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Si alguna vez te has despertado creyendo que has vivido otra realidad, o si has visitado un lugar y te ha parecido que ya has estado ahí o si has leído una historia que te recuerda a otra historia tuya, entenderás porqué el protagonista de esta historia no tiene nombre. Es porque su nombre es... el tuyo. Y si alguna vez has sabido lo que iba a pasar y pasó, no hagas caso si te dicen que es una coincidencia. Habla con Melisa primero. Durante el relato me he encontrado varias veces con grandes dificultades para seguir adelante con normalidad y evitar de esa forma que la propia narración me afectara personalmente ya que es una historia que tiene la magia de arrastrarte hacia su interior haciéndote perder la noción de tu realidad.
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Seitenzahl: 132
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Si alguna vez te has despertado creyendo que has vivido otra realidad, o si has visitado un lugar y te ha parecido que ya has estado ahí o si has leído una historia que te recuerda a otra historia tuya, entenderás porqué el protagonista de esta historia no tiene nombre. Es porque su nombre es… el tuyo.
Y si alguna vez has sabido lo que iba a pasar y pasó, no hagas caso si te dicen que es una coincidencia. Habla con Melisa primero.
INTRODUCCIÓN
I-La vieja ciudad húmeda
II-¿Dónde está Melisa?
III-El maniquí
IV-El viaje
V-El pueblo
VI-La vida de los otros
VII-La biblioteca
VIII-EL DESIERTO
IX-La soledad
X-La dura realidad
XI-El teatro
XII-Y la cuerda se rompe
XIII-El círculo se cierra
Epílogo
EPILOGO PERSONAL
Sé que esta es una historia difícil de creer. Cuando me vi en la imperiosa necesidad de narrarla tal como me la habían contado, desconocía yo mismo el alcance que pudiera tener una vez encadenada al murmullo de la gramática.
Durante el relato me he encontrado varias veces con grandes dificultades para seguir adelante con normalidad y evitar de esta forma que la propia narración me afectara personalmente ya que es una historia que tiene la magia de arrastrarte hacia su interior haciéndote perder la noción de tu realidad.
Pero mi empeño, unido a grandes cantidades de papel arrugado ha dado a luz esta historia real que aparece por primera vez en público.
Es la historia de alguien que, un día cualquiera, aprendió a olvidar para luego olvidar que lo había aprendido.
Al vivir con ello, lo hizo suyo de una forma natural.
Su falta ocasional de memoria le convirtió en alguien atemporal, lo que, contradictoriamente, le permitió recordar cosas que ninguno de nosotros ha sido capaz de recordar nunca. Pero, quien sabe, tal vez alguno de ustedes lo consiga.
He tratado únicamente de contar su historia superficial resumida en un corto espacio de tiempo.
Las verdaderas razones... esas no las he podido contar porque, cuando lo estaba haciendo, me vi también atrapado en la propia historia.
Baste decir, solamente, que le he dado la forma que tiene, dentro de nuestro lenguaje, que no es más que una burda proyección dentro de las limitadas dimensiones en las que nos encontramos ustedes y yo.
Por eso, no piensen al leer algún capítulo que han cambiado de libro, no: hay vidas dentro de vidas y libros dentro de libros, pero todos ellos nos conforman en lo que somos: a veces solitarios, a veces héroes, a veces unos desconocidos para nosotros mismos. Y el protagonista es cada uno de nosotros si sabemos mirar bien.
Si, en algún momento de la lectura, alguno de ustedes sintiera la sensación de que los objetos cotidianos se desvanecen levemente y que les invade una cierta sensación de ingravidez, deberían optar por cerrar el libro violentamente y aferrarse a su realidad habitual, o quizás prefieran inconscientemente profundizar más y más a costa de lo que sea porque habrán descubierto la pequeña puerta que nunca antes habrán visto, en un oscuro rincón del pasillo... donde está escrita su propia historia, tal vez en un tiempo o en un estado diferente que ahora mismo no recuerdan.
Si acaso se deciden por esta segunda opción, me encantará seguir la charla... en algún lugar... algún día... de algún modo.
Aquella noche de lluvia le sorprendió paseando con rumbo desconocido, indolentemente, por las calles del barrio viejo. En el abrigo se ocultaba difícilmente el cuello de una botella de mal vino que sobresalía, destapada, dejando caer alguna gota al compás de sus tropiezos.
Eran las cuatro de la mañana, aunque no parecía tener conciencia de ello mientras canturreaba una vieja canción de cuando hizo la mili.
El día había sido lento y pesado, como uno de esos en que las nubes no dejan distinguir la hora y todo parece un amanecer gris permanente que nunca se va a asentar del todo.
A menudo le costaba saber, mirando por la ventana, si eran las siete de la tarde o las siete de la mañana. Hacía tiempo que el viejo despertador había dejado de funcionar y había descubierto que saber la hora no le servía de mucho.
Recordaba vagamente haber estado hablando largo rato con Melisa.
Melisa era la gata del piso de al lado, que a veces pasaba por el estrecho precipicio de la ventana y le llamaba en los cristales. Siempre se alegraba de tener compañía y la dejaba entrar.
Era bastante coqueta y con sus gestos gatunos, frotándose contra sus piernas y maullando de forma lastimera y arrastrada, le convencía de que abriera el cofre de los tesoros. Siempre salía algo: un trozo de pan duro ablandado en leche, los restos de unas lentejas frías, cualquier cosa era lo bastante apetitosa para que a Melisa se le soltara la lengua en agradecimiento.
Y así, había ido sabiendo de las idas y venidas de la vecindad, llegando a constituir para él un indispensable alimento del espíritu que le mantenía vinculado con las pequeñas pasiones y las torpezas de los seres humanos.
Porque, al eludir continuamente el trato con las personas, había ido perdiendo ese pudor que todos tenemos en manifestarnos, en nuestra apariencia, en las formas sociales...
Melisa mantenía un nexo de unión que le hacía recordar un poco a aquel personaje, entonces más joven que había sido.
Aunque solamente vivamos una vida, él recordaba a duras penas la primera parte. Era como si la hubiera vivido otra persona, estaba desdibujada y a veces pensaba que había sido una película y no su propia vida. Cuando pasan los años y miramos para atrás, apenas reconocemos a aquel joven inexperto que hizo cosas que ahora mismo nos avergüenzan.
Miramos con la superioridad que nos da la edad y la experiencia a quienes todavía no la tienen olvidándonos de nuestra propia inexperiencia juvenil.
Había nacido en una familia de clase media, suficientemente acomodada sobre todo porque eran tiempos de postguerra y la vida social apenas empezaba a recuperarse.
Se libró por unos pocos años de las colas de racionamiento y ni siquiera se enteró a lo largo de su infancia y de su adolescencia de que estaba viviendo una vida triste, llena de prohibiciones, de normas, de pecados absurdos y de penas injustas creadas por una sociedad asustada por acontecimientos anteriores.
Su educación en un internado le impidió más todavía conocer el mundo, la sociedad y lo que estaba pasando fuera de los muros del colegio.
Pero gracias a la educación, estaba protegido por suficientes conocimientos y le fue fácil encontrar un empleo de contable e ir ascendiendo dentro de la empresa hasta alcanzar un elevado puesto con un elevado salario.
Y no es que fuera viejo, no. Pero la indolencia de los últimos tiempos le había ido dejando un poso de cansancio y aburrimiento que le hacían seguir al margen de los acontecimientos sociales.
Su horizonte se había ido estrechando hasta quedar aprisionado por las cuatro paredes de su aposento, allí donde se fraguaban sus "aventuras" por los pasadizos de las calles, donde el remolino de la multitud apresurada le envolvía por las noches.
Ya sé que no es fácil creer que un gato pueda hablar. Más les va a costar admitir que, no solamente podía hablar con Melisa, sino con cualquier cosa que se le cruzara en su camino.
Hacía tiempo, cuando vivía en las afueras, sus conversaciones más frecuentes las hacía con un grueso, retorcido y viejo castaño que dejaba caer sus ramas contra su ventana pero que se comunicaba exasperantemente despacio.
Otras veces lo había hecho ocasionalmente con un perro de raza indeterminada, flaco y hambriento que siempre se estaba quejando.
Por supuesto, no había contado a nadie sus largas conversaciones de este tipo, pero no por miedo a las reacciones que pudiera haber, sino porque ni siquiera se había planteado tal cosa.
Por otra parte, el viejo castaño le había ofrecido conversaciones demasiado lejanas para su entendimiento.
Le contaba vivencias que estaban limitadas a un área muy estrecha, en donde se relataban cuestiones de litigios entre las raíces de las restantes plantas y las suyas.
Era parco en palabras y su grave voz sonaba demasiado profunda y a veces ininteligible.
En cuanto al perro, su mal estado le hacía ser demasiado pesimista. Era uno de esos perros de raza indefinida, con los ijares marcados por sendos huesos, que siempre andaba con la cabeza baja, acostumbrado a olfatear cualquier cosa que pudiera llevarse a la boca, así que dejó de hablar con él porque le deprimían las continuas lamentaciones del can.
Melisa, aquella tarde, cuando fue a llamar a su ventana, había estado más enigmática que de costumbre.
Casi siempre había sabido leer entre líneas lo que Melisa le quería decir y se daba bastante maña para entenderla.
Pero esta tarde no había sabido interpretar muy bien sus comentarios.
Había estado inconexa, divagando sobre temas dispares y con la mirada perdida.
Al final, sin querer probar ninguno de los suculentos manjares que le había ofrecido, se había tumbado junto a sus pies y se había quedado dormida, con un sueño inquieto lleno de sobresaltos.
¿Qué era lo que había dicho? Ah, sí: Entremezclándolo con la amplia vida social de su ama, había hablado de tener que irse, pero como si no quisiese.
Y es bien sabido que los gatos adoran el hogar y que no cambian a menos que sea del todo indispensable.
Cuando le preguntó por los motivos, ella hizo un mohín displicente y apoyó la cabeza entre las patas simulando sueño.
Había sido una conversación rara, aunque no era la primera vez que sucedía.
No le importaba, ya que conocía el lenguaje misterioso de los gatos, pero su precisión hoy había sido mayor, o tal vez le había pillado en un momento más receptivo.
Hubo veces, por ejemplo, en que le había llamado por otros nombres distintos, como si se confundiera de interlocutor.
Sin embargo, él sabía que era a propósito. Y lo tenía asumido dentro de la idea consabida de lo enigmáticos que son estos felinos.
Se había referido, entre otras a la gran chimenea, al arcón del desván, a la alfombra de piel de tigre que tenía al pie y donde ella solía dormitar y él leer.
¡Y la pipa! ¡Qué insistencia! Estaba empeñada en que volviera a usar su gran pipa, cuando los dos sabían perfectamente que nunca había fumado, que no había tenido chimenea y, mucho menos una piel de tigre como alfombra.
Otra cosa había sido la mención a la mujer de los ojos negros. La había retratado de tal forma que hasta llegó a creer, si no recordar, una mujer de tales características.
Sorprendido, había notado que su corazón le llamaba a golpes (la única forma que tiene el corazón de llamar, por otra parte), como si realmente Melisa hubiera dado con el tipo de mujer con el que siempre había soñado.
Y luego habló de un hombre misterioso, de un bufón de feria, en fin, que llegó un momento en que dejó de escucharla y se quedó plácidamente dormido en la vieja butaca.
Y soñó que se iba a algún otro lugar.
La ciudad en la que vivía siempre estaba fría y húmeda y su reúma le pedía un descanso en tierras más secas y cálidas. Por Melisa no era. Al fin y al cabo, siempre podría reanudar sus conversaciones con algún otro gato o lo que fuera, y eso le abriría nuevos horizontes sobre el entorno.
Se daba cuenta de que se había ido cerrando poco a poco respecto al mundo de alrededor.
En otros tiempos, siendo un personaje importante de la vida social, absorbía las noticias tal cual llegaban desde cualquier medio de comunicación.
Y las barajaba entre sí, sacando conclusiones más o menos ingeniosas que luego contrastaría con otros compañeros de trabajo.
Recordaba las largas tertulias después de comer y las discusiones acaloradas con algunos de sus amigos de partida sobre tal o cual suceso internacional de primera página.
No recordaba si había sido de repente o poco a poco cuando se fue dando cuenta de que las diferentes versiones que oía sobre un mismo hecho le parecían tan posibles como cualquier otra que él pudiera inventar de forma descabellada.
También se dio cuenta de que las ideas de sus compañeros eran habitualmente manidas y repetidas, y que cada uno mantenía posturas que nunca cambiaban a pesar de los intentos de los demás por convencerle.
Para sus contertulios era más importante dar la impresión de que eran personas formadas, con las ideas claras, que reconocer los errores y eran capaces de buscar argumentos, aunque fueran falsos, con tal de quedar bien.
“Complejos de inferioridad”- pensó
Y, de este modo, empezó a jugar con las ideas y cada día defendía un punto de vista diferente con el mismo apasionamiento para así probar su teoría. Alguien no tardó en darse cuenta y a criticar su postura y comenzó a parecerles desconcertante, incoherente. Y mientras, él se deshacía en protestas, tratando de hacerles ver que no era cinismo sino real convencimiento de que cada día veía las cosas de una forma distinta.
Poco a poco las conversaciones se fueron endureciendo más y más hasta que comenzó a darse cuenta de que la personalización de cualquier cosa referida a él le molestaba profundamente:
¿Quién era aquel cretino de la chaqueta a cuadros atildado, presuntuoso y mediocre para juzgarle?
Y, tal vez un razonamiento como ese comenzó a apartarle de todas aquellas tertulias hasta que un día se dio cuenta de que, en realidad, nunca le habían gustado. Y no volvió a ir.
Su cuenta corriente había ido creciendo año tras año de trabajo. Su ausencia de gastos y su vida discreta le habían permitido lograrlo.
Y no tardó tampoco demasiado en darse cuenta de que, prudentemente colocado aquel pequeño tesoro, podría vivir de sus rentas, eso sí, modestamente, toda su vida.
Recordaba aquella noche como memorable.
La idea le había estado dando vueltas en la cabeza durante varias semanas, hasta el punto de quedarse absorto en ella durante el trabajo.
No le molestaba para nada la idea de dejar de ser alguien importante, ni la de dejar de mandar a un grupo de subordinados que acallaban sus cuchicheos y susurros cada vez que se aproximaba.
No le importaba para nada el prestigio social tan difícilmente alcanzado.
Paulatinamente, se había ido apoderando de él un cansancio mortal, un tedio por las cosas que le rodeaban.
Su trabajo era mentira: una pequeña mentira, pero mentira al fin.
Sumada a otras pequeñas mentiras, entre todos ayudaban a que las noticias de los periódicos fueran una sarta de falsedades escritas únicamente con motivos nada claros.
Todo ello le hizo quedarse hasta muy tarde aquella noche, sentado en el bar, primero con un papel y lápiz delante, mientras hacía cuentas y mirando al infinito después, mientras se regocijaba ya con su libertad anticipadamente.
Podría decirse que todos tenemos nuestra escala de valores aunque sea difícil hacer una lista ordenada de ellos, porque muchas veces esa lista se va cambiando a lo largo del tiempo, a veces incluso en unos pocos días, debido a las circunstancias que nos van modificando.
Su lista había ido variando sin darse cuenta apenas.
En los primeros escalones, desde luego, estaban la vida y la salud, en lo que coincidiría con la mayoría de las personas. En cuanto al amor, le había jugado algunas malas pasadas y lo había relegado a la zona baja de la escala: no quería tener que comprender, compartir, aguantar, o lo que fuera, a otro ser humano con diferentes puntos de vista del suyo.
Y, en este momento, en uno de los escalones principales estaba la libertad, la independencia, hacer lo que fuera en el momento que le apeteciera, sin tener que someterse a otras personas.
A la mañana siguiente no fue a trabajar, ni a la otra, ni nunca más.
No volvió a ver a ninguno de sus compañeros de trabajo, ni mandó carta alguna para notificar su decisión, ni lo comentó con nadie. Sencillamente, dejó de ir.
Las cuentas salían y eso era todo lo que necesitaba saber.
Para evitar preguntas innecesarias se ausentó una larga temporada previamente y solamente volvió a por sus cosas tiempo después.
Se cambió de ciudad y una lenta pero implacable metamorfosis se fue produciendo en su interior.
Desde su nueva perspectiva, su anterior vida le hacía estallar a veces en una sonora carcajada incontenible que habría sorprendido a más de un viandante.
