3,49 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,49 €
Había tenido que esperar nueve años para decir "Te amo" Annie Shaw creía que su novio, Michael Harding, había muerto en un brutal ataque hacía ya nueve años. Jamás habría imaginado que Michael se había visto obligado a vivir todo ese tiempo bajo una falsa identidad. Ahora que había pasado el peligro, Michael podía por fin recuperar su vida, volver con la mujer que amaba… y con un hijo que no sabía nada de su padre. Solo deseaba que, con el tiempo, Annie se enamorara del hombre en el que se había convertido.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 168
Veröffentlichungsjahr: 2021
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2005 Caroline Anderson
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Nuevos caminos n.º 4 - mayo 2021
Título original: A Bride Worth Waiting For
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Este título fue publicado originalmente en español en 2006
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1375-613-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
SE ACABÓ.
Durante un instante no se movió. Después se giró despacio y la miró.
–¿Lo han detenido?
Ruth asintió.
–Lo atraparon en una villa a las afueras de Antibes. Se volvió descuidado; a lo mejor pensó que habíamos abandonado.
–Lo dudo, después de lo que nos hizo ese bastardo. Pero por fin van a encerrarlo, y espero que le caiga todo el peso de la ley. Yo me encargaré de que así sea. Olvídate de lo que hizo y de las vidas que arruinó, ese animal se merece nueve años.
Ruth, su amiga e investigadora, su antigua compañera y la mujer que lo había mantenido cuerdo durante todo ese tiempo, meneó la cabeza con desaprobación.
–Lo siento, Michael. Está muerto.
Él dijo una palabrota en voz baja y después, emocionado, preguntó:
–¿Qué pasó?
–Estaba con una chica. Frank no me dijo lo que le había hecho, pero estoy segura de que conocemos los detalles. Ella le disparó después de que los policías entraran en la casa. Le estaban poniendo las esposas y ella le disparó en la cabeza con su propia pistola. Dijo que se lo merecía.
–¿Es ésa la versión oficial?
Ruth sonrió.
–¡Oh, no! Por lo visto la pistola se disparó sola.
Él se alegró de que aquella chica no fuera a ser castigada por la ley.
–Me alegro por ella –dijo con suavidad–. Aunque me hubiese gustado pasar diez minutos con él a solas antes de que le disparara.
–Sin duda. ¿Y a quién no? Pero se acabó, y eso es lo único que importa ahora.
Era cierto. Y aquello significaba que todos, incluido él, estarían a salvo: Ruth, Annie y el hijo que por fin llegaría a conocer. La amenaza que pendía sobre ellos por fin había desaparecido.
De repente él sintió un nerviosismo incontrolable.
–¿Dónde están los demás? –preguntó.
–Los estaban deteniendo cuando me llamó Frank. Lo tenían bajo vigilancia. Hicieron una redada espectacular. Todo saldrá en las noticias.
–¿Entonces es oficial?
Ruth asintió.
–Sí, más o menos. Me imagino que alguien hablará contigo. Frank me volvió a llamar esta mañana, me sorprende que no te haya llamado.
–¿Te gustaría vivir aquí? –preguntó él–. ¿Podríamos intercambiar casas durante una temporada?
Hubo un silencio entre los dos y, cuando vio que se prolongaba, él se giró para estudiar la reacción de ella.
–¿Me he perdido algo? –preguntó.
–Si ya no me necesitas, preferiría estar en otro sitio.
–¿Con Tim?
Ella asintió.
–Me ha pedido que me case con él, otra vez. Después de todo lo que ha pasado siento que puedo continuar. Todavía lo quiero.
Él cerró los ojos y empezó a reírse hasta que se vio sobrecogido por la emoción.
–Ruth, es maravilloso. Me alegro mucho por ti. Llevo mucho tiempo exigiéndote demasiado. Ya no te necesito. Y sabes que jamás me interpondría en algo así.
–No. Todo irá bien. Yo necesitaba tu ayuda tanto como tú la mía. Siempre podrás contar con mi amistad. Pero Tim me espera ahora y necesito estar con él.
–¿Qué sabe?
Ella se encogió de hombros.
–Lo suficiente. Creía que jamás volvería a confiar tanto en un hombre después de aquello. Tampoco creí que pudiera amar a otro hombre después de que David muriera. Pero con Tim, todo ha vuelto a encajar, siento que puedo volver a empezar, y continuar con mi vida.
–Me alegro mucho por ti.
–Gracias. Seguiré trabajando para ti –añadió ella–. Si tú quieres.
Él hizo un gesto extraño con la boca.
–No lo sé. Esto cambia las cosas, ¿no? Ya no necesito escribir para ganarme la vida. A lo mejor me dedico a otra cosa, como cultivar viñas. Hablaremos de esto en otro momento. ¿Por qué no te tomas seis meses de vacaciones? Yo dejaré de escribir una temporada. Así tendremos los dos tiempo para aclarar nuestras ideas.
–Me parece genial.
–Por supuesto, te seguiré pagando, y no me lo discutas.
Ella abrió la boca y la volvió a cerrar.
–¿Cuándo quieres que me mude? –preguntó finalmente.
–¿Cuánto tiempo necesitas?
–¿Este fin de semana? No sé, cuanto antes mejor. Necesito estar con Tim. Espero que te vaya bien con Annie y Stephen –añadió Ruth tras una pausa–. Te mereces ser feliz. Ha pasado mucho tiempo para todos.
Había llegado la última y quizá la operación más importante de su vida. Lo había planeado meticulosamente a lo largo de aquel año. Iba a tener que arriesgarse como nunca, pero estaba decidido a ganar. Tenía que conseguirlo. Había demasiadas cosas en juego para fracasar.
–Cuídate mucho, cielo. Dile a Tim que es un hombre muy afortunado.
Vio alejarse a Ruth y después se sentó. Podía ver un tractor a lo lejos.
Para ser septiembre, todavía hacía mucho calor. Se acordó de Francia. Aquel final de septiembre se parecía mucho a este último. Cerró los ojos para volver a ver a Annie joven y rebosante de alegría. ¡Su sabor era tan dulce, y era tan apasionada! Completamente irresistible. Aquella noche él no pudo controlarse y ella se había entregado completamente a él. Su anillo. Su corazón.
Y un hijo al que no conocía.
Aún.
Se quitó el anillo que había llevado colgado durante muchísimo tiempo al cuello y se lo metió en el bolsillo. A lo mejor podría contarle pronto la verdad. Aunque todavía no era el momento. Antes ella tendría que llegar a conocer al nuevo hombre en el que se había convertido.
Por lo menos ahora era libre, él era libre para conseguirla y ella libre para amarlo si quería. No estaba dispuesto a fracasar más. Ya no.
¿Lo conseguiría?
Se miró al espejo. Ya no se parecía al hombre del que Annie se había enamorado. El tiempo y la cirugía estética que le habían salvado la vida eran los culpables de ello. El resultado era aceptable, tenía magulladuras pero su imagen era pasable. Por lo menos no era del todo feo, y por eso podía sentirse agradecido.
Se retiró del espejo, levantó el teléfono y marcó un número largo y conocido.
–Soy yo –dijo sin vacilaciones.
Casi pudo oír la sonrisa que se perfiló al otro lado del auricular.
–Michael. Bienvenido al mundo real.
HOLA.
Annie estaba a punto de cerrar cuando oyó una voz detrás de ella.
–Hola, forastera –dijo mientras se giraba sonriente–. Te he echado de menos este fin de semana. ¿Cómo estás?
–Por lo que veo, mejor que tú. Pareces cansada, Annie.
–Yo siempre estoy cansada. Llevo años cansada, pero no te preocupes por mí. Estoy acostumbrada. ¿Te apetece tomar algo? ¿Café? ¿Té?
–Nada. No quiero molestarte, estás cerrando.
–Acabo de hacer café. Y si no lo bebemos, lo voy a tirar. ¿Te apetece tomar una taza conmigo?
–Si estás segura de que tienes tiempo… ¿Dónde está Stephen?
–Está en el club de ajedrez. ¿Cómo estás? Hace cuatro días que no te veo.
Annie estudió la cara de Ruth. Estaba ligeramente sonrojada y con cierto brillo en los ojos, como si quisiera contarle algo.
–Vale. Pasa. Cuéntamelo todo. ¿Dónde has estado?
Ruth soltó un risita.
–He estado con Tim. Hay algo que quiero contarte.
–Jamás me lo habría imaginado –dijo Annie, burlona, mientras colocaba dos tazas sobre la mesa y acercaba una silla más–. Vamos, cuéntamelo todo.
–Me voy a casar.
El corazón de Annie se encogió y se inclinó para abrazar a Ruth.
–¡Ruth, eso es fantástico! –exclamó con la voz quebrada por la emoción–. ¿Cuándo te lo ha pedido? Me imagino que será ese policía tan apuesto.
Ruth suspiró y se reclinó en la silla. Tenía las mejillas rojas.
–Pues claro que es Tim. Y me lo ha pedido muchas veces. Pero esta mañana le he contestado que sí. Me voy a ir a vivir con él.
–¿Dónde vive? ¿No vivirá lejos, verdad?
–No, a cuatro kilómetros de aquí. Lleva mucho tiempo pidiéndome que me vaya a vivir con él. Por fin me he decidido y lo voy a hacer.
–Ruth, no sabes cuánto me alegro por ti. Desde que lo conociste estás muy bien.
–Es cierto.
–Se nota. Qué suerte tienes. Durante un tiempo pensé que tenías algo con Michael.
–Michael. Por el amor de Dios, no –dijo Ruth riéndose y negando con la cabeza–. Nada en absoluto.
–¿Tan malo es?
–No es malo. Ni mucho menos. Pero vas a poder comprobarlo por ti misma el lunes.
–¿El lunes?
–Se viene a vivir a mi piso. Dice que lo va a arreglar de arriba a abajo, y falta le hace.
Annie pestañeó sorprendida.
–¿Va a tener tiempo?
Ruth asintió.
–Quiere dejar de escribir una temporada y descansar. Me ha dicho que me tome vacaciones. Creo que él necesita un poco de trabajo físico para aclarar sus ideas y, afrontémoslo, esta casa necesita una reforma.
El corazón de Annie se precipitó inesperadamente.
–Vaya. Por fin voy a conocer al gran hombre en persona.
Ella nunca había conocido al casero, ni siquiera desde que él compró aquella casa antigua hacía siete años. Ruth había sido la intermediaria, había trabajado para él como investigadora y había vivido en el piso de arriba. Annie sabía muy poco de Michael, sólo que era un escritor con mucho éxito.
Seguramente por eso no lo había conocido nunca. Estaría demasiado ocupado para preocuparse por una propiedad insignificante, o por lo menos eso era lo que ella pensaba.
A Roger le habían encantado sus libros, incluso se lo había encontrado en dos ocasiones. Ella, sin embargo, nunca lo había conocido.
–Me pregunto si con la excusa de la reforma nos subirá el alquiler –murmuró.
Ruth se encogió de hombros.
–No lo sé. Lo dudo. Tendrás que preguntárselo tú misma. Me va a resultar extraño no vivir aquí después de tanto tiempo.
–Siete años. Me sentiré rara aquí sin ti. Te echaré de menos.
–Lo sé, yo también te echaré de menos. Pero tienes mi móvil. Llámame y quedaremos una noche para tomar una copa.
–Sería divertido –dijo Annie, sabiendo que era muy improbable, pero agradecida por la propuesta–. Gracias por todo lo que has hecho por mí durante estos últimos años, especialmente desde que Roger murió.
–Ha sido un placer. Tú también has sido una buena amiga para mí, Annie. Hubo momentos en los que no habría salido adelante sin ti.
–¿Para qué están las amigas? Me alegro de que hayas conocido a alguien. Te mereces ser feliz.
–¡Ojala tú pudieras ser tan feliz como yo! –contestó Ruth suavemente–. Sé que Roger y tú os queríais mucho. Pero no erais almas gemelas exactamente, ¿verdad? Nunca me has hablado del padre de Stephen, pero tengo el presentimiento de que aún lo amas. ¿Existe la posibilidad de…?
–No. Murió hace muchos años, antes de que iniciara este negocio. No sé si fue el amor de mi vida, pero hubo un tiempo en que sentí que lo era. Él era francés y todo un galán. Me conquistó con su acento exquisito. Yo lo adoraba, pero en eso no se puede basar un matrimonio. Por lo menos no tuvimos tiempo de aburrirnos juntos. No sé. Con el tiempo podría haber funcionado, quién sabe. No tuvimos la oportunidad de averiguarlo.
–Pero si apareciera ahora el hombre adecuado…
Ella meneó la cabeza.
–No. No quiero sufrir más, y Stephen tampoco. Ha perdido a dos padres, aunque él sólo conoció a Roger.
–¿Crees que Stephen ha sufrido por no conocer a su verdadero padre?
Annie hizo un gesto negativo con la cabeza.
–No. En realidad no. Sé que nuestro matrimonio era poco convencional, pero Roger fue un buen padre. Stephen lo adoraba, y yo me habría sentido terriblemente perdida sin él, aunque nunca pude competir con su primera esposa.
–Ah, sí. La maravillosa Liz. Es difícil competir con los fantasmas. Ella era una especie de leyenda. Todavía hablan de ella, ¿sabes?
–Todo el pueblo la adoraba. La noticia de su muerte nos conmocionó a todos. Yo no me lo podía creer. Ella me enseñó todo lo que sé. Y fue una amiga de verdad. Me sentí muy perdida cuando murió, pero al menos ya tenía este local montado. En cierto modo ella vio su sueño hacerse realidad. Sin embargo, el tiempo no se detiene. Ellos vuelven a estar juntos y tú tienes a tu Tim. Espero que seáis muy felices juntos.
–Lo seremos. No pierdas el contacto. ¿Puedo seguir viniendo a tomar café contigo?
Annie se rió.
–Por supuesto. Dirijo una cafetería.
–Pero siempre estás ocupada.
–Nunca demasiado para una amiga. Por favor, ven. No te hagas de rogar. No soportaría perderte.
–No me perderás, te lo prometo.
Ruth volvió a abrazarla y se marchó a su piso para empezar a hacer las maletas. Ruth no era su amiga del alma pero, debido al trabajo de Annie, se podía decir que era una de sus mejores amigas. Entre criar a su hijo y trabajar tantas horas, no tenía mucho tiempo para relacionarse.
Se preguntó qué pensaría su casero de todo aquello. ¿Y qué cambios llevaría a cabo? Una reforma podría suponer muchas cosas diferentes. Sintió un escalofrío en la espalda. La casa antigua en la que vivían estaba protegida, no se podía llevar a cabo cualquier tipo de reforma. Ella no quería que nadie la cambiara. Ya había sufrido suficientes cambios en su vida. Pero, ¿y si él planeaba echarla y convertir aquella construcción en una sola casa otra vez? Ahora que ella era la única inquilina, existía esa posibilidad.
Era una típica casa antigua de estilo Tudor con unas puertas pesadísimas en el centro por las que se pasaba a una entrada pequeña y rectangular. Había una puerta que conducía hasta el piso de arriba, otra que daba a Miller´s, el pequeño salón de té, y una tercera que daba a una pequeña tienda de antigüedades.
O al menos había sido una tienda de antigüedades, pues hacía una semana que Mary había cerrado aquel negocio. Así que, ¿qué mejor momento para que él se mudara allí y llevara a cabo los cambios?
Más cambios. ¡Cielo santo! Últimamente su vida estaba llena de cambios. La muerte de Roger el año anterior había sido el primero. Aunque en realidad lo esperaban, los conmocionó mucho a todos cuando ocurrió. De algún modo lograron superarlo, consolándose unos a otros, y al final no les resultó tan difícil.
Kate, la hija pequeña de Roger, había sacado las notas que necesitaba para acceder a la universidad, y había llorado mucho porque su padre no estaba allí para disfrutar de su éxito.
En septiembre las chicas se marcharon. Vicky, la mayor, regresó a Leicester para continuar sus estudios universitarios y Kate a Nottingham para estudiar también. Desde entonces la casa le había parecido muy vacía.
Sin embargo, a partir del lunes la vivienda rebosaría de vida con el comienzo de la reforma. Y ella por fin podría conocer a su casero, aquel hombre tan sexy llamado Michael Harding del que le habían hablado tanto.
Tenía la esperanza de que todo saliera bien y que él no fuera allí con una segunda intención, pero a lo mejor pretendía subirle el alquiler o pedirle que se marchara.
La pensión que le quedaba de Roger pagaba la universidad de las dos jóvenes. El salón de té le permitía mantener la casa y a Stephen, y para ella aquel equilibrio era perfecto. Lo último que quería era que alguien introdujera un factor inesperado en esa ecuación.
Tenía un fondo fiduciario, pero no tenía ninguna intención de usar aquel dinero aunque lo necesitara, pues era de Stephen; una herencia de un primo lejano sin herederos. Aquel dinero la hacía sentirse segura.
Annie regresó a su casa, aunque ella no la sentía como su hogar. La verdad era que nunca la había visto así. Se sentía como una conserje y después de que Roger falleciera y las chicas se marcharan, se preguntaba qué diablos hacía viviendo allí. ¿Debía conservarla para que las chicas pudieran volver a su hogar siempre o esperar a que Stephen cumpliera los dieciocho años?
Para eso todavía faltaban nueve. Y pensar que tenía que vivir así otros nueve años la volvía loca.
Entró y permaneció un instante de pie escuchando el silencio. Tenía razón, el silencio era abrumador y Stephen no regresaría a casa hasta las ocho. ¡Cielos, qué vacía estaba su casa!
Se preparó una taza de té y se tumbó en el sofá para escuchar el noticiario. De repente se quedó de piedra ante el comentario y las imágenes que vio desarrollarse ante sus ojos.
–Durante los últimos once años, los trabajadores de los viñedos del valle del Rhone han vivido en condiciones paupérrimas y han sido tratados como esclavos para el beneficio de Gaultier –decía el periodista.
La cámara grababa un paisaje conocido: la barraca donde ella había cocinado, la bodega y las viñas escalonadas por donde había paseado de la mano con él.
–Todos los trabajadores eran hombres jóvenes, cuyos padres habían pagado cantidades extraordinarias para darles la oportunidad de escapar de países como Albania, a las riquezas del oeste de Europa. Fueron engañados por dinero, pero al menos a ellos sólo los obligaban a trabajar duramente. Las jóvenes, en cambio, fueron repartidas por toda Europa y vendidas para explotarlas sexualmente, a muchas de ellas en Londres y en Manchester.
»La redada llevada a cabo esta mañana ha sido la culminación de un trabajo policial coordinado entre varios países y los cómplices de Gaultier han sido detenidos. Gaultier, el cerebro responsable del tráfico de personas inocentes, ha muerto durante la redada en su hogar de Antibes, pero seguramente no se derramarán muchas lágrimas por este personaje tan oscuro.
¡Cielo santo! Ella siempre había sabido que las condiciones de trabajo allí eran terribles, pero jamás habría podido imaginar algo así. ¿Tráfico de personas? ¿Esclavitud? A ella nunca la habían dejado relacionarse con los trabajadores. Y a Etienne tampoco.
–Bonjour.
Annie levantó la vista y sintió un nudo en la garganta al escuchar el suave acento y aquella voz. Tenía los ojos azules y una sonrisa casi perfecta. Era casi perfecta porque tenía un diente mellado. La nariz no era nada del otro mundo, pero sus ojos y su sonrisa la cautivaron profundamente.
–Bonjour –contestó ella–. Desirez-vous un peu de ragout?
La sonrisa de él se marcó aún más.
–Tu –murmuró–. Vous es… ¿Cómo se dice? Demasiado formal.
Ella sintió que se sonrojaba.
–Oh, lo siento. Creía que lo correcto era decirlo así.
Él volvió a sonreír.
–Lo es, pero entre nosotros no hace falta ser tan formales.
Ella se sorprendió devolviéndole la sonrisa y sintiendo que su corazón palpitaba incontroladamente contra su caja torácica.
–¿Cómo sabías que era inglesa?
–Por tu maravilloso acento –contestó él, estrechando su mano para presentarse–. Me llamo Etienne Duprés; a su servicio, mademoiselle.
–Annie Shaw –dijo ella casi sin aliento.
–Enchanté, mademoiselle –murmuró él y después de un instante que pareció una eternidad, le dio la vuelta a la mano, le besó la palma y le cerró después los dedos para que se guardara el beso.
