano. No la conocía más que por las fotos que le había enviado su madre.
—... doscientas cincuenta mil acciones para repartir a partes iguales entre mis sobrinos Roger, Theodore y Bradley...
Como todas las novias que había tenido Graham, era una auténtica belleza. Resultaba mucho más guapa al natural que en fotografía. Tenía el pelo castaño claro y lo llevaba recogido, no como las rubias desmelenadas que le solían gustar a su hermano. Además, llevaba un camafeo en el cuello e iba vestida de forma elegante y sobria.
Rick frunció el ceño. Qué extraño.
Se deleitó en sus larguísimas piernas. Debía de llevar un buen rato mirándola porque la chica se había dado cuenta y le estaba devolviendo la mirada.
Rick quedó prendado de sus ojos. Eran de un azul que rayaba en el blanco. Increíbles. Eran los ojos más grandes y bonitos que había visto en su vida. Aquella mujer era memorable.
Cómo había podido soportar los devaneos de su hermano durante un año era un misterio. Supuso que por dinero. De lo contrario, ya lo habría dejado.
Como todas las demás.
—... a mi nuera, Katherine, a la que adoro, le dejo mi transatlántico...
Rick apartó una hoja de la palmera que tenía delante para poder observar bien el precioso perfil de Cynthia. Qué raro, por una vez, la novia y futura esposa de su hermano parecía distinguida y con clase, todo lo contrario a lo que cabía esperar en una cazafortunas.
«De todo hay en la viña del Señor», pensó con mofa.
—... a partes iguales entre mis nietos, Richard y Graham Wingate.
Rick se preguntó qué sería lo que acababa de heredar, pero le dio igual. Estaba acostumbrado a mantenerse con lo que ganaba trabajando. Se enorgullecía de ser el independiente de la familia, el que sabía que en la vida había algo más que desayunar croissants y té.
—... ahora pasamos a las posesiones inmobiliarias —dijo el abogado rebuscando entre sus papeles, carraspeando y mirando a los presentes—. A mi futura nieta, Cynthia Noble, le dejo la mansión Wingate...
Se oyeron exclamaciones y se hizo el silencio.
—Las tierras que la rodean, el personal que trabaja en ella, los muebles y todo su contenido, incluidos los cuadros, las esculturas, los coches, los edificios colindantes, la flora, la fauna, etc., junto con un fondo para el mantenimiento de la misma —añadió el abogado frunciendo el ceño, como si supiera que aquello no iba a caer bien.
Rick se apoyó en la pared para observar las reacciones de la gente.
Varios ojos entornados se volvieron con miradas acusadoras hacia la aludida, que no se había enterado de nada porque se estaba sonando la nariz.
—¿Por qué? —comentó una prima lejana de aire prepotente—. Si no es ni de la familia.
—Todavía —contestó otra.
—¿Quién es? Si fuera de buen familia, lo sabríamos, ¿no? —preguntó una solterona.
—Bueno, con lo guapa que es, no es difícil dilucidar por qué le ha dejado Alfred la casa —concluyó otra de las arpías.
—Alfred estaba hecho un viejo demente al final.
—Había perdido la cabeza.
—Creo que bebía.
—Mira que acabar sus días encaprichado de una jovencita...
Rick miró a Cynthia, que estaba llorando a lágrima viva sin aparentemente haberse percatado de la animosidad que habían originado las palabras del abogado hacia ella. Era una buena actriz, desde luego.
Graham le apretó la mano con una sonrisa de oreja a oreja.
—Te ha dejado la casa —le dijo.
—¿Qué casa? —contestó ella.
—Esta.
—¿Qué? —dijo Cynthia con la boca abierta.
Katherine tuvo que tomarse dos pastillas allí mismo y Harrison no acertaba a pronunciar palabra.
Ambos se giraron hacia ellos y le sonrieron nerviosos.
—No te ofendas, cariño —dijo la madre de Rick—, pero contábamos con que la casa iba a ser para nosotros.
—No sé qué decir —dijo Cynthia pálida como los lirios blancos que adornaban la estancia.
—¿Qué tal «gracias»? —dijo Rick poniéndose en pie—. Eres rica.
Cynthia lo miró y a él le pareció percibir dolor en sus ojos. No, sería parte de la actuación. Al igual que su hermano, Cynthia debía de estar ya calculando exactamente cuánto poseía.
—No creo que un juez estuviera muy de acuerdo con esto —protestó Harrison levemente—. Al fin y al cabo, no podemos estar seguros de que tu relación con Graham vaya a durar —añadió sonriendo nervioso y mirando a Cynthia—. Si algún día os separarais, la casa quedaría en manos de una persona que no es de la familia. No quiero decir con esto que no te consideremos de la familia, sabes que sí, cariño, pero supongo que entenderás nuestra preocupación.
Cynthia miró a Harrison y asintió.
El abogado se tocó el nudo de la corbata.
—Lo cierto, Harrison, es que Alfred insistió y remarcó una y otra vez que la mansión Wingate debía ser para Cynthia y no para sus familiares. Tenía sus razones y quería que las respetarais. De hecho... —se interrumpió para buscar un documento—, me gustaría que quedara claro que en el testamento se estipula que si Cynthia decide no aceptarla, la casa y todo su contenido se donará a la asociación de beneficencia que elija.
—¿Qué? —tartamudeó Katherine—. ¿Cómo?
El abogado le entregó una copia del testamento.
—Lo siento —dijo—. Cynthia, quiero que sepa que, aunque quisiera devolverle la casa a la familia, no podría. El testamento lo dice claramente y créame que sé lo que digo porque lo redacté yo.
Rick observó a Cynthia, que apoyó los codos en las rodillas y se tapó la cara con ambas manos.
Magnífica representación, desde luego.
Debía de estar riéndose a carcajadas.
—Perdón —sonrió Cynthia poniéndose entre su prometido y la voluptuosa abogada rubia—. No tardaré mucho en devolvérselo, será solo un momento —añadió agarrando a Graham del brazo con resolución y conduciéndolo al vestíbulo.
—Tenemos que hablar.
—Desde luego —sonrió Graham abrazándola—. Enhorabuena por habernos conseguido la casa, muñeca. Lo has hecho muy bien.
—¿Cómo? —dijo Cynthia mirándolo fijamente—. ¿Crees que he hecho algo para propiciar esta situación?
¿Creía que había pasado tanto tiempo con su abuelo buscando algo así?
—Eh...
—¿Eso que tienes en el cuello es pintalabios?
—Eh...
—Ay, Graham —suspiró Cynthia—. Da igual, escucha —añadió contando hasta diez antes de seguir—. Creo que ha llegado el momento de romper nuestro compromiso.
—¿Cómo? Pero yo...
—No te hagas el sorprendido. Llevas meses ligando con todas las mujeres que se cruzan en tu camino.
—¿Lo dices por esta? —dijo Graham señalando con el pulgar hacia atrás—. Solo es entretenimiento.
—Ya lo sé y por respeto a tu abuelo lo he tolerado porque le hacía feliz pensar que iba a ser parte de su familia cuando me casara contigo. Ahora que él falta, debemos aceptar el hecho de que no nos vamos a casar.
—¿Quieres decir que, ahora que se ha muerto, vas a agarrar el dinero y a salir corriendo? —le reprochó al tiempo que sonaba We’re in the Money, la melodía de su teléfono móvil—. Graham Wingate al habla.
Cynthia le tiró de la manga.
—Eso no fue así. Nunca he sabido que estuviera incluida en el testamento —murmuró.
Graham tapó el auricular.
—Sí, ¿te importa que hablemos luego de todo esto?
—¡No, vamos a hablar ahora mismo! —exclamó arrebatándole el teléfono—. El señor Wingate lo llamará más tarde. Adiós —dijo colgando.
Graham le dedicó una mirada que Cynthia no había visto nunca. Sin duda, la misma que provocaba el terror entre sus socios y clientes.
—Cynthia, no es el momento de tomar una decisión tan importante. Además, esta casa es tan mía como tuya.
—Solo si nos casamos, y siento decirte que eso no va a ocurrir ni aunque me pongas una pistola en la cabeza.
—Cynthia, de repente te has vuelto muy egoísta.
Volvió a sonar el teléfono.
—Sí, un momento —contestó—. Sabes que mis padres se van a morir del disgusto. Te adoran.
Claro, ellos la adoraban. ¿Y él? Cynthia apretó los dientes.
Ambos miraron hacia la biblioteca, donde Harrison y Katherine conversaban con el abogado acaloradamente.
—Lo entenderán —apuntó Cynthia—. Acabarán entendiéndolo —insistió rezando para que así fuera.
—No creo —dijo Graham—. Esta casa lleva más de un siglo en la familia. Es nuestro bastión y símbolo más visible. ¡Y ahora resulta que nos la vas a robar!
Cynthia lo miró muy seria. ¿De verdad se iba a casar con aquel bestia?
—Perdone por la espera —continuó Graham mirando el reloj—. Sí, ¿esta noche?... En Boston, sí, no hay problema. ¿A qué hora es el vuelo?
—¡No cuentes con irte a Boston ni a ningún otro sitio hasta que no hayamos dejado esto bien claro! —estalló Cynthia.
En ese momento, sintió una mirada sobre ella y se giró para encontrarse con el hombre que Katherine le había presentado como el hermano mayor de su prometido, Rick.
Los estaba mirando con curiosidad.
Había sido él el descarado que le había dicho aquello de que diera las gracias por ser rica, ¿no?
Le sonrió con ferocidad para dejarle claro que se metiera en sus asuntos y él tuvo la insolencia de sonreír también.
¿Cómo era posible que unos padres tan encantadores tuvieran dos hijos tan horribles?
Cuando conoció a Graham, le cayó bien desde el principio porque era un adulador, pero Rick no le podía haber caído peor.
Estaba claro por cómo la miraba que ya la había juzgado. Para él, debía de ser una cazafortunas que iba detrás de su hermano por el dinero y que, de paso, le había arrebatado la casa a la familia.
