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¿El hombre perfecto para Fran? Fran Williams estaba en la encrucijada; necesitaba espacio, un empleo y estar alejada de los hombres. No obstante, aceptó convertirse en la enfermera personal de un millonario herido e impaciente llamado Josh Nicholson. Josh era todo lo que Fran no necesitaba; al menos eso era lo que ella pensaba hasta que despertó la ternura que aquel hombre llevaba dentro y se enamoró locamente de él. No podía olvidar que Josh le había devuelto la vida, y lo único que haría que todo fuese perfecto sería que él aceptara permanecer con ella para siempre...
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Seitenzahl: 160
Veröffentlichungsjahr: 2022
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 2002 Caroline Anderson
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
En sus manos, n.º 1774 - abril 2022
Título original: Assignment: Single Man
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1105-711-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
FUERON su sonrisa sensual y aquella mirada de ojos azules que parecía atravesarla las que le recordaron rápidamente de quién se trataba.
Fran había salido a recepción para decirle a Jackie que tenía una segunda entrevista con Xavier Giraud. Pero no tuvo oportunidad porque la mujer ya no estaba sola. Había junto a ella un hombre.
Josh la miró y su sonrisa se expandió en un gesto de reconocimiento.
–Pero si es la eficiente enfermera Williams –dijo él con cierta sorna.
–Y aquí tenemos al accidentado señor Nicholson. Me alegro de ver que está usted vivo.
–¿Se conocen? –preguntó algo desconcertada Jackie.
Josh Nicholson soltó una leve carcajada.
–Sí, un poco. Tuvimos un breve encuentro tiempo atrás.
–¿Cómo está su pecho? –le preguntó Fran con una suave risa.
–El pecho muy bien. El problema es que el resto del cuerpo está algo dolorido. Por eso vengo. Necesito una enfermera.
Le lanzó a Fran una sonrisa con la que la retaba a aceptar el trabajo.
A la enfermera le extrañó el tono, pero le extrañó aún más el modo en que sus palabras le habían acelerado el corazón.
Se forzó a ignorar tan inexplicable sensación.
–¿Por qué necesita una enfermera? –le preguntó ella, yendo directamente a lo que le interesaba–. Si ya le han dado el alta en el hospital…
–Yo exigí el alta –dijo él secamente–. El médico no parecía estar muy de acuerdo.
Ella frunció el ceño.
–¿Usted exigió el alta?
Él asintió con una sonrisa traviesa que a ella la afectaba de un modo inadecuado. Obvió la taquicardia continua que aquel hombre le provocaba y lo observó. Estaba sentado en una silla de ruedas, vestido con un viejo chándal, con una de las perneras cortadas para dejar espacio a la venda que cubría su pierna. También llevaba una escayola en el brazo derecho y le habían cortado el pelo al uno, probablemente para coserle alguna herida. A pesar de todo, estaba realmente atractivo. Incluso con las contusiones y roturas de las que había sido víctima, permanecía altivo y poderoso, sin haber perdido ni un ápice de su sensualidad y su atractivo.
–¿Cuánto tiempo hace, exactamente, que tuvo ese accidente? –le preguntó ella.
–Hace doce días.
Fran parpadeó.
–Debe de estar loco para haber pedido el alta tan pronto.
La sonrisa se desvaneció del rostro de él, mostrándole, por primera vez, lo mal que se sentía realmente.
–Lo que me estaba volviendo loco era estar encerrado en la habitación del hospital –la corrigió él–. Sé que necesito descansar. Pero no soy un suicida dispuesto a marcharme a casa solo para que mi madre me vuelva loco.
–Quizás eso es precisamente lo que necesita: amor maternal, una madre que lo cuide, le haga comiditas caseras. Alguien que lo conozca a la perfección…
Él la interrumpió bruscamente.
–Usted no conoce a mi madre –dijo–. Ni es maternal, ni sabe cocinar, ni creo que me conozca en absoluto. Lo único que hará será desquiciarme. Por eso necesito una enfermera, para que no insista en venir a cuidarme ella –su seductora sonrisa apareció de nuevo–. Creo que tiene usted la obligación moral de evitar un asesinato.
Ella respondió también con una sonrisa.
La verdad era que aquel hombre necesitaba ayuda, y ella no estaba en posición de decir que no. Además, cuidar de él podía resultar divertido.
–Asumo que este es un puesto que requiere que viva en la casa –le dijo ella mirando a la recepcionista–. ¿Tú que opinas? –le preguntó a Jackie, que era la encargada de organizar con quién iban los empleados de la agencia y en qué términos y condiciones.
–Sí, debería ser así –contestó la mujer.
–Eso es lo que yo necesito. No puedo darle a mi madre ni la más mínima oportunidad de que se meta en mi vida.
Fran contuvo una sonrisa.
–¿Cuántas horas de trabajo requerirá?
Él se encogió de hombros.
–Las mínimas. El tiempo de ir al supermercado y de hacer un poco de comida precocinada. También tendrá que hacerme las curas de la pierna. El resto del tiempo podrá emplearlo en lo que quiera, siempre y cuando la tenga cerca cuando la necesito. Supongo que sabe conducir.
–Sí –le confirmó ella.
–Estupendo, entonces.
Comparado con su infernal trabajo anterior, aquello sonaba realmente bien. El único problema podría ser el aburrimiento. Pero, quizás, eso era justo lo que necesitaba.
Todavía no se sentía suficientemente fuerte para afrontar nada más duro.
Fran miró a Jackie.
–¿Es posible?
Jackie sonrió.
–Sí, claro que sí –se volvió hacia el hombre–. Necesitamos unos minutos para rellenar los papeles y Fran será toda suya.
Las dos mujeres se encaminaron hacia la oficina y Jackie cerró la puerta, apoyándose teatralmente en ella y llevándose la mano al pecho.
–¡Es tan guapo! –dijo–. No me puedo creer que lo conozcas. Vas a aceptar el trabajo, ¿verdad? No seas tonta.
Fran agitó la cabeza dudosa.
–No sé. Tengo una entrevista con el doctor Giraud a las once. Preferiría ver lo que me ofrece. Además, no lo conozco bien. Solo nos hemos visto una vez.
–Pero supongo que sabes quién es. ¡Es muy famoso!
–Me comentaron algo en el trabajo, pero nunca había oído hablar de él –dijo Fran–. Según parece, tiene dinero.
–¿Dinero? ¡Es inmensamente rico! –respondió Jackie con una carcajada–. Pero, ¿qué me dices del trabajo? Necesita alguien que lo cuide. Si mis informaciones son ciertas, tuvo un accidente en la A12. Me han contado que se le cruzó un caballo por la carretera en mitad de la noche. Tuvo suerte de no matarse. Tienes que aceptar. Es la ocasión de tu vida.
Fran había conocido a Josh Nicholson al realizarle una leve cura por un corte en el torso. Había tropezado con un gato, cayéndose sobre unos contenedores de basura. Poco después, había oído la espeluznante noticia de su casi mortal accidente, y le había impresionado.
–La verdad es que es tentador. Pero me siento mal respecto a Xavier Giraud. Le había dicho que lo atendería.
–Pero con Giraud no tendrás más que un trabajo a tiempo parcial. Además, ¿qué prefieres, cuidar a la hija del doctor o a Josh Nicholson?
Fran pensó en el médico, en su casa triste y oscura, en la melancolía que pesaba sobre ella por la reciente pérdida de su esposa y las lesiones que sufría la hija, y se preguntó si realmente estaba capacitada en aquel momento para soportar todo aquello.
–La verdad es que no voy a poder atender a la hija del doctor como merece. Necesito un descanso. Ya he tenido bastante.
Después de cinco minutos, Josh Nicholson y Fran salieron juntos de la consulta. Él tomó un taxi y ella lo siguió en el coche por las calles de Woodbridge hasta cruzar el río y alejarse de la ciudad. De pronto, la casa de Josh Nicholson apareció en el horizonte y ella se quedó boquiabierta. Se alzaba majestuosa entre unos hermosos y frondosos árboles, con elegante grandiosidad. A lo lejos, el río corría fresco y sonoro, salpicado de pequeñas casas y tiendas que adornaban su orilla, mientras las embarcaciones se deslizaban suavemente sobre el líquido elemento.
Era, sin duda, un rincón prodigioso, del que ella disfrutaría durante un tiempo.
Detuvo el coche y se bajó para ayudar al taxista a bajar la silla de ruedas del maletero y a sentar a su paciente en ella.
Josh le dio las gracias al conductor y le pagó sobradamente, lo que el hombre agradeció.
En pocos minutos se encontraron solos. Completamente solos. Fran notó entonces lo aislada que estaba aquella casa y lo difícil que le resultaría avisar a alguien si sucedía un imprevisto. Aplacó su pánico diciéndose que estaba siendo una necia, que no tenía por qué ocurrir nada malo. Aquel hombre no iba a matarla, porque de haber sido esa su intención, ya lo habría hecho. Todo iría bien. Él estaba en vías de recuperación y todo lo que tenía que hacer era conseguir que descansara.
–¿Tiene las llaves?
Él maldijo entre dientes.
–Están en el taller, dentro del coche.
–¿No tiene una copia en alguna jardinera?
–No.
–Bien, tendremos que ir hasta allí en mi coche.
Él miró su vehículo e hizo una extraña mueca.
–¿Quiere que me meta ahí?
Fran se indignó.
–Puede que no sea el tipo de coche al que está acostumbrado…
–No estaba criticando el coche. Solo me preguntaba cómo demonios puedo caber con esta maldita pierna. No la puedo doblar.
Tenía razón. Josh Nicholson era un hombre grande con una larga extremidad rígidamente estirada, mientras su coche no era más que un utilitario pequeño.
Le explicó que no había más que dos opciones: o se iba con ella o se quedaba sentado ante la puerta de su casa a esperar que regresara.
Josh sentía dolores por todas partes. Aquel coche no estaba hecho para hombres de su tamaño y, menos aún, escayolados.
Se maldijo varias veces por no haber pensado en las llaves. La verdad era que las ganas de volver a casa lo habían cegado sobre la importancia de tener un medio para entrar.
Se removió una vez más y buscó una postura desde la que poder observar el rostro de Fran.
Interesante. Su cara era más bonita de lo que recordaba. No era una belleza clásica, pero era guapa. Tenía una fina y suave piel de color marfil y el pelo oscuro que se ondulaba hasta debajo de los hombros. De pronto, sintió la necesidad de extender la mano y acariciarla.
Sus pómulos eran tentadores y sus ojos azules grisáceos, preciosos.
Se preguntó qué le habría ocurrido en la vida y cómo era que una mujer de su edad y de su atractivo andaba trabajando en casas ajenas, en lugar de cuidar de un marido y de unos hijos.
–Tuerza a la derecha –le dijo él, y se dijo a sí mismo que los motivos que tuviera para hacer aquel trabajo no eran problema suyo. Debía conformarse con que alguien eficiente hubiera aceptado el puesto en tan poco tiempo. Asumía que era eficiente pues, de no serlo, la agencia se lo habría advertido–. Es ese taller de ahí.
Ella redujo la marcha, se metió en el garaje y se detuvo.
–Quédese aquí. Iré a preguntar –sugirió ella.
Pero él negó con la cabeza.
–Quiero ver el coche.
–No creo que sea buena idea –le dijo ella con firmeza.
Probablemente tuviera razón. Pero, a pesar de todo, quería ver el estado de su vehículo y estaba dispuesto a salir del coche con o sin ayuda.
–No la he contratado para que me dé su opinión –le dijo bruscamente–. Necesito una enfermera, no una niñera. Saque la silla.
Ella abrió la boca para decir algo, pero se calló. Acto seguido, salió dando un portazo.
Josh sonrió. Tenía carácter. Mucho mejor. Eso haría su convalecencia mucho menos tediosa.
Fran abrió su puerta y le acercó la silla de ruedas.
–Pienso que está usted loco –le dijo con una franqueza que rallaba en la insolencia. Él no se molestó en discutir.
George, el jefe de taller, se aproximó a ellos con una espléndida sonrisa.
–¡Señor Nicholson! Me alegro de verlo por aquí.
–Hola, George. He venido a recoger algunas cosas de mi coche.
–Sin problema, señor. Hemos sacado todo lo que había y lo llevamos a la oficina. Le diré a uno de los chicos que le traigan lo que necesite. Será mejor que se quede aquí.
¿Por qué todo el mundo se comportaba de un modo tan protector?
–Me gustaría ver el coche –dijo él con firmeza.
Una sombra de duda empañó los ojos de George.
–Bueno… es su coche, pero realmente creo…
–Me gustaría verlo –repitió él en un tono imperativo e indiscutible.
George se encogió de hombros en un gesto de rendición.
–Déjeme ayudarlo con la silla, señor –dijo el jefe de taller, limpiándose las manos con un paño.
Recorrieron el taller hasta llegar al lugar en que se hallaban los restos de su coche. Estaba casi irreconocible.
Josh sintió una náusea al verlo todo lleno de sangre. Se preguntó cómo demonios había salido vivo de aquello. Apartó la mirada.
–Necesito las llaves y el control remoto del garaje. También querría algunos de mi CDs si no están rotos.
–Las llaves y el mando están en la oficina. Pero todavía no hemos abierto el maletero, y creo que los compactos están ahí. Se los haré llegar tan pronto como me sea posible. Para serle sincero le diré que no esperábamos verlo por aquí tan pronto. De hecho nos sorprende que haya salido con vida.
Dado el estado en que había quedado el coche no podía sino darle la razón. Asintió a George y miró a Fran. Sintió un repentino cansancio. Ya había tenido demasiado.
–¿Por qué no regresamos al coche y esperamos allí a que George encuentre mis cosas?
Sin aprovecharse de su debilidad para hacer ningún comentario cáustico, ella agarró los mangos de la silla y se encaminaron hacia el coche.
–Tenía razón –le dijo él una vez en el utilitario de ella y ya de camino hacia su casa–. No debería haber visto el coche.
Fran se encogió de hombros.
–Sabía más o menos cómo habría quedado. Trabajé durante años en urgencias y tuve que atender a muchas víctimas de accidentes de tráfico. Muchas veces parece un milagro que la gente haya sobrevivido a ellos.
–Lo que he visto me ha dado una perspectiva mucho más trágica de lo sucedido. Cualquiera de las heridas que me he hecho podría haberme matado.
Él inclinó la cabeza y la apoyó sobre el respaldo del coche con la mirada turbada.
–Pronto estaremos en su casa y podrá echarse una siesta. Le vendrá bien.
–No he dormido una siesta desde que tenía tres años –dijo él con desagrado.
–Supongo que habrá hecho muchas cosas en estas dos últimas semanas que no habrán sido las habituales. Pero no tiene sentido lamentarse por lo que no tiene remedio –dijo ella y continuó sin esperar una respuesta–. Mientras usted descansa, yo iré a hacer la compra, ¿de acuerdo?
Ante tanta firmeza, ¿qué podía decir Josh? Realmente nada. Se encogió de hombros y apartó la mirada hacia la ventana. Tendría que resignarse a que aquella mujer controlara su vida durante el tiempo que estuviera a su lado. Al menos, parecía mejor que su madre, lo cual no dejaba de ser una compensación.
Llegaron a la casa y ella recorrió con precaución el camino de gravilla. El movimiento le provocó a Josh fuertes dolores.
Se había negado a tomar los analgésicos que el médico le había recetado, pero empezaba a pensar que no sería mala idea ingerir un calmante cuando llegaran. Entre tanto, solo le quedaba apretar los dientes.
Josh tenía muy mal aspecto cuando llegaron a casa. Fran había sabido de antemano que la visita al taller no sería buena idea, pues el estado del vehículo no haría sino impresionarlo negativamente.
A pesar de la experiencia que ella tenía en aquel tipo de casos y los muchos coches accidentados que había tenido que ver, se había quedado sorprendida al ver el montón de hierros en que se había convertido el de Josh Nicholson. Ni siquiera podía reconocerse la marca.
Fran notó que él estaba luchando contra su dolor y se preguntó si le habrían suministrado analgésicos. Seguramente no. Aquel hombre era tremendamente cabezota y se habría negado. Bueno, allá él. Al fin y al cabo, un poco de dolor no iba a matarlo y ella no era quien para interferir en su forma de hacer las cosas.
Llegó hasta el garaje y allí se detuvo.
–Todo lo que tengo que hacer ahora es ayudarlo a salir y llevarlo hasta la casa.
Josh respondió con una sonrisa tensa y ella supuso que era por causa del malestar.
Lo puso sobre la silla, no sin dificultad, y lo condujo hasta la puerta de la casa.
Metió la llave en la cerradura y, nada más abrir, la alarma comenzó a sonar.
–Introduzca la clave en el teclado –señaló él–. Cinco, ocho, treinta y seis, y pulse O.K.
Ella actuó con rapidez, logrando que el sonido se detuviera de inmediato.
–Menos mal. Ya solo me queda meterlo dentro de casa.
Superar el escalón fue algo costoso, pero lo consiguió finalmente sin más problemas.
Lo dejó durante unos minutos solo mientras iba por su maleta que estaba en el coche.
Fue al regresar cuando se dio cuenta de la belleza interior del preciado refugio de Josh Nicholson.
No había nada ostentoso o excesivo, pero era de una equilibrada y cara cualidad. Los suelos de madera clara combinaban con las puertas, mientras las paredes estaban decoradas con obras de arte originales.
–Si me muestra dónde está su habitación, podré cambiar las sábanas y prepararle la habitación.
–No tiene que hacer nada de eso. La agencia de limpieza se encarga de todo.
–En ese caso, lo ayudaré a ponerse ropa más cómoda y a descansar. ¿Dónde está el dormitorio?
Josh señaló el camino y llegaron a una habitación con hermosas vistas que daban al río.
–Al menos, pasará su convalecencia en un lugar bonito. Aquí podrá descansar.
Él gruñó.
–No tengo intención alguna de yacer aquí como un inepto, sin tener nada que hacer. A partir de mañana, volveré a trabajar.
Ella detuvo de golpe la silla y le puso los frenos.
–Eso ya lo veremos –dijo en un tono crispado–. De momento, le voy a poner en la cama.
Se inclinó para que le pasara el brazo por el hombro y así poder alzarlo, pero él la miró desafiante.
–Creo que le había dejado claro que lo que necesito es una enfermera, no una niñera.
Ella levantó las cejas.
–Sí, me lo dejó claro –respondió ella calmadamente–. Pero si su intención es hacerme imposible el trabajo, voy a tener que marcharme. Claro que eso no será un problema, porque su madre vendrá rápidamente a cuidarlo.
Él abrió la boca con intención de responder, pero la cerró sin decir nada, y se agarró a ella para que lo ayudara.
Estaba claro que lo último que quería era tener a su madre cerca. Era una información muy útil.
Fran lo desvistió eficientemente, dejando al descubierto sus heridas y cicatrices. En otras circunstancias, sus músculos poderosos y su torso bien esculpido habrían sido todo un reclamo. Pero el dolor de ver el estado de su tullido cuerpo fue más fuerte. Le preocupaba ponerlo cómodo cuanto antes para que pudiera descansar.
