En-sueños - Carlos Rodriguez Magallon - E-Book

En-sueños E-Book

Carlos Rodríguez Magallón

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Beschreibung

Hay sueños que no lo son. Hay tiempos que no existen. Hay amores que sobrepasan lo conocido. Hay errores que matan. Hay pequeñas equivocaciones que modifican a la humanidad por completo. Hay múltiples bifurcaciones a lo largo de tu sendero principal. Lo que no puede suceder puede que exista. Coge tu linterna y no dejes de iluminar en todas direcciones. Así podrás decidir qué senda lleva tu nombre. Todo ello está en este libro si lo sabes leer.

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Seitenzahl: 314

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Otras obras

“Lo que rodea el entorno.” (Ensayo sobre el tiempo)

“El roble seco” (Antología poética)

“10 relatos y una pregunta” (11 cuentos para adultos)

“Melisa” (Nuestras otras vidas)

.

Para “ELLA”

PRÓLOGO

Después de escribir muchas de estas páginas me he dado cuenta de que hacía falta una introducción para que el lector no crea que estoy relatando una simple novela nacida de la imaginación.

Miramos por la ventana y vemos el paisaje de siempre: Las cosas se comportan de una forma esperada, no hay sorpresas y la sociedad y la ciencia dan respuesta a casi todas nuestras preguntas.

Teniendo seguro el mundo y la vida como algo normal no nos damos cuenta de que se nos están escapando un gran número de detalles que no parecen encajar en el contexto general.

Nuestros cerebros llevan cientos de años preparándose para no querer ver lo que no sabemos explicar porque tiene la misión de perturbarnos lo menos posible y preservar nuestra naturaleza.

Pero a nuestro alrededor están pasando muchas más cosas, algunas de un tamaño tan grande que no abarcamos connuestra mente y otras tan pequeñas que se nos escapan a los ojos. Pero todas, todas, tienen que ver con nosotros.

A veces nuestro tiempo parece estirarse y otras encogerse. Lo trivializamos y lo etiquetamos, como hacemos con todo y ya está.

Pero no, no está. El tiempo, realmente, se ha estirado y se ha encogido por alguna razón, pero no hay explicación para ello.

Nos atraviesan continuamente partículas subatómicas, el espectro de colores más allá del ultravioleta y más acá del rojo nos están ocultando paisajes de ensueño y advertencias que ignoramos. Los ultrasonidos no nos son útiles, así que los ignoramos aun cuando nos enseñarían un mundo diferente.

Ignoramos el poder de nuestra mente y su capacidad para entrometerse en un mundo de electrones, fotones, neutrinos, protones, quarks y muchas partículas más.

Pero, a veces, la naturaleza abre por un instante una rendija y por un momento, alguien atento y que posee unas características concretas ve un paisaje desconocido y se adentra en él.

No se crean todo lo que les cuentan.

Ellos tampoco lo saben.

El cuerpo sutil

INDICE

PRIMERA DIMENSIÓN

1-Las cosas de cada día

2-La vida aburrida

3-Mientras

4-El riesgo

SEGUNDA DIMENSIÓN

5-Preparación

6-Las primeras experiencias

7-Los mafiosos del cuarto-c

8-ELLA

9-Corrigiendo errores

10-Medio dioses medio demonios

11-La independencia

12-El robo

13-Nueva vida

14-ELLA de nuevo

15-La muerte es un instante

16-Cambio de vida

17-El hospital

18-El momento

19-Un final y un comienzo

TERCERA DIMENSION

20-Alberto

21-El encuentro

22-Reflexiones

23-Un viaje por el mar

24-Aquí y ahora

25-El comienzo de una nueva vida

26-Vuelta al hogar

27-Probando cosas nuevas

28-No somos islas

29-Primeros sustos

30-La tragedia

31-Sin ELLA

32-Vuelta a la oficina

33-Un comienzo diferente

34-Estrategias

35-Tropezando

36-Volvemos a intentarlo

CUARTA DIMENSION

37-El hipercubo

38-La decisión final

NOTA FINAL

EPILOGO

(Que trata de los comienzos de la vida)

Cuando nacemos el mundo ya está hecho: lleva rodando sin nuestro permiso mucho tiempo. Las cosas funcionan, mejor o peor.

Nadie nos pregunta, solo nos dicen lo que hay que hacer hasta que tengamos una edad para decidir si les seguimos haciendo caso o si queremos pensar por nosotros mismos en la idea de otro mundo diferente.

Si nos acomodamos a lo que nos dicen estaremos en un paquete con la mayoría. Si no nos conformamos empezaremos a sentir que hay otra manera de vivir y que el mundo es diferente a como nos han enseñado.

1-LAS COSAS DE CADA DÍA

(Lo que me falta a mí, lo tengo yo)

Todo debió comenzar de la manera más inesperada y simple. Hacía años que había leído un libro titulado “El pesador de almas”, de André Maurois.

La historia que contaba era aparentemente muy sencilla: se trataba de una persona que había descubierto que, al morir, nuestro cuerpo pasaba a pesar unos gramos menos. Pensando que era el espíritu que se marchaba trataba de contenerlo en recipientes de cristal.

Luego observaba cómo en cada recipiente en el que había atrapado un espíritu había una especie de nube coloreada: Colores diferentes para personas diferentes. Pero a nadie más se le ocurrió y su descubrimiento desapareció con él.

Durante muchos años no me volví a acordar de esa historia. La verdad es que tampoco tuvo una gran repercusión en mí porque mi vida comenzó de una forma de lo más anodinay vulgar. Una vida de familia, de colegio y, al final, de oficina amorfa, monótona y aburrida. Una oficina que me permitía vivir de una forma lo suficientemente cómoda como para no cuestionarme si lo que hacía era importante para el mundo o solamente era una disculpa y un medio fácil para vivir sin plantearme nada.

Los días pasaban igual que habían pasado los anteriores y anunciaban nuevos días iguales. Sin sorpresas, sin la esperanza de un cambio importante que diera emoción a la vida.

Pero en mi interior siempre había tenido inquietud por todas aquellas cosas que eran consideradas como fuera de lo normal. Esas cosas de las que no sueles hablar porque te encuentras con miradas de sospecha que van a alterar tu vida cómoda.

No podía ignorar que a mí mismo me habían sucedido algunas experiencias difíciles de encajar como casualidades, expresión en la que se refugian los incrédulos, más por miedo que por desconocimiento.

En alguna ocasión me había encontrado con sueños que luego resultaban premonitorios. Pero, además de los ingobernables sueños, fui cultivando delicadamente la observación de ciertas inquietudes que normalmente pasan desapercibidas.

Son como llamadas sutiles del pensamiento para que se preste atención a algo en particular que no parece relevante pero que, de no atenderse, deja un agrio sabor y un malestar que se entiende cuando, tiempo después, se descubre qué era aquello que desatendimos equivocadamente.

Los continuos cuidados que iba poniendo en estos fenómenos interiores me habían dado una gran sensibilidad frente a acontecimientos cotidianos y aparentemente inocuos.

Mientras los demás permanecían impasibles en una situación aparentemente normal, yo me fijaba en esas sensaciones casi imperceptibles que envolvían, como con un halo transparente, al espíritu que siempre se desprende de los hechos corrientes.

Por eso cuando intenté comunicar mis experiencias a otras personas, me encontré con que me miraban de forma extraña así que decidí que era mejor no decir nada.

Probablemente estas mismas experiencias me fueron convirtiendo en una isla a la que procuraba dotar de un bonito paisaje que ocultara el verdadero tesoro interior que poseía.

Además, la incomprensión de los demás se acababa convirtiendo peligrosamente en juicios negativos.

El primer recuerdo que tengo sucedió aproximadamente a los doce años. Hasta mucho después no le di importancia. Hantenido que pasar muchas cosas para que, al recordarlo, me haya resultado revelador.

Simplemente, una noche soñé. No fue un sueño como los demás sueños. Al despertarme no sucedió como otras veces, en que notaba cómo el recuerdo de lo soñado se me iba escapando cuanto más intentaba retenerlo. (Al final me había quedado siempre como mucho con una vaga sensación que no significaba nada). Había intentado grabar lo que soñaba en un viejo magnetofón que dejaba en la mesilla de noche.

Cuando me despertaba entre sueños grababa algo para oírlo al día siguiente, pero eso también había sido inútil. Al volver a oírlo solamente se oían frases inconexas y sin sentido que no me hacían recuperar lo soñado.

Pero el día en que soñé con el resultado de unas apuestas y acerté, determinó que había que tomárselo en serio.

No tener una explicación racional no invalidaba el hecho de que se había alterado sustancial y determinantemente el tiempo. Y me negué a ignorarlo sabiendo que era la clave que mi subconsciente me mandaba para que no abandonara la investigación de mis inquietudes. Y, aunque con los años mi parte racional ha querido borrarlo, mi invariable determinación lo ha mantenido vivo hasta hoy.

Volviendo a donde estaba, diré que empezaron a producirse sucesos y experiencias diferentes: había notado cómo veía desde arriba mi casa y las otras casas del pueblo. Aunque conocía todo lo de mi alrededor no podía comprobar si tenía algoque ver con la realidad porque para eso habría tenido que poder volar.

A lo largo de los años siguientes volvió a repetirse el mismo fenómeno en algunas ocasiones. Pero esta vez pude contrastarlo con la realidad porque gracias a los adelantos en informática pude acceder a programas fotográficos aéreos en un ordenador.

Y luego, unos años más y la vida aplastante, las obligaciones, los estudios y posteriormente el trabajo, hicieron que me olvidara de todo.

Hasta que una mañana cualquiera, un 5 de julio, lunes, sucedió mientras estaba enfrascado en mis labores administrativas vulgares.

Ese día la oficina estaba tranquila, como todos los lunes. Clara me trajo un montón de carpetas que dejó en mi mesa.

Hacía tiempo que le había notado que me miraba con mucho interés, hasta que un día se había atrevido a preguntarme:

-“¿Tienes novia?”- En su cara se notaba el esfuerzo que había hecho para vencer la vergüenza. Llevaba días intentando atreverse. Mi respuesta fue todo menos delicada:

-“No, no puedo”

-“¿Por qué?”-contestó extrañada.

A lo que respondí muy serio:-“Por qué mi mujer no me deja”

Estaba claro que había sido un grosero. Vi cómo se alejaba azorada y me arrepentí de mi actitud. Pero nunca le dije nada ni ella volvió a acercarse a mí. Tampoco supo nunca que posteriormente me había separado porque me cuidé de mantener mi vida privada bien a salvo.

Desde entonces pasa a mi lado lo indispensable para acercarme las carpetas de documentos y pronuncia la frase más corta que le es posible.

-“De lunes, ¿no?”-

Casi le contesto rutinariamente. Estaba aún medio dormido.

-“Claro. Todos los lunes son iguales”.-

Carlos estaba hablando por teléfono, Francisco miraba al infinito hacia una pared en la que, seguramente, estaba recreando cualquier cosa menos la realidad. Conchi estaba enfrascada en su trabajo. Probablemente era la única. El extractor de aire emitió un chirrido y se paró. Todo como un lunes cualquiera.

-“A las once necesito los presupuestos. ¿Los tienes?”- Era César.

-“Sí, ya casi he terminado”- Contesté sin saber lo que decía y me puse inmediatamente en actitud activa a rematar el encargo.

Encendí el ordenador. La pantalla mostró el dibujo habitual de un verde campo de hierba relajante. Me quedé mirándolo fijamente largo rato hasta que pareció que todo el resto de la habitación empezaba a oscurecerse y a desaparecer.

Fue uno de esos momentos que todos tenemos de vez en cuando, tal vez por cansancio o porque nuestros pensamientos se han ido a alguna situación remota.

Noté con curiosidad cómo los pelos de mi indomable coronilla se levantaban como sucede cuando la corriente estática de un globo al que has frotado previamente se te acerca. Un instante después sentí como una leve brisa. Aunque no puedo explicarlo, me envolvió una gran paz y sentí algo como una sonrisa cerca de mí.

Sin darme cuenta empecé a perder los sonidos de mi alrededor y también la luz comenzó a estrecharse frente a mí dejándome ver exclusivamente la pantalla. Lo que tenía delante era un tubo redondo como cuando se mira con un catalejo del revés.

Al fondo solamente la pradera verde del protector de pantalla. Fue como si un nubarrón de tormenta hubieseoscurecido el día de forma instantánea. Los sonidos de ambiente casi desaparecieron.

En ese momento noté cómo la presión de mi cuerpo sobre la silla había disminuido notablemente. Notaba una ligereza sorprendente pero estimulante a la vez. Me dejé llevar por la curiosidad. No sabía lo que estaba pasando pero me intrigaban las sensaciones que iba sintiendo. Era como empezarse a dormir, justo en esa barrera en la que las condiciones de la vida real se van apagando y así dejan que tomen el control las verdaderas condiciones interiores.

Tampoco mis brazos se apoyaban en la mesa con fuerza y un instante después me di cuenta de que estaba un par de centímetros por encima de los objetos. Era la auténtica sensación de flotar aunque solo fuera un poco sobre mi entorno.

Era fantástico. Pensé que me estaba durmiendo y que esas sensaciones eran solamente producto de mi imaginación.

Estuve así unos instantes, con una agradable sensación mezclada con un ligero mareo. Tardé en racionalizar la situación y salir de ese estado.

En ese momento me di cuenta de que lo que estaba pasando estaba pasando de verdad porque me vi a mí mismo sentado, con la cabeza entre las manos un poco más abajo.

Entonces sentí un golpe seco y un tirón hacia atrás. Me asusté y caí bruscamente sobre la silla volviendo a notar toda la gravedad en mi cuerpo.

Durante varios días recordé esa extraña sensación no sin inquietud pero con una gran curiosidad. En varias ocasiones volví a adoptar la misma postura en las mismas circunstancias pero no sucedió nada. Sin embargo sabía que no me lo había imaginado, que era algo extraordinario a lo que yo tal vez podría tener acceso, así que comencé a explorar toda la literatura que cayó en mis manos sobre esos temas y fui intuyendo que, efectivamente, en mi forma material residía algo etéreo superpuesto y fundido punto por punto con mi cuerpo. Como si fuera otro cuerpo transparente incrustado en el mío.

Lo que sí volví a notar, con mucha extrañeza por mi parte, fue la sensación repetida varias veces de una leve corriente de aire alrededor que duraba solo un instante. Iba unida a una intensa sensación de cariño, como si alguien me estuviera acariciando en todo el cuerpo a la vez.

Al intentar documentarme en la lectura relativa a estos fenómenos descubrí que lo que leía era demasiado complicado: unas veces estaba relacionado con ingerir sustancias alucinógenas y otras muchas se consideraba que todo era producto de mentes enfermas.

En el mejor de los casos parecía ser algo muy difícil de lograr voluntariamente y siempre estaba asociado a situaciones de sueño, pero nunca leí nada parecido a lo que me pasaba a mí: no había ingerido más allá de un café de desayuno y, desde luego, en la oficina no podía emular ninguna situación que se pareciera ni de lejos a lo que parecía posible en la cama, en el filo del sueño.

Cuando era un niño solíamos ir a casa de mis abuelos en el pueblo. La vida era bastante diferente. Recuerdo aquellas bombillas mortecinas iluminando la mesa camilla con el brasero a nuestros pies y unas gruesas faldas que colgaban de la mesa envolviéndonos las piernas y parte del cuerpo. De vez en cuando mi abuelo removía las brasas con la badila para mantenernos calientes.

En la calle entonces hacía mucho frío, las casas eran antiguas construcciones de adobe que conservaban como podían el poco calor que se generaba entre la salita y la cocina de carbón llamada “económica”.

Pero lo que recuerdo sobre todo eran las historias de sueños que contaba mi abuela. Me fascinaba la naturalidad con que nos contaba que, cuando se dormía, soñaba que andaba por el pueblo, como volando, viendo las casas de sus vecinos, conociendo sus interiores y conociendo sus costumbres. Locontaba como si se lo creyera de verdad. Decía que luego comprobaba, durante el día, que lo que había visto era real.

Contaba igualmente que, en ocasiones, podía ver si al día siguiente iba a hacer el tiempo apropiado para trabajar en el campo y nunca se equivocaba, así que sus vecinos empezaron a preguntarle, no sé si con mala o buena intención, qué tiempo iba a hacer al día siguiente. Llegó incluso, en una ocasión, a saber de un incendio que iba a provocarse en una cuadra cercana pero no se lo dijo a nadie por miedo a que pensaran en brujerías.

Efectivamente el fuego se produjo aunque sin demasiadas consecuencias, pero ella siempre se sintió culpable por no haber evitado las pérdidas y los posibles peligros que podrían haberse provocado.

Y, desde entonces comenzó a callarse lo que veía, temerosa de que algún mal le pudiera venir por ello.

Fue entonces cuando empecé a darle importancia a esos otros sueños que yo había tenido siempre. Nunca me habían parecido más que divertidos como mucho, pero al recordar las frías veladas en el pueblo de mis abuelos fui memorizando y analizando con más interés algunas de ellas.

En alguno de mis sueños me había levantado para ir a la cocina a las tres de la mañana para darme cuenta de que, en realidad no me había levantado ni la cocina era mi cocina. Y a veces me volvía a levantar a continuación para volver acomprobar que tampoco lo había hecho esta vez... ni las sucesivas.

También empecé a darme cuenta de que me cruzaba con personas conocidas por la calle a las que había saludado y que se habían dado la vuelta extrañadas, porque, en realidad, no nos conocíamos. ¿Por qué me eran tan familiares?

Fue entonces cuando empecé a asociar vivencias curiosas a las que no había prestado demasiado interés. En muchas ocasiones, cuando iba a dormirme, pensaba en algo agradable que me ayudara a conciliar el sueño. Cuando imaginaba una escena con movimiento me despertaba bruscamente al producirse ese mismo movimiento en mi cuerpo.

Era un momento intermedio en el que mi mente estaba desdoblándose en dos planos diferentes porque estaba en dos sitios diferentes a la vez: el real y el del sueño.

Una mañana, mientras desayunaba en la barra de la cafetería que hay cerca de la oficina observé que, desde la esquina, alguien se fijaba insistentemente en mí. Traté de no darle importancia pero cuando la situación se repitió varios días después decidí adelantarme y me acerqué.

Era un personaje de baja estatura y enjuto, tez de piel oscura llena de arrugas, pero lo que más me interesó fue suinterés en mí. Los ojos eran muy claros y profundos y me sentí incómodo al acercarme ante la persistencia de su mirada.

-“Perdona, ¿Nos conocemos?”- Ya sabía que no, pero evidentemente, había que usar algún habitual comodín para romper el hielo.

Hizo una pausa incómodamente larga mientras no dejaba de mirarme a los ojos.

-“Ya sabes que no”- dijo sonriendo, con una pronunciación que delataba su procedencia extranjera. Dijo que yo ya sabía que no nos conocíamos. ¿Sabía que yo lo sabía? Notaba que me veía por dentro.

-“Pero conozco a Alberto”-Respondió.

-“¿Alberto?-No conozco a nadie con ese nombre”.-

-“Pero le conocerás y quiero que le ayudes”.-

Durante un momento tuve la tentación de considerarle un perturbado o alguien que buscaba alguna manera ilícita de contactar conmigo. Pero aquella mirada penetrante me impedía fijar esa idea.

-“Ayudar, a quién, ¿cómo?”-me oí decir algo confuso por la serenidad que emanaba de aquél personaje.

Sonrió al notar mi confusión y decidió facilitarme las cosas. Me tendió la mano mientras decía:

-“Soy un Giimbiyu. Mi nombre es Mahuta, pero aquí me llamáis Mani, que os es más fácil.”

Le di mi nombre y con un apretón de manos quedaron hechas las presentaciones.

Empecé a estar cómodo a su lado. Irradiaba tranquilidad, con movimientos pausados y con una pronunciación grave.

Cuando le insistí sobre su forma de mirarme durante varios días me dijo lo siguiente:

-“Pertenezco a una raza bosquimana casi extinta del norte de Australia. La civilización occidental prácticamente está acabando con nuestros orígenes. Yo soy de los últimos. Sabemos hacer cosas con la mente que pocos saben. Tú eres uno de ellos, pero tienes que saber unas cuantas cosas antes de practicar.”

Había conseguido toda mi atención. Me halagaba e inquietaba a la vez que hablara de mí como si me conociera.

Sabía de alguna forma mi interés por ese tipo de temas.

Nos sentamos en un pequeño rincón de la cafetería, escondido a medias de las miradas por una decoración vegetal abundante que me hacía creer que estábamos en otro sitio completamente ajeno al ambiente y allí estuvo hablándome más de una hora. Cada palabra que decía era un aprendizaje. Me dijocómo tenía que explotar esa capacidad punto por punto. Todo me era familiar y fácil de entender. Era una práctica especial de concentración de la mente a la que me había acercado ya antes de forma intuitiva.

El tiempo parecía detenerse. En el espacio que nos permitía la pausa del trabajo se condensaban misteriosamente varias horas de conversación y aprendizaje.

No hubiera podido repetirle a nadie lo que me dijo porque sus suaves frases más bien me producían una modificación de mis sensaciones que una teoría rígida a seguir.

Empecé a practicar los días siguientes y nos seguimos viendo durante varias semanas. Mis avances no le sorprendieron. A mí sí. Me resultaba tan fácil provocar desplazamientos con la mente y encontrarme en un instante en lugares lejanos que casi no me podía creer lo que estaba consiguiendo. Empezaba utilizando la imaginación y, poco a poco otra realidad diferente iba apareciendo en su lugar.

-“Pocos pueden”- me había dicho.

Me advirtió de las medidas de precaución que debía tomar tanto con mi cuerpo físico como del “cuerpo sutil”, como él le llamaba.

Fue ahí cuando me habló de Alberto.

–“Algunos no pueden soportar sus capacidades y se dejan llevar por inclinaciones incompatibles con ese nuevo poder mental utilizando prácticas y alimentos que les ayudan a acelerar su mente”,- me dijo. Y explicó con un ejemplo:-”Si le echas a tu coche una gasolina mucho más potente de la normal, efectivamente tu coche duplicará sus posibilidades, llegará mucho antes que los otros, será mucho más rápido, pero en breve tiempo habrá agotado sus recursos limitados y se romperá sin poder alcanzar la meta, mientras los otros, utilizando solamente sus recursos naturales, llegarán en perfectas condiciones al final de su recorrido”-

Por eso insistió mucho en la maduración de mi personalidad para así poder sustraerme a tentaciones incompatibles con los viajes que iba a experimentar.

Y Alberto, que yo seguía sin saber quién era, estaba apurando excesivamente sus posibilidades.

-“Cuídalo”-

Fue lo último que me dijo antes de desaparecer de mi vida para siempre. No volvió nunca a la cafetería a la que yo asistía a diario con la esperanza de encontrarle, aunque hubo ocasiones en que me dejó verle de lejos, o tal vez solo intuirle, como un recordatorio de nuestras conversaciones. No hubo una despedida, lo que encajaba perfectamente con todas laslecciones que me había dado, así que no me sorprendió su repentina desaparición.

Me había dicho que ya estaba preparado y que lo único que tenía que hacer era practicar mucho y no perder la estabilidad mental y el sentido común que decía ver en mí.

Mani había aparecido justo en el momento apropiado. Mi vida reciente era una tragedia. Mi separación me había sumido en un estado casi diría que “flotante”, en el que todo me era indiferente. La nueva soledad resultaba aplastante, aburrida, llena de vacíos.

Pero desde ese momento mi vida se convirtió en una incansable búsqueda de otras realidades que me llevarían hasta el día de hoy a sobrepasar diferentes estados de la existencia que voy a ir contando a continuación. Fueron diferentes estados que se sucedían unos a otros y a los que fui llegando sin darme cuenta de lo trascendental que era en realidad lo que parecía en un principio un juego inocente.

Este fue un primer estado que me pareció sumamente importante hasta que, tiempo después, supe que solamente era un primer paso hacia dimensiones superiores.

A veces nos pasa que creemos haber conquistado algo y posteriormente nos damos cuenta de que, al mirar hacia atrás, observamos que la evolución no ha sido casual, que lo que creíamos un gran logro no era más que un escalón de una escalera de la que no vemos el final. Pero si no subimos cadaescalón no podremos pasar al siguiente ni llegar al último que, forzosamente, está más allá de nuestra mirada actual y de nuestro conocimiento.

Conseguí algo increíble y creí que eso era el mayor descubrimiento que se podía hacer.

Error.

Los poderes más grandes, si no van acompañados en una sólida mente pueden convertirse en tus peores enemigos.

Aún ignoraba que había otros estados superiores a los que iría llegando paulatinamente, siempre gracias a la gran perseverancia, paciencia y repetición de unos fenómenos concretos, como un Giibiyu me había recomendado. Y, más aún, ignoraba que, al final, me esperaba una sorpresa inesperada y muy difícil de superar.

Tengo que insistir en que todo lo que voy a contar no ha sido fácil.

No es como lo cuento exactamente. Ha habido mucho esfuerzo y mucho tiempo en el que no fui capaz de conseguir ningún resultado. Para ello tuve que vivir de una forma diferente e irme modificando a mí mismo por dentro hasta conseguir una madurez y la experiencia suficientes.

Por eso lo he omitido voluntariamente, porque no tiene interés para nadie: es solo personal e individual y no se puede copiar ni repetir como un curso con sus etapas y sus leccionesasí que lo que parece un relato continuado en el tiempo, realmente tuvo muchos huecos intermedios en que la vida pasaba por encima de mí sin ningún aparente sentido.

Es un aprendizaje personal que va eliminando poco a poco la personalidad inicial hasta que se siente que se pertenece a un mundo que te acoge solamente sabiendo que eres un viajero que sabe que se va a ir en algún momento.

Otros tienen otros caminos diferentes. Pero todos llegan al mismo punto final si se esfuerzan en conseguirlo.

Durante varios meses hice todo tipo de pruebas. Modifiqué mis hábitos de sueño y de alimentación, retoqué mis horarios, en fin, procuré acostarme en diferentes condiciones, siempre buscando esa noche tener uno de los sueños que se supone que nos desdoblan y nos hacen vagar por realidades diferentes.

Tampoco voy a decir que todos los esfuerzos fueran inútiles. La mayor parte de las veces me despertaba sin tener la sensación de haber soñado. Otras notaba que sí pero no había quedado ni el más leve vestigio del posible sueño. Las veces más prometedoras eran las que me despertaba con ciertos recuerdos pero que entonces se evaporaban rápidamente, dejándome un mal sabor de boca.

El trabajo eficaz empezó en estos últimos. Cuando me esforzaba en recordar, todavía en la cama y con los ojoscerrados, los recuerdos desaparecían. Parecía que estaban claros, e incluso a veces duraban un tiempo haciéndome creer que los iba a recordar el resto del día, pero tampoco era esta vez. Unas horas más tarde, ya en la oficina, me quedaba perplejo al notar que los recuerdos que eran firmes durante el desayuno habían desaparecido igualmente.

Fue entonces cuando me di cuenta de cuál era la causa: Mis esfuerzos por recordar eran precisamente los que antes me hacían olvidar. Al esforzar mi mente consciente, ésta recuperaba su espacio habitual y su fuerza, que es la que se encarga de dirigirnos en la vida real, pero, al tiempo, iba desplazando mi mente subconsciente hacia sus reductos nocturnos como si el espacio solo pudiera estar ocupado por una de las dos, como si no pudieran coexistir juntas.

Al año de haber empezado mis experimentos con el sueño, fui descubriendo que en ocasiones no era indispensable dormirse.

El control mental había dado sus frutos. Sentado en un ambiente silencioso, comenzaba una relajación voluntaria que poco a poco se iba transformando en una ausencia de sensaciones exteriores. El cerebro consciente se iba apagando lentamente y quedaba solamente la imagen de una llama pequeña y dorada al fondo de una habitación oscura y muy, muy larga, casi infinita. Era entonces cuando mi otro cuerpo se sentía liberado de los millones de puntos con los que estaba atado alcuerpo real y empezaba a despegarse. Y a partir de ahí, mi conciencia se cambiaba de cuerpo y era cuando me podía ir a flotar sin límites.

Por eso relataré solamente lo aparente, los sucesos, los acontecimientos que me llevaron al final a... bueno, llegaremos a ello... o no.

2-LA VIDA ABURRIDA

(Coleccionaré vacíos donde poder dormitarte)

Por un hueco entre la persiana y las casas se asoma un trozo de cielo. El cielo existe aunque sea visto desde la cárcel de una oficina, cárcel moderna, aceptada y voluntaria en la que cada mañana se encierran millones de personas al amparo de los aires acondicionados, encuadernados, empaquetados, filtrados, porque el aire de siempre, el de fuera, ya no se puede respirar.

Las fábricas y las máquinas sueltan sus pedos fétidos incansablemente y nosotros, aislados por su culpa, movemos más y más papeles que propicien la fabricación de más y más máquinas que nos aíslen más también entre el cielo sucio y la tierra sucia colaborando así a nuestro propio mal.

Hoy había sido un día especialmente tedioso. Parecía que mi trabajo consistía en coger los papeles que me traía Clara y que dejaba en un montón a la izquierda de mi mesa, registrarlos y colocarlos con cuidado en el rincón derecho. Luego venía al cabo de un rato y se los llevaba, no me importa a dónde, y me volvía a traer otro montón que dejaba de nuevo en la esquina izquierda.

-¿Vas a comer donde siempre?-

Era la voz de Lisardo. Comíamos juntos casi todos los días en una tasca que había al pie mismo de la oficina. Nuestras charlas discurrían también, como el trabajo, de una forma repetitiva: Las noticias del día, las anécdotas, por llamarlas de alguna forma que habían podido pasar en otra jornada laboral repetida.

-“Vale”.-Contestaba yo con desgana.

Era alguien corriente, pero él no lo sabía. Me explicaba siempre cosas que ya se sabían. Se sentía bien haciéndolo y había ido tomando la equivocada conciencia de que si no fuera por él yo no me enteraría de nada. Y es que le seguía la corriente.

-¿”En serio”?-

Le contesto mecánicamente cuando me explica el funcionamiento del último televisor que se ha comprado con un montón de novedades y adelantos.

Tengo un modelo similar que compré el año pasado y conozco de sobra todas sus posibilidades, pero no importa: él se siente bien y yo puedo, mientras habla, estar pensando en otras cosas diferentes.

En otros tiempos solíamos comer con Tania y José también y por las tardes acabábamos en “La Chimenea”, en donde teníamos tertulias con algunos otros compañeros de antiguas correrías adolescentes.

Pero las cosas habían ido cambiando poco a poco. Marga empezó a tener algunos desencuentros con Tania porque, tal vez había celos con José. O José había dicho algo que se malinterpretó cuando aquella tarde René había hecho un comentario a Sonia que fue oído por... ¡qué más da!

Es asombroso cómo pueden deteriorarse las relaciones entre las personas a partir de pequeños detalles. En vez de pararse un momento a reflexionar y preguntar al oponente de nuevo para que aclare algo que nos ha parecido oír, preferimos hacernos los ofendidos porque nuestro amor propio, muestras inseguridades o nuestro miedo a que nos ataquen se han interpuesto en el camino de un diálogo abierto y sincero.

Con Marga no era de extrañar. Había tenido tiempo atrás una relación con un oscuro personaje enormemente dominante que la consideraba como alguien inferior con quien podía hacer lo que le diera la gana. Como tampoco tenía muchas luces se prestó a ello durante un tiempo. Fue él quien se marchó a experimentar con otras y la abandonó. Ella no hubiera sido capaz de hacerlo porque, en el fondo, su personalidad era bastante dependiente. Pero a partir de entonces su rencor se puso al frente de su personalidad y prometió que nadie, nadie, volvería a dominarla. Con ello se perdió tal vez muchas relaciones y muchos encuentros que hubieran sido posibles. Su polarización o tal vez su miedo o su rencor hicieron que se convirtiera en una persona que calificaba al género masculino de forma lineal, sin distinciones:”Todos son iguales”- Diría utilizando la conocida frase porque no se le podría haber ocurrido una propia.

El miedo lo barrió todo. Y hay que añadir que Marga y José, por aquel entonces se miraban más que como amigos peroel miedo a que pudieran repetirse anteriores situaciones acabó con su relación.

Y sí que lo sentí porque de vez en cuando surgían temas interesantes que nunca llegaron a ser tratados con la profundidad que hubiera deseado. Cada vez me producían más aburrimiento aquellas conversaciones vacías que siempre circulaban en torno a personalidades ajenas que nada podían enseñarnos.

El factor común acabó siendo un desencanto progresivo por el comportamiento general. Las conversaciones iban siendo cada vez más triviales, los chismes entre unos y otros no eran más que el afloramiento de un infantilismo que parecían todos llevar dentro. Los grandes temas se fueron encogiendo, escondiéndose en la vulgaridad y circunscribiéndose al ámbito personal.

Lo que más abundaba era el hecho de que cada uno necesitaba imponer su idea sin escuchar las de los demás, absortos preferentemente en destacar y que nunca modificaban su criterio, con lo que las ideas de cada uno, en vez de enriquecerse con las de otros se iban enquistando y reafirmando en sus aciertos o… en sus errores.

Yo, después de muchos intentos, era el que estaba más callado. Era así porque cada vez que hablaba, alguien seinterponía contando su idea personal, sin importarle si lo que yo quería decir iba a ser importante o no.

Así que me di cuenta de que, en realidad, las personas tienen casi siempre mucha más necesidad de que se les escuche que de escuchar.

Los malentendidos, el orgullo, el amor propio y otras mediocridades por el estilo fueron aplastando a aquellos entretenidos temas, mucho más profundos y universales que íbamos descubriendo a la par con nuestra madurez. De pronto era más importante la vida simplona de alguien famoso, su forma de vestir, sus noviazgos y desamores que cualquier reflexión interna sobre el pensamiento.

El caso era que en cada uno de la pandilla fueron aflorando esas mezquindades primitivas que se ven tan a menudo y unos y otros se fueron distanciando hasta que el grupo dejó de reunirse.

Y ese desencanto fue el disolvente para hacerme llegar a la situación actual, pero aprendí mucho de todo aquello así que por eso, poco a poco, mis actividades sociales desaparecieron.

En alguna parte de mí echaba de menos tímidamente el poder sincerarme con cualquiera que supiera entenderme, pero mis tímidos intentos se habían encontrado siempre con interpretaciones erróneas y me di cuenta de que encontrar aalguien que no antepusiera su personalidad a todo lo demás era improbable.

Mi trato con Lisardo se mantuvo aún. Creo que sentía por mi algún tipo de admiración. Atendía casi con veneración mis escasos comentarios sobre el tema de turno aunque nunca añadió nada que los enriqueciera o que, al menos, los pusiera en duda.

Con ellos llenaba sus vacíos y su falta general de opinión sobre cualquier cosa.

Días después me contaba entusiasmado alguna reflexión que, lo había olvidado, le había dado yo anteriormente, creyendo encantado que por fin había tenido una reflexión madura y propia...

Por eso Lisardo tenía una vida anodina. Soltero, muy amo de su casa, más bien de su pequeño estudio, sin interés en absoluto por cualquier cosa que no sea superficial. No nos parecemos en nada.

Yo también vivía solo y tal vez por ello sentía una gran curiosidad por el comportamiento de las vidas de los demás.

Empecé teniendo la esperanza de que, más allá de la mediocridad hubiera vidas interesantes con las que poder compartir algo más que las rencillas mediocres conocidas.

En cuanto a mí, había estado casado no hacía mucho tiempo pero las cosas no habían ido bien y las rupturas habían sido extremadamente dolorosas. En este momento me encontraba bien así y no sentía la necesidad de correr nuevos riesgos.

Desde mi ventana intuía comportamientos en ventanas ajenas, pero me tenía que inventar sus vidas porque lo que veía no me proporcionaba más que una minúscula información.

Conocí con bastante precisión los horarios de algunos vecinos, cómo llevaban a los niños al colegio o a qué hora se acostaban, pero daría cualquier cosa por estar allí, invisible, en medio de su salón, escuchando sus conversaciones, para ver cómo eran, de qué hablaban, cómo se trataban unos a otros, qué actividades les gustaban, qué inclinaciones políticas, etc.

No habría en ello ninguna intención malsana sino solamente una curiosidad por conocer el comportamiento humano, porque mi aislamiento no me dejaba ver más que la superficie.

Claro que todo ello solamente nos da un débil reflejo de una vida superficial a la que tenemos que añadir el relleno necesario para suponer la vida al completo, pero me temía que, si pudiera hacerlo, me quedaría frustrado, porque, con toda probabilidad, serían igualmente vidas anodinas y sin importancia. Por eso también, al poco tiempo, dejé depreocuparme y dejé de mirar a las persianas: No tenían el interés que había supuesto.

Con ese panorama, la única escapatoria era la de imaginar grandes aventuras: La huída interior sustituye a la aburrida existencia exterior, por lo que muchos bucean en vidas ajenas, en novelas ajenas, en sueños ajenos a falta de los propios. Pero, ¿por qué utilizar la imaginación ajena para amenizar nuestra vida pudiéndolo hacer nosotros mismos?

Mientras retorcía los espaguetis y miraba por la ventana a los viandantes con sus paraguas de colores, Lisardo hablaba sin parar, entusiasmado, de no sé qué jugada maestra que el deportista analfabeto y millonario de moda había hecho el domingo. Era un tema que estaba en boca de todos y parecía que el mundo se iba a acabar porque el equipo había destronado de no sé qué liga al favorito local por no sé qué turbio asunto de faldas.