En mi oscuridad - Jacob Cabrera Alberto - E-Book

En mi oscuridad E-Book

Jacob Cabrera Alberto

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Beschreibung

¿Te imaginas asistiendo a una exposición macabra repleta de cadáveres? No es apta para todos los estómagos, pero seguro que disfrutas de los escalofríos que van recorriendo tu cuerpo mientras lees estas páginas llenas de terror y horrores. Tal vez prefieras adentrarte en una casa donde hace mucho tiempo alguien se ahorcó y desentrañar el misterio al mismo tiempo que el protagonista del relato. O puede que sea mejor averiguar quiénes vivieron antes en tu domicilio actual; solo por si acaso. ¿Y qué me dices de vivir una Noche de San Juan inolvidable? En estos relatos de terror y misterio encontrarás mil y un motivos para enfrentarte a tus miedos más profundos. La fantasía como antídoto contra la horrible realidad. Historias de misterio que pudieron ser verdad y que te atraparán desde la primera página. Harás frente a la inquietud, al desasosiego, a la angustia porque no podrás parar de leer hasta llegar al final. Allí es donde encontrarás la verdad.

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Seitenzahl: 274

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Jacob Cabrera Alberto

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-145-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para ti, Ian.

Lo eres todo para mí...

.

«Incluso en las historias más

bonitas y maravillosas,

hay algo de terror en ellas».

Prólogo

«El cuento de horror es tan antiguo como el pensamiento y el habla humanos» Esta cita pertenece al maestro de la literatura de terror H. P. Lovecraft. Y el otro gran maestro del terror, Stephen King, afirma que «inventamos horrores para ayudar a hacer frente a los reales». De esta manera utilizamos la fantasía para enfrentarnos al miedo, a la oscuridad, al horror. Y fantasía, miedo y horror es lo que encontramos en estas páginas.

En mi oscuridad aporta esa luz que necesitamos para seguir el camino entre las tinieblas, a pesar de los miedos, a pesar de los horrores, a pesar de lo incomprensible. Los relatos de terror y misterio nos harán disfrutar de ese placer que supone recrearse en el horror, en lo que tememos, en lo que no comprendemos. Un placer culpable y prohibido al que muchas veces no nos atrevemos a mirar de frente. Pero los misterios están ahí, los horrores y los miedos están ahí, al otro lado de la oscuridad.

Una exposición de cadáveres, una casa del ahorcado, un hogar con inquilinos funestos y una Noche de San Juan dan lugar a estas historias de terror y misterio que se adentran en la oscuridad. Relatos fantásticos, inquietantes, seductores, relatos que estremecen, que angustian… prepárate, lector, para vivir intensamente las escalofriantes historias que aquí se presentan. El relato no te dejará indiferente.

LA EXPOSICIÓN

—Buenas días, señor Figueroa. —Saludó el doctor estrechándole la mano—. Encantado de poder recibirlos, soy el doctor Comas. —Hizo un gesto con la mano para que pasaran dentro.

El recibidor no era gran cosa, había un mostrador donde una recepcionista estaba sentada frente al ordenador, estaba hablando por teléfono y apuntando algo en una agenda.

—Doctor, le presento a mi esposa Verónica. —Hizo un gesto con la mano señalándola.

El doctor le estrechó la mano y le hizo un gesto con la cabeza de arriba a abajo en forma de saludo.

—Y este es mi hijo Román.

—Encantado, Román. —Le estrechó la mano y después le revolvió un poco el pelo—. ¿Qué edad tienes? —le preguntó mientras le quitaba la mano de la cabeza. Le había dejado un poco revuelto el pelo.

—Tengo doce años, señor —contestó tímidamente.

—Bien, entonces no habrá problema y podrás entrar a ver la exposición.

El doctor se acercó al mostrador y la chica le dio unos pases con un cordón para el cuello.

—¿De qué se trata la exposición? —le preguntó Verónica a su marido muy bajo para que el doctor no pudiera oírla.

—No lo sé, sé lo mismo que sabes tú…

—Sé, claro, con el dinero que has invertido, me vas a decir que no sabes nada —le interrumpió algo molesta.

—Te lo digo de verdad. ¿Qué te preocupa? Me dijeron que es una sorpresa, de verdad que no sé nada.

—Que digan que Román puede entrar… ¿Desde cuándo hay límites de edad para ver una exposición o museo, o lo que coño sea esto?

—Pues no lo sé, pero tranquilízate que nos van a oír. —Le agarró de la mano para intentar que se tranquilizara—. Además, va a venir gente muy importante, el gobierno, empresarios… nos irá bien que nos vean por aquí.

El doctor se acercó y les entregó los pases. Ellos, sin dudar, se lo colgaron al cuello.

—¿En qué consiste la exposición doctor? —le preguntó mientras se acercaban a la puerta de entrada.

A Enrique le molestó la pregunta de su esposa, se estaba jugando mucho ese día y no quería que nada saliera mal.

El doctor se paró en seco y se giró.

—Es una sorpresa —soltó una leve sonrisa—. Prefiero ir explicándolo sala por sala.

—Ya... ¿Pero no nos puede explicar nada?

—Lo que mi esposa quiere decir y le inquieta... —Se adelantó y prefirió ser él el que hablase—. Es por Román, como le has preguntado la edad, y has comentado que puede entrar, pues se ha puesto un poco nerviosa por eso.

El doctor soltó una carcajada dejando ver su reluciente dentadura. Aun siendo un hombre de unos casi sesenta años, se conservaba bastante bien.

—Esto no deja de ser un estudio continuo, una manera de poder estudiar y compartir con todo el que quiera venir, la naturaleza humana. Él no se va a asustar por esto. —Miró a Román y le guiñó un ojo.

—Pues nos hemos quedado igual —dijo disgustada.

Enrique notó un calor en las mejillas, se estaba avergonzando un poco con la situación.

El doctor soltó otra carcajada.

—La entiendo, pero le comento que prefiero que sea todo una sorpresa, si no, quizás perdería su esencia, y más de algún invitado no querría entrar.

Ese comentario la puso aún más nerviosa.

—Le aseguro que les va a encantar. Mi consejo es que vean la exposición completa y al final de ella les explicaré toda las dudas que tengan en una conferencia que haré. Sorpresa incluida. —Les sonrió—. Pero si en algún momento queréis abandonar en cualquiera de las salas, me comentáis y no habrá problema alguno. ¿Estáis de acuerdo?

—Todo perfecto, doctor —respondió Enrique.

Verónica estaba intranquila, no sabía a qué se debía tanto secretismo. Sabía que era algo importante, algo en lo que su marido había invertido mucho dinero. Le habían asegurado que triplicaría lo invertido. Estaba el gobierno metido en el proyecto, así que no dudaba de que así fuese.

—Pues si no hay ninguna objeción más… Adelante. —Pasó su tarjeta por un lector que había justo en el lado derecho de la puerta corredera de cristal, y estas se abrieron dejando ver un pasillo algo oscuro.

Olía todo a nuevo. Las paredes y el suelo eran de moqueta negra y estaban relucientes. Aún se podía notar el olor a silicona y pegamento. El pasillo estaba bastante oscuro. En el suelo había unos puntos de luces de color azul, que avanzaban señalando el camino a seguir. Al fondo se veía unas luces blancas, bastante potentes, seguramente allí estaba lo que había expuesto.

El doctor iba en cabeza hablando con Enrique, Verónica llevaba a Román cogido de la mano y seguían los pasos de ellos.

Al llegar al fondo del pasillo, había unos terrarios enormes, bastantes iluminados, le recordó a la exposición de reptiles del zoo de Barcelona, pero a lo grande.

En el de la izquierda había un esqueleto humano. Al principio pensó que sería una réplica, pero desechó esa idea al ver el esqueleto algo amarillento. Había algunos huesos que no estaban unidos que yacían en un suelo de arena. La arena parecía la de cualquier playa. La cabeza estaba con la boca abierta y daba la sensación de que estaba gritando. Justo al lado del cristal, había un panel donde explicaba el tiempo y el proceso que necesita un cuerpo humano para llegar a ese estado.

—¿Es de verdad el esqueleto? —preguntó Román mientras se acercaba al cristal.

—Así es, pequeño.

—Oh, es impresionante —dijo Román que no podía dejar de mirarlo.

—¿De dónde habéis sacado el cadáver? —preguntó Verónica.

—Bueno, digamos que son los cuerpos que se donan para la ciencia, y créame que son muchos los que nos llegan.

—¿Cómo murió? —preguntó Román.

—¡Román! —Regañó Verónica algo molesta por la pregunta.

—Cariño, déjale que pregunte. —Intentó quitar algo de tensión Enrique—. Además, para eso es esta exposición. ¿No, doctor?

—Así es, Enrique. —Comenzó a explicar el doctor—. Os doy una pincelada de lo que será este maravilloso evento, que pronto dará lugar a un maravilloso museo o exposición o como quieran llamarlo los directivos. Pero lo importante es que todo el mundo tenga acceso a ello. Se podrá ver cómo la naturaleza y el ser humano se fusionan y siguen el ciclo de la vida… en este caso de la muerte —señaló al terrario—. En esta exposición se puede ver las fases que necesita un cuerpo humano para llegar a este estado.

Verónica sintió un nudo en el estómago. Se preguntaba si era verdad todo lo que estaba oyendo.

—¿Estás diciendo que veremos cadáveres humanos en todas las salas? —No pudo evitar preguntar algo molesta.

—Bueno, era una sorpresa, pero digamos que así es…

—Vayámonos de aquí, Enrique ¡Pero ya!

—Verónica ¿Te has vuelto loca? —Le reclamó Enrique agarrándola del brazo—. ¿Nos permite un segundo, doctor?

El doctor asintió e hizo un gesto con la mano como dándoles permiso. Enrique y Verónica se apartaron un poco, mientras el doctor comenzaba a explicarle a Román algo sobre el esqueleto.

—Nos estamos jugando mucho, ya sabes que hemos invertido mucho dinero en este proyecto, no podemos marcharnos. Hay mucho en juego…

—Pero esto es asqueroso, inhumano…

—¿Qué diferencia hay con nuestros negocios? —preguntó.

Verónica se quedó un momento pensativa.

Ellos tenían varias empresas y todas de ellas eran relacionadas con el fallecimiento: Tenían una compañía de seguros para defunciones la cual estaba funcionando muy bien, ya que la cuota a pagar era mucho más baja que la de cualquier competencia. Todo tenía su sentido, ya que el asegurado que fallecía pasaba a otra de las empresas de ellos, a su cadena de tanatorios. Disponían de varias por toda la comunidad. Todo era una cadena, desde el seguro, el traslado del fallecido al tanatorio, donde sus empleados lo preparaban y lo dejaban lo mejor posible para que sus familiares pudiesen velarlo lo más cómodo posible en sus propios tanatorios. Una vez terminado el velatorio, si los familiares habían elegido incinerarlos, los llevaban a su crematorio y ahí hacían el proceso. Un negocio redondo y muy rentable, ya que la gente no puede evitar morir.

—Esto es muy fuerte para Román.

—¿Y has pensado alguna vez que Román será el dueño de nuestros negocios?

—Pero tiene doce años como para ver cadáveres…

—Es una exposición, cariño. —Intento quitarle tensión a la conversación—. Cuenta que hoy es un día más de trabajo, vamos a darle la oportunidad al doctor que nos explique. Si hay algo que es muy fuerte para Román os salís… —Le acariciaba el brazo—. Pero no estés tan a la defensiva ¿Vale?

Verónica, sin estar muy convencida de ello, asintió con la cabeza y se acercaron al terrario.

—Disculpas, doctor, que mi esposa se ha puesto un poco nerviosa. No se esperaba que la exposición iba de… —No quiso terminar la frase.

—No se preocupen, no ha sido la primera persona en el día de hoy que ha tenido esa reacción —soltó una risa—. Pues bien, como le explicaba a su hijo… Un cuerpo para llegar a este estado depende mucho de las condiciones. Depende del ambiente en el que se encuentre el cadáver, no es lo mismo un cuerpo en un ataúd, que un cuerpo en mitad de una selva o un bosque, donde los animales carroñeros van a dejar los huesos mucho más limpios que estos. Así que todo depende del tiempo y del clima, no te puedo dar un tiempo exacto, chaval. —Le volvió a remover el pelo.

—Papá, me ha dicho el doctor que no sabe de qué murió este hombre, pero que más adelante me dirá algunos que sí que lo sabe —dijo contento Román.

A Verónica se le revolvió el estómago al escuchar a su hijo. Le daba la sensación de que estaba disfrutando, de que estaba ilusionado viendo a un esqueleto dentro de un enorme terrario.

—Si pasamos a la otra vitrina… —Le hizo un gesto con la mano para que avanzaran—. Este es el esqueleto de una mujer. Tendría sobre unos cuarenta años de edad cuando falleció. La verdad que no hay mucha diferencia entre uno y el otro. ¿O veis alguna?

Los tres miraron al terrario.

El cuerpo no estaba situado en la misma posición que el otro: El primero yacía boca arriba y tenía algunas extremidades sueltas del resto de los huesos. Este se conservaba en mejor estado, pero estaba boca abajo. El cráneo lo tenía hundido en la arena y daba repelús ver la postura del esqueleto.

—Este se conserva en mejor estado, por lo que veo —dijo Enrique.

—Así es. Este esqueleto es mucho más joven que el otro —contestó el doctor.

—¿Y a qué se debe que esté boca abajo? —preguntó Verónica. Había intentado que no se le notara en la voz el nerviosismo y el cabreo que tenía, y así fue, en su voz se notaba curiosidad.

—Pues es muy sencillo... En este, para que se pueda ver un esqueleto por la parte de atrás, y en el otro para que se pueda ver por delante… —soltó una risa que hizo que Verónica se enfureciera algo más—. No es por nada más…

Hubo un momento de silencio.

—¿Alguna pregunta más? —preguntó el doctor.

Al ver que todos negaron con la cabeza el doctor les invitó a que lo siguieran hacia la siguiente sala.

Avanzaron por el pasillo. Giraron hacia la izquierda y al fondo se veía la otra sala, prácticamente una copia a la anterior.

Al llegar se pararon en el terrario de la izquierda.

Un cadáver yacía boca arriba, tenía muy mal aspecto, aún tenía cartílagos y pieles pegadas al hueso. Verónica bajo la vista al ver cómo algunos gusanos rondaban por el cadáver buscando trozos con lo que poder alimentarse.

En cambio, Enrique y Román miraban a través del cristal fascinados, no paraban de mirar arriba y abajo, como si fuese la exposición de cualquier animal exótico al que poder estar mirando horas y horas.

—Pues bien... —Comenzó a hablar el doctor —. A esta fase se le llama el periodo de reducción esquelética. A diferencia con la anterior fase, aquí aún hay restos más resistentes, como son los tejidos fibrosos, el cartílago, los ligamentos… etc. Todas las partes blandas del cuerpo han desaparecido prácticamente, a eso se le llama licuefacción, que se transforma en putrílago, pero eso ya son más nombres técnicos y no voy a entrar a describirlos.

—Doctor, ¿cómo es posible que haya gusanos? Si prácticamente los cuerpos están en estos… —preguntó Enrique, que no sabía cómo denominar donde se encontraban los cadáveres—. ¿Expositores?

El doctor soltó una carcajada.

—Nosotros les llamamos vitrinas. Pues la verdad que muy buena pregunta, nadie me ha preguntado por ello, pero es muy fácil de responder. —Le dedicó una sonrisa —. Nosotros cuando metemos un cuerpo, lo primero que hacemos es soltar algunas moscas para que introduzcan sus larvas y así hacer que la descomposición sea lo más parecido y tenga la misma evolución que cualquier cuerpo que yace en la naturaleza.

—Esto es asqueroso —susurró Verónica.

Enrique le pegó un pequeño codazo para que callara. El doctor hizo caso omiso al comentario de ella.

—Este cuerpo, jovencito, tampoco sabemos de qué falleció. —Se dirigió a Román que no le quitaba ojo al cuerpo—. Pero si me acompañan al otro... —Les hizo un gesto con la mano para que se dieran la vuelta.

Ellos se giraron y se acercaron al cristal.

—Este sin embargo sí que sabemos cómo murió. —Terminó de decir el doctor.

El cuerpo estaba boca abajo. Se le podían notar partes ennegrecidas y amarillentas por las piernas, columna y cabeza.

Verónica bajó la mirada, no podía ver un cuerpo así. Y no era por falta de ver cadáveres, ya que veía bastantes a lo largo de la semana, pero jamás en ese estado, y menos tener que verlo como si estuviese en un museo viendo obras de arte. Aquello era asqueroso e inhumano. Pero prefirió guardar silencio. Un silencio que rompió Román preguntando impaciente la manera que tuvo, de lo que un día fue una persona en morir. Le sorprendía que no le diera asco o miedo, no era normal en un niño de tan solo doce años.

—Pues era una mujer de apenas veinticinco años. Tuvo un accidente de tráfico. Si te fijas bien en el lado izquierdo del cráneo, le verás una pequeña fractura que se hizo en él.

—Es alucinante, lo veo —dijo Román entusiasmado.

La furia de Verónica iba en aumento.

—¿Y cómo ha llegado este cuerpo aquí? —preguntó Enrique—. Es más bien curiosidad, porque... créame cuando le digo que la mayoría de los familiares quieren enterrar a sus seres queridos, quieren tenerlos enterrados en algún sitio donde poder ir a visitarlos y a ponerle flores. Es más; la mayoría no quieren que los incineren, y sé de lo que hablo. Sí que es verdad que en los últimos años ha habido un crecimiento, pero aún no llega ni al cuarenta por ciento. Pues me resulta extraño que alguien haya cedido el cuerpo para exponerlo aquí. Perdona mi ignorancia, pero pensaba que los cuerpos que aquí se exponen era de vagabundos o personas que nadie reclama.

— Como le he comentado antes, hay muchos cuerpos que se ceden a la ciencia, y este es uno de ellos.

—Ya, pero las personas que donan el cuerpo de un familiar a la ciencia… ¿Sabe que se iba a exponer en un sitio como este? —Sentía algo de miedo. Él también era parte de todo esto y temía verse metido en algún problema, si todo no fuese legal.

—No se preocupe, este cuerpo fue donado por una persona de mi equipo, de su madre. En cuanto terminemos la visita se la presento.

Notó como sus mejillas le ardían de la vergüenza

—Lo siento, no era mi intención…. —No pudo terminar la frase.

—No se preocupe, está usted disculpado —le dijo el doctor, que le puso la mano en el hombro cariñosamente— ¿Alguna pregunta más o pasamos a la siguiente sala?

Ninguno de los tres habló.

—Pues acompáñenme, que esta es mi sala preferida.

Verónica sintió cómo miles de mariposas se paseaban por su estómago. Se notaba nerviosa. Cuando el doctor había soltado eso… a saber lo que se iban a encontrar.

Pusieron rumbo hacia el negro pasillo.

Se llevó las manos a la boca y bajó la mirada. Notaba cómo el desayuno le subía hacia arriba y tuvo que contenerse las ganas de vomitar. Jamás en el tiempo que llevaba trabajando y viendo cadáveres había visto algo semejante.

El cadáver yacía boca arriba. Tenía el cuerpo hinchado, como si lo hubiesen llenado de líquido. La piel estaba de un color negro y lila. Lo que más le llamo la atención fue la cara, los ojos los tenía sobresalidos de las cuencas y supuraba un líquido amarillento.

—Román no mires más —le dijo Verónica, que le tapó los ojos con las manos—. Es asqueroso…

—Mamá, déjame —protestó y se liberó de ella.

—Esto traspasa ya todos los limites… —protestó.

—Si quiere mirar, déjale, cariño. —Intentó poner algo de paz Enrique—. ¿Te da asco o miedo? —le preguntó a su hijo.

—No, papá —contestó y se acercó más al cristal para poder observarlo mejor.

—Enrique, esto le va a pasar factura al niño… No es normal que tenga que ver esta barbaridad.

—Si quieren marchar… —Hizo un gesto el doctor señalando una puerta que tenía señalizado como salida de emergencia—. Ya lo comenté antes, quien quiera puede abandonar sin problema. No todos los estómagos están hechos para soportar y ver lo mismo.

—No es cuestión de soportar nada. No entiendo cómo permiten que se expongan estas cosas, es inhumano, asqueroso… Y lo peor de todo que un niño de su edad tenga que verlo. —En su voz se le notaba cabreada.

—No es para tanto, mamá. No te preocupes por mí, yo estoy bien —dijo Román, que no le quitaba la vista de encima al cuerpo.

—¿Quieres salirte? —le preguntó Enrique en tono suave—. Si quieres, espéranos fuera. No te preocupes de verdad.

—No me voy a salir sin el niño… Esto no está bien.

—Bueno continuemos pues… —dijo el doctor, que miraba la hora de su reloj algo inquieto—. Pues esta es la fase dos: La putrefacción.

Este periodo comienza a partir de las veinticuatro a treinta y seis horas del fallecimiento. Todo es un proceso natural de descomposición. Todo en la vida acaba descomponiéndose; los alimentos que no consumismos, las plantas cuando mueren…

—¿Por qué tiene el vientre hinchado? —preguntó Román, que tenía la cara tan pegada al cristal, que cada vez que respiraba dejaba un rastro de vaho tras él.

A verónica le sorprendía la frialdad de su hijo ante un cadáver en ese estado. Sin querer, levantó la vista y se fijó en el abdomen, lo tenía abultado y supuraba el mismo liquido de los ojos por el ombligo. Se le revolvió aún más el estómago.

—Pues son los gases que expulsa el cuerpo. Esto lo producen las bacterias, por eso se deforma el cuerpo, se queda gelatinoso.

—Qué horror… —Se le escapó a Verónica.

—¿Cuánto tiempo lleva muerto? —preguntó Enrique.

—Unos cinco o seis días.

—¿Y de qué ha muerto? —preguntó Román.

—Murió electrocutado.

—Ah… —soltó algo desilusionado.

—Si os fijáis en la arena, el color es diferente, eso es debido a los líquidos del cuerpo, en caso de que hubiese plantas, hierbas o césped, morirían, es corrosivo todo lo que sale del cuerpo.

Todos se fijaron en la arena que había justo debajo, había perdido el color y estaba de un color más anaranjado.

—Si me acompañan al siguiente cuerpo. —Hizo un gesto con la mano—. Disculpadme si ven que voy un poco rápido, pero aún quedan más invitados por venir, y he de recibirlos también para poder explicarles.

—No se preocupe, intentaremos no entretenerlo mucho. ¿Verdad, Román? —dijo Enrique, que agarraba a su hijo del brazo y se giraban hacia la siguiente vitrina.

En ella estaba el cuerpo de una mujer en el mismo estado de putrefacción que el anterior, pero como en las demás salas, este yacía boca abajo. El peso del cuerpo apretaba el vientre haciendo una figura imposible en él, parecía como cuando se pone un peso en un globo y salen dos bultos por los lados que está a punto de explotar.

Verónica bajó la vista, estaba deseando salir ya de esta sala. La siguiente no sería mucho peor, o eso quería imaginar. Se le había clavado en la mente la cabeza en la arena. De los oídos salía el dichoso líquido, haciendo que la arena cambiara de color y se notara mojada.

—¿Cuál es el la finalidad de esta exposición? —preguntó Enrique. Su única y exclusiva preocupación en el día de hoy eran los negocios, y este era un buen día para ello.

—¿Cuál es la que saca usted? —Sonrió el doctor.

—Pues la verdad… que no quiero que mi cuerpo se pudra, no quiero verme así —contestó.

Ambos rieron.

—Pues mire, eso para su negocio sería bueno… —Le guiño un ojo—. Todo el que venga a esta exposición querrá ser incinerado. —Siguieron riendo.

—¿De qué murió? —preguntó Román cortando la risa.

—Qué niño más curioso —Se rio el doctor, que miraba a su padre—. Mejor que no lo sepas —rio—. Vengan acompáñenme a la última sala.

Román hizo amago de volver a preguntar algo, pero lo omitió. Echó un último vistazo al cuerpo y siguió los pasos de su padre y el doctor.

Verónica siguió a su hijo. No entendía cómo había permitido dejarlo ver semejantes barbaridades, temía que le pasara factura, y si no fuese así, casi que sería peor. ¿Qué niño de doce años toleraba con tal normalidad ver cadáveres pudriéndose? No era muy normal. Todo esto tendría alguna consecuencia.

Llegaron a la otra sala. Como de costumbre se fijaron primero en el cuerpo que yacía boca arriba: En él, se podía ver a un hombre de unos cincuenta años de edad. Estaba desnudo y el cuerpo tenía zonas amoratadas y rojizas. Estaba en muy buen estado. Eso quería decir que estaba bastante reciente. Eso lo sabía muy bien Verónica, que estaba cansada de ver cuerpos así.

—Pues esta ya es la última sala. En cambio, es la primera fase de la muerte. —Todos escuchaban al doctor, pero la mirada estaba puesta en el cuerpo—. ¿Sabes cuáles son las primeras reacciones que tiene un cadáver, chaval? —le preguntó a Román, que negó con la cabeza—. Pues a esta fase se le llama la fase temprana. Está dividida en cuatros fases: Alcor mortis, Livor mortis, rigor mortis y el final sería putrescina y cadaverina… De ahí pasaríamos a la fase que hemos visto, que era la destructora.

—¿Y en que consiste cada una de ellas? —El doctor rio, pero en el fondo esperaba una pregunta de Román.

—Pues cuando una persona o animal muere, lo primero que pasa es que pierde temperatura, se produce de manera más o menos constante… Después viene el livor mortis, si te fijas es en el estado que se encuentra este cadáver —Señaló apuntando con su dedo índice—. ¿Ves el cambio de color en la piel? Justo ahí en el cuello…

Román asintió alegremente, como cuando iba al zoo y le decía dónde estaba el tigre escondido y lo veía, actuando de la misma manera.

—Luego vendría el rigor mortis. Si me acompañan a la siguiente vitrina, os podréis fijar mejor en qué consiste.

Se giraron y se acercaron a la vitrina.

Se veía en ella a una mujer que estaba tumbada boca abajo. Se podría ver la rigidez en los brazos y las piernas. En una de las manos, los dedos estaban estirados y se le podía ver los tendones tensos.

—Esta es la fase donde más reconocible es la muerte. De ahí viene la expresión «Mas tenso que un muerto» —soltó una carcajada.

Enrique le acompañó.

A Verónica no le hacía nada de gracia que se rieran de una persona que ya había fallecido, es más, en alguna ocasión tuvo que llamar la atención a algunos de sus trabajadores por reírse en el tanatorio. Para ella no estaba ligada la muerte a la risa. Donde había risa había diversión y felicidad, y donde estaba la muerte hay tristeza y dolor.

—La rigidez se produce por un cambio químico en los músculos haciendo difícil poder manipular el cuerpo. De esto ya saben tus padres de lo que hablo —le dijo a Román mientras reía.

Enrique asintió, y estuvo a punto de hacer un comentario, pero al mirar a Verónica decidió que era mejor idea guardárselo para él.

—Y la última sería la putrescina, que se produce por la descomposición de los ácidos grasos en los tejidos. Todo suele comenzar en el aparato digestivo… Así que eso sería todo. ¿Alguna pregunta? Que no sea de qué fallecieron los cuerpos. —Se rio mientras le pellizcaba la mejilla a Román.

—Jo, yo quería saberlo… —protestó Román entre risas.

—¿Que os ha parecido la exposición?

—A mí me ha sorprendido, me ha gustado. Pero quiero saber más del tema de permisos legales y licencias.

—No se preocupe, en la conferencia lo aclararemos todo. No hay problema.

—A mí también me ha gustado. ¿Podremos repetir otro día, Papá?

—Ya vendremos con más tranquilidad —le contestó Enrique haciéndole una caricia en el hombro.

—A usted no le ha gustado mucho ¿verdad? —le preguntó el doctor a Verónica, que permanecía seria.

—Si le soy sincera… es un horror.

El doctor rio.

—No eres a la única que se lo ha parecido. Ahora entenderéis la finalidad de este proyecto. Si me acompañan a la siguiente sala…

La sala era bastante grande. A la derecha había una especie de gradería con butacas, parecían las de un cine pero en versión reducida, ya que solamente había cinco filas de altura por diez asientos en cada una de ellas. En el lado izquierdo había un pequeño escenario con un atril donde relucía un micrófono. Justo detrás había una gran cristalera, pero con el cristal en negro, parecía una gran pantalla de televisión apagada, reflejando toda la sala en ella.

—Pues aquí os dejo… —comenzó a decir el doctor—. Tengo que recibir a unos cuantos invitados más, y en breve comenzará la conferencia. Podéis tomaros algo mientras.

Se despidió el doctor.

Unos camareros se paseaban por la sala con bandejas llenas de bebidas y canapés ofreciéndoles a los invitados que hablaban en varios grupos. Los invitados vestían trajes y vestidos lo suficientemente caros en comparación con los de ellos.

Se fijó y no había ningún niño. Se sintió ridícula y algo culpable.

—¿Quieres que te traiga algo de beber o de picar? —le preguntó Enrique a Verónica mientras le acariciaba la espalda.

—Y será verdad que tienes estómago de poder beber o comer algo, con todo lo que hemos visto en las salas… Me parece superfuerte —le contestó enfadada.

—No es para tanto, mujer… ¿Tú quieres algo, Román?

Antes de que pudiera contestar Verónica saltó:

—Si quieres tráele una copa de vino, ya puestos, en el día de locos de hoy… Nos vamos a sentar. Tú haz tus malditos negocios, y en cuanto termine la conferencia nos vamos.

Agarró a Román del brazo y se subió a la última fila donde se sentó a observar todo lo que le rodeaba.

Tenía ganas de hablar con su hijo, pero desechó la idea, ya tratarían el tema más tranquilamente en casa. Quería saber a qué venía la frialdad del comportamiento al ver esos cadáveres, cualquier niño en su lugar estaría aterrado.

Se puso a observar cómo Enrique se bebía una copa de cava y hablaba con varios hombres, seguramente estaría cerrando algún negocio. De todas formas, para eso habían ido.

El doctor no paraba de entrar con invitados. Cada cinco minutos más o menos entraban, los dejaba en la sala y volvía a salir, hasta que volvía con otra pareja. Deseaba que en una de las veces entrara algún niño, pero no fue así. En una de las veces que entró, cerró la puerta y se dirigió hacia el escenario.

Uno de los hombres que estaba con Enrique, le estrechó la mano y también se subió al escenario. El resto de invitados fue tomando asiento, hasta que quedaron todas las butacas completas.

Los dos hombres en el escenario hablaban entre ellos.

Enrique se sentó al lado de Román dejándolo en medio. Inclinó el cuerpo casi tapándole la cara con el pecho.

—Tengo buenas noticias… — le dijo a Verónica.

—Muy bien —contestó secamente.

—El hombre con el que hablaba es el director de la exposición. El lunes tengo que venir a firmar un contrato con él… —Al escuchar cómo el micrófono cobraba vida con un pitido le dijo—: Luego te cuento.

Verónica ni lo miró a la cara. Se sentía muy cabreada y su cabeza no paraba de pensar, no solo cómo iba a tratar este tema con su hijo, sino también con su marido.

—Buenos días a todos y todas… —comenzó a hablar el director desde el atril.

Era un hombre bastante joven. Vestía un traje azul con una camisa blanca, la corbata era de color granate. Los zapatos eran de un marrón oscuro que brillaban. Una barba muy arreglada adornaba su cara. Le pareció una persona muy elegante.

—Mi nombre es Francisco Rodríguez, soy el director de este maravilloso proyecto. Lo primero que quiero es agradecer a todo el equipo que ha hecho posible que salga a la luz: Desde el doctor Comas y su equipo, hasta el último operario que ha pasado por estas instalaciones.

Los asistentes se pusieron a aplaudir.

Verónica, a desgana, hizo lo propio.

—Quiero ser breve en mi discurso, sé que esta es la parte más aburrida para todos los asistentes. Pero os preguntaréis en qué consiste este proyecto, ya que el doctor sé que no os ha dado mucha información —Se rio—. Era parte de la visita, ya que poco a poco iremos desvelándolo. Os aseguro que merecerá la pena.

Se oyeron murmullos y algunas risas nerviosas por la sala.

—En primer lugar, quiero explicar las bases legales del proyecto…

Verónica desconectó del discurso. Su mente era un mar de pensamientos y de situaciones que aún no sabía si se producirían, pero en su mente ya se habían creado y buscaba soluciones en cada una de ellas, por si llegase la situación, estar más que preparada.

Unos fuertes aplausos y ovación de la gente, hizo que volviera a conectarse a la sala.

—Pues ha llegado el gran momento esperados por todos... —decía el director con euforia en su voz—. Contemos todos hasta tres…

—¡Uno! —gritaba toda la sala— ¡Dos! ¡Tres!

La cristalera perdió su tono oscuro, y en ella apareció un hombre sentado en una silla. Estaba atado de pies y manos con una correa de cuero negro. Tenía algo puesto en la cabeza y en las piernas. No se distinguía bien desde la posición de ellos.

—Os preguntaréis qué hace este hombre aquí atado en la silla. ¿No es así? —preguntó el director a los asistentes.

Un sí retumbó en la sala. Se respiraba un ambiente de fiesta, la gente estaba impaciente por ver y saber qué iba a suceder.

—Pues como la mayoría de los cadáveres que están expuestos en la exposición. Este hombre... —Lo señaló con el dedo sin dejar de mirar hacia el público—. Es un asesino y un violador…

El público comenzó a gritar con fuerza y algunos saltaban de sus butacas.

Verónica comenzó a ponerse nerviosa. Notaba cómo le sudaban las manos, y cómo le retumbaban las sienes con cada latido del corazón.

—Este hombre… —Volvió a repetir— Abusaba de su hija que apenas tenía diez años…

Los asistentes comenzaron a abuchearlo y a insultarle. El director tuvo que levantar la mano para poder continuar hablando.

—Antes de que pudiera ser denunciado por su esposa, decidió matarlas a las dos y huir…

Los asistentes comenzaron a gritar más fuerte. Alguien había tirado algún objeto que chocó contra el cristal.

—¿Creéis que este hombre merece seguir viviendo? —preguntó gritando.

Los asistentes gritaron un no rotundo.

—Pues este hombre hoy va a pagar por lo que hizo…

Todos gritaron y saltaron complacientes. Parecía que habían enloquecido.