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¿El hombre perfecto para Fran? Trabajar como enfermera en la consulta del doctor Xavier Giraud por las mañanas y cuidar a los hijos de este por las tardes parecía el plan perfecto para que Fran se alejara del terrible servicio de Urgencias. Pero se enamoró de aquel hombre que tanto había sufrido y que no estaba preparado para corresponderla. También podría aceptar un empleo con un paciente rico de Giraud; al fin y al cabo, todo indicaba que su relación con Xavier no la llevaría a ninguna parte. Sin embargo, sentía el impulso de quedarse y averiguarlo por sí misma...
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Seitenzahl: 175
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 2002 Caroline Anderson
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Su otro destino, n.º 1781 - abril 2022
Título original: Assignment: Single Father
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1105-712-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
SEÑORITA Williams? Soy Xavier Giraud. Por lo que me dijo Jackie todavía puede estar interesada en trabajar para mí –le dijo aquella voz rica y melodiosa, aderezada con un encantador acento francés.
A pesar del cansancio emocional que sentía, se despertó dentro de ella una agradable sensación que pensaba muerta.
–Sí, así es –respondió–. Me gustaría que volviéramos a hablar. Lo siento si le parezco un poco indecisa. Pero es que este tipo de trabajo es tan distinto a lo que he hecho con anterioridad, que quiero asegurarme bien antes de que se cree un compromiso por las dos partes.
–Lo entiendo perfectamente. El que le ofrezco es un trabajo extraño, una singular combinación de tareas. ¿Cuándo podría venir a verme? –preguntó él–. ¿Está en Londres ahora mismo?
–No, me he trasladado aquí definitivamente.
O eso esperaba. Necesitaba buscarse un lugar para vivir. No podía pasarse toda la vida durmiendo en el suelo de Jackie.
–¿Y podría estar disponible pronto? Es que tengo problemas para que alguien me cuide a la niña, y me estoy teniendo que tomar las tardes libres. No es justo para mis colegas –hizo una pausa antes de añadir con cierta duda–: Supongo que sabe que mi hija no puede hablar ni andar. ¿Se lo comentó Jackie?
–Sí, me lo mencionó.
Jackie le había dado algunos detalles más sobre el accidente que la pequeña había sufrido.
–¿Es un problema?
–No, siempre y cuando no tenga que subirla y bajarla por las escaleras.
–Por supuesto que no. Ella sola sabe pasar de la silla de ruedas a la silla elevadora de la escalera. También puede meterse en la cama, bañarse y vestirse sin ayuda –hubo otra pausa–. Mire, ahora mismo estoy muy ocupado. ¿Por qué no se acerca por aquí al final de la consulta y charlamos? Eso sería en torno a las once. Así podré presentarla a los demás y enseñarle esto. Si consigo que alguien se ocupe de mis visitas a domicilio, puedo llevarla a casa. No podrá conocer a los niños porque están en el colegio, pero será un modo de empezar.
Antes de responder, Fran se preguntó hasta qué punto sería inteligente por su parte trabajar con un viudo y dos niños huérfanos, de los cuales una había sufrido terribles heridas no solo físicas, sino también psicológicas.
Luego, analizó que trabajar como enfermera en una consulta sería el tipo de vida tranquila que andaba buscando para alejarse de Urgencias.
Además, necesitaba de inmediato un lugar donde vivir.
–Estaré allí a las once –respondió finalmente.
–Maravilloso –dijo él con una nota de alivio en su voz–. Nos veremos luego, señorita Williams.
Nada más colgar, Fran se dijo que no podría ser tan malo cuidar del doctor y de sus hijos y poner alguna que otra inyección en la consulta.
Salió desde la pequeña oficina donde estaba el teléfono a recepción para decirle a Jackie que iba a tener una segunda entrevista con Xavier Giraud. Pero no tuvo oportunidad porque la mujer ya no estaba sola. Había junto a ella un hombre.
El recién llegado la miró y su sonrisa se expandió en un gesto de reconocimiento.
–Pero si es la eficiente enfermera Williams –dijo él con cierta sorna.
–Y aquí tenemos al accidentado señor Nicholson. Me alegro de ver que está usted vivo.
–¿Se conocen? –preguntó algo desconcertada Jackie.
Josh Nicholson soltó una leve carcajada.
–Sí, un poco. Tuvimos un breve encuentro tiempo atrás.
–¿Cómo está su torso? –le preguntó Fran con una corta risa.
–El torso muy bien. El problema es que el resto del cuerpo está algo dolorido. Por eso vengo. Necesito una enfermera.
Jackie sonrió a su amiga y Fran dedujo que tenía un empeño especial en que aceptara aquel trabajo.
Pero ella no estaba dispuesta. Aquel hombre era demasiado atractivo y sensual, y no quería complicarse la vida. Por muchas reservas que tuviera al aceptar el trabajo del doctor Giraud, no eran nada comparadas con las que tenía respecto a aquel hombre.
–Tengo una entrevista a las once con el doctor Giraud –dijo con firmeza.
–Y tienes otra ahora –respondió Jackie.
Fran observó una vez más al candidato y llegó a la misma conclusión a la que ya había llegado.
Tenía los dos ojos morados, una escayola en el brazo y la pierna abarrotada de tornillos de sujeción. Le hizo una serie de preguntas y no le gustaron las respuestas.
Había tenido un accidente días antes, del que algo había sabido por los periódicos. La extensa lista de males que le había provocado parecía interminable. Pero él había decidido dejar el hospital e irse a casa en contra de las indicaciones de todos los médicos.
Fran consideró el trabajo demasiado próximo a lo que había estado viviendo en Urgencias.
Miró a Jackie con una sonrisa algo desesperada.
–¿Podemos hablar en privado?
–Sí, claro. Espere un momento aquí, señor Nicholson.
–Por supuesto –dijo él–. Solo espero que no me dejen a merced de mi madre y que el veredicto me sea favorable.
Las dos mujeres se encaminaron hacia la oficina y Jackie cerró la puerta, apoyándose teatralmente en ella y llevándose la mano al pecho.
–¡Es tan guapo! –dijo–. No me puedo creer que lo conozcas. Vas a aceptar el trabajo, ¿verdad? No seas tonta.
Fran agitó la cabeza, dubitativa.
–No sé. Tengo una entrevista con el doctor Giraud a las once. Preferiría ver lo que me ofrece. Además, no lo conozco bien. Solo nos hemos visto una vez. Lo atendí en Urgencias hace unas semanas. Tenía un corte en el pecho.
–Pero supongo que sabes quién es. ¡Es muy famoso!
–Me comentaron algo en el trabajo, pero nunca había oído hablar de él –dijo Fran–. Según parece, tiene dinero.
–¿Dinero? ¡Es inmensamente rico! –respondió Jackie con una carcajada–. Pero, ¿qué me dices del trabajo? Necesita alguien que lo cuide. Si mis informaciones son ciertas, tuvo un accidente en la A12. Me han contado que se le cruzó un caballo por la carretera en mitad de la noche. Tuvo suerte de salir con vida. Tienes que aceptar. Es la ocasión de tu vida.
–Creo que no, Jackie. El tipo de accidente que ha tenido no haría sino traerme recuerdos de lo que acabo de dejar. He visto morir a demasiados hombres jóvenes como él.
–Josh Nicholson no va a morir.
–En cualquier caso, no quiero. Prefiero ir a ver al doctor Giraud. Estoy segura de que encontrarás a un montón de enfermeras ansiosas por atenderlo.
Jackie se rio.
–De no ser porque acabo de conocer a David, creo que yo misma iría a cuidarlo –le dijo su amiga con una sonrisa–. Además, el doctor Giraud también es encantador. No es tan rico y tiene una vida problemática, pero es un hombre estupendo. Los pacientes lo adoran.
–¿Incluso los hombres? –preguntó Fran con una carcajada–. No hace falta que me respondas. Bueno, creo que me voy a ir. Aunque sea un poco pronto, prefiero llegar con tiempo y buscar tranquilamente un lugar para aparcar.
Salió por la puerta trasera en dirección a su pequeño coche y solo minutos después ya estaba en la carretera.
El tráfico resultó más denso de lo que esperaba y el aparcamiento de la consulta estaba prácticamente lleno. Por suerte, encontró un diminuto espacio y agradeció que su vehículo fuera tan pequeño. Su tamaño le había facilitado la vida en más de una ocasión.
Se encaminó a la consulta y llamó a la puerta. Una agradable mujer de unos treinta años abrió con una sonrisa. Tenía una pequeña placa en la camisa que indicaba su nombre: Sue Falkner, recepcionista.
Fran respondió con otra sonrisa.
–Hola, soy Fran Williams. Tengo una entrevista con el doctor Giraud.
–Todavía está con sus pacientes. Le gusta dedicarles el tiempo que necesitan. Eso hace que siempre tenga demasiados, porque todo el mundo quiere que lo atienda él. Pero mientras podrá conocernos a los demás. Según tengo entendido, vino también el viernes.
–Sí, así es. Pero no la vi a usted.
–No vengo los viernes. Angie, la enfermera que trabaja a tiempo completo, está aquí. Ella podrá enseñarle el lugar.
La mujer la llevó al interior de la consulta, donde se desarrollaba una actividad frenética.
Angie salió a su encuentro.
–Hola de nuevo –le dijo, y se volvió hacia los demás–. Chicos, os presento a Fran Williams, quien espero pase a formar parte de nuestro equipo.
–No hay nada seguro aún –dijo Fran.
–Al menos no has salido corriendo nada más entrar. Ya hemos ganado algo con respecto a las demás aspirantes. Vente a ver la consulta en la que trabajarías y luego nos tomaremos un café. Supongo que Xavier tardará un poco aún.
Siguió a Angie a través de la sala de espera, mientras se preguntaba a qué se habría referido con eso de que las demás aspirantes habían salido corriendo. ¿Habría algún componente desconocido en aquel trabajo que pudiera resultar problemático?
–¿Por qué les resulta tan difícil encontrar alguien para este puesto?
–Cuando hay niños a los que cuidar, siempre resulta conflictivo. La mayoría de la gente o los odia o tiene los suyos propios y debe ocuparse de ellos después del colegio, de modo que las horas no encajan. La mayoría de las aspirantes buscan un trabajo a tiempo parcial o se echan para atrás cuando saben que hay una niña discapacitada, y casi nadie está dispuesto a vivir en la casa, sin que sea por algún motivo extraño.
Fran se encogió de hombros y se preguntó si carecer de hogar sería un «motivo extraño».
–A mí me viene bien porque me acabo de trasladar a la ciudad y no tengo apartamento… al menos temporalmente.
La otra mujer inclinó la cabeza hacia un lado y miró fijamente a Fran.
–Pero este es un trabajo fijo.
–Lo sé. Sin embargo, el doctor me dijo que podría arreglárselas con alguien que cubriera el puesto temporalmente.
Angie suspiró y asintió.
–La verdad es que Xavier ha intentado llevarlo todo el solo, pero se está volviendo loco. Aquí tenemos más trabajo del que podemos atender –hizo un pequeña pausa y cambió de tema–. ¿En qué trabajabas antes, Fran? ¿Has trabajado en una consulta?
–No –confesó Fran–. Atendía urgencias en un hospital.
–¡Vaya! Pues esto te va a resultar francamente aburrido, entonces.
–Lo dudo. Creo que ya he tenido toda la emoción que necesitaba en mi vida –Angie la miró interrogante, pero Fran evitó que pudiera seguir interrogándola–. ¿Necesitaré alguna formación específica para este tipo de trabajo?
–Sí, pero puedo ir dándotela sobre la marcha. Estoy siempre aquí por las mañanas, así que podré ayudarte siempre que lo necesites –entraron en la consulta–. Pues bien, este es el lugar. Nada espectacular. Supongo que es muy distinto a donde trabajabas antes. ¿Estabas en Ipswich?
–No, en Londres –respondió Fran escuetamente. No quería dar demasiadas explicaciones hasta no haber hablado con el doctor Giraud y saber si, definitivamente, se quedaba con el puesto o no–. Cuéntame que equipo utilizáis –le rogó, con intención de centrarse en el trabajo.
Durante un rato charlaron sobre la tecnología más avanzada que poseían y Angie le enseñó algunos aparatos.
Cuando la puerta se abrió, Fran se volvió instintivamente a mirar de quién se trataba. El corazón se le aceleró inexplicablemente al ver al doctor Giraud.
–Xavier, le estaba enseñando a Fran la consulta –dijo Angie.
Pero Fran apenas si podía prestarle atención a lo que la mujer decía, pues se había quedado absorta mirando aquellos ojos grises que parecían estar buscando algo en lo más profundo de su alma. Él sonrió y Fran pensó que jamás había visto una expresión más amable.
–Señorita Williams, siento haberla hecho esperar. Ha sido un día muy agitado. Bueno, la verdad es que todos los día son agitados –le tendió la mano–. Me alegro de volver a verla.
Tenía una voz rica, melodiosa y embriagadora. Era alto, con el pelo oscuro y una recia mandíbula. Tenía uno de esos rostros atractivamente masculinos, cargados de carácter.
–Yo también me alegro de verlo –le dijo, estrechándole la mano. Al tocarlo, sintió un inexplicable cosquilleo.
–Vamos a mi consulta y charlaremos un rato en privado. ¿Le han ofrecido café? –preguntó.
–Estaba a punto de hacerlo –dijo Angie.
–¿Te importaría preparar dos? Es que tengo solo unos minutos. Tengo que hacer una visita que no creo sea muy urgente, pero, por si acaso, no me quiero retrasar.
–Sin problemas.
Fran lo siguió por el pasillo hasta su moderna y bien equipada consulta. Notó que había fotos en las paredes que no había visto antes. Debía de ser su familia: un niño y una niña, y una mujer pequeña pero muy elegante.
Fran jamás podría ser así.
¿Y qué? ¿Acaso trataba de competir con ella?
Antes de empezar a hablar, el teléfono sonó. Xavier Giraud se disculpó.
Por la conversación, Fran dedujo que el paciente al que había de visitar estaba empeorando. Xavier miró al reloj.
–De acuerdo, voy para allá ahora mismo –dijo antes de colgar–. Lo siento, pero parece que tengo que salir a toda prisa.
–No se preocupe. Lo comprendo perfectamente. ¿Por qué no me deja acompañarlo y así podremos hablar en el coche?
Xavier sonrió aliviado.
–¿Sería eso posible?
–Por supuesto –dijo ella–. No puede hacer esperar a su paciente.
Acababan de levantarse de la silla, cuando Angie apareció con el café.
–Lo siento, pero tengo que irme, Angie. Me llevo a Fran conmigo.
–No te preocupes, alguien se los tomará –dijo Angie en un tono que sugería que no era la primera vez que algo así sucedía.
Igual que en Urgencias. Siempre que uno creía tener un minuto libre, algo pasaba.
Salieron en dirección al coche y pronto estuvieron en marcha.
–Lamento lo del café.
–No se preocupe, estoy acostumbrada a este tipo de cosas. En Urgencias es siempre así.
–¿Allí es donde trabajaba antes?
–Sí –respondió ella sin dar más explicaciones. Pero, como era de esperar, él no se conformó con tan poco.
–¿Podría ser más específica? –le rogó.
–Trabajé en la unidad de traumatología durante dos años.
–¿Y luego?
–Lo he dejado hace tan solo diez días.
Pensar en ello todavía le provocaba sentimientos dolorosos. Era como una herida aún sin cicatrizar.
Habría deseado que Giraud no ahondara en el tema. Pero sabía que la entrevista de trabajo era precisamente para conocer a la candidata y que no se libraría del interrogatorio.
–Me resulta extraño que lo dejara sin otro trabajo a la vista. ¿Fue una decisión repentina?
–Sí, lo fue.
Él hizo una pausa y continuó.
–¿Puedo preguntar la causa?
–Todo ocurrió un día. De pronto, no pude más; me quedé paralizada. Estuve a punto de sufrir una crisis nerviosa. Me di cuenta de que ya no podía continuar. Tuve que tomar la decisión de parar.
Él asintió.
–Lo siento. Sé que es un trabajo muy duro. Esas crisis nos pueden dar a todos en esta profesión, pero, sobre todo, ocurre trabajando en Urgencias. A veces es más de lo que se puede soportar. Demasiada sangre, demasiadas pérdidas humanas y una terrible sensación de impotencia.
–Tuvimos una serie de accidentes multitudinarios, uno detrás de otro. Se nos morían los pacientes sin que pudiéramos hacer nada, y llegó un momento en que ya no pude soportarlo más.
–¿Qué ocurrió entonces?
–Mi jefe me mando a casa y me recomendó que me tomara las vacaciones que me quedaban y que cuando me sintiera mejor regresara. De esto hace tan solo diez días, pero pensar en volver allí se me hace cada vez más difícil. Sinceramente, dudo que vaya a ser capaz de reincorporarme jamás. En este momento me siento perdida. Pensé que sabía lo que estaba haciendo con mi vida, y resulta que, de repente, me he quedado sin nada –se encogió de hombros.
–Sé a qué se refiere. Resulta muy duro creer que está todo encauzado y encontrarse con que el destino le da la vuelta a tu vida.
Fran se sintió repentinamente estúpida por haberse dejado llevar por la desesperación delante de un hombre cuyos problemas superaban con creces los suyos.
–Lo siento –le dijo rápidamente–. No era mi intención contarle mis problemas. Sé que lo que me ha sucedido no es nada comparado con lo que le ha pasado a usted y a sus niños.
–Tranquilícese. He sido yo el que la ha interrogado.
Detuvo el coche ante una casa y juntos se bajaron.
La puerta principal se abrió antes de que llegaran a ella y una mujer mayor salió a su encuentro, agitando las manos con preocupación.
–¡Oh, doctor Giraud, está cada vez peor! Venga a verlo, por favor.
Fran los siguió hasta una habitación, en cuya cama yacía un hombre mayor. Tenía la piel grisácea y todos los síntomas de una hemorragia interna.
«No, por favor», suplicó Fran para sí. «Que el primer paciente al que tenga que atender no muera desangrado».
–Señor Donaldson, cuénteme con todo detalle qué es lo que siente –le dijo el doctor Giraud mientras chequeaba su presión arterial y lo miraba sin perder detalle.
El hombre le indicó que le dolía la boca del estómago.
–¿Y las deposiciones?
–Son negras. Leí en algún sitio que eso era sangre –dijo el hombre.
–Podría serlo –respondió el doctor–. Fran, ¿podría ayudarme?
Ella asintió sin dudar. Después de darle una serie de instrucciones le rogó que llamara a la ambulancia, lo que ella hizo sin dilación.
–Ya están de camino –anunció en cuanto finalizó la llamada.
El doctor Giraud les explicó al paciente y a su mujer qué era lo que sucedía y qué se disponía a hacer.
–Señora Donaldson, ahora, si no le importa, debería prepararle la maleta a su marido, para que la ambulancia no tenga que esperar.
–Por supuesto.
La mujer se puso manos a la obra, mientras Fran y el doctor volvían a chequear la presión arterial del enfermo.
–Ha descendido ligeramente, pero en muy poco tiempo –dijo él–. Creo que está perdiendo mucha sangre. Llamaré a la ambulancia para pedirles que se apresuren.
Cinco minutos después, la ambulancia llegó y el señor Donaldson y su esposa fueron trasladados al hospital, dejando a Fran y a Xavier en la puerta, observando en silencio cómo se alejaban. No había nada que pudieran decir. Lo que iba a ocurrir era demasiado claro para ambos.
Fran notó que las piernas empezaban a temblarle y dio gracias de que él no pudiera darse cuenta.
Pero, una vez en el coche, Xavier la miró con una sonrisa cómplice.
–Demasiado duro para usted en estos momentos, ¿verdad?
Ella asintió.
–Pensé que este trabajo sería más fácil.
–En circunstancias normales lo es. Usted no tendría por qué haber estado aquí. Aunque me alegro de que estuviera. Ha sido tremendamente eficiente. Muchas gracias por su ayuda.
Aquellas palabras la reconfortaron. No había hecho nada que no hubiera hecho un millón de veces antes, pero haberse ganado su aprobación valía mucho para ella.
Fran apartó de su pensamiento al señor Donaldson y se acomodó en el asiento del coche.
–¿Adónde vamos ahora? –preguntó pasado un minuto.
–A mi casa. Allí podremos tomarnos un café tranquilamente. También podré enseñarle la habitación en la que se quedará y, con un poco de suerte, hasta tengamos tiempo de comer algo.
–Eso suena muy bien –dijo ella, dándose cuenta de que estaba hambrienta.
–Después, si todavía sigue dispuesta a seguir adelante, le presentaré a los niños.
